PERIODICO ANARQUISTA
Nº 268
 NOVIEMBRE 2010

 

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Y ahora, ¿qué?

Nosotros, con toda vehemencia y razón, decimos en este breve texto a todos aquellos malandrines, profesionales de un sindicalismo descompuesto que arrastra consigo al abismo de todas las decrepitudes a la España obrera, en otro tiempo revolucionaria, que basta ya de mentiras mal encubiertas detrás del antifaz burgués y estatal, que todos los años vierte cantidades de dinero inmensas para que vosotros, profesionales del delito, la trampa y el asesinato, sigáis hilvanando la red hábilmente tendida, al paso de los incautos e ignorantes de la situación sindical actual.
Mientras tanto, el sistema aprieta la soga arrollada al cuello del pueblo. La reforma laboral tantas veces repetida por boca de estos taurinos sin entrañas que después de torear al toro exhiben su cuerpo muerto ante el respetable público fascista, la reforma en el sistema educativo conocida con el plan Bolonia que sólo busca formar mercancía de autómatas dispuestos a vender su fuerza de trabajo al mejor postor; persuaden el nudo corredizo estrangulador de una carne tierna previamente aderezada. Vuestras falsarias huelgas "generales" son el hazmerreír de los auténticos sindicalistas. Señores politicuchos de CC OO, UGT, ELA, LAB, etc. vuelvan ustedes si son tan amables a la pocilga de donde salieron, porque esta última huelga no deja de ser como todas las demás, un fraude y un insulto a la clase obrera, con una clara excepción, que ustedes se juegan la credibilidad perdida hace años, y eso les supone nuevas prerrogativas a acatar por orden del capital y el Estado que amenazan con tirarles de la soga amarrada al fajo de billetes manchado de sangre roja.
Nosotros entre tanto esperamos pacientes la ola revolucionaria que no ha de salir de unas urnas podridas depositadas por los herederos de la Revolución francesa que bien supieron embaucar al pueblo para que vote y calle una vez más ante todos los desmanes capitalistas, sino de las asambleas obreras que han de traer la verdadera respuesta solidaria y fraternal organización del trabajo.
Sin mayores contemplaciones nosotros decimos: Y ahora, ¿qué?

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Herencia autoritaria y progreso libertario

