PERIODICO ANARQUISTA
Nº 260
         MARZO 2010

 

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Beatos

El 19 de diciembre el papa Ratzinger abrió el proceso de beatificación de Juan Pablo II y de Pío XII. El debate referente al segundo se abrió hace tiempo, la beatificación de Eugenio Pacelli no es bien vista ni por la comunidad judía ni por los antifascistas. Pío XII (papa de 1939 a 1958) es recordado en el Museo de la Memoria de Jerusalén con una placa que el Vaticano ha pedido inútilmente que se quite, incluso cuando Benedicto XVI visitó Tierra Santa recientemente. Bajo la foto de Pío XII se puede leer: "Elegido en 1939, el Papa rechaza una carta contra el antisemitismo y el racismo preparada por su predecesor. Ni siquiera reaccionó con protestas escritas o verbales cuando los informes sobre la masacre de los judíos llegaron al Vaticano. En 1942 no se adhirió a la condena expresada por los aliados por el asesinato de los judíos".

L'indemoniata
(Sicilia Libertaria) Subir


Con la excusa del terrorismo

La "guerra al terrorismo" ha vuelto al primer plano desde el inicio de 2010, tras el fallido atentado a un avión en ruta Amsterdam-Detroit. Parece que escuchamos discursos repetitivamente aburridos, pero hay una novedad: el presidente Obama, subido al trono americano con la bandera de la inversión de tendencia tanto en materia de políticas sociales internas como de política interior, está confirmando la tradición que contempla idénticas sustancialmente las políticas de los gobiernos de Estados Unidos, tanto republicanos como demócratas, especialmente en asuntos militares. La potenciación de la presencia estadounidense en Afganistán demuestra los pesados condicionamientos de los lobbies armamentísticos sobre el liderazgo americano, para quienes no tiene importancia cómo acabará el conflicto, aunque es probable que se convierta en una trampa sin salida para "el ejército más fuerte del mundo", como sucedió en Vietnam. Lo que importa es la prolongación de la invasión en Afganistán lo más posible, para permitir crecer a toda velocidad a la floreciente industria militar y a todo el sector ignorante que gira alrededor, un contexto intrincadísimo que elige diputados y senadores, controla comisiones y define líneas estratégicas generales.
Obama se ha encontrado de repente aplastado por esta situación, y sus proclamas electorales se han convertido en papel mojado. Pero como buen "pacifista" declarado no podía dejar de hacerse fuerte, también él, gracias a la excusa del terrorismo y de la guerra para la defensa de Occidente. Sus declaraciones con ocasión de la entrega del Nobel de la Paz son todo un programa. Es como si volviésemos a escuchar a un Bush con la piel más oscura, aunque el fondo no cambia: que nadie toque a los Estados Unidos, gendarme de la paz; tarea que sólo se puede llevar a cabo con grandes esfuerzos bélicos, con la invasión de territorios y países, con masacres indiscriminadas y algún sacrificio incluso en la propia casa, representado por algún millar de jóvenes americanos devueltos a la patria en bolsas de plástico. Del sacrificio impuesto a la población por las inversiones en la guerra, obviamente se calla.
Ahora que Afganistán parece cumplir todos los requisitos para una guerra de larga duración al capitalismo yanqui, y en menor medida al de sus aliados, y que Iraq para nada pacificado continúa atiborrando las cajas de las multinacionales armamentistas, es cuando se trazan nuevas bases para el futuro inmediato: Yemen e Irán están en el punto de mira; se prepara el terreno, como de costumbre, con una guerra de "baja intensidad" hecha por los medios de comunicación y por los servicios secretos y, cuando la opinión pública mundial esté a punto, se dará la orden de ataque a los bombarderos, a los portaaviones y a los lanzamisiles.
La guerra es también, como siempre, un elemento de distracción de masas ante los fracasos en política interna, los latrocinios y las políticas devastadoras que los Estados llevan a cabo; ofrece tantas ventajas que sería absurdo para un Estado no utilizarla. Poco importa que después Occidente se exponga cada vez más a reacciones de tipo "terrorista" en su territorio, o que sea descubierta su vulnerabilidad. Hasta que se hace caer algún avión o se hace volar algún cuartel, se hace descarrilar algún tren o se hace explotar un metro, las cuentas salen siempre: incluso se podrá acentuar el tono contra el terrorismo islámico, se podrá tener el consenso necesario para aumentar la financiación de las "misiones de paz", se podrá gastar toda la retórica patriotera útil para hacer cerrar filas a la masa teledependiente.
Está claro que los líderes no corren ningún peligro, como mucho algún souvenir que se incrusta en la cara o algún empujón, que siempre vienen bien para mantener la tensión alta y demostrar que también ellos "sufren" por la importante carga política que llevan. Vivirán todos felices y contentos.
Entre los pueblos oprimidos, crece la masa de pobres, víctimas designadas por las políticas capitalistas y estatales en todos los ángulos de la Tierra.

