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El feminismo más descarado planta cara al presidente de Uganda

Miércoles 12 de junio de 2019

El ’caso de la vagina’ es el último proceso judicial contra Stella Nyanzi, una activista ugandesa por los derechos de las mujeres y la diversidad sexual caracterizada por su insolencia y el uso de las redes sociales

Carlos Bajo Erro 25-06-2019 CTXT

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Stella Nyanzi Flickr / Chapter Four Uganda / Human Rights Convention, 2018

Es la más irreverente de las feministas ugandesas y la más descarada de las defensoras de los derechos de la comunidad LGBTIQ en un país cuyo presidente mantiene una cruzada contra la diversidad sexual. Se trata de la profesora Stella Nyanzi. Hace dos semanas se sentó en el banquillo por el que se ha conocido como “el caso de la vagina”, que ha trascendido las paredes del tribunal y las fronteras de Uganda y ha inflamado las redes en campañas de apoyo. Unas redes sociales que ella aprovecha para repartir críticas y denuncias sin pelos en la lengua. Las mismas redes sociales que se han convertido en el otro dolor de cabeza del presidente Yoweri Museveni y en las que se ha empeñado en limitar la libertad de expresión combinando leyes restrictivas y castigos ejemplares.

Este es el ejemplo más visible de un movimiento feminista que ha encontrado una intersección con la lucha por el respeto a la diversidad sexual y que, poco a poco, empuja contra las cuerdas al régimen de Museveni. Se trata de una corriente que, por ejemplo, en junio del año pasado ocupó las calles de Kampala, capital del país, en una manifestación histórica para denunciar la impunidad de una ola de feminicidios. El presidente ugandés, que acumula 33 años como jefe del Estado, ha hecho de la moralidad un caballo de batalla con el que, según la activista y periodista ugandesa Rosebell Kagumire, desvía la atención de los nubarrones socioeconómicos que se ciernen sobre el país. Las provocación de Stella Nyanzi y su represión exponen constantemente al régimen de Museveni: en el ámbito internacional minan su prestigio con las denuncias de las organizaciones de defensa de Derechos Humanos; en el entorno doméstico muestran sus debilidades.

Kagumire explica que “Stella es una contrincante feminista de la política actual” y destaca que la activista “utiliza medios no convencionales en un país en el que no hay ni libertad de reunión ni de asociación”. Entre esos medios no convencionales, Kagumire señala el uso de las herramientas digitales para amplificar sus denuncias en “causas como la higiene menstrual u otros problemas que, generalmente, se encuentran en la periferia de la agenda política”. Pero si algo ha distinguido a Nyanzi ha sido su descaro: “Sus poemas han devuelto la vulgaridad al corazón del poder, lanzando un desafío que ha llegado incluso a los tribunales”.

Precisamente, en septiembre de 2018 Nyanzi le dedicó un poema a Museveni, el día después de su 74º cumpleaños, y lo publicó en su página de Facebook (casi 208.000 seguidores). La activista recordaba el que para ella era el aciago día del nacimiento del presidente y ponía en verso su anhelo de que hubiese muerto al nacer. Hablaba de la asfixia que provoca a la población ugandesa con la represión, la estrangulación de los tentáculos de la corrupción o cómo la falta de empleo ahoga los sueños de la juventud. Todas esas comparaciones acompañaban los adjetivos que la activista dedicaba a la vagina que había alumbrado a la máxima autoridad política del país.

Un mes y medio después, Stella Nyanzi fue detenida. Y los activistas desempolvaron la etiqueta #FreeStellaNyanzi. No era la primera vez que las redes se movilizaban para visibilizar la situación de la profesora de antropología médica, porque tampoco era la primera vez que la policía la arrestaba por sus publicaciones en Facebook. La campaña nació en abril de 2017 cuando fue detenida por una publicación en la que decía que Museveni era solo “un par de nalgas” y su mujer, ministra de Educación, “una descerebrada”. Era su manera de revelarse después de que la Primera Dama declarase que el gobierno no podía cumplir la promesa de facilitar compresas a las estudiantes ugandesas. Aquel fue conocido como el “caso de las nalgas”, le costó a Nyanzi un mes de prisión preventiva y el proceso quedó suspendido a la espera de un pronunciamiento constitucional.

