PERIODICO ANARQUISTA
Nº 267
 OCTUBRE 2010

 

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Después de la huelga

El pasado 29 de septiembre la clase obrera española fue convocada a una huelga general. La convocatoria partió de las centrales sindicales traidoras por antonomasia a los intereses de los trabajadores. Las centrales que desde la muerte física del franquismo no han cesado de pactar con el Estado y la Patronal para rebajar más y más las conquistas obreras, para sofocar cada vez más el espíritu de rebelión. Sus corruptas estructuras entorpecen constantemente la posible acción directa en los centros de trabajo, impiden toda voz discordante. Son un apoyo eficaz del sistema de explotación. Los trabajadores españoles sabemos todo esto, pero no conseguimos de momento acabar con ello. Quizá por los apoyos estatales y patronales que reciben estos lacayos; quizá también por el enorme manto de idiotización que suponen los medios de comunicación de masas (donde el fútbol y la telebasura, con todo lo que son, no representan más que la punta del iceberg).
A pesar de todo lo expuesto, la huelga general se puede considerar como un discreto éxito. ¿Por qué? Porque estamos hartos de la explotación reinante, de los recortes en las conquistas sociales, de las privatizaciones que no suponen otra cosa que enriquecimiento de los de siempre y condiciones laborales de miseria para los trabajadores, de la incertidumbre del sistema de pensiones, de la caída en picado del poder adquisitivo de los salarios, del paro, de la desesperación de quien no encuentra un empleo. Todo esto ha servido para que el día de la huelga expresáramos nuestra rabia, incluso con el riesgo de ser instrumentalizados por los "vendeobreros".
Se trata de seguir con el proceso de luchas, de concienciación de la clase obrera, con especial atención hacia nuestros hermanos venidos de otras tierras, que sufren con más contundencia los golpes del capitalismo. No todo está perdido. Podemos enfrentarnos a la Patronal y al Estado, y tenemos que seguir denunciando a sus lacayos; si no nos rebelamos, unos y otros nos remacharán poco a poco las cadenas.

