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Rudolf Rocker,
encuadernador y anarquista

En la ciudad alemana de Maguncia, nació Rudolf Rocker el 25 de marzo de 1873, hijo de un grabador que murió cuando él tenia apenas 5 años. La madre, para mantener la casa y a sus tres hijos, lavaba y cosía la ropa de los vecinos. Su familia los ayudaban todo lo que podían, sobre todo la abuela materna y el tío Rudolf, llamado por todos "Petter", que vivían con ellos.
En casa la religión era algo que no se imponía y siempre se respiró un ambiente de respeto.
El abuelo paterno, zapatero de oficio, era un viejo demócrata que participó en la revolución de 1848 y que renegaba de Bismarck, siempre demostró sus preferencias por Francia y su Revolución. La abuela paterna era una mujer en la que la justicia y la equidad regían su vida.
Los hermanos de Rudolf: Philipp, el mayor, con quien sus relaciones en la infancia se vieron dificultadas por la diferencia de edades y Fritz el hermano más pequeño con quien tenía una amistad especial, que aunque 5 años menor que Rudolf, siempre gozó de su atención, quizás debido a que fue un niño débil y con problemas en la vista y Rudolf pasó mucho tiempo cuidándolo y acompañándolo.
Con pocos años Rudolf fue a la escuela, un lugar de malos recuerdos para él. La escuela pública estaba regida por Carmelitas, era un lugar sin ningún atractivo intelectual en las materias impartidas. Rudolf aprendía rápidamente las lecciones y se aburría terriblemente mientras el resto de los alumnos trataban de asimilarlas. Se convirtió en un alumno travieso y que perturbaba el desarrollo de las clases. El segundo año fue trasladado a una nueva escuela, dirigida por el maestro Becker, hombre frío y despiadado amante del castigo físico. A éste le siguió el maestro Noascheck, que resultó un gran maestro, estudiar con él era un gran placer, hombre buenísimo y que ejerció una gran influencia entre los alumnos. De todos modos la educación era mecánica y memorística, limitándose a recordar y repetir la materia estudiada.
Con 10 años se despertó en él el gusto por la lectura, sobre todo libros de aventuras y geográficos, también tuvo oportunidad de asistir tempranamente al teatro, ya que unos vecinos era actores y le daban entradas a cambio de hacerles encargos y recados.
Cuando Rudolf tenía 11 años su madre se volvió a casar y desde el momento en que tuvo un nuevo hijo ya no volvió a estar sana, muriendo a los pocos meses. Al morir la madre el comportamiento del padrastro cambió y de ser un hombre amable y trabajador pasó a ser un hombre dado a la bebida y a la violencia. Ante esto, Rudolf se refugió cada vez más en su tío Petter, que vivía en una casa vecina con su mujer.

Iniciación a la lectura
El tío Petter era un gran lector, perteneció de joven al movimiento de los jóvenes socialistas y luego al pequeño círculo que fundó en 1872 la publicación Suddeutsche Volksstimme, cuya redacción fue entregada a Johann Most cuando éste se estableció en Maguncia al ser expulsado de Sajonia. Most ejerció una gran influencia en los que le trataron en aquella época.
Petter tenía una buena biblioteca y Rudolf pudo empezar a leer libros de contenido histórico, político y filosófico, también periódicos socialistas y librepensadores. Lo que Rudolf no llegaba a entender de sus lecturas su tío se lo explicaba, de esta manera las conversaciones y el ejemplo que le daba Petter fueron importantes en el desarrollo intelectual del joven.
Al año de la muerte de la madre, el padrastro volvió a casarse y la abuela y los niños tuvieron que dejar la casa. La situación económica era mala para que pudieran ser recogidos por algún familiar y se decidió que la abuela alquilara una pequeña habitación hasta su ingreso en el asilo, el pequeño Fritz fue con los abuelos paternos y Rudolf fue internado en un orfelinato. El orfanato era un edificio grande donde se imponía una disciplina cuartelaría; a Rudolf la vida de interno se le hizo insufrible, tuvo enfrentamientos con los administrativos, castigos y encierros hasta que no pudiendo aguantar más se fugó y se refugió en el bosque. Al día siguiente quiso emplearse como grumete en un barco que recorría el Rin, pero la policía de Maguncia ya había sido advertida de su fuga y fue detenido y devuelto al orfanato.
Sorprendentemente no hubo castigo por su fuga. Pasaron los meses hasta que Rudolf cumplió 14 años, a esa edad los internos abandonaban la institución y eran empleados como aprendices con algún artesano de la ciudad para aprender el oficio.
Rudolf quería aprender para encuadernador, pero el administrador del orfanato no se lo consintió y le propuso otros oficios, pero Rudolf no los aceptaba y al fin se aceptó que se enrolara como grumete en un barco.
Su primer trabajo fue en un barco en reparación en el puerto de Dusseldorf, donde ayudaba en la cocina y en la limpieza.
Al poco tiempo pasó a otro barco que hacía el trayecto entre Mannheim y Roterdam, esto le permitió visitar por primera vez un país extranjero, Holanda, y conocer una gran ciudad portuaria. La multitud de hombres de distintos países con sus costumbres e idiomas fueron para Rudolf un descubrimiento fascinante.
Por lo demás, el trabajo con la práctica se le hizo agradable, la libertad del oficio, los viajes y la oportunidad que tenía de desembarcar en Maguncia para visitar a su familia hizo que ésta fuera una época feliz.
Pero al administrador del orfanato no le gustaba el oficio de marinero y no lo encontraba adecuado para uno de sus pupilos, así que revocando su autorización mandó a la policía de Maguncia para que cuando atracara el barco fuera conducido Rudolf a su presencia. Decidió que aprendiera un oficio respetable y fue enviado con un zapatero, pero no aguantó mucho allí, luego con un hojalatero y tampoco le gustó, probaron con un sastre, un tonelero, un talabartero, un carpintero, pero ninguno era de su gusto.
Entretanto en el orfanato se había producido la muerte del administrador y el sustituto accedió al fin a consentir que Rudolf de empleara como aprendiz de encuadernador.
Fue empleado en el taller del maestro Thedor Kitschmann, que resultó ser un hombre amable que amaba su oficio y era un buen maestro. El trabajo era agradable y variado y Rudolf se encontró alegre y satisfecho.
En el taller conoció a un cliente al que todo el mundo conocía como el "viejo Volck"; era un hombre ya mayor que había participado en la Revolución de 1848 y que aún mantenía el fervor revolucionario y republicano, era un gran amante de la Revolución francesa y defendía que en Francia residía la salvación de Europa de todos los tiranos.
Las conversaciones con este personaje significaron mucho para Rudolf y le abrieron los ojos hacia temas que hasta entonces no había considerado, como el valor de la revolución y la inutilidad de los políticos y de los Parlamentos. Pero sin embargo Rudolf se iba empapando cada vez más de las ideas socialdemócratas por las conversaciones con su tío Petter y por sus lecturas.
También su relación con el maestro Kitschmann se volvieron cada vez más íntimas y Rudolf lo aprovechó para ir introduciéndolo en la doctrina socialista, le prestaba libros y folletos y le animaba a participar en reuniones con Petter y sus amigos. De este modo el maestro fue ganado para el socialismo.
Se vivía entonces en Alemania una época agitada, estaba vigente la llamada Ley contra los socialistas que prohibía las publicaciones y reuniones socialistas, pero al mismo tiempo, curiosamente, se permitía al Partido Socialdemócrata concurrir a las elecciones. En las elecciones de febrero de 1887 obtuvo 800.000 votos, un resultado abultadísimo teniendo en cuenta las condiciones en las que desarrollaba su vida política el Partido Socialista. Esto incrementó la furia represiva gubernamental en todo el país y multitud de militantes fueron encarcelados o desterrados de sus ciudades. Esta medida de dispersión de significados militantes socialistas tuvo efectos contraproducentes para el poder estatal, ya que aunque para los individuos era penoso ser separados de sus familias, contribuyó a extender el ideario socialista por todos los rincones de Alemania.
Viendo Bismarck los resultados negativos de esta política, propuso la llamada Ley de expatriación, que consistía en privar de la nacionalidad y expulsar del país a toda persona acusada de ser dirigente socialista. Pero incluso a los partidos burgueses les pareció que se trataba de llegar demasiado lejos en la supresión de los derechos constitucionales y la ley fue rechazada en el Parlamento.
El emperador Guillermo I murió en 1888, fue un emperador retrógrado y reaccionario, enemigo de toda innovación. Su sucesor, su hijo Federico II, era un hombre en quien se depositaban grandes esperanzas por parte del proletariado y la ciudadanía liberal, pero murió a los tres meses de su coronación.
Le sucedió su hijo, Guillermo II, hombre débil y brutal y que se convirtió en un instrumento complaciente de los grupos reaccionarios.
Al poco estalló una huelga entre los mineros de las cuencas del Rhur y el Rin, su objetivo era conseguir mejoras en la vida de los obreros, ya que las condiciones en que vivían eran espantosas. Los mineros, al ver que no conseguían nada de los propietarios, solicitaron una entrevista con el Emperador para que mediara en la resolución del conflicto. Pero lejos de mediar, Guillermo II amenazó a los mineros con graves penas si no reconsideraban su decisión de continuar la huelga y les ordenó que se alejaran de las doctrinas socialistas. Esto contribuyó a hacer a su persona odiosa para el proletariado y a encender el fuego de la sublevación.
Por lo que respecta a Rudolf, consiguió que el administrador del orfanato le permitiera vivir con Petter. Se aumentaron los momentos de conversación y además le permitía acompañarlo los sábados a las sesiones de la Unión Profesional de la Encuadernación, donde se trataban problemas sociales y laborales que le resultaban muy atractivos. Fue en una de estas asambleas donde Rudolf intervino por vez primera como orador.
En Europa se notaba un fuerte resurgimiento del movimiento socialista, la numerosa concurrencia a los congresos internacionales que se reunieron en París así lo demostraba. Entre los obreros alemanes la decisión tomada allí de declarar el Primero de Mayo como fiesta mundial del trabajo produjo una gran alegría. Esta celebración debería llevar a las masas proletarias al convencimiento de que el trabajador no conoce fronteras y que debe primar la solidaridad natural de los trabajadores.
El Gobierno de Bismarck, presintiendo la amenaza, intensificó la política represora hasta tal punto de que el emperador en un cambio brusco, habló de la necesidad de reformas sociales en defensa de los trabajadores, y así en febrero de 1890 aparecieron los Decretos Imperiales que recogían estos cambios. Para explicar este cambio en la opinión de Guillermo II se ha especulado con su miedo al "terror rojo" y su intento de apaciguarlo, pero también de que se trataba de unas medidas que ocultaban su intento de oponerse al ya grandísimo poder de Bismarck y de alejarse de su tutela.

Campaña electoral
Los obreros miraron estos decretos con desconfianza y los interpretaron como signo de debilidad. Se aproximaban las elecciones al Parlamento y creían que el Partido Socialista obtendría una gran victoria.
Rudolf participó en la campaña socialista colaborando en la preparación de asambleas y en la difusión de propaganda.
Varios de los jefes socialistas más conocidos acudieron a Maguncia como oradores: Liebknecht,Vollmar, Singer y Bebel. De todos ellos fue August Bebel quien le produjo una impresión más grata. Más adelante, su posterior evolución ideológica condujo a Bebel a su naufragio espiritual, pero esto era algo inevitable con la doctrina parlamentaria que el Partido Socialista tenía como base programática fundamental.
Fue en este período electoral cuando Rudolf se presentó como orador en un gran mitin electoral en sustitución de un compañero que no lo pudo hacer. El resultado, superados los nervios iniciales, fue un éxito y lo animó para futuras intervenciones.
El 20 de febrero de 1890 tuvieron lugar las elecciones y el Partido Socialista tuvo 1.500.000 votos, fue el más votado en Alemania. Bismarck tuvo que cesar en su cargo de canciller y se fijó el mes de septiembre para la anulación de la Ley contra los socialistas.
Poco después de las elecciones apareció por Maguncia un encuadernador húngaro llamado Ignaz Kovazs, que pronto empezó a asistir a las reuniones de la Unión de Encuadernadores. Kovazs provocó un escándalo cuando en una reunión afirmó que nada esperaba de la socialdemocracia en el Parlamento, que pronto surgirían nuevos "Bismarcks" entre los diputados socialistas y que el proletariado haría bien en apartarse de ellos. Estas opiniones le valieron el repudio general y sus relaciones con los compañeros se fueron enfriando hasta desaparecer del todo.
Rudolf se sintió atraído por Kovazs y aprovechó un encuentro con él para ir intimando. Las charlas se sucedíeron y Kovazs le fue introduciendo en otras doctrinas socialistas como el anarquismo y las del movimiento socialrevolucionario. Le contó y le puso ejemplos de cómo el Partido Socialista los combatía en Alemania y en otros países. También le proporcionó literatura y varios folletos de Johann Most y varios números de su periódico Freiheit. Esta información vino a sumarse a lo que Rudolf ya conocía del anarquismo y los anarquistas por lo que había leído y por las noticias sobre los anarquistas de Chicago, de su juicio y ejecución. Había quedado impresionado por la actitud de los acusados en el juicio y por su entereza en el momento de la ejecución.
Dentro del movimiento socialista alemán pronto comenzaron a producirse discrepancias entre las bases con la fracción parlamentaria apoyados por los dirigentes del partido. Las bases criticaban la política conciliadora y la falta de actitud revolucionaria de estos dirigentes que hasta llegaron a impedir la celebración del Primero de Mayo para evitar provocar a los sectores conservadores en Alemania.
Para oponerse a esta desviación surgió un movimiento dentro del Partido al que se le denominó "de los jóvenes", que trataba de recuperar para el socialismo sus tácticas revolucionarias.
Rudolf conoció este movimiento por Hermann Busch, obrero berlinés, que se había establecido en Maguncia y por medio del periódico Die Volkstribun, donde se exponían las opiniones de estos "jóvenes".
En estas fechas se fundó en Maguncia un club de lectura y le pusieron el nombre de "Freiheit" (libertad), Rudolf fue uno de los fundadores. Aquí se reunían jóvenes para leer libros que luego se comentaban, se discutían temas políticos y era frecuente la lectura de artículos referentes a las posiciones de los "jóvenes", lo que ayudó a propagar el espíritu crítico de sus posicionamientos.
Esta actividad no gustó a los compañeros socialistas de más edad y sugirieron que las reuniones del club fueran supervisadas por un miembro veterano del Partido. Esta imposición fue rechazada, lo que provocó un enfrentamiento con la cúpula socialista de la ciudad.
El club de lectura permaneció en continua relación con los "jóvenes" berlineses, los cuales les fueron convenciendo de sus tesis según las cuales el socialismo no podía ser alcanzado por medios parlamentarios sino por medios revolucionarios.
Cayó la Ley contra los socialistas, el Partido tuvo libertad de expresión y asociación. En todas las ciudades se desarrollaron nuevas asociaciones socialistas, se fundaron nuevos periódicos y además se despertó a nueva vida el movimiento sindical. Pero las discrepancias entre "jóvenes" y "oficialistas" se seguían manteniendo.
El 12 de octubre de 1890 se reunió en Halle el Congreso del Partido Socialdemócrata, donde se trató sobre todo el tema de esta discrepancia. Los jefes del Partido habían conseguido que la práctica totalidad de los delegados al Congreso fueran partidarios de sus tesis, solamente el compañero Wilhelm Werner pudo acudir como representante de la oposición. El Congreso fue un ataque a los opositores y a sus planteamientos, llegándose a la descalificación y a la injuria personal.
Una semana después del Congreso el Partido envió a Maguncia al diputado Franz Joest para informar del desarrollo del mismo. Se limitó a hacer observaciones despectivas sobre Werner y la oposición, llegando a afirmar que toda la oposición era fruto de una maniobra policial. Hubo una ruidosa protesta y el debate se volvió tumultuoso, Rudolf tomó la palabra y pidió a Joest que diese las pruebas de tan grave acusación o de otra forma quedaría como un vulgar calumniador. El escándalo se incrementó y a duras penas pudo finalizarse la asamblea.
Al cabo de una semana Rudolf recibió una carta desde la presidencia local del Partido en la que se le exigía una rectificación pública de sus palabras o de lo contrario se tramitaría su expulsión del Partido Socialdemócrata. Rudolf contestó que no podía retirar sus palabras mientras Joest mantuviera sin pruebas su acusación.

