Foro Social de Jaén

A 40 años de Mayo del 68

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Iremos colocando textos a lo largo de todo este mes de mayo, conforme los vayamos pirateando de aquí y de allá.
A quienes lo vivieron, esperamos que no muráis de nostalgia.
A quienes no, deseamos que os hagan reflexionar sobre lo que hoy está pasando y contribuyan a seguir luchando por otro mundo posible.

Textos:

1.- Mayo del 68: ¿Adónde ha ido a parar toda la rabia?

2.- Mayo junio de 1968

3.- De la rebelión al consumo

4.- ¿Qué hacías tú en Mayo del 68?

5.- Cohn-Bendit pide disculpas

6.- Rudi Dutschke: 11 de abril de 1968

7.- Cuarenta años después de Mayo: la playa bajo los adoquines

8.- El 68 de Peppino

9.- Ese Mayo francés del 68

10: Hay un lugar mayor hoy que entonces para una izquierda anticapitalista

11.- Las palabras y el poder

12.- El año 1968

13.- ¿Mayo del 68 fructificó en el libertarianismo?

14.- Cuarenta años no son nada

15.- ¡Al diablo con el pasado!

16.- Mayo del 68, la memoria y el olvido

17.- Algo más que una revolución estética

18.- Por una memoria viva de Mayo del 68

19.- ¿Ardió París?

20.- El 68 español

21.- Tres pistas para intentar entender Mayo del 68

22.- 1968 y la década del caos

23.- Lo que vale la pena aprender de Mayo del 68

24.- Un aniversario: ¡Ay, 68!

25.- Mayo

26.- Yo tampoco estuve en mayo del 68

27.- Prontuario del mayo 68

28.- Mayo del 68, una pop-revolución

29.- Y los muros hablaron...

30.- Mayo de 1968, 40 años después. Entrevista

31.- Debates sobre economía

32.- Alemania

33.- Arte y contestación

34.- En busca del tiempo invertido

35.- También hubo en España ‘movida del 68'

36.- Vivencias del 68 desde la Universidad de Madrid

37.- Mayo del 68: Bajo los adoquines tan sólo hay estiércol

38.- La época del topo

39.- 1968: “Queremos la fábrica”


1.- Mayo del 68: ¿Adónde ha ido a parar toda la rabia?
En 1968 la rabia contra la guerra de Vietnam desencadenó protestas y levantamientos en todo el mundo, de París y Praga hasta México.

Tariq Alí
Sinpermiso (30-3-08)

Tariq Alí considera el legado 40 años después en un artículo que condensa las tesis más ampliamente sostenidas en otro artículo sobre el mismo asunto que aparece en el número 3 de
SinPermiso (en prensa).

Una tormenta barrió el mundo en 1968. Empezó en Vietnam, recorrió Asia y cruzó el mar y las montañas hacia Europa y más allá. Cada noche se veía en televisión cómo los Estados
Unidos llevaban a cabo una guerra brutal contra un país pobre del sudeste asiático. El impacto creciente que causó ver las bombas cayendo, las aldeas arder en llamas y todo un país
arrasado con Napalm y Agente Naranja hizo estallar una ola mundial de revueltas sin igual antes o desde entonces.

Si los vietnamitas estaban derrotando al estado más poderoso del mundo, nosotros también podríamos, seguramente, derrotar a nuestros propios gobernantes: ése era el sentir general
entre los más radicales de la generación de los sesenta.

En febrero de 1968 los comunistas vietnamitas lanzaron su famosa ofensiva del Tet, atacando a las tropas estadounidenses en cada gran ciudad survietnamita. El grand finale fue la
imagen de las guerrillas vietnamitas ocupando la embajada norteamericana de Saigón (Ho Chi Minh City) e izando su bandera en el tejado. Se trataba, indudablemente, de una misión
suicida, pero a la vez increíblemente valiente. El impacto fue inmediato. Por primera vez la mayoría de ciudadanos estadounidenses se dio cuenta de que la guerra era imposible de
ganar. Los más pobres de ellos trajeron Vietnam a su propio hogar ese mismo verano en forma de revuelta contra la pobreza y la discriminación, cuando los guetos negros explotaron en
las mayores ciudades de los Estados Unidos, en una serie de revueltas en las cuales los soldados negros jugaron un rol prominente.

Aquella chispa prendió fuego en todo el mundo. En marzo de 1968 los estudiantes de la universidad de Nanterre en Francia salieron a las calles y el Movimiento 22 de Marzo vio la luz,
con dos Daniels (Cohn-Bendit y Bensaid, entonces estudiantes de Nanterre, y ambos aún en activo en la política verde o izquierdista) desafiando al león francés, Charles de Gaulle, el
monárquico y distante presidente de la Quinta República, quien, en un arranque pueril, luego describiría como chie-en-lit -"mierda en la cama"- los acontecimientos en Francia que
estuvieron a punto de hacerle caer. Los estudiantes empezaron reclamando reformas universitarias, luego pidieron directamente la revolución.

Ese mismo mes, en Londres, una demostración contra la Guerra de Vietnam se dirigió hacia la embajada norteamericana en Grosvenor Square. Se volvió violenta. Como los vietnamitas,
quisimos ocupar la embajada, pero se había desplegado a la policía montada para proteger la ciudadela. Tuvieron lugar enfrentamientos y el senador estadounidense Eugene McCarthy,
viendo las imágenes, pidió el fin de una guerra que había llevado, entre otras cosas, a "nuestra embajada en la capital que nos es más amistosa de Europa" a ser constantemente
asediada. En comparación con lo que florecía en todos los sitios, Gran Bretaña era un espectáculo de segunda fila ("...in sleepy London Town there's just no place for a street fighting
man", cantaría más tarde Mick Jagger ese mismo año): las ocupaciones en las universidades y los disturbios en Grosvenor Square no supusieron ninguna amenaza real para el gobierno
laborista, que respaldaba a los Estados Unidos, aunque se negó a enviar tropas a Vietnam.

En Francia, el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre se encontraba en la cima de su influencia. Contrario a los apologistas estalinianos, argumentó que no existía ninguna razón para
preparar la felicidad del día de mañana al precio de la injusticia, la opresión o la miseria hoy. Lo que se requería era un cambio ahora.

En mayo, el levantamiento de los estudiantes de Nanterre se había extendido hacia París y los sindicatos. Nosotros estábamos preparando el primer número de The Black Dwarf (1)
cuando el 10 de mayo estalló la capital franceas. Jean-Jacques Lebel, nuestro sufriente corresponsal en París, que hubo de soportar los gases de la policía, nos enviaba noticias por
teléfono cada pocas horas. Nos contó lo siguiente: "Se ha enviado a un conocido comentarista de fútbol al Barrio Latino a cubrir los sucesos de la noche y ha informado que 'ahora los
CRS [la policía antidisturbios francesa] está cargando, están tomando por la fuerza la barricada -¡Oh Dios! Ha empezado una batalla. Los estudiantes contraatacan, podéis oír el ruido –
los CRS se retiran. Ahora se están reagrupando, preparándose para cargar de nuevo. Los habitantes están arrojándoles cosas desde sus ventas y los CRS -¡Oh! La policía está
respondiendo, disparando granadas contra las ventanas de los apartamentos...' cuando el productor le interrumpió: 'No puede ser cierto, ¡los CRS no hacen cosas como ésa!'

'Te explico lo que estoy viendo...' Su voz se apaga. Le han cortado la emisión."

La policía no pudo tomar el Barrio Latino, ahora bautizado como el Barrio del Heroico Vietnam. Tres días después un millón de personas ocupó las calles de París, reclamando el fin de
un estado podrido y cubriendo los muros con eslóganes como "defended la imaginación colectiva", "bajo los adoquines, la playa" o "las mercancías son el opio del pueblo, la revolución
el éxtasis de la historia".

Eric Hobsbawn escribió en The Black Dwarf: "Lo que nos enseña Francia es que cuando alguien demuestra que la población no es impotente, ésta puede empezar a actuar de nuevo."

Estuve planeando volar hacia París -era algo de lo que estuvimos discutiendo en la revista-, pero recibí una llamada nocturna. Una voz relamida me dijo: "No sabes quién soy, pero no
abandones el país hasta que hayan pasado tus cinco años aquí o no te dejarán volver." En aquella época la ciudadanía de la Commonwealth se conseguía automáticamente después de
cinco años de residencia. Y yo no completaba mis cinco años hasta octubre de 1968. El gabinete de ministros laboristas aún discutía en público si debía o no ser deportado. Algunos
amigos abogados me confirmaron que no debía de abandonar el país. Clive Goodwin, el editor de nuestra revista, vetó mi viaje y fue él mismo en mi lugar quien viajó hasta París.

Fui un año después para ayudar a Alain Krivine, uno de los líderes de la revuelta de mayo de 1968, en su campaña presidencial por la Ligue Communiste Révolutionnaire. Nada más
llegar al aeropuerto de Orly, volviendo de un mítin en Toulouse, la policía francesa rodeó el avión. "Espero que sea por tí, no por mí", masculló Krivine. Y lo era. Se había expedido una
orden de expulsión contra mí en Francia que no fue retirada hasta mucho después, con la elección de François Mitterand.

La revolución no tuvo lugar, pero Francia fue enteramente sacudida por los acontecimientos. De Gaulle, poseedor de un fino sentido de la historia, consideró la idea de un golpe de
estado: a primeros de junio voló desde una base militar a Baden-Baden, donde habían estacionadas tropas francesas, para preguntarles si le apoyarían en su decisión en caso de que
París cayera en manos de los revolucionarios. Las tropas se mostraron de acuerdo, pero exigieron la rehabilitación de los generales ultra-derechistas a los cuales De Gaulle había
expulsado del ejército por su oposición a la retirada del ejército francés de Argelia. Se cerró el trato. De Gaulle llegó a abofetear a su ministro de interior cuando éste sugirió que Sartre
debería ser arrestado: "No se puede encarcelar a Voltaire", dijo.