Pippo Gurrieri subir


El culto al trabajo y
los orígenes del capitalismo

Los grandes capitalitas europeos -y también sus representantes políticos: los burócratas de la Comisión Europea- siempre han sentido envidia de sus colegas norteamericanos y japoneses (ahora también de los chinos). Les envidian porque los trabajadores de esos países trabajan más que los europeos. ¿Cómo competir en esas condiciones? -se preguntan-. Ahora, con la excusa de la presente crisis económica, intentan solucionar esa supuesta desventaja proponiendo, de maneras diversas, aumentar el tiempo de trabajo real allá donde aún se mantienen restos del Estado del bienestar. En esas coordenadas hay que entender el intento de aumentar la edad de vida laboral en España y otros países europeos.
Sabemos, por lo menos desde que Carlos Marx escribiera El Capital, que aumentar el tiempo del trabajo no supone otra cosa que un incremento de la plusvalía capitalista; es decir, del tiempo de vida expropiado a las personas que se convierte así en capital. Desgraciadamente, una parte del socialismo -el llamado socialismo real- no sólo siguió la consigna capitalista del aumento del tiempo de trabajo sino que la perfeccionó de forma considerable, hasta llegar a los extremos memorables de la Unión Soviética en tiempos de Stalin. Sin ir tan lejos, también la socialdemocracia europea ensalzó la moral del trabajo proletario como superior a la moral burguesa del ocio. Una deriva tan extraña se entiende en parte por el desarrollo perverso de la idea de trabajo militante como un valor en sí mismo. La militancia -con sus inevitables sacrificios- no debía ser en principio más que una situación pasajera para conseguir un cambio social profundo; un momento revolucionario que condujera al comunismo y la desaparición del trabajo asalariado. Sin embargo, los fracasos reiterados a la hora de conseguir tal cambio, convirtieron la militancia en un fin en sí mismo; en una forma de vida de abnegación y sacrificio, no muy distinta en sus formas de la abnegación religiosa de puritanos y jesuitas.
En sus inicios, en cambio, el movimiento obrero tuvo muy claro su rechazo al trabajo, y así lo demuestra que la reducción de la jornada laboral fue siempre su principal reivindicación. Algunos de sus ideólogos más conocidos -como Lafargue- fueron más lejos, y denostaron la glorificación del trabajo como una teología especialmente perversa y perjudicial para los trabajadores. Lo mismo pensaba buena parte del movimiento libertario, que defendía el goce de la carne y el ocio libre frente a la esclavitud del trabajo. En su ensayo El derecho a la pereza, Lafargue decía: "¡Oh pereza, apiádate de nuestra larga miseria! ¡Oh pereza, madre de la artes y las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias humanas!"
Ahora que el capitalismo se consume a sí mismo -como la serpiente mítica que se engulle por la cola en una espiral perversa y autodestructiva-, cuando el sistema económico se autoperpetúa ajeno a toda moral humana, es interesante conocer cuál fue el origen de ese sistema, cuáles fueron sus raíces, ahora tal vez ya definitivamente podridas.
Hay que volver a leer a Max Weber para indagar en ese principio fundador. En su ensayo La ética protestante y el espíritu del capitalismo el filósofo alemán apuntaba hacia el cristianismo reformado (el calvinismo, el metodismo, el puritanismo…) como el origen de ese espíritu capitalista. La obsesión por el trabajo como forma de glorificar a Dios -como única forma de salvación- sería el fundamento psicológico del que derivó el capitalismo "Pues el ascetismo, al trasladarse desde las celdas monacales a la vida profesional y comenzar a dominar la vida mundana, ayudó a construir ese poderoso mundo del sistema económico moderno; un sistema vinculado a condiciones técnicas y económicas en su producción mecánica-maquinista, que determina hoy con fuerza irresistible el estilo de vida de todos los individuos que nacen dentro de esa máquina (…) y que, quizá, lo determinará hasta que desparezca el último quintal de combustible fósil".
Hoy podemos decir que la desaparición de los combustibles fósiles -que a Weber seguramente le parecía muy lejana- está cada vez más próxima y que por tanto (aunque no sólo por ello) está también cercano el tiempo del fin de la civilización tal y como la conocemos. Podemos argumentar entonces que asistimos a una crisis, no ya financiera, ni siquiera económica… sino a una crisis de la propia civilización moderna y de uno de sus fundamentos principales: el culto al trabajo.
Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores del capitalismo, y también de la nación que se acabaría convirtiendo en el centro del Imperio global -ahora tan en decadencia como el propio sistema en el que basó su fortaleza- decía "Piensa que el tiempo es dinero, quien pudiendo ganar con su trabajo diez chelines al día, se va a pasear medio día, o se queda en su habitación, no debe calcular -si se gastara seis peniques en sus diversiones- que sólo se ha gastado eso sino que tiene que calcular que se ha gastado cinco chelines, o mejor que los ha derrochado (…) Quien mata a una cerda destruye toda su descendencia hasta el número mil. Quien mata una moneda de cinco chelines mata todo aquello que podría haber producido con ellos, columnas enteras de libras esterlinas" ¿Qué sentido tiene la cita hoy en día? ¿Hay algún capitalista en el mundo que siga hoy esos preceptos? Aquellos empresarios puritanos y austeros, que denostaban el lujo y el placer, se han convertido en parásitos. Jaques Brel lo expresó perfectamente en una de sus canciones más conocidas "Los burgueses son como los cerdos. Cuanto más viejos se hacen se convierten en más animales. Cuanto más viejos más cerdos".
El capitalista puritano de los tiempos heroicos predicaba con el ejemplo y trabajaba desdeñando los placeres a mayor gloria de Dios. Hoy, en cambio, el ejemplo que da el capitalista moderno es el de la corrupción y el desenfreno moral. De esa forma, el capital vaga a velocidad de vértigo por el mundo sin que nadie dirija sus flujos con nada que se parezca a cualquier tipo de ética; no ya religiosa, sino siquiera la de la razón ilustrada o incluso del sentido común.
Así las cosas, que se nos pida a los trabajadores un esfuerzo para superar la crisis, que trabajemos más, que nos apretemos el cinturón… sólo puede provocar la carcajada general.
Además, la mayoría de las personas también aborrecemos cada vez más del trabajo. Tal vez aún necesitamos del trabajo para autodisciplinarnos -para ubicar nuestro lugar en la sociedad- pero ya no es nuestro objetivo vital prioritario. El problema es que no encontramos (o no nos permiten encontrar) otros objetivos por los que merezca la pena vivir. En ese sentido entiendo yo lo que afirma Santiago López Petit cuando habla de una sociedad del malestar.
Si el buen burgués pasó a la historia, también el trabajador abnegado está en extinción. El obrero masa murió con la fábrica fordista y su presunto sustituto histórico está profundamente herido en lo más íntimo de su ser.
Una sociedad así sólo puede ya perpetuarse con formas extremas de control mental y físico. Un neofascismo posmoderno de una perversidad que supera en algunos aspectos al de las más terribles dictaduras clásicas.
No es casualidad que muchos autores actuales busquen en el psicoanálisis las claves del sistema en que vivimos, que sólo forzando mucho el término puede llamarse aún capitalismo en el sentido de Benjamín Franklin o Adam Smith. La regresión moral del consumo y la dependencia ambivalente con papá Estado (o mamá empresa concebida como un Estado) definen hoy el espíritu del tardo-capitalismo.
El trabajo asalariado puede entenderse entonces más bien como una forma de control social, o de autocontrol, que como una necesidad no ya social, sino tan siquiera económica. El desarrollo de la tecnología hace innecesario el trabajo de millones de personas que, sin embargo, siguen aferrados -de grado o de fuerza- al trabajo como una especie de neurosis extraña. Como una adicción más de esa sociedad pornofarmacológica sobre la que Beatriz Preciado ha escrito páginas inquietantes.
Desde luego que el trabajo -o más bien el dinero- sigue siendo necesario para vivir si lo consideramos de forma individual; pero desde un punto de vista global es ya más perjudicial que beneficioso. Todo parece indicar que estamos llegando a los límites que el planeta puede soportar por parte del trabajo humano aplicado sobre él. La consigna bíblica de creced, multiplicaos y dominad la tierra está ya cumplida con creces. Seguir por ese camino sólo puede conducirnos al desastre.
Entonces, ¿por qué continuar trabajando como peones ciegos de un sistema que ni siquiera somos ya capaces de comprender? Un sistema que ha superado los límites de la razón. Una forma de relación social neurótica que provoca un profundo malestar a quienes tienen la "suerte" de estar dentro; mientras que -a su vez- causa la miseria de quienes quedan fuera de su camisa de fuerza protectora.
El vértigo que nos provoca la posibilidad de perder nuestras escasas seguridades materiales y psicológicas es el arma que utilizan los líderes amorales del mundo para mantener sus irracionales beneficios y privilegios. En un mundo que ni siquiera ellos controlan ya.
Las alternativas no aparecen claras y la desesperanza se adueña de las gentes. El optimismo rojo del 68 se ha tornado en pesimismo gris. La posibilidad de que la ciencia y la tecnología sean puestas al servicio de la humanidad, y supongan de esa forma la liberación del trabajo alienante, es vista hoy en día como una utopía lejana. La misma idea de utopía se nos antoja cada vez más como ingenua y desfasada.
Por el contrario, surgen nuevos fundamentalismos en todas partes. En China, tratan de recuperar el pensamiento profundamente conservador de Confucio; en el mundo islámico, el salafismo se postula como alternativa dominante frente a otras corrientes más abiertas e igualitaristas; la esperanza del socialismo del siglo XXI, y la del movimiento antiglobalización, van muriendo de inanición y, en algunos lugares, adquiere tintes autoritarios; en occidente las formas "blandas" de dominio se ven poco a poco sustituidas por políticas cada vez más autoritarias…
De forma paradójica, un sistema en un mundo que necesita más que nunca un cambio radical provoca precisamente lo contrario: el inmovilismo. La advertencia jesuita que proclama "En tiempos de crisis no hacer mudanza" o bien el dicho tan en boga "El que se mueve no sale en la foto" parecen regir las políticas actuales.
Tal vez ese malestar general que recorre el mundo pueda ser la semilla de tiempos mejores pero, de momento, los acontecimientos parecen dar la razón a la amarga frase de Rafael Sánchez Ferlosio "Y vendrán más años malos y nos harán más ciegos".

