SECCIONES

  

Portada

 

Nuestro periódico

 

Tablón

 

Números
anteriores

 

Suscripciones

 

Conctacta con nosotros

 

Sitios de interes

 

Documentos
de la I.F.A.

Setenta días en Rusia
Lo que yo vi

XVIII - Una visita a Kropotkin
El pensamiento de Kropotkin, acerca de la Revolución rusa, se desconocía en Europa por entonces.
Al silencio que el maestro guardaba, dábasele variadas interpretaciones. Para unos, era señal de conformidad y adhesión al régimen bolchevique; para otros, su actitud frente a los acontecimientos desarrollados en Rusia, era la única procedente y lógica. ¿No era natural que intentásemos, ya que la ocasión nos era propicia, conocer su pensamiento?
Aparte de esta circunstancia, muy tentadora por cierto, quedaba la satisfacción íntima, personal y particularísima de conocerle, de tratarle, de conversar con él unos momentos. Íbamos a escuchar la palabra de una de las más recias y respetadas mentalidades de Europa y del mundo.
Facilitó nuestro deseo el amigo y camarada Souchy, delegado de los sindicalistas alemanes, que se encontraba allí en viaje de estudio y de información. Él fue quien nos presentó a Sasha Kropotkin, la hija de Pedro, que vivía en la calle Leontyesky.
De acuerdo con Souchy y Sasha, hicimos una visita a ésta y quedamos de acuerdo para ver a Kropotkin en Dmítrov.
No recordamos bien si fue un domingo de fines del mes de julio o de principios de agosto cuando partimos temprano.
La estación estaba lejos; llevábamos algunos paquetes de provisiones que los camaradas del Club anarquista nos habían dado para Kropotkin y el tiempo era justo. Buscamos, pues, un vehículo y por cinco mil rublos se nos condujo a la estación.
En la estación hubimos de guardar fila para tomar billete. Algunas personas, las que ocupaban los primeros puestos, esperaban turno desde el día anterior. Se habían pasado la noche en la estación. Si formábamos nosotros en la fila era más que probable que no saldríamos hasta la tarde.
Sasha nos dijo entonces que hiciéramos valer nuestra personalidad de delegados ante la Comisión extraordinaria de la estación, con lo cual lograríamos partir en aquel tren.
Siempre nos han repugnado esas preferencias y sólo hemos acudido a ellas en casos verdaderamente excepcionales.
Vimos, pues, al presidente de la Comisión. Todo esto pudo haberse evitado pidiendo en el Hotel un pase de viaje a Dmítrov, pero quisimos prescindir de la concesión oficial para obrar con más libertad. La cuenta, como se ve, nos salió al revés, aunque al final el resultado fuera el mismo.
Presentada al presidente de la Comisión extraordinaria nuestra carta de delegado, al instante se nos entregaron los billetes. Además se nos acomodó en el coche de la Comisión extraordinaria.
En marcha el tren, entablamos conversación con algunos de los viajeros, valiéndonos de Sasha como intérprete.
Nuestro principal interlocutor era un soldado, que nos hablaba con entusiasmo de la misión casi mesiánica que había de realizar el Ejército Rojo. Según él, se completarían los cuadros del Ejército lo más fuertemente posible; se les proveería del mejor y más perfeccionado armamento, y así equipado, por enseña la estrella roja y por lema "muerte a la burguesía", el Ejército Rojo ayudaría a implantar el comunismo en todo el mundo. Era el poseído, el místico, el fanático de una idea que no conoce ni comprende, pero que está sugestionado por razonamientos ajenos, puramente subjetivos y sin valor.
Producía tristeza aquella dialéctica de boletín del Ejército Rojo que así influía y desviaba mentes vírgenes y sin ideario de ninguna clase.
