PERIODICO ANARQUISTA
Nº 274
 MAYO 2011

 

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La revuelta de los pobres

Un potente viento de revuelta está sacudiendo el equilibrio socio-político del área del Mediterráneo y de Oriente Medio. Potente e inesperado. De Marruecos a Bahréin, pasando por Túnez, Libia, Egipto, Yemen y Siria, precedido por las primeras y significativas brisas iraníes. Alguien ha definido lo que está sucediendo como un 1848 árabe, recordando los movimientos europeos contra los regímenes monárquicos absolutistas. Otros, con los ojos puestos exclusivamente en las sangrientas jornadas libias, recurren a la siempre actual teoría del complot.
Pero esta exigencia de libertad y de justicia que aflora de gran parte de los movimientos no puede interpretarse simplemente bajo nuestro punto de vista y nuestros intereses, ya sean políticos, ideológicos o, sencillamente, económicos.
En realidad la olla estaba a presión desde hace tiempo, y ha bastado una nadería para llevar al orden del día la revolución social, a pesar de la pasividad de tantos -demasiados- post-revolucionarios, incluidos los post-anarquistas.
Es bien sabido que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial el principal interés de los países occidentales, con los Estados Unidos a la cabeza, ha sido garantizarse el suministro de hidrocarburos, de los que esa área es riquísima, apoyando tanto la creación y protección del Estado de Israel para utilizarlo como gendarme, como protegiendo las tiranías que monarcas y emires habían instaurado en países como Arabia Saudí y Marruecos. La división del mundo en bloques, el apoyo de la Unión Soviética a los regímenes nacionalistas y militaristas árabes bajo la égida de la lucha de liberación anticolonialista, las tres guerras árabe-israelíes de 1956, 1967 y 1973, y la guerra civil en Líbano, redibujaron solo parcialmente el área, garantizando el poder de los nuevos sátrapas sobre sus pueblos, reducidos al silencio y a la obediencia.
Incluso en los países autodenominados "socialistas árabes" (como Siria, Argelia, Libia e Irak) se impedían las formas de expresión democrática, incluidas las de tipo representativo, con la excusa de la lucha antiimperialista y anticomunista. Se afianzaron en cambio dictaduras de partido único, expresiones de intereses tribales y de casta reforzados por el comercio y control de sus fuentes energéticas, duramente represivas ante cualquier anhelo de libertad o cualquier señal de revuelta, recurriendo por fin a la guerra contra el propio pueblo, como en el caso argelino, alimentada por los "amigos" europeos, o incluso a la guerra irano-iraquí para bloquear el potencial social de la primera revolución islámica jomeinista. Y mientras en el mundo se aflojaba la política estadounidense de apoyo a las dictaduras de carácter anticomunista como en Europa (Grecia, España y Portugal), en Turquía y en América Latina, los pueblos árabes seguían bajo el talón de hierro de la dictadura. Ni siquiera la liquidación de la Unión Soviética y sus satélites ha cambiado la situación.
Nepotismo, corrupción, autoritarismo y privilegios serán las líneas maestras de estos países. Faltando toda forma de libertad política, la única posibilidad de expresión y de organización se da en el único lugar garantizado, la mezquita, donde, a la sombra de la sacralidad del Corán, se desarrollaron formas de islamismo más o menos radical, sobre todo de carácter antisistema. Estas manifestaciones son apoyadas en Afganistán con finalidad antisoviética, y en Bosnia contra los serbios; duramente combatidas en otras partes, sobre todo después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando el peligro islamista se convierte en un pretexto para la "guerra infinita", para la reducción de los espacios de expresión democrática incluso en los países "occidentales", por el endurecimiento de la dictadura y de la represión que, con la adopción de la tortura sistemática, de la humillación del prisionero, con las ejecuciones sumarias, ha encontrado su cima.
El modelo neoliberal ha hecho después el resto con la devastación de las economías locales, la destrucción de los modelos agrícolas tradicionales y la privatización de los servicios públicos, empujando a la emigración a masas significativas de mano de obra desocupada, sobre todo jóvenes, privados de toda perspectiva de futuro en sus propios países, dispuestos a todo (viajes agotadores y peligrosos, trabajos en negro sin seguridad alguna, alojamientos precarios e insalubres, etc.) para encontrar una posibilidad de vida. Una situación agravada por la crisis financiera mundial iniciada en 2008, con el refuerzo de las fronteras de la fortaleza Europa gracias a los acuerdos con los regímenes del Magreb, con la pérdida de trabajo de muchos inmigrantes y el consiguiente retorno a sus países de origen, con la adopción de medidas económicas en perjuicio de las clases más débiles, pero también del sector medio en vías de desarrollo -y que encontraba una compensación en el desarrollo económico a la falta de libertad- que está hoy en regresión social, bien poco dispuesto a volver a los niveles de la pobreza.
Si a todo esto añadimos el incremento desmesurado de los precios de los productos alimenticios básicos -sobre todo los cereales- que desde diciembre de 2010 está azotando a los principales países importadores, como los árabes, se puede ver el cuadro más completo sobre los motivos que constituyen la base del actual movimiento de revuelta. Y en el que la chispa que ha incendiado la llanura ha sido el suicidio a lo bonzo, el pasado 17 de diciembre, de Mohamed Buazizi, vendedor ambulante de fruta.
En el momento en que escribimos estas líneas no podemos prever cómo se desarrollarán los acontecimientos; si, como en Egipto y Túnez, las clases dirigentes, recurriendo a viejos trucos "gatopardescos" (cambiar todo para que todo siga igual) y liquidando a los sátrapas más destacados (los dictadores por antonomasia Mubarak y Ben Alí), intentan contener el empuje popular con ayuda del Ejército, pasado al bando "revolucionario", aunque claramente dependiente de los suministros y del dinero estadounidense. O si, como en Bahréin, la invasión de las fuerzas armadas saudíes llegará a dar la razón a las protestas juveniles. O si en Yemen el presidente dictador adoptará, tras la sangre derramada, la solución egipcia. O si en Siria, la abolición de las leyes de excepción será suficiente para convencer a los revoltosos. Y lo mismo se podría decir de Marruecos, de Argelia y de otros. Para Libia, la cosa ha surgido súbitamente mucho más compleja y la posibilidad de una instrumentalización "occidental" del comienzo de una revuelta popular, con distinta distribución sobre el territorio, se ha insinuado rápidamente, y se ha reforzado sucesivamente gracias a los bombardeos de los "voluntariosos", al comienzo de una nueva guerra "humanitaria", a los contrastes entre países agresores sobre la estrategia a seguir, fácilmente identificable, a los respectivos intereses energéticos y a la riqueza y calidad del petróleo libio. Esto no quita que, si Libia se ha convertido en zona de conflicto armado, de guerra civil, ha sido gracias al viento de revuelta que ha comenzado a soplar desde el Magreb, más o menos impetuoso según los países, su historia, su nivel de vida, sus expectativas, y que si en Libia no ha sido particularmente vigoroso como para arrinconar a Gadafi, en cualquier caso ha empezado a soplar y si hoy es más suave ante los juegos estratégicos del imperialismo neocolonialista -por debilidad- no significa que no pueda desempeñar un papel más importante.
Seguramente la intervención de los "voluntariosos" primero y de la OTAN después, aparte de condicionar fuertemente el futuro de Libia, quiere lanzar un claro mensaje a los pueblos en lucha, y ese mensaje consiste en que no se pueden sobrepasar los límites establecidos, ya sean los de poner en discusión sustancial los poderes establecidos o los del respeto al Estado de Israel que, a su vez, ha vuelto a bombardear Gaza.
Por nuestra parte, debemos registrar la enésima intervención de fuerzas armadas europeas en una guerra "humanitaria", con el eterno pretexto de defender vidas humanas, mientras que se deja que mueran en el mar centenares de emigrantes, mientras en Lampedusa hemos podido confirmar qué valor tiene la vida para nuestros sátrapas. Mientras a manos llenas se difunde el miedo, el desprecio ante seres humanos que huyen de países empobrecidos y asolados por las políticas de nuestros gobiernos, de nuestros Estados.
Miedo y desprecio que se utilizan como instrumentos de relaciones humanas para enterrar todo residuo de verdadera solidaridad, de verdadera humanidad, de convivencia civil, para crear instrumentos mudos y obedientes de políticas jerárquicas y agresivas para las próximas guerras que se desencadenarán tanto en el interior como en el exterior de nuestros confines. Una continua y pesada concatenación de barbarie se presenta ante nuestros ojos.
En nombre de la Humanidad se mata a la Humanidad; en nombre de la solidaridad se agrede a otros pueblos; en nombre de la libertad y de la democracia se desencadenan agresiones contra los propios ciudadanos para privarles de derechos y libertades adquiridos en la lucha de generaciones, para reforzar jerarquías y privilegios, para engrosar la corrupción; en nombre de la seguridad se establecen campos de concentración, se desencadena la guerra contra los inmigrantes, se incita al odio, se fomenta el racismo.
Hay que dar la vuelta, y pronto, a la tortilla. Las luchas de los pueblos del Mediterráneo nos señalan el camino: trabajemos para poderlo recorrer pronto y bien.

