PERIODICO ANARQUISTA
Nº 277- 278
 AGOSTO-SEPTIEMBRE 2011

 

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Delegación política u
organización popular en el 15-M

Con la llegada de la crisis que llevamos padeciendo desde el año 2007, se hicieron patentes los fallos estructurales en el sistema capitalista que demostraron claramente los defectos de un sistema que no es válido para la mayor parte de la humanidad. Un sistema injusto, basado en la propiedad privada y la explotación de las personas por parte de quien ostenta el poder del dinero. Un sistema pensado por y para los capitalistas, donde las personas solo cuentan para ser explotadas y soportar el peso de la producción para el beneficio de los explotadores.
En la actualidad los grandes capitalistas globales dominan las economías de los países y sus gobiernos se han convertido en meras comparsas que solo deben aplicar las fórmulas económicas que les vienen impuestas desde los mercados. La soberanía popular ha sido desbancada por los todopoderosos mercados financieros con el beneplácito de los diferentes gobiernos de cada país, ya sean de una tendencia política u otra. Ya sean liberales o conservadores, socialistas o populares. Los grandes partidos políticos protagonistas del bipartidismo llevan a cabo el papel que les ha sido designado, proteger el privilegio de los poderosos, de los capitalistas, aplicando la ley o redactando nuevas leyes cuando le son necesarias. Leyes antisociales que no han sido votadas y aprobadas por el pueblo pero que según nuestros gobernantes son necesarias. Necesarias para los capitalistas, para proteger sus privilegios y para facilitarles el beneficio económico con recortes y pérdida de derechos adquiridos con las luchas obreras y sociales de antaño. El ansia de los capitalistas por generar más beneficio no tiene límites y no dudan en condenar a países enteros a la miseria que representa la precariedad y la falta de los primordiales recursos que necesitamos todas las personas para poder vivir una vida plena en todos los aspectos.
Durante años hemos vivido engañados creyendo en las bonanzas que ofrecía el sistema capitalista, creyendo en el llamado estado del bienestar. Otra de las mentiras con las que hemos vivido ajenos a la realidad. Siempre nos han dicho que el esfuerzo productivo de la clase trabajadora se vería reflejado en la sociedad para llegar al estado del bienestar donde toda la población podría disfrutar plenamente de sus derechos. Pues bien lo que tenemos es que muchos trabajadores y sus familias pueden perder de golpe todo aquello por lo que tanto han trabajado. Nunca han cumplido con su obligación refrendada en la ley de leyes, la Constitución, aprobada por la mayoría del pueblo y que los gobernantes están obligados a cumplir. Facilitar trabajo digno y vivienda digna a todo el que lo necesite, educación y atención sanitaria de calidad, etc. Cuestiones fundamentales para todas las personas pero no para ellos y sus verdaderos representados, los capitalistas.
La venda que tapaba nuestros ojos ha caído dejando ver con claridad que este sistema no es adecuado. Tenemos que cambiar el sistema capitalista, explotador e inhumano y no nos vale darle unas cuantas pinceladas para que sea más atractivo, menos dañino. Pero, ¿cómo hemos de actuar para conseguirlo? ¿Qué camino debemos emprender? ¿Debemos delegar nuestra soberanía popular? ¿Luchar por cambiar el sistema político por otro más atractivo a primera vista? ¿Cambiar a los políticos y sus partidos para que ellos cuiden de nuestros intereses en contra de los intereses de los capitalistas? ¿Para que sean los políticos, desde sus pedestales, quienes nos aseguren nuestros derechos? Esta experiencia ya se ha vivido en nuestro país y en otros muchos y los derechos sociales y laborales siempre se han visto en retroceso. Porque los partidos políticos con sus gobiernos y dirigentes a la cabeza pierden sus convicciones al llegar al poder y se olvidan de las bases y anteriores promesas progresistas para hacerles el trabajo sucio a los poderosos. No tenemos razones para pensar que los que lleguen ahora serán diferentes a los que conocemos. Principalmente porque las directrices de su actividad política y sobre todo la cuestión principal de la economía tenderán en la misma dirección mientras sistema económico sea el mismo.
No debemos delegar en políticos y gobernantes, hemos de coger las riendas de nuestras vidas y trabajar por llevarlas por la senda de la libertad, con la igualdad como medio y la fraternidad como fin. Las asambleas populares han de convertirse en el ente del que emane la voz del pueblo.
La única manera de conseguir beneficios reales para la clase trabajadora, es la lucha diaria por conseguir una vida mejor para todos. En nuestros barrios y pueblos, en nuestros puestos de trabajo, con nuestros vecinos y compañeros. Nuestra fuerza es la solidaridad y el apoyo mutuo con el que conseguiremos doblegar a nuestro opresor. No podemos pensar que nos van a dar lo que es nuestro porque sí. Nosotros, los trabajadores, somos los que creamos la riqueza del país, los que hacemos que se mueva día a día. Nosotros, los trabajadores, somos necesarios para que la vida continúe. Los capitalistas son parásitos que nos roban de nuestra producción y nos usurpan el fruto del trabajo que debería ser parte de toda la sociedad con la ayuda de los gobiernos, parásitos vendidos al capital, ya sean de un color u otro.
Hemos de llegar a la convicción de que necesitamos crear una nueva sociedad fundamentada en parámetros diferentes a los actuales. Hemos de romper con el actual sistema capitalista. Nos más derechos sin deberes ni más deberes sin derechos, una sociedad donde cada uno aporte según sus posibilidades y reciba según sus necesidades. Una sociedad de individuos libres asociados en federaciones libres de productores y consumidores. Donde el trabajo y la organización horizontal de las bases populares sean el motor de la nueva sociedad.
Para ello es fundamental que los trabajadores, organizados en sus lugares de trabajo, controlen los medios de producción, es decir, debemos abolir la propiedad privada de dichos medios de producción y socializarlos de tal manera que estén al servicio de los propios trabajadores y consumidores. Las organizaciones de los trabajadores federadas entre sí deben orientar la producción a cubrir las necesidades básicas de la población, tanto físicas como intelectuales, y no para el beneficio de los explotadores capitalistas que están esquilmando la Naturaleza y por lo que pagará toda la Humanidad.
Necesitamos articular las luchas sociales y las luchas laborales en diferentes ámbitos, de tal manera que se conviertan en un todo orientado a suplantar el papel del Estado, después de su abolición. O sea, hacer del Estado algo innecesario, ya que la organización popular está llamada a ser la que dirija la estructura político-económico-social de la nueva sociedad.
La situación a la que nos han llevado ha hecho plantearse la necesidad de cambiar las estructuras económico-político-sociales que nos rigen. Tenemos una tarea grandísima y grandiosa por realizar. Elijamos bien el camino que nos lleve hacia la libertad.

Mikele Rossonero Subir


Anarquismo en prácticas.
Igualdad y antiautoritarismo en las tomas de decisión

Los modos de toma de decisión son un elemento particularmente importante del funcionamiento de un grupo político. Son, en efecto, reveladores de las relaciones que los individuos mantienen entre ellos y el lugar que ocupa cada individuo en relación con el colectivo. Dar un voto a la mayoría o adoptar una posición consensual son procedimientos ligados a estilos políticos y motivaciones muy diferentes.

Mayoría y consenso
La toma de decisión por voto de la mayoría es un rasgo muy conocido en las democracias representativas. Alía eficacia y rapidez organizando la dominación de la mayoría sobre la minoría. Permite, por tanto, marcar las opciones predefinidas y también la puesta en marcha de gobiernos estables. Así pues, el voto a la mayoría se adapta especialmente bien a un sistema desigualitario (dividido entre los dirigentes y la base), pero pluralista, es decir en el que varias personas (y no un dictador) deben elegir entre las diferentes soluciones posibles.
La deliberación colectiva y la toma de decisiones por consenso están especialmente presentes en el movimiento libertario, pero las superan ampliamente. Pueden en primer lugar estar ligadas a una cultura individualista (y no egoísta), lo que quiere decir que se antepone la irreductible singularidad de cada ser: son por tanto el fruto de una voluntad de expresión y de autonomía personal. Asegurar que cada uno participa de la decisión y puede hacer entender su posición permite a todos salvaguardar la integridad de su persona y no abdicar de su propia voluntad en beneficio de la de los otros o la de un líder. Algunos grupos pueden, por tanto, favorecer la horizontalidad y la inclusión (sin jefes, con la participación de todos) con el objetivo esencial de respetar la individualidad de cada uno. Pero este principio individualista de base puede también estar impregnado de consideraciones más directa y conscientemente políticas: la horizontalidad y la búsqueda del consenso nacen igualmente de un rechazo del autoritarismo, de una voluntad de actuar de un modo que nadie pueda imponer a otro su decisión, y por tanto de favorecer la igualdad y la autogestión. Individualismo e igualitarismo están íntimamente ligados, pero no hay duda de que cuando las posiciones individualistas logran que nazca una conciencia igualitarista -o anarquista- es cuando la noción de consenso adquiere toda su dimensión y eficacia.

De la nueva izquierda al altermundismo
La toma de decisión por consenso no es un hecho histórico reciente, una nueva forma de superar la democracia mayoritaria; es una corriente antigua que ha existido paralelamente a otros modos de concertación. La podemos encontrar en algunas sociedades llamadas "primitivas", y fue adoptada por la secta protestante de los cuáqueros desde el siglo XVII. Aparte de los grupos políticos recientes que han optado por la toma de decisión mediante consenso, podemos evocar antes los movimientos de la nueva izquierda estudiantil en Estados Unidos durante la década de los sesenta del siglo pasado, así como el movimiento de los derechos civiles. Esos movimientos federaban a pequeños grupos locales que actuaban por consenso, pero sin que se fijaran reglas específicas y definitivas en la materia. Aunque el consenso fuera entonces concebido como un instrumento de emancipación individual, constituía más una práctica espontánea que un procedimiento institucionalizado. Eso es lo que quizás lo hacía imperfecto y ha conducido a numerosas mujeres a crear sus propios grupos de reacción al sexismo que existía en esos colectivos pretendidamente igualitarios de la nueva izquierda. Es, por tanto, en el movimiento feminista de finales de los años sesenta, donde los modos de organización y de toma de decisiones han comenzado a ser un tema fundamental. Eso no significa, por otra parte, que el sistema sea perfecto. Han nacido numerosas desilusiones y frustraciones de sus defectos y dificultades ligados a la toma de decisión por consenso, que exige a la vez responsabilidad y conciencia política por parte de los participantes. Pero los movimientos sucesivos construyeron su organización sobre la base de esas experiencias feministas. Muchos de los movimientos ecologistas que se desarrollaron en los setenta en Europa y Estados Unidos las retomaron y trataron de mejorar ese funcionamiento igualitario y consensual, inspirándose claramente en las experiencias anarquistas españolas y sudamericanas de los grupos de afinidad. Esa experiencia acumulada volvemos a encontrarla en los movimientos radicales de los años ochenta y noventa, y se difundió a gran escala con el surgimiento de una nebulosa altermundista con los primeros levantamientos zapatistas (1994). A partir de finales de los noventa y comienzo del 2000, las redes militantes altermundistas como Acción Mundial de los Pueblos o Direct Action Network son las que quizás mejor representan el funcionamiento del consenso. Alimentado en las movilizaciones transnacionales, se ha difundido ampliamente, hasta el punto de que podemos encontrarlo ahora en grupos locales que no han participado nunca en una anti-cumbre internacional. A menudo, la proximidad con la nebulosa altermundista nos ha permitido darnos cuenta de las prácticas organizativas adoptadas. Así, aunque funcionan formalmente con los mismos principios y valores, se constatan importantes diferencias entre ciertas organizaciones anarquistas clásicas, relativamente poco representadas en las redes altermundialistas, y los grupos de activistas directamente implicados en la protesta transnacional. Porque hay muchas formas de practicar la toma de decisión igualitaria y consensuada.

De los ideales a los procesos
Un movimiento como el Direct Action Network, incluso aunque no se haya originado por una adhesión a las teorías anarquistas y sus miembros no sean necesariamente grandes lectores de Proudhon, Bakunin y compañía, se define claramente como anarquista por su vinculación a los principios igualitarios y autogestionarios. Pero el funcionamiento de una red como esta es bastante diferente al de una organización como la Federación Anarquista, por ejemplo. Evidentemente, se puede evocar la estructura reticular más que federal del primero, pero también y quizás sobre todo, la forma en que se toman y elaboran colectivamente las decisiones, diferencian a los dos colectivos. Aunque uno y otro manifiestan el mismo rechazo a la toma de decisiones por mayoría (simple) como algo esencialmente opresivo, como negador de la igualdad de los individuos y su autonomía, sin embargo no plantean exactamente el mismo modelo.
Sin duda hay que evocar, en primer lugar, una diferencia en el vocabulario: mientras que los altermundistas hablan de consenso, los anarquistas organizados evocan más a menudo la noción de unanimidad. En la práctica, ambos términos pueden ser perfectamente sinónimos, en la medida en que comparten la idea de que una decisión debe ser aprobada por todos los miembros del colectivo. Pero en la práctica, se constata a menudo que la noción de unanimidad se focaliza más en la toma de decisión en sí misma mientras que la del consenso integra primeramente la idea de un proceso deliberativo.
El consenso, tal y como ha sido concebido por numerosos grupos radicales de inspiración libertaria, salidos de la nebulosa altermundista, es un proceso, una forma de comportarse los unos frente a los otros, que pone el acento sobre el respeto mutuo y la creatividad. Es una forma de actuar que busca asegurar que nadie pueda imponer su voluntad a otro, y que se escuchen todas las opiniones. Este proceso pretende ser, por tanto, igualitario y antiautoritario. Pretende a la vez prefigurar una sociedad futura desprovista de dominación y actuar hoy en coherencia con sus ideales. Pero lo que lo hace especial es que las posiciones personales deben, supuestamente, evolucionar con la deliberación. No se consideran inmóviles. El objetivo del proceso deliberativo es encontrar un terreno común en la diversidad de posiciones. Hay que buscar lo que hay de bueno y de interesante en los argumentos de los demás más que tratar de rechazarlos mostrando su lado malo. El consenso no es, por tanto, un compromiso o la búsqueda del más pequeño denominador común, sino una búsqueda de creatividad, de soluciones que puedan satisfacer a todo el mundo. Eso puede implicar abandonar pura y simplemente las proposiciones iniciales en beneficio de una nueva posición que tenga en cuenta las aspiraciones y objeciones de todos. Al final, lo importante es que cada participante tenga el sentimiento de que su punto de vista haya sido comprendido y tomado en cuenta.
El concepto de unanimidad en sí no supone necesariamente el proceso deliberativo anterior; descansa en la adhesión general a las propuestas debatidas, que se adoptarán si no hay oposición. Sin duda, si se manifiestan objeciones, las proposiciones pueden reformularse para poder ser tenidas en cuenta. En ese caso, se llega formalmente a un proceso deliberativo y, por tanto, al consenso. El riesgo, si se pretende una toma de decisión por unanimidad sin trabajar verdaderamente en la construcción previa de posiciones consensuadas, es que emergerán con frecuencia oposiciones y, por tanto, eventuales bloqueos de la organización.