El ejemplo francés se extendió, haciendo preocupar a los burócratas de Moscú tanto como a las elites dominantes occidentales. Había que hacer entrar en vereda a un grupo de gente
ingobernable e indisciplinada. Robert Escarpit, el corresponsal de Le Monde, escribió el 23 de julio de 1968: "un francés que viaje al extranjero se siente tratado como un convaleciente
que padece una perniciosa fiebre. ¿Cómo surgieron los sarpullidos de las barricadas? ¿Cuál era la temperatura a las cinco de la tarde el 29 de mayo? ¿Está la medicina gaullista
atacando realmente las raíces de la enfermedad? ¿Hay peligro de una recaída?... Pero hay una pregunta que les cuesta formular, quizá por miedo de oír la respuesta. Todos quieren
conocer, de corazón, con miedo o esperanza, si la enfermedad es contagiosa."

Era contagiosa. En Praga, los reformistas comunistas -muchos de ellos héroes de la resistencia antifascista durante la Segunda Guerra Mundial- habían proclamado aquella primavera un
"socialismo con rostro humano". El objetivo de Alexander Dubcek y de sus partidarios era democratizar la vida política de Checoslovaquia. Fue el primer paso hacia una democracia
socialista, y como tal fue vista en Moscú y Washington. El 21 de agosto los rusos enviaron sus tanques y aplastaron el movimiento de reforma.

En cada capital de Europa Occidental hubo protestas. Los tabloides del Reino Unido atacaban constantemente a los izquierdistas, tachándoles de "agentes de Moscú", acusación que
se vieron obligados a retirar cuando marchamos hacia la embajada soviética denunciando la invasión de Checoslovaquia vehementemente y quemando retratos del abotargado líder
soviético Leonid Brezhnev. Alexander Solzhenitsyn después declararía que la invasión soviética de Checoslovaquia fue para él la gota que colmó el vaso. Entonces se dió cuenta de que
aquel sistema nunca podría ser reformado desde dentro, sino que debía ser derrocado. No fue el único. Los burócratas de Moscú habían sellado su propio destino.

En México, los estudiantes tomaron sus universidades, reclamando el fin de la opresión y del gobierno unipartidista. El ejército fue enviado a ocupar las universidades, algo que hizo
durante meses, convirtiéndose en el ejército más educado del mundo. El 2 de octubre -con los ojos del mundo puestos en Ciudad de México, 10 días antes de que empezaran los
Juegos Olímpicos- miles de estudiantes se lanzaron a las calles para manifestarse. Una masacre empezó al atardecer. Las tropas abrieron fuego contra la multitud, que escuchaba los
discursos en una de las mayores plazas de la ciudad. Asesinaron a docenas de personas y cientos de ellas resultaron heridas.

Y entonces, en noviembre de 1968, estalló Pakistán. Los estudiantes se enfrentaron al aparato estatal de una dictadura militar corrupta y decadente respaldada por los Estados Unidos
(¿os suena de algo?). Se unieron a ellos trabajadores, abogados, empleados de cuello blanco, prostitutas y otros estratos sociales, y a pesar de la enorme represión (se asesinó a
cientos de ellos), la lucha creció en intensidad y, al año siguiente, el Mariscal de Campo Ayud Khan fue derrocado.

Cuando llegué en febrero de 1969, el país estaba exultante de júbilo. Hablando en mítines a lo largo de todo el país junto con el poeta Habib Jalib, nos encontramos con una atmósfera
muy diferente a la que había en Europa. Aquí el poder no parecía tan lejano. La victoria sobre Ayub Khan llevó a las primeras elecciones generales en la historia del país. Los
nacionalistas bengalíes en Pakistán este obtuvieron una mayoría que la élite y los principales políticos del país se negaron a aceptar. La guerra civil condujo a la intervención militar de
India y eso terminó con el viejo Pakistán. Blangadesh fue el resultado de esa cesárea sangrienta.

La década gloriosa (1965-1975), de la cual el año 1968 fue sólo el punto culminante, consistió básicamente en la coincidencia de tres narrativas simultáneas. Dominaba la política, pero
hubo otras dos que dejaron una huella más profunda: la liberación sexual y un espíritu emprendedor de base. Cuando editaba The Black Dwarf en 1968-69 solicitábamos constantemente
donaciones a los lectores. Un día un tipo vestido con una túnica entró en nuestra oficina en el Soho y sacó 25 mugrientos billetes de cinco libras, nos dio las gracias por sacar la revista
y se marchó. En lo sucesivo, haría eso cada dos semanas. Al final le pregunté quién era y si había alguna razón particular que explicara su generosidad. Resultó que tenía un puesto en
Portobello Road y, en relación a la razón por la que quería ayudar, muy sencillo: "El capitalismo mola tan poco, tío." Ahora el capitalismo tampoco mola y, desde luego, es mucho más
agresivo.

En cierto modo, los sesenta fueron una reacción a los cincuenta, y a la intensificación de la Guerra Fría. En los Estados Unidos, los cazadores de brujas mccarthistas habían causado
estragos en los cincuenta, pero ahora los escritores blacklisted, quienes figuraron en las listas negras, podían volver a trabajar; en Rusia, cientos de prisioneros políticos fueron liberados,
se cerraron los gulags y los crímenes de Stalin fueron denunciados por Khruschev mientras Europa oriental temblaba excitada por la noticia y las esperanzas de una rápida reforma.
Esperaron en vano.

El espíritu de renovación se extendió también al terreno de la cultura: la primera novela de Solzhenitsyn fue serializada en la revista literaria oficial, Novy Mir, y un nuevo cine se apoderó
de la mayoría de Europa. En España y Portugal, gobernadas en aquella época por los fascistas favoritos de la OTAN, Franco y Salazar, la censura persistió, pero en el Reino Unido la
novela de D.H. Lawrence El amante de Lady Chatterley, escrita en 1928, fue publicada en 1960 por primera vez. El libro, en su edición íntegra, vendió dos millones de copias.

Siguiendo la obra pionera de Simone de Beauvoir El segundo sexo (1949), Juliet Mitchell disparó una nueva salva en diciembre de 1966. Su largo ensayo, Women: The Longest
Revolution, apareció en New Left Review y se convirtió inmediatamente en un punto de referencia, resumiendo los problemas a los que se enfrentaban las mujeres: "En las sociedades
industriales avanzadas, el trabajo de las mujeres es marginal con respecto a la economía global... se ofrece a las mujeres un universo de su propiedad: la familia. Como la mujer misma,
la familia aparece como un objeto natural, pero en realidad es una creación cultural... Los dos pueden ser exaltados, paradójicamente, como ideales. La 'verdadera' mujer y la 'verdadera'
familia son imágenes de paz y abundancia, cuando en realidad ambas pueden albergar violencia y desesperación."

En septiembre de 1968 feministas estadounidenses interrumpieron el concurso de Miss Mundo en Atlantic City, un toque de atención del movimiento de liberación de la mujer que
cambiaría la vida de las mujeres al reclamar reconocimiento, independencia y una voz igual a la del hombre en un mundo dominado por ellos. La portada del número de enero de 1969 de
Black Dwarf dedicó el año a la mujer. En su interior publicamos la firme llamada a las armas feminista de Sheila Rowbotham. (Cuando escribo estas líneas, la profesora Rowbotham,
ahora una distinguida académica, ve peligrar su trabajo por los repugnantes, grises contables que dirigen hoy la Universidad de Manchester. Nos encontramos en una época de
universidades facturadas en serie en las que las celebridades cobran auténticas fortunas por impartir ocho horas a la semana y los genuinos estudiosos son arrojados sin contemplación
a la basura.)

Y sí, también estaba el principio de placer. Que los sesenta fueron hedonistas es indiscutible, pero lo fueron de una manera diferente a la fórmula comercializada de hoy. En aquella
época el hedonismo supuso una ruptura con el puritanismo hipócrita de los cuarenta y cincuenta, cuando los censores prohibían mostrar a las parejas casadas compartiendo una cama
en la pantalla del cine y los pijamas eran obligatorios. Una época de agitación radical desafía todas las restricciones. Siempre fue así. En el Londres del siglo XVIII, que en tantas cosas
prefiguraba al Londres posterior, la experimentación sexual requería la tapadera de iglesias que se alejaran de la ortodoxia, como los moravianos o los surrealistas swedenborgianos (para
los cuales el "amor por lo sagrado" tenía su mejor expresión en la "proyección del semen"): ambas predicaban las virtudes de combinar el éxtasis religioso y sexual. Las orgías sexuales
eran una característica habitual en los rituales moravianos, de acuerdo a los cuales la penetración sexual era similar a penetrar en las heridas de Cristo. William Blake y su círculo
estuvieron profundamente implicados en todo ello y algunas de sus pinturas que representaban este mundo fueron censuradas en la época. Espero que todo esto no llegue tan lejos
como para escandalizar a mi viejo amigo Tony Benn (2) y quienes cantan Jerusalem sin darse cuenta de su significado oculto:

Bring me my bow of burning gold!

Bring me my arrows of desire!

Bring me my spear!

[¡Traedme mi arco de oro ardiente!/ ¡Traedme mis flechas de deseo! / ¡Traedme mi lanza!]

La homosexualidad en el Reino Unido fue despenalizada en 1967. Aparecieron los movimientos de liberación homosexual, con activistas que exigían el fin de toda la legislación
homófoba, y empezaron a organizarse los desfiles del Orgullo Gay, inspirados en las luchas de los afroamericanos por la igualdad de derechos y su orgullo negro (black pride). Todos los
movimientos aprendían los unos de los otros. Los avances en los derechos sociales, los movimientos feministas y gay, todo aquello se da hoy por sentado, tuvo que ser ganado en una
lucha en las calles contra unos enemigos que estaban combatiendo una "guerra contra el horror".

La historia raramente se repite, pero su eco nunca desaparece. En el otoño del 2004, cuando me encontraba en una gira de conferencias por los Estados Unidos que coincidía con la
campaña de reelección de Bush, en una concentración antiguerra en Madison percibí un eco muy directo de todo aquello en una pegatina que vi en un automóvil: "Iraq quiere decir
Vietnam en árabe" (Iraq is Arabic for Vietnam). El ingeniero de sonido de la sala, un mexicano-americano, me susurró al oído, orgulloso, que su hijo, un marine de 25 de años, acababa
de regresar de su servicio como soldado en la ciudad sitiada de Fallujah en Irak, escenario de horribles masacres de soldados estadounidenses, y que aparecería en el mítin. No lo hizo,
pero apareció después con un par de amigos, ambos civiles. Pudo ver como la sala estaba llena de activistas antiguerra y antibush.

