PERIODICO ANARQUISTA
Nº 273
 ABRIL 2011

 

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No tenemos miedo

Esa es la frase que repetían incansablemente en los entierros multitudinarios de los asesinados durante la revuelta en Libia.
Tras décadas soportando regímenes corruptos y autoritarios, los pueblos del Norte de África y Oriente Medio se han levantado, hartos de la falta de libertad, trabajo y justicia, añadido al aumento de los precios de los productos básicos para la vida.
Estos regímenes han basado su supervivencia en la existencia de unas policías y unos ejércitos absolutamente utilizados por los autócratas de turno para su propio beneficio particular. También para vergüenza de las "democracias" occidentales, han tenido el apoyo constante y decidido de estos gobiernos "demócratas" parlamentarios y de sus multinacionales que, a cambio de obtener las riquezas naturales de estos pueblos obtenidas a base de la explotación de los trabajadores de dichos territorios, han apoyado vergonzosamente hasta el último momento a sápatras gobernantes, a los que ahora en un ejercicio de inmenso cinismo e hipocresía retiran su apoyo, apuntándose al carro de las rebeliones victoriosas. Es lo que existe en estos círculos: negocios, ventas de favores, corrupción, pactos inconfesables, nepotismo… Por supuesto, las ideas de justicia, ética, libertad, igualdad, solidaridad con los desfavorecidos, son absolutamente despreciadas y anuladas por los autócratas árabes y sus amigos de los pulcros gobiernos del mundo rico.
Además, "los medios de comunicación" occidentales siguen jugando a tres bandas, confundiendo a la población: en primer lugar, no desacreditan a los tiranos hasta que no los ven derrotados, claramente; en segundo lugar, saludan hipócritamente la llegada de la "democracia" de corte occidental a esos países (cuyos gobiernos tan demócratas han sido cómplices de la opresión de los tiranos contra su propio pueblo); y, en tercer lugar, siguen agitando el espantajo del islamismo, para que la población de aquí y de allí vea con prevención las revueltas.
Lo cierto es que estos levantamientos populares tienen más que ver con unas míseras condiciones de vida y una falta tremenda de libertad y justicia que con planteamientos religiosos.
Vivimos tiempos convulsos. Algo está cambiando en el mundo. Los levantamientos populares contra los recortes sociales y económicos en diversos países de Europa y América impuestos por los Estados y el Capital y, ahora, con más fuerza aún, las rebeliones de los pueblos contra las tiranías de lo que denominamos Mundo Árabe están marcando un antes y un después. El pueblo de dichos países ha descubierto que el poder para actuar está en sus propias manos, que sus condiciones de vida dependen de ellos mismos, que la calle, y no los parlamentos, es el lugar de lucha donde se pueden cambiar las cosas y recuperar la dignidad, la libertad y la justicia social, que la calle es un buen lugar para cambiar el rumbo de la historia que nos han marcado los poderosos.
Los anarquistas apoyamos la presencia del pueblo en la calle. No sabemos exactamente los derroteros que tomarán estos levantamientos populares. Para nosotros lo ideal es que estos pueblos acaben con el yugo del Estado, el Capital y la Religión, haciendo que en sus sociedades se desarrolle la libertad, la igualdad y el apoyo mutuo en toda su extensión. Pero eso va a depender fundamentalmente de esos pueblos.
Los anarquistas apoyaremos los pasos que se den en esa línea, así como a las personas y organizaciones libertarias que están participando activamente en esas luchas.
Y, por último, saludamos y apoyamos a todos los que en el mundo han perdido el miedo y han decidido, frente a todo un sistema de opresión, tomar las riendas de sus vidas con sus propias manos. Cuando el pueblo pierde el miedo, los opresores y explotadores tiemblan. La libertad es contagiosa.