Abandono de la socialdemocracia
Un mes después se decidió su expulsión. El club de lectura se solidarizó con Rudolf, lo que ocasionó la ruptura de relaciones entre el Partido y el club. También otros militantes socialistas apoyaron a Rudolf y también fueron expulsados, integrándose entonces en el club.
Toda esta controversia en la socialdemocracia alemana tuvo su seguimiento en el extranjero. Personas significativas del movimiento socialista internacional tomaron partido por los opositores, en especial el holandés Nieuwenhuis, lo que produjo su ruptura con la jefatura socialista alemana.
Estamos en el año 1891, Rudolf tiene 18 años y había superado las pruebas de maestría de su aprendizaje, era ya oficial encuadernador. Antes de comenzar su vida laboral decidió viajar a Bruselas, donde en agosto de ese año se iba a celebrar el Congreso Socialista Internacional. Su compañero Jean Mendt le acompañaría. El viaje lo hicieron andando y al llegar a Bruselas buscaron la dirección del club socialdemócrata alemán de la ciudad, éste los recibió cordialmente y los acompañó a una posada donde podrían alojarse.
Un sábado, en la posada, fueron abordados por un joven llamado Lambert, que vendía los periódicos Die Autonomie y Der Anarchist, editados por el movimiento anarquista en Londres y Nueva York y con quien mantuvieron una conversación sobre temas políticos y sociales.
El día de inicio del Congreso se organizó una gran manifestación que recorrió las calles de Bruselas hasta las puertas de la "Maison du Peuple", local escogido para los actos congresuales.
Al Congreso acudieron todas las tendencias socialistas y sindicales, pero pronto surgieron las discrepancias. Se comenzó a atacar a los anarquistas proponiéndose su expulsión, para defenderse tomaron la palabra varios de los asistentes anarquistas, uno de ellos Francesco Saverio Merlino, lo que le costó caro, ya que acudía al Congreso con nombre falso por estar buscado por la policía, pero un periódico socialdemócrata publicó su verdadera identidad y fue detenido y expulsado a Inglaterra. Pese a todo, los anarquistas fueron expulsados, entre ellos los delegados españoles, con el voto favorable del socialista Pablo Iglesias.
Todos estos hechos produjeron una penosísima impresión en Rudolf, tampoco ayudaba a mejorar esta impresión las eternas discusiones sobre asuntos sin importancia y las resoluciones tan pobres que se aprobaron. El único punto verdaderamente importante que se trató fue el relativo al antimilitarismo, donde se produjo un duelo dialéctico entre Nieuwenhuis y Liebknecht. Se aprobó lo defendido por el alemán que propugnaba la conquista del poder político y una vez conseguido se acabase con el militarismo, cualquier otra acción como la huelga general, el boicot, la negativa a incorporarse a filas etc., sería negativo para el desarrollo del socialismo en Europa.
De los pocos recuerdos agradables de aquellos días, para Rudolf tuvo mucha importancia su encuentro con Nieuwenhuis en una reunión organizada por socialistas belgas próximos a las tesis opositoras alemanas; Rudolf pudo informarles de los acontecimientos en Alemania y dentro de la socialdemocracia.
Una influencia decisiva en la evolución ideológica de Rudolf fue el anarquista Lambert, su verdadero nombre era Karl Hofer y se ocupaba de introducir propaganda anarquista en Alemania desde Bélgica. Esta misión la llevó a cabo hasta que fue detenido y condenado a 5 años de prisión.
Rudolf tuvo varias charlas con él, leyó los periódicos y folletos que le dio y antes de despedirse intercambiaron las direcciones y Lambert le regaló libros de Bakunin y Kropotkin.
Rudolf fue invitado por un compañero belga a acudir a un taller de encuadernación donde poder trabajar unos días y ganar lo suficiente para que pudieran regresar a Alemania en tren él y su compañero Jean.
Antes de poder incorporarse al trabajo fueron detenidos por la policía belga y bajo la acusación de vagancia fueron encarcelados a la espera de su expulsión del país. Estuvieron 10 días encerrados y luego conducidos a la frontera desde donde tuvieron que continuar andando hasta Maguncia. En el viaje tuvieron tiempo de leer los libros anarquistas y cuestionarse aspectos hasta entonces nunca considerados.
Todos los acontecimientos de este viaje se convirtieron en un punto culminante en la transformación política de Rudolf.
En el Congreso de la socialdemocracia alemana en Erfurt el punto principal fue la expulsión del Partido de los miembros opositores a las tesis oficialistas. Esto condujo a que los opositores procedieran a la fundación de una nueva agrupación que no habría de tener ninguna relación con el Partido Socialdemócrata. El 8 de noviembre de 1891 fundaron la Agrupación de Socialistas Independientes, rápidamente se formaron grupos por todo el país y tuvo una gran acogida entre los socialistas alemanes en el extranjero. El 15 de noviembre apareció el periódico Sozialist, que enseguida sufrió persecución por el Gobierno y que más tarde, y ya con Gustav Landauer en su dirección, se declararía abiertamente por el anarquismo.
Rudolf se mantenía en contacto con Lambert, quien le enviaba periódicos y libros, que se distribuían entre los compañeros. Por fin y con Jean Mendt, Lonis Gerlach, Wolf y Oberhuber, Rudolf formó el primer grupo anarquista en Maguncia, dedicándose a la propaganda con grave riesgo de penas de cárcel si era sorprendido.
El grupo atrajo en poco tiempo a un buen número de compañeros y pudieron extender sus acciones a poblaciones vecinas, lo cual hizo incrementar las sospechas policiales, pero nada pudo ser probado contra ellos.
Rudolf recibió una carta de Lambert anunciándole su visita a Maguncia, ya que quería conocer a los compañeros e informarles sobre el estado del movimiento anarquista en Alemania y en el mundo, también se discutiría sobre las relaciones con los socialistas independientes. Lambert les informó de todo ello y además pidió al grupo que eligiesen a un miembro para ir con él a la frontera para enseñarle sus métodos para introducir la propaganda en Alemania y así, en el caso de ser detenido, este compañero podría sustituirlo.
La policía seguía hostigándolos, un registro en el taller donde trabajaba Rudolf hizo que fuese despedido. Esta falta de trabajo le convenció para hacer una gira propagandística por varias ciudades, llegó a Berlín donde pudo coincidir con compañeros anarquistas y con socialistas independientes.
Los anarquistas berlineses pidieron a Rudolf su ayuda ya que estaban preparando la publicación de un semanario; el periódico apareció en noviembre de 1892, pero la policía confiscó la edición entera del primer número y prohibió el periódico.
Rudolf regresó a Maguncia y a los pocos meses se produjo la suspensión de los envíos de literatura desde el extranjero. Pronto llegaron noticias de la detención de Lambert, de su juicio y condena a 4 años de prisión.

Primer exilio
Esta circunstancia decidió al grupo "Autonomie" de Londres, responsable de los envíos, a enviar al compañero Hans Ruffer a Alemania para establecer contacto con los grupos anarquistas. La reunión con Ruffer fue provechosa, ya que se tomaron las medidas para restablecer el paso por la frontera y se trataron también otros temas de interés, aunque el trato personal resultó difícil con él.
Rudolf iba a cumplir 20 años y debía realizar el servicio militar, perspectiva que le desagradaba enormemente. Ya le rondaba por la cabeza la idea de marcharse al extranjero, pero la perspectiva de incorporarse a filas precipitó estos planes.
El grupo "Autonomie" decidió sustituir a Ruffer y eligieron a Sepp Oerter, un joven anarquista que había vivido en EE UU y donde conoció a Emma Goldman y Alexander Berckman, estaba lleno de entusiasmo pero era también ciertamente temerario.
Una noche se presentó Oerter en Maguncia durante la celebración de un mitin, llevando propaganda prohibida, y saltándose todas las cautelas decidió intervenir y dijo cosas tan radicales y violentas que el acto fue suspendido por la policía y Oerter detenido. Afortunadamente la propaganda pudo ser ocultada pero los registros y detenciones se sucedían y a Rudolf no le quedó otra opción que huir a París.
Rudolf llegó a París a últimos de noviembre de 1892; sólo disponía de la dirección de Leopold Zack, delegado de la Asociación de Socialistas Independientes en esa ciudad, hasta allí marchó y pudo hospedarse en el mismo edificio en la Rue Saint-Honoré.
Una noche acompañó a Zack a casa de un compañero llamado Meyer, punto de reunión de todos los anarquistas de habla alemana en París, desde entonces Rudolf acudió frecuentemente a esa casa y la amistad con Meyer se prolongó hasta su muerte.
Como Rudolf necesita trabajar, un compañero le puso en contacto con Jean Grave, redactor de La Revolte. Grave le recomendó al compañero Durant, quien tenía un pequeño taller de encuadernación; este compañero le aconsejó establecerse por su cuenta y le prestó material y herramientas para el comienzo. Rudolf consiguió pronto encargos y, aunque de manera precaria, podía ganarse el sustento y a la vez tenía tiempo libre para conocer París y también para dedicarse al estudio.
En París conoció a muchas personas con quienes tuvo íntima relación, sobre todo con Max Baginski, quien habría de hacerse cargo de la edición de Freiheit cuando muriera Most.
El rumbo ideológico de los socialistas independientes no estaba claro, cuando la redacción del periódico Sozialist fue encomendada a Gustav Landauer la linea editorial comenzó a decantarse hacia la doctrina libertaria, hasta declararse abiertamente anarquista. Esto provocó reticencias por parte de militantes que se mantenían fieles al socialismo marxista y hasta hubo quienes se reintegraron en la socialdemocracia.
En febrero de 1893 Rudolf recibió una invitación del grupo "Autonomie" para ir a Londres.
Al llegar a Londres se dirigió a la redacción del periódico en Poland Street, donde encontró a Hans Ruffer, quien le convocó a una reunión donde se le propuso para que se ocupase de la introducción de la propaganda por la frontera alemana. Rudolf aceptó la misión.
Durante su estancia en la ciudad visitó con asiduidad el club "Autonomie" en el número 6 de Windmill Street, que era señalado por la prensa burguesa como "el centro de todas las conspiraciones anarquistas".
Cuando Rudolf iba a volver al continente para hacerse cargo de su nueva misión, hubo un cambio de planes y los compañeros de la redacción del periódico decidieron que como Autonomie era ya anarquista, la introducción del periódico Sozialist era entonces de poca utilidad, consideraban que era mejor una labor propagandística personal dentro de Alemania que la existencia de dos periódicos con la misma ideología.
Con estos acuerdos volvió a París. Al poco tiempo fue invitado a una asamblea de anarquistas judíos en el Boulevard Barbes. A Rudolf le gustó tanto la asamblea, que a partir de entonces fue un visitante asiduo de estas reuniones. Pudo dar charlas y participar en debates con los compañeros judíos porque éstos hablaban yídish y podían entender el alemán.
Rudolf quedó gratamente sorprendido por la gran cantidad de mujeres que participaban en las asambleas, algo poco habitual entonces, y que era característico del movimiento anarquista judío.
Hacía finales de abril de 1893 conoció a Élisée Reclus; fue por mediación de la compañera Maria Goldsmith, naturalista rusa, quien había colaborado con Reclus en sus investigaciones. Vivía Reclus en Sevres, no lejos de París. La figura de este hombre era notable, ricamente dotado intelectualmente. Para Rudolf fue una de las más notables personalidades que conoció en su vida. La familia Reclus fue un grupo humano que dio al mundo obras notables en diversas disciplinas, además de Élisée estaban: Élie, Onésime, Paul... muchos de ellos han tomado parte en el movimiento libertario.
El año de 1893 fue un período de graves persecuciones contra los anarquistas en Francia, se aprobaron leyes coartando el derecho de asociación y la libertad de prensa.
El 9 de diciembre de ese año estalló una bomba en el Parlamento francés causando algunos heridos pero sin víctimas mortales. El autor del hecho fue Auguste Vaillant, zapatero de oficio. Esto provocó una intensificación de la represión antianarquista, multiplicándose los registros y detenciones.
Vaillant fue juzgado y condenado a muerte. Al punto se desarrolló un movimiento a favor de la conmutación de la sentencia, pero el presidente Carnot permaneció inaccesible a todas las peticiones.
El 5 de febrero de 1894 Vaillant fue ejecutado. Su tumba en el cementerio de Ivry se convirtió en lugar de peregrinación y constantemente se producían manifestaciones que desembocaban allí. A tanto llegaron estos homenajes, que el Gobierno francés decidió clausurar la parte del cementerio que contenía la peligrosa tumba.
Al mismo tiempo se dieron otro tipo de actos de respuesta a la muerte de Vaillant; como la bomba en una comisaría de policía y el atentado en el café Terminus, con varios muertos; el autor de este hecho fue el joven Émile Henry, que pronto fue detenido. Esto llevó a un nuevo recrudecimiento en la represión contra el anarquismo, causó una indignación generalizada el arresto de Jean Grave acusado de propaganda incitadora a la violencia por su libro "La sociedad moribunda y la anarquía". Este libro se había publicado mucho tiempo antes con todas las licencias por parte de las autoridades. Nada de esto importó y Grave fue condenado a 2 años de prisión.
También Émile Henry fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado.
Seguían llegando a París compañeros anarquistas de Austria y Alemania que sufrían persecuciones constantes y optaron por el exilio, por el contrario esta represión hizo plantearse a otros muchos compañeros el formar grupos clandestinos y abandonar toda actividad pública en esos países.
Rudolf se mudó a la localidad de Saint-Denis, donde vivió durante 8 meses; este cambio lo hizo por invitación de un compañero alemán porque la vivienda le ofrecía un espacio mayor donde instalar su taller de encuadernación, además podía ir varias veces por semana a París para visitar a los amigos y participar en la vida política de la capital.
En Saint-Denis visitaba frecuentemente una colonia libertaria establecida junto al canal, donde se realizaban continuos actos de propaganda y difusión cultural.
En la última semana de junio de 1894 el presidente Carnot fue apuñalado y muerto en Lyon. El autor del atentado fue inmediatamente detenido y resultó ser un panadero italiano llamado Sante Caserio, quien declaró que con su acto vengaba la muerte de Vaillant. Este atentado condujo a persecuciones nunca vistas hasta entonces en Francia: todos los anarquistas fichados fueron detenidos o tuvieron que huir al extranjero, los refugiados políticos fueron expulsados del país no importando si eran o no anarquistas.
La policía trató de localizar a Rudolf para comunicarle la orden de expulsión, pero no pudieron dar con él. El 28 de julio se aprobó una ley que con el pretexto de acabar con la propaganda anarquista restringía la libertad de prensa en general de tal manera que ya no podía hablarse de prensa libre en absoluto. Toda propaganda anarquista era castigada con penas de 2 años de prisión y multas de hasta 200.000 francos.
El 2 de agosto tuvo lugar el juicio contra Caserio donde fue condenado a muerte. Fue guillotinado el 16 de agosto.
El 6 de agosto había comenzado en París el llamado "Proceso de los treinta", se hizo coincidir con el proceso contra Caserio para aprovechar el clima de excitación publica contra los anarquistas. Fue un proceso contra conocidos intelectuales anarquistas como Grave, Faure, Reclus, Ledot, Bernard, Feneon, etc. Para asegurar el veredicto inculpatorio se había incluido en la lista a delincuentes comunes para vincular sus delitos con el movimiento libertario. La acusación era que los intelectuales elaboraban la propaganda y establecían las razones para que los anarquistas de acción perpetraran los hechos, también se les acusaba de proporcionar los medios económicos y de mantener las relaciones entre los diferentes grupos.
Pero las pruebas que presentó el fiscal eran tan ridículas que quedaron muy claros durante el juicio los verdaderos motivos políticos del proceso y los miembros del Jurado absolvieron a los acusados.
El fiscal no quedó satisfecho y consiguió, en una sesión especial el 31 de octubre, condenar en rebeldía, ya que todos los acusados vivían ya en el extranjero, a 20 años a Paul Reclus, Émile Pouget, Constant Martin, François Duprat y Alexander Cohen.
Con la amnistía del 2 de febrero todos los condenados tuvieron la oportunidad de regresar a Francia, en apenas 6 meses se levantó la prohibición para la prensa anarquista y se pudieron reanudar las asambleas y mítines.

