PERIODICO ANARQUISTA
Nº 210
             ENERO 2006

 

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Solidaridad entre los pueblos oprimidos

Los anarquistas queremos una sociedad donde no haya explotadores ni
explotados, opresores ni oprimidos.
Una sociedad sin fronteras, donde las personas puedan moverse libremente.
Sin religiones ni Estados, sin jefes ni poderosos, donde cada ser humano sea el dueño de su propia vida y de su propio destino.
Donde, entre todos, podamos decidir qué hacemos con las cosas.
Donde la libertad, la igualdad, la solidaridad y el respeto entre personas y a la naturaleza sean los valores en los que se asiente la convivencia.
Para conseguir esto no hay más camino que la solidaridad y el apoyo mutuo entre los oprimidos de la Tierra, que hará que salten en pedazos las cadenas que nos atan.
Nuestra patria es el mundo, nuestra familia la humanidad.

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Otra ley contra la educación

En reciente fechas hemos asistido a un debate sobre la educación en España a propósito de la reforma educativa que el gobierno del PSOE ha emprendido. En todo este debate es necesario que los anarquistas emitamos nuestra opinión, pues desde nuestra perspectiva ideológica la educación es uno de los pilares que sustentan nuestras ideas y nuestra futura sociedad. Todo lo concerniente a la educación es sometido, pues, a debate en el movimiento anarquista organizado.
Parece que por los últimos debates la LOE es una ley francamente progresista y que ello ha sido el motivo por el que los sectores más reaccionarios de la sociedad (la derecha política, la Iglesia, la asociaciones católicas, los medios de comunicación afectos a esta causa, etc.) se han manifestado con tanta virulencia. Pero leyendo más detenidamente el texto podemos comprobar que la LOE no es nada nuevo ni innovador tal como no lo hacen ver desde los sectores del gobierno socialista.
La LOE es una ley realizada a marchas forzadas, un parcheo entre la antigua LOGSE y la no puesta en practica LOCE. Si la LOGSE era una ley realizada para un mundo que no existía, la LOCE era la ecuación elitista por excelencia. Entre ambas el ejecutivo de Zapatero ha sacado un híbrido que no ha contentado a nadie, bien porque los derechos más elementales de la educación siguen siendo vulnerados o bien porque se pide mas privilegios y prebendas.
Socialmente la LOE sigue siendo una ley negativa y muy en la línea del sistema capitalista que pretende sustentar. Con esta ley la privatización de la enseñanza infantil sigue siendo un hecho, con lo cual nada varía respecto a lo que la LOCE ya preveía para las educación primaria y secundaria y que la LOU lo hacía para la universitaria.
Igualmente la LOE no se ha sometido a un debate a fondo, evitando con ello mostrar las carencias que esta ley genera y las contradicciones internas que atesora. Las ayudas a la educación siguen siendo en España muy pequeñas, al igual que el régimen de democratización de la enseñanza en los centros, donde la igualdad brilla por su ausencia.
Pero quizá de todo lo generado con el debate de la LOE lo que más ha llamado la atención ha sido lo relativo a la religión en la escuela. Los sectores más reaccionarios de la sociedad han presentado a la LOE como la sepultura de la religión en la escuela y el fin de la enseñanza privada y concertada subvencionada por el Estado. Una vez más (y ya son varias en los últimos tiempos) la realidad no es así. La LOE sigue manteniendo la religión en oferta obligatoria y el concierto a la privada sigue siendo alto. La Iglesia católica se sigue aprovechando de sus privilegios y sigue pidiendo más. En este año 2005 la Iglesia ha recibido una financiación de 141 millones de euros, que se verá incrementada el próximo año a 144 millones. Esto sin contar el sueldo que el Estado abona a 15.000 profesores de religión católica, 100 profesores de religión evangélica y 36 de la islámica. El coste asciende a 517 millones de euros. También el Estado subvenciona a casi 4.000 colegios concertados, de los cuales 1.860 son católicos. El motivo de las movilizaciones de los sectores conservadores ha sido la posibilidad de conseguir mayor privilegio dentro de un campo tan importante como la educación, escorando lo más posible una educación publica que intentan convertir en un gueto.
Por todo ello los anarquistas nos oponemos a la LOE. Lo primero porque es una ley y los anarquistas no creemos que de las leyes provengan acciones benefactoras para la humanidad. A lo largo de la historia las leyes han servido para reprimir el impulso de evolución progresiva de la humanidad, nunca han ayudado en nada a los hombres. Lo segundo porque todos esos privilegios que dicen los conservadores que se ponen "en peligro" no es más que una patraña. La Iglesia sigue teniendo su posición bien asegurada. Nosotros abogamos por una educación laica y fuera del oscurantismo religioso. Mientras tanto todo lo demás será construir castillos en el aire.
Debemos luchar por una educación más equitativa, más justa, que sólo será posible por medio de la movilización popular. Socialmente la educación es un pilar fundamental y por ello necesita de un debate serio, para que los valores más elementales de libertad, igualdad y fraternidad no se vean pisoteados por aquellos que, como el Gobierno, están al servicio de los intereses económicos del sistema capitalista, o aquellos que como los conservadores e Iglesia, también participando en ese juego del sistema, buscan mayor beneficio en sus campos y pretenden jugar con algo tan importante como la educación.
Y todas estas reivindicaciones de los anarquistas teniendo muy presente los valores educativos que nuestros clásicos nos han ido legando a lo largo de la historia. El racionalismo, la ciencia, la cultura popular emanada de autores como Francisco Ferrer, Charles Malato, León Tolstoi o Paul Robin son hoy más que nunca necesarios para mostrar una alternativa al sistema educativo y al sistema mismo. La educación es algo demasiado importante como para dejarla en manos de políticos sin escrúpulos o de curas y obispos que lo único que han realizado a lo largo de la historia han sido crímenes e injusticias contra la humanidad.

