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La evolución y la revolución

La revolución, objetivo de los anarquistas, no es una revolución en el sentido neutral de la palabra.
En el anarquismo la evolución y la revolución son complementos una de la otra: la revolución no es otra cosa que la evolución llevada a sus máximas consecuencias (no últimas, pues el proceso evolutivo jamás se detiene) en el momento en que se desarrolla. Esta revolución da paso a nuevos procesos evolutivos y estos a su vez abren el horizonte a nuevos procesos revolucionarios.
Hasta ahora las revoluciones han sido oscilantes: o las mejoras para el pueblo son palpables, o se toman caminos despóticos peores que las condiciones que dieron vida al proceso revolucionario.
Si se pierde y triunfa la reacción, el estado de pauperización del pueblo retrocede un poco más en comparación al estado en que estalló la revolución. Los verdugos del pueblo siempre hacen pagar con sangre y miseria a quienes se atrevieron a alzarse en su contra.
Lo que es cierto es que no se mantienen las condiciones en el mismo estado siempre.
Esto es normal pues todo movimiento indica una negación del punto de partida. Este movimiento no necesariamente debe ser evolutivo, puede ser también involutivo.
Cuando la revolución se gana la negación del punto de partida es obligado aunque sea mínimamente: si se instaura un nuevo Estado, como puede ser el peor de los casos en una revolución triunfal, aun así este nuevo organismo hará mejoras en las condiciones sociales, no por voluntad propia ciertamente, sino obligado por el alzamiento revolucionario y para calmar la agitación revolucionaria. Cierto que bien pronto estas mejoras serán pisoteadas nuevamente pues todo Estado genera y protege una clase parasitaria que se encargará de pisotear toda mejora al pueblo: en eso consiste el sentido de existencia del Estado, y en ello reside la importancia de impedir la formación de un nuevo Estado. Si la revolución triunfa e impone la equidad y la justicia sin permitir la existencia de ninguna forma de Estado, aunque se llame transitorio, las mejoras serán bastante mayores de lo que podría hacer un Estado cualquiera.
Si se pierde la revolución también es negado el punto de partida, pero en forma involutiva, es decir, retrógrada. Las condiciones de miseria y represión que hicieron explotar el suceso revolucionario se verán agudizadas.
Así, pues, la revolución propugnada por los anarquistas es necesariamente una revolución que niega del punto de partida, pero en sentido positivo, esto es, de mejoramiento de las condiciones de vida del pueblo tanto como los medios de producción, distribución y comunicación lo permitan. Habrá quizá lugares donde los medios de producción, distribución y comunicación no sean abundantes y se tengan que llevar ahí, pero mientras tanto las mejoras serán tan mayores como las condiciones lo permitan.
Una revolución ideal donde a partir de ella devenga un paraíso terrenal es de todo punto de vista imposible.
La felicidad total es un polo absoluto del cual no podemos sino renegar por su imposibilidad.
La revolución de los anarquistas es una revolución de alcances máximos ahí hasta donde las condiciones humanas lo permiten. No es la solución absoluta a todos los problemas humanos. Es la evolución constante e imparable de las consciencias, de las organizaciones y del pueblo en general debido a la agitación socialista-anarquista en el pueblo: la revolución. Pero es un acto realizado por seres humanos, no por ángeles.
Suele pensarse en algunas veces la revolución como la solución a todos los problemas y ese actuar determina para la revolución un acto definido y unos alcances determinados. La revolución, pensamos nosotros, no puede ser definida y determinada, pues los objetivos que tiene hoy y los problemas a que pueda dar solución serán mañana rebasados por la constante actividad humana.
Lo que hoy parece un objetivo máximo mañana será algo cotidiano o superado. Y esto se aplica no solamente para la revolución sino también para todo el avance humano. Hoy se inventa o se descubre algo que mañana será obsoleto.
No es posible, entonces, pensar la revolución como una solución definitiva a todos los problemas humanos, pues el avance humano es incesante e imparable. La revolución habrá de dar solamente las posibilidades donde las soluciones se desenvuelvan más libremente y con mayores posibilidades de actuación, pero la revolución no dará solución a todos los problemas humanos.
La revolución es, pues, solamente un movimiento acelerado de la evolución, imparable, constante e indeterminado. No es la solución a todos los problemas, ni el maná celestial para los problemas humanos, sino un proceso de rebeldía ante las injusticias que dará a los oprimidos la oportunidad de tomar las riendas de sus vidas, pero que serán los propios individuos los que han de dar soluciones a todos los problemas que existan y que siempre seguirán produciéndose.
