PERIODICO ANARQUISTA
Nº 181
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Introducción

Para quienes nos hemos criado bajo la dictadura de Franco en colegios públicos, los himnos tienen una connotación negativa; hemos tenido que entonar tantos cantos falangistas que, instintivamente, rechazamos todo lo que huela a himno, y más si al cantar vemos que la gente entrelaza las manos sobre la cabeza o levanta el puño: no podemos sustraernos al recuerdo de cierta melodía fascista cantada en posición de firmes y haciendo el saludo a la romana mientras se izaban las banderas. Aparte del evidente carácter político, se encierra un fuerte sentimiento religioso en este tipo de actos.
Con todo, seguimos entonando himnos, porque nos da alegría cantar, porque sus letras nos resultan bellas, porque nos gustan sus melodías y, sobre todo, porque su mensaje nos identifica y nos sirve para propagar nuestros ideales. Además, los himnos revolucionarios nos unen; sucede entre los anarquistas españoles con canciones como Hijos del Pueblo o La Varsoviana, y lo mismo ocurriría con La Internacional si no tuviese connotaciones marxistas. ¿Pero es realmente marxista su mensaje? ¿Es privativa de los partidos socialistas y comunistas? Una lectura atenta de sus versos nos revela que La Internacional abarca a toda la humanidad en lucha contra la injusticia. Ninguno de los himnos políticos o sociales alcanza el valor expresivo del poema ni su tono combativo.
La Internacional tiene cierto predicamento en ambientes anarquistas. Por ejemplo, la versión en portugués es obra de Neno Vasco (1878-1920), anarquista que desarrolló su actividad tanto en Portugal como en Brasil. Por otro lado, en el Congreso Anarquista Internacional de Amsterdam (1907), se entonó La Internacional de forma improvisada y entusiasta cuando se aprobó la constitución de la "Internacional Anarquista". El Congreso de Carrara (1968) terminó con la interpretación de La Internacional con fanfarrias. En el de Valencia (1990), se escucharon los sones del himno por megafonía cuando los delegados se despedían tras una fructífera labor. Cantada en todos los idiomas de los asistentes, La Internacional fue el broche de oro de la clausura del XX Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores (Madrid, 1996).
Por todo ello nos ha parecido interesante publicar el trabajo escrito por el compañero Hem Day (1902-1969) sobre el origen de la canción. La idea viene de lejos: hace ahora catorce años que la tradujo Fernando Ferrer Quesada para su publicación; problemas económicos nos lo habían impedido. Se trata, pienso, de la única aproximación seria a la historia de La Internacional que, por cierto fue plagiada por una revista de Barcelona en mayo de 1977.
En cuanto a la versión española, hemos de decir que se conocen varias. La más ajustada al poema original (y, por tanto, la más libertaria) es la que reproducimos en la última página junto con la partitura; es la versión cantada sobre todo por los comunistas. Los socialistas suelen entonar una versión bastante corta y muy alejada del original. Durante la Guerra Civil circuló una desafortunada versión que exalta a la FAI como organización de vanguardia. Se publicó en catalán una versión en 1937 paralela a otra en castellano totalmente desconocida y que traduce palabra por palabra la versión catalana. Tambbién hay que decir que en los años de la Transición apareció una versión en euskera y otra en gallego. Se habla de una vieja versión en lengua balear que sería la primera que se cantó en España. Ni que decir tiene que hay una versión en esperanto, de alguna manera la más internacional de todas.
Esperamos que la publicación de este texto sirva para recuperar un canto que pertenece al conjunto de los trabajadores, de todos los explotados que se rebelan para destruir la actual sociedad injusta y construir un mundo nuevo, sin dirigentes ni dirigidos, sin explotadores ni explotados, sin representantes de inexistentes divinidades; porque seguimos luchando por esos ideales que magistralmente resume el canto de La Internacional, por la anarquía.

Alfredo G. Subir


La Internacional
Historia de una canción

I. El canto de La Internacional
La Internacional se ha transformado en un canto universal porque sus estrofas contienen la sublimidad de un profundo y delicado sentimiento humano y el amor de los pueblos que sufren.
Xavier Guillemin. (La Muse Rouge 4 - año III)

Era durante las sombrías jornadas de la ocupación nazi en Bélgica y otros países. Acabábamos de escuchar las radios de Londres y de Moscú y estábamos aún bajo el efecto de nuestra sorpresa, aunque, a decir verdad, no teníamos por qué extrañarnos por lo que pudiera acontecer dentro del complejo de una guerra tan peregrina como fue la de 1939-1945.
Poco importa... Radio Moscú había borrado de sus emisiones el canto de La Internacional, con el que daba punto final a sus informaciones extranjeras, y en su lugar nos servía un canto cuyas estrofas patrióticas no tenían nada que envidiar a los himnos nacionales monárquicos más fervientes, como el de Inglaterra, Holanda o Bélgica. También las repúblicas burguesas de Francia y América se alegraban observando aquella metamorfosis espiritual.
¿A qué clase de intereses podía obedecer el Kremlin?
Probablemente a los deseos y sentimientos expresados por los gobernantes capitalistas, consistentes en no provocar roces en el seno de sus naciones a fin de salvaguardar la unidad y consolidar el pacto de las naciones unidas en su lucha contra lo que ellas habían convenido en llamar el fascismo o el hitlerismo. Mediante esas concesiones, el Kremlin daba pruebas de su buena voluntad de adaptarse a los modales sociales de la buena educación. Pretensiones corteses que revelaban las dificultades dentro de las que chapoteaban las llamadas naciones unidas, que no reparaban en medios para galvanizar los ánimos de sus respectivas poblaciones con el fin de hacerles aceptar más fácilmente los sacrificios solicitados para el desarrollo de la guerra hasta obtener un final victorioso.
Aquella actitud dio resultados maravillosos, puesto que las notas discordantes fueron pasajeras. Por lo menos, en apariencia. Luego, cuando las hostilidades fueron cesando, cada cual se retiró hacia sus propias posiciones utilitarias y oportunistas. Una vez más la clase obrera había sido burlada por los bufones de los Estados. La Unión Sagrada, esa maldita unión, había funcionado maravillosamente, a destajo y con pleno rendimiento. De tal manera que, de la noche a la mañana, el mundo se halló en presencia de una victoria sin porvenir.
La situación era siniestra y lamentable. La guerra, espoleada con lemas grandilocuentes para matar al fascismo, no había, de ningún modo, destrozado al perverso animal. Al contrario. Rápidamente se manifestó el desengaño, cuando las masas se dieron cuenta de que el objetivo para el cual habían sido movilizadas no había sido alcanzado y el mal social se manifestaba más ufano que nunca a juzgar por el comportamiento de los mandamases. En realidad el fascismo se había enseñoreado de las naciones que se consideraban democráticas porque eran victoriosas.
Así va la Historia...
De la edición de la "Librería de propaganda socialista" del canto de La Internacional (texto y música) había sido amputada la quinta estrofa en el período de entreguerras. Y la edición de referencia es anterior a la Primera Guerra Mundial.
En aquella época, la "Librería de propaganda socialista" estaba situada en el número 60 del bulevar de Clichy, en París; la portada de la edición a que me refiero estaba ilustrada con un dibujo de Steinlein. Sobre las banderas que enarbolan los manifestantes, el dibujante había escrito: American Party of Labour, Parti Socialiste, Social Demokratie, Parti Ouvrier.
Estos son los ocho versos de la estrofa censurada en aquella edición:

Los reyes nos embriagaban con sus vanidades,
paz entre nosotros, guerra a los tiranos.
Apliquemos la huelga a los ejércitos,
¡culata al aire y rompamos filas!
Si se obstinan esos caníbales
en hacer de nosotros héroes,
pronto sabrán que nuestras balas
son para nuestros propios generales.