Grupo N. Majnó subir


Ciencia sin conciencia

La ciencia lleva consigo misma los gérmenes de la dominación. Su objetivo necesario es la construcción de útiles tecnológicos para el uso de las diferentes formas de poder, ya sean claramente identificadas o difusas y anónimas. Esta es una concepción de la ciencia que no es nueva, pero que se basa en la confusión.
Sucede con frecuencia que al definir los términos, y no se trata de jugar con las palabras, se revelan como simples malentendidos algunos desacuerdos que se creían profundos. Conviene por eso ante todo precisar lo que se entiende por ciencia, y para ello lo más sencillo es acudir al diccionario. En su primera acepción, el diccionario dice: "Conjunto coherente de conocimientos relativos a ciertas categorías de hechos, de objetos o de fenómenos que obedecen a leyes, y verificadas por los métodos experimentales". Hay que destacar que las disciplinas intregradas en las ciencias humanas, como la sociología, se alejan de esta definición porque no respetan el criterio de fiabilidad, establecido por el filósofo Karl Popper, que considera que toda ciencia debe emitir predicciones que ofrezcan la posibilidad de ser refutadas (es decir, que una hipótesis científica debe ser verificable). Por otra parte, es muy cierto que eso hace de la sociología más un dominio del concimiento tan permeable a la ideología política y "un deporte de combate" que una ciencia. Se trata probablemente de lo mismo que ocurre con "las ciencias económicas", pero eso sería otro debate.
Según el diccionario, la ciencia en sentido estricto es, por tanto, el estudio metódico de los hechos. Así, la física nuclear estudia los comportamientos del átomo, la fisiología estudia el modo en que funcionan los sistemas orgánicos, etc. Más que la voluntad de servir a su entorno o a otros, la motivación primera de esta actividad es sin duda investigar ante la curiosidad natural del hombre y el cuestionamiento existencial que lo acompaña desde hace miles de años. Las cuestiones planteadas, a medida que la complejidad del universo ha ido apareciendo, son muy diversas y hoy las disciplinas científicas son muy numerosas. Uno de sus rasgos comunes es la preocupación por la objetividad ante el hecho estudiado, es decir, el desafío a todo prejuicio en la aprehensión de ese hecho. Esta objetividad es en primer lugar una garantía contra el error y la ilusión. Es también una garantía contra la tendencia a querer confirmar a toda costa una teoría falsa. Por otra parte, esta objetividad no es en absoluto la negación o una puesta en cuestión de la subjetividad individual; sólo se aplica, como necesidad metodológica, en el marco de la investigación, y no tiene nada que ver con las emociones, las elecciones o las aspiraciones de un individuo. La objetividad no es el dogma central de una ciencia totalitaria que pretende regir el conjunto de las estructuras sociales en un mundo en el que habría una comprensión "monolítica" y completa (cualquier científico medianamente sensato sabe que la idea de una comprensión tal es una aberración). Pero el riesgo de totalitarismo existe; se puede encontrar en las convincentes metáforas de la literatura futurista (Un mundo feliz de Huxley, o Una felicidad insoportable de Levin, por ejemplo), pero no es la consecuencia lógica de la actividad científica. Deriva más bien del cientificismo, es decir, de la "creencia", casi religiosa, según la cual la ciencia puede o podrá explicar el conjunto del universo y aportar una respuesta a cada uno de nuestros problemas. La ciencia no es el cientificismo. El estudio de un problema no es tampoco la utilización de lo que va a ser su solución. Aquí nos enfrentamos a la cuestión: ¿qué uso se hace de los resultados de la investigación científica? Ya estamos fuera de la ciencia; se trata realmente de un cuestionamiento político, social e incluso moral. Como tal, concierne a todos los individuos, y todos los individuos son competentes en la materia. No obstante, en la realidad de las sociedades industriales y, con el tiempo, en las sociedades dominadas por ellas, no se ha permitido a los individuos participar ni en los acuerdos ni en las decisiones relativos a la orientación o las aplicaciones derivadas de la investigación. En el mejor de los casos, se han organizado encuestas o sondeos, o debates televisivos más o menos contradictorios. Ha llegado el momento de que se nos proporcionen "elementos científicos" para que podamos juzgar la pertinencia de tal o cual aplicación.
Evidentemente, los elementos científicos están ideológicamente contaminados (en la práctica: mentiras, omisiones, argumentos demasiado evidentes, argumentos poco destacados, etc.) y "juzgar su pertinencia" significa aceptar más o menos graciosamente lo que de todos modos ya estaba decidido. Sólo queda la cuestión de la información científica, por medio de la vulgarización por ejemplo, que es importante pues sin ella no se podrá hacer economía en una sociedad mejor.
A veces ni siquiera hay enmascaramiento y la opacidad es total. Es el caso de la investigación militar, de los perfeccionamientos de los medios de vigilancia o de las investigaciones relativas a la industria nuclear, por ejemplo. De una manera diferente, las innovaciones tecnológicas que responden a las necesidades del mercado, en su mayor parte creadas, son poco accesibles al control de los individuos consumidores. Eso no estimula la autolimitación sobre la base de las necesidades reales, sino al contrario, el sobreconsumo de masas basado en el desvío de la libido.
Otro impacto ecológico que puede producir tal proceso es sin duda que la multiplicación de los instrumentos tecnológicos poco amigables amenaza, al menos en parte, a la autonomía del individuo en su entorno y lo aleja de los centros de poder (sin defender la simplicidad voluntaria, hemos de decir que nosotros tenemos una parte de responsabilidad individual en la utilización de esos instrumentos de la que no podemos sustraernos).
El medio más seguro de favorecer la emergencia de tecnologías o de productos que necesiten tecnologías es sin duda orientar la investigación científica y para ello basta, en el estado actual de las cosas, con asegurar su financiación. Aunque los fondos estén muy desigualmente repartidos entre las diferentes unidades y los organismos a las que pertenecen, y aunque el sistema de los mandarines (en el que algunos individuos tienen un poder exorbitante) siga todavía muy en forma, la mayoría de los laboratorios públicos goza de cierta autonomía en cuanto a los asuntos a desarrollar. Esta libertad de elección está evidentemente limitada por la necesidad de rentabilidad a corto plazo en las empresas privadas (farmacéuticas, cosméticas, químicas, agroalimentarias, etc.).
Así pues, la política de investigación de los últimos gobiernos es coherente con su política general, tendente a reducir la investigación en los laboratorios públicos y animándolos a desarrollar "colaboraciones privilegiadas" con el mundo industrial y empresarial.
Este "esfuerzo" está claramente orientado hacia una separación todavía más importante del Estado (sin que eso signifique la recuperación de las unidades, ni siquiera de las más productivas, por parte de la industria; los costes de inversión y los riesgos financieros relacionados con la investigación son todavía demasiado importantes en una lógica de beneficio). No es cuestión de hacer apología del Estado ni pretender que la investigación pública esté al margen de las líneas de fuerza capitalistas, pero sí de darnos cuenta de que a la larga (y en ausencia de una revolución social y libertaria, por supuesto) sólo serán posibles los trabajos científicos que puedan dar lugar a aplicaciones prácticas con un fuerte potencial de rentabilidad. En esas condiciones, creo sinceramente que la investigación científica está en peligro, y que merece, de una forma o de otra, que la salvemos. Porque, al fin y al cabo no hay que olvidar que si la explosión de "Little Boy" sobre Hiroshima no se hubiera producido sin ella, tampoco el tratamiento del cáncer y otras enfermedades. La ciencia permite construir los instrumentos de destrucción o las prótesis tecnológicas, lo que nos empobrece pero puede también permitir construir instrumentos que reduzcan los dolores y curen, útiles que faciliten el trabajo a hombres y mujeres, etc. Puede darnos la ilusión absurda de que dominamos la naturaleza, pero también puede permitirnos ser menos destructivos, especialmente en la relativo a ciertos "problemas energéticos" y, por último, dirigiendo la desaceleración. No me gustan los robots y me gustaría practicar la jardinería, sin embargo, creo que la ciencia merece ser salvada.

Thomas
(Le monde libertaire) Subir


La urgencia de la anarquía

Los pasados días 29, 30, 31 de octubre y 1 de noviembre, la Federación Anarquista Italiana celebró su XXV Congreso en la ciudad de Carrara. Reproducimos la moción aprobada sobre autogobierno territorial.