Procedimientos formales y estilos organizativos
Para paliar ese riesgo, los partidarios del consenso han elaborado toda una serie de procedimientos formales destinados a mejorar la calidad de la deliberación. Se trata de proceder por etapas y dotarse de técnicas destinadas a facilitar el surgimiento de posiciones consensuadas. Esto consiste sobre todo en presentar y explicitar ampliamente las opciones inicialmente propuestas, antes de recoger las objeciones y adoptar remedios o formular nuevas propuestas. Para permitir un debate sereno y eficaz, están disponibles diferentes instrumentos. Se puede citar en primer lugar la designación de uno o dos animoderadores encargados de destacar las diferentes propuestas y objeciones, sintetizarlas y reformular las proposiciones. El animoderador se asegura igualmente de que exista libre participación de todos en el debate y lleva los turnos de palabra. En efecto, este modo de deliberación supone que cada uno pide formalmente la palabra con el fin de evitar en lo posible que alguno la monopolice. Eso supone a la vez esperar al turno de palabra para hablar y no interrumpir al que habla. En algunos grupos, con el fin de favorecer la expresión de los más discretos o tímidos (o por decirlo más brutalmente, de los más dominados), se da prioridad a los que no se expresaban desde hace tiempo. También se puede recurrir a signos manuales que hagan el debate más fluido: eso permite a los que no suelen hablar expresar su adhesión o su circunspección respecto a lo que se dice sin interrumpir al orador, o incluso intervenir directamente en el debate para aportar una precisión técnica indispensable sin tener que esperar mucho tiempo su turno de palabra. Por último, es posible proceder a una o varias "ruedas" que permitan recoger todas las opiniones dando a todos la ocasión de expresarse sobre la cuestión, de modo tranquilo, sin tener que pedir previamente la palabra. Se pueden emplear otras muchas técnicas en función de las costumbres y la composición de los grupos.
A través de estos ejemplos, vemos hasta qué punto una elaboración igualitaria e incluyente de una decisión colectiva supone esfuerzos y procedimientos específicos para ser óptima. El objetivo es sin duda impedir en la medida de lo posible que algunos individuos dominen en los debates para imponer su voluntad. Sin embargo, algunos militantes (y especialmente los que reivindican el anarquismo) rechazan los turnos de palabra con el argumento de que constituirían un atentado a la libertad de expresión personal y al principio de autogestión. Eso es síntoma muchas veces de un desconocimiento o una negación del funcionamiento de la dominación social, que no reside en el hecho de fijar reglas de toma de la palabra, sino en el de dejar a los más que mejor hablan y a los más insistentes que monopolicen los debates.
No es necesario multiplicar los procedimientos formales para asegurar la igualdad de todos. No obstante, los diferentes instrumentos facilitan los debates y constituyen un seguro contra las tentaciones autoritarias o las soluciones que prefieren la rapidez en los procedimientos sobre la calidad de los intercambios. Los funcionamientos dependen de cada grupo, de su historia, de su composición y su cultura. Las organizaciones de inspiración libertaria más recientes tienden a conformarse más según el modelo de consenso, y aún más si han participado en las movilizaciones altermundistas. Así, los grupos federados pueden basarse en el consenso, recurriendo eventualmente a procedimientos formales, mientras que a nivel federal, y sobre todo en congresos, se da una versión más sencilla de decisión por unanimidad (en el caso de la Federación Anarquista) o de la mayoría reforzada (en el caso de la Alternative Libertaire, por ejemplo) que se impone.

De la dificultad de tomar decisiones colectivamente
Los límites y problemas de la toma de decisiones por mayoría simple no necesitan demostración. Esta práctica implica la dominación de la mayoría sobre una minoría que puede ser numéricamente importante. Los procedimientos de la mayoría reforzada (dos tercios o más, por ejemplo) entrañan, en menor medida, el mismo tipo de problemas, pero gozan también de la misma ventaja: permiten una toma de decisiones relativamente rápida y evitan los bloqueos ligados a las oposiciones. Se da preferencia a la eficacia, en detrimento del principio de igualdad y de respeto a la autonomía individual.
No hay consenso sin la posibilidad de bloquear una decisión por parte de un individuo. Pero esta posibilidad debe garantizar la toma en cuenta de todas las opiniones y no ofrecer a uno solo la posibilidad de impedir actuar al colectivo. Una oposición no debe formularse a la ligera: no se supone teóricamente que impedirá una acción que sería nefasta para el grupo o contraria a sus principios, y no debe representar un medio para que una sola persona pueda ejercer poder sobre el grupo. Eso implica que los participantes en la toma de decisión comparten una concepción común del grupo y de sus valores, a falta de lo cual sería difícil llegar a un acuerdo. En ese caso, los desacuerdos llevarían a un bloqueo o a una escisión.
Una deliberación de calidad, acompañada de procedimientos formales, debe normalmente facilitar el consenso, pero eso implica a la vez largas discusiones y un acuerdo al menos tácito de los participantes sobre los fines a alcanzar y los medios legítimos para lograrlos. Por tanto, el consenso es relativamente difícil de obtener, cualquiera que sea el tamaño de la organización. Supone frecuentemente una homogeneidad cultural y social (blancos de clase media, socializados en el mismo tipo de organización y de acciones) que no siempre reconocen los militantes. Se plantea entonces la cuestión de la viabilidad del proyecto y las prácticas anarquistas a gran escala y en una población diversificada social y culturalmente. Para ser posible, la búsqueda de consenso requiere probablemente un cierto grado de educación en los principios igualitarios y por tanto, la homogeneidad de esa población.
Rechazar el poder y la dominación y elegir organizarse de manera igualitaria son los retos. Implican tiempo y esfuerzos específicos, para superar la actitud adquirida en las democracias de zanjar los debates con la mayoría. Sin duda implican más vigilancia que la que se suele dar en las organizaciones anarquistas. Porque tomar las decisiones por unanimidad no significa necesariamente que se haya escuchado la voz de todos. Es necesario, en efecto, estar en guardia ante el hecho de que la ausencia de oposición no oculta la dominación de los más carismáticos sobre los que se creen menos legitimados para expresar su punto de vista. Para hacerlo así, existen procedimientos formales que surgen de la espontaneidad de los debates pero caracterizan la inclusión. Falta tener conciencia de que la igualdad formal no impida nunca la emergencia de líderes informales, que deben ser objeto de vigilancia en todo momento.

Romain Constant
(Le Monde libertaire) subir


Iglesia y policía

Las televisiones "oficiales" ofrecen imágenes de jóvenes seguidores de Raztinger cantando, alegres por la llegada de su ídolo de pasado nazi, encubridor de pederastas, mirada picarona y jefe de la más grande multinacional que jamás haya existido.
Estas mismas televisiones informan de la manifestación contra la subvención del Estado de esta visita, y en ella muestran las imágenes de la represión policial y apenas dejan un par de cortes o tres de no más de tres segundos para que el representante de una de las organizaciones convocantes narre cómo la policía cambió el recorrido de la manifestación hacia una calle estrecha llena de motos aparcadas y de bolardos. Del recorrido de la manifestación, el número de asistentes que multiplicó por treinta las previsiones y de los mensajes, apenas nada.
Desde el principio la Delegación del Gobierno en Madrid ha intentado prohibir dicha manifestación, pero la firmeza de los convocantes afirmando que se iba a realizar legalizada o no ha hecho que el gobierno cediera. En un primer momento pretendía que transcurriera por calles muy estrechas y escondidas. Mientras tanto, las huestes católicas ocupan una ciudad cual ejército invasor, hasta tal punto ocupan la ciudad que cuando la marcha laica llega a la Puerta del Sol hay centenares de éstos esperando la manifestación para increpar, provocar. Así fue y desafortunadamente hubo quien calló en la provocación. La estrategia estaba muy clara: criminalizar la protesta.
La policía impedía el libre paso y masacraba a quienes protestaban mientras defendía a los provocadores, jóvenes católicos.
Alguien puede pensar que exageramos, pero hay suficientes documentos gráficos que ratifican lo que exponemos. Ah, no estamos en la Edad Media, suponemos, en que la Iglesia tenía en el brazo ejecutor seglar para no mancharse las manos. Pero estamos en un momento en el que la más mínima crítica a la Iglesia, ésta que ha estado siglos juzgando y quemando personas, dice que se atenta contra la libertad religiosa.
Antes de la libertad religiosa está la libertad de conciencia, es decir, elegir si tener religión o no, si creer en un fantasma o no creer en nada.
La libertad de expresión se está viendo muy recortada. La policía cumple órdenes de un gobierno que se pone de rodillas ante el jefe de la Iglesia. ¿Otoño caliente?

Grupo Volia Subir


El teatro anarquista de Pietro Gori

A los compañeros italianos de América del Norte:

Este boceto, escrito para engañar los ratos de soledad durante una de las múltiples prisiones preventivas que he sufrido, al aproximarse el mes seductor del ánimo y de las cosas, quedó más tarde olvidado entre el montón de papeles fruto de las horas perdidas.
Traído conmigo, no sé cómo, en América, los compañeros filodramáticos de Paterson lo sacaron de su encierro; y al delito de ser autor quisieron añadiera el de actor. Desde entonces, de Boston a Barre, de Barre a Chicago, y así continuando hasta San Francisco de California, y viceversa por los Estados Unidos del Sur -como si simbolizara mi peregrinación de propaganda en América del Norte- los compañeros de las diversas localidades quisieron ver en escena al extranjero misterioso que viaja siempre caminando "hacia la parte donde se eleva el sol".
La simpática acogida que acompañó a este trabajo en estas improvisadas representaciones, y especialmente la calurosa que se le hizo en Nueva York, cuando lo representó Jacobo Paolini, no bastan, ciertamente, a justificarlo a mis ojos como síntesis de la gigantesca Idea que lo inspiró.
No obstante, por poquísimo que valga, actualmente me es querido. Querido de recuerdos y amistades contra los cuales nada podrá la violencia del tiempo y de los imprevistos sucesos. Y hoy que se me pide para publicarlo quiero dedicarlo a vosotros que conmigo os complacisteis en representarlo durante este mi viaje norteamericano de 1895-96; a vosotros todos, que, con fraternal amor entrevisteis, a través de la pobre forma que lo viste, el alma y la esencia de mi pequeño drama.
Y si al leerlo impreso revivís las dulces y felices horas de aquellos inolvidables noches pasadas en vuestra compañía, y que a menudo acudirán a mi memoria, no creeré ya tiempo perdido el empleado en escribir este boceto de la Esperanza, allá lejos, en la triste Cárcel Celular de Milán.
Siempre vuestro.

Pietro Gori
Kansas City, Misuri, marzo de 1896 Subir


Primero de Mayo

Boceto dramático en un acto


PERSONAJES:
Una señora vieja
Un joven, su hijo
Un campesino viejo
Una campesina joven
El extranjero
Un obrero
Un marinero
Coro interno

***

La acción se desarrolla en un campo de la Alta Italia, cerca del mar. Época: estos últimos años de siglo moribundo y de agónica civilización.
La escena, tanto en el prólogo como en el drama, representa la pendiente de una colina llena de verdor. Una balaustrada, tras la cual se ven los campos en flor, y el mar cierra la escena en el fondo. En medio de la balaustrada un cancel practicable. Delante, a la derecha, una casita rústica; frente a ésta, a derecha de la escena, la casa señorial, vetusta y severa. Las puertas de ambas abiertas.
El sol inunda el campo con torrentes de luz. El ambiente es de paz y alegría. Al levantarse el telón se oye a lo lejos el sonido de las campanas que saludan el primer día de mayo.

PRÓLOGO

(El actor que debe declamarlo se adelanta apenas se alza el telón y mientras se apagan las últimas vibraciones de las campanas, que a lo lejos tocan a fiesta).

Este cuadro o boceto de ocasión
simboliza una transformación:
La joven campesina de alma ardiente,
pura, gentil, magnánima y valiente,
que despreciando la fatal rutina
otro mundo más justo se imagina
y sigue al extranjero misterioso
en pos de amor sublime y no engañoso,
es la idea que lucha y que redime
a todo aquel que entre cadenas gime;
y el extranjero el hado que nos guía
a un porvenir de paz y de armonía.
y es el joven enfermo el que comprende
Y ama y sueña y a lo justo tiende,
pero débil de cuerpo, ya cansado
no acierta a desprenderse del pasado;
gran corazón que a la verdad se adhiere
pero que al fin encadenado muere.
El viejo campesino, simboliza,
la ignorancia, que forja y eterniza
las cadenas que adora y que respeta
y a las cuales el mismo se sujeta.
Es el privilegio la vieja dama
que a nuestra sociedad justa le llama,
porque encuentra corriente y natural
que unos vivan muy bien y otros muy mal.

