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Dorothea Tanning, la artista que no dejó de crear fantasías hasta los 102 años

Jueves 18 de octubre de 2018

Julia Luzán 17-10-2018 El Asombrario

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Fotografía de Dorothea Tanning realizada por Man Ray.

Desde los 15 años, cuando se atrevió a pintar una mujer desnuda, hasta los 94 años, cuando publicó su primera novela y su primer poemario, y hasta los 100 años, cuando salió su último libro, Dorothea Tanning (EE UU, 1910-2012) no dejó de crear osadas fantasías, piezas que ahora (hasta el próximo enero) quedan recogidas en una extensa retrospectiva en el Museo Reina Sofía de Madrid. Inquietante, valiente, sórdida, original, extraña. Ante todo, vitalista hasta el final. Un nombre de mujer para escribir con mayúsculas en la historia del arte.

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Dorothea Tanning. Eine Kleine Nachtmusik, 1943.

Fue el surrealismo “el último destello de la inteligencia europea”, según el pensador Walter Benjamin, y Dorothea Tanning, mujer y surrealista en un mundo de hombres, la mejor representante de la segunda etapa de ese movimiento que se retomó con el traslado de la capitalidad cultural de Europa a Estados Unidos al estallar la Segunda Guerra Mundial.

Tanning tuvo una vida muy larga (EE UU, 1910-2012) y fructífera. Fue ilustradora, dibujante, pintora, escultora, escritora, poeta. Una mujer fuerte nacida en Galesburg, Illinois, con vocación de artista a la que no convenció su breve paso –tres semanas– por el Instituto de Arte de Chicago, con estrictos profesores que buscaban imitadores de Picasso más que genios.

Esa determinación, la misma que tuvo a los 15 años cuando la adolescente que leía todos los cuentos de hadas de Madame d’Aulnoy, de Andersen y la Alicia de Lewis Carroll pintó una mujer desnuda con hojas como cabellos, se aprecia en las 150 obras, de 1930 a 1997, que se exponen en la primera retrospectiva de la artista en el Museo Reina Sofía, una maratoniana exhibición fruto de la investigación de otra mujer, la comisaria Alyce Mahon. El primer autorretrato de Tanning, a lápiz, delicado y bello, abre la muestra; termina con otro, Woman Artist, Nude, Standing, donde la vejez de una octogenaria se muestra en unas formas orondas, contundentes, sin pudor.

Aquel periodo de su breve iniciación al arte en Chicago lo recrea Tanning en su segundo libro de memorias, Between Lives: An Artist and Her World (2001). En ellas evoca el impacto que le produjo la exposición de Alfred H. Barr Arte Fantástico, Dadá, Surrealismo, en el MoMA de Nueva York en 1936 y su decisión de viajar a París tres años después para ir al encuentro de Max Ernst, de Yves Tanguy o de Picasso. Pero en Francia se encontró una ciudad ya vacía de intelectuales ante la proximidad de la guerra de Hitler: “Ahí fuera no hay nada sencillo, ni una persona que conozca o un amigo de un amigo. Solamente hay una firme resolución, plantada como un árbol en el futuro que había decidido para mí: volver. ¿Mis artistas? Ellos también volverían algún día, dicen las nubes francesas, los cafés vacíos, las calles de grisalla”.

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Dorothea Tanning. ‘Endegame’, 1944.
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Dorothea Tanning. ‘Some roses’.

De Tanning lo sabemos todo gracias a sus memorias. Fue modelo de artistas, ilustradora en Macy’s, los almacenes de Nueva York, e incluso conocemos que tuvo una cita con un gánster del que se quejaba porque, mientras lo esperaba sentada en un bar, lo asesinaron. Eso sí que era humor surrealista. El mismo que pintó en Birthday (1942)

con el propósito de “llevar al espectador donde todo se oculta, se revela, se transforma súbita y simultáneamente; donde se pueda contemplar una imagen nunca vista hasta ahora que parezca haberse materializado sin mi ayuda”. Una mujer desnuda entre puertas cerradas, abiertas a la imaginación. Esas puertas están en toda su obra. Desde sus pinturas de niños góticos, inquietantes, salidos del País de las Maravillas (El juego de la flor mágica, 1941, y Juegos de niños), a su instalación de esculturas blandas Chambre 2002, inspirada en una canción popular dedicada a Kitty Kane, la mujer de un gánster que se suicidó en un hotel de Chicago. Mis sueños, decía, “surgen de objetos que no tienen equivalentes en el diccionario”.