Massimo Varengo Subir


El Jueves Santo es el Jueves Santo

Con estas palabras y la definición impresa que de Jueves Santo hace Wikipedia, el abogado del Estado, con el acuerdo del fiscal, arremetía en su alegato contra el recurso a la prohibición que el gobierno hace a la procesión atea.
Muy difícil prever que una petición de procesión atea, producto del hartazgo de tanta exaltación de la tortura, el martirio y la muerte se realiza en esta semana llamada santa (SS), se convertiría en noticia de toda la prensa tanto local como nacional, escrita, oída o vista. Han intervenido políticos, ministros, el alcalde de Madrid, la presidenta de la Comunidad Autónoma… amenazas del nacionalcatolicismo, querella de organización cristiana. En definitiva, un revuelo en el que ni las sotanas han dejado de participar, el mismo jefe de la ICAR (Iglesia Católica Apostólica y Romana), Ratzinger, se ha referido a España como un lugar en el que hay indiferencia, profanación, hostilidad y denigración de la fe (referencia que también hizo el abogado del Estado).
Las declaraciones de un oscuro y extraño personaje han servido al catolicismo, a los jueces y al Gobierno para reprimir, prohibir e intentar criminalizar esa procesión. Aunque los organizadores nos desmarcamos de las declaraciones y de unos carteles jamás asumidos, y este extraño personaje es expulsado de la organización del evento. Son los argumentos utilizados para prohibir la procesión(1).
"Boicot a la Semana Santa". Título del artículo que un diario ultracatólico ha dado a esta convocatoria, que relaciona con la protesta que días anteriores llevaron a cabo estudiantes por la existencia de capillas católicas en la universidad pública, en un intento de acusar a un "frente anticapilla" que únicamente existe en su imaginación (2). Son dos hechos que coinciden en el tiempo pero que no tienen ninguna coordinación. Esta relación la mantiene el diario en artículos posteriores.
Reivindicamos el anticlericalismo como lo que es: Quitar a la Iglesia los privilegios que ostenta. Privilegios en la educación, en la sanidad, fiscales, políticos, sociales, en cualquier ámbito de la vida social e individual la Iglesia es privilegiada en detrimento del resto de la sociedad y de la clase trabajadora en particular, por ser la que produce riqueza.
Para las manifestaciones religiosas no es necesaria la autorización del Gobierno, basta el visto bueno del Ayuntamiento. En tanto que las manifestaciones de otro tipo sí requieren la autorización de la Delegación del Gobierno, es decir, de la policía.
En un primer momento la actitud de la Delegación y el Ayuntamiento (dependencias del Estado con distinto ámbito de administración) ha sido la de escurrir el bulto, de hecho, en una primera resolución ambos se declaran "incompetentes" señalándose el uno a la otra (3).
Mientras tanto se reciben amenazas de grupos nacionalcatólicos y desaprobación por parte de católicos y cristianos. Se interpone una querella por "provocación al odio y violencia" que es admitida a trámite (4).
El alcalde de Madrid y la presidenta de la Comunidad se muestran contrarios por considerarla ofensiva. El ministro de la Presidencia manifiesta que "el Gobierno estudiará si es ofensiva" (5).
Finalmente el Gobierno prohíbe la manifestación. Prohibición que es utilizada por el mismo Gobierno como prueba de las buenas relaciones que mantiene con la Iglesia (6).

Las razones de la Delegación del Gobierno no tienen desperdicio (7):
1.- El lugar de la procesión "curiosamente" presenta nombres relacionados con la simbología católica.
2.- El día elegido: Jueves Santo.
3.- La hora coincide con las procesiones católicas.
4.- La denominación de los pasos de la marcha.
5.- Discurre por una zona con múltiples parroquias.
6.- La convocatoria, carteles y declaraciones de los organizadores.
7.- Coincide con procesiones católicas de recorridos "conocidos desde hace años".
8.- Presencia de grupos antagónicos y radicales.
9.- Gran afluencia de público y necesidad de proteger la imagen turística de Madrid.
10.- Enclave de alto valor histórico-artístico.
11.- Policía, Ayuntamiento, Abogacía del Estado y Delegación coinciden en que no debe llevarse a cabo.

Respuestas
1.- ¿Se puede dar un paseo sin pisar una calle con nombre relacionado con la Iglesia? En todo caso se deben de retirar los nombres relacionados con la religión de igual manera que se hace con los del franquismo. No en vano colaboraron.
2.- ¿Los días son exclusivos de la Iglesia?
3.- Falso. Se ha tenido mucho cuidado con no coincidir. Horarios y recorridos de los dos últimos años han sido analizados para no coincidir. De todas maneras, para lo que les ha servido, por que la lluvia de estos días son las lágrimas de dios por prohibir la procesión atea.
4.- Falso. Los nombres aparecidos en la prensa: Cofradía de la Virgen del Mismísimo Coño, La Congregación de la cruel Inquisición, La Hermandad de la Santa Pedofilia o La Cofradía del Papa del Santo Latrocinio, son una manipulación periodística con base en las declaraciones del personaje oscuro y extraño.
5.- No es cierto, son dos parroquias las que hay el barrio¿Dónde no hay parroquias? Es imposible andar por Madrid sin ver parroquias ¡Ya nos gustaría!
6.- Falso. No hay ningún cartel de la convocatoria.
7.- Falso. Ver respuesta 3.
8.- En ese caso deben de cumplir con su deber, el que ellos mismos dicen que tienen, y defender nuestro derecho de manifestación. Demuéstrennos que cumplen sus propias leyes.
9.- ¿Turismo? Salvo que quieran un turismo de acorde con el Mini-Vaticano… ¿Turismo prevalece sobre la libertad de expresión? Que pregunten sobre el resultado del turismo en Barcelona con la visita de Ratzinger.
10.- ¿Por qué presuponen que vamos a romper monumentos? ¿Y las celebraciones de fútbol? Por ejemplo.
11.- Pura retórica, se contesta a sí misma.
En estos momentos, viernes 22, la situación se encuentra con una querella y la petición de manifestación para el viernes 13 de mayo "Por la libertad de expresión y manifestación atea". Esta petición, que ha salido publicada en la prensa, no sabemos cómo se ha filtrado, pero ya hemos tenido varios topos, es protestada por grupos cristianos porque es "festividad para los católicos de la Virgen de Fátima que anunció la caída del comunismo y la conversión de Rusia" (sic) (8).
Por la anarquía.