Secretariado de la IFA Subir


Cibeles, Attis y la Semana Santa

Es práctica habitual de todas las formas religiosas, cuando conquistan una nueva plaza (además de valerse de la crédula ignorancia de la gente), el intentar reemplazar en su totalidad a la religión profesada anteriormente en el espacio ocupado (1). Esto se intenta tanto físicamente: utilizando sus lugares sagrados, o derribando sus antiguos templos y edificando sobre sus ruinas; como psicológicamente: con nuevos mitos, símbolos, rituales y formas morales; así como en el plano temporal: situando sus conmemoraciones y festividades donde estaban las anteriores.
Sin embargo, ninguna de estas formas, habitualmente, se consigue por completo sin pasar primero por lo que se denomina un "sincretismo religioso", que consiste en asimilar parte del antiguo culto modificando algunos elementos de la estructura de la nueva religiosidad, gracias, por un lado, al aspecto económico y el aprovechamiento de los antiguos espacios sagrados y sobre todo a los nuevos creyentes que consciente o inconscientemente se resisten a abandonar, totalmente, sus antiguas prácticas.
En lo que respecta a la forma física de dichas usurpaciones, y hablando de la religión católica, tenemos en este país innumerables ejemplos, tanto dentro de él, donde mezquitas y sinagogas fueron transformadas en iglesias o derruidas para construir encima templos, conventos o abadías; como en nuestras "conquistas" por esos mundos de Dios (del dios católico, naturalmente -al menos desde que llegamos allí-), donde con el paso del tiempo van apareciendo restos de edificios religiosos más antiguos debajo de las nuevas iglesias cuando éstas se caen de viejas, a consecuencia de otros avatares del destino, como incendios, terremotos o, simplemente, en el transcurso de alguna reforma. Sí, la Iglesia católica ha sido la campeona en esto de usurpar espacios sagrados de otras creencias. Hasta la basílica de San Pedro y los Palacios Pontificios están asentados donde en un tiempo se encontraba un santuario dedicado al culto de Cibeles y de Attis -y, seguramente, su centro de difusión por todo el Imperio Romano (2).
También en el plano psicológico tenemos muchos ejemplos; así, nos muestra Marcel Simón en "Hercule et le Christianisme", cómo las religiones cristianas están construidas sobre un arquetipo base: el mito de Heracles -el Hércules romano. Se trata del hijo de Zeus y de una mortal -Alcmena-, que es sometido al martirio de doce trabajos por orden de Euristeo -rey de Argólida, una región de Grecia- (el primero de los cuales, matar al león de Nemea, es el mismo que se reproduce en el logo histórico de la CNT -qué ironía ¿verdad?-). Heracles a pesar de todo, y en contra de lo esperado, sale victorioso de todas las pruebas. No obstante, le espera una muerte cruel a través del fuego que, sin embargo, le purifica, y asciende a los cielos donde adquiere la inmortalidad como recompensa por sus sufrimientos.
Aunque esta fuente no es la única ni la más primitiva de las que bebió el cristianismo pues, igualmente, nos enseña el documental "Zeitgeist" (3) en su primera parte, cómo el cristianismo no es más que una vulgar copia de los mitos de los dioses solares de la antigüedad (que débiles mentales creen a pies juntillas).
Pero, todas estas mitologías a su vez y en especial el cristianismo, emanan del chamanismo clásico, donde el chamán (o brujo, como se le quiera llamar), con su magia, expulsa a los demonios y cura a los enfermos. ¿Os suena esto?
Sí, seguro que os suena, pero no es el único punto en el que coinciden el chamanismo y es cristianismo, así, la ascensión simulada al cielo, generalmente con la ayuda de una montaña, un árbol o un poste, constituye el rito esencial de la consagración chamánica de los pueblos altaicos (4), casi uno de los únicos grupos que hoy sigue practicando el chamanismo (Jesús contó, además de con el palo y el monte -el Gólgota-, con la inestimable ayuda de los romanos).
De la misma manera vemos cómo las plegarias que el chamán, entrando en éxtasis, lanza a Bai Ülgän -el dios chamánico de los tártaros altaicos-, que permanece "en medio del cielo, sentado sobre una montaña de oro" (5) (como el Santo Padre en la Colina Vaticana), se parecen sobremanera al Padrenuestro:
"Tú, Ülgän, creaste a todos los humanos...
Tú, Ülgän, nos dotaste a todos de ganados.
¡No nos dejes caer en el dolor!
Haz que podamos resistir al Maligno,
no nos hagas ver a Körmös (el espíritu maligno),
no nos entregues en sus manos...
¡No condenes mis pecados!" (6)
¿O será el Padrenuestro el que se parece, de forma sospechosa, a estas plegarias?
O como el Num de los samoyedos que, omnipotente (no es el único), ve y conoce cuanto ocurre en la tierra, recompensa a los que hacen el bien y castiga a los pecadores, habita en el séptimo cielo y no se le representa mediante imágenes (7). En estos dos últimos rasgos Num se parece más a Alá que a Yahvé, aunque a éste y a las demás figuras cristianas, también estaba prohibido representarles mediante imágenes, hasta el siglo III, que fue cuando se descubrió el negocio; y no solo de su comercio, sino también del atractivo que representaba la posibilidad del milagro. Un atractivo que han seguido haciendo "efectivo" hasta nuestros días.
Hasta estos cielos no solo llegó Mahoma -como él mismo nos cuenta-, en sueños y a lomos de un buraq -una especie de burro con alas y cabeza de mujer-, o San Pablo, que -según el "Apocalipsis de Pablo"- llegó hasta el décimo, sino que ya eran prácticas habituales de los antiguos chamanes (por lo que ya no me queda la más mínima duda ¡existen!).
Y es que las hazañas del chamán en el otro mundo, las pruebas a que es sometido durante sus descensos extáticos a los infiernos -también bajó Jesús cuando cascó, como refiere el "Credo de los Apóstoles"; aunque no nos cuenta nada de sus andanzas por allí- y en sus ascensiones celestes, recuerdan a las aventuras de los héroes que pueblan la literatura épica, de los personajes de ciertos cuentos populares (precisamente los más fantásticos) y (cómo no), de los mensajeros divinos, guías y fundadores de religiones. Pues ¿no es la religión un cuento para niños? Eso sí, un cuento terrible que transfiere al mundo real sus tentáculos y su horror.
Pero (¿desconociendo todas estas similitudes?) las autoridades eclesiásticas estimaron que las técnicas extáticas y las prácticas mágicas estaban inspiradas por el diablo y no dudaron en acosarlas, acorralarlas, y exterminarlas allí donde pudieron (a "fuego vivo", en algunos casos). El "hijo" persigue al "padre"... y lo mata.
Y no solo de las prácticas chamánicas toma sus raíces el cristianismo. Hasta más atrás nos podríamos remontar en el tiempo y en la evolución de estos "cuentos" y así veríamos, por ejemplo, cómo resucita la religión católica del totemismo primitivo el rito de la Comida Totémica y lo convierte en el Sacramento de la Comunión, pero que en el fondo se ve bien claro que no es más que lo mismo: el consumo ritual, por parte de la comunidad entera, de la carne y la sangre del animal totémico que es considerado como el padre de la estirpe. En el fondo, Dios Padre (aunque sea en el "Cuerpo de Cristo") y animal tótem, no son sino la misma cosa.
En el plano temporal también tenemos gran cantidad de ejemplos, así, la fiesta de San Jorge en abril reemplazó a la antigua fiesta pagana de la Pailia, San Juan Bautista sustituyó a las fiestas gentiles del agua y del fuego del solsticio estival, la fiesta de la Asunción de la Virgen, el 15 de agosto, desalojó a la diosa Diana de su día y el día de Todos los Santos, el primero de noviembre, oculta el año nuevo celta y la fecha en que se creía, y no solo entre los celtas, sino en casi toda Europa, que las almas de los difuntos volvían a sus antiguos hogares.
Y, a pesar de que los Evangelios no dicen nada con respecto al día de nacimiento de Jesús -y es por ello por lo que al principio no se celebraba; aunque luego, pasado algún tiempo, se acordó hacerlo el 6 de enero-, en el siglo IV se hace coincidir la fecha de su alumbramiento con -entre otros dioses solares como Apolo, Helios, etc.- la del dios Mitra, que ya contaba con un culto de milenios. ¿O fue casualidad que los dos nacieran el 25 de diciembre -aniversario del Deus Sol Invictus (hasta que llegó el "Cristus")-, y que, además, tuvieran creencias semejantes sobre el fin del mundo, el juicio final y la resurrección de los muertos? (8)
Un sincretismo particular, en el plano temporal, podría haber ocurrido con la Semana Santa católica, cuyos inicios no están demasiado claros, pero donde encontramos sospechosas similitudes con otros ritos más antiguos.
Así, cuando la religión católica se impuso (por la fuerza, como a partir de entonces ya nunca dejaría de hacerlo) sobre la mitráica y el culto frigio (9) de Cibeles y Attis -además de sobre otros más minoritarios-, que habían convivido con ella en la Roma de los primeros siglos de Nuestra Era, podría haber bebido sincréticamente la católica de la frigia y haber ocupado, en muchos aspectos, su lugar.
La genealogía de estos dioses tiene infinidad de variantes, gracias a su extraordinaria antigüedad, sobre todo la de Cibeles, que se la venera, al menos, desde el neolítico. Aquí vamos a tratar de resumir las más aceptadas.
Cibeles era la Madre Tierra frigia y su historia representa en muchos aspectos al dios andrógino primordial, presente en innumerables mitologías. Y Attis era un dios local de la vegetación que acabaría sus días asimilado al sol y convertido en el centro de la teología solar romana. Estos dioses frigios, a los que se atribuía multitud de milagros, fueron adoptados e introducidos en Roma, hace poco más de dos mil doscientos años, durante el mandato del emperador Septimio Severo.
Pero mucho antes de llegar a Roma, el culto de estos dos dioses se había propagado ya por Grecia, donde sufriría ciertas modificaciones; así, según algunas tradiciones recogidas por Pausanias (10), Agditis es un monstruo hermafrodita, que nace de una piedra que Zeus dejó embarazada cuando en su sueño dejó caer su simiente en la tierra o, según otra versión, intentando poseer a Rea, su madre (y tía, pues era a la vez esposa y hermana de Cronos, su padre, con el que Zeus se enzarzara en una guerra -la Titanomaquia-, con ayuda de sus hermanos, después de habérselos hecho regurgitar a su padre, que se los comía según iban naciendo... pero eso es otra historia).
Agditis es, por miedo -pues parece que su libinosidad, dirigida igualmente tanto a hombres como a mujeres, no tenía freno-, castrado por los dioses con engaños: le emborracharon y, una vez dormido, le ataron una cuerda a los genitales, con la que al despertar, furioso, y salir corriendo, él mismo se los amputó.
Del órgano del monstruo brotó entonces un almendro con los frutos ya maduros, uno de los cuales lo colocó Nana, la hija del río Sangario, entre sus pechos, de donde fue absorbido inmediatamente -o fue ingerido por ella, como se dice en otra versión-. Bueno, el caso es que con el fruto del almendro -en la cosmogonía frigia se representaba como un almendro al padre de todas las cosas-, Nana, aún virgen (como cualquier madre de un dios que se precie), quedó embarazada.
¿Fantástico todo esto? Pues, ¿se queda atrás la Historia Sagrada con sus historietas pre y post-cristianas, nacidas estas últimas a la sombra de la vida de un personaje que, puesto que no hay ni una sola prueba que lo confirme, posiblemente ni siquiera existió? ¿No son fantásticos, su Padre Celestial, su creación en siete días, sus ángeles y arcángeles, sus demonios, su Paraíso Terrenal, su Santísima Trinidad, su Apocalipsis y su Juicio Final, su Cielo, su Infierno y su Purgatorio (ah no, este último no, que dejó de existir hace unos meses), su Inmaculada Concepción, sus sanaciones y conversiones vitivinícolas (¿¡Viva el vinooo!, diría también Jesusito, como nuestro amigo Rajoy?), sus multiplicaciones, flotaciones, resucitaciones, ascensiones, etc., etc., etc.?
Y es que no eran más ingenuos los antiguos creyentes que los modernos, sino que creían, como creen ahora millones de incautos, lo que les cuentan de pequeñitos.
Al dar crédito tanta gente a todas estas paparruchas, se demuestra lo grande que es el poder hipnotizador (¿o debería decir idiotizador?) de la fe religiosa que, por muy absurdo que sea todo lo que nos cuentan sus defensores a poco que se observe con un mínimo de rigor, no somos (ni seremos) capaces de hacerles ver lo ridículo de sus postulados.
También nos parece sospechoso lo prestos que están a alimentar esta fe unos señores que se erigen en intermediarios entre este mundo y el inventado a cambio, únicamente, de nuestra más total y absoluta sumisión en todos los aspectos. Solo nos queda saber si -sobre todo los grandes jerarcas, pero también los pequeños defensores de la fe- creen lo que predican o si, como León X (11), lo hacen solo por su rentabilidad; aun a sabiendas de que el poder hipnótico del absurdo crea seguidores que, al final, son más fanáticos, radicales e intransigentes cuanto más lejos están sus dogmas de la realidad, con el peligro que ello conlleva y el rastro que ha dejado -y sigue dejando- de sangre, dolor y muerte a lo largo de la historia.
Y todo esto ocurre no solo a través de la religión, sino también con cualquier otra forma de afirmación mentirosa e interesada, como en este país hemos tenido ocasión de comprobar durante cuarenta años seguidos, y que algunos idiotas (y otros tertulianos, articulistas y politicastros fascistas de la derecha "democrática" española) siguen añorando (aunque no lo digan).
Pero, sigamos con el tema, Nana dio a luz un niño al que abandonaría en el río Sangario (cómo me recuerda esto, entre otras muchas (12), a la historieta de Moisés). Allí le encontró el propio Agditis, que ya castrado pasaría a denominarse Cibeles, quien lo crió -un macho cabrío según otros relatos (que no sabemos de dónde sacaría la leche para amamantarle). Cuando creció, lo hizo con una belleza sobrehumana, fue amante de su padre/madre-adoptiva Agditis/Cibeles, y hasta de su bisabuela, la madre de Zeus (que debía de estar buenísima, cuando era perseguida por su propio hijo y amada por su bisnieto). En fin, todo quedaba en familia.
Más tarde, el día de la boda de Attis con la hija del rey de Pessinus, se presentó Cibeles, que le amaba (y no como madre precisamente), en la sala del festín. Los asistentes se sintieron arrebatados por la locura, el rey se amputó los genitales y Attis, que huyó, se mutiló también bajo un pino, muriendo desangrado allí mismo (13), aunque luego renacería, también en forma de pino -al menos en la versión asiática que nos ha llegado.
Las fiestas de estos dioses frigios, en la antigua Roma se oficiaban en el transcurso de una semana durante el mes de marzo, alrededor del equinoccio de primavera y, "podemos suponer que debían diferenciarse muy poco o quizá nada de su original asiático" (14).
La Semana Santa católica no coincide hoy en el calendario, aunque sí lo hizo en sus inicios, y es por eso que, es su tiempo, hubo polémica entre los seguidores de ambos cultos. Los de Attis argumentaban que al ser el suyo más antiguo, era el original, pero este argumento fue facilmente refutado por los cristianos que, admitiendo como verdad la mayor antigüedad del rito frigio, descubrieron en ello la argucia de Satán que lo había colocado ahí previendo las mismas fechas para la Pascua de Jesús (15); sin comentarios. Luego, tras el Edicto de Milán (año 313) la Iglesia católica se encargó de borrar sistemáticamente las señas de identidad de los demás cultos, incluido éste, por supuesto.
En la actualidad, y desde el Concilio de Nicea (año 325), se sigue teniendo en cuenta, como referencia, el equinoccio vernal a partir del cual se tomará el primer domingo -día del sol- después de la primera luna llena para conmemorar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret, y ocupar el tiempo en que se celebraba la resurrección anual del dios Adonis -otro dios agrario, éste procedente de Siria, de mitos y ritos muy similares a los de Attis- y la pascua judía. Esto creo que lo hicieron para, después de muerto o moribundo el anterior, matar otros dos pájaros de un tiro (aunque aquí se les escapó uno); y es que matar, o inducir a ello, nunca se les dio mal a estos que se autodenominan "defensores de la vida" y que luego, además, pretenden que nosotros la hipotequemos para comprar una sillita en su cielo (eso sí, con su aval)".
El primer día -canna intrat, "la entrada de la caña"-, que nos recuerda sobremanera al Domingo de Ramos; la compañía de los canóforos llevaba al templo unas cañas recién cortadas, pues según la leyenda, el niño había sido encontrado entre las cañas del rio Sangario.
Pasados unos días, la cofradía de los dendróforos llevaba desde un bosque un pino recién cortado -arbor intrat-. El tronco era amortajado como un cadáver y a su mitad aparecía adosada una efigie de Attis. Esta era la representación del dios muerto, tal y como lo llevan haciendo tantos años los católico en "los pasos" de la Semana Santa.
El día siguiente, el "día de la sangre" -dies sanguinis-, los sacerdotes y los neófitos se entregaban a una danza salvaje al son de flautas, címbalos y tamboriles, se flagelaban hasta sangrar (como lo siguen haciendo hoy algunos católicos y musulmanes), se cortaban el cuerpo y los brazos para salpicar con su sangre el altar y el árbol sagrado y, cuando el frenesí llegaba al paroxismo, era cuando los neófitos -galli- y algunos fieles, se amputaban los órganos genitales.
Lástima que esto último no lo copiaran los neófitos católicos, pues podrían haber ahorrado así mucho sufrimiento a un gran número de chavales inocentes. No, los curas y monjas católicos solo se castran simbólicamente y a la vista está que el resultado no es satisfactorio.
A las lamentaciones fúnebres de la noche anterior, sucedía bruscamente una explosión de gozo cuando, al amanecer, se anunciaba la resurrección del dios. Era el día "de la alegría" -hilaria-, o como lo llamarían luego los católicos: "Domingo de Resurrección".
Después de un día de descanso -requietio- se iba en romería hasta el río, donde era limpiada la estatua de Cibeles -lavatio- y, al día siguiente, era cuando entraba en la "cámara nupcial" -pantos cubiculum-, como esposo mítico de Cibeles, el neófito, que ofrecía a la diosa los despojos de su mutilación.
En la tradición católica, como se habrá podido observar, además de no respetar el requietio, se condensan los otros dos ritos citados en las romerías y en las ofrendas a la Virgen del Lunes de Pascua.
También, como los católicos, tenían restricciones alimentarias y, puesto que el dios es considerado "espiga segada verde" (y tanto), estas restricciones se basaban esencialmente en la privación de comer pan; "pero en cambio no en la de comer faisán ¡golosa abstinencia!" -gulos abstinentia-, protestaría luego por ello San Jerónimo.
Además, el banquete ritual consistía en la ingesta del pan y el vino (¿a qué me recuerda esto?), y es por ello que Firmico Materno (16) lo interpretaría como equivalente demoníaco y funesto de la Eucaristía en su obra "De errore profanarum religionum", escrita poco tiempo después de su conversión al cristianismo, ignorando que este rito era mucho más antiguo que el suyo (17).
Conclusión: que se parecen tanto el culto frigio y el católico de la Semana Santa que podríamos considerar este último como el mismo de Cibeles y Attis, aunque travestido de cristiandad. Que la cultura de una sociedad se ve a través de sus ritos y costumbres. Que la tradición es algo profundo, que toca las fibras más sensibles de nuestro ser y que no hemos de verle mal alguno. Que no deben perderse los usos tradicionales, fuente inagotable de sabiduría, pues ¿quiénes somos nosotros para criticar una forma tradicional como esta? ¿Por qué habríamos de hacerlo? No, hemos de respetar las tradiciones y, sobre todo en este caso particular, no debemos ver contradicción alguna con la cultura y el buen juicio religioso. Así pues, ¿por qué pedirles a los católicos que nos dejen en paz con sus gilipolleces pascuales? No, hemos, por el contrario, de animarles a seguir con ellas, incluso, me atrevería a decir, a profundizar en ellas a través de la historia hasta llegar a sus fuentes, y entonces, alentarles a que el rito lo practiquen tal y como se practicaba en su original... sin modificación alguna.

