LA VIGENCIA DEL PENSAMIENTO COMUNERO

- Revisión del 10 de Marzo de 2004 -

Fidel Cordero

Izquierda Comunera

 

Quienes hoy, en los inicios del siglo XXI, nos sentimos y nos llamamos comuneros, debemos aclarar por qué, qué queremos decir con esto. Es posible que al comenzar a leer estas páginas eso de los comuneros te suene a algo completamente nuevo, a historias de un pasado remoto, a novelas, a algo que en la bandera de tu comunidad autónoma o en su propio nombre se refleja, a unas calles de algunas ciudades y pueblos de Castilla, a algo, en definitiva, que tiene que ver poco con tu vida actual.

 

Es lógico, porque a todo eso se ha querido reducir el intento de los comuneros, y su pensamiento, a algo propio de museos y libros, de debates entre historiadores, en el mejor de los casos a una gesta romántica útil para el teatro, el cine o la narrativa. Nosotros creemos que no es así. Creemos, y por eso te invitamos a leer estas páginas, que hay aún bastante que aprender de lo que plantearon los comuneros, entre otras cosas porque creemos que nunca ha dejado de haber comuneros en Castilla, que no fueron sólo los que lucharon contra el emperador Carlos V, o siglos después contra el absolutismo de Fernando VII.

 

Después, hasta hoy, ha seguido habiendo pensadores y sobre todo, gente del común, ciudadanos, que han mantenido en alto su antorcha. Y esto tiene que ser porque se intuye, se entrevé en las reivindicaciones de los comuneros algo aún vivo. Precisamente por eso se han interesado tantos historiadores y se han hecho –y se siguen haciendo- tantas obras de teatro, películas y novelas sobre ellos. Por cierto que la última, La Comunera, de Toti Martínez de Lezea, además de ser un éxito editorial recoge muy acertadamente lo esencial de lo que nosotros defendemos.

 

¿Y qué es eso que defendemos? ¿Qué es lo que llamamos pensamiento comunero? De entrada, lo que la propia palabra dice, una forma de pensar, una mentalidad sobre lo social y lo político que parte de que el común de los ciudadanos tiene y debe tener voz propia, que no debe ser tratado como masa alienada y dirigida por ninguna élite. Y que por tanto ese común de la ciudadanía, esa voz comunera, debe ser siempre soberana en sus decisiones, no es legítimo imponerle ninguna autoridad superior a la hora de que decida cómo quiere que sea su sociedad y la política que la organice.

 

¿Tiene que ver por tanto con lo que se llama ahora democracia participativa, o democracia de base, o simplemente calidad democrática? Sí, y va más allá, porque viene de más atrás.

¿Tiene que ver con la autogestión? ¿O con el comunismo primitivo? ¿o con el comunismo libertario? Sí, y va más allá, porque viene de más atrás.

 

Tiene que ver también con la idea de la soberanía nacional, el antiimperialismo, el nacionalismo cívico, popular; la comarcalización, y la convivencia por tanto con el entorno natural que se ha venido a llamar desarrollo sostenible, con el planteamiento ecologista, en suma. De hecho, en la construcción más sistemática de lo que es hoy la alternativa comunera que proponemos, democracia de base, autogestión, ecología y nacionalismo cívico van indisolublemente unidos. A continuación te intentaremos explicar cómo, y cómo llegamos a estas conclusiones a partir de lo que era el movimiento comunero en sus orígenes, enriqueciéndose con  lo que ha pasado desde entonces, para adaptarnos a lo que somos hoy.

 

 

Los comuneros, las comunidades, como se les conoce también, fue un movimiento de rebeldía de los castellanos de entonces contra el expolio de Carlos V y sus consejeros flamencos, en los inicios del siglo XVI, que robaban del país sus riquezas, ocupaban los cargos públicos, y exigían nuevos impuestos para financiar el sueño imperial de este Carlos V, empeñado en ser el dueño de Europa a fuerza de guerras costeadas con el sudor y la sangre de sus súbditos. Las principales ciudades de entonces, encabezadas por Toledo, Salamanca, Segovia y Valladolid, se opusieron a sus planes, inciándose así una rebelión ya de entrada nacionalista-antiimperialista, y antiabsolutista.

Pronto esta rebelión se convirtió en una revolución, ya que al negarse a obedecer a un emperador extranjero que pretendía utilizar los recursos del reino para sus intereses personales, surgió la cuestión de quién era el que estaba legitimado para mandar, si el rey-emperador, de forma absoluta, por derecho divino, o el conjunto –el común- de los ciudadanos. Los comuneros lo tuvieron claro: que el reino mande sobre el rey, y no el rey sobre el reino, era su pretensión. Y llevaron a la práctica este principio de soberanía nacional, inalienable, del común. A los diputados que no fueron portavoces de lo que sus comunidades querían, a los que traicionaron la voluntad de sus convecinos, los consideraron traidores y como a tales los trataron. Qué lejos hoy esto de lo que vemos a diario, cuando nuestros supuestos representantes democráticamente elegidos se saltan a la torera la opinión de la mayoría y nos embarcan en guerras o en gastos según sus intereses.

 

Pero los comuneros no se quedaron ahí. En los años que duró la guerra, su resistencia al poder, se organizaban desde abajo, en asambleas de vecinos, donde cada uno por bajo que fuera, daba su parecer. Y desde esas asambleas salían sus portavoces, y sus jefes militares. Era toda una revolución, que de las ciudades se extendió al campo, en forma de movimiento antiseñorial, que reclamaba a los nobles las tierras robadas al común de los vecinos, esos bienes comunales que aseguraban –y asegurarían hasta la llegada con la desamortización de la propiedad privada brutal que hoy continúa- que los pobres siempre pudieran subsistir, que los recursos naturales no se degradasen ni se empleasen en beneficio de pocos y mal del común, y que –además- cada cual pudiese obtener el fruto justo de su esfuerzo, de su trabajo, a poder acceder a recursos colectivos.

