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“Nos queréis invisibilizar y vamos a estar presentes más que nunca”

Viernes 12 de enero de 2018

Las trabajadoras de residencias de ancianos de Bizkaia narran lo que ha supuesto la victoria de su huelga por un convenio más justo en un sector de gestión privada pero que se financia con dinero público. Dignificar las condiciones de gerocultoras y personas usuarias ha supuesto 370 días de paros en los que se han sentido invisibilizadas y menospreciadas por instituciones y patronales. Para ellas la lucha ha sido así por ser mujeres y dedicarse al sector de cuidados, un sector no productivo que no ha sufrido pérdidas con cada paro.

Teresa Valverde 15-12-2017 Pikara

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Las trabajadoras de las residencias han estado 370 días de paros y huelgas. / Foto: J. Marcos

7 de octubre por la mañana. En el Centro de Relaciones Laborales de la Gran Vía de Bilbao se reúne una veintena de personas en torno a la mesa de negociación. Sobre la mesa se presenta un preacuerdo que abre la posibilidad al fin de la huelga de gerocultoras de Bizkaia. A un lado, los representantes de las patronales, Gesca, Lares y Elbe: siete hombres de traje y una mujer. En el otro lado, la parte social: una quincena de personas, casi todas mujeres. Varias sindicalistas de UGT, un chico y una chica de LAB, dos mujeres y un hombre de Comisiones Obreras, dos representantes del sindicato ELA -al que pertenece el 70 por ciento del sector-, y diez sindicalistas, todas trabajadoras de residencias de ancianos vestidas con la camiseta verde de ELA, la que ha sido el emblema de las huelguistas. Entre ellas se encuentran Zoa Sáenz de Santa María y Ainhoa Pérez Liedo. Ambas llevan en huelga desde el principio. 370 jornadas de paro, casi dos años de conflicto.

“Empezamos un 17 de marzo de 2016”, dicen las dos a la vez, sin dudar, cuando recuerdan el recorrido que las ha traído hasta aquí. Reconocen que sabían que iba a ser duro, pero no tanto. Antes de sentarse en la mesa el 27 de octubre, había habido otros conatos de resolución del conflicto. El primero, a finales de septiembre, cuando se plantearon los puntos pero sin llegar a acuerdos económicos y de tiempos. Estos llegaron a principios de octubre. “La sensación es de vértigo porque ves que por fin se empieza a menear, porque han sido muchos meses sin conseguir absolutamente nada”, dice Zoa. “En ese momento ves que se ha acabado, y que tienes que darlo a conocer a las delegadas de toda Bizkaia. Te tiene que parecer que está bien, porque para trasladar una mierda, no trasladas”, explica Ainhoa. Y así, con sentimientos encontrados y nervios, se plantaron el 23 de octubre frente a más de cien mujeres, delegadas sindicales de residencias.

“Votaron que sí de manera unánime”, recuerda Ainhoa, “y lo que ves son aplausos, abrazos y pensé, qué bien, lo he hecho bien, no he fallado a nadie. Lo hemos conseguido”.