NOTAS:
1.- Sobre todo las monoteístas, puesto que son excluyentes: "El único dios verdadero", "No hay más dios que Alá"; en contrapartida con los politeísmos, donde varios cultos pueden convivir.
2.- J. G. Frazer, "La rama dorada".
3.- http://video.google.com/videoplay?docid=694045731731727135#
4.- Altaicos: familia lingüística que se extiende desde Turquía hasta Japón, pasando por Mongolia y Siberia.
5.- Mircea Eliade, "El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis".
6.- Friedrich Wilhelm Radlov, "Aus Siberien II".
7.- Micea Eliade, "Historia de las creencias y de las ideas religiosas III".
8.- Fuente: Mircea Eliade, ídem II.
9.- En la antigüedad se denominó Frigia a una extensa región de la península anatólica atravesada por el valle del rio Sangarios (Sakarya).
10.- Pausanias: viajero, geógrafo e historiador griego (siglo II).
11.- Papa León X, en carta al cardenal Pietro Bembo: "Quantum nobis notrisque que ea de Christo fabula profuerit, satis est omnibs seculis notum" (desde tiempos inmemoriales es sabido cuán provechosa nos ha resultado esta fábula de Jesucristo).
12.- Sargón de Acad; Karna, rey de Arga; Ión, rey de Jonia (Ionia); Rómulo y Remo; Sigfrido, el heroe nórdico...
13.- Ovidio, "Fastos" (libro IV).
14.- J. G. Frazer, "La rama dorada".
15.- Ibídem.
16.- Julio Firmico Materno: escritor y astrólogo siciliano (siglo IV).
17.- Los rituales dedicados a estos dioses en la Roma antigua han sido extraídos de J. G. Frazer, "La rama dorada" y de Mircea Eliade, "Historia de las creencias y de las ideas religiosas II".

