PERIODICO ANARQUISTA
Nº 230
 SEPTIEMBRE 2007

 

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La revolución necesaria

Los pasados días 17 y 18 de marzo los compañeros de la Federación Anarquista Italiana celebraron en Bolonia unas jornadas libertarias con el lema "Destruir el presente, construir la anarquía". Reproducimos la última de las intervenciones.

Después de haber escuchado las intervenciones de quienes me han precedido, el tema que me ha sido asignado por los organizadores de estas jornadas de debate debería tener una sola conclusión lógica: contra la barbarie estatal y capitalista sólo la revolución libertaria tiene posibilidades de garantizar el porvenir de la entera humanidad, una revolución ahora y deprisa.
Obviamente, la cosa no es nada fácil y la experiencia de la Banda del Matese, del foco guerrillero guvarista, de la chispa que incendió la campiña, la propaganda por el hecho sustancialmente, deberían habernos enseñado algunas cosas. Entonces ¿por qué decimos que la revolución debe estar en el orden del día? Porque entendemos por revolución no sólo -y no tanto- el hecho violento que, en el sustrato del protagonismo proletario, registra la caída del régimen capitalista y de la institución estatal, sino también ese proceso que obtiene concretamente un conjunto de aspiraciones y de necesidades de los deseos ya presentes en la conciencia colectiva, ese proceso que en sustancia da cuerpo al objeto deseado en el imaginario colectivo: la libertad individual y colectiva, la justicia social aquí y ahora.
Se puede por ello comprender cómo comienza el proceso revolucionario en el momento mismo en que se empieza a reconocer y a reaccionar a las condiciones en las que se vive y a los efectos de las escandalosas contradicciones sociales, fruto de desigualdades y de jerarquías.
La importancia del rechazo individual -tanto psicológico como material- de un sistema que te embrutece y te niega en la construcción de una expresión colectiva con posibilidades de medirse con las instituciones políticas y económicas, no puede en modo alguno ser infravalorada si trabajamos para hacer desembocar estos elementos, individuales y colectivos, en la organización de una fuerza capaz de imponer el propio programa y la propia visión ética de la vida, y conseguir realmente la destrucción del sistema económico dominante y la liquidación de sus formas de expresión política.
Compartiendo estos planteamientos, es evidente la necesidad de perseguir una estrategia que tenga como centro de atención la correcta valoración de los procesos de construcción de la fuerza y de la obtención del consenso, elemento absolutamente vital para un movimiento como el nuestro que trabaja para la realización de una sociedad abierta, horizontal, solidaria, comunitaria.
La voluntad que nos anima en la lucha por una sociedad libre y justa, si no es frenada por un determinismo pseudocientífico, en modo alguno puede desengancharse del terreno social de referencia, no debe convertirse en autorreferencia de un subjetivismo que desemboca irremediablemente en un activismo como fin en sí mismo, fuera de lugar y de tiempo.
Por otro lado, no puede simplemente alinearse en una genérica acción de masas, limitándose a una acción de apoyo, sobre todo en tiempos como los actuales, en los que el corporativismo y el sectorialismo evidencian las dificultades en la lucha de clases tanto en el ámbito económico como en el territorial.
Como siempre, la clave está en la relación entre minoría revolucionaria y masa.
Si antiestatismo, antiparlamentarismo, acción directa, rechazo de la delegación y de los liberados, descentralización, federalismo, solidaridad, siguen siendo los principios que guían nuestro trabajo, siempre se plantea el problema de difundirlos en una sociedad dominada por la presencia, invasiva y condicionante, de los medios de comunicación con sus manipulaciones y seducciones, de un ejército de profesionales de la política y del sindicalismo estatal, del creciente control burocrático y policial.
La utopía debe concretarse para representar un elemento de atracción y de movilización. No se puede tener y conquistar credibilidad si no se demuestra que nuestras propuestas de reorganización social, nuestras formas organizativas, basadas en la autogestión y la autoorganización, son efectivamente superiores, no sólo en el ámbito moral, sino también en el de la funcionalidad y eficacia, tanto en el respeto al individuo cuanto a una naturaleza agredida por la voracidad del capitalismo y de la lógica de un desarrollo sin límites.
Y la subversión cotidiana no puede significar subjetivismo estético y poética insurreccional, sino praxis cotidiana en el terreno de la implicación, de la confrontación crítica con la realidad social en toda su complejidad, con una implicación programática de acción, con una atención a los problemas concretos, a la lucha cotidiana contra la explotación y la opresión, a las batallas que pueden abarcar sectores de población cada vez más vastos, con una valoración de las luchas territoriales, del comunalismo, sobre todo en tiempos como los actuales, donde los avatares del Valle de Susa, de Vicenza, remarcan la importancia fundamental de la interrelación entre comunidad, territorio y su autogestión.
Sin ocultar los problemas, pero sin refugiarse en el mundo de la ideología. Una ideología por otra parte marcada por mitos decimonónicos de progreso y desarrollo y que con ellos debe hacer el balance sin complejos para redefinir una relación inteligente e incisiva que permita medirse con el creciente uso desaforado de los recursos naturales por la parte más rica y poderosa del género humano, de la cual, queramos o no, formamos parte; la destrucción del medio ambiente es la prueba de fuego del concepto mismo de futuro.