El historial de Stella Nyanzi se compone, de esta manera, de una imputación en el “caso de las nalgas” y otra en el “caso de la vagina”, lo que da una idea ya de la estrategia de la activista. De hecho, Nyanzi ha recuperado para la lucha por los derechos de las mujeres, de las niñas y de la comunidad LGBTIQ una particular herramienta de contestación de la lucha anticolonial ugandesa. Como recuerda Kylie Thomas, la “radical rudeness” era una forma de subvertir el sistema colonial a través de la grosería y los insultos públicos para provocar una desestabilización del orden social empleada en los años cuarenta del siglo XX. Casi ochenta años después, esta misma estrategia actualizada a través de las redes sociales es calificada de “ciberacoso y comunicación ofensiva” en base a una ley que regula los usos de internet para preservar la moralidad de la red. Esos han sido los cargos que se han atribuido a Nyanzi en los dos casos; en el último, se enfrenta a un año de prisión.

Bwesigye Bwa Mwesigire, escritor, activista y miembro de la campaña #PushforStellaNyanzi llama la atención sobre el significado de estos procesos. “La persecución judicial de Stella”, advierte, “revela el carácter dictatorial del régimen de Museveni. Tiene dos casos criminales pendientes. Ni la fiscalía ni sus testigos ante el tribunal revelan que Museveni se haya quejado de las publicaciones de Stella en Facebook. Si él no es el demandante, si no ha sido ofendido, ¿por qué debería el Estado desperdiciar recursos para perseguir a Stella? Museveni no solo ha militarizado el Estado, sino que también lo ha personalizado. Él es el Estado y el Estado es él”.

En el “caso de la vagina” Nyanzi ha subido su apuesta. El juicio se está celebrando más de seis meses después de su detención, tras múltiples aplazamientos y la activista ha pasado todo este tiempo en prisión preventiva en la cárcel de máxima seguridad de Luzira, en Kampala, la capital ugandesa. Una semana después de su detención rechazó pedir la libertad bajo fianza porque se consideraba inocente. “Su argumento”, explica Mwesigire, “es que la libertad bajo fianza no es libertad, que su lucha es por la libertad total”.

En las redes, que han sido la herramienta de la activista, se han intensificado las campañas. Igual que en 2017, el inicial #FreeStellaNyanzi fue acompañado de #PairOfButtocks. En este caso, la etiqueta recurrente que exige su liberación se ha desplegado, por ejemplo, junto a un directo #PushForStellaNyanzi o a un más simbólico #WeaponizeTheVagina, con el que se alertaba del inicio del proceso judicial.

En el relato de Bwesigye Bwa Mwesigire se vislumbra un sacrificio por parte de Nyanzi, que en el camino penal ha perdido parte de su salud y su carrera profesional. “Cuanto más tiempo pasa en la cárcel, más claro queda lo que ella representa”, señala el escritor. Y añade que “Stella se está convirtiendo en la cara de un movimiento ciudadano más fuerte que exige la libertad” y precisa que se está abriendo un hueco con las organizaciones de la sociedad civil convencional. Sus apoyos se afianzan en las capas más marginadas, “desde pequeños comerciantes hasta trabajadoras sexuales, o la comunidad LGBTIQ, porque expresa lo que la imaginación popular piensa”. En opinión de este escritor “este período de prisión es una especie de suicidio de clase para Stella”. “Está cada vez más cerca de la gente que es encarcelada en cualquier momento por cualquier motivo”, dice.

Así que todas las campañas de solidaridad que desencadena su procesamiento, en realidad, “están haciendo crecer el movimiento”, según Bwesigye Bwa Mwesigire, que considera que mientras la activista “está en la cárcel, está galvanizando a sus camaradas más allá de los lazos familiares y de amistad”. Para él, “la popularidad que Stella ha conseguido en las redes sociales, ha sido definitivamente el modo central de organización. Su muro de Facebook es muro totalmente político”. Aunque Rosebell Kagumire recuerda que “las protestas no son sólo digitales”. “Las campañas de solidaridad son apoyadas por feministas y reformistas ugandesas, de las diásporas y de todo el continente. Ha habido manifestaciones incluso en Ghana, por ejemplo”, advierte la periodista y activista ugandesa.

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