Las contradicciones de la encíclica

Martes 14 de febrero de 2006 por por GKB

Enero ha sido un mes interesante para los que por diferentes motivos, tenemos puesta nuestra mirada en la iglesia católica, en el terreno de sucesos, la cosa ha continuado como siempre, un cura detenido por poseer pornografía infantil durante una redada policial, y nuevos escándalos de abusos sexuales a menores estallan por todo el mundo, mientras obispos y demás altos funcionarios del estado vaticano guardan silencio o depositan flores para deleite de la plebe marianista. La sorpresa ha saltado, cuando el caudillo del estado Vaticano, Joseph Ratzinger, nos sorprende con unas declaraciones en las que manifiesta que la iglesia no debe meterse en política, tan sólo unos días después de sacar una encíclica en la que nuevamente, y como buen discípulo del Karol Wojtyla, arremete contra el comunismo ateo; se echó de menos un ataque a la judería internacional dado su pasado en las juventudes hitlerianas, hecho que dicho sea de paso, es bastante omitido últimamente, o revisado como una simple imposición que nada tiene de voluntario para un tardío sucesor de Pio XII.

La encíclica en cuestión, tal y como el propio autor señala, combina abstracciones y concreciones, lo que hace que pocas cosas queden definidas y sean comprensibles, a menos que se proceda a la relectura del texto, sin embargo, hay dos conceptos, que sí quedan profundamente claros.

Se puede observar cómo la homofobia perdura, al restringir la posibilidad del amor en “el cual intervienen inseparablemente cuerpo y alma” a una pareja formada por un hombre y una mujer, la posibilidad de ese tipo de amor entre parejas del mismo sexo, es ignorada desde el comienzo, como ya dejaron claro en sus manifestaciones para eliminar el derecho de las parejas homosexuales a contraer matrimonio, esta posibilidad queda excluida por ser “una enfermedad”, término que pese a estar extendido entre las bases, no se formula en los documentos de la “santa madre iglesia”.

Más adelante, a la hora de analizar el carácter de la caridad cristiana, Ratzinger enuncia brevemente que los marxistas nos oponemos a la caridad por entender que no es más que un pequeño maquillaje de la realidad, y que más importante que tratar de actuar sobre las consecuencias del sistema, es luchar por alcanzar un sistema justo, en el cual, esas consecuencias hayan sido eliminadas, reconoce que en esta “afirmación hay algo de verdad” cuando hablamos de las injusticias del capitalismo, pero que sin embargo, “bastantes errores” sobre cuál es el papel de la iglesia, o su verdadera finalidad.

Al no ser deber de la iglesia luchar por ese sistema más justo, ésta debe conformarse con su papel, el cual reduce únicamente a la caridad, posicionamiento que puede parecer comprensible para cualquiera que no haya prestado una mínima atención a encíclicas sociales anteriores, así por ejemplo, contradiciendo lo actualmente afirmado, en Divini Redemptoris se sostenía que el Estado debe proveer al bien común, para que de esta forma, subsista una sociedad ordenada, ya que si los ricos no aportan al bien común una parte de la riqueza, no puede conservarse el Estado, dicho de otra forma, allí donde el Estado no llega, o no quiere llegar, la iglesia, por medio de la caridad debe trabajar para que si la revolución llega, sea porque “los turbulentos torcemos intencionadamente los problemas para envenenar más la lucha”, y al menos no por el estómago.

En cuanto a la supuesta sinceridad del pontífice a la hora de defender un sistema justo, no debemos olvidar lo expuesto en Rerum Novarum, en la que además de defender el derecho de propiedad (cosa que sucede continuadamente en numerosas encíclicas), se defienden las desigualdades por “ser convenientes para la sociedad” o que el límite de trabajo para los obreros (ya que las mujeres no pueden porque deben estar en casa cuidando a la prole –Quadragesimo Anno-) es el que soporten. Por defender mucho menos que este “modelo de justicia”, cualquier delegado sindical sería automáticamente colgado por sus compañeros incluso en el sindicato más amarillo.

Es fácilmente perceptible que existe una enorme diferencia entre lo que la iglesia dice que hace, y lo que realmente piensa, es por ello, que es deber de todo demócrata responsable (independientemente de sus creencias religiosas o de la ausencia de las mismas) defender los derechos de las grandes masas, frente a la ideología camuflada de culto que es vendida por los funcionarios del Estado vaticano, ebrios de poder en otro Estado, el nuestro, que no se atreve a combatir el papel que les fue otorgado a sangre y fuego por un militar golpista, que no supo respetar la opinión de un pueblo decidido a ser libre para siempre.


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