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Cuando ser mujer y poeta cuesta la vida

Viernes 27 de agosto de 2021

Nadia Anjuman fue asesinada en 2005 en Afganistán por su marido. No es el único femicidio por desafiar con versos el orden patriarcal. La uruguaya Delimira Agustini y la mexicana Susana Chávez también tuvieron un final trágico

Rebeca Mateos Herraiz 25/08/2021 CTXT

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Retrato de la poeta uruguaya Delmira Agustini (1886-1913). Virginia Friedman

La sensibilidad poética muestra experiencias, en muchas ocasiones radicales, de quienes las escriben. Versos que tratan de hacer visible lo invisible. Esto puede tener un gran coste dependiendo de lo que se escriba y las circunstancias sociales y políticas de la época en la que se escriba, sobre todo si es una mujer quien lo hace.

“Cuando la palabra se vuelve desesperanza, cuando las horas se deshojan, cuando no se ve la luz al fondo del túnel, cuando se pierde la ilusión y nos rodea la indiferencia (…) aparece la necesidad de transgredir la frontera de la vida”, escribe Luz María Jiménez en el prólogo del libro Poetas suicidas y otras muertes extrañas, en el que se recoge la biografía de poetas de América Latina y España cuyas vidas, de una forma u otra, sobrevoló la sombra de la muerte.

“La poesía tiene a su favor la música, es decir, un recorte del rumor sin fin”, dice la poeta argentina Diana Bellessi.

En la misma línea Gianni Rodari en su texto ‘La piedra en el estanque’, dentro de su obra Gramática de la fantasía, publicada en 1973 señalaba:

“Una piedra arrojada en un estanque provoca ondas concéntricas que se ensanchan sobre la superficie, afectando en su movimiento, con distinta intensidad, con distintos efectos, a la ninfa y la caña, al barquito de papel y la balsa del pescador. Objetos que estaban cada uno por su lado, en su paz en su sueño, obligados a reaccionar, a entrar en relación entre sí (…) Igualmente una palabra, lanzada al azar en la mente, produce ondas superficiales y profundas, provoca una serie de reacciones en cadena, implicando en su caída sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños, en un movimiento que afecta a la experiencia y a la memoria, a la fantasía y al inconsciente…”

Quizás esto tenga algo que ver con lo que está sucediendo estos últimos días con los versos de la poeta afgana Nadia Anjuman, que se han hecho virales en las redes debido al triunfo de los talibanes en Afganistán. Hoy los poemas de Anjuman, en los que se denuncia la opresión a la que son sometidas las mujeres y niñas en Afganistán bajo este régimen fundamentalista, resuenan de nuevo.

"Anjuman vivió su adolescencia bajo el régimen talibán. Se reunía con otras chicas para estudiar clandestinamente literatura"

“Desde que tengo memoria”, escribió, “he amado la poesía, y las cadenas con las que seis años de cautiverio bajo el régimen talibán me ataron los pies me llevaron a entrar vacilante en la arena de la poesía. El estímulo de amigos que pensaban como yo me dio la confianza para seguir este camino, pero incluso ahora, cuando doy el primer paso, la punta de mi pluma tiembla, como lo hago yo, porque no me siento a salvo de tropezar en este camino, cuando el camino por delante es difícil y mis pasos son inestables”.

Anjuman fue periodista y poeta. Su marido la mató a golpes en 2005, con tan solo 25 años. Dos años antes había publicado su primer poemario Gul-e-dodi (Las Flores oscuras), algo que fue considerado una deshonra para la familia.

Anjuman nació en 1980 y vivió su adolescencia bajo el régimen talibán que no permitía que las niñas y jóvenes fueran a la escuela. Ella se reunía con otras chicas para estudiar clandestinamente literatura haciendo creer que iban a aprender costura. Sus padres querían que Nadia se casara con 14 o 15 años, pero ella se opuso. Unos años más tarde tuvo que contraer matrimonio con Farid Ahmad Majid Mia.

“Sin nadie a mi lado en la vida / ¿a quién dedicaré mi ternura? / Tanto me da decir, reír, morir, existir”, grita en algunos de sus versos.

Nadia Anjuman no ha sido la única poeta víctima de un femicidio.

La mexicana Susana Chávez fue una de las pioneras en visibilizar las desapariciones y asesinatos de las mujeres de Ciudad Juárez en los años noventa. No es hasta 1993 cuando en esta ciudad la sociedad civil comienza a contabilizar y denunciar que hay un gran número de mujeres y niñas desaparecidas, muchas de las cuales aparecen muertas, violadas y/o mutiladas, sin que el Estado haga nada para investigar y castigar sus crímenes. A partir de entonces las madres de las víctimas acompañadas por otras mujeres y jóvenes se empiezan a organizar para exigir justicia. Susana Chávez fue una de ellas. Conjugó poesía con activismo y militó en organizaciones feministas. Es a ella a quien se le atribuye el grito “Ni una muerta más” que derivó en el “Ni una menos” de trascendencia mundial.

Susana Chávez conjugó poesía con activismo y militancia. Es a ella a quien se le atribuye el grito “Ni una muerta más” que derivó en el “Ni una menos” de trascendencia mundial

Sacó sus versos de los círculos literarios a la calle en las manifestaciones en las que participó a favor de los derechos humanos de mujeres y niñas.