El concepto de revolución típico de los anarquistas invita a intervenir tanto para destruir el poder como para reconstruir la sociedad sin dominio. Esta práctica de revolución proyecta la afirmación de una sociedad libre fuera de y contra las instituciones, encarnándose en dinámicas sociales en las que se puedan valorar iniciativas de libertad, aunque sean mínimas. Los lugares para la ciudadanía son arrancados de las garras de la burocratización política y administrativa, pero sin delegar la necesaria gestión cotidiana de la vida asociada por los individuos a un hipotético mañana liberado y liberador, sino asumientdo esa tarea como práctica estratégica y táctica de liberación local, coordinándola al nivel federalista más alto.
El sistema social jerárquico que encuentra expresión en el Estado, que por su propia naturaleza niega el federalismo y el autogobierno comunitario, no podrá jamás apoyar dichos valores.
El federalismo de los Estados y sus dependencias encuentra su razón de ser en la regulación del reparto de los beneficios entre industriales y terratenientes, entre beneficio industrial e intereses bancarios, entre el monopolio de los medios de producción y el monopolio de la tierra y los bienes inmuebles.
La solución a problemas como la vivienda o el medio ambiente no puede prescindir de la lucha contra los intereses bancarios.
El verdadero federalismo y el autogobierno comunitario no pueden ser instituidos por decreto. De federalismo y autogobierno se llenan la boca todos los politicastros, pero realmente desprecian la esencia de estos dos conceptos: el proyecto de construcción de una red mutua y solidaria de comunidades autogestionadas y autogestionarias que se autogobiernan en los ámbitos político, económico y cultural, programando sus deseos de ser sociedad fuera de y contra el recinto en que el Estado central quiere tenerlos encerrados.
Sólo una iniciativa que parta de abajo, sólo un proyecto social gradualista revolucionario capaz de construir con propuestas posibles aquí y ahora células de sociedad libertaria, puede edificar un federalismo económico y político real, un federalismo que no nazca de la ilusión de transformar un Estado "centralista" en un Estado "federal" o de dividir un Estado en varios Estados. El federalismo verdadero no podrá jamás ni ser concedido por el Estado, ni conseguirse por la fractura de un Estado en varios Estados.
Federalismo verdadero es el que se construye desde la base, horizontalmente, que niega al Estado para sustituirlo por una red de municipios libres autogobernados en sentido extrainstitucional y articulados en los principios del apoyo mutuo y la solidaridad.
Por todo ello, entendemos que el anarquismo social:
-Debe saber promover con propuestas e iniciativas políticas y sociales la formación de estructuras abiertas de masas, de base y autogestionarias, proyectadas hacia un mundo nuevo, hacia una sociedad sin dominio.
-Debe saberse abrir a cuantos se reconocen en valores genuinamente anticapitalistas y de acción social alternativa fuera de cualquier recinto jerárquico.
-Debe saber estar entre los trabajadores, entre los desposeídos, en estructuras de lucha territorial y medio ambiente, en los barrios, en nuestras comunidades, no sólo con el objetivo de hacerse visible con la propaganda de los propios ideales o con el apoyo a reivindicaciones dirigidas a mejorar las condiciones de vida, sino también para comenzar a realizar esta práctica gradualista de autogobierno.
-Debe saber estimular y actuar, cuando y donde sea posible, estructuras sociales de lucha global, estructuras comunales y de autogobierno.

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Agresión fascista

La tarde del pasado 13 de noviembre, en San Petersburgo, ha sido asesinado el compañero anarco-punk Timur Kacharava. Timur era uno de los fundadores del grupo musical de hardcore punk (políticamente implicado) Sandinista! de San Petersburgo. Unos días antes de su asesinato había vuelto a San Petersburgo tras una gira por Escandinavia con el grupo d-beat hardcore Distress, del que formaba parte desde el verano. La tarde del 13 de noviembre, después de haber participado en la iniciativa "Food not bombs" (comida, no armas) en la plaza Vladimirskaya, se acercó con otras personas a la librería Bukvoyed. Hacia las 19 horas, mientras fumaba fuera del local con su amigo Max "Zhibov" Zhibai, fueron agredidos por un grupo de entre 8 y 10 neo-nazis. Antes de que llegara la ambulancia, Timur murió a causa de la fuerte hemorragia producida por las múltiples puñaladas que le habían propinado en el cuello. También Zhibov fue apuñalado, pero salvó la vida; la ambulancia le trasladó al hospital Marinsky y, según el parte médico, su situación es estable.