Juan Ibarrondo Subir


Colin Ward, el compromiso
con la anarquía en acción

El pasado 11 de febrero murió, con 85 años, Colin Ward, un hombre cuyo compromiso con el anarquismo fue activo hasta el final de sus días. Arquitecto, urbanista, pedagogo, autor de numerosos ensayos (aunque escasea su obra publicada en castellano), colaboró abundantemente con el importante colectivo anarquista Freedom. En este grupo, participaron personalidades tan notables como María Luisa Berneri, Nicholas Walter, Herbert Read, George Woodcok o Alex Comfort.
El mismo Ward, hablando de los orígenes de sus ideas libertarias, afirmó en alguna ocasión cómo logro inmunizarse en los años 30 contra el dogmatismo y la idolatría por Stalin que afectó a gran parte de la izquierda. Ello se produjo gracias a las lecturas de Emma Goldman y Alexander Berkman, provenientes de la librería anarquista de Glasgow, por un lado, y a las de Arthur Koestler y George Orwell, por otro. También mencionó el libro de María Luisa Berneri, publicado en 1944 por Freedom Press, Workers in Stalin´s Rusia, que tuvo posteriores reediciones y que sostenía la idea de que cualquier régimen político es valorable por las condiciones en que se encuentran los trabajadores. Según ese criterio, el sistema soviético suponía un desastre, con la distribución de la riqueza tan desproporcionada como en el mundo capitalista. Ward insistía en que este libro de Berneri se publicó en un momento crucial en el que la prensa británica no realizaba críticas a la URSS, y que al día de hoy no se podía comprender todavía cómo las ideas marxista y estalinista habían condicionado el pensamiento de la intelectualidad inglesa y europea. Este dogmatismo, basado en la búsqueda de certezas definitivas, fue denominado por Orwell como "patriotismo desplazado", ya que tras la desilusión sobre la implantación del socialismo en un determinado país (en este caso, la Rusia de Stalin) se iría ofreciendo lealtad a otras naciones: la Yugoslavia de Tito, la Cuba de Castro... Ward se lamentaba de no conocer un antídoto frente a semejante tendencia que conduce al despropósito y al ridículo.
Ward subscribía la famosa definición para anarquismo realizada por Kropotkin en 1905 para la Enciclopedia Británica. Podía considerarse tanto socialista como anarcosindicalista, aunque consideraba que existían diversos caminos para desembocar en el anarquismo, como se había demostrado en el grupo Freedom Press. Su crítica era evidente hacia aquellos que empleaban tiempo en tratar de denostar a otra facción ácrata. La forma de entender el socialismo de Ward, dentro del anarquismo, pasaba por un movimiento cooperativo que supusiera una multiplicidad de formas de propiedad colectiva de los medios de producción, de distribución y de intercambio. No hay cabida, por supuesto, en esta concepción para nada parecido a un Estado, para la actividad de un gobierno central o local, por lo que es perfectamente distinguible de las formas de socialismo más conocidas. Aunque la palabra "sindicalismo" suscita demasiadas connotaciones dudosas, Ward resolvía perfectamente la cuestión cuando afirmaba que el control obrero de la producción era el único acercamiento compatible con el anarquismo. No obstante, recordaba que existía demasiado romanticismo histórico dentro del sindicalismo, una sobrevaloración de la presencia de las grandes fábricas fordianas, organizadas con eficacia militar, cuando la mayor parte de los puestos de trabajo son una pequeña oficina (algo ya señalado por Kropotkin hace un siglo). Reclamaba hacia los sindicalistas una explotación de las nuevas tecnologías de la comunicación para luchar contra el capitalismo intencional a nivel global.
Resulta curioso, y debería dar lugar a una importante reflexión, cuando Ward menciona que las personas más individualistas que conoció eran partidarios del comunismo anarquista. No era una aseveración producto de sus creencias, y tampoco una interpretación, suponía para él una observación cotidiana. En la cuestión del pacifismo, su posición parecía igualmente lúcida, recomendaba la lectura del libro de su amigo Michael Randle, Civil Resistance, en el que se reflexiona sobre los límites y la potencialidad de la acción pacifista.
Respecto a la editorial Freedom Press, con la que estuvo prácticamente toda su vida vinculado, Ward recuerda que el primer número de Freedom apareció en 1886. Fue Charlotte Wilson, a la que definía como una mujer excepcional, la que se puso en contacto con Kropotkin para producir una revista que retomaba las experiencias ginebrinas y parisinas del ruso en diversas publicaciones. La primera etapa de la publicación duró hasta 1928, año en que el director Tom Keell dejó Londres para buscar refugio en Whiteway Colony, una comunidad de inspiración tolstoiana en la Inglaterra occidental. Hasta poder retomar la actividad anarquista, Keell continuó publicando un boletín Freedom para los abonados que se mantuvieron. La revitalización de la publicación se produjo gracias a Vernon Richards, fundador de la revista Free Italy, substituida en 1936 por Spain and the World, la cual acogió las ideas y opúsculos que Keell había conservado. Al acabar el conflicto español, la revista pasó por diversos nombres hasta volver a la cabecera original de Freedom.
Ward menciona como las personas que más le influyeron a Vero (nombre real de Vernon Richards) y a su compañera María Luisa Berneri, grandes conocedores del movimiento anarquista internacional, de sus tendencias y de sus principales exponentes, y con la capacidad de expresarse en diversas lenguas, por lo que sus discursos resultaban notablemente atendidos. Ward habla con pasión de la personalidad de Vero, hombre de gran vitalidad y con grandes conocimientos sobre los más diversos temas. Para los que no conozcan la obra de Vernon Richards, Enseñanzas de la revolución española (1977, Campo Abierto Ediciones), hay que decir que se trata de un análisis de las circunstancias vividas en la guerra civil y en la revolución españolas que emociona de verdad. Sus intenciones críticas con una praxis alejada de una ética libertaria, su profundo humanismo incompatible con fanatismo alguno, suponen que sea una lectura fundamental para las generaciones venideras. Sus opiniones no han dejado de tener valía, vertidas hace ya casi 50 años. Desgraciadamente, Ward no pudo convencer a Vero de que plasmara en libros sus grandes ideas sobre la infancia y el urbanismo, sobre el ferrocarril o acerca de la horticultura, asuntos sobre los que poseyó una experiencia directa para aportar cosas importantes. De la misma manera, la personalidad de María Luisa Berneri le resultaba fascinante a Ward, mujer de "inteligencia audaz y espíritu ardiente" que, desgraciadamente, falleció trágicamente a temprana edad. Hay que mencionar un texto de Berneri, probablemente muy avanzado en su momento respecto a cuestiones sexuales, Sexuality and Freedom, pionero en el debate en la prensa inglesa sobre las teorías de Wilhem Reich. Existieron otras personalidades influyentes para Ward, como el canadiense criado en Inglaterra George Woodcock, gran escritor y polemista, o John Hewetson, médico que ejerció su actividad en los barrios pobres de Londres y que luchó por la contracepción gratuita y por el aborto, entre otros temperamentos infatigables en pro del ideal libertario.
Lo que Colin Ward defendía en su libro de tan simpático título en castellano (el original es el más sobrio Anarchy in action), Esa anarquía nuestra de cada día (Tusquets, 1982), es que la sociedad libertaria que nos gustaría que fuera una realidad ya se encuentra aquí (a excepción de algunos pequeños "contratiempos" como la explotación, la guerra, el autoritarismo o el hambre), enterrada bajo el peso del poder político, de la burocracia, del capitalismo y de la religión. Se niega así cualquier especulación anarquista sobre una sociedad futura y se apuesta por la organización humana producto de la vida cotidiana, capaz de superar toda suerte de inclinaciones autoritarias. Gustav Landauer lo expresó de la siguiente manera: "la actualización y reconstrucción de algo que siempre ha estado presente, que existe junto al Estado, aunque subterráneo y desperdiciado". El mismo Landauer aportará una interesante reflexión: "El Estado no es algo que pueda ser destruido por una revolución, sino una condición, cierta relación entre seres humanos, un modo de comportamiento humano; lo destruimos contratando nuevas relaciones, comportándonos de diferente forma". Paul Goodman, a su vez, afirmó: "una sociedad libre no puede ser la substitución del 'viejo orden' por el 'nuevo orden'; es la extensión de círculos de acción libre hasta que constituyen la mayor parte de la vida social". Se trata de un bello punto de vista; si se comienza a mirar la sociedad humana desde una óptica anarquista, se acaba descubriendo que las alternativas están ahí en el subsuelo de la dominación socipolítica y que todas las personas las tienen al alcance de la mano. La lectura de Ward resulta impagable, un hombre gran conocedor de los clásicos ácratas, a los que menciona una y otra vez, y realizando a su vez un lúcido análisis libertario de los problemas contemporáneos.

