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Epílogo: La larga noche del fascismo
y la pesadilla de la democracia

Como sabemos, la revolución fue aplastada por las armas fascistas, pero también por las fuerzas del bando antifascista. Una horrorosa represión se desencadenó en España durante cerca de cuarenta años. El miedo invadió a la gente: miedo a la tortura, miedo a la cárcel, miedo a la pena de muerte. No por ello se abandonó la lucha; las cárceles franquistas estaban repletas de opositores, anarquistas o no. Pero la burguesía y la Iglesia sabían que la dictadura de Franco no era eterna y se preparaban para el cambio. La burguesía con sus conspiraciones de salón y la Iglesia infiltrándose en los movimientos obreros. Por otra parte, los comunistas empiezan a ser fuertes a partir de los años sesenta, justo cuando el movimiento anarquista atraviesa sus horas más bajas, con un alto porcentaje de la militancia encarcelada o en el exilio.
Cuando muere el dictador en noviembre de 1975, los grupos políticos de la oposición ya han pactado una transición democrática con la monarquía continuadora del franquismo. Sólo quedan fuera los republicanos, los comunistas de izquierda (estalinistas, maoístas y trotskistas) y los anarquistas. El pacto es realmente una "ley de punto final". Todo el aparato franquista continúa en su puesto, tan sólo se "democratizan" las instituciones. La elección por abrumadora mayoría del Partido Socialista a principios de los años ochenta sirve a la burguesía para realizar una reconversión industrial con despidos sin precedentes y con una bajísima conflictividad laboral porque, esencialmente, el objetivo de los socialistas en el poder es desmovilizar a la clase obrera. Y lo consiguen.

¿Qué hacen mientras tanto los anarquistas?
En la dura clandestinidad de los años sesenta se había creado una lucha de los trabajadores, las Comisiones Obreras, con una estructura menos permeable a las infiltraciones policiales. En esta organización convivían en un principio los trabajadores cristianos, socialistas, comunistas y anarquistas. Pronto la hegemonía comunista hará que se alejen los socialistas (que reorganizarán la UGT), los cristianos (que crearán la USO) y los anarquistas, que a principios de los años setenta vuelven a dinamizar la CNT.
Al principio de la Transición se firma un pacto de colaboración entre el gobierno, la patronal y los sindicatos para establecer un marco negociador en los conflictos. Es el llamado Pacto de la Moncloa. Se trata realmente de una venta de los trabajadores a los designios del gobierno y la patronal. Lo más importante de ese pacto es que se acuerda que el gobierno fijará anualmente la posible subida de los salarios. Se destruye así toda posibilidad de reivindicación obrera. La CNT no firmará el Pacto de la Moncloa y, desde ese momento, un espeso manto de silencio caerá sobre ella, aparte de los clásicos montajes policiales para criminalizarla (caso Scala y otros).
Reorganizada la Federación Anarquista Ibérica, aparte de la acción obrera, el anarquismo actúa en los barrios de las ciudades industriales en movimientos reivindicativos vecinales. Pero durante los años de la Transición la tarea principal que se marca el anarquismo es la revitalización de la CNT. Conscientes de su escasa fuerza numérica, invitan a entrar en la Confederación a grupos más o menos libertarios (cristianos de base, marxistas heterodoxos, posibilistas varios) con la idea de que la dinámica libertaria de la organización les hará a ellos también libertarios. El resultado es que no sólo no se hacen libertarios, sino que intentan arrastrar a la CNT hacia la senda de la participación en los organismos de representación sindical del Estado. La ruptura se llevará a cabo en 1979 y será traumática; por un lado queda la CNT (adherida a la AIT), con postulados sindicalistas revolucionarios pero sin demasiada presencia en los centros de trabajo, y por otro la CGT, sin apenas diferencias con los sindicatos socialista, comunista y cristiano (subvenciones, liberados, participación en los Comités de Empresa).
En el campo libertario se vuelven a crear ateneos y algunas escuelas antiautoritarias. Se actúa en los movimientos ecologistas, de objeción de conciencia y antimilitaristas, se intenta revitalizar la organización Mujeres Libres con planteamientos feministas, se participa en las luchas de liberación homosexual, se desarrolla un movimiento anticlerical. Se producen experiencias interesantes de cooperativas de consumo con productos agrícolas biológicos. Se sigue participando en movimientos de reivindicación ciudadana y de ocupación de viviendas vacías.

¿Qué ha quedado de la Revolución?
Prácticamente no ha quedado nada de los logros revolucionarios, ni siquiera su recuerdo, pues todos los grupos políticos pactaron el silencio. Se habla del conflicto de 1936-1939 como de una guerra civil con alguna experimentación colectivista, pero se silencian los logros revolucionarios y se desprestigia al anarquismo las pocas veces que se habla de él. Se promulgó una ley de "Memoria histórica", pero en ningún momento se interpreta que en 1936 se produjo un alzamiento fascista, una contrarrevolución preventiva, un golpe de Estado que fue parado por los trabajadores, no por las fuerzas del orden republicano. Siguen estando vigentes los decretos promulgados por el gobierno franquista, dándose la paradoja de que no se puede reconocer la antigüedad de las organizaciones de la España republicana porque un decreto de Franco de 1936 las ilegalizó. El patrimonio documental incautado por las tropas fascistas a la CNT y a la FAI no ha sido devuelto. Sí han devuelto los documentos del gobierno autónomo catalán, por ser una dependencia del Estado.

Presencia libertaria actual
Malatesta afirmaba que la tarea de los anarquistas era triple: propagar, agitar y organizar. Se puede decir que el anarquismo español está en la primera etapa: la propaganda. Para ello es muy útil contar con las experiencias revolucionarias del 36, pero también con las anteriores. El desarrollo político de España en estos últimos cuarenta años habla por sí sólo de la validez de los principios libertarios: todos los vicios y corrupciones que la propaganda achacaba a los políticos han sido superados por la realidad. Cada día es más numerosa la gente que afirma que "los anarquistas tienen razón". El gran reto para el anarquismo es desarrollar la capacidad asociativa de la población, sacarla de su "pasotismo" y convencerla de que otra sociedad es posible, más allá de las pretensiones de los podemitas y similares que quieren encauzar el descontento hacia la desmovilización, como hizo en su día el PSOE.
Aunque con escasos medios, el anarquismo español sigue publicando periódicos y libros, organizando actos culturales y movimientos reivindicativos. Algunos piensan que no somos más que una pálida sombra del pasado, pero hay que reconocer que seguimos vivos a pesar de la represión, de la manipulación informativa, del rechazo a los cantos de sirena del poder.
Mientras el mundo se divida en explotadores y explotados, en dirigentes y dirigidos, será necesaria la lucha anarquista para cambiar el orden establecido, para crear una sociedad sin privilegios, donde cada uno aporte según sus capacidades y reciba según sus necesidades.

Alfredo González Subir


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AGOSTO DE 2016