Félix Casado subir


El anarquismo de Ricardo Mella

Es una opinión bastante extendida la de que España es el país más importante en la historia del movimiento anarquista. Esta afirmación se basa, fundamentalmente, en el corolario de las realizaciones libertarias durante la Revolución de 1936-1939. Sin entrar en valoraciones, siempre subjetivas, sí podemos afirmar que los logros del periodo revolucionario se debieron a la trayectoria constante del anarquismo en tierras españolas desde, al menos, 1868. Otra opinión también generalmente aceptada es la de que el anarquismo español no tuvo teóricos, sobre todo por ser un movimiento compuesto, fundamentalmente, por obreros autodidactas. Esto no es del todo cierto.
El anarquismo español se caracterizó desde sus orígenes por su labor cultural, dirigida no sólo a la expansión del ideal anárquico sino además a la elevación del nivel cultural general de las capas oprimidas de la sociedad. Esta labor la llevarán a cabo, en un primer momento, elementos intelectuales de origen no proletario que abrazan el ideal de justicia, libertad, igualdad, emancipación y solidaridad que propugnan las teorías libertarias. Gracias a esta labor de propaganda, de entre el proletariado español destacarán militantes que contribuirán poderosamente al desarrollo teórico del anarquismo. Pero sobre todo serán los artesanos y los obreros especializados quienes sobresaldrán en estas tareas de índole teórica, sin abandonar en absoluto las labores organizativas.
Se traduce al castellano no sólo a los teóricos sociales, sino también a los científicos y a los literatos. Se crean periódicos por doquier. En un país con una enorme tasa de analfabetismo, el anarquismo surge con un marcado enfoque pedagógico u planteamientos educativos. En las reuniones obreras, los textos son leídos en voz alta para que sean comprendidos incluso por quienes no saben leer. En este crisol cultural se forjará un movimiento anarquista consciente, combativo y muy enraizado entre la clase obrera de la ciudad y, sobre todo, del campo.
Uno de los militantes anarquistas que destacan por su capacidad teórica es Ricardo Mella. Nació en la ciudad gallega de Vigo el 23 de abril de 1861 (se cumple ahora su 150 aniversario). Su padre fue un artesano sombrerero de ideas republicanas federales. Hay que decir que los republicanos federales representaban el movimiento político más avanzado del momento, incluso podríamos definirlo como "socializante"; su líder, Francisco Pi y Margall, había presidido la efímera Primera República española (1874-1874), pero también fue el introductor de las ideas de Proudhon en España, que llegó a asumir casi en su totalidad. Cuando Fanelli viaja a Madrid y Barcelona para introducir la Asociación Internacional de los Trabajadores contacta en primer lugar con republicanos federales.
A los 14 años el joven Mella abandona la escuela para ponerse a trabajar. Dos años después se afilia al Partido Republicano Federal y comienza su labor propagandista. Fundará varios periódicos. A los 17 años publica un artículo que provoca una querella judicial por la que se le condena al destierro durante dos años. Viajará a Madrid. A la vuelta funda un nuevo periódico, La Propaganda, que durará hasta 1885. Se subtitula "Semanario social, eco de la clase obrera". En esta época inicia su viraje político que le hará abandonar el federalismo republicano y abrazar el anarquismo. Influencia decisiva es la lectura de la Revista Social, editada en Madrid por Juan Serrano Oteyza (1837-1886), anarquista que influirá mucho en su pensamiento, aparte de convencerle para que estudiara ingeniería topográfica y convertirse en su suegro.
Mella destaca enseguida como escritor libertario. También como militante, participando en la organización de la Federación de Trabajadores de la Regional Española, heredera de la Internacional. Colabora en la traducción de "Dios y el Estado" de Bakunin y adopta el colectivismo anarquista, es decir, la teoría que propugna la socialización de los medios de producción pero manteniendo la propiedad privada del producto elaborado por el productor. Tiene cierta precaución ante la otra tendencia económica del anarquismo, el comunismo, por el riesgo que supone de centralización y por consiguiente creación de poder. Participa de las grandes polémicas que se producen en la prensa libertaria de la época, que se desarrollan siempre dentro de los límites de la corrección y el respeto entre compañeros. Escribe un folleto en defensa del colectivismo, pero declarando que el anarquismo no admite adjetivos (ni comunista ni colectivista) y que serán los trabajadores que hagan la revolución quienes decidirán, a través de la práctica, la fórmula económica más idónea. Esta fórmula del "Anarquismo sin adjetivos" fue enunciada por Fernando Tarrida (1861-1915) y adoptada con acierto por la casi totalidad de los anarquistas españoles. En los últimos años de su vida, Mella se orientará más hacia el comunismo, seguramente por influencia de Kropotkin y Malatesta, de quienes había traducido "La ciencia moderna y el anarquismo" y "La anarquía" respectivamente.
Cuando en el periodo revolucionario de 1936-1939 los trabajadores se apropien de los medios de producción ensayarán ambas fórmulas económicas; el colectivismo será predominante en la agricultura y el comunismo en la industria.
Mella basa la teoría anarquista en tres principios: 1) todos los hombres tienen necesidad de desarrollo físico y mental en grado y forma indeterminados; 2) todos los hombres tienen el derecho de satisfacer libremente esta necesidad de desarrollo; 3) todos los hombres pueden satisfacerla por medio de la cooperación o la comunidad voluntaria. Es contrario a todo tipo de violencia, si bien es consciente de que la burguesía no se dejará arrebatar facilmente sus posesiones y privilegios. Propugna una organización económica de la sociedad, alejada de la política, con una defensa a ultranza del individuo. El objetivo es la consecución de la "nueva humanidad". Su crítica moral al poder es demoledora.
En 1885 se celebró en Reus (Cataluña) el Primer Certamen Socialista. Estaba organizado por los anarquistas de la localidad y el objetivo era crear un auténtico cuerpo de doctrina anarquista. Mella presenta dos trabajos: "Diferencias entre el comunismo y el colectivismo" y "El problema de la emigración en Galicia". El éxito del Certamen hace que se repita cuatro años más tarde, esta vez en Barcelona. Este Segundo Certamen Socialista es considerado como un acontecimiento excepcional por la calidad de los trabajos presentados. También de este Certamen sale la canción "Hijos del Pueblo", que se convertirá en un himno muy cantado por los anarquistas de habla hispana de ambos continentes; su autor esconderá su identidad tras las iniciales RCR. Hay que decir que estos certámenes se llamaron "socialistas" para no ser prohibidos por la autoridad gubernativa, que no habría tolerado que se denominaran "anarquistas". En esta segunda convocatoria Mella presentó: "La anarquía: su origen, progreso, evoluciones, definiciones e importancia actual y futura de este principio social", "Breves apuntes sobre las pasiones humanas", "La Nueva Utopía" (novela de política-ficción), "El colectivismo", "Organización, agitación, revolución" y "El crimen de Chicago", obra que relata los sucesos del 1 de mayo de 1886 en los que se lanzó una bomba a la concentración obrera que reivindicaba la jornada de 8 horas, con la consiguiente inculpación de los anarquistas -que habían organizado la manifestación- y el posterior ajusticiamiento de varios de ellos. Es el origen de la celebración del Primero de Mayo, después olvidado en el marasmo de las celebraciones oficiales que han domesticado lo que en origen fue una jornada de lucha.
En 1887 encontramos a Mella trabajando de topógrafo en Sevilla. Allí funda el periódico La Solidaridad, aparte de publicar algunos folletos. A partir de ahora publicará artículos en muchos periódicos libertarios de dentro y fuera de España. En 1893 aparece su obra "La coacción moral", brillante estudio sociológico en el que afirma la posibilidad de una sociedad libre, sustentada en la igualdad de condiciones y sin ningún tipo de gobierno. Define la coacción moral como "la influencia, o si se quiere, la presión que en nuestro ánimo ejercen los sentimientos de nuestros semejantes, presión que (…) tiene carácter de reciprocidad y de ningún modo obedece a cálculos determinados y descansa únicamente en el voluntario acatamiento que los individuos prestan a todo aquello que juzgan equitativamente y que saben es reconocido como tal por sus conciudadanos". Fundamenta el ideal anarquista sobre la libertad individual ilimitada, sin renunciar en ningún momento al naturalismo inherente a la doctrina ácrata y, por tanto, a la vida de relación entre los hombres. En consecuencia, cree que sin independencia personal el individuo queda anulado, pero que sin asociación de individuos la vida es imposible.
En 1894 se publica en castellano la obra de Lombroso "Los anarquistas". Mella, que lee el libro del insigne criminólogo con auténtica fascinación, se desilusiona ante tal cúmulo de incongruencias, sobre todo por la identificación que hace entre revolución y criminalidad; un par de años después, afincado otra vez en Vigo, publica "Lombroso y los anarquistas", su primer libro, que tiene mucho éxito y es traducido al italiano y al holandés. En junio de 1896 se produce en Barcelona un suceso que la propaganda gubernamental achaca sin pruebas a los anarquistas: la explosión de una bomba al paso de la procesión del Corpus. Son detenidos más de 400 anarquistas, de los cuales algunos serán torturados salvajemente en el castillo de Montjuich y cinco de ellos fusilados. Mella, que rechaza los atentados terroristas, escribe en defensa de los acusados su folleto "La barbarie gubernamental". La represión estatal consigue su objetivo de hacer caer al anarquismo en una espiral de violencia: en agosto de 1897 es asesinado Antonio Cánovas, presidente del Gobierno, por el anarquista italiano Michele Angiolillo. En el juicio que le condenó a muerte declaró haber cometido el magnicidio para "vengar los sufrimientos de los que habían sido torturados en Montjuich".
El movimiento anarquista es fuertemente golpeado; también sus estructuras organizativas. A la hora de reorganizar el anarquismo, Mella es partidario del pacto simple basado en la solidaridad y en la igualdad, para no caer en el dirigismo. Alerta del peligro de la supeditación de la libertad individual en las organizaciones libertarias. Critica la delegación, las votaciones y el aparato burocrático de la antigua sección española de la Internacional. Lo que propugna es un pacto libre que una en la solidaridad a los diferentes grupos anarquistas, algo no muy distinto al pacto asociativo que, veinte años más tarde, Fabbri y Malatesta redactarán para la Unión Anarquista Italiana.
En los años finales del siglo XIX y primeros del XX, Mella dará a la imprenta varios trabajos: "La ley del número", "Del amor: modo de acción y finalidad social", "Táctica socialista" y "La bancarrota de las creencias", aparte de seguir colaborando con la prensa libertaria. El primer folleto citado enjuicia la ficción democrática, la ineficacia de la ley de mayorías; el último combate el jacobinismo anarquista y provoca encendidas polémicas.
En 1901 Francisco Ferrer (1859-1909) crea la Escuela Moderna, la realización pedagógica quizá más importante del anarquismo. Mella, que plantea una enseñanza científica y antidogmática alejada de la política, critica la obra de Ferrer por el riesgo a impartir una enseñanza excesivamente dogmática. Se opone a quienes desean hacer de la enseñanza racionalista un instrumento para la expansión de la doctrina anarquista, en lo que coincide con el propio Ferrer. Recalca Mella: "La escuela no debe, no puede ser ni republicana, ni masónica, ni socialista, ni anarquista, del mismo modo que no puede ni debe ser religiosa (…) hay que instituir la enseñanza arrancando a la juventud del poder de los doctrinarios, aunque se digan revolucionarios".
En materia religiosa, Mella destaca como crítico furibundo. Alejado del recurrente "ascetismo ácrata", plantea la satisfacción de las necesidades corporales de modo natural y espontáneo. Opone a la caridad cristiana la solidaridad humana.
Por iniciativa de Mella surgirá en 1910 el periódico El libertario, cuya redacción pasa por las ciudades de Gijón, Vigo y Madrid, y durante una época tendrá que cambiar la cabecera por la de Acción libertaria para burlar la censura gubernativa. En este periódico colaboran los más destacados propagandistas libertarios del momento.
También es 1910 un año determinante en el movimiento libertario español. Como corolario de un proceso federativo entre las distintas sociedades obreras, se crea la Confederación Nacional del Trabajo. Mella saluda con entusiasmo la creación de este gran sindicato revolucionario, aunque igualmente expresa sus reservas en cuanto a la organización, por lo que puede tener de burocrática. Por motivos similares se opone ferozmente al regionalismo, incluso combatiendo la tesis de Kropotkin a favor de las nacionalidades oprimidas.
En 1914 es nombrado director-gerente de la Compañía de Tranvías de Vigo, cargo que ejercerá hasta su muerte de forma honesta y sencilla. Al estallar la Primera Guerra Mundial se declara aliadófilo, postura a la que se opone la casi totalidad de los anarquistas españoles, consecuentes con el pacifismo libertario. Este hecho provoca la retirada de Mella de toda militancia. Tan sólo publica algún artículo en la revista mensual Renovación, que aparece en 1916 y cuya cabecera sugiere él mismo, en una clara alusión a la necesidad del anarquismo de renovarse constantemente.
Ricardo Mella muere en 1925. Su entierro constituye una emotiva manifestación de dolor popular en el que millares de personas acuden al cementerio civil de Vigo. Errico Malatesta escribe:

"Ricardo Mella, que merecería ser más conocido fuera de España, fue uno de los mejores teóricos del anarquismo y sus escritos, que serán recopilados y difundidos por los compañeros de lengua española, son un modelo de razonamiento clarividente y de forma, al mismo tiempo, elegante y popular.
Mella pertenece a la escuela de los primeros bakuninistas españoles. Llegado, muy joven aún, al anarquismo desde las filas del partido federal, fue uno de los primeros propagandistas en España de la Alianza de Bakunin y de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Desde 1882 hasta 1914 desplegó una actividad extraordinaria.
Luego estalló la guerra. Mella, por un error en el que nosotros no caímos, creyó en las mentiras que las dos partes enfrentadas propagaban para esconder sus fines capitalistas y fue partidario de los 'aliados'. Pero el error, en él como en Kropotkin, Cherkesov (también muerto hace poco) y otros, fue causado por su gran amor por la justicia, la paz y la libertad. Pero la bondad de las intenciones y la sinceridad no pudieron impedir que se encontrase en una posición falsa frente a la masa de los anarquistas -en donde había muchos discípulos suyos- que con esto no estuvo de acuerdo. Desde entonces cesó casi su actividad literaria.
Ricardo Mella gozó de la estima de los mismos adversarios, por la rectitud de su carácter y la fuerza de su ingenio, siendo profundamente querido por los compañeros y por el proletariado español al que había consagrado su vida" (Pensiero e volontà, nº 13, Roma, 16 octubre 1925).

Como resumen de sus teorías, podemos decir que Mella defiende la idea y la revolución interna y personal, la autorrevolución, incluso más que la acción misma. Lo importante para él es el ejemplo personal y la coherencia en la conducta, que debe llevar a una rebeldía contra toda autoridad impuesta y contra todo intento de comprometer la libertad individual, y que gracias a la misma expansión del ideal, dará paso a la revolución auténtica.

Alfredo González Subir


La experiencia olvidada
1974-1975: la revolución de los claveles

En la madrugada del 25 de abril de 1974, una parte del ejército portugués, bajo el mando de los oficiales del Movimiento de las Fuerzas Armadas, MFA (1), lanza una operación destinada a derribar el gobierno post-salazarista de Caetano.
Desde hace trece años, el régimen fascista portugués estaba enredado en una guerra con las colonias africanas (Guinea-Bissau, Angola y Mozambique). Parecía incapaz de recuperarse (2). Los gastos militares representaban una carga asfixiante para la economía y penalizaban la necesaria modernización del Estado. Amenazados durante cuatro largos años de servicio militar, muchos jóvenes proletarios preferían emigrar, huir de la pobreza y el uniforme. Sin embargo, y a pesar de la fuerte represión policial, las luchas obreras no han conocido tranquilidad desde mediados de los años sesenta, y los sectores capitalistas modernos aspiran abiertamente a una transición hacia un régimen democrático parlamentario. La guerra colonial no se podía ganar y aparecía a los ojos de la población como un factor de inmovilismo. Hacía falta pasar página a toda costa.
Una vez desencadenado el golpe, el pueblo de Lisboa y de Oporto acude en masa a las calles, desafiando las consignas militares que pedían a la población que permaneciera en casa escuchando la radio y contemplando los acontecimientos en la pequeña pantalla. Por todas partes, desde las pequeñas ciudades hasta las olvidadas aldeas de lo más recóndito del país, el rechazo del régimen deshonroso va acompañado de una oleada de protesta social que no había sido prevista por los conspiradores condecorados. Así fue como dos años de intensa agitación social y política transformaron un golpe de Estado militar en una "revolución de los claveles" (3).
Desde los primeros días, los militares se vieron superados por los acontecimientos. En particular, la exigencia popular de detener el envío de nuevas tropas a África y del regreso inmediato del contingente precipitaron la búsqueda de una solución política a la cuestión colonial. Las manifestaciones por el fin de la guerra se sucedieron, las revueltas impidieron el embarco de las tropas, mientras que en África se rebelaban los soldados, dejando las armas y exigiendo volver.
Dos meses más tarde, en julio de 1974, los jefes militares hablan de la necesidad de transferir el poder a las organizaciones nacionalistas africanas que llevan la lucha armada en las colonias. Eso se logrará un año más tarde. La movilización popular contra la guerra impone de hecho el fin del colonialismo; es un hecho histórico definitorio e irreversible de la revolución de los claveles. Las concesiones hechas a toda prisa a las organizaciones nacionalistas -expertas en la guerra de guerrillas pero sin preparar para asumir el nuevo poder del Estado postcolonial- sólo fueron la respuesta burguesa a esta aceleración de la Historia.