A. G. Subir


La filosofía anarquista de Herbert Read

A mediados del siglo pasado, Herbert Read decía ya que "la actitud política característica de nuestros días no es de fe positiva, sino de desesperanza". En ese momento, ya pocos confiaban en el marxismo como una alternativa al capitalismo y toda filosofía social del pasado era vista con recelo. La única práctica del socialismo que parecía haber triunfado no había liberado al hombre de la explotación, las desigualdades sociales continuaban teniendo una causa económica en todas las naciones, sea cual fuera el régimen estatista que imperase. Un mundo nuevo solo puede tener cabida si se da predominancia a los valores de libertad e igualdad frente al lucro, la competencia, el poder técnico o el nacionalismo. El anarquismo es la única filosofía social y política que, en ese aspecto, se mantiene firme a través de los tiempos. Lo que Herbert Read sostenía, en la línea de lo que diría tiempo después Colin Ward, es que multitud de personas en todo el mundo practicaban ya, consciente o inconscientemente, esos valores y solo era necesaria cierta sistematización del ideal ácrata de cara a ser comprendido por el hombre común.
La gran pregunta sigue siendo cuál es la medida del progreso humano, sin que tenga que cuestionarse necesariamente de raíz si estamos o no, al día de hoy, en esa línea de perfeccionamiento. Read destaca que en las formas sociales más primitivas el individuo es solo una unidad, el grupo actúa como un cuerpo único, mientras que en las más perfeccionadas es una personalidad independiente dispuesta a unirse a los demás cuando fuere necesario defender intereses comunes. Así, se establece una medida del progreso por el grado de diferenciación dentro de una sociedad: si el individuo no es más que una unidad en un cuerpo colectivo, se verá limitado y su vida será gris y mecánica; si, por el contrario, es en sí mismo una unidad y posee cierto margen para desarrollarse y expresarse podrá potenciar su conciencia y vitalidad. Es una distinción, si se quiere, muy elemental, pero está demasiado presente, todavía al día de hoy, en la división de los seres humanos. Existen ciertas predisposiciones para que muchos individuos se refugien y busquen seguridad en el anonimato del rebaño y en la rutina, sin que parezcan tener ambiciones más allá de obedecer y subordinarse ante alguna autoridad; mientras que los hombres que sí poseen la capacidad para desarrollarse acaban siendo los mandatarios de esos hombres incapaces. Herbert Read coloca su medida del verdadero progreso, e incluso puede decirse que un nivel de existencia superior, en la emancipación del esclavo y en la diferenciación de la personalidad. Así lo expresó: "El progreso se mide por la riqueza e intensidad de la experiencia, por una más amplia y profunda comprensión del significado y perspectiva de la existencia humana". Dejemos a un lado la riqueza militar o los éxitos militares de una civilización o de una cultura, su progreso se medirá por los valores y por la creatividad de sus individuos representativos (filósofos, poetas, artistas...).
Por lo tanto, se puede considerar al grupo como un instrumento auxilar en la evolución, un medio para la seguridad y el bienestar económico, incluso puede considerársele esencial para una civilización. Pero el paso siguiente en la evolución sería esa diferenciación del individuo, de tal manera que va alcanzando su auténtica emancipación y no resulta ya la antítesis de la colectividad. Estamos ante una visión anarquista que considera que el desarrollo de la personalidad solo se inserta en las adecuadas condiciones sociales y económicas. A pesar de sus defectos, la antigua civilización griega o el Renacimiento europeo constituyen ejemplos históricos de ese despertar de la conciencia sobre los valores de la libertad y la pluralidad. En una civilización en la que se asegure el progreso y se cultiven los valores no hay diferenciación ya entre sus conquistas y las de los individuos que la componen. Son malos tiempos para hablar de la noción de "progreso", pero leyendo a autores como Herbert Read, que sostiene que los credos y las castas deben formar ya parte del pasado, nos damos cuenta de los errores de la modernidad y de las falacias de la posmodernidad.
Precisamente, Read recuerda a Nietzsche, autor tan mencionado por los filósofos posmodernos, como el primero que llamó la atención sobre el significado del individuo como una medida dentro del proceso evolutivo. La relación entre individuo y grupo es el origen de todas las complejidades de la existencia, por lo que Read reclama indagar y simplificar para desenredar la madeja a la que se ha dado lugar. Incluso, esa correspondencia entre la persona y la colectividad es el origen de la conciencia y de la moral, visión a la que ayudan las diferentes disciplinas científicas y que solo encuentra oposición en la religión. Si la religión y la política fueron intentos históricos originarios de determinar la conducta del grupo, sabemos que el proceso siguiente supone que un individuo o una clase se haga con el poder de las instituciones políticas y religiosas para volverlas contra la sociedad (aunque, en origen, los propósitos fueran otros). En este proceso, el individuo acaba viendo primero deformados sus instintos y luego finalmente inhibidos gracias a un rígido código social, la vida se convierte en convención, conformismo y disciplina. Pero Read hace una importante distinción entre esa disciplina impuesta y una actitud vital que tenga su origen en la libre iniciativa y en la libre asociación; son dos cualidades que solo pueden verdaderamente desarrollarse a nivel individual y sin instancia coercitiva que imponga un comportamiento mecánico.
De esa manera, se reclama una "ley inherente a la vida", que no sería arbitraria tal y como sostuvo Nietzsche, y sí garante de la equidad, de la armonía estructural y de la funcionalidad. Read criticaba como paradójica la definición del diccionario inglés sobre la bella palabra "equidad": "recurso a principios de justicia para corregir o completar la ley". Dicho uso del término no distingue entre el derecho consuetudinario o jurídico, los cuales no coinciden necesariamente con una ley natural o justa. En cambio, si acudimos al diccionario de la lengua española (y que me perdonen los amigos que me critican por realizar esto con excesiva frecuencia, solo lo hago como un punto de partida regulador, con todos los ánimos críticos), encontramos varias acepciones entre las que se encuentran las siguientes: "Bondadosa templanza habitual" (continúa, hablando de oposición a la Ley) o "Justicia natural, por oposición a la letra de la ley positiva". En la jurisprudencia romana, se puso por primera vez de manifiesto el principio de equidad; se derivó, por analogía, del significado físico de la palabra y se basaba en la estricta observación de las instituciones existentes con el fin de que se asemejaran a ese estado hipotético de la naturaleza basado en el orden simétrico tanto físico como moral. Read distingue entre la leyes naturales, que bien pueden recibir también el nombre de leyes del universo físico, y el "estado prístino de la naturaleza" de la teoría rusoniana, más sentimental que otra cosa al añorar un pasado ideal y desdeñar el mundo real (algo opuesto a la visión romana).
Read, sin defender obviamente relación alguna con el derecho romano, sí afirma que el anarquismo tiene su origen en la ley natural (y no en el estado natural). No se trata de sostener la bonhomía de la naturaleza humana, sino de tomar como modelo la simplicidad y armonía de las leyes físicas universales. Se remite a Rudolf Rocker, y a su obra Nacionalismo y cultura, para confirmar la divergencia, también en este aspecto, del anarquismo con el socialismo estatista: "El socialismo moderno tiende a establecer un vasto sistema de derecho positivo contra el cual ya no exista una instancia de equidad. El objeto del anarquismo, por otro lado, es extender el principio de equidad hasta que reemplace totalmente el derecho positivo". En la misma línea, Bakunin ya rechazaba todo sentido de la justicia basado en la jurisprudencia romana, en gran medida fundada en actos de violencia y bendecida por algún tipo de Iglesia para transformarse en principio absoluto; reivindicaba, por el contrario, una justicia fundada en la conciencia de la humanidad, en la conciencia de cada uno de sus miembros. Es una justicia universal para el anarquista ruso, pero que no se ha impuesto en el mundo político, jurídico o económico debido al abuso de la fuerza y a las influencias religiosas.
Herbert Read habla de sistema equitativo, más que de un sistema legal, y al igual que éste demanda un arbitrio que no implique dominación. La administración en una sociedad anarquista dejará a un lado todo prejuicio legal y económico y recurrirá a los principios universales de la razón, determinados por la filosofía o el sentido común. Read apela a cierto idealismo en la gestión de la sociedad, rechaza un materialismo encorsetado en el que los hechos deban ajustarse a una teoría preconcebida. Ese idealismo demanda algo parecido a una religión, sin la cual considera Read que una sociedad no se mantiene demasiado tiempo. Las connotaciones negativas que implica el término "religión", con su demanda de subordinación al ser humano y su dogmatismo, no deben hacernos desestimar lo que este autor quiere decirnos. Por supuesto, el fenómeno de las religiones es analizable científicamente, es posible conocer su evolución y otorgarla una explicación, pero es importante igualmente darla a conocer como "actividad humana sensible". Read considera que si no se otorga una nueva "religión" a la sociedad revertirá inevitablemente hacia creencias antiguas, tal y como ocurrió en el socialismo implantado en Rusia. Además de la readmisión de la Iglesia ortodoxa, el comunismo dio lugar también a cierta salida para las emociones religiosas: deificación del líder político, con su tumba sagrada, sus estatuas y sus leyendas. El nazismo introdujo un nuevo credo basado en el sincretismo y el fascismo italiano nunca se desvinculó de la Iglesia católica. Read considera que es posible que de las ruinas del capitalismo pueda aparecer una religión nueva, tal y como el cristianismo surgió de las ruinas de la civilización romana, sin que vaya a ser el socialismo tal y como lo entendieron los materialistas pseudohistoricistas.
Jung habló de "arquetipos del inconsciente colectivo", consistentes en complejos factores psicológicos que dan cohesión a una sociedad, y Read apela en esa línea a una religión que implique una "autoridad natural" de gran vitalidad que actúe como árbitro, sin que acabe conviertiéndose en etapas posteriores en un nuevo "opio del pueblo". Hay que entender bien a Read, desprovistos de prejuicios ideológicos, ya que no pide la restauración de ninguna religión ni cree en ninguna en concreto, simplemente piensa que la religión es un componente necesario en cualquier sociedad orgánica. Por otra parte, demanda un mayor desenvolvimiento espiritual que puede aportar el anarquismo, el cual no se muestra exento de cierta "tensión mística" y puede ocupar el lugar de una nueva religión. Si observamos la religión únicamente como un fenómeno histórico a "abolir", si tenemos en cuenta todos los factores que mantienen al ser humano arrodillado y sujeto a cierta voluntad trascendente, se nos hace obviamente rechazable desde nuestra perspectiva libertaria; pero no hay que olvidar que el anarquismo, no solo pretende la transformación de la sociedad en un sistema más equitativo, demanda una moral y un espíritu infinitamente más poderosos que todas las creencias basadas en un plano trascendente y en una voluntad superior. Ahí radica tal vez lo que Read pide con un "mayor desenvolvimiento espiritual", al igual que pedimos un mayor horizonte para la razón lo demandamos también para la moral y la acción humanas.
Lo que desea Read es asentar una comunidad socialista que respete las leyes de progresión orgánica, y por lo tanto capaz de perdurar en el tiempo. Para ello, dentro de la visión anarquista, solo es posible que la industria, en manos de los trabajadores y lejos de cualquier centralización que la mantenga estática, se constituya en el seno de una federación de organizaciones colectivas que se gobiernen a sí mismas. Read hablaba de la posibilidad de un parlamento industrial, una especie de cuerpo diplomático regulador de las relaciones entre las diversas colectividades y organo decisor sobre cuestiones generales, pero sin llegar a ser un cuerpo legislativo o ejecutivo ni tener situaciones privilegiadas. La meta sería la desaparición entre el antagonismo entre productor y consumidor, propio del sistema capitalista, y la expansión del principio de solidaridad y de la ayuda mutua para crear estructuras en consonancia con ellas, en detrimento de las basadas estrictamente en la competencia. En estas ideas radica la simplicidad que pide Read, opuesta al monstruo estatal centralizado con sus numerosos conflictos producidos por el abismo abierto entre el productor y el administrador. Dentro de una economía descentralizada, a nivel local o regional, puede darse de manera más eficaz el bienestar de la comunidad basándose en la asociación y en la ayuda mutua. Read quería asegurar el espíritu emprendedor, fundado en esa búsqueda de máximo beneficio para la sociedad.
El problema de la interpretación de la equidad, recordaremos que Read prefería esta denominación a "administración de la justicia", quedará en manos de las organizaciones colectivas. Las tendencias peligrosas de ciertos individuos bien pueden ser sublimadas gracias a determinadas vías de escape inofensivas para las energías emocionales; Read habla del deporte en el que se pueden insertar esos instintos agresivos y tendencias competitivas de algunas personas para ser liberados de manera no dañina. El observar la sociedad como un ser orgánico, como una estructura viva con sus apetitos, instintos, pasiones, inteligencia y razón, hace que el crimen sea un mal extirpable. Indagando en la génesis del crimen, como enfermedad social que nace en la pobreza, la desigualdad y las limitaciones emocionales de todo tipo, puede creerse verdaderamente que una sociedad puede ser liberada de esa enfermedad. Toda alternativa a esta visión, netamente anarquista, resulta en adaptar el mundo y la sociedad a alguna suerte de orden artificial producto de una voluntad autoritaria.
Pero, al margen de las exposiciones de Kropotkin, o de autores posteriores, que podrían actuar de guía, Read no desea encorsetar la organización de la sociedad. Sí cree que hay que volcar los esfuerzos en establecer los principios de equidad, de libertad individual y de autogestión, por parte de los productores, a partir de las necesidades y circunstancias locales. Para ello, puede hablarse de acción revolucionaria, aunque se recuerda a Stirner y a Albert Camus en la distinción entre revolución y rebeldía; es la diferencia entre un movimiento que apunta a un mero cambio de instituciones políticas y aquel dirigido contra el Estado que pretende acabar por completo con toda institución jerárquica. El gran arma de la clase trabajadora es la huelga, algo que no se había empleado estratégicamente a fondo ni con la suficiente valentía, era necesario emplearla contra el Estado (fuerza antagónica de la sociedad). Para Read, pasaba por esta vía acabar con toda tiranía. El sentido de la justicia reclamado era incompatible con el sistema que imperaba en Europa y Estados Unidos a mediados del siglo XX y que había hecho ya que la iniquidad se instalara en el mismo desarrollo del capitalismo, por lo que Read deseaba una rebeldía espontánea y universal capaz de atraer lo mejor del hombre, de expandir la razón y la ayuda mutua. Décadas después, y lejos de cualquier tentación visionaria, es incluso más importante al día de hoy insistir en estos valores imperecederos del anarquismo.