Notas:
1.- http://www.lavapieshoy.es/-la-playa-de-lavapies-ante-la-prohibicion-de-la-procesion-atea-vt1210.html
2.- http://www.larazon.es/noticia/8237-boicot-a-la-semana-santa
3.- http://www.abc.es/20110408/madrid/abcp-bronca-politica-procesion-atea-20110408.html
4.- http://www.que.es/madrid/201104131521-hazteoir-presenta-querella-criminal-contra-epi.html?anker_1
5.- http://www.20minutos.es/noticia/1017909/0/ayuntamiento/procesion/atea/ http://www.publico.es/espana/371104/aguirre-considera-la-procesion-atea-una-ofensa-a-los-catolicos
6.- http://www.youtube.com/watch?v=P1IOrumyApA
7.- http://www.elpais.com/articulo/sociedad/justicia/dicta/procesion/atea/
dana/libertad/religiosa/elpepusoc/20110420elpepusoc_1/Tes http://imagenes.publico-estaticos.es/resources/archivos/2011/4/20/1303296112010STC.%20TSJM.%20Sec
.%209%20%27Procesion%20Atea%27.pdf
8.- http://charlas.publico.es/Lavapies-2011-04-20 http://www.elpais.com/articulo/sociedad/convocantes/procesion/
atea/declararan/juez/elpepusoc/20110418elpepusoc_1/Tes

Otros:
http://www.radioela.org/spip.php?article173 http://www.rebelion.org/noticia.php?id=126985 http://www.hazteoir.org/alerta/38070-debate-en-directo-ho-defiende-libertad-religiosa
-amal-convoca-procesion-atea http://www.elpais.com/articulo/sociedad/justicia/dicta/
procesion/atea/dana/libertad/religiosa/elpepusoc/20110420elpepusoc_1/Tes

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Anarquía y sindicalismo

En 1907 se celebró en Amsterdam un congreso anarquista internacional. Uno de los asuntos tratados fue la actuación de los anarquistas dentro de los sindicatos. En el debate se enfrentaron dos militantes de reconocida solvencia: Monatte y Malatesta. Por la actualidad de los argumentos y porque nunca antes se habían publicado en castellano, hemos creído conveniente traducirlos.


