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Okupar las redes sociales del amo

Jueves 15 de julio de 2021

Florencia Goldsman 14/07/2021 Pikara

Las plataformas digitales son máquinas generadoras de datos. Sus políticas de comunidad indescifrables y sus algoritmos nos imponen nuevos sistemas de popularidad de las personas, y también de vigilancia global. El modelo de negocio de Internet analiza patrones, tendencias y predicciones acerca del comportamiento humano y la vida social para vendernos más productos. Aún así las feministas las habitamos y cuestionamos políticamente.

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Ilustración: Carla Berrocal

“Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo” Audre Lorde

“Que las redes ardan”, “vamos a ser tendencia global”, “no paramos hasta ser trending topic”. Es común escuchar o leer estas consignas entre las feministas que participan de las batallas digitales, pero ¿de qué depende ser “viral” en una red social digital? Y en caso de posicionarnos en “lo alto” del escalafón, ¿qué significa ser tendencia? ¿Es real que las redes dejan emerger nuevas voces? ¿Hay espacios para quienes transitan los bordes y no el centro de la escena? Desenmarañar este debate no es sencillo. Tal vez evitar la polarización entre el tecnoescepticismo y tecnooptimismo ayude.

Astra Taylor, cineasta y escritora canadiense, señala en su libro The People’s Platform: “Es cierto que cualquiera con una conexión a internet puede hablar en línea, aun así eso no significa que los megáfonos difundan nuestros mensajes a igual intensidad. En línea están quienes hablan más alto”. Las ciberfeministas lo sabemos, por eso seguimos creando artículos, memes, gifs, vídeos y nos movemos rápido tejiendo apoyos mutuos en internet sin olvidar enredarnos en el mundo de carne y hueso.

Por mi parte, investigando las luchas en internet a favor del derecho al aborto en Argentina, me esforcé por entender la lógica con la que actúan los algoritmos de Twitter, intenté develar los arcanos que explican cómo se mide ser “tendencia” en esa plataforma. ¿El resultado? Sigo desconociendo el motivo real de generación, impacto y duración de las tendencias. Lo que confirmé, más bien, es que la lógica funciona como un tratado de cajas negras, y lo que sabemos de las redes sociales comerciales es que nuestros mensajes circulan más bien dentro de nuestro círculo de conocidos y conocidas, sin necesariamente trascender las fronteras que impone el algoritmo.

Alex Argüelles, investigadora mexicana integrante de Ciberseguras y Derechos Digitales, reflexiona sobre las arbitrarias reglas de juego que imponen las redes sociales comerciales y cómo la aparente apertura y libertad de estos espacios contrasta con su propia naturaleza. “Se sostienen en intereses opacos y políticas poco claras que benefician a actores poderosos que se alimentan —tras bambalinas— de datos e informaciones que las personas han vertido de forma voluntaria (y, a veces, hasta ingenua) en sus plataformas”.

En relación con la participación política de la ciudadanía, casos como la Primavera Árabe en 2011 y el #NiunaMenos en 2015 son, a decir de Argüelles, fenómenos potenciados a través de internet y de las posibilidades de acceso al conocimiento, libre asociación y organización a partir de las afinidades e inquietudes compartidas que las personas manifiestan en las redes sociales. “Sin embargo, es importante notar cómo esas cualidades que permiten la articulación política también son usadas para darle foro a expresiones misóginas, homófobas, tránsfobas y xenófobas que incluso han tenido repercusiones en la seguridad de las personas fuera de las plataformas digitales, lo que hace visible, una vez más, que la violencia digital es real”, explica la investigadora.

El éxito, en cualquier caso, de las acciones y campañas que circulan con fuerza en internet se constata en las calles. La ocupación del espacio público sigue siendo, mal que les pese a quienes apostaban a favor del “activismo de sofá”, la demostración de la fuerza de los movimientos en la era de la tecnopolítica. El impacto y el cambio social siguen amarrados a los procesos que se vienen construyendo desde hace años y que articulan a diferentes organizaciones de manera interseccional, como lo demuestra la histórica Campaña por el Aborto Libre, Seguro y Gratuito que en el país austral movilizó a dos millones de almas a las calles durante 2018.