Lo que han conseguido tras casi dos años de huelga ha sido todas las mejoras que pedían en el nuevo convenio: aumento de salario hasta los 1200 euros netos mensuales –antes cobraban un 60 por ciento menos que en las públicas, 1158,34 euros–, bajas por incapacidad laboral al cien por cien; mejoras en pluses para los domingos y días de descanso. Las horas de formación han aumentado en cinco horas al año y además ahora se contabilizan fuera del horario de trabajo. Un triunfo que pone punto y final a la huelga pero no a la lucha. “Hemos conseguido el aumento de salario, sí, pero eso era un tema laboral”, explica Zoa. Y lo dicen porque lo que no ha cambiado es el modelo, gestionado por empresas privadas con dinero público, y cuya precarización se manifiesta especialmente en los ratios, en el número de trabajadoras por paciente. Éste ha sido el núcleo de las reivindicaciones tanto de las gerocultoras como de Babestu, asociación de familiares de personas usuarias que nació para defender la calidad de los cuidados en las residencias vizcaínas. Si el ratio es un caballo de batalla es porque la ley vigente –que es el año 98 y depende del Gobierno vasco– recoge que debe haber 29 trabajadores por cada cien personas usuarias, pero en esta cifra se incluye tanto a médicos como a personal de jardinería. Ellas exigen que sólo incluya a personal de atención directa, como gerocultoras o celadoras de noche. El asunto no es, por lo tanto, estrictamente laboral, ya que la legislación “es un problema de las instituciones. Lo marcan el Gobierno vasco o lo marca Diputación”, matiza Zoa. “Desde Diputación se han comprometido a subirlos en enero, con la entrada en vigor de los pliegos. Pero creo que nos vamos a quedar parecido”, comenta Zoa. Y Ainhoa también se muestra escéptica: “Dicen que lo van a subir de 0,29 a 0,40, y estaría muy bien si fuera en auxiliares de enfermería, gerocultoras y enfermeras, porque son la gente que está con el anciano desde que se levanta hasta que se acuesta”. La realidad es, de hecho, que la mayoría de las residencias ya superan ese porcentaje de trabajadores por paciente y sigue siendo deficitario. “Seguimos estando las mismas personas con los mismos ancianos, por lo tanto, tú has mejorado a nivel laboral, a nivel de horarios, pero lo que es la atención directa a los ancianos sigue igual que antes de la huelga”, continúa. De hecho, sigue siendo habitual las contrataciones por tres horas y media al día para hacer refuerzo en desayunos, comidas o cena, o en horarios partidos que exigen disponibilidad completa. Este modelo supone tener a más mujeres contratadas de forma precaria cuando serían necesarias a jornada completa.

“NOS HA EMPODERADO MUCHO GANAR UNA LUCHA TAN LARGA”

“Necesitamos manos”, reconoce Juani Céspedes, presidenta de Babestu. “El acuerdo con las patronales ha llegado cuando menos lo esperábamos y, aunque no recoge todo lo que queríamos, nos ha empoderado ganar una lucha tan larga. A ellas y a nosotros [familiares de residentes]. Eso sí, se podría haber arreglado antes, los familiares hemos sufrido mucho y ellas también. Siempre en la calle, intentándolo todo”, señala. La asociación, que nació con el inicio de la huelga y cuenta con 250 socios, entiende la lucha de las gerocultoras como una “lucha maravillosa y feminista”. “Por mucho que algunos políticos nos sigan diciendo que no lo es, la realidad es que el perfil de cuidadora siempre es el de la mujer”, zanja Juani. Lo mismo señala Zoa: “Hemos sido incómodas. Les hemos sacado las vergüenzas al ser mujeres haciendo frente. Les hemos dicho, nos queréis invisibilizar y vamos a estar presentes más que nunca. Ha sido una lucha constante”. “Nos ha dicho Rementería [Unai Rementeria, diputado general de Bizkaia] que éramos marionetas del sindicato, vamos, algo así como que teníamos coeficiente intelectual plano. Que no sabíamos organizarnos y simplemente éramos las cabezas visibles de un conflicto decidido por ELA, porque siempre tiene que tener un conflicto grande en la calle. Ese fue el primer insulto”, recuerda Ainhoa. Y Zoa completa: “Mujer, tonta y manipulable”.

“HEMOS SIDO INCÓMODAS. LES HEMOS SACADO LAS VERGÜENZAS AL SER MUJERES HACIENDO FRENTE”

Al segundo insulto ya es maltrato –añade su compañera–. Pedías una concentración y, pum, te la denegaban, querías montar una carpa, pum, te la denegaban. Nunca se podía hacer nada. Éramos molestas. ¿Por qué? Por la persistencia, la organización, la capacidad de reivindicación. Estábamos cansadas de que se nos diga por activa y por pasiva que nuestro sueldo tiene que ser un complemento del de nuestro marido. ¿Por qué tengo que estar en pareja para tener una vida digna? ¿Y si quiero vivirla sola?“. “Es que eso no se les ocurre decírselo a un hombre. Es más, cuando hicieron el comentario de que éramos manipulables, escribimos una carta que llevamos a sellar a Diputación diciendo que cuando él quisiera y a la hora que quisiera íbamos las representantes a hablar con él. A día de hoy no se nos ha concedido. Ni siquiera ha hecho mención al conflicto el Día de San Ignacio. Los conflictos de la Naval y no sé qué, sí. Pero éste de Bizkaia que le afectaba a él no se mencionó. Estaba muy claro que era de mujeres y que él ha estado muy incómodo”, señala Zoa.