La cosa parece extraña. Se trata, pues, de esclarecer este misterio, al menos de intentar explicarlo a las jóvenes generaciones, que ignoran el intríngulis y la sutileza del oportunismo político.
Es también posible que los ancianos se acuerden de los hechos que vamos a relatar. Así, unos y otros estarán en condiciones de sacar la enseñanza que comporta la amputación voluntaria de esa estrofa de La Internacional.
Pero no se trata solamente de esto, puesto que nos ocuparemos de dar a conocer algunas facetas de la vida de Eugène Pottier, autor de los versos de La Internacional, y de Degeyter, autor de la música.
La Internacional se ha transformado en un canto universal. Y es útil que se explique su historia y su evolución, a fin de que "el clamor de los pueblos que sufren" no se pierda lamentablemente, transformándolo en letanías que sería agradable salmodiar los días marcados para los desfiles y las cabalgatas, cuya realidad se está desgraciadamente transformando de modo favorable para el Estado y la patronal, como sucede, de manera acentuada, en el curso de la jornada del Primero de Mayo desde que ha sido decretada como fiesta nacional en ciertos países democráticos.
Recordémoslo en el umbral de estas páginas de historia del canto de La Internacional. Volveremos sobre esa fase, que marca la esencia de la lucha obrera contra los tiranos, y que afirma también en dos palabras el espíritu antimilitarista y de rebeldía que se debe mantener en el seno de la clase obrera. De lo contrario se podría decir de La Internacional, con mucha razón, lo que Jules Vallès escribía refiriéndose a La Marsellesa: Vuestra Marsellesa actual me causa horror. Ha sido transformada en un cántico del Estado. No entusiasma a los voluntarios, dirige rebaños. No es la alarma del voluntariado, sino el ruido monótono del cencerro colgado del cuello de los bueyes.
Esta comparación es pertinente y muy realista, puesto que los enfáticos, los estadistas, los ministros, senadores y diputados, han convertido este canto de La Internacional en una canción romántica de victoria, sin esencia de rebeldía. Afortunadamente, los textos están ahí para desmentir la humillación y el insulto.

II. El autor del texto de La Internacional: Eugène Pottier

Es la lucha final:
¡Agrupémonos y, mañana,
la Internacional
será el género humano!

A Eugène Pottier debemos la poesía que se transformaría más tarde en el canto de combate de la clase obrera: La Internacional.
¿Quién era Eugène Pottier?
En su solicitud de adhesión a la logia masónica "Los Igualitarios", que había sido fundada en Nueva York por un grupo de proscritos de la Comuna de París, se leen, sobre sus orígenes, estos detalles:
Nací en París, el 4 de octubre de 1816. Mi madre era devota y mi padre bonapartista. Fui a la Escuela de los Hermanos (cristianos) hasta los diez años y a la Escuela Primaria hasta los doce. Gracias a mis lecturas de juventud pude emanciparme de ese doble atolladero sin empantanarme.
En 1832 yo era republicano; en 1840, socialista. He tomado parte más bien anónima en las revoluciones de 1848: febrero y junio.
Del golpe de Estado al 4 de septiembre, permanecí intransigente: colaborar con los asesinos del derecho es prostituirse.
En 1864, tras más de treinta años de proletariado, me asenté en mi profesión de dibujante; los dibujantes industriales no tenían ningún organismo sindical. A mi instigación fundaron uno en el que constaban quinientos miembros antes de la guerra. Ese organismo se adhirió en bloque a la Federación Internacional.
Por mi intervención en ese movimiento fui elegido miembro de la Comuna en el segundo distrito. Hasta el 28 de mayo ejercí las funciones de alcalde; después de la ocupación de la alcaldía por los versalleses, me retiré hacia el distrito undécimo.
Yo había aceptado sin reservas el programa de la revolución del 18 de marzo: autonomía de la Comuna y emancipación de los obreros.
He aquí a Eugène Pottier. Añadiré que durante ese periodo él creía haber cumplido su deber. Y se consideraba favorecido puesto que había conservado su vida y su libertad, contrariamente a tantos y tantos que habían perdido una y otra.
Antes de trasladarse a Nueva York, Eugène Pottier había pasado dos años de exilio en Londres y otros dos en Boston.
Fue en París, durante los últimos días de entusiasmo y de lucha, donde vi, en medio de las demostraciones de exaltación revolucionaria, el grandioso espectáculo de la masonería adhiriéndose a la Comuna y extendiendo sus estandartes sobre nuestras murallas maltrechas por los obuses; fue en aquellos momentos cuando juré pertenecer, un día u otro, a esa organización. Ser uno de los compañeros de esa falange laboriosa.
Me presento, pues, al taller, a la obra: ¡Empleadme!
Así pues, Eugène Pottier, que se había salvado de la muerte durante la innoble masacre de la semana sangrienta, entregará a la clase obrera ese ardiente amor que siempre había mostrado hacia los humildes. Y cantará para el pueblo denunciando los prejuicios que dividen a las naciones. Se dedicará a hacer retroceder los odios y levantar el estandarte de una rebeldía sana y justa.
Contra la trinidad opresora que yugula al hombre convirtiéndole -excesivamente a menudo- en un ser resignado, escribirá Pottier sus cantos. Con ellos despertará a los dormidos, flagelará a los embaucadores y expresará su protesta contra las religiones, el militarismo y la propiedad privada. Cantará la rebelión, denunciará a los impostores y preparará el advenimiento de un mundo mejor.
Refiriéndose a Pottier, Jules Vallès, en el Cri du Peuple (grito del pueblo) escribe:
Este es un viejo compañero, un compañero de los días luminosos de prueba. De los tiempos de la Comuna. Ha sido exiliado como Victor Hugo. También como Hugo es poeta. Poeta ignorado, perdido en la sombra.
Sus versos no se posan ni sobre las crines de los cascos ni sobre las crestas de las nubes; sus versos se quedan en la calle. En la calle pobre.
Pero yo no sé si algunos de los gritos que lanza desde la calle este Juvenal de barriada no tienen una elocuencia tan punzante, e incluso si no provocan una emoción más justa que las admirables estrofas de "Los Castigos".
Claro está que no se puede comparar a este soldado anónimo con el tambor de la epopeya; pero, en el combate, un soldado de infantería escondido tras la maleza y que ajusta bien su tiro vale más que un coronel que apunta demasiado alto.
Además, por la amplitud misma de su genio, Hugo está excesivamente por encima de las multitudes para poder hablar a todos los ámbitos de su corazón. Para eso hay que tener la voz de un hermano de trabajo y de sufrimientos.
Y el hombre de quien hablo ha trabajado y sufrido; por ello ha sabido pintar, con desgarradora simplicidad, la vida de miseria y de trabajo.
Hacia ese aspecto conviene ahora volver la mirada, del lado del gran ejército anónimo que el capital acorrala, condenándolo al hambre y a la muerte.
Dejad ahí a quienes usan cascos de acero y atraen la violencia; se les han lamido excesivamente las botas. Hablemos del taller y no del cuartel; no alabemos las bocas aún humeantes de los cañones; al contrario, acompañemos, con nuestros clamores de piedad o de cólera, a aquellos a quienes la máquina mutila, condena al hambre y aplasta. A aquellos que no pueden encontrar trabajo para ganar el pan de cada día, porque su oficio se ha perdido o porque los patronos los consideran excesivamente viejos para emplearlos cuando piden -como si fuera una limosna- el derecho a morir trabajando.
Pottier, mi viejo amigo, tú eres el Tirteo de una batalla sin rayos, una batalla que se libra dentro de los tabiques calcinados y negros de la fábrica o en las habitaciones vetustas en las que la basura provoca tantas víctimas como el plomo de los fusiles.
Continúa siendo el poeta de este mundo, el poeta que no escribe peroratas, el poeta que viste los harapos de la miseria, y abrirás a la poesía popular un nuevo canto.
Aquí está esta poesía, bajo la gorra del vagabundo que terminará sus días en el presidio, o bajo la toca honrada de la madre que ya no lleva leche en sus pechos para alimentar a su hijo. Crimen y miseria van de la mano dentro de la fatalidad social. ¡Grítale estas verdades a los felices! ¡Dispárales, como si fueran cartuchos, tus versos desolados a quienes, cansados de sufrir la injusticia y el suplicio, están dispuestos a rebelarse, porque tienen necesidad de que se les anime y merecen que se les salude mientras luchan y antes de que mueran!
Quizá sería interesante trazar algunos de los rasgos peculiares de este hombre bonachón, de mirada viva y penetrante. Copiamos de Ernest Museux el siguiente retrato:
Sus ojos negros semiescondidos bajo sus cejas denotaban, con su parpadear brillante, toda la inteligencia de su alma. Una arruga muy acentuada en la comisura de la nariz y la frente, signo de voluntad y valentía.
Su voz era suave y su sonrisa afable. A primera vista no se hubiera podido imaginar que en él había la materia de un gran poeta, enérgica y absolutamente entregada a la clase obrera. Sólo él sabía hurgar en los repliegues del corazón del pobre para hallar en él las causas de su sufrimiento. Añadid a esas cualidades varoniles una gran timidez que conservó toda su vida.
Este es el hombre. Veamos su obra.