 

 

Esto fue, en síntesis, lo esencial –para nosotros- de aquella primera junta de comuneros. Un sueño, vencido, pero que dejó su herencia, porque venía también de un pensamiento ya anterior, y que había demostrado sobradamente su eficacia en nuestra tierra. Perdieron, y los sueños imperiales de la monarquía –ese sueño codicioso y sangriento del imperio español en el que no se ponía el sol- redujo al hambre y al atraso a los pueblos de la monarquía. Entre ellos, al pueblo que estaba en el centro del imperio, al castellano, que sin embargo nunca se olvidó de sus antiguos usos y libertades. Ni de aquel sueño.

 

Unas veces se habló de él como de algo diabólico. Satanás, al enfrentarse a la autoridad suprema de Dios, habría sido el primer comunero, dice Quevedo. Pero otros recordaron pronto que la voz del pueblo es la voz de Dios, el vox populi vox dei medieval, y que de antiguo hubo repúblicas prósperas sin reyes, y que el mandatario que no sigue el interés de su pueblo se convierte en un tirano y como tal debe ser tratado. En estas, la revolución francesa llegó, y recordó a muchos lo que había sido la lucha de los primitivos comuneros, y se les cantó, y se organizaron grupos de lucha que se llamaron también comuneros, para luchar contra el absolutismo, y entre ellos estuvo el poeta Espronceda, famoso por sus cantos a la libertad más radical, o el Empecinado, el guerrillero que dio su vida por sus ideas.

 

Pero no vamos a hacer también nosotros historia más de lo necesario. Recordando y releyendo sus documentos, como hizo Manuel Azaña, el presidente de la segunda república española abortada por el fascismo, o tomando su bandera como hicieron en la guerra civil y en la transición tantos anarcosindicalistas y tantos socialistas castellanos, llegamos hasta el presente. No nos resignamos a quedarnos en los museos, a conformarnos con el reconocimiento formal de poner en las banderas de las comunidades autónomas el pendón, como en la de Castilla –la Mancha, llamada sólo de nombre Junta de comunidades, cuando no hay tal junta ni se respetan tales comunidades y sus ideales; o como en la de Castilla-León, donde junto a las denominaciones se celebra el 23 de abril como el día nacional castellano mientras se sigue administrando los recursos de espaldas al común y en beneficio de intereses ajenos.

 

Hablar de la vigencia del pensamiento comunero, hoy, a nosotros, los que nos juntamos en Izquierda Comunera y en el conjunto de la Izquierda Castellana, y a los que desde otros colectivos se sienten comuneros, nos resulta de entrada tan fácil y tan difícil al mismo tiempo como resulta siempre defender algo que se cree evidente. Parece que en dos frases está dicho todo, nos sentimos como si tuviéramos que defender con argumentos la vigencia de los intentos de mejora social, de la necesidad de soñar utopías y de pensar en cómo y en qué medida se pueden traer a la realidad sus soluciones.

 

Así que vaya por delante nuestra disculpa si damos por sobreentendidas cuestiones en las que estamos inmersos pero que quizá no sean del domino público. Para resolver dudas, nos brindamos a la discusión posterior, siempre más enriquecedora que el discurso, de lo que pudiera no quedar suficientemente claro. Al final del documento están las direcciones para encontrarnos.

 

Es así de evidente para nosotros la necesidad, casi la urgencia del pensamiento y la construcción comuneras, porque estamos convencidos. Hoy, que las nuevas herramientas informáticas hacen factible la discusión directa y por parte de todos de los asuntos políticos que nos afectan. Hoy, que por medio de estas mismas herramientas se hace más fácil que nunca la posibilidad de elegir portavoces directamente, portavoces conocidos en cada comunidad natural de las que vivimos (trabajo, escuela, vecindario...), sin los límites de las listas cerradas y los partidos herméticos. Hoy, que incluso se acuña el término <cibercomunismo> para referirse a esta posibilidad de apertura a la participación política más amplia con el soporte de las nuevas tecnologías de la información, la apuesta política de los comuneros -la elección directa de representantes desde la asamblea soberana de vecinos- se hace más vigente que nunca. ¿No es esto lo que están desarrollando en parte ahora mismo, hace ya catorce años, con éxito, entre otros lugares en Porto Alegre, en Brasil, con el presupuesto participativo?

 

Pero la alternativa comunera no es sólo política. Resulta igualmente vigente la propuesta social, casi ética, de los comuneros. La llamada a la participación del común -de todos- en los asuntos públicos. ¿Qué decir sobre su vigencia cuando esta participación es un clamor frente a la crisis -ya insoportable para quien mantenga un mínimo de dignidad- del sistema consumista en que languidecen naciones e individuos? No somos hoy sujetos activos en la construcción social, el sistema nos reduce a ser sujetos para la adquisición de mercancías, compulsivamente, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos -y hasta en sueños-, estimulados permanentemente por llamadas a la compra, al consumo de bienes y servicios casi siempre inútiles, que no nos dejan tiempo ni disposición ni energías para dedicarnos a alguna actividad constructiva, alternativa, social, que vaya más allá del mero consumir y acumular, y trabajar para adquirir, y poder así consumir más y acumular más.