Fuga a Londres
Entonces la atención de la policía se desplazó hacia los compañeros extranjeros, la situación de los refugiados políticos se hizo muy difícil. El círculo íntimo de Rudolf se fue empequeñeciendo, ya que muchos decidieron emigrar, sobre todo a EE UU e Inglaterra. Rudolf no podía volver a Alemania, ya que era considerado desertor del ejército. Se puso en contacto con compañeros del grupo "Autonomie" de Londres y decidió viajar a esa ciudad. El día de Año Nuevo del año 1895 marchó hacía allí. Le esperaba el amigo Gundersen, quien le buscó alojamiento en una habitación en Carburden Street.
Aquella misma noche fueron al club "Grafton Hall", local donde se reunían los compañeros del movimiento alemán en Londres, compañeros de todas las tendencias del socialismo que eran perseguidas en Alemania.
La primera preocupación de Rudolf fue conseguir trabajo; esto era difícil ya que el sindicato inglés de encuadernadores no admitía extranjeros y sin el aval sindical era imposible emplearse en alguna empresa. Esto le condujo a trabajar por su cuenta haciendo trabajos para conocidos.
Al poco tiempo Rudolf fue elegido bibliotecario del club "Grafton" y se dedicó a catalogar los ricos fondos de que disponía la biblioteca y que más tarde habrían de ser aprovechados por Max Nettlau en sus investigaciones.
Rudolf conoció por entonces a Louise Michel, quien había tenido un papel tan destacado en la Comuna de París. Louise daba una charla conmemorativa de aquellos hechos revolucionarios en "Grafton Hall" y Rudolf tuvo que traducir sus palabras al alemán. A partir de ese día la relación entre ellos se hizo más intensa y personal.
Louise Michel, después de años de destierro en Nueva Caledonia y de cárcel en Francia, seguía manteniendo el mismo espíritu combativo y el Estado francés no había encontrado otro método de callar su voz que pretendiendo recluirla en un manicomio. Enterada Louise de estos planes huyó a Londres.
Rudolf y Louise se vieron por última vez en Londres en el club de los anarquistas judíos en marzo de 1904, ya que ella volvía a Francia. Murió en Marsella en 1905 durante una gira de propaganda.
Rudolf conoció también a Errico Malatesta, con quien habría de trabajar largos años en el Secretariado de la Internacional. El Gobierno inglés dedicaba especial atención a Malatesta, y su domicilio en Islington estaba siempre vigilado por la policía.
Uno de los amigos más íntimos de Malatesta en Londres era Pietro Gori, que era un gran conferenciante y, aunque abogado de oficio, vivía en condiciones muy precarias.
Rudolf tenía la intención de volver a Alemania e intentó en el consulado alemán en Londres que se le hiciera una revisión médica que certificase que no era apto para el ejército; esta era una práctica habitual entre la colonia alemana en Londres y los funcionarios no solían objetar nada en la mayoría de los casos y se podía obtener la exención con facilidad. Pero el consulado había recibido informes de sus actividades políticas y le fue denegada la revisión de su caso.
Poco tiempo después entró en contacto con los anarquistas judíos de la parte oriental de la ciudad y colaboró por primera vez con su periódico Arbeiterfreund con un artículo sobre la Comuna de París, también participaba frecuentemente en sus reuniones, que tenían lugar en una sala en Hanbury Street, en Whitechappel.
En julio de 1896 tuvo lugar en Londres el IV Congreso Obrero Socialista Internacional. El domingo 26 de julio se convocó una manifestación como preliminar a la apertura del mismo y que terminó con una gran concentración en Hyde Park.
En el Congreso se volvió a discutir el tema de la admisión de los anarquistas al mismo, después de agrios y violentos debates los socialdemócratas consiguieron su exclusión.
El Congreso gastó tanto tiempo y energías en esto, que poco interés tuvieron el resto de resoluciones adoptadas.
El 28 de julio tuvo lugar en Holborn Town Hall una gran manifestación por parte de los anarquistas para protestar por su expulsión del Congreso, a la que se adhirieron numerosos intelectuales, sindicalistas y personas que no eran ellas mismas anarquistas. Además los anarquistas se reunieron con socialistas de otras tendencias no parlamentarias en una Conferencia del 29 al 31 de julio en St. Martins Hall, donde se tocaron varios puntos, sobresaliendo el estudio que se hizo sobre el problema de la tierra y de los campesinos. Durante estos días hubo reuniones entre los compañeros anarquistas alemanes, allí Rudolf pudo conocer a Gustav Landauer y también le fue presentado Kropotkin.
Landauer era el editor del periódico Sozialist y ya lo había orientado hacia posiciones libertarias, pero su contenido era muy teórico y no gustaba en amplios sectores de la militancia. Hubo discusiones y se decidió crear otro periódico, que se llamaría Neues Leben, más orientado hacia la propaganda proselitista. Estas discrepancias produjeron enfrentamientos personales y lo más trágico fue la desaparición de Sozialist.
El 31 de mayo tuvo lugar un mitin gigantesco en Trafalgar Square en el que tomaron la palabra muchos oradores de todas las tendencias para protestar contra el Gobierno de Cánovas en España y su política represiva, que había culminado con los tormentos y ejecuciones de anarquistas acusados de la bomba de la calle Cambios Nuevos en Barcelona. La asamblea adoptó por unanimidad una resolución que Tarrida del Mármol había esbozado y que fue enviada al consulado español en Londres. También se recogió una colecta para ayudar a las familias de los presos en España y Rudolf fue comisionado para el envío de este dinero.
En julio de 1897 desembarcaron en Liverpool los anarquistas españoles que habían sido desterrados después de un tiempo en prisión y ese mismo día fueron recibidos cordialmente en Londres. Entre ellos estaban Federico Urales, Soledad Gustavo, Teresa Claramunt, Francisco Gane, etc.
Para vengar los fusilamientos en Barcelona Michele Angiolillo, anarquista italiano, dio muerte a Cánovas.
Rudolf había conocido a Angiolillo en Londres mientras éste trabajaba como tipógrafo y juntos acudieron a charlas donde se narraban las torturas sufridas en Montjuich.
Angiolillo fue ejecutado el 19 de agosto de 1897.
Con el cambio de Gobierno, las condiciones políticas cambiaron en España y los desterrados en Inglaterra pudieron regresar a sus hogares.
Un encuentro muy importante fue el que tuvo Rudolf con Hermann Jung, que había sido secretario de la Primera Internacional. Rudolf le pidió información sobre la historia de la Internacional, ya que se proponía escribir un libro sobre su historia y sobre la escisión entre bakuninistas y marxistas. Hermann le contó sobre las interioridades de la Asociación, sobre los miembros más destacados y sobre los congresos que tuvieron lugar, sobre todo el de La Haya, donde ocurrió la ruptura.
También conoció Rudolf a Max Nettlau en Londres cuando éste era un desconocido para la mayor parte de la militancia anarquista, ya que sus trabajos históricos aún no habían sido publicados. Nettlau iba todos los años a Londres para investigar en la biblioteca del Museo Británico y Rudolf se encontró con él en el club italiano en Dean Street; por entonces Nettlau estaba trabajando en su monumental biografía de Bakunin. Pronto intimaron y desde entonces Rudolf le proporcionaba toda la literatura anarquista en yídish que se publicaba en Inglaterra y EE UU. También tuvo la oportunidad de visitar el domicilio de Nettlau en Londres y conocer su gigantesca biblioteca.
El movimiento anarquista alemán en Londres no pudo soportar por más tiempo los gastos económicos del local de Graftton Hall y se decidió trasladar su sede a otro local más económico en Charlotte Street. Este ahorro en gastos trajo la posibilidad de incrementar la propaganda escrita y Rudolf decidió traducir al alemán para su publicación obras de conocidos anarquistas como Kropotkin, Grave, Merlino, etc. y tratar de introducirlas en Alemania.
Entonces ocurrió lo inimaginable y Rudolf fue acusado por miembros del club de irresponsabilidad en sus cometidos y de poca claridad en los asuntos financieros orgánicos. La mayoría de los compañeros apoyaron a Rudolf negando tales acusaciones, pero el trabajo editor se paralizó y las obras quedaron sin terminar. Estos hechos tan desagradables hicieron que Rudolf dirigiese sus pasos más frecuentemente hacia la parte oriental de la ciudad y tomase una parte más activa en las reuniones de los anarquistas judíos. Allí conoció a Milly Witkop, que pertenecía al grupo de Arbeiterfreund, y pronto se unieron como pareja.
En diciembre de 1897 Rudolf recibió de un viejo amigo de Nueva York la invitación y el pasaje para que él y Milly marchasen a EE UU. El 15 de mayo partieron y llegaron a Nueva York el 29. En el control de emigración tuvieron el problema de que al no estar casados se les impedía la entrada si no se casaban legalmente. Ambos se negaron y por tanto se les reembarcó para Inglaterra. Allí decidieron establecerse en Liverpool y alquilaron una habitación en la casa de un compañero judío conocido de la época londinense. Contactaron con el grupo anarquista de la ciudad y reanimaron la actividad del grupo, alquilaron un local en Brownlow Hill y se decidió la edición de un periódico eligiéndose a Rudolf como editor; debería escribirlo en alemán y entonces sería traducido al yídish por algún compañero judío. El periódico se llamó Das Frei Wart y apareció el 29 de julio de 1898, tuvo una cálida acogida y se recibieron saludos, fondos y suscripciones de todo el país.
Después de 4 ó 5 números Rudolf recibió la invitación desde Londres para hacerse cargo de la edición del periódico Arbeiterfreund. El compañero David Isakovitz se ofreció para sustituirlo en sus responsabilidades en Liverpool y Rudolf aceptó la propuesta.
En Londres comenzó para Rudolf un período de trabajo duro y extenuante, ya que tenía que escribir en un lenguaje desconocido para él y además tenía que procurar trabajar para mantenerse y colaborar con Milly.
Los problemas en el periódico surgieron pronto y la aparición de cada número era una verdadera aventura.
En noviembre de 1899 llegó Emma Goldman a Inglaterra, dio varias charlas en inglés y alemán y participó en una reunión antimilitarista en el South Place Institute donde habló sobre el patriotismo.
Emma accedió a dar varias conferencias para obtener fondos para el Arbeiterfreund, pero no fue suficiente y el periódico tuvo que suspender su edición.
La redacción se trasladó a un cobertizo y a iniciativa de un joven judío ruso recién llegado, llamado Narodiczky, se decidió sacar una nueva revista. Narodiczky sería el tipógrafo y Rudolf el editor, por supuesto ambos sin sueldo. Esta revista cubriría la desaparición del periódico y trataría de obtener fondos para saldar las deudas del Arbeiterfreund y conseguir editarlo de nuevo. La revista se llamaría Germinal: órgano de la concepción anarquista del mundo y apareció el 16 de marzo de 1900.
Germinal continuó publicándose como semanario hasta que el periódico volvió a salir a la calle, pasando luego a aparecer quincenalmente. Rudolf tuvo que compaginar su trabajo como editor en la revista y el periódico y el trabajo entonces fue enorme.
Un hecho vino a aumentar las dificultades y fue la constitución de un nuevo grupo anarquista que tomó el nombre de "Freiheit" y por motivos económicos y de personalismos se enfrentó con el grupo "Arbeiterfreund", esto trajo un nuevo recorte de fondos y una nueva suspensión del periódico. Esta suspensión duró 20 meses hasta que pudo otra vez reaparecer y ya editarse ininterrumpidamente hasta su prohibición durante la Primera Guerra Mundial.