Reluce en nosotros, sí, el vicio, la costumbre rutinaria determina en nosotros comportamientos autoritarios; al trasluz, que no al trasfondo, la alimaña quédase visible para ojos del sediento público. Del público tribunal. Importan poco esforzadas tentativas por no mostrarla en el vaivén de las relaciones humanas; ésta, tan pronto invade el pensamiento momentáneo, muéstrase en cualquier lugar y circunstancia, atrevida, ignorante, decidida si el librepensamiento la dejare, a cometer perniciosa actitud en satisfacción de sus pasiones criminales. El sujeto que viola a una mujer, el que pega a un niño y lo utiliza para el estupro, el sexo que entraña violencia en su quehacer y veja al individuo por placer; todos estos comportamientos obedecen a un mismo patrón por mucho que algunos psicólogos intenten deponer las causas de tales desgracias en una única naturaleza humana inmutable desde los albores de las primeras civilizaciones. Semejante comportamiento, consentido, traspasado y arraigado a la ética humana en la evolucionante sociedad desde los más remotos tiempos muéstrase en determinados individuos de la sociedad, quizá quién sabe, con predisposiciones de mayor talante para cometer el acto criminal. En todos los tiempos detrás de semejante jauría colérica de actos que no enfrentan sino a la humanidad en un batallar sin fin, encuéntrase el responsable, investido de pastor cuidador de rebaño de hombres. Es su nombre conocido por autoridad.
Andaba yo con un amigo de la infancia en estas conversaciones una noche de lucidez pasajera. Él hablábame y reafirmábame que nuestro interior se encuentra emponzoñado precisamente por la educación autoritaria de la que somos víctimas, y que ya sin remedio curativo alguno, de esperanza caeríamos irremisiblemente en las ideas hechas cenizas, como las de los partidos políticos que a mucho que se incorporen para vislumbrar el alba siguen, pues, su sendero hacia el brasero. Yo, anarquista, decíale como es natural que todo precisa del tiempo. Que todo este amigo nuestro lo renueva, y que más allá donde alcanzare el entendimiento encuéntrase un nuevo mundo poseído por la igualdad, la amada libertad y la fraternidad. Que no importa cuán podrida se encuentre la sociedad, que ésta únicamente tiene por misión la adquisición del pensamiento libertario en el progresivo avance mental de los individuos para una futura renovación completa en los cerebros, desde lo que ha sido hasta ahora una aberración política y social; un desmoche de cabezas irracional.
Por cansarme esto del pesimismo sin otras desviaciones del pensamiento, diré que este buen amigo mío ha concitado la inspiración de este texto crítico y reflexivo, realizando un paseo por el interior de nuestro ser histórico.
Afirmase que la sociedad desde que vive en sociedades de número elevado de miembros (civilizada), ha permanecido siempre en un estado de explotación, en el que una minoría camuflada bajo las apariencias de un sistema cualquiera legitimado por un código legislativo, aceptado por equitativo, ha explotado a la mayoría y se ha enriquecido a costa de ella. Entre tanto, la caterva de hombres ensalzaba a los poderosos en una aureola de abigarradas ideas contaminadas por la ignorancia, ambición, vanidad. Y así es verdad, ha sido la historia de una humanidad que progresa en sus evoluciones mentales hacia el ignoto porvenir. Qué antigua es la injusticia. Tampoco faltaron los genios tiempos atrás, iluminando con su pensamiento la estructura de ideas caducas, creándose entre las multitudes nuevos prosélitos. A ellos debemos en cierto modo las ideas de que mana el desarrollo de la vida. Ya un sabio de la antigua Grecia quiso abolir la esclavitud siendo pronto aún. Dicen que dijo: "La esclavitud no puede desaparecer hasta que las herramientas se forjen por sí solas, las mieses se almacenen en el granero sin la intervención del hombre, los telares nos den espontáneamente las fibras convertidas en ropa, y todas las necesidades de la vida humana se satisfagan sin trabajar".
Son nuestras civilizaciones la continuidad bárbara de aquel Derecho Romano como ingénito en nuestros corazones. Persiste la autoridad civilizadora como tiempo atrás existió; es el legado de las antiguas civilizaciones. La India, Egipto, Persia, Grecia. Roma, incoherente agregado de aventureros en su principio, república avasalladora de envejecidos imperios y de pueblos semisalvajes después, y por último absorbente centralización echó inconscientemente los cimientos de la solidaridad humana.
Los pueblos del Norte desbordándose como impetuoso torrente por los extensos dominios del corrompido Imperio Romano y aceptando el cristianismo, inauguraron aquel tenebroso periodo conocido en la historia co el nombre de Edad Media.
Pero si el Imperio Romano había muerto, quedaba un poder creado a su imagen y semejanza; aquél había iniciado la idea de solidaridad y éste se aprovechaba de ello para reunir a todos los solidarios en la común aspiración de la salvación eterna a cambio de los bienes terrenales que aquel odioso poder, conocido con el nombre de Iglesia católica, absorbía como la astuta serpiente atrae al débil pajarillo.
Nadó al fin de nuevo la humanidad de sus cenizas en el alboreo del Renacimiento. Impulsáronse las imperecederas obras de los clásicos griegos y latinos. Mas la mayor colosal obra del pensamiento humano vino a manumitir a la humanidad de sus desastrosas miserias cuando los pueblos de Europa vinieron a sancionar con su pensamiento la Internacional, bajo la que reuníanse las aspiraciones de elevado intelecto del obrero progresista de aquel entonces. La conocida fórmula "la revolución ha de ser obra de los propios trabajadores o jamás se realizará", quedará consignada para siempre por aquellos hermanos proletarios iniciándose por ellos la magnánima e ingente construcción de la más alta expresión del orden social que el entendimiento pueda concebir. La anarquía renacía y marchaba hacia el porvenir, indómita, fiera, sólida y tenaz contra la maquiavélica sociedad fundada en la explotación del hombre por el hombre, abriéndose paso por entre las entrañas de una sociedad viciada y moribunda, e irradiando a su vez a aquellos pobres cerebros faltos de energía, repletos de infundadas supersticiones, pero sobre todo menguados por la enfermedad de la conquista, la patria y la ambición. En resumen, de la matanza secular de universal patrimonio fundada y refundada por las clases dirigentes (gobernantes) en nombre del Estado omnipotente, fuerza brutal protectora del capitalismo y el clero, ambas destructoras. Cuerpos defectuosos del psiquis del hombre, figuras contrahechas, malformación idealística bajo la que poseído el hombre cae irremediablemente como por efecto de la gravedad en la propia negación de su ser.
Este escaso paseo histórico deja bien al descubierto las revoluciones en la misma evolución general de todos los pueblos civilizados desde la formación de Roma hasta nuestras actuales civilizaciones y como derivación de las mismas, la ética preponderante manifiesta en el conjunto de aquellas sociedades, indistintamente de si éstas poseían una ciencia avanzada en cualquiera de las ramas del saber como si no.
Centro mi pensamiento en el principio, con la intención de vagar por los humores que llenan los continentes de mi cráneo y medito. Me concentro, y al fin la congregación de fluidos impulsa en un torrente sanguíneo de moléculas las ideas de los recovecos del cerebro deseosas de expresar sus más que otras inquietudes acerca de la composición de sí mismas. Se confirma la consabida frase del filósofo (pienso, luego existo) y al igual que yo todo el resto de representaciones que habitan la esfera terrestre.
¿Quién soy, qué es lo que soy? Imposible no hacerse estas preguntas en la soledad de uno mismo; repaso la historia y me encuentro, y nuevamente salta un proverbio romano, esta vez de Cicerón: "Ignorar lo que antes de que tú nacieras sucedió significa que no has dejado de ser un niño".
Mi cuerpo se funde y quédase al descubierto mi interior. Me invade el patógeno endémico del autoritarismo; despotrico contra la sociedad, la maldigo, ella con su educación ha contagiado mi organismo del veneno virulento que se llama autoritarismo. Que ridículo paisaje, la más cruel ironía impera por doquier. Las ciencias médicas esfuérzanse en vano por curar a la humanidad, los más eminentes médicos con toda su aparatosa cultura a cuestas también están contagiados, aténganse presuntuosos; se esfuerzan diariamente por hacer desaparecer sus efectos sin caer en la cuenta de que la cura de este resultado fatal a que nos ha llevado el concurso de la historia solo dispone ya de cura revolucionariamente.
Me sacudo denodadamente y consigo libertarme del autoritarismo por unos instantes para imbuirme del librepensamiento innato en mi persona.
Que lance la primera piedra el que esté libre de culpa, el que nunca haya experimentado el peso amargo de una existencia cargada de los vicios antiguos y presentes de nuestras sociedades, regidas por un sistema cuyo principio inmanente es el mal, y deseado la muerte consciente y voluntaria de su cuerpo. ¿Y acaso el suicidio es de locos degenerados incapaces de adaptarse a los determinismos de una sociedad anárquica? O más racionalmente de seres humanos en que la enfermedad llega a tales extremos que no soportando en más cantidad la deplorable situación social generada por un sistema corrupto, mercenario, envilecido, caduco, falto de toda racionalidad humana y cuantos adjetivos vilipendiosos admita su comportamiento orgánico, en resolución, llévanse por los senderos del pensamiento suicida.
En definitiva, déjense amigos o enemigos de llamar a nuestra amada libertad por entre riscos inútilmente y del mismo modo de caer en las garras del pesimismo barato y a propósito o bien para engañaros con promesas estériles de propaganda conductoras de ambiciones y codicias o bien para reafirmar vuestra conciencia pobre, débil y mentirosa coaccionando a terceras personas.
Sabido es de sobra por todos que el autoritarismo está inserto en el tuétano de nuestros huesos, en el concierto universal de la vida hasta tales límits que causa verdadero espanto observar hoy en día las relaciones sociales del hombre. El autoritarismo es el legado, el germen contagioso de la humanidad que ábrese paso violentamente en la sociedad. Pero nunca lo olvidemos, en nosotros se encuentra la fuerza, la voluntad y la convicción, capaces de dar muerte a los siglos de dominación. Como aquellos hermanos de la Internacional y de las sucedidas revoluciones sociales, nosotros unidos un día u otro en fraternal compañía proclamaremos la revolución social y venceremos al monstruo. La disolución permanente del órgano autoridad empieza allí donde el librepensamiento gana terreno al patógeno armándose de cultura y valor, por el estudio continuado de la ciencia y por la solidaridad con nuestros hermanos en el devenir de la vida.
A la regeneración de la especie humana y a la sepultura de la autoridad por el creciente número de librepensadores. Los órganos para alcanzar el fin nos fueron legados, Mas en el correr de los tiempos el refinamiento de la explotación y las formas sociales de convivencia horadan cada vez en mayores términos la sencillez de la naturaleza animal; el hombre dogmático, autoritario, jerarca, el lobo con piel de cordero edificado en la fábrica social a base de estimulantes y reactivos filosóficos tiene objeto y necesidad orgánica de engullir al hombre crítico, meditativo, que cuestione los preceptos del sistema. El rigor de los tiempos burbujea en nuestros cerebros como agua hirviendo. Aquí no valen fórmulas matemáticas, la única fórmula posible es la convicción en las ideas por un espacio de tiempo indeterminado que traerá consigo una enorme hecatombe social al grito de todos los desamparados que piden justicia social.
La revolución social se encuentra en irrefrenable evolución al amparo de los anarquistas que desafían titánicamente los rigores invernales. Solo es cuestión de esperar. Y los creyentes en idealidades autoritarias o los que siéntense incapaces para realizar el camino de magna obra, que se queden en la soledad de sus retrogradas ideas.
Que los pájaros del mal sobrevuelen tu cabeza no puedes evitarlo, pero ¿que aniden en ella?

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El impacto social del automóvil
(como producto y en su proceso de producción)