III. Poeta de verdadera estirpe
Está muy extendida la costumbre de criticar a los libretistas y autores de canciones. Debemos confesar que, en conjunto, la mediocridad es manifiesta. Excesivamente a menudo y so pretexto de canciones, se nos ofrece una serie de estrofas cuyo valor poético es discutible. Es evidente que para algunos -en nuestro caso los copleros- puede excusarse la ligereza de composición, obligados como están a supeditar la belleza o la riqueza de sus versos a las necesidades de la actualidad y, claro está, de vez en cuando deben hacerse algunas concesiones, sin dejar, no obstante, que ellas perjudiquen con exceso el conjunto del tema.
Debemos apresurarnos a añadir que esta observación no se aplica, en ningún modo, a Eugène Pottier. Lo que no quiere decir que todo lo suyo sea perfecto. Su obra generosa es como toda la que debe su inspiración al filo de la vida, salpicada de debilidades, de algunas lagunas; pero su conjunto es testimonio del valor de un artesano orgulloso de su independencia que ha sabido relatar la vida del mundo de los trabajadores.
Se ha dicho de Pottier que ha sido la encarnación de "poeta del pueblo" y Henri Lavenel ha ensalzado al hombre que, sin saberlo, legaba ese canto de La Internacional dándole, en su libro "Canciones y copleros", el lugar más preeminente entre los poetas revolucionarios.
Refiriéndose a Pottier, Georges Pioch ha escrito lo que sigue:
Pese a todo, Pottier fue un poeta. Más y mejor que expresar el genio de una raza, ha contenido y proyectado el alma de un mundo, del más interesante: el proletariado. Él ha elaborado los sollozos, los estertores y la miseria. Es un coplero más admirable aún que el admirable Pierre Dupont. Y me llenaría de contento compararle a ese precursor que fue Copée o a ese burgués de Béranger. Pottier no se preocupa por el efecto literario. La belleza de las palabras le seduce menos que la fuerza de sus ideas. Su verbo frustrado, siempre elocuente, alcanza a menudo, bajo el impulso de la indignación, un lirismo de una vehemencia insuperable.
Él pinta la imagen. Pero esta surge, siempre potente, para intensificar la idea y no como un beneplácito o un equívoco de la sensibilidad. Las cimas de una inspiración sobria se embellecen con una forma verbosa y sonora. Los yambos valen, para la virulencia, como los de Barbier y los de Chenier.
Este homenaje rendido de un poeta, al poeta, es una perfecta aprobación de Eugène Pottier, poeta de verdadera estirpe.
Nadaud, ese coplero profesional, como escribe Jacques Chailles en "La canción popular francesa", a quien algunos reprochaban el color político de Pottier, respondió: No nos pongamos de morros porque es rojo; es el color de este hombre, y nosotros no podemos hacer nada... En 1848, cuando le conocí, era ya rojo y no ha desteñido, lo que demuestra calidad.
Feliz época aquella en la que se sabía ser tolerante con la ideología hasta el punto de reconocerle su talento y asumir los gastos de la edición de una selección de sus canciones.
Burgués, colmado de bienes y atento, Nadaud marcó el destino de las canciones de Pottier editando: "Quel est le fou?" (¿Quién es el loco?). Ese maestro en el arte de la canción que era Nadaud, había sabido descubrir todo el contenido de la obra del coplero.
En su tiempo Georges Montorgueil decía que Eugène Pottier era verdaderamente un poeta nato. Y aunque su libro, aún hoy manuscrito, no haya sido comunicado sino confidencialmente a un grupo restringido de sus amigos, ciertas páginas volaron más allá del círculo íntimo y algunos hombres célebres por su pluma y su palabra, podrían confirmar mi juicio.
Eugène Pottier compuso su primera canción en 1831; más o menos tenía 24 años.
Las ideas de libertad se agolpaban confusamente en su espíritu. ¡Viva la libertad! fue su primer canto. La revolución de febrero le dará ocasión de afirmarse en Le Peuple (el pueblo):

Cuando caía la lluvia fina y un manto de hielo
parecía pesar sobre todo París,
los pies dentro del fango y la metralla enfrente...