Pierre Monatte.- Mi deseo no es tanto hacer una teórica del sindicalismo revolucionario como mostrároslo en acción, haciendo hablar así a los hechos. El sindicalismo revolucionario a diferencia del socialismo y del anarquismo que lo han precedido, no se ha afirmado tanto por las teorías como por los actos, y es en la acción más que en los libros donde hay que buscarlo.
Habría que estar ciego para no ver todo lo que tienen en común el anarquismo y el sindicalismo. Ambos persiguen la completa extirpación del capitalismo y del trabajo asalariado por medio de la revolución social. El sindicalismo, que es la prueba del despertar del movimiento obrero, ha recordado al anarquismo sus orígenes obreros; por otra parte, los anarquistas han contribuido bastante a conducir al movimiento obrero hacia la vía revolucionaria, y a popularizar la idea de la acción directa. Así pues, sindicalismo y anarquismo han reaccionado uno con el otro, en beneficio del uno y el otro.
En Francia, en el marco de la Confederación General del Trabajo (CGT), han nacido y se han desarrollado las ideas sindicalistas revolucionarias. La Confederación ocupa un puesto totalmente aparte en el movimiento obrero internacional. Es la única organización que, declarándose claramente revolucionaria, permanece sin vínculo alguno con los partidos políticos, ni siquiera los más avanzados. En la mayor parte de los demás países, la socialdemocracia desempeña el papel principal. En Francia, la CGT deja muy lejos, tanto por la fuerza numérica como por la influencia ejercida, al partido socialista: pretende representar exclusivamente a la clase obrera y ha rechazado de plano todas las insinuaciones que se le han hecho desde hace algunos años. La autonomía ha sido la base de su fuerza y tiene intención de seguir siendo autónoma.
Esta pretensión de la CGT, su rechazo a tratar con los partidos, le ha valido por parte de los adversarios exasperados el calificativo de anarquista. Sin embargo, eso no es cierto. La CGT, amplia agrupación de sindicatos y de uniones obreras, no tiene doctrina oficial. Pero están representadas en ella todas las doctrinas y gozan de igual tolerancia. En el Comité Confederal hay cierto número de anarquistas; se encuentran y colaboran con socialistas cuya mayoría -conviene decirlo de paso- no es menos hostil que los anarquistas a toda idea de entendimiento entre los sindicatos y el partido socialista.
La estructura de la CGT merece ser conocida. A diferencia de tantas otras organizaciones obreras, no es ni centralista ni autoritaria. El Comité Confederal no es, como creen los gobernantes y los periodistas de los diarios burgueses, un comité director, que reúne en sus manos lo legislativo y lo ejecutivo: está desprovisto de toda autoridad. La CGT se gobierna de abajo arriba: el sindicato no tiene otro amo que si mismo; es libre de actuar o de no actuar; ninguna voluntad externa entorpecerá o desarrollará su actividad.
Por tanto, en la base de la Confederación está el sindicato. Pero éste no se adhiere directamente a la Confederación; sólo puede hacerlo por medio de su federación corporativa, por una parte, y de su bolsa de trabajo, por otra. La unión de las federaciones entre ellas y la unión de las bolsas son lo que constituye la Confederación.
La vida confederal está coordinada por el Comité Confederal, formado a la vez por los delegados de las bolsas y los de las federaciones. A su lado funcionan comisiones internas. Se trata de la comisión del periódico (La Voix du Peuple), la comisión de control (con atribuciones económicas), la comisión de huelgas y de la huelga general.
El congreso es, para la resolución de los asuntos colectivos, el único soberano. Cualquier sindicato, por pequeño que sea, tiene derecho a estar representado por un delegado elegido por él mismo.
El presupuesto de la Confederación es de los más módicos. No supero los 30.000 francos por año. La agitación continua que ha dado lugar al importante movimiento de mayo de 1906 en pro de la conquista de la jornada de ocho horas no ha consumido más de 60.000 francos. Una cifra tan mezquina causó, al ser divulgada, el asombro de los periodistas. ¿Cómo? ¡Con unos pocos miles de francos la Confederación pudo mantener durante meses y meses una agitación obrera tan intensa! Y es que el sindicalismo francés, si bien es pobre en dinero, es rico en energía, en entrega, en entusiasmo, y estas son las riquezas con las que no se corre el riesgo de convertirse en esclavo.
El movimiento obrero francés no se ha convertido en lo que vemos hoy día sin esfuerzo y sin tiempo. Desde hace treinta y cinco años -desde la Comuna de París- ha pasado por múltiples fases. La idea de hacer del proletariado, organizado en "sociedades de resistencia", el agente de la revolución social fue la idea madre, la idea fundamental de la gran Asociación Internacional de los Trabajadores fundada en Londres en 1864. La divisa de la Internacional era, como recordáis: La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos. Y sigue siendo nuestra divisa, de todos nosotros, partidarios de la acción directa y adversarios del parlamentarismo. Las ideas de autonomía y de federación, que gozan de tanto favor entre nosotros, han inspirado antaño a todos los que en la Internacional se alzaron ante los abusos de poder del Consejo General y, tras el congreso de La Haya, adoptaron abiertamente el partido de Bakunin. Y aún más, la idea de huelga general, tan popular hoy, es una idea de la Internacional, que fue la primera en comprender la fuerza que reside en ella.
La derrota de la Comuna desencadenó en Francia una reacción terrible. El movimiento obrero fue detenido en seco, siendo asesinados o forzados a emigrar al extranjero sus militantes. Sin embargo, se reconstituyó, al cabo de unos años, al principio con debilidad y timidez; cogería fuerzas más adelante. En 1876 tuvo lugar un primer congreso en París: el espíritu pacífico de los cooperadores y mutualistas lo dominó de principio a fin. En el siguiente congreso, los socialistas alzaron la voz: hablaron de la abolición del trabajo asalariado. Por último, en Marsella (1879), los recién llegados triunfaron y dieron al congreso un carácter socialista y revolucionario más marcado. Pero pronto aparecieron las disidencias entre los socialistas de escuelas y las diferentes tendencias. En El Havre, los anarquistas abandonaron el congreso, dejando desgraciadamente el campo libre a los partidarios de los programas mínimos y de la conquista de los poderes. Solos, los colectivistas no llegaron a entenderse. La lucha entre Guesde y Brousse desgarró al naciente partido obrero, hasta llevarlo a la completa escisión.
No obstante, ni los guesdistas ni los brusistas (de los que los que se separaron más tarde los alemanistas) pudieron seguir hablando en nombre del proletariado. Éste, justamente indiferente a las querellas de las tendencias, había reformado sus uniones, que llamaba con el nuevo nombre de sindicatos. Abandonado a sí mismo, a resguardo de las envidias de las camarillas rivales a causa de su propia debilidad, el movimiento sindical fue adquiriendo poco a poco vigor y confianza. Creció. La Federación de Bolsas se constituyó en 1892, la Confederación General del Trabajo que, desde el principio se preocupó de afirmar su neutralidad política, en 1895. Entre tanto, un congreso obrero de 1894 (en Nantes) había votado el principio de la huelga general revolucionaria.
Por aquel entonces, numerosos anarquistas, asumiendo por fin que la filosofía no bastaría para hacer la revolución, entraron en un movimiento obrero que hacía nacer, entre los que supieran observarlo, las más bellas esperanzas. Fernand Pelloutier fue el hombre que encarnó mejor esta evolución de los anarquistas.
Todos los congresos celebrados posteriormente acentuaron cada más el divorcio entre la clase obrera organizada y la política. En Toulouse, en 1897, nuestros compañeros Delesalle y Pouget hicieron adoptar las llamadas tácticas del boicot y el sabotaje. En 1900 se fundó La Voix du Peuple, con Pouget como principal redactor. La CGT, saliendo del periodo difícil de sus comienzos, comprobaba todos los días su fuerza cada vez mayor. Se iba convirtiendo en una potencia con la que deberían contar a partir de ahora el gobierno, por una parte, y los partidos socialistas, por la otra.
