PERIODICO ANARQUISTA
Nº 176
             MARZO 2003

 

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Las otras caras del eje del mal

Nada de lo que ocurre es casualidad y menos en el panorama internacional. Desde hace unos sesenta años, el club de Roma, formado por los siete países más ricos, elaboró un informe que en resumidas cuentas venía a decir que los recursos naturales se estaban agotando debido al gran despilfarro de los países industrializados. A lo largo de este tiempo se ha ido repitiendo esta idea. De tal manera, que hoy los gobiernos hablan de economía sostenible refiriéndose a dicha realidad. Los recursos naturales se acaban y el petróleo también. En la era contemporánea los países europeos tienen una gran obsesión, controlar los mercados mundiales bajo la idea del imperio. Idea vieja pero renovada con los tiempos que corren. Gran Bretaña y Francia eran, a finales del siglo XIX y principios del XX, quienes encabezaban esta lucha frente el resto del mundo. Finalizada la II Guerra Mundial, esos grandes imperios no se pueden mantener ni económica ni militarmente. Se da paso así a la descolonización pero, al mismo tiempo, se da una nueva noción de imperialismo, el imperialismo financiero. En la escena mundial aparecen Estados Unidos y la Unión Soviética como países hegemónicos y con ellos la famosa Guerra Fría. Nuevo reparto de influencias. Tanto uno como el otro van cubriendo los huecos que los europeos van dejando.
Actualmente, EE.UU. ha derrotado al único gigante que le hacía sombra y se ha quedado solo. Con sus viejos y nuevos amigos ha creado un bloque. En este tiempo, se está construyendo un nuevo panorama internacional, pero esta vez duradero. Para ello hay que controlar los puntos estratégicos tanto militar como económicamente, además, cuanto antes, porque los recursos se agotan y sobre todo el petróleo. Hace un año, aproximadamente, George Bush, magnate financiero y vocero de los grandes empresarios, empezó su cruzada contra los que él denominó terroristas internacionales. No es casualidad que los dos países a los que ha echado el ojo, son estratégicos tanto para el trasvase del fuel como para su extracción. Con la falsa idea de acabar con dicho terrorismo ha metido, en tan heroica gesta, a sus aliados, y entre ellos estamos nosotros. Enarbolando la bandera de la democracia y de las libertades va señalando quiénes son los terroristas y quiénes son los dictadores, es decir, los malos.
Ahora que somos democráticos vamos a contar mentiras tralará, vamos a contar mentiras. Efectivamente, la canción se repite. El presidente americano junto con sus colegas europeos, bajo la legalidad que le otorga la democracia, modelo que no compartimos, pues creemos en otra más directa y libre, va haciendo y deshaciendo a su antojo. ¿No es lo que hizo Hitler? Nos cuentan que Sadam Hussein es un dictador y un asesino que acribilló a los kurdos. ¿Quién le vendió las armas? ¿Quién le puso en el poder? ¿Por qué después de veinte años se preocupan de los pobres kurdos? ¿Por qué nos tenemos que creer las pruebas que ha presentado Colin Powell, cuando sabemos que la falsificación de la mismas puede ser como un juego de críos?
Nos dicen que son terroristas porque tienen armas de destrucción masiva y ellos, ¿no las tienen? ¿No las tiene el resto de los países europeos? Acaso, ¿no es terrorismo bombardear diariamente un país? Debe ser que la población civil iraquí no padece ni sufre terror. Lo penoso de todo el embrollo, no es toda la mentira que corre, sino cómo el lucrativo negocio armamentístico se beneficia a costa del horror del ciudadano. Cómo el hambre del mundo no se palia por la ambición de unos pocos. Hoy en día, con todo lo que se gasta en seguridad todos los países del mundo, se podrían cubrir todas las necesidades de la población. Nuestra negativa a la guerra lo es también al sistema productivo capitalista, culpable de este problema. Abogamos por un mundo libre, sin amos ni siervos. Un mundo sin gobernantes ni gobernados. Seguimos siendo en lo económico comunistas libertarios, en lo religioso ateos y en lo político anarquistas.

Grupos N. Majno,
Tierra y Albatros Subir


Galicia: marea negra,
negro futuro

Galicia vive, una vez más, la pesadilla de la marea negra producida esta vez por el petrolero Prestige, un barco que hace muchos años que debería estado fuera de servicio, este petrolero, es un barco monocasco y dicha circunstancia le hace inseguro para transportar materias tóxicas y altamente contaminantes como fueloil o petróleo. A pesar de todo esto, este barco ha navegado desde su salida del puerto de Ventspils en Letonia (donde, por cierto, cargó su mercancía en alta mar a diez millas del puerto) hasta la Costa da Morte en Galicia con 77.000 toneladas de fuel en sus bodegas sin las más mínimas medidas de seguridad hasta que una colisión con no se sabe qué produjo una rotura en el casco y la consabida situación de emergencia que amenazaba al petrolero con partirse en dos mientras el presidente de la Xunta galega, demócrata de toda la vida, Manuel Fraga Iribarne se encontraba en Toledo con su consellero de Medio Ambiente cazando rebecos y otros bichos sin preocuparles lo más mínimo las 27.000 toneladas que el Prestige vertía sobre aguas gallegas antes y después de hundirse a 3.600 metros de profundidad y con varias grietas en su casco por donde salen a razón de 30 toneladas de fuel al día. El gobierno español tampoco se lució que digamos en el tratamiento de esta catástrofe pues hicieron caso omiso de ella hasta que fue inevitable y después también minimizando las consecuencias del naufragio y mintiendo a la opinión pública sobre estas. Así las cosas mientras los marineros, mariscadores, mejilloneros, perceberos y voluntarios gallegos y de otras comunidades autónomas luchaban a brazo partido con sus propias manos para recoger el tóxico chapapote del agua o las playas del litoral gallego o se desplegaban para evitar que el fuel entrase en las Rías Bajas acabando con toda la riqueza marisquera y mejillonera que éstas acogen, los próceres de los gobiernos gallego y español por ahí fuera de holganza o acudiendo a cutres programas de la televisión italiana, ¿verdad señor Aznar? O yéndose a Andalucía a recoger importantes galardones como el premio Chirimoyo concedido, merecidamente sin duda, al "sin par" Álvarez Cascos. Sólo Mariano Rajoy y Juancar 1º pasaron por la zona afectada, el uno a mentir tergiversando la realidad y el otro a mancharse los zapatos mientras le inmortalizaban llorando la desgracia ajena; Aznar estuvo tres horas y ni siquiera echó un vistazo a las playas y costas, y el principísimo no se diferenció gran cosa de lo hecho por su padre.
No nos olvidamos tampoco de la oposición socialista encarnada por el intrépido Zapatero el cual, cual carroñero buitre político electoralista, ofrecía su falsa solidaridad al pueblo gallego echando pestes contra los gobiernos del PP. Mucha solidaridad pero no le vieron los gallegos mancharse la ropa de fuel, por lo que decidieron manchársela de huevos y tomates.
Después de casi dos meses de la catástrofe del Prestige la situación, aunque ha cambiado levemente, no ha mejorado gran cosa, pues a pesar de que ahora se cuenta con la participación tardía del ejército con todos sus medios logísticos, sigue saliendo fuel de las numerosas grietas del petrolero hundido, a razón de 125 toneladas al día y existe la amenaza de que por las numerosas grietas de su casco se libere el resto de su tóxica carga provocando una tercera marea negra aún más grande que las anteriores, las cuales se han extendido, no sólo por la costa gallega sino por toda la costa cantábrica hasta llegar a playas vascas de la zona bizkaitarra (playa de La Arena en Somorrostro).
Es el momento ahora para el gobierno de dar explicaciones en el Parlamento y la imagen que dan los políticos es realmente patética; la oposición culpando al gobierno de las consecuencias de la marea negra pero sin proponer soluciones y el gobierno ha acusado a la oposición de desleales, insolidarios, demagogos, electoralistas, etc. y recurriendo, como siempre al pasado, con la famosa táctica del "y vosotros más". Ante este panorama, los sufridos y escarmentados gallegos siguen luchando contra el chapapote apretando los dientes de rabia y haciéndose infinidad de preguntas sobre lo que ha sucedido, ¿por qué?, ¿quién es el responsable?, ¿cuál será su futuro? y muchas más, pero la que seguramente más se han planteado en todo este tiempo de desamparo por parte de las instituciones es esta: ¿Para qué nos sirve el Estado?