El automóvil representa uno de los más fuertes símbolos del progreso y, como suele suceder con muchos otros alcances técnicos, las consecuencias "lógicas" inherentes a su invento han tenido un impacto más adverso que benéfico. Ello, fundamentalmente, por dos motivos: el de los efectos en su "proceso de producción" y por los efectos "como producto en sí", ya terminado.
En el "proceso de producción" del automóvil, el efecto pernicioso más claro es el modelo aplicado, a principios del siglo XX, en la fabricación de los autos Ford. El fordismo maximizará la mano de obra, las herramientas y las maquinas para la elaboración de automóviles, implementando la producción en cadena: "violencia calculada, sistemáticamente aplicada contra el trabajo de los hombres, ese sueño original del capital en busca del 'movimiento perpetuo' de la fábrica. La producción de flujo continuo, 'piedra angular' de todos los sistemas de organización del trabajo, como dirá cincuenta años después el sociólogo Emery, nace en América, como era de esperar" (1).
Economización de "tiempos y movimientos" que tiene sus oscuros antecedentes en el demencial afán del norteamericano Frederick W. Taylor, por arrebatarle al obrero la capacidad de administrar su tiempo dentro de la fábrica para la producción, a través de la división sistemática de las labores, la organización racional del trabajo y, muy en especial, la utilización del cronómetro.
Así, "al acabar con el control obrero sobre los modos operatorios, al sustituir los 'secretos' profesionales por un trabajo reducido a la repetición de gestos parcelarios -en pocas palabras, al asegurar la expropiación del saber obrero y su confiscación por la dirección de la empresa- el cronómetro es, ante todo, un instrumento político de dominación sobre el trabajo. Tecnología y táctica pormenorizada del control de los cuerpos en el trabajo, el taylorismo -como se le conoce a éste- va a transformarse en un verdadero 'conjunto de gestos' de producción, en un código formalizado del ejercicio del trabajo industrial, con la organización científica del trabajo. Como instrumento esencial de ese proceso de reducción del saber obrero de fabricación a la serie de sus gestos elementales, el cronómetro es, por la misma razón, mucho más que eso" (2).
Modelo de producción que poco a poco comenzará a ser aplicado en la industria en general, pero que también trascenderá vigorosamente en espacio y tiempo, ya que además de verlo aparecer de forma renovada décadas después, dejará de ser un modelo exclusivo de occidente, como es el caso del toyotismo (de la industria japonesa Toyota).
A consecuencia de la crisis de 1973, la industria automotriz mundial bajó considerablemente su producción, pero no así esta armadora japonesa que de manera excepcional perfeccionaba la tradicional forma de producción en cadena fordista e implementaba nuevos métodos de productividad como el trabajo en cuadrilla, la gestión por incentivos, el "involucramiento" de los trabajadores, el famoso "just-in-time" (justo a tiempo), etc., colocándose en la única empresa multinacional con los mejores resultados de productividad, situación que la llevó a ubicarse, en 2007, en el fabricante número uno a nivel mundial, por arriba incluso de General Motors.
En "Americanismo y fordismo", artículo publicado en 1929, Gramsci aseguraba: "la industria Ford exige a sus obreros una discriminación, una aptitud que las demás industrias todavía no piden, una aptitud de un género nuevo, una forma de desgaste de la fuerza de trabajo y una cantidad de fuerzas usadas en el mismo tiempo medio, más penosas y más extenuantes que en otras partes, y que el salario no basta para compensar en todos los obreros, para reconstituir en las condiciones de la sociedad existente". Sin embargo, en el incremento de la explotación el toyotismo irá aún más lejos, y un claro y repudiable reflejo de ello será el karoshi, muerte súbita (en al que sobreviene una hemorragia cerebral o insuficiencia cardiaca o respiratoria) ocasionada por la exhaustiva carga de trabajo.
Nefastas condiciones laborales que de manera no muy distinta se han presentado en otras empresas automotrices del mundo incluyendo a Francia, el país de los Derechos Humanos: en menos de seis meses, entre 2006 y 2007, se presentaron tres casos de suicidios en Technocentre -una planta que la empresa Renault tiene en Guyancourt, un suburbio al suroeste de París- a causa de la fuerte presión laboral.
"Como producto en sí", el automóvil ha tenido un fuerte impacto social y ecológico. El estatus social que proporciona poseer uno -sobre todo cuando se trata del último modelo- ha llevado, como consecuencia de su gran demanda, a una excesiva producción, con devastadores resultados medioambientales. El crítico cultural norteamericano Mark Dery asegura que "lo más preciado para un norteamericano son los automóviles, pero en especial los autos o camionetas Sport Utility Vehicle (SUV)". Situación que, por moda, se ha ido expandiendo a otros países, sobre todo de América Latina; en donde ya de por sí el peatón ha quedado relegado y excluido del constante reordenamiento espacial urbano, que da mayor prioridad a la (re)construcción de vías de circulación vehicular.
Por éstas y otras razones, el automóvil ha ocupado un lugar clave en el proceso de desgaste de la estructura social urbana. "En el segundo lustro de los años noventa se calculaba que había unos 500 millones de automóviles en el mundo. Han erosionado la calidad de los espacios públicos y han impulsado la extensión suburbana. Justo como el ascensor hizo posible el rascacielos, el automóvil ha propiciado que los ciudadanos vivan lejos de los centros citadinos. El automóvil ha hecho viable el concepto de la fragmentación de las actividades de cada día en compartimentos, separando oficinas, tiendas y casas. Y cuanto más ampliamente se dispersan las ciudades, más antieconómica viene a ser la expansión de sus sistemas de trasporte público, y mayor es la dependencia del coche de los ciudadanos. Alrededor del mundo las ciudades están siendo transformadas para facilitar el mundo del automóvil, aun cuando es el automóvil -más que la industria- lo que genera la mayor cantidad de contaminación del aire, la misma contaminación de la que huyen los moradores suburbanos… paradójicamente, desde la perspectiva del individuo, el automóvil sigue siendo el producto tecnológico más liberador y más deseado. Es barato porque se manufactura masivamente y porque está subsidiado; es práctico porque las ciudades no han sido planeadas para depender del transporte público, y es un icono cultural irresistible que brinda glamour y estatus". (3)
En las principales ciudades europeas un gran porcentaje de personas utiliza el transporte público, muy por arriba de lo que sucede en los países latinoamericanos e, incluso, en EE UU, donde existe el caso paradigmático de "Los Ángeles, la primera metrópolis en el mundo construida decisivamente en la época del mayor crecimiento del automóvil. El resultado fue la descentralización del consumo y la cultura y la atrofia constante del centro de la ciudad" (4).
Y aunque es verdad que la eficiencia del sistema de transporte en las primeras ciudades es también superior, habría que agregar que el uso cultural de la bicicleta o la afición por caminar han contribuido en la inhibición del uso del automóvil. Sin embargo, los grandes esfuerzos que se hacen a nivel mundial para crear una conciencia ecológica seguirán siendo insuficientes, pues la fascinación y la gran dependencia al automóvil irán siempre a una velocidad mayor.
Así que "la verdad nadie tiene alternativa. No se es libre de tener o no un automóvil porque el universo suburbano está diseñado en función del coche y, cada vez más, también el universo urbano. Por ello, la solución revolucionaria ideal que consiste en eliminar el automóvil en beneficio de la bicicleta, el tranvía, el autobús o el taxi sin chofer ni siquiera es viable en las ciudades suburbanas como Los Ángeles, Detroit, Houston, Trappes o incluso Bruselas, construidas por y para el automóvil" (5). Tal parece que el espíritu desafiante del Movimiento Futurista va tomando una forma por demás reveladora.

Ricardo García López

Notas:
1.- Benjamín Coriat, El taller y el cronómetro, Siglo XXI, México 1982, p.38.
2.- Ibídem p.2 y 3.
3.- Richard Rogers, "Ciudades sustentables": Cultura Urbana 19-20, México 2009.
4.- Mike Davis, Ciudades muertas. Ecología, catástrofe y revuelta, Traficantes de sueños, Madrid 2007, p.113.
6.- André Gorz, "La ideología social del automóvil", en www.letraslibres.com


Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza, la belleza de la velocidad. Un coche de carreras con su capó adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo... un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia.

(Filippo Tommaso Marinetti, Manifiesto Futurista) Subir


Che Guevara: El mito
como forma de dominación

Las fabulas de los dioses y héroes se remontan a las más antiguas épocas de la Historia. Dioses y héroes eran los "principales" que gobernaran el mundo. Los héroes eran semidioses, hijos de dioses mortales. Ahí están las raíces, las fuentes lejanas del Poder. Lo que nos demuestra que con esa religiosidad se pretendía (y se conseguía) el poder, la dominación de hombres y pueblos. Su función llegó hasta nuestros días a través de teocracias, monarquías, déspotas absolutos, y también sacralizando monarquías constitucionales y autocracias parlamentarias.
Hasta ayer (ayer de la Historia) había autoridades de origen divino, puestas por Dios, aun contra la voluntad de sus pueblos. Reyes y emperadores, césares y zares, monarcas de Oriente y Occidente, eran ungidos y considerados auto-sustentadores. El mito del buen rey, del padrecito zar y los caballeros sin tacha, tuvo un puente sobre el cual pasaron, como sobre brasas ardientes, revoluciones de origen popular como la Revolución francesa o la Revolución rusa. Partidos totalitarios hacen retornar un absolutismo, con dogmas y autos de fe, un Estado único e indivisible que absorbe las energías de la sociedad. Podemos entender al Poder como una fuerza colectiva, la capacidad de ser o hacer, pero "ser" monopolizado por un sector, un partido único o persona, es decir, apropiarse de esa fuerza social, es una manera de reducirla a la impotencia. Delegarla es renunciar a las fuerzas instituyentes, que permiten crear ambientes sociales con otros hombres, sus iguales. La más alta manifestación del ser humano es la capacidad de autodeterminarse, la de poder crear directamente normas de vida abiertas a la libertad de ensayos, a nuevas posibilidades.