I. A. Subir


La síntesis perfecta

Voy a hablar de liberalismo como resultante histórico englobando también, por lo tanto, el término neo-liberal (utilizado de forma más bien peyorativa, aunque quizá acertada, por sus antagonistas para referirse a una doctrina pervertida en la actualidad y que nació, en gran medida, con ímpetu progresista y como defensora de las libertades); del liberalismo por lo tanto, cotejándolo con el anarquismo que, para mí, contiene todo lo que de emancipatorio tiene, y tuvo, dicho conjunto de ideas. Estamos hablando de la doctrina política y económica triunfante en la modernidad y en los países desarrollados -me gusta pensar en global y es por eso que tengo la esperanza de que el llamado "tercer mundo" nos depare algunas sorpresas que rompan este inequívoco y lento avance de la civilización que sufren tantas vidas- y que aboga por la reducción del Estado (al menos parcialmente, ya que si bien abomina de él como intervencionista en lo económico, recurrirá a él cuando lo necesite, especialmente en su faceta policial). ¿Supone esta minimalización del Estado una esperanza para el anarquismo? Tranquilo, amigo lector, no le estoy "minimizando", ni minusvalorando a usted. Simplemente, quiero señalar lo que resultará paradójico para todo simpatizante de los auténticos valores anarquistas (de los históricos, que deben servir como impulsores para encontrar nuevas respuestas a los nuevos tiempos): el mencionado "desarme" del Estado se da en un contexto donde se asume la desigualdad, marcada por la ley económica del más fuerte; de esta manera, la atomización, la incomunicación y una individualidad y materialismo mal entendidos son los resultantes de esta sociedad de consumo donde se diluyen los valores o se convierten en coyunturales, como esa petición de solidaridad para los más desfavorecidos en la cual los grandes poderes se abstraen hábilmente.
Pueden ser muchas las diferencias históricas entre anarquismo y liberalismo, pero ambos manifestaban la importancia de la educación y capacidad de progreso de la persona -extendida a lo largo de toda su vida-, del disentimiento frente a lo establecido, de la crítica y oposición a todo poder arraigado que, por su propia naturaleza, tenderá a no aceptarlas y a perpetuarse. Los anarquistas hicieron más hincapié en la naturaleza social del individuo -con algunas excepciones, como las de los individualistas de inspiración en Max Stirner-, de lo necesaria que era la sociedad para que el ser humano alcanzara su pleno desarrollo y para que la individualidad adquiriera conciencia de su participación en lo colectivo; el liberalismo abogaba, más bien, por un pacto entre individuos donde se asumía la pérdida de ciertos derechos y con algunas obligaciones mínimas en aras de un sistema estable que asegurara cada meta personal.
Estas teorías invitan a una interesante reflexión e imposible resulta dar una respuesta definitiva sobre la condición humana, pero lo que si resultará diáfano es la denuncia que han hecho siempre los anarquistas de todo Estado, como defensor de los intereses de una minoría y no como benefactor del interés general. Esto último es lo pretendía el mencionado pacto social del liberalismo y que acabó desembocando, junto a los mecanismos limitadores y equilibradores de los diferentes poderes ideados por Montesquieu, en el Estado burgués moderno. Resulta curioso, y una muestra más de la honestidad y heterodoxia de los anarquistas al buscar toda vía emancipatoria, como uno de los pioneros del pensamiento libertario español, Anselmo Lorenzo, citara en su obra "El Estado" a multitud de ideólogos liberales, como Castelar o Pi y Margall, junto a los clásicos anarquistas; por supuesto, el mismo Lorenzo advertirá también sobre esa última defensa que hacen del Estado los liberales manteniendo, así, los privilegios de clase. De esta manera, el liberalismo se convirtió en la ideología de la emergente clase burguesa del siglo XIX, los nuevos propietarios con intereses contrapuestos a los terratenientes y aristócratas. Como ya he mencionado anteriormente, esta nueva clase demandaba un Estado que garantizase un marco estable y neutral, con leyes objetivas donde el derecho de propiedad fuera garantía de autonomía y libertad. Es aquí donde la ambivalencia del liberalismo empieza a adquirir un matiz más fuerte, al unirse, cuando así le interesara, a los desfavorecidos en su lucha contra el antiguo régimen pero actuando, en otras ocasiones, como freno conservador a las reivindicaciones de las clases bajas. Si bien los liberales apoyaron mayoritariamente el sufragio universal, se mostraron reacios a la posibilidad de una mayor profundización democrática que acabara con sus privilegios. Con el tiempo se irá asentando un sistema liberal y democrático electivo que se da en los países más avanzados y donde una minoría privilegiada traiciona definitivamente los principios liberales que dicen defender al detentar el poder económico y controlar la cultura y los medios de información, primordiales para una auténtica democratización social.
A muchos intelectuales -tratemos de englobar así a todos estos elementos por misericordia- parece que la historia no ha enseñado mucho; unos, perdidos en su universo socialista autoritario, buscan nuevos referentes después de que la praxis haya deparado desastre tras desastre para su ideario; otros -curiosamente, muchos conversos del socialismo de Estado- mencionan continuamente el peligro totalitario para justificar un sistema político y económico que conlleva progreso económico sí, pero sustentado en demasiadas miserias y etiquetando al ciudadano de la condición de consumidor por encima de cualquier otro de sus muchos valores. Estas personas contraponen liberalismo a socialismo como si las dos doctrinas tuvieran un único camino -dominación en suma, que podemos calificar bien de totalitaria y explícita, o de democrática y sutil, en uno u otro caso- y obviando lo que resulta la perfecta síntesis de ambas que es el anarquismo. Ya el alemán Rudolf Rocker -no tengo ningún reparo en citar continuamente a los grandes autores de pasado, ya que la lucidez que manifestaron en su momento tiene un doble valor al revestirse de una increíble actualidad- señaló la confluencia de esas dos principales corrientes que desde la Revolución francesa se desarrollaron en la vida intelectual de Europa. La perspectiva crítica del sistema capitalista, en aras de la emancipación de la clase trabajadora, sitúan al pensamiento libertario en una tradición socialista -es hora de recuperar los auténticos valores de esta palabra tan denigrada y apartar aquello que supone una merma de la soberanía individual- y actúa como un perfecto complemento autogestionario para ese liberalismo radical que muchos creemos ver en el anarquismo. Espontaneísmo es otra de las palabras que tienen un perfecto acomodo en la tradición libertaria y que el liberalismo puede subscribir en muchos aspectos; en el terreno económico, que es junto al político el que resulta más controvertido en la comparación que nos ocupa, resulta extraordinario cómo se han reivindicado dentro del anarquismo conceptos como la armonía de las fuerzas económicas, comunes a los primeros liberales, desprovista, claro está, de todo privilegio y explotación y, aquí entramos dentro del campo libertario, con la educación y el valor de la solidaridad como una corrección constante para toda desigualdad de las mismas. Aquella filosofía racionalista que pretende planificar -aquí, el Estado entra en juego con cualquiera de sus formas- la vida económica o social no comprende que la libertad acaba siendo sacrificada en nombre de un supuesto progreso; es fundamental consolidar un escenario donde las energías humanas -individuales y colectivas- se desenvuelvan libremente y tomen sus propias decisiones conforme a contínuos ensayos de prueba (no hay división entre la teoría y la praxis, otra idea-fuerza tan del gusto del anarquismo).
Comprobando otros puntos de conexión histórica entre liberalismo y anarquismo nos hace plantearnos hasta dónde puede llegar la perversión histórica y el cinismo de aquellos que hoy abrazan sin vergüenza el ideario liberal. Una coincidencia fundamental es la soberanía individual, que resulta inalienable de cara al colectivo pero que, como ya he mencionado, no debería contraponerse a las necesidades individuales sino más bien, al contrario, cobran sentido en el contexto social gracias a la libre cooperación; esto último resulta una nueva corrección libertaria para esa desviación que da lugar a que algunos individuos se beneficien del resto de la sociedad dentro de esa filosofía de mínima intervención por parte del Estado -el llamado laissez faire, dejad hacer-, donde, supuestamente, cada individuo buscará lo mejor para sí mismo pero que conduce a concentración de poderes, monopolios y numerosas desigualdades. Resulta espeluznante cómo un Partido Popular, para eludir su herencia de la derecha autoritaria, utilice constantemente el término liberal para calificar su visión política; en la última concentración que convocaron a favor de la Constitución española -y en contra de los nacionalismos regionalistas-, su líder calificó a España de "nación de ciudadanos libres" -en oposición al "nación de naciones" que parece que se ha acuñado recientemente-. Bien, señor Rajoy, su concepto de soberanía individual, que traduce en esos "ciudadanos libres", no es sino un juego de palabras de ustedes, liberales de nuevo cuño, falta de contenido y que no esconde sino un nacionalismo español -tengan la decencia, al menos, de llamar a las cosas por su nombre-, anclado ahora en el conservadurismo constitucionalista, que socava tantas libertades individuales como esos periféricos que, advierto, rechazo tanto como el que más desde una perspectiva cosmopolita; otro rasgo común histórico a liberalismo y anarquismo que, como comprobamos, se diluye en los conceptos abstractos de nación o patria. El inefable Zapatero, hoy presidente del gobierno, cuando fue elegido candidato del Partido Socialista, aseguró que su política iría dirigida en busca de un socialismo "liberal y libertario"; más juegos de palabras carentes de contenido por parte esta vez de la izquierda parlamentaria que pretende captar a una ciudadanía de sensibilidades lo más amplias posibles y que pisotea sin rubor la historia libertaria (lo de calificarse de liberal, ya he insistido en que resulta mucho más ambiguo y da más juego aunque también podía haber hablado de "socialismo neo-liberal" para resultar más confuso, a priori, pero mucho más realista para describir su futura política económica). Si mencionamos otros rasgos comunes como son la fe en el progreso -unida a la confianza en la naturaleza, la armonía y la providencia mencionadas anteriormente en lo que atañe a lo económico- nos encontramos con otro elemento ambiguo al ver que son los conservadores los que más defienden un liberalismo radical, y que a los "progres" -calificación peyorativa y reduccionista donde las haya, que usan hasta la saciedad los voceros de la derecha y toma una parte por el todo- se les acusa de totalitarios y autoritarios. Cuando hablamos de librepensamiento, antiteísmo o anticlericalismo, la cosa ya adquiere tintes surrealistas si vemos que en nuestro país es la radio de la Conferencia Espiscopal la que reclama ser el único medio libre (y cuyos conductores de los principales programas reclaman el espacio político liberal, cuando su sumisión a la Iglesia católica resulta obvia). Si el anarquismo pone como valor principal la libertad individual, las creencias personales son cosa de cada cual, pero no elude hipócritamente su tradición contraria a todo autoritarismo -ya sea religioso, económico o político- como sí parecen hacer estos adalides de un nuevo liberalismo.
En suma, son tiempos éstos que dan lugar a una gran confusión y donde yo no tendría ningún reparo en reclamar gran parte del espacio donde campa triunfante un "neo-liberalismo", que sí resulta un enemigo feroz en lo económico como resulta obvio, que oculta la actuación de Estados llamados democráticos que siguen siendo demasiado fuertes, y al que debemos desproveer de numerosos conceptos robados y, al mismo tiempo, dar un significado sólido a la palabra "progreso" y conjuntarla con un socialismo auténticamente libertario y autogestionario. Al fin y al cabo, el anarquismo resulta la perfecta síntesis.