Por parte del primero, apoyado por todos los socialistas reformistas, el nuevo movimiento tuvo que sufrir un terrible asalto. Millerand, convertido en ministro, trató de gubernamentalizar los sindicatos, de hacer de cada bolsa una sucursal de su ministerio. Agentes a sueldo suyo trabajaban para él en las organizaciones. Se trató corromper a los militantes leales. El peligro era grande. Fue conjurado gracias al entendimiento a que se llegó entre todas las fracciones revolucionarias, entre anarquistas, guesdistas y blanquistas. Ese entendimiento se ha mantenido, el peligro pasó. La Confederación -fortalecida desde 1902 por la entrada en su seno por la Federación de Bolsas, gracias a la que se realizó la unidad obrera- basa hoy día su fuerza en él; y de ese entendimiento ha nacido el sindicalismo revolucionario, la doctrina que hace del sindicato el órgano y de la huelga general el medio de la transformación social.
Pero -y quisiera atraer la atención de nuestros compañeros no franceses sobre este punto, de extrema importancia- ni la realización de la unidad obrera ni la coalición de los revolucionarios habrían podido, solos, conducir a la CGT a su grado actual de prosperidad y de influencia, si hubiéramos seguido fieles, en la práctica sindical, a ese principio fundamental que excluye de hecho a los sindicatos de opinión: Un solo sindicato por profesión y ciudad. La consecuencia de ese principio es la neutralización política del sindicato, el cual no puede ni debe ser ni anarquista, ni guesdista, ni alemanista, ni blanquista, sino simplemente obrero. En el sindicato, las divergencias de opinión, a menudo sutiles, artificiales, pasan a un segundo plano; de este modo el entendimiento es posible. En la vida práctica, los intereses priman sobre las ideas: todas las querellas entre las diferentes escuelas y sectas no lograrán que los obreros, al estar igualmente sometidos a la ley del trabajo asalariado, no tengan intereses idénticos. Este es el secreto del entendimiento que se ha establecido entre ellos, que da fuerza al sindicalismo y le ha permitido el pasado año, en el congreso de Amiens, afirmar con orgullo que se bastaba a sí mismo.
Resultaría seriamente incompleto si no os mostrara los medios con los que cuenta el sindicalismo revolucionario para llegar a la emancipación de la clase obrera.
Esos medios se resumen en dos palabras: acción directa. ¿Qué es la acción directa?
Hace tiempo, bajo la influencia de las escuelas socialistas, y sobre todo de la escuela guesdista, los obreros acudían al Estado con el fin de conseguir sus reivindicaciones. ¡No hay más que recordar a los cortejos de trabajadores, encabezados por diputados socialistas, que acudían a entregar a los poderes públicos las reclamaciones del Cuarto Estado! Como esta manera de actuar dio lugar a grandes decepciones, empezó a pensarse que los obreros sólo conseguirían las reformas que fueran capaces de imponer por sí mismos; en otras palabras, que la máxima de la Internacional que acabo de citar debía ser entendida y aplicada de la manera más estricta.
Actuar por sí mismo, contar sólo consigo mismo, eso es la acción directa. Ésta, no hace falta decirlo, adopta las más formas más diversas.
Su forma principal, o mejor dicho, su forma más llamativa, es la huelga. Arma de doble filo, se decía de ella antaño: arma sólida y bien templada, decimos nosotros, y que manejada con habilidad por el trabajador puede llegar al corazón de la patronal. Por la huelga, la masa obrera entra en la lucha de clases y se familiariza con las nociones que de ella se desprenden; con la huelga adquiere su educación revolucionaria, mide sus propias fuerzas y las de su enemigo, el capitalismo, toma confianza en su poder, conoce la audacia.
El sabotaje no tiene menos valor. Se formula así: A mala paga, mal trabajo. Como la huelga, se ha empleado siempre, pero hace sólo desde hace unos años ha adquirido un significado realmente revolucionario. Los resultados producidos por el sabotaje son considerables. Allá donde la huelga se mostraba impotente, lograba romper la resistencia patronal. Un ejemplo reciente ha sido el ofrecido como consecuencia de la huelga y derrota de los albañiles parisinos en 1906: los albañiles volvieron a sus puestos de trabajo con la resolución de darle a la patronal una paz más terrible que la guerra y, de común y tácito acuerdo, se empezó a ralentizar la producción diaria, como por casualidad, los sacos de yeso o de cemento se echaban a perder, etc. Esta guerra continúa todavía ahora y, repito, los resultados han sido excelentes. No sólo ha cedido la patronal a menudo, sino que de esa campaña de varios meses, el obrero ha salido más consciente, más independiente, más revolucionario.
Pero si considero el sindicalismo en su conjunto, sin detenerme más en sus manifestaciones concretas, ¡qué apología haría! El espíritu revolucionario se moría en Francia se moría, languidecía de año en año. El revolucionarismo de Guesde, por ejemplo, sólo era verbal o, peor aún, electoral y parlamentario; el revolucionarismo de Jaurès iba más lejos: era sencilla y abiertamente, ministerial y gubernamental. En cuanto a los anarquistas, su revolucionarismo se había refugiado orgullosamente en la torre de marfil de la especulación filosófica. Entre tantas flaquezas, por su propio efecto, nacía el sindicalismo; el espíritu revolucionario se reanimó, se renovó por su contacto, y la burguesía, por primera vez desde que la dinamita anarquista hubo acallado su grandiosa voz, ¡la burguesía tembló!
Ahora bien, lo importante es que la experiencia sindicalista del proletariado francés beneficie a los proletarios de todos los países. Y es tarea de los anarquistas hacer que esta experiencia se reinicie allá donde exista una clase obrera en proceso de emancipación. A ese sindicalismo de opinión que ha producido, en Rusia por ejemplo, sindicatos anarquistas, en Bélgica y en Alemania sindicatos cristianos y sindicatos socialdemócratas, compete a los anarquistas oponer un sindicalismo a la manera francesa, un sindicalismo neutro o, más exactamente, independiente. Del mismo modo que no hay más que una clase obrera, es necesario que sólo haya, en cada oficio y en cada ciudad, una organización obrera, un único sindicato. Con esta sola condición, la lucha de clases -liberada por fin de las disputas de escuelas o sectas rivales- podrá desarrollarse en toda su amplitud y obtener su máxima eficacia.
El sindicalismo, ha proclamado el congreso de Amiens en 1906, se basta a sí mismo. Esta frase, lo sé bien, no siempre ha sido bien entendida, incluso entre los anarquistas. ¿Qué otra cosa puede significar, sino que la clase obrera, mayor ya de edad, consiga por fin bastarse a sí misma y no confíe en otro para lograr su propia emancipación? ¿Qué anarquista podría cuestionar una voluntad de acción tan elevadamente afirmada?
El sindicalismo no pierde tiempo en prometer a los trabajadores el paraíso terrenal. Les pide que lo conquisten, asegurándoles que su acción no será en vano. Es una escuela de voluntad, de energía, de pensamiento fecundo. Abre al anarquismo, demasiado tiempo replegado sobre sí mismo, nuevas esperanzas y perspectivas. Así pues, que todos los anarquistas acudan al sindicalismo; su obra será más fecunda, sus golpes contra el régimen social más decisivos.
Como toda obra humana, el movimiento sindical no está desprovisto de imperfecciones, y lejos de ocultarlas, creo que es útil tenerlas siempre presentes con el fin de actuar contra ellas.
La más importante es la tendencia de los individuos a confiar la lucha a su sindicato, a su federación, a la Confederación, a la fuerza colectiva, cuando su energía individual podría haber sido suficiente. Nosotros, como anarquistas, apelando constantemente a la voluntad del individuo, a su iniciativa y a su audacia, podemos reaccionar vigorosamente contra esta nefasta tendencia a recurrir constantemente, tanto para los asuntos graves como para los baladíes, a las fuerzas colectivas.
El funcionarismo sindical despierta vivas críticas que, por otra parte, a menudo están justificadas. Puede ocurrir, y ocurre, que algunos militantes no asuman sus funciones para batallar en nombre de sus ideas sino porque tienen el pan asegurado. Pero no hay que deducir de ello que las organizaciones sindicales deban prescindir de liberados. Muchas organizaciones no pueden. Se trata de una necesidad cuyos defectos pueden corregirse mediante un espíritu crítico siempre alerta.

