Xarxa Feminista PV

La batalla que nunca termina

Martes 13 de abril de 2021

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Fotografía: milicianas y milicianos antes de partir al frente.- Centro Documental de la Memoria Histórica/CG FOTOGRAFIAS C1301 S10 054A © MCD

Alejandro Torrús 12 de abril de 2021 Público

La tumba de María Ferrer ni siquiera contiene el cuerpo de la mujer. Se trata, únicamente, de una pequeña pieza de mármol situada detrás de una pequeña iglesia románica de Igriés (Huesca) con la siguiente inscripción: “A la memoria de María Ferrer Palau. De su compañero Manuel Montés”. Nadie sabe con exactitud dónde y cuándo murió María. Tampoco en qué momento exacto apareció aquel trozo de mármol ni quién lo instaló. Sí se sabe que María Ferrer fue miliciana, que murió en combate en 1936 en algún punto cercano a Igriés y que cada 14 de abril, día de la República, aparecen flores en su tumba. Poco más.

La cineasta y cocreadora del proyecto del Museo Virtual de la Mujer Combatiente Tània Balló lo comprobó con sus propios ojos hace ahora un año. Allí estaba el ramo de flores del que había oído hablar. ¿Quién lo pondría allí, incluso durante los años de dictadura, para mantener la memoria de una miliciana? Ningún vecino o vecina afirmaba conocer detalle. Contaban que aquella tumba apareció en los primeros años de dictadura, pero que desconocían quién la había instalado. Tampoco saben nada del ramo de flores. Confirman que cada año aparece, pero no saben quién lo pone.

María Ferrer Palau tenía 17 años cuando una parte del Ejército dio un golpe de Estado el 18 de julio de 1936. Sólo un mes después, en agosto, se apuntó con su amiga María Costa Torres como combatiente en la columna del Sindicato del Transporte Marítimo de la CNT. El objetivo era recuperar Mallorca, caída en manos de los golpistas con la determinante ayuda de la Italia fascista. Ferrer Palau desembarcó en la isla de Mallorca el 16 de agosto junto a las tropas comandadas por el capitán Alberto Bayo. El 3 de septiembre, por orden del Ministerio de Guerra, las tropas republicanas abandonaban la batalla. También las dos amigas.

Pero la guerra no terminaba ahí para María. Pocas semanas después fue enviada al frente de Aragón en la columna Roja y Negra. No se sabe en qué punto María Ferrer pudo conocer al “compañero” Manuel Montés García. Tània Balló y el historiador Gonzalo Berger, también cocreador del Museo Virtual, explican que Montés pertenecía al mismo Sindicato de Transportes Marítimo de la CNT y que estuvo presente tanto en la expedición a Mallorca como en el frente de Aragón en las mismas columnas que las dos amigas. También se sabe que tenía 21 años y que había nacido en Córdoba.

“Sabemos que Manuel sobrevivió a la guerra y sabemos que no quiso que el recuerdo de María se borrara para siempre; en plena dictadura franquista volvió al pequeño municipio aragonés y consiguió colocar la placa de la joven miliciana en el cementerio”, explican Balló y Berger. La valentía de Manuel ha permitido que más de 80 años después la memoria de María Ferrer Palau no caiga en el olvido.

El final de la Guerra Civil supuso para las mujeres que habían combatido en la guerra o participado en las instituciones republicanas la muerte, el encarcelamiento o el exilio. Las mujeres que se atrevieron a combatir contra el fascismo pagaron con la represión el deseo de libertad. Muchas fueron condenadas a muerte, otras muchas a penas altísimas de prisión y las menos pudieron huir y malvivir en el extranjero.

La guerra había terminado pero la lucha, no. La batalla continuaba. Allá donde estuvieran la lucha de estas mujeres por la supervivencia y por su libertad continuó. En casa, en la fábrica o en la prisión.

Isabel Carillo Olivares, miliciana de la columna Durruti y luchadora en los frentes de Madrid y Aragón, fue detenida y juzgada una vez terminó la Guerra Civil. Según el informe de la Guardia Civil se trataba de una mujer “altamente peligrosa y enemiga del régimen nacional”. Tenía 19 años cuando un Tribunal Militar la condenó a muerte. Afortunadamente, la pena fue conmutada por 30 años de prisión. En 1940 ingresó en la cárcel de Guadalajara. No obtuvo la libertad condicional hasta 1952, cuando tenía 32 años. Desterrada, sin redes y enviada a una España muy diferente a la que había defendido con su propia vida.