“La noche llegó en tu corazón, / tus ojos se cerraron en la llegada del mundo. /Y sin embargo, de alguna manera, todos lo sabíamos, / y algo parte en dos la memoria, / algo parte en dos a la mujer que peina su alma antes / de entrar al lecho solitario, / y parte también el tiempo de la noche, / como el vaso que cae de la mano de algún niño / asustado, / algo parte en dos lo que estaba partido”. (Fragmento de su poema El árbol de la voz).

En 2011 tres hombres la violaron y mataron, tras sufrir varias mutilaciones. El fiscal del estado de Chihuahua descartó que el crimen estuviera ligado a su condición de militante feminista y lo atribuyó a un “encuentro desafortunado” con tres jóvenes “alcoholizados y drogados”. Susana Chávez tenía 36 años.

“Sangre mía, / de alba, / de luna partida, / de silencio” son algunos versos del poema Sangre nuestra que Chávez escribió en homenaje a las mujeres que sufrían el femicidio impunemente. Parecía como si en él pronosticara su propio final.

La uruguaya Delmira Agustini, en otro país y en otra época, tuvo un final igualmente trágico. Su marido le quitó la vida cuando ella tenía 27 años.

Delmira nació en 1886 en el seno de una familia acomodada. A los cinco años ya sabía leer y escribir y a los 10 tocaba el piano, pintaba y escribía poemas.

Comienza a publicar sus poemas con 16 años con el pseudónimo de Joujou en un estilo modernista, propio de la época. En 1907 publicó su primer poemario, Frágil, con apenas 21 años. El escritor, filósofo y político Manuel Medina de Betancourt escribió el prólogo y Agustini comenzó a vincularse con las personalidades intelectuales de Montevideo, a pesar de su corta edad. Entre sus admiradores estaba Rubén Darío, quien la consideraba una voz fundamental de la poesía modernista de la época.

Un año después, llegó a su vida Enrique Job Reyes, con quien comienza un romance a escondidas de su familia. Durante cinco años, mantienen un vínculo por correspondencia. Job Reyes nunca entendió a Agustini, consideraba que su talento literario era más una preocupación que una virtud y esperaba que Delmira abandonara su pasión literaria, quizá tras el matrimonio.

Pero la poeta siguió adelante. En 1910 publica Cantos de la mañana, su segundo libro de poemas y en febrero de 1913 Los cálices vacíos, con un tono marcadamente erótico.

Sus versos fueron tachados de “incorrectos” por hablar de amor y sexo, hecho inaudito en una mujer de su tiempo. Como estos en los que invoca a Eros en Otra Estirpe:

“Eros yo quiero guiarte, Padre ciego,... / Pido a tus manos todopoderosas, / Su cuerpo excelso derramado en fuego / Sobre mi cuerpo desmayado en rosas!”.

El erotismo se despliega en imaginación, la imaginación en transgresión y fantasía, que unidos al deseo se convierten en un factor poderoso.

En su poema Serpentina un cuerpo vibra.

“En mis sueños de amor, ¡yo soy serpiente! / Gliso y ondulo como una corriente: / Dos píldoras de insomnio y de hipnotismo / Son mis ojos; la punta de encanto / Es mi lengua... ¡Y atraigo como el llanto! / Soy un pozo de abismo. // Mi cuerpo es una cinta de delicia / Glisa y ondula como una caricia... // Y en mis sueños de odio, ¡soy serpiente! / Mi lengua es una venenosa fuente; / Mi testa es la luz bélica diadema, / Haz de la muerte, en un fatal soslayo / Son mis pupilas; y mi cuerpo en gema / ¡Es la vaina del rayo! // Si así sueño mi carne, así es mi mente: / un cuerpo largo, largo de serpiente, / Vibrando eterna, ¡voluptuosamente!”

En 1913 Delmira Agustini se casa con Enrique Job Reyes, un matrimonio que duró 45 días. Agustini vuelve a casa de sus padres y pide el divorcio. Se convierte así en una de las primeras mujeres que utilizó los derechos de la nueva ley uruguaya (se había aprobado ese mismo año) que permitía a las mujeres solicitar el divorcio con su sola voluntad. Pero su libertad duró hasta que Job Reyes le pegó dos tiros y luego se suicidó.

Tan solo una publicación satírica de la época, sin firma, se pronunció sobre el femicidio de Agustini con estas palabras: “Protestamos contra los hombres autoritarios que se erigen en amos de la mujer y quieren hacerse amar a tiros de revólver. ¡No, la mujer no es la esclava del hombre, ni en el amor, ni en nada!” Mientras, los demás medios de la Argentina y Uruguay trataban de buscar razones y justificar lo que hizo Job Reyes. Tal y como se puede leer en una investigación de Pablo Rocca, en colaboración con Pablo Armand Ugon, Fiorella Banchero, Érika Geymonat y Felipe Correa, llamada El crimen de Delmira Agustini y en la que se recupera las crónicas publicadas los días sucesivos a su femicidio y la investigación al respecto.

“Silenciada en plena primavera, solo nos queda aferrarnos a los libros de Delmira, y mirar admirados esa vitalidad profunda, esa carne inquietada por la sed del espíritu, este caer y levantarse continuo, esta feroz feminidad avasallante, que la hizo producir una poesía nueva, desconocida, candente, porque es la expresión viva de un temperamento excepcional”, diría Alfonsina Storni sobre Agustini en una conferencia en 1920, tal y como se relata en la edición del Centro Editor de América Latina de El vampiro y otros poemas (1987).

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