Sus profecías, sus afirmaciones sobre la inminente marcha irresistible del Ejército Rojo a través del mundo, saludado y recibido por los aplausos y vítores de los pueblos conquistados, y las apoteosis con que los pueblos lo recibirían, parecían más los del Apocalipsis que razonamientos de persona con un adarme de sentido común.
La conversación decayó pronto. No quisimos seguir al neófito comunista en su marcha triunfal a través del mundo, y menos viajando en un tren que apenas si marchaba a veinte kilómetros por hora.
Observando a los demás viajeros, nos fijamos en un soldado que llevaba al cuello un "pendentif" de señora. La cadenita que lo sostenía era de oro, y el "pendentif" de perlas, con un diamante en el centro. Aquella alhaja era, indudablemente, producto del saqueo.
El soldado era hijo de unos humildes aldeanos, cerca de Dmítrov, adonde se dirigía a pasar una temporada.
El mismo desenfado con que lo llevaba probaba que no conocía ni el uso ni el valor del adorno.
Las sesenta verstas [poco más de sesenta kilómetros] que separan a Moscú de Dmítrov, parecían multiplicarse fantásticamente, pues ya llevábamos más de tres horas de tren y aún no se acercaba el momento de echar pie a tierra.
El tráfico de viajeros de unos coches a otros era continuo. Todos buscaban, en vano, mejor acomodo.
Como Dmítrov era estación límite del tren que nos conducía, los numerosos viajeros se extendieron rápidamente por los andenes apenas paró.
Siempre guiados por Sasha, tomamos un camino o calle que conduce al centro del pueblo; mas antes de llegar a él, dejándolo a la izquierda, continuamos recto y tomamos por una pendiente.
Habíamos andado unos cuarenta pasos, cuando torcimos a la izquierda y nos metimos por una calle que se extendía entre jardines, en el centro de los cuales se alzaban chalets al estilo de los que existen en algunos cantones suizos.
Al promedio de la calle, Sasha se dirigió a una puerta diciendo: "Ya hemos llegado. Como no sabe papá qué día vendríamos a verle, no ha salido a recibirnos. Pero es igual. Le cogeremos de sorpresa y estará más contento". Así fue.
Avanzamos por un espacioso jardín, todo abandonado, hacia un palacete que se veía al centro, y cuando ya estábamos a pocos pasos, la madre de Sasha nos recibió. Madre e hija se abrazaron cariñosamente. Después de la presentación de rigor, la inseparable compañera de Kropotkin, que se había convertido en horticultora para subvenir a las necesidades de la vida, estrechó nuestra mano fuertemente, mostrando su viva satisfacción por la visita.
Mientras cambiábamos la compañera de Pedro y yo algunas palabras, Sasha entró en la casa a saludar a su padre y anunciarle nuestra llegada.
Pronto apareció, encuadrada en el marco de la puerta, la figura grandiosa del maestro. Estaba algo demacrado, reflejándose en su rostro ese rictus irónico que imprimen los sufrimientos morales.
Ante la aparición de aquella figura de renombre universal, a la que daba aspecto de apóstol la barba blanca que cubría su rostro, sentimos una profunda emoción.
Mientras la compañera de Kropotkin nos preparaba sillas en un amplio mirador que servía de acceso a la vivienda, Pedro se nos acercó y abrazó estrechamente. La emoción nos invadía.
Nos hallábamos ante una de las más recias mentalidades del pensamiento europeo, y el exacto conocimiento de nuestra insignificancia nos sobrecogía como unos niños.
Kropotkin, que conocía bastante bien el movimiento anarquista y sindicalista español, solicitó que ampliáramos sus últimas noticias. Hablamos largo, explicándole detalladamente la intensidad del movimiento anarquista durante los últimos cinco años, mas soslayando toda alusión respecto a la actitud suya frente a la guerra.