El largo cautiverio de Carrillo no fue un caso excepcional. La luchadora María Salvo, por ejemplo, secretaría de Propaganda del comité de Barcelona de las Juventudes Socialistas Unificadas de Catalunya, estuvo cautiva hasta el Jueves Santo del mes de abril de 1957. Tenía 36 años y llevaba desde los 21 en prisión.

Otras dos expresas políticas de la cárcel de Segovia, Consuelo Claudín y Consuelo Alonso, la recibieron en la puerta aquel día. “Lo difícil fue adaptarse a un nuevo mundo. Había perdido el hábito de comer con cuchillo y tenedor; no sabía el valor de la moneda en curso. Todo me resultaba diferente, incluso la conversación con mi familia y los amigos más próximos. Era como si entre nosotros existiese un muro que yo tenía que derribar poco a poco”, señaló Salvo, fallecida en noviembre del año 2020, a Público.

Llamar libertad a lo que María Salvo había recibido aquel Jueves Santo de 1957 es mucho decir. Su caso sirve para ejemplificar el de otras miles de mujeres que fueron encarceladas y cuya salida de prisión, tras largos años entre rejas, fue muy difícil de gestionar. Salvo había sido desterrada. No tenía un lugar al que volver tras su salida en prisión. Tampoco tardó mucho en comprobar que hablar de sus vivencias en la prisión resultaba incómodo, cuando no incomprensible, para la gente que la rodeaba. Ella era una mujer en peligro de extinción en la nueva España franquista. “Nadie te pregunta por tu vida después de la cárcel y es, sin duda, uno de los periodos más duros. No es que te acostumbres a la cárcel, uno nunca se puede acostumbrar a eso, pero allí dentro no te sentías sola, y fuera sí”, narró Salvo en el libro El daño y la memoria, del historiador Ricard Vinyes.

Otro ejemplo es el de Matilde Saiz Alonso, de Santander. Nada más iniciarse la guerra se enroló en las milicias vascas en la defensa de San Sebastián. Con la caída de la ciudad cruzó los Pirineos para volver a entrar por Catalunya y alistarse en la columna Roja y Negra. Tenía, también, 19 años. Fue detenida y capturada en los agónicos días finales del mes de marzo de 1939 en Alicante, último reducto republicano, junto a una multitud que intentaba escapar de una represión segura. Ella quería irse a Orán, en Argelia. Sin embargo, fue enviada al campo de prisioneros de Los Almendros (Alicante). Después, fue condenada a 30 años de prisión y trasladada al penal de Belchite.

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Miliciana en Mallorca descansando con un rifle en la mano. Centro documental de la Memoria Histórica/CG Fotografías C1547 EXPO01594

Pero si la situación fue insoportable de fronteras para dentro, el destino no fue mucho más amable para las combatientes que lograron salir del país. Muchas de ellas necesitaron ayuda de organizaciones no gubernamentales para sobrevivir. Francia, Argentina, México, Venezuela, Uruguay o Estados Unidos fueron algunos de los países de destino de las combatientes exiliadas. Mujeres que trabajaron en lo que pudieron, lucharon para salir adelante y cuyo pasado fue, poco a poco, enterrado

Poca gente estaba dispuesta a dar trabajo a una mujer que había empuñado un fusil. Pocos historiadores se preocuparon entonces de mantener la memoria viva de estas mujeres y, muchos años después, con la democracia recuperada, prácticamente ninguna de ellas regresó a la vanguardia de sus partidos políticos. Volvía la democracia, pero se mantenía el olvido sobre ellas.