En 1942, un hecho decisivo marcó la vida y la carrera de Tannig. Comenzó a trabajar con el galerista y amigo de los surrealistas Julian Levy. En una de las fiestas que el marchante organizaba conoció a Max Ernst, entonces casado con la rica Peggy Guggenheim. Ernst, al que ella había buscado sin éxito en París, vio en el apartamento de Dorothea en Manhattan el cuadro Birthday, lo bautizó con ese nombre y quiso colgarlo en la exposición sobre pintoras que estaba organizando para la galería de Peggy. Cumpleaños fue el inicio de una relación que sólo acabó en 1976 con la muerte de Max Ernst.

En aquella exposición de 31 mujeres, Arte de este siglo, Tanning colgó sus cuadros al lado de Eleonora Carrington, Frida Kahlo y Meret Oppenheim. La única mujer que se negó a participar, como recuerda Alyce Mahon, fue Georgia O’Keeffe, que le dijo a Peggy Guggenheim: “Yo no soy una mujer pintora”. Afirmación que años después, cuando el mundo del arte comenzó a utilizar a las mujeres como señuelo, Tanning hizo suya: “No existe nada ni nadie que se pueda definir como mujeres artistas. Es una contradicción tan evidente como hombre artista o elefante artista. Puedes ser mujer y ser artista. Lo primero no lo puedes evitar, lo segundo es lo que eres en realidad”.

Si como decía de ella Max Ernst “el dominio de lo maravilloso es su patria”, Tanning siguió soñando fantasías, pero en 1955 abandonó el surrealismo. Sintió que el movimiento se había vuelto artificial: “Ahora la gente dice: esto es surreal, pero no lo comprenden. Surrealisno no es la incongruencia. Fui surrealista porque quise ver qué podría hacer en la pintura, no lo que podía hacer con algunas ideas bellas”. A partir de entonces, las formas de sus cuadros se adentran en la abstracción, se llenan de colores incendiarios, “cada cuadro es una crisis, una convulsión”.

Esas rupturas se muestran en sus óleos de familia. Ella recordaba las comidas familiares, cuando el mantel se convertía en una cuadrícula a fuerza de alisar los pliegues. Tanning pinta el orden patriarcal, el padre aparece como un ogro descomunal, la esposa hierática y la criada diminuta. Inquietantes pinturas. El insconsciente a flote, desnudo.

Años después, su interés se centra en las esculturas blandas. Reconstruye en estas formas elementos cotidianos como “el triunfo del tacto”. Son esculturas vivas que abren un sendero que seguirían Louise Bourgeois, Eva Hesse y las jóvenes artistas británicas (YBA) Tracey Emin y Sarah Lucas.

Dorothea Tanning continuó abriendo y cerrando puertas toda su vida. Compartió sus experiencias vitales en sus libros, abrazó la literatura con pasión. Publicó su primera novela, Chasm, y el primero de sus poemas, A Table of Content, a los 94 años. Se definía con mucha gracia como “la más vieja de los poetas emergentes”; su último libro, Coming of that, llegó a las librerías a los 100 años, meses antes de morir. Paradojas de la vida, no quiso ser recordada como una pintora surrealista –“me hace sentir como un fósil”–, sino por sus sueños: “Todo lo que es tan fantástico y extraño como sea posible”.

Acudan a ver las obras de Tanning, disfruten con sus mundos góticos, tiemblen ante lo sórdido de su instalación Habitación 202 y comprueben la vitalidad de sus últimos cuadros. Esta mujer y artista no les defraudará.

‘Dorothea Tanning, Detrás de la puerta, invisible, otra puerta’, en el Museo Reina Sofía de Madrid. Hasta el 7 de enero de 2019.

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