(Señalando alternativamente la casa rústica y la señorial)

Este es el tugurio miserable.
Aquel es el palacio confortable.
Aquí el obrero hambriento que padece,
que todo lo construye y lo carece.
Allí los que a la holganza se reducen
y se lo llevan todo y no producen…
Este es el argumento del Poema
síntesis general del Gran Problema…
mas estas frases, senda ya trazole:
Laggiú, verso la parte donde si leva il sole*. [* Allá, hacia la parte donde se eleva el sol]
Caminando orgullosa hacia el Oriente,
majestuosa, altiva, omnipotente,
la Idea toda paz, luz y armonía,
a los creyentes y animosos guía
al mundo prometido y deseado
y allá en el porvenir ya vislumbrado.

(Señalando el mar y el campo)

Allá en los verdes prados sonrientes,
en los frescos jardines florecientes;
sobre las casas blancas que al mar miran
y a cuyos pies las olas que suspiran
se estrellan dulcemente, hoy día primero
de mayo venturoso del obrero,
sonríe sin cesar la primavera
y ondear se ve al viento una bandera…
Esa alfombra de mágica hermosura
salpicada de flores y verdura,
esos campos que activos productores
cultivaron a fuerza de sudores,
y esa enseña que besa el manso viento
con blando y apacible movimiento:
Son los frutos, ¡Oh pueblo! producidos
por tus huestes inmensas de oprimidos;
y el estandarte del trabajo honroso
que da al aire sus pliegues orgullosos.
Salud, ¡oh, primavera!, a tu hermosura
¡Salve a tu juventud y galanura!
Salvando las fronteras y los mares
llegan acá suspiros a millares
y a través de fronteras y océanos
surge el rebelde grito en los humanos.
¡Grito sublime de furor profundo
que un día habrá de redimir al mundo!

(Coro interno, en los lejanos campos)

¡Mayo!... ¡Mayo!...

¿Oís?... ¿Oís los acordados sones
que lanzan hasta el cielo las naciones?
¿Oís del himno el armonioso canto?
con ese himno de tan dulce encanto
marcha del hombre la altanera prole
Laggiú, verso la parte donde si leva il sole!

(Mientras el actor se retira, las voces lejanas entonan el Himno del Primero de Mayo. Durante todo el coro, Ida, que sale de la casa rústica, después de haber sembrado de flores el umbral de la casa señorial, mira ansiosamente los campos)

HIMNO DEL PRIMERO DE MAYO
(Música del coro de "Nabucco" del maestro Verdi)

Ven, ¡oh mayo!, te esperan las gentes,
te saludan los trabajadores;
dulce Pascua de los productores
ven y brille tu espléndido sol.
En los prados que el fruto sazonan
hoy retumban del himno los sones
ensanchando así los corazones
de los parias e ilotas de ayer.
Desertad, oh falanges de esclavos,
de los sucios talleres y minas;
los del campo, los de las marinas,
tregua, tregua al eterno sudor.
Levantemos las manos callosas,
elevemos altivas las frentes,
y luchemos, luchemos valientes,
contra el fiero y cruel opresor.
De tiranos, del ocio y del oro
procuremos redimir al mundo,
y al unir nuestro esfuerzo fecundo
lograremos al cabo vencer.
Juventud, ideales, dolores,
primavera de atractivo arcano,
verde mayo del género humano,
dad al alma energía y valor.
Alentad al rebelde vencido
cuya vista se fija en la aurora,
y al valiente que lucha y labora
para el bello y feliz porvenir.

(Con los últimos sones del Canto de Mayo, Ida, tras haber mirado nuevamente hacia los campos, hace un gesto de júbilo y entra en la casa rústica)

ESCENA 1

La señora vieja y el joven, entran por el fondo tiernamente abrazados.

JOVEN.- Madre mía, hoy estoy triste…
VIEJA.- Acaso estos cantos plebeyos…
JOVEN.- ¡Oh no, madre!... Siento el vacío en el alma…
VIEJA.- Y sin embargo, hubo un tiempo, ¿recuerdas?... en que el cariño de tu madre te colmaba de gozo…
JOVEN.- (Tocándose la cabeza) Creo que estoy enfermo…
VIEJA.- (Abrazándolo con efusión) ¡Ah! No lo digas, no repitas esto…
JOVEN.- (Sacudiendo tristemente la cabeza) Todos estamos enfermos… enfermos del corazón…
VIEJA.- Son estos tiempos malditos que os envenenan la sangre…
JOVEN.- No maldigas los tiempos. Todo es fatal en el mundo; la vida y la muerte, el mal y el bien…
VIEJA.- (Con dolor) Pero dime, dime… ¿Qué se hizo aquella felicidad que se reflejaba antes en tu rostro?
JOVEN.- (Señalando el corazón) Siento el vacío… aquí…
VIEJA.- ¿Qué te falta para ser feliz?... eres rico…
JOVEN.- (Con amargura) Sí, pero tengo la miseria en el alma…
VIEJA.- (Señalando la casa paterna) Y esta casa tuya, esta casa que un día resonó tus infantiles juegos… Y aquellos campos, estas colinas, estos viñedos que tuyos son…
JOVEN.- (Con ironía) ¡Míos!... ¡Míos!... ¿Por qué?
VIEJA.- Son la herencia de tu padre…
JOVEN.- ¡Acaso producen por sí solos!...
VIEJA.- ¿Pero qué dices?... Aquí están los campesinos para trabajarlos…
JOVEN.- Entonces estos campos no son míos.
VIEJA.- ¡Hijo mío!... temo de veras que estés enfermo.
JOVEN.- Estoy en mi cabal juicio… (Conduciendo a su madre hacia la verja) Mira mamá… estos surcos en los cuales el grano germina; estas colinas cuyos alineados viñedos se cubren de verde; estos prados tan maravillosamente cultivados… ¿Quién ha hecho todo esto?
VIEJA.- Pero si no hay necesidad de decirlo… los campesinos…
JOVEN.- Y nosotros, ¿qué hemos hecho, pues?
VIEJA.- Nada, naturalmente… ¡somos los dueños!
JOVEN.- (Con voz trémula) Nosotros somos… me da vergüenza decirlo; somos… (Pronuncia una palabra al oído de su madre)
VIEJA.- (Levantando las manos al cielo en actitud de dolorosa sorpresa) ¡Oh dios mío!... está enfermo… está enfermo de veras…
JOVEN.- ¡Ah madre!... el vacío está aquí (Señalando al corazón).
VIEJA.- Ven hijo mío… Vamos a tu casa natal… el espíritu encontrará la paz entre los recuerdos de la infancia… (Lentamente conduce al hijo hacia la casa).
JOVEN.- (Una vez en el dintel, observa el ramo de flores que depositó Ida y se detiene sonriendo) He aquí el saludo de mayo… ¡Qué delicadeza de sentimientos!... ¿Fuiste tú?...
VIEJA.- (Bajando confundida la cabeza) No… lo confieso…
JOVEN.- (Tomando el ramo y dirigiendo una mirada amorosa a la casa rústica) Esto no puede ser más que el saludo de la primavera… el pensamiento de la juventud…
VIEJA.- (Atrayéndolo con dulce violencia hacia la casa paterna) Ven… Ven conmigo (Entran).

ESCENA II

Ida la campesina, sola; luego el extranjero.

(Ida, apenas los dos han entrado, sale de su casa, corre hacia el dintel de la casa patronal y manda un beso, con un gracioso movimiento de la mano, hacia el interior.)

EXTRANJERO.- (Asomando al cancel) Muchacha, dame un sorbo de agua… por favor.
IDA.- Con mucho gusto (Corre hacia su casa y vuelve con un jarro que da al Extranjero) Toma…
EXTRANJERO.- (Después de haber bebido) Gracias, muchacha…
IDA.- (Con infantil curiosidad) ¿Quién eres?...
EXTRANJERO.- Un extranjero… un peregrino que va lejos… muy lejos.
IDA.- (Abriendo el cancel) ¿Quieres descansar? Entra.
EXTRANJERO.- (Entrando) ¡Me detendré unos instantes… ya que eres tan amable!... (Arroja al suelo el saco que lleva a sus espaldas y se tiende encima)
IDA.- ¿Estás cansado?
EXTRANJERO.- Mucho…
IDA.- ¿Es largo tu viaje?
EXTRANJERO.- Debo andar… andar hacia allá, hacia levante… He cruzado montes y colinas; he atravesado ríos y mares. Los abrojos del bosque me han destrozado los vestidos y la carne; el calor del verano quemó mi sangre, las lluvias invernales han marchitado mi rostro… pero yo he caminado… sin miedo… hacia la parte donde se eleva el sol.
IDA.- ¿Y cuándo llegarás a tu país?
EXTRANJERO.- Debo cruzar aún otros montes y otros valles, atravesar otros ríos y más mares… el verano sucederá al invierno, los cálidos vientos a las heladas lluvias… y yo andaré aún, frente a mis ojos, sin miedo… hacia la parte donde se eleva el sol…
IDA.- ¡Qué extraña peregrinación! (Pensativa) Y dime: ¿es bello tu país?...
EXTRANJERO.- (Entornando los ojos como absorbido por el esplendor de un interno sueño) ¡Oh, sí!; ¡bello… infinitamente bello!
IDA.- (Como atraída por la sugestión de aquel sueño) ¡Oh, cuéntame las bellezas de tu país!... (Sentándose a su lado)
EXTRANJERO.- (Como transportado por la evocación de los recuerdos) Es allí… el país feliz hacia la parte donde se eleva el sol… La tierra es de todos… como el aire, como la luz… Los hombres son hermanos… El ocio no existe, no anida el odio… la única ley, la libertad… el único vínculo, el amor… Para todos el bienestar… para todos la ciencia. La mujer no es esclava, sino la compañera, confortadora del hombre. La miseria es desconocida… la igualdad garantizada por la armonía de los derechos… No hay parásitos, ni ejércitos… no más guerras… las madres felices… los viejos son los maestros de la infancia… se educa a los niños en el amor al trabajo, a amar a sus semejantes… La juventud bendecida es la pacífica vanguardia del porvenir… Caminamos… caminamos. Está allí, el país venturoso… allí, hacia la parte donde se eleva el sol.
IDA.- (Con entusiasmo) ¡Oh, mi sueño!... ¡Este es mi sueño!
EXTRANJERO.- (Mirando a Ida sorprendido) ¡Cómo! ¿Tú soñaste mi país?... (Levantándose)
IDA.- (Suspirando) ¡Qué lástima que tan sólo sea un sueño!
EXTRANJERO.- Pero no, muchacha, es realidad… sólo se trata de llegar…
IDA.- ¡Ah! Con qué placer te seguiría, extranjero…
EXTRANJERO.- ¿Tienes novio?
IDA.- (Suspirando) ¡Ah! Éste es otro sueño…
EXTRANJERO.- Di… ¿lo tienes?
IDA.- (Bajando la cabeza) Sí…
EXTRANJERO.- ¿Y el amor no te basta?
IDA.- (Alzando la frente con orgullo) No…
EXTRANJERO.- ¿Qué más quieres aún?
IDA.- (Con entusiasmo) La libertad…
EXTRANJERO.- (Con aire misterioso) Entonces… si él no quiere ponerse en camino… ven conmigo…
IDA.- (Con convicción) ¡Oh, vendrá!... vendrá él también.

ESCENA III

El obrero, el extranjero, Ida.

OBRERO.- (Con la chaqueta al hombro acercándose al cancel) Buenos días, muchacha…
IDA.- (Con sorpresa) ¡Cómo!... ¿vas al trabajo… el día primero de mayo?...
OBRERO.- ¡Ya lo creo!... El principal nos ha amenazado con despedir al que hoy no se presente a trabajar…
EXTRANJERO.- (Con curiosidad) ¿Quién es el principal?
OBRERO.- Toma… el amo.
EXTRANJERO.- (Con sorpresa) A no engañarme, tú eres un hombre…
OBRERO.- (Entrando sonriente) Un hombre de carne y hueso…
(Entretanto, Ida se aleja hacia el fondo, mirando al campo)
EXTRANJERO.- ¿Y un hombre puede tener un amo?...
OBRERO.- Sí; cuando es pobre.
EXTRANJERO.- (Con creciente asombro) ¿Y qué has hecho para merecer ser pobre?
OBRERO.- He trabajado desde la mañana a la noche, sin tregua ni descanso…
EXTRANJERO.- Y tu amo, ¿qué hizo para que mereciera ser rico?...
OBRERO.- Pues, se ha cansado… consumiendo lo que yo y mis compañeros hemos producido.
EXTRANJERO.- (Asombradísimo) ¿Y por qué esta ley?
OBRERO.- Porque el amo dice que el capital y las máquinas son suyas…
EXTRANJERO.- (Acercándose afectuosamente al obrero) Trabajador, ¿quieres un consejo?
OBRERO.- Escucho.
EXTRANJERO.- Haz que el amo comprenda, un solo día, que el trabajo, solamente el trabajo, es el creador de todo…
OBRERO.- (Precipitadamente) ¿Qué debo hacer?
EXTRANJERO.- A estas máquinas que dan la riqueza al amo, y a vosotros obreros la miseria, diles: "Basta por hoy"… y ven conmigo…
OBRERO.- (Sonriendo) Comprendo… Así el mundo pensará que las máquinas no producen por sí solas…
EXTRANJERO.- Y sacarás por conclusión que todo es obra de los trabajadores.
IDA.- (Reaparece en el fondo de la escena llamando en alta voz con dirección al campo) Eh… marinero, ¿dónde vas?
MARINERO.- (La voz del marinero lejana) Voy al trabajo…
IDA.- (Siempre en alta voz) No vayas, escúchame…
MARINERO.- (La voz más cerca) Voy en seguida, bella muchacha.
IDA.- No importa… Quería solo decirte que hoy desertarás del trabajo.
MARINERO.- (La voz más cercana aún) ¿Por qué?
IDA.- ¿Pero no sabes que hoy es el Primero de Mayo?

