Xarxa Feminista PV

Yo fui esclava de la Iglesia

Domingo 16 de septiembre de 2018

Verdad, Justicia, Reparación

5 septiembre, 2018 Público

Por Paz Romero, miembro de La Comuna y del grupo de mujeres de La Comuna.

Con esa frase comienza su intervención Josefina Lamberto en el acto-homenaje a los presos políticos trabajadores-esclavos que construyeron la carretera del Roncal, celebrado el 16 de junio de este 2018 en el Alto de Igal del Pirineo navarro.

Josefina es hermana de Maravillas e hija de Vicente Lamberto, ambos asesinados en Lagarra, Navarra, el 15 de agosto ed 1936.

A Vicente le fueron a buscar de madrugada. Maravillas, con sólo 14 años, gritó “Quiero ver lo que le van a hacer a mi padre”. “Pues, ven”, le dijeron los guardias civiles, que acudieron acompañados de un falangista y un requeté, además de los fascistas del pueblo. Los llevaron a la casa consistorial, en cuyos sótanos se encontraba la cárcel.

Vicente fue internado en un calabozo. A Maravillas, la violaron en repetidas ocasiones los grandes defensores de la moral cristiana, siendo el primero en hacerlo el secretario municipal.

Al día siguiente, acompañada de su padre, la llevaron al monte, donde la volvieron a violar. Esta vez, delante de Vicente. Después, asesinaron a ambos.

El cuerpo de Vicente es uno entre las más de 150.000 personas desaparecidas como resultado de ejecuciones extrajudiciales (es decir, asesinatos oficiales) realizados durante la guerra y posguerra por los franquistas. El de Maravillas apareció unos días más tarde, descompuesto y devorado, en gran parte, por los perros. Cuando es encontrada por varias personas del pueblo, y ante el estado del cuerpo, deciden incinerarlo, rociándolo con gasolina.

Paulina, mujer de Vicente y madre de Maravillas, se quedó sola al cuidado de sus otras dos hijas: Pilar y Josefina.

Después de la intervención de Josefina en el acto-homenaje, concertamos con ella una entrevista. Éste es su estremecedor relato:

“Teníamos de todo para vivir sin problemas, tierras para trabajar, acabábamos de comprar una yegua… Nos lo quitaron todo, el churrero, la panadera….” “A nosotras no nos importaba trabajar, pero que nos hicieran pasar esta vida tan criminal…”

La madre entró a servir en una casa para poder comer, pero no querían niños, y dejó a sus hijas con una familia que tenía una niña con síndrome de Down. Pilar, con 10 años, la cuidaba, limpiaba, cocinaba, … a cambio de techo y comida para ella y Josefina.

“Iba a la escuela, pero mi hermana no, estaba esclava de la cría, ¡con diez añicos! Estaba esclava y allí estuvimos un año. Con mi madre solo nos veíamos los domingos y nos lavaba la ropa y las cabecicas” afirma Josefina. “El hijo de esta familia (después nos enteramos) fue uno de los que mató y violó a mi hermana, pero nosotras no nos habíamos enterado”.

Paulina no pudo soportar la humillación de su vida en Larraga ni la separación de sus hijas, por lo que dejó atrás lo poco que les quedaba y se trasladaron a Iruña (Pamplona).Una vez allí “tuvo que ir a pedir limosna. Así estuvimos un tiempo hasta que encontró un trabajo. Se levantaba a las 4 de la mañana para ir a trabajar y pudo pagar el alquiler de una habitación con una cama para las tres. Nosotras íbamos al auxilio social a comer y cenar, mi hermana y yo. También al Portal de Francia que estaba lleno de soldadicos. Es fronterizo y la gente entraba a pedirles las migajas de pan que tiraban“.

También cuenta cómo la madre enfermó y, al no poder pagar el alquiler, las echaron de la habitación donde vivían, viéndose obligadas a pedir limosna y dormir en la escalera.

“A los 12 añicos me pusieron a servir. Yo no quería, quería ir a la escuela, pero las tres a servir. Mi madre no podía, estaba malita y cuatro perras le daban. A mi hermana y a mí no nos pagaban, solo comer. Lavaba a mano, fregaba, todo”.

“Con 21 años, ya mozica, tenía una amiga que se me fue al convento y yo la seguí. Fue por salir de servir y cambiar de vida, no por vocación religiosa. Mi madre no me habló nunca más porque decía que no habían hecho nada (haciendo referencia a la iglesia) para evitar el asesinato de mi padre y mi hermana”.