Como podemos observar, en esta composición hay algo que anuncia a alguien. Ese alguien unirá el pensamiento y la acción y tomará parte en el fuego de las barricadas.
Poeta y ciudadano de Francia, en los palacios de tiranos, con su delgada mano, ha grabado estas palabras: ¡Vivir libre o morir!
Eugène Pottier canta: Los árboles de la libertad, Tengo hambre, El niño olvidado, La muerte del Globo, Los bebedores de sangre van a nacer.
Frecuenta un cenáculo de la canción donde se reúnen Gustave Mathieu, Pierre Dupont, Gustave Nadaud. Este último, tras haber oído una tarde cantar a Pottier una de sus obras, profundamente emocionado al observar la dignidad y la vehemencia de sus canciones revolucionarias, sin sentirse atraído de ningún modo por la ideología, decía: Me apasioné por el talento de este hombre que se revelaba súbitamente.
Pierre Dupont, aquella misma tarde respondió a Nadaud, que le pedía su opinión: Es uno que nos supera a los dos.
Así se precisa el valor de la obra de Eugène Pottier.
Un día que sus amigos se habían presentado en su casa para ofrecerle ayuda y asistencia, sin el menor titubeo, el poeta indigente les dijo: ¡Que se publiquen mis obras y que me muera de hambre!
Así nació "Quel est le fou?", la primera canción que abre la selección databa de 1849. Estamos en 1884.
Tres años después, bajo la responsabilidad de sus antiguos compañeros de la Comuna de París, se publicó su libro "Cantos revolucionarios". Henri Rochefort escribió el prefacio, del que extraigo estas líneas: El poeta, digámoslo, el gran poeta del que vais a leer las canciones, no ha tenido nunca necesidad de defenderse, puesto que jamás ha sido atacado. Y el famoso libelista confiesa que él ignoraba a Eugène Pottier a quien, sus amigos, antiguos compañeros de exilio, exaltaban como un admirable coplero de una grandiosidad y de una pureza de estilo, que en vano podría salir de los frascos de horchata que Béranger ha servido durante veinticinco años a sus contemporáneos.
Rochefort conoce ahora a Pottier y se retracta honorablemente ante ese escritor de estirpe, recordando con líneas de singular grandeza de espíritu, las desilusiones, contrariedades y desengaños:
Para Pottier, toda su vida ha transcurrido en la espera de una reparación que todos nosotros le debemos y que, por mi parte, tan culpable como los otros, le presento con toda sinceridad.

IV. Querella de clanes
En el Gran Diccionario Socialista de Morel, que fue editado después de la Primera Guerra Mundial, en el vocablo La Internacional hallamos las siguientes líneas: Canto oficial de los socialistas cuyo texto es de Eugène Pottier y la música de Adolphe de Greyter, compuesto en 1871. La Internacional fue editada en 1894.
Estábamos entonces a varios años de distancia de aquella paz indecente que fue el Tratado de Versalles. Diseminados por todas partes había algunos socialistas, antiguos miembros de los gobiernos democráticos. Unos ocupaban, o habían ocupado, el Ministerio de la Defensa Nacional.
La cosa es por lo menos inquietante, lo que nos autoriza a hacer un análisis. Por otra parte, no se debe ignorar que la edición de 1894 fue perseguida por las autoridades judiciales y el editor condenado por el "delito" de provocación a la deserción, a la desobediencia y al homicidio en el seno del ejército.
No obstante, Morel no tenía motivo para temer parecida persecución. Puesto en un diccionario, el texto enteramente reproducido no podía ser perseguido. No ha habido, en suma, por su parte, nada más que pusilanimidad, cosa imperdonable para alguien que pretende fijar, en las páginas de un diccionario, la historia y los hechos del movimiento político-económico nacional e internacional del socialismo. Se trata de un verdadero abuso de confianza, una mentira que ponen en duda la ciencia, la sinceridad y los conocimientos de quien toma semejante responsabilidad. El punto de vista de Morel es proverbial y muchos artículos y estudios del Gran Diccionario Socialista son muy controvertidos, tanto desde el punto de vista histórico como del verídico.
Pero lo que no está exento de miga, son las reflexiones que publicaba el diario Le Peuple, de Bruselas, órgano del Partido Socialista Belga, en su número del 1 de mayo de 1948.
Poniendo de relieve el "canto" que Le Drapeau Rouge (la bandera roja), órgano central del Partido Comunista de Bélgica, había publicado el 30 de abril, víspera del 1 de mayo de 1948, con la intención de que La Internacional brotara de los miles de pechos entusiastas que desfilarían detrás de los altivos y rojos estandartes obreros, restallando al viento, el gacetillero del diario Le Peuple, escribía: Para el 1 de mayo los estalinistas depuran La Internacional. Ironizando en torno a esa Internacional depurada se exclamaba: ¡Oh, democracia! ¡Oh, resistentes! (al nazismo). Y púdicamente ese periodista añade que Le Drapeau Rouge ha censurado la siguiente estrofa:

Si se obstinan esos caníbales
en hacer de nosotros héroes,
pronto sabrán que nuestras balas
son para nuestros propios generales.

Para el gacetillero de Le Peuple esa supresión obedecería, sin duda, al hecho de que los comunistas estalinistas no desean atacar a los generales, supuesto que resulta embarazoso para un partido que utiliza los fusiles para imponer a los obreros de Europa un régimen que no es menos brutal ni menos criminal que el régimen hitleriano. Por esto borraban para los obreros las rudas palabras de la quinta estrofa de La Internacional, y añadía: Mañana se les dirá que no deben cantar para nada ese himno. En fin, el periodista de Le Peuple termina así su escrito:
Como en la URSS precisamente, donde la vieja Internacional ha sido suprimida por decreto y reemplazada por un himno nacional cargado de odioso chovinismo.
Pero que los estalinistas belgas hayan aceptado esa censura es un ejemplo que muestra hasta dónde llega el servilismo hacia sus amos, los dictadores del Kremlin. Esto prueba también cuánta razón llevamos al afirmar que no tenemos nada en común con ellos.
Es posible que el periodista en cuestión tenga la excusa de la ignorancia de la "juventud", lo que le autoriza con su desconcertante ingenuidad a emprenderla contra sus hermanos comunistas estalinistas.
Pero estamos obligados a aconsejarle que, antes de lanzarse a una polémica, consulte el Gran Diccionario Socialista del famoso Morel. Antes de escribir, mojad siete veces la pluma en el tintero a fin de evitar muchas meteduras de pata, porque hace tiempo infinito que ellos, los socialistas, han suprimido la citada estrofa del conjunto de La Internacional.
Ahora bien, puesto que se esconde a los obreros determinadas "palabras rudas" de La Internacional; puesto que para los proletarios, los partidos socialistas y comunistas deforman la verdad y no titubean en profanar los textos según sus conveniencias, no estará de más que analicemos el contenido de La Internacional, a fin de restituirle, a los ojos de los trabajadores, su verdadero significado, que fue el que Eugène Pottier le imprimió cuando compuso el canto, situándolo dentro de su ambiente.
Fernand Després en un artículo publicado en el diario L'Humanité del 7 de mayo de 1923 bajo el título "Eugène Pottier y La Internacional", escribe: En medio del París en ruinas se extendía la pestilencia de los cadáveres. La soldadesca buscaba nuevas víctimas. Los miembros de la Comuna que habían podido escapar a la masacre se veían obligados a huir o esconderse, infestada como estaba la ciudad de delatores y sicarios.
Por aquellos trágicos días, acorralado como tantos y tantos otros vencidos de un gran conflicto social, Eugène escribió, en aquella hora dolorosa, su inmortal Internacional.