Capi Vidal Subir


De la anarquía de los meteoros
a la confusión generalizada

Decididamente, no nos queda nada por ver. Los gobiernos se plantean nada menos que constituir "ministerios del clima". ¿Para cuándo un ministerio de las "arenas movedizas", o de "infiltraciones kársticas" o de las "estrellas"? Con una fatuidad solo comparable a la del "rey sol", estos mismos, u otros, proclaman su ambición de "reducir el clima en uno o dos grados", nada menos. Así pues, se ha declarado la guerra a la anarquía de los meteoros.
Al margen de las derivas semánticas, las confusiones y los deslices nada anodinos entre las diferentes nociones (el medio ambiente no se limita al clima, éste no se limita a la temperatura, no se confunde tampoco con el tiempo…), y al margen de la hipérbole retórica que invade los medios de comunicación, hay que tratar de comprender la lógica profunda que se oculta bajo esos términos.

El liberalismo contra la virtud y a favor del interés
Como ha recordado Jean-Claude Michéa, el liberalismo como ideología y proyecto social nació a partir de los siglos XVI y XVII con el rechazo a las guerras de religión. Porque, contrariamente a los conflictos antiguos o medievales que oponían a creyentes diferentes -los cristianos contra los musulmanes, por ejemplo- estos han desgarrado a la cristiandad en sí, contra toda apariencia de razón. El liberalismo promueve por tanto un nuevo sistema de valores basado en varios elementos.
En primer lugar, el rechazo de toda pasión, toda llamada a la moral, todo discurso sobre el Bien o la Virtud, por ser funestas para la concordia civil tal como lo han revelado esas guerras de religión. En segundo lugar, la búsqueda de una racionalidad en otro terreno: la materia, y especialmente la economía, particularmente el comercio. Hay que subrayar a este respecto que, a diferencia de lo que se cree generalmente -y Marx ha contribuido al oscurecimiento- la economía política clásica, liberal, constituye una de las primeras filosofías materialistas modernas, y que su relación con la religión obedece a otro registro. De otro modo no se puede comprender por qué los liberales en economía pueden ser también liberales en las costumbres (sexualidad, pornografía, prostitución, drogas, etc.) como lo son Medelin, Sarkozy, Cohn-Bendit y sus consortes… Para Adam Smith, "no es de la buena acogida del carnicero, del cervecero o del panadero de quienes esperamos nuestra cena, sino del cuidado que pongan en sus intereses" (1776). Dicho de otro modo, es la suma de los intereses egoístas la que debe producir casi mecánicamente la armonía social.
En tercer lugar, todo eso sólo será posible bajo la férula del mercado pero también del Derecho, bajo el cual el mercado no sería posible, elemento que los críticos del neoliberalismo y del liberalismo tienden a olvidar. Efectivamente, los liberales no están en contra de la regulación, sino de ciertas regulaciones. Como dijo Benjamin Constant, otro heraldo del liberalismo, "roguemos a la autoridad que se quede en sus límites; que se limite a ser justa. Nosotros nos encargaremos de ser felices" (1797).
A partir del siglo XIX, varios fenómenos enmarcan el liberalismo. El desarrollo del imperialismo y del colonialismo, que se distinguen claramente -y eso no se ha observado lo suficiente- de la "clásica" conquista de las Indias o de América Latina, amplió la esfera de producción y de consumo. Simultáneamente, instiló una nueva clase de guerra de religión secularizada bajo la forma del racismo, apoyado por el darwinismo social (una interpretación abusiva del darwinismo). El racismo relanza la antigua exigencia de la limpieza de sangre reclamada por los Reyes Católicos en el momento en que expulsaban a los moros y a los judíos de la Península Ibérica, y enviaban a Cristóbal Colón al otro extremo del mundo. Después, la Inquisición dejará su puesto a los Sonderkommandos de la "solución final" nazi, mientras que los indios de América del Norte iban siendo eliminados o encerrados, del mismo modo que los negros en Sudáfrica. El auge del socialismo, al principio una sana réplica de los individuos y los pueblos, que evoluciona con su corriente socialdemócrata, su deriva leninista, estalinista, maoísta u otra, luego la aparición del fascismo como contrarrevolución preventiva -según el análisis de Luigi Fabbri- con su variante racialista encarnada por el nazismo, dieron, por los dos lados, una nueva importancia al Estado.

Triunfo del Estado y deseo de paz
Sin duda, la Segunda Guerra Mundial y sus repercusiones constituyen una de las etapas decisivas en las que el liberalismo se encuentra en una situación comparable a la que lo vio formarse. Efectivamente, a partir de 1945, el mundo entero, y no sólo Occidente, aunque fuera el núcleo por su responsabilidad y su propia vivencia, se ha encontrando ante sí mismo, en todo su horror y todas sus contradicciones. Ese espejo es terrible, tal como lo evoca drásticamente esa obra maestra de la literatura mundial, Les Bienveillantes (Las benévolas) de Jonathan Littel, mejor todavía, si es posible, que la obra no menos magnífica de Primo Levi.
Es necesaria la paz, todo el mundo quiere paz. Aunque se desencadene de nuevo la carrera de armamentos, la bomba atómica no se arroja al final sobre Corea durante la guerra homónima, aunque los dirigentes estadounidenses hayan pensado en esa posibilidad. La guerra fría, por tanto, se lanza oficialmente, y la guerra "caliente" se externaliza en los países pobres del tercer mundo. El pretendido enfrentamiento entre democracia y comunismo, de hecho entre capitalismo liberal-estatista y capitalismo estatista, sirve de barniz ideológico a esas dos guerras. Del lado de Occidente, y después también de algunos países emergentes del tercer mundo, la paz social se compra simultáneamente por medio de la redistribución parcial de la plusvalía, para evitar el basculamiento hacia el "comunismo" y para hacer funcionar la maquinaria económica.
Lejos de pagar sus errores totalitarios de la Segunda Guerra Mundial, el Estado ve confirmada su preeminencia de gran regulador-planificador en el marco de un crecimiento económico permitido por el desarrollo científico y tecnológico. Su pseudoprovidencia, que consiste en realidad en una nueva punción de capital y de trabajo, está alentada por las fuerzas sindicales y socialdemócratas cogestoras o reivindicadoras. Corta la hierba bajo los pies al antiestatismo del anarquismo, que sufre a la vez los golpes del marxismo hegemónico en el seno del movimiento obrero y de la intelligentsia. La aspiración a la paz aplasta toda posible revolución, al estar manchada por los bolcheviques y todos los regímenes marxistas del tercer mundo.
Pero se esboza un nuevo giro con una doble crisis -la crisis energética de los años setenta, el declive del sistema soviético desde finales de los años setenta- y con la aparición de las llamadas economías emergentes. Más hábiles o más observadores que otros, los neoliberales de la América de Reagan, del Reino Unido de Thatcher y del Japón de Nakasone desencadenan ahora la ola neoliberal. Rompen el compromiso de los Treinta Gloriosos planificando la economía financiera. La caída del imperio soviético anuncia el fin del barniz ideológico que hay que sustituir ahora porque la naturaleza política tiene horror al vacío, y los dirigentes lo necesitan para guiar a las masas. Esto se ha hecho en dos direcciones, y con dos discursos que no son en absoluto contradictorios: el choque de civilizaciones y la amenaza climática.
De lo contrario, el riesgo de que el sistema se encuentre desnudo es grande. Que, bajo el pretendido enfrentamiento entre democracia y comunismo, no se revele la doble esencia del capitalismo: por una parte, la guerra económica, es decir la guerra entre los mercados y a favor de los mercados, mezclando de modo complejo las empresas económicas, las multinacionales evidentemente, y los Estados (sus garantes, sus patrocinadores, sus clientes); y por otra, la guerra contra la naturaleza. Que no son sino una sola guerra a partir de la cuestión de los recursos y los modos de vida.

