MUJERES GUATEMALTECAS... AÚN EN BUSCA DE VOZ Y VOTO
Revista Amiga (Guatemala), 1-XII-98 (a través de L.Asturias)

Los derechos de la mujer están plenamente reconocidos por la Constitución de la República. El voto es un derecho que pueden ejercer las guatemaltecas desde hace 53 años, pero la participación en la
organización y acción social en puestos de dirección aún está lejos de ser una realidad accesible para la mayoría de ellas.

El problema de participación femenina afecta a varias naciones en el mundo, incluida toda la región hispanoamericana. De acuerdo a datos de Mujeres Latinoamericanas en Cifras 1992, de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, de 330 líderes latinoamericanos, solamente 3 son mujeres.

Y es que una de las principales causas de esta ausencia es el factor sociocultural, muy similar en toda el área de habla hispana de América. El sistema patriarcal en que se han desarrollado nuestras sociedades, herencia de nuestros ancestros indígenas agravado por la idiosincrasia española, está muy arraigado en nuestras formas de vida.

Aun con este legado histórico de machismo, en el cual la mujer se desenvuelve en la esfera íntima y privada de la familia, con pocas posibilidades de salir a la luz pública, ha habido mujeres guatemaltecas destacadas. Doña Luisa de Xicoténcatl, esposa de Pedro de Alvarado, y su
hija, doña Leonor Alvarado, quienes tienen un protagonismo en nuestra historia que va más allá de ser figuras decorativas.

El caso de doña Dolores Bedoya de Molina es similar. En los cursos de historia nos han enseñado que ella fue quien "quemó cuetes frente al ayuntamiento durante la firma de la independencia", si bien esto es cierto, su participación dentro del movimiento independentista fue de tipo ideológico y de apoyo directo al partido liberal y a su esposo, don Pedro Molina; su rol no sólo fue el de animación.
 

La historia nos va abriendo espacios

El rol femenino ha ido evolucionando desde mediados de este siglo, sobre todo después de la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Este momento, coyuntural en la evolución de la humanidad en pleno, coincidió con los cambios revolucionarios que se dieron en nuestro país.

En Estados Unidos y los demás países que participaron directamente en la Segunda Guerra Mundial, el período postguerra planteó cambios en el orden social, en cuanto a los espacios ocupados por la mujer. Mientras sus esposos luchaban en la guerra, las mujeres de esta época se constituyeron como la fuerza laboral que sostuvo la producción industrial, espacio que, previo al conflicto, perteneció únicamente a los hombres. Al terminar la guerra estas mujeres ya no quisieron volver a su papel tradicional. Fue así como empezó un movimiento por mantener los espacios de participación alcanzados, y ocupar nuevos.

En Guatemala, 1944 fue un año de cambios y reformas. La revolución política, social, económica e ideológica que estalló para derrocar la dictadura de Jorge Ubico incluyó una serie de transformaciones en el rol de la mujer. Es en este período que se empieza a involucrar en manifestaciones.

Las reformas del gobierno de Juan José Arévalo hicieron posible la apertura de nuevos senderos en la vida de la mujer. Su esposa doña Elisa Molina de Arévalo asumió su rol como Primera Dama con un liderazgo no visto en años anteriores, luchando por los derechos de la mujer trabajadora.

También fue en esta época, en el año de 1945, que se aprobó la propuesta para otorgar el derecho de voto a la mujer alfabeta.
 

Guatemaltecas en las urnas

Guatemala fue el primer país centroamericano, y de los primeros en toda Latinoamérica, en aprobar el derecho al voto femenino. Por eso es que hoy resulta paradójico que ocupe uno de los últimos lugares en participación femenina en las instancias de dirección.

El ritmo de evolución en materia política en nuestro país disminuyó como resultado de frecuentes golpes militares que restringieron la participación del sector civil, y de una guerra de más de 30 años, que mermó el desarrollo social a todo nivel.

Pese a que las mujeres constituyen la mitad de la población, en el ejercicio de su derecho al voto no se refleja este porcentaje. En las elecciones pasadas, para el período 1996-2000, hubo un nivel de
participación femenino muy bajo en las urnas.

Se ha argumentado que sólo el 40% de mujeres están empadronadas. En anteriores procesos electorales, se denunció que en algunos lugares se les negaba a las mujeres indígenas la inscripción como ciudadanas, argumentando que no tenían suficientes boletas de empadronamiento o que
eran demasiadas las mujeres mayas que acudían allí. Considerando que el 60% de las mujeres guatemaltecas se ubican en el área rural, esta discriminación ha tenido efectos nefastos en el peso que el voto femenino pueda tener.

El programa Convergencia Cívico Política se ha dado a la tarea de atacar este problema. Su objetivo fundamental es fortalecer la participación política de las mujeres como un medio para propiciar el pleno desarrollo humano de todas las guatemaltecas.

Entre sus planes de acción está la capacitación a nuevas ciudadanas. Motivándolas para que al cumplir los 18 años sean ciudadanas, hay un programa llamado "Nuevas ciudadanas" orientado hacia ellas para que se documenten y también se les dé a conocer sus derechos, deberes cívicos y
políticos.
 