Enseñanzas que no debemos olvidar
En esta catástrofe, como en todas, no todo es negativo, pues podemos entresacar del negro chapapote una serie de enseñanzas que es necesario no olvidar si deseamos de verdad evitar futuras catástrofes o, por lo menos, sus devastadores efectos.
De todos es conocida la nula implicación y eficacia de los gobiernos gallego y español en todo este asunto, no sólo por la pasividad de los elegidos para gobernar, sino también por la desinformación y la mentira a la que se ha sometido al pueblo gallego y del resto del Estado español con la más absoluta premeditación y alevosía, la rapiña política practicada por la oposición, más para obtener réditos electorales que por otra cuestión, utilizando la manipulación de documentos en una patética sesión parlamentaria que dejó al descubierto la catadura ética y moral de nuestros políticos profesionales, los cuales nos demostraron, una vez más, que el ejercicio del voto siempre cae en saco roto.
La enorme implicación solidaria de los ciudadanos de a pie, que lejos de desentenderse del problema del pueblo gallego han opuesto a la tóxica marea negra una gran marea solidaria que no tiene parangón y que demuestra que el pueblo siempre marcha a millones de años luz de cualquier forma de Estado, dicho lo cual se concluye que las instituciones estatales nos son totalmente innecesarias e incluso suponen un importante estorbo en el camino hacia la resolución de los problemas que nos afectan y la consecución de la libertad individual y colectiva.
Tras lo anteriormente escrito solo nos queda concluir que el pueblo está perfectamente capacitado para solucionar por sí solo los problemas que puedan surgirle con sólo organizarse para asumirlos al margen de jefecillos, gobernantes, militares, clérigos, políticos profesionales y demás vagos improductivos, los cuales ya han demostrado sobradamente su inutilidad. Sólo con un mínimo de responsabilidad militante, podremos conseguir ser dueños de nuestras vidas con nuestros errores y aciertos, lo bueno y lo malo, lo fácil y lo difícil, lo grande y lo pequeño, lo importante y lo intrascendente, etc., etc. Pero siempre con la seguridad de que somos nosotros los que decidimos y los que actuamos, sin intermediarios.
Caminemos pues, escarmentados, como si de una inmensa "marea negra" se tratase hacia la autogestión de la vida, la acción directa y no delegada, la solidaridad y el apoyo mutuo, hacia la libertad. La anarquía.

Grupo Ekaitz Beltza subir


Reescribiendo la historia

Parece que a las sotanas no les ha sentado nada bien que un director de cine haya querido recordar uno de los más evidentes y vergonzosos escándalos vaticanos. La película lleva por título Amén, y rescata la permisiva actuación de Pío XII y el resto de la Iglesia católica ante el exterminio de miles de personas en los campos de concentración nazis durante la II Guerra Mundial. Su autor, Costa-Gavras, nos obsequió hace tiempo con otra proyección llamada Missing en la que su ojo sensible a la injusticia se centraba en las "desapariciones" en Chile durante la dictadura de Pinochet.
La nueva cinta, presentada en la Semana Internacional de Cine de Valladolid el pasado otoño y estrenada ahora comercialmente, pone de manifiesto que la alta jerarquía católica sabía lo que estaba pasando y no hizo nada por impedirlo. Una visión incluso generosa diría yo a juzgar por el papel desarrollado en Ucrania donde realizaron miles de conversiones forzosas de la mano de oficiales de las SS, o en Croacia donde, por poner un ejemplo, el "padre" franciscano Miroslav Filipovic, mantuvo la comandancia del campo de concentración de Jasenovac en donde 40.000 hombres, mujeres y niños fueron asesinados.
Lo que no se deja en el tintero Costa-Gavras es la ayuda solidaria que prestaron a cientos de asesinos nazis para escapar de la escasa justicia y poder emigrar a salvo a Sudamérica (Argentina, Chile, Brasil...) o a los EE.UU. para trabajar a las órdenes de sus servicios de inteligencia. Pero a pesar de todo hay quien tiene fe.
Que los curas y las monjas protagonizasen en Francia fervorosas protestas por la película es algo en cierta medida lógico. Vivimos en la época de lo políticamente correcto y si hay que negar la evidencia en defensa del credo, pues se niega. Ya se confesarán. Viven de ello. Lo que hiela la sangre es la reacción de los pseudointelectuales del momento. En esta ocasión el artista que se ha cubierto de gloria ha sido el infame Carlos Semprún, que tildando la denuncia de "mentira comunista" hizo un alegato electrónico (Internet) por la inocencia de Pío XII. Eso sí, diferenciando los buenos católicos de esos curas rojos de la teología de la liberación.
Desde estas páginas verdaderamente ateas, y dejando claro que ninguna teología es liberadora sino esclavizante, quiero recomendar el excelente trabajo que se nos brinda en Amén, por mucho que les duela a esos renegados de la lucha que han encontrado mejor asiento en los despachos del dinero que en las filas de quienes no se resignan a aceptar la miseria moral de unos pocos y la económica de muchos.
No hacen ruido, pero avanzan. La Iglesia católica domina este país como en los peores tiempos del malnacido Fernando VII. En los últimos años se ha puesto en sus manos de manera más evidente que nunca la educación, la economía y la política, tres pilares fundamentales copados por sus órdenes y sociedades. Controlan prácticamente el cien por cien de los colegios privados y concertados, sin contar las clases de religión en los públicos y universidades. Tienen las riendas de prácticamente todas las cajas de ahorros del país y una buena camada de fervientes católicos ordenados en los puestos directivos de los principales bancos. Necesitaría el resto de las páginas de esta publicación para ofrecer la lista completa de miembros del Opus Dei en estructuras de responsabilidad política. Hay que tomar conciencia del peligro que esto supone por la influencia de este Poder en el recorte de libertades individuales y colectivas.
He oído que Juan Pablo II está concertando una visita a Madrid en los próximos meses, al parecer para elevar a los altares a religiosos "mártires" de nuestra guerra civil. Fascistas, vamos. Supongo que es la respuesta al tibio aunque saludable intento de recuperación de la memoria de las víctimas reales del conflicto que últimamente se ha materializado en reportajes, exposiciones, documentales, etc. Le estaremos esperando.