La guerra contra la naturaleza
Esta guerra contra la naturaleza, que arranca desde el desarrollo del capitalismo en el siglo XVI, especialmente con la conquista de las Américas, y que responde en parte al progreso científico y tecnológico, tiene, desde entonces, consecuencias ecológicas importantes: transformaciones radicales de numerosos ecosistemas insulares, especialmente en los Trópicos (Antillas, Mascareñas, etc.) o en el Ecuador (Java, etc.), incluso en ecosistemas continentales (Estados Unidos, aunque se discuta la amplitud del impacto). La difusión de enfermedades venidas de Europa no se empleó forzosamente como arma consciente, pero el resultado está ahí, con su consecuencia crucial, la trata de negros para reemplazar la mano de obra indígena desfallecida.
Con el crecimiento demográfico, que comienza a finales del siglo XIX, al que corresponde la difusión de un industrialismo masivo, las consecuencias ecológicas del capitalismo son evidentemente mucho mayores durante el siglo XX. Eso suscita, lógicamente, la inquietud, la furia y la reacción de los habitantes. La crisis energética que cercó a los Treinta Gloriosos provoca una toma de conciencia generalizada, especialmente entre las capas dirigentes menos estúpidas y más brillantes, como el Club de Roma.
Pero progresivamente la reacción medioambiental, legítima, cambia de sentido. Se habla cada vez menos de la contaminación, de los metales pesados, de los ríos y de las atmósferas envenenadas, de las condiciones de vida deplorables. El juicio de AZF/Toulouse Total-Grande-Paroisse, accidente industrial de implicaciones medioambientales y generales evidentes, terminó en un sobreseimiento. No veremos a Nicolas Hulot, ni a Yann Arthus-Bertrand dedicar una película de las de gran público a este escándalo.
Por el contrario, el ciudadano medio no se ha visto nunca tan anegado de "calentamiento climático". Éste se ha convertido en un campo de enfrentamiento y de conflicto entre los diferentes grupos de intereses. La mayor parte de los científicos, que buscan siempre la fórmula de conseguir créditos y legitimarse socialmente, ven en ello una oportunidad, tanto que algunos de ellos han contribuido a montar el negocio, marginando a los que no están en el main stream o se muestran escépticos. Las ideas de naturalismo integrista, que coloca a la naturaleza en el alfa y el omega de sus preocupaciones filosóficas y políticas, y cuya corriente de pensamiento ha existido desde siempre con Cléments, Klages, Léopold, Nicholson, Carson o Naess, entran por la puerta grande. Henry David Thoreau o Élisée Reclus son evacuados en beneficio de Ernst Haeckel o de John Muir. Los medios de comunicación, que adoran lo espectacular, se frotan las manos. Por último, los políticos han comprendido para qué puede servirles.
Todo actúa bajo la égida del catastrofismo, verdadera ideología, que es de hecho la ideología dominante del siglo XXI. A instancias de otras ideologías, retoma la postura de una aparente racionalidad afín al liberalismo desde el nacimiento de ésta (el clima es material, objetivo, desapasionado…). Mezcla lo verdadero y lo falso. Ofrece además la inestimable ventaja, aparte del hecho de situar a los pueblos impotentes bajo el terror y el yugo de los salvadores, pretendidos expertos, de conseguir dinero. Porque el espectáculo de la catástrofe hace vender. Los derechos de contaminar se negocian, y dan pasta. El catastrofismo se permite el lujo inclusos de justificar nuevas restricciones y nuevas pobrezas en nombre de un sucedáneo llamado "desaceleración".

Afganistán y el recalentamiento,
dos reversos de la medalla dominante

¿Nos viene a la mente el hecho de que la guerra de Iraq, o de Afganistán, y la cumbre "climática" de Copenhague participan de la misma lógica? ¿Que son el reverso de la misma medalla? Porque en el Oriente Medio hay que controlar el petróleo, arrebatándoselo a los malvados así designados por el choque de civilizaciones. Todos los pseudodebates sobre "la identidad nacional" que pretenden resucitar la figura del "enemigo", persiguen el mismo objetivo. El burka de los talibanes afganos tiene desgraciadamente buenas espaldas. Cualquier guerra de ocupación acaba en un impasse, mientras prospera el tráfico de drogas y las montañas del Hindu-Kush o las llanuras de Mesopotamia se prestan a mascaradas democráticas.
Pero también hay que tener bien agarrado a Irán, proporcionarle las armas, ensayar los nuevos métodos de guerra, mantener los presupuestos militares, afirmar su poder, mantener su rango. Para las grandes potencias, hay que preparar la selección del después del petróleo, colocándose en posición dominante. En Copenhague, o donde sea, hay que adiestrar a todos los países en esta lógica, y en el nuevo mercado que se va a instaurar (derecho de contaminar, reducción de contaminación que da lugar a una mutación de la industria, por tanto a nuevos productos y nuevas tecnologías menos contaminantes, economías de energía y tecnologías a menudo costosas…). No es casual que los partidos ecologistas apoyen unánimemente tanto la guerra de Afganistán como la cumbre de Copenhague. Su responsabilidad política es enorme. Está bien lejos del eco-pacifismo de los años setenta y ochenta…
Dicho más prosaicamente, las grandes potencias quieren hacer a China replegarse, y de paso, a la India o al Brasil, a una China que rechaza revalorizar su moneda, para que Estados Unidos y Occidente sigan viviendo de su crédito y sus exportaciones. Pero, repitámoslo, se trata de posicionarse para el después del petróleo. En ese marco, algunos ingenuos hacen negocio arrojando el polvo climático a los ojos.
En medio de toda esta confusión, la tarea emancipadora parece muy difícil, por no hablar de la tarea explicativa. Pero podemos preguntarnos si una gran oposición popular a la guerra en Afganistán y en Iraq no constituiría la mejor respuesta al "recalentamiento climático". Y esto no es una perspectiva para veinte o cincuenta años, no es la espera angustiada de un hipotético crecimiento de los mares, no es la espera escatológica del diluvio que nos sumergiría, sino que se trata de política, y es para ahora.