ESCENA IV

El marinero y dichos.

MARINERO.- (Entra en escena, detrás del cancel, con traje de trabajo) Heme aquí… ¿Qué decías?
IDA.- ¿Nos has oído hace poco el canto en el campo?
MARINERO.- Sí; el canto de mayo…
IDA.- ¿Por qué vas, pues, al trabajo?
MARINERO.- Porque el armador quiere que zarpemos hoy, a todo trance…
IDA.- Pues espero que no irás…
MARINERO.- ¡Si fuese el amo!...
IDA.- Es verdad… tú eres el esclavo… ¿y por qué besas tus cadenas?
MARINERO.- (Pensativo) ¿Qué dices?
IDA.- (Con inspirado acento) Escúchame, extranjero; y vosotros, obrero, marinero, escuchadme… Mi lenguaje os parecerá extraño en boca de una mujer. No puedo explicarme de dónde proceda esta voz que hoy habla por mi boca. Una canción misteriosa flota desde esta mañana en el ambiente… ¿Son, acaso, los dispersos suspiros de todos los muertos de hambre?... ¿De los mineros sepultos en los pozos oscuros? ¿De los obreros destrozados por las máquinas, o de los niños y de los viejos que el frío mató?... ¿Acaso son de los soldados que el cuartel o el campo de batalla engullen?... ¿Acaso este canto misterioso es el saludo de los trabajadores enviado de un extremo a otro del mundo?... ¿Es la sonrisa de la esperanza que renace con las flores de mayo, o el rumor de las armas dirigidas contra esta resurrección del hombre?... Yo no sé, no acierto a explicármelo… pero sí puedo deciros que, de la gran familia de los trabajadores, el que hoy falte al pacto de fraternidad es un cobarde…
EXTRANJERO.- (Estrechando con efusión la mano de Ida) joven, tú eres digna del país hacia el cual me encamino.
IDA.- El país de mis sueños.
EXTRANJERO.- (Solemnemente) El país está allí… hacia la parte donde se eleva el sol.
MARINERO.- (Con resolución) Puede el armador amenazar cuanto quiera; el buque no zarpa hoy. Los compañeros me escucharán.
OBRERO.- El taller hoy permanecerá cerrado, sabré… persuadir a mis hermanos.
IDA.- De este modo los amos no osarán decir que dejáis el trabajo por amor al ocio.
MARINERO.- ¿Acaso puede decirlo el armador que sólo ha visto sus naves en el puerto?
OBRERO.- ¿Y el industrial que contempla sus máquinas con las manos metidas en los bolsillos?
IDA.- ¿O el propietario de los campos que sólo asoma cuando hay que embolsar el producto del sudor de los demás?
EXTRANJERO.- ¡Pobres condenados a la eterna fatiga y a la miseria eterna! ¿Por qué no venís a mi país… al plácido país de la igualdad y de la libertad?
OBRERO.- Pero yo sólo poseo mis brazos…
EXTRANJERO.- ¿Acaso no son una riqueza allí donde el trabajo tenga derecho a la vida?
MARINERO.- Dime extranjero: ¿se me aceptará de buen grado?
EXTRANJERO.- Allí cada ciudadano del mundo encuentra su patria, cada trabajador su natural y grandiosa familia…
OBRERO.- (Resueltamente) Pues bien, ven conmigo al taller a recordar a mis compañeros el deber de solidaridad, y luego vengo contigo…
MARINERO.- Dejadme llevar a mis compañeros del mar las palabras que nos enseñó esta muchacha y yo también iré con vosotros…
EXTRANJERO.- (Contemplando a Ida con pasión) Y tú, bella y valerosa joven, ¿vendrás?
IDA.- (Dándole la mano en señal de solemne promesa) Antes de partir, pasa de nuevo por aquí… Habré yo hablado con él… lo persuadiré…
EXTRANJERO.- (Mirándola fijamente) Tengo tu palabra…
IDA.- (Con firmeza) Vendré…

(Salen todos menos Ida)

ESCENA V
El joven e Ida

JOVEN.- (Saliendo de su casa con tembloroso paso) Tengo miedo… tengo miedo en mi casa… (Ve a Ida y en su semblante irradia el gozo) ¡Ah!, ¿eres tú? (Abrazando con efusión a la joven que se abandona en sus brazos) ¿Eran tuyas aquellas flores?... ¿Lo he adivinado?
IDA.- (Con alegría) Lo adivinaste… Dime, ¿por qué tardaste tanto?
JOVEN.- Pero mi corazón no te había olvidado.
IDA.- (Acariciándolo) ¡Qué pálido estás… y que triste!
JOVEN.- (Con temblorosa voz) Es que tengo miedo… Ida, tengo miedo. Estoy enfermo y mi casa hace descender el frío a mi alma…
IDA.- (Sorprendida) ¿La casa de tus padres?
JOVEN.- ¡Cuán tétrica es!... Hace renacer todos mis infantiles miedos…
IDA.- Cálmate… estás a mi lado… ¿no me ves?
JOVEN.- (Respirando con voluptuosidad) ¡Oh! aquí sí, aquí si que se respira… A tu lado siento el suave calor primaveral, pero en aquella casa no… no quiero entrar. (Estrechándose a Ida)
IDA.- Pero allí está tu madre que te adora y te espera…
JOVEN.- (Con tristeza y terror) ¡Mi madre!... Sí, es verdad; pobre mujer… ¡me quiere tanto!
IDA.- Tú no eres feliz, confiésalo…
JOVEN.- ¿Yo feliz?... (Con amarga sonrisa)
IDA.- Y sin embargo, eres joven… bello, rico…
JOVEN.- Pero yo no vivo… me aburro… la pobreza de los demás me entristece… mis riquezas me avergüenzan… Además, mírame bien… ¿no ves que estoy enfermo?
IDA.- Pero no; tú eres fuerte y vigoroso…
JOVEN.- (Moviendo tristemente la cabeza) Te engañas. Mi mal está aquí… y aquí… (Señalando la cabeza y el corazón)
IDA.- (Con ternura) Mi amor te curará.
JOVEN.- Y si no me cura, no hay salvación para mí… (Bajando la voz y con terror misterioso) Oye, querida mía; a ti puedo confesarlo. Esta enfermedad es la herencia de las culpas de mis padres… éstos gozaron demasiado, como los tuyos mucho sufrieron. (Con voz lúgubre) Me transmitieron la sangre envenenada…
IDA.- (Sacudiéndole dulcemente) Tú deliras… torna a la realidad de la vida que es para nosotros amor y gozo… Escucha y oirás los cantos de augurio primaveral… las voces del mayo obrero… las arcanas voces que anuncian una nueva juventud del mundo a los hombres de buena voluntad…
JOVEN.- (Con éxtasis al oír estas palabras) ¡Oh! habla… habla… siento que el bálsamo desciende a mis heridas, aquí… (Señalándose al corazón) Comprendo que se llena el vacío…
IDA.- ¿No sabes?... hoy las abejas humanas reposan… ¡pobres abejas industriosas!... ¡se fatigan tanto durante el año!... Tienen derecho a esta pascua de las flores y de la esperanza…
JOVEN.- (Absorto) Sí, es verdad, ¡tienen derecho a este descanso!...
IDA.- Además… debo decirte una cosa, extraña e interesante… (Vacilando)
JOVEN.- Por qué te detienes… Habla, pues…
IDA.- Hoy pasó por aquí un extranjero… un extranjero misterioso que camina… hacia la parte donde se eleva el sol…
JOVEN.- (Con viveza) ¿Donde se eleva el sol?...
IDA.- Es allí… hacia oriente, el país dichoso. La tierra es de todos, como el aire y la luz… Los hombres son hermanos… Esto y mucho más me dijo el extranjero… y este país de iguales y libres mi fantasía lo ve… lo he soñado…
JOVEN.- ¿Lo has soñado?
IDA.- (Como arrastrada por la visión de una realidad vivida) ¡Qué sueño más miedoso al principio!... Estaba perdida en una llanura… una llanura infinita y desierta… La tempestad rugía sobre mi cabeza… la lluvia me azotaba el rostro con violencia, el viento silbaba entre las desnudas ramas… no recuerdo cuántas veces caí, cuántas me levanté. Caminaba, desesperadamente… marchaba, siempre hacia oriente, donde sonreía una faja de azulado cielo. Al llegar al extremo de la llanura encontré aún una cuesta áspera y espinosa… al llegar a la cima miré al valle lleno de sol… y vi…
JOVEN.- (Con ansiedad febril) Di… ¿qué viste?
IDA.- (Estática al evocar la belleza de su sueño) La ciudad misteriosa… el país feliz… La tierra en la cual el trabajo es blasón de nobleza. En la que el odio y el ocio no existen… Única ley la libertad… el único vínculo el amor. Para todos el bienestar… para todos la ciencia. La mujer no es esclava, sino compañera del hombre…
JOVEN.- (Con transporte) Sólo a este precio merece el sueño que fuera realidad… La sangre bulle rejuvenecida en mis venas… Ida, ¿dónde está el extranjero?
IDA.- Pasará por aquí antes de marcharse.
JOVEN.- (Con entusiasmo) Nos iremos con él…
IDA.- ¿Y tu madre?
JOVEN.- Se consolará.
IDA.- ¿Y la casa de tus padres?
JOVEN.- ¡Ah! Esta casa… la detesto.
IDA.- Mira que hay que andar mucho… caminar sin miedo, sin cansarse… Atravesar montañas y colinas, ríos y mares. Los abrojos de los bosques destrozarán nuestros vestidos y nuestra carne… el calor de los veranos quemará nuestra sangre, las lluvias invernales amoratarán nuestros rostros…
JOVEN.- (Con entusiasmo) ¡Si precisamente esto es lo que deseo… la lucha… la peregrinación misteriosa y fatal hacia el país de las gentes libres e iguales!