Julio R. Subir


25 años de democracia
25 años de falacia

Hemos vivido los acontecimientos conmemorativos que han rodeado la celebración de los 25 años de la democracia en España. Han pasado cinco lustros desde que los españoles acuden de nuevo a las urnas, tras casi cuarenta años de dictadura, que purgó al pueblo español hasta la extenuación. Hoy nos presentan un Estado democrático lleno de valores y de lucha por las libertades. Pero tras 25 años y a raíz de que todo el mundo está haciendo valoraciones, nosotros hemos de hacer la nuestra.
Nos han repetido que aquella transición "pacifica" ha simbolizado la estabilización de un pueblo y la adopción de determinados valores que eran necesarios para la sociedad. Pero lo que hemos encontrado ha sido un franco retroceso en las aspiraciones diarias de la clase trabajadora. Lo hemos vivido no hace mucho con la convocatoria de una huelga general, por parte de sindicatos vendeobreros como CC.OO. y UGT. Pero aunque la huelga se ha convocado, y muchos la secundamos a favor de los intereses obreros, ha tenido un claro tinte político y ha sido una oportunidad para las burocracias sindicales de desempolvar sus banderas y lavar su cara. La verdad es que los derechos de los trabajadores han sido mermados, no sólo con el decretazo, que ha sido la gota que colmó el vaso, sino por una serie de medidas que han sido negativas a lo largo del tiempo. Podemos enumerar y poner el inicio en octubre de 1977 cuando se firma los llamados "Pactos de la Moncloa", por los que el Estado y todos sus acólitos burgueses consiguen domesticar el sindicalismo y arrastrarlo hacia las posturas que a ellos les interesa, que distan muy poco del rancio sindicalismo corporativo y vertical emanado de las instituciones franquistas. Después, por medio de negociaciones se llega a las reformas laborales como el AMI, el AES, el AI, etc., que no significan sino vueltas de tuerca para exprimir más a la clase obrera. Durante la etapa del gobierno socialista asistimos a una vertiginosa desmovilización de los movimientos sociales y a unas brutales reconversiones laborales en determinados sectores. El propósito era claro se trataba de sustituir a la plantilla laboral con enormes derechos por una mano de obra barata, con reducción de derechos y abaratamiento del despido. Por esta cuestión el gobierno socialista y los sindicatos legalizan las Empresas de Trabajo Temporal (ETT). Por medio de estas agencias los trabajadores se convierten tan sólo en unas mercancías de compra-venta. Pero si ha esta situación precaria se une la mano de obra semiesclava que la inmigración les ofrece, el panorama actual de la clase trabajadora es realmente patético. Por si fuera poco, se promulgan unas leyes de extranjería que no son otra cosa que un acuerdo tácito entre el Estado y el capital para que esa mano de obra barata no se les vaya de las manos. Así queda una ingente masa de inmigrantes no regularizados y sin derechos, que le sirve al capital para explotarlos a su antojo. Igualmente van introduciendo propaganda subliminal, para que el odio hacia el extranjero vaya allanando el terreno a los movimientos xenófobos y nazi-fascistas, que también les vale al capital y al neoliberalismo para afianzar su poder (el caso de Francia lo tenemos muy reciente).
En otros ámbitos, esta democracia también ha sido realmente nefasta. En materia de pensiones se ve un auténtico retroceso de los derechos de los pensionistas y sus prestaciones. Acuerdos como el "Pacto de Toledo", que todas las fuerzas políticas aceptan junto con las burocracias sindicales, son un ejemplo de ello. Las subidas de las pensiones son ínfimas o inexistentes y a veces hasta se bajan. Pero sin embargo después no tienen ningún problema a la hora de subirse los sueldos los diputados. Es curioso que no haya fondos para algunas cosas y para otras sí.
En materia de educación se vuelve igualmente a atentar contra los derechos de los ciudadanos. La educación es la base primordial de cualquier estructura social y el sistema liberal lo que está haciendo es elitizar ese sistema educativo, para que no se convierta en lo que realmente tiene que ser la educación, la base del conocimiento, y lo desvía hacia el beneficio y la especulación, para que los estudios sean también rentables al capitalismo. La LOGSE ha sido un fracaso y ahora con el gobierno conservador y de derechas se fomenta todavía más una educación elitista con reformas como la LOU (Ley Orgánica de Universidades) y la LOCE (Ley Orgánica de Calidad de la Enseñanza).
En 1977 se consideró un gran logro que todas las organizaciones políticas y sindicales pudieran ser legales. Hace poco se aprobó una Ley de Partido y Asociaciones, por la cual las asociaciones que combatan la Constitución con métodos terroristas pueden ser ilegalizadas. Evidentemente nosotros no estamos a favor del terrorismo por ser un procedimiento deleznable y antiobrero. Pero esta ley no tiene que hacer demasiado, porque quien calibra qué es y qué no es terrorismo son las altas cúpulas del Estado y las magistraturas. Esto quiere decir que grupos que apoyan claramente el terrorismo como Batasuna pueden ser ilegalizados, pero tras el último congreso del Partido Popular, en el que se aprueba una ponencia con el título de "Patriotismo Constitucional", se establece que todos los grupos que combaten y están en contra de la Constitución, están en contra del Estado y sus instituciones y por lo tanto son terroristas. Sólo hay que atar un cabo y otro para ver cómo pueden discurrir los acontecimientos. Nosotros somos anarquistas y no podemos estar a favor de ninguna organización política y menos de Batasuna, partidaria del deleznable nacionalismo rancio y opresor y defensora de medios de lucha a años luz de los nuestros. Pero evidentemente tampoco podemos estar a favor que se ilegalicen organizaciones por la parte que nos puede tocar a nosotros. Condenamos igualmente que Batasuna se coloque de víctima en este contexto, pues si alguna organización ha sido perseguida hasta la extenuación esa ha sido la CNT, que aparte de sufrir acoso del Estado con el "Caso Scala", el propio Estado ha patrocinado sus escisiones con el fin de anular el último reducto combativo del proletariado. Afortunadamente aún no lo han conseguido y se seguirá trabajando para que tal circuns-tancia no se produzca.
Estas son entre otras muchas las cuestiones que la maravillosa democracia ha dado al pueblo. Evidentemente los medios de comunicación del poder nos han dado otra cara, pero se hace necesario que nosotros, desde nuestra modesta posición, desmontemos esto. No vamos a entrar a valorar ahora las aportaciones de cada organización política y sindical al compendio de retrocesos de los derechos. Pero lo que sí vamos a reivindicar es el funcionamiento de nuestras organizaciones, porque hoy más que nunca necesitamos que vuelva a emerger el modelo de lucha que la CNT y la FAI proponen. Los valores de la solidaridad tienen que ser rescatados, volver a implantar un sindicalismo revolucionario y los criterios del anarquismo. Aquí entra en juego la mejor arma que el sindicalismo revolucionario ha tomado de la tradición anarquista, la propaganda. La concienciación de la clase trabajadora sólo puede venir a través de esa propaganda que resucite los valores del movimiento obrero y muestre lo alienada y erosionada que está la clase trabajadora. Y esto no por gusto, sino por necesidad, porque ya va siendo hora de que los explotados de este cruel sistema capitalista nos demos la mano para derribarlo y establecer un mejor modo de vida que tenga al anarquismo como valor fundamental.

Julián Vadillo Subir


Anarqlat 6º aniversario

Van unas líneas para recordar que, en la primera semana de febrero de 1997, este foro virtual comenzó su andadura por el ciberespacio. Midiéndonos con el veloz tiempo de Internet y en comparación con experiencias similares - de dentro y de fuera del ámbito latinoamericano - ha sido un caso de longevidad, resistencia y dinamismo con pocos paralelos. De aquellos 26 compas de 6 países a quienes pude convencer para impulsar junto conmigo la iniciativa una lista de correo electrónico del anarquismo latinoamericano, aprovechando la oportunidad que ofrecía el servidor de listas que entonces comenzaba a operar en la Universidad Central de Venezuela en Caracas, hemos llegado a los 132 que somos ahora mismo, provenientes de 20 países.
La historia de anarqlat ha sido movida en diversos aspectos: mucha gente ha venido y se ha ido, pero luego que superamos el centenar de suscriptores en 1998 nunca hemos estado bajo esa cifra; por bastante tiempo los inconvenientes técnicos fueron tan fastidiosos que parecía lo mejor que cerráramos este foro y lo reabriésemos en otro servidor, pero en el último año la situación en este sentido ha mejorado mucho; y entre quienes han participado hemos tenido personas bastante ajenas a los propósitos de anarqlat, pero en términos generales no han afectado la marcha de la lista.
Con todo, hemos podido evitar la trayectoria fugaz de tantas iniciativas semejantes en Internet, que tras inicios muy auspiciosos se han consumido en lapsos que generalmente no llegan a los 2 años, lo cual creo que ha sido posible en nuestro caso gracias a haber construido en anarqlat un espacio de intercambio solidario que ha ido mucho más lejos de lo puramente teórico, informativo o académico, pues en verdad ha sido una valiosa herramienta para que en todo sentido nos relacionemos quienes nos interesamos en el anarquismo latinoamericano. Por eso ha sido posible que anarqlat continúe hoy con la vitalidad de siempre, y no tengo que señalarles los repetidos ejemplos de esa utilidad en múltiples formas que este foro ha traído para todos.
Como "Maestro de Ceremonias" (título que en buena hora se le ocurrió a Pascual adjudicarme) les felicito a tod@s por seguir adelante con esta cabalgata, cuyo porvenir espero que seamos capaces de seguir edificando en esta tónica de ¡salud, alegría y (A)!.