Philippe Pelletier Subir


La FAI en Mallorca

La FAI (Federación Anarquista Ibérica) fue una respuesta a la necesidad de organizar los distintos grupos anarquistas. Con este objetivo el 25 de julio de 1927 tiene lugar una conferencia en Valencia. A esta conferencia anarquista acudieron distintos grupos de Portugal, España y Francia (exiliados). P. A. de las Islas Baleares -no sabemos quién se esconde tras las iniciales- envió una adhesión.
La fundación de la FAI se produjo durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), momento en el cual tanto la FAI como la CNT eran organizaciones que actuaban clandestinamente. Con la proclamación de la II República la CNT torna a una cierta legalidad mientras que la FAI continúa en la clandestinidad. En el Pleno Nacional de la FAI, finales de octubre de 1933, Baleares envía un delegado que informa sobre 10 grupos y 100 afiliados en el archipiélago.
Dado el entorno clandestino en el que se movían y al hecho de que en Mallorca ha quedado poca constancia de las actividades anarquistas y confederales, poco sabemos de las acciones y actividades que realizaban. Aparecen convocatorias de reuniones y actividades de los grupos anarquistas en el órgano confederal de la isla, Cultura Obrera.
El mes de enero de 1932 son derribadas las tres cruces que marcan el término municipal de Inca. Son acusados los libertarios Miquel Beltrán, Rabel Llompart, Dante Luz y Bartomeu Bestard. Son miembros del grupo libertario "Sol y Libertad" y conocidos en el pueblo por su anticlericalismo. Sin embargo, éstos escriben una carta declarando su inocencia y que es publicada en los periódicos burgueses La Almudaina, El Día y Última Hora. En el juicio el juez, ante la falta de pruebas si exceptuamos la declaración de la Guardia Civil, decide dejarlos en libertad. A finales de aquel año, 1932, Federica Montseny visita Mallorca. Dará conferencias en Sóller, Inca y Pollensa. En esta última población los anarquistas decidieron derribar la cruz que marcaba la entrada al pueblo para que "La Leona" no fuera saludada a su llegada.
El año 1934 fue un año muy activo para los faístas mallorquines. El anarcosindicalismo de la CNT estaba profundamente herido por los conflictos que había llevado a cabo los dos primeros años de la república y la UGT ganaba en fuerza. En una carta al comité en Barcelona la Federación de Grupos Anarquistas de Baleares (FAI) afirmaba que controlaba la redacción de Cultura Obrera. En febrero de 1934 un documento habla de 10 grupos, en abril se constituyeron tres grupos nuevos (Menorca, Búger y Pollensa). El enlace de la FAI en Baleares, Bartomeu Salom, informaba el mismo mes que la Federación Anarquista Balear estaba compuesta por cuatro grupos en Palma, tres en pueblos de Mallorca, uno en Ibiza y otro en Menorca. En mayo de 1934 se informa de la constitución de un grupo en Campanet. La creación de este grupo tal vez tenga que ver con la presencia del maestro Miquel Buades Riber que trabajó en la escuela racionalista de Sant Andreu del Palomar. Miquel Buades tuvo una cierta relación con Federico Urales y otras personas del entorno pedagógico libertario. En julio de 1936 Miquel Buades será detenido por los fascistas bajo la acusación de "tener ideas de izquierdas anarquistas". Sería condenado a prisión y trabajos forzados.
En 1934 la delegación balear no participa en el Pleno Regional de la FAI por motivos económicos. En enero-febrero de 1936 la delegación tampoco participaría a pesar de haber anunciado su asistencia.
Algunos miembros de la FAI participaron en la fundación del Ateneo Racionalista de Santa Catalina (Palma) en abril de 1936.
La rebelión militar significó la muerte para algunos de ellos mientras que otros, como Joan Gelabert, lograrían huir a Menorca para ser encarcelados con la rendición de la isla.
Durante la Guerra Civil tan sólo tenemos constancia de la actividad de la FAI en Menorca, que permaneció bajo dominio republicano. En la posguerra, podemos hablar de pintadas en teatros y cines a favor de la FAI y la CNT (y partidos y sindicatos republicanos) según un informe de la Falange (septiembre de 1943) pero ya hablamos de una actividad testimonial. Sabemos que en el antiguo local del Ateneo Racionalista en los años 1950-60 se hicieron una serie de reuniones entre miembros de la CNT y de la UGT para intentar reeditar el pacto entre los sindicatos contra la dictadura.
Con el fin de la dictadura y durante la llamada Transición nacieron toda una serie de colectivos autónomos de vida más o menos efímera. Algunos de sus miembros colaboraron estrechamente en el resurgir de la CNT. Se trataba de grupos que dedicaban su acción a temas ecologistas y antiautoritarios (Terra i Llibertat, Kroak, Denúncia i Control, etc.). Pequeños colectivos que centraban su lucha en la calle, de manera festiva. Grupos que a través de pintadas, pasacalles y acciones directas imaginativas intentaban afianzar las prácticas y el mensaje libertario. Ninguno de estos grupos estuvo federado a la FAI.

Grupo de Estudios Libertarios
"Els Oblidats" Subir


Socialismo e individualismo en Oscar Wilde

Que Oscar Wilde es un gran escritor no creo que lo dude nadie, pero que no es tan conocido su pensamiento tan cercano al anarquismo parece también un hecho. En su texto El alma del hombre bajo el socialismo comienza realizando una declaración de intenciones en contra de la explotación del trabajo ajeno ("esa sórdida necesidad de vivir para los demás", lo expresa Wilde con retórica propia). Pero su atrevimiento va más allá, y resulta de plena actualidad su análisis, denunciando una sociedad en la que no solo se permite la pobreza, sino que se la mantiene viva con supuestos actos filantrópicos e incluso progresistas. Dicha actitud, según Wilde, y como ejemplo emplea al propietario de esclavos que los trata con amabilidad, impide la reconstrucción de la sociedad de tal manera que la pobreza resulte imposible. No se anda con eufemismos el socialista Wilde y denuncia la institución de la propiedad privada, la misma que engendra numerosos males y pretende luego su atenuación. Resulta nítido que Wilde quiere reemplazar la propiedad privada por riqueza pública y la competencia por cooperación.
Por otro lado, algo a priori sorprendente, el socialismo según Wilde conducirá también al individualismo. Si la sociedad permite la base y el entorno apropiados para el desarrollo de todos los seres humanos, todavía será necesario el individualismo. Wilde profetiza, junto a los primeros anarquistas, que un socialismo autoritario, un gobierno que se arrogue el poder económico junto al político, conducirá a un estado aún peor. La sociedad capitalista y la propiedad privada solo permiten a algunos hombres realizarse, mientras muchos otros llevan la pesada carga de de la dependencia de los demás y solo pueden recoger algunas migajas de prosperidad. Esta situación es la que impide a los desposeídos ser conscientes de la parálisis y envilecimiento que sufren, incluso de su propio sufrimiento para terminar acatando unas leyes que permiten la desigualdad. La solución no pasa por la tiranía económica que supondría el socialismo autoritario, sería esclavizar al conjunto de la sociedad (en lugar de a una parte), y Wilde señala lo importante de desterrar toda coacción y violencia en la sociedad. Únicamente en la asociación voluntaria podrá el hombre realizarse adecuadamente a nivel individual.
El autor recuerda lo interiorizado que tenemos el "tener" en una sociedad capitalista que adora la propiedad privada, y que la auténtica perfección está en el "ser". Puede decirse que la personalidad humana ha sido absorbida por lo que posee, y ello se refleja en las leyes inglesas tan severas en cuestión de delitos contra la propiedad. La propiedad privada habría pervertido la misma noción de individualismo, impidiendo que una parte de la sociedad sufra necesidad y no pueda por ello ser verdaderamente individual, dar rienda suelta al goce y a la alegría de vivir. Acumular cosas supone malgastar neciamente la vida. Desconozo si Wilde llegó a leer a Stirner, y a pesar de los prejuicios que tenía éste sobre el socialismo (como una nueva abstracción autoritaria que anulase la individualidad), recuerda mucho al alemán la aseveración del británico de que la auténtica posesión del ser humano está dentro de él, ya que todo lo que permanece en su exterior no tiene importancia ni trascendencia alguna. Wilde no solo confió en un sistema socialista que acabara con la necesidad económica, sino que su forma de entender el individualismo era plenamente conciliable con lo social, y puede decirse que necesitaba incluso de ello.
Wilde creía sinceramente en el fin de la autoridad, en lo pernicioso que suponía su ejercicio, incluso de manera más desmoralizadora si se llevaba a cabo de manera sutil, una sociedad sometida. El sistema resultaba más brutal por el empleo sistemático de castigos, que por los crímenes ocasionales, incluso señalaba que se habría demostrado que existe una relación entre ellos de tal manera que la disminución de la represión conduce a menos acciones violentas. Wilde, como buen socialista, pensaba que era la necesidad, y no el vicio, el engendrador del crimen y que éste desaparecería en el sistema perfecto. Es una visión utópica, si se quiere, pero digna de tener en cuenta en un mundo en el que el autoritarismo y el reparto desigual de la riqueza siguen siendo los mayores males, por mucho que trate de maquillarse las dos cuestiones con una dominación benévola, política y económica.
Wilde hablaba de ausencia de gobierno y de autoridad, y consideraba que el Estado se convertiría en una asociación voluntaria que organizaría el trabajo, y produciría y distribuiría los artículos de primera necesidad. Su visión sobre el Estado, aunque nunca hablara del fin del mismo, nada tenía que ver con dominación ni explotación algunas, se trata de una simple cuestión de terminología diferente en este caso a la empleada por la tradición ácrata. Su visión puede decirse que tenía un lado "clásico", por un lado, con tiempo suficiente para el ser humano para el arte y la filosofía, y, por otro, poseía una plena confianza en el progreso tecnólogico, de tal manera que fuera la máquina la encargada de hacer los trabajos más degradantes. Si en la Antigüedad, el tiempo para la virtud y el conocimiento de algunas personalidades se hacía a costa del sometimiento de otros, en la nueva sociedad sería la máquina la que ocupara el lugar de los esclavos.
El progreso tecnológico aseguraría una gestión eficaz de una sociedad libremente organizada, y gracias a ello existiría tiempo en cada individuo para la creación de la belleza. Es el arte la forma más intensa de individualismo que reconoce Wilde. Un artista libre de ataduras de ningún tipo, con libre horizonte para su expresión, como se considera igualmente al hombre de ciencia o al filósofo. De otra manera, el arte, la ciencia y la filosofía se encontrarían sujetas a la tiranía de la colectividad, en lugar de a un gobierno o a una iglesia. No oculta Wilde su visión sobre el público, que suele temer la innovación y venerar a los "clásicos", algo lógico ya que la forma exacerbada de individualismo que supone el arte tiene siempre un elemento perturbador y destructor. De esta forma, se trata de asegurar la lucha permanente contra la monotonía, acabar con la esclavitud de la costumbre y de la moral establecida, y evitar la cosificación del ser humano. La llamada "opinión pública", junto a los medios de comunicación, es defenestrada por Wilde, corrompida en gran medida por la noción de autoridad; y todavía más perversa cuando trata de invadir el terreno del pensamiento o del arte, propio de la individualidad.