La izquierda patriota contra las huelgas
Pasados los primeros días de fiesta en las calles, la agitación se desplazó a los lugares de trabajo. El fin del antiguo régimen significa, sobre todo, la posibilidad de reunirse y discutir libremente: en una palabra, el fin del miedo. Para los explotados, la arrogancia patronal, la dureza de las relaciones laborales y las vejaciones del asalariado se asimilaban al fascismo. Se organizaron asambleas y se intentaron las primeras ocupaciones. Inquieta, la junta militar condena las huelgas, las reuniones y los ataques contra la jerarquía de las empresas.
Una vez más, las consignas son ignoradas y el movimiento actúa como una mancha de aceite. Se reclama el aumento de los salarios, las vacaciones pagadas, la reducción de los horarios de trabajo y el fin del trabajo a destajo. Se expulsa a los chivatos, a los jefecillos y a los jefes de personal, muy a menudo ligados a la antigua policía política.
El Partido Comunista se posiciona contra esas acciones: "Vivimos en un régimen capitalista y no en un régimen socialista. Las empresas tienen propietarios. No corresponde a los trabajadores decidir quién debe trabajar o no" (4).
A veces, las reivindicaciones son poco precisas y no negociables, señal de que algo profundo está a punto de nacer: un deseo de cambiar la vida. La agitación gana las calles y los barrios, en los que se generalizan las ocupaciones de las viviendas vacías, bajo la mirada de los militares, cómplices del entusiasmo popular.
No hacía falta tanto para que la burguesía se volviera loca. En un primer momento, se adhiere al poder militar y al primer gobierno provisional -de participación comunista y socialista- que hace algunas concesiones, e instituye el salario mínimo con el fin de calmar la situación. Pero los patronos comienzan a despedir y a cerrar las empresas. Otros, ligados al antiguo régimen, emprenden la huida.

El miedo ha cambiado de bando
Rápidamente, una nueva oleada de huelgas contra los despidos invade todos los sectores, desde los servicios públicos hasta la metalurgia. Durante las primeras huelgas, los militares han intervenido como mediadores, se han presentado como aliados de los trabajadores ante los patronos, tratando de reducir los conflictos.
La huelga de Correos, en julio de 1974, y sobre todo la huelga de la compañía aérea TAP, en septiembre de 1974, marcan un giro en las relaciones entre los trabajadores, los militares y la izquierda.
Por primera vez desde el 25 de abril, los huelguistas descubren que hay unos límites que no se pueden sobrepasar, los del interés general del sistema. En junio, el ejército democrático dispara contra los presos de las cárceles de Lisboa que se han amotinado para exigir una amnistía más amplia y, unos días más tarde, los trabajadores de la TAP son sometidos al reglamento y disciplina militares. Los cabecillas son detenidos e interrogados, se examinan las fotos de los manifestantes con el fin de identificarlos y las batidas de la policía en el extrarradio están a la orden del día. Los soldados que rechazan las órdenes son detenidos.
Sin vacilar, el Partido Comunista se pone del lado de los ganadores: "En ningún país, ni los de las viejas democracias, se pueden permitir llamadas abiertas a la deserción y la agitación dentro del Ejército" (5).
En agosto de 1974, la ley elaborada por la izquierda restablece el derecho de huelga, pero prohíbe las huelgas políticas. Es el momento escogido por el Partido Comunista para lanzar una feroz campaña anti-huelga: "No a la anarquía económica", "No a la huelga por la huelga", "No a las huelgas irresponsables". Y el jefe comunista Cunhal repite: "La huelga general conduce al caos" (6). Consciente del vacío dejado por el desplome de los antiguos sindicatos fascistas, el Partido aprovecha la ocasión para crear un nuevo sindicato único (7): la Confederación General de los Trabajadores Portugueses (CGTP).

Los coordinadores
El enfrentamiento con las nuevas fuerzas del Estado, el ejército y los partidos de izquierda radicalizan las luchas obreras. Las reivindicaciones se hacen políticas, criticando explícitamente la idea del "interés general" que impone la izquierda como límite para las luchas. La amplitud de la protesta contra el orden capitalista desborda los muros de las empresas, rompe las separaciones entre los diversos campos de agitación. En este momento preciso, los estalinistas portugueses se ven incapaces de limitar la protesta a las empresas y la separación entre lugar de trabajo y sociedad civil tiende a desaparecer.
A las manipulaciones políticas, los trabajadores responden con la auto-organización y la democracia de base. El recurso a las asambleas se generaliza, se forman comisiones de trabajadores que superan las divisiones corporativistas de los nuevos sindicatos, compuestos de delegados elegidos y revocables. El gran problema concreto, inmediato, es el de la coordinación de los diversos organismos en lucha. Se da el paso: se crean dos coordinaciones. La de Lisboa, la comisión interempresas, reagrupa la izquierda sindical. Pero la voluntad de algunos militantes no podía colmar la pasividad de la mayoría de los explotados. Así, adelantándose a las condiciones del momento, esas formas de organización van a funcionar contra el objetivo buscado de autonomía. Fuertemente influidos por las corrientes maoístas y otras formaciones de vanguardia, se convierten en lugar de enfrentamiento burocrático, vaciándose progresivamente de la participación de la base obrera. A pesar del carácter "retrasado" de Portugal y de su aislamiento, que impidieron que un proceso revolucionario pudiera desarrollarse hasta el final, estas organizaciones autónomas siguen siendo la expresión de la radicalidad del movimiento. Su corta vida impide que puedan tener una resonancia internacional. Pero su actividad marcó definitivamente los meses más calientes de la revolución de los claveles.
A comienzos de 1975, la situación económica sigue degradándose: las pequeñas empresas cierran, el gran capital nacional privado se exilia y las multinacionales están a la espera. El país vive una atmósfera de protesta generalizada, mientras que el Estado se ve debilitado por la existencia de varios centros de poder.
Los trabajadores militantes están divididos. Los "realistas", que siguen las consignas de los sindicatos controlados por el Partido Comunista, plantan cara a los que se ven tentados por el radicalismo revolucionario, organizados en varias comisiones de trabajadores. El éxito de la gran manifestación del 7 de febrero de 1975 en Lisboa, organizada por la comisión interempresas, contra los despidos y la represión capitalistas, la solidaridad manifestada por los soldados encargados de proteger el Ministerio de Trabajo (controlado por los comunistas) y la Embajada americana, muestran que esa corriente aumenta en su influencia. Más que la presencia de los comunistas en el aparato del Estado, lo que inquieta a los burgueses a partir de ahora es la radicalización de la agitación social así como a los políticos y militares, garantes de los intereses capitalistas del bloque occidental.
El Partido Comunista, por su capacidad de control y de represión del movimiento huelguista, se ha impuesto en las instituciones. Por su parte, el Partido Socialista no tiene medios de hacer fuerza en el enfrentamiento social y se pone bajo la protección de la jerarquía militar. Con la tentativa de golpe de marzo de 1975, las corrientes conservadores tratan de derribar la tendencia del momento. Pero el compromiso popular, el odio al fascismo son tales que los derechistas son barridos. Ese fracaso -y el consiguiente reforzamiento de las corrientes de izquierda del Partido Comunista- abre la segunda fase de la revolución de los claveles, con la constitución de un gobierno cercano a las posiciones del Partido Comunista.