Nelson Subir


La Comuna de París

En 1871 Francia fue derrotada en la guerra con Prusia. La cabeza del gobierno nacional era Adolphe Thiers, él tuvo que negociar los detalles de la paz con Prusia. Después de hacer esto tuvo que afrontar el problema de volver a controlar Paris, de convencer a la ciudad de que la guerra con Prusia había terminado y del desarme de la Guardia Nacional. A Thiers sólo se le permitían 12.000 soldados después de la tregua, y con ellos tuvo que hacer frente a varios cientos de miles de guardias nacionales.
No tenía tiempo. La mayoría rural de la Asamblea se trasladó desde Burdeos, donde mantuvo un primer encuentro para sacar del país a las tropas prusianas, a Versalles, cerca de París.
Los prusianos todavía ocupaban el norte de Francia, como seguro para el pago de las indemnizaciones de guerra que Francia había aceptado pagar como condición para la paz. Para hacer frente al primer pago de las indemnizaciones y asegurar la evacuación de las tropas prusianas del norte de Francia, el gobierno francés necesitaba elevar los impuestos. El principal problema de Thiers era la restauración de la confianza. El orden tenía que ser restablecido, los comercios reabiertos, y la vida tenía que volver a la normalidad. Y por encima de todo, como París era el corazón de la nación, tenía que ser puesta bajo el control del gobierno nacional.
París, sin embargo, permaneció desafiante. No aceptaría una victoria prusiana. Esto quería decir que no le había gustado nada que el gobierno hubiera capitulado ante los prusianos. La resistencia patriótica a la derrota de Francia inevitablemente tendría consecuencias en el nuevo gobierno de Versalles. La Guardia Nacional de París permaneció alerta, lista para resistir cualquier intento de los prusianos para entrar en París. Los cañones abandonados en el fallido asedio a París se llevaron a varias partes de la ciudad. Fueron aquellos cañones traídos a los distritos de la clase obrera los que se convirtieron en el asunto crítico. Como dijo Thiers tiempo después: "Los hombres de negocios iban por ahí repitiendo constantemente que las operaciones financieras sólo comenzarían otra vez cuando los miserables fueran aniquilados y los cañones recuperados".
Y fue el intento del gobierno por capturar las armas de la Guardia Nacional, el sábado muy temprano, lo que detonó la revolución. El plan era ocupar los puntos estratégicos de la ciudad, capturar las armas y arrestar a los revolucionarios conocidos. El mismo Thiers y algunos ministros fueron a París para supervisar la operación. Al principio, la ciudad estaba dormida y todo iba bien. Pero pronto las masas despertaron y comenzaron a enfrentarse a los soldados. La Guardia Nacional comenzó a ceder, pero no porque apoyara a las tropas del gobierno, sino porque no sabían qué hacer. Las tropas regulares que todavía estaban esperando a que llegaran los transportes para cargar las armas, se vieron pronto superadas en número. Los sucesos dieron un giro serio en Montmartre cuando las tropas se negaron a disparar a la muchedumbre y en vez de eso arrestaron a su propio comandante, quien fue más tarde fusilado. Pronto en toda la ciudad los oficiales se dieron cuenta de que ya no podían confiar en sus hombres. Por la tarde Thiers decidió abandonar la capital. Saltando a una diligencia que le estaba esperando dictó la orden de evacuación del ejército a Versalles e instó a todos los ministros a seguirle. La retirada del ejército a Versalles fue caótica. Las tropas se insubordinaban y sólo los gendarmes podían mantener algo de orden. Tan apresurada fue la retirada que varios regimientos fueron olvidados en París (unos 20.000 soldados). Los oficiales fueron cogidos prisioneros, mientras que unos 1.500 hombres, dejados atrás sin órdenes, se sentaron a esperar el período de la Comuna. El gobierno había abandonado la ciudad.
A las once de la noche el comité central de la Guardia Nacional reunido en asamblea decidió tomar el abandonado edificio del ayuntamiento, mientras que otros oficiales y hombres de la Guardia Nacional ocupaban los restantes edificios públicos de la capital.
Fueron los blanquistas quienes tomaron la iniciativa cuando Brunell llevó al dubitativo Bellevois (cabeza del comité de la Guardia Nacional) al abandonado ayuntamiento. Cuando el comité central llegó al fin a la alcaldía, reinaba la más absoluta confusión, la Guardia Nacional y los soldados erraban por la ciudad y nadie tenía autoridad para mandarles. Esta revolución fue una insurrección espontánea en toda la capital, sin que hubiera una dirección central ni ningún comité de la Guardia Nacional.
Los comités de Duval, Eudes, Brunel y todos los de Montmartre estaban a favor de marchar sobre Versalles, sin embargo los blanquistas no fueron escuchados. Los insurgentes encontraron París listo para la toma de Versalles, pero la principal preocupación del comité central de la Guardia Nacional era la de "legalizar" su situación invistiéndose con el poder que tan inesperadamente había caído en sus manos. En lugar de seguir el camino por el que el ejército había escapado a Versalles, como los blanquistas urgían al comité, entraron en negociaciones con el único cuerpo constitucional que quedaba en la ciudad, la alcaldía, para solicitar la convocatoria de elecciones. Como un comunero preguntó el día de las votaciones: "¿Qué significa la legalidad en tiempos de revolución?" Este intento por volver a la legalidad trajo moderación a los revolucionarios. Muchos miembros del comité central sentían que los acontecimientos les habían sobrepasado. Como uno de ellos dijo: "Aquella noche no sabíamos qué hacer; no queríamos la posesión del ayuntamiento, queríamos construir barricadas. Estábamos desconcertados por nuestra autoridad". Se dejó a la figura literaria bohemia de Edourard Moreau, la tarea de persuadir al comité central, entre los gritos de "Viva la Comuna", de que siguiera ocupando el ayuntamiento al menos durante unos días hasta que las elecciones municipales tuvieran lugar.
Ocho días después París tuvo unas elecciones con 227.000 votos emitidos. Esto sólo era la mitad del total del censo, pero este censo se remontaba a antes de la guerra, desde entonces había habido una gran reducción de población. Este éxodo benefició a las áreas de "clase obrera", ya que eran las que menos se habían reducido. También se adoptó un sistema proporcional de representación que dio más representación a los densamente poblados barrios obreros que el sistema anterior. Los resultados marcaron un enorme giro a la izquierda, sólo se eligieron entre quince y veinte republicanos moderados, que pronto dimitieron.
Los distritos de las clases populares eran los que más apoyaban a la Comuna. La lista de comités de vigilancia que había atraído pocos votos en las elecciones nacionales de hacía un mes se encontró con la mayoría. Esto no ocurrió por una repentina conversión a la posición socialista revolucionaria sino debido a que la mayoría republicana de París quería ahora votar por la Comuna como voto defensivo contra Thiers y la monárquica Asamblea Nacional de Versalles. En los distritos de clase obrera la victoria tenía un significado más preciso, se esperaba que ahora se hiciera un trabajo más serio para favorecer a los excluidos por los gobiernos anteriores.
La Comuna se instaló formalmente en el ayuntamiento dos días después del glorioso levantamiento de primavera, el 28 de marzo. Los batallones de la Guardia Nacional se reunieron en asamblea, se leyeron los nombres de los elegidos en las votaciones y, vestidos de rojo, subieron los escalones del Hôtel de Ville (ayuntamiento) bajo un toldo presidido por un busto de la República. En lo alto ondeaba la bandera roja, como lo había hecho desde el 18 de marzo, y los cañones saludaron la proclamación de la Comuna de París.

La composición de la Comuna
La Comuna se compuso finalmente de 81 miembros, la media de edad era de 38 años, 5 miembros eran mayores de 60. Raoul Rigault, el jefe de la policía de la Comuna, tenía 25, era el más joven de los 15 veinteañeros, 8 más acababan de cumplir los 30.
Los miembros de la Comuna carecían de experiencia política. Sus debates eran a menudo dispersos, se proponían y aceptaban asuntos que se dejaban caer antes que expuestos con decisión. Muchas veces se desataban agrias discusiones personales que llevaban a una disputa mayor. La Comuna, como todo, carecía de dirección política. Esto era especialmente serio porque había que ganar una guerra civil para sobrevivir. Fue en cuestiones tales como la educación o la reforma de las condiciones laborales, debido a la experiencia sindical de varios de sus miembros, donde la Comuna mostró sus efectos positivos.
Blanqui, como revolucionario experimentado, podía haber provisto a la Comuna de más cohesión política, pero fue detenido por la policía y pasó la segunda revolución de su vida en prisión.
Charles Deleschulz fue la figura más notable del pasado en sentarse en la Comuna. Él había sido un jacobino radical en la revolución de 1848 hasta que fue forzado a exiliarse y fue apresado cuando intentó volver secretamente. Sin embargo, los años de cárcel en la Isla del Diablo habían arruinado su salud. Sólo podía hablar con una voz graznante y permanecer por encima de las peleas personales y disputas en la Comuna hasta que se vio llamado a desempeñar un digno pero trágico papel al final, caminando deliberadamente hacia la muerte en una barricada donde hoy está la plaza de la República.
18 miembros de la Comuna provenían de los barrios de clase media. En total unos 30 miembros de la Comuna se podrían clasificar como de provincias, la mitad de ellos eran periodistas de la prensa republicana. El resto incluía a tres médicos, sólo tres abogados, tres maestros, un veterinario, un arquitecto y once relacionados con el comercio.
Unos 35 miembros eran trabajadores manuales o estaban implicados en la política revolucionaria. Eran artesanos de pequeños talleres que instauraron las asociaciones obreras de la capital. Típicos de este grupo eran los trabajadores del cobre, carpinteros, decoradores y libreros. Puede resultar chocante la falta de representantes de las grandes industrias que habían proliferado a las afueras de París. En realidad los obreros de las grandes fábricas de los suburbios no habían formado aún organizaciones ni medios de combate. Parecía que el liderazgo local se había desarrollado muy inseguro de sí mismo y de sus posibilidades, demasiado inadecuado como para jugar un papel a una escala mayor. Esto dejó vía libre para los representantes de los distritos pequeño-burgueses.
Unos 40 miembros habían estado implicados en el movimiento obrero francés y la mayoría de ellos se habían unido a la Internacional. Su experiencia en las asociaciones obreras les había vuelto recelosos hacia el poder político y habían orientado su pensamiento hacia las tendencias anarquistas (llevaban más de la tradición de Proudhon que de la de Bakunin). Unos 12 miembros de la Comuna eran blanquistas. Su principal esperanza para salvar la revolución era liberar a Blanqui, o intercambiarle por algún rehén... de los que el arzobispo de París era el más notable.
La Comuna se instauró el 28 de marzo y el 2 de abril las tropas de Thiers comenzaron su ataque. Al principio la Comuna se reunía en secreto en un "Consejo de Guerra", sin embargo el secretismo no era lo que se esperaba de una asamblea general. El comité central de 20 distritos, la International y algunos de los clubes populares presionaron a la Comuna para que hicieran públicas sus sesiones. Cediendo a estas presiones, la Comuna aceptó publicar sus debates en el Diario Oficial. Sin embargo, se hizo difícil encontrar suficiente espacio para tanta gente (los espectadores) y el problema nunca se resolvió del todo.
Las teorías que se formularon en 1871 estaban basadas en las ideas de 1793, en la soberanía popular: Aquellos que fuesen elegidos para representar al pueblo iban a actuar como delegados, no como miembros del Parlamento. En particular los clubes populares reclamaron que la soberanía tenía que recaer en ellos tanto como en él. Aquellos que habían sido elegidos por el pueblo estaban sujetos a la revocación de su cargo por parte del pueblo y era una obligación de los elegidos permanecer en constante contacto con las fuentes de soberanía popular. En algunos clubes se hacían charlas sobre cómo meter más presión a la Comuna, y a partir de ahí se hicieron intentos para unir las fuerzas de los clubes para hacerlo mejor. Algunos miembros de la Comuna permanecieron en estrecho contacto con las fuerzas que les llevaron al poder (el pueblo) frecuentando los clubes.