 

En esta compulsión vacía en que nos adocenamos, en que nos alienamos, en que corremos en pos de posesiones que invariablemente pronto nos frustran y nos aburren, se hace urgente revitalizar la propuesta comunera de participación social activa. De ser y sentirnos ciudadanos activos. Porque para esto valemos todos, y todos somos necesarios, y es el único modo de romper con la resignación en que estamos sumidos. De hecho, los grupos y asociaciones en que muchos buscamos una actividad, ya sea cultural, deportiva, de ocio, responden a esta necesidad, aunque a menudo de forma poco consciente, con idas y venidas, pero siempre sacando en claro un sentimiento de utilidad social y personal

 

No nos queremos resignar a seguir simplemente pendientes de comprar y consumir, de sufrir por pagar el crédito y aspirar a tener más, mientras nuestros entornos están progresivamente más degradados, más feos, y son más inseguros. No queremos dejarnos caer, cada vez más hundidos en esta espiral estúpida del consumismo, cuando vemos que no lleva a nada bueno, que incluso una parte importante de nuestros semejantes, las mujeres jóvenes, no sólo son reducidas a ser sujetos de este consumismo compulsivo, sino a ser objetos permanentes de esa estimulación incesante al consumo. ¿Podemos aceptar tranquilamente que nuestra sexualidad se vea reducida a eso, instrumentalizada así, como nuestra vida, como la tierra misma, en beneficio de pocos, daño de muchos y peligro de todos? No.

 

Debemos decirlo alto: No. No nos resignaremos. Hay que transformar al consumidor en ciudadano. Esa búsqueda de una ciudadanía activa, que quiere ser dueña de sus destinos, que constituyó el movimiento comunero, hoy vuelve a ser una demanda urgente. Por desgracia, no porque se amenace la existencia del ciudadano activo social y políticamente, sino porque ha sido ya sustituído, convertido en un consumidor manipulado, zarandeado por poderes bastardos, intereses ajenos y nada transparentes.   

 

 

Y en tercer lugar, queremos rescatar la propuesta económica de los comuneros, la que debe sustentar este enfoque social. Sigue vigente hoy la defensa comunera de la producción que dignifique al artesano, al industrial, al ganadero, al agricultor, al que hace algo útil, al que es capaz con su esfuerzo y su ingenio de elaborar y vender a un precio justo sus producciones, frente al beneficio del especulador, que empobrece a los países productores de materia prima. Entonces, en el siglo XVI, cuando los primeros comuneros, lo que robaban era la lana de Castilla para luego vender aquí los tejidos más caros. Hoy habría que hablar de otros productos, pero el sistema es el mismo. Despojan a las naciones sobre las que pueden ejercer la fuerza, para venderles luego sus productos sofisticados -útiles o inútiles- a precios excesivos, endeudándoles y esclavizándoles cada vez más.

 

Y nosotros, los castellanos, estamos en medio, como entonces. Manteniendo una relación también colonial con algunos países del tercer mundo (el antiguo imperio, sobre todo, porque ha cambiado poco esto), pero siendo al tiempo colonizados por los más desarrollados.

 

Y mientras Castilla, empobrecida, sangrada, puede verse convertida en una reserva turística de los países ricos, en un abastecedor de agua, energía, y recursos humanos para otros. El actual sistema económico ha conducido a una Castilla desequilibrada territorialmente, en la que grandes áreas casi desiertas agonizan, mientras la población se hacina alrededor de megalópolis cada vez mayores, más caras y más problemáticas. Y esto es inaceptable.

 

La demanda comunera de racionalidad y justicia en el orden económico, de permitir el desarrollo digno de las naciones, frente a la explotación por parte de los capitalistas desde los países ricos que controlan el sistema financiero, es hoy más vigente que nunca. Porque además hoy la mecánica egoísta del capitalismo no sólo amenaza la soberanía de las naciones, no sólo supone la esclavitud de los pueblos y la explotación de los productores, supone también una carrera suicida de destrucción del medio en que vivimos.

 

No hablamos de un futuro apocalíptico: ya sufrimos cotidianamente los efectos de la degradación del medio en que vivimos, de la ausencia de espacios libres, del ruido incesante, de los humos insoportables, del encarecimiento salvaje del suelo y de la vivienda, de la pérdida de horas -y de tranquilidad- a diario, atascados en interminables desplazamientos. Todo esto es algo evitable, fruto de la organización –o más bien habría que decir de la desorganización interesada- del sistema económico actual, del neoliberalismo. Mienten reiteradamente, para convencernos, quienes nos quieren hacer ver que la competencia y el crecimiento sin freno y sin lógica son consecuencias necesarias del progreso humano.

 

Mienten. Mienten cuando hablan de lo privado como lo que funciona, cuando hablan de lo común como lo que no funciona, a ver si a fuerza de repetirlo todos nos lo creemos. Pero hemos tenido ejemplos cercanos para comprobar que esto no es cierto. ¿Nos entretienen y nos educan más las televisiones actuales privatizadas –pura telebasura y manipulación- que la antigua pública con todos sus defectos? ¿O que una televisión como la BBC? ¿O que las pocas emisoras locales que subsisten en barrios y comarcas hechas por y para los vecinos? ¿Es más fiable la sanidad privada que la pública cuando tenemos que afrontar una operación importante? ¿Es más fiable poner los ahorros en Gescartera que tener un buen sistema de pensiones? La lista sería interminable, y eso que tenemos que comparar con servicios públicos gestionados por gobiernos centrales y autonómicos distantes del ciudadano, que no creen en estos mismos servicios públicos, que en muchas ocasiones son ellos mismos propietarios de empresas privadas. ¿Qué sería si comparásemos con servicios autogestionados y controlados por los propios ciudadanos y trabajadores que los hacen y los disfrutan?