Aunque el panorama que nos rodea no es de lo más favorable, hay que continuar con un trabajo incansable de crítica de la "cultura" oficial, de denuncia de las mentiras de la élite del poder, con la intención de construir comunidad y difundir solidaridad. Ser utopistas concretos quiere decir desarrollar pensamientos radicales, quiere decir avanzar propuestas, quiere decir interrumpir los circuitos de la manipulación del consenso. No nos quedamos quietos esperando el sol del porvenir, un sol cada vez más ensombrecido por nubes oscuras. Debemos continuar desarrollando iniciativas, aunque seamos pocos (sobre todo si somos pocos) para transmitir ética y cultura, para valorar la coherencia entre fines y medios, para convulsionar las conciencias. Para hacer esto, para pertrecharse mejor, debemos profundizar continuamente la elaboración crítica; promover el paso del movimiento de escuela de propaganda crítica en las empresas, de investigación y de experiencias de rebelión, a la más vasta actividad de transformación social; actualizar la táctica de contestación, en todos los ámbitos, soliviantando las latentes tensiones éticas y las aspiraciones de justicia social, estimulando la acción directa en todas las manifestaciones de la vida para realizar experiencias autogestionarias al margen y contra el poder establecido; dirigir las críticas a los sectores del poder más aborrecidos por la población -como monopolios, catastro, sistema de tasaciones- prefigurando escenarios alternativos.
En confrontación con la autodenominada liberalización - en realidad acaparamiento- de bienes y servicios colectivos, es preciso relanzar la idea de la socialización y de la autogestión en la redefinición de las relaciones entre usuarios y trabajadores, combatiendo la asquerosa campaña del sistema que tiende a ocultar que el gasto público social no es causa de la deuda pública, alimentada por el contrario por la voracidad de la banca que se lucra con los intereses.
Hoy en día que la circulación de capitales no se topa con fronteras formales, los Estados refuerzan las fronteras para impedir la libre circulación de individuos e inventan "contingencias" para crear un clima favorable para el establecimiento de la cultura de la sospecha y el gueto, alimento de la parcialización social y del aniquilamiento de cualquier resistencia solidaria de las masas, por lo que es preciso recorrer resueltamente el camino del reconocimiento recíproco entre las diferentes experiencias humanas, con el fin de desacreditar toda construcción de pensamiento que haga de la diversidad un fetiche útil a las prácticas de diferenciación social. En este contexto, la lucha contra toda forma de discriminación es absolutamente fundamental. Como fundamentales resultan las iniciativas contra la guerra y la militarización de las que ya hemos hablado en estos dos días, así como las del ámbito de la devastación medioambiental, que incluso con diferentes metodologías, destruyen las posibilidades de vida en este planeta.
La resurrección de las nucleares, civiles y militares, en el interior de la más general cuestión energética, nos pone frente a una problemática -la de la ecología social- a la que hay que tener cada vez más en cuenta porque (y sobre todo) en este terreno se están trazando las posibilidades concretas de un acuerdo solidario y federativo de la comunidad frente a una brutalización jerárquica de la sociedad.
En este escenario cotidiano de guerra, de represión -y de provocación- en aumento, de ataque a las libertades individuales y colectivas, son muchos los problemas a afrontar y resolver, pero su resolución puede facilitarse con un debate que tenga en cuenta las experiencias del movimiento en su totalidad, tanto a escala nacional como internacional.
En cuanto portadores de un método de experimentación libertaria, lejos de todo dogmatismo, no pretendemos en modo alguno estar en posesión de la verdad; continuamos pensando que sólo un profundo proceso de transformación, de carácter revolucionario, podrá modificar el actual estado de cosas. Y creemos que las conquistas sociales, fruto de la acción directa de las masas, son fundamentales para la modificación de las relaciones de fuerza en este país.
La obra de descrédito hacia los anarquistas, que pasa por la acusación de terrorismo, pretende impedir que los movimientos de oposición sean influidos por los métodos y las propuestas anarquistas. Está claro que lo que temen no es la acción extemporánea de algún grupo, sino al anarquismo como fuerza revolucionaria organizada, como fuerza tendente a la autoorganización de los oprimidos y explotados de todos los países, como única práctica realmente internacionalista, que tiene como objetivo unificador de todas sus tendencias el desarrollo integral y libre del individuo.
A quien sostiene el fin de la posibilidad de transformación social por parte del anarquismo, a quien sostiene el fin de la concepción misma de revolución social, la respuesta mejor viene de la capacidad del anarquismo de revitalizarse, de estar en el presente, de conjugar sus raíces históricas y éticas con la necesidad de la lucha contemporánea contra la opresión de cualquier color.
Por todo esto el anarquismo sigue trabajando, debatiendo, construyendo.
Con el mismo espíritu y la misma voluntad de nuestras compañeras y de nuestros compañeros durante la Comuna de París, de la que hoy recordamos la realización de su utopía y la nuestra.

