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Recalificación y
alienación de las ciudades

Desde hace años, estamos asistiendo y notando la transformación urbanística de nuestras ciudades. Un continuo e inexorable cambio de modelos de habitabilidad impuesto por administraciones corruptas e ignorantes que, con el pretexto de la recalificación, intervienen de forma invasiva en la vida cotidiana de nuestros centros históricos y de nuestros barrios.
Obviamente, los habitantes son apartados a propósito de las tomas de decisión; todo viene desde arriba del sistema político, económico, financiero y mafioso. A los ciudadanos que habitan la ciudad se les empuja al aislamiento de los guetos periféricos, la expropiación de la convivencia cotidiana. Las personas se ven obligadas a convertirse en consumidores pasivos de una transformación turístico-mercantil del tejido urbano.
Esta operación de maquillaje modifica el comportamiento humano. Los habitantes se transforman poco a poco en cuerpos extraños que vagan de manera alienante por las calles de sus propias ciudades. A esto se añade la expulsión de los sujetos desviados, producto de la misma sociedad liberal-fascista en la que, para nuestra desgracia, estamos condenados a vivir.
Observando con atención, por mínima que sea, el espectáculo propuesto por las nuevas tendencias urbanísticas muestra enseguida la naturaleza mercantilista que expresa este cambio. El objetivo es transformar todo hacia una dinámica de fetichismo de la mercancía, modelar todo en torno a un enorme bazar alienado y alienante.
Quien piensa y trabaja para estos nuevos espacios urbanos quiere destruir la cultura y la historia que expresan esos lugares; tiene como objetivo la ciudad como objeto de consumo, quiere masacrar a cualquier precio esos pocos lugares de creatividad e intercambio que todavía existen, dentro de los que resiste un mínimo de apoyo mutuo, porque según los denominadores, la masa debe ser una acumulación de consumidores pasivos. Por el contrario, los lugares de las necesidades humanas y de nuestros derechos son generalmente precarios o no existen (hospitales, escuelas, residencias de la tercera edad y muchos otros).
La recalificación, de la que los alcaldes son promotores, es una trampa para bobos tras de la que se oculta la venta de nuestros espacios de convivencia social a los amos locales o a los ricos que vienen de fuera, a través de quienes proliferan en nuestros centros urbanos: bancos, aseguradoras, hoteles, restaurantes, bares, tiendas más o menos lujosas. Todo ello en detrimento de los lugares públicos, centros de reuniones populares, locales de consumo a precios económicos o viviendas para las familias menos favorecidas.
Hoy nos encontramos viviendo en el centro de forma irreconocible; en lugar de vivir por un momento la atmósfera mágica que una vez representaron estos lugares, nos vemos por el contrario lidiando con mesas y sillas que agobian nuestras calles. Las calles son fagocitadas por restaurantes, bares y puestos de comida rápida; y luego, algún idiota se llena la boca con la arquitectura, la Unesco y el arte, cuando los propios visitantes deberían avergonzarse de invadir estos lugares históricos.
Están transformando nuestras ciudades en ridículos lugares de diversión. Quieren que sean solamente fábricas de beneficios para los ricos de siempre (ya sean legales o ilegales las modalidades de su enriquecimiento), y nosotros, los dominados, debemos convertirnos en sus consumidores alienados y jodidos.
Otro fruto venenoso del concepto de recalificación es el cada vez más masivo modelo de seguridad que un cambio tan invasivo hace necesario: nuestros centros históricos, nuestros espacios urbanos, nuestras calles están cada vez más sembrados de cámaras de vigilancia que nos espían, controlan y proyectan en una inmensa cárcel virtual y de permanente control social.
Ciertamente, las diferentes administraciones con sus técnicos (urbanistas, arquitectos, paisajistas y artistas a sueldo) intentan endulzar la píldora haciendo de manera que incluso los más reacios acaben aceptando el desastre, y para ello promueven fiestas y ferias que tratan de servir de escuálido circo y así adormecer la opinión pública borrachuza.
Hoy el espacio público es materia de la que se han apropiado fundamentalmente algunos sujetos: los administradores, los comerciantes, los tenderos de la peor especie, los propietarios de edificios, los autodenominados promotores culturales (ignorantes e incultos) y los agentes inmobiliarios; todos juntos están realizando una obra de ingeniería social tan peligrosa como que se arriesga al punto de no retorno.
Se da un flujo de capitales tan grande que los beneficiarios están dispuestos a todo con tal de realizar sus delictivos proyectos. Cuando los dominadores hablan de recalificación y de revalorización de los barrios degradados o de partes abandonadas de la ciudad, automáticamente esto quiere decir beneficio económico para unos pocos en detrimento de la mayoría.
La realización de estos proyectos permite conseguir espacios limpios y asépticos en donde los individuos no deseados serán inevitablemente apartados porque ya no tendrán sus referencias históricas y, sobre todo, no podrán permitirse el tren de vida de los incluidos.
Su deseo es producir un espacio urbano en el que cualquier oposición se oculte a la vista de los demás; realizar una ciudad impersonal donde todo sea modelado bajo la forma burguesa y sobre el “buenrollismo” que desde siempre sueñan los dominadores. Nosotros debemos, por el contrario, aspirar a una ciudad abierta, multicultural, igualitaria y solidaria, donde cualquiera pueda disfrutar de los espacios urbanos sin sufrir la mercantilización de su propio tiempo y de su propia vida.

Vanni Giunta Subir


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