J. F. Paniagua subir


La antiburguesía como
estilo cinematográfico

Claude Chabrol, el cineasta al que se llegó a denominar "azote de la burguesía", falleció el pasado 12 de septiembre en París a la edad de 80 años. Fue, antes de convertirse en director, crítico de cine entre 1953 y 1957, en la que dicen que ha sido la mejor etapa de la famosa revista Cahiers du Cinema. En esa redacción, demostró su pasión por el cine americano, por directores como Howard Hawks, Jacques Tourner, Robert Wise, Robert Aldrich o, su maestro, Alfred Hitchcock. El ensayo "Evolución del thriller", publicado en la revista en 1955, cristalizaría su pasión por ese género y anticiparía los temas presentes en su carrera cinematográfica. A la edad de 23 años, y después de iniciar carreras sin nada que ver con el mundo del cine, empiezar a frecuentar el cineclub del barrio latino presentado por Eric Rohmer, otro cineasta fundamental en el cine francés contemporáneo, lo que a la postre le haría formar parte de la redacción de la prestigiosa revista. Después de publicar una importante obra sobre Alfred Hitchcock junto a Rohmer, se convierte en el productor de sus primeras películas, y de algunas de las de sus amigos.
Sus operas primas como director fueron El bello Sergio (Le beau Serge, 1958), obra de escaso presupuesto rodada en la pequeña ciudad de Creuse en la que una mujer regresa al hogar para reencontrarse con su héroe de la infancia convertido ahora en un empedernido bebedor, y Los primos (Les cousins, 1958), con la que llegó a obtener el Oso de Oro en el Festival de Berlín, ambas películas con evidente contenido autobiográfico y con un fuerte moralismo. Chabrol, con estos primeros films, es considerado fundador del importante movimiento conocido como nouvelle vague (nueva ola), junto a otros autores como Godard, Malle, Rivette o Truffaut, entre otros, que imprimieron una nueva vitalidad en la manera de hacer cine, aunque sea imposible englobar a estos cineastas en una misma escuela al no existir unas premisas ni características comunes. Paradójicamente, esa rebelión contra el cine clásico francés, concretada en las mordaces críticas realizadas en Cahiers du Cinema, desembocó no pocas veces en que los propios cineastas de la nouvelle vague acabaran realizando cine de corte clásico, como fue el caso de Chabrol. A las personas que nos apasiona el cine, y que deseamos otorgarle un horizonte creativo lo más amplio posible, nos parece una actividad lógica y plausible la de los integrantes de aquel movimiento: ruptura con el academicismo para innovar, y volver a él si fuera preciso; tal vez la excepción a ello fuera Jean-Luc Godard, cineasta tan "rompedor" como irritante para el que subscribe. En cualquier caso, no es Chabrol un cineasta fácilmente etiquetable; en su posterior carrera (compuesta por unas 80 películas, incluyendo una veintena para televisión), en la que no puede acusársele precisamente de falta de actividad, se encuentran tanto rasgos de autor y de profundidad artística como la más descarada comercialidad y exhibicionismo. No obstante, Chabrol fue un hombre de notable talento que imprimió pasión en su oficio, incluso en sus películas más irregulares y cuestionables. Aunque el marco de gran parte de sus films fue el de la burguesía, y sobre ella caía la más implacable disección, en la que se observaba la maldad detrás de una vida "respetable", acabó sintiéndose a gusto en un género negro de estilo propio, interesándose más por el desarrollo de la trama y la construcción de personajes que por el mero suspense de saber quién era el asesino. Chabrol confesaría que, casi con seguridad, los dos directores que más habían influido en su obra fueron Fritz Lang, del que admiraba la construcción del espacio fílmico (la puesta en escena), y Hitchcock, por la ironía y la culpa como motivaciones de los actos criminales.
La siguiente película de Chabrol, después de los dos premiados films del inicio de su carrera, será el policiaco Una doble vida (À double tour, 1959), adaptación de la novela del especialista en el género Stanley Ellin, con el que se inicia una etapa junto al guionista Paul Gégauff (con el que ya había colaborado en Los primos); se trata de una obra formalmente muy bella sobre una familia provenzal, aunque tal vez algo falta de contenido, con la que Chabrol tampoco generó un gran entusiasmo. Se inicia a partir de aquí una etapa en la que empieza a realizar comedias costumbristas sobre la alta burguesía parisiense. Les bonnes femmes (1960), es una historia de humor malicioso, considerada por muchos como una obra importante en la nouvelle vague, con la que los autores parecen querer mostrarnos que unos pocos momentos de felicidad pueden tener más peso que el resto de horas grises del día. A ella le seguirían Les godeureaux (1960), variación sesgada de las ideas expuestas en Los primos (en la que Gégauff también trabajó), y la más brillante L'oeil du malin (1961), de nuevo realizando un retrato ferozmente crítico de la alta burguesía. Se considera que una primera etapa de la carrera del cineasta concluye en 1962 con Ophélia, personal adaptación de la obra de Shakespeare, y Landrú, sobre el conocido asesino de mujeres. Ophélia tiene como escenarios el hogar de un exitoso escritor y la finca de una familia de terratenientes, en la cual aparecen unos soñadores jóvenes, en los que se insertan diversos elementos desestabilizadores, internos y externos. Una de las obsesiones de Chabrol será la naturaleza del mal, y también la mirada sobre sus efectos, lo que le conduce a profundizar en la psicología humana.
Es el fracaso de algunas obras de esa primera época, lo que le conduce a un sorprendente cambio de registro con desvergonzadas parodias del recién nacido James Bond cinematográfico, y con evidente influencia del mundo del cómic, como El Tigre (Le Tigre aime la chair fraîche, 1964), El Tigre se perfuma con dinamita (Le Tigre se parfume à la dynamite, 1965) y María Chantal contra el doctor Kha (Marie-Chantal contre le docteur Kha, 1965). Pero es la que puede denominarse tercera etapa de Chabrol, junto al productor André Génovès y de nuevo con el guionista Paul Gégauff, que se desarrolla desde finales de los años 60 hasta comienzos de los 70, la más coherente e interesante. Chabrol insiste en el género policiaco, pero de forma más personal, con Las ciervas (Les biches, 1968), La mujer infiel (La femme infidèle, 1968), Accidente sin huella (Que la bête meure, 1969), El carnicero (Le boucher, 1969), La ruptura (La rupture, 1970), Al anochecer (Juste avant la nuit, 1971), Relaciones sangrientas (Les noces rouges, 1973) e Inocentes con manos sucias (Les innocents aux mains sales, 1975). Todos altamente inspirados, son feroces retratos del esplendor y la miseria de la burguesía francesa. Es una época en que Chabrol interviene ya directamente en los guiones logrando excelentes descripciones de delincuencia en el seno de la clase acomodada, si bien fieles en algún sentido a los códigos del género policiaco, con rasgos originales y una perspectiva diferente a la de otros cineastas como Godard y Truffaut. Partiendo en numerosas ocasiones de los sensacionalistas titulares de la prensa francesa, los cauces habituales del thiller eran solo apariencia en Chabrol, interesado tanto en la naturaleza del delito como en la ambigüedad de las motivaciones, poniendo el foco en el aparente culpable y en las personas de su entorno. Al igual que los mejores directores del género, Chabrol manipulaba una y otra vez al público haciendo uso de un objeto en apariencia inofensivo con el objeto de crear tensión. La fiesta del placer (Una partie de plaisir, 1975) constituye de nuevo un devastador ataque a la burguesía en la carrera del cineasta francés; la confesión al inicio del film de la infidelidad por parte de un hombre a su mujer, otorgándola el derecho a hacer lo mismo, es el inicio del fin de la falacia del matrimonio, con un retrato inmisericorde de un tipo desagradable y manipulador. La historia adquiere una nueva y terrible dimensión cuando se conoce que el relato está inspirado en la propia ruptura del guionista Paul Gégauff, el cual es convencido por Chabrol para que se interprete a sí mismo (junto a su ex mujer y a su hija, las cuales también fusionan sus personajes con la vida real).