Sasha nos lo había encargado sobremanera. Los ataques cardíacos a que era propenso se producían en cuanto se acaloraba en una discusión. Y como al discutir sobre la actitud suya en la guerra habríamos de entrar en una discusión acalorada, lo mejor era obviarlo. Y aunque Pedro insinuó la cuestión, procuramos desviarla diciendo que habíamos adoptado una posición opuesta por creerla más en concordancia con nuestro criterio anarquista.
Pasamos todo el día en compañía de aquella familia, que sólo atenciones y miramientos tuvo para nosotros. Regresamos a Moscú por la tarde.
Dos veces más vimos a Kropotkin; una en Dmítrov, adonde fuimos a visitarle, y la otra en Moscú, en casa de Sasha.
Había venido a Moscú, a pesar de las dificultades y molestias del viaje, para visitar a Lenin y hablar con él. Pero Lenin no le quiso recibir. A pretexto de ocupaciones perentorias, no quiso distraer unos minutos en escucharle. Verdad es que envió a su secretario particular para que se informase de lo que Pedro quería, pero fue una desatención de ensoberbecido no recibir a aquel hombre que iba a pedir no se consumara un crimen horrendo. Digamos que no se consumó gracias a la intervención de Kropotkin. Se trataba de la pena de muerte que el tribunal sovietista quería aplicar a diez cooperativistas denunciados por un agente de la Checa como conspiradores contrarrevolucionarios.
La fantasía de aquel agente había imaginado un terrorífico complot, en donde sólo había la sorda protesta de unos descontentos.
Por lo que Kropotkin mismo nos dijo, pudimos saber que los procesados, para quienes se pedía pena de muerte, se hallaban un día en su local social conversando amigablemente. De derivación en derivación, llevaron la conversación al terreno político y alguno aventuró la idea, que los demás confirmaron, de que sería precisa una conspiración de todos los descontentos con el régimen bolchevique para destruirlo.
Estas palabras llegaron a oídos del chequista y las trasmitió a la Comisión extraordinaria, la que ordenó el arresto y procesamiento de los diez individuos.
Conocedor Pedro de cómo habían pasado las cosas, al saber que iban a ser juzgados y de que el acusador soviético pedía pena de muerte, quiso hablar con Lenin para decirle que "el fusilamiento de aquellos diez hombres sería la vergüenza mayor, la mancha más negra que el bolchevismo se echaría encima".
Y consiguió su intento. Los libró de la muerte; aunque no de los diez años de presidio a que cada uno de ellos fueron condenados.
De lo que hablamos durante nuestras conversaciones con Kropotkin, omito todo en atención a la calidad de estas páginas, pero quiero hacer constar que fue muy interesante.
El concepto que a Kropotkin merecía la revolución era muy rico en matices y en enseñanzas para todos, aunque más particularmente para nosotros los anarquistas.
La complejidad del movimiento revolucionario ruso hallaba en su privilegiada mentalidad el intérprete más sincero y más verídico. ¡Lástima que Kropotkin no haya vivido unos años más, para que su pensamiento hubiera sido concretado en algunas páginas!
De los bolcheviques no decía gran cosa. Los consideraba como a babeufistas consumados. Para él Lenin y sus teorías, como el comunismo de Carlos Marx y de todos los marxistas, no era otra cosa que las teorías de Babeuf barnizadas con algunos modismos de actualidad. Un día nos preguntó si de regreso a España escribiríamos algo sobre Rusia.
-Si escribís un libro hablando de Rusia, tituladlo "Comment on fait pas une Revolution" ("Cómo no se hace una revolución"). Porque toda la crítica que se haga de los bolcheviques y de su modo de interpretar la revolución debe tender justamente a demostrar cómo no es posible hacer una revolución adoptando sus sistemas y premisas.
Acuciado por el deseo de conocer cuáles fueran las cuestiones de su predilección en aquel momento, nos dijo contestando a preguntas nuestras:
-Temeroso de que los bolcheviques inutilicen lo que pueda escribir de la revolución, nada escribo sobre ella; tomo apuntes nada más. Estamos también demasiado cerca de los acontecimientos y de sus hombres para que el pensador no sea influenciado excesivamente por los unos y por los otros. Esta es la principal razón de mi abstención.
Pero para no perder el tiempo, escribo sobre ética, pues leyendo una página de Bakunin me sugirió la idea de hacerlo, y a ello consagro mis horas y mis días; mas el trabajo me resulta penoso.
La falta de relaciones con el mundo intelectual exterior y las dificultades que el régimen establecido y mi salud acumulan, hace que no pueda avanzar con la rapidez debida, y que sólo tras inauditos esfuerzos pueda lograr lo que me propongo.
Inquirimos acerca de su situación económica, que no resultó ser muy desahogada. Vivía, más que de la ración que le tenía asignada el Comisariado de Abastecimientos (ración de sabio), de lo enviado por los camaradas de todos los confines de Rusia.
-Vivo mal -nos dijo- pero aún puedo considerarme dichoso. Millones de rusos viven muchísimo peor que yo.
-¿No desearíais volver a Inglaterra o a cualquier otro país?
-Ardientemente- contestó.
-¿Por qué no lo solicitáis del Consejo de Comisarios del Pueblo?
-Porque no quiero recibir una respuesta negativa de la Checa, de esa vergüenza que deshonrará al régimen bolchevique, que es la dueña y señora de las acciones de todos los rusos.
Sólo las personas gratas a la Checa, aunque fueran miserables bandidos en el régimen zarista, pueden obtener el permiso de salida al extranjero.
Prefiero morir en Rusia, consumirme en esta inacción, soportar el hambre y el frío, antes que someterme a los mandatos de esa institución.
Debíamos marcharnos. El samovar, que con su forma panzuda se erguía sobre la mesa lanzando hacia el techo los vapores del agua hirviente, proyectaba una pequeña sombra entre los dos.
Declinaba el día. El crepúsculo ponía una nota de tristeza en sus palabras. ¿Presagiaba su próximo fin?
El invierno pasado había sido muy cruel para Kropotkin. Sin leña, casi sin luz y sin alimentos, las privaciones habían quebrantado su organismo, minado también por los años. El que se acercaba sería aún más cruel.
La situación económica de Rusia se hacía más grave y difícil cada día. ¡Bien lo notaba Kropotkin!
La generosidad de los compañeros, la solidaridad y apoyo que éstos le prestaban enviándole lo que podían, era el barómetro que señalaba un notable descenso.
Los envíos se espaciaban, se hacían más intermitentes. A veces, una carta de disculpa los acompañaba. "Hubiéramos querido enviarte antes estos pequeños obsequios -le decían-, pero no hemos podido. ¡Si supieras, Pedro, las dificultades que tenemos para aprovisionarnos en este pequeño rincón!"
Con estas palabras disculpaban aquellos generosos compañeros, perdidos en alguna aldea de la inmensidad rusa, el no poder ayudarle más eficazmente, y ellas acusaban las privaciones a que se habían sometido para cumplir un sencillísimo deber de solidaridad. Al despedirnos del Maestro, estrechamos fuertemente su mano; nos abrazamos y recibimos su beso fraternal.
-Saludad en mi nombre -nos dijo- a todos los anarquistas de España, de quienes conservo afectuosos recuerdos. Mirad -añadió mostrando un hermoso reloj de oro-. No sé si recordaréis...
-Sí, sí nos acordamos- interrumpimos.
-Decidles que aún lo conservo. Que no olvidaré nunca este hermoso rasgo de los anarquistas españoles, debido a la iniciativa de los camaradas de La Coruña.
La inscripción que lleva en el interior de su tapa: "A iniciativa de los anarquistas de La Coruña, a Pedro Kropotkin, en sus bodas de plata", será siempre para mí un grato recuerdo de los camaradas españoles.