Continúa la propaganda
Con motivo de la actividad de Rudolf en el movimiento obrero judío, tuvo oportunidad de reunirse muy a menudo con Kropotkin, pues éste frecuentaba las asambleas de estos compañeros. Desde entonces Rudolf quedó íntimamente ligado a Kropotkin y sus encuentros continuaron hasta la partida de éste para Rusia.
La crisis interna en el movimiento obrero judío por los problemas creados por el grupo "Freiheit" hizo que se pensase en trasladar a la ciudad de Leeds la redacción de Germinal, ya que el movimiento era importante allí. A finales de diciembre de 1901 se publicó el primer número de la revista en Leeds, después de los problemas de Londres, la permanencia en esa ciudad fue muy gratificante.
Al poco tiempo se inauguró el club socialista en Meanwood Road, que se convertiría en el centro del movimiento libertario local.
Durante su tiempo de permanencia en Leeds, Rudolf hizo giras de propaganda por Manchester, Liverpool, Birminghan, llegando hasta Escocia.
Entretanto la situación en Londres había comenzado a recomponerse y los compañeros pensaron en hacer reaparecer el Arbeiterfreund. Rudolf decidió marchar a Londres y prepararse para hacerse cargo de su edición.
El último número de Germinal en Leeds apareció en septiembre de 1902 y ya en octubre se editó en Londres.
Por entonces tanto el movimiento anarquista como los sindicatos judíos adquirieron un gran impulso y sus asambleas disfrutaban de una concurrencia como no habían tenido nunca. En las Navidades de 1902 se organizó una Conferencia General de Anarquistas Judíos y se había tomado el acuerdo de que el periódico Arbeiterfreund volviera a aparecer dándose la fecha del 20 de marzo de 1903 para que hubiera tiempo para su organización y para la provisión de fondos.
En marzo apareció el último número de Germinal, Rudolf no podía ocuparse por más tiempo de ambas publicaciones.
Germinal se volverá a publicar en enero de 1905 con un nuevo equipo de redacción pero manteniendo la línea editorial anterior. Germinal en esta nueva época ira creciendo en el número de páginas y colaboradores, también en su tirada. Rudolf enviará algunos escritos para su publicación. Aparecerá durante cinco años completos y parte del sexto.
En abril de 1903 llegó a Londres la noticia de la matanza de judíos en Kishinev (Rusia), este pogromo había sido alentado por el gobierno ruso para tratar de desviar la atención de la población buscando culpables entre los judíos de la situación tan crítica que vivía Rusia.
En Londres se convocaron una serie de actos de repulsa que culminaron con una gran concentración a principios de mayo en Hyde Park. Naturalmente el movimiento anarquista judío y Rudolf tomaron parte en ella y donde toda una serie de oradores tomaron la palabra, entre los que destacó la intervención de Kropotkin. El 21 de junio se convocó una manifestación a iniciativa de los grupos anarquistas y sindicatos judíos, fue la mayor manifestación de los trabajadores judíos que se había visto en Londres y esto a pesar de los impedimentos que pusieron los socialdemócratas y los grupos religiosos judíos.
En marzo de 1906 se celebró el veinte aniversario del periódico Arbeiterfreund; era ya una de las publicaciones más antiguas del movimiento anarquista mundial. Para celebrarlo se publicó un número especial en el que colaboraron todos los antiguos redactores, también se puso en marcha la Editorial Arbeiterfreund, que en los próximos 10 años habría de publicar más de 80.000 libros, tanto de obras anarquistas como de literatura general y folletos. En esta labor editorial tuvieron un papel destacado Abraham Frumkin y David Isakovitz.
Una de las mayores conquistas de aquellos combativos días fue la fundación del Worker's friend club and Institute, en Jubilee Street, que sería el club de los anarquistas judíos. Fue inaugurado el 3 de febrero de 1906 con una gran asistencia y con la presencia principal de Kropotkin.
El club serviría como centro de reunión social, para la celebración de mítines y asambleas, como escuela para los trabajadores y sus hijos, también contaba con una biblioteca y una sala de lectura. Era un espacio abierto para todo el mundo, grupos anarquistas y sindicatos no judíos pudieron utilizar sus salas para sus reuniones.
Del 26 al 31 de agosto de 1907 se reunió en Amsterdam un Congreso Anarquista Internacional; en total comparecieron 70 delegados representando a grupos y federaciones de toda Europa y EE UU. El punto más importante que se aprobó en el Congreso fue la creación de una Internacional Anarquista y que su Oficina de Relaciones se estableciera en Londres. Esta Oficina estaría integrada por los compañeros Errico Malatesta, Alexander Schapiro, John Turner, Jean Wilquet y Rudolf Rocker. Sus funciones serían las de nexo de unión entre los grupos y la publicación de un boletín mensual con noticias de las distintas actividades de dichas federaciones.
El 9 de octubre de 1909 un Consejo de Guerra en Barcelona condenó a muerte a Francisco Ferrer Guardia. Esta condena desencadenó una tempestad de indignación en todo el mundo. Rudolf se encontraba en París en esa fecha dando conferencias y pudo participar en las manifestaciones de repulsa que se sucedieron allí. El 20 de octubre tuvo lugar un gran mitin de protesta donde Rudolf fue el encargado de dirigirse al publico de lengua alemana. Esto conllevaba un gran peligro, pues Rudolf seguía amenazado con la orden de expulsión de Francia y no era conveniente significarse públicamente.
El mitin de protesta en el salón "L`Egalitaire" fue un gran éxito, pero al día siguiente Rudolf fue detenido en su hotel y expulsado de Francia.
Rudolf había conocido personalmente a Ferrer en Londres cuando éste fue invitado por Tarrida a visitarlo en esa ciudad.
El 17 de diciembre de 1910, en el transcurso de un intento de robo de una joyería en Houndsditch Street, hubo un tiroteo que acabó con tres policías muertos y dos heridos, un asaltante resultó herido y fue llevado a casa de una mujer, Rosa, que frecuentaba el club en Jubilee.
La policía siguió el rastro y pronto Rosa y todo el movimiento anarquista era sospechoso de complicidad en estos sucesos. Los políticos y los periódicos burgueses emprendieron una campaña contra los refugiados políticos y contra sus actividades en Inglaterra.
El 3 de enero la policía consiguió cercar a dos sospechosos en Sydney Street. Winston Churchill, entonces ministro, dirigió la operación y no encontró otro procedimiento para su captura que incendiar la casa. Dos cadáveres aparecieron entre las ruinas.
Con toda esta campaña el movimiento anarquista vivió un período de graves dificultades, con riesgo para sus militantes y con inconvenientes para desarrollar su propaganda. Todo llevó a la imposibilidad de la celebración pública del XXV aniversario del Arbeiterfreund. Los socialdemócratas no desaprovecharon la oportunidad y su órgano periodístico Justice publicó con pretexto de estos acontecimientos violentos un artículo que era una sucesión de infamias y de calumnias contra los anarquistas.
En abril de 1912 se declaró una huelga de los sastres en la parte occidental de Londres, los sastres pidieron a los obreros judíos de las "sweatingsystem" (talleres de confección de ropa) de la zona oriental acciones de solidaridad.
Para el movimiento anarquista era un asunto importantísimo ofrecer esta solidaridad y aprovechar la huelga para mejorar las condiciones de trabajo de los obreros textiles judíos. Se realizó una intensa labor de propaganda a favor de la huelga con charlas, hojas informativas y con artículos en el Arbeiterfreund.
Los obreros convocaron una asamblea general en el Great Assambly Hall y se decidió secundar la huelga. Se constituyó un comité de huelga y Rudolf ocupó el puesto de delegado del comité financiero.
La Federación Anarquista resolvió publicar diariamente el Arbeiterfreund con cuatro páginas mientras durase la huelga para tener informados a los trabajadores del desarrollo de la misma. Esto supuso un trabajo extra para Rudolf y el resto de la redacción, ya que además tenían que participar en concentraciones, charlas y piquetes.
El resto de sindicatos judíos mostraron una gran solidaridad y proporcionaron ayuda material y aportaron dinero para el sostenimiento de la huelga. Por el contrario, la patronal trató por todos los medios de su derrota, pero al fin la lucha obrera triunfó y se consiguió mejorar las condiciones laborales y, lo más importante, el control sindical de las contrataciones.
El 20 de mayo de 1912 tuvo lugar el juicio contra Malatesta en los tribunales londinenses; la acusación era por injurias hacia Ennio Belelli, un antiguo correligionario, pero ahora ya expulsado del movimiento. Las autoridades judiciales trataron de aprovecharlo para castigar al revolucionario y el juicio acabó con la condena a 3 meses de prisión y la recomendación para su expulsión de Inglaterra. Al conocerse la sentencia se levantó una fuerte campaña de protesta y se consiguió evitar la expulsión pero no la condena de cárcel, que Malatesta tuvo que cumplir.
Unos meses después Rudolf recibió una invitación de los compañeros de Montreal (Canadá) para la realización de una gira de propaganda. Rudolf accedió y el compañero Frumkin le sustituyó en sus funciones en el periódico durante su ausencia. Partió para el Canadá en febrero de 1914 y al llegar fue recibido muy cálidamente por los compañeros. En pocos días dio varias charlas con gran éxito y notable asistencia de público. Al conocerse su estancia en Montreal fue invitado por grupos de distintas ciudades a dar también charlas en sus clubes. Visitó Ottawa, Toronto, Winnipeg y otras localidades más pequeñas. Antes de regresar a Inglaterra pudo conocer la ciudad de Chicago, en EE UU, y saludar a los compañeros, pudo acercarse al cementerio de Waldheim donde están enterrados los llamados mártires de Chicago. Por fin en junio regresó a Inglaterra.

Guerra
Entre los últimos días de julio y primeros de agosto de 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial. Algunas semanas después el Gobierno británico decreta que los extranjeros de países enemigos deben registrarse en oficinas gubernamentales. Rudolf como alemán es uno de ellos; dándose cuenta de que sus días de libertad pueden terminar pronto, adopta una serie de decisiones: en primer lugar la entrega del dinero del movimiento del que dispone a Alexander Schapiro y así evitar su confiscación por el Gobierno, después contactó con compañeros para iniciarles en las labores en el periódico y evitar que el Arbeiterfreund dejara de editarse.
El Gobierno resolvió adoptar una nueva medida y fue la detención preventiva de todos los alemanes residentes en Inglaterra y su confinamiento en campos de internamiento.
Justamente por el mismo tiempo hubo una gran agitación en el movimiento anarquista; Kropotkin había declarado su posición ante la guerra apoyando a los aliados contra el militarismo austro-alemán. La gran mayoría de los anarquistas en el mundo eran contrarios a esta opinión, también Rudolf, que le replicó en cuatro artículos que publicó en octubre y noviembre en el Arbeiterfreund. Esta polémica se trasladó a todos los países europeos donde mayoritariamente se manifestaron contrarios a la opinión de Kropotkin, solamente en Francia algunos significados militantes se declararon favorables a sus tesis.
El 2 de diciembre a las 7 de la mañana la policía fue a buscar a Rudolf a su casa. Se le condujo a la comisaría, donde permaneció detenido hasta el día siguiente, cuando fue conducido al campamento de detención "Olympia"y fue designado al campo número 12. Las condiciones higiénicas y sanitarias en el campo eran pésimas, la alimentación escasa y, además, a los presos se les obligaba a realizar trabajos forzados.
Rudolf permaneció en el campo hasta el 14 de diciembre, cuando fue trasladado con otros presos al puerto de Southend para embarcar en el "Royal Edward" que servía como barco prisión. Las condiciones de reclusión eran mejores y el trato más humano que en el "Olympia". Con el paso del tiempo Rudolf fue acostumbrándose al internamiento y hasta llegó a organizar conferencias clandestinas con grupos de internos y que versaban sobre historia, sociología y literatura.
Mientras, los compañeros anarquistas y sindicalistas en Londres habían creado el "Rocker Release Comitee" para tratar de conseguir su libertad. Mandaron cartas a las oficinas del Gobierno y organizaron actos públicos y manifestaciones, pero de nada sirvió.
El 1 de junio todos los presos dejaron el barco y fueron llevados a la vieja instalación de exposiciones "Alexandra Palace", al norte de Londres. El comandante militar del campo era un viejo soldado que no tenía ninguna consideración con los alemanes presos. La situación se volvía cada día más tensa y Rudolf, no aguantando más, ideó un plan de fuga, pero el intento de fuga de otro preso hizo aumentar las medidas de seguridad en el "Palace" y para Rudolf se hizo imposible la huida.
La personalidad de Rudolf era ya de sobra conocida entre los internos, todos reconocían su ecuanimidad y honradez, por lo que fue propuesto como el representante de los presos ante la autoridad del campo. Todas las quejas, peticiones y sugerencias eran confiadas a Rudolf y éste las planteaba a la comandancia militar.
Durante todo este tiempo el periódico Arbeiterfreund había aparecido regularmente, mantenía su postura contraria a la guerra. En julio los compañeros Schapiro, Linder y Lenoble fueron procesados por un artículo aparecido en el periódico y condenados a varios meses de carcel. El 29 de julio también fue arrestada la compañera de Rudolf, Milly, colaboradora del periódico pero sin ninguna acusación concreta, y encerrada en la prisión de mujeres de Aylesbury.
El 19 de marzo de 1917 publicó la prensa inglesa las primeras noticias del triunfo de la revolución en Rusia. Una gran alegría recorrió las filas de todos los revolucionarios en el mundo. En este ambiente de euforia los reclusos del campo "Alexandra" obtuvieron el permiso para celebrar la fiesta del Primero de Mayo. El acto tuvo una gran participación y Rudolf intervino como orador pronosticando el próximo triunfo de la revolución mundial.
A comienzos de junio partió Kropotkin para Rusia, le escribió unas líneas de despedida a Rudolf y le invitó a reunirse con él allí tan pronto quedara libre.
Después de 15 meses de encierro las autoridades permitieron a Milly visitar a Rudolf. Milly le informó de que quizás las autoridades inglesas les permitieran su salida para Rusia, pero no al hijo de Rudolf, también llamado Rudolf y fruto de una relación anterior, por encontrarse en edad militar. De todas maneras no fructificó esta posibilidad y Milly tuvo que volver a la prisión.
Como no podían aguantar esta situación por más tiempo, se les ocurrió que Rudolf podía solicitar su traslado a un centro de retención en Holanda, ya que allí las posibilidades de liberación eran mayores que en Inglaterra. Rudolf formalizó la solicitud de traslado y ésta fue aprobada. El 15 de marzo embarcó para Rotterdam. Ahora el mayor peligro era que fuera entregado a las autoridades alemanas en alguna operación de intercambio de prisioneros. Para evitarlo decidió fugarse en la conducción y solicitar asilo político en Holanda con nombre falso. Intentó la fuga pero fue detenido y entregado en la frontera alemana. Fue puesto a disposición de la policía alemana a la espera de que su caso fuera estudiado por las autoridades en Berlín. Después de tres semanas llegaron los informes solicitados, Rudolf por haber estado 10 años en el extranjero y no haberse registrado en ningún consulado alemán había perdido su ciudadanía alemana y tenía que ser devuelto a Holanda.
Una vez en Holanda, Rudolf se dirigió al domicilio de Domela Nieuwenhuis en la ciudad de Hilversum. Permaneció 10 días en esta casa recuperándose física y espiritualmente de su encierro, solamente la falta de noticias de Milly le causaba preocupación. Después marchó a Amsterdam, donde alquiló una habitación y fue visitado por muchos amigos y compañeros. Comenzó un período de actividad que le causó un empeoramiento de su salud. Para tratar de recuperarse fue a vivir al pueblo de Hattem a la casa de Fritz Poppe; a la semana de estar allí corrió el rumor de que Alemania había invadido Holanda y Rudolf volvió a Amsterdam, donde pensó que estaría más seguro. Pronto se comprobó que el rumor era falso.
Rudolf seguía sin tener noticias de Milly y decidió escribir una queja al "Home Secretary" inglés denunciando la falta de correspondencia con su compañera. No obtuvo contestación, pero poco después comenzó a recibir cartas de Milly.
Para ganarse la vida en Amsterdam comenzó a dar clases de idiomas y conferencias en domicilios privados por pequeñas remuneraciones. Participó en las reuniones que los refugiados políticos celebraban todas las semanas.
De nuevo Rudolf fue asaltado por una grave enfermedad intestinal y tuvo que ser operado.
Al salir del hospital se encontraba muy débil, pero le confortó la llegada de Milly y su hijo pequeño, ya que las autoridades británicas finalmente permitieron su salida.
Llegó el armisticio y el final de la guerra, también llegó la hora de la vuelta de Rudolf a Alemania llamado por los hechos revolucionarios que allí ocurrían. Viajó a Berlín con su familia y se alojaron en el domicilio de Fritz Kater, presidente de los Sindicatos Independientes. Al día siguiente Rudolf fue con Kater al local del Sindicato, donde fue presentado a los compañeros.
En pocos días Rudolf pudo ocupar una vivienda con su familia y los compañeros le proporcionaron lo indispensable para amueblarla.