ESCENA VI

El campesino viejo, Ida y el joven

CAMPESINO.- (Llamando con duro acento desde el interior de la casa) ¡Ida!... ¡Ida!
IDA.- (Sin moverse) ¿Qué quieres?
CAMPESINO.- (Refunfuñando) Siempre estás fuera de casa
IDA.- Busco aire y luz, padre…
CAMPESINO.- (Saliendo de casa con los instrumentos de trabajo) ¡Qué poca consideración para con los viejos!... (Al ver al joven señorito, cambia de tono y se vuelve humilde y obsequioso) ¡Ah! Mil perdones, señorito, no sabía que usted estuviese aquí… (Se quita respetuosamente el sombrero y deja los aperos a un lado) Me alegro… me alegro.
JOVEN.- (Obligándole a cubrirse) Vamos, cúbrase usted… un viejo trabajador no debe humillarse ante nadie…
IDA.- He aquí una cosa que no quiere comprender nunca…
CAMPESINO.- (Lanzándole una mirada de reproche) Es que yo no soy tan valiente como tú…
IDA.- Padre, yo te respeto y te compadezco porque eres el pasado… pero yo, que soy joven, pertenezco al porvenir…
CAMPESINO.- ¡Eres una hija muy extraña tú! En nada te pareces a los tuyos. Ya lo sé… Todo el mundo te lo critica… Ninguna campesina de tu edad habla como tú… Nadie te entiende…
JOVEN.- Es que la inmensa mayoría no pueden comprenderla porque viven aún entre tinieblas y ella vierte palabras de luz…
CAMPESINO.- (Sorprendido) ¡Palabras de luz!
JOVEN.- (Con vivacidad) Sí; y el vulgo, plebeyo o aristócrata que sea, no sabe comprender las cosas grandes y bellas.
CAMPESINO.- (Con humildad) Ya que usted lo dice… me callo la boca… (Disponiéndose a recoger las herramientas)
JOVEN.- ¿Dónde va usted?
CAMPESINO.- Al campo… a trabajar…
JOVEN.- ¿No celebráis la fiesta del trabajo?
IDA.- Mucho se lo rogué esta mañana, pero él se ha empeñado en trabajar…
CAMPESINO.- ¿Acaso el hombre no ha nacido para trabajar?
JOVEN.- El hombre ha nacido para vivir; el trabajo sólo es una necesidad. Pero cuando muchos ociosos se benefician de sus mejores frutos, el trabajo se convierte en una maldición.
IDA.- Y precisamente para recordar esto a los ociosos del mundo los trabajadores hoy hacen fiesta.
CAMPESINO.- ¿Esto significa el Primero de Mayo?
IDA.- Significa algo más también. Quiere decir que las callosas manos de los que siempre sudan se han buscado para darse el apretón del dolor, y se han apercibido de que forman la cadena de un nuevo pacto. Significa que mayo, después de los inviernos sin fuego ni pan, torna hoy con la bandera de la redención y con las floridas guirnaldas en las frentes bañadas de sudor. Quiere decir que los pueblos, después de tantos estragos y fraticidas guerras, quieren al fin combatir por la independencia de la humana nación. Quiere decir que todo esto es inevitable, como es inevitable que de aquí a un año vuelva otra vez mayo, la eterna juventud; como dentro de pocos meses es inevitable que de estas flores madurarán las mieses, fruto del despreciado trabajo…
JOVEN.- (Entusiasmado y lleno de emoción) Joven, tú eres el viviente símbolo de una Idea…
CAMPESINO.- (Moviendo la cabeza con indiferencia) Este lenguaje será muy bello, pero yo no alcanzo a comprenderlo. (Tomando otra vez sus herramientas) Amo mío… debo ir a trabajar. Si no se trabaja, no se come.
JOVEN.- Y sin embargo, yo como sin trabajar…
CAMPESINO.- Y yo trabajo sin comer… Bah, dejémonos se razones…
IDA.- ¿Pero no ves?
CAMPESINO.- Veo… veo… Pero entretanto, ¿cómo haríamos si los amos no nos hicieran trabajar?
JOVEN.- ¿Y nosotros cómo nos arreglaríamos para vivir si vosotros con vuestro sudor no nos mantuvierais?
CAMPESINO.- Pero ustedes tienen la riqueza…
IDA.- La riqueza, y todo aquello que del trabajo deriva, ¿acaso no es obra de los trabajadores?
CAMPESINO.- (Melancólicamente) No digo que no… ¡pero el mundo ha andado siempre así! ¡Qué le hemos de hacer! Es una desgracia nuestra.
JOVEN.- ¡Vuestro mal!... es que vosotros lo queréis. Ni siquiera queréis ver que sois esclavos y miserables.
CAMPESINO.- (Inclinándose humildemente) Si usted lo dice, señorito, no tengo nada que objetar. (A Ida desdeñosamente) Pero tú… ¿Qué derecho tienes para hablar mal de los amos?
IDA.- El derecho de ser libre… como tú tienes el deseo de continuar siendo esclavo.
CAMPESINO.- (Con sorda cólera) Veremos, veremos dentro de pocos meses. El trabajo de los arrozales te quitarán estos humos de la cabeza… Este año irás tú también.
IDA.- (Con firmeza) ¡Al arrozal!... ¡Yo!... ¡Jamás!...
CAMPESINO.- (Trémulo de rabia) Entonces te echaré de casa.
IDA.- (Resueltamente) Me iré… tanto mejor… lo deseaba, pero al arrozal no. (Con repugnancia) Las he visto, a aquellas pobres mujeres, trabajando entre los corruptos miasmas… lívidas, acabadas, destrozadas… Allí… con la boca casi en contacto con la putrefacta agua. Las he visto… bajo los rayos de un sol despiadado, con sus piernas flacuchas, mordidas por las sanguijuelas de los lodazales. Yo las he visto, cuando volvían a su país, amarillas, convertidas en esqueleto, con la maldita fiebre en la sangre…
JOVEN.- (Con terror) ¡Oh! Cuánta monstruosidad…
IDA.- (Persistiendo) Ya sé que el trabajo es condición de vida. Pero aquella es una fatiga bestial… retribuida con pocos céntimos en tanto envilecimiento… ¡Desgraciada sociedad la que pisotea de tal modo a la mujer!... Prefiero rebelarme… rebelarme a ti, padre mío, que ni siquiera tienes el valor para protestar… Me rebelo en nombre de todas estas desconocidas víctimas de la avaricia de unos pocos. No quiero, no, no quiero que mi juvenil sonrisa la apaguen los miasmas del paludismo… no quiero, no, que mi sangre virgen la chupen las sanguijuelas de los arrozales y estas otras sanguijuelas que viven en los palacios… Es allí, hacia la parte donde se eleva el sol… donde existe un país feliz…
JOVEN.- (Fantaseando) ¡El país de tus sueños!
IDA.- (Radiante con la espléndida visión) Allí detrás de la llanura difícil… ¡Cuánta paz! Lo traduce el mismo sonido de las dulces palabras… la mujer no es esclava, sino la compañera del hombre… desconocida la miseria… la igualdad garantida por la armonía de los derechos… No hay parásitos, ni ejércitos, no más guerras… las madres felices… los viejos son los maestros de la infancia… se educa a los niños en el amor al trabajo, a amar a sus semejantes… La juventud bendecida es la pacífica vanguardia del porvenir…
JOVEN.- (Completamente sugestionado) Es allí… allí, ¡hacia la parte donde se eleva el sol!...
IDA.- (Impresionada) Vuelve… lo siento… lo adivino…
JOVEN.- (Con ansiedad) ¿Quién?... Dime…
IDA.- Él… el extranjero misterioso…

ESCENA VII

El extranjero, el obrero, el marinero y dichos.

EXTRANJERO.- (Se detiene en el dintel de la verja con aire majestuoso. El obrero y el marinero esperan en el fondo con sus sacos a la espalda) ¿Y bien?
IDA.- (Adelantándose resuelta) Estoy pronta…
CAMPESINO.- (Avanzando amenazador) ¿Dónde vas?... Dime: ¿Dónde vas?
IDA.- (Con firmeza y serenidad) ¿Qué te importa a ti, pobre viejo?... Te he amado, y te he servido… y te venero aún, a pesar de mi marcha… (Besando la mano al viejo, que queda como quien ve visiones) Pero tú no me has comprendido… no podías comprenderme… porque tú eres esto que muere… y yo lo que nace… Tú eres la esclavitud y yo la libertad… Por esto me voy…
JOVEN.- (Con suplicante acento) Deja que te siga…
CAMPESINO.- (En el colmo de la confusión) ¡Pero estos se han vuelto locos!
IDA.- (Al joven con solemne acento) ¿Estás dispuesto a arrostrar los furiosos vendavales y las implacables tempestades… el sol ardiente y las heladas exterminadoras?...
JOVEN.- (Con pasión) Estoy dispuesto a afrontar la muerte para serte feliz…
IDA.- (Dándole la mano) Sé, pues, mi compañero.
JOVEN.- (Disponiéndose a marchar) Adiós, vieja casa de mis padres…

ESCENA ÚLTIMA

La señora vieja y dichos.

VIEJA.- (Apareciendo en el dintel de su casa) ¡Hijo!... ¿Dónde vas?
JOVEN.- (Se detiene de pronto, y como sobrecogido de un temblor súbito) Madre… ¿por qué me detienes?... Me iba al país de la felicidad. (Pasándose la mano por los ojos) Me había vuelto joven… animoso… y ahora la negra noche vuelve a descender a mi corazón…
VIEJA.- (Con dolor, acercándosele) ¿Así cambias el cariño de tu madre?
JOVEN.- (Con creciente dolor) ¡Madre mía! Este cariño es tirano.
VIEJA.- (Con amargura) Ve, pues si quieres… no quiero detenerte. Abandona la casa de tus padres, todo lo venerable que te enseñé a respetar y ante las cuales hasta el presente te arrodillaste… olvida los recuerdos que deberían ser sagrados. Rebélate a tu pasado, al amor de tu madre… Haz lo que quieras… Sigue a esta mujer y al destino que la conduce allí, hacia lo desconocido…
JOVEN.- (Sollozando) ¡Madre mía! Si supieras cuánto me destrozan el corazón tus palabras cuando lo encadenan… ¡Oh, Ida! Bella mía, ya no tengo fuerzas para seguirte… me tiemblan las piernas… ¿Cómo podría resistir la fatiga de esta larga marcha?...
IDA.- (Conmovida, pero con serena firmeza) Si no tienes fuerzas para seguirme… quédate…
JOVEN.- (Con ansiedad) ¿Y tú?
IDA.- Yo… (Con dolorosa energía) Marcharé a pesar de todo…
VIEJA.- (A Ida con desdén) Vete, vete… fuiste tú quien lo redujo a este estado…
CAMPESINO.- (Con servil humildad) Señora, yo también la rechacé, porque tuvo la osadía de rebelárseme…
IDA.- (Con acento grave y calmo) Os perdono por amor a esto que no comprendéis…
VIEJA.- (Desdeñosamente) ¡Cómo!... ¿Te atreves…?
JOVEN.- (Vacilante y apoyándose en Ida) No, madre… no la maltrates… Viejo, no la maldigas… Ella fue el único rayo de sol de esta pálida juventud… (Llevándose ambas manos al corazón) Helo aquí… Helo aquí el mal que vuelve… (Apretándose las sienes) Siento el vacío… aquí… (Vacila)
VIEJA.- (Acercando una silla y obligándole a sentarse) ¡Hijo mío!, perdona a tu madre sus palabras de amargo reproche…
JOVEN.- (Con voz débil y sonriendo melancólicamente) Lo sé… lo sé que creíste hacerme un bien… aún cuando me arrebatabas la libertad, la luz, el aire… me matabas por exceso de cariño…
VIEJA.- (Sollozando) ¡Hijo!... No me hagas llorar…
JOVEN.- (Con voz entrecortada por el sollozo) Tú no tienes la culpa de que te educara así… Todo es fatal en el mundo: el mal y el bien… la vida y la muerte. Además, esta enfermedad es la herencia de mis padres… es un castigo tremendo… porque mis padres gozaron mucho… como tus padres, ¡oh, Ida mía! sufrieron también mucho…
CAMPESINO.- (Tristemente) Y sufrimos aún.
JOVEN.- Pero vendrá el día de la reparación… vendrá… (Extendiendo las manos como en actitud de solemne promesa) Lo afirmo ante el florecer de este mayo que abre las rosas que ornarán mi tumba…
VIEJA.- (Abrazando con desesperación a su hijo) No, no morirás… tú no debes morir…
JOVEN.- (Como galvanizado por una fuerza superior, se levanta apoyado en su madre) Oye… ¿sabes cómo había soñado morir? Como un luchador de la vida… mirando de frente el sol… y desplegando al viento mi bandera… (Agita los brazos con febril entusiasmo y luego se deja caer cansado, en la silla) Y en cambio… ¡cuán negra la noche que desciende a mi vista!... ¿Dónde está el sol?... Madre… ¿Dónde esta la primavera?... (Temblando) ¡Siento frío!
VIEJA.- (Sollozando) Deja que te caliente con mis besos… (Se arrodilla ante él y cubre las manos de besos)
JOVEN.- (Con velada y entrecortada voz) ¡Qué fríos son tus besos, madre mía!... (Señalando con terror el muro de cerca) Cuánta oscuridad arroja aquel muro… (Temblando) Madre… mamá… manda que derriben aquel muro.
VIEJA.- (Sollozando) Todo lo que quieras…
JOVEN.- (Se levanta con un esfuerzo violento y da algunos pasos vacilando) Quiero el aire… el aire… la luz… Ida… (Como si quisiera coger algo con las manos en el vacío) Ida… ¿Dónde estás?...
IDA.- (Acudiendo y sosteniéndole) Aquí… a tu lado.
JOVEN.- (Delirando) Quiero ir… contigo allí... al país donde todo… es amor… y luz… (Intenta dar unos pasos y vuelve a caer desplomado en la silla) ¡Ah, no!... La tiniebla me aferra… me encadena… (Un instante de silencio angustioso. Ida a un lado y la vieja por otro se arrodillan cerca del moribundo)
VOCES.- (Voces lejanísimas repiten, muy lentamente, las últimas cuatro estrofas del canto de mayo, hasta que cae el telón)
JOVEN.- (Levanta la temblorosa cabeza como reanimado por el sonido del canto) ¡El canto! ¡El canto de mayo!... (Con esfuerzo supremo se arrodilla ayudado por las dos mujeres. El rostro del moribundo se ilumina con súbito gozo) ¡Oh, primavera… de la esperanza humana… el moribundo te saluda…! (Buscando con temblorosa mano) Ida… ve… ve allí… al país de la felicidad… Ve… te lo ruego… (Con un último esfuerzo de energía) ¡Lo quiero!... Por la memoria de nuestros amores… tú eres bella y animosa… otros más animosos y fuertes que yo te seguirán. Deja estos desolados países… donde todo es oscuridad… adiós (Besa la mano de Ida y cae agonizante, en la silla)
IDA.- (Llorando) Adiós… pobre amor mío… (Se aleja sollozando)
EXTRANJERO.- (Grave y solemne se acerca para sostenerla) Ven… tu destino es allí… (Se aleja lentamente)
JOVEN.- (Con apagadísima voz, buscando con los ojos una imaginaria luz) Ve… ve… Que yo oiga a lo menos el rumor de tus pasos… que te acercan a la meta… les acompañaré… con los últimos latidos… de mi corazón…
EXTRANJERO.- (Desde el dintel de la verja se vuelve con reposado y solemne gesto a Ida, al obrero y al marinero, que se agrupan a su alrededor) Jóvenes… en marcha… y adelante… Allí… hacia la parte donde se eleva el sol…
JOVEN.- (Con un esfuerzo desesperado tiende los brazos ansiosamente, mientras los labios, agitándose convulsivamente, repiten las últimas palabras) Donde… se eleva… el sol… (Queda inmóvil con la cabeza reclinada sobre el hombro. La señora y el campesino lloran silenciosamente. Desde los campos lejanos, llegan los cantos de mayo, con cadencia dulcísima)

CAE EL TELÓN

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Tu prójimo

Boceto dramático en un acto

Versión de Francisco Mastandrea, estrenada en el Teatro Pueyrredon de Buenos Aires por la Compañía Nacional Robles - Suárez el sábado 19 de abril de 1922 con el siguiente

REPARTO:
Jorgelina …………………………………………….. E. Álvarez
Irene…………………………………………………. Suárez
Adela ………………………………………………... T. Piaggio
Carlota ………………………………………………. D. Romeral
Don Carlos …………………………………………... J. Robles
Don José ……………………………………………... J. Cella
Antonio ………………………………………………. Villar
Adolfo ………………………………………………... P. Prevosti
Juan …………………………………………………... E. Genovese
Pablo ………………………………………………….. R. López


ACTO ÚNICO

La escena representa la "sección empeños" de un Monte de Piedad. A la derecha del actor, en el fondo, una ventanilla y sobre ésta un cartel con letras bien visibles que dice: "Objetos preciosos". A la izquierda, también en el fondo, otra ventanilla con la inscripción: "Caja". En el centro, una pequeña puerta que da a la oficina de empleados. Dos grandes salidas laterales. Algunos viejos bancos forman el complemento de la sala.


