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Las huelgas de nuestras abuelas (IV) Históricas huelgas de inquilinas: “¡Si no bajan los alquileres, nosotras no pagamos!”

Sábado 24 de agosto de 2019

En 1907 más de mil edificios se organizaron en Argentina para dejar de pagar alquileres abusivos. En 1915, en Glasgow, 20.000 hogares se unieron frente a los desahucios. Las mujeres estaban en la vanguardia

Josefina L. Martínez 21-08-2019 CTXT

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Huelga de inquilinas en Argentina, en 1907.

Las mujeres de la clase trabajadora han intervenido activamente en la cuestión de la vivienda. Mediante huelgas, piquetes y movilizaciones tomaron en sus manos la lucha contra los alquileres desmedidos, para frenar desahucios y para mejorar las condiciones de vida en los barrios. Las huelgas de alquileres son parte de nuestra historia.

Juana Rouco Buela –una gallega que emigró con su familia a Argentina– fue una de las organizadoras de la huelga de inquilinas en 1907. En aquel entonces, la clase obrera en ese país era mayoría inmigrante: españoles, italianos, alemanes, polacos y rusos habían llevado consigo en los barcos que cruzaron el Atlántico las ideas libertarias de socialistas y anarquistas. Ciudades-puerto como Buenos Aires, Montevideo o Rosario se vieron pronto desbordadas. Familias enteras vivían en conventillos, como se llamaba a los grandes edificios con muchas habitaciones y baños comunes. En pequeños espacios cohabitaban hacinadas varias personas, con pésimas condiciones sanitarias.

La huelga de las inquilinas comenzó en septiembre de 1907 exigiendo una rebaja del 30% de los alquileres, después de declarar que no iban a pagar más hasta conseguirlo. El movimiento se contagió con velocidad a cientos de casas comunitarias y hacia el interior del país. Unos 1.000 conventillos se organizaron y entraron en huelga en la ciudad de Buenos Aires y 300 más en Rosario. El gobierno intentó acabar con la protesta mediante desalojos masivos, pero socialistas y anarquistas abrieron sus locales para organizar a los huelguistas. Hubo choques diarios con la policía, con el saldo de decenas de heridos. Lo más destacado fue el papel que jugaron las mujeres junto a sus hijos: las marchas con escobas “para barrer a los caseros” y echar a escobazos a bomberos y policías recorrían las barriadas, por eso se la conoció también como “la huelga de las escobas”.

El periodista anarquista español Gillimon escribió sobre aquella huelga: “Las grandes casas de inquilinato se convirtieron en clubes. Los oradores populares surgían por todas partes arengando a los inquilinos e incitándoles a no pagar los alquileres y resistirse a los desalojos tenazmente. Se verificaban manifestaciones callejeras en todos los barrios, sin que la policía pudiese impedirlas, y pronto, con un espíritu de organización admirable, se constituyeron comités y subcomités en todas las secciones de la capital”. Los patios, lugares de socialización, fiestas y tango, se convirtieron en espacios de organización.

En medio de esa gran resistencia, un joven murió bajo las balas de la policía, Miguel Pepe, de 17 años. En su entierro se movilizaron miles de personas y varios oradores tomaron la palabra; entre ellos estaba Juana Rouco Buela. Este hecho tuvo consecuencias directas en su vida: con 18 años fue deportada a España. Pero su militancia no cesó por este imprevisto y más tarde pudo regresar a Brasil y Argentina, donde se convirtió en la editora de un periódico escrito por mujeres anarquistas: Nuestra Tribuna.

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La huelga de alquileres en Glasgow, 1915

Con el comienzo de la guerra, la ciudad se encontraba superpoblada por la llegada de trabajadores de los astilleros y las fábricas de municiones. La oferta de viviendas no había aumentado lo suficiente y los propietarios aprovecharon para subir de forma desmedida el precio de los alquileres. Esto desató el conflicto.

La huelga de inquilinos comenzó en marzo de 1915, cuando una mujer resistió el desalojo. Su esposo era un soldado, y la deuda con el propietario alcanzaba una libra. El hecho de que padres, hermanos y esposos estuvieran en la guerra mientras ellas eran desahuciadas incrementaba la ira popular. Cuando llegaron los agentes del orden, cientos de vecinas indignadas bloquearon su paso. Entre ellas se encontraban militantes del Independent Labour Party (ILP). Una de las organizadoras de la huelga fue Mary Barbour, quien se había sumado a ese partido en 1896. Su estrategia fue organizar la resistencia de las mujeres, que pasaban gran parte del día en los hogares. Si veían por el barrio a alguno de los agentes encargados de los desalojos, debían tocar una campana. Inmediatamente, decenas o cientos de mujeres dejaban sus labores domésticas y se lanzaban a las calles con “armas caseras”: fruta podrida, trapos mojados o bombas de harina. Así lograron frenar los desahucios en varias ocasiones.

La huelga fue una enorme demostración de autoorganización obrera y popular, con las mujeres al frente. También contó con el apoyo de los trabajadores de los astilleros y otras industrias, que en más de una ocasión hicieron huelga. Helen Crawfurd, quien acompañó a Mary Barbour en la campaña, lo relataba así: “La Asociación de Mujeres por la Vivienda de Glasgow se ocupó de este asunto, y en los distritos de la clase obrera se formaron comités para resistir estos aumentos en los alquileres. Había carteles impresos con la leyenda “HUELGA DE ALQUILERES. NO NOS VAMOS A MUDAR” colocados en las ventanas de las casas. En noviembre, el conflicto alcanzó su mayor dimensión, con 20.000 hogares en huelga. El día 17, varios huelguistas fueron citados en los juzgados, lo que fue respondido con una masiva manifestación. La huelga de las inquilinas culminó con un gran triunfo, ya que todos los cargos judiciales fueron retirados y poco después se aprobó una Ley en el Parlamento para restringir el aumento de los alquileres. La movilización de las mujeres radicalizó a los trabajadores fabriles, que empezaron huelgas por aumentos salariales.

Creando puentes

Las huelgas de las inquilinas han sido recurrentes a lo largo de la historia, porque el capitalismo no puede garantizar un derecho tan básico como la vivienda para la mayoría de la población. Como señaló Federico Engels en 1873: “La penuria de la vivienda no es en modo alguno producto del azar; es una institución necesaria que no podrá desaparecer, con sus repercusiones sobre la salud, etc., más que cuando todo el orden social que la ha hecho nacer sea transformado de raíz”.

En el Estado español se vivieron importantes huelgas de inquilinas en Barakaldo (1905), Barcelona (1931-32) y Tenerife (1933). En la huelga de Barcelona, organizada por la CNT, más de 45.000 familias se organizaron para dejar de pagar los alquileres. Otra vez, las mujeres fueron la vanguardia. A lo largo de la historia, las mujeres han sido protagonistas de numerosos conflictos sociales, ya sea como trabajadoras, como vecinas o como consumidoras, contra el encarecimiento de los precios en los mercados o exigiendo igual salario por igual trabajo. En este sentido, han tenido un papel de “puente” entre los barrios y las fábricas, han permitido soldar la unidad entre diferentes sectores. El problema de la vivienda ha estado históricamente atravesado por el género, las migraciones y la clase. De igual modo, las mujeres trabajadoras y migrantes se encuentran hoy al frente de la resistencia contra la usura de los bancos y contra los desahucios.

Referencias:

Luciano Andrés Valencia, Las huelgas Inquilinarias a comienzos del siglo XX.

Leonidas Ceruti, La huelga de las escobas.

1915: Glasgow Rent Strike, libcom.org.

Federico Engels, Contribución al problema de la vivienda.

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