Revolución en Alemania
Al poco Rudolf volvió a sentirse enfermo, el médico Alfred Bernstein, simpatizante socialista, lo trató y poco a poco fue mejorando. Mientras estaba convaleciente estalló en Berlín, enero de 1919, la primera insurrección espartaquista, pero fracasó por la división del proletariado revolucionario y por la actitud contrarrevolucionaria de la socialdemocracia.
Tras el fin de la guerra se había dado en Alemania una situación prerrevolucionaria que había conducido a la presidencia de la República al socialdemócrata Fritz Ebert. Al producirse el levantamiento espartaquista, Ebert no dudó en aliarse con las fuerzas reaccionarias y, apoyándose en los restos que quedaban del ejército, reprimir brutalmente a los obreros, masacrando a centenares y asesinando a los dirigentes Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. La situación en Alemania no hacía sino empeorar y de nuevo se produjo otro levantamiento en marzo de 1920, que también esta vez el Gobierno socialdemócrata sofocó a sangre y fuego. En Múnich fue proclamada la República de los Consejos Obreros. Fue un movimiento revolucionario que tuvo que afrontar desde el comienzo graves dificultades; en primer lugar Baviera era una región mayoritariamente agrícola y conservadora, los obreros industriales eran poco numerosos y en segundo lugar el movimiento obrero estaba escindido, como pasaba en toda Alemania. Para acabar con los Consejos se mandaron tropas federales y de nuevo se volvieron a repetir las escenas de crueldad y centenares de trabajadores fueron asesinados. Fue en esta semana sangrienta cuando Gustav Landauer fue asesinado, arrestado el 1 de mayo, fue torturado y muerto a tiros.
A comienzos de febrero de 1920 Rudolf fue detenido en Berlín y encerrado junto a Fritz Kater. Como había sido detenido por orden gubernativa sin existir ninguna acusación concreta, las condiciones de encierro fueron livianas, se les permitió ocupar una misma celda y a Rudolf se le proporcionó el material necesario para poder continuar con su trabajo de traducir al alemán las obras de Kropotkin.
Estas detenciones tuvieron eco en la prensa alemana y extranjera, desde donde se hizo una fuerte campaña para su liberación. Rudolf pudo contribuir a la misma sacando clandestinamente de la prisión escritos que fueron publicados por el periódico Syndikalist con la firma de "El hombre en la luna".
Pasaron unas semanas y Rudolf fue informado de que su detención se debía a que se sospechaba que intentaba organizar una huelga general en la región del Ruhr. De todos modos no fue llevado a juicio y siete semanas después Rudolf y también Kater fueron liberados sin ninguna explicación.
Unas semanas más tarde Rudolf fue invitado por la Universidad de Berlín a dar una conferencia sobre el tema "Nacionalismo y Cultura". Ese día la sala de conferencias estaba repleta y abundaban los estudiantes integrantes de asociaciones derechistas y nacionalistas. Pronto comenzaron los gritos y los pateos, pero Rudolf pudo dominar la situación y acabar la conferencia.
Una nueva catástrofe cayó sobre Alemania, la República de Weimar bajo la influencia del ministro de Defensa, el socialdemócrata Noske, puso en las manos de los viejos generales del Ejército imperial la organización del nuevo Ejército republicano. Estos generales sólo esperaban el momento de asestar el golpe de gracia a la República y éste llegó en marzo de 1920, cuando tuvo lugar el levantamiento armado de parte del ejército y que es conocido como el "Putsch" de Kapp. El Gobierno tuvo que huir de Berlín y buscar refugio en Stuttgard. El proletariado respondió esta vez olvidándose de todas las diferencias y se enfrentaron unidos a los militares, se declaró la huelga general y al tercer día y ante esta actitud resuelta de los trabajadores, los generales golpistas vieron la inutilidad del golpe y derrotados huyeron a Suecia. Al día siguiente volvió el Gobierno a Berlín. Prometió un castigo ejemplar para los culpables del "Putsch" y grandes cambios sociales. Pero todas las promesas quedaron en nada y pronto volvió la represión para los obreros revolucionarios que habían expuesto su vida para resistir a la contrarrevolución.
En aquellos años Berlín era parada obligatoria para todas las personas que a título personal o como delegados de las diversas organizaciones, partidos o sindicatos, iban o volvían de Rusia, de manera que en Alemania se estaba mejor informado de lo que ocurría en Rusia que en ningún otro país.
Rudolf se convirtió en el depositario de muchos de los escritos que los compañeros hacían salir de Rusia clandestinamente y donde se exponía la situación real en el "Paraíso del Proletariado". A su custodia llegaron entre otros el manuscrito de la obra de Archinov "Historia del movimiento Majnovista 1918-1921" y el diario que Berkman escribió durante su estancia en Rusia y que se convirtió en su libro "El mito bolchevique" con su apéndice "El anticlímax".
El movimiento sindicalista revolucionario alemán tomó en aquellos años un impulso notable. El 15 y 16 de septiembre de 1919 tuvo lugar en Dusseldorf una Conferencia común de las diversas organizaciones y se produjo la fusión en una única federación que tomó el nombre de FAUD (Unión de Obreros Libres de Alemania). Rudolf se dedicó a recorrer el país para presentar la nueva organización a los trabajadores.
El órgano principal del movimiento era el periódico Der Syndikalist, que había sido fundado en Berlín en 1918. En 1927 creó la FAUD una revista, Die Internationale, que se ocupaba de los temas teóricos y del desarrollo histórico del movimiento; también la FAUD editó literatura libertaria.
Se celebró en Berlín del 25 de diciembre de 1922 al 2 de enero de 1923 una reunión internacional de sindicatos revolucionarios en la que se decidió de forma unánime la refundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT).
Rudolf participó vivamente en el desarrollo de la AIT desde el comienzo, como uno de sus secretarios intervino personalmente en todas sus reuniones internacionales y en todas las conferencias preliminares que procedieron a su constitución.
A Berlín iban llegando anarquistas rusos desterrados por la dictadura soviética y que encontraron amparo entre los compañeros alemanes. Rudolf pudo conocer y tratar entre otros a Archinov, Volin, Yartchuk y Mratschuy. Fue hacia comienzos de 1923 cuando llegó a Berlín Nestor Majnó, solo permaneció en la ciudad unas semanas hasta que pudo viajar a París. Rudolf pudo conocer por él y de primera mano la historia del movimiento anarquista en Ucrania.
Además de los rusos vivían en Berlín un buen número de compañeros de diversos países. En el verano de 1922 llegó Diego Abad de Santillán, que actuó durante bastante tiempo como corresponsal del periódico anarquista La Protesta de Buenos Aires. Un tiempo después llegó otro compañero español, Valeriano Orobón, que tan buena impresión habría de causar a Rudolf y a Nettlau. En el otoño de 1928 hallaron refugio en Berlín Durruti y Ascaso, era la segunda vez que estaban en Alemania, ya que el año anterior habían sido expulsados de Francia por la supuesta preparación de un atentado contra Alfonso XIII en París. Rudolf pudo conocerlos por medio de Augustin Souchy y pasar muchas horas con ellos.
También conoció a Ángel Pestaña cuando éste volvía del viaje a Rusia y pudo observar la amarga desilusión que le había producido la Rusia bolchevique.
El 7 de febrero de 1921 murió Piotr Kropotkin en Dmitrov; esta noticia afectó hondamente a Rudolf. Algún tiempo después la hija de Kropotkin, Sacha, visitó a Rudolf en Berlín y le contó acerca de la vida de su padre en Rusia, cómo su decepción había ido creciendo día a día, cómo había sido confinado en Dmitrov por los bolcheviques, donde las condiciones de su vida fueron muy precarias, pero a pesar de sus muchas necesidades se había negado a aceptar la ayuda gubernamental, ya que nada quería tener que agradecer al Gobierno. A comienzos de 1922 también llegó a Berlín la mujer de Kropotkin, Sofía, permaneció allí unos meses y luego marchó a Londres para organizar el traslado de la biblioteca personal de Kropotkin que no pudieron llevar cuando se trasladaron a Rusia. Los bolchevique habían prometido que la biblioteca integraría un museo dedicado a Kropotkin.
Rudolf, al conocer estas promesas, le manifestó a Sofía su opinión contraria a estos planes y su desconfianza, ya que no creía que los bolcheviques permitieran un museo anarquista y los libros serían ocultados en alguna biblioteca estatal.
De todos modos Sofía fue a Londres y embarcó los libros y demás material para Rusia. Tiempo después Sofía escribió a Rudolf proponiéndole que se trasladara a Rusia para que catalogara los papeles y documentos de Kropotkin. Las autoridades rusas denegaron el permiso de entrada a Rudolf y con respecto al Museo Kropotkin lamentablemente se cumplió el vaticinio de Rudolf y el proyecto fue clausurado y el material fue a parar al Archivo Marx-Engels.
Rudolf y los compañeros consiguieron que el Gobierno alemán permitiese la entrada en Alemania de Emma Goldman, Berkman y Schapiro después de que éstos consiguieran su salida de Rusia. Pronto establecieron cordiales relaciones con los compañeros alemanes y su casa fue un centro de reunión habitual. Emma vivió 2 años en Alemania hasta que consiguió un visado para Inglaterra. Berkman partió para París y antes de irse encargó a Rudolf la traducción de su libro "Memorias de un anarquista en prisión"; fue un encargo difícil ya que se trataba de corregir una nefasta traducción anterior.
En junio de 1929 tuvo lugar en Estocolmo el Congreso del sindicato sueco SAC (Organización Central Obrera Sueca) y Rudolf fue invitado como representante de la AIT, además pudo aprovechar el viaje para hacer una gira de propaganda por todo el país.
Mientras, en Alemania el Partido Nazi se iba haciendo cada vez más fuerte apoyado por la banca, la industria y los terratenientes y sin que los partidos obreros y los liberales hicieran nada eficaz para oponerse. Hacia finales de 1928 la FAUD recibió una carta del nazi Otto Strasser con la invitación para organizar un debate público. Se aceptó y Rudolf fue elegido representante de la FAUD para oponerse a Strasser. Se celebró un primer debate con gran asistencia de público y Rudolf pudo fácilmente rebatir y demostrar la falsedad de las doctrinas raciales del pensamiento nazi. Hubo un segundo debate y en representación de los nazis fue Hebert Blank y esta vez el tema a discutir fue el significado del socialismo; nuevamente Rudolf resultó triunfador en el enfrentamiento. Se preparó un tercer debate entre Strasser y esta vez fue Erich Mühsam en representación de la FAUD; en esta ocasión las condiciones del debate cambiaron y se aceptaron las interrupciones entre los oradores y que se dieran controversias entre ambos, pero esto condujo a que Mühsam no pudo desarrollar sus ideas por ser continuamente interrumpido, resultando un debate confuso con gran descontento entre la audiencia.

Revolución en España
La CNT pidió que el IV Congreso de la AIT se celebrase en Madrid inmediatamente después del Congreso que la CNT tenía resuelto celebrar en esa ciudad aprovechando las nuevas condiciones políticas en España con la caída de la Monarquía y el establecimiento de la República. La AIT estuvo de acuerdo con la solicitud.
Rudolf conocía bien la historia del movimiento en España por el estudio que le dedicó en Londres durante su destierro, también por sus relaciones con los exiliados españoles, sobre todo con Tarrida y además el conocimiento que tenía del idioma español hacía a Rudolf muy próximo al movimiento anarquista español.
A últimos de mayo de 1931 salieron para España Rudolf y Augustin Souchy como representantes del Secretariado Internacional de la AIT; les acompañaban Orobón Fernández y compañeros alemanes, suecos, holandeses y franceses.
Al llegar a Barcelona Rudolf volvió a encontrarse con Durruti y Ascaso y también asistió a un mitin convocado por la CNT al que asistieron miles de personas. Rudolf pudo saludar a nuevos y viejos amigos como Nettlau, que se encontraba en la ciudad invitado por la familia Montseny, y conocer a Juan Peiró.
Salieron para Madrid en un tren especial fletado por la CNT y que transportaba a los asistentes al Congreso. Al llegar les estaba esperando Ángel Pestaña con otros compañeros madrileños. Pestaña los acompañó el resto del día y Rudolf pudo conocer su opinión sobre la situación española.
El Congreso fue precedido por un gran mitin donde hablaron militantes de todas las regiones de España, también compañeros extranjeros y Rudolf como representante de la AIT.
El Congreso fue el mayor de los que Rudolf habría de asistir jamás y la impresión que le produjo fue magnífica. Al día siguiente de su finalización fue inaugurado el IV Congreso de la AIT. Los debates se desarrollaron en un óptimo nivel intelectual, sin disputas personales, y se llegó a importantes acuerdos. Al finalizar el Congreso, Rudolf volvió a Berlín. Entretanto la situación política en Alemania había empeorado. El 27 de febrero ardió el edificio del Reichstag y fue culpado un militante revolucionario de provocar el incendio. Esto trajo consecuencias nefastas para la libertad política y se fueron sucediendo hechos y situaciones que acabaron llevando a Hitler a ejercer un poder absoluto. En estas circunstancias no era posible organizar una resistencia decidida del proletariado, las detenciones y atentados a izquierdistas se multiplicaban. Mühsam ya había sido detenido y Rudolf se tuvo que ocultar con su familia en un domicilio amigo hasta que pudieron huir a Suiza, estableciéndose por unas semanas en Zúrich. Poco después recibieron de Emma Goldman la invitación para que le visitaran en su casa en Saint-Tropez. Allí fueron cordialmente recibidos y Rudolf pudo informar a Emma sobre los sucesos en Alemania y sus consecuencias para el movimiento anarquista.
Emma estaba trabajando en su libro de memorias ("Viviendo mi vida") y les leía los capítulos que iba escribiendo. Tres días después de su llegada apareció Alexander Berkman desde Niza, donde vivía. A Rudolf le inquietó el aspecto de Berkman, que denotaba la gravedad de su enfermedad, además las autoridades francesas le hacían la vida imposible, lo que empeoraba su estado de ánimo.
Para Rudolf y Milly esta temporada en Saint-Tropez fue muy grata y Rudolf la aprovechó para escribir un breve resumen histórico de las condiciones internas en Alemania y tituladas "El camino hacia el Tercer Reich".
A Rudolf le llegó la invitación de los compañeros de Nueva York para una gira de conferencias por EE UU y Canadá. Partieron para París, donde querían detenerse unos días y saludar a los viejos amigos y también intentarían conseguir el Permiso de Residencia en Francia. En París Rudolf recibió la comunicación de que la AIT había convocado al Secretariado Internacional para finales de abril en Amsterdam, ciudad a donde se había trasladado desde Berlín desde la subida de Hitler al poder. En la reunión se resolvió sobre los temas concernientes a la nueva situación creada al Secretariado, sobre aspectos económicos y sobre las relaciones con las organizaciones anarcosindicalistas en los países con dictaduras.
En la primera semana de mayo Rudolf y Milly salieron para Inglaterra, donde desembarcaron sin impedimento alguno. En Londres pudieron visitar a los familiares y amigos después de tanto tiempo. Los obreros judíos organizaron una fiesta de bienvenida donde Rudolf pudo hablar sobre los trágicos acontecimiento de Alemania. Rudolf pudo constatar que el movimiento anarquista en Londres estaba casi desaparecido y sólo se mantenía entre la población judía de la parte oriental de la ciudad.
Llevaba casi dos meses en Londres esperando la fecha de embarque para EE UU cuando fue convocado repentinamente a una Conferencia extraordinaria de la AIT en París. Para Rudolf era una situación difícil ya que debería entrar en Francia clandestinamente por no tener permiso de entrada. Pero no podía eludir su responsabilidad y pudo llegar a París y participar en el Congreso, donde se trató sobre las tácticas por las que la AIT pudiera resistir en esos tiempos de dictaduras y los medios para ayudar a las víctimas del fascismo.
Volvió a Londres a mediados de julio y al fin el 27 de agosto embarcaron en Southampton, y el 2 de septiembre de 1933 llegaron a Nueva York. En el puerto los recibió su hijo Firmin que vivía allí desde hacía un año. Rudolf y Milly se quedaron una semana en la ciudad y luego marcharon al pequeño pueblo de Towanda para descansar hasta el inicio de la gira. En octubre volvieron a Nueva York y luego continuaron con los mítines por Filadelfia, Baltimore, Washington, Pittsburg, Cleveland, Detroit, Chicago; en esta ciudad se formó un comité para obtener fondos para la traducción al inglés de "Nacionalismo y Cultura", tarea que realizó el profesor Rey E. Chese, siendo publicado por primera vez en el otoño de 1937.
Continuaron la gira por California y desde allí fueron a Canadá, donde Rudolf habló en varias ciudades. La gira duró 7 meses y al acabarla Rudolf y Milly se retiraron a Towanda. Rudolf comenzó a escribir sus memorias, ya que hasta entonces por su vida tan agitada no había podido encontrar ni el tiempo ni la tranquilidad para ponerse a la tarea.
El 29 de julio de 1934 tuvo Rudolf la primera noticia de la muerte de Erich Mühsam; fue un golpe terrible. El 21 de agosto recibió una carta de la compañera de Mühsam, Zensl, donde le contaba los detalles del triste suceso. Mühsam fue asesinado en la noche del 9 al 10 de julio en el campo de concentración de Oranienburgo después de año y medio de encierro y sometido a frecuentes torturas. Rudolf escribió una nota necrológica que fue publicada en la prensa libertaria de numerosos países.
El 19 de julio de 1936 la prensa publicó las primeras noticias sobre la insurrección fascista en España; las noticias eran confusas y transcurrieron unos días antes de que fuera posible formarse una idea más exacta de la situación.
El movimiento anarquista en EE UU trató de influir en la opinión pública para que mostrase su oposición al golpe militar. Se organizaron asambleas y se publicaron manifiestos, folletos y artículos, también consiguieron editar un periódico especial, The Spanish Revolution, que apareció quincenalmente, donde se publicaba todo el material de primera mano sobre los sucesos en España.
Rudolf tuvo una actividad febril, escribió el folleto "La verdad sobre España", más adelante un escrito mayor "La tragedia de España" y en 1938 su libro "Anarcosindicalismo. Teoría y Práctica" donde trató detalladamente sobre las aspiraciones libertarias. También tuvo una gran actividad como conferenciante con viajes por todo EE UU. Se puede afirmar que pocas veces había trabajado a favor de una causa tan constante y exclusivamente como en aquellos años de la guerra española. Las asambleas fueron siempre muy concurridas y favorables, pero Rudolf consideraba que solamente la intervención decidida de los grandes sindicatos americanos podía movilizar al proletariado a favor de la República española y hacer variar la política gubernamental de EE UU sobre la guerra.
Nada se pudo hacer y la victoria de Franco fue una catástrofe para el movimiento libertario del mundo entero.