ESCENA PRIMERA

Don José, Adela, después Carlos

DON JOSÉ. - (Bruscamente). Y todo porque en esta oficina no ha caído nunca un empleado que valga. Pero no le hace. Si no terminan con esa incultura respecto al público, esto va a marchar de otro modo… y peor para ustedes…

ADELA. - (Humildemente). Pero señor, si no nos esforzamos un poco para procurar algún cliente más, no será posible seguir adelante. ¡La época está tan crítica!

DON JOSÉ. - Bah… No hay manera de conformarlos a ustedes… En fin, lo repito de una vez por todas: la gente que viene a empeñar no debe ser molestada; en caso contrario, esa es la puerta. (Entra Carlos por la izquierda).

CARLOS. - Buenos días, don José.

DON JOSÉ. - (Estrechándole la mano) Buen día. Esta mañana he sido más madrugador que usted.

CARLOS. - ¿Qué quiere que le diga?... Deberes de familia. Se va de mal en peor. De joven hay que consumirse para lograr un puesto. Apenas conseguido el empleíto, nos casamos, formamos una familia y entonces, ¡adiós libertad! Por la mañana están los chicos que atender; mandar los más grandecitos a la escuela, después la oficina que nos absorbe todo el día… Una hilera de horas largas, tristes, monótonas… ¡Adiós libertad!

DON JOSÉ. - (Riendo). Pero ¿qué diablos le pasa esta mañana que está melancólico?

CARLOS. - Ah, estimado don José, tanto me pasa, que amenazo volverme filósofo, y lo que es peor, filósofo llorón.

DON JOSÉ. - (Vuelve a reír) ¡A la larga!... Ni en broma lo diga; regaría con llanto los objetos pignorados en sus manos… y los objetos húmedos por sus lágrimas… filosóficas se echarían a perder… Saldría perdiendo el patrimonio de los pobres.

CARLOS. - (Bajando la voz) ¿Patrimonio de los pobres? ¿Usted cree que tienen valor alguno las palabras caridad, Monte de Piedad? Monte de… Imp… (Tapándose la boca). Iba a decir una tontería.

DON JOSÉ. - (Bromeando). Esta mañana está hecho un verdadero revolucionario, querido señor Carlos.

CARLOS. - Oh, tengo mucho que contar yo… (Bajando la voz). ¿Quiere oír cosas tremendas respecto a lo que pasa en la administración?

DON JOSÉ. - Bueno, cuénteme; nos reiremos en grande.

CARLOS. - Oh, hay mucho podrido… allí… Oiga. (Siguen hablando entre ellos, riendo de cuando en cuando).


ESCENA II

Dichos y Carlota

ADELA. - (Viendo a Carlota que entra por la izquierda). (Ay… ¿la desgraciadita no se ha muerto todavía?...). (Yendo a su encuentro, con mucha zalamería). Bienvenida, queridita mía; qué preciosa está. ¿Se encuentra ya mejor?

CARLOTA. - Sí, pero escapé de una…

ADELA. - Creí que se hubiera ido al campo a pasar la convalecencia.

CARLOTA. - Sí, ¡al campo! No me faltaría otra cosa.

ADELA. - (Riendo). Comprendo… Escasez de fondos…

CARLOTA. - (Picada). No, querida; de eso hay, gracias a Dios, hay todavía. (Tocando la cartera).

ADELA. - Oh, disculpe, creía… Siendo así, ¿por qué no deja el oficio?

CARLOTA. - No, monada, primero porque no me gusta estar ociosa, después porque alguna persona quedaría muy sola y satisfecha.

ADELA. - (¡Mala sangre!). Perdone la indiscreción: ¿ha recibido entonces alguna herencia?

CARLOTA. - Si quiere burlarse lo hace muy mal…

ADELA. - ¿Le parece? (¡Ridícula!).

CARLOTA. - ¿Por qué no vino a visitarme cuando estaba enferma?

ADELA. - Usted sabe, queridita mía, se teme siempre estorbar…

CARLOTA. - No… Estorbar usted, mi buena Adela. (¡Hipócrita!).

ADELA. - Entonces perdóneme, para otra vez será.

CARLOTA. - (Picada). Gracias por el augurio.

ADELA. - Que Dios la conserve, corazón mío… (¡Atrofiada!).

CARLOTA. - Gracias, gracias… (¡Arpía!).

ADELA. - Ahora más que amigas, debemos ser hermanas, pues hay peligros en el aire.

CARLOTA. - ¿Peligros? Diga, diga.

ADELA. - Figúrese que el señor don José no quiere que aceptemos propinas de las personas que vienen a empeñar. Fíjese un poco si por la gentuza que frecuenta estos sitios, hay necesidad de tomar las cosas de tal manera…

CARLOTA. - (En jarras). Miau… ¿Y quién cree ser ese señor don José?

ADELA. - Por caridad, hable más bajo.

CARLOTA. - (Bajando la voz). Tiene razón. Un empleadito como es él…

ADELA. - Con una mujer tan flaca…

CARLOTA. - Que apenas se tiene en pie.

ADELA. - Sé cada cosa de uno y de otro…

CARLOTA. - ¿De don José y su mujer?

ADELA. - Sí; la portera me cuenta cosas nuevas todas las noches.

CARLOTA. - Diga, diga; nos reiremos en grande.

ADELA. - Ssst… Por favor, que no nos oigan. (Se hacen a un lado y siguen conversando en voz baja, gesticulando y riendo entre ellas).

DON JOSÉ. - (A Carlos). Sus protestas son justas. Pero qué se le va a hacer. Ellos tienen la sartén por el mango y siempre les asistirá la razón.

CARLOS. - Sí, pero todo tiene un límite; y en mi cabeza comienzan a despertar ideas que nunca las tuve.

DON JOSÉ. - (Riendo). Rebeliones íntimas…

CARLOS. - Rebeliones del corazón… Especialmente cuando pasan por mis manos todos esos objetos que la miseria arroja en la ventanilla de este monte… pío…

DON JOSÉ. - ¡Vuelta con las reflexiones filosóficas!

CARLOS. - Cómo no volverse filósofo cuando se trabaja en este extraño oficio de tasar, de dar un valor aproximado a estas piedras preciosas, a tanto oro y plata, a esta dolorosa riqueza de la miseria?

DON JOSÉ. - Diga mejor: miseria de la riqueza.

CARLOS. - Habría para hacer un poema.

DON JOSÉ. - (Bromeando) ¡Dios nos libre!

CARLOS. - Sí, un poema vivido, de sufrimientos, de vergüenzas, de incertidumbres y angustias…

DON JOSÉ. - Un poema que usted no escribirá.

CARLOS. - Con el corazón, sí. ¿Quiere la síntesis del poema? Es esta. Cada pequeño anillo que me traen los afilados dedos de una pobre modistilla; cada cadenita procedente de un niño trémulo y enfermo; cada aderezo antiguo que recuerda otros usos y tiempos, que la viejecita me trae llorando, como si se desprendiera de un pedazo de su vida; todos estos objetos que por sarcasmo se denominan preciosos, y que no tienen otro valor, sino aquel de las memorias; todos estos fragmentos de oro, de plata y piedritas, son las páginas tristes del libro, en el cual la protagonista, la víctima, la mártir, es esta inquieta raza clasificada por los escépticos de animales con raciocinio y por los teólogos, barro animado… Raza que algunos aman; otros odian, otros desprecian; que para los unos es nada, para los otros es todo; para aquéllos prosa; para éstos poesía; que sólo las almas verdaderamente ingenuas entienden y la denominan con un calificativo tan hermoso como simple: ¡humanidad!

DON JOSÉ. - (Riendo). Amén. Pero ¡bravo!... Me vuelve hasta sentimental… un tasador del Monte de Piedad… Tengamos cuidado con tales ideas, de no tasar los objetos de esos animales racionales a un precio mayor de lo que valgan…

CARLOS. - ¡Oh! Las ideas son siempre ideas… Antes que todo, mi deber…

DON JOSÉ. - De tasador… en el interés del Monte. (Riendo).

CARLOS. - Y que confiesa querer bien a esa pobre gente.

DON JOSÉ. - Sí… bien… platónicamente.

CARLOS. - Bromee cuanto quiera; yo sigo creyendo que la más santa norma de moral es la máxima del Evangelio: "Ama a tu prójimo como a ti mismo".

DON JOSÉ. - "¡Proximus tuus!..." Entonces ¿usted es socialista… cristiano? Vamos a ver ¿piensa usted que el rico se cree prójimo del pobre y viceversa?

CARLOS. - Sé que Cristo dijo a los ricos: "Lo que os sobra dadlo a los pobres".

DON JOSÉ. - (Interrumpiendo burlonamente). El catecismo lo dejaremos para después de almorzar. (Mirando el reloj). Vea: es ya la hora de entrar a la oficina.

CARLOS. - Entremos. ¡Adiós libertad!

DON JOSÉ. - (Abriendo con una llave la puerta del fondo). He ahí nuestra cárcel.

ADELA. - (A Carlota). Tiene razón. Tenemos que aliarnos contra la tiranía de estos empleaditos.

CARLOTA. - Jurémoslo… (Se estrechan las manos). Y le contaré cada chanchullo del señor Carlos, ¡ese ladrón que le dicen tasador!

ADELA. - (Alarmada). Ssst… por favor… Nos están observando…

DON JOSÉ. - (En alta voz). Estamos de acuerdo ¿no? Cuídense muy bien de molestar a la gente como lo han hecho hasta ahora.

CARLOS. - Se están poniendo insoportables ustedes.

CARLOTA. - (Humildemente) Ah, querido señor… no lo dirá por mí. Hace tiempo que no vengo a la oficina. Estuve muy enferma.

DON JOSÉ. - Bien, tanto mejor… si se ha restablecido.

CARLOTA. - (Que se acercó mucho a don José, bajando la voz) ¿Quiere saber quién está de más aquí por inservible; quién le roba de la más ruin manera el dinero a la pobre gente? Es esa Adela que está ahí. ¡Y qué lengua tiene, mi madre!... Si supiera cómo habla mal de usted…

DON JOSÉ. - ¿Ah, sí?

ADELA. - (Que se ha acercado a Carlos, en voz baja). Tenga mucho cuidado con la Carlota que está ahí. A los clientes los explota. Después, ¡qué lengua, mi padre!... una lengua de víbora. Si supiera cómo habla pestes de usted. Ufff…

CARLOS. - (Asombrado). ¿De veras?... (Yendo hacia don José). Qué grandes canallas son entre ellos, estos pobres.

DON JOSÉ. - (Riendo). "Proximus tuus"… ha dicho Jesús. (Le indica que entre en la oficina).

CARLOS. - (Después de pensarlo un poco). Adiós libertad… (Mutis).

ADELA. - (A Carlota). Esta mañana no nos hemos dado ni siquiera un beso, hermana mía. Vamos a darnos uno como prueba de mutua fidelidad.

CARLOTA. - Con todo el corazón, tesoro mío. (¡Esperpento!).

ADELA. - (¡Arrabalera!). (Se besan).


ESCENA III

Adela, Carlota, Pablo y Juan

ADELA. - (A Pablo que entra por la izquierda). Viejito, déme que yo me encargo de todo. ¿Qué trae? ¿Anillos, reloj? ¿Cadena? Vea, simpático: el oro aquí vale más que las piedras…

PABLO. - Gracias, ya me basto solo.

CARLOTA. - (A Juan). A ver, joven ¿qué tiene usted para empeñar?

JUAN. - (Bruscamente) No preciso de usted.

CARLOTA. - ¡Qué lindos modales!... Nada le costaría ser un poquito más amable con quien le ofrece ayuda.

JUAN. - ¡Trabajen!...

ADELA. - Se trabaja cuando se puede.

JUAN. - Pero ¿qué clase de trabajo es el de ustedes?

CARLOTA. - Un trabajo como otro cualquiera.

JUAN. - Un trabajo que no produce nada.

ADELA. - ¡Y usted, que en vez de trabajar trae sus "pilchas" al Monte!

JUAN. - (Irritado, crispando los puños). ¿Qué sabés vos? Agradecé a la existencia que sos mujer y anciana, si no…

ADELA. - (En jarras). Si no ¿qué? ¿Te crees que me asustás con esa parada de autoridad con machete?

CARLOTA. - No les dé beligerancia. (Con desprecio). Estos tienen más miseria que trapos encima.

PABLO. - (Conteniéndose). ¡Oh, mujeres despreciables! ¿Qué mal les hicimos nosotros?

ADELA. - ¿Y ustedes por qué vienen a rebajar la profesión?

CARLOTA. - Ya no podemos trabajar de otro modo…

JUAN. - (Con intención). Eso sí. Los años son muy crueles…

ADELA. - Ustedes son hombres; tienen buenos brazos… pueden…

JUAN. - (Con desprecio). No saben lo que dicen; ¿creen que nuestros brazos los aceptan los patronos? ¿Acaso tenemos derecho nosotros a pedir trabajo a gusto nuestro?... He golpeado a muchas puertas y en todas me rechazaron. Y yo no pedía limosna; pedía trabajo.

PABLO. - (Con amarga sonrisa). Eso no es nada, muchacho; verás, verás más adelante. Ya vendrán días peores. Hoy todavía sos joven, vigoroso. Esta crisis pasará y encontrarás trabajo. Las máquinas de fierro no marchan todavía solas para echarnos de menos a nosotros. Pero también nosotros, hijo mío, con las fatigas y los años envejecemos. Como las máquinas, también sufrimos desperfectos, nos gastamos con el tiempo. Y entonces todo acaba. ¿Qué querés que hagan con las máquinas gastadas? Una cosa natural… Tirarlas a la calle…

JUAN. - Pero un obrero no es una máquina, ¡por Cristo!