José María F. Paniagua Subir


Der Grossindustrielle

Presentamos un interesante texto de B. Traven o Ret Marut, escritor y militante anarquista con varias identidades, compañero de Erich Müsham y de Gustav Landauer en la República de los consejos obreros de Baviera (ver "Tierra y libertad" nº 177 de abril de 2003), autor de numerosos relatos cuya acción se sitúa en México. En este caso se describe a un campesino de Oaxaca que brinda una lección de economía llena de sentido común a un emprendedor capitalista de Estados Unidos. Ofrecemos el texto gracias a los compañeros de "Le monde libertaire"

En un pequeño poblado indio del Estado de Oaxaca apareció un buen día un norteamericano preocupado por el estudio del país y sus gentes. Curioseando de derecha a izquierda, se encontró ante la cabaña de un pequeño campesino indio que aprovechaba el tiempo libre que le dejaba el cultivo del campo de maíz para aumentar sus modestos ingresos haciendo cestos.
Esos cestos estaban hechos de fibra de sisal que el indio coloreaba con tintes que le proporcionaban las diversas plantas y cortezas de las que los extraía. Tenía tanto talento para trenzar las fibras multicolores que, una vez acabado, el cesto parecía constelado de personajes, de motivos, de flores y de animales. Incluso sin estar versado en ese arte, se podía ver que esos cestos no estaban simplemente pintados sino que sus motivos estaban sabiamente entrelazados en su misma textura: bastaba con mirar por dentro para constatar que las mismas decoraciones se encontraban en el mismo lugar de la superficie exterior. Podían utilizarse como cestos de costura o como objetos de adorno.
Cada vez que el indio confeccionaba una veintena de esas pequeñas obras de arte, y podía abandonar el campo durante un día, se levantaba a las dos de la mañana para acudir a la ciudad a venderlos en el mercado. La tasa para obtener una plaza en el mercado le costaba diez centavos.
Aunque pasaba varios días haciendo cada uno de los cestos, él sólo pedía cincuenta centavos. Pero cuando un comprador le reprochaba que era demasiado caro y se ponía a regatear, el indio bajaba hasta los treinta y cinco, los treinta e incluso los veinticinco centavos, sin saber que ese era el destino de la mayor parte de los artistas.
Muy a menudo el indio no podía vender todos los cestos que había llevado al mercado porque muchos mexicanos se creían obligados a subrayar el hecho de que eran civilizados prefiriendo con mucho comprar un objeto manufacturado que se producía en cantidades de veinte mil al día, pero con el sello de París, de Viena o de un taller artístico de Dresde, en lugar de apreciar en toda su originalidad el trabajo de un indio de su propio país, que no hacía nunca dos iguales.
Así, cuando el indio no había conseguido vender todos sus cestos, iba de puerta en puerta a la espera de que le recibieran con brusquedad, indiferencia, desprecio o desagrado, tratamiento habitual para los vendedores ambulantes, los representantes de libros o de cuadros.
El indio lo soportaba como lo soportan todos los artistas que están solos a la hora de valorar su trabajo. No se lo planteaba y lo asumía sin tristeza, sin amargura ni irritación.
En ese recorrido puerta a puerta no se le ofrecían más que veinte, quince o incluso diez centavos por cesto. Y cuando llegaba a aceptar esa miseria, con frecuencia la mujer cogía el cestillo y, con una leve ojeada, lo arrojaba negligentemente sobre cualquier mesa diciendo: "Es dinero tirado, pero bien, permitiré ganar unas perras al pobre indio que ha hecho un camino tan largo ¿de dónde eres?"
-"Ah, de Tlacotepec. Escucha, ¿no podrías darme dos o tres pavos? Tienen que ser bien gordos y a buen precio, si no, no los quiero".
Pero los norteamericanos no son, en lo relativo a las pequeñas maravillas de este tipo, tan difíciles como los mexicanos, que, con alguna excepción, no saben apreciar lo que tienen en su país. Incluso si el norteamericano medio es incapaz de valorar la incomparable belleza de esas obras, al menos se da cuenta de que se trata de arte popular y está dispuesto a identificarlo y apreciar que ellos no lo tienen.
De cuclillas en el suelo delante de su cabaña, el indio trenzaba sus cestos. El americano le preguntó: ¿Cuánto cuesta un cesto, amigo?
-Cincuenta centavos, señor, respondía el indio.
-Vale, compraré uno. Sé de alguien al que le gustará.
Estaba claro que el cesto costaba dos pesos. Cuando el norteamericano tomó plena conciencia del hecho, pensó en el negocio. Preguntó al indio: "Si ahora le compro diez cestos, ¿a cuánto me costaría la unidad?"
El indio reflexionó un momento y dijo: La unidad le saldría a cuarenta y cinco centavos.
-De acuerdo, muy bien, y si compro cien ¿a cuánto?
De nuevo, el indio se tomó un rato para hacer sus cálculos: La unidad le saldría a cuarenta centavos.
El americano compró catorce cestos, todos los que tenía el indio.
Una vez que el norteamericano se convenció de haber visto bien México y de conocer los menores detalles de todo lo que era digno de interés sobre el país y su población, volvió a Nueva York. Después continuó con sus negocios y se puso a pensar de nuevo en los cestos.
Acudió a ver a un gran negociante de dulces y le dijo: Le puedo proporcionar cestillos de este tipo. Fíjese qué envase de regalo tan original para presentar sus chocolates de lujo.
El confitero examinó el cesto con gran atención. Llamó a su socio y luego a su gerente. Tras haber conferenciado, el confitero declaró: Mañana le diré el precio que estoy dispuesto a pagarle. A menos que me indique usted otro…
-Ya le he dicho que me adaptaré a su oferta, si es usted razonable. Venderé estos cestillos en exclusividad a la casa que me ofrezca más.
Al día siguiente, el experto en objetos mexicanos fue a ver al confitero, que le dijo: Podría sacar cuatro, o quizá cinco dólares de cada cestillo de bombones finos. Es el envase más bonito y original que se puede presentar en el mercado. Le ofrezco dos dólares y medio, fletes y aduana por la mercancía llegada al puerto de Nueva York pagados por mi, y los gastos de expedición a cargo de usted.
El viajero de regreso a México hizo sus cálculos. El indio le había ofrecido una venta a cuarenta centavos la unidad si compraba cien. Él vendería el cestillo a dos dólares y medio. Ganaría dos dólares y treinta céntimos por pieza, casi un mil doscientos por ciento.
Creo que podrá hacerlo a ese precio, le contestó.
A lo que el confitero añadió: Pero con una condición. Tiene usted que proporcionarme al menos diez mil cestillos. De lo contrario no me compensaría, porque la publicidad que pienso hacerle a esta novedad no se justificaría. Y sin publicidad no podría darle ese precio.
De acuerdo, opinó el experto en objetos mexicanos. Acababa de ganar veinticuatro mil dólares, de los que sólo había que deducir el coste del viaje y el transporte hasta la primera estación de ferrocarril.
Partió, pues, para México y fue al encuentro del indio.
Le propongo un interesante negocio, le dijo. ¿Podría usted fabricarme diez mil cestillos?
Por supuesto. Tantos como quiera. Necesitaré más tiempo, evidentemente. Hay que dedicar mucha atención al tratamiento de las fibras, lo que lleva su tiempo. Pero puedo hacer tantos cestillos como desee.
El norteamericano esperaba ver la indio volverse loco de contento al oír el gran negocio que le proponía, casi como si un vendedor de automóviles americano hiciera un pedido de cincuenta Dodge Brothers de un golpe. Pero el indio no se inmutó. Ni siquiera interrumpió su trabajo. Siguió trenzando tranquilamente el cestillo que tenía entre manos.
Podría ganar quizá quinientos dólares más, lo que cubriría los gastos del viaje, pensó el americano; porque ante un contrato tan grande el precio de la unidad podría ser objeto de una rebaja suplementaria.
Me dijo usted que me vendería el cestillo a cuarenta centavos la pieza si yo le encargara cien, le adelantó él.
-Sí, eso le dije, confirmó el indio. Lo que dije sigue siendo válido.
-Bien, continuó el americano, pero no me ha dicho a cuánto me cobraría el cestillo si le encargara mil.
-No me lo ha preguntado, señor.
-Es cierto. Pero ahora me gustaría saber qué precio me haría si le encargo mil, y qué precio si son diez mil.
El indio interrumpió entonces su trabajo para tratar de calcular. Al cabo de un momento dijo: Es demasiado, no puedo calcular tan deprisa. Primero debo reflexionar tranquilamente. Voy a dormir y mañana le diré.
El norteamericano volvió a ver al indio al día siguiente para conocer la respuesta a su proposición.
¿Ha calculado el precio para mil y para diez mil cestillos?
-Sí señor. Pero me ha costado mucho esfuerzo y preocupación, para estar bien seguro, calcular lo más exactamente posible sin engañarle. Si yo tuviera que hacer mil piezas, el precio sería dos pesos la pieza, y si tuviera que hacer diez mil, serían cuatro pesos.
El americano estaba convencido de haber oído mal. Pensó que su mal conocimiento del español le jugaba una mala pasada. Para conjurar el error, preguntó:
¿Dos pesos la unidad por mil y cuatro por diez mil? Sin embargo me había dicho que si compraba cien serían cuarenta centavos la unidad.
Es cierto. Le vendería cien a cuarenta centavos cada uno.
El indio hablaba sosegadamente, porque había pensado todos los aspectos del problema y no veía razón para discutir.
Señor, usted podrá comprender que mil exigen mucho más trabajo que cien, y diez mil mucho más trabajo que mil. Eso está claro para cualquier hombre razonable. Para mil cestillos necesitaría mucho más sisal, tendría que buscar durante mucho más tiempo los tintes y hacer las mezclas. Luego tendría que secarlos con cuidado. Y por último, si hago tantos cestillos ¿qué pasará con mi campo de maíz y con mis animales? Además, para trenzar tantos cestos necesitaré la ayuda de mis hijos, de mis hermanos, de mis sobrinos y mis tíos. ¿Qué será de sus campos y sus animales? Todo será mucho más caro. Le aseguro que he pensado en hacérselo lo más agradable y barato posible. Pero esta es mi última palabra, señor, dos pesos la unidad por cada mil, y cuatro pesos por los diez mil.
El norteamericano discutió y regateó con el indio la mitad del día, tratando de hacerle comprender que se trataba de un error de cálculo. Utilizó un grueso cuaderno de notas completamente nuevo que llenó de cifras hoja tras hoja para demostrar al indio en qué medida se incrementaría su fortuna si le vendiera a cuarenta céntimos la unidad, y cómo le compensarían los gastos, el precio de los materiales y los salarios.
El indio observaba las cifras con admiración, le parecía prodigioso que alguien pudiera escribir números tan deprisa, sumarlos, dividirlos y multiplicarlos. Pero en el fondo eso apenas le impresionaba, porque no sabía leer ni cifras ni letras, y el único provecho que sacó de la sutil conferencia de elevado contenido económico del norteamericano fue descubrir que un hombre es capaz de hablar durante horas sin decir nada.
Cuando el norteamericano creyó haber convencido al indio de su error de cálculo, le dio un golpecito en la espalda y le preguntó: Entonces, amigo ¿qué precio me hace?
-Dos pesos la unidad por cada mil y cuatro pesos por cada diez mil. El indio volvió a ponerse en cuclillas antes de añadir: Debo volver al trabajo. Perdóneme, señor.
El americano volvió a Nueva York furioso, y todo lo que pudo decir al negociante de chocolate para liberarse de su compromiso fue: No se puede hacer negocios con los mexicanos, no hay nada que hacer con esa gente.
Así fue como ahorró a Nueva York la invasión de miles de esas pequeñas obras de arte tan encantadoras. Y así es como fue posible evitar que esos maravillosos cestillos que había confeccionado un campesino indio con habilidad sin par, decorándolos con el canto de los pájaros que lo rodeaban, los suntuosos colores de las flores que contemplaba cada día y las canciones inéditas que resonaban en su alma, terminaran destrozados y abandonados en los cubos de basura de Park Avenue, tras haber perdido su valor una vez comido el chocolate que llevaban.