Contra las colectivizaciones
Hasta comienzos de 1975, el proletariado agrícola de los latifundios del Alentejo -región situada en la mitad sur del país- permanecía a la espera, manifestando su apoyo al Partido Comunista. El primer gobierno provisional, por otra parte, se había apresurado a legalizar los primeros sindicatos obreros agrícolas.
Durante siglos, esos obreros habían sobrevivido a un sistema de trabajo temporero que simbolizaba para ellos la explotación y la miseria capitalista. A pesar de las intenciones anunciadas por los nuevos dirigentes de tener en cuenta una reforma agraria, los grandes propietarios no cambiaron de actitud. Como siempre, los obreros agrícolas se encontraron sin trabajo el invierno de 1974-1975. En un primer momento, el descontento se expresó por medio de acciones directas -incendios de cosechas y de bienes pertenecientes a los latifundistas- y los grandes propietarios fueron blanco de atentados. A comienzos de 1975, las primeras ocupaciones de propiedades surgieron espontáneamente, al margen de cualquier iniciativa del Partido Comunista y sus cuadros sindicales. Pero los obreros agrícolas no dejaron de llamar al ejército para que resguardara sus acciones.
Dos acontecimientos políticos -que traducen un cambio en las relaciones entre las fuerzas sociales- van a acelerar el movimiento de ocupación de las propiedades: el éxito de la manifestación de extrema izquierda obrera en Lisboa en febrero de 1975, y al mes siguiente, el fracaso del golpe conservador. Durante los primeros seis meses de ese año, el movimiento de ocupación se extiende a toda la mitad sur del país, con la excepción del Algarve, región de pequeñas propiedades. Si bien la lucha del proletariado rural no toma una forma explícitamente política, de contestación anticapitalista, su objetivo es claramente derrumbar las condiciones de propiedad existentes. Para conseguir los medios de vidas, expropian los latifundios. Los ocupantes no dividen las tierras en parcelas privadas, sino que organizan colectivamente el trabajo y la producción. Se crean cooperativas por aquí y por allá, pero de manera general la nueva forma de propiedad que se pone en marcha sigue siendo vaga.
No se trata de que durante el verano de 1975 los sindicatos agrícolas vayan a retomar el control del movimiento. En julio, el poder político interviene para darle un marco legal. La ley de expropiación de tierras transforma el movimiento de ocupación y de gestión colectiva de las tierras en reforma agraria. El espíritu colectivista de los obreros agrícolas, que no habían dividido los latifundios, facilita la tarea del Estado. A partir de este momento, el Partido Comunista y los militares reprimen las "ocupaciones salvajes, oportunistas e incluso antirrevolucionarias". Porque sobre el conjunto de las propiedades ya ocupadas, una buena cuarta parte queda fuera del campo de aplicación de la nueva ley… Para el Partido Comunista, la reforma agraria ha sido siempre concebida como una acción del Estado. Desde esta óptica, la nacionalización de los latifundios es la respuesta de éstos a la colectivización espontánea de la propiedad privada por parte de los obreros agrícolas.
Y aún más, para el Partido Comunista, la reforma agraria es un punto fundamental del proyecto de socialismo de Estado, cuyo fin es la reorganización de la producción agrícola y el aumento de la productividad. Las propiedades ocupadas, cooperativas o colectividades de producción, se convierten en Unidades Colectivas de Producción (UCP) gestionadas por cargos comunistas según criterios de rentabilidad económica, y se vinculan económicamente al Estado.
El Partido Comunista toma así el control económico y político de esta región que abarca la mitad sur del país. Pero, aunque el proletariado agrícola sigue viendo la reforma agraria como una reapropiación de los medios de vida, el aumento de la productividad y del rendimiento agrícola, programados por los comunistas, encuentra una fuerte resistencia. Los obreros agrícolas han aceptado sin quejas la nacionalización de las tierras colectivizadas, pero no están dispuestos a someterse a criterios de rentabilidad capitalista, y a plegarse al aumento de la productividad del trabajo mediante la reducción de la fuerza de trabajo.

El Estado contra el "poder popular"
La institucionalización de la reforma agraria no fue un caso aislado. De marzo a agosto de 1975, el gobierno de Gonçalves -que llevaba una política dirigista de intervención en la economía conforme a su orientación comunista- trata de normalizar la situación social. Para responder a las inquietudes populares ante el paro, y bajo la presión del Partido Comunista que encuentra en ello un medio de reforzar su implantación en el Estado, el gobierno acelera el proceso de nacionalización de empresas. Reglamenta sin parar, reprime movimientos, acciones o iniciativas independientes, buscando un acuerdo con las fuerzas políticas de la derecha, y de la Iglesia católica en particular. Por medio de financiaciones, y como lo había hecho con la reforma agraria, el Estado sofoca las experiencias de autogestión en la industria. En efecto, a partir del verano de 1974, y tras la ocupación de numerosas fábricas abandonadas por los patronos, se puso en pie una red de empresas en "autogestión", sobre todo en el textil. Esas empresas siguieron funcionando según las leyes del mercado, incluso aunque hubiera intentos de instaurar una mayor igualdad en los salarios, la rotación de tareas y el cuestionamiento de la jerarquía. En efecto, los trabajadores y las trabajadoras se limitaban a vender directamente al público las mercancías producidas y no lograban su salvación sino gracias al trabajo extra y al endeudamiento con el Estado. Al margen de una experiencia limitada de autogobierno de empresa, y en ausencia de una ruptura con la lógica capitalista, la autogestión se había transformado en auto-explotación.
En un año, el Partido Comunista ha pasado de ser un grupo clandestino a ser una fuerza política dominante en el Estado, una fuerza nada comparable con su implantación social. En las administraciones públicas y las grandes empresas, en los ministerios, sus militantes o compañeros de viaje ocupan puestos de responsabilidad.
Esta rápida ascensión y ese ansia de poder cristalizan miedos antiguos y hacen nacer una nueva hostilidad. Naturalmente, el Partido es rechazado por los sectores conservadores de la población sometidos al dominio de los notables, los caciques locales y la Iglesia, que conspiran abiertamente. Pero su actitud arrogante en el aparato del Estado y en los sindicatos, sus campañas productivistas de puro estilo estalinista y su oposición a los movimientos de huelga apuntan a los trabajadores más combativos. Se organiza una nueva corriente, denominada de "poder popular". Reivindican una alternativa al poder cada vez mayor del Partido Comunista y se han implantado en las zonas urbanas de Lisboa, Setúbal y Oporto, en torno a algunas comisiones de trabajadores o de habitantes de barrios pobres, y comités de soldados, organizaciones aparecidas en el verano de 1975. Si bien las concepciones vanguardistas del maoísmo dominan, las ideas de un socialismo no autoritario comienzan también a manifestarse.
En abril de 1975 tiene lugar en Lisboa el Congreso de Consejos Revolucionarios, por iniciativa de un pequeño partido que preconiza el reforzamiento de los vínculos horizontales entre organizaciones unitarias de base. Blanco de las fuerzas reaccionarias, que lo atacan, el Partido busca momentáneamente una alianza con la extrema izquierda y las organizaciones del "poder popular", para cambiar de opinión rápidamente y ponerse del lado de los militares conservadores que preparaban el golpe del 25 de noviembre de 1975. La posición de la dirección del Partido se siente responsable. En realidad, el aplastamiento de las corrientes izquierdistas por parte del Ejército no hizo sino cumplir los designios técnicos de los comunistas. "La actitud firme del Partido frente a una situación política y contra las acciones aventureras ha contribuido mucho a que el levantamiento militar del 25 de noviembre no haya desembocado en levantamientos en masa que muchos aventureros pseudo-revolucionarios hubieran deseado provocar y que habrían tenido trágicas consecuencias para el movimiento obrero y popular". Con ese reajuste de último momento, el Partido Comunista negocia su supervivencia política en la nueva situación. En el lenguaje estereotipado marxista-leninista, "salvar el movimiento obrero y popular" significa salvar la organización.

La ausencia de "doble poder"
Los límites de la experiencia portuguesa eran sobre todo inherentes al aislamiento de aquella agitación social y política en una Europa capitalista que seguía con aprensión los acontecimientos, temiendo un posible contagio a la vecina España. Ahora bien, la transición del régimen franquista hacia una democracia parlamentaria se desarrolla sin peligro para las fuerzas del capitalismo privado. Y el proyecto de un socialismo de Estado lusitano no podía encontrar el más mínimo apoyo en un bloque soviético, por entonces ya muy hundido en su crisis mortal.
Cuando una agitación social generalizada va acompañada del nacimiento de organizaciones independientes, todo ello dentro de un marco de debilitamiento del poder del Estado, se puede plantear la cuestión del doble poder. En Portugal, tras la caída del antiguo régimen, algunos cuerpos del Estado -las administraciones locales, los órganos represivos- parecieron afectados de parálisis. Pero esas instituciones no fueron desmanteladas, con la excepción de algunos servicios con demasiadas connotaciones con el antiguo régimen y finalmente superfluos en una democracia parlamentaria. El poder político había estallado, fraccionado en varios centros siempre en conflicto unos con otros. Pero nunca estuvo vacante, y nunca hubo doble poder.
La estructura golpista del Ejército -el Movimiento de Fuerzas Armadas- ha asegurado durante todo ese periodo confuso la continuidad del Estado. El Partido Comunista y el Partido Socialista cooperaron en el aparato del Estado con el fin de hacer aplicar mejor la ley y el orden. Para asumir bien ese papel, la izquierda ha jugado con el miedo constantemente, invocando los peligros del extremismo, del aventurerismo y, por último, la amenaza del regreso del fascismo.
Por su parte, los trabajadores, que habían descubierto su fuerza colectiva, no veían menos en el Ejército que en la izquierda la garantía de sus intereses. Y las organizaciones del "poder popular", cuando se enfrentaron al Partido Comunista y al Estado, han buscado siempre un apoyo en una de las fracciones del Ejército. Como si todos esperaran de las luchas en el interior del Ejército la salida del combate decisivo. Ya fuera respetando las instituciones legitimadas por los partidos de izquierda, ya fuera respetando la fracción izquierdista del Ejército.