 

No, lo que vemos hoy no es consecuencia inevitable del progreso técnico. Es la consecuencia totalmente evitable de un sistema económico irracional, ciego, mal dirigido por los que acaparan el poder y sólo miran al plazo inmediato de sus intereses más miserables. Llevándose por delante a quien haga falta. Usando la fuerza contra cualquiera que se les opone por las buenas o por las malas. Y todo esto que genera inseguridad y miedo, que nos hace innecesariamente infelices, puede y debe ser cambiado desde la mentalidad comunera. Por nosotros, por los mismos ciudadanos a los que nos quieren negar el derecho de serlo. Porque eso es ser comunero: ser ciudadano y no súbdito. Ni mero consumidor.

 

Es evidente que el turismo, la destrucción del medioambiente o los problemas de la inmigración masiva no estaban en el candelero en 1520, pero es una crítica tan fácil como pobre, que ya estamos acostumbrados a oír, la que nos quiere asimilar, por comuneros, a un modelo de organización política y social castellana propio del siglo XV o de la Edad Media. Es un intento de descalificación de nuestras propuestas tan malintencionado como burdo, romo, y carente de toda credibilidad.

 

¿Por qué los que hacen estas críticas, si les gusta tanto la legitimación y deslegitimación históricas, se saltan, siguiendo el hilo del tiempo, la continuidad que tuvieron la mentalidad y la acción revolucionaria comuneras en los arbitristas del siglo XVII, perseguidos por apuntar soluciones a la ya evidente crisis? O a comienzos del siglo XIX, cuando en pleno romanticismo la mejor gente, gente como el coronel Riego que venció al absolutismo, o el economista Flórez Estrada, que apuntó una alternativa social y sensata a lo que fue la desamortización de la tierra, fueron y se llamaron comuneros. 

 

Contra la ocupación napoleónica, contra el servilismo de los absolutistas, sus principios fueron los mismos, y por ellos dieron la vida, defendiendo la libertad y su nación.

 

Como después seguían latiendo los principios comuneros en la primera República Española, cuando el pacto federal castellano. Como se investigaron, analizaron y difundieron estos principios en la obra regeneracionista de Joaquín Costa, defensor tan clarividente de la colectivización agraria como elemento consustancial de nuestro progreso y de nuestra tradición al mismo tiempo. Tan lúcido fue su análisis que desde entonces su pensamiento sería una referencia obligada tanto desde la izquierda como desde la derecha, para todos aquellos políticos e intelectuales que querían -o al menos decían querer- superar la farsa canovista y el secular atraso de nuestra tierra.

 

Por cierto, hoy, que hemos tenido (o más bien nos ha tenido él a nosotros) durante ocho años a un presidente de gobierno seguidor de Cánovas, en un sistema político conservador, bajo una monarquía que cada vez se parece más al sistema de la Restauración borbónica, sería hora de que se rescatase contra el neocanovismo a quien más y mejor lo criticó, precisamente desde posiciones comuneras, de defensa de la colectivización de los medios de producción, de la soberanía política de los municipios, siguiendo las tradiciones de defensa del común, de los productores, y además, de la opción republicana entendida como un primer paso contra la oligarquía y el caciquismo, hoy nuevamente imperantes.   

 

Y siguiendo el hilo histórico, y cada vez más cerca, ya peligrosamente cerca del presente, ¿no han sido las mejores lecciones de las revoluciones políticas que han agitado al recién cerrado siglo XX, las que comparten los principios comuneros? ¿No están en esta línea de recuperación de la soberanía del común, de la propiedad y la gestión de lo colectivo, de la participación abierta desde las bases, los mejores logros de la revolución mexicana, o de sistemas autogestionarios, de los soviets y del sistema Mir en los primeros momentos de la revolución rusa, de las colectividades de nuestra guerra civil –de tan feliz recuerdo para quienes las vivieron como denostadas por los fascistas, o -ya anteayer, extendiéndose hasta hoy mismo- lo mejor, lo más incontestable, de los logros de la revolución cubana del 59, o los intentos –ojalá que lleguen a buen término- de nuestros hermanos brasileños y bolivarianos actuales?

 

Que duda cabe de que si algo entusiasmó y movilizó a los pueblos en este recién despedido siglo XX fue la oportunidad -más cercana que nunca, casi al alcance de la mano- de que la participación social y la autogestión pasaran de ser una utopía o una realidad próspera en círculos cerrados, religiosos o sectarios, a construirse sobre la realidad más extensa de las comunidades naturales, durante los años que en cada caso pudieron resistir defendiéndose de las asechanzas del capital y el fascismo.

 

Hoy mismo, y con proyección al futuro, las experiencias de presupuestos participativos, autogestión en recuperación de entornos naturales y de barrio, de pueblos abandonados y viviendas arruinadas por la desidia de los especuladores, con sus experiencias ilusionantes y sus éxitos incuestionables –pese al acoso alrededor-, ¿no son una práctica plenamente comunera? Para nosotros sí. Y nosotros estamos con quien crea en ellas, aunque no las llame así. Por el término no vamos a discutir, lo que es relevante es el concepto, la idea de lo comunero. Esperamos que os haya quedado más claro tras leer estas líneas. No es algo imposible, y no es cosa del pasado, ni otra promesa más a largo plazo que nunca llega. Es una realidad ya en marcha. Una realidad del presente y del futuro ya inmediato a la que te pedimos que te sumes.