V. Texto íntegro comentado de La Internacional
Eugène Pottier escribe en París los versos de este canto durante el mes de junio de 1871, inmediatamente después de la represión salvaje que ilustrará la derrota de la Comuna, mientras procuraba sustraerse a los consejos de guerra versalleses.
Pero tuvo que esperar hasta fines de 1887 para que La Internacional fuera publicada en una selección de cantos revolucionarios para la que Rochefort escribió un prefacio.
Entre estas dos fechas, Pottier había regresado a Francia tras el armisticio de 1879. Si entonces no se adhiere a ninguna de las organizaciones socialistas constituidas es porque le parece difícil escoger. Por simpatía se halla atraído por Guesde y el Partido Obrero; no obstante no deja de colaborar en Le Socialiste, que era entonces el semanario central del Partido Obrero Francés.
Eugène Pottier muere el 6 de noviembre de 1887. Los funerales que París le reservó fueron grandiosos. Diez mil personas y centenares de banderas desfilaron tras la carroza fúnebre. Al llegar al cementerio, se pronuncian una avalancha de discursos, entre los que sobresalen los de Eugène Fournière, Edouard Vaillant y Louise Michel.
No hay duda de que puede hacerse cierta crítica sobre el valor literario de La Internacional. En todo caso esta poesía no es la mejor de las canciones de Pottier, pero esto no debe preocuparnos. Lo que no se puede discutir es la característica que presenta La Internacional desde el punto de vista de la propaganda. Por ello no se trata de elogiar este canto ignorando el valor del texto que se canta. Es indispensable compenetrarse, comprender su alcance y entonces afirmarlo como un canto de rebeldía, de reivindicaciones y de esperanza.
La Internacional es un poema que expresa, en seis estrofas, los conceptos esenciales del mundo socialista. Amputarlo, cambiar el texto, es cometer una granujada sin nombre hacia su autor y hacia la idea que representa en estas estrofas, en las que Eugène Pottier ha condensado lo mejor de su ideal de socialista y de rebelde.
He aquí, en primer lugar, la llamada a la acción. La clase obrera debe tomar conciencia de su fuerza y obrar en consecuencia.

En pie los condenados de la tierra,
en pie los esclavos sin pan.
La razón resuena en su cráter,
es la erupción final.
Prescindamos del pasado:
multitud esclava, en pie, en pie,
el mundo va a cambiar de base,
no somos nada, seámoslo todo.

Eugène Pottier es un veterano de la Comuna. No ignora que, ya entonces, las bellas ideas y asociaciones son utilizadas por los arribistas que procuran servirse del dinamismo de la clase obrera para fines dudosos y para desviarla de los verdaderos caminos de liberación.

No hay salvadores supremos,
ni Dios, ni César, ni Tribuno,
productores, salvémonos nosotros mismos,
decretemos la salvación común.
Para que el ladrón devuelva lo robado,
para acabar con la idea de sumisión,
soplemos nosotros mismos la fragua,
golpeemos el hierro mientras está caliente.

Error voluntario o no, La Internacional publicada ese 1 de mayo de 1948 por el Partido Comunista de Bélgica llevaba ni Rey... en lugar de ni Dios.
¿Es que en esa circunstancia se ponía en juego el oportunismo político?
Se sabe que en aquella época, la cuestión real preocupaba en Bélgica. Se trataba de juzgar el comportamiento del rey Leopoldo III con el invasor, y su actitud provocaba mucho rechazo en los medios socialistas y comunistas e inclusive en los liberales. Por otra parte no convenía menospreciar la clientela electoral católica; y el ni Dios podía dificultar la recogida de papeletas de los clericales y creyentes. En consecuencia era conveniente ser sagaces y no equivocarse de actitud. La trinidad contenía un significado simbólico que Eugène Pottier había sintetizado en esa estrofa: Ni Dios, ni César, ni Tribuno, la esencia de las manifestaciones autoritarias que los productores debían combatir para su propia salvación.
Dios representaba la religión, César personificaba el gobierno, mientras que el Tribuno representaba la política.
Encuadrado con estas estrofas:

No hay salvadores supremos,
productores, salvémonos nosotros mismos.

No había posibilidad de confusión.
Esta trinidad: Dios, César, Tribuno era, en la época en que Pottier compuso su Internacional, el hilo conductor de todo lo que contenía el "programa" reivindicativo de las luchas para la liberación del género humano, esclavo del mundo capitalista cuya autoridad reposaba sobre la religión, el gobierno o el Estado y la política, que servían de lacayos vendidos en cuerpo y alma al régimen inicuo, que toleraba y justificaba la explotación del hombre por el hombre.
De entre sus obras inéditas extraemos, de una poesía titulada Simples consejos, su segunda estrofa que dice así:

En el Estado, el poder se funda
sobre fechorías y crímenes.
¿Debemos hacer un nuevo mundo?
¡Hagámoslo!

Como podemos ver, también en estos cuatro versos Pottier acusa al Estado; el Estado que, en el Senado francés, el 17 de noviembre de 1903, Georges Clemenceau denunciaba declarando: El Estado tiene una larga historia, toda ella de crímenes y de sangre. Todos los crímenes que el mundo registra, las masacres, las guerras, los perjurios, las hogueras, las torturas, todo ha sido justificado por el interés del Estado, por la razón de Estado. El Estado tiene una larga historia: es toda ella sangrienta.

Además, en su crítica al Estado, Eugène Portier no precisaba a qué categoría de Estado hacía alusión.
Cuánta razón tenía y cuán exacta fue su previsión, puesto que La Internacional sigue siendo la verdad eterna frente al Estado, sea cual sea la estructura que se le quiera dar para acomodarse con la política.

El Estado reprime y la ley engaña,
el impuesto sangra al desgraciado.
Ningún deber se impone al rico,
el derecho del pobre es una palabra vacía.
Basta ya de languidecer tutelados,
la igualdad quiere otra ley:
¡Ni derechos sin deberes
ni deberes sin derechos!

Denunciando la explotación del régimen capitalista, Pottier resume, en seis estrofas, la economía inhumana que defrauda al trabajador en su labor.

Repelentes en su apoteosis
los reyes de la mina y el rail
¿Han hecho jamás otra cosa
que desvalijar el trabajo?
En la caja de caudales de la banca
lo que (el obrero) ha creado se ha fundido.

Pero Pottier afirmará en los dos versos que terminan esta estrofa la "legalidad" de la "recuperación" por los trabajadores de todo cuanto les ha sido arrebatado. Es, en cierto modo y con pocas palabras, la legitimidad de la expropiación por la revolución.

Decretando que se le devuelva,
el pueblo no pide más que lo que se le debe.

Y llegamos a esa famosa estrofa que ha sido prometedora para nuestros socialistas y para los comunistas, encenagados dentro del parlamentarismo, la dictadura y todos los compromisos que implica la política reformista, que no es "ni chicha ni limonada" sino solamente defensa de los intereses personales, de clan o de partido.
La proclamación del internacionalismo ha sido aplazada, sirviéndose los interesados en desplazarla de mil y un supuestos, todos engañosos, con reservas que implicaban esas colaboraciones nacionalistas y fantasiosas del socialismo o del comunismo nacionales.
El odio a la guerra se ha transformado sensiblemente y con mucha precaución en un murmullo. Pese a algunas imprecaciones contra el dios Marte, las resoluciones valientes hubieran podido poner punto final a las masacres. Pero todo ha sido abandonado. La huelga de los ejércitos y la culata al aire se han adaptado para combatir en defensa de los regímenes capitalistas que adornaban las guerras con la belleza de las palabras: ¡libertad, justicia, civilización!

Los reyes nos embriagan con sus vanidades,
paz entre nosotros, guerra a los tiranos.
Apliquemos la huelga a los ejércitos,
¡culata al aire y rompamos filas!

Al menos, la cosa era clara. A fuerza de clamarlas, estas palabras habrían podido convertirse en realidad. ¿Por qué frenar el impulso espontáneo de las masas movidas por la subversión provocada por esos versos? Sí, ¿por qué? ¿El miedo a las responsabilidades? Quizá. Pero ¿no debían acaso exigirse garantías para participar en los gobiernos de esas sociedades anónimas civilizadas y ordenadas?

