23 Sep '06 -Epigramas del emperador (V)

El felino es clemente con su presa hasta un momento bien determinado: cuando está persuadido que nadie ni nada puede negarle su victoria. Entonces, clava sus dientes y desgarra la carne. Lo mismo hace el sufrimiento con los humanos. No obstante, hay una diferencia: siempre habrá alguien dispuesto a aceptar que la víctima aún puede sufrir un poco más.



Adenda para el quinto Epigrama del Emperador:

En momentos de desesperación, cualquiera dispone de una última seguridad vivificante: puede olvidarse de sí mismo.

Editado por german, el día 23 Septiembre '06 - 04:59, en series.

Han dicho algo al respecto:

Comentario de calac () - 27 Septiembre '06 - 19:36



Pero el sufrimiento que infligue el Imperio no parece tan abstracto y universal. Su discurso quiere convencernos de que sí, de que el grito de dolor en que el mundo va convirtiéndose es abstracto y universal.

Es cierto, o al menos muy probable, que exista un sufrimiento que forme parte de la propia condición humana (e incluso no-humana: del simple hecho de existir). La cruz que cada uno carga en sus espaldas, que dice la voz popular. Y es cierto, o al menos muy probable, que de ese sufrimiento nos podamos librar, en parte, olvidándonos del sí mismo.

Y no menos cierto (o al menos igual de probable) es que exista una alegría que también forma parte del simple hecho de existir. Por ejemplo, la alegría del milagro de la pura inmanencia, del simple “estar aquí y ahora”, esa alegría afirmativa que retratan, por ejemplo estos poemas (tres textos de tres libros a los que amo profundamente):

Uno que se da cuenta
de que siempre ha tenido abiertas las narices

sin interrupción respirando el mundo,
cada partícula y aroma, cada voz, cada deseo
—-

La asombrosa realidad de las cosas
es mi descubrimiento de cada día.
Cada cosa es lo que es,
y es difícil explicarle a alguien cuánto me alegra esto,
y cuanto me basta.

Basta existir para sentirse completo.
—-

Estás
vivo
ahora


(Pero) También es cierto (o muy probable) que ese sufrimiento esencial es más accesible que la alegría esencial. Por eso, huir del sufrimiento para acercarse a alegría es un esfuerzo, algo que se practica de manera consciente y a diario. No por nada, muchas prácticas religiosas (y poéticas) aportan formas de abrir caminos que nos separen del dolor y nos hagan partícipes del éxtasis. El accésis y la mística, en religión y en poesía (ya, en estos casos, tal vez indistinguibles) por ahí andan.

Y sin embargo…

Sin embargo, sabemos (lo sabemos, TODOS lo sabemos) hay tanto sufrimiento que genera sólo la codicia. La codicia del Imperio. La codicia del capital. Una codicia nada universal ni esencial. Una codica bien concreta. Una codicia, por tanto, derrotable.

Y el Imperio, para seguir acumulando poder y beneficio, monta su discurso. Ese discurso abrumadoramente mayoritario con que trata que nos hagamos responsables de nuestro propio dolor. Y esos discursos nos dicen que el sufrimiento es inevitable, que la codicia es inevitable, que el Imperio ha existido siempre y siempre existirá. Que es universal. Que es propio de la condición humana. Que no se puede cambiar. Que no nos podemos rebelar. Que no se puede modificar. Busca nuestra aceptación, nuestro conformismo y nuestra desesperación. “Doblégate, porque nuestra ley es la ley universal” -nos dicen.

Ese discurso es tan poderoso y tan mayoritario que es fácil hacerle el juego. Porque el sufrimiento es horrible, pero la desesperación de creerlo inevitable es aún peor. Equivale a no tener salida. Es ese horrible ahí te pudras del Imperio. (Y muchos nos podrimos).

Por eso me parecen tan peligrosos los textos que tratan el dolor y la alegría (y el amor y las guerras y las enfermedades y el placer…) de manera esencialista. Me parecen peligrosos los textos que no tratan de indagar en las condiciones materiales que causan el dolor y en las posibilidades materiales de acercarnos a la alegría.

Por eso me parecen tan peligrosos los textos místicos. Porque, en las actuales condiciones de saturación del discurso esencialista y meritocrático del Imperio, es muy fácil que apoyen las razones del Imperio. Porque es muy fácil que nos confundan aún más (ya que vivimos en una total confusión) haciéndonos creer que todo dolor es inevitable. Y, peor aún, que toda alegría es accesible si se realizan las prácticas místicas necesarias. Porque todo eso aleja, tal y como el Imperio quiere, la revuelta, la necesaria revuelta.

Por decirlo de alguna manera (y seguramente mal): tal y como están las cosas, el misticismo (pagano, budista, cristiano…) juega a favor del imperio. Se tratan de razones que suenan demasiado parecidas.

Los lectores de sus poemas necesitamos razones menos clarividentes y luminosas.

Por eso me parecen peligrosos los tres poemas de los tres libros que tan profundamente amo. Y por eso me parece peligrosamente confuso, aunque me guste mucho, el tratamiento que en este epigrama hace Vd., mugidor, del dolor y de esa última seguridad vivificante.

Reciba un cordial saludo,

Calac.



Comentario de mugidor - 27 Septiembre '06 - 21:42



Bueno, estimado, agradezco su comentario crítico. A modo de descargo, y a riesgo de decir cosas obvias, sólo quería observar tres cuestiones: 1) que yo no soy el emperador, mientras que es el emperador (así, en abstracto, cualquiera que este sea) el que escribe los epigramas; 2) que la forma del epigrama tiene para mi gusto una virtud, la de exigir al otro una reflexión que continúe la brevedad del texto (ya agradecí la suya, sensible y penetrante, por cierto); 3) que en estos epigramas se apuesta a la ironía como crítica, lo cual siempre es peligroso, pues toda ironía encierra cierta ambiguedad. Por último, yo sería más benevolente que usted con sus tres poemas: dicen lo suyo.
Eso no más, y mis mugidos saludos.



Comentario de calac () - 28 Septiembre '06 - 16:46



Gracias, Mugidor, por su amable respuesta. Lamento no haber empezado mi primer mensaje diciéndole que he leído, con mucho interés, esta serie suya de epigramas. Algunos de ellos (el II y el III, especialmente) me han parecido, por expresarlo brevemente, iluminadores. Como además comprobé que sus epigramas son de los artículos que más debate han animado, me arriesgué a aportar una pequeña glosa a esta quinta entrega.

Estimado Mugidor, a veces es difícil ser benevolente. Incluso con una misma. Por supuesto, tanto su quinto epigrama (especialmente la addenda, añadiría), como los poemas con que traté de ejemplificar mi tesis, tienen, como Vd. dice, lo suyo (y mucho).

Finalmente, la sospecha de peligrosidad que se cierne sobre las formas “esencialistas” en poesía también lo hace sobre mi gusto personal, que, como lectora, no pocas veces prefiere poemas como estos y no como los más combativos y materialistas.

Creo que no sería malo que tanto nosotros, lectores, como Vds., escritores, reflexionáramos sobre esto.

Un saludo.

P.D. Olvidé consignar que los poemas de mi primer comentario eran de Alberto Caeiro y Jorge Riechmann.



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