Últimos años
Por entonces Rudolf sufrió una grave enfermedad que exigió una intervención quirúrgica y un largo período de convalecencia. Se había establecido desde el verano de 1937 en la Colonia Mohigan, una colonia libertaria cercana a Nueva York con compañeros de diversas nacionalidades pero siendo la mayoría judíos. A Rudolf esta vida en la colonia le reportó el reposo necesario y le permitió realizar sus trabajos literarios; su enfermedad le hizo renunciar a las largas giras de conferencias pero continuó dando charlas en Nueva York y en lugares cercanos.
Llegaron noticias tristes como la muerte de Emma Goldman en Toronto el 13 de mayo de 1940, que se unió a la de Alexander Berkman ocurrida antes. También fue dolorosa la noticia del fallecimiento de Max Nettlau en Amsterdam el 23 de julio de 1944.
Después de que EE UU entrara en la II Guerra Mundial comenzó lo que se llamó el "Registro de los extranjeros enemigos": Rudolf y Milly, aunque despojados de la nacionalidad alemana por el Gobierno nazi, tuvieron que someterse a un régimen especial, no pudiendo abandonar su domicilio más que cuando recibían permiso. Aparte de esto en nada más fueron molestados.
Rudolf y Milly tenían que solicitar cada 6 meses un permiso de residencia y su solicitud ser aprobada por el Departamento de Justicia.
Las años de la guerra pasaron y Rudolf pudo volver a tener correspondencia con los compañeros que se habían salvado de la hecatombe y también tener noticia de aquellos que no lo habían logrado.
Rudolf y Milly decidieron que era preciso hacer algo para aliviar en lo posible las penurias de los compañeros en Europa. Se creó un comité de socorro especial a cargo de la Federación de los Anarquistas de habla yídish en Nueva York. Rudolf escribió el manifiesto informativo y la idea tuvo un éxito inmediato: pronto comenzaron a enviarse a Europa los primeros paquetes de ayuda. A este primer comité le siguieron otros en Chicago y Detroit.
Rudolf estaba especialmente preocupado por las condiciones en que había quedado la FAUD después de la guerra, ya que el régimen nazi había acabado completamente con la organización, y era impensable su reconstrucción en la situación en que se encontraba entonces Alemania.
Iba transcurriendo el tiempo y, en enero de 1949, Rudolf y Milly pasaron una larga temporada en California invitados por unos amigos, pero la noticia de la muerte de su hijo Rudolf en Inglaterra supuso una nueva pesadumbre. Decidieron volver a su casa, único lugar donde podían hallar sosiego.
Se sucedían los años y con ellos iban desapareciendo viejos compañeros: Maximov, Karl Dingler...
En 1951, una semana antes de la celebración del 78 cumpleaños de Rudolf, aparecieron dos funcionarios del Gobierno de EE UU para comunicarles que debían abandonar el país en un plazo de tres meses.
Al tener los compañeros conocimiento de esta noticia, se movilizaron para conseguir la revocación de tan absurda decisión después de haber estado viviendo en EE UU durante 17 años. Por fin en octubre de 1951 fue resuelta favorablemente su permanencia definitiva en EE UU.
El 10 de septiembre de 1958, Rudolf Rocker murió en la Colonia Mohigan.