La política de la Comuna.
La auténtica legislación social aprobada por la Comuna parecía más reformista que revolucionaria, tomando las demandas que habían sido formuladas en los veinte años precedentes. Se cancelaron los alquileres de propiedad durante el período de asedio, pero la propiedad privada nunca fue cuestionada. Después de muchos debates se dio un plazo de tres años para pagar las facturas pendientes. Estas medidas impactaron a la opinión burguesa de fuera de París. La Comuna instauró una bolsa de desempleo en cada ayuntamiento (cada distrito de París tiene un ayuntamiento, que se juntan en el Hôtel de Ville) y abolió el trabajo nocturno de los panaderos con la oposición de los patronos. La cuestión social más urgente a la que se enfrentó la Comuna fue la del desempleo y adoptó el paso radical de permitir la libre asociación de trabajadores y las cooperativas obreras para tomar las fábricas y hacerlas funcionar otra vez. Sin embargo, las sugerencias más extremas de que los trabajadores tomaran "todas las grandes fábricas de los monopolistas" fueron rechazadas. Para el 14 de mayo se habían formado 43 cooperativas productoras entre las industrias artesanales de la ciudad.
En el campo de la educación, el principal esfuerzo se puso en dar educación elemental para todos. El movimiento de reformas estaba totalmente en contra de las escuelas de la Iglesia, que representaban más de la mitad de las escuelas de París. La Guardia Nacional se empleó para desahuciar a los curas y a las monjas y reemplazarlos por republicanos. Se dio una atención especial a la educación de la mujer, que habían sido olvidadas hasta entonces. Se formó una comisión especial, todas mujeres, para supervisar el establecimiento de escuelas para chicas. Se propusieron guarderías de día situadas cerca de las fábricas para ayudar a la mujer trabajadora. Ninguno de estos esquemas -de organización industrial cooperativa o la reforma educativa- pudieron dar muchos frutos. Hubo demasiado poco tiempo y había que ganar la guerra.
Más importante que cualquier medida articular era la propia existencia de la Comuna como un gobierno que incluía una proporción importante de trabajadores y que se esforzaba seriamente para mejorar la vida de la mayoría de la población.
Thiers y sus ministros de Versalles no tenían ninguna duda de que la Comuna de París era una declaración de cambio social que debía ser aplastada por la guerra civil. Este punto de vista era compartido fuera de Francia, la existencia de la Comuna encolerizó a la burguesía europea. El 29 de marzo el London Times describió la revolución como "predominio del proletariado sobre las clases pudientes, del artesano sobre el oficial, del trabajo sobre el capital". El emperador ruso presionó al gobierno alemán para que no estorbase la represión de la comuna porque el gobierno de Versalles era "una salvaguarda para Francia y Europa" y Bismarck amenazó con emplear al ejército prusiano si Thiers no se daba prisa. La naturaleza socialista de la Comuna se puede ver tanto desde la derecha como desde la izquierda.

Festival de los oprimidos
El aspecto más sorprendente de la Comuna era la naturaleza festiva de París; era el festival de los oprimidos. La atmósfera de la capital no era la de una ciudad en guerra; la ciudad tenía todos los signos de estar simplemente de vacaciones.
Pero pronto el buen ambiente se volvió funesto. Los funerales de los guardias nacionales muertos en combate se convirtieron en grandes manifestaciones por toda la ciudad, solían estar encabezados por miembros de la Comuna y cualquiera que se atreviera a levantar la cabeza era forzado a bajarla por los susurros de la muchedumbre. Otro momento dramático fue cuando los masones se reunieron en la Comuna y marcharon con sus estandartes, nunca se habían visto antes dentro de los muros de la ciudad, luego enviaron una delegación para ver a Thiers (quien rechazó verles y tuvieron que volver a París). Fueron enormes ceremonias de masas la quema de una guillotina y la demolición de la Columna de Vendôme (un símbolo del imperio). "La excitación era tan intensa -observó un escritor inglés- que la gente caminaba como en sueños". Incluso en el mismo día en el que las fuerzas de Versalles entraron en París, domingo 21 de mayo, había una enorme muchedumbre en los jardines de las Tullerías escuchando una serie de conciertos en ayuda de las viudas y huérfanos de la guerra.
La Comuna significaba la reconquista de la ciudad por la mayor parte del pueblo que había sido dejada de lado en los esquemas urbanísticos de Haussman. Durante un tiempo la mayoría de la población se implicó activamente en los asuntos públicos, ya fuera en el ámbito del distrito o en el de toda la ciudad.