PABLO. - (Con tristeza). Sí, muchacho, con esto en su contra todavía; la máquina de acero no sufre; nosotros, pobres máquinas de carne, sentimos gastarnos poco a poco…

JUAN. - Tiene razón… Pero ¿acabará esto algún día?

PABLO. - Yo no espero más. Vos sos joven, ¡puede ser!

JUAN. - (Con desdén). ¡Qué viles somos!... (Conteniéndose). ¿Hace mucho tiempo que está desocupado?

PABLO. - Sí, y posiblemente ya no habrá más trabajo para mí. Soy viejo; me he convertido en una máquina gastada, inútil… Me han tirado a la calle… Una cosa natural… (Se enjuga una lágrima).

JUAN. - ¿Vive solo?

PABLO. - (Desolado). Solo… en la calle…


ESCENA IV

Dichos e Irene

(Irene avanza tímidamente con una caja semiescondida debajo de un viejo chal. Tiene aspecto de mujer sufrida; viste con decadente distinción).

ADELA. - (Yendo al encuentro de Irene). A mí, a mí, señora.

IRENE. - (Cortada). ¿Qué es lo que quiere?

ADELA. - Aquí estoy para servirla.

CARLOTA. - A sus órdenes, señora.

IRENE. - Gracias. (A Carlota). Usted me hará el favor de atenderme.

ADELA. - ¿Qué preferencias son esas? Yo fui la primera en presentarme.

CARLOTA. - (Rebelándose). ¡Y yo la primera en ver a la señora!

ADELA. - ¡Mentirosa!

CARLOTA. - ¡Desgraciada!

ADELA. - (Amenazante). ¡No sé cómo me contengo!

CARLOTA. - (En jarras). Ah, lo quisieras todo para vos ¿eh? Cómo te gustaría… ¡Egoísta!

ADELA. - (Levantando la voz). Fea, intrigante.

JUAN. - (Que hablaba con Pablo). ¿Qué es ese "pamento"?

ADELA. - (Rabiosa). ¿Qué le importa?

PABLO. - Terminen de gritar, viejas bochincheras.

ADELA. - (Más rabiosa). ¿Con qué derecho meten ustedes las narices en nuestros asuntos?

CARLOTA. - (Rectificando). Preocúpense mejor de sus miserias, señores… atorrantes; y no se mezclen en los razonamientos de los demás.

PABLO. - Sensatos razonamientos…

JUAN. - Ya están otra vez de acuerdo las dos brujas…

ADELA. - (Mostrando los puños). ¿Bruja a mí?

CARLOTA. - (Amenazante). ¿Bruja a mí? (Por Adela). (A esa no digo…).


ESCENA V

Dichos y Adolfo

(Adolfo abre lentamente la puerta de la derecha y se acerca con cierto rubor; al verlo, Adela y Carlota cambian de actitud, prestándole atención).

ADELA. - (Yendo hacia él). Ordene, señor. Está por abrirse la sección "objetos preciosos".

ADOLFO. - Bien, gracias. (Lleva a un lado a Adela, le habla en voz baja y le muestra un objeto que trae en un estuche).

CARLOTA. - (Se acerca de nuevo a Irene, que ha quedado sorprendida por la escena precedente). ¿Vio qué escena hizo aquella infeliz? ¡Todo porque me tiene envidia! Lo bueno es que yo soy una mujer prudente y bien educada, si no… ¿Qué es lo que deseaba?

IRENE. - (Titubeando). Oiga, buena mujer: es la primera vez que vengo a estos lugares, ¡y si supiera lo que me ha costado dar este paso!...

CARLOTA. - ¡Pobre señora!

IRENE. - (Llevándosela aparte y abriendo, conmovida, su cofrecito). Traigo esto… vea. No tiene gran valor. Jamás lo hubiera dado yo a cambio de ningún tesoro.

CARLOTA. - Perfectamente. (Examinando el objeto) ¡Ajá! Le garantizo una buena tasación.

IRENE. - Tanto mejor. Por lo menos mi sacrificio valdrá algo. Y… (Titubeando). ¿Cree usted que me darán siquiera cuarenta pesos?

CARLOTA. - No sería difícil. (Bajando la voz). Para entre nosotras, ¡el tasador de esta sección es un crápula!...

IRENE. - (Tristemente). Porque verá, con menos de cuarenta pesos no podré lograr mis deseos. Tengo a mi anciana madre muy enferma. Es por ella que me sacrifico, pero… con menos de cuarenta pesos no haría nada… (Mirando el objeto con ternura). Figúrese… Esta es la pulsera que llevaba cuando me casé… ¡Qué ruina de fortuna y esperanzas desde aquel día!... Ya no me queda más que esto… (Besa el cofre y se lo da). Sírvase. (Se enjuga los ojos).

CARLOTA. - Déjeme hacer a mí. (Se aleja).

IRENE. - ¡Por ti, madre mía!... (Se deja caer sobre un banco lateral, y queda tristemente absorta).

ADOLFO. - (Terminando el palique). Ya lo sabe, si ofrecieran menos de cien pesos, retire el objeto. Yo sabré gratificarla.

ADELA. - No tendrá queja de mí, pierda cuidado.

ADOLFO. - Sobre todo, le recomiendo no dar mi nombre. Por otra parte, no es por necesidad que vengo aquí. Pasado mañana vendré a rescatar mi cronómetro. Me cuesta trescientos pesos.

ADELA. - ¡Oh, es magnífico! Se ve que esto no lo lleva cualquiera… Y ese bribón de tasador no se atreverá a despreciarlo. Si tiene justamente respeto a las cosas de valor, es por la gente bien que lo trae…

ADOLFO. - Me retiro por unos momentos.

ADELA. - Vaya no más, y déjeme hacer a mí.


ESCENA VI

Dichos y Jorgelina

(Jorgelina aparece por la puerta derecha, en el momento en que Adolfo llega a ella para salir. Viene muy pálida; viste elegantemente, pero su vestido está ya gastado y en algún desorden).

ADOLFO. - (Mira a Jorgelina con asombro). ¡Jorgelina!

JORGELINA. - (Viéndolo con un gesto de sorpresa y desdén, apoyándose en la puerta para sostenerse). ¡Usted… aquí!

ADOLFO. - (Disimulando, con calma). ¿Ha vuelto a su casa como le aconsejamos?...

JORGELINA. - (Con amarga ironía). ¿Por ventura tienen casa propia las mujeres perdidas?

ADOLFO. - (Con un gesto). ¡Cómo! ¿Usted es…?

JORGELINA. - (Se le acerca amenazante, después en voz baja). Yo soy lo que tu me hiciste, ¿entiendes? ¡Miserable! (Pasa por delante desdeñosamente).

ADOLFO. - (Queda perplejo un instante, después se encoge de hombros). Creía que yo me iba a casar con ella. Qué imbécil, la mujer. (Mutis).


ESCENA VII

Los mismos, menos Adolfo.

Durante la escena anterior, Pablo, Juan, Adela y Carlota han formado grupo en derredor de la ventanilla que dice "Objetos Preciosos". Jorgelina también se acerca al mismo lugar. Irene permanece sentada, con la cabeza baja, inmóvil. La ventanilla se abre; el señor Carlos, de quien se oye la voz, recibe los empeños.

PABLO. - (Dando el empeño). Desearía que el reloj y la cadena fueran incluidos en la misma póliza.

CARLOS. - Es un cliente práctico usted. ¿Su nombre?

PABLO. - Pablo Pelato. (Recibe una boleta de reconocimiento y pasa a la otra ventanilla. A Juan). A usted.

CARLOS. - (A Juan). ¿Cómo se llama?

JUAN. - Juan Malestado.

CARLOS. - (Por el traje que trae a empeñar). En "mal estado" está su ropa.

JUAN. - Paciencia; me conformaré con lo que me den.

CARLOS. - Qué remedio. (Juan pasa como Pablo). Bueno, vamos rápido.

CARLOTA. - A nombre mío.

CARLOS. - Charletani ¿no? (Le da la boleta). ¿Y esto de quién es?

ADELA. - Nombre, Adela Amoreti. (Abriendo el estuche). ¡Fíjese qué maravilla! Le recomiendo la tasación…

CARLOS. - Usted no saldrá perdiendo nunca. ¿Quién queda todavía?

JORGELINA. - (Se adelanta tímidamente). Es un medallón. No aparenta ser gran cosa, pero cuando me lo dieron me aseguraron que tenía mucho valor.

CARLOS. - Deme. ¿Su nombre?

JORGELINA. - (Balbuceando). Jorgelina Agnetti… conocida por el sobrenombre de Carmen…

CARLOS. - (Con ironía). No, no tengo interés en conocer su nombre de… batalla, señorita Carmen.

JORGELINA. - (Confundida). Tiene razón, escriba como quiera.

CARLOS. - (Le da la boleta). Ahora pase por la caja. ¿No queda ninguno más? (Cierra la ventanilla).


ESCENA VIII

Dichos y Antonio

(Antonio viene pálido, descompuesto, mirando a su alrededor).

JORGELINA. - (Viendo a Antonio, se turba y se le acerca rápidamente). ¿Qué hay, Antonio?

ANTONIO. - (Disimulando). La nena que… ha empeorado de repente.

JORGELINA. - Pronto, corramos a casa.

ANTONIO. - Cálmese primero; le diré…

JORGELINA. - Antonio, no me ocultes nada. Dime lo que sea. ¿Qué es de mi hija Anita?

ANTONIO. - Nada… Apenas salió usted, la nena la llamaba… me acerqué a su lecho… Estaba pálida, con los ojos extraviados… Después…

JORGELINA. - (Con voz temblorosa). ¿Después qué?... ¡Antonio, tú me ocultas algo terrible!

ANTONIO. - Temo que pierda la calma; no le diré más nada.

JORGELINA. - Ah, ¿entonces no me lo has dicho todo? No resisto más… (Resuelta). ¡Vámonos a casa, pronto!

ANTONIO. - Usted no puede ir.

JORGELINA. - ¿Quién me lo impedirá?

ANTONIO. - (Con firmeza) ¡Yo!

JORGELINA. - ¿Tú?

ANTONIO. - (Animándose y en voz baja). Sí, yo… el bandido, el antiguo presidiario, que usted cometió el error de no echarlo al verlo a su lado, y ahora la quiere (con infinita ternura), la quiere tanto… Le repito que no la conduciré a su casa si no toma las cosas con calma. Por otra parte, a la nena no la he dejado sola.

JORGELINA. - (Con ansias). ¿Alguien está a su lado?

ANTONIO. - Sí, nuestra vecina Marieta.

JORGELINA. - Quizá tengas razón. Sin la medicina no podemos volver a casa. Aquí nos darán el dinero para comprarla. Con eso podría curarse. (Antonio mueve la cabeza en señal de duda). ¡Pero dime al menos que mi hija sanará!

ANTONIO. - ¿Por qué no habrá de sanar?

JORGELINA. - (Un tiempo). Empeñé aquel medallón, ¿sabes? Era un recuerdo bien doloroso… A pesar de eso no me hubiera desprendido de él si no es por mi hija…

ANTONIO. - Si supiera a cuántas puertas he golpeado pidiendo trabajo, el más vil trabajo… Pero nada… nada.

JORGELINA. - ¡Qué crueldad! (Cambiando repentinamente el tono). ¿Quieres saberlo? Anoche, cuando ya no me quedaba un centavo, y tú, pobre Antonio, me diste el poco dinero que aún tenías; cuando ya no poseía nada, ni para mí ni para la nena, allá, delante del lecho de aquel angel, pasó por mi mente un pensamiento infernal.

ANTONIO. - ¿Cuál?

JORGELINA. - Quería volver todavía a la calle. ¡Venderme una vez más para salvar a mi hija!

ANTONIO. - (Sobresaltándose) ¡Ah, no…! Antes robar. Antes volver a la cárcel. (Un tiempo).

JORGELINA. - (Impaciente). ¡Dios mío, cuánto nos hacen esperar! Y mi hijita que me espera… mi Anita adorada… con aquellos ojazos hermosos, dulces… Oh, cómo volaré hacia ella al recibir ese dinero; al tener esa medicina… Dime, cuando viniste ¿estaba mal, muy mal?

ANTONIO. - (Tratando de esconder su turbación). Sí, pobrecita, muy mala.

JORGELINA. - Oh, no espero más. Por tener dinero en este momento, soy capaz de cualquier bajeza.


ESCENA IX

Dichos y Adolfo

Adolfo vuelve por una entrada lateral. Al verlo Jorgelina, hace un gesto, como asaltada por una repentina idea. Queda un instante perpleja ante el contraste de pasiones diversas, después se acerca resueltamente a Antonio y en voz muy baja.

JORGELINA. - El destino lo mandó aquí.

ANTONIO. - ¿Quién?

JORGELINA. - Él, mi seductor.

ANTONIO. - (En voz baja, con ira mal reprimida). ¿Dónde está el canalla?

JORGELINA. - (Deteniéndolo). ¿Me prometes que sabrás contenerte? (Antonio le afirma con la cabeza). Míralo, es aquel.

ANTONIO. - ¡Miserable!

JORGELINA. - Cállate, debo hablarle…

ANTONIO. - ¿Usted?

JORGELINA. - Sí, y descendería todavía más si fuera posible… Se trata de mi hija. Tú te quedas por aquí. Te lo ruego, disimula la situación. (Antonio hace un gesto de contrariedad. Jorgelina imperiosa). ¡Lo mando!

ANTONIO. - (Bajando la cabeza). Obedezco.

JORGELINA. - (Se acerca rápidamente a Adolfo, hablándole a media voz). Necesito hablarle.

ADOLFO. - (Con cierto asombro). ¿Qué quiere de mí?

JORGELINA. - Escúcheme; seré breve. Yo era una pobre muchacha inexperta, ¿lo recuerda, cuando entré a servir en casa de su padre?

ADOLFO. - ¿Y con eso?