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Bueno, entonces ¿qué es el anarquismo?

1. Definición de Nils Christie: Mirad a esos chicos construyendo una cabaña en los árboles. Esos chicos pueden trabajar de la mañana a la noche, arrastrando grandes tablones hasta la cabaña, serrando, martilleando, golpeando los clavos y sus dedos de paso, y podrán seguir así durante días y semanas, hasta que esté la cabaña y surjan los planes de un nuevo proyecto. Nosotros, los seres humanos, somos creadores por naturaleza. Pero el trabajo puede separarse de nosotros de muchas maneras. La más peligrosa se llama salario. Porque entonces nuestra atención se aleja del trabajo. Lo que se hace importante no es la actividad en sí misma, sino lo que ella nos aporta. Pagad a los niños para que construyan una cabaña y no acabarán nunca.
Existe otro método para parar, es decir, para sofocar, las actividades de los constructores. Basta con enseñarles cómo se hace, coger un martillo y pedirles que miren con atención mientras lo utilizamos, y luego montar un ciclo de cursos sobre construcción de cabañas, con un examen final para los que hayan pasado previamente las pruebas de subida al árbol.
2. Cuando paseamos por los caminos de un pueblo escandinavo durante una noche de invierno, cuando apenas podemos despegarnos la bruma de los tobillos, cuando estamos helados por la nieve que nos llega al cuello a pesar de la lana y el cuero, cuando resistimos al viento furioso que trata de tirarnos, cuando el cielo y el camino son negros, vemos algo que puede darnos calor: en muchas ventanas, con las cortinas echadas, tras las que duerme la gente calentita, brilla un pequeño candelabro eléctrico de cinco o siete o nueve bombillas dispuestas en forma de colina, de abeto o de espiga. Los que han encendido esas luces no las aprovechan, duermen. O si no duermen, la luz de su apartamento ahoga esa otra iluminación. Nadie les ha pedido que coloquen esas bombillas. No saben a quién aprovechan. Pero los desconocidos que pasan cerca sienten el calor.
3. A los anarquistas, que tienen buen gusto, no les agradan los monumentos a los muertos. Por una vez, su gusto es compartido ¿acaso vemos a mucha gente acudir espontáneamente a llorar a los pies de los soldados de piedra, a dejar flores, poemas o recuerdos? No, los monumentos a los muertos están bien muertos. En Washington, el monumento a los muertos de la guerra de Vietnam recibe muchísimos visitantes. Esos visitantes se muestran muy activos, dejando su nombre grabado en el mármol negro, o depositando tantos objetos -zapatos de tacón de aguja, botellas de champán, naipes- que se podría crear un museo solo para ellos. ¿Por qué ese éxito? Quizás porque el monumento se limita, estrictamente, a un largo muro de mármol negro sobre el que se han grabado los nombres de los muertos, no por orden alfabético ni de rango, sino cronológicamente, reagrupando así a los que murieron juntos.
Y nada más. No hay elevadas estatuas sobre pedestales inaccesibles, no hay sermones grabados ni patrias añoradas ni banderas. Sólo los nombres.
4. El capitalismo es asistir a una obra de teatro, todos sentados. Entonces, alguien que quiere ver mejor, se pone de pie. Luego, su vecino de detrás, que tampoco ve nada, se pone también de pie. Pronto todos los espectadores están de pie. Como no todos tenemos la misma altura, los pequeños van a buscar un taburete y se suben encima. Los grandes cogen a dos o tres pequeños, los ponen uno encima de otro y se suben sobre ellos. La obra continúa, pero algunos grandes se ponen de acuerdo para compartir sus pirámides de pequeños. Están verdaderamente altos. Pero eso no les impide discutir para saber quién estará más alto de todos. Dos o tres grandes llegan a estar tan altos que atraviesan el techo del teatro. No ven la obra, pero tienen la satisfacción de estar más altos que los demás. Todo el mundo está de pie, a todos les duelen las piernas y los pequeños de las pirámides están agotados por el peso de los grandes.
El anarquismo consiste en que todo el mundo vuelva a sentarse.