El fin de la Comuna
La Comuna se fortificó contundentemente y tenía dispuestas fuerzas suficientes como para subsistir durante otros dos meses, y sin embargo las fuerzas del gobierno entraron en París. A partir de ese día siguió una semana de amargas y sangrientas luchas callejeras, aún más amargas si cabe porque ya los parisinos no podían pensar en la victoria.
Se habían hecho pocos preparativos para la eventualidad de que las tropas del ejército entraran en París y la muy comentada segunda línea de defensa no existía. Los encargados de levantar las barricadas habían sido tan metódicos, y lentos, que existían muy pocas en la ciudad. Durante la noche y el lunes por la mañana, las tropas del gobierno entraron en París por cinco puertas diferentes. Ocuparon rápidamente dos distritos burgueses del sudeste de la ciudad. Desde ahí se hizo un ataque por las dos orillas del Sena simultáneamente. Los bulevares de Haussman mostraron su valor al posibilitar un movimiento rápido de un gran número de hombres para dirigirse a los distritos revolucionarios y sus barricadas. Para la mañana del 22 de mayo el tercio oeste de París estaba en manos del gobierno, después de una ardua lucha se habían rendido 1.500 guardias nacionales.
La Comuna se reunió a las nueve de la mañana, se encontraban veinte miembros en el Hôtel de Ville, se mandó poner carteles instando a los ciudadanos a tomar las armas en las barricadas.
Se levantaron barricadas muy rápidamente en el centro de París. En la calle de Rivoli, cincuenta masones construyeron en unas pocas horas una barricada de seis metros de anchura y varios de altura. Bandadas de niños traían carretadas de tierra y las prostitutas de Les Halles ayudaban a llenar los sacos. Se levantaron más de 160 barricadas en el primer día, más de 600 en total. La mayoría eran de dos metros de alto y estaban construidas con piedras del pavimento sacadas de las calles con palancas de metal, una base de madera, un cañón o una ametralladora y una bandera roja ondeando en lo alto.
Las barricadas de la calle Gaubourg estaban hechas de colchones de un almacén cercano, traídos por mujeres. Otras eran simplemente obstrucciones de la calle con carretas cruzadas, ladrillos, bolsas de arena o cualquier cosa. Todo el que pasaba por ahí era obligado a echar una mano. En la plaza Blanch un batallón de 120 mujeres levantó la legendaria barricada que defenderían vigorosamente el martes hasta ser masacradas después de su caída. Aquellos federales que se habían retirado del frente se iban a sus hogares diciendo que preferían morir en sus propios barrios.
Las duras críticas que Blanqui había hecho en 1868 del levantamiento de junio de 1848 eran también aplicables a las barricadas de la Comuna. La táctica de combatir cada uno en su propia área sin organización central hizo fácil la toma de las barricadas una a una.
La mañana del martes las tropas de Versalles atravesaron la zona neutral de las afueras de París, los prusianos miraron para otro lado, y entraron en París por otra puerta capturando otros dos barrios de la ciudad. Las masacres empezaron a sucederse según avanzaba la semana, 42 hombres, 3 mujeres y 4 niños fueron fusilados en una pared, se improvisó un tribunal militar en una casa de la calle de Rosiers y durante el resto de la semana centenares de prisioneros fueron fusilados. El martes por la noche los comuneros comenzaron a quemar algunos edificios que amenazaban la seguridad de las barricadas, podían apostarse tiradores en ellos. Toda la calle Rivoli fue pasto de las llamas, el Palacio de Tuluise y el Ministerio de Finanzas también ardieron. Se enviaron equipos de bomberos para extinguirlos pero no tuvieron éxito, y montones de documentos ardieron extendiendo por toda la ciudad una fina lluvia de papel chamuscado. El viento llevó fragmentos hasta Saint Germain, a 15 Km., y la gente se agolpaba para ver el espectáculo de París ardiendo. La barricada no fue tomada hasta la mañana del miércoles, una de las últimas en caer fue una mujer que desafió a las tropas con una bandera roja.
Unos 30 defensores fueron cogidos prisioneros y fusilados, y sus cuerpos tirados enfrente de la barricada. El miércoles a las ocho de la mañana se decidió abandonar el Hôtel de Ville y se le prendió fuego para cubrir la retirada. París en llamas era y todavía es la imagen más característica que fue propagada de la Comuna, la lista de edificios destruidos era enorme, comprensiblemente algunos edificios, como la prefectura de policía y el Palacio de Justicia fueron incendiados por la Comuna, otros lo fueron por los obuses de Versalles. Se extendieron rumores, infundados o malintencionados, sobre mujeres que incendiaban los sótanos, debido a estos rumores muchas mujeres inocentes fueron fusiladas. Sin embargo muchos comuneros sabían que iba a ser su último suspiro y querían llevarse París con ellos. El miércoles un oficial de la Guardia Nacional intentó persuadir a sus hombres para que se le unieran en la voladura de un depósito de municiones (y de paso volarse a sí mismos). "Subiremos juntos, hijos míos", les dijo.
Según se extendían las noticias de la masacre, la gente comenzaba a presionar para que se ejecutara a los rehenes, en venganza por las masacres que se estaban sucediendo en París. Ferres aceptó firmar la orden para entregar a seis. El gobernador de la prisión no firmó la orden para entregar al arzobispo, que era el que pedía el pueblo y no estaba en la lista. El secretario de Ferres se dio prisa y Ferres añadió a la lista: "Y particularmente el arzobispo", y finalmente fue fusilado.
Mientras tanto, en las calles de París estaba ocurriendo una matanza más indiscriminada; cada vez que caía una barricada, los defensores eran puestos contra una pared y fusilados; 300 cayeron así en el santuario de la Madeleine. El seminario junto a Saint-Suplice había sido convertido en hospital, las tropas de Versalles llegaron y se pusieron a disparar a todos los médicos, enfermeras y pacientes dejando 80 cadáveres, lo mismo pasó en el hospital Beaujon. La batalla por el Barrio Latino duró dos días, el martes y el miércoles. Durante el jueves y el viernes los comuneros se retiraron, perdiendo el control de la ciudad.
El sábado por la mañana amaneció con niebla y lloviendo por segundo día consecutivo. Una de las últimas luchas tuvo lugar en el cementerio Père-Lachaise, donde unos 200 guardias nacionales habían fallado en establecer un sistema de defensa adecuado. El ejército abrió la puerta y hubo un duro cuerpo a cuerpo alrededor de las tumbas, bajo una pesada lluvia y una luz agonizante. Aquellos que no murieron en la lucha fueron alineados en la esquina este del cementerio y fusilados. Las matanzas continuaron durante varios días más. La última barricada, construida en un cuarto de hora, estaba defendida por un sólo hombre. Disparó su último cartucho y murió como todos, fusilado. Para el domingo 28 de mayo la Comuna había desaparecido.
Si la batalla había terminado, los fusilamientos no. La victoria de Versalles se convirtió rápidamente en un baño de sangre, cualquiera que había estado conectado con la Comuna de alguna forma, o que estaba en el lugar equivocado en el momento más inoportuno, fue fusilado. Todos los parisinos estaban bajo sospecha, de hecho eran culpables. Esta reacción de los oficiales muestra el movimiento hacia la derecha que había tenido lugar en el ejército francés.
Murieron más personas durante la última semana de mayo que durante todas las batallas de la guerra franco-prusiana, y que en ninguna masacre anterior de la historia francesa. El Terror de la Revolución Francesa había provocado unos 19.000 muertos en año y medio. No hay cifras exactas, pero en la región unos 30.000 parisinos murieron en esos días, comparados con las pérdidas de Versalles de 900 muertos y 6.500 heridos...
Hubo alrededor de 50.000 detenidos, entre ellos Louise Michel. En su juicio pidió ser fusilada diciendo: "Parece que cada corazón que late por la libertad sólo tiene derecho al plomo, pido mi parte". En vez de eso fue deportada a Nueva Caledonia, colonia francesa cerca de las costas de Australia, junto con otros 4.500. Muchos murieron en prisión o en los traslados. Los que escaparon fueron al exilio de Suiza, Bélgica, Gran Bretaña o más lejos. Dos de ellos terminaron casándose con las hijas de Marx en Gran Bretaña. Como Marx escribió a Engels: "Longuet es el último proudhoniano, Lafargue es el último bakuninista. Que el diablo se los lleve".
Nueve años después se concedió una amnistía general. Fue como resultado de una victoria electoral republicana y "socialista", culminando con la elección de un zapatero, ex-miembro de la Comuna de París, como diputado socialista por Belleville. Justo antes, 25.000 personas habían respondido a la llamada de los socialistas y, a pesar de los ataques de la policía, se había conmemorado por primera vez la Comuna en el Muro de los federados del cementerio Père-Lachaise.
Las consecuencias inmediatas de la derrota de la Comuna fueron desastrosas para el movimiento obrero francés, ya que a la masacre siguió un período de severa represión. París permaneció bajo la ley marcial durante cinco años y la Internacional fue puesta fuera de la ley. Armados con nuevos poderes políticos, los policías estuvieron muy activos acosando y deteniendo a los activistas, que eran condenados a duras penas de prisión por nimiedades. La Internacional dejó virtualmente de existir. Los líderes más activos de la clase obrera estaban muertos, presos o en el exilio.