La Revolución cubana
El movimiento obrero y social cubano tiene una larga tradición de lucha por su emancipación social, que arranca de fines del siglo XIX, como se vio en el Primer Congreso Obrero celebrado en La Habana en noviembre de 1887, en el posterior de 1892 y en la existencia de periódicos de esas fechas, como La Aurora y El Productor (ambos de inspiración anarquista). Esta resistencia, esta protesta contra la opresión fue ininterrumpida, continuando bajo Batista. Desapareció bajo la dictadura del Partido Comunista Cubano. Un capítulo de esa larga lucha fue la llamada Revolución cubana, alimentada por múltiples corrientes político-sociales que la determinaron como un impulso liberador. Lamentablemente a semejanza de la contrarrevolución bolchevique, esta revolución cubana terminó en manos de un partido único, con la dictadura absolutista del mismo, la economía de guerra, el culto a la personalidad de los jefes y la subordinación a un bloque imperialista. Siguió exactamente los procesos de la vieja tradición de la conquista del poder por el terror, con un paraíso en el futuro, que los tiempos demostrarían que era lo contrario. El propósito fundamental de la Revolución fue desviado. Ni tierra a los campesinos, ni fábrica a los obreros. La expropiación social y el control de la capacidad productora y formativa de la sociedad pasaron a manos de una minoría decisoria, quedando el resto del pueblo a ejercer funciones de obediencia y sumisión. Ni Fidel Castro ni el Che Guevara y su grupo respetaron los derechos humanos elementales de la persona. Invocaron el socialismo, pero implantaron un capitalismo de Estado que terminará en un desarrollismo neoliberal compartido, vergonzante y con el pretexto de razones de Estado. El pensamiento único y el control de los medios de información e instrucción están obteniendo el objetivo de interiorizar en el imaginario colectivo las bondades del proyecto, y la fabula de una epopeya cortada a la medida de los autores del libreto, que no dejará ver la realidad.

El Che Guevara y Trotski
Hay muchas vidas paralelas. El Che Guevara y Trotski tienen en sus vidas y destinos trágicos rasgos de esencia y avatares que los identifican. Surgen de las turbulencias del poder político, no del corazón de las masas como Durruti, el obrero, o campesinos como Majnó o Emiliano Zapata. Guevara y Trotski eran marxistas leninistas, jefes de ejércitos; ambos eran profundamente autoritarios, imponiendo un dominio que no les permitía escuchar otras voces. Ambos fueron perdedores en la lucha despiadada por el Poder, ambos se habían alzado en las olas de una revolución popular y esperanzadora. Ambos hablaron en nombre del proletariado, pero no le dejaron hablar ni actuar. Como Mahoma o Gengis Kan, quienes no aceptaron su fe, debían morir. Trotski llevó adelante la contrarrevolución bolchevique cooperando en la organización de la Cheka, la policía política que impuso el terror de masas contra toda la oposición en 1917, con sus aisladores, los Gulag, la isla Solovsky, prisiones dantescas como la Lubianka o la Butirky. Las matanzas de Georgia en 1921, región que solamente quería su reforma social propia, de Kronstad, que se atrevió a pedir todo poder a los soviets, de Ucrania, que soportó el frente alemán y la Entente, con los generales Wrangel, Denikin y zaristas como Kolchak; el Ejército Rojo atacó alevosamente a las órdenes de Trotski y destruyó sus comunidades.

El Che Guevara y El Campesino
El Partido Comunista, siempre utilizó y dimensionó a sus necesidades a los miembros que le servían a su burocracia. El Campesino (Valentín González, joven campesino español de base hasta el Frente Popular), durante la revolución y la guerra de España fue promocionando exageradamente por el excelente aparato de propaganda del Partido, poniéndolo a niveles de epopeya. Con la derrota (a la cual colaboró el Partido con los asesinatos de la Cheka de opositores a las pretensiones de hegemonía) fue llevado a Rusia con otros elegidos. Sesenta años de sindicalismo revolucionario autogestionario habían dejado sus huellas en todos los trabajadores organizados de España. Incorporado al trabajo en Rusia, de inmediato vio los horrores del sistema y protestó. Fue a parar a las minas de sal de Siberia, de las cuales nadie volvía. Consiguió huir, atravesó la Siberia en una trayectoria parecida a la de Bakunin y fue a parar a París. Allí escribió sus memorias: "Vida y muerte en la URSS". Caída la venda describe la verdadera Rusia (que es la de hoy) y su pérfida burocracia. La radiografió con verdad, valor y dolor. Su destino tuvo similitud con el Che por la caída de las alturas del Poder, pero el Che no tuvo ni la lucidez, ni el valor para enfrentar la verdad.

La génesis del mito
A semejanza de las hagiografías, de la historia edificante de la vida de los fundadores de órdenes religiosas, el culto al Che Guevara hizo eclosión después de su muerte. Aunque siempre el aparato del Partido le batió el parche, a semejanza del represor estalinista comandante Lister, en la Revolución española, o el carnicero de la República de los Consejos húngaros en 1922, Béla Kun. Pero un examen crítico de su vida, incluso examinando su actuación y su pensamiento en sus obras completas, donde está también su diario, aún no fue realizado. Los mitos están más allá de la razón. Pero nosotros podemos apreciar a través de sus memorias que su pensamiento y su praxis estaban encerrados en los límites de un jefe guerrillero, que aspiraba a tomar el Poder por asalto y mantenerlo por esa extrema violencia social llamada dictadura del proletariado. La Reforma Agraria, que junto con la caída de Batista fueron motivos esenciales de la Revolución cubana, consistió a través del Partido en pasar la tierra al Estado, en rápidas etapas. Quedando los campesinos convertidos en asalariados del Estado, con su plusvalía manejada por los burócratas del Partido único. El Che Guevara como responsable del INRA (Instituto Nacional de Reforma Agraria) impone la organización de granjas del Estado. Para esto destruye las cooperativas autónomas, como las organizaciones obreras y campesinas independientes, barriendo las conquistas sociales de años, como las libertades públicas, los derechos de palabra, de asociación, de prensa, etc.
El resultado se ve por sus propias palabras de atamán: "La base campesina sigue sin desarrollarse aunque parece que mediante el terror planificado lograremos la neutralidad de los más, el apoyo vendrá después". Sigue: "Ahora viene una etapa en la que el terror sobre los campesinos se ejercerá desde ambas partes, aunque en calidades diferentes. Nuestro triunfo significará el cambio cualitativo necesario para su salto en el desarrollo". La apatía popular tiene un motivo claro: "La iniciativa parte en general de Fidel o del Alto Mando de la Revolución, y es explicado al pueblo, que la toma como suya". Cómo tomaba la vida humana desaprensivamente en sus manos también lo expresan sus propias palabras refiriéndose a una ejecución en campaña: "Este Aristido fue uno de los casos típicos de campesinos que se unieron a la revolución, sin una clara conciencia de lo que significaba y al hacer su propio análisis de la situación encontró más conveniente situarse en la 'cerca' (...) Varias versiones llegaron hasta mí (...) Aquellos eran momentos difíciles para la revolución y en uso de las atribuciones que como jefe de una zona tenía, tras una investigación sumarísima, ajusticiamos al campesino Aristido. Hoy nos preguntamos si era realmente tan culpable como para merecer la muerte y si no se podía haber salvado una vida para la etapa de la constitución revolucionaria".