El joven marine de pelo rapado, G, narró historias de entrega y coraje. Le pregunté por qué se había unido al cuerpo de marines. "Para la gente como yo no hay otra elección. Si me
hubiera quedado aquí, me hubieran matado en las calles o hubiera terminado en la cárcel cumpliendo condena de por vida. El cuerpo de marines salvó mi vida. Me entrenaron, se
preocuparon por mí y me cambiaron completamente. Si hubiera muerto en Irak, al menos sería el enemigo quien me hubiera matado. En Fallujah todo en lo que podía pensar era en
cómo mantener a los hombres bajo mi mando a salvo. Eso era todo. Muchos de los chavales que se manifiestan por la paz aquí no tienen problemas. Van a la universidad, se
manifiestan y pronto se olvidan de todo en cuanto consiguen un trabajo bien pagado. Para la gente como yo no es tan fácil. Creo que debería existir una leva. ¿Por qué sólo los jóvenes
pobres tienen que estar allí? De todos los marines con los que he trabajado, quizá sólo un cuatro o cinco por ciento eran verdaderos fanáticos amantes de la bandera. El resto de
nosotros está haciendo un trabajo, lo está haciendo bien y esperando volver sin ser KIA [killed in action, asesinado en combate] o herido."

Después G se sentó en un sofá entre dos hombres mayores, ambos ex combatientes. A su izquierda estaba Will Williams, de sesenta años, nacido en Mississipi, quien se alistó en el
ejército a los 17 años. Estaba seguro que de no haber abandonado Mississipi el Ku Klux Klan o cualquier otro grupo racista le hubiera asesinado. Él también me explicó que el ejército
"le había salvado la vida." Después de un período de servicio en Alemania fue enviado a Vietnam. Herido en combate, recibió el Corazón Púrpura y dos estrellas de bronce; también
empezó a cambiar de idea cuando se unió a la rebelión de las tropas negras en Camranh Bay en protesta contra el racismo dentro del ejército estadounidense.

Tras un difícil período de adaptación, Williams empezó a leer seriamente política e historia. Sintiendo que el país le había engañado una vez más, él y Dot, su colega de más de 43 años,
se unieron al movimiento opositor a la guerra de Irak, llevando sus voces de coro de gospel a los mítines y manifestaciones.

A la derecha de G estaba Clarence Kailin, que aquel verano cumplía 90 años, uno de los pocos supervivientes que quedan de la Brigada Abraham Lincoln que luchó en el bando
republicano durante la Guerra Civil española. Él también estuvo participando activamente en el movimiento contra la guerra de Irak. "Hicimos nuestro viaje en secreto, incluso para
nuestras familias. Fui conductor de camión, luego soldado de infantería y después camillero por un corto período de tiempo. Vi muy de cerca la brutalidad de la guerra. De los cinco de
Wisconsin que vinieron a España conmigo, dos murieron... después vino Vietnam, y aquella vez los chicos de aquí murieron en el lado equivocado. Ahora tenemos Irak. La cosa está
muy mal, pero aún creo que hay una bondad innata en la gente, por la cual tantos pueden romper con un pasado indigno."

En el 2006, después de servir de nuevo en Irak, G no pudo aceptar más cualquier otra justificación de la guerra. Admiraba a Cindy Sheenan y al grupo "Familiares de soldados contra la
guerra", el grupo antiguerra en activo más efectivo y constante en todos los Estados Unidos.

Una década antes de la Revolución Francesa, Voltaire observó que "la historia son las mentiras con las que estamos de acuerdo." Poco acuerdo hubo después respecto a cualquier
cosa. El debate sobre el 68 fue recientemente reavivado por Nicolas Sarkozy, quien fanfarroneó asegurando que su victoria en las elecciones presidenciales del año pasado era el último
clavo en el ataúd del 68. La cortante respuesta del filósofo Alain Badiou fue comparar al nuevo presidente de la república con los Borbones de 1815 o el Mariscal Pétain durante la guerra.
Ellos también hablaron de clavos y ataúdes.

"El Mayo del 68 nos impuso el relativismo moral e intelectual", declaró Sarkozy. "Los herederos del Mayo del 68 impusieron la idea de que no había ninguna diferencia entre el bien y el
mal, la verdad y la mentira, la belleza y la fealdad. La herencia del Mayo del 68 introdujo el cinismo en la sociedad y en la política."

Incluso culpó al legado del Mayo del 68 de las sórdidas y codiciosas prácticas empresariales. El ataque del Mayo del 68 a los estándares éticos ayudó a "debilitar la ética del
capitalismo, a preparar el terreno para el capitalismo sin escrúpulos de los paracaídas dorados con los que se equipan los empresarios más canallas." Así que la generación de los
sesenta es de golpe la responsable de Enron, Conrad Black (3), la crisis de las hipotecas subprime, Northern Rock, los políticos corruptos, la desregulación, la dictadura del "libre
mercado" y de una cultura estrangulada por el oportunismo más descarado.

La lucha contra Vietnam duró 10 años. En el 2003 la gente salió a la calle de nuevo en Europa y América, incluso en un número mayor, para intentar detener la guerra de Irak. El ataque
preventivo falló: el movimiento careció de la fuerza y de la resonancia de sus predecesores. En 48 horas había prácticamente desaparecido, poniendo de relieve cómo los tiempos han
cambiado.

¿Hubo sueños y esperanzas en 1968 o no fue todo más que una vana fantasía? ¿O la cruel historia abortó algo nuevo que estaba a punto de nacer? Revolucionarios –anarquistas
utópicos, castristas, toda suerte de trotskistas, maoístas de toda laya– quisieron el bosque completo. Los liberales y los socialdemócratas se agarraron a un sólo árbol. El bosque, nos
advertían, era una distracción, demasiado vasto e imposible de definir, mientras que un árbol era un trozo de madera que podía ser identificado, mejorado y convertido en una silla o una
mesa. Ahora el árbol también se ha ido.

"Sois como los peces que sólo ven el anzuelo y no el sedal", les respondíamos, burlándonos. Nosotros creíamos -y seguimos creyendo- que la gente no debería ser juzgada por sus
posesiones materiales, sino por su habilidad para transformar la vida de otros, la de los pobres y los no privilegiados; que la economía necesitaba ser reorganizada en interés de la
mayoría y no de la minoría; y que el socialismo sin democracia nunca funcionaría. Por encima de todo, creíamos en la libertad de expresión.

Muchas de estas cosas parecen utópicas hoy y algunas, para quienes 1968 no fue lo suficientemente radical en aquella época, han capitulado al presente y, como los miembros de las
antiguas sectas que pasaban con una pasmosa facilidad del libertinaje ritual a la castidad, ahora ven en cualquier forma de socialismo la serpiente que tentó a Eva en el paraíso.

El colapso del "comunismo" en 1989 creó la base para un nuevo acuerdo social, el Consenso de Washington, por el cual la desregulación y la entrada del capital privado en el hasta
ahora dominio sagrado de los recursos públicos se convierte por doquier en norma, haciendo superflua a la socialdemocracia y amenazando al proceso democrático mismo.

Algunos, que entonces soñaron con un futuro mejor, simplemente se han rendido. Otros dan su apoyo a la amarga máxima de que "o cambias o nunca te ganarás la vida" (unless you
relearn you won't earn). La intelligentsia francesa, que de la Ilustración en adelante hizo de París el taller político del mundo entero, lidera hoy la retirada en todos los frentes. Los
renegados ocupan cargos en cada gobierno occidental defendiendo la explotación, las guerras, el terrorismo estatal y las ocupaciones neocoloniales; otros ahora retirados de la
academia se han especializado en producir basura reaccionaria en la blogosfera, empleando el mismo celo con el cual excorcizaban a las facciones rivales en la extrema izquierda.
Tampoco es nada nuevo. La respuesta de Shelley a Wordsworth, quien tras dar la bienvenida a la Revolución Francesa se retiró a un conservadurismo pastoral, lo expresaba bien:

En la pobreza honrada tu voz urdía

Cantos a la libertad y a la verdad

Que abandonaste y no me deja de afligir

Porque lo que eras ha tenido caducidad.

NOTAS DEL TRADUCTOR:(1) The Black Dwarf fue un semanario político-cultural publicado en el Reino Unido entre mayo de 1968 y mayo de 1972. The Black Dwarf tomó su nombre de
una publicación política radical del siglo XIX, con la que estableció continuidad, figurando en la portada del número de mayo del 68, "vol. 13, nº 1". Por sus páginas pasaron Clive
Goodwin, Robin Fior, David Mercer, Mo Teitlebaum, Adrian Mitchell, Sheila Rowbotham, Sean Thompson, Roger Tyrrell y Fred Halliday entre otros. Tariq Alí fue su editor hasta 1970,
cuando una escisión en el seno de la revista le llevó a fundar con otros miembros de la redacción The Red Mole. (2) Tony Benn (n. 1925), político socialista. Fue secretario de estado
para la industria y secretario de estado para la energía en los gobiernos laboristas de Harold Wilson y James Callaghan. Actualmente es representante del ala izquierda (o Old Labour, en
contraposición al New Labour de Tony Blair y sus partidarios) del Partido Laborista británico. (3) A diferencia de Enron, Northern Rock o las hipotecas subprime, el escándalo
protagonizado por Conrad Moffat Black (1944) no ha tenido la misma repercusión mediática en el Reino de España. Como accionista mayoritario de Hollinger International Inc., Conrad
Black llegó a controlar los diarios Daily Telegraph, Chicago Sun Times, Jerusalem Post, National Post y cientos de cabeceras locales en los Estados Unidos. A través de varias
sociedades fiscales Black llegó a defraudar más de 6 millones de dólares a los accionistas de Hollinger International Inc., delito por el que fue detenido y juzgado en el 2007 por tres
cargos de fraude fiscal y uno de obstrucción a la justicia.

Tariq Alí es miembro del consejo editorial de Sin Permiso.