Aileen O´Carroll Subir


Retazos de historia

Siempre encontramos en toda historia, antigua o más moderna, un trozo que señale un momento de ese pasado que nos haga sentirnos con razón dentro de este ideario anarquista que hemos tomado como guía y batalla de lucha para lograr un mundo mejor. Ya desde la Antigüedad más remota, nos dice Ling Yutang, filósofo chino que vivió hacia el año 4000 a. C., en su libro La importancia de vivir: "La obra de Dios no es perfecta porque le hizo estómago al hombre". Esta frase lapidaria fue expresada al comprobar que en la vida diaria eran muchos los que tenían que sufrir innumerables miserias por esa razón elemental de la necesidad de lograr el sustento para mantenerse con vida.
Algo más tarde, en Tebas (hoy Luxor), de la época en que se construía el templo de Amenofis III, según nos lo cuenta el profesor inglés J.A. Wilson en su obra La cultura egipcia, se conservan unas tablillas en donde se nos habla del primer paro obrero por no haber recibido el pago correspondiente a dos semanas de trabajo. Aquellos hombres que construían aquella belleza, que aún hoy nos maravilla, se encontraron con que un fin de semana no llegó el trigo con el que se pagaban las jornadas de trabajo. A la semana siguiente reemprendieron la labor, pero tampoco llegó el grano. Al inicio de la semana siguiente se produjo un paro general a la espera de cobrar los días trabajados. Los jefes de obra debieron de moverse, pues buscaron y hallaron el trigo, y así continuó el trabajo.
Si este trabajo de investigación se dirigiera a todos los pueblos de la tierra, encontraríamos que en la mayoría de ellos, si no en todos, por una causa o por otra, han ocurridos hechos similares a los reseñados.
Del aragonés Miguel Servet, nos cuenta Claudio Sánchez Albornoz en su libro, España, un enigma histórico, que intervino en las luchas religiosas de su tiempo y fue condenado a morir en la hoguera por Calvino. En uno de sus escritos, llega a decir: "A medida que pase el tiempo, el Estado desaparecerá cuando no haya necesidad de él". Esta breve alusión en el siglo XVI a la desaparición del Estado, quiere decir que en aquellos años existían quejas contra el Estado y su razón de ser. Unos 300 años más tarde, Marx, en su Manifiesto comunista llegará a decir: "Cuando la burguesía haya desaparecido, desaparecerá el Estado". En las palabras de Servet hay un algo que mantiene la razón de Estado, y esa razón hace factible su desaparición. Marx comete un error de interpretación cuando dice que "el socialismo será una realidad cuando la clase proletaria expropie a la clase poseedora de los medios productivos, haciendo suyos los medios de producción". Una vez la clase proletaria tenga en sus manos los medios de producción por la expropiación realizada, por lo cual ha dado por hecho el socialismo, ya ha desaparecido la clase burguesa, ya puede establecerse la sociedad sin Estado. Pero en el siglo XX hemos visto un régimen nacido e impulsado por las ideas de Marx, en el que, después de más de 70 años de régimen llamado socialista, no había un asomo de la desaparición del Estado (al contrario, cada vez más poder, cada vez más autoridad, más centralismo, el Estado más fuerte).
Los anarquistas estamos claros en esto; la expropiación de los medios de producción a la clase propietaria nos lleva a un socialismo libertario que haría desaparecer a la burguesía, porque ese acto de expropiación lleva por acción directa a la desaparición del Estado que, al dejar de existir, hará desaparecer también todos los privilegios por él generados.
Alguien a quien el pueblo español combatió con rabia, odio y furia enloquecida, escribiría al final de sus días unas líneas así: "Esta desgraciada guerra me ha perdido... Pero, de otro modo ¿podría dejarse abandonada la Península a las maquinaciones de los ingleses, a las intrigas, a la esperanza, a los pretextos de los Borbones? La nación despreciaba a su Gobierno, pedía a gritos una regeneración... Les di una constitución liberal; creí necesario, quizá demasiado precipitadamente, cambiar su dinastía. Coloqué a uno de mis hermanos al frente, pero fue el único extranjero en medio de ellos. Respeté la integridad de su territorio, su independencia, sus costumbres, el resto de sus leyes. El nuevo monarca entró en la capital no teniendo otros ministros, consejeros y cortesanos que los de la última Corte. Mis tropas iban a retirarse: yo cumplía el mayor beneficio que haya sido derramado nunca sobre un pueblo, me dije y lo digo todavía. Los mismos españoles, se me ha asegurado, lo pensaban en el fondo y no estaban quejosos más que de las formas. Yo esperaba sus bendiciones, pero sucedió algo bien distinto: desdeñaron el interés para no ocuparse más que del agravio, se indignaron ante la idea de la ofensa, se sublevaron a la vista de la fuerza, corrieron a las armas. Los españoles en masa se comportaron como un hombre de honor. Yo no tengo nada que decir ante esto, sino que ha sido cruelmente castigado, que quizá se lamentarán de ello ¡merecían algo mejor! (Napoleón Bonaparte, Memorias de Santa Elena).
Los pretextos de buenas intenciones no sirven para nada. Son los hechos concretos, tangibles por reales, los que cuentan. Ningún pueblo acepta verse pisado por las botas de un ejército extranjero, que a cualquier cambio de aire puede cambiar la fuerza de sus botas sobre la garganta de la población. Muy posiblemente ninguna otra cosa fue peor que lo que vino: aquel cobarde reinado de Fernando VII en el que la Iglesia reinó con un poder absolutista sobre todo y sobre todos. Aquella invasión de los llamados Cien mil hijos de San Luis, aplaudidos por la Iglesia y sus curas y obispos, que por más de cien años dominaron la vida social, cultural y espiritual de la nación. Y tiene en su haber aquellas guerras carlistas que tanta ruina trajeron por la torpeza y locura de anular la Ley Sálica para hacer de su hija una reina mula, como ya era su padre: un asno hecho Rey.
Alguien con mucho saber nos lo dice así: "Sobre España había pasado un siglo entero de miseria y rebajamiento moral, de despotismo administrativo sin grandeza ni gloria, de impiedad vergonzante, de paces desastrosas, de guerras en provecho de niños de la familia real o de codiciosos vecinos nuestros... Para que rompiéramos aquel sopor indigno, para que de nuevo resplandeciesen con majestad no usada las condiciones de la raza, aletargadas pero no extintas, por algo peor que la tiranía, por el achatamiento de gobernantes y gobernados; para recobrar, en suma, la conciencia nacional, atrofiada largos días por el fetichismo covachuelista, era preciso que un mar de sangre corriera desde Fuenterrabía hasta el seno gaditano, y que en esas aguas nos regenerásemos, después de abandonados y vendidos a nuestros reyes" (Menéndez Pelayo, Sobre la Guerra de la Independencia).
Ese monstruo de sapiencia no siempre se había expresado tan claro como aquí. Hijo de su tiempo, vivió encerrado en el laberinto de su catolicismo y no percibió que todos los males que padecía España, y sobre todo los españoles, tenían su origen en ese catolicismo chato y corto de vista impuesto por esa Iglesia que sólo quería poder y riqueza.
Pero el cambio profundo de mentalidad, el despegue de la sumisión tradicional al señor, la actitud de lucha y la lucha violenta contra las instituciones sociales, arranca del hecho de que unos hombres hablasen por primera vez a los campesinos andaluces como a otros hombres de la dignidad humana, de la necesidad de reformarse moralmente, de abandonar el vicio, la prostitución, la taberna y el juego, de educarse individual y colectivamente para llegar a ser mejores.
"De esta manera, el anarquismo romántico domina en Andalucía durante cuatro decenios. Córdoba acogerá en diciembre de 1872 el congreso obrero que debía convertirse en el primer congreso anarquista del mundo. Luego, a lo largo de 1873, asistimos a los porfiados intentos de federalistas y anarquistas para proclamar el cantón andaluz. Sevilla, Málaga, Granada, Cádiz y Jerez se declaran cantones independientes, con unas medidas legislativas de marcada tendencia colectivista en lo relativo a la propiedad de la tierra. El federalismo andaluz sucumbió ante las fuerzas del gobierno de la República, acaudilladas por monárquicos o monarquizantes. Pero subsistió en forma de sociedades secretas, que evolucionaron en sentido cada día más radical. Desde 1874, el campo de Andalucía vivió una época de inseguridad, con incendio de cosechas, destrucción de vides y otros atentados a la propiedad. En este clima se fraguó la asociación denominada Mano Negra, a la que se atribuyeron una serie de crímenes que culminaron en 1882." (Vicens Vives, Historia de España).
Pero nada se menciona de la tremenda represión ejercida por la policía rural ni la de la Guardia Civil, que segaba vidas como la peste. Más tarde se supo que muchos hechos eran amañados por los propios policías para sembrar el terror.
Todos estos retazos que van avalados por la firma de sus autores, están tomados del libro de Bernardo Gil Mugaza, España en llamas: 1936. No son las numerosas fotos, "estampas de la guerra" incivil que se nos impuso al pueblo español por unos militares obedientes a una Iglesia, y éstos y los amos de las finanzas y los amos de las tierras contra el pueblo trabajador que estaba cansado de ese odioso "orden" establecido, que sólo proporcionaba hambre y miseria a los desposeídos. Ya el cardenal Tarancón, en nombre de la Conferencia Episcopal, pedía perdón. Porque la Iglesia tuvo momentos en que se puso de parte de unos y en contra de otros. Aunque el reproche fue tardío, Carrero Blanco (el volador) respondió diciéndole que el Gobierno había dado a la Iglesia muchos millones de pesetas para sus obras sociales y evangélicas. Quiso decir: "la ayuda de la Iglesia a la causa de Franco fue largamente pagada por éste y la Iglesia la recibió en su momento con beneplácito".

Antonio Serrano Subir


¡Que se vayan todos!

Hace un año de la quiebra económica, política y social en Argentina que llevó a ésta a una crisis llena de confusión, represión y hambruna, en la que el capitalismo financiero del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial siguen luchando por la quiebra del Estado para el control social y económico. Las multinacionales extorsionan al gobierno para aumentar el costo del producto y, mientras, el gobierno de turno sigue luchando para que nadie le arrebate el poder sin importarle el hambre y el crimen masivo como medios para obtener sus fines económicos; utilizando la macabra represión a manos de una policía corrupta, asesina, que viola, extorsiona y tortura a trabajadores; colectividades indígenas son salvajemente masacradas y expulsadas de sus tierras; desalojos con enormes operativos de viviendas; fábricas que por quiebra fueron abandonadas por sus patronos y convertidas en cooperativas han salido adelante con las manos de sus trabajadores a pesar de las detenciones y muertes.
Todo esto trae como respuesta la organización de las barriadas, desintegración del mercado, crisis del capital, movimiento de trabajadores desocupados, reivindicación de puestos de trabajo, cientos de fábricas recuperadas por los trabajadores, obreros sin patrón, agotamiento del Estado.
Si no somos capaces de sentir que somos una clase oprimida, de salir adelante por nosotros mismos, no nos quitaremos este lastre de politicuchos que nos esclavizan con sus partidos políticos y plataformas.
Pedimos justicia, no venganza, porque no odiamos.
Pedimos libertad porque somos capaces de crear un mundo diferente donde haya para todos igualdad, pan, libertad, amor y ciencia.