El culto
Se ha dicho que la protesta juvenil es una réplica a la necesidad de la comunicación, comunicación que el desarrollo de nuestra cultura no ha producido sino bajo formas alineadas. Pero podemos considerar que la mercantilización, la absorción por el mercado de su simbologia, es una caída en el sistema, una forma de esterilizar los gérmenes de rebeldía y una manera de cambiar la mala conciencia, creyendo que con ritos exteriores se transforman los sistemas. Y es de extrema importancia observar que el ejercicio de este culto arrastra consigo el hecho de una confusión entre revolución y regresión.

Luis Alberto "Beto" Gallegos
(Opcion Libertaria) Subir


Tolstói, profeta de una nueva era

El próximo día 20 de noviembre se cumplirán 100 años de la muerte de León Tolstói. Para homenajearle, publicamos un artículo biográfico de Rudolf Rocker y, además, reproducimos un artículo del propio Tolstói.

Cada vez que leo alguno de los trabajos filosóficos de Tolstói me acuerdo de un cuento de Erich Gustavsen, El baile de máscaras. Cierto conde opulento ofrece un baile de máscaras a sus numerosos amigos. En el amplio y hermoso salón engalanado la vida circula en centenares de distintas formas. Las parejas se deslizan al sonido de una dulce música; en todas partes reina buen humor, risas y alegría. Pero de pronto aparecen en medio de la alegre reunión dos nuevas máscaras, un payaso y un monje. Nadie sabe de dónde salieron, ni han sido invitadas, ni quienes son; empero cada cual siente que algo extraño, algo frío y terrible se desenvuelve en su corazón, algo que no armoniza con el regocijo que predomina en la velada. Ambas máscaras pasean por la sala y susurran al oído de todos los que se les aproximan palabras que queman cual fuego en el alma. El payaso critica con cruel ironía los aspectos ridículos y mezquinos del carácter de cada uno, arrancando sin piedad el velo que cubre los pensamientos, los anhelos y las esperanzas más íntimas; el monje por su parte, toca con sus observaciones hondas heridas en cada corazón, haciendo sentir a todos que la alegría externa no puede ahogar el dolor interior.
Cada uno de aquellos con quienes han hablado los dos forasteros se ubica silenciosamente en un rincón y olvida la ruidosa alegría del baile. Cada cual siente que en su corazón se han tocado cuerdas que antes nunca habían resonado. Más tarde, cuando desaparecen los dos intrusos, la mayoría olvida lo que acaba de ocurrir, pero algunas personas permanecen serias y vuelven, pensativas, a sus casas.
También Tolstói es uno de los pocos que se han tornado serios en el baile de máscaras de la civilización moderna, uno de aquellos que se encaminaron meditando a sus casas y que ya no han de volver. Él también escuchó las voces misteriosas que le susurraron al oído y sintió la ironía amarga, apasionada y cruel del payaso y la tristeza desesperada, la seriedad dolorosa de las palabras del monje. Y esa revelación interior ha influido sobre sus sentimientos más íntimos, sobre cada nervio de su actividad intelectual, dando origen y desarrollando en él ese espíritu profético y esa honda fuerza moral que tan poderosamente apelara a la conciencia de nuestra época.
Existen pocos escritores en quienes esa comprensión interna haya tenido una expresión tan potente como en Tolstói. Adviértase inmediatamente que no se trata de descripciones comunes, sino de experiencias interiores, de recuerdos del alma, que se transforman por la mano creadora del artista en una vivida obra de arte.
Las obras principales de Tolstói llevan todas ellas un sello autográfico y a medida que avanzaba en edad manifestábase más duramente ese carácter de sus escritos.
En su primer aporte a la literatura, Infancia, se revela a primera vista la mirada genial del artista verdadero. El análisis delicado del alma infantil que Tolstói nos ofrece en esta obra pertenece a las creaciones más hondas y puras que contiene la literatura moderna. Irteniev, el protagonista de la novela, es el propio Tolstói, quien nos refiere con una fuerza poética admirable cómo el mundo circundante con sus fenómenos y sucesos se refleja en el alma de un niño. En los complementos de esa obra, Adolescencia y Juventud, el rasgo autobiográfico aparece más evidente aún, al mismo tiempo que su maravillosa capacidad de describir los más mínimos detalles externos, sin perjudicar con ello la armonía artística de la obra en general. Esta capacidad extraordinaria, condición real de todo gran artista, se nota en todos los trabajos del escritor ruso. Sus admirables paisajes y escenas del Cáucaso, donde sirvió como oficial, son cuadros literarios en el más amplio sentido de la palabra. En los dos trabajos que pintan el sitio de Sebastopol, en el cual el autor tomó parte en su calidad de oficial del ejército ruso, se ocupa Tolstói por primera vez de los aspectos misteriosos y trágicos de la vida. En esa descripción de la guerra eminentemente original, basada en las más finas observaciones psicológicas, se reconoce ya el futuro creador de la formidable obra: Guerra y paz. Pero Tolstói tuvo que cursar aún otra escuela de la vida antes de que madurase la filosofía grandiosa que forma la nota fundamental de la mencionada obra.
Al volver Tolstói en 1856 de Sebastopol se convirtió en uno de los favoritos de la alta sociedad. En San Petersburgo fue recibido como uno de los "héroes" que habían tomado parte en las luchas sangrientas de Sebastopol y al mismo tiempo como el joven y talentoso escritor a quien los mejores críticos rusos predecían un brillante porvenir. Que el joven artista no había encontrado a su gusto el militarismo era cosa que se notaba ya por sus cuadros de guerra; pero aún no tenía una idea determinada, un ideal para el porvenir. En la capital rusa se entregó con todo apasionamiento a la vida de la juventud aristocrática; frecuentaba los cafés lujosos y los sitios de placer, donde el vino y la mujer son los dos polos alrededor de los cuales gira todo. Durante algún tiempo el joven escritor halló satisfacción en esa persecución constante de nuevos placeres refinados; mas finalmente llegó también para él la reacción inevitable que le llenó de repugnancia por esa vida vana, falta de contenido espiritual. Un carácter como el de Tolstói no podía naufragar en el inmenso lodazal de aquella sociedad que se llama con orgullo "la clase privilegiada". Comprendió que esa vida no era más que un bullicio capaz de aturdir por algún tiempo el espíritu y de disecar el alma; pero un carácter de verdad, que busca algo más profundo en la vida, sentirá la desesperación con más fuerza después del bullicio.
En las obras que Tolstói creará en aquel periodo, fácil es ver la búsqueda de algo nuevo y a menudo se tiene la impresión de que un enterrado vivo lucha con todas sus fuerzas para llegar al sitio donde percibe un rayo tenue, suave. El rayo desaparece de vez en cuando en la oscuridad, pero vuelve a reaparecer siempre.
Cuando Tolstói abandonó finalmente Rusia para conocer de cerca la vida de Europa occidental, uno de los motivos que le impulsaron a ello fue sin duda el descontento interior, la vacuidad de una existencia que ya no podía satisfacerle. La cultura de la Europa occidental constituía entonces el ideal de las clases instruidas de Rusia y cuanto más hondamente sentía la juventud culta la tremenda ignorancia y la situación desesperada de las vastas multitudes de paisanos rusos, tanto más brillante le parecía la vida social y política, la educación y la ciencia de la Europa occidental. Y la mayoría, en efecto, se sintió deslumbrada por el colosal progreso técnico e industrial de aquellos países, por los millares de resultados de una ciencia racional y por los principios modernos de la política de esa parte de Europa.
Pero Tolstói tampoco halló allí la solución de los importantísimos problemas que le habían quitado su tranquilidad interior. Su aguda mirada crítica percibió en seguida que esa brillante civilización europea no era sino un velo con que se cubría la barbarie social. Comenzó a darse cuenta de que esa cultura famosa basábase en la miseria de millones de siervos del jornal que una falsa ciencia consideraba un mal necesario. Veía que el proletariado, a quien la pobreza había aglomerado en los grandes centros de la industria europea, era cada vez más arrancada de la madre tierra y de la naturaleza y a causa de ello perdía paulatinamente todo contacto íntimo con la generalidad de los acontecimientos. Sentía que el hombre que pierde toda relación íntima con la naturaleza, no es más que una flor arrancada de la tierra fértil: se marchita y muere.
Tolstói ha sido uno de los contados hombres que no se han dejado deslumbrar por el progreso técnico e industrial externo de un periodo transitorio. Toda la cruel injusticia de esa llamada cultura se descubrió repentinamente ante su vista y comprendía cada vez con mayor claridad que tampoco allí encontraría una respuesta clara a las grandes cuestiones que le perseguían.
Ya en Rusia comprendía Tolstói que el pequeño círculo de ociosos parásitos que forman la llamada "alta sociedad" está fuera del grandioso y misterioso proceso de la vida. Esta convicción se arraigó más aún en él después de conocer la Europa occidental. Comenzó a darse cuenta de que esas masas oscuras, desconocidas, esclavizadas y menospreciadas forman en realidad el terreno fecundo del cual surgen todas las grandes aspiraciones generales, todas las renovaciones de la vida y de las formas sociales. Entre esas masas, a las cuales se ignora, a las que no se comprende, es donde se puede hallar la raíz de todo ideal. Todo gran movimiento ha nacido en el seno de las multitudes; han sido sus esperanzas; ellas han sido la base de toda cultura, de todas las transformaciones. El espíritu de las multitudes ha movido a millones y millones de individuos, ofreciéndoles las mismas convicciones, los mismos deseos, la misma nostalgia. Él ha determinado el carácter de los más grandes periodos de la historia humana y todo lo que creara el genio del individuo ha sido inspirado y fructificado por esa fuerza misteriosa que vive y aspira en lo más profundo de la vida social.