Por su parte, Paz Peña, investigadora chilena y coordinadora de Acoso.Online, opina que las redes circulan voces y redistribuyen el poder de manera sesgada: “Hacen pasar ciertas palabras y eso justamente es lo que centra la discusión pública hoy, sobre todo luego de observar cómo las empresas detrás de las denominadas redes sociales han influido en la virulencia del discurso del odio y en la desinformación”.

Se impone pasar a un nuevo grado de análisis crítico que se preocupe por desentrañar las reglas con las que las plataformas estructuran la interacción (desde los términos de servicio, reglas de comunidad y, sobre todo, los algoritmos). Peña señala que lo más relevante es que podamos tener la última palabra en determinar cuáles son las reglas del juego del discurso público. Distribuir el poder que detenta un puñado de empresas, un poder que éstas se atribuyen por ser dueñas de una plataforma digital.

La colectiva catalana Donnestech apunta en un artículo incluido dentro del monográfico ¡Feminismos! Eslabones fuertes del cambio social que la actual fisonomía de internet nos ha obligado a guardar en el armario el pasamontañas zapatista y la máscara de gorila de las Guerilla Girls para poder hacernos selfies en los centros comerciales, panópticos creados por Google, Amazon, Facebook, Apple, Instagram, Twitter. “Esta evolución surge de una agenda neocon abiertamente misógina (desde los Silicon Valley y otros centros del sistema capitalista mundial) y de un fortalecimiento en las redes de los grupos de odio, así como de movimientos conservadores y antiderechos que han buscado de manera exponencial ocupar internet para multiplicar los ataques y las prácticas neomachistas contra las mujeres y disidentes del género», abundan.

Las Donnestech consideran que evadir una mirada política respecto a las herramientas que usamos para protestar y que ayudamos a construir es un error estratégico.

Pero ¿qué hacer si la selfie nos salió tan bonita?

Nuevas divisiones en la era del narcisismo digital

¿Recuerdan aquellas promesas de que internet sería la clave fundamental para la democratización de nuestras sociedades? Pues sí: muchas de las promesas iniciales de la red llevaban consigo el optimista mensaje de horizontalidad y redistribución del poder junto con el derrocamiento del viejo orden mediático establecido. Ahora nuestras expectativas bajaron y la enorme pregunta sobre si la red sería tan revolucionaria como creían las comunidades e intelectuales que predicaban sobre su destino hace tiempo obtuvo respuesta negativa.

Taylor señala que, más que un acceso igualitario y una reformulación del campo cultural, lo que internet hizo fue organizar de otra manera la distinción entre quien gana y quien pierde. La investigadora destaca que la mayoría de los mitos sobre los efectos habilitadores de empoderamiento e iluminadores de internet son solo eso: mitos. Las viejas divisiones y desigualdades —en el acceso, el género, el poder, la influencia y la riqueza— persisten. «Las redes —escribe Taylor— no erradican el poder: lo distribuyen de diferentes maneras, barajando jerarquías y produciendo nuevos mecanismos de exclusión».

Alejándonos por un momento de la distopía total, es notable cómo los feminismos han mutado gracias a la digitalización de las luchas. Así lo ve Paz Peña: “Los feminismos se ven beneficiados por internet en el contexto de derechos humanos: acceso al conocimiento, libertad de expresión, derecho a reunión y más”. No obstante, la investigadora chilena observa un contexto de Estados policiales, donde es imperante que los feminismos, por un lado, usen estratégicamente plataformas como las redes sociales y, por otro lado, tomen como tarea propia la construcción de infraestructura digital feminista. ¿Podríamos imaginarnos interactuando y alzando nuestras voces en otros espacios creados por nosotras mismas?