Así se gana una huelga

Lo cierto es que la mayoría de las mujeres que han participado en esta lucha ya eran sindicalistas de ELA antes de comenzar el conflicto. Esto supone que el sindicato del que hablaba el diputado general no es un ente externo a las mujeres, es un sindicato de las mujeres. Ainhoa Pérez, por ejemplo, se afilió desde que comenzó a trabajar en la residencia de Fundación Aspaldiko de Portugalete, hace ya una veintena de años. Hoy, a sus 44, recuerda que cuando empezó en el sector cobraba 80.000 pesetas mensuales –menos de 600 euros–. “Queríamos entrar en las viviendas de protección oficial y no podíamos optar porque no llegábamos a los ingresos mínimos establecidos. Nos teníamos que quedar fuera aun teniendo un contrato fijo. En el 2003 se organizó una huelga y se aprobó un 40 por ciento de subida. Y a partir de ese momento, todas las mejoras que hemos tenido de sueldo o de convenio han sido mediante paros, protestas, huelgas… nadie nunca jamás nos ha regalado nada. Nos ha costado pelear como leonas para llegar a este punto”, recuerda. Lo mismo señala Zoa, con 15 años de sindicalista y 14 como gerocultora, ahora en la residencia Loramendi Sanitas. Ahora tiene 54 años y cuando vio la posibilidad de comenzar una huelga supo que no cabía otra opción, que era necesario. El objetivo primordial era, esta vez, dar a conocer a la opinión pública un conflicto que hasta ahora se había tratado de puertas para dentro de las empresas y que en involucra a toda la sociedad. Salieron convencidas y a pesar del maltrato institucional y de los intentos de invisibilizción han conseguido dar a conocer su lucha.

Los apoyos, gracias a las redes sociales, llegaron desde Argentina, Canadá, Honduras o Ecuador, aplaudiendo una “lucha ejemplar”. Su ejemplo las llevó a estar en Madrid con las Kellys, en Segovia o en Elche en un encuentro feminista. “En Bilbao iban a una manifestación y la gente las aplaudía por las aceras, en los balcones, desde las ventanas”, recuerda Juani. Era el fruto de tanto esfuerzo: recogida de firmas, socialización, cuadrillas repartidas por los distintos pueblos de Bizkaia para explicarles a los transeúntes en qué consistía el conflicto. Mientras tanto, seguían con su vida de trabajadoras –hay que recordar que los servicios mínimos han sido máximos, de en torno al 80 por ciento– y de madres. “Ha habido cosas muy chulas. Hubo un día en que salía de una concentración e iba con la camiseta verde. Mi hija la mayor salía de inglés y fui a buscarla. Y me dijo, “ay, ama, qué vergüenza, no me digas ahora que tienes que ir a recoger firmas, déjame en el cole con los amigos”. Y se paró un señor y le dijo: “Muy orgullosa tienes que estar de tu madre. Eso es lo que hay que hacer para cambiar las cosas. La cría se quedó… ‘Ay amatxu, es verdad’ ”, recuerda Ainhoa.

El conflicto ha sido un triunfo, pero el desgaste de tanto tiempo de lucha también ha pasado factura: noches sin dormir, ansiedad, nerviosismo, trastornos intestinales y otros problemas que han aflorado al terminar la huelga, fruto del esfuerzo y el estrés. Pero tienen claro que ha merecido la pena. “Hacemos un trabajo importantísimo para esta sociedad, somos necesarias no, lo siguiente. Sí que cuidamos con amor, pero no por amor al arte, esto tiene que tener una remuneración. No es solo un coste económico sino físico, psicológico, y esto conlleva una responsabilidad y sobre todo de un dinero público. Es como dice nuestro eslogan: hay que cuidar a quienes cuidamos“, resume Ainhoa.