Juan Caspar Subir


La revuelta en tiempos de Internet

Es difícil establecer qué está sucediendo efectivamente en Irán en estos momentos, pero resulta fácil darse cuenta de cuál es el objetivo al que hoy se dirige la propaganda de los medios de comunicación del autodenominado Occidente. Este objetivo, para influir y fagocitar, está claramente constituido por la opinión pública de izquierdas.
En estos últimos años el nombre "Irán" ha estado asociado por la propaganda del pseudo-Oriente a la energía nuclear, es decir, a una imagen negativa para la opinión progresista. Hablar continuamente del "peligro nuclear iraní" ha servido para perder de vista el verdadero objeto en cuestión, es decir, el gas iraní.
Irán, por sí solo, posee alrededor de la mitad de las reservas mundiales de metano, más que Rusia y Argelia juntas. Pensando en el negocio del gas iraní, la multinacional British Petroleum ha cambiado su nombre -aunque conservando sus siglas BP- por el de Beyond Petroleum ("más allá del petróleo"), ya que la energía económica y relativamente limpia del metano constituye el mayor recurso industrial y comercial del presente y del futuro próximo.
La privatización del gas es uno de los mayores negocios de todos los tiempos, y se trata de un negocio que no solo fascina a las multinacionales del autodenominado Occidente, sino también a gran parte de la oligarquía clerical iraní, el mismo ala clérico-mangante capitaneada por los ayatolás Musavi y Rafsanyani que ha impuesto al gobierno iraní el asunto nuclear, con su gigantesco anexo de corrupción. Musavi y Rafsanyani son también los referentes en Irán de la BP, a pesar de que esta multinacional haya sido la responsable de ochenta años de tiranía en Irán y haya dirigido, junto a la CIA y los servicios secretos británicos, el golpe de Estado de 1953 contra el primer ministro conservador Mosadeg, culpable solamente de querer poner límites a la rapiña del petróleo iraní. Hay que subrayar que incluso en el asunto de Mosadeg, gran parte del clero chiíta, compuesta ya entonces por numerosos negociantes y latifundistas, es cómplice del golpe de Estado. La figura del ayatolá Jomeini, guía de la revolución anticolonialista iraní de 1979, ha constituido en este sentido una relevante excepción respecto a una tradición histórica que ha visto por el contrario al clero chiíta demasiado a menudo en una posición colaboracionista hacia el colonialismo.
Cualquiera puede comprobar, a través de una rápida encuesta personal, cuántas personas conocen la cuestión del gas iraní: poquísimas, incluso entre los "consumidores" de Internet, que es considerado como el canal alternativo por excelencia. Todavía menos saben que el ayatolá Rafsanyani, el hombre más rico de Irán, posee numerosas universidades privadas, las mismas universidades de donde proceden los estudiantes que en los pasados meses han sido vistos manifestándose por las calles de Teherán. Y todavía se recuerda menos aún que hace solo pocos meses de las noticias sobre la investigación judicial de la implicación de la CIA, y también del SISMI italiano, en una serie de atentados sangrientos en Irán; un dato que el presidente norteamericano Barack Obama no ha desmentido, aunque ha atribuido la responsabilidad exclusivamente a la administración Bush. Todas las noticias han circulado en Internet, pero en el mismo Internet resultan actualmente marginadas a favor de otras.
Los medios de comunicación "occidentales" hoy nos "informan" por el contrario sobre la circunstancia de que el principal instrumento de la oposición iraní es Internet, instrumento que el régimen iraní intenta limitar y sofocar.
Enorme instrumento comercial y de entretenimiento, Internet se ha convertido también en un importante canal de comunicación para la oposición, pero este canal alternativo ha revelado su capacidad de intoxicación, como ha demostrado precisamente el caso iraní, ahora que ha sido lanzado en You Tube material audiovisual de fuerte contenido emotivo, capaz de desplazar cualquier reflexión crítica sobre la auténtica composición de la oposición iraní. De hecho, ha sido ensombrecido durante semanas el hecho de que los líderes de la oposición iraní pertenecen al ala más negociante y corrupta del clero chiíta, mientras que el más "laico" de todos resulta al final ser el monstruo mediático Ahmadineyad. El mito de You Tube ha salido por ello redimensionado, y nos hace preguntarnos qué tipo de control sufre, y ejerce, este canal "alternativo", demasiado funcional para lanzar y acreditar falsedades.
El material audiovisual que circuló en Internet durante la pasada revuelta en Irán estaba confeccionado sin duda en función de la manipulación de la opinión pública "occidental", educada desde siempre en la valoración de los acontecimientos basándose en valores abstractos o en seguir conceptos mitológicos y etéreos como el "mercado", y en no preguntarse qué operaciones comerciales están en juego.
La actual monstruosidad del régimen iraní deriva del hecho de que resulta un obstáculo -subjetivo y objetivo- para la privatización del gas. Esto no absuelve al régimen iraní de sus crímenes, pero plantea la cuestión en términos más concretos, y permite comprender mejor a qué violación de los derechos humanos alude el gobierno estadounidense cuando denuncia lo que sucede en Irán, y lo que son los derechos humanos para las multinacionales: el derecho a privatizar, el derecho a hacer pagar las privatizaciones a los contribuyentes, etc.