Una desafortunada excepción en el cine de Chabrol, plagado de adulterios y crímenes en la clase acomodada, supone el film Nada (1974). Se trata de una historia con diversas interpretaciones, si bien Chabrol se apresuró a declarar que no era cine político, en la que un peculiar grupo de anarquistas pretende secuestrar al embajador de Estados Unidos teniendo como antagonista a un capitán de policía, fascista y ridículo. Richard Porton, en su imprescindible libro Cine y anarquismo. La utopía anarquista en imágenes (Gedisa, 2001), dedica un amplio espacio a Nada, comenzando por el estudio de unas figuras (supuestamente) anarquistas, propias de la opera bufa y más cercanas en sus acciones a grupos terroristas reales, de ideología leninista, como las Brigadas Rojas o la Baader-Meinhof. El "cabecilla" español de la banda, llamado lamentable y significativamente Buenaventura Díaz, y su apariencia con barba hirsuta, vestido de negro y sombrero de ala ancha, no son más que los estereotipos habituales de cierto imaginario sobre el anarquismo iniciado en la literatura decimonónica. La caracterización como fanáticos de los miembros ácratas del grupo es un ataque frontal a una tradición libertaria real que contradice esa visión, solo parcialmente justificado por la inconcebible torpeza, tal vez presente ya en la novela de Jean-Patric Manchette, de no poseer la mínima cultura política para distinguir a marxistas de anarquistas. No obstante, resulta impactante cómo la fuerza policial acaba aniquilando al grupo y, en un manifiesto final leído por Díaz, parece hacerse una crítica de este terrorismo de opereta, objetivo fácil para infiltrados gubernamentales y, finalmente, fortalecedor de la agenda ideológica del Estado.
El prolífico Chabrol no dejará de trabajar en los siguientes años, también en series de televisión, por lo que su obra en ese tiempo puede considerarse más dispersa e irregular. Destacan Alicia o la última fuga (Alice ou la dernière fugue, 1977), obra insólita, a la que siguen los personales policiacos Los fantasmas del sombrerero (Les fantômes du chapelier, 1982), adaptación de un relato de Georges Simenon en otro brillante retrato costumbrista, Pollo al vinagre (Poulet au vinaigre, 1984), esta vez un guión original en el que la comida cobra una inédita importancia en la obra de Chabrol, y El grito de la lechuza (Le cri du hibou, 1987), sobre la novela homónima de la estupenda escritora del género Patricia Highsmith. Una serie de obras protagonizadas por Isabelle Huppert, con desgarradores retratos de mujeres, como Prostituta de día, señorita de noche (Violette Nozière, 1978), con la que comenzaría la colaboración entre el director y la que se convertiría en su actriz fetiche, ganadora del Premio a la Mejor Actriz en Cannes por este film, en el que se retrata a una conocida asesina de los años 30 que había envenenado a sus padres. Otras películas con Huppert fueron Un asunto de mujeres (Una affaire de femmes, 1988) o Madame Bovary (1991), excepcional versión cinematográfica de la obra clásica de Gustave Flaubert. Otra película notable en la filmografía de Chabrol es La ceremonia (La cérémonie, 1995), cruel historia adaptada de una novela de Ruth Rendell, en la que se mezcla de forma hábil la política y el género negro aderezada de gastronomía y actos criminales. Una idea original de Henri-George Cluzot, el cual trató de llevar a la pantalla en los años 60 protagonizada por Romy Schneider sin que el proyecto pudiera salir adelante, acabó en manos de Chabrol, que acabó rodando en 1994, El infierno (L'enfer); se trata de una eficaz historia sobre un celoso, casado con una bella mujer que interpreta la magnética Emmanuelle Beart, cuya neurosis progresiva arrastra a ambos al averno referido en el título.
La amistad de Chabrol con el Festival de San Sebastián se mantuvo firme desde la presentación de El carnicero en el Zinemaldia en 1970. En 1986, presentó El inspector Lavardin (L'inspecteur Lavardin); sobre esta película Diego Galán, el que fuera colaborador y director del Festival, cuenta una peculiar anécdota en la que la banda terrorista ETA acabó "secuestrando" el último rollo del film saboteando la primera proyección en el certamen donostiarra, ya que nadie se enteró de quién era el asesino. Estamos hablando de un convulso momento en el que ETA acababa de asesinar a su ex militante Yoyes, el GAL mataba refugiados en el País Vasco-Francés y el país galo continuaba con su política de expulsiones, por lo que las Gestoras Pro-Amnistía iniciaron una campaña de boicot a los productos franceses (¡siendo víctima la obra de Chabrol!). No todas las presentaciones de Chabrol en San Sebastián fueron tan problemáticas y la Concha de Oro recayó en 1997 sobre su notable película No va más (Rien ne va plus), historia en la que Michel Serrault e Isabelle Huppert se dedican a desvalijar ricos profesionales en diversos eventos; en 2001, Chabrol llegaría incluso a formar parte del jurado del festival donostiarra. Dos años después, presentó también un nuevo film, Las flores del mal (La fleur du mal), y entregó en esa misma edición él mismo el premio Donosti a su actriz fetiche Huppert. En la edición de 2004, tuve la oportunidad de ver a Chabrol en persona, presentando su película La dama de honor (Le demoiselle d'honneur), de nuevo una adaptación de la escritora Ruth Rendell; pude observar un hombre entusiasta, jovial, bromista y ácido, que deseaba trasladar al público la pasión que ponía en su quehacer cinematográfico.
En 2006, Borrachera de poder (L'ivresse du pouvoir), Chabrol aborda una trama, inspirada en el escándalo financiero real llamado caso Elf, en el que a la juez interpretada por Huppert se le encarga desentrañar e instruir un complejo asunto de movimiento y malversación de fondos en el que está implicado el presidente de un importante grupo industrial. La película se esfuerza en retratar las repercusiones del poder, sea cual sea su naturaleza, sobre el espíritu humano y hasta dónde puede arrastrar a los individuos. La película no gustó nada a la poderosa jueza Eva Joly, la cual inspira el personaje de Huppert, y acusó a Chabrol, llevándole incluso a los tribunales, de haber convertido un complicado caso judicial en un cuadro de costumbres e inmiscuirse en asuntos muy personales. Resulta muy interesante la caracterización ambivalente del personaje de la jueza, en el que un aparente deseo de justicia esconde ambiciones personales; Huppert, una actriz menuda, de apariencia frágil, pero de gran personalidad interpretativa, era la actriz idónea para el papel. La chica cortada en dos (La fille coupée en deux, 2007) es la siguiente película de un prolífico Chabrol, en la que una atractiva chica es seducida por un maduro escritor erotómano, pero ella decide casarse con un joven y desequilibrado joven, el cual le garantizará cierto estatus social. De nuevo Chabrol quiere abordar en este film la violencia entre clases o, para ser más exactos, entre dos clases con diferente poder, la de los antiguos propietarios y la que representa los medios de comunicación (la protagonista trabaja en una cadena de televisión), mostrando las ambiciones y perversiones de unas personajes bien construidos.
Chabrol siguió trabajando prácticamente hasta el momento de su muerte, con las mismas energías de siempre, y ya había anunciado su presencia en la Seminci de Valladolid, que se celebra en este mes de octubre, en la que se le hará un merecido homenaje. En este mismo certamen, se estrenará su película póstuma, Bellamy, que ya participó en el Festival de Berlín, única colaboración con el conocido actor francés Gérard Depardieu, el cual manifestó así su opinión sobre el cineasta: "Claude era la alegría de vivir, tenía ese amor por la comida, por compartir, lo tenía todo: la historia del cine y la pasión, pero también la infancia, el placer y la risa". Isabelle Huppert diría también estas bellas palabras: "Claude no me filmaba como una mujer objeto del deseo, sino como si fuera su hija, siempre de una manera simple, íntima, muy dulce". No obstante, puede que sea más ilustrativa de su peculiar carácter y de sus intenciones cinematográficas la siguiente frase del propio Chabrol: "La estupidez es mucho más fascinante que la inteligencia. La inteligencia tiene sus límites, mientras que la estupidez no".