Así, en 1939, miles de mujeres, combatientes con armas o sin armas, salieron hacia el exilio. La escritora Hortensia Blanch i Pita, más conocida como Silvia Mistral, tuvo la suerte de poder subirse al Ipanema, un barco que trasladó a cerca de mil refugiados republicanos a México. Durante el viaje la escritora dejó plasmado en el papel sus reflexiones: “Se pisa tierra mexicana. Venimos con la ilusión de empezar una vida deshecha por los horrores de la guerra. Somos todos pobres. Traemos solamente el recuerdo de las cosas que quisimos formar y que se perdieron en la guerra o en el éxodo. Nos queda el alma, elevada y purificada por las angustias del exilio, el afán de recobrar lo perdido, para nosotros y para aquellos que gimen bajo el manto fatal de la tragedia”.

Otras mujeres, como Sofía Blasco, periodista y dramaturga, también marcharon a México a bordo del barco Méxique, el más numeroso de cuantos partieron hacia México. Blasco, con más de 55 años cuando se dio el golpe de Estado, decidió montar una especie de cantina en la sierra norte de Madrid durante los primeros meses de combates. El cuidado que daba a los milicianos y milicianas le hizo ganarse el apodo de la ‘madrecita’ republicana, tal y como aparece en la prensa francesa de la época que se hace eco de su participación en más de 200 mítines en Francia, Suiza y Bélgica pidiendo la intervención europea en la Guerra de España. Si los nazis y fascistas tenían a sus tropas en suelo español, ¿por qué las democracias europeas no lo hacían?

A pesar de los esfuerzos del cuerpo diplomático de la II República, las democracias no intervinieron y la República cayó. Blasco consiguió un pasaje para el exilio y terminó sus días en el anonimato de México. Lo poco que se sabe es que abandonó el periodismo y regentó una sombrerería. La alternativa, en España, era la prisión o el paredón. A bordo de aquel barco, el Mexique, también estaba Pilar Balduque.

Franco, destacada combatiente de la columna Durruti, que luchó en la 117 brigada mixta hasta la retirada a Francia en 1939. Suyas fueron las palabras de despedida al líder anarquista y sindical que decían: “Tú has muerto, pero tu recuerdo vivirá, siempre con nosotros. No te lloramos, pero sí te sabremos vengar”.

Otra combatiente que tuvo que salir hacia el exilio fue Teresa Duaygües Nebot, miliciana de la columna Gavaldà, en Mallorca, y curiosamente, también de 19 años. No consta filiación política. Sí que partió hacia la expedición capitaneada por Bayo con mosquete mauser y que regresó a su casa, en Barcelona, tras el fracaso de la expedición en Mallorca. También se conoce que un vecino amenazó con denunciarla ante las autoridades franquistas y que decidió huir. Se marchó a Francia y, desde ahí, a Caracas (Venezuela), donde abrió una pequeña librería que regentó hasta su jubilación.

Los autores del proyecto Museo Virtual de la Mujer Combatiente consiguieron localizar a un descendiente de Teresa. Se trataba de su sobrino Francesc Prats Duaygües. El hombre se mostró amable y receptivo, pero aseguraba que su tía no había sido miliciana. Nadie le había contado esa historia. Tània Balló y Gonzalo Berger explican que la reacción de Francesc es la más frecuente durante sus investigaciones. Muchas de las milicianas y combatientes se vieron obligadas a esconder su lucha. “No podemos olvidar que, a partir de 1937, con la militarización de las milicias, muchas de estas mujeres fueron enviadas a la retaguardia. Para evitar cualquier disidencia contra esta decisión se comenzó desde el bando republicano una campaña de desprestigio contra la figura de las milicianas que caló con fuerza entre la población. A este hecho hay que añadir la persecución real y moral del franquismo hacia esta figura, totalmente antagónica al modelo femenino impuesto por el nacionalcatolicismo”, explican.

La consecuencia real de esta conjunción de factores fue que muchas de las mujeres que combatieron, avergonzadas o temerosas de ser juzgadas socialmente, escondieron a las nuevas generaciones su pasado como milicianas. Teresa Duaygües regresó a España en 1977, ya muerto el dictador, y falleció solo un año después. Otras muchas mujeres jamás regresaron y se quedaron en sus lugares de acogida. Un exilio que muchas en su partida consideraban como un punto muerto, un breve paréntesis. La dictadura franquista, en sus pensamientos, moriría junto a la Alemania nazi y la Italia fascista. Pero no. La pesadilla se prolongaría 36 años más, hasta la muerte del dictador.