¡Por el comunismo libertario!

Grupo Tierra Subir


La librería "Ler divagar" censuró a
la revista anarquista Acçao directa

"A pesar de la curiosidad y simpatía que ya nos despertaban expresiones heterodoxas como anarcocapitalismo..."
"...la crisis del Golfo, en 1990-91, constituyó una prueba de superioridad moral y humana del campo occidental, y de los EE.UU. en particular..."
(Extractos de los escritos, publicados en A Ideia, por el jefe de los "neolibertarios", el profesor Dr. Joâo Freire)

Después de que los servicios carceleros de la prisión Pinheiro da Cruz secuestraran un ejemplar de Acçao directa destinado a un preso social, he aquí que los gerentes y propietarios de la librería "Ler divagar", una librería autodenominada de marxistas situacionistas y de "neolibertarios" o reformistas "libertarios" de la revista Utopía, decidieron hacer lo mismo que los carceleros con el número 20 de Acçao directa, lo que habría hecho la Policía Judicial en el caso de que esta revista hubiese sido ilegalizada. No se limitaron a decir que se negaban a vender la revista ni se decidieron a devolver los ejemplares del citado número que poseían al grupo editor. Escondieron los ejemplares y dijeron a los clientes que ya no les quedaban. Se comportaron como auténticos censores y policías.
Estos hechos, que constituyen objetivamente un gran elogio al esfuerzo que estamos desarrollando, no son para nosotros una sorpresa, ya que sabemos que todos los marxistas tienen una mentalidad autoritaria y que la librería en cuestión tiene como socio a uno de los grandes accionistas del BCP y a la vez dirigente de la revista Utopía, el profesor Dr. José María Carvalho Ferreira, del ISEG, es decir, el individuo que organizó una conferencia sobre "municipalismo libertario" financiada por la Fundación Luso-Americana para el Desarrollo.

Grupo editor anarquista
"Acçao directa" Subir


Razones para un anarcofeminismo

Hay sustantivos que no se pueden maquillar por mucho que les añadamos adjetivos suaves. Discriminación entraña una buena dosis de marginación, desigualdad e injusticia. Cuando es calificada de positiva, en un dudoso deseo de beneficiar a la mujer, sólo consigue dejar patente el paternalismo de esta sociedad regida por normas patriarcales.
He repetido en numerosas ocasiones que la emancipación de la mujer es una tarea personal de las mujeres y esta afirmación, que antes que yo sostuvieron Flora Tristán, Lucia Sánchez Saornil y tantas otras luchadoras denomináranse o no feministas, no es bien comprendida por algunos hombres. Cuando en el siglo XIX los esclavos que cultivaban los algodonales del sur de EE.UU. fueron liberados, se dio la terrible circunstancia de que muchos de ellos regresaron junto a sus amos para pedirles que les permitieran continuar en la esclavitud. Ellos no habían hecho su revolución, no habían tomado conciencia de su falta de libertad ni habían participado directamente en un hecho que les concernía directamente sólo a ellos.
Para lograr la emancipación femenina, es necesario que las mujeres nos demos cuenta de que estamos en un segundo plano social, que debemos situarnos junto al hombre en igualdad de condiciones y que tenemos que luchar por nosotras mismas, sin tutelas ni delegaciones.
No se trata de rechazar la colaboración de los varones, especialmente de aquellos que desean como nosotras un cambio social, sino de permitirnos caminar sin muletas, de dejarnos hacer hacer nuestro propio trabajo, de poder crecer todo lo que hubiésemos crecido si la religión y las buenas costumbres no nos hubiesen colocado a la espalda ese rótulo de seres débiles e indefensos siglo tras siglo.
Ser feminista es reconocer la existencia de ese escalón vital que dificulta las relaciones de género y estar dispuesta a derribarlo para que ningún obstáculo nos impida avanzar al ritmo de nuestros compañeros. Ser feminista no es un orgullo ni un capricho, es una necesidad cuando se es mujer; más aún si se tienen ideas libertarias. Pero también ser feminista es una carga. Al ser rechazado el sexismo por un amplio sector de nuestra población, se ha producido un fenómeno de hipocresía patriarcal. Se intenta duplicar el lenguaje, los varones participan más en las tareas domésticas y se nos ha "permitido" acceder al mercado laboral, pero el sexismo sigue enterrado en lo más profundo de muchas conciencias. A veces, los anuncios, que nos presentan al hombre planchando, acunando al niño o lavando la vajilla, son más peligrosos por su sutileza que los que le mostraban como dueño y soberano.
Probablemente por nuestra educación ancestral o porque se han transmitido los roles de madres a hijas con una exactitud aplastante, a las mujeres nos cuesta mucho encontrar nuestra posición. Amamos la libertad, pero a la vez nos produce miedo. No sabemos cómo utilizarla y debemos aprender a hacerlo. Pero ese aprendizaje es un esfuerzo que debemos realizar en solitario, enfrentadas a nosotras mismas.
Somos mucho más fuertes, más valiosas y más capaces de lo que siempre nos han hecho creer. Conocer nuestra capacidad de lucha es el primer paso para comenzar a luchar.
Es difícil navegar contra corriente, escuchar que se nos considera absurdas por pedir la utilización de un lenguaje que no nos excluya (y es verdad que lo somos si nuestras reivindicaciones se limitan a eso) o esperar que nuestra sensibilidad sea comprendida en determinadas ocasiones. Pero también, si queremos ser objetivas, debemos pensar que para ellos puede resultar dolorosa la soledad de algunos de nuestros silencios, la falta de comunicación que surge en nuestras relaciones.
El problema de la emancipación femenina no tiene nada que ver con nuestra situación o vivencias particulares, seamos hombres o mujeres. "Yo conozco tales o cuales casos, las mujeres o los hombres me han hecho daño", acostumbro a oír con frecuencia. Ni la sociedad termina en nuestro entorno ni los seres humanos se limitan al pequeño número que la vida va poniendo en nuestro camino.
Es verdad que muchas mujeres ejercen el poder y oprimen con mayor dureza que los hombres y también que muchos hombres son solidarios e igualitarios con las mujeres; pero en ninguno de los casos se trata de la mayoría. De todos modos ¿qué importa el número? Aunque hubiese una sola mujer discriminada, vejada o humillada por el único "delito" de serlo, merecería la lucha y la comprensión de cualquier persona con un ápice de sensibilidad, especialmente de sus compañeras de género.
He podido escuchar en ocasiones, al enumerar las muertes anuales que produce la violencia de género: "mueren más obreros por accidentes laborales".Y es posible que tal afirmación sea cierta, pero esas defunciones tienen motivaciones económicas, no de género y afectarían tanto a hombres como a mujeres si a estas últimas se les permitiese acceder a ciertos puestos laborales.
"No sé por qué os quejáis, habéis conseguido muchas libertades de las que carecían vuestras abuelas", escuchamos también con demasiada frecuencia. Olvidan, quienes esto dicen, que nadie tiene que darnos lo que nos pertenece por derecho, que toda situación de desigualdad, sea de género o de cualquier otro tipo, está basada en la injusticia y es contra la Naturaleza.
Las mujeres no tenemos que conquistar derechos que ya son nuestros, tenemos que hacer que se respeten. Conseguir un trabajo con supervisión masculina y cobrando un sueldo inferior a nuestros compañeros, no es haber conseguido la igualdad de género. Protagonizar chistes en los que la situación de la mujer es ridiculizada, no es igualdad. Utilizarnos como instrumento de placer sin tener en cuenta nuestros sentimientos, no es igualdad. Que los hombres compartan las tareas domésticas y dupliquen las terminaciones para englobar el femenino y el masculino, no es igualdad si ese hecho no va acompañado de un compartir los problemas y los proyectos.
Hoy hace falta el feminismo, y más aún si lo consideramos bajo un prisma anarquista. Por eso, sin ser abanderada de nada, como algunas personas han dicho irónicamente de mí, no tengo más remedio que denominarme feminista.
Como Luther King, yo también he tenido un sueño. He soñado que hombres y mujeres caminábamos juntos, sin reticencias, respetándonos en nuestras diferencias y unidos en un único deseo, una sociedad en anarquía.

Mª Ángeles
García-Maroto
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