Massimo Varengo Subir


Los protestantes americanos a la conquista de África

Desde hace 2.000 años, Jesucristo se venga de nosotros por no haber muerto en la cama.

Cioran

África se ha convertido en un terreno precioso para los misioneros protestantes americanos. Los medios de comunicación acusan a los fundamentalistas musulmanes de todos los males; son mucho más discretos respecto a las responsabilidades del integrismo cristiano estadounidense.

Los hacedores de milagros
En cualquier parte de cualquier barrio periférico de una gran ciudad africana, donde se hacinan miles de miserables. En una plaza pública, la gente canta y se balancea cadenciosamente. En una tribuna, un pastor americano rodeado de sus acólitos autóctonos levanta los brazos hacia el cielo y exclama: "¡Demonios, os ordeno que abandonéis ese cuerpo, en nombre de Jesucristo!"
Una mujer entra en trance y rueda por el suelo chillando. Otra, llena de lágrimas, sube a la tribuna con una niña en brazos. "¡Mi hija estaba ciega, ahora está curada!" y la multitud grita: "¡Aleluya, aleluya!"
Este tipo de escenas se ha convertido en moneda corriente por todas partes de África.

Los orígenes
La religión, el capital y el poder han sido siempre una buena combinación en el mundo. En Estados Unidos, la religión es omnipresente desde siempre, incluyendo el seno del Estado. Los yanquis son expertos en combinar religión, negocio, política y folclore.
A comienzos del siglo XX aparecía la renovacion carismática, una corriente mística, conservadora y ultraliberal. Pero hasta los años 70 el movimiento no tomó su enorme amplitud, con el fenómeno del born again, es decir, volver a nacer: el neófito está destinado a vivir una nueva vida.
George W. Bush tuvo esa experiencia hace cuarenta años, cuando empinaba bastante el codo. Fue convertido por el célebre pastor baptista Billy Graham. Renunció entonces a la botella. Y a partir de entonces consagraría su vida a Cristo y a América.
El célebre predicador Pat Robertson, fundador de la poderosa Christian Coalition (Coalición cristiana) y antiguo jefe de la cadena evangélica The Family Channel, dijo de Bush: "Poco importa que haga bien o mal, Dios le apoya" e incluso "no habrá jamás paz mundial hasta que la casa y el pueblo de Dios no asuman su liderazgo al frente del mundo".
No sólo se trata de convertir a América, sino a todo el mundo. África, que rebosa de almas y de materias primas, es un objetivo claro.

Imperialismo cultural
Las misiones protestantes americanas se han multiplicado en África: luteranos, baptistas, presbiterianos, adventistas, metodistas…
En Kenia, por ejemplo, el número de iglesias evangélicas se ha duplicado prácticamente desde el año 2000, pasando de veinte mil a treinta y ocho mil. En Gabón hay más de 1.070 contra las 60 que había en 1992. En la República Democrática del Congo poseen una decena de cadenas de televisión.
En África, los misioneros son médicos, veterinarios, ingenieros, profesores, empresarios… Actúan bajo la capa de proyectos de desarrollo. Pero su verdadero objetivo es salvar almas (¿de qué?) y servir a los intereses de Estados Unidos en África. Entre otros, eliminar la presencia francesa, considerada ofensiva para Washington. Y sobre todo, oponerse al islamismo.
La obsesión de los misioneros, en efecto, es convertir a los musulmanes. La universidad internacional de Columbia, en Carolina del Sur, forma a misioneros de choque con el objetivo preciso de "liquidar el islam". Estos misioneros, adoctrinados hasta el fanatismo, están dispuestos a morir como mártires. Se les envía a África y a los países árabes, incluido Iraq.
Los protestantes son muy activos en el Magreb, especialmente entre ciertas minorías étnicas (kabiles, bereberes), tradicionalmente más o menos refractarias al arabismo, con el fin de avivar los sentimientos antiárabes. Del mismo modo, algunas etnias de África negra, como los fulbé, son particularmente interesantes para la evangelización debido a su importante distribución geográfica.
La acción evangélica está fuertemente apoyada por el gobierno de los Estados Unidos, especialmente por el Congreso y la CIA. Las poblaciones afectadas son básicamente las más desprotegidas: se las atrae con promesas de dinero, de cuidados médicos, de visados para el extranjero, de ayudas escolares, etc. Estómago hambriento no tiene orejas. La vieja imaginería popular representa al demonio proponiendo a los hombres servicios a cambio de sus almas, ¿no es eso exactamente lo que hacen los protestantes?