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2.- Mayo junio de 1968

Mintz Frank
Fondation Pierre Besnard (31-3-08)


Para comprender el movimiento de Mayo de 1968, es preciso tener en cuenta que el pensamiento anarquista estaba prácticamente amordazado por un frente único de la derecha y de la
izquierda a favor de la guerra colonial en Argelia, presunto territorio francés. El PC dejaba pasar algunas críticas pero no sólo se oponía terminantemente a apoyar los argelinos
insurrectos y a sabotear las industrias militares y el ejército, sino que votaban los aumentos presupuestarios para la guerra y ganarla.

El fin de la guerra y el reconocimiento de la independencia de Argelia en 1962 profundizaron la oposición al PC entre muchos izquierdistas. Éste mantenía su presión sobre el sindicato
CGT y muchos trabajadores a través de enchufes que otorgaba en numerosos municipios, tanto a intelectuales como a ex obreros convertidos en empleados municipales, eventualmente
especialistas de la seguridad en las manifestaciones públicas.

Los grupos trotskistas tenían muchas dificultades para difundir su propaganda en las fábricas. Los anarquistas estaban en la misma situación y además sufrían las recaídas de
discrepancias y errores desde el fin de la guerra mundial.

*** *** ***
El periodo 1944-1954 representó un auge indudable con el relanzamiento de la federación anarquista (FA) que llegó a sacar su semanario a 50.000 ejemplares y el movimiento
anarcosindicalista español en exilio con unos 25.000 afiliados.

Las dos cifras son un brillo ilusorio porque casi no había relación entre las dos organizaciones que apuntaban a dos objetivos diferentes. La FA tenía una cantera de jóvenes procedentes
de la lucha anti nazi y debía reconstituir una organización poderosa. El Movimiento Libertario Español (MLE) pretendía reconquistar sus fuerzas en la misma España a través de la lucha
antifranquista y la caída próxima del régimen. Por eso, el MLE en Francia tuvo una actitud prudente para mantener lazos establecidos durante la lucha anti nazi con gente que estaban
en el poder y aprovechar una tolerancia suya para una mejor preparación de la lucha antifranquista. La CNT española cumplió su propósito, quedando ajena al movimiento social francés y
con una visión tan miope que cayó en un antifranquismo cada vez más fofo a partir de fines de los 1950, hasta el extremo de que los antifranquistas más destacados estaban o fuera o
expulsados: el guerrillero Francisco Sabater, organizadores de una campaña contra el turismo como Juan García Oliver, Cipriano Mera, Octavio Alberola, el historiador de la CNT José
Peirats.

Dentro de la FA pronto chocaron dos tendencias: actuar dentro del movimiento social, asesorar al movimiento social. Un detalle puede explicar la diferencia. A principios de los 1950 el
puerto de Marsella (el más importante de Francia) estaba paralizado por una huelga de estibadores de la CGT copada por el PC. Parte de los estibadores intuían que CGT no les iba a
apoyar hasta el final del conflicto y tenían contacto con un grupo anarquista local de la FA. Este grupo pidió ayuda a la FA que mandó un compañero experimentado a dar una charla.
Vino uno de los tres hermanos Lapeyre peluqueros y famosos luchadores de los años 30. Empezó a hablar el compañero ante unos 50 estibadores sobre un tema que le pareció
adecuado a la lucha, o sea la vasectomía (operación aún hoy prohibida en la mayoría de los países que consiste en cortar el paso del semen al pene y garantizar la imposibilidad de
embarazo). La sala se vació de casi todos los asistentes al cabo de un cuarto de hora, pero quedaron cinco estibadores.

Este compañero tenía una visión paternalista de los trabajadores de su propio país: gente propensa a relaciones sexuales incesantes, con un montón de niños, lo que frenaba su toma de
conciencia. Pensó ingenuamente ayudar, silenciando que la operación de marras provocaba cortes musculares que aniquilaban la erección del pene. Parece que no le vino en la mente
proponer condones, acción directa contra la patronal y revolución social como lo que realizaron los cenetistas españoles en 1936-1939.

Tales actitudes iban acompañadas de juicios sobre el colonialismo opuestos a las luchas de los movimientos de liberación nacional, como cuna de nuevos Estados casi tan explotadores
como el yugo de la metrópoli. Bajo la pluma de anarquistas residentes en países no coloniales como México o Suecia, era aceptable, pero que los firmaran André Prudhommeaux y
otros famosos militantes de la FA, con un total desprecio y aparente desconocimiento del acervo de Bakunin, Malatesta y Kropotkin sobre las luchas nacionales, en la Francia que
mandaba ejércitos (con un número aplastante de oficiales formados en la lucha anti nazi) para seguir imponiendo la esclavitud, era intolerable, una traición al anarquismo y a cualquier
dogma humano.

Evidentemente la ruptura era inevitable y se hizo en nombre del comunismo libertario, en pro de la lucha de clase y de la lucha anti colonial, el tercer frente, el de la revolución en
oposición al capitalismo y al marxismo leninismo. Se creó la FCL, Federación Comunista Libertaria que arrancó con la mayoría de los afiliados de la ex FA. Desgraciadamente este
proceso se hacía bajo la batuta de un manipulador brillante, ignorante de la rotación de las tareas, Georges Fontenis, fundador de un grupo secreto, la OPB - Organización Pensamiento
Batalla (1) - encargado de orientar y depurar la federación.

Dicha tentativa fue atacada por dentro y por fuera, y acabó de modo ridículo en un partido que se presentó en elecciones en París en un barrio estudiantil (los distritos operarios estaban
a favor de del PC) con un pésimo resultado y una intentona de lucha clandestina, tan débil como en las elecciones, y la pérdida de millares de simpatizantes que se alejaron. Y Fontenis
desapareció de los medios libertarios para reaparecer tras el 1968 y criticar cualquier oposición a su pasado oscuro y masón.

El doble ataque venía de dos corrientes antagónicas.

La externa, denunciaba la bolchevización evidente de la FCL y de todas sus posturas, es la que permanece en la FA, teorizada por Sebastián Faure con su texto La Síntesis de 1927
para responder a la plataforma de Makhno y Archinov. Se trata de la convivencia de tres tendencias el anarco-individualismo, el anarcocomunismo y el anarcosindicalismo, una absurda
visión que pretende unir enemigos de la lucha de clase (a menudo masones y muy vinculados a corrientes reformistas) con partidarios de la revolución social. Desde la adopción de este
concepto la FA pasa casi todos los cinco años por una escisión importante, inevitable dada la base inestable y confusa.

La interna, oponiéndose a las desviaciones politiqueras, defendía las posiciones ideológicas del comunismo libertario y terminó por agruparse en torno a la revista Noir & Rouge (NR), que
vino a reagrupar militantes que habían dejado la FCL antes de la debacle .

Una tercera corriente existía, fuertemente debilitada, la del anarcosindicalismo de la CNT -Confederación Nacional del Trabajo - creada en 1946 a pesar de la FA y de la CNT española en
exilio en Francia (que veían la CNT de Francia como un grupo rival y divisionista por una parte, una posible dispersión de las fuerzas de los españoles cenetistas refugiados en Francia).
Después de un auge y une decena de millares de afiliados, una base en sindicatos de la construcción, la CNT se debilitó y vegetó.

Desde 1961 en adelante, FA y NR representaban los dos únicos polos capaces de regenerar el movimiento anarquista francés, a partir de análisis contradictorios. Un amasijo sintesista
fundamentalmente crítico y negador de las acciones prácticas con “ reformistas ” (de hecho, con toda la gente) por una parte, la lucha de clase y la lucha anticolonialista, el tercer frente
del otro, con acuerdos sobre puntos precisos en la práctica. Concretamente, el Monde Libertaire solía dar, como actualmente, crónicas sin profundidad, priorizando la parte literaria y
artística. NR abordaba con datos numerosos la revolución cubana, la autogestión yugoslava, el individualismo, las elecciones, la revolución española, apoyándose en análisis
actualizados y juicios firmes, pero no apasionados.

*** *** ***
En 1967, la FA expulsó a una serie de grupos activos que eran mayoritarios mediante un secretariado cuya existencia era desconocida (una suerte de OPB a lo Fontenis). Naturalmente
se aglutinaron a NR y en especial un grupo de estudiantes - una quincena - de Nanterre (nueva universidad al norte de París) que llevaban luchas concretas, en igualdad de decisiones
con izquierdistas de otras tendencias. Este grupo variopinto de izquierdistas (anarquistas, trotsquistas de la tendencia LCR, maoístas) lucharon por la expulsión de la universidad de los
elementos de la ultra derecha y dieron fotos de policías infiltrados en la facultad ; el libre acceso a los pabellones universitarios de chicas y chicos de día y de noche, con una defensa de
la libertad sexual y del análisis de la jerarquía social a través del patriarcado a la luz de Wilhem Reich ; la denuncia del sistema universitario incapaz de formar adecuadamente y con la
investigación supeditada a las empresas militares y empresariales.

Esta práctica y estos análisis pasaron a los grupos anarquistas de provincias. ¿Qué eran estas ideas?

Se trataba de una síntesis de los rasgos sociales de Bakunin y de los experimentos libertarios en Ucrania y durante la revolución española (poder de la base de los trabajadores reunidos
en asamblea general, autogestión revolucionaria, revocación inmediata por la asamblea - de ser necesario - de los responsables y rotación de los militantes con una función importante,
rechazo de las direcciones políticas, incluidas las anarquistas), con aportes de los situacionistas, de W. Reich, Marcuse, un poco de Majaysky (pero prácticamente nada de Buber,
Erich Fromm, Sartre y Camus), así como de los movimientos estudiantiles norteamericano y alemán Y la aplicación práctica era la lucha sobre objetivos precisos con otras tendencias
de la izquierda, pero manteniendo la especificidad, para denunciar la explotación capitalista bajo forma de la fétichización de la mercancía y del cretinismo de la vida propuesta por el
sistema capitalista. En mayo surgió la fórmula: “ métro, boulot, dodo ” (transporte, trabajo, descanso), o sea nada para sí mismo, nada para liberarse y libertar a los demás.