Y es que no por el hecho de estallar la revolución las personas dejarán sus vicios, sus conductas dañinas, ni se convertirán en ángeles de un minuto al otro.
Dentro del contexto de la revolución el ser humano trabajará en mejorar sus conductas antisociales y dañinas para sí y para los demás, y eso tomará cierto tiempo en realizarse.
No. Ninguna revolución produce ángeles ni borra los defectos humanos por sí misma. Es una evolución constante de la actividad humana, un proceso que jamás se detiene y que se encuentra en constante movimiento.
En sentido evolutivo en el caso de la revolución anarquista y siempre en modo ascendente.
Idealizar la revolución no puede sino ser nocivo: fijar la revolución como una cosa definida (y no movible), como la solución a todos los problemas sociales nos puede hacer aplazar para un momento más o menos lejano la solución de todos los problemas; nos hace perder el piso en los momentos actuales. Las soluciones económicas, políticas y sociales deben estudiarse desde ahora y no esperar a que la revolución lo solucione todo como por arte de magia, y aun estas soluciones no serán nunca definidas y determinadas para todos los tiempos; el anarquista debe ser el reflejo de la sociedad a la que aspira, debe ser la viva imagen de la evolución mental y personal que lleva la revolución en su germen y la revolución de la sociedad será la evolución nuevamente del individuo. La evolución y la revolución, procesos encadenados eternamente el uno al otro, hacen que la revolución por la que apuesta el anarquismo no sea un punto al cual dirigirnos y que, una vez llegados a él, nos solucionará todos los problemas de la vida.
En realidad la revolución y las soluciones que brinda no son sino el punto lejano al cual nos dirigimos incesantemente, porque cuando nos creemos llegados a las soluciones sociales se abren nuevos horizontes a los cuales nos dirigimos nuevamente de manera imparable. Es un punto que al alcanzarlo se aleja nuevamente para presentarnos nuevos retos y mejoras.
Las soluciones deben marcarse desde el aquí, desde el ahora conforme se analicen los problemas actuales. Estos a su vez nos brindan soluciones en la situación actual, pero como los problemas de la sociedad avanzan (en sentido involutivo) las soluciones de la revolución propuesta por los anarquistas también avanzan (en sentido evolutivo) y dan a la revolución que se planteaba nuevos horizontes, nuevos caminos, renovaciones constantes de los procesos y las actuaciones.
En palabras más claras: la evolución es imparable y nos lleva indefectiblemente a la actuación aceleradamente constante y actual de lo que queremos de la revolución; nos lleva a imprimir a la revolución aquello que queremos que libere al momento de estallar: la libertad, la justicia y la equidad, no como aspiraciones futuras, sino como planteamientos actuales que llevamos a cabo todo lo que nos es posible.
Decía con toda la razón Diego Abad de Santillán: “el papel de los anarquistas en todas las etapas de la vida es ser anarquistas”.
Esta caracterización de la revolución para el anarquismo tiene contornos bien definidos que le dan el carácter que se desea para el anarquismo, no haciendo de ella una revolución a secas, sin más caracterizaciones que la de estallar por estallar. La revolución que busca el anarquismo, es necesario dejarlo claro, es una revolución social, anarquista, de caracteres enteramente contrarios al Estado (con sus caracteres involutivos) y de finalidades libertarias, justas y equitativas (caracteres evolutivos).
Porque una revolución puede revestir varias formas no necesariamente anarquistas.
Piénsese en las revoluciones políticas con aspiraciones a implantar formas demócratas burguesas republicanas; piénsese en las revoluciones socialistas de Estado con aspiraciones a implantar un nuevo Estado de vestimenta dictatorial (dictadura “del proletariado”); piénsese incluso en las revoluciones de tinte liberal derivadas luego en regímenes dictatoriales como el antefascismo del dictador Porfirio Díaz en México o la de los bolcheviques en Rusia.
La revolución no libera la libertad por el mero hecho de estallar, y es por ello que no cualquier revolución satisface a los anarquistas.
Libera aquello de que ha sido nutrida, aquello que la ha fomentado hasta hacerla estallar; libera lo correspondiente a la actividad desplegada en sentido de la libertad o de la injusticia (porque injusticia es la existencia del Estado, así como libertad y justicia es que nadie gobierne a nadie).