Juan Ruiz Subir


Anarquismo:
sus aspiraciones y propósitos

El anarquismo es una corriente intelectual bien definida en la vida de nuestro tiempo, cuyos partidarios propugnan la abolición de los monopolios económicos y de todas las instituciones coercitivas, tanto políticas como sociales, dentro de la sociedad. En vez del presente orden económico capitalista, los anarquistas desean el establecimento de una libre asociación de todas las fuerzas productivas, fundada en el trabajo cooperativo, cuyo único móvil sea la satisfacción de las necesidades de cada miembro de la sociedad, descartando en lo futuro todo interés especial de las minorías privilegiadas en la unidad social. En lugar de las actuales organizaciones del Estado, con su inerte mecanismo de instituciones políticas y burocráticas, los anarquistas aspiran a que se organice una federación de comunidades libres, que se unan unas a otras por intereses sociales y económicos comunes y que solventen todos sus asuntos por mutuo acuerdo y libre contrato.
A todo el que examine, de una manera profunda, el desenvolviemiento económico y político del presente sistema social le será fácil reconocer que tales objetivos no nacen de las ideas utópicas de unos cuantos innovadores imaginativos, sino que son consecuencia lógica de un estudio a fondo del presente desbarajuste social, que a cada nueva fase de las actuales condiciones sociales se pone en evidencia de manera más palmaria y nociva. El moderno monopolio, el capitalismo y el Estado, no son más que los últimos términos de un desarrollo que no podía culminar en otros resultados.
El enorme desarrollo de nuestro vigente sistema económico, que lleva a una inmensa acumulación de la riqueza social en manos de las minorías privilegiadas y al continuo empobrecimiento de las grandes masas populares, preparó el camino para la presente reacción política y social, favoreciéndola en todos sentidos. Ha sacrificado los intereses generales de la sociedad humana a los intereses privados e individuales y, con ello, minó sistemáticamente las relaciones de hombre a hombre. No se tuvo presente que la industria no es un fin en sí misma, sino que debiera constituir el medio de asegurarle al hombre su sostén y hacerle accesibles los beneficios de una actividad intelectual superior. Allí donde la industria lo es todo y el hombre no es nada, comienza el reino de un despiadado despotismo económico, cuya obra no es menos desastrosa que la de cualquier despotismo político. Ambos se dan mutuo auge y se nutren en la misma fuente.
La dictadura económica de los monopolios y la dictadura política del Estado totalitario son ramas producidas por idénticos objetivos sociales, y los rectores de ambas tienen la presunción de intentar la reducción de todas las incontables manifestaciones de la vida social al ritmo deshumanizado de la máquina y afinar todo lo que es orgánico según el tono muerto del aparato político. El moderno sistema social ha dividido internamente, en todos los países, el organismo social en clases hostiles, y en lo exterior, ha roto el círculo de la cultura común en naciones enemigas, de suerte que ambas, clases y naciones, se enfrentan unas a otras con franco antagonismo, y en su constante lucha tienen la vida social de la comunidad sometida a continuas convulsiones. La última gran guerra (*) y los terribles efectos subsiguientes, que no son sino la resultante de las luchas por el poder económico y político, unido todo ello al constante temor a la guerra, temor que hoy atenaza a todos los pueblos, son consecuencia lógica de este insostenible estado de cosas que ha de arrastrarnos, indudablemente, a una catástrofe universal, si el desenvolvimiento social no toma otro rumbo a tiempo. El mero hecho de que la mayoría de los Estados se vean obligados hoy día a gastar del cincuenta al setenta por ciento de sus ingresos anuales en eso que se llama la defensa nacional y en la liquidación de viejas deudas de guerra, es clara demostración de lo insostenible del presente estado de cosas, y debiera ser bastante para revelar a todo el mundo que la presunta protección que el Estado ofrece al individuo, cuesta demasiado cara.
El poder, que crece cada vez más, de una burocracia desalmada y política que inspecciona y salvaguarda la vida del hombre, desde la cuna al sepul cro, está poniendo cada día mayores trabas en el camino de la cooperación solidaria entre los seres humanos y estrangulando toda posibilidad de nuevo desarrollo. Un sistema que en todos los actos de su vida sacrifica, en efecto, el bienestar de vastas zonas de población y de naciones enteras a la egoísta apetencia de poder y de intereses económicos de unas reducidas minorías, está necesariamente condenado a disolver todos los lazos y a promover una guerra incesante de cada uno contra todos. Este sistema no ha servido más que para prepararle el camino a esa gran reacción intelectual y social llamada fascismo, que va mucho más allá que las seculares monarquías absolutas en su obsesión del poder, tratando de someter todas las esferas de la actividad humana al control del Estado. Así como la teología hace que las religiones proclamen que Dios lo es todo y el hombre nada, así también esa moderna teocracia política pretende que el Estado lo sea todo y el ciudadano para nada cuente. Y de la misma manera que, ocultas tras "la voluntad de Dios", descubrimos a las minorías privilegiadas, así, amparado bajo la "voluntad del Estado", hallamos exclusivamente el interés egoísta de los que se consideran llamados a interpretar esa voluntad, tal como ellos la entienden, e imponerla forzadamente al pueblo.
Las ideas anarquistas aparecen en todos los períodos conocidos de la Historia, por más que en este sentido quede aún mucho terreno por explorar. Las hallamos en el chino Lao-Tse -"El Camino"- y en los últimos filósofos griegos, los hedonistas y los cínicos, como en otros defensores del llamado "derecho natural", especialmente en Zenón, quien, situado en el punto opuesto al de Platón, fundó la escuela de los estoicos. Hallaron expresión en las enseñanzas del gnóstico Carpócrates de Alejandría y ejercieron innegable influencia so bre ciertas sectas cristianas de la Edad Media, en Francia, Alemania y Holanda, todas las cuales cayeron víctimas de salvajes persecuciones. Hallamos un recio campeón de esas ideas en la historia de la Reforma bohemia, en Piotr Chelcicky, quien en su obra "Las redes de la Fe" sometió a la Iglesia y al Estado al mismo juicio que les aplicará más tarde Tolstoi. Entre los grandes humanistas destaca Rabelais, con su descripción de la feliz abadía de Théléme -"Gargantúa"- donde ofrece un cuadro de la vida, libre de todo freno autoritario. Sólo citaré aquí, entre otros muchos precursores, a Diderot, cuyos voluminosos escritos se encuentran profusamente sembrados de expresiones que revelan a una inteligencia verdaderamente superior, que supo sacudirse todos los prejuicios autoritarios.
Sin embargo, estaba reservado a una época más reciente de la Historia el dar clara forma a la concepción anarquista de la vida y relacionarla directamente con los procesos de la evolución social. Y esta realización tuvo efecto por vez primera en la obra magníficamente concebida de William Godwin: "Sobre la justicia política y su influencia en la virtud y en la felicidad generales" (Londres, 1793). Puede decirse que la obra de Godwin es el fruto sazonado de aquella larga evolución de conceptos de radicalismo político y social que en Inglaterra sigue una trayectoria ininterrumpida desde George Buchanan, de la que son hitos ciertos Richard Hooker, Gerard Winstanley, Algernon Sidney, John Locke, Robert Wallace y John Bellers, hasta Jeremiah Bentham, Joseph Priestley, Richard Price y Thomas Paine.
Godwin reconoce de una manera diáfana que la causa de los males sociales radica, no en la forma que adopte el Estado, sino en la misma existencia de ésta. Y así como el Estado ofrece una verdadera caricatura de sociedad genuina, así también hace de los seres que se hallan bajo su guarda constante meras caricaturas de sí mismos, obligándoles a reprimir en todo momento sus naturales inclinaciones y amarrándoles a cosas que repugnan a sus íntimos impulsos. Sólo de esta manera se pueden moldear seres humanos según el tipo establecido de los buenos súbditos. El hombre normal que no estuviera mediatizado en su natural desarrollo, modelaría según su personalidad el ambiente que le rodea, de acuerdo con sus íntimos sentimientos de paz y libertad.
Pero al mismo tiempo Godwin reconoce que los seres humanos no pueden convivir de manera libre y natural si no se producen las condiciones económicas adecuadas y si no se evita que el individuo sea explotado por otro, consideración ésta que los representantes de casi todos los radicalismos políticos fueron incapaces de hacerse. De aquí que se vieran forzados a hacer cada vez mayores concesiones al Estado que habían querido reducir a la mínima expresión. La idea de Godwin de una sociedad sin Estado suponía la propiedad social de toda la riqueza natural y social y el desenvolvimiento de la vida económica por la libre cooperación de los productores: en este sentido puede decirse que fue el fundador del anarquismo comunista que cobró realidad más tarde.
La obra de Godwin ejerció vigorosa influencia en los círculos más avanzados del proletariado británico y entre lo más selecto de la intelectualidad liberal. Y lo que es más importante, contribuyó a dar al joven movimiento socialista inglés, que halló sus más cuajados exponentes en Robert Owen, John Gray y William Thompson, ese inequívoco carácter libertario que le caracterizó durante mucho tiempo y que nunca llegó a tener en Alemania ni en otros muchos países.
Pero muchísimo mayor fue la influencia ejercida en el desenvolvimiento de la teoría anarquista por Pierre-Joseph Proudhon, uno de los escritores mejor dotados intelectualmente y de talento más diverso que puede ofrecer el socialismo moderno. Proudhon estaba completamente arraigado en la vida social e intelectual de su época y esta posición le inspiró todas las cuestiones de que hubo de ocuparse. Por consiguiente no se le debe juzgar, como han hecho incluso muchos de sus discípulos, por sus postulados prácticos especiales, nacidos de las necesidades de la hora. Entre todos los pensadores socialistas de su tiempo es el que tuvo una comprensión más profunda de la causa del desarreglo social y el que, al mismo tiempo, tuvo una visión más amplia. Se erigió en contrincante declarado de todos los sistemas y vio en la evolución social el acicate eterno que mueve hacia nuevas y más elevadas formas de vida intelectual y social, y sustentaba la convicción de que esta evolución no puede estar sujeta a ninguna fórmula abstracta definida.
Proudhon se opuso a la influencia de la tradición jacobina que dominaba el pensamiento de los demócratas franceses y de la mayoría de los socialistas de la época, en forma no menos resuelta que la intromisión del Estado central y el monopolio en los naturales procesos de adelanto social. Consideraba que la gran tarea de la revolución del siglo XIX consistía en librar a la sociedad de esas dos excrecencias cancerosas. Proudhon no era comunista. Condenaba la propiedad como privilegio que es de la explotación, pero reconocía la propiedad de los instrumentos de trabajo entre todos, practicada por medio de grupos industriales, relacionados entre sí por libre contrato, a condición de que no se hiciera uso de este derecho para explotar a otros y mientras se asegurase a cada persona el producto íntegro de su trabajo individual. Esta organización, fundada en la reciprocidad -mutualidad-, garantiza el goce de igualdad de derechos a cada cual, a cambio de una igualdad de servicio. El promedio del tiempo de trabajo empleado en la elaboración de todo producto, da la medida de su valor y es la base para el intercambio. Por este procedimiento, al capital se le priva de su poder usurario y se ata completamente al esfuerzo del trabajo. Poniéndosele así al alcance de todos, deja de ser instrumento de explotación.
Esta forma de economía hace que resulte superfluo todo engranaje político coercitivo. La sociedad se convierte en una liga de comunidades libres que ordenan sus asuntos de acuerdo con las necesidades, por sí mismas, o asociadas a otras, y en las cuales la libertad del hombre no tiene una limitación en la libertad igual de los demás, sino su seguridad y confirmación. "Cuanto más libre, independiente y emprendedor sea el individuo en una sociedad, tanto mejor para ésta." Esta organización del federalismo en la que Proudhon veía el porvenir inmediato de la humanidad, no sienta limitaciones definidas contra las posibilidades de ulterior desarrollo, y ofrece las más amplias perspectivas a todo individuo y para toda actividad social. Partiendo del punto de vista de la federación, Proudhon combatió asimismo las aspiraciones al unitarismo político del entonces naciente nacionalismo, sobre todo ese nacionalismo que tuvo sus más vigorosos apologistas en Mazzini, Garibaldi, Lelewel y otros. También en este aspecto tuvo una visión más clara que la mayoría de sus contemporáneos. Proudhon ejerció una fuerte influencia en el desarrollo del socialismo, influencia que se dejó sentir de manera especial en los países latinos. Pero el así llamado anarquismo individualista que tan valiosos exponentes tuvo en los Estados Unidos, como Josiah Warren, Stephen Pearl Andrews, William B. Greene, Lisander Spooner, Francis D. Tandy y, en forma sumamente notable, en Benjamin R. Tucker, siguió esas mismas directrices generales, aunque ninguno de sus representantes llegara a la amplitud de visión de Proudhon.
El anarquismo halló una expresión única en el libro de Max Stirner (Johann Kaspar Schmidt) "El único y su propiedad", libro que, es cierto, cayó muy pronto en el olvido y no ejerció ninguna influencia en el movimiento anarquista como tal, pero cincuenta años más tarde fue objeto de una inesperada rehabilitación. La obra de Stirner es eminentemente filosófica y en ella se señala la dependencia del hombre, de los llamados altos poderes, a lo largo de todos sus torcidos caminos, manifestándose el autor sin la menor timidez al deducir consecuencias del conocimiento obtenido en la meditación. Es el libro de un insumiso resuelto y consciente que no hace la más leve concesión de reverencia a ninguna autoridad, por encumbrada que se halle, con lo cual estimula enérgicamente a pensar con independencia.
El anarquismo tuvo un campeón viril, de robusta energía revolucionaria, en Mijaíl Bakunin, que tomó pie en las enseñanzas de Proudhon, pero que las extendió al terreno económico, cuando, con el ala izquierda, colectivista, de la Primera Internacional, salió en defensa de la propiedad colectiva de la tierra y de todos los medios de producción, propugnando quedarse reducida la propiedad privada al producto íntegro del trabajo individual. Bakunin era también un contrincante del comunismo, que en su tiempo tenía un carácter netamente autoritario, como el que ha tomado en la actualidad el bolchevismo. En uno de sus cuatro discursos pronunciados en el Congreso de la Liga para la Paz y la Libertad, en Berna (1868), dijo así:
"No soy comunista porque el comunismo concentra y hace absorber todas las potencias de la sociedad en el Estado, porque llega necesariamente a la centralización de la propiedad en manos del Estado, mientras que yo quiero la abolición del Estado, la extirpación radical de ese principio de la autoridad y de la tutela del Estado, que, con el pretexto de moralizar y de civilizar a los hombres, los ha sometido hasta este día, explotado y depravado."
Bakunin era un revolucionario decidido y no creía en amigables reajustes del conflicto de clases planteado. Veía que las clases gobernantes se oponían, ciega y tercamente, a la más ligera reforma social, y por consiguiente no creía posible la salvación, a no ser por medio de una revolución social internacional que aboliese todas las instituciones eclesiásticas, políticas, militares y burocráticas del vigente sistema social y que las sustituyese por una federación de asociaciones libres de trabajadores que proveerían a las exigencias de la vida cotidiana. Y puesto que creía, como tantos otros contemporáneos suyos, que la revolución no sería a largo plazo, consagró toda su vasta energía a combinar el mayor número posible de elementos genuinamente revolucionarios y libertarios, dentro y fuera de la Internacional, a salvaguardar la revolución inminente contra toda dictadura, contra toda regresión a las antiguas condiciones sociales. Así es como vino a ser, en un sentido muy especial, el creador del moderno movimiento anarquista.
También halló el anarquismo un apologista valiosísimo en Piotr Kropotkin, quien se impuso la tarea de aplicar los adelantos de las ciencias naturales al desarrollo de los conceptos sociológicos del anarquismo. Con su ingenioso libro "El apoyo mutuo, factor de la evolución", se alistó entre los que combatían el llamado "darwinismo social", cuyos adictos trataban de demostrar que era inevitable mantener las vigentes condiciones sociales, según la teoría darwiniana de la lucha por la existencia, elevando el principio de la lucha del más fuerte contra el débil a la categoría de ley de hierro sobre todos los procesos naturales, incluso aquellos a los cuales el hombre se halla sujeto. En realidad, semejante concepto estaba grandemente influido por la doctrina maltusiana, según el cual la que podríamos llamar carta de la vida no está extendida para todos los seres y, por consiguiente, los no necesarios se tendrán que resignar a aceptar los hechos tal como son.
Kropotkin demostró que esta manera de concebir la naturaleza como un campo de guerra desenfrenada es presentar en caricatura la vida real, y que paralelamente a la brutal lucha por la existencia, que se libra a diente y uña, hay otro principio en la naturaleza, cuya expresión es la combinación social de las especies más débiles y el mantenimiento de las razas merced a la evolución de los instintos sociales y de la mutua ayuda.
En este sentido, no es el hombre el creador de la sociedad, sino la sociedad la creadora del hombre, pues éste recibió por herencia, de las especies que le precedieron, el instinto social que fue lo único que le permitió mantenerse en su medio, primero contra la superioridad física de otras especies, y de llegar a asegurarse un nivel de desarrollo no soñado. Esta segunda interpretación de la lucha por la existencia es, sin comparación, muy superior a la primera, como lo comprueba la rápida regresión de las especies que carecen de vida social y que sólo cuentan con su fuerza física. Este punto de vista, que en la actualidad es cada día más ampliamente aceptado, en las ciencias naturales y en las investigaciones sociales, abrió horizontes completamente nuevos a la especulación relativa a la evolución humana.
Lo cierto es que, incluso bajo el peor de los despotismos, la mayor parte de las relaciones personales del hombre con sus compañeros se ordena mediante el libre acuerdo y la cooperación solidaria, sin lo cual no cabría ni pensar en la vida social. Si así no fuera, ni la ordenación coercitiva más violenta por parte del Estado sería capaz de mantener el ritmo social ni siquiera un solo día. Sin embargo, estas naturales formas de conducta que surgen de lo más hondo de la condición humana se hallan hoy constantemente intervenidas y contrahechas por efecto de la explotación económica y de la vigilancia gubernamental, representación en la sociedad humana de la lucha por la existencia que tiene que superar el hombre por la otra forma de convivencia cifrada en la mutua ayuda y la libre cooperación. La conciencia de la responsabilidad personal y ese otro bien inestimable que ha llegado al hombre por herencia desde lo remoto de los tiempos, la capacidad de simpatía con los demás, en la que toda ética social y todas las ideas sociales de justicia tienen su origen, alcanzan un mayor desarrollo en el clima de la libertad.
También, como Bakunin, era Kropotkin un revolucionario. Pero el segundo, lo mismo que Élisée Reclus y tantos otros, veía en la revolución una fase especial del proceso revolucionario, fase que se presenta cuando las nuevas aspiraciones sociales se hallan tan reprimidas por la autoridad en su natural desarrollo, que tienen que hacer saltar la vieja cáscara por la violencia para luego poder funcionar como nuevos factores de la vida humana. En contraste con Proudhon y Bakunin, Kropotkin aboga por la propiedad en común, no sólo de los medios de producción, sino de los productos del trabajo, pues opina que, dado el actual estado de la técnica, no es posible justipreciar el valor exacto del trabajo realizado por el individuo, pero que, en cambio, en virtud de una orientación racional de nuestros modernos métodos de trabajo será posible asegurarles a todos una equitativa abundancia. El comunismo anarquista que antes fue ya recomendado con vehemencia por Joseph Dejacque, Élisée Reclus, Errico Malatesta, Carlo Cafiero y otros, y por el que hoy abogan la inmensa mayoría de los anarquistas, tuvo en él uno de sus más brillantes exponentes.
Debe ser mencionado también Lev Tolstoi, quien, partiendo de la cristiandad primitiva y fundándose en los principios éticos formulados en los Evangelios, llegó a concebir la idea de una sociedad sin instituciones rectoras.
Es común a todos los anarquistas el deseo de librar a la sociedad de las instituciones coercitivas que se interponen en el camino del desarrollo de una humanidad libre. En este sentido, el mutualismo, el colectivismo y el comunismo no deben ser considerados como sistemas cerrados que no permitan un ulterior desenvolvimiento, sino simplemente como postulados económicos en cuanto a medios para salvaguardar a una comunidad libre. Probablemente en la sociedad futura se darán diversas formas coexistentes de cooperación económica, pues todo progreso social es inseparable de esa libre experimentación y prueba práctica para las cuales, en una sociedad de comunidades libres, se hallarán las oportunidades más propicias.
Lo mismo puede decirse de los distintos métodos de anarquismo. Muchos anarquistas en la actualidad están convencidos de que la transformación social de la organización humana no será posible efectuarla sin violentas convulsiones revolucionarias.
La violencia de tales convulsiones depende, naturalmente, de la fuerza de resistencia que las clases gobernantes sean capaces de oponer a la realización de las nuevas ideas. Cuanto más amplios sean los círculos que se inspiren en la idea de la organización social según el espíritu de la libertad y el socialismo, tanto menos agudos serán los dolores en el alumbramiento de la próxima revolución social.
En el moderno anarquismo vemos la confluencia de las dos grandes corrientes que durante la Revolución francesa, y a partir de la misma, tomaron su expresión característica en la vida intelectual de Europa: socialismo y liberalismo. El moderno socialismo se desarrolló cuando observadores sagaces de la vida social empezaron a ver con una claridad cada vez mayor que las constituciones políticas y los cambios en la forma de gobierno no llegarían jamás al fondo de ese gran problema que llamamos "la cuestión social". Sus defensores reconocieron que una nivelación social de los seres humanos, a despecho de las más hermosas proposiciones teóricas, no es posible en tanto subsistan las diferencias de clases, a base de lo que poseen, o de lo que no poseen, privadamente, clases que por sí mismas destruyen de antemano toda idea de comunidad genuina. Y así ganó terreno el asentimiento a la idea de que sólo por medio de la supresión del monopolio económico y por el establecimiento en común de la propiedad de los medios de producción, en suma, mediante una completa transformación de todas las condiciones económicas e instituciones sociales ligadas a las mismas, se conciben unas circunstancias de justicia social, un estatuto en virtud del cual la sociedad se convierta en una comunidad auténtica y en que el trabajo no sirva ya para fines de explotación, sino para garantizar a todos la abundancia. Pero en cuanto el socialismo comenzó a reunir sus fuerzas y se convirtió en un movimiento, inmediatamente se advirtieron diferencias de criterio, debidas a la influencia de medios sociales distintos, según los países. Es un hecho que todos los conceptos políticos, desde la teocracia al cesarismo y a la dictadura, han afectado a ciertas fracciones dentro del movimiento socialista. Sin embargo, son dos las grandes corrientes de pensamiento político que han tenido una significación decisiva en el desarrollo de las ideas socialistas: el liberalismo, que estimuló enérgicamente las inteligencias avanzadas en los países anglosajones y de una manera particular en España, y la democracia en el último sentido, al que Rousseau diera expresión en su "Contrato Social" y que tuvo sus represntantes más influyentes en el jacobinismo francés. Mientras el liberalismo, en su teorización social, partió del individuo y aspiró a limitar al mínimo posible la actuación del Estado, la democracia partió de un concepto relativo abstracto, el "sentir general" de Rousseau, y cristalizó en el Estado nacional.
Liberalismo y democracia eran conceptos eminentemente políticos, y, puesto que la mayoría de prosélitos de uno y otra eran partidarios de mantener el derecho de propiedad en el sentido antiguo, todos ellos tuvieron que renunciar a aquellas ideas cuando el desenvolvimiento económico tomó un rumbo que difícilmente podía ser conciliado con los principios originarios de democracia y menos aún con los de liberalismo. Tanto la democracia, con su lema de "igualdad de todos los ciudadanos ante la ley", como el liberalismo con su "derecho del hombre a su personalidad", naufragaron en medio de las realidades de la conformación capitalista. Siendo así que millones de seres humanos se veían forzados en todos los países a venderle su capacidad para el trabajo a una reducida minoría de propietarios, expuestos a hundirse en la más odiosa miseria si no encontraban compradores para su mano de obra, la llamada "igualdad ante la ley" resultaba sencillamente un piadoso fraude, puesto que las leyes las hacen los mismos que se hallan en posesión de la riqueza social. Pero al mismo tiempo tampoco puede hablarse de "derecho de sí mismo", ya que este derecho termina en el punto en que se ve uno obligado a someterse al dictado económico de otro, so pena que prefiera morir de consunción.
El anarquismo tiene de común con el liberalismo la idea de que la prosperidad y la felicidad del individuo deben ser la norma de todas las cuestiones sociales. Y ofrece la coincidencia con los grandes exponentes del pensamiento liberal, de que las funciones gubernamentales deben reducirse al mínimo. Sus propugnadores se atienen a esta idea hasta sus últimas consecuencias lógicas, y se proponen hacer que desaparezcan de la vida social todas las instituciones que suponen un poder político. Si Jefferson reviste y envuelve el concepto básico del liberalismo en las siguientes palabras: "El mejor gobierno es el que gobierna menos", los anarquistas dicen con Thoreau: "El mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto".
Con los fundadores del socialismo, los anarquistas reclaman la abolición de todos los monopolios económicos y la propiedad en común del suelo y de todos los medios de producción, cuyo uso ha de ser asequible a todos sin distinción, puesto que la libertad individual y social no se concibe más que a base de la igualdad de las ventajas económicas para todos. Dentro del movimiento socialista propiamente dicho, el anarquista representa el punto de vista de que la guerra contra el capitalismo debe ser al mismo tiempo una guerra contra todas las instituciones de poder político, pues la Historia demuestra que la explotación económica ha ido siempre de la mano de la opresión política y social. La explotación del hombre por el hombre y el dominio del hombre sobre el hombre, son cosas inseparables que se condicionan mutuamente.
Mientras dentro de la sociedad se enfrenten irreconciliablemente un grupo de seres con propiedad y otro de desposeídos, el Estado será indispensable a la minoría posesora para la protección de sus privilegios. Cuando esta condición de injusticia social sea descartada, dando lugar a un orden de cosas más elevado, en el cual no sean reconocidos derechos especiales y que tenga como postulado básico la comunidad de los intereses sociales, el gobierno sobre el hombre tendrá que dejar paso a la administración de los negocios económicos y sociales o, para decirlo con frase de Saint-Simon: "Día llegará en que el arte de gobernar a los hombres desaparezca. Otro arte surgirá en su lugar: el de administrar las cosas".
Y aquí viene la teoría sostenida por Marx y sus discípulos de que el Estado, en forma de dictadura del proletariado, es un grado transitorio, inevitable, en el cual el Estado, después de extirpar todos los conflictos de clase, se disolverá por sí mismo y desaparecerá por el foro. Este concepto que mixtifica completamente la verdadera índole del Estado y la significación histórica de ese factor que es el poder político, no es más que una resultante lógica del llamado materialismo económico, que en todos los fenómenos de la Historia ve meramente los inevitables efectos de los métodos de producción de la época. Bajo la influencia de esta teoría el pueblo llegó a considerar las distintas formas de Estado y de todas las demás instituciones sociales como una "superestructura jurídica y política" sobre el "edificio de la economía" social, y creyó que había hallado en esta teoría la clave de todos los procesos históricos. En realidad, cada zona de la Historia nos ofrece millares de ejemplos de la forma como el desarrollo económico de un país sufrió un retroceso de siglos y la caída forzosa a formas prescritas, a causa de las pugnas particularistas por la conquista del poder político.
Antes de la preponderancia de la monarquía eclesiástica, España fue el país de Europa más adelantado industrialmente y ocupaba el primer lugar en casi todos los campos de la producción. Pero un siglo después del triunfo de la monarquía cristiana, la mayor parte de sus industrias habían desaparecido. Lo que de ellas sobrevivió, se hallaba en las condiciones más desdichadas. En muchas de las industrias se retrocedió a los más rudimentarios procedimientos de producción. La agricultura se paralizó, los canales y las vías fluviales quedaron en estado ruinoso y vastas regiones del territorio se convirtieron en yermos. Hasta el presente, España no se ha recuperado de aquel retroceso. Las aspiraciones de una casta particular al poder político mantuvieron por siglos la depresión del desenvolvimiento económico del país.
El absolutismo principesco en Europa, con sus necias "ordenanzas económicas" y su "legislación industrial", que castigaba severamente toda desviación de los métodos de producción prescritos y no permitía los inventos, bloqueó el progreso industrial de Europa durante varios siglos, impidiendo su natural desarrollo. ¿Y no fueron consideraciones con miras al poder político las que, después de la guerra mundial, han venido frustrando constantemente toda posible solución de la crisis económica universal, entregando el porvenir de todos los países a manos de generales que representan la comedia política, o de aventureros políticos? ¿Quién afirmaría que el moderno fascismo es una consecuencia inevitable del desenvolvimiento económico?
En Rusia, no obstante, donde la llamada "dictadura del proletariado" ha cuajado en realidad, las aspiraciones de determinado partido al poder político han impedido se efectuara una verdadera reconstrucción económica socialista y han sometido por la fuerza a un país a la esclavitud de un aplastador capitalismo de Estado. La "dictadura del proletariado", en la que los espíritus triviales creen ver el mero paso inevitable por un estado de transición, ha llegado a desarrollarse hoy en proporciones de un despotismo espantoso, que no le va en zaga a la tiranía de los Estados fascistas.
La afirmación de que el Estado debe prevalecer mientras haya conflictos de clase y clases que los provoquen, se desvanece por sí sola y suena a broma pesada si se la considera a la luz de las enseñanzas de la Historia. Todo tipo de poder político presupone alguna forma especial de esclavitud humana que dicho poder está llamado a conservar. Y así como en el orden exterior, en relación con otros Estados, el Estado tiene que crear ciertos antagonismos artificiales con objeto de justificar su existencia, así también en el orden interior la escisión del cuerpo social en castas, rangos y clases es condición esencial de su continuidad. El Estado no es capaz más que de proteger viejos privilegios y crear otros nuevos: esto colma toda su razón de ser.
Un Estado surgido de una revolución social puede poner fin a los privilegios de las viejas clases dirigentes, pero no lo puede hacer más que instalando inmediatamente en lugar de aquéllas una nueva clase privilegiada, de la que necesitará para mantenerse en el ejercicio de sus funciones de gobierno. El desarrollo de la burocracia bolchevique en Rusia, bajo la llamada dictadura del proletariado -que nunca ha sido más que la dictadura de una camarilla sobre el proletariado y la totalidad del pueblo ruso-, es sencillamente un ejemplo más de lo que la experiencia ha registrado incontables veces en la Historia. Esta nueva clase gobernante que hoy está convirtiéndose rápidamente en una nueva aristocracia, se sitúa aparte de las grandes masas de obreros y campesinos rusos, lo mismo que lo están las castas privilegiadas y las clases en otros países con relación al pueblo.
Podrá tal vez objetarse que la nueva comisariocracia rusa no puede ponerse en un mismo plano de comparación con las poderosas oligarquías financiera e industrial de los Estados capitalistas. Pero esta objeción carece de consistencia. No son las proporciones ni la amplitud del privilegio lo que cuenta, sino sus efectos inmediatos sobre el promedio de los seres en la vida cotidiana. El trabajador norteamericano que bajo condiciones de trabajo de un relativo decoro, gana lo bastante para alimentarse, vestir y tener casa en que habitar humanamente, y que además tiene un margen sobrante para gastarlo en entretenientos, no puede tener, ante el hecho de que los Mellon y Morgan posean millones, el mismo resentimiento con que el hombre que gana apenas para cubrir las más indispensables necesidades ve los privilegios de una pequeña casta de burócratas, aunque éstos no sean millonarios. Unas gentes que apenas obtienen suficiente pan duro para satisfacer el hambre; que viven en mezquinas habitaciones, a menudo compartidas a la fuerza con seres extraños, y que, si fuera poco, se ven forzados a trabajar según un sistema de producción acelerada que eleva su capacidad de rendimiento al máximo, han de sentirse mucho más contrarios a los privilegios de una clase superior a la que nada le falta, que sus camaradas de condición de los países capitalistas. Y esta situación es más insoportable aún cuando un Estado despótico les niega a las clases inferiores el derecho a quejarse de las condiciones en que se hallan, pues la menor protesta puede acarrear el peligro de muerte.
Pero un grado superior de igualdad política al de Rusia, tampoco sería garantía contra la opresión política y social. Y esto es precisamente lo que el marxismo y las demás escuelas del socialismo autoritario no han comprendido nunca. Incluso en la cárcel, en los cuarteles, en el claustro, vemos un grado bastante alto de igualdad económica, pues todos los que forman la reclusión disponen de igual vivienda, igual comida, uniforme único e idénticas tareas. El antiguo imperio incaico, en el Perú, y las instituciones de los jesuitas en el Paraguay habían otorgado iguales condiciones económicas a todos los individuos, bajo un régimen fijo, y no obstante, prevalecía bajo aquellos regímenes el más inicuo despotismo, y el individuo no era más que un autómata que se movía a gusto de una voluntad superior, sobre cuyas decisiones no tenía la más leve influencia. No le faltaba razón a Proudhon al ver, en un "socialismo" sin libertad, la peor forma de esclavitud. El dictado de la justicia social no puede tener adecuado desenvolvimiento y llegar a ser efectivo, si se produce a expensas del sentido de libertad personal y no se funda en él. En otras palabras, el socialismo será libre, o no será de ninguna manera. En el reconocimiento de este hecho radica la profunda y genuina justificación de la existencia del anarquismo.
En la vida de la sociedad, las instituciones desempeñan las mismas funciones que los órganos en las plantas y en los animales: son los órganos del cuerpo social. Los órganos no se forman arbitrariamente, sino a causa de necesidades definidas que son determinadas por el medio físico y social. El ojo de un pez de las capas profundas está conformado de manera muy distinta que el ojo del animal que vive en la superficie de la tierra, pues cada cual tiene que responder a necesidades distintas. El cambio de las condiciones de vida comporta un cambio orgánico. Pero siempre cada órgano responde a la función que le es propia, o a una función venida a menos. En este caso, gradualmente se va eliminando hasta quedar en forma anquilosada, por no ser ya su función necesaria al organismo. Pero un órgano jamás desempeña una función que no corresponda a su fin propio. Es lo mismo en las instituciones sociales. Tampoco se producen arbitrariamente, sino que son suscitadas por necesidades sociales especiales, para servir a objetos concretos. Así es como el Estado moderno evolucionó hacia la economía de monopolio, y su inseparable división de clases empezó a ser más y más honda dentro del marco del viejo orden. Las clases de nueva formación necesitaban un instrumento político de poder para el mantenimiento de sus privilegios sociales y económicos sobre las masas de su propio pueblo y para imponerse, fuera, a otros grupos de humanidad. De esta manera se produjeron las condiciones adecuadas para la evolución del Estado moderno como órgano del poder político de las clases y castas privilegiadas gracias al cual se subyuga y oprime a las clases desposeídas. Esta tarea es la obra que motiva la vida del Estado, la razón esencial y exclusiva de su existencia. Y el Estado ha permanecido fiel a semejante obra y tiene que seguir siéndolo, pues va su vida en ello.
En el transcurso de su desarrollo histórico, han cambiado sus aspectos externos, pero sus funciones siguen siendo las mismas. Éstas han sido incluso ampliadas constantemente, al paso que sus defensores iban logrando establecer nuevas áreas de actividad social favorable a sus fines. Tanto si el Estado es monárquico como republicano, tanto si históricamente está ligado a una autocracia como a una constitución nacional, sus funciones son idénticas. Y así como las funciones en el organismo de las plantas y de los animales no pueden ser alteradas arbitrariamente, de manera que uno no puede, por ejemplo, oír con los ojos ni ver con los oídos, tampoco se puede transformar a gusto de uno un órgano social de opresión en instrumento adecuado para la liberación del oprimido. El Estado no puede ser más que lo que es: defensor de la explotación de las masas y de los privilegios sociales, creador de clases privilegiadas, castas y nuevos monopolios. El que no llegue a reconocer que ésta es la función del Estado, no comprende la verdadera constitución del presente orden social y es, por tanto, incapaz de señalar a la Humanidad nuevas perspectivas para una evolución social.
El anarquismo no es una solución manifiesta para todos los problemas humanos; no es la utopía de un orden social perfecto, como con tanta frecuencia se ha dicho, y no lo es porque, por principio, rechaza todos los esquemas y concepciones de carácter absoluto. No cree en ninguna verdad absoluta ni en metas definidas señaladas al desenvolvimiento humano, sino que cree en la ilimitada perfectibilidad de los arreglos sociales y de las condiciones de la vida del hombre, arreglos que suponen un constante esfuerzo por alcanzar formas de más alta expresión, y por tanto no puede prefijarse para ellos un estadio último, una meta definitiva. El mayor crimen de todo Estado consiste precisamente en que trata invariablemente de forzar la rica variedad de la vida social hacia formas definidas y ajustarla a una modalidad particular que no da margen a más amplias perspectivas y considera toda condición prevista como cosa permanente. Cuanto más fuertes se sienten sus adictos, más completa es la forma en que ponen a su servicio todos los órdenes de la vida social, tanto más agarrotadora es la influencia que ejercen sobre el desempeño de todas las energías creadoras de la cultura, y tanto más perniciosamente afectan al desarrollo intelectual y social de una época determinada.
El llamado Estado totalitario, que pesa hoy día como una montaña sobre pueblos enteros y que trata de modelar todas las expresiones de su vida intelectual y social según el patrón inerte trazado por una providencia política, elimina con fuerza despiadada y brutal todo esfuerzo encaminado a modificar el presente estado de cosas. El Estado totalitario es un espantoso presagio de nuestro tiempo, y muestra con horrible claridad a dónde puede conducirnos semejantes retorno a la barbarie de siglos pasados. Es el triunfo del mecanismo político sobre el espíritu, la racionalización del pensamiento, del sentimiento y de la conducta, de conformidad con las normas establecidas por los funcionarios. Es, por consiguiente, el fin del verdadero cultivo intelectual.
El anarquismo no reconoce más que el sentido relativo que tienen las ideas, las instituciones y las formas sociales. Por consiguiente, no es un sistema social delimitado, hermético, sino más bien un impulso definido en el desarrollo histórico de la Humanidad, impulso que, en contraste con la vigilancia y guardia intelectual que ejercen todas las instituciones clericales y gubernamentales, se esfuerza por el desdoblamiento libre, sin trabas, de todas las energías individuales y sociales de la vida. Incluso la libertad no pasa de ser un concepto relativo, ya que no es un hecho absoluto el que sustenta, si no propende incesantemente a ensancharse y a alcanzar a círculos más y más amplios, por múltiples medios. Sin embargo, no es para los anarquistas la libertad un concepto filosófico abstracto, sino la posibilidad concreta que tiene toda criatura humana de desarrollar plenamente las potencias, capacidad y talento de que le dotara la naturaleza, y convertirlos en realidad social. Cuanto menos influido esté dicho desenvolvimiento natural del hombre por la supervisión eclesiástica o política, tanto más eficaz y armoniosa llegará a ser la personalidad humana, y dará mejor la medida de la cultura de la sociedad en la cual haya prosperado.
Ésta es la razón por la cual todos los grandes períodos de la cultura de la Historia han sido etapas de debilitamiento político. Y se explica, porque los sistemas políticos se asientan indefectiblemente en la mecanización y en el desenvolvimiento orgánico de las fuerzas sociales. El Estado y la cultura están sumidos en la fatalidad de ser enemigos irreconciliables. Nietzsche lo reconoce así inequívocamente al decir:
"Nadie puede, a la postre, gastar más de lo que tiene. Así es para el individuo; así también aplicado a los pueblos. Si uno gasta por alcanzar el poder, en alta política, en cosas domésticas, en el comercio, en el parlamentarismo, en intereses militares, es decir, si uno consume en uno de esos fines todo su caudal de inteligencia, anhelo, voluntad, autodominio, que es lo que constituye su verdadera personalidad, no le quedará nada para otra cosa. La cultura y el Estado -que nadie se engañe sobre el particular- son antagónicos: el 'Estado de la cultura' es una simple idea moderna. Cada uno de los dos vive del otro y prospera a expensas del mismo. Todos los grandes períodos de cultura han sido períodos de decadencia política."
Un poderoso mecanismo estatal es el mayor obstáculo para un más alto grado de cultura. Allí donde el Estado se ve atacado de decadencia interna, allí donde se reduce al mínimo la influencia del poder político sobre las fuerzas creadoras de la sociedad, es donde mejor cunde la cultura, pues el poder político siempre se esfuerza en uniformar y tiende a someter todos los aspectos del vivo conjunto social a su vigilancia. Y en esto se ve condenado a estar en contradicción inevitable con las aspiraciones creadoras del progreso cultural que siempre se halla en requerimiento de nuevas formas y campos de actividad social, para lo cual, la libertad de palabra, la diversidad y caleidoscópica mutabilidad de las cosas son de una necesidad tan vital como inconciliable con las formas rígidas, las normas muertas y la violenta supresión de todas las manifestaciones de la vida social.
Todas las culturas, si su desarrollo natural no se ve demasiado intervenido por las restricciones políticas experimentan una renovación perpetua del estímulo educativo, y de aquí nace una creciente diversidad de actividades creadoras. Cada obra lograda levanta el deseo de una mayor perfección, de una más honda inspiración: cada nueva forma es heraldo de futuras posibilidades de desenvolvimiento. Pero el Estado no crea la cultura, como con tanta frecuencia y sin reflexionar se afirma: no hace sino procurar que las cosas se mantengan donde están, amarradas firmemente a las formas estereotipadas. Esto ha motivado todas las revoluciones de la Historia.
El poder no obra más que de una manera destructora, dispuesto en todo momento a encajar, quieras que no, todas las manifestaciones de vida en el angosto figurín de sus leyes. Su forma de expresión intelectual es el dogma inerte: su modalidad física, la fuerza bruta. Y con semejante falta de inteligencia en los objetivos imprime su huella en los que le sostienen, volviéndoles brutales y estúpidos, aunque en el comienzo estuvieran dotados del más claro talento.
El moderno anarquismo nació de la comprensión de este hecho, y de ahí saca su fuerza moral. Únicamente la libertad puede inspirar grandes cosas y llevar a efecto las transformaciones intelectuales y sociales. El arte de gobernar a los hombres nunca fue el arte de educarles y de inspirarles el deseo de remodelar su vida. La imposición por el miedo no puede mandar más que sobre la uniformación sin alma, que sofoca toda iniciativa vital en cuanto nace, y sólo puede dirigir súbditos, no hombres libres. La libertad es la misma esencia de la vida, la fuerza impulsora de todo desarrollo intelectual y social, la creadora de toda nueva perspectiva para la Humanidad futura. La liberación del hombre de la explotación intelectual y de la opresión mental y política, cuya más hermosa expresión se halla en la filosofía mundial del anarquismo, es la primera condición indispensable para le evolución a una más elevada cultura social y a una Humanidad nueva.