XIX - Hablando con Lenin
El despacho de Lenin estaba amueblado con sobriedad. Todo lo superfluo había sido descartado. Un grandioso mapa de Rusia; alguno más pequeño de otros países: una mesa de trabajo abarrotada de documentos y papeles; algunas sillas; unas butacas y sillones. Este era todo el mobiliario. Apareció Lenin. Sonriente nos tendió la mano que apretamos con verdadera efusión y nos sentamos frente a frente. Estaba contento, alegre, satisfecho.
-¿Estáis contento del trato que os hemos dado los comunistas?- preguntó.
-Mucho- contestamos. Habéis tenido en todo momento atenciones y respetos que nosotros hemos sabido apreciar en su valor. Si así no fuera, si nuestra discreción hubiera sobrepasado en algún punto el límite de lo debido, os rogaríamos nos exculpaseis.
-Nada de eso. Desde el primer momento, hemos recibido las mejores impresiones. No importa que no participéis de nuestro pensamiento, ni que no seáis uno de los nuestros. Sabemos que vuestra discrepancia de criterio os ha mantenido en todo momento alejado de ligerezas impropias de la seriedad requerida.
Haciendo una breve transición, añadió luego: -Pasando a lo interesante. ¿Podríais ampliarme algunos detalles del informe que habéis presentado a la Tercera Internacional, sobre la situación de las diferentes fuerzas políticas y sociales de España?
Le di los detalles que solicitaba y continuó:
-Es decir, que seguís rechazando la dictadura del proletariado, la centralización y la necesidad de formar en España el Partido Comunista para hacer la revolución.
-Nosotros seguimos firmes en nuestro criterio, en nuestras afirmaciones y principios.
-¿No os ha convencido la obra de Rusia?
-Lo visto en Rusia, lo observado en Rusia, y las conclusiones que sacamos del conjunto aquilatan nuestro criterio. No hemos de ocultaros que, cuando nos dirigíamos desde París aquí, una duda nos asaltaba de continuo. Ante lo desconocido, sugerido y vacilante, nos hicimos muchas veces esta pregunta: "¿Estaremos equivocados los anarquistas en los aspectos fundamentales de nuestra doctrina?" Y no he de ocultaros el temor con que veíamos acercarse el momento de tener, acaso, que suscribir la negación de aquellas ideas defendidas por nosotros con tanto ardor y que formaron el pequeño bagaje intelectual de nuestra vida. No se renuncia sin dolor, cuando se piensa honradamente, a las ideas que nos han sido caras. Es una página que hemos de arrancar a la historia de nuestra vida. Y esas amputaciones son siempre dolorosas. Pero lo visto y observado en Rusia ha confirmado y fortificado nuestras convicciones.
-Entonces, ¿seguís creyendo que no es necesaria la dictadura del proletariado? ¿Cómo pensáis que pueda destruirse la burguesía? ¡No creeréis que pueda hacerse sin una revolución!
-De ninguna manera. La burguesía no se dejará expropiar pacíficamente. Opondrá a las acometidas del pueblo que tal intente la más feroz resistencia, y una revolución se hace inevitable. Será más o menos violenta; esto depende de la resistencia que la burguesía oponga; pero es inevitable la revolución cruenta. Ahora bien; la diferencia entre el pensamiento bolchevique y el nuestro se manifiesta a partir de este instante.
La revolución es un acto de fuerza. Esto es indiscutible. Pero la revolución no es la dictadura del proletariado. Dictadura es imposición de gobierno, de autoridad de unos, pocos o muchos, que dispongan de todo a su arbitrio en nombre propio o colectivo, frente a otros, que deben obedecer sin replicar, so pena de sanciones y de violencias, ejecutadas por personas autorizadas para ello con mandato, con autoridad indiscutible.
Revolución no es eso. La revolución es el pueblo en armas, que cansado de soportar injusticias, de ser privado de sus derechos, de una explotación que le niega el derecho a la vida, protesta de ellas; toma las armas, sale a la calle e impone por la fuerza del número la organización social que cree más justa. En esto hay violencia; cierto; pero no hay dictadura. Claro que por una deducción arbitraria y capciosa podríase, con cierta sutileza de ingenio, llegar a unir estos dos extremos: revolución y dictadura. Pero la verdad y la realidad, que se esconde tras el valor y contenido de cada uno de esos dos conceptos, nos demostraría al instante lo artificioso de tal razonamiento y lo endeble de la argumentación.
Para mejor concretar nuestro pensamiento, es decir, para ser más explícitos, podemos sintetizar así: la Revolución es causa; la dictadura puede ser el efecto de esta causa. Confundir lo uno con lo otro, no me parece cosa fácil, cuando no se atraviesa la premeditación de una imposición directriz.