Si se obstinan esos caníbales
en hacer de nosotros héroes,
pronto sabrán que nuestras balas
son para nuestros propios generales.

¿Por qué fue frenado el impulso de esa juventud antimilitarista por los mayores que aceptaban su sacrificio, rehusando ellos a sacrificar, por poco que fuera, su tranquilidad?
En fin, Pottier afirma en su poema la esperanza de la cercana liberación de los trabajadores. Sus esfuerzos conjugados pondrán fuera de combate a los explotadores de la tierra para hacer reinar en ella la paz y la fraternidad.

Obreros, campesinos, nosotros somos
el gran partido de los trabajadores.
La tierra pertenece a quienes la trabajan,
el holgazán irá a vivir fuera.
¿Cuántos son los que con nuestra carne se hartan?
Pero si los cuervos y los buitres
uno de estos días desaparecen,
el sol seguirá brillando.

Y tras cada estrofa, Eugenio Pottier había encontrado para el estribillo versos lacónicos, llenos de fervor, entereza y brío:

Es la lucha final:
¡Agrupémonos y, mañana,
la Internacional
será el género humano!

Es necesario haber oído cantar este estribillo repetido por miles de voces para darse cuenta del dinamismo que comporta. Pero es necesario que quienes lo cantan hayan comprendido su significado y, habiéndolo comprendido, deseen sinceramente realizar esas aspiraciones.
Desgraciadamente, después de más de 75 años, debemos constatar que los deseos expresados por Eugène Pottier en su poema La Internacional están lejos de realizarse.
Traicionado, deformado por un ejército de saltimbanquis de la política, de arribistas y falsos hermanos, el pensamiento expresado en su canto se ha ido a pique. Para muchos es un canto de recuerdos que se saca a relucir los días de fiesta oficial o de recepciones obreras, y sus cantantes la entonan sin fe ni esperanza, sin conciencia ni convicción. Pocos son los que continúan dándole su sentido verdadero y profundo de himno soberbio que, al mismo tiempo que los rencores, encierra todas las aspiraciones de los desheredados, y hace de Eugène Pottier el poeta revolucionario por excelencia.

VI. El autor de la música de La Internacional ¿Pierre o Adolphe?
La canción pertenece sobre todo al pueblo. Es en los corazones y en el alma de los trabajadores, de las multitudes más o menos maltrechas y oprimidas de los campos y de las ciudades, donde se hallan los acentos más briosos y más bellos. Al parecer los sufrimientos y las aspiraciones de las masas se expresan sobre todo en los gritos de música o en esas breves y melodiosas quejas que son las canciones. En el tesoro artístico no existe nada más precioso que el conjunto de los cantos de rebeldía, de resignación, de dolor o de ternura, nacidos espontáneamente, según parece, del seno de la multitud.
Henri Barbusse (carta a La Muse Rouge).

El canto de La Internacional fue interpretado por primera vez el 8 de julio de 1888. Eugène Pottier, su autor, muerto el 6 de noviembre de 1887, jamás oyó cantar su poema. Este hecho, tan extraordinario como extraño, merecía ser señalado. Hay que saber que Pottier publicó sus canciones en dos selecciones. La primera fue editada en 1884 bajo el título: "Quel est le Fou?" (¿Quién es el loco?). El segundo libro está fechado en 1887, se titulaba "Cantos revolucionarios" y fue prologado por Henri Rochefort. De aquel prefacio extraemos las siguientes líneas: Leamos estas pocas estrofas del primer fragmento, Juan Miseria. ¿No es acaso profundo como Lammenais y colorido como Ribeira? Juzgad los versos primero y último:

Demacrado, vestido con harapos,
loco de fiebre, en un callejón sin salida
está Juan Miseria, desazonado.
Dolor -dice- ¿no estás cansado?
¡Ah! Pero...
Esto jamás acabará...
En el depósito de cadáveres, donde yace tu cuerpo
y todos los días, losas de piedra,
exponéis nuevos muertos.
Los rehenes de una miseria.
¡Ah! Pero...
Esto jamás acabará...

Y Henri Rochefor escribe: Tras las masacres de 1871, el viejo combatiente ha respirado la pólvora y toda la sangre derramada le ha subido a la garganta. Los versalleses pueden estar tranquilos. Su memoria no morirá. Ellos han hallado su Juvenal...
En París y en junio de 1871, Pottier compuso La Internacional y la dedicó a su compañero de la Comuna, el ciudadano Gustave Lefrançais.
Este canto, perdido entre muchos otros reunidos en un volumen olvidado, "Cantos revolucionarios", al que ni siquiera se alude en los artículos consagrados a su autor en ocasión de su muerte, ¿cómo es posible que pudiera salir un día de la oscuridad y hacerse tan famoso?
En enero de 1888, P. Argyriadès, muy conocido por sus almanaques, publicaba un folleto de 24 páginas, dedicado precisamente a Pottier, en el cual tampoco cita La Internacional entre la cantidad de poemas a los que se refiere.
El caso es que la poesía de La Internacional existía desde hacía ya 17 años, cuando un miembro de la coral La Lyre des Travailleurs (la lira de los trabajadores) adaptó a los textos de Pottier un motivo musical muy brioso.
La Lyre des Travailleurs se había organizado en el seno de la sección de la ciudad de Lila del Partido Obrero. Dejemos que Alexandre Zévaes nos la describa:
Esta coral se reunía en una pequeña taberna, El Café de la Libertad, situada en la calle de la Vignette y propiedad del compañero socialista Gondin. Se canta "El Leñador de la Hoguera", "El Forjador de la Paz" y los himnos más o menos democráticos de la época.
Los que han vivido en esas regiones saben lo que representan esas corales, apoyadas a menudo por algunos mecenas melómanos. La música es muy estimada, los ensayos animados y la pasión viva. Y con la innegable buena voluntad que demuestran y los conocimientos que adquieren se producen milagros. Algunas de esas corales han obtenido una reputación considerable. ¿No son acaso ellas las que han dado al mundo teatral algunos tenores, barítonos y bajos de reputación mundial?
En cuanto a La Lyre des Travailleurs, G. Delory, uno de sus organizadores que más tarde sería alcalde de Lila, interesado en que la coral interpretara algunos cantos más conformes con la propaganda socialista y habiendo conocido los "Cantos revolucionarios" de Pottier recién editados, se sintió atraído por un canto que se titulaba La Internacional.
Y tuvo la idea de hacer componer una música que se adaptara al texto. Para ello se dirigió a Degeyter, uno de los miembros de La Lyre des Travailleurs que tenía reputación de compositor. Le confió los textos de Pottier, le indicó muy especialmente el canto que le interesaba y le pidió que hiciera algo de ritmo vivo, arrebatador.
Tras un ensayo de la coral y en posesión de los versos de Pottier, Degeyter se pone a trabajar. Inmediatamente se siente literalmente entusiasmado por las palabras que componen el texto en cuestión. Los versos de La Internacional le inspiran y las notas y frases musicales brotan rápidamente unas tras otras.
Degeyter es músico. Músico militante obrero, de profesión montador en los talleres de Lives-Lille. En los cursos nocturnos del Conservatorio de Lila había aprendido ese difícil arte de la armonía. Tocaba varios instrumentos y era compositor aficionado. Tenía cuarenta años cuando, con la ayuda de un simple armonio, escribió la música de La Internacional, cuyo borrador llevó consigo al taller, donde habló con sus amigos, entre ellos Thoilliez. Hace ligeras modificaciones y poco después, La Lyre des Travailleurs se pone a aprender La Internacional.
A fines de julio de 1888, la Cámara Sindical de los Vendedores de Periódicos organiza una fiesta, en la que participa La Lyre des Travailleurs. En el programa está incluida La Internacional, que se cantó por primera vez en público. Pero La Internacional no va más allá de la región. Se propaga en Tourcoing, Armentiéres, Roubaix e incluso en Gante, pero continúa siendo ignorada más allá de las dos fronteras.
De la primera edición del canto de La Internacional se imprimieron 6.000 ejemplares. En esa edición el apellido del autor de la música no va precedido del nombre a fin de evitar las susceptibilidades de Pierre Degeyter, hermano del presunto compositor. Esto exige las debidas aclaraciones.
Se había producido una querella entre los dos hermanos, Adolphe y Pierre, para saber quién era el autor de la música de La Internacional.
En 1903, Pierre Degeyter visitó a J. B. Clément, quien había impreso una edición de La Internacional, en la que figuraba el nombre de Adolphe sobre la cubierta, y le llevaba el manuscrito auténtico de la música que había sido utilizado para la edición original de 1888. Más tarde se reparó el error.
No obstante, dos hombres se disputaron la gloria de haber compuesto esa música. Los procesos y las controversias no lograron probar quién de los dos fue el autor; históricamente hablando, es Pierre Degeyter.
La atribución no parece que fuera refutada cuando, en diciembre de 1903, Louis Lumet publicaba una biografía de Pierre Degeyter en La Petite Repúblique (la pequeña república), ni tampoco en las fiestas del POB (Partido Obrero Belga), a las que Pierre Degeyter había sido invitado.
Entonces quién ¿Pierre o Adolphe?
Ambos eran amantes de la música. La cuestión de los derechos de autor debía hacer surgir la rivalidad entre los dos hermanos. De 1904 a 1922 siguió una serie ininterrumpida de largas peripecias ante los tribunales, siendo cada uno por turno vencedor según las encuestas y contraencuestas. El 1914, el Tribunal del Sena zanjó el debate a favor de Adolphe. ¿Apeló Pierre ante el tribunal? Se declaró la guerra de 1914. Una orden del 23 de noviembre de 1922 proclamó a Pierre Degeyter autor de la música de La Internacional.
¿Qué sucedió?
Se sabe que Louis Bergot, un ciudadano de Lila de pura cepa, atestiguaba que, a requerimiento de Delory, él mismo fue al encuentro de Adolphe Degeyter y no al de su hermano Pierre para pedirle que compusiera la música del canto revolucionario. Pero esta versión parece un poco contraria a la que nos ofrece la historia según ciertos biógrafos.
Pero resulta que la revista: Vu (visto) reproducía el facsímil de una carta escrita por Adolphe antes de suicidarse en 1916. Presentamos la carta respetando la ortografía en todos sus puntos:

Lila, 26 de abril de 1915
Querido hermano en la terrible tormenta que atravesamos no sabiendo como esto acabará yo Remito a tu Cuñado Dubart esta carta de declaración que habría hecho yo mismo si debía acudir a Paris en el momento de tu llamada.
Hela aquí
yo no he jamás hecho la Música aún menos la internacional si he firmado una hoja ha sido preparada por Delory que ha venido a buscarme en el taller como tu sabes yo trabajar Para la ciudad y delory siendo Alcalde yo no osé Rehusarle nada. Por temor de ser Despedido y como tu habías dicho que habías firmado la Música de la internacional de Degeyter si eso podeis servirnos a alguna cosa que fuera a nosotros, yo no he creído hacer tanto mal firmando ese Papel y aún él no me ha dicho para qué hacer.
Si yo te escribo es porque no se sabe lo que puede llegar no me quieras mal por esto si yo podía te lo remitiría yo mismo y seria Muy feliz
Aphe Degeyter

En 1922 esta carta provocó el cambio de situación jurídica a favor de Pierre; pero ¿se sabrá un día la verdad?
En 1921, en el momento de la escisión de la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO), Pedro Degeyter se adhirió al Partido Comunista y en 1927 asistía a las fiestas del X aniversario de la Revolución Rusa.
A partir de 1894, el secretario de la alcaldía, Armand Goselin, antiguo maestro de escuela, publicó una edición popular de La Internacional; a consecuencia de esa edición fue perseguido y acusado de provocación al asesinato por causa del texto de la quinta estrofa.
El 11 de agosto de 1894, presentado ante la audiencia de Douai, nuestro editor aficionado es condenado a un año de prisión y cien francos de multa.
Pese a todo, ese proceso pasó desapercibido; Jules Guesde, en ocasión de una conferencia que dio en Calais, recordó el hecho, porque una colecta organizada a favor de Goselin suscitó un nuevo requerimiento de información.
Le Socialiste del 8 de septiembre de 1894, hace referencia a la explicación de Guesde en la que se dice que la estrofa incriminada, habiendo sido escrita bajo el régimen del Imperio, se refería a los ejércitos de los déspotas y, a través de esa condena, la justicia burguesa se solidarizaba con los traidores y las leyes de los conjurados de los que habla La Marsellesa.
Refiriéndose al caso citado, Zévaes observa que Guesde comete una ligera inexactitud, puesto que La Internacional es posterior a la guerra y a la proclamación de la República.
El 14 de septiembre de 1894, en el XII Congreso Nacional del Partido Obrero, se evoca de nuevo la condena de Goselin y se emite un voto de protesta en favor de las víctimas de la reacción, pero no se menciona La Internacional. Se habla solamente de un canto revolucionario.
Zévaes hace notar que en el estudio dedicado por Henry Pécry a la obra de Pottier, publicado por el periódico La Jeunesse Socialiste (la juventud socialista) en mayo de 1895, tampoco aparece ninguna referencia a La Internacional.
Es en el XIV Congreso Nacional del Partido Obrero Francés, celebrado el 20 de julio de 1896, donde La Internacional inicia su expansión.
A ese Congreso asistieron delegados alemanes, austríacos, españoles y rumanos. Los reaccionarios de Lila movilizaron a sus partidarios y el Partido Obrero expuso, sobre los muros de la ciudad, un cartel conteniendo un llamamiento a la clase obrera para que acudiera al Congreso para saludar a "los hermanos del exterior". El 23 de julio, a las 21 horas, el cortejo formado por los congresistas se dirige hacia el palacio Rameau. Se produce una colisión entre nacionalistas y socialistas. Los primeros cantan La Marsellesa y los otros La Internacional. Se arma un jaleo fenomenal y, después, Le Réveil du Nord (el despertar del norte) comenta: el pueblo obrero sale triunfante y derrota a la reacción de Lila. Y La Internacional ha sido, en gran parte, el factor determinante de la victoria. A partir de entonces el canto se divulga en Francia. Los obreros lo aprenden de memoria y cantan a menudo sus estrofas. El ritmo es atractivo, los versos de Pottier y la música de Degeyter conquistan los corazones y las almas del pueblo. A partir de aquel día La Internacional se impuso en las reuniones obreras.
A primeros de diciembre de 1899, en el Gimnasio Japy, de París, se reúne el Congreso Socialista Francés. En el momento de su clausura, Henri Ghesquiére, delegado del Norte, sube a la tribuna, entona La Internacional y la sala en coro le acompaña.
El Partido Obrero Francés adopta La Internacional. No obstante, en los congresos internacionales predomina siempre La Marsellesa. En el Congreso de Bruselas del 23 de agosto de 1891, Jean Volders hace cantar aún La Marsellesa como himno revolucionario y hasta el Congreso de Copenhague, en 1910, no entonan los delegados franceses La Internacional, coreada por todo el Congreso.
Pero el himno revolucionario aún no ha obtenido la aprobación unánime. Ciertas secciones son reticentes. El espíritu de la Revolución Francesa predomina aún en ciertos núcleos socialistas. Los franceses saben de las acciones de la Tercera República y prefieren abstenerse de mantener una leyenda que solamente puede perjudicar el espíritu de rebeldía que debe animar a la clase obrera. Los que no tardarían en traicionar al pueblo son más bien partidarios de La Marsellesa.
En octubre de 1917 triunfa la Revolución Rusa. Los bolcheviques se apoderan del poder y rechazan el Dios salve al Zar junto con los símbolos y atributos del antiguo régimen. La Internacional se se convierte en himno oficial de la Unión Soviética. Pero la historia no se para ahí.
