Ante el 8 de marzo

Martes 8 de marzo de 2016 por por GKB

Un nuevo 8 de marzo, un año nuevo sin soluciones ni tierra a la vista. La miseria y la explotación a la que se ve sometida la clase obrera, especialmente la mujer, aumentan cada vez más. Entre los desposeídos y explotados, históricamente, la mujer ha sido el miembro que más ha sufrido. Desde el nacimiento del patriarcado y la sociedad de clases, ha sido relegada al trabajo doméstico y reproductivo, aparcada al hogar. Se le ha negado la voz y el voto, considerada inferior, poco más que un esbozo infantil, incapaz de razonar y reflexionar.

La desigualdad es cosa del pasado, claman los burgueses… pero entonces la realidad entra en contradicción con sus proclamas: la brecha salarial, lejos de reducirse y desaparecer, aumenta. Los empleos más precarios tienen rostro de mujer, tales como las mujeres de la limpieza, quienes denuncian que se sienten esclavas, y no es para menos: muchas trabajan por poco más de 5 euros la hora, y apenas tienen vacaciones ni derecho a enfermar, pues si esto ocurriera se ven en la calle. Limpieza y cuidado, a esto se resume la mujer tanto dentro como fuera del hogar.

La mujer obrera del resto del mundo no lo tiene mejor, pues muchas sufren las miserias y penurias propias de las novelas de Dickens. En lugares como Bangladesh (donde, recordemos, el derrumbamiento de una fábrica textil acabó con una cuantiosa cifra de muertos), mujeres y niñas son explotadas a cambio de un salario ridículo, y si esto no fuera suficiente, tienen que enfrentarse a las violaciones y al acoso sexual. Historias como estas se repiten en países como México, donde se suman los asesinatos y desapariciones por los cárteles de narcotraficantes.

En esa dualidad, del ser mujer y el ser obrera, se encuentran millones de mujeres en todo el mundo. La cárcel es otra de las pesadillas que tienen que sufrir, y junto a esta, las instituciones mentales. Las instituciones mentales juegan un papel crucial, donde son recluidas e incluso lobotomizadas. La mujer es más proclive a la exclusión social y a trastornos y enfermedades mentales, lo cual la arrastra a la delincuencia y a la drogadicción, y finalmente, a prisión o a un sanatorio. La cárcel es un sistema de reinserción social en el sentido más absoluto del término: se desea que el individuo sea productivo y obediente. En el caso de las mujeres, se las desea productivas y reproductivas: madres, amas de casa y trabajadoras.

Por otra parte, también sufren a manos de sus maridos y parejas, los cuales las consideran de su propiedad, humillándolas, sometiéndolas e incluso violándolas y matándolas. A pesar de imaginarnos la violación como algo que ocurre en un callejón a oscuras, muchas se dan dentro de la familia y la pareja. Ideas como que las mujeres que dicen “no” no saben lo que dicen o que siendo insistentes las harán ceder, conllevan situaciones como esta. Es la consecuencia del patriarcado y el capitalismo en su máxima expresión: la mujer es objeto de deseo como de desprecio.

Si deseamos construir un mundo donde la mujer sea verdaderamente libre e igual, debemos destruir antes el sistema que sustenta todo este engranaje de violencia: el capitalismo. Es el capitalismo quien de la mano del patriarcado sume a las mujeres obreras en las circunstancias más dolorosas. Necesitamos que las mujeres obreras, independientemente de su raza, unan sus fuerzas y derrumben lo viejo para construir lo nuevo. Necesitan una organización propia, independiente, unida a la de los trabajadores y trabajadoras, y una línea política que huya de idealismos y concepciones que renieguen de la lucha de clases. La mujer no necesita reformar su prisión, necesita acabar con los muros y las cadenas que la rodean, y para ello necesita la revolución socialista.


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