-Pero, la revolución, ¿no es imposición? ¿No se obliga a la burguesía a que abandone sus privilegios de clase?
-Cierto, que la revolución es imposición; pero la acción revolucionaría del pueblo no es dictadura. Y si se quiere sutilizar el valor intrínseco de cada palabra y de cada concepto, para sacar conclusiones favorables a una tesis cualquiera, os diré que no se la "obliga al abandono de sus privilegios", sino que se la "desposee", cosa que no es lo mismo.
Cuando se "obliga", es que ha habido acuerdo previo, que existe un mandato, por el cual se ordena, y cuando se ordena, se dicta; mientras que cuando el pueblo, "desposee" no existe ni mandato, ni orden, ni acuerdo previo. Esto último, tiene valor revolucionario neto. Lo demás, no. Pero creo que es inútil sutilizar sobre conceptos.
Hablando, pues, de conceptos generales, ahora más que nunca, creemos que la dictadura del proletariado, la organización o constitución de un Gobierno de clase -asalto al Poder, para dictar leyes a quienes las dictaban ayer-, no es indispensable en una revolución de carácter social, como la que demandan los tiempos que vivimos. Basta desposeer a la burguesía y armar al pueblo, para que esa finalidad se logre.
En cuanto a la defensa de la Revolución y sus conquistas, los mismos hechos acaecidos en Rusia, demuestran cómo el pueblo sabe defenderse, llegando al sacrificio de su propia vida. El sometimiento del pueblo subsiste por la preponderancia económica de la burguesía. Quítesele el medio de ejercer esa preponderancia, y la sumisión habrá terminado. Entréguese a los sindicatos la organización del trabajo y la distribución de lo producido y se verá cómo la burguesía no vuelve a levantar la cabeza. Tal es nuestro criterio personal nacido de lo observado aquí, en Moscú, en Rusia.
-Veo que no hay medio de convenceros. Entonces, ¿tampoco aceptáis la centralización y la disciplina?
-Los resultados de vuestra centralización, proclaman bien claramente su fracaso en el orden político y económico. Por los informes acopiados en los diferentes Comisariados las conclusiones que sacamos de la centralización política y administrativa, son completamente opuestos a los que saca vuestro partido. El bolchevismo afirma -así lo deducimos de los discursos pronunciados en el Congreso- que las dificultades políticas y económicas que en Rusia se producen, obedecen a falta de centralización y disciplina, y piden más disciplina y más centralización.
Nosotros opinamos lo contrario. Cuanta más centralización y disciplina impongáis, mayores serán las dificultades y más difíciles de vencer.
-Error; estáis en un error, Pestaña.
-Es posible, aunque no lo creemos. Sólo el tiempo podrá demostrarlo cumplidamente. ¡Claro que en momentos como los que vivimos, es dolorosa esta conclusión! Mas no hay otra. De todos modos, y sin entretenernos más que lo indispensable en estas cuestiones teóricas, hemos de pensar que vivimos para subvertir el régimen capitalista, y esto no se logrará si no es haciendo la revolución.
-Eso es lo fundamental. Y aunque en todos los países no tenga los mismos matices, y evitando o corrigiendo los errores en que nosotros hayamos caído, lo esencial ahora es hacer la revolución en los otros países. Emancipar al proletariado de la dictadura burguesa. Y a propósito: ¿qué concepto, como revolucionarios, os merecen los delegados que han concurrido al Congreso?
-¿Queréis que os sea franco?
-Para eso os lo pregunto.
-Pues bien, aunque el saberlo os cause alguna decepción, o penséis que no sé conocer el valor de los hombres, el concepto que tengo de la mayoría de los delegados concurrentes al Congreso, es deplorable. Salvando raras excepciones, todos tienen mentalidad de burgués. Unos por arribistas y otros porque tal es su temperamento y su educación.
-¿Y en qué os fundáis para emitir juicio tan desfavorable? ¡No será por lo que han dicho en el Congreso!
-Por eso exclusivamente, no; pero me fundo en la contradicción entre los discursos que pronunciaban en el Congreso y la vida ordinaria que hacían en el hotel. Las pequeñas acciones de cada día, enseñan a conocer mejor a los hombres que todas sus palabras y discursos. Es por lo que se hace y no por lo que se dice, por lo que puede conocerse a cada uno.
Muchos granos de arena acumulados hacen el montón. No el montón a los granos. La infinita serie de pequeñas cosas que hemos de realizar día tras día, demuestran mejor que ningún otro medio, el fondo verdadero de cada uno de nosotros.
