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25 años de canciones en el ‘Debut’ de Christina Rosenvinge

Martes 6 de agosto de 2019

Sonia Fides 05-08-2019 El Asombrario

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Christina Rosenvinge.

Christina Rosenvinge reúne 25 años de canciones, de experiencias, de vida en ‘Debut’. Rosenvinge es la primera cantante española que nos enseñó que el fracaso podía tener un precioso estribillo. La primera que nos enseñó a escapar sin perder la elegancia. La que nos enseñó a mantener el equilibrio sobre los ásperos márgenes del arcén mientras huíamos. Rosenvinge detiene la vida en cada canción. Y en ‘Debut’ no se calla nada. Una letrista excepcional hecha ahora libro.

Las heridas solo se curan cuando dejan de temerse las que están por venir. Pero lo que resume esta frase inofensiva e incisiva a partes iguales forma la silueta de un largo camino en el que no siempre acompañan ni la justicia ni la belleza. Recordar es dejar morir lo que se inventa para sobrevivir a los fracasos, es reorganizar la vida sin acudir a los atajos que dibujan los sueños que no concuerdan con la tiránica conducta de Morfeo. No olvidemos que los atajos siempre conducen a un abismo que no siempre colaborará en nuestra salvación.

Por fortuna, Christina Rosenvinge tiene una memoria prodigiosa y no olvida y recorre el mundo y también la soledad con esa paciencia con que recorre el ermitaño la silueta de la tierra seca hasta encontrar el orificio que acabe con su sed. Ella sabe que la soledad proporciona biografías que no están al alcance de todos los seres humanos y por eso se vale de ella y de todas sus caras para construir un vigoroso evangelio de tiempos verbales que tocan el alma.

Debut es un invierno de potencia exuberante, pero es también el verano más perfecto que puede construir esa mentira efectiva y feroz que es estar vivo. Es un coloso ambivalente que se deshace, en un gesto de generosidad impagable para no hacer huir a los devotos, y que se reafirma cuando es la vanidad de los ojeadores inútiles quien quiere magullar su carne. No son las memorias de una cantante, no, es el suspiro de toda una generación. Es un libro que habla de mañanas crujientes en una premonición inofensiva que sin embargo cambiará la silueta del mundo occidental:

«Cuántos niños y cuántas madres tienen que convivir con la posibilidad de que la muerte les caiga encima mientras duermen durante guerras que duran mucho más que una mañana»

Debut es un libro con muchas columnas vertebrales, es como un Joker que adora convivir con la frivolidad a sabiendas de que conoce la exacta profundidad de todas las cosas y que por tanto carece de talón de Aquiles. La frivolidad es la doble nacionalidad de los héroes (de las heroínas en este caso), un salvoconducto para salir del miedo y de las trampas con que les amenaza la costumbre. Por eso Christina Rosenvinge es una experta en recomponer sueños rotos, en ofrecer extremos, en acercarnos epitafios o, por el contrario, inesperados pedazos de futuro. Está claro que las medias tintas la dejan paralizada:

«El día en que Teresa se fue de casa se acabó el juego, dejó las estanterías del cuarto desnudas. Kerouac, Kafka y la Velvet Underground”

Todos empezamos a crecer cuando a nuestros hermanos mayores se les niega el paraíso y Rosenvinge lo cuenta con una maestría y un aplomo que conmueve a pesar de ser una de las siluetas más espeluznante que puede proyectar el destino.

Sus canciones son sudarios que prometen resurrecciones, pero también la vida eterna en un guiño o en una pirueta que no siempre le hace gracia a Dios y a su todopoderosa soberbia. Rosenvinge es una testigo de cargo en las hazañas y los errores del final de un siglo que prometía la gloria y que solo dejó bellos y jóvenes cadáveres. Demasiadas guerras para cantarle a una sola. Es la privilegiada invitada que asistió a todos los milagros supersónicos de un país que nunca dejará de ser un gigante ciego dibujado en blanco y negro:

«Nos encontramos al batería de Keith Richards en la barra intentando hacer amigos… Era el año de la Expo, el 92, y España estaba en estado efervescente»

Rosenvinge es la primera cantante española que nos enseñó que el fracaso podía tener un precioso estribillo (Días grandes de Teresa, Mi habitación, Días de tormenta). La primera que nos enseñó a escapar sin perder la elegancia, la que nos enseñó a mantener el equilibrio sobre los ásperos márgenes del arcén mientras huíamos (Tengo una pistola, Voy en un coche). Su pequeño animal, que también era el nuestro, nos dejó su perfecta y preciosa dentadura clavada en la memoria. Los ritmos simplones dejaron de movernos. Sus sólidas y realistas frases nos habían atrapado el corazón. (Sábado, por ejemplo se convertía en una vida para quien la escuchara).