Capi Vidal Subir


Más de cien años de anarquismo en
el movimiento obrero español

Este año se conmemora el centenario de la fundación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), el gran sindicato revolucionario español creado por los anarquistas. La gran organización obrera que posibilitó la revolución social de 1936-1939. Pero la pregunta es ¿por qué en España y no en otro lugar? No se trata, como apuntan algunos, del carácter español, de su idiosincrasia, que le llevan al anarquismo. Intentaremos trazar una panorámica del porqué del arraigo de las corrientes antiautoritarias entre la clase obrera española.
Las nuevas doctrinas de emancipación social llegaron a España a través de las traducciones de los textos de Fourier, Cabet y, sobre todo, de Proudhon. A mediados del siglo XIX las sociedades de resistencia obrera eran una realidad por todo el país. Pero la organización revolucionaria, vertebrada, no cristalizó hasta la llegada en 1868 del italiano Giuseppe Fanelli enviado por el comité ginebrino de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). El programa que presenta a los núcleos de Barcelona y Madrid es el de la Alianza para la Democracia Socialista, organización creada, entre otros, por Mijaíl Bakunin cuatro años antes y que se integró en la AIT.
En España la Internacional tenía unos planteamientos claramente libertarios.
A medida que la Internacional se va afianzando, el Estado la intenta erradicar: a las huelgas suceden represiones brutales e intentos de destruir las organizaciones obreras. Se las prohíbe por ley, lo que no implica su desaparición, sino todo lo contrario. Aparte de las luchas reivindicativas, los anarquistas emprenden una lucha contra el analfabetismo y la ignorancia, que minaban a la clase obrera. El enfrentamiento con la Iglesia católica será total, por representar ella las fuerzas del oscurantismo.
Por su parte, los marxistas comienzan a hacer campaña en contra de todo lo que significan los planteamientos libertarios en la AIT y, escindiéndose de ella, crean en 1879 el Partido Socialista Obrero Español (PSOE).
Ante el impulso de las ideas libertarias, el Gobierno decide poner en práctica una nueva táctica, la del montaje y la provocación. Se producen así una serie de hechos realizados por agentes policiales cuyo fin es desacreditar y criminalizar al movimiento anarquista. Estallan bombas, se acusa a los anarquistas, se encarcela, tortura y asesina a militantes; otros compañeros les vengarán y de nuevo el Estado lanza su maquinaria represiva; es la espiral de violencia de la que siempre salen ganando las fuerzas del Capital. En España son especialmente sangrientos los procesos de Montjuich, Jerez, la "Mano Negra"... Pero es un fenómeno mundial.
Si bien la oleada de represión impide crear organizaciones anarquistas estables, sin embargo, se multiplicaron las publicaciones libertarias que, de alguna manera, sirvieron de nexo de unión entre los militantes.
A comienzos del siglo XX el enfrentamiento entre capital y trabajo se radicaliza más aún. De Francia llegan las nuevas teorías de organización obrera: el sindicalismo. Se debate sobre la huelga general como método revolucionario. En Cataluña se crea, en 1907, una federación de todas las sociedades obreras de influencia libertaria. Se llamará (al igual que su órgano de expresión) Solidaridad Obrera. Su bautismo de fuego llegará a los pocos meses: el Gobierno decide mandar más soldados para reanudar la guerra en Marruecos; el pueblo de Barcelona se amotina para evitar el embarque de las tropas. La respuesta del Gobierno fue atroz; durante esta "Semana Trágica" se asesinó a cientos de trabajadores. Tras los procesos judiciales, se fusila, entre otros, a Francisco Ferrer, pedagogo anarquista culpable de educar a la juventud fuera de las garras de la Iglesia. Los encarcelados se cuentan por centenares.
En el verano de ese mismo año se reúne en la ciudad de Amsterdam un congreso anarquista internacional. Se habló, fundamentalmente, de dos temas: organización anarquista y sindicalismo. Del primero de ellos surge la necesidad de crear la internacional anarquista, querida por todos, y se nombra una comisión de relaciones. Del sindicalismo se habló mucho, perfilándose dos tendencias: la que daba a la acción sindical preponderancia sobre las demás actividades a emprender y la que, sin quitar importancia a la acción obrera, declara que ésta es un medio para llegar a la anarquía, nunca un fin en sí misma.
Estas dos maneras de entender la acción libertaria van a pervivir en el anarquismo organizado hasta nuestros días. Son antológicas las defensas que de una y otra postura hicieron Pierre Monatte y Errico Malatesta.
En España, José Prat y Anselmo Lorenzo (veterano luchador y uno de los fundadores de la sección española de la Internacional) hacen circular textos sobre sindicalismo, que calan en el proletariado. En octubre-noviembre de 1910, con el apoyo de la mayoría de los diversos grupos anarquistas se crea la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Se trata de la ampliación de la Solidaridad Obrera catalana a todas las sociedades obreras españolas. Las luchas llevadas a cabo por los sindicatos de la CNT hacen que, en menos de un año, el Gobierno la ilegalice. Las posturas se radicalizan.
Cuando en 1914 estalla la Primera Guerra Mundial, la burguesía aprovecha la neutralidad española para enriquecerse suministrando productos a los dos bandos. Las luchas obreras se multiplican y, junto a la Unión General de Trabajadores (UGT, socialista), la CNT declara la huelga general revolucionaria en 1917.
En ese mismo año estalla en Rusia la Revolución. Las noticias no circulan con la necesaria fluidez y no se sabe realmente lo que está ocurriendo en Rusia. Por otra parte, los bolcheviques crean la Internacional Comunista y envían a sus agentes por todo el mundo para crear secciones.
En España los bolcheviques lanzan sus primeros ataques contra los anarquistas dentro de la CNT, pero sin éxito. En 1919, el Congreso de la CNT declaraba que su finalidad era el comunismo libertario. La CNT se adhiere, provisionalmente, a la Internacional Sindical Roja (ISR, comunista). El informe de los delegados que acuden a Rusia hace que se abandone la ISR al hacerse evidente la implantación de la dictadura bolchevique.
En 1922 se reunirán en Berlín las organizaciones sindicalistas revolucionarias del mundo para refundar la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), heredera de la Primera Internacional. La CNT está presente.
Los conflictos obreros se multiplican por las ciudades y el campo. En el resto de Europa se da idéntica situación. Las fuerzas burguesas crean milicias "cívicas" para sofocar las rebeliones, ya que temen utilizar al ejército por si confraterniza con los trabajadores, como sucedió en Rusia. Los socialistas alemanes demuestran a qué conduce la participación política, aplastando el movimiento revolucionario de los consejos obreros. En Italia será un antiguo socialista, Benito Mussolini, quien dé forma a esta ideología interclasista, el fascismo, que no es otra cosa que una tabla de salvación de la burguesía ante la irrupción de la revolución proletaria.
En España, la burguesía crea el Sindicato Libre, una organización terrorista que se dedica a asesinar a los militantes libertarios más destacados. La reacción es enérgica: los grupos anarquistas atacan a los pistoleros del Sindicato Libre con las armas en la mano. El balance es trágico; como resultado, la espiral de violencia que permite justificar el golpe militar de 1923: el rey Alfonso XIII manda formar gobierno al general Primo de Rivera; se suspenden las garantías constitucionales y los sindicatos de la CNT son puestos fuera de la ley. Los anarquistas redoblarán la lucha contra la dictadura. Curiosamente la UGT y el PSOE aceptan colaborar con el dictador.
Meses antes del pronunciamiento militar, se había creado la Federación Nacional de Grupos Anarquistas (FNGGAA) que aglutinará a los compañeros y coordinará las luchas. Son legendarias las acciones de militantes como Durruti y Ascaso.
En 1927 se celebra clandestinamente en Valencia una conferencia anarquista. Están representados los grupos de la FNGGAA, los compañeros exiliados de la Federación de Grupos Anarquistas de Lengua Española y la Unión Anarquista Portuguesa. Se decide crear una organización que coordine las luchas contra ambas dictaduras de la Península: nace la Federación Anarquista Ibérica (FAI), crisol en el que se forjarán los movimientos revolucionarios de ese período.
Llega un momento en que el sistema dictatorial, e incluso la propia monarquía, ya no sirven para defender los intereses de la burguesía. Ante el miedo de un cambio revolucionario, los poderes fácticos del Estado dan paso a la República, que se proclama en abril de 1931.
Con la vuelta de las libertades democráticas, los sindicatos de la CNT crecen con una fuerza inusitada. En su seno se crea una tendencia reformista con líderes como Ángel Pestaña, que derivará en la creación de un partido político.