El choque de civilizaciones
Durante mucho tiempo no existieron en África actividades misioneras islámicas organizadas, lo que no impide que el número de convertidos fuera muy elevado. El Islam africano ha sido siempre moderado y tolerante. Generalmente, los musulmanes y los cristianos vivían en paz. Pero a partir de los años 80, el proselitismo de las iglesias protestantes en zonas islámicas ha ido provocando inevitablemente la reacción de los fundamentalistas musulmanes. Entonces surgieron los grupos salafistas recorriendo África, predicando un islam puro y duro, mientras que los países árabes financiaban a golpe de millones de dólares la construcción de mezquitas, escuelas coránicas e institutos coránicos en las comarcas en las que reinaba la miseria y la ignorancia.
Los protestantes y los salafistas inundaron África con su literatura. Los primeros se especializaron en la traducción en lenguas vernáculas de sus obras, mientras que los segundos se contentaron con traducir en francés o en inglés unos libros y panfletos de una mediocridad intelectual igual al menos que la de los primeros. Un día leí uno de esos folletos, titulado La religión de verdad. En él, el autor hace una lista de los "enemigos del islam", metiendo en el mismo saco a judíos, comunistas, misioneros, cristianos, masones… e incluso chiítas.
La competencia aviva con frecuencia las tensiones, que en ocasiones acaban mal: así, en Nigeria, hace algunos años, los enfrentamientos entre musulmantes y cristianos causaron cientos de muertos. Porque ese es el objetivo de los fanáticos de Washington: crear por todas partes focos de discordia y de tensión, activar el choque de civilizaciones, desestabilizar y debilitar los poderes existentes, para poder dominar mejor.

Conclusión
La Biblia es sin duda lo más peligroso del mundo. Esa recopilación de leyendas, de falsedades, de aberraciones, ha sido siempre un instrumento terrible de dominación mental.
En África, como en todas partes, la miseria y el desamparo humanos han constituido siempre el terreno ideal del cristianismo. Cuando el hombre, por muy frustrado que esté, no puede sufrir más y trabajar como una bestia, empieza a plantearse cuestiones sobre el sentido de su existencia. Entonces se convierte en una presa fácil para los protestantes: "Estás en la mierda porque eres fruto del pecado, pero Jesús te ama, ha muerto por ti, y puede salvarte y cambiar tu vida, si tú quieres".
Culpabilización, infantilización, mistificación, manipulación. La fuerza del cristianismo reside sobre todo en el hecho de que se dirige a la parte más vulnerable del individuo.
"Cultura de la muerte, cultura del odio, cultura del desprecio y la intolerancia…" dice Michael Ongray.
Y yo añadiría "cultura del miedo".

