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Sexualidad feminista y liberación social

Viernes 29 de mayo de 2015

24-05-2015 Boltxe

La sexualidad que tenemos es, como todo, una construcción social. Se ha configurado en torno a un modelo heterosexual, occidental y patriarcal. En ese modelo, el placer, sobre todo el de las mujeres, se invisibiliza y se presenta como construido para otros. Desde la infancia se impone un único modelo de sexualidad: falocéntrico y estereotipado, donde el sujeto del discurso es el varón, lo masculino.

El cuerpo de las mujeres es el lugar desde el que se teje la maraña de represión patriarcal en la que todas las personas están, en mayor o menor medida, atrapadas desde su nacimiento. Los mandatos sociales más destructivos se han construido a partir de dos elementos esenciales: la represión y la hipersexuación del cuerpo de las mujeres. La moral represiva, en nuestro contexto católica, se ha descargado fundamentalmente sobre las mujeres, tanto invisibilizando y anulando – con frecuencia con violencia – su sexualidad activa, como construyendo y exacerbando su potencial erotizante al servicio del placer del hombre heterosexual. Se ha construido un modelo tremendamente útil: mujeres destinadas de forma supuestamente natural a reproducirse para el sistema y ser al mismo tiempo sujetos pasivos hipersexuados con la función social de garantizar satisfacción y placer a otros. El trabajo reproductivo tradicionalmente asignado a las mujeres – el de cuidados afectivos, materiales, pero también sexuales, en la institución familiar y en todos los grupos sociales – es uno de los elementos clave que permiten explicar la consolidación del engranaje de explotación capitalista.

Y en este entramado tan conveniente, la religión ha sabido activar siempre mecanismos de castigo y recompensa, con el miedo y el olvido programado como grandes catalizadores de obediencia y paz social. El ejemplo paradigmático es la tergiversación e invisibilización de la caza de brujas en los libros de historia, que ha supuesto borrar uno de los focos de resistencia más importantes de la transición del Feudalismo al capitalismo. Doscientos años de ejecuciones y torturas que condenaron a miles de mujeres a una muerte terrible fueron eliminados de la Historia oficial y reducidos a algo perteneciente al folclore (1).

Con la adaptación de las normas patriarcales al contexto capitalista toma fuerza un tercer elemento: el espejismo de la liberación. Los avances formales hacia la igualdad de género, limitados en su alcance tanto en contenido como geográficamente, funcionan como la rama que no deja ver el bosque. Si el pactismo sindical y el Parlamentarismo compraron el silencio y la paz social de la mayor parte de sindicatos, los avances formales en materia de igualdad – y las subvenciones que el poder da con la otra mano – se han hecho mediante la eliminación de la esencia antisistema de buena parte del movimiento feminista. Así, la opresión de género permanece casi intacta pero se expande la sensación ficticia de transformación profunda.

En este contexto, persiste el cuestionamiento general de pautas sexuales realmente libres. Aun hoy, salirse de la norma de género, de los márgenes estrechos de los estereotipos heteropatriarcales – del mandato sobre lo que es masculino y femenino, lo decoroso y lo transgresor, lo aceptable y lo inaceptable – suele ser muy doloroso. Estamos atrapadas en compartimentos estancos afectivos, sociales, sexuales, que limitan desde el nacimiento a todas las personas, pero mutila de mil formas a todas las mujeres sin excepción.

La sexualidad que tenemos es, como todo, una construcción social. Se ha configurado en torno a un modelo heterosexual, occidental y patriarcal. En ese modelo, el placer, sobre todo el de las mujeres, se invisibiliza y se presenta como construido para otros. Desde la infancia se impone un único modelo de sexualidad: falocéntrico y estereotipado, donde el sujeto del discurso es el varón, lo masculino.

La moral represiva afecta a todo el mundo, pero no por igual. La mayoría de los niños pueden encontrarla, aunque distorsionada, a través del humor o las imágenes. En el caso de las niñas hasta la vulva es interna, difícil de conocer de un vistazo. Crecen para ser limpias, coquetas, discretas, llevar ropa incómoda, y es posible que pasen muchos años antes de que sepan qué forma tiene su vulva. Su placer, si existe, es invisible e inconcebible.

En nuestro país no ha habido nunca un programa de educación sexual integrado en sistema educativo, existiendo, en el mejor de los casos, sesiones aisladas que dependen del perfil del AMPA o del Consejo Escolar. Esto supone en la práctica perpetuar en una sociedad la ignorancia del propio cuerpo y, en un Estado falsamente aconfesional, institucionalizar pautas de comportamiento atravesadas por la represión, la alienación y el moralismo.

El aprendizaje de cuestiones tan básicas como la autoexploración, el reconocimiento de las muchas fuentes de placer o la función del orgasmo son ajenas al proceso educativo habitual y por supuesto al familiar, con rarísimas excepciones.

Son cuestiones que tampoco han preocupado a las organizaciones de izquierdas. Si el feminismo de clase ha sido un componente invisible – y a menudo sospechoso de “reformismo” – para la mayor parte de las luchas sociales y obreras, el trabajo de una sexualidad feminista ha sido ya prácticamente inexistente. La agenda feminista de la izquierda se ha limitado hasta ahora, con demasiada frecuencia, a la lucha por el derecho al aborto. Y si bien es cierto que luchar por la maternidad como opción y no como mandato es un concepto transformador en sí mismo, el derecho a decidir sobre el propio cuerpo es algo mucho más amplio. Abarca elementos esenciales como el derecho al placer y a desarrollar una identidad sexual y de género plena y autodeterminada. Aunque sabemos que esa sexualidad esencialmente libre no es posible en el contexto capitalista, la crítica al patrón sexual machista y heterocentrado deben estar en la agenda y formar parte de un proceso constante de autocrítica.

El trabajo de estas cuestiones debería abordarse ligado a las cuestiones de salud mental y tener siempre en cuenta los efectos devastadores de la moral represiva, la frustración, la ansiedad y la angustia en las personas que nos rodean. Avanzar en el trabajo de género y en la normalización de la sexualidad feminista en la actividad diaria es una cuestión de supervivencia, muchas veces en sentido estricto.

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