Errico Malatesta.- Declaro a continuación que sólo desarrollaré aquí las partes de mi pensamiento en las que estoy en desacuerdo con los oradores precedentes, y especialmente con Monatte. Hacerlo de otro modo sería infligiros esas repeticiones tediosas que se permiten en los mítines cuando se habla para un público de adversarios o de indiferentes. Pero aquí estamos entre compañeros, y sin duda ninguno de vosotros, al oírme criticar lo que hay de criticable en el sindicalismo, se verá tentado a tomarme por un enemigo de la organización y de la acción de los trabajadores, o de lo contrario ¡me conocería muy mal!
La conclusión a la que ha llegado Monatte es que el sindicalismo es un medio necesario y suficiente de revolución social. En otros términos, Monatte ha declarado que el sindicalismo se basta a sí mismo. Y eso, para mí, es una doctrina radicalmente falsa. Combatir esa doctrina será el objeto de mi discurso.
El sindicalismo, o más exactamente el movimiento obrero (el movimiento obrero es un hecho que nadie puede ignorar, mientras que el sindicalismo es una doctrina, un sistema, y debemos evitar confundirlos) ha encontrado siempre en mí un defensor a ultranza, pero no ciego. Ello es debido a que veía en él un terreno particularmente propicio para nuestra propaganda revolucionaria, a la vez que un punto de contacto entre las masas y nosotros. No necesito insistir en esto. Se me debe en justicia reconocer que no he sido nunca de esos anarquistas intelectuales que, cuando se disolvió la vieja Internacional, se encerraron benévolamente en la torre de marfil de la pura especulación; no he dejado de combatir, donde quiera que me encontrara, en Italia, en Francia, en Inglaterra o en otra parte, esta actitud de aislamiento altivo, ni de empujar a los compañeros de nuevo hacia esa vía que los sindicalistas, olvidando un pasado glorioso, llaman nueva, pero que ya había sido vista y seguida en la Internacional por los primeros anarquistas.
Hoy como ayer, quiero que los anarquistas entren en el movimiento obrero. Soy, hoy como ayer, un sindicalista, en el mismo sentido en que soy partidario de los sindicatos. No pido unos sindicatos anarquistas que serían tan legítimos como los sindicatos socialdemócratas, republicanos, monárquicos u otros, y servirían para dividir más que nunca a la clase obrera contra sí misma. No quiero tampoco esos sindicatos llamados rojos, porque no quiero tampoco los sindicatos llamados amarillos. Quiero, por el contrario, los sindicatos ampliamente abiertos a todos los trabajadores sin distinción de opiniones, los sindicatos absolutamente neutros.
Por tanto, soy partidario de la participación más activa posible del movimiento obrero. Pero lo soy sobre todo en interés de nuestra propaganda, cuyo campo es considerablemente amplio. Esta participación no puede equivaler por sí sola a una renuncia a nuestras ideas más queridas. En el sindicato debemos seguir siendo anarquistas, con toda la fuerza y amplitud del término. El movimiento obrero no es para mí sino un medio; el mejor, evidentemente, de todos los medios que se nos ofrecen. Este medio me niego a tenerlo por un fin, e incluso no lo desearía si nos hiciera perder de vista el conjunto de nuestras concepciones anarquistas, o más simplemente nuestros demás medios de propaganda y agitación.
Los sindicalistas, por el contrario, tienden a hacer del medio un fin, a tomar la parte por el todo. Y es así como, en la mente de algunos de nuestros compañeros, el sindicalismo se está convirtiendo en una doctrina nueva y amenaza al anarquismo en su propia existencia.
Ahora bien, incluso si se complica con el inútil epíteto de revolucionario, el sindicalismo no es ni será jamás sino un movimiento legalista y conservador, sin otro objetivo accesible -¡y ya es bastante!- que la mejora de las condiciones del trabajo. No buscaría mejor demostración de ello que la que nos ofrecen los grandes sindicatos norteamericanos. Después de haberse mostrado con un revolucionarismo radical en los tiempos en que eran débiles, esos sindicatos se han ido convirtiendo, a medida que crecían en fuerza y riqueza, en organizaciones claramente conservadoras, únicamente ocupadas en conseguir mayores privilegios para sus miembros en las fábricas, en el taller o en la mina, y mucho menos hostiles al capitalismo patronal que a los obreros no organizados, ¡a ese proletariado harapiento, mancillado por la socialdemocracia! No obstante, ese proletariado siempre en crecimiento de los sin trabajo, que no cuenta para el sindicalismo, o más bien que sólo cuenta como un obstáculo, no lo podemos olvidar nosotros, los anarquistas, y debemos defenderlo porque es el mayor de los sufridores.
Repito: es necesario que los anarquistas participen en los sindicatos obreros. En primer lugar, para hacer la propaganda anarquista: después porque es el único medio de tener a nuestra disposición, el día que sea, a grupos capaces de llevar la dirección de la producción: debemos participar, por último, para reaccionar enérgicamente contra ese estado de ánimo detestable que inclina a los sindicatos a defender solo los intereses particulares.
El error fundamental de Monatte y de todos los sindicalistas revolucionarios proviene, a mi entender, de una concepción demasiado simplista de la lucha de clases. Se trata de una concepción según la cual los intereses económicos de todos los obreros -de la clase obrera- serían solidarios, una concepción según la cual basta con que los trabajadores lleven en sus propias manos la defensa de sus propios intereses para defender del mismo modo los intereses de todo el proletariado contra la patronal.
Yo creo que la realidad es muy diferente. Los obreros, como los burgueses, como todo el mundo, sufren esa ley de competencia universal que deriva del régimen de la propiedad privada y que sólo se extinguirá con ella. No hay por tanto clases en el sentido propio de la palabra, puesto que no hay intereses de clase. En la "clase" obrera existen, como en la burguesa, la competición y la lucha. Los intereses económicos de tal categoría obrera están irreductiblemente en oposición con los de cualquier otra categoría. Y vemos a veces que económica y moralmente algunos obreros están más cerca de la burguesía que del proletariado. Cornelissen nos ha proporcionado ejemplos de este hecho en Holanda. Pero hay otros. No necesito recordaros que, muy a menudo, en las huelga, los obreros emplean la violencia… ¿contra la policía y los patronos? En absoluto: la emplean contra los esquiroles que, sin embargo, están tan explotados como ellos e incluso son más desgraciados, mientras que los verdaderos enemigos del obrero, los únicos obstáculos para su igualdad social, son los policías y los patronos.
No obstante, entre los proletarios es posible la solidaridad moral, a falta de solidaridad económica. Los obreros que se acantonan en la defensa de sus intereses corporativos no la conocerán nunca, pero llegará el día en que una voluntad común de transformación social haya hecho de ellos hombres nuevos. La solidaridad, en la sociedad actual, no puede ser sino el resultado de la comunión en un mismo ideal. Ahora bien, es función de los anarquistas despertar en los sindicatos ese ideal, orientándolos poco a poco hacia la revolución social, a riesgo de perjudicar esas "ventajas inmediatas" que hoy día nos parecen tan golosas.
Que la acción sindical entrañe peligros no se puede negar. El mayor de ellos es sin duda la aceptación por el militante de funciones sindicales, sobre todo cuando son remuneradas. Regla general: el anarquista que acepta ser funcionario permanente y asalariado de un sindicato se ha perdido para la propaganda, se ha perdido para el anarquismo. Se sentirá obligado a partir de entonces hacia los que le pagan y, como éstos no son anarquistas, el funcionario asalariado, entre su conciencia y su interés, o bien seguirá su conciencia y perderá su puesto, o bien seguirá su interés y entonces ¡adiós anarquismo!
El funcionario es un peligro en el movimiento obrero, solo comparable al parlamentarismo: uno y otro llevan a la corrupción, y de la corrupción a la muerte ¡no hay más que un paso!
Y ahora, pasemos a la huelga general. Mantengo el principio que vengo difundiendo todo lo que puedo desde hace años. La huelga general siempre me ha parecido un medio excelente para iniciar la revolución social. No obstante, evitemos caer en la nefasta ilusión según la cual con la huelga general la insurrección armada se convierte en una redundancia.
Se supone que parando brutalmente la producción, los obreros harán pasar hambre a la burguesía en unos días, y ésta, muerta de hambre, se verá obligada a capitular. No puedo imaginar mayor absurdo. Los primeros en caer de hambre en tiempos de huelga general no serían los burgueses, que disponen de productos acumulados, sino los obreros, que sólo disponen de su trabajo para vivir.
La huelga general, tal como se nos ha descrito, es pura utopía. O bien el obrero, muerto de hambre tras tres días de huelga, vuelve al taller, con la cabeza gacha, y será una nueva derrota. O bien querrá apoderarse de los productos a la fuerza. ¿Y a quién se encontrará impidiéndoselo? A los soldados, a los gendarmes, si no a los propios burgueses, y entonces será necesario resolver la cuestión a golpe de fusil o de bombas. Será la insurrección, y la victoria la logrará el más fuerte.
Preparémonos, pues, para esa insurrección inevitable, en lugar de limitarnos a preconizar la huelga general como una panacea para todos los males. Que no se objete que el gobierno está armado hasta los dientes y que siempre será más fuerte que los rebeldes. En Barcelona, en 1902, la tropa no era numerosa. Pero no había preparación para la lucha armada y los obreros, sin comprender que el poder político era el verdadero enemigo, enviaron delegados al gobernador para que hiciera ceder a los patronos.
Por otra parte, la huelga general, incluso si se reduce a lo que es realmente, sigue siendo un arma de doble filo que hay que emplear con mucha prudencia. El servicio de subsistencias no podrá admitir una suspensión prolongada. Habrá, por tanto, que apoderarse por la fuerza de los medios de aprovisionamiento, y enseguida, sin esperar a que la huelga se convierta en insurrección.
No es tanto a parar de trabajar a lo que hay que invitar a los obreros; es más bien a continuar por su cuenta. A falta de otra cosa, la huelga general se transformará rápidamente en hambruna generalizada, aunque se haya tenido la energía suficiente para apropiarse desde el principio de todos los productos acumulados en los almacenes. En el fondo, la idea de huelga general tiene su origen en una creencia errónea: la creencia de que, con los productos acumulados por la burguesía, la humanidad podría consumir sin producir durante qué sé yo cuántos meses o años. Esta creencia ha inspirado a los autores de dos folletos de propaganda publicados hace veinte años, Los productos de la tierra y Los productos de la industria, y esos folletos han hecho más mal que bien, en mi opinión. La sociedad actual no es tan rica como se cree. Kropotkin ha demostrado que, suponiendo un corte de producción, Inglaterra sólo tendría víveres para un mes; Londres no llegaría a tres días. Sé muy bien que existe el fenómeno bien conocido de la superproducción. Pero toda superproducción tiene su correctivo inmediato en la crisis que enseguida lleva a la industria al orden. La superproducción sólo es temporal y relativa.
Hay que concluir. Antes deploraba que los compañeros se aislaran del movimiento obrero. Hoy deploro que muchos de nosotros, cayendo en el exceso contrario, nos dejemos absorber por ese mismo movimiento. Insisto en que la organización obrera, la huelga, la huelga general, la acción directa, el boicot, el sabotaje y la insurrección armada son solo medios. La anarquía es el fin. La revolución anarquista que queremos supera con mucho los intereses de clase: propone la liberación completa de la humanidad actualmente esclavizada, desde el triple punto de vista económico, político y moral. Guardémonos por tanto de cualquier medio de acción unilateral y simplista. El sindicalismo, medio de acción excelente de las fuerzas obreras, no puede ser nuestro único medio. Menos aún debe hacernos perder de vista el único objetivo que merece un esfuerzo: ¡la anarquía!