Darian Brubonde
(Le monde libertaire) subir


Buscadores de oro

Tranquilos abuelos ya estamos aquí, de un anarquista muerto naceremos mil

Los Muertos de Cristo

La "imaginación anarquista" ha sido, es y será -hasta que expire el último de nosotros- la antípoda del imaginario jerárquico y de la correspondiente "realidad" instituida específicamente por la acción del Estado moderno y del capitalismo occidental. Recalcamos aquí esta especificidad, porque al inventariar las expresiones libertarias se acopian materiales que hunden sus raíces en una larga historia pretérita que desde los tiempos fundacionales del tao, por ejemplo, nos habla de las "andanzas" de la opresión social y política como institución operativa. Sin embargo, de anarquismo como filosofía política propiamente tal podemos hablar desde Proudhon en adelante o desde la salida de los libertarios de la Internacional en aquella grandiosa decimonónica década de los 70.
Las precisiones historiográficas en ocasiones pueden ser simple gimnasia, simple fisicultivo del "músculo" intelectual típico de los cultores del ego, de eso nuevos personajes que por vicisitudes de una navegación neoliberal han llegado al anarquismo a caballo en un cafetín filosófico o en el enajenante paroxismo de la Academia, actual pasteurización de toda crítica humana. En el caso de estas líneas, por el contrario, las disquisiciones sobre períodos y sus correspondientes efemérides tienen que ver con poner los deslindes temporales y subjetivos en que desbordaron aquellos afluentes que hicieron posible el mar del anarquismo, aquel mar interior que inundó y sigue inundando nuestros amores, nuestras esperanzas y que sigue guardando en sus profundidades los minerales necesarios para que la historia libertaria siga siendo carne y realidad.
En este ejercicio demarcatorio se encuentra escondida, entonces, una tarea parecida a la que desarrollan aun hoy los investigadores bacteriológicos cuando intentan rastrear la huella de la gripe española que mató a millones durante los años de la Primera Guerra Mundial, trabajo orientado a prevenir una gran y tan temida pandemia. Hoy se nos hace igualmente necesario a los libertarios, rastrear el material genético de la radical "gripe negra" que contagió los iniciales órganos culturales contemporáneos y que incluso en muchas de las condiciones de vida hoy vigentes, sigue instalado como un virus crónico casi irreductible. Nuestra tesis aquí es que el material genético de esa peste libertaria se encuentra radicado en el material moral de aquellos viejos compañeros, que cuales hackers infestaron las redes subjetivas que operan y justifican muchas de las libertades que hoy permanecen aún en pie a pesar del embate capitalista. Luego, el objetivo de este "trabajo de laboratorio" es precisamente dar con ese material y evitar nuestra propia pandemia, pues en él está la "sangre" de un ideario que movilizó las esperanzas de millones de seres humanos alrededor del planeta y que por diversos motivos -que no entraremos en específico aquí- se replegó lenta, pero sostenidamente alcanzando una peligrosa condición de riesgo de extinción y que no podemos considerar totalmente revertida pues podemos confundir el canto del Cisne con un seguro renacer de la idea.
En la memoria libertaria, en los "cuentos de viejos", el sedimento dejado por las antiguas inundaciones de banderas negras, libros y luchadores sociales nos puede indicar cuáles fueron los misteriosos "elementos" que formaron ese antiguo mar de aguas radicales. Pues bien, si al igual que los buscadores de oro revolvemos finalmente nuestra paila, los principios, la ética y la moral del anarquismo hechas biografías quedaran fijadas. Ni las migraciones ni los actos de la propaganda por el hecho de aquellos tiempos explican por sí mismo el fenómeno de auge del anarquismo; el viajante, el exiliado, lleva consigo muchas cosas, pero si no lleva convicciones, voluntades y certezas cosidas a la piel pronto sucumbirá a los "encantos" del lugar de arribo. Basta recordar la reciente historia del exilio chileno y el espectáculo de su regreso para comprender que aunque nuevos mundos aporten legítimamente nuevas miradas sobre teorías políticas y otros, si el "caravanero" no lleva en un rincón de su equipaje mínimas convicciones morales, lo que arrastrará en el resto del viaje será barro del peor, el barro de lo inauténtico y ni siquiera será consciente de aquel resto de miseria humana que existencialmente arrastramos todos, ¡uf!, y eso sí que es miserable.
Pues bien, lo que permitió la hasta ahora vigente influencia simbólica del anarquismo, su existencia como "recurso de amparo" frente al capital, su eclosión como forma de vida libertaria otra y posible fue el ejercicio de convicciones y ejemplos prácticos de vida asentados en presupuestos éticos que nada tenían que ver con la conveniencia, la conducta de la eficiencia y la falsa resignificación de los vicios y alienaciones del capital; el "ego mediático", la gimnasia hedonista de las ideas, la ley del mínimo esfuerzo y el comportamiento como miembros de secta para la autosatisfacción entre otros, en aquellos tiempos de los "abuelos" serían el burdel y el alcohol y evidentemente tendrían su contrapeso en una práctica libertaria marcada por ejemplos morales que son los que alimentan desde la cotidianidad la economía del sentido en el mundo libertario. El marxismo en sus peores expresiones prescinde de la cotidianidad y la misma "pobre historia" varias costillas rotas tiene por ese lado.
Es en la cotidianidad donde se forja el carácter la vida y en el alero de su dimensión crecemos y creamos. Ahí se alimentan nuestras miserias, ahí radican nuestras virtudes y las condiciones de posibilidad de lo bueno y lo malo que predicamos. Pero ¿qué predicamos los anarquistas? El apoyo mutuo, la solidaridad de clase, la igualdad, todos principios que no necesitan carta de ciudadanía institucional, que no necesitan la revolución para ser carne en nosotros, pero que, sin embargo, son la fuente subterránea que provee toda el agua que bebemos, son los principios que han hecho y seguirán haciendo -si los practicamos- que el anarquismo más allá de algún pequeño éxito pasajero sea una forma de existencia y una alternativa a la dominación.
El movimiento libertario de principios del veinte nunca fue esa tecla suelta y disonante de la música social; por el contrario fue el ritmo del reclamo por dignidad de miles e incluso millones; fue la composición que dibujó las condiciones de posibilidad de una vida otra, la libertaria, aquella que lleva en su impulso vital la no jerarquía, la revolución social y el fin del capitalismo como herencia futura. Las claves de su decadencia no pasan por su "extravagancia" ni por su pequeña condición demográfica. Sin duda hubo errores políticos y sin duda los seguirá habiendo, pero el poder "gigante antropológico" de la historia humana tiene lo suyo y no podemos obviar su tremenda consolidación como la potestad que campea material y subjetivamente sobre los pueblos; al parecer será fundamental para la próxima pasada, cuando nuevamente podamos llamar a las barricadas, que nuestro espíritu esté más reconciliado con su arjé, con su ethos fundamental, con el alimento que tiene los nutrientes vitales necesarios, el mismo del que se alimentaron nuestros viejos compañeros:
Hoy, finalmente, vemos en el despliegue de la sociedad un horizonte de posibilidades saturado por un "carnaval" mediático que deviene bálsamo suavizante para la asfixiante realidad social. Hoy el sistema capitalista logra descolgar, desplazar y marginalizar las luchas sociales, borrando y haciendo casi invisible el gran tema de la emancipación humana. El capital ha logrado eficientemente reducir la condición social del ser humano a un constante despliegue del presente, situando la posibilidad de la revolución social en una, aunque ficticia, rutilante vitrina de reliquias. Sin embargo, toda esta maquinaria de producción serial efectiva no ha logrado ni podrá, por contra natura, aplacar el malestar humano frente a un tiempo histórico en que como nunca antes la desigualdad, el dominio y la brutalidad maquinal alcanzan escalas totalizantes.
Y es que en esta imposibilidad se asoma -una y otra vez majaderamente- otra condición antropológica, irreducible, la condición libertaria, la condición emancipatoria. A ella pertenecemos por esencia los anarquistas y es en ella donde está "nuestro lugar en la vida"; la tarea es saber asumir y reconocer, reconciliarnos con el espíritu que sopló en la vida de aquellos compañeros que hoy nos reclaman la toma del testimonio, es decir, nos reclaman resistir.