Pero la pesadilla de Josefina no terminó en el convento, allí comenzó un nuevo infierno. En el convento estaban separadas las monjas con dote de las que no lo tenían, y las pobres eran esclavas de las primeras:

“Yo no llevé dinero, ni tenía un tío cura u obispo ni porras. Me explotaron. Madres y hermanas. Explotación, pero explotación. Te daban un trabajo, hacías y te daban otro. Hacías aquel otro y te daban otro. No miraban si podías o no, tenías que hacer y nada más. No podías decir nada porque habías hecho los tres votos y había que obedecer. Estuve durante 14 años, pero lo pasé peor que mal”.

Después, la mandaron a la India: “quería trabajar con los niños para que no sufrieran lo que yo he pasado. Quería ayudarles”.

Pero no pudo ser porque su misión era seguir trabajando como esclava para las monjas allí destinadas. “Yo, de tanto explotarme como me explotaron, me puse enferma y estuve en cama 13 meses”.

Y continúa Josefina contando cómo su hermana tuvo 5 hijos y una se escapó, siendo por ello internada en un centro del Patronato de Protección de la Mujer regido por las Adoratrices, de donde “salió mucho peor”.

Quiso separarse y perdió la custodia de sus 5 hijos.

La madre continuó sirviendo hasta su muerte.

Josefina dejó el convento y en la actualidad vive en una Residencia en Pamplona.

Para terminar, una frase de Josefina Lamberto: “mi madre nunca nos dijo nada. Se ha callado porque sufrió lo indecible”.

Tres mujeres, tres historias, una pequeña muestra de lo que padecieron millones de mujeres durante la guerra, en la posguerra y a lo largo de los 40 años de dictadura. La terrible realidad que acompañó a las mujeres tras el golpe de Estado no termina con los fusilamientos, encarcelamientos, torturas y vejaciones contra aquellas comprometidas con la República y la lucha contra la dictadura.

Tampoco finaliza en las mujeres, más numerosas que las anteriores, sin bagaje político, que fueron estigmatizadas y en muchos casos condenadas, por ser esposas, hermanas, hijas o madres … con el objetivo de vejar y humillar al hombre que había detrás de ellas, o simplemente por ser pobres, además de para aniquilar el modelo de mujer republicana. Esa realidad continúa a lo largo de toda la dictadura y aún a día de hoy somos juzgadas por romper con algunos de los comportamientos de la “mujer ideal” del franquismo.

Nada más implantarse el régimen franquista, fue suprimida inmediatamente toda la legislación de la República que concedía derechos a las mujeres. Para llevar a cabo esta tarea de sometimiento, se creó la Sección Femenina de la Falange, instrumento de control y difusión ideológica del Régimen, encabezada por Pilar Primo de Rivera y encargada, junto a la iglesia católica, de educar a las mujeres en su “verdadero” papel de madres y esposas, “ángeles del hogar”.

Falangismo y catolicismo coinciden en la exaltación del patriarcado y la glorificación de la maternidad. También se creó el Patronato de Protección de la Mujer, presidido por Carmen Polo de Franco, con el objetivo de “velar” por todas aquellas mujeres que consideraban como “caídas”, es decir, las que no cumplieran con el papel asignado a las mujeres, y que pudieran ser “recuperables”. Fue en uno de estos centros donde ingresaron a la sobrina de Josefina.

A través de la vida de Josefina podemos entender ese otro trabajo esclavo: la explotación de las mujeres en las instituciones represivas franquistas que, aunque de diferente forma que el trabajo esclavo masculino, existió. Sirvan como ejemplo el servicio doméstico a cambio de techo y comida, la discriminación no sólo de género sino también de clase en los centros religiosos, obligando a las hermanas (monjas sin dote) a trabajar para las madres (con dote). Este modelo se repetía con las alumnas pobres. También hay que mencionar el trabajo de costura, lavado, planchado etc., que obligaban a realizar a las jóvenes de los centros del Patronato, así como el realizado en cárceles y escasamente remunerado, entre otros.

Esta represión específica (ideológica y de género), es la que queremos denunciar.

Las mujeres de La Comuna estamos trabajando para dar voz a estas mujeres que no han podido hacerlo por miedo o dolor. No solo hablamos de las víctimas de la guerra y la posguerra, también lo hacemos de todas las que, por ser mujer, roja y/o pobre han sufrido todo tipo de represalias: a quienes les han robado sus bebés, las niñas que sufrieron todo tipo de humillaciones en los colegios religiosos por ser pobres, las monjas que lo fueron no por vocación sino por hambre, las mujeres torturadas y encarceladas en la dictadura por luchar por su libertad y un largo etcétera. A menudo olvidadas y ninguneadas.

Su historia es la nuestra. Es la historia de las que luchan contra la opresión patriarcal, de las que defienden los derechos laborales y sociales, de las que se oponen a la discriminación, de las que salen cada 8 de marzo a las calles.

Es, en definitiva, la historia de las mujeres.

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