Un grupo de estudiantes libertarios, trotskistas y sin etiquetas, formó el movimiento del 22 de marzo (fecha de 1969 de una ocupación de la dirección de la universidad de Nanterre) lanzó
este volante cuando ya los disturbios eran fuertes, el 4 de mayo :

Estamos luchando [...] PORQUE NOS NEGAMOS A CONVERTIRNOS : En profesores al servicio de la selectividad en la enseñanza con los hijos de la clase obrera que serán los que
paguen los platos rotos ; En sociólogos fabricantes de esloganes para las campañas electorales gubernamentales ; En psicólogos encargados de hacer “funcionar” los “equipos de
trabajadores” según los intereses de los amos ; En científicos cuyo trabajo de investigación se utilizará de acuerdo a los intereses exclusivos de la economía del provecho;
RECHAZAMOS este porvenir de “perros de guarda” (2). RECHAZAMOS las clases que enseñan a serlo. RECHAZAMOS los exámenes y los títulos que premian a quienes aceptaron
entrar en el sistema. RECHAZAMOS ser reclutados por esas mafias. RECHAZAMOS MEJORAR LA UNIVERSIDAD BURGUESA. QUEREMOS TRANSFORMARLA RADICALMENTE
para que, en adelante, forme intelectuales que luchen al lado de los trabajadores y no en contra de los mismos. (3)

La amenaza de expulsión de la enseñanza universitaria de tres estudiantes, de los cuales dos eran de sociología y miembros de NR, Gaby Cohn-Bendit y Jean-Pierre Duteuil, provocó
una fuerte oposición espontánea en el barrio latino de París donde la administración universitaria tenía que reunirse y sentenciar.

La policía intervino con fuerza y los estudiantes resistieron; nuevas manifestaciones provocaron más violencia, se levantaron barricadas, hasta una resistencia de toda una noche y la
ocupación de la Sorbona a partir del 13 de mayo de 1968. Los periodistas y los medios de comunicación se apiñaron para saber de boca de los actores que significaba esta insólita
rebelión y se hacían involuntariamente aliados de un desvelamiento de la explotación social y del tedio, del impás, de la falta de felicidad de esta y de la necesidad de un cambio social
autogestionados desde la base.

Pararon fábricas y empresas sin pliego de reivindicaciones, por desgana de los empleados. Se multiplicaron grafitos de desahogo, aparecieron posturas feministas en la vida diaria, el
mundo de los periodistas, del cine, del teatro, de los pensadores fue alborotado durante años.

Los sindicatos despistados por la nueva palabra “autogestión” que ignoraban sacaron reivindicaciones laborales banales y el paro laboral afectó a unos diez once millones de asalariados,
en plena discusión a favor o en contra de los estudiantes. Transporte correos, parte de la prensa, de los programas de radio y de televisión, los partidos de fútbol estaban interrumpidos.
Tanto la derecha como el partido comunista sacaban el argumento chovinista del peligro de estudiantes que creaban desórdenes, con uno de los líderes judío de nacionalidad alemana.
Al eslogan de Cohn-Bendit a Dachau (campo de exterminio nazi] se opuso la respuesta estudiantil “Todos somos judíos alemanes”.

En resumen, un país de unos 42 millones de habitantes tuvo que chocar con ideas nuevas que cuestionaban el sentido de la vida y del trabajo, durante semanas con una huelga
descomunal, casi sin medios de comunicaciones para bombardear los espíritus.

La acción y la toma de decisiones colectivas se introdujo como nueva práctica, con comités de barrio, con estudiantes politizados (sobre todo de la LCR) y sin etiqueta precisa, fuera de
los aparatchiks (personas asalariadas por grupos políticos). Era en paralelo la negativa del monopolio del saber para los dirigentes y de la separación entre vida militante y vida individual.

La adecuación del militantismo à la vida personal, el rechazo del corte entre lo personal y el ideal social que se pretende defender fueron simultáneamente un aporte y un
redescubrimiento. De hecho, se trataba tan sólo de la cultura obrera que Bakunin, luego el sindicalismo revolucionario francés proponían: una emancipación de los oprimidos en todos los
ámbitos que las Bolsas del Trabajo se esforzaban en transmitir, que los ateneos obreros y la CNT de España aplicaban con nombres opuestos al calendario judeocristiano (Aurora,
Libertad, Acracio, Germinal, Helios, etc., la educación racionalista de Francisco Ferrer Guardia, la medicina natural, el esperanto, el sindicalismo con la revolución como meta.

Otras dimensiones surgen en la Francia de 1968 y en primer lugar el rechazo de la cultura de izquierda del Partido propia a socialistas, comunistas y radicales o masones, una
hipocresía de grupo mesiánico autoproclamado cuyas costumbres eran del todo de derecha, inclusive xenófobas y aristocráticas. Luego había el respeto de las decisiones tomadas por
la base y los desprecios de los chanchullos y manipulaciones políticos, una suerte de percepción de los análisis de Majaysky (4) (cuya publicación posterior por Skirda en una editorial
de sensibilidad cristiana fue y sigue siendo rápidamente marginalizada por la inteligentsia francesa).

Esta riqueza ha sido portadora para varias generaciones : la de los adolescentes en 68, la de los hijos de los militantes del 68, incluso sus nietos. Fue también tremendamente
falsificada por los políticos que se enseñorearon de un vocabulario “ base, control de los dirigentes ” para seguir con su populismo, mafiosismo y dedocracia. Sirvió a no pocos jesuitas y
tartufos para justificar su individualismo y rechazo de cualquier compromiso político serio, bajo el pretexto de soslayar la recuperación politiquera. Algunas veces compañeros sinceros
adoptaban el mismo análisis, aislándose de las luchas y éstas acaban por ahogarse en la indiferencia. Las ideas de Antón Pannekoek y del consejismo se imbricaban en ese esquema
con la negativa casi religiosa del sindicalismo y un llamamiento milagrosa a la espontaneidad obrera.

Dos últimas dimensiones se atrajeron y repelieron a sí mismas : la enseñanza y el consumismo (estimulados por un auge indiscutible de la economía del Mercado Común y el saqueo
del Tercer Mundo) . El autoritarismo y el psitacismo (memorización sin reflexión) fueron apartados y arrinconados para volver solapadamente bajo forma de dossiés, trabajo de grupo,
evolución personalizada, etc. La generalización de las compras a crédito y el desarrollo de los supermercados en todas las regiones trajo una mayor sacralización de la mercancía. “
Cambiar la vida ahora mismo, darse placer ” se han convertido ya en formules banales de campañas publicitarias.

Como última observación, se puede notar que la capacidad de escucha de las masas y la acción de masa son la clave de mayo de 68. Existió una atracción por la lucha armada, como
la de los marxistas leninistas en Alemania, España e Italia, con el grupo Action Directa a partir de 1978 hasta la detención de sus integrantes en 1987, pero quedó marginalizado y sin
apoyo ni comprensión de parte de la mayoría de la izquierda, y aún menos entre los asalariados.

Mayo de 1968 queda como un brote de esperanzas inmensas, de alegría y de luchas, de revolución individual y colectiva que tambaleó el poder de un jefe de estado que había superado
muchas batallas. Se combinó con la intervención del ejército soviético en Checoslovaquia para apagar un tipo de disturbio tranquilo que se iba haciendo. Todo un símbolo : capitalismo y
socialismo real marxista leninista incapaces de resolver sus incompatibilidades y choques entre cúpula y base, la voluntad de vivir de sus ciudadanos.

¿Qué queda de mayo de 1968 en el siglo XXI?

Fuera de Francia es un evento más de la historia social. En Francia, tras un tejer y destejer de grupos actuando con la gente búsqueda de síntesis prácticas entre ideas marxianas - o
sea sin marxismo leninismo,- lo que supone que Marx no es el padre espiritual del maquiavelismo, atrevida afirmación si vemos sus actos - y libertarias, hubo momentos de regreso
aparente a la calma de los caminos trillados de partidos y sindicatos pacatos, pacíficamente devotos del capitalismo.

Y en cada crisis, se ha notado una corriente mayoritaria de apoyo y simpatía a favor de los contestatarios, huelguistas y opositores: huelga y ocupación de la fabrica de relojes Lip en
1972, solidaridad nacional por el sindicato anticomunista de Solidarnosc de Polonia en 1981-1984, lucha victoriosa contra la extensión del campo militar del Larzac en 1981, dos meses
de conflictos laborales victoriosos contra el cambio de estatuto de la seguridad social en 1995, tres meses de lucha contra la “reforma” (5) de las jubilaciones y pensiones en 2003.

Esta capacidad de lucha con la complicidad de una parte importante de la sociedad es una herencia indudable de Mayo de 68.

Notas
1) Era el título de una obra póstuma de Camilo Berneri, sin relación alguna con la insidia de Fontenis, ¡excepto la denuncia de presiones burócraticas de CNT de España sobre la prensa
crítica de lengua francesa e italiana !
2) Alusión a un libro análisis de Nizan en los 1930 sobre la sumisión de los funcioneros a los políticos.
3) La Sorbonne par elle-même mai-juin 68, Mouvement social n°64, pp. 47-48.
4) ver http://www.fondation-besnard.org/article.php3?id_article=626
5) “ Reforma ” , en la actualidad, significa empeoramiento de la situación para los asalariados, mayor margen de ganancias para los gobernantes

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3.- DE LA REBELIÓN AL CONSUMO

Fernando Vallespín
fp (3-4-08)

Niños de papá tocados por la gracia” fue la certera expresión que le vino a la mente a Raymond Aron al contemplar a los protagonistas de una de tantas algaradas callejeras en el París
de Mayo del 68. A pesar de que estos estudiantes pronto consiguieran sumar a los sindicatos a su peculiar lucha, lo cierto es que Aron no erraba. La revuelta cuyas imágenes darían en
seguida la vuelta al mundo y pondrían en jaque a toda la Francia de De Gaulle había surgido, en efecto, de grupúsculos de estudiantes que, como casi todos los de entonces,
pertenecían a la burguesía tradicional o a otros grupos en pleno ascenso social en la satisfecha Europa del acelerado crecimiento económico de posguerra. Paradójicamente, los
beneficiarios aparentes de este nuevo orden se rebelaban frente a él en nombre de un ambiguo proyecto de nuevo cuño.