Rodrigo Alarcón Subir


Autogestión:
un camino para la esperanza

Lo expresa claramente René Furth (1): "Preparar a los trabajadores para su trabajo de autogestión: esa ha sido una de las primeras consignas del socialismo libertario".
Sin duda es al menos necesario volver a desplegar el pensamiento autogestionario libertario.
Examinemos juntos el interés político de este concepto, y evaluemos su relación con las aspiraciones y capacidades colectivas para ponerlo en marcha.
Tras su nacimiento, las sociedades humanas se han puesto en camino -un camino no lineal, sin duda- en busca de las libertades y autonomías. En ese largo proceso inacabado, la cuestión de la organización y de los medios que ayudan a decidir de la manera más igualitaria y más directa ha sido una constante. Las civilizaciones han innovado y marcado la historia según sus modos de decidir, tanto en lo malo como en lo bueno. Hay por tanto que volver a situar la autogestión como una etapa de esa búsqueda incabada.
Sin embargo, es conveniente repetir que los episodios autogestionarios más significativos (2) nacieron a raíz de conflictos importantes (revoluciones, crisis económicas, regímenes políticos inestables, guerras civiles, descolonizaciones) y que duraron poco tiempo, con la excepción del episodio yugoslavo. La cuestión de la autogestión debe retomarse a partir de constataciones transversales de las chispas de emancipación humana y social. Así planteado, lo que podría parecer negativo -la brevedad, por ejemplo- ya aporta respuestas: el camino hacia la emancipación no es un largo río tranquilo, más bien se trata de una búsqueda permanente en la acción. Y la autogestión no podrá evitarlo.

Versiones singularmente plurales
Procedente del griego "autos" (por uno mismo) y del latín "gestio" (gestionar), la autogestión sufre de la dificultad de su definición. Planteemos la cuestión. ¿Cómo definirla en unas pocas palabras claras? Esta dificultad procede sin duda del pluralismo de las familias políticas que se la han apropiado. Así, los marxistas la han hecho suya, pero también los socialdemócratas o los revolucionarios de diversas corrientes. Lo que la distingue entonces es su lugar y la finalidad en cada proyecto político. En lo esencial, la autogestión se percibe como un contrapoder (reforzando el poder central al controlarlo desde la base), como un modo de gestión, de organización económica planificada por el Estado.
Se destaca también que las capacidades de adaptación de la autogestión la hacen aparecer en todos los continentes, en épocas tanto lejanas como cercanas. Ha conocido diversas versiones, puesto que tiene la capacidad de adaptarse a las culturas locales. Hay, por tanto, un innegable tronco común a esas autogestiones: el carácter universal, intrínsecamente libertario, pues no es prisionera de una sola época, de una sola ideología o de una sola cultura.
Hay que destacar también que la autogestión no se aplica a un solo terreno económico, pues es también una práctica social, comunal, pedagógica (Freinet…), sindical (CNT, SUD), política (alternativos, libertarios). Ha experimentado muy poco sobre los centros de decisión política (ayuntamientos, Estados), lo que curiosamente (a pesar de ello) no deja de generar interrogantes y frustraciones.
En lo que concierne a la autogestión anarquista, si fue Pierre-Joseph Proudhon quien definió la economía mutua en los tratados de economía de hacia 1860, han sido también los anarquistas los que han llevado sus experiencias más lejos hacia la búsqueda de la autonomía individual y colectiva respecto al Estado, integrándolas en su proyecto no capitalista. Hablamos de una visión de la autogestión como un proyecto de sociedad.