Nestor Potkine Subir


Evolución cero

Supongo que, como muchos de vosotros, me pregunto ¿cómo el genero humano ha llegado hasta donde está? ¿Cómo ha logrado sobrevivir desarrollando una naturaleza tan frágil para un mundo hostil? Como sabemos, nuestro organismo en comparación con el de otros seres vivos carece de protección o de sistema defensivo. Si observamos, somos el único mamífero que tarda en andar por sí mismo y de los pocos que estamos durante años dependiendo de nuestros semejantes. Increíble pensar que durante los más de 100.000 años de nuestra existencia hayamos sobrevivido, a pesar de nuestro frágil organismo, carente de garras, venenos, caparazones y, además, seamos la especie dominante por excelencia.
Obviamente, nuestra evolución esta determinada por factores que están encadenados unos a otros y que dieron lugar al nacimiento del homo sapiens. De estos factores podemos destacar el aprendizaje de andar erguido, el lenguaje, el aumento de masa encefálica. A la vez, éstos derivan en otros factores como la organización social que desarrolla unas herramientas o utensilios que a su vez originan una cultura. Por lo que cultura y sociedad van de la mano.
A modo de resumen, podemos decir que el desarrollo de la inteligencia y el desarrollo social, hicieron que el hombre haya evolucionado hasta nuestros días. Entre las muchas practicas sociales, como la caza y la agricultura, se fue originando una sociedad perfeccionada y especializada. Originándose las primeras sociedades jerárquicas desarrollando a su vez una división del trabajo. Incentivado por el estímulo de la subsistencia va creando una especialización de la industria de utillaje. Al mismo tiempo, fue capaz de elaborar un complejo lenguaje que ideara y organizara planes de ataque.
Según datos arqueológicos, podemos mantener la hipótesis de que a lo largo de la hominización del ser humano mediante la constante práctica de la caza y la necesaria y enfática defensa del territorio, se ha gestionado un componente social fuertemente agresivo y violento. Este hecho se conoce como la hipótesis del mono asesino de Robert Ardrey. En esta línea hace referencia Ashley Montagu en su libro La naturaleza de la agresividad humana.
Por un lado, vemos que en nuestra evolución o en el camino de nuestra existencia el componente de la agresividad y de la violencia es un factor más para comprender nuestro desarrollo y nuestra cultura común. Lógico que un ser que no ha desarrollado ningún sistema orgánico defensivo, desarrolle un fuerte sistema social que domine el medio natural que le rodea. Con esto no quiero justificar la oleada de violencia en la que estamos envueltos diariamente: terrorismo, guerra, maltrato, chantaje, etc. Más bien quiero hacer una reflexión sobre hacia dónde nos dirigimos o mejor dicho hacia dónde nos dirigen. Si hacemos una reflexión sobre nuestra historia, esa historia que parece que ocurrió hace unos cuantos años, pero que data de miles de años, nos daremos cuenta que es una cuestión de superación constante. Nuestra lucha para superar las barreras naturales para nuestra adaptación al medio ha sido nuestra asignatura de cada día. Tanto ha sido así, que la raíz con nuestra madre tierra se ha podrido en el olvido. De la idea inicial de adaptarnos al medio en el que vivimos hemos pasado a crear otro más artificial. Desplazando de esta manera al habitat original en el que empezamos a existir. Nuestra capacidad de dominar va más allá del simple manejo de la tecnología. Nuestra sociedad se ha especializado en crear un complejo sistema que parte de una simple desigualdad: dominador-dominado.
Una vez adquirida la tecnología y el conocimiento necesario para hacer frente a los adversidades climáticas, me pregunto. ¿Quién es el enemigo? Durante todos estos miles de años el ser humano ha protagonizado los más encarnizados enfrentamientos contra sí mismo. No sé cuales son las mentiras que les han contado, ni las promesas que han hecho para que se enfrenten en mil y una batallas. Pero, ¿quién o qué les obliga? ¿Qué le queda del mono asesino? Desde el origen de nuestra civilización, el hombre, no se ha admitido a sí mismo y siempre se ha negado a sí mismo. Siempre adorando o respetando a seres superiores, dioses, reyes, leyes, amos, etc. Nunca ha creído en su capacidad de organizarse fuera de esos valores de jerarquía, resignación, sometimiento, y desarrollar otros como igualdad, libertad, fraternidad. Nunca hemos sabido vivir, ni convivir en armonía con el medio y menos con nosotros mismos. Con el tiempo nos han vendido sensaciones breves y falsas de libertad y solidaridad. ¿El coche nos da la libertad o nos endeuda con sus gastos? Todo intento de creación comunitaria como alternativa a esta sociedad dominante ha sido anulado vilmente con un constante refuerzo del individualismo.
Por lo tanto considero que es cierto que de alguna manera hemos evolucionado como especie. Físicamente somos distintos al primer homínido. Pero socialmente no hemos evolucionado nada. Ya que, la relación dominador-dominado es la que ha existido durante todo este tiempo. Por lo que, hasta que no logremos desarrollar valores de auténtica convivencia de igualdad, libertad y hermandad, no daremos ese paso evolutivo, del 0 al 1. Entonces pasaremos de ser el mono asesino a ser el mono amigo.
Creo firmemente que el anarquismo aporta mucho a este desarrollo social de saber convivir con el vecino. Nuestra filosofía de vida desarrolla valores bastante humanos. Nuestra forma de organizarnos horizontalmente es un claro ejercicio de igualdad, de libertad y de respeto mutuo, además del apoyo solidario que comporta.