Pronto la República demuestra de parte de quién está: de la burguesía, de los propietarios. Los sindicatos de la CNT y los grupos de la FAI entran en una espiral revolucionaria y también, justo es decirlo, se dan ejemplos de burocratismo y de posibilismo político.
El Estado sigue con su brutal represión: fusilamientos (Casas Viejas), deportaciones, cárcel.
En 1934, las derechas ganan las elecciones legislativas, lo que significó más represión. En octubre se desencadena la huelga general revolucionaria por parte de las dos centrales sindicales, CNT y UGT; el Gobierno proclama el estado de guerra y se encarcela a cientos de militantes. Pero en Asturias la revolución triunfa. Con la consigna UHP (Uníos Hermanos Proletarios) socialistas y anarquistas organizan la lucha; y vencen. En muchos pueblos se proclama el comunismo libertario. La reacción del Gobierno es contundente: manda fuerzas militares profesionales (Legión, Regulares y Guardia Civil) para que aplasten la revuelta. Tenían miedo a que los soldados de reemplazo se unieran a los revolucionarios. La represión fue atroz. El general Franco dirigía las operaciones. Las cárceles (y los cementerios) se llenaron de revolucionarios. Pero la actividad no cesa: propaganda, comités de apoyo a los presos...
En 1936 ganará las elecciones legislativas una coalición izquierdista, que promulga una amnistía general. La CNT celebra su congreso en Zaragoza, contabiliza más de un millón de afiliados. Entre los acuerdos del Congreso destaca un dictamen sobre alianza revolucionaria y, sobre todo, la definición del comunismo libertario, un programa que permitirá realizar los ideales ácratas.
Las huelgas se suceden, las provocaciones fascistas también. Finalmente, en julio, una parte importante del ejército se subleva contra la República. La CNT proclama la huelga general y los militantes se lanzan a la calle. En media España se detiene la intentona fascista. Es el triunfo del pueblo en armas.
Inmediatamente los sindicatos se ponen manos a la obra en la tarea revolucionaria: se colectivizan las industrias, los campos, la distribución de productos, y todo ello sin descuidar las necesidades de la guerra. En muchos casos, los sindicatos de la UGT colaboran en las tareas revolucionarias.
La actividad de los militantes de la CNT, de la FAI y de nuevas organizaciones como Juventudes Libertarias y Mujeres Libres fue febril: organización de la producción, el transporte y el consumo; la sanidad, la educación, los espectáculos; las industrias de guerra. Todo bajo el signo libertario de la socialización.
También se cometieron errores: empujadas por las circunstancias del momento, las organizaciones libertarias colaboraron en la dirección política de las instituciones republicanas aportando ministros, directores generales, alcaldes y hasta mandos militares. Esa suma de errores tuvo consecuencias funestas para la revolución. En mayo de 1937, los comunistas lanzan en Barcelona un golpe de mano contra el movimiento libertario, asesinan a compañeros y asaltan el edificio de la Telefónica, nudo de comunicaciones de la capital catalana. Las luchas se suceden durante varios días por las calles. Finalmente hay un llamamiento a la calma por parte de los "responsables" libertarios. Es el principio del fin. En julio del mismo año, la FAI se convierte en una especie de partido político.
Después de casi tres años de guerra, abandonados por las democracias europeas y con la traición comunista, los revolucionarios españoles son vencidos por las tropas fascistas, que impondrán la dictadura más severa y sangrienta de toda la historia de España.
Al acabar la guerra, los anarquistas que no han podido alcanzar la frontera serán presos por las tropas de Franco. Muchísimos serán fusilados. Algunos consiguen hacerse fuertes en las montañas y continuar la lucha contra el fascismo. Otros pasan a la clandestinidad en las ciudades. Se crean redes de evasión para los militantes presos o amenazados y para sus familias. Incluso bajo la férula fascista, la resistencia libertaria continúa. Se organizan huelgas (la de los tranvías de Barcelona fue total) y actos de sabotaje. En la guerrilla hay una serie de personajes míticos: Sabaté, Facerías, Caraquemada...
Al otro lado de los Pirineos, los exiliados apenas tienen tiempo de organizarse, pues en seguida comienza la Segunda Guerra Mundial. Los anarquistas españoles, desde el primer momento, organizarán la resistencia al invasor nazi-fascista. Tras el conflicto, el mundo se divide en dos bloques: el capitalista y el comunista (de Estado, se entiende). Franco se refuerza ante los vencedores como "reserva de Occidente" y su régimen represor continúa, eso sí, con el beneplácito de las democracias.
En España, a pesar de cárceles y paredones, la oposición al régimen sigue. Hay que destacar la ayuda que prestaron en todo momento los exiliados. Se esforzaban por mandar propaganda, dinero y militantes para proseguir la lucha libertaria. Pero la represión consigue minimizar toda voz opositora. La policía desarticula una y otra vez el movimiento libertario. Y una y otra vez el movimiento libertario se vuelve a organizar.
La clase obrera ensaya otras formas de organización. A principios de los años sesenta surgen las Comisiones Obreras (CC OO) como forma de organización dinámica y unitaria, de lucha en campos, fábricas y talleres. Los anarquistas están en el origen de las CC OO, aunque pronto son marginados por el Partido Comunista, que llega a convertirlas en su "correa de transmisión".
La dictadura empieza a descomponerse. La lenta agonía del dictador permite a sus lacayos preparar la transición monárquica. Pactan con la "oposición" democrática la vuelta gradual al Estado de Derecho una vez muera Franco (cosa que sucede el 20 de noviembre de 1975). La Corona está asegurada.
En estos años el movimiento anarquista estaba compuesto, sobre todo, por compañeros veteranos cargados de experiencia y de años de cárcel, y por jóvenes entusiastas pero carentes de la experiencia necesaria. Se echa en falta la generación intermedia.
En los años setenta se va a estructurar, poco a poco, una federación de grupos anarquistas. La tarea primordial será, por consejo de los compañeros exiliados, la reconstrucción de la CNT. Tarea en la que se va a converger con otras realidades de movimiento obrero no precisamente libertarias, sobre todo con sectores escindidos del sindicalismo cristiano.
A comienzos del año 1976 la CNT está estructurada en todo el país. Se publican un sinfín de periódicos, folletos, libros... Es un renacer libertario que asusta a los poderes e, incluso, al resto de la "izquierda". Se ganan huelgas (la de las gasolineras de Barcelona resulta paradigmática) y se demuestra que otro tipo de lucha es posible... y eficaz.
El auge libertario y el hecho de que la CNT no entre en los pactos interclasistas promocionados por la Corona hace que el Gobierno tenga al movimiento libertario en el punto de mira: provocaciones, detenciones, montajes (como el Caso Scala), "ley del silencio" en los medios de comunicación y, por si fuera poco, una escisión en la CNT. Se produce en el Congreso de 1979 y la protagonizan los elementos reformistas proclives a participar en elecciones sindicales, comités de empresa y todas las componendas que el capitalismo emplea para amordazar a la clase obrera.
Esta escisión supondrá, durante años, una lenta sangría de la CNT y de los demás componentes del movimiento libertario.
Cuando en 1982 gobierna el Partido Socialista, los anarquistas se oponen a la reconversión industrial, pero sus acciones son silenciadas por la prensa.
En 1989, con la caída del Muro de Berlín, el régimen soviético empieza una rápida transformación: del capitalismo estatal pasa al capitalismo privado y a ser pasto de las multinacionales. Los antiguos países socialistas se "democratizan" y los trabajadores pierden las pocas prestaciones sociales que tenían. El trabajo se precariza enormemente.
El capitalismo, ya sin su competidor soviético, se hace cada vez más feroz. La clase obrera en dos terceras partes del mundo se ve en la necesidad de emigrar para buscar trabajo; las condiciones laborales son cada vez más parecidas a la esclavitud. El sistema propicia la competencia, el racismo, la lucha religiosa.
Es un momento óptimo para la lucha, pero en España nos encontramos con un movimiento anarquista fraccionado, con pocos periódicos y menos editoriales, con bastantes enfrentamientos internos. Surgen nuevas generaciones de militantes que, en su mayoría, llegan al anarquismo asqueados de otras ideologías, de otras formas de organización. Representan una bocanada de aire fresco.
Estamos en el siglo XXI y esta joven militancia vuelve a unir teoría y práctica, intenta superar las diferencias entre militantes y entre organizaciones, utiliza todos los medios de propaganda, dando un papel preponderante a las nuevas tecnologías. Parte de estos jóvenes celebra el centenario de la CNT y otra parte se plantea otras formas de resistencia al Capital. Unos y otros construyen anarquismo.