¿Por qué la autogestión?
Esta pregunta entraña unas respuestas en las que cultura y crítica social, sociología y economía se cruzan y entremezclan. ¿Cómo abolir las jerarquías y la dominación social sin cuestionar las relaciones de clase que inducen al reparto desigual de los saberes, al reparto de cada uno según el aparato productivo capitalista? ¿Cómo oponerse a la división social de la economía, la concentración de riqueza, la propiedad privada de los medios de producción, de distribución y de intercambio, sin elaborar una gestión colectiva, igualitaria, socializada? Y entonces ¿por qué defendemos un proyecto autogestionario si no lo ponemos en práctica cada vez que se presenta la posibilidad?
La versión libertaria de la gestión directa -que la distingue claramente de la heterogestión liberal, o de la autogestión parcial- moviliza los medios, las finalidades y los valores que la hacen familiar a los anarquistas, a su cultura igualitaria y a su proyecto político. Permite prácticas de emancipación individual y colectiva, en el aprendizaje de la autonomía. Es también la expresión de una profunda aspiración a la horizontalidad, a la implicación, al regalo de uno mismo y a la responsabilidad. La cooperación y la asociación, el compartir los saberes y las responsabilidades, es decir, los bienes, son temas valorados por los libertarios, e indisociables de ese ejercicio de democracia directa que es la autogestión.
Favoreciendo la organización de la sociedad a partir de su base, la autogestión permite una democracia directa y puede cuestionar el poder y la función de un instrumento centralizado y gestionado por una élite como el Estado. La autogestión, pues, es un rasgo esencial del proyecto libertario, como el federalismo proudhoniano o la abolición de los patronos y las desigualdades.

¿Concepto abstracto o aspiración compartida?
Indiscutiblemente, la autogestión no está muerta. Incluso está de actualidad en el continente sudamericano, con la autogestion argentina, que ha saltado a las páginas de los periódicos, y las autonomías zapatistas con su autogobierno, o incluso los movimientos sociales de Brasil o Bolivia. Desde un plano ideológico, el uruguayo Raúl Zibechi y su concepto de construcciones de autoorganización a partir de las comunidades bolivianas en lucha por el agua o el gas, o John Holloway y su libro Cambiar el mundo sin tomar el poder, forman parte de las iniciativas populares no jerárquicas, autónomas y descentralizadas… Más recientemente, la Feria de la Autogestión de Módena (en Italia) del 27 al 30 de abril de 2007 o la creación de una Sección de análisis y estudios autogestionarios en Tarrasa son prueba de una vitalidad y una búsqueda permanente. En un registro muy diferente, tampoco es despreciable que Kenny Arkana, rapeadora marsellesa que se impone en un género musical ultramasculino y lleno de valores capitalistas, se defina como una "defensora de una revolución de base y anti-institucional, y que no apoya a ningún candidato a las elecciones presidenciales."
No dudemos pues de nuestra capacidad para gestionar la sociedad, en parte o totalmente. Cooperativas de trabajadores, cooperativas de consumidores, organizaciones alternativas de compra directa de los productos agrícolas, guarderías de padres o asociaciones gestionadoras de escuelas, creación de pautas de barrio o de cooperativas de alojamiento para escapar a los delegados, los sindicatos o las páginas de Internet participativas (wikipedia…) están ahí para demostrarnos que sabemos organizarnos, decidir, luchar en una óptica colectiva. Añadamos a eso que existen en Francia más de 800.000 asociaciones (formalmente declaradas, por lo tanto no hemos contado las otras) que reagrupan a cerca de quince o veinte millones de miembros de más de catorce años, y que cada año se registran 60.000 nuevas asociaciones: el balance es impresionante. Y lo que es más, el campo de intervención de las asociaciaciones ha conocido una extensión espectacular, hasta el punto de que no le es ajeno ningún aspecto de la vida en sociedad.
Pero todo eso no puede satisfacernos puesto que somos partidarios de una autogestión absoluta. Sabemos que esas parcelas de autogestión no impiden el autoritarismo, el conformismo, la sumisión al capitalismo de Estado. El reto anarquista es, por tanto, "repolitizar" la autogestión y ayudar a su convergencia hacia un proyecto político global. El problema anarquista es federar esos islotes de autogestión potenciales y aislarlos, para integrarlos en una dinámica transformadora y desarrollar una cultura de la gestión directa. Es una larga búsqueda en la acción, que continúa. Tenemos enseñanzas que extraer de nuestros predecesores. Pero, con la condición de no hacer mitos: se puede aprender del pasado sin refugiarse en él. Pragmáticamente, se puede considerar que si no todas las revoluciones han desembocado en autogestiones consecuentes y duraderas, por otra parte, la validez de la estrategia de la autogestión como herida del capitalismo del interior sigue sin demostrarse. Los reflejos autogestionarios que surgen a menudo en ausencia de terreno preparado son expresiones difusas de sociedades humanas para concretar sus deseos de emancipación y sus capacidades de autogobierno. Por otra parte, esas voluntades magníficas, enfrentadas a la capacidad de perjudicar del Estado y del mercado, han sido demasiado breves. Porque se trata en primer lugar de una práctica de supervivencia en tiempos de guerra, o de caos económico o de descolonización… antes que de un proyecto político. Ahí es donde debemos modificar el curso de los acontecimientos.
A grandes rasgos, hay tres estrategias para acceder a la autogestión generalizada según nuestro proyecto. La primera es la vía pacífica e institucional, que se incribe en una serie de compromisos -que no excluyen las tensiones- con el capitalismo y las instituciones burguesas: cogestión de empresas por medio de comités de empresa o de accionariado popular, cooperativismo conformista, elecciones. La segunda surge de la confianza en una autogestión surgida de la espontaneidad revolucionaria tal como se ha manifestado durante las descolonizaciones, los conflictos internos o los cambios brutales de régimen político. Y la última es la de la huelga general que, bloqueando la economía y expropiando a los patronos, permite la puesta en marcha, por medio de una organización bien meditada y gestionada directamente por los productores. En todos los casos, ¿no deberíamos levantar una base sólida para poder construir la autogestión generalizada?