El formidable cuadro de Tolstói, Guerra y paz, se funde en esta filosofía de las masas; es la consecuencia lógica de tal convicción. Esta maravillosa obra artística desenvuelve ante nuestros ojos, cual un panorama gigantesco, la historia de Rusia desde 1805 a 1812, ese periodo colosal de la vida de los pueblos europeos en que las bocas de los cañones proclamaban por doquier la sangrienta y férrea ley de la guerra. No es una novela histórica en el sentido común de la palabra; es un cuadro grandioso creado por uno de los más grandes pintores, quien ha comprendido e infundido vida en cada detalle, en cada carácter, sin olvidar por eso la magna y gigantesca idea fundamental de la obra total.
En Guerra y paz, Tolstói ha destruido la fe de los pragmáticos en los héroes, de los que sólo ven en la historia las "grandes personalidades" e ignoran totalmente la vida y las aspiraciones de las muchedumbres. A todo aquel que haya leído alguna vez con entusiasmo el libro de Carlyle sobre los héroes, le aconsejo que lea inmediatamente la vigorosa obra de Tolstói y es seguro que lo curará de su fe en los elegidos. Tolstói conocía la guerra por experiencia; él mismo la había visto en todas sus manifestaciones y por eso sabía que los llamados "héroes" de la historia no son más que hombres y a veces hombres insignificantes que han conocido el arte de adornarse con el mérito de los demás, de los desconocidos y olvidados por la historia, que son en realidad los que "hacen la historia".
Yo no conozco ninguna obra en la literatura antigua y moderna en la que la acción misteriosa de las multitudes, sus anhelos íntimos y sus sentimientos hayan encontrado una expresión tan poderosa e inolvidable como en esta obra genial. ¡Y qué riqueza de colores y escenas! El sangriento campo de batalla de Austerlitz y Borodino, el incendio de Moscú, la terrible retirada de Napoleón y todos los tristes acontecimientos de aquella época se reflejan con incomparable precisión ante nuestros ojos y sobre todo ello flota la maldición de los pueblos, la terrible acusación contra el asesinato organizado de las masas: la guerra.
No es este el lugar para ocupamos de Ana Karenina, la novela de Tolstói en la que ya se encuentran los primeros indicios de su severa interpretación posterior de las relaciones entre el hombre y la mujer, que halló tan particular expresión en La Sonata a Kreutzer y en sus escritos filosóficos. Sólo hablaremos de él como hombre y pensador que ha llegado con toda energía a las últimas consecuencias de un punto de vista anarquista.
Personas que han sido educadas a base de conceptos e ideas de la vida de Europa occidental se explican difícilmente la evolución religiosa que atravesará Tolstói en el periodo comprendido entre 1875 y 1880, así como su ensalzamiento de la doctrina cristiana. Y no obstante, este proceso evolutivo ha sido lógico para una naturaleza como la de Tolstói. Después de haber llegado a la conclusión de que sólo en la multitud pueden hallarse aspiraciones ideales no era sino muy evidente que tratara de ahondar en la vida del labriego ruso. De esta manera llegó a conocer más de cerca las numerosas sectas religiosas y cristianas de los campesinos rusos, enemigos de la Iglesia oficial y cuyas persecuciones sufrían constantemente. No existe en la Europa occidental otro país en el cual el sectarismo religioso esté más desarrollado que en Rusia, país donde ejerce profunda influencia en la psicología popular. Este fenómeno curioso no ha sido bien explicado aún y sin embargo hubo en épocas anteriores movimientos análogos en la Europa occidental: la existencia de millares de sectas anticlericales que han interpretado a su modo el cristianismo y predicado la igualdad de todos los hombres. Los grandes movimientos populares de los albigenses, husitas y anabaptistas, que fueron los iniciadores de una formidable revolución social, revolución que sólo pudo ser reprimida gracias a la unión general de los reyes cristianos, de los nobles y de la Iglesia católica y protestante; el movimiento causado por Wycliffe en Inglaterra: todos esos anhelos que se han desarrollado en el seno del pueblo tienen una gran similitud con el sectarismo actual de Rusia. El sectarismo desaprueba el cristianismo oficial de la doctrina y el predominio de la Iglesia. Muchos de sus adeptos creen encontrar todo el ideal de la doctrina cristiana en las comunidades comunistas de los primeros cristianos. Niegan el dominio de un hombre sobre otro y reconocen como base de una verdadera moral cristiana la solidaridad y el apoyo mutuo.
Tolstói, como ruso, había sido evidentemente influenciado por esas hondas aspiraciones espirituales de su pueblo; sentía instintivamente que era aquel el terreno en que podía trabajar y difundir las convicciones más arraigadas de su corazón. Era aquel el campo que fecundó el espíritu del artista y pensador ruso, llevando sus frutos a todos los países y a todos los pueblos. Para Tolstói la religión es un deber interior que ve en cada semejante un amigo y un hermano. Rechaza todas las ceremonias exteriores de la Iglesia y reduce su cristianismo a estos términos: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" Por eso ve en Jesús la figura ideal más grande que ha producido la humanidad. No es al Jesús de la Iglesia, al hijo de Dios personal a quien adora, sino a Jesús hombre, mártir, que murió por su doctrina. Bien sabía Tolstói que Jesús sólo podía ser grande como hombre; como Dios no es ni un mártir ni un sufrido, ni un perseguido, pues no es posible que lo sea como Dios.
Partiendo de esa base desarrolla Tolstói un anarquismo consecuente. Como enemigo de la Iglesia lo es también de toda organización política fundada en la fuerza y en la obligación. Condena al Estado en todas sus formas y ve en toda institución de gobierno una monopolización del crimen. El patriotismo, el nacionalismo, el odio de razas, la política, la diplomacia, el militarismo, la guerra, la ley, no son más que ramas aisladas del árbol del pecado. Tolstói rechaza toda ley humana y sólo admite que el desarrollo del fuero interno constituye la condición real para una sociedad fraternal. Claro está que es el enemigo del monopolio de la propiedad, e igual que los anabaptistas y otras sectas religiosas de la Edad Media preconiza la comunidad de la tierra. Esta pertenece a todos los hombres y el que se apropia de ella es un criminal. El ideal económico de Tolstói es el comunismo agrario-anarquista. Pocos escritores han censurado tan severamente las instituciones de la sociedad moderna como lo hiciera Tolstói, pero han demostrado de un modo tan evidente que el progreso de nuestra llamada civilización es en realidad un proceso de degeneración física y moral. La caza desenfrenada de los placeres refinados, el lujo desordenado de las clases dominantes y la miseria corporal e intelectual en las grandes ciudades civilizadas, donde el hombre está aislado de la naturaleza, son síntomas terribles de esa degeneración. Como J. J. Rousseau 150 años atrás, Tolstói proclama como lema: ¡Volved a la naturaleza, a la madre tierra! Cuanto más sencilla y humildemente viva el hombre, cuanto más estrecha sea su vinculación con sus semejantes, cuanto más puros sean sus sentimientos, tanto mayor será su regocijo interior.
Tolstói no es un reformador, no pertenece a aquellos que quieren curar el mal por medio de pequeñas mejoras. Su doctrina va dirigida contra los fundamentos de la sociedad moderna; combate la esencia y no la forma de nuestra llamada civilización. Aspira a reorganizar la sociedad y la vida humana sobre una base nueva y rechaza todo compromiso. En este sentido el filósofo de Iasnaia Poliana es un verdadero revolucionario.
Rechazando toda clase de violencia, Tolstói reprueba también la violencia como medio para combatir el mal. Es preferible sufrir de los injustos, antes que ser injusto, tal es su lema. El mal hay que combatirlo no con la violencia, sino con el valor de las convicciones. Un ideal puro sólo puede ser realizado mediante medios puros.
Comprendemos este punto de vista; más todavía: agreguemos que el terrorista revolucionario no es indudablemente el tipo ideal del porvenir; pero también a él lo comprendemos, pues estamos convencidos de que la gran injusticia no puede caer sin erupciones violentas y de que debe morir por sus propias armas. Allí donde el hombre gime, sufre y muere bajo la maldición de un sistema brutal, la protesta violenta no es sino la consecuencia lógica e inevitable de ese sistema. Eso es lo que nos enseña la historia de todas las grandes revoluciones populares.
Pero admitamos también con profunda convicción el alto significado de la fuerza moral, que se manifiesta en diversos hechos, como lo pide Tolstói. El boicot moral contra el Estado, la resistencia al servicio militar, es, fuera de duda, un método táctico que apela a los sentimientos más elevados del hombre. Pero nos falta la fe, creer que este método puede por sí solo libertar al hombre de la maldición de la esclavitud.
Muchos son los ríos que afluyen al mar, pero al cabo todos ellos se unen para un solo fin. También nuestros caminos pueden ser diversos pero el ideal que llevó al Rousseau ruso a una nueva vida es el mismo que arroja su luz en el abismo de las criaturas humanas esclavizadas, que aspiran a la libertad, a la dicha, a la luz.
Tolstói es el profeta que ha vislumbrado el país de nuestros hijos, el templo soberbio de las generaciones venideras. Es el país de nuestras esperanzas, el gran objeto de nuestra nostalgia, al cual saludamos con la palabra libertadora: ¡Anarquía!