S.O. Subir


José Grunfeld: una vida por el Ideal

José Grunfeld nace en la localidad de Moisés Ville, provincia de Santa Fé, Argentina, el 17 de junio de 1907, asentamiento de inmigrantes judíos, como lo eran sus padres provenientes de Rumanía.
Empieza a trabajar a los 10 años y hasta los 14 desempeña diversas ocupaciones en localidades de los alrededores.
Su familia emigra a La Plata y en 1923 se incorpora al frigorífico Swift, pero pronto viaja a Rosario donde aprende el oficio de pintor de letras y estudia dibujo en la academia Gaspari y en la Universidad Popular.
En 1925 en una visita a La Plata, su hermano Rafael lo lleva a un acto por la libertad de Sacco y Vanzetti y aquel mitin despierta su interés por el movimiento libertario.
En Rosario, se relaciona con la agrupación anarquista Libre Acuerdo y con la Unión Obrera Local.
En 1926 cae preso por propagandista y en 1927 se niega a hacer el servicio militar y se refugia en la localidad de Tres Arroyos y comienza a utilizar el apellido materno Jusid que mantuvo durante gran parte de su militancia; en este pueblo funda la biblioteca "Rafael Barret" con otros compañeros.
Al año siguiente vuelve a La Plata y reorganiza la agrupación "Ideas" junto a universitarios y obreros.
Cuando se produce el golpe de Uriburu el 6 de septiembre de 1930, publican un periódico clandestino desde donde se insta a los soldados a rebelarse contra la dictadura; es detenido y permanece casi un año en prisión, donde se encuentra con otros presos anarquistas de todo el país y participa en una asamblea para intentar revitalizar el movimiento libertario argentino.
Queda libre en febrero de 1932 por una amnistía y colabora en la organización de un congreso anarquista una vez que todos los presos son puestos en libertad.
Vuelve a Rosario, donde contribuye a reagrupar el Sindicato de Pintores e interviene en una huelga por la mejora gremial, es herido en un tiroteo con la policía y queda detenido en el hospital, pero ante las presiones de los compañeros es puesto en libertad con fianza, lo que no impide que pase a jurisdicción militar para el cumplimiento del servicio militar, pero su herida le incapacita para el ejército y es dejado exento.
Participa en reuniones y mítines y recorre el país en viajes de propaganda, lo que le vuelve a acarrear breves detenciones. Comienza a militar en la Unión Socialista Libertaria (USL) y en las Juventudes Socialistas Libertarias (JSL) con la labor de acercamiento a los sindicatos. Como representante de la USL y la JSL asiste a un congreso clandestino que se realiza en La Plata en octubre de 1935, del cual surge la Federación Anarco-Comunista Argentina (FACA).
Es nombrado representante por Rosario y se traslada a Buenos Aires para cumplir funciones orgánicas en el Secretariado Nacional y de redactor en el periódico Acción Libertaria.
En 1936, al estallar la guerra en España, desde la FACA participa en movimientos de ayuda al pueblo español en el grupo "Solidaridad con el Pueblo Español" constituido por anarquistas. En noviembre de 1936 viaja a España con su compañera con medicamentos donados por estudiantes de medicina argentinos. En Barcelona contacta con Gastón Leval y Santillán, quienes le invitan a una reunión de la Regional de la CNT y de la FAI, esa tarde es nombrado secretario provisional del comité de la FAI de Barcelona que se hallaba sin cubrir.
En enero de 1937 asume la secretaría de la Comisión de Guerra, dedicada a atender el frente de Aragón y actúa en coordinación con la Sección de Defensa Nacional de la CNT-FAI. Mientras en Argentina, la FACA le nombra representante ante el movimiento libertario español. En 1938 renuncia al cargo por problemas internos en la Comisión.
La FAI le propone como secretario del sub-comité peninsular de la zona Centro-Sur, siendo esta una de las dos partes en que queda dividida la España republicana cuando Franco logra romper el frente. Desde este puesto se dedica a labores de relación entre las regionales y cuando se pierde Cataluña despliega una gran actividad para que los militantes y la organización sufran lo mínimo. En el periodo hasta la derrota definitiva se integra en la secretaría del Movimiento Libertario (CNT-FAI-FIJL), vicesecretario y encargado de los asuntos sindicales y económicos.
Puede escapar por mar y llega a Marsella y de allí a París, donde contacta con los compañeros en la Argentina. En París trabaja en los comités de la CNT-FAI en el exilio facilitando ayuda a los exiliados.
Cuando estalla la II Guerra Mundial vuelve a la Argentina y se reincorpora a la acción social, con nuevas represiones por parte del poder que lo llevan de nuevo a prisión durante períodos más o menos largos en esos años.
En 1954 la FACA pasa a llamarse Federación Libertaria Argentina (FLA) y Grunfeld sigue relacionado con esta organización y con el movimiento obrero. Desde1963 y durante siete años integra la Comisión de Cultura del Consejo Nacional de la FLA. Ya en plena dictadura militar colabora en la organización de un congreso nacional del movimiento obrero, que se realiza en junio de 1980 y da origen a la central sindical denominada Comité Nacional Permanente por el Sindicalismo Libre (COPENASILI).
Hasta su muerte en la primavera de 2005 sigue manteniendo su colaboración con la FLA y escribe en el periódico El Libertario.
Con su vida queda patente el verdadero internacionalismo anarquista, que llevó a tantas personas, de tantos lugares, a unir su destino con el del pueblo español y que en el caso concreto de la Argentina, de la misma manera que militantes españoles se involucraron en las luchas sociales de aquel país, muchos compañeros argentinos, por nombrar quizás los que pueden ser más conocidos como Radowitzki o Badaracco, viajan a España para participar y colaborar en la revolución social que tenía lugar y luchar contra los enemigos que se oponían a la consecución de una sociedad libre.

Juan Ruiz Subir


El gran juego

Repruducimos una obrita de teatro de Alexander Berkman publicada originalmente en el periódico "The Blast" de San Francisco, Estados Unidos, el 29 de enero de 1916.

Personajes:
Yo (fabricantes y capitalistas)
Tú (obreros)
Negra Figura (Ley)

(Se levanta el telón)

Yo.- Bajad al interior de la tierra. Sacad a la luz el carbón y el oro, el hierro, la plata y las piedras preciosas.
Tú.- Está hecho.
Yo.- Construid fábricas, maravillosas herramientas y modelad el mundo en un regocijo y belleza.
Tú.- Está hecho.
Yo.- Bien, mis hombres. ¡Maravilloso! ¡Qué abundancia! ¡Qué riquezas! Todas mías.
Unas voces.- ¿Tuyas? ¿Por qué? ¡Nosotros lo hemos creado todo!

(Conmoción en el escenario)

Más voces (enojadas).- ¡Son nuestras! Nosotros las hemos hecho.
Yo.- ¡Silencio! ¿No os ordené que lo hicierais?
Voces.- Pero es nuestro. Nosotros lo hicimos.
Yo.- ¡Llamemos a la Ley!

(Entra la Negra Figura, vestida de negro, llevando una biblia en una mano, la espada desenvainada en la otra. Ambas manos con guantes)
(Un silencio solemne cuando habla la Ley)

Negra Figura.- Es suyo. Así está decretado. La integridad de nuestras justas y libres instituciones debe mantenerse.

(Todos reverentemente se arrodillan ante la Negra Figura)
(Se va la Negra Figura)

Yo (orgullosamente jubiloso).- Es mío, por Ley.
Tú.- Nosotros somos pobres. Nuestras esposas necesitan comida, nuestros niños tienen hambre.
Yo.- Yo os daré las cosas que necesitáis.
Tú.- ¡Danos! ¡Danos!
Yo.- A cambio de más trabajo. Venderé las cosas que hacéis y os daré un salario por ello.
Tú.- ¡Salarios! ¿Buenos salarios?
Yo.- Sí, un sueldo justo.
Tú.- ¡Toma, toma! ¡Un sueldo justo!
Yo.- Os entregaré comida y ropa a cambio de vuestros salarios.
Tú.- ¡Un amo cariñoso! ¡Toma, coge nuestros sueldos!

(Yo toma los sueldos y entrega escasas raciones de comida)
(Tú, tras haber devorado la comida, de pie con las manos vacías, con semblante satisfecho)

Yo (con profunda autosatisfacción).- La industria y la economía son la columna vertebral de nuestra gran prosperidad nacional.
Tú.- Pero nosotros no hemos obtenido nada.
Yo.- Elegidme para el ministerio y aprobaré una ley para abrir cocinas populares para aquellos de entre vosotros que se merezcan mi generosidad.
Tú.- ¡Viva! ¡Viva! ¡Nuestro candidato!

(Un desfile con antorchas)
(Cae el telón lentamente)

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Solidaridad entre
los pueblos oprimidos

Otra ley contra la educación

Ciencia sin conciencia

La urgencia de la anarquía

Agresión fascista

La síntesis perfecta

 

Der Grossindustrielle

Bueno, entonces
¿qué es el anarquismo?

Evolución cero

José Grunfeld: una vida por el Ideal

El gran juego