Coordinar, federar
Sin duda hay que tratar de desarrollar la autogestión dentro de su finalidad liberadora, en el "hacer" y la experimentación a través de grupos de lucha, de ocio, de pedagogía, de cultura… Todo eso no excluye tener ambición: hay que partir de relaciones de experiencias frustradas o de microislotes aislados; debemos mirar desde cierta distancia, pues la autogestión sólo funciona a escala microscópica. Y el colectivo autogestionario aislado no da sentido a la autogestión, que debe coordinarse, asociarse. Federar los colectivos autogestionarios de estudios u otros (okupas, radios, empresas…), incluso a la escala de un territorio reducido, constituye ya una ruptura.
Se puede también desarrollar una cultura autogestionaria por todos los medios posibles: círculos de estudio, libros, artículos, encuentros, emisiones de radio, Internet… De ese modo, hay que trabajar para establecer una crítica sin concesiones a las instituciones y organizaciones que enmarcan el dirigismo e impiden la emancipación: Estado, capitalismo, instituciones parlamentarias o no parlamentarias, que hacen indefinida la concentración de poderes, el régimen salarial. Hay que aprender de esas instituciones para plantearse su reemplazo (o no), sin cuestionar forzosamente sus funciones en el marco de una organización global autogestionaria. Algunas instituciones realizan tareas interesantes, pero su funcionamiento o finalidad son problemáticas.
Las demandas difusas, contradictorias pero reales, de tomar decisiones políticas transparentes y legítimas (Internet refuerza esta demanda de acceso a los documentos institucionales) deben reforzarnos: surgen tiempos nuevos para plantearse la autogestión no como valedora del pluralismo del Estado, como podría ser la volátil "democracia participativa", sino más bien como una necesidad y un horizonte accesibles.

Notas:
1.- Formas y tendencias del anarquismo, Campo Abierto, Madrid 1977.
2.- La realidad es que el imaginario revolucionario los ha mantenido como hechos significativos, puesto que hay otros, si bien no entran en el esquema clásico revolucionario: La autogestión en tiempos de paz hace correr poca tinta.

Daniel Vidal Subir


Homenaje a las víctimas del franquismo

El pasado día 21 de julio, el grupo Nestor Majnó de la FAI, convocó en el cementerio de Guadalajara un homenaje a todas las víctimas del franquismo. El acto, que contó con la participación de una nutrida asistencia, se desarrolló en la fosa común que existe en el cementerio alcarreño, donde los luchadores antifascistas eran fusilados en la tapia contigua y enterrados allí; hoy una lápida recuerda a todos los fusilados. Sobre ella presidió el acto una bandera rojinegra con las siglas CNT-FAI.
Es el cuarto año que los anarquistas de Guadalajara convocamos este acto. Y lejos de simbolizar un acto folclórico para nosotros, es una manera de denunciar por una parte la barbarie que simbolizó la dictadura de Franco y por otra la manipulación y olvido que determinados sectores de este país de manera intencionada llevan décadas haciendo.
En el acto se recordó a los compañeros muertos en esas tapias, a los muchos anarquistas que murieron por los ideales revolucionarios que defendían. Hoy olvidados por las instituciones es deber de todos los libertarios el recordar sus luchas para sacar enseñanzas actuales.
También se denunció la llamada Ley de Memoria Histórica, que no soluciona absolutamente ninguno de los problemas planteados anteriormente y que pretende ser una ley de punto final. Para los anarquistas, ayer como hoy, las leyes no van a venir a solucionar ninguno de nuestros problemas. Las leyes las hacen los poderosos y esos nunca nos han dado nada.
Igualmente recordamos a los luchadores de la batalla de Guadalajara, de la que este año se cumple el setenta aniversario. La primera derrota del fascismo en el campo de batalla se produjo aquí y con una importantísima participación anarquista simbolizada por el compañero Cipriano Mera.
Al finalizar el acto se depositó un ramo de flores en la fosa común para recordar a todos los caídos por la libertad y se dio un grito de ¡Viva la anarquía!

Grupo N. Majnó Subir


 

La revolución necesaria

Los protestantes americanos
a la conquista de África

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Autogestión: un camino
para la esperanza

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