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No matarás nunca

Cuando se ejecuta a los reyes, siguiendo las normas de la justicia, como a Carlos I, Luis XVI, Maximiliano de México; o cuando se les degüella después de un golpe de Estado como a Pedro XIII, Pablo I, y diversos sultanes, shas y emperadores de China son hechos que generalmente se ocultan con un total silencio. Pero cuando los asesinamos sin contar con el aparato de justicia y no durante golpes de Estado como a Enrique IV, Alejandro II, el sha de Persia y recientemente el rey Humberto, estas muertes provocan entre los emperadores, los reyes y la camarilla que los rodea, la indignación y la sorpresa general, como si estos mismos soberanos no participasen de estos asesinatos, no se beneficiasen de ellos y no los ordenasen.
No obstante, los reyes asesinados, incluso los mejores, como Alejandro II y Humberto eran cómplices de la matanza de miles y miles de hombres que perecieron sobre los campos de batalla; en cuanto a los soberanos peores, ha sido por centenares de mil y por millones los hombres a los que hicieron perecer.
La doctrina de Cristo abolió la ley: "ojo por ojo, diente por diente". Pero los hombres que han profesado esta ley y que todavía hoy están de acuerdo con ella, la aplican en proporciones espantosas bajo la forma de castigos desoladores o de exterminio durante las guerras, y no se atienen simplemente al ojo por ojo, sino que, sin provocación alguna, ordenan el asesinato de miles de seres. Estos hombres no tienen derecho a indignarse cuando se aplica esta ley a su alrededor, y en una proporción tan ínfima que se podría contar apenas un rey o un emperador por cada cien mil, o quizás un millón de individuos asesinados por orden suya o con su consentimiento.
Lejos de indignarse de las matanzas de un Alejandro II o de un Humberto, los soberanos deberían más bien de extrañarse de que estos asesinatos sean tan escasos, en razón del ejemplo constante y universal que dan ellos mismos.
Las masas populares están como hipnotizadas: no comprenden el significado de lo que ocurre delante de ellas. Ven a los monarcas y presidentes preocuparse constantemente de la disciplina militar, de los desfiles, paradas y maniobras a las cuales asisten y en donde derrochan vanidad, hombres que acuden enloquecidos para ver a sus hermanos, ataviados con vestimentas abigarradas y resplandecientes, transformados en máquinas, y que al son de tambores y trompetas y recibida la orden ejecutan simultáneamente un mismo movimiento sin entender su significado.
Este significado es, sin embargo, simple y claro, no es otra cosa que la preparación para el asesinato, es el embrutecimiento de los hombres para hacer de ellos instrumentos de muerte.
Es la ocupación favorita y vanidosa de estos emperadores, reyes y presidentes. Pues son éstos los que, convertidos en profesionales del asesinato y llevando uniformes militares e instrumentos de muerte, se indignan cuando matan a uno de ellos.
El asesinato de soberanos, tal como el reciente del rey Humberto, no es horrible por la crueldad del hecho en sí mismo. Los actos cometidos en el pasado por reyes y emperadores: la Santa Inquisición, las guerras religiosas, la represión implacable de las revueltas campesinas, al mismo tiempo que las ejecuciones gubernamentales actuales, la tortura corriente en las prisiones celulares y los cuerpos represivos, la guillotina, la horca, el fusilamiento y las masacres durante las guerras, no serían, por su crueldad, comparables a los atentados cometidos por los anarquistas.
Los crímenes de los anarquistas no son precisamente espantosos puesto que sus víctimas no merecen otra suerte. Si Alejandro II o Humberto no han merecido ser asesinados, los millares de rusos que han muerto en Plevna, y de italianos en Abisinia, lo han merecido mucho menos.
Desde su infancia hasta la muerte, estos hombres están envueltos de un lujo espantoso y viven rodeados de una atmósfera de mentira e hipocresía que les acompaña.
Su educación, toda su actividad sólo tiene un fin: el estudio de las circunstancias en las cuales fueron cometidos los asesinatos en el pasado, los mejores procedimientos de tortura en nuestra época y la preparación de esas matanzas.
No cesan de llevar ellos los elementos de la destrucción: sables o espadas, se atavían con todo tipo de uniformes, organizan desfiles y paradas, se hacen visitas y presentes bajo la forma de condecoraciones y títulos militares; y no solamente nadie llama por su verdadero nombre lo que hacen, y no se les dice que es odioso y criminal prepararse para el asesinato, sino que aún reciben adhesiones y felicitaciones.
Si los ejecutores de reyes se mueven bajo la influencia producida por una indignación personal, provocada por los sufrimientos de un pueblo oprimido, de lo cual juzgan culpables a un Alejandro, a un Carnot o a un Humberto, o se mueven por un sentimiento de venganza, sus actos, por muy inmorales que sean son comprensibles. Pero se plantea una cuestión: cómo los anarquistas no plantean nada mejor para mejorar el destino de los pueblos que el asesinato de hombres, pues la desaparición es también vana, como si se le cortase la cabeza a un monstruo fabuloso al cual le apareciera una nueva en el lugar de la anterior.
Entonces, ¿qué beneficio trae matarlo?
Bastaría con recordar que la misma opresión, las mismas guerras, han tenido lugar en todos los tiempos, bajo no importa qué jefe de gobierno: Nicolás o Alejandro; Federico o Guillermo; Napoleón o Luis; Palmerston o Gladstone; Mac Kinley o cualquier otro, y se comprendería que no solamente tal o cual jefe es la causa especial de los latigazos que sufren los pueblos.
Estos azotes son la consecuencia de una organización social que ata de la misma manera a todos los miembros de la sociedad que sufren el yugo de algunos hombres, normalmente de uno sólo, y que están de tal manera pervertidos por su poder monstruoso, que somete bajo su dirección la vida de millones de individuos que se encuentran en un estado pérfido y poseídos por la manía de grandezas, lo cual se comprende únicamente en razón de su alta situación.
En cada uno de sus viajes, en cualquier revista de tropas que hagan, una multitud entusiasta les sigue, y piensan que es el pueblo entero el que aprueba su conducta.