JORGELINA. - Aquella pobre muchacha inocente, entregada a la buena fe de vuestra casa, fue perseguida luego en mil formas por usted, con lisonjas, con promesas de amor… Se resistió la infeliz. Pero usted insistía con el tono seductor de la palabra, de su inteligencia, de su riqueza… Ella resistía aún. Usted estaba enamorado, o por lo menos decía estarlo. Usted era joven y bien parecido, yo también era joven y bella entonces… Oh, en aquel tiempo no habían pasado todavía por mi lecho los transeúntes nocturnos… (Adolfo hace un gesto nausante. Ella insiste con ironía). Tiene razón; ¿para qué narrarle mi vida impúdica? Hablemos entonces de antes, ¿no es verdad? De sus firmes juramentos.

ADOLFO. - (Encogiéndose de hombros, molestado). ¿Quién le mandó creerme?

JORGELINA. - (Hace un gesto de cólera, pero reacciona al instante). Cállese… no agregue todavía el escarnio a todo el mal que me ha hecho.

ADOLFO. - (Indiferente). Oh, sí, un gran mal…

JORGELINA. - (Con sórdida cólera). ¿Cómo?... Abusó usted de mí, de mi inexperiencia, de mi credulidad. Se adueñó de mi corazón y de mi cuerpo; me sujetó a la tiranía de todos sus caprichos. Me hizo madre; permaneció indiferente cuando su padre indignado me echó a la calle. Ni una sola palabra de defensa tuvo para mí, ni un mezquino socorro… Me encontré ultrajada y abandonada, sin pan, ni techo ni apoyo. Sufrí todas las torturas pero jamás me di por vencida. Cuando nació la nena me sentí fuerte para resistir todo el desprecio del mundo. No me quedaba sino un camino: el malo. Por él tome, dejando de ser mujer para convertirme en mercadería. En el mal camino tuve que ampararme para que mi hija no sucumbiera. Sí, ¡desesperada y embravecida, me hice una mala mujer por sentirme buena madre!

ADOLFO. - (Con ironía). ¿Buena madre una…?

JORGELINA. - (Con ímpetu). ¡Una perdida, sí! Oh, ya sé que usted no podrá concebir nunca la mancilla del propio honor en holocausto a una persona querida. También la vergüenza tiene sus orgullos. Me he vendido, sí, me he vendido, pero mi hija no sufrió. Los residuos de mi fango nutrieron a aquella inocente flor… Es triste ¿no es verdad? Pero le juro que su pureza no fue contaminada por la impúdica influencia de mi vida. Ella vivía muy lejos de mí. Y ahora que me había retirado de aquella existencia vil, ahora que vivía pobre pero feliz, cerca de ella, amada por un hombre víctima de la fatalidad y de la ley; es ahora cuando mi nena se enferma y que veo agotados mis escasos recursos. Mi pequeña Anita sufre, necesita medicamentos enseguida; no tengo dinero. Adolfo, si un Dios lo ha puesto en mi camino después de tantos años, yo olvido todo el mal que sufrí por su culpa; vea, me humillo; me pongo a sus pies si lo desea; se lo suplico en nombre del amor pasado; en nombre de sus más sagrados afectos; ayúdeme a salvar a mi hija… a nuestra hija. (Queda en actitud suplicante).

ADOLFO. - (Durante la oración pasada ha permanecido indiferente, haciendo dibujos en el pavimento con su bastón; cuando Jorgelina termina de hablar, le dice irónicamente). ¿Nuestra hija? ¿Quién me asegura, después de todo, que yo soy el padre de la criatura? ¿Usted se atrevería a jurarlo?

JORGELINA. - ¡Ah, desalmado! ¿A los ruegos, al llanto, a las palabras de perdón, contestas con un insulto? (Antonio se acerca rápidamente. Jorgelina se aparta de Adolfo para ir hacia Antonio; llevándolo aparte consigo quedan hablando en voz baja).


ESCENA X

Dichos y Don José (Interiormente).

DON JOSÉ. - (Abre la ventanilla donde dice Caja, y asomándose, llama en voz alta). Pelato.

JUAN. - ¡Al fin…!

PABLO. - (Respondiendo al llamado). Presente. (Se acerca a la ventanilla y entrega la boleta).

DON JOSÉ. - (Dándole la póliza y contando el dinero). Uno cincuenta.

PABLO. - (Toma el dinero y la póliza). Uno cincuenta… No vale la pena tomarse el trabajo de empeñar nada. Si en verdad el tiempo fuera oro, uno salía pediendo. (Mira le dinero melancólicamente, después indignado hace como para arrojarlo a la cara del pagador, pero decide guardárselo en el bolsillo. Cerca de la ventanilla se desarrollan las faces de la presente escena, en la cual son espectadores todos los que esperan el dinero de los objetos pignorados; en primer término, se lleva a cabo con rapidez el diálogo entre Adolfo y Jorgelina. Todo es simultáneo).

JORGELINA. - (Se separa otra vez de Antonio para ir junto a Adolfo. Reprimiendo su dolor y su cólera). Ah, pero no creas que acabó entre nosotros.

ADOLFO. - (Irritado). Jorgelina, no hagamos escenas. (Antonio se acerca sin ser visto).

JORGELINA. - ¿Tienes miedo al escándalo? ¿No quieres que trascienda nada, verdad? Entonces todavía tienes pudor. ¿Tú?

DON JOSÉ. - (Llamando desde la ventanilla). Malestado.

JUAN. - (Acude). Aquí estoy… (en ídem…).

ADOLFO. - (Esforzándose por contenerse). Tenga cuidado, Jorgelina, que será para peor…

JORGELINA. - ¿Tus amenazas? ¡Ah, no me dan miedo! (Adolfo hace un movimiento de desprecio y se dispone a marcharse. Jorgelina lo detiene bruscamente de un brazo). No, no te has de ir todavía. Hasta ahora te habló Jorgelina, la sirvienta de tu padre, la madre de tu hija. Fui estúpida y despreciable al suplicarte ¿no es cierto? ¿De qué me quejo? Estabas en tu perfecto derecho a robarme todo, hasta el honor. ¿No eras acaso el patrón tú? (Con acento terrible y amenazador). Pero ya no te habla la tímida Jorgelina, la mansa, la esclava de tu lujuria. ¡Ah, no! Ahora estás frente a la Carmen. Te está hablando la mujer envilecida, la ramera… esa que vende sus besos a tanto la hora, esa criatura mercenaria del cuerpo y del amor; esa misma que puede gritarte en la cara y a voz en cuello a ti, hombre honesto y social: ¡eres un ladrón!

ADOLFO. - (Agitándose). ¡Déjeme o se acordará de mí…! (Levanta el bastón a la altura de la cara de Jorgelina).

ANTONIO. - (Lanzándose para proteger a Jorgelina. Se planta frente a Adolfo con calma amenazadora y cruzándose de brazos). ¿Por qué no me pega a mí, si le parece…?

DON JOSÉ. - (Llamando). Charletani.

CARLOTA. - (Presentándose en la ventanilla). Voy. (Pablo y Juan, que estaban por salir, se han detenido a cierta distancia, observando lo que sucede entre Jorgelina, Adolfo y Antonio. Se apoyan junto a la ventanilla de empeños. Irene, desde el banco donde está sentada, contempla indiferente a los tres).

ADOLFO. - (Una vez vuelto de su asombro, a Antonio, con fría altivez). No lo conozco, y me asombra mucho su intromisión.

ANTONIO. - (Con calma). Soy el esposo de esta señora.

ADOLFO. - (A Jorgelina). Ah, ¿tiene un esposo la… señora?

ANTONIO. - (Enérgico). Sí, su esposo.

ADOLFO. - (Con sarcasmo). ¿Y quién me dice que todo esto, inclusive la enfermedad de la "nena", no sea una hábil comedia para…? (Hace ademán de dinero. Antonio quiere lanzarse sobre Adolfo).

JORGELINA. - (Con un movimiento rápido detiene al primero y, encarándose con Adolfo, embravecida y amenazante). Tienes el coraje de dudar, mientras aquella inocente que tú engendraste a traición, llora, sufre y se consume… ¿Tienes el miserable prejuicio de llamar a esto comedia? Ah, pero si se muere mi hija, pobre de ti…

ANTONIO. - (En un arranque de ira y de dolor). ¡Ha muerto! (Como aterrado por la palabra que pronunció sin querer, mira a Jorgelina. Esta queda un instante presa de una angustia infinita; sin decir palabra lleva las manos a la cabeza, y después de algunos esfuerzos violentos, estalla en un fuerte llanto, echándose en los brazos de Antonio, en los cuales permanece unos segundos llorando amargamente).

DON JOSÉ. - (En voz alta). Amoretti.

ADELA. - (Acudiendo). Mande.

CARLOTA. - (Se acerca a Irene; le da la póliza y el dinero). Mire, no me han dado más que dieciocho pesos. Es un ladrón el tasador de aquí.

IRENE. - (Afligida). Pobre madre; no alcanzarán y habré hecho un sacrificio inútil… Para usted. (Le da dinero a Carlota y hace mutis enjugándose los ojos).


ESCENA XI

Dichos, menos Irene.

JORGELINA. - (Con la cabeza apoyada en el hombro de Antonio, en un lamento). ¡Muerta! ¡Muerta…! (Levanta la vista, mira a Adolfo; tiene un temblor nervioso que sacude toda su persona; hace un paso hacia él, tambaleándose). Y tú… ¡tú solo eres el asesino!

ADOLFO. - (Encogiéndose de hombros, acercándose y con desprecio cínico). ¡Es mejor que se haya muerto antes de saber quién era su madre!

JORGELINA. - (Víctima de un desvanecimiento como si le hubieran partido el corazón, después un grito de ira y angustia suprema). Ah… madre… (Busca un apoyo, pero se deja caer extenuada en un banco).

ANTONIO. - (Apenas Adolfo pronuncia la injuriosa palabra, se lanza sobre él y, tomándolo por la solapa, lo arrastra consigo). Venga, venga un momento conmigo…

ADOLFO. - (Intenta desasirse). Sí, ¡pero suélteme!

ANTONIO. - (Llevándolo hacia fuera). ¡Te soltaré en la calle! (Salen por la puerta derecha, la que Antonio abre resueltamente).

JUAN. - (Corriendo detrás de ellos). Pero déjelo, hombre…

PABLO. - (Siguiéndolos). Sepárelos. (Mutis los cuatro).


ESCENA XII

Dichos y Carlos, menos Adolfo, Pablo, Juan y Antonio.

CARLOS. - (Por Jorgelina) ¿Qué hace ahí esa infeliz? Señorita, ¿dónde está Agnetti?

JORGELINA. - (Reaccionando un poco). Señor.

CARLOS. - (Bromeando). "Madame Carmen", siento decírselo, pero sus adoradores se burlan de usted. Esto es lata dorada, y está tan lejos del oro como nosotros de la baja de los alquileres… Llévese esa porquería… (Jorgelina recoge el medallón. Se oyen gritos afuera). ¿Qué hacen allá afuera aquellos delincuentes? (Prepara algunas pólizas).


ESCENA ÚLTIMA

Dichos, Adolfo, Juan y Pablo

JUAN. - (A Adolfo). Caray, si no es por nosotros, lo despacha al otro mundo.

PABLO. - Lo estrangulaba; tenía unos músculos.

JUAN. - ¡Y buen trabajo me costó entregarlo a la policía!

PABLO. - Bueno, yo te ayudé bastante.

ADOLFO. - (Molesto). Sí… sí… Está bien.

JUAN. - Los vigilantes lo reconocieron enseguida.

PABLO. - Es un sujeto peligroso; estuvo ya mucho tiempo preso… Y volverá a estarlo ¿no?

ADOLFO. - Sí, volverá; pero ahora déjenme en paz; les quedo agradecido. No necesito más nada de ustedes.

PABLO. - (Aparte a Juan). (Hágale uno bien a esa gente… ¡No nos ha dado ni un centavo por salvarle la vida!).

JUAN. - (Después de protegerle la "cuadratura"… ni "medio". Esos burgueses son tan egoístas…).

PABLO. - (Ya verás cosas peores…).

JUAN. - (Cuando la máquina se gaste…). (Mutis los dos).

ADELA. - (A Adolfo). Pobre joven; ¿le han hecho daño? (Le da la póliza y el dinero). Son "ciento treinta pesos" ¿está conforme?

ADOLFO. - (Contando el dinero). Mucho. (Dándole un billete). Sírvase; para usted.

ADELA. - (Haciéndose la "ingenua"). No… No… Qué esperanza. No hay obligación… Faltaría más…

ADOLFO. - No me desaire.

ADELA. - Entonces sí. (Lo agarra y lo guarda). Gracias, señor. Siempre a sus órdenes. Encantada de poder servirle… ¡Espero verlo a menudo por aquí!

ADOLFO. - (Pasa junto a Jorgelina, arrojándole un billete de banco). Agarre.

JORGELINA. - (Se estremece, toma el billete y se levanta embravecida). ¡Tú... siempre tú! Y quieres pagarme… ¿ahora? Es tarde… Es demasiado tarde. (Le muestra el medallón). ¿Lo conoces? Tu único regalo y es falso. Falso, comprendes, como tu juramento… ¡Toma, no quiero nada tuyo! (Le arroja a los pies el dinero y el medallón).

ADOLFO. - Como quiera. (Recoge todo). Le prevengo que a su… hombre, lo acaban de arrestar. (Vase).

JORGELINA. - (En un gemido). Él… ¿él también perdido…? Ahora sola… completamente sola y abandonada… (Abatida, como delirando). Ah, no, me queda aquella muertecita que espera mis besos… (Arrastrándose desvanecida). Vayamos donde está ella… Después, de nuevo a la calle, a la oscuridad… al deshonor… al fango… (Se va tambaleándose).


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