¿Cómo queréis, Lenin, que creamos en los sentimientos revolucionarios, altruistas y emancipadores de muchos de esos delegados que en la vida de relación diaria, obran, ni más ni menos, como el más perfecto burgués? Murmuran y maldicen de que la comida sea poca y mediana, olvidando que somos los delegados extranjeros los privilegiados en la alimentación, olvidando lo más esencial: que millones de hombres, mujeres, niños y ancianos, carecen, no ya de lo superfluo, sino de lo estrictamente indispensable.
¿Cómo se ha de creer en el altruismo de esos delegados, que llevan a comer al hotel a infelices muchachas hambrientas a cambio de que se acuesten con ellos, o hacen regalos a las mujeres que nos sirven para abusar de ellas?
¿Con qué derecho hablan de fraternidad esos delegados, que apostrofan, insultan e injurian a los hombres de servicio en el hotel, porque no están siempre a punto para satisfacer sus más insignificantes caprichos? A hombres y mujeres del pueblo los consideran servidores, criados, lacayos, olvidando que acaso alguno de ellos se haya batido y expuesto su vida en defensa de la revolución. ¿De qué les ha servido?
Cada noche, igual que si viajaran por países capitalistas, ponen sus zapatos en la puerta del cuarto para que el "camarada" servidor del hotel se los limpie y embetune. ¡Hay para reventar de risa con la mentalidad "revolucionaria" de esos delegados!
Y el empaque y altivez y desprecio con que tratan a quien no sea algo influyente en el seno del Gobierno o en el Comité de la Tercera Internacional irrita, desespera. Hace pensar en cómo procederían esos individuos si mañana se hiciera la revolución en sus países de origen y fueran ellos los encargados de dirigirnos desde el Poder.
¡Poco importan los discursos que hagan en el Congreso! Que hablen de fraternidad, de compañerismo, de camaradería, para obrar luego en amos, es sencillamente ridículo, cuando no infame y detestable.
Y, por último, esas lucrativas componendas que presenciamos los que estamos asqueados de tantas defecciones; ese continuo ir y venir tendiendo la mano y poniendo precio a su adhesión, reviste todos los caracteres de la más infame canallada, de la más indigna granujería. Eso es tan bajo, ruin y miserable, como lo sería una madre que vendiera a su hija para satisfacer un capricho de los más abominables e inmundos.
¿Cómo vamos a creer en el espíritu revolucionario y en la seriedad de esas gentes?
¿Que desean la revolución en sus respectivos países? Eso sí; pero quieren que se haga sin peligro para sus olímpicas personas y en beneficio exclusivo de sus concupiscencias. Naturalmente que esto no quiere decir que en el seno de los partidos comunistas y de las multitudes, por esos delegados representadas, no haya centenares de individuos de buena fe, dispuestos al sacrificio y dignos de todo respeto y consideración. Estos quedan aparte. Estas censuras no tienen más alcance que el puramente personal y en relación a los delegados concurrentes al Congreso.
Esta es nuestra opinión, sinceramente expuesta.
- De acuerdo, Pestaña, de acuerdo… aunque haya alguna exageración en vuestros juicios.
Al decir estas palabras, Lenin se puso en pie. La entrevista terminaba. Acaso abusamos de la benevolencia concedida; pero hubiera sido indiscreto por nuestra parte terminar una conversación que no sabíamos qué alcance se le quería dar. Antes de despedirnos de Lenin nos preguntó si volveríamos a Rusia al próximo Congreso.
-Procurad venir, y que os acompañen varios de vuestros amigos. Venid y estudiad sobre el terreno nuestra obra. Para entonces la situación habrá mejorado, y acaso podamos llegar a conclusiones que nos aproximen más que lo estamos hoy. ¿Escribiréis algo acerca de lo que habéis visto y el concepto que os merece?
-Es muy posible- contestamos.
-Si lo hacéis, no dejéis de enviármelo. Tendré mucho gusto en recibirlo y leerlo.
Nos estrechamos cordialmente la mano y salimos.
Una profunda simpatía y un respeto sin límites nos quedó hacia Lenin después de esta conversación. No compartíamos sus ideas, no las compartimos hoy; pero saben todos aquellos amigos con quienes hablamos de él que, al referirnos personalmente a Lenin, guardamos para él las consideraciones y miramientos a que creemos es merecedor.

Ángel Pestaña Subir


Anterior articulo Anterior

Portada

Siguiente Siguiente articulo


[NUESTRO PERIODICO] - [TABLON] - [Nos. ANTERIORES] - [SUSCRIPCIONES] - [CONTACTA] - [SITIOS INTERES] - [DOCUMENTOS IFA]

TIERRA Y LIBERTAD
OCTUBRE - NOVIEMBRE DE 2017