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Judith Prat: "Se ha fotografiado mal a las mujeres durante mucho tiempo"

Martes 8 de junio de 2021

La fotógrafa aragonesa culmina con ’Matria’ tres años de trabajo que le han llevado por México, EEUU, Mozambique, Sudán de Sur y Yemen para documentar cómo impactan la agricultura intensiva, el poder de las multinacionales y los conflictos bélicos en la soberanía y seguridad alimentaria de millones de campesinos en el mundo. También quiere ser un homenaje a las agricultoras, "las que más cultivan el campo sin poder acceder a la titularidad de la tierra", denuncia.

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La fotógrafa Judith Prat. — Jose Miguel Marco

madrid 06/06/2021 Jairo Vargas MartínPúblico

En algún lugar de Mozambique hay una casita de una sola pieza, construida con ladrillos pegados con adobe y techumbre de ramas secas en la que viven una campesina de espalda portentosa y su familia. En la foto, con el sol golpeando de frente, se la ve con su bebé al costado, cargado del brazo, las pequeñas piernas a horcajadas, asiendo la curva que la madre imprime a su cadera para poder caminar y trabajar con las manos libres mientras lo aguanta. La misma mano que sostiene al hijo también sujeta un plato de plástico azul en el que se infiere la comida. Mira con fuerza a la cámara, pisando firme y digna el suelo naranja arcilla donde proyecta su sombra una azada erguida, como recién utilizada, que recuerda a un reloj de sol. A sus pies, el escabel de madera, junto a un par y medio de chancletas, donde la mujer separará, más en cuclillas que sentada, el grano de la paja antes de echarlo a hervir a la olla que también se deja ver. Cruzado de brazos, apoyado en el muro de la humilde casita, otro niño, ya casi adolescente, mira al infinito enfundado en una ajada camiseta de los Angry Birds. Culminan la cuidada composición una diminuta placa solar que apenas acumulará energía para encender una bombilla durante un par de horas de noche. Al lado, un barreño vacío, y algo más a la derecha, otra niña que mira tímida desde la sombra, en la puerta de la casa, lo que se cuece en frente, lo que hace la familia vecina. Quizás no haya hay una imagen que ilustre como esta el significado de Matria.

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Una madre junto a sus hijos en las afueras de su casa en Mozambique. — Judith Prat / Matria

"Matria es la patria que reivindico, la única que acoge y alimenta a todo el mundo; la madre tierra", la némesis de las patrias "llenas de fronteras y construidas contra el otro". También es "un homenaje a la mujer campesina y a sus problemas específicos". Porque el sector agrícola en el mundo no solo es duro y fatigoso, también es machista. "El campo, en general, está altamente feminizado. Son las mujeres las que más cultivan la tierra y producen los alimentos. Pero en muchos países, ellas no tienen acceso a la titularidad de los terrenos que cuidan. Ellas trabajan, pero no tienen el control de nada. Lo tienen, si acaso, sus maridos. Y eso denuncia Matria". Así resume la fotoperiodista aragonesa Judith Prat (Altorricón, Huesca, 1973) su último gran proyecto.

Matria es el nombre de un trabajo fotográfico que la ha llevado por cinco países (México, Estados Unidos, Mozambique, Sudán del Sur y Yemen) durante tres años y que ahora ve la luz, con sus 128 cuidadas imágenes en un libro editado por el Gobierno de Aragón y en una exposición itinerante por varias ciudades españoles que está teniendo una gran acogida.

"También he querido abordar cómo afecta una guerra a los entornos rurales"

Es una historia de expolio, explotación y extractivismo. Una historia de hambre decretada para que otros podamos dejar comida de precios bajos pudriéndose en la nevera. Un relato visual de campesinos y, sobre todo, campesinas despojadas de su medio de vida en aras de la agroindustria de las voraces multinacionales. El reflejo de quién se come nuestro mundo encarnado en las vidas de los que pasan hambre mientras recolectan el alimento de Occidente.

"Pero también es un relato de alternativas al modelo neoliberal que agota y contamina la tierra, de cooperativas de agroecología que también permiten a las campesinas defenderse de las prácticas sociales que las alejan del control de su trabajo. Y una mirada a lo que ocurre en el campo cuando hay una guerra, porque los conflictos suelen fotografiarse desde el punto de vista urbano y bélico. Yo he querido abordar cómo afecta una guerra a los entornos rurales y campesinos", añade.

Mirada con perspectiva de género

Hay quien dice que Prat se centra en historias sobre mujeres, aunque ella no lo comparte. "Lo que pasa es que, sea cual sea el tema que documento, me pregunto cómo afecta también a las mujeres y vuelvo la mirada hacia ellas. Somos la mitad de la población mundial y, en este caso, las mujeres son mayoría en las labores agrícolas", matiza. La falta de una perspectiva de género en la fotografía periodística y documental viene de lejos, apunta la oscense. "A lo largo de la historia y, sobre todo, antes de que las mujeres nos incorporásemos masivamente a este oficio, en la historia de la fotografía aparecen muy pocas mujeres fotografiadas", dice. "Eso también es una forma de invisibilizarlas. Aunque las fotos las hagan mujeres, si no salen mujeres en las imágenes, si no relatamos sus relatos, la historia la siguen contando los hombres", apostilla.