La Segunda Guerra Mundial enfrenta a los fascistas y a los nazis contra los demócratas (?). La URSS se alía con los Estados democráticos y plutocráticos. Pero se impone la necesidad de evitar herir la susceptibilidad de los nuevos amigos y aliados. En consecuencia, Radio Moscú cesa de emitir el himno La Internacional al final de sus emisiones como era habitual. Pero se va más lejos. Se compone un nuevo himno nacional soviético (Himno del Soviet). Un nuevo himno que salva las apariencias. Y el 1 de mayo de 1948, Le Peuple de Bruselas publica el siguiente comunicado:
Nuevo canto militar en la URSS. El primer premio del mejor canto militar acaba de ser atribuido al compositor Kruchinin, que ha compuesto una música marcial adaptada a los versos de Borodovski. Los dos laureados recibirán 15.000 rublos.
El patriotismo desborda en el nuevo himno, cuyo estribillo es la frase: Nosotros estamos dispuestos a combatir bajo el mando de Stalin.
Antes los rusos cantaban Dios salve al Zar. Verdaderamente no vale la pena cambiar de gobierno.
(Nota: El texto de Hem Day resulta confuso en los párrafos anteriores; se está refiriendo a una canción militar y no al Himno del Soviet, que sustituyó a La Internacional como himno oficial soviético en plena guerra mundial, y que había sido compuesto por Alexander Vasiliovich Alexandrov con letra de Sergei Mijalkov.)
Así pues, el canto universal del socialismo ha dado la vuelta al mundo. No han faltado quienes han querido adaptarlo a sus finalidades políticas, estatales; pero es excesivamente comprometedor para servir los designios de los enterradores de las revoluciones. Cada vez que se le ha querido utilizar con fines inconfesables, se ha erguido contra las estúpidas pretensiones de los renegados. Ha roto las amarras que pretendían aniquilar su dinamismo. La Internacional se alejó de los impostores y sabrá siempre reportar decepciones a todos los que sólo se atreven a canturrear las palabras de Pottier, rebosantes de constante rebeldía. Y como una llamada a la conciencia de los viles, los demagogos y los renegados, la estrofa de la que se quieren desprender resurge, más briosa que nunca, y mientras se preparan para lanzar el mundo obrero dentro la vorágine de nuevas carnicerías, estos versos brotan llenos de rebeldía:

Los reyes nos embriagaban con sus vanidades,
paz entre nosotros, guerra a los tiranos.
Apliquemos la huelga a los ejércitos,
¡culata al aire y rompamos filas!
Si se obstinan esos caníbales
en hacer de nosotros héroes,
pronto sabrán que nuestras balas
son para nuestros propios generales.

Palabras sobre las que conviene meditar, unos y otros, y no olvidar su verdadero significado.
Pero mañana, ¿qué cantarán los ejércitos de los países de la URSS y de China, si se degüellan mutuamente en nombre de los prestigios y de las dictaduras de los Estados totalitarios? Vivir para ver.

Hem Day subir


La Internacional
(Texto íntegro del poema original en lengua francesa)

C'est la lutte finale:
Groupons-nous, et demain,
l'Internationale
sera la genre humain!

Debout les damnés de la terre.
Debout les forçats de la faim.
La raison tonne en son cratère,
c'est l'éruption de la fin.
Du passé faisons table rase:
Foule, esclave, debout, debout.
Le monde va changer de base;
nous ne sommes rien, soyons tout.

Il n'est pas de sauveurs suprêmes:
Ni Dieu, ni César, ni Tribun,
producteurs, sauvons-nous nous-mêmes,
décrétons le salut commun.
Pour que le voleur rende gorge,
pour tirer l'esprit du cachot,
soufflons nous-mêmes notre forge,
battons le fer quand il est chaud.

L'Etat comprime et la loi triche,
l'impôt saigne le malheureux.
Nul devoir s´impose au riche,
le droit du pauvre est un mot creux.
C'est assez languir en tutelle,
l'égalité veut d'autres lois:
Pas de droits sans devoirs, dit-elle,
égaux, pas de devoirs sans droits!

Hideux dans leur apothéose,
les rois de la mine et du rail
ont-ils jamais fait autre chose
que dévaliser le travail?
Dans les coffres-forts de la banque
ce qu'il a créé s'est fondu.
En décrétant qu'on le lui rende
le peuple ne veut que son dû.

Les rois nous soûlent de fumées,
paix entre nous, guerre aux tyrans.
Appliquons la grève aux armées,
crosse en l'air et rompons les rangs!
S'ils s'obstinent, ces cannibales
a faire de nous des héros,
ils sauront bientôt que nos balles
son pour nos propes généraux.

Ouvriers, paysans, nous sommes
le grand parti des travailleurs.
La terre n'appartient qu'aux hommes,
l'oisif ira loger ailleurs.
Combien de nos chairs se repaissent?
Mais, si les corbeaux, les vautours
un de ces matins disparaissent,
le soleil brillera toujours.

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La Internacional

Música de Pierre Degeyter

Letra (en francés) de Eugène Pottier

Arriba, parias de la tierra,
en pie, famélica legión.
Atruena la razón en marcha,
es el fin de la opresión.
Del pasado hay que hacer añicos,
legión esclava, en pie, a vencer.
El mundo va a cambiar de base,
los nada de hoy todo han de ser.

Agrupémonos todos
en la lucha final.
¡El género humano
es la Internacional! (bis)

Ni en dioses, reyes ni tribunos,
está el supremo salvador,
nosotros mismos realicemos
el esfuerzo redentor.
Para hacer que el tirano caiga
y al mundo siervo libertar,
soplemos la potente fragua
que al hombre libre ha de forjar.

Agrupémonos todos...

La ley nos burla y el Estado
oprime y sangra al productor,
nos da derechos irrisorios,
no hay deberes del señor.
Basta ya de tutela odiosa,
que la igualdad ley ha de ser.
No más deberes sin derechos,
ningún derecho sin deber.

Agrupémonos todos...

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Número monográfico:

Introducción

La Internacional
Historia de una canción

La Internacional
(Texto íntegro del poema
original en lengua francesa)

La Internacional