 

Sí, hay continuidad histórica, el pensamiento comunero no ha muerto nunca, y su práctica menos, ha rebrotado en cada ocasión propicia. Las colectividades agrarias durante la guerra civil, aquí en Castilla, e incluso algunos experimentos urbanos e industriales semejantes - que funcionaron, que se demostraron posibles durante casi tres años, que hicieron felices a los que participaron en ellos, y que por eso han permanecido ocultos a la opinión pública no sólo durante el franquismo, sino durante la transición, y sólo ahora empiezan a estudiarse, tímidamente -, ¿no eran organizaciones comuneras? Habían cambiado los términos, sin duda, y seguirán cambiando: se llamaron entonces comunismo libertario, colectivizaciones, luego se ha hablado de asamblearismo y de autogestión, pero los principios son idénticos. Cambian las palabras, como los hombres se renuevan, pero la mentalidad, como las naciones, persisten. Evolucionan, afortunadamente, pero no sucumben ante el poder ni ante el posibilismo mezquino de los que creen que no se puede hacer nada en estos terrenos de la organización política y social.

 

Qué distinta esa mentalidad comunera, comunal, castellana, de este Estado –Español en nuestro caso- de cosas actual, de necios arrogantes, ensoberbecidos por una capacidad de consumo que no es sino una compulsión consumista que nos tiene presos, idiotizados, engordando en la inanidad más depresiva, en la autocomplacencia más vacía. Debemos regenerar la mentalidad de nuestra nación, aletargada en la estupidez más insolidaria, en la mezquindad más alienante. Dejemos de sumarnos a la explotación del tercer mundo y a la especulación inmobiliaria. Dejemos de hacer el juego a los que nos hacen la vida más triste.

 

A menudo uno tenemos hoy la desagradable impresión de que hay pocos pueblos tan faltos de conciencia social y de capacidad de reacción como el nuestro. Tan domesticados, tan simples, como nuestros compañeros de generación. Basta salir y ver que por desgracia no es así. En otras naciones los problemas son semejantes, pero también hay grupos –aún minoritarios, pero bien formados y entusiastas- que se resisten y que toman la palabra y emprenden la acción. Paciencia, paciencia e ironía contra el sistema. Paciencia activa, actuando tras la reflexión, porque como decía Gramsci, hay que conjugar el pesimismo de la inteligencia (al analizar y al proponer ponerse en la situación más difícil, evitando el triunfalismo) con el optimismo de la voluntad (hacer, hacer entre todos, con decisión y alegría, que para eso sirve también el común, para aumentar nuestro entusiasmo).

 

Porque al mismo tiempo que se ve lo que no funciona, adentrándose en lo que ha sido y es el pensamiento, la mentalidad comunera, se descubre con satisfacción que en nuestro pasado no tan lejano está uno de los modelos sociales alternativos más eficaces y viables hoy. Un tesoro que nosotros debemos desenterrar y dar a la luz, que hay que desempolvar como un arma oxidada cuando tenemos el enemigo en casa, cuando la provocación y la prepotencia de los dominadores les lleva incluso -como en las últimas guerras- al crimen directo y masivo.

 

¿Cuál es este modelo social alternativo, en el que creemos que se debe desarrollar hoy la mentalidad comunera? Como explicamos también en nuestra declaración de principios, accesible en nuestra página web (www.nodo50.org/izco) para quien tenga la curiosidad de consultarla y debatirla con nosotros, básicamente hay tres principios clave, interconectados:

 

 

-                Primero, a nivel político, la defensa de la soberanía del común, esto es, del conjunto de los miembros de una colectividad que directamente conviven y se conocen: sea vecindario, lugar de trabajo, de estudio, o cualquier otro colectivo social al que se pertenezca. Soberanía para decidir por nosotros mismos, sin autoritarismos, imposiciones, chantajes ni tutelas de ningún tipo.

Esta soberanía del común no puede ni debe ser de ningún modo alienada, es una soberanía inalienable. Soberanía inalienable del común supone que nosotros negamos cualquier carácter pretendidamente democrático, y cualquier legitimidad, a las instituciones o personas que se arrogan nuestra representación sin consultarnos su decisiones, en contra de nuestra opinión o ignorándola, so pretexto de un sistema de elección que les da un cheque en blanco por cuatro o más años para hacer y deshacer a su antojo o en función de intereses ajenos.

Además, sabemos ya todos hoy, porque lo comprobamos de contínuo, que los votos son otro mecanismo de consumo, y los partidos su fábrica: manipulación informativa, marketing electoral, inversiones publicitarias, presiones mediáticas, y poco más.

 

Soberanía inalienable del común supone que sólo las asambleas, concejos, o grupos sociales en pleno, sólo la comunidad, cada comunidad, es soberana para resolver sus propios asuntos, y los portavoces elegidos por ella se limitan a ser eso: portavoces, representantes, retirables en cualquier momento, y que nunca deben decidir en contra o al margen de lo decidido y discutido asambleariamente.