"En la historia de la fotografía aparecen muy pocas mujeres fotografiadas"

Pero la fotógrafa va más lejos. "Creo que hemos fotografiado mal a las mujeres durante mucho tiempo. El fotoperiodismo las ha revictimizado y ha perpetuado los estereotipos de mujer únicamente como madre y como víctima". Por eso contrastan los rostros femeninos que Matria nos acerca, con escenas de gran preciosismo aislado de escenarios míseros y golpeados, con luces doradas del atardecer que moldean los cuerpos, las miradas y las localizaciones hasta que apenas se nota el cruel trasfondo que la horada a diario. "No es algo premeditado. Es como yo las miro. No veo solo víctimas, veo heroínas cotidianas que se levantan cada mañana para seguir trabajando y luchando por una alternativa. Son fotografías llenas de dignidad", explica. Pero no solo de dignidad femenina. "También he huido de esa imagen del agricultor o el jornalero sucio y demacrado físicamente por la dureza de las condiciones de trabajo. Los he mirado como miraba a mi familia cuando trabajaban el campo", dice.

Esa visión que quiere empoderar al eslabón más débil de la cadena de la globalización ya venía escrita en el código genético de Prat. "A mis padres, que me enseñaron a amar la tierra", dice la dedicatoria de Matria. "Es quizás mi trabajo más personal. A pesar de la distancia geográfica y cultural, lo más curioso que me ha pasado documentando estas historias ha sido reconocerme, reconocer mi infancia y los relatos de mis abuelos en esos campesinos y campesinas que he retratado tan lejos de donde yo nací", subraya. "La tierra tiene esa capacidad de conectar. Todos mis antepasados conocidos han trabajado la tierra, la agricultura tiene mucho que ver con lo que soy y de dónde vengo", expone. Y esa cercanía se deja ver en cada una de las fotos de este trabajo.

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Prat aborda, con sensibilidad y contundencia a la vez, la cruda certeza de que la tierra no es —casi nunca lo fue, de hecho— para quien la trabaja, el drama de la usurpación de fincas y ejidos comunales por parte de compañías multinacionales que borran del mapa la milenaria milpa (maíz, frijol, calabaza y chile) para plantar en México miles de hectáreas de palma africana. Una especie extranjera, como las empresas que la plantan, en cuyo aceite se freirán las Ruffles york-queso que nos comemos con una cerveza.

La fotógrafa habla y a veces grita componiendo imágenes que dan fe de los efectos de gobiernos que son capaces de arrebatar parcelas cultivables a sus habitantes para que una empresa minera explote y envenene las entrañas de ricos países plagados de gente hambrienta. Documenta el robo de acuíferos, la contaminación de ríos y lagos, el éxodo de campesinos despojados de campo a los que solo les queda la opción de emigrar para recoger fuera un fruto que a ellos se les niega en casa. Son los nuevos esclavos de los campos de algodón, aunque ahora recogen toneladas de soja y pimiento, de noche, de día y a media tarde; sin más cadenas que los ate que la extrema necesidad que ha parido el "desarrollismo económico" de Occidente.

"El neoliberalismo funciona así. Entre el coste de producción de la cosecha de un agricultor o lo que cobra un jornalero por la recolección hay una diferencia abismal con el precio final que paga el consumidor. Entremedio están las vueltas que da esa comida por todo el mundo", sentencia Prat. "De nosotros también depende el cambio, consumir productos de cercanía y cultivados de forma respetuosa con la tierra", alecciona.

Yemen, el hambre como arma de guerra

Aunque si hay uno de los países documentados que le ha impactado, ese es Yemen. "Ha entrado en su sexto año de guerra y sufre la mayor catástrofe humanitaria del planeta ahora mismo", explica. Un conflicto difícil de comprender para el lector occidental que, quizás por eso, no termina de estremecerse con las escasas imágenes que han llegado de niños que parecen esqueletos cubiertos de piel y con ojos famélicos.

"Los bombardeos intencionados en el campo de Yemen condenan a la población a una hambruna inmediata y futura"

La autora consiguió entrar en el país en 2018 y desde entonces no ha podido volver. "El cerco informativo es enorme. El único aeropuerto abierto está controlado por Arabia Saudí, que lidera la coalición internacional que bombardea el país", resume. Bombas —muchas fabricadas y vendidas por empresas españolas— que ahora caen sobre los escasos campos de cultivo de un país desértico en el que apenas puede entrar ayuda humanitaria. "Allí he querido documentar la alimentación o, mejor dicho, el hambre utilizada como arma de guerra. Los bombardeos intencionados en el campo no solo condenan a la población a una hambruna inmediata, sino que la alargarán durante años, aunque acabe el conflicto. La tierra estará contaminada y no crecerá nada en mucho tiempo", precisa Prat.

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Una mujer y su hijo viven en una pequeña tienda en medio del desierto cerca de la ciudad de Aden tras abandonar Sabaha, su pequeño pueblo natal, por la violencia y la pobreza enYemen. — Judith Prat / Matria

Las imágenes y el relato de Matria no dejan escapatoria ni permiten a quien lo contempla huir entre la maleza de las dudas o escapar por un vacío de información. Es la injusticia sin soflamas puesta delante de nuestros ojos, los mismos que otean los opulentos estantes de la frutería del Carrefour Exprés. Pero Prat no es ingenua, "ninguna foto mía cambiará el mundo. Mi trabajo está hecho: documentarme, ir, ver y volver para contarlo. Es mi grano de arena", apunta. Otra gota de agua en el mar que lleva décadas reflejando el sufrimiento, la desigualdad extrema y los conflictos que produce el capitalismo; los mismos que la globalización ha deslocalizado y escondido debajo de una alfombra. "No busco que mis fotos provoquen emoción, sino reflexión. Quien ve Matria reflexiona sobre lo que ocurre con la tierra, sobre la alimentación mundial y sobre la soberanía y la seguridad alimentaria". Pienso, luego existo, dijo alguien una vez.


Matria Pikara

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