Siempre quiso verse en ellos a meros estudiantes de izquierda, contestatarios frente al poder y solidarios con movimientos como los de la guerra de Vietnam y el nuevo colonialismo en
el Tercer Mundo. Nada que, en apariencia, los hiciera muy diferentes de otros muchos jóvenes revolucionarios salidos de la matriz marxista. Había algo en ellos, sin embargo, que los
unía a otros muchos grupos que por esas mismas fechas se manifestaban en otros lugares del mundo desarrollado y que ya no encajaba en los movimientos marxistas tradicionales o
en la izquierda radical al uso. Qué fuera ese algo es lo que nunca ha sido explicado de una manera contundente. Del mismo modo que esta revolución encontró en seguida su Thermidor
y quedó como un bello estallido utópico preñado de ingeniosos eslóganes y de una bella épica anti autoritaria, el discurso y las condiciones de fondo que lo originaron han quedado
también sepultadas bajo el peso de la evolución política de las democracias avanzadas. Lo pintoresco y novedoso del movimiento acabaría predominando sobre su influencia efectiva.

Es curioso que a la celebración de los 40 años de la rebelión estudiantil de Mayo del 68 se una el 50º aniversario de la publicación de La sociedad opulenta, de Kenneth Galbraith. Son
dos acontecimientos que, en principio, no tienen una relación demasiado directa. Sólo en principio. Si profundizamos un poco, en seguida percibimos que el dibujo que en aquel libro nos
hacía el economista canadiense conformaba el paisaje de fondo que acabaría por dotar de sentido a la fascinante revuelta parisina. No en vano, el mensaje fundamental del libro de
Galbraith fue el haber alertado del error de considerar el crecimiento económico como un fin en sí mismo y como el núcleo de las políticas económicas, sin atender a otros factores más
extensos. Si nos dejamos llevar, decía, por este mito de la “sabiduría convencional”, perderemos de vista muchas de las importantes consecuencias no de sea - das de esta ciega
confianza en el crecimiento económico, como el deterioro del medio ambiente, el aumento de la desigualdad y la obsesión por un irresponsable hiperconsumo. De ahí que, para
Galbraith, sólo fortaleciendo al raquítico Estado frente a una sociedad autorregulada en torno a un ethos puramente economicista sería posible recobrar el timón del cambio social para
dirigirla hacia objetivos más humanos y más pendientes de la verdadera autorrealización del individuo.

Galbraith, a quien la revista Time le dedicaría la portada –¡precisamente en 1968!– bajo el título de ‘El gran mogol’, supo anticipar con claridad lo que después preocuparía a los hijos más
inquietos de esa sociedad opulenta. En un perfecto juego dialéctico propio del más dilecto marxista, la condición objetiva necesaria de la rebelión de mayo fue el asentamiento de la
sociedad opulenta, la sociedad del crecimiento económico ilimitado y el consumo de masas. Una nueva sociedad que, sin embargo, llevaba su antítesis, sus contradicciones, gravadas
en sus genes. Aunque éstas sólo empezaran a ser perceptibles a través de la mirada y los sentimientos de esos nuevos jóvenes.

Lo que los sesentayochistas empezaron a intuir eran los límites de las condiciones en las que se organizaba el sistema. Sus promesas de mayor justicia y libertad chocaban con su
experimentación de una realidad bien alejada de esos ideales, hipócrita y tozudamente autolegitimada en su superioridad frente al gran adversario socialista oriental. De ahí que su crítica
fuera directa a la yugular del orden tardocapitalista, su casi exclusiva justificación a partir del bienestar económico. Y que se negaran a aceptar lo dado como lo único posible –“seamos
realistas, pidamos lo imposible”.


Frente al crecimiento puramente cuantitativo y el despilfarro, y ésta es otra idea del economista canadiense, reclamaron una nueva e imprescindible valoración de los elementos
cualitativos que nos son negados por un sistema capitalista única- mente atento al beneficio y a la productividad. Fueron, pues, posmaterialistas sin saberlo, antes de que el sociólogo
Ronald Inglehart diera con el término y el concepto. Del mismo modo que hoy los grupos antiglobalización, con su eslogan de “otro mundo es posible”, ignoran que en gran medida son
también posmayistas.

Desde luego, todo este discurso se fue enhebrando a partir de un molde intelectual marxista al que iban añadiendo nuevos tintes de gran originalidad. Es casi seguro que muy pocos de
ellos habían leído a Galbraith. Lo habrían desechado como un mero reformista. Tampoco está claro que, contrariamente a sus correligionarios alemanes, hubieran conocido las
provocadoras tesis de Herbert Marcuse o las de otros miembros de la Escuela de Frankfurt, aunque muchas de éstas encajaran como un guante en sus críticas y aspiraciones. Puede
que, a pesar de sus farragosos escritos, los frankfurtianos estuvieran más cerca de la realidad de lo que muchas veces les hemos reconocido. Porque, en definitiva, gran parte de sus
reflexiones giraban en torno a la imposibilidad de reconstruir dignamente el concepto de emancipación en la nueva sociedad tardocapitalista. En El hombre unidimensional (1964) y otros
de sus escritos, Marcuse había dejado clara la imposibilidad de acceder a procesos revolucionarios en la nueva sociedad opulenta. Sobre todo por la carencia ya de un sujeto
revolucionario una vez transformado el proletariado en un objeto más de los supuestos beneficios consumistas. Sin sujeto revolucionario y, fundamentalmente, sin capacidad para
imaginar una firme base de oposición al sistema, éste se reproduce sin necesidad de tener que recurrir a la represión. Su capacidad para digerir cualquier oposición o disidencia revierte
luego, a la postre, en un refuerzo de las normas sociales dominantes.

Cohn-Bendit y otros líderes sesentayochistas confiaron, no obstante, en que una alianza entre clase trabajadora y movimiento estudiantil sí podría romper la espina dorsal del sistema
capitalista y alumbrar una nueva sociedad. El propio Marcuse, en medio de las revueltas estudiantiles que o bien anticiparon o siguieron a Mayo del 68, llegó a cobrar esperanzas en la
posible aparición de un nuevo sujeto revolucionario, constituido esta vez por estudiantes e intelectuales. Los acontecimientos posteriores acabarían por dar la razón a su diagnóstico
inicial. Esto ya lo sabemos. Lo que quizá más merece ser destacado de la influencia marcusiana reside ante todo en su curiosa combinación de elementos marxistas y freudianos.
Como es sabido, el Freud de El malestar en la cultura ya había llamado la atención sobre la inexorabilidad de establecer dispositivos represores sobre nuestro patrimonio libidinoso.
Parafraseando de forma casi literal a Hobbes, había establecido que la vida en sociedad sólo es posible a partir de la represión de nuestra líbido, de nuestras pasiones, mediante
diferentes mecanismos de sublimación. Pero que siempre habría que saber establecer un equilibrio entre la represión necesaria y la superflua. Marcuse recoge esta distinción para
afirmar que en una sociedad como la nuestra, tecnológicamente desarrollada, se nos vende como represión necesaria lo que en realidad no es sino un mecanismo de legitimación del
orden existente. Bajo las condiciones objetivas de una sociedad opulenta las posibilidades para la libertad y para una vida más plena y libidinosa están abiertas. El problema no reside
tanto en dichas condiciones cuanto en nuestra propia capacidad para tomar conciencia de dicha posibilidad. Y ahí es donde los mecanismos del sistema tendrían una asombrosa
eficacia, fundamentalmente a través de una cultura de masas manipuladora.

No hace falta decir que esa misma idea es la que, de manera más o menos consciente, persiguieron nuestros sorprendentes sesentayochistas. Su objetivo era reclamar a la represiva
sociedad de sus padres una nueva forma de liberación que ellos intuían posible. De ahí que la liberación política se diera la mano con la sexual y de costumbres.

SIN PALACIOS DE INVIERNO

El objetivo a batir era la autoridad, una autoridad a la que había que oponerse casi por principio para liberar lo soterrado; aquello que ansiamos pero que se nos impide imaginar como
realizable. El poder que sostiene esa autoridad carece, sin embargo, de un Palacio de Invierno que tomar. Lo característico de las sociedades modernas complejas, y aquí suenan los
ecos de Adorno y Horkheimer, es que las promesas emancipadoras de la ciencia y la tecnología nos han permitido acceder a un mejor control del mundo, pero han revertido después en
una nueva forma de poder anónimo e inaprensible. El desarrollo del proceso de racionalización moderna no ha acabado de satisfacer algunos de los atributos fundamentales de lo
humano y su organización en sociedad. Y puede que los movimientos sesentayochistas fueran la primera manifestación explícita de este fracaso civilizatorio.

Hundidas las ilusiones en la revolución socialista, los satisfechos hijos de la sociedad opulenta gritaron al mundo su insatisfacción, sus esperanzas por acceder a lo “completamente
otro” (Adorno) que, decían, les era negado bajo las condiciones actuales. Todavía sólo tenían a mano el instrumental de las revueltas de la tradición marxista y un buen acopio de textos
–¿quién no los recuerda?– de frankfurtianos, Sartre, toda la retahíla del neomarxismo, pero su movimiento apuntaba a algo más profundamente nuevo. Fue una especie de fogonazo que
en nombre de la revolución consiguió vacunar a las sociedades occidentales frente a ella, pero que a la vez no se disolvió como el humo de los botes de la policía
La rebelión no sería integrada con facilidad. Es bien cierto que el movimiento en seguida encontraría su cierre thermidoriano con las elecciones anticipadas a la Asamblea Nacional que
convocara De Gaulle a finales de junio de ese mismo año, y que derivaron en una apoteósica derrota de la izquierda. Previamente, el 29 de mayo, el movimiento estudiantil ya tuvo que
acusar otro golpe simbólico importante en la espontánea manifestación en defensa del orden de la V República que convocó a cientos de miles de personas. El espacio estudiantil por
antonomasia, las calles de París, era ocupado ahora en su contra por aquellas masas a las que supuestamente habían decidido liberar. Abandonados por el Partido Comunista y
huérfanos en seguida del inicial apoyo sindical, la rebelión se acabaría por disolver como un azucarillo. Con ello se puso de manifiesto la solidez del blindaje de las sociedades opulentas
frente a las veleidades revolucionarias. De la democracia burguesa no se transitaría ya, ni en Francia ni en ningún otro lugar, hacia una democracia popular o a un nuevo tipo de
socialismo. Fin de ciclo también para toda esperanza en la espontaneidad revolucionaria neoespartaquista.