 

- Segundo, y lógicamente como consecuencia de lo anterior, a nivel social, y de ética personal, las acciones de interés común no se espera que se tomen desde arriba, sino que se inician, se proponen, se abordan y se ejecutan desde abajo, extendiendo la autogestión al mayor ámbito posible, por ejemplo:

F  intervenciones en defensa del medio ambiente (reciclados, recogida selectiva de resíduos, ahorro energético, etc),

F  medidas de prevención y cooperación sanitaria y educativa, tanto en salud física como mental, y tanto en información como en formación integral y contínua del ciudadano,

F  organización de fiestas y entretenimientos, recuperando un ocio que cree comunidad, permita el foro crítico y el encuentro gratificantes y genere alternativas constructivas y placenteras no idiotizantes, enlazando con las propias tradiciones nacionales de fiesta en la calle, en la plaza, en la corrala,

F  creación y gestión para todo ello de espacios públicos, urbanismo, en definitiva, pensado para la comunidad y su disfrute, eliminando la huella nefasta de la dominación ajena, el hacinamiento, el sexismo en los espacios, la invasión del automóvil, de la basura, del ruido, de los materiales desagradables y de la construcción barata; para tener calles y plazas, soportales, bulevares, campos de deporte, talleres artísticos, bibliotecas, teatros, piscinas, frontones, mercados, parques, espacios de reunión y de recreo para todas las edades, sin segregaciones ni marginaciones en función de la edad, el género o el nivel económico y status social, agradables estéticamente, cómodos, seguros y ecológicamente eficientes y respetuosos con el medio, 

F  prevención y defensa frente a posibles comportamientos antisociales (guardias vecinales, diálogo y amonestación con los asociales, para evitar tener que recurrir a otras instancias), evitando el actual estado policial y judicializado con una población penitenciaria enorme y condenada a la marginalidad,

F  reparto del trabajo, y los trabajos, que llegue a todos y entre todos se haga llevadero, limitado en el tiempo y en el esfuerzo, y justo, sin que se den los desequilibrios actuales entre el paro y el pluriempleo, o entre los trabajos serviles -destinados sobre todo a la mujer y sobre todo si es de cierta edad o a los ciudadanos de cierta procedencia social o directamente a los inmigrantes de otras naciones explotadas- y esos otros trabajos de dirección y de alto status, desequilibrio que se convierte en fuente de insatisfacción y en otra forma de explotación no por cotidiana -incluso familiarmente asumida - menos condenable,

F  asistencia social, sobre todo para cuidar de los ciudadanos hoy abandonados, relegados por ya improductivos 

F  y, por supuesto, coordinación con otras comunidades del mismo nivel básico para todo aquello que nos afecte a más de un colectivo, y, subiendo en la red de coordinación, a más de una nación.

 

Aquí, por cierto, debemos atacar contra un tópico muy extendido en la opinión pública, ya que ha sido difundido y alentado desde los medios de comunicación de masas al servicio del poder:

del mismo modo que el asamblearismo y la autogestión no implican caos, sino antes al contrario, siempre que se han practicado han supuesto una organización social más eficaz, más económica y menos represiva para el indivíduo, es falso que la municipalización, la comarcalización o el nacionalismo signifiquen desatender a lo global, a lo internacional, a lo que nos afecta a más de una comunidad y a más de una nación.

El internacionalismo real, solidario y generoso, en la historia reciente va de la mano con un nacionalismo firme, arraigado, insobornable. El nacionalismo cívico no es el imperialismo ni el estatalismo que hemos conocido de naciones-estado que se ponen al servicio de intereses de dominación, racismo o fascismo en cualquiera de sus variantes. El nacionalismo cívico es su contrario. Los que lo han defendido y abanderado han sido siempre los mayores luchadores internacionalistas (Gandhi, el Che...). Y, curiosamente, los que atacan el nacionalismo por desintegrador e insolidario corren a puntarse a la sombra del imperio que arrasa con cualquier pueblo diferente, o lo que es peor, con la diferencia y la identidad de cualquier pueblo.

 

Defender nuestra identidad es mantener una riqueza cultural y un derecho humano fundamental, no significa ser inmovilista ni creerse mejor que otros. Eso es lo propio de los estados-nación, y el caso delos españolistas con sus sueños imperiales y su falta de respeto a las identidades diferentes lo ha dejado bastante claro en el siglo pasado. A ver si no sigue asomando en este siglo nuevo.

 

El internacionalismo de la cooperación entre las naciones tampoco es el cosmopolitismo apartida, frívolo, que sólo disfraza un burdo egoísmo, como ya denunció en el siglo XVIII el creador del nacionalismo cívico contemporáneo, Rousseau. El que se dice cosmopolita rara vez es por ingenuidad o falta de identidad. Algo oculta o algo quiere negar. Se considera por lo general superior, de la élite de los que viajan y están más allá de los sentimientos de identidad nacional, o se identifica solapadamente con los valores dominantes para sentirse dominador. Cuando se llama ciudadano del mundo no lo suele hacer para dejar clara su voluntad de ayudar a cualquier pueblo oprimido, sino para declararse neutral en las luchas contra el imperio y no ayudar a nadie, más que a sí mismo a trepar. Que no nos engañen.

 

El nacionalismo, el internacionalismo, debe animar contra los intentos colonizadores (llámense globalizadores o imperialistas, que es lo mismo), debe ser lo que nos una, y nos haga comprender que nuestro destino nunca puede ser una engañosa salvación individual a costa de vender a nuestros vecinos o a nuestros compatriotas. Como estamos marcados por nuestros genes sin que conocer esto nos impida ser libres en un margen infinito de movimientos, estamos atados, lo queramos o no, a nuestra nación y a nuestra historia, de la que debemos sacar sus mejores lecciones, en pos de un modelo social elegido y construido por nosotros, en permanente mejora.

 

Por eso, el  proyecto comunero -aun cuando pueda servir de ejemplo inspirador a otros pueblos- es en principio un modelo propio, no transplantable tal cual a otras naciones, porque cada una debe hallar, desde su personalidad exclusiva, su propio camino.