Los últimos focos de la agitación social
El 25 de noviembre de 1975, un segundo golpe de Estado militar restaura la autoridad central del Estado, neutraliza los centros de poder de la izquierda militar. Lo fácil de la operación demuestra que las fuerzas militares, de las que se decía que estaban en manos de comités de soldados así como de grupos de extrema izquierda formados en el activismo y poseedores de armas, no era más que un camelo.
Las organizaciones de "poder popular" demostraron ser impotentes. Las luchas políticas incesantes, las divisiones, habían terminado por desgastar a los militares, vaciando a las organizaciones de toda iniciativa y de imaginación. En un movimiento social agotado, las autoproclamadas estructuras del poder militar revolucionario no eran más que conchas vacías.
Es importante desentrañar lo que durante dos años fue el producto de prácticas rígidas del vanguardismo, y lo que fue fruto de la acción autónoma de luchas, las experiencias de autogobierno. Las acciones directas, las ocupaciones de fábricas, la coordinación de las organizaciones autónomas, las expropiaciones de tierras y viviendas, las tentativas de gestión colectiva de la producción y el intercambio de bienes, la liberación de la palabra y del pensamiento crítico, todo ello vincula la "revolución de los claveles" a las corrientes modernas de emancipación social. Buscando respuestas a los problemas del momento, los trabajadores más combativos se enfrentaron al Partido Comunista y comprendieron la necesidad de construir un nuevo contenido para la idea del socialismo. El concepto recién nacido durante ese movimiento, no partidista, simboliza bien ese paso subversivo.
El fracaso de la "revolución de los claveles" significa la victoria de la transición democrática. La clase dirigente portuguesa podrá liquidar los arcaísmos del salazarismo y crear las bases de un nuevo ciclo de explotación del trabajo. Portugal está maduro para aportar su granito de arena al edificio europeo. Terminaron los días en los que "la poesía está en la calle", por emplear la expresión del pintor Vieira da Silva. A partir de ahora, será el día a día de la grisura y la náusea de la política insignificante, con su cortejo de mediocridades, de corrupciones, de sinvergonzonerías, de oportunismo y la violencia corriente en las condiciones de vida, del trabajo y del no trabajo.

Notas:
1.- El MFA fue creado clandestinamente en marzo de 1974 por oficiales de carrera opuestos a la política colonial del régimen. Convivían en su seno diversas tendencias, que iban desde los oficiales de izquierdas cercanos al Partido Comunista y de extrema izquierda a los oficiales democráticos conservadores.
2.- De 1926 a 1974, Portugal sufrió la mayor dictadura de la época moderna en la Europa occidental.
3.- En los primeros días, el pueblo puso claveles en los fusiles de los soldados insurgentes. De ahí la expresión tomada por los medios de comunicación.
4.- Declaración de un dirigente del Partido Comunista, 5 de diciembre de 1974.
5.- Entrevista de un dirigente del Partido Comunista, Expresso, 22 de junio de 1974.
Alvaro Cunhal, 25 de mayo de 1974.
6.- Como consecuencia, la CGTP se encontró en competencia con un sindicato sometido a la socialdemocracia, la Unión General de Trabajadores (UGT).

Charles Reeve
(Le Monde libertaire) Subir


Incendies, la ruptura con el odio

La grandeza del cine, aplicable a otras expresiones artísticas, es que a pesar de observar tantas cosas cuestionables en una obra, encontramos finalmente que nos ha emocionado de veras y tenemos, a la fuerza, que reconocer su calidad y grandeza. Es el caso de Incendies, una película que ha ido acumulando buen crédito en su pase por varios festivales, avalada además por ser adaptación de una, a su vez, muy exitosa obra de teatro escrita por el canadiense de origen libanés Wajdi Mouawad. Y precisamente en el origen teatral de Incendies están tal vez los peros que pongo (insisto, con el contrapeso de una historia perfecta en su propuesta y una película de notable realización, que emociona enormemente, a pesar de la amargura de su realismo inaceptable, seguro, para algunos). Recordaré el doble uso de "teatral", como perteneciente al teatro, pero también como aquello exagerado o efectista. No tuve oportunidad de ver el montaje teatral, del que me hablaron maravillas especialmente por su puesta en escena, por lo que me comentaron de gran fuerza visual y compuesta de imágenes de una extraña belleza. Estoy seguro que hay ciertas obras que no se encuentran del todo a gusto fuera del medio intelectual o artístico en que fueron creadas. El lenguaje cinematográfico es, en mi opinión, muy diferente del teatral, especialmente si hablamos de un cine realista, social y comprometido con los valores humanos, donde se exigen unos personajes bien definidos y con motivaciones perfectamente explicadas (algo que en Incendies pasa a un segundo plano, sin caer tampoco en la unidimensionalidad). Por supuesto, esta pureza no es siempre deseable, y bienvenida sea la experimentación, el eclecticismo es siempre un factor a tener en cuenta para juzgar las cosas. Incendies está llena de eso que llamamos efectismo, pero sería indigno acusarla de algo así como "exceso de truculencia", máxime en estos tiempos que vivimos, en los que la violencia banal y el mal gusto se convierten en un habitual alimento cultural para las masas (unas masas difíciles de comprender en demasiadas ocasiones). Recordaremos que estamos en la sociedad en la que una nueva película de Torrente, saga en la que se fusionan lamentablemente personaje y creador, bate récords de taquilla. Denis Villeneuve, el también canadiense director de Incendies, definió la obra como "la partitura de un compositor clásico", inspiradora de imágenes de gran fuerza. Añadiría que se trata de una historia construida como una extraña fórmula matemática, no en vano una de las protagonistas está especializada en dicha materia, en la que la lógica es tan terrible como esperanzadora (no quiero ni siquiera insinuar la truculenta sorpresa final). Unos hijos gemelos escuchan de un notario el último legado de su madre recién fallecida; la sorpresa es mayúscula cuando esta mujer, de origen árabe (un país de Oriente Medio que nunca se nombra, aunque el escenario no es difícil de reconocer), habla de un padre que creían muerto y de un hermano del cual nunca supieron nada. Los hijos realizarán un viaje a sus orígenes, al horror que vivió una madre que nunca terminaron de sentir cercana, y solo ahora pueden comprender su valiente y bello legado. Este periplo que se realiza en la actualidad, del tiempo cinematográfico, se nos narrará paralelo al terrible viaje que realizó años atrás su progenitora. Incendies es una historia esperanzadora, solo aquellos que corten la espiral de odio y violencia, que renuncien a la venganza y a convertirse consecuentemente en verdugos, pueden transmitir un mundo mejor a los que quedan. La fragilidad del ser humano, su triste capacidad para convertirse en una pieza deshumanizada de un puzzle infernal, su facilidad para caer en el odio, conviven tantas veces con los sentimientos más bellos. Nawal Marwan, la mujer protagonista, es capaz de sentir y de generar amor al comienzo de su vida; solo el horror acaba con esa posibilidad, sin matarla del todo, por lo que su elección final resulta bella y encomiable. Resulta curioso que Villeneuve haya dicho que su película habla de situaciones políticas, pero a su vez es "apolítica", cuando menciona como uno de sus referentes el cine de Costa-Gavras, tal vez el mejor director "político" de las últimas décadas (algo que echamos de menos en el cine actual, cuando se emplean lo más viles subterfugios para negar toda posibilidad de análisis en ese sentido). Lo que el director de Incendies tal vez quiera decir es que ha tratado de huir de toda lectura política proclive al maniqueísmo, otra peligrosa tendencia del ser humano, ya que su objetivo es profundizar en la cólera de la que es capaz el hombre. En ese sentido, su propósito es digno de elogio, aunque hay que recordar que resulta casi imposible abstraerse de un contexto de poder político y religioso, y ello forma parte también de la película. Lo que se nos propone es una especie de torbellino político alrededor de los personajes, para evitar el análisis fácil de víctimas y verdugos, un rol que resulta fácilmente intercambiable; todos los actores en juego son partícipes, constructores y producto de una situación de conflictos y fanatismo permanentes. Incendies es una película muy recomendable, en una sociedad del primer mundo tan necesitada de sacudir conciencias. A pesar de ello, yo recordaría que, junto a las propuestas sentimentales, son necesarios también los análisis sociales y políticos, ya que subjetividad y condiciones objetivas se retroalimentan. Indagar en los mecanismos personales que conducen al odio está muy bien, y tal vez solo una parte de las personas posea la voluntad y fortaleza de escapar a esa situación. Por eso mismo, resulta tan necesario también desterrar la violencia y el autoritarismo de toda convivencia social y política, hacerla innecesaria, algo por supuesto indisociable de la justicia social y económica. Sigue siendo la gran esperanza para la humanidad cortar una espiral de odio y potenciar los más nobles sentimientos individuales, tal y como nos propone esta película, para fundar a continuación las condiciones sociales para ejercer la libertad (ya que los más nobles sentimientos son también colectivos).

Capi Vidal Subir


 

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