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Mujeres esclavas de nuestro cuerpo y nuestra imagen

Martes 10 de julio de 2018

Ana Bernal reviño 06-07-2018 [P.ublico-http://blogs.publico.es/otrasmirada...>

“Una mujer que no se gusta a sí misma no puede ser libre, y el sistema se ha preocupado de que las mujeres no lleguen a gustarse nunca. La manera de someterlas es creando una representación ideal del cuerpo femenino para que sea imposible acercarse siquiera a ese ideal, de manera que las vidas de las mujeres sean una constante lucha persiguiendo ese ideal, una constante lucha contra sus propios cuerpos, contra sí mismas”. Beatriz Gimeno

Tengo en mi móvil guardada una fotografía con esta frase de la compañera Gimeno, escrito en un muro de la ciudad de Cádiz. La traigo porque la reviso a menudo, justamente en estos meses donde a cada fotografía de Amaia de Operación Triunfo, a cada campaña o a cada compañera que se muestra sin depilar o sin maquillar, salta el debate y la polémica. Sobre el maquillaje ya hay menos controversia, pero sobre el tema de la depilación es raro que ante una mujer no depilada se le critique bajo conceptos como “sucia” o “guarra”. Sin embargo, durante toda nuestra vida hemos soportado a hombres que parecían réplicas de Chewbacca sin que nadie le haya señalado que es un “puerco”.

Yo crecí viendo cómo los hombres adoraban a Norma Duval, ponían cara de bobos en los espectáculos de Sabrina y que en el kiosco se agotaba la revista Interviú (y no por la información política, precisamente). Crecí viendo que parte del éxito de una mujer era ponerse prótesis mamarias; y las revistas femeninas que caían en mis manos tenían páginas dedicadas a cómo evitar cartucheras y michelines. Ejercicios que yo hacía, aunque a mis doce años no tenía ni uno ni lo otro. A la vez estaban las películas donde todo el mundo se reía de la chica tratada como “patito feo” por tener gafas y aparato dental, suponiendo un “drama” para las que llevamos una cosa u otra.

Luego llegó la adolescencia, donde las hormonas dispararon mi cuerpo. Por un lado, con esa envidia de ver a mis compañeros de instituto pasear sus granos como si nada, mientras yo me estiraba el flequillo para tapar la espinilla que tenía en la frente o me ponía el dedo justo sobre la que tenía en la mejilla para que no se me viera. Era el momentazo de las top model, donde una se miraba en el espejo y luego veía a Claudia Schiffer, Naomi Campbell o Cindy Crawford y asumía que aquello era misión imposible.

Era la época en la que creías que aquella actriz en la portada de la revista tenía 50 cm. de cintura, sin saber que un programa de ordenador llamado Photoshop moldeaba el cuerpo a imposibles. Y muchas de nosotras, que habíamos aprendido aquello de que había mujeres ideales (esos concursos de Miss España que patrocinaba Telecinco), comprobábamos que estábamos lejos del 90-60-90 porque no dábamos la talla en todo, y eso nos hacía sentir a otro nivel que no era el de una “mujer perfecta”.

También fue el momento donde era una revolución la foto en la que Julia Roberts salía sin depilarse las axilas, a la vez que aparecían las clínicas estéticas (en Marbella y la Costa del Sol, donde yo crecí, ni os cuento) donde por depilar, era hasta fundamental quitarse el vello del pubis. Bien había acostumbrado a ello la industria pornográfica y no por una cuestión de higiene. Solo para que en los planos se viese bien la penetración y todo lo demás.

También fue la época en las que las compañeras hablábamos que dejábamos de entrar en las tallas 34 y 36. La época en la que empezábamos a contar calorías. La época en la que te llegaban casos de compañeras con anorexia y bulimia, que vivían cargadas de culpa. La época que arrastró a la muerte a muchas de esas conocidas.

Todo esto es lo que trajo la presión de la sociedad del espectáculo, la sociedad del reconocimiento. Porque adaptarse al canon, a ese modelo de mujer ideal, da ese reconocimiento. Y el reconocimiento da poder. A las mujeres nos metieron esta lección muy bien a través de la cultura, de las películas, de las revistas juveniles. A las mujeres nos dieron bien masticada la idea de que nuestra autoestima depende de que los demás nos aprueben. Y si eso no pasa, también nos educaron para generarnos complejos y frustración. No hace tanto veía a compañeras que tiene un sueldo muy precario invertirlo en ‘belleza’, porque en las “entrevistas de trabajo lo valoran mucho”. Peor fue cuando una vez escuché a una chica en la parada del bus decir que ella lo invertía todo en belleza por “si me pasa como a la de Sin Tetas No Hay Paraíso”.

A veces tengo que dejar de ver Instagram. No ya por mí, sino por la rabia que me genera, por la presión que puede crear en muchas adolescentes. Es deprimente ver fotografías de cuerpos casi esqueléticos. También me gustaría ver qué cuerpo tendrían esas famosas si sus cinco horas de gimnasio las sustituyeran por jornadas de 8 o 10 horas sentadas en el ordenador, como gran parte de nosotras.

Soy feminista y he hecho un proceso de autocrítica tremendo sobre ello, y sigo con mis contradicciones, y sigo con mis peleas si no me quiero maquillar o quiero ir con las deportivas. Y sigo cumpliendo con este mandato patriarcal de la imagen en ciertos aspectos (cada vez menos) para ser aceptada.

Reconozcamos que el patriarcado nos ha moldeado el cuerpo. El feminismo no te va a perseguir o prohibir que te maquilles o te pongas tacones o que no hagas ejercicio (sabemos que la mayoría lo hacemos por salud). Lo único que hace el feminismo es pensar, preguntar, replantear. Asumir que es un mandato de género y no fustigarnos si no podemos depilarnos un día; y reconocer que hay todo un negocio sobre nuestros cuerpos. El problema es que todo esto nos lo vendieron como liberador, al igual que el desnudo. Me lo hubiese creído si en la época del destape, ya que era tan “empoderante”, ellos se hubiesen sumado. Por esa regla de tres, a día de hoy, ‘ellos’ son unos reprimidos de cuidado porque mostrarse… poquito. Pero claro, ni uno lo hizo. La industria de la belleza no genera libertad, sino esclavas, de nuestro cuerpo y de nuestro tiempo. Porque la libertad de la mujer está en sus derechos, no en la imagen que esperan de nosotras.

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