(*) Se refiere a la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Rudolf Rocker
(Primer capítulo de su libro Anarcosindicalismo) subir


¿Por qué soy anarquista?

Soy anarquista, no porque crea en un futuro milenio en donde las condiciones sociales, materiales y culturales serán absolutamente perfectas y no necesitarán ningún mejoramiento más. Esto es imposible, ya que el ser humano mismo no es perfecto y por tanto no puede engendrar nada absolutamente perfecto. Pero creo en un proceso constante de perfeccionamiento, que no termina nunca y sólo puede prosperar de la mejor manera bajo las posibilidades de vida social más libres imaginables. La lucha contra toda tutela, contra todo dogma, lo mismo si se trata de una tutela de instituciones o de ideas, es para mí el contenido esencial del socialismo libertario. También la idea más libre está expuesta a este peligro, cuando se convierte en dogma y no es accesible ya a ninguna capacidad de desenvolvimiento interior. Donde una concepción se petrifica en dogma muerto, comienza el dominio de la teología. Toda teología se apoya en la creencia ciega en lo firme, lo inmutable, y lo irreducible, que es el fundamento de todo despotismo. A dónde llega eso, nos lo muestra hoy la URSS (*), donde incluso se prescribe al hombre de ciencia, al poeta, al músico y a los filósofos lo que deben pensar y crear, y eso en nombre de una teología de Estado omnipotente, que excluye todo pensamiento propio e intenta introducir con todos los medios despóticos la era del hombre mecánico.
Que también en nuestras filas hay seres que han sido atacados por esta peste y que quieren prescribir a cada uno lo que debe pensar, no es ciertamente alentador, pero tampoco debe asustarnos. Lo mejor que debe hacerse es no tener en cuenta tales pretensiones jactanciosas y seguir tranquilamente el propio camino. Ninguno de nosotros, ni siquiera el mejor, tiene para ofrendar verdades absolutas, pues no existen. Las ilusiones sólo cumplen su cometido cuando están inspiradas por el espíritu de la tolerancia y de la comprensión humana y no pretenden ninguna infalibilidad. Si no es así, todas las discusiones son infecundas y sólo se pierde en ellas un tiempo que podría ser mejor empleado.
Jamás en mi vida he estado tan firmemente persuadido como lo estoy hoy de la exactitud interior de nuestras concepciones. Justamente por eso, cuando un nuevo absolutismo brutal del pensamiento amenaza envenenar todas las ramas de la vida social, es preciso defender con todas las fuerzas el gran tesoro ideal de nuestros precursores. Pero eso no se hace elevando cada frase de nuestros grandes pensadores (escrita hace 100 años e incluso hace 50 años), con encarnizamiento unilateral, a la categoría de una verdad absoluta, sino aplicando a todos los nuevos problemas de la era novísima la filosofía de la libertad, y buscando para ella una actuación práctica. El anarquismo no es un sistema cerrado de ideas, sino una interpretación del pensamiento que se encuentra en constante circulación, que no se puede oprimir en un marco firme si no se quiere renunciar a él. Esto es lo que sostuvo siempre Max Nettlau y lo que no deberíamos olvidar nunca. Cada uno de nosotros no es más que un ser humano, y como tal expuesto al error. Todos aprendemos solamente por las experiencias, los unos más, los otros menos. Pero los pequeños o grandes Papas que nos quieren prescribir lo que debemos pensar, no tienen felizmente todavía ningún valor en el movimiento libertario. La línea pura se adapta a los hombres del Kremlin y a sus adeptos, pero no ciertamente a nosotros. Por esta razón habría que examinar toda opinión y respetarla, mientras surja de una convicción honrada. El que se estima a sí mismo, estima también a los otros. Este es el fundamento natural de todas las relaciones humanas, lo único que es obligatorio también para nosotros.

(*) Téngase en cuenta que este texto fue escrito mucho antes de la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

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Número monográfico:

Rudolf Rocker,
encuadernador y anarquista

Anarquismo:
sus aspiraciones y propósitos

¿Por qué soy anarquista?


 

Cincuentenario de
Rudolf Rocker (1873-1958)