“HACEMOS UN TRABAJO IMPORTANTÍSIMO PARA ESTA SOCIEDAD, SOMOS NECESARIAS NO, LO SIGUIENTE. SÍ QUE CUIDAMOS CON AMOR, PERO NO POR AMOR AL ARTE”

Para Juani Céspedes, que fundó la asociación Babestu cuando nadie apoyaba todavía la huelga y el conflicto no era conocido, la victoria es de todas. “Nos hemos empoderado y tenemos valor. Somos incómodos pero queremos colaborar y participar en las reuniones del sector para dar nuestras ideas y hacer un seguimiento. Lo conseguiremos. Sin huelga también va a haber quejas. Antes se agarraban a que había menos servicios pero ahora también sigue habiendo problemas. Siempre se recorta en personal, en material y grúas. Diputación dice que lo va a revisar, pero estaremos pendientes. También queremos que se hagan actividades con los ancianos. Estimularles, hablar. Hacen falta más manos”. Desde ELA señalan también que estos recortes son un robo de dinero público. La gestión es privada pero los beneficios de las empresas vienen la gran mayoría de dinero público, 90 millones al año según el sindicato. “Diputación mira el precio por cama que paga y que está entre los 81 y 85 euros. La comida para el anciano en el jantoki –comedor– puede valer seis euros. En cuanto a las medicaciones, la gran mayoría tiene su seguro. Los pañales cuando tienen incontinencia también les entran por el seguro. Entonces al final el gasto de ese anciano por día y cama es mínimo. Diputación es la que tiene que decir, bueno, este dinero, ¿a dónde va? ¿Por qué llegáis a tener beneficios millonarios al año? –pregunta Ainhora– La dirección de Aspaldiko, mi residencia, nos reconoció a cada una de las trabajadoras que vienen a tener entre un millón cien y millón trescientos euros de ganancias. A eso no puede hacer oídos sordos la Diputación”. Y en la residencia de Zoa la situación es similar: “En dos años, los dos centros que son Sanitas Barakaldo y Sanitas Loramend han superado los dos millones de euros. Son brutales las ganancias que están teniendo. Incluso en las residencias pequeñas, con plazas para 80 personas, estamos hablando de 600.000 euros. “A esta gente política que se le llena la boca hablando de dignidad, creo que les hemos demostrado la dignidad de las trabajadoras en la calle. Y la lucha era nuestra pero también era por ellos, por los residentes, por nuestros mayores. Si nosotras estamos bien, ellos van a estar bien”, dice Ainhoa. “Por eso hemos sido incómodas, porque hemos abierto la caja de pandora. Parecía que Bizkaia era pionera como lugar para envejecer”, señala Zoa.

Así que cuando llegó aquel 27 de diciembre y, tras cerca hora y cuarto de negociación, se supo que las tres patronales se adherían al convenio, a ambas les temblaron las piernas. Con los papeles en la mano bajaron a la calle para enseñarlos, pensando que habría algunas compañeras. “Nos encontramos con banderas, miles de personas, nos hicieron el pasillo, estaban allí los medios… me entró una congoja…”, suspira Zoa. La gente aplaudía y ellas aún no asimilaban lo que estaba suponiendo. Tres cuartos de hora de celebración en la calle. “Es como el día de tu boda –bromea Ainhoa–. Al día siguiente lo recuerdas y dices, no hablé con fulanita, casi no estuve con éste”. Ambas saben que para lograr mejoras hay que organizarse entre los trabajadores, que el sindicato y la caja de resistencia de ELA han sido claves para aguantar, pero también su determinación de querer cambiar las cosas. Ainhoa sonríe: “Ahora tenemos ganas de que llegue octubre de 2020, porque tenemos otra serie de mejoras a nivel social que estamos deseando presentar”. Zoa asiente: “Babestu va a seguir vivo y nosotras también. Este conflicto es a nivel social. Y hay que tener claro que se puede”.

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