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Los niños criados escondidos en los barrios más ricos de Pakistán: "Me echaron agua hirviendo"

Domingo 18 de agosto de 2019

Hasta 264.000 niños y niñas trabajan en el servicio doméstico en Pakistán y, pese al aumento de las protestas, el problema se intensifica

Uzma Bibi, criada de 16 años, fue torturada y asesinada en Lahore por su patrón, que la acusó de comer un trozo de carne que no era suyo: su caso se hizo viral en Twitter

Humaira relata el tipo de abusos que suceden puertas adentro: "Me escondieron durante días para que nadie me viese"

Saba Karim Khan 17/08/2019 eldiario.es

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El trabajo doméstico en condiciones de esclavitud es habitual entre menores en Pakistán. EFE

Cada noche, después de doce horas de trabajo doméstico, Neelum, de 11 años y Pari, de 13, abandonan una lujosa mansión rodeada de césped bien cortado en el deslumbrante barrio de La Defensa en Karachi. Regresan al alojamiento de los criados y duermen sobre un colchón fino, repleto de termitas y con el hambre que provoca alimentarse de los restos de la comida de otros.

Detrás de puertas de cristal que brillan como espejos en el barrio más rico del país, miles de niños y niñas trabajan como criados. Se estima que en todo Pakistán, hasta 264.000 menores estarían trabajando en el servicio doméstico. Las denuncias de abuso se han convertido en algo habitual.

En enero, Uzma Bibi, criada de 16 años, fue torturada y asesinada en Lahore por su patrón, que la acusó de comer un trozo de carne que no era suyo. Su caso se hizo viral en Twitter con la etiqueta #justiceforUzma, lo que logró que tres personas fueran arrestadas, el patrón incluido. Las tres permanecen detenidas a la espera de juicio.

En 2018 ya había sucedido lo mismo, protestas en las redes sociales tras las difusión de las fotografías de Tayyaba, una niña de 10 años brutalmente golpeada. Trabajaba para un juez y su esposa. La pareja fue absuelta por los golpes pero condenada por denegación de auxilio y sentenciada a un año de cárcel.

Pese al aumento de las protestas, los activistas denuncian que el problema se intensifica. "La situación no deja de empeorar", afirma Ume Laila, directora ejecutiva de HomeNet Pakistán, una organización de derechos humanos. "Nadie protege a los niños en sus empleos y a menos que se implante un marco legal integral para la protección de los empleados domésticos, la situación no mejorará", denuncia. Es necesario que aumente la concienciación y las medidas concretas", añade.

"Da igual el apoyo que aparezca en redes sociales. En un tema como este, no se traduce en resultados positivos o de fondo en Pakistán", agrega la activista por los derechos de la infancia Fazela Gulrez. "Lo máximo que puede esperarse es una ley aprobada en medio de este alboroto que quede bien en los informes ante Naciones Unidas, pero que no cambie nada sobre el terreno. La reacción inmediata puede ser intensa pero no deja de ser temporal. En realidad, no cambia nada", señala.

Uno de los obstáculos más importantes tiene que ver con que el trabajo infantil está normalizado en la sociedad pakistaní y aprobar leyes de protección a la infancia más estrictas no interesa a los muchos que contratan a niños como criados. "No solo los más ricos y poderosos contratan niños como sirvientes", explica Gulrez, sino que "se trata de una realidad generalizada entre todo aquel que se lo pueda permitir".

"Muchos prefieren emplear a personas jóvenes porque son más fáciles de controlar y explotar. Las familias pobres ofrecen a sus hijos porque así les garantizan dos comidas y un techo. Es lo único que importa", añade la activista. La Ley de trabajadores domésticos del Punjab, aprobada este mismo año 2019, sí que pone énfasis en que debe desincentivarse el trabajo infantil. Sin embargo, su ejemplo no se repite en otras provincias.

"Me escondieron durante días"

La historia de Humaira es un caso paradigmático del tipo de abusos que suceden puertas adentro. A día de hoy, ya en la veintena, recuerda que de niña, cuando comenzó a trabajar en casa sus patrones, la quemaban y la escondían para que nadie la viera. "A los diez años tenía malnutrición severa. Casi no podía coger a los niños, que abusaban de mí con normalidad, unas veces de palabra, otras físicamente", relata.

Explica que los padres, a través de refuerzos positivos, fomentaban el comportamiento ’juguetón’ de sus hijos. "Una vez, mientras jugaba con los niños, me echaron agua hirviendo y me quemaron el cuerpo de cintura para arriba. No podía caminar. Los patrones entraron en pánico pero se negaron a llevarme al hospital. Me escondieron durante días y no me permitieron hablar con nadie", cuenta. Al final, un vecino rescató a Humaira, le ofreció asistencia médica y la devolvió con su familia.

Pese a los riesgos, bien documentados, la extrema pobreza sigue haciendo que los padres acepten enviar a sus hijos a estos trabajos. Agentes recorren el país, explican los beneficios y hacen ofertas falsas sobre los cuidados que recibirán los niños una vez abandonen sus hogares.

Gulrez contextualiza: "Son hogares marcados por la pobreza, con más bocas que alimentar que comida en el plato. Temo que los padres tienen ganas de enviar a sus hijos a trabajar en otros hogares, incluso con salarios mínimos y pese al abuso que pueden sufrir a manos de sus patrones". En muchos casos, añade, la alternativa sería abandonarlos en las calles para que pidan limosna, con el riesgo añadido de que se enganchen a la droga o sean reclutados por organizaciones criminales.

Sin protección adecuada para los trabajadores, en los casos de abuso, cualquier opinión en contra es silenciada. El silencio se compra. Eso es lo que sucedió en el caso de Bano, una niña de 13 años que trabajaba en Bahria, un pueblo en la región de Rahim Yar Khan, en el centro del país. Su patrón la arrojó por la ventana y le rompió la columna vertebral. No tenía salvación. Murió seis meses después. En lugar de acudir a los tribunales, su padre acordó recibir 300.000 rupias, menos de 2.000 euros.

Los activistas contra el trabajo infantil no creen que vaya a producirse ningún cambio en un futuro cercano. Neelum, de 11 años, se ha resignado a su suerte. "Hubo una época en la que soñaba… ¿Seré yo quien logre cambiar nuestras vidas? ¿Podré convertirme en piloto? Pero he seguido los pasos de mi madre como maasi [criada]. Esto me ha cambiado para siempre. Cuando me miro en el espejo, ya no veo a la misma persona", añade.

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