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Otra forma de hacer eso que llaman arte.
Introducción al Fluxus

El Fluxus es presentado por los historiadores del arte como uno de los últimos movimientos de vanguardia; sirva este escaso artículo como provocación (palabra que le viene muy bien al movimiento) para que los lectores se atrevan a bucear en la no muy amplia bibliografía escrita hasta la fecha (en castellano).
Antes de nada, es indispensable que el lector se golpee la cabeza con un objeto contundente y paralice, de manera momentánea, toda concepción artística desarrollada hasta el momento; así será mucho más fácil.
El movimiento Fluxus no nace de la noche a la mañana y, como todos los movimientos artístico-intelectuales, tiene un proceso de formación, que se gesta durante la década de los 50, teniendo su centro geográfico en Europa, Japón y EE UU. Marcel Duchamp (idea de arte conceptual y manufacturado), John Cage (inventor de los "Happening"), los futuristas, o los dadaístas (idea del collage y el concretismo) serán puntales de influencia para Fluxus. Pero, será George Maciunas el que, con la publicación de la revista Fluxus (el nombre del movimiento viene de ella), dé el pistoletazo de salida a esta revolucionaria vanguardia. En 1962 se produce el primer evento Fluxus de la historia, en Wiesbaden, Alemania, el cual reúne a los creadores más destacados del movimiento (Wolf Vostell, cuya casa-museo está abierta al público en el extremeño pueblo de Malpartida de Cáceres, Nam June Paik, Dick Higgins o el propio Maciunas). En un primer momento el movimiento surgió como un foro o lugar de encuentro, sin condiciones ideológicas o artísticas y sin un programa artístico definido.
Y algunos se preguntarán ¿Por qué a estas alturas no me han dicho qué es Fluxus? Pues porque sería contradictorio con la esencia del movimiento. Esta vanguardia no tiene unos cánones estéticos cerrados a seguir por los creadores afines al mismo. Los creadores Fluxus son libres de encauzar sus sentimientos de la manera que les plazca, sin las ataduras que suponen los heterodoxos registros artísticos. La única noción de "regla" que puede existir en el Fluxus es un conjunto de "12 Ideas Fluxus", que han sido, no obstante, extraídas a posteriori de los conjuntos artísticos de sus creadores. Y son: musicalidad, presencia en el tiempo, especificad, globalismo, unidad del arte y la vida, inter-media, experimentalismo, azar, carácter lúdico, sencillez, capacidad de implicación y ejemplificación.
Sin duda, las palabras de Dick Higgins (creadora Fluxus) sobre la experiencia de Weisbaden nos pueden dar un poco más de luz en la complicada tarea de explicar qué podemos entender como arte Fluxus: "Fluxus Wiesbaden fue el más ambicioso de todos los proyectos. Lo que tuvo de magnífico es que no teníamos que preocuparnos por el tiempo. Interpretamos la ópera alemana Ja, es war noch da de Emmett Williams, en inglés, durante 45 minutos. Hicimos una versión de una hora de H-Fis gehalten de La Monte Young. Vostell vino desde Colonia. Tocó Arghh, golpeó con un martillo algunos juguetes hasta hacerlos añicos, rasgó una revista, destrozó algunas bombillas en un cristal y lanzó tartas contra el vidrio. Una vez acabadas las tartas de crema, enseguida desapareció de nuevo camino a Colonia. Un frenético caos. Hicimos muchas de mis viejas cosas, así como multitud de piezas de Brecha, Watts, Patterson, Young, Williams y Corner. En Danger Music nº 3 afeitamos mi cabeza y lanzamos al público panfletos políticos; en Danger Music nº 17, en la que trabajamos algún tiempo con mantequilla y huevos, preparamos, en lugar de una tortilla, una papilla incomestible. Eso era lo que Wiesbaden necesitaba. Durante un tiempo volaron huevos por el aire durante dos minutos. Durante la ópera de Emmet Williams subieron desde el público algunos estudiantes, se plantaron allí con ramas de abeto y cantaron diversas canciones estudiantiles". Está claro el sentido festivo de esta actividad, así como el aspecto participativo y trasgresor. Es música porque ellos han decidido llamarla así, y también lo es porque se realiza en un escenario ante un instrumento musical o con objetos empleados para, de un modo u otro, producir sonido. Cualquier actividad cotidiana sacada de su habitual contexto asociativo, se convierte para Fluxus en una acción que también es musical. Es, indudablemente, música, pero difícilmente analizable por la musicología tradicional. La palabra "concierto" se impregna de ironía con relación a lo que era representado al público.
La anterior cita me da pie a introducir otro de los aspectos clave de Fluxus, que es su interdisciplinaridad. El creador Fluxus no sólo se limitó a experimentar la música (tendencia natural dado el peso de John Cage), sino que también se atrevió con el vídeo y el cine, el Happening, la escultura, el teatro.
Una vez introducido de la mejor manera posible el movimiento, cabe preguntarse ¿Es Fluxus una vanguardia de corte anarquista? Después de mucho pensar y estudiarlo, he llegado a la conclusión de que no lo es; aunque con matices. Y son esos pequeños matices los que quiero significar antes de acabar.
Fluxus niega el arte como un producto que se pueda vender o que vaya adquiriendo valor a lo largo de los años, así como la defensa de una posición contraria a los museos, vistos por ellos como lugares elitistas. Estas concepciones, con las que podremos estar más o menos de acuerdo, son una brutal crítica a la manera de ver el arte en la sociedad capitalista de esa época (y de la de ahora). Es inconcebible, desde nuestra libertaria forma de ver el mundo, que el arte tenga un valor comercial por encima del artístico y que un cuadro aumente o devalúe su valor dependiendo de variables determinadas.
La provocación es otro de los aspectos más destacables de Fluxus. El espíritu de incordiar las mentes burguesas de la sociedad para así revolucionarlas, la crítica al conformismo dominante. Todo ello surge de un más que seguro análisis de estos creadores muy crítico hacia la sociedad de la época, que podríamos extenderlo a la actual. Si lo políticamente correcto triunfa, colguemos un orinal en una exposición en el MOMA (Marcel Duchamp), y riámonos de la gente que quiere tener una réplica en su casa.
Fluxus pone sobre la mesa una forma de ver el mundo y el arte diferente, cargada de contenido crítico, chocante y rompedor. Es por este motivo por el que el lector se tiene que olvidar de todo lo aceptado anteriormente.
El discurso libertario y el no discurso Fluxus bien podrían darse la mano. Para mí, no hay cosa más revolucionaria que un cuadro, escultura, película u obra de teatro que incite a la provocación, al pensamiento, a la crítica; y por ello estamos los anarquistas.
El "simple" hecho de ser anarquista nos convierte en pequeños artistas. Desde aquí, me gustaría lanzar un llamamiento a todos los compañeros ácratas que leen este texto para que no se sientan coartados por ninguna influencia externa a ellos mismos. Empuñar una cámara, un pincel, un bolígrafo. Salir a la calle y crear una performance. No podemos rechazar la idea de que hacer pensar a la gente mediante el arte es otra de las mil batallas que nos tienen ganadas y el anarquismo puede y tiene que hacer algo contra ello.
¿Te animas a crear? O lo que es lo mismo, ¿te animas a hacer la revolución?