Ha liberado la tiranía cuando se incubó el despotismo revestido de democracia; ha liberado también la libertad cuando los elementos revolucionarios y libertarios han trabajado previamente y divulgado ideales manumisores, generando con ello, poco a poco, las condiciones revolucionarias (la evolución dando paso a la revolución) que darán paso a nuevos procesos evolutivos y viceversa (la revolución dando paso a nuevos procesos evolutivos y estos a nuevos procesos revolucionarios si la evolución se ve interrumpida).
Si deseamos que la revolución triunfe debemos comenzar por eliminar esas utopías de revoluciones mágicas que dan soluciones a todos los problemas sociales por el mero hecho de estallar y en las cuales el proceso no existe, sino solo la espera de la llegada de la revolución como maná mágico producido por sí solo o debido a fatalismos históricos, descuidando en el aquí y en el ahora resolver desde ya todo aquello que genere las condiciones revolucionarias y las soluciones a posibles problemas; no como profetas, sino simplemente analizando la situación y proponiendo soluciones desde ya. Porque poco o nulo caso habrá de hacernos el pueblo si no presentamos un programa siquiera mínimo para la actualidad.
La revolución producirá lo que ahora y hasta que estalle seamos capaces de hacer por ella, por moldearla conforme a los principios anarquistas.
Actuar aquí, ahora, no solamente para cuando estalle la revolución, sino prepararla desde ahora tomando el relevo de los luchadores que nos antecedieron y prestos a preparar generaciones venideras que tomen nuestro relevo cuando nos vayamos de esta vida.
Nuestro actuar en la actualidad y el de quienes nos releven no será otro que la preparación de las consciencias y la organización (evolución) de lo que hará que la revolución estalle en dirección al anarquismo (revolución), y no por arte de magia, sino por el trabajo realizado.
No esperemos nada que no estemos dispuestos a trabajar; no esperemos a que las condiciones se generen por sí mismas; no esperemos que nos caiga del cielo la revolución emancipadora si no estamos dispuestos nosotros a trabajar por ella.
No busquemos “la revolución por la revolución”.
No hay que ser carne de cañón en revoluciones ajenas a nuestras ideas, revoluciones de carácter estatal, aunque nos hablen de revolución.
La revolución que buscamos los anarquistas es ante todo una revolución social. Una revolución que remueva los mismos cimientos de la sociedad, sacudiéndose el lastre del Estado, de sus instituciones. Una revolución que parta del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Jamás una revolución que se sirva del pueblo para acomodar las fichas del tablero del Estado, o para colocar nuevos verdugos privilegiados en el mandato.
Pueblo y Estado, o sociedad y gobierno son polos opuestos que se combaten mutuamente. El uno encuentra un triunfo a su existencia solamente en la derrota de su parte contraria.
No es posible, entonces, realizar una verdadera revolución si no es firmemente evolutiva y que se cimiente por encima del cadáver de su parte contraria: el Estado.
La revolución social es, por el mismo hecho de ser social, la negación de toda forma de Estado y de dominación.
La evolución y la revolución son nuestros mecanismos incesantes de actuación; la evolución para preparar incesantemente el camino hacia la revolución; la revolución como elemento creador de nuevos procesos evolutivos que lleven a la sociedad a una vida incesantemente mejor, justa, racional, libre y equitativa, donde el detenimiento de los procesos evolutivos y revolucionarios, detenimiento que genera el Estado con todas sus fuerzas (aunque no de manera inevitable, pues pese a su existencia la evolución avanza incesantemente y las revoluciones no cesan de existir), solo sea un triste recuerdo que dé paso a nueva historia humana despojada de todas las trabas que la detienen en su incansable camino hacia la libertad.
Evolución constante que lleve a la revolución, y esta a la evolución nuevamente, y esta, si el proceso evolutivo se detiene o se ve truncado, a nuevos y más firmes procesos revolucionarios.
Evolucionemos y revolucionemos, revolucionemos y evolucionemos, nada está dicho ni es verdad que nada nuevo hay bajo el sol. Hay todo un mundo por conquistar y una nueva senda para el género humano si jamás deja de evolucionar y revolucionar, pasando por encima de Estados, jerarquías, religiones atávicas y violencia insensata que pretenda detener el proceso evolutivo-revolucionario.

Erick Benítez Subir


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