Alfredo González Subir


Principios del sindicalismo revolucionario

Aprovechando el centenario de la fundación de la CNT ofrecemos a nuestros lectores parte de los vigentes estatutos de la AIT, organización de la que la CNT es su sección española.

1.- El sindicalismo revolucionario, basándose en la lucha de clases, tiende a la unión de todos los trabajadores dentro de organizaciones económicas y de combate, que luchen por la liberación del doble yugo del capital y del Estado. Su finalidad consiste en la reorganización de la vida social asentándola sobre la base del comunismo libertario y mediante la acción revolucionaria de la clase trabajadora. Considerando que únicamente las organizaciones económicas del proletariado son capaces de alcanzar este objetivo, el sindicalismo revolucionario se dirige a los trabajadores en su calidad de productores, de creadores de riquezas sociales, para germinar y desarrollarse entre ellos, en oposición a los modernos partidos obreros, a quienes declara sin capacidad para una reorganización económica de la sociedad.
2.- El sindicalismo revolucionario es enemigo convencido de todo monopolio económico y social, y tiende a su abolición mediante la implantación de comunas económicas y de órganos administrativos regidos por los obreros de los campos y de las fábricas, formando un sistema de libres consejos sin subordinación a ningún poder ni partido político alguno. El sindicalismo revolucionario erige, contra la política del Estado y de los partidos, la organización económica del trabajo, opone al gobierno del hombre sobre el hombre la gestión administrativa de las cosas. No es, por consiguiente, la finalidad del sindicalismo revolucionario la conquista de los poderes políticos, y sí la abolición de toda función estatal en la vida de la sociedad. El sindicalismo revolucionario considera que con la desaparición del monopolio de la propiedad debe desaparecer, también, el monopolio de la dominación, y que toda forma de Estado, encúbrase como se quiera, no podrá ser nunca un instrumento de liberación humana, antes al contrario, será siempre el creador de nuevos monopolios y de nuevos privilegios.
3.- El sindicalismo revolucionario tiene una doble función a cumplir: la de proseguir la lucha revolucionaria de todos los días por el mejoramiento económico, social e intelectual de la clase obrera dentro de los límites de la sociedad actual, y la de educar a las masas para que sean aptas para una gestión independiente en el proceso de la producción y de la distribución, así como para la toma de posesión de todos los elementos de la vida social. El sindicalismo revolucionario no acepta que la organización de un sistema social descansando totalmente sobre el productor, pueda llegar a ser ordenado por unos simples decretos gubernamentales, y afirma que solamente puede lograrse por la acción común de todos los trabajadores manuales e intelectuales, en cada rama de industria, por la gestión, dentro de las fábricas, de los mismos trabajadores, de tal manera que cada agrupación, fábrica o rama de industria sea un miembro autónomo en el organismo económico general y ordene sistemáticamente, sobre un plan determinado y sobre la base de acuerdos mutuos, la producción y la distribución como mejor interese a la comunidad.
4.- El sindicalismo revolucionario es opuesto a todas las tendencias de organización inspiradas en el centralismo del Estado y de la Iglesia, porque sólo pueden servir para prolongar la vida del Estado y de la autoridad, y para ahogar sistemáticamente el espíritu de iniciativa y de independencia del pensamiento. El centralismo es la organización artificial que supedita las llamadas partes bajas a las tituladas superiores, y que abandona en manos de una minoría la reglamentación de los asuntos de toda la comunidad (el individuo se convierte en un autómata de gestos y de movimientos dirigidos). En la organización centralista los valores de la sociedad son postergados por los intereses de algunos, la variedad es reemplazada por la uniformidad, la responsabilidad personal es sustituida por una disciplina unánime. Es por esta razón que el sindicalismo revolucionario asienta su concepción social dentro de una amplia organización federalista, es decir, de la organización de abajo a arriba, de la unión de todas las fuerzas sobre la base de ideas e intereses comunes.
5.- El sindicalismo revolucionario rechaza toda actividad parlamentaria y toda colaboración con los organismos legislativos, porque entiende que el sistema de sufragio más libre no puede hacer desaparecer las evidentes contradicciones que existen en el seno de la sociedad actual, y porque el sistema parlamentario sólo tiene un objetivo: el de prestarle un simulacro de derecho al reino de la mentira y de las injusticias sociales.
6.- El sindicalismo revolucionario rechaza todas las fronteras políticas y nacionales, arbitrariamente creadas, y declara que el llamado nacionalismo sólo es la religión del Estado moderno, tras la cual se encubren los intereses materiales de las clases poseedoras. El sindicalismo revolucionario no reconoce otras diferencias que las de orden económico, regionales o nacionales, producto de las cuales surgen las jerarquías, privilegios y opresiones de todo tipo (por raza, sexo, sexualidad o cualquier diferencia percibida o real), y reclama para toda agrupación el derecho a una autodeterminación acordada solidariamente a todas las otras asociaciones del mismo orden.
7.- Por idénticas razones, el sindicalismo revolucionario combate el militarismo y la guerra. El sindicalismo revolucionario recomienda la propaganda contra la guerra, y la sustitución de los ejércitos permanentes, los que sólo son instrumentos de la contrarrevolución al servicio del capitalismo, por las milicias obreras que durante la revolución serán controladas por los sindicatos obreros; exige, además, el boicot y el embargo contra todas las materias primas y productos necesarios para la guerra, a excepción del caso en que se trate de un país donde los obreros estén realizando una revolución de tipo social, en cuyo caso hay que ayudarles en la defensa de la revolución. Finalmente, el sindicalismo revolucionario recomienda la huelga general preventiva y revolucionaria como medio de acción contra la guerra y el militarismo.
8.- El sindicalismo revolucionario reconoce la necesidad de una producción que no dañe el medio ambiente, que intente minimizar el uso de recursos no renovables y que utilice siempre que sea posible alternativas renovables. Identifica la búsqueda de ganancias y no la ignorancia como causa de la crisis medioambiental actual. La producción capitalista siempre busca minimizar los costes para conseguir un nivel de ganancias cada vez más elevado para sobrevivir, y no puede proteger el medio ambiente. En concreto, la crisis mundial de la deuda ha acelerado la tendencia hacia las cosechas comerciales en detrimento de la agricultura de subsistencia. Esto ha causado la destrucción de las selvas tropicales, hambre y enfermedades. La lucha para salvar nuestro planeta y la lucha para destruir el capitalismo deben ser conjuntas o ambas fracasarán.
9.- El sindicalismo revolucionario se afirma partidario de la acción directa, y sostiene y alienta todas aquellas luchas que no estén en contradicción con sus propias finalidades. Sus medios de lucha son: la huelga, el boicot, el sabotaje, etc. La acción directa encuentra su expresión más profunda en la huelga general, la que debe ser, al mismo tiempo, desde el punto de vista del sindicalismo revolucionario, el preludio de la revolución social.
10.- Enemigo de toda violencia organizada por no importa qué clase de gobierno, el sindicalismo revolucionario tiene en cuenta que se producirán encuentros violentísimos durante las luchas decisivas entre el capitalismo de hoy y el comunismo libre de mañana. Por consiguiente, reconoce la violencia que pueda emplearse como medio de defensa contra los métodos violentos que empleen las clases dominantes durante las luchas que sostenga el pueblo revolúcionario por la expropiación de las tierras y de los medios de producción. Como esta expropiación sólo podrá ser iniciada y llevada a feliz término por la intervención directa de las organizaciones económicas revolucionarias de los trabajadores, la defensa de la revolución debe encontrarse también en manos de los organismos económicos y no en las de una organización militar o parecida que se desenvuelva al margen de ellos.
11.- Es únicamente en las organizaciones económicas y revolucionarias de la clase obrera donde se encuentra la fuerza capaz de realizar su liberación y la energía creadora necesaria para la reorganización de la sociedad sobre la base del comunismo libertario.