Rosenvinge no le teme ni a la marginación ni al caos, es la Diane Arbus de la música, ella sabe que los monstruos también tiene derecho a bailar al compás de los versos más profundos. Tampoco le teme a la intemporalidad, porque no ansía transcender, sino tapar esos agujeros oscuros que nadie señala como abismos a medida que vamos viviendo.

Sabe que el primer paso para salvarse, para que podamos salvarnos (es una mesías ultramoderna, la flautista de Hamelín que no busca la aniquilación sino la fortificación de quien le teme a la soledad como mal endémico), es reventar las malas intenciones de los espejos y por eso se ha especializado, canción tras canción, en mirar más allá de la carne. Es convertirse en una soñadora acérrima para alejarse de ese pánico a la soledad que paradójicamente conforma un exquisito y visceral cancionero de nanas que salvan.

Rosenvinge no se calla nada en su Debut, habla de las depresión:

«Desde que nació, solo he sido capaz de acabar una canción, una nana oscura de escopeta y mecedora»

Habla del abuso, de las drogas; sabe que Camelot también puede ser un infierno y ella lo certifica y confiesa que es una artista (brillantísima, esto lo digo yo) sin currículo académico y que se acompleja por ello.

Este libro es la constatación de que la memoria no avanza como avanzan los calendarios, algo de nuestra biografía les es ajeno. Siempre hay una sombra que se les escapa entre los dedos y eso nos complica la existencia. El orden que prometen sus números alineados acaba por alienarlos, el demonio los desordena, esconde algunos y construye un caos del que no podrán salvarnos ni los beatíficos números rojos que aparecen dos veces por semana.

A medida que se avanza en la lectura notaremos que la manera de estar sola de la autora rodea con un halo heroico a quien la escucha, a quien la lee. Que su manera de estar sola nos transporta a un submundo emocional que nos niega la cotidianidad. Rosenvinge detiene la vida en cada canción, aunque sepa que la vida que expone ofrece una belleza lisérgica que anula la euforia y añade más melancolía.

Es una compositora y una escritora extraordinaria, en cada uno de sus discos reivindica a las poetas suicidas, a Sexton, a Plath, a Pizarnik, acoge su dolor y les regala la vida que no supieron vislumbrar. Deja claro que si Plath hubiera sido capaz de escribir poemas de amor, esa ausencia de química en su genética no hubiera triturado su futuro. Rosenvinge es su luz debajo de la tierra. También recala, reasigna y reconduce la famosa poesía de Elizabeth Bishop, le otorga un nuevo escenario a ese icerbeg que causa un daño extremo, pero que también eleva a la gloria a quien no esquiva su carne helada. Sobresalir conlleva heridas, naufragios propios y ajenos, la destrucción del paisaje o la salvación de los lugares sagrados para el alma.

Rosenvinge no es mitómana, pero su inteligencia establece paralelismos que hacen las delicias de quien lee. Y es así cómo su Formentera del año 92 se reconvierte en la Hydra Coheniana de los años 70. La naturalidad como bandera, lo básico como tesoro, ahuyentar el artificio. Que el alma mueva los dedos en una transfiguración generacional sin precedentes.

Christina Rosenvinge es el caballo de Troya que busca la paz.

Leer Debut es adquirir la certeza de que hay alguien que sabe más de tus deseos que tú misma. Es confirmar que en las letras de sus canciones, de esos versos suyos que no tienen conciencia de serlo, descansa la oscuridad más luminosa a la que podemos enfrentarnos.

Leer Debut es querer volver a morder la manzana y que ese mordisco arranque la hegemonía de un dios que cada vez está más lejos de los seres humanos. Es reivindicar que sea María quien irrumpa en todas la ciudades, quien cante canciones en las que el pecado no vaya a destruir el mundo, canciones donde el pecado sea un juego lícito sin consecuencias. Es saber que la mujer de Lot recuperará el nombre, es acoger la mudez de Eco y aprender el lenguaje de signos hasta convencerla de que su destino es recuperar la voz. Es destruir los vulgares hechizos que aún están en manos de los jerarcas. Debut es una noche inacabable que acaba influyendo sobre quien lo lee como influye el mejor de los días.

No dejen de leerlo, porque la vida que ofrece es el regalo que nunca encontrarán bajo la artificiosa barriga de su árbol de Navidad.

‘Debut. Cuadernos y canciones’. Christina Rosenvinge. Little Random House. 327 páginas.

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