 

Nacionalismo, internacionalismo, socialismo y participación, van así de la mano, inseparables, en contra de lo que una opinión mediática canalla se empeña en decirnos, presentándonos como irreconciliables la libertad y la igualdad, la nación y la solidaridad universal. Acusando de egoísta y cerril al nacionalismo y de allanador de libertades al socialismo real.

 

¿Qué hay más egoísta y más cerril que el mundo que nos trae su globalización?; ¿qué hay más falto de libertad real, de posibilidades de participación efectiva en lo social, que sus democracias de pacotilla y sus partidos herméticos?.

 

No, Nacionalismo, internacionalismo, socialismo y participación, pueden y deben y de hecho van de la mano. Como lo ecológico, lo autogestionario y lo nacionalista en lo comunero.

 

Tenemos en Castilla nuestro propio puño para reunir el ramo de estos valores compartidos por más de lo que a veces, desanimados, creemos: el pensamiento comunero. Y por eso hoy tenemos también la responsabilidad -quizá histórica, porque quizá estemos ante una de las mejores oportunidades de salvarnos de la uniformización neoliberal, devastadora de paisajes y de identidades- de hacer realidad este pensamiento, de intentar esta utopía vieja y nuestra.

 

-         En consecuencia, y como tercer principio, en lo económico debemos defender el comercio justo, la no explotación de unos pueblos por otros, y eso implica la preponderancia de la producción sobre la especulación económica, que debe ser reducida o anulada, y de una racionalidad en esa producción y en su reparto que hagan la vida sostenible en la tierra.

 

Hoy contamos para ello con mejores medios que nunca, mejores técnicas en nuestras manos, como contamos con más potentes medios de información y de formación, pero es nuestra responsabilidad ponerlos al servicio de la mejora social o dejarlos en manos de este impulso ciego del neoliberalismo avasallador.

 

Y no somos de un optimismo fácil: sabemos que hoy hay más medios que nunca para poner en pie esta Utopía comunera, pero también hay mayores amenazas contra ella:

 

- en lo económico la tan cacareada terciarización que oculta un espacio creciente para la especulación y la actividad improductiva, facilitando ese ocio convertido en un consumo más, embrutecedor y asocial, que fomenta el egoísmo, la dependencia de las subvenciones o la explotación que suponen las industrias sumergidas y los negocios criminales: la prostitución, la droga, el tráfico de personas... tan florecientes en el reino de España;

 

- en las mentalidades, la prevalencia creciente del individualismo cerril e irreflexivo frente a la conciencia sensata de pertenencia a unidades sociales a ser tenidas en cuenta porque afectan, envuelven, forman incluso nuestra vida; del mismo modo es una amenaza, quizá la mayor hoy aquí, para la juventud castellana, la pasividad, la resignación, desde la creencia falsa del fin de las ideologías y la convicción depresiva de que estamos en el mejor de los sistemas posibles; el pensamiento débil, en suma, aliado del interés del consumismo en que no se crea en la Verdad, el Bien o la Belleza, sustituyéndolos respectivamente por la opinión (manipulada), el precio (despegado del valor) y la moda (impuesta), más tiránicos al final para el ciudadano que los sufre que cualquier canon de belleza, dogma del bien o criterio de verdad que se criticaran en su día;

 

- y en la realidad social que se va imponiendo, la mayor amenaza, sin duda es la globalización neoliberal, que no es la del internacionalismo entre los pueblos, ni la de la información útil que fluye mejor de unos a otros, es la globalización que ataca nuestras identidades nacionales o de comunidad en aras de una uniformización acorde con el modelo preferentemente estadounidense, de formas de vida, modas, usos, costumbres y mentalidades, hasta lograr la alienación cultural mayor que haya conocido nunca la historia.

 

Sin ponernos apocalípticos, porque no hace falta desgraciadamente, podemos salir a la calle y comprobar como las culturas se extinguen a velocidades nunca vistas, como la diversidad cultural desaparece y con ella la posibilidad de contar con herramientas distintas de adaptación a distintos y cambiantes medios, de supervivencia y de enriquecimiento artístico, en suma de acceso a la felicidad.

 

Además, a nivel político la globalización neoliberal es la de los manejos oscuros, desde arriba, desde cúpulas ocultas del poder financiero, rigurosamente antidemocráticas, no transparentes, que usan sin embargo el discurso de la defensa de la democracia, para mantener el poder apuntalado en la creencia tan ingénua como extendida de que los sistemas de partidos, esa filfa que insulta desde cualquier punto de vista a un planteamiento mínimamente democrático, son los garantes de la libertad y el progreso.

 

Y por si lo anterior fuera poca amenaza, vemos y sentimos ya la marcha atrás en cuanto a conquistas sociales del <estado del bienestar>, como otra de las hazañas de este neoliberalismo globalizante: sin hablar, como han señalado expertos en el tema, del rebrote en los últimos 20 años de epidemias que se habían erradicado ya, gracias a la implantación generalizada de sistemas de sanidad pública; porque las protecciones sociales se ven paulatinamente sustituídas por sistemas de pago para los ricos, dejando para los pobres la beneficiencia, hoy camuflada de ONGs altruístas, para absorber los pocos y equívocos sentimientos de generosidad que un sistema basado en el egoísmo más ruin y más ciego deja a veces brotar.

 

Pero insistamos mejor en lo positivo, deshaciendo errores: el nacionalismo no es sinónimo de derecha, como se empeñan en identificar los medios, ni regionalismo cerril, ni caciquismo. Está el nacionalismo cívico, el que defendemos los comuneros, el que te hace ciudadano de la nación en la que vives y trabajas, en la que participas activamente, con independencia de tu lugar de origen.