(Estatutos de la AIT) Subir


Acción directa

Reproducimos uno de los acuerdos tomados en el congreso de constitución de la CNT, celebrado hace hace cien años (Barcelona, 30 de octubre a 1 de noviembre de 1910). Sorprende que, después de pasado tanto tiempo, este texto resulta de lo más actual.

Tema 8: La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos. ¿Cuál es la única y verdadera interpretación que debe darse a esta frase?

Como una obligación, como un imperativo, como una síntesis, como una concepción clara y terminante del futuro, la grandiosa Internacional proclamó y afirmó de rotunda manera que "la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos". Y de nadie más. Verdad axiomática, no necesitará demostración, como no la necesitan las verdades cuya fuerza probatoria surge de su propio enunciado.
Aquella Internacional de grato recuerdo y gloriosa vida, que fue simiente y riego fecundo, que trazó un mundo nuevo y dio ideas, luz para generaciones enteras, tiene en su haber como honra más meritoria y orgullo más encomiable, la noble sinceridad de sus principales hombres, quienes aun no siendo trabajadores manuales, tuvieron la franqueza de decir a los obreros de todo el mundo que la emancipación no podría venirle sino de ellos mismos, de su propio y personal esfuerzo.
¡Fuera engaños! ¡Fuera tutelas! Haga explosión la verdad en todos los cerebros y sépase de una vez para siempre que el trabajador no debe esperar nada de nadie, sino de sí mismo. La sinceridad de las declaraciones y procedimientos de las grandes figuras de la Internacional, resulta de una verdad paradójica, pues es chocante que haya habido hombres que a sí mismos se condenasen haciendo que los trabajadores sólo creyesen en sí mismos y supiesen de antemano que su emancipación no deberían esperar de ajena voluntad sino de su esfuerzo personal y colectivo.
Y es que si como hombres puede haber -y hay- muchos capaces de sentir como propia la causa de los trabajadores y hacer tanto por la emancipación de éstos como ellos mismos, como clase no es posible que los no pertenecientes a la obrera puedan tener interés hondo por la emancipación de. los asalariados. Esto no es todo. Cabe que haya quienes anhelen desaparezca del mundo la opresión y la miseria. Pero lo que no cabe es que sea verdad que haya quienes intenten emancipar a los trabajadores presentándose como tutores y procuradores de ellos.
Contra esas tutelas ponía en guardia la Internacional a los obreros al decirles que su emancipación tenía que ser la obra de ellos mismos, porque en realidad para emanciparse es preciso, indispensable, estar emancipado de todo tutor o procurador, que incompatibles son los tutelajes y la emancipación, ya que mientras no se esté emancipado del tutor se tiene quien le mande y lo domine y quien pueda engañarlo y explotarlo.
La emancipación es el resultado inmediato de la emancipación moral, y no alcanzará la primera el que moralmente siga siendo esclavo de éste o del otro individuo. Y esclavo es el que no piensa por sí, ni obra espontáneamente con arreglo a su raciocinio y por su esfuerzo directo.
Que los trabajadores de la Internacional tuvieron razón al advertir a los trabajadores que su emancipación había de ser su propia obra lo demuestra el hecho de que a pesar de la divulgación de ese axioma y de lo conocido que es en el mundo entero, aún hay millares y millares de trabajadores que confían en su emancipación mediante la labor de otros hombres -trabajadores o no-, empleando medios indirectos en vez del directo, explícitamente indicado en la frase que sirve de encabezamiento a este esbozo.
No es la obra de ellos mismos cuando encargan de su emancipación a otros; ni es posible se emancipen quienes empiezan por estar sometidos a las buenas o malas intenciones, a los acertados o disparatados actos de otros, a la voluntad perezosa o activa de los demás, a las conveniencias particulares o no de otros. La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de ellos mismos; y agregaremos con Farga Pellicer "que esta afirmación está fundada en el hecho de que no hay institución ni clase social que por la obrera se interese"; todas las que del monopolio y de la explotación viven sólo procuran eternizar nuestra esclavitud.
Desde luego, se echa de ver que nadie puede tener interés en la emancipación de los trabajadores fuera de estos mismos, por cuanto que esa emancipación es de carácter económico y conseguida la cual caen forzosa e inevitablemente todos los privilegios, todas las ventajas de que en el actual régimen social disfrutan cuantos no son obreros. Y al decir esto no es posible olvidar que los obreros llamados intelectuales, sufren en su mayoría penurias parecidas a las de los manuales, pero como entre ellos se reclutan los políticos, los vividores de toda especie, escalando no pocos de los puestos de privilegio, en general no tienden a la destrucción del régimen y antes bien lo consolidan y aún procuran servirse de los manuales para esos encumbramientos que les hacen placentera y grata vida.
Raro es el obrero manual que se emancipa del salario dentro del régimen actual, y aunque hay quienes pasan de explotados a explotadores y de manuales a intelectuales y por lo consiguiente a privilegiados, a políticos, a empleados, a sostenedores del presente sistema político-social, en general se puede decir que sólo los obreros manuales son los verdaderamente interesados en la abolición de todos los privilegios, de toda explotación y de toda forma de opresión. Los obreros intelectuales que a un ideal individual de encumbramiento sustituyan el de emancipación colectiva pueden naturalmente formar en las filas de los manuales contribuyendo a la emancipación moral de los trabajadores con su inteligencia, pero siempre teniendo entendido que, pues la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos, ellos no han de figurar entre nosotros como nuestros emancipadores ni a ellos hemos de confiar nuestra emancipación que ha de ser -tiene que ser- nuestra propia obra.
La emancipación económica de los trabajadores es algo que nadie ha tenido en cuenta hasta que la Internacional la proclamó bravamente. Habráse podido tender a mermar el poderío de los señores feudales para robustecer el real; habráse podido disminuir el poder real en beneficio de las clases medias; habráse podido llegar a la República aboliéndose la autoridad de los monarcas, pero en todos esos cambios realizados mediante el esfuerzo de los trabajadores, que han sido el cuerpo y el brazo dirimidor de las contiendas, la situación económica del obrero ha seguido siempre lo mismo. Explotado ayer y hoy y siempre.
No se niega con esto el progreso moral e intelectual que los cambios políticos han acarreado para los trabajadores. Su esfuerzo para beneficiar a otras clases ha mejorado su condición y los han colocado en situación de hombres y en situación de poder anhelar su emancipación económica que era algo que permanecía nebuloso, algo que ha confundido en todos los tiempos -y aún hoy muchos confunden- con determinadas libertades políticas. Y si bien en todas las épocas hubo alzamientos de carácter económico, propósitos de implantar un sistema comunista de vida, en general esos propósitos tenían en su contra las tendencias autoritarias de los mismos rebeldes, su organización revolucionaria con caudillos y jefes.
Y no es posible la emancipación de los trabajadores en tanto éstos tengan un emancipador, un jefe, por cuanto que aun logrando vencer a los sustentadores del régimen, no harían más que instaurar otro régimen de privilegios en el que resultarían privilegiados los emancipadores, los jefes. Que no es posible abolir los privilegios con organismos en que el privilegio exista, por cuanto no es posible la emancipación sino como obra de los trabajadores mismos. La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos. Tengamos esto presente los asalariados en todo momento.

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Después de la huelga

La filosofía anarquista
de Herbert Read

La antiburguesía como
estilo cinematográfico

 

Más de cien años de anarquismo
en el movimiento obrero español

Principios del
sindicalismo revolucionario

Acción directa