Norecrim Subir


Ibsen y los anarquistas

Estos días, en el Teatro Fernán Gómez de Madrid, se ha estrenado un nuevo montaje de la obra de Ibsen Casa de muñecas. En mi opinión, se trata de una representación más que cuestionable en la que lastran el, ya de por sí, débil conjunto unas interpretaciones muy flojas. Henrik Ibsen (1828-1906) es uno de los más importantes, si no el que más, dramaturgos noruegos, muy influyente en el teatro contemporáneo. Sus textos evolucionaron desde el romanticismo, en una primera etapa, pasando por el realismo social en una segunda (a la que corresponden sus dramas más conocidos, como es el caso de Casa de muñecas o Un enemigo del pueblo), y llegando en una época final hacia lo simbólico. Su obra se mostraba muy adelantada a su época, en no pocas ocasiones ocasionó un sonoro escándalo al cuestionar el modelo de familia y los valores dominantes, y con un alto nivel de calidad. El tema más recurrente en los textos de Ibsen es el conflicto entre el hombre, deseoso de afirmar su individualidad, y un entorno social que se apoya en el convencionalismo y recurre constantemente a un mezquino pragmatismo.
El dramaturgo y poeta noruego, antes de que se pusiera de moda en España, ya fue apreciado por los anarquistas, a partir de los años 90 del siglo XIX, debido a que encontraban en su obra muchos elementos con los que se identificaban, como es el naturalismo y la crítica a las convenciones sociales. Existe una biografía de Ibsen publicada en La Revista Blanca, escrita casi con seguridad por Federico Urales, alabando su gusto por los personajes rebeldes, e innumerables artículos sobre su teatro en diferentes medios libertarios. En la imprescindible obra de Lily Litvak, Musa libertaria, se afirma que los ácratas consideraron el teatro como parte del arte y la cultura, como portador de mensajes y un medio para comunicarse directamente con el pueblo. Esta consideración del teatro como un instrumento social y transformador, expresión crítica de la realidad y capaz de resolver sus problemas, llevaría al pueblo a una identificación con la escena que jamás alcanzaría una intensidad mayor que con los anarquistas. Si el teatro poseía ya una base popular, los libertarios se esforzaron en ampliarla. Buscando siempre un público entre la clase oprimida que se identificara con las reivindicaciones mostradas, las representaciones se acompañaban de todo tipo de actividades paralelas en las que se pudiera interactuar, y convertir así el teatro en jornadas dinámicas y recíprocas: publicaciones, conferencias, discusiones, música... Estas actividades recogían la idea del teatro del anarquista francés Jean Grave, el cual apostaba por grupos creadores libremente asociados, que darían lugar a una estética libertaria enfrentada a las representaciones profesionales y comerciales. Esta visión de Grave es, a su vez, deudora de sus maestros Kropotkin, y su consideración de agrupaciones creadoras, y Wagner. Se dieron también numerosos trabajos de estética y sociología teatral, editoriales que publicaban obras teóricas y ediciones baratas de autores como Ibsen, así como publicaciones especializadas casi de forma exclusiva en el teatro.
Una de estas publicaciones fue Avenir, cuyo primer número apareció en marzo de 1905, dirigida por Felipe Cortiella. Años antes, Cortiella había fundado un grupo teatral en Barcelona, que representó Casa de muñecas en castellano y por primera vez en España. A pesar de la indiferencia de la clase media, los obreros la aclamaron con entusiasmo. Como subraya Litvak, esta introducción de Ibsen en España se produjo antes de la labor ibseniana del dramaturgo y empresario Adrián Gual en el Teatre Intim y, como ya he mencionado anteriormente, antes de que el autor noruego estuviera de moda. Por ello, hay que decir que el anarquista Cortiella es el auténtico promotor de Henrik Ibsen como dramaturgo social. En 1903, Cortiella, junto a sus compañeros Juan Casanova y Pedro Ferrets, funda el Centro Fraternal de Cultura, en el que se reunía lo más avanzado del movimiento obrero. Se organizaban jornadas musicales, conferencias científicas y artísticas, representaciones teatrales, se creaban grupos de afinidad con las consecuentes excursiones, y se formó una importante biblioteca en la que se prestaban libros a los trabajadores. El Centro tenía como objetivo primordial la formación cultural, y la propaganda ideológica era una lógica consecuencia de ello. Precisamente, uno de los nombres de las agrupaciones teatrales creadas en este movimiento obrero y cultural de carácter libertario recibió el nombre de Ibsen. De uno de sus fundadores, Albano Rosell, son las palabras según las cuales la idea era hacer "un teatro nuestro de ideas, de vibración social, de combate y de lucha". La agrupación Ibsen comenzó su actividad con la representación de una obra del autor noruego, Espectros. Naturalmente, a todos estos anarquistas, junto a las inquietudes culturales y formación de los obreros, les preocupaba igualmente la educación de la infancia. Es el caso de Rosell, el cual combinaba sus actividades teatrales con su labor de profesor en la Escuela Moderna de Ferrer, haciéndose cargo en 1904 de la Escuela Moderna de Mogat, fundando en 1906, en Sabadell, la Escuela Integral y la revista Cultura. Entre su numerosa obra escrita, destaca El teatro y la infancia, en la que considera el teatro como uno de los mejores medios, además de divulgación artística, de propaganda, de crítica y de orientación ética y filosófica para los chavales; del mismo modo, lamenta en este texto teórico la mercantilización de la actividad teatral y se esfuerza en liberarlo de toda especulación empresarial.
Por lo tanto, entre los autores preferidos por los anarquistas, con obras que reflejaran los problemas sociales y modernos, estaba Ibsen y, en concreto, su obra Un enemigo del pueblo. Hay que decir que, a pesar de ser el anarquismo una de las corrientes decimonónicas del socialismo, si esta obra gustó a los libertarios fue por su defensa del individuo, el cual desea realizarse plenamente al margen de toda coacción social. Estamos hablando de unas ideas que extienden su concepción de la libertad a lo social, por supuesto, pero siempre sin imposición alguna, y esa defensa conjunta del individuo y de la justicia social resulta encomiable e inédita en cualquier otra propuesta ideológica. Muy importante resulta esta cuestión para recordar a los que quieran reducir a Ibsen a una mera lectura liberal. Un enemigo del pueblo se estrena en 1893 por parte de la compañía Tatau en el Novedades de Barcelona, un hecho considerado crucial para el nacimiento del teatro obrero. Frente a la extrañeza de la prensa burguesa del éxito de esta obra entre los trabajadores, en la que el protagonista arremete contra el populacho y cuestiona el sufragio universal, la crítica de El productor vendría a poner las cosas en su sitio. El periódico anarquista publicó la siguiente reseña: "Ibsen es el Hércules que arremete decidido contra todas las farsas, todos los convencionalismos, todos los bastardos intereses, levantando sobre tanta ruina el mundo nuevo, con su moral y justicia y ciencia positivas". Se denuncia así la visión burguesa, interesada y reduccionista, y se alaba al autor noruego con su filosofía, su ciencia y su calidad escénica, la sencillez y naturalidad de su dramaturgia, y la justeza y realismo de sus protagonistas, "porque son reales, y son simbólicos, porque cada tipo representa toda una clase, toda una institución". Se critica, en definitiva, "el arte por el arte" y se reclama un mayor horizonte para la representación teatral, tal y como realiza Ibsen, con el que los anarquistas se identificaron plenamente: "Todo cuanto los anarquistas hemos dicho, aparece en la obra, a veces con una sola y elocuentísima frase... Por eso resultó la producción para nosotros un verdadero acontecimiento, un acto de los nuestros, con la gran cualidad de revestirse con la más bella envoltura artística... así acuden los trabajadores al Novedades a sostener la obra con sus aplausos contra el significativo mutismo". Las representaciones siguientes de Un enemigo del pueblo, por parte de otras compañias, serían siempre una acontecimiento para la clase obrera. Incluso en Madrid, y a pesar de alteraciones en la obra original y la indiferencia entre la clase media, fue siempre apoyada por los trabajadores. En La Idea libre, otra publicación ácrata, se publicó un artículo llamado "El anarquismo en el teatro", en el que se mencionaba a Ibsen como prueba de que grandes autores se acercan, de forma consciente o inconsciente, al ideal ácrata.
Junto a Un enemigo del pueblo, no dejaron de tener éxito entre los obreros otras obras del noruego como Rosmersholm, Espectros y la propia Casa de muñecas. Esta obra fue representada por Cortiella en el Teatro Circo Español con el título de Nora (nombre de la protagonista), y a la entrada se regalaba al público un número de Teatro social, con el retrato y la biografía de Ibsen, un estudio del drama y un artículo sobre el teatro y los anarquistas. Todo eran encomiables y productivos esfuerzos por poner el medio al servicio de la emancipación social. Incluso las obras de Ibsen ofrecidas en teatros burgueses eran reseñadas en los medios libertarios, ya que se consideraba lógico el éxito de la obra del noruego, al igual que lo es la imposición de una verdad científica. Se consideraba que un teatro sociológico ayudaba también a comprender el progreso científico y lógico de la sociedad hacia una organización más perfecta. Es por eso que tan atractivo resultaba Ibsen, el siguiente texto pudo leerse en Teatro social: "ha despertado inteligencias, ha emancipado, ha hecho más: ha creado un teatro sociológico", Ibsen dejaba al espectador "el campo libre del dogmatismo para que pueda representar a su antojo el proceso evolutivo de la sociedad futura". Tal y como sostiene Litvak, esta actitud científica de los libertarios no les hace subordinarse al naturalismo, a la reproducción fotográfica y verídica del mundo, ni caer en un rígido realismo. Aunque los anarquistas se consideran a sí mismo realistas, en su labor existe siempre un propósito social, un deseo de expresar el ideal subyacente en la realidad.

J. F. Paniagua Subir


Primero de Mayo

Hace ya 125 años que acontecieron los trágicos sucesos de Chicago que dieron lugar a la reivindicación del Primero de Mayo. Vale la pena recordarlo porque, más de un siglo después, la situación de la clase trabajadora no es mucho mejor. Entonces, se celebró un mitin al aire libre como corolario de las huelgas que se estaban realizando para conseguir la jornada de ocho horas. Provocadores al servicio de la burguesía lanzaron una bomba a las fuerzas policiales allí destacadas. La respuesta fue tremenda, disparando despiadadamente contra la multitud. Después, se sucedieron las detenciones de militantes obreros. Al final se condenó a muerte a los oradores del mitin, a quienes se ejecutó.
Así de simple. Las fuerzas de la burguesía y del estado no se iban a dejar arrebatar los privilegios. Ahora la clase obrera a lo largo y ancho del planeta sigue -seguimos- en condiciones precarias, con jornadas agotadoras y salarios de miseria, condenada al paro y a la emigración; sigue siendo tratada como si fuera bestia de carga, destinada a sufrir las guerras que el Capitalismo organiza para "reordenar" sus negocios. Ante esto, ¿por qué no nos rebelamos los trabajadores del mundo entero? Sencillo; la burguesía emplea varias armas. Unas directas y brutales: el paro, la represión despiadada y la guerra. Otra mucho más "suave" y eficaz: los sindicatos. Sí, los sindicatos. Aunque fueron creados por los propios trabajadores como instrumento de lucha, la burguesía ha conseguido domesticarlos. En España, por ejemplo, los sindicatos sirven de colchón donde se amortiguan las reivindicaciones obreras. Y es curioso, porque en nuestro país la tasa de afiliación sindical es una de las más bajas del mundo. Pero para suplirlo están los Comités de Empresa, herencia directa del franquismo, establecidos para imponer la "paz social", es decir, que todo siga como está. Para que esto funcione, basta con subvencionar a los sindicatos que se prestan al juego electoral, que son casi todos.
Y hablando de juego electoral, se nos convoca a elecciones municipales y, en algunas regiones, también autonómicas. Se trata de elegir quién nos va a robar y a destrozar nuestro entorno en los próximos cuatro años.
Ni que decir tiene que los anarquistas no acudiremos a las urnas. Entre otras cosas porque no creemos en la democracia parlamentaria, ya que la consideramos como la moderna forma enmascarada de dominio, la fosa en la que se sepulta toda expresión de libertad.
Seguimos pensando en una sociedad sin explotadores…

A. G. Subir


 

La revuelta de los pobres

El Jueves Santo es el Jueves Santo

Anarquía y sindicalismo

 

Otra forma de hacer eso que llaman arte. Introducción al Fluxus

Ibsen y los anarquistas

Primero de Mayo