Balló y Berger explican que con el paso de los años las cargas familiares, la necesidad de subsistencia o la responsabilidad de crear un nuevo espacio de confort cotidiano impidió que la mayoría de las combatientes que partieron hacia el exilio continuaran con sus tareas políticas y militantes en las iniciativas de reconstrucción de una resistencia republicana en el exterior. “Las exiliadas también acabaron siendo presas de una realidad que las asfixiaba y que reducía su autonomía”, apuntan.

La mayor de las asfixias, sin embargo, se seguía sufriendo dentro de las fronteras controladas por el general Franco. Aquel 1 de abril de 1939 la guerra terminaba en España, pero la dictadura continuaba su particular batalla contra las mujeres y sus cuerpos. Las presas políticas, por ejemplo, ni siquiera podían ser calificadas como tales. Admitir su condición de políticas significaba reconocerles su autonomía de acción y pensamiento. Sin embargo, la Historia ha dejado incontables ejemplos de espíritus indomables, que lucharon con todo lo que tenían contra la injusticia.

Mujeres valientes como la combatiente Consuelo Sarmiento. La caída de Catalunya la obligó a emigrar a Madrid junto a su madre ante el miedo de ser delatada por vecinos. Llegaron a la capital un 11 de mayo de 1939 a medianoche. Las calles eran peligrosas y decidieron dormir en la estación de Metro de la Puerta del Sol. Consuelo dejaba atrás su pasado como combatiente en Mallorca, en el Frente de Aragón y su expulsión del Ejército por orden de los nuevos comandantes un 14 de julio de 1937. Ahora comenzaba una nueva vida en un país secuestrado. A las cuatro de la madrugada cinco hombres, falangistas, las despertaron a golpes. A la madre y a la hija. Las llevaron a las dependencias de Falange de la calle Nicasio Gallego, 21, y las encerraron en habitaciones separadas.

Aquella noche, Carmen Sarmiento fue violada en repetidas ocasiones. Tenía 24 años y a la mañana siguiente se presentó en comisaría para interponer una denuncia ante la Policía. Berger y Balló han conseguido recuperar el documento histórico en el que el inspector Claudio Cambrer López y el agente Antonio Albarracín Rodríguez recogen las palabras de Sarmiento. Los detalles poco importan. Importan el coraje y valentía de un espíritu que no se doblegó ante la derrota.

Aquellos días España se adentró en la larga noche de la dictadura franquista, que perviviría 36 años. Sobre las mujeres recayó la responsabilidad de “regenerar la patria”. Catalogadas como individuas de dudosa moral, su acceso a la ciudadanía durante la II República fue castigado ejemplarmente durante la dictadura a través de cárcel, violencia, exilio, silencio y uniformidad. Sobre ellas se pretendió cimentar el nuevo régimen nacionalcatólico de Franco. Monjas y falangistas de la Sección Femenina trataron de domesticar a las mujeres para ajustarlas al modelo de madres y esposas sacrificadas. Los tres ejes sobre los que se cimentó su educación resumen el papel que el régimen tenía planeado para ellas: “formación del espíritu nacional, labores y gimnasia”. El cuerpo de la mujer se convirtió, más todavía, en un objeto público del Estado.

La transición a la democracia tampoco fue amable para estas mujeres combatientes. La mayoría de aquellas que habían sido encarceladas por su papel en la defensa de la II República no volvieron a ejercer una acción política clandestina activa ni tampoco a ocupar responsabilidad política alguna en las estructuras de sus respectivas organizaciones. El reducido número de ellas que prosiguió en contacto con su organización lo hizo en tareas de mantenimiento logístico y sin capacidad de decisión política.

La consecuencia fue la pérdida del conocimiento y experiencia de una generación política femenina irrepetible. La verdad de sus propias vidas fue muriendo con ellas. Su lucha, su testimonio, su capacidad de resistencia. No sería hasta mucho más adelante cuando la sociedad comenzaría a escuchar los testimonios de estas mujeres. Tendrían que pasar décadas hasta ese momento. Que esta publicación sirva de homenaje a toda una generación política femenina que abrió el camino para todas y todos los que llegaron después.

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