 

Precisamente los defectos del caciquismo, del racismo, de la discriminación y la insolidaridad se dan más entre los suyos, entre los defensores del subimperio españolista. Son fruto, precisamente, de sus enfoques estatalistas y partidistas. El nacionalismo real, como el pensamiento comunero auténtico, implica que la soberanía está en la nación, en todos, y no en los de arriba, y es por tanto, como lo fue en su origen, profundamente progresista. Lo de la derecha es el patrioterismo con que contraatacó, con que alimenta de nuevo malos sentimientos, buscando identificaciones excluyentes  que legitiman el imperialismo y el militarismo, bajo la sombra del racismo y el fascismo planeando sobre ellos.

 

Lo que realmente está contra el internacionalismo hoy no son los nacionalismos de los pueblos que defienden su identidad y su soberanía, sino la globalización neoliberal.

Y esto lo muestra a las claras el caso actual de la emigración masiva de trabajadores de los países del tercer mundo al mundo desarrollado. El problema, de base, no se daría si un internacionalismo que se ha perdido en las organizaciones sindicales mayoritarias garantizase las mismas condiciones económicas y sociales al trabajador de allí que al de aquí.

 

Pero lo que se internacionaliza con la globalización es el capital, exclusivamente. Y al capital le resulta más cómodo -y más barato, sobre todo- contratar trabajadores en condiciones de inferioridad. Ya ni se molestan en ir ellos a invertir a aquellos países donde la mano de obra se abarata hasta la indignidad: se quedan esperando a que el inmigrante, arrastrando penalidades, mafias y engaños, venga, atraído por el señuelo de una propaganda falaz que le muestra el paraíso consumista en el mundo occidental, y lo adoctrina al tiempo en un modelo individualista de comportamiento en el que se abandona toda responsabilidad, todo compromiso con la mejora del propio país, llegando incluso a dejar a los propios compatriotas -parientes incluso, los más débiles siempre, niños y viejos- abandonados a su triste suerte.

 

Sólo un internacionalismo real que haga equiparar las condiciones y exigencias laborales entre todas las naciones hará imposible este tráfico inhumano de personas. Sólo un nacionalismo que vincule a cada indivíduo con la lucha por defender su tierra acabará con el abuso y la explotación. Sólo internacionalismo y nacionalismo de la mano, como una misma forma con dos rostros, permitirán controlar la delirante natalidad de los países subdesarrollados y frenarán su explotación, permitiendo su desarrollo equilibrado.

 

Y del mismo modo que el nacionalismo comunero es internacionalismo, nuestro comunitarismo no implica pasividad. Siempre se ha acusado a todos los intentos alternativos de organización social y económica -el socialismo real, los intentos comunistas primitivos-, de fomentar la pasividad del ciudadano, ocultando las experiencias autogestionarias, comunales y cooperativas, que han funcionado en sentido contrario: la defensa del común implica, se construye desde la participación y la iniciativa personal. Exige y fomenta al mismo tiempo esa iniciativa individual.

 

En el fondo, esta falacia a favor del protagonismo total de la propiedad privada que divulgan los líderes de opinión oficiales es el otro lado de la propia paradoja del pensamiento único:

se nos quiere negar la posibilidad de sistemas alternativos ya experimentados, comunitarios, argumentando que negarían la iniciativa individual, mientras que un sistema pretendidamente basado en la iniciativa personal está transformando a millones de personas en seres pasivos, sumisos y nada creativos, cuando no idiotizados.

 

Ayer se trataba de idiotizar a las masas por el trabajo brutal, y la falta de información, la ignorancia. Hoy es la trampa más sutil: es el ocio y el exceso de información, el ruido, lo que más nos idiotiza.

 

El liberalismo económico actual maneja el ocio y la información multiplicándola y agotándola, y nos los ofrece como algo residual, como basura, literalmente. Es un insulto a la dignidad humana y sobre todo a la de aquellos que como los jóvenes más tiempo dedican al ocio y más deberían dedicar a su formación. Un ocio embrutecedor es la pieza que cierra la insatisfacción del hombre actual. Como parte del mismo despropósito.

 

            Abramos los ojos. Es la primera necesidad, el primer mensaje comunero hoy. Despertemos, y la acción vendrá casi sola, la exigirá la dignidad recobrada. Y en esto seguimos también el ejemplo de los primeros comuneros: despertar a un pueblo, a una nación. Alertar del peligro de ser colonizados y dominados, negados nuestros derechos políticos, nuestra participación en gestionar nuestros propios asuntos públicos. Hoy más que nunca debemos buscar una Castilla nuestra, libre y comunera.

 

Como señalábamos al final de nuestra declaración fundacional:

 

Sabemos que la propuesta que resumen nuestros tres principios es ambiciosa, incluso utópica, pero su utopismo es pragmático, no basado en pensamientos teóricos totalizantes, ni en una mera evocación romántica del pasado, reducida a salas de museo, sino en las mejoras que urgen a nuestros conciudadanos, a nosotros mismos, las mejoras posibles y necesarias, la mejora radical que puede marcar un camino nuevo y entusiasta a la acción política de los castellanos de hoy. Con un llamamiento final:

A propósito de utopías, frente a tanto realismo y tanto posibilismo rastreros, ¿no es hora ya de que los comuneros nos enfrentemos de nuevo a los realistas?

 

(Fidel Cordero, en Los Navalmorales, tierra de Castilla, a 10 de Marzo del 2004)