Pero aquellas sociedades no saldrían del todo incólumes de este insolente movimiento de rebeldía. Por seguir en Francia, De Gaulle apenas conseguiría sobrevivirlo al perder el
referéndum del año siguiente, y el Estado y la sociedad francesa comenzarían un proceso de reformas que iban desde un espectacular aumento de los salarios más bajos hasta una
nueva forma de gobernar, menos rígida y más abierta a los nuevos desafíos sociales; menos susceptible de dejarse someter por el diktat de los políticos y más propensa a la crítica y la
deliberación dialógica. Pronto se fue más o menos consciente de que había empezado un proceso de renovación de la anquilosada democracia liberal. A decir de Luc Ferry, una de las
principales consecuencias de Mayo del 68 fue la incorporación directa a la vida política de los jóvenes y las mujeres. En seguida se unirían a ellos otros grupos hasta entonces
marginales, y los así llamados nuevos movimientos sociales comenzarían pronto a sembrar la alarma en los partidos, que ahora no podían dejar de ser receptivos a muchas de las
demandas de estos grupos sociales a la búsqueda de su reconocimiento. Con todo, puede que éstos no fueran los efectos más profundos y a largo plazo de la revuelta. El más hondo y
perdurable seguramente tiene que ver con su rasgo más acentuado: la desconfianza hacia el poder, hacia toda forma de poder; su veta antiautoritaria, en el sentido más amplio de
autoridad.

OBSESIÓN ‘NEOCON’

El triunfo de los sesentayochistas –los franceses y los de otros lugares– no fue en las calles ni, necesariamente, en la vida política. Su impacto se percibió sobre todo en el
cuestionamiento radical de la autoridad que poco a poco se fue trasladando al ámbito educativo, ya fuera la familia, la escuela o la universidad. Seguramente fuera esto lo que Nicolas
Sarkozy tenía en mente cuando durante pasada la campaña presidencial hiciera un llamamiento a “acabar con la herencia del 68”. Éste ha sido también el principal temor que desde
entonces han manifestado los neoconservadores de todo el mundo hacia esa nueva sociedad permisiva.

Pero no sean optimistas. Esa permisividad que tanto preocupa a los conservadores tiene los pies de barro. Por decirlo en términos marcusianos, no es sino un subterfugio más del
sistema para facilitar las nuevas condiciones objetivas del capitalismo en ésta su nueva fase. Sin el hiperconsumo y el consiguiente impulso interior en los individuos para satisfacer unos
casi patológicos deseos de compra no sería posible sostener el nuevo sistema productivo. No hay “contradicciones culturales del capitalismo” (Daniel Bell). La cultura de la permisividad
y la ruptura de los controles puritanos sobre la libidinosidad no sólo no son un peligro para el nuevo orden sino su presupuesto necesario. Y uno no puede dejar de sentir un cierto punto
de tristeza cuando observa cómo la famosa emancipación de las pasiones se traduce al final en términos de una mera capacidad de consumo. Aún queda una rebelión pendiente,
aunque esta vez es mucho más difícil señalar el objetivo. En unos momentos en los que ya ni siquiera creemos en el progreso y el futuro se nos muestra cargado de temores, parece
como si ya tuviéramos bastante con conservar lo existente. ¡Ironías de la historia!

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4.- ¿Qué hacías tú en Mayo del 68?

El Ángel de Olavide (4-4-08)

Sarkozy ha puesto de moda el bello deporte de la caza al sesentayochista. Junto con otros cuantos caballeros pontifica sobre los males de la patria suya y determina que algunos
polvos que empañan la visión y contaminan los pulmones sociales de nuestros días vienen de aquellos lodos de Nanterre y del Quartier Latin.

Todavía la historia no se ha puesto de acuerdo sobre el significado del mayo del 68 en París. Algunos dicen que fue el canto del cisne de las políticas revolucionarias inspiradas en el
marxismo. Otros cuentan que fue el principio, algo así como una reedición de la Comuna, de una nueva forma de entender el espíritu revolucionario para enfrentar las nuevas formas de
capitalismo.

En España las cosas eran posiblemente mas difíciles de entender. Mayo del 68 fue el mes en el que corrimos delante de los grises después del recital de Raimon en la Facultad de
Económicas de Madrid. Algo del espíritu francés ilustraba aquel acontecimiento. Los gritos y los lemas como “democracia popular” quedan todavía asociados a mi memoria como los
mas significativos. Mas allá de las querencias de la fracción de la población española que apostaban por la democracia, por la pura y simple democracia, muchos jóvenes universitarios
le estaban poniendo un traje “popular” a dicha democracia.

Era muy joven entonces, 17 años. Acababa de entrar a militar en células- así se llamaban entonces los grupos clandestinos del PCE- de las Juventudes Comunistas de Madrid. Era una
militancia peripatética que consistía en realizar largas caminatas recibiendo doctrina e información del responsable de la célula. Mi responsable era Manolo, Pablo de nombre de guerra-
a lo mejor era al revés-, vecino del barrio de Quintana que a su vez formaba parte del comité de Ventas de la organización. Manolo no era precisamente un fanático de las formas de vida
clandestina y poco a poco te incorporaba a su propia vida familiar. Terminaban las reuniones en su casa y a ellas asistía hasta su padre, un sindicalista panadero.

Mi recuerdo de aquellas reuniones era el de discutir mucho sobre Praga-asistíamos en paralelo de la movida francesa a lo que se llamó la primavera de Praga- y sobre Francia. Manolo y
su familia personificaban en buena medida la vieja cultura comunista de Madrid. Hasta esos finales años de los 60, la mayoría de la militancia estaba formada por padres e hijos de
probada seguridad. Era el PCE entonces un grupo que había sido castigado duramente por la represión. Todavía recuerdo como la historia de la detención de Grimau-1963- formaba parte
del ambiente afectivo de aquellos años. Todos parecían haber conocido al supuesto traidor del ajusticiado. Paseabas por la avenida de Felipe II y te señalaban la vivienda del delator.

Decía que para Manolo mentar la primavera de Praga le producía sarpullidos. Muchos comunistas de entonces no podían entender como era posible enfrentarse al centro comunista, a
Moscú. Tampoco, hablando de París, les entraba en la mollera que unos jóvenes de las universidades se permitiesen el lujo de desplazar al PCF, a los potentes comunistas franceses,
de la cabeza de las movilizaciones. Pero los jóvenes, sobre todo los mas informados, los universitarios, intuían que existían lazos invisibles pero sólidos entre los dos procesos. En las
pocas veces en aquellos meses en las que se podían mantener reuniones mas amplias Paris y Praga eran invocadas con ilusión.

Algo estaba cambiando. Ya no éramos pocos los melenudos y patilludos que formábamos parte de aquellas organizaciones de izquierda. Los que veníamos a aportar una visión moral de
las cosas mas abierta, mas ácrata. Los temas sobre el sexo, las relaciones entre compañeros, ya no se atenían al sobrio y púdico marco tradicional con el que se entendían esas cosas
en los partidos tradicionales. Estaba Dylan, estaba California y Vietnam. Estaba el rock. Y la maría y otras hierbas legionarias formaban parte del entorno de algunos de estos nuevos
militantes. Nuestros ídolos ya no eran los personajes de la trinidad marxista: Marx, Engels y Lenin, Ni siquiera Mao ni Ho Chi Min. Nuestros ídolos eran la guapa y negra Ángela Davis,
nuestra Obama, y Che Guevara.

El caso es que era primavera y las playas estaban debajo de los adoquines del bulevar Saint Michel. Y hasta allí que nos fuimos unos cuantos desarrapados. El camino era sencillo. Te
ibas hasta San Sebastián y allí tomabas el Topo, un tren de vía estrecha que te dejaba al otro lado de la frontera. Entonces pasaban muchos trabajadores desde el lado español de la
frontera hasta el otro. Y no eran comunes los controles fuertes. A veces enseñar el pasaporte desde lejos era suficiente. Luego te montabas en un tren hasta Paris. Y llegabas a
Austerlitz. Te habías aprendido un número de teléfono. Te decían vete a la rue de Marat. Hay un teatro de la CGT. La portera sabía de donde venías. Te metían en el teatro. Te dormías.
Un grupo de niños de algún colegio ensayaba en el escenario. Te despertabas. Preguntabas y te hacías seguir esperando. Al final alguien llegaba y con él marchabas a la gare de Lyon o
a la de Nord, ya ni recuerdo por que fueron tantos viajes y te daban un billete “aller retour” a alguna ciudad dormitorio, que se yo, a Gros Noyer por ejemplo. Allí te recogía un camarada,
un viejo republicano de Valencia o un joven recién exiliado. Cuanto mas viejo era la persona mejor te lo pasabas. Te inflaban a preguntas. Tu eras un héroe de la resistencia. Te llevaban
los domingos a repartir L´Humá entre los camaradas. Te colocaban una guitarra en la mano, tocases o no tocases. Había que cantar el gallo negro, santa bárbara bendita y el sursum
corda. Pero luego había paella y vino.

Al final conseguía desembarazarte de tanta recepción y te ibas al centro. Te acercabas al Odeón, a la Sorbona, a los jardines de Luxemburgo. Y ya no había revolución. Desde entonces
tengo la sensación de llegar tarde a todas las revoluciones. Llegue tarde al Abril de Lisboa. No voté al PSOE en el 82.

Compré un libro apaisado, con las tapas rojas que se llamaba algo así como escrito sobre el muro. Al llegar a Madrid me lo “incautó” mi amigo Joan Pla. Entonces trabajaba en una
empresa de pinturas del grupo March. La Sherwin Williams. Joan era jefe de publicidad. Para él el libro debía de tener su valor. Nunca me lo devolvió. Yo nunca se lo he pedido. Si me
lees, Juan, que sepas que aquel libro era mío. En aquel libro estaban las frases mágicas: “sed realistas, pedir lo imposible”. “La imaginación al poder”. “Están comprando tu felicidad,
róbala”…..