¿Por qué no participamos?

La poca participación de las mujeres se evidencia no sólo en la emisión de votos, también en la falta de figuras públicas femeninas. A lo largo de la historia democrática de Guatemala han destacado muy pocas mujeres, y ello se debe principalmente a:

Limitaciones de tiempo, debido a las responsabilidades en el hogar, frecuentemente impuestas por la pareja, hijos e hijas.

El recargo de trabajo. Las mujeres que laboran fuera del hogar, también tienen que realizar las tareas del hogar.

Todavía hay temor a la participación política, debido a las décadas de represión que se sufrieron en Guatemala.

Las pocas oportunidades que los partidos políticos o comités cívicos, brindan a las mujeres de tener un protagonismo mayor dentro de los mismos, porque aunque nadie les limita la participación en estos, se les margina en cuanto a tareas secundarias o de apoyo.

Poco interés y credibilidad en los asuntos políticos.

Existe la tendencia a creer que la mujer no participa por falta de oportunidad, pero también es válido considerar que no lo hace por falta de interés. Estando tan cerca del nuevo milenio, estas actitudes de
pasividad por parte de las mujeres son alarmantes.
 

Partidos políticos, una cuestión aparte

"Yo, ¿entrar a un partido político? Ni loca". Esta afirmación es común en las mujeres de distintos grupos sociales, y no lo dicen por dudar de su competencia y habilidad. Aun las mujeres con carácter fuerte, con puestos de alta dirección en el sector privado, lo piensan dos veces antes de aventurarse en un partido político.

Es innegable que quien quiere asumir un puesto de dirección política tiene que hacerlo a través de un comité cívico o un partido político.

Pero para una mujer dar este paso no es tan sencillo, sobre todo si sabe cómo se maneja la organización en estas entidades.

Y es que las actividades que normalmente asumen las mujeres dentro de los partidos son de tipo logístico, más que ideológico. Lo que suele llamarse "labor de hormiga". Se les pide colaboración en la organización de actividades para recaudar fondos, movilización de personas, activismo de casa en casa. Pero rara vez se les toma en cuenta para formar parte de las juntas directivas a nivel municipal, departamental y muy pocas mujeres han sido postuladas para cargos públicos.

El porcentaje de mujeres que encuentran oportunidades de dirección es minoritario. Por eso es común que se sientan desvalorizadas en su aporte dentro de las fuerzas políticas.

Si una mujer afortunada logra postularse para un cargo público y ganarlo, únicamente tiene la mitad del camino recorrido. El respeto y la oportunidad de descollar dentro de los organismos del Estado es una
lucha que se debe librar aparte.

Los comentarios de las mujeres que han llegado a ocupar cargos de responsabilidad demuestran lo difícil que es hacer frente a las presiones, que no sólo son de trabajo y de conflicto de intereses, sino
también de género. Las mujeres que participan en política tienen que probar, con creces, su capacidad.

Algunas, inclusive quedan tan desilusionadas del mundo político que se retiran totalmente de ese ámbito.
 
Tal es el caso de Ana María Xuyá Cuxil, primera diputada indígena en el Congreso, quien manifestó que ser figura política en este país no es fácil, "constantemente se es señalado, criticado en cualquiera de los actos que realice".

Si bien es cierto que esto se aplica a todos las figuras políticas, hombres y mujeres, la mujer recibe mayor presión.
 

Estrategias para el cambio

El futuro de la participación de la mujer en la política se vislumbra con optimismo. Existe una mayor conciencia sobre la necesidad de una apertura sustancial para la mujer. De esta convicción han derivado varios programas e instancias de apoyo, entre ellas el programa de Convergencia Cívico Política, el Foro de la Mujer e iniciativas de reformas legales y otro sinfín de actividades.

Algunas de la metas que se han trazado para la mujer y su rol en la política incluyen aumentar la cantidad de mujeres empadronadas, así como su preparación para el voto, reformas a la ley de partidos políticos, y nuevas perspectivas de desenvolvimiento femenino dentro de los mismos.

Una meta es duplicar el número de ciudadanas empadronadas, y promover la activa participación de las mujeres, tanto en la consulta electoral que se efectuará para las reformas constitucionales, como en las elecciones generales de 1999.

Esto, además de contribuir a que el voto femenino tenga mayor peso y entonces se postulen a más mujeres, demandará de los líderes el desarrollo de programas gubernamentales con perspectiva de género que tomen en cuenta la realidad en la que nos desenvolvemos las mujeres.

Paralelamente, la propuesta de ley presentada por la Oficina Nacional de la Mujer para asegurar la participación femenina en un 30% dentro de los partidos políticos, si en efecto llega a aprobarse representaría un avance inusitado en esta lucha.

Junto con esta exigencia, también se plantea que se alternen las nominaciones entre hombres y mujeres, es decir que si un hombre encabeza la lista, la segunda sea mujer, el tercero hombre y la cuarta mujer, y así sucesivamente para que haya equidad. Puede ser que los partidos
digan que sí aceptan dar el 30% a las mujeres, pero las ponen en los últimos lugares de las listas, no teniendo la misma oportunidad de ser electas por los porcentajes de mayoría electoral.