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A 80 años del estallido
revolucionario

La Revolución española de 1936-1939 aportó cambios políticos, económicos y sociales que fueron el resultado de más de setenta años de propaganda y lucha libertaria. En política se rompió el binomio dirigentes-dirigidos con la proliferación de asambleas que vaciaban de contenido las instituciones autoritarias y, aunque no se llegó a destruir el poder, se dañó seriamente su estructura. Se crearon comités de control en todos los ámbitos de la administración pública. Las fuerzas represivas fueron sustituidas por comités de vigilancia. El ejército fue sustituido por milicias obreras. Todo esto duró poco; los anarquistas retrocedieron en sus conquistas ante las otras fuerzas antifascistas y, lejos de destruir el poder, colaboraron con él. La imagen de la bandera rojinegra ondeando en los edificios del Estado en julio de 1936 fue sustituida rápidamente por la tricolor republicana.
En economía se realizó una profunda revolución social que arrancó a la burguesía campos, fábricas y otros negocios. Se colectivizaron las extensas propiedades agrícolas, se socializaron ramos enteros de la producción; restaurantes, hoteles, comercios y espectáculos fueron gestionados por los propios trabajadores, con el consiguiente aumento de la producción y mejora de los servicios. Es importante destacar que esta oleada revolucionaria fue protagonizada también por los sindicatos socialistas, aunque sus dirigentes no estuvieran de acuerdo.
En el plano social y de la vida cotidiana, los cambios fueron mucho más profundos, sobre todo por la desaparición de la moral burguesa y su principal aparato de propaganda: la Iglesia católica.

¿Por qué fue posible todo esto?
El anarquismo en España, desde sus orígenes, tuvo algunas características que lo hicieron singular. La más importante es su constante ideología obrera. Desde que Fanelli trae a España las ideas de la AIT, identificadas con los planteamientos antiautoritarios, el anarquismo se desarrollará única y exclusivamente entre la clase obrera. Por ello los marxistas dejan pronto la sección española de la AIT y fundan el Partido Socialista. Al poco de crearse, la Internacional es puesta fuera de la ley: la identificación de la AIT como instrumento del anarquismo era total. El anarquismo es perseguido pero sigue vivo en el entramado de las capas más pobres de la sociedad. Se crean grupos anarquistas por todas partes. Se multiplican las publicaciones (periódicos, libros, folletos), se crean círculos culturales (llamados primero ateneos de divulgación social y luego ateneos libertarios) donde los trabajadores pueden acceder a la cultura y tienen una alternativa recreativa a la taberna. En estos centros se alfabetiza, se imparten cursos de puericultura, de sexualidad, charlas sobre higiene, sobre filosofía, sobre historia, sobre literatura… También se organizan grupos teatrales y excursiones al campo. Normalmente tienen escuela racionalista, algo muy importante en un país analfabeto en el que la educación está casi por completo en manos de la Iglesia.
Pero quizá la característica más definitoria del anarquismo español sea la creación de sociedades obreras de resistencia en todos los centros de trabajo y explotaciones agrícolas. Contra estas sociedades la burguesía desencadenará las represiones más sangrientas: Jerez, la Mano Negra, Montjuich, clausura de ateneos y centros obreros, encarcelamiento y tortura de militantes, fusilamientos, garrote… Pero todo esto sólo sirve para fortalecer el movimiento, pues en absoluto han cambiado las condiciones de miseria. Movimiento que se irá estructurando por toda la geografía española para llegar a crear, en 1910, una estructura de ámbito nacional: la Confederación Nacional del Trabajo.
De estas luchas se llega a las jornadas de julio de 1936 en que los trabajadores salen a la calle para parar el golpe militar fascista y, no contentos con la legalidad democrática republicana, quieren crear una sociedad de libres e iguales, sin privilegios, sin explotadores ni explotados.

A. G. Subir


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