Comidad Subir


La oxigenación libertaria

Existen todos los motivos éticos, en mi opinión, por apostar por el anarquismo. Sin embargo, no hay que perder de vista la realidad, y cuestionando en todo momento lo que se considera "factible", que siempre forma parte de las estructuras de lo establecido, es bueno seguir indagando y tratar de realizar propuestas concretas sobre lo que podría ser una sociedad libertaria. Anarquismo es una palabra abierta a su continua formación, pero sin perder nunca de vista su horizonte antiautoritario, su búsqueda de mayores espacios de autonomía y su denuncia de los males de la jerarquización política, social y económica. Es por eso que me parece incluso un error hablar de un futuro, más o menos lejano, en el que tal vez la humanidad esté preparada para su emancipación. Por supuesto, creemos en la evolución, gracias a la educación y a la persuasión, pero consideramos también que los males de la civilización se encuentran en una serie de aprendizajes heredados. No estoy seguro de si la liberación resulta posible renunciando a esa rémora y abriendo la posibilidad de "ser diferentes", de lo que estoy seguro es de que esas tradiciones pesan como una losa y continúan abundando en la necedad y en la injusticia. También, sobra decirlo, es incluso más detestable ese juicio o prejuicio acerca de la naturaleza humana, la cual hace imposible un sociedad con mayores cotas de libertad y cooperación. Otro acierto de los anarquistas, de cara a una concepción de la libertad amplia, es su rechazo a una naturaleza previa a lo social, contexto en el que los seres humanos se realizan de verdad. Si de verdad somos anarquistas, parafraseando a Bakunin, creo que deberíamos recordar que es solamente en un contexto de libertad donde la inteligencia, dignidad y felicidad humanas pueden verdaderamente desarrollarse. Como hemos insistido ya otras veces, e insistiremos siempre en ello frente a cualquier idea filosófica o religiosa, la teoría sobre la libertad más profunda la ha realizado siempre el anarquismo.
La historia del anarquismo, creo que se entenderá lo que quiero expresar, es una historia de algunos éxitos y sonados fracasos. Pero fracasos motivados, en gran medida, por su propia condición intrínseca de adecuación de medios a fines, por una ética poderosa en la que no hay cabida para un supuesto logro al que se ha renunciado de antemano. Estamos hablando, por supuesto, de renuncia al poder (sobre otros), a la autoridad (coercitiva) y a la dominación, con todo el aparato de persuasión que ello conlleva (a veces con la porra, a veces de manera sutil "haciendo concesiones"). Para tratar de refutar a los que no estén de acuerdo conmigo, trataré de recordar que seguimos hablando de un contexto de dominación política y económica, existirán mejores o peores situaciones entre las que se puede elegir, pero siempre deberíamos tener en cuenta que es tomar opción por males de diverso grado. El anarquismo lleva tal vez muchas décadas sin realizar unas propuestas auténticamente innovadoras, aunque siempre habrá que recordar en ese sentido su rechazo a la sistematización, pero su espíritu está presente en todos los frentes en los que se combate por la dignidad humana. Las propuestas clásicas, nacidas en las segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del XX, con toda la herencia moral que nos han legado y de la que nunca deberíamos desprendernos, piden a gritos nuevo oxígeno en una época compleja, que busca un amparo constante en la banalidad para ocultar la explotación económica. Un tiempo vulgarmente nihilista en la forma y con el constante peligro, por ello, de los viejos fanatismos políticos y religiosos. Hay quien habla de diversas generaciones dentro del anarquismo adecuadas a los diversos tiempos, es natural e incluso positivo que sea así; siempre teniendo en cuenta esa tensión entre el pasado y el nuevo análisis, una especie de vínculo o testigo a recoger por las nuevas generaciones, la tabla rasa y ausencia de memoria es otra de las bazas con la que juega lo instituido en esta época. El pasado en el caso del anarquismo es, en gran medida, un modelo de fortaleza vital y moral a tener en cuenta.
Tampoco creo decir nada nuevo cuando señalo la constante ampliación del enfoque antiautoritario (en aras de la solidaridad). El foco de dominación contra el que se lucha va más allá, como es obvio, del Estado; podemos hablar de cualquier contexto personal o cultural, de la ecología o de la sexualidad. La crítica a la autoridad abre un horizonte más extenso, enriquecedor y pluralista. Para ello, no es "práctico" rechazar la teorización, una se alimenta de la otra. Por otra parte, nadie a estas alturas puede obviar la permanente necesidad de la organización, de la reproducción a escala de la sociedad que nos gustaría. La existencia de proyectos libertarios en ese sentido resulta siempre una satisfacción que nos confirma nuestras ideas. La oxigenación del movimiento libertario pasa también, en mi opinión, por esa consciencia de que vivimos malos tiempos para la épica, para unos valores sólidos y para el desarrollo de la razón y del intelecto. Como siempre hemos creído, somos en gran medida un reflejo de las condiciones sociales, pero también poseemos la capacidad de activar constantemente la voluntad (otra seña de identidad del anarquismo), nuestra capacidad de crítica y de comunicación racional. El proyecto de emancipación que supuso la Ilustración, ¿está verdaderamente muerto? No lo creo, solo necesita un mayor campo de razón y de acción, herramientas más poderosas para la emancipación que no pierdan de vista el horizonte humano.
Si nos decimos anarquistas, es porque queremos dar sentido a palabras como plenitud y libertad para todos los integrantes de una sociedad, tal y como cada uno la entienda sin coerción de tipo alguno. Pensamos que el camino para lograrlo pasa por la autogestión, la autonomía, la libre asociación, la cooperación y el apoyo mutuo. No son simplemente bellas palabras ni ideales aspiraciones, son conceptos que pueden adquirir sentido en la práctica diaria y en nuestros diversos proyectos vitales. Existirán multitud de formas de contemplar una sociedad libertaria, pero creo que ninguna de ellas puede oviar ninguna de esas nociones. Si esperamos que la liberación llegue algún día, bien mediante alguna instancia externa a nosotros, por alguna suerte de abstracción (llámese Estado o llámese incluso Revolución), flaco favor le estaremos haciendo al anarquismo. La sociedad libertaria se empieza a construir aquí y ahora. No temo que me acusen de recurrir demasiado a los clásicos (ácratas, en este caso) si parafraseo de nuevo al viejo gigante ruso, no nos podemos limitar a lo que ahora aparece como posible en una sociedad que no es la que nos gustaría, debemos indagar constantemente en beneficio de lo que ahora se quiere presentar como utópico o imposible.

J. F. Paniagua Subir


El botín nacional

Naciones, patrias, países… Todos ellos conceptos vagos y difusos, de difícil definición incluso para aquellos que creen firmemente en ellos. Como los dioses y las religiones, las naciones y los nacionalismos son creencias y ficciones que buscan ensombrecer y dificultar la comprensión del mundo, más que a su esclarecimiento. La nación es simplemente un disfraz del Estado. Y el nacionalismo es la forma de pensarlo.
Porque el nacionalismo sólo remite a la construcción y edificación de un poder, sin principios ideológicos específicos ni valores humanos que ayuden al desarrollo de la sociedad. Es por ello que ideológicamente encaja tanto con religiones como con marxismos, tanto con liberalismos como con socialdemocracias, y otras tantas formas de pensar el mundo que desembocan en un mundo parcelado en jerarquías. Políticamente es una ideología vacía, cuyo objetivo no va más allá de articular un poder y edificar una autoridad.
No obstante, este vacío tiene una gran utilidad: socialmente el nacionalismo articula a ricos y pobres como si tuviesen algo en común. Los embarca en una misma causa: la que privilegia a unos y excluye a otros. Fundamenta y legitima la desigualdad en la vida social, introduciendo una visión etnicista, cuando no xenófoba, de los "propios" frente a los "otros". Inventa categorías de ciudadanos, unos con derechos frente a otros que sólo deben, y pueden, aspirar a su integración en la comunidad. Socialmente es una ideología racista.
Para ello, necesita alimentar una cultura más basada en criterios de diferencia que en su calidad y potencialidad humana. Se buscan folclorismos, danzas, tradiciones... todo sirve para mostrarse a sí mismos la diferencia con los demás. Con ello, el nacionalismo tiende a encerrar estas "joyas" del pasado, a impedir que se "contaminen" de otros elementos que amenazarían con hacer perder el brillo de lo provinciano. La cultura nacional es una cultura estanca, que tiende a lo grotesco y a lo muerto. Culturalmente, el nacionalismo son aguas estancadas.
Además, el nacionalismo precisa imponer los límites propios, que en realidad son límites para los demás. Representa la apropiación exclusiva de los recursos del territorio que reivindica. La explotación económica por un ficticio derecho nacional. Es por ello, que son los grupos en zonas más ricas los que con más fuerza se atribuyen nacionalidad, y más desarrollan visiones exclusivistas. Económicamente, pues, el nacionalismo es insolidario, avaro y codicioso. Si políticamente despedaza la sociedad, económicamente la estrangula.
Si políticamente divide y culturalmente empobrece; si socialmente excluye y económicamente crea privilegiados, el nacionalismo no augura nunca un mundo mejor. Sólo demuestra tener una creciente voluntad de poder que genera tensiones sociales tanto hacia dentro como hacia fuera de sus límites. Cultiva odios y desconfianzas, ciega las mentes y cierra corazones, preparando a la sociedad para confrontaciones y violencias. Crea ficticias "uniones sagradas" donde los poderosos organizan batallas de poder y gloria, mientras la sociedad se precipita hacia la muerte. Patria, Estado y Nación. Guerra, conquista y expansión. Las patrias y las naciones nunca pueden ser amigas de la sociedad. Sólo pueden destruirla o conquistarla.

Colectivo Escuela Libre Subir


 

Beatos

Con la excusa del terrorismo

El culto al trabajo y
los orígenes del capitalismo

Colin Ward, el compromiso
con la anarquía en acción

De la anarquía de los meteoros
a la confusión generalizada

 

La FAI en Mallorca

Socialismo e individualismo
en Oscar Wilde

La revuelta en
tiempos de Internet

La oxigenación libertaria

El botín nacional