Los únicos periódicos que leen y que les parecen la expresión de los sentimientos de toda la nación o bien de sus mejores representantes, exaltan de la forma más servil sus palabras y sus actos, por estúpidos y perversos que sean.
A su alrededor, tanto hombres como mujeres, curas y laicos, todos los que sacan partido a costa de la dignidad humana, buscan la mejor manera de animarles mediante la adulación más refinada, de engañarles sin dejarles la posibilidad de darse cuenta de la mentira que envuelve su existencia. Pueden vivir cien años sin ver un solo hombre realmente libre. Sin escuchar jamás la verdad. Algunas veces nos estremecemos de horror escuchando sus palabras y viendo sus actos, pero si reflexionamos un instante poniéndonos en su lugar, se comprende que en su sitio cualquier otro haría lo mismo.
Un hombre razonable y sensato, que se encontrase en su situación, únicamente sabría tomar razonablemente una única solución: irse. Si se retardase haría como ellos.
Nos preguntamos, en efecto, ¿qué debe pasar por la cabeza de un Guillermo, hombre de pocos alcances, de instrucción mediocre, vanidoso, teniendo únicamente el ideal de un hidalgo campesino alemán, puesto que cada una de sus animaladas y villanías se saludaban con un recibimiento entusiasta y comentada por la prensa universal, como un suceso de gran importancia?
Si dice que bajo su firma los soldados deben matar, chillamos ¡Hurra! Si dice que el Evangelio debe practicarse a puñetazos con guante de hierro, Hurra. Hurra, más aún, si ordena a las tropas que manda a China que no den cuartel. Y en lugar de encerrarlo en un manicomio, nos encaminamos hacia China a ejecutar sus órdenes.
O bien este Nicolás II, de salud débil, que empieza su mandato declarando a los ancianos, hombres venerables, que su deseo de administrar sus propios asuntos como ellos crean, no es más que un sueño insensato.
Y los periódicos que lee, los hombres que ve, le aprueban y exaltan sus virtudes. Propone un proyecto de desarme universal, infantil e ilusorio, y al mismo tiempo aumenta el número de sus soldados; no obstante no se agotan los elogios sobre su sensatez y virtudes.
Ofende y martiriza, sin ninguna razón y sin la menor necesidad, a todo un pueblo, el finlandés, y no es por ello menos alabado. Para terminar, organiza una carnicería insensata en China contradiciéndose con su proyecto de paz universal, sin embargo, le alaban de todas las partes sus triunfos imaginarios y su fidelidad a la política pacífica de su padre.
Entonces nos preguntamos, ¿qué ideas pasan por la cabeza y el corazón de estos hombres?
Podemos afirmar que la opresión de los pueblos y la iniquidad en las guerras no son el fruto de las acciones de los Alejandros, de los Humbertos, ni de los Nicolás, que organizan estas matanzas, sino de aquellos que les han colocado y les mantienen en la potestad de disponer de la vida humana.
Tampoco sirve de nada matar a los Alejandros, a los Humbertos, ni a los Nicolás. Simplemente hace falta dejar de mantener la organización que los engendra. Pues este régimen únicamente es mantenido gracias al egoísmo y al embrutecimiento de los hombres que venden su libertad y su honor, intercambiándolos por unos mezquinos avances materiales.
Tal es la conducta de hombres que están situados sobre los grados inferiores de la jerarquía social, en parte porque están embrutecidos por una educación falsa, en parte por su interés personal, por el beneficio de los que están situados por encima de ellos. De la misma forma actúan los que están situados en la categoría social más elevada de la sociedad, por las mismas causas, en vista de las mismas ventajas, y en beneficio de los que están situados todavía más arriba que ellos.
Así atacamos los más altos grados de la escala social, hasta llegar a personas, o a la persona que se encuentra en el vértice de la pirámide y que no les queda nada por adquirir; para éste, el único motivo para actuar es la ambición y la vanidad, y llegan a estar tan embrutecidos y corrompidos por su poder discriminatorio sobre sus semejantes, por la adulación e hipocresía de su entorno, que, incluso actuando mal, están absolutamente convencidos de su papel de benefactores de la humanidad.
Las naciones que sacrifican su dignidad en beneficio de sus intereses materiales, dan por este motivo origen al nacimiento de hombres que no se pueden comportar de otra forma distinta a como lo hacen. No obstante, estas naciones se irritan contra los actos estúpidos o descarados de las directrices que ellos mismos imponen, pero el castigo es azotar a los niños que ellos mismos pervierten.
La solución es bien sencilla. Para hacer desaparecer el yugo que pesa sobre los pueblos y las guerras inútiles, para hacer caer la indignación contra aquellos que parecen ser los benefactores, y para que terminemos de matarlos, bastaría con que comprendiésemos las cosas tal y como son, llamándolas por su nombre: decir que una tropa en armas es un instrumento de asesinato, que la organización del ejército, obra que presiden con tanta arrogancia los jefes de Estado, es la preparación de una matanza.
Que todo emperador, rey o presidente de la república, se dé cuenta que su función de jefe del ejército no es en absoluto honorable, ni importante, como le hacen creer sus cortesanos, sino que al contrario es perjudicial y vergonzosa, que todo hombre honesto comprenda que el pago del impuesto destinado al mantenimiento del ejército y, más aún, que participar personalmente en el ejército no es un acto indiferente, sino más bien inmoral y vergonzoso, y sobre todo que la autoridad de emperadores, reyes o presidentes, que nos indigna tanto y que provoca su asesinato, desaparezca por sí misma.
Luego no sirve de nada matar a los Alejandros, los Carnot, los Hurbertos y otros; lo que hace falta es convencerles de que ellos mismos son unos asesinos, pero sobre todo no permitirles matar, o rehusar matar bajo sus órdenes.
Si los hombres no actúan todavía así, es simplemente porque los gobiernos, movidos por el instinto de conservación, los mantiene en un estado de hipnosis. Es por lo que es necesario tratar de impedir las matanzas a las cuales se dedican los jefes de Estado y poner término a las guerras entre los pueblos, no mediante otros asesinatos, pues al contrario no hacen más que acrecentar la hipnosis, sino provocando la concienciación que destruirá esta hipnosis.
Esto es lo que he intentado hacer en este corto artículo.

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