Edito, luego existo: el caso Wikipedia y otros

Wikipedia, y su brecha digital de género, es una muestra viva de que en internet ciertas perspectivas son dominantes sobre otras. Y ¿por qué debería preocuparnos? Porque el patriarcado reina en la enciclopedia más consultada de internet y no vamos a permitirlo.

Tomemos en cuenta que, de todas las biografías que existen en Wikipedia en español, solamente el 16 por ciento corresponden a mujeres, que muchos de los artículos tienen sesgos machistas y sexistas (si leemos perfiles de mujeres, es habitual encontrar una relación familiar o sentimental con un hombre, conoceremos su estado civil, si es madre, además de talla y medidas). Lo más grave, más que esta cifra, es que en la principal referencia en internet falta la mirada de quienes somos la mitad de la población mundial.

Wikipedia es una red de conocimiento colaborativo donde miles de personas de manera desinteresada se dedican a escribir, ampliar, corregir y editar millones de artículos de la enciclopedia libre. En su mayoría son hombres. “Las últimas cifras al respecto no solo son desalentadoras sino intolerables en una sociedad que busca la equidad: las mujeres ocupamos solamente el diez por ciento de participación en la edición de Wikipedia”, explica Carmen Alcazar, presidenta de @wikimedia_mx en una entrevista para la página web GenderIT.

Y ¿por qué hay pocas mujeres editando Wikipedia? Algunos de los motivos que las wikipedistas destacan son que, al ser un proyecto voluntario, la donación de tiempo depende del tiempo libre, un componente que es escaso o nulo en la vida de las mujeres. “Vivimos en un mundo con roles de género impuestos, en los cuales las mujeres tienen un trabajo remunerado o escolar y el trabajo de cuidados: atender casa, hijos, hijas; cuando se concluye la jornada invertimos el tiempo para consumir contenido en internet, no para generarlo”, explicita Alcazar.

Distintos proyectos trabajan por cambiar el horizonte tecnopolítico patriarcal. Es el caso de Wiki-Mujeres, una comunidad de mujeres que en diferentes países se reúnen para organizar Editatonas —maratones de edición de Wikipedia donde se destacan perfiles de mujeres en el arte, deportistas, escritoras)— conferencias y espacios de aprendizaje.

En la lucha por la reapropiación de internet como un espacio de intercambio de conocimiento libre y de fortalecimiento de otras identidades, destaca también Geochicas. Esta iniciativa latinoamericana de mujeres es parte de la comunidad Open Street Map (OSM), el proyecto de bases de datos espaciales con licencia abierta más grande del mundo, cuya comunidad también sufre un sesgo de género. Las Geochicas aportan sus conocimientos para señalar cuáles son los espacios públicos hostiles para las mujeres, así como cuestionar la estructura urbana en función de la movilidad de las mujeres en la vida cotidiana.

Con un pie en internet y otro en los territorios, los Talleres de Autodefensas Hackfeministas son una propuesta del Laboratorio de Interconectividades y del Comando Colibrí orientados a realizar prácticas de autodefensa [hack]feminista para aplicarlas en la vida cotidiana. Ellas complementan estrategias de lucha y cuidados colectivos dentro y fuera de internet.

La vida digital nos tiene constantemente actualizando apps, tecleando frenéticas para resolver a alta velocidad y, a muchas, coqueteando con ser efímeras celebrities en las historias cotidianas. Esta cultura se extiende a un panorama mediático en crisis, donde el periodismo multiplataforma se impone: tenemos que fotografiar, grabar y editar vídeos, y ser brillantes story-tellers.

El debate no se cierra aquí. En este horizonte de extracción ilimitada de nuestros datos personales, rescatemos las redes de afectos forjadas en lo digital, pero que también lo trascienden. Sigamos creando potentes agencias comunicativas que puedan enfrentar a las enormes corporaciones, que pongan de cabeza la manera estereotipada de contar historias. Una internet feminista que cree prácticas emancipadoras que nos permitan autogobernarnos con nuestras propias reglas, también en el mundo digital.

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