Vuelvo al principio. Hace ya cuarenta años de esto. Y pregunto:
¿Qué hacías tú en Mayo del 68?

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5.- Cohn-Bendit pide disculpas

Mário Maestri
Via Política (5-4-08)
Traducido por Àlex Tarradellas y revisado por Antonia Cilla


Daniel Cohn-Bendit ha pedido a las nuevas generaciones que olviden el Mayo Francés, ya que el mundo contra el que luchó hace cuarenta años no existe. Para que no queden dudas
sobre lo dicho, ha pontificado que aquel «pasado ha muerto» definitivamente, antes de salir de tour mundial para divulgar un libro de entrevistas, titulado lapidariamente Forget 68.

Cohn-Bendit, al negar la contemporaneidad de 1968, se asocia de forma relevante con el empeño de reducir aquellos días a la mera movilización juvenil contra el mundo de sus
progenitores. «El sesenta y ocho fue la revuelta de los jóvenes contra el mundo creado por sus padres […] después de la guerra, […] rígido y conservador […]» —asevera el ex militante
del Movimiento 22 de Marzo, de la Universidad de Nanterre. Los nuevos derechos de las mujeres, los homosexuales, los disminuidos, etc. y la conciencia ecológica, adquiridos después
del 68 han creado un mundo verdaderamente nuevo, convirtiendo en anacrónicas las viejas luchas de cuatro décadas, inadecuadas para la sociedad que ha sabido recrearse
permanentemente.

Los hechos de 1968 fueron los esfuerzos realizados para llevar a cabo la ruptura revolucionaria con el orden capitalista y la construcción del socialismo democrático y revolucionario que
garantizara, en los límites de las posibilidades históricas, la realización de la humanidad. Fueron movimientos de rebeldía que tuvieron sus epicentros en los Estados Unidos, Italia y la
Alemania Federal y alcanzaron su punto álgido en 1968, con la huelga general de los trabajadores franceses, desmovilizada y liquidada por el Partido Comunista Francés. A las jornadas
de 1968 siguieron durísimas luchas mundiales entre el capital y el trabajo, confrontaciones memorables como las de Vietnam, Laos y Camboya, Chile [1969-1973], Nicaragua
[1979-1990], etc. Un enorme movimiento de insurgencia derrotado por el tsunami liberal-conservador que engulló las conquistas sociales obtenidas en las décadas anteriores, sobre todo
desde 1989 a través del hambre pantagruélica del mundo.

Es precisamente la vigencia de las reivindicaciones, esperanzas y experiencias del 68 lo que está detrás del empeño mundial, fuertemente mediatizado para su archivo definitivo.
Proyecto que se apoya especialmente en muchos de los entonces jóvenes protagonistas de aquellos logros seducidos, bajo la dura presión de la derrota histórica de los trabajadores,
por las ventajas, facilidades y seguridades garantizadas a los que defienden de forma relevante los privilegios contra los que lucharon en el pasado.

Los grandes movimientos sociales están asociados, normalmente, con individuos considerados como protagonistas especiales, algo no extraño ya que consiguen orientar los
acontecimientos que viven según sus necesidades y tendencias profundas. Es casi automática la identificación de Marat y Robespierre con la Revolución Francesa, de 1798; de Zapata y
Pancho Villa con la Revolución Mexicana, de 1910; de Lenin y Trotsky con la Revolución Rusa, de 1917; de Fidel y el Che con la Revolución Cubana, de 1959. No obstante, hay
momentos luminosos como el de la Comuna de París, de 1871, que han pasado a la historia sin que se asocien con individuos singulares, sino que son el fruto de las movilizaciones y
los sacrificios de miles de trabajadores y gente común —los communards.

Hoy en día, las acciones multitudinarias se identifican con algunos individuos, muchas veces por alguna intervención fortuita y, con frecuencia, los medios de comunicación transforma a
esos individuos, más que en líderes, en verdaderos símbolos de los movimientos en cuestión. Fue lo que en cierto modo ocurrió con el Mayo Francés, muy vinculado a las imágenes de
jóvenes como Daniel Cohn-Bendit, Alain Krivine y Jaques Sauvageot que poco o casi nada influyeron, incluso a través de sus pequeñas organizaciones, en los acontecimientos que
desbordaron rápidamente los marcos de la movilización estudiantil al ser abrazados con fuerza por la clase trabajadora y popular.

De la unión estrecha entre la historia y algunas personas se tiende, años o incluso décadas más tarde, a calificar aquélla a partir de los actos privados o públicos de éstas: actos
realizados, en algunas ocasiones, al calor de los hechos. Esa visión ingenua de los acontecimientos sociales nace de la comprensión de la historia como producto de la acción de
hombres providenciales con carácter trascendental para el mismo devenir histórico. Para quienes así lo perciben, para bien o para mal, las acciones de esos demiurgos contaminaron y
definieron los hechos históricos que ellos crearon.

No hay razón para dudar de la honestidad con la que Daniel Cohn-Bendit, entonces con 23 años, defendía, en 1968, el socialismo libertario cuando estaba alimentado por el vigor de la
insurgencia del movimiento estudiantil y obrero francés. Tampoco hay motivo de sorpresa, por mucho que eso moleste, en la traición hacia aquellas posiciones, bajo la terrible
constricción que apareció con la recomposición autoritaria de las instituciones del gran capital, con un impulso avasallador en las últimas décadas.

En mayo de 1968, Dany, conocido como El Rojo por su socialismo radical y su cabello pelirrojo, atacaba a las instituciones que se desestabilizaban bajo la dura movilización
obrero-estudiantil-popular. El reflujo social que se impuso años más tarde y la propia necesidad de mantener el protagonismo que las jornadas revolucionarias le habían asegurado,
contribuyeron, sin duda, a su creciente acomodación al orden que antes había combatido. Si en el 68 Dany le Rouge predicaba la revolución en las barricadas parisinas, hoy se esfuerza
en reparar los arañazos que dio a las instituciones que lo alimentan, rodeado por una multitud de secretarias y asesores a los que tiene derecho como diputado y líder del bloque
ecologista del Parlamento Europeo. Lo que, huelga decir, le garantiza igualmente un salario que no avergonzaría ni siquiera a un diputado brasileño —¡250.000 reales al año [1]! Además
de otros tantos privilegios alcanzados por los excelentes defensores del gran capital.

A Cohn-Bendit, sólo le ha faltado la fibra moral y social para vivir su vida, coherente con sus ideas, al margen de los focos y las ventajas de los servidores del poder, como han hecho, a
lo ancho del mundo, cientos de miles de actores, más o menos anónimos, que intervinieron en aquellos acontecimientos. Sin embargo, Cohn-Bendit no ha sido el único que ha cometido
el acto de constricción interesado. En Francia, han sido muchas las defecciones de liderazgos e intelectuales soixante-huitards, entre otros, Alain Finkielraut, Bernard-Henri Lévy y
Stéphane Courtois, convertidos a las maravillas del elogio del capitalismo y el imperialismo.

En Alemania no ha sido diferente al resto del mundo. En el Partido Verde, Cohn-Bendit tuvo como acompañante especial a otro líder estudiantil del 68 berlinés, Joschka Fischer, que,
para obtener y agarrarse al poder contra el que había luchado, se revolcó en la sangre europea, al participar, como ministro de Exteriores del gobierno de Schröder [1998-2005], en la
agresión de la OTAN, liderada por Bill Clinton, contra la población serbia. De este modo lideró la primera intervención de la Wehrmacht fuera de Alemania, después de 1945,
precisamente en los territorios de donde había sido expulsada hace más de medio siglo por la guerrilla popular comunista balcánica. En la época de la agresión contra Yugoslavia,
Cohn-Bendit, que saltaba del rojo-negro del socialismo libertario al verde-blanco del ecologismo pacifista, defendió disciplinadamente los bombardeos de la OTAN que arrasaron aquel
país con una «intervención humanitaria» considerada imprescindible.

[1] Aproximadamente 92.500 euros.

Fuente: http://www.viapolitica.com.br/artigo_view.php?id_artigo=58

Artículo original publicado el 29 de Marzo de 2008
* Mário Maestri es Doctor en Historia por la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Es profesor de la licenciatura y del programa de Doctorado en Historia de la Universidad de Passo
Fundo, en Rio Grande do Sul. Fue detenido y encarcelado en 1968 cuando era estudiante y vivió como refugiado en Chile y Bélgica de 1971 a 1977. Asimismo, fundó el Centro de
Estudos Marxistas de Rio Grande do Sul y la revista História & Luta de Classes.
Àlex Tarradellas y Antonia Cilla son miembros de Rebelión, Tlaxcala, y Cubadebate. Esta traducción se puede reproducir libremente, a condición de respetar su integridad y mencionar al
autor, el traductor, la revisora y la fuente.

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6.- Rudi Dutschke, 11 de abril de 1968

Klinamen (11-4-08)


Josef B***, veintitrés años, admira a Napoleón y pinta retratos de Hitler. Participa en reuniones de la extrema derecha y lee con fervor la prensa de Axel Cesar Springer. El jueves 11 de
abril, tres días antes del domingo de pascua, decide pasar a la acción, se embosca delante de la sede de la unión de estudiantes socialistas, y espera.

Cuando Rudi Dutschke coge su bici roja, se abalanza sobre él. Al menos dos de sus balas hacen blanco: una en la parte derecha del pecho, la otra en la cabeza. A continuación
Josef B*** huye, pero los amigos de Dutschke corren más rápido que él: pasa un mal cuarto de hora para terminar en el mismo hospital que su victima. Ésta oscila entre la vida y la
muerte, pero sobrevivirá finalmente aún algunos años (hasta navidades de 1979). Josef B*** acaba de encender, con ayuda de Springer, un incendio europeo.

En esta semana santa, como cada domingo en Alemania, la única prensa que aparece es la de Axel Springer que difunde su versión del atentado. En Berlín, tres mil cascos
prusianos, detrás de tres filas de alambre de espino, intentan en vano proteger la sede donde se imprime el Bild. Los camiones de reparto son bloqueados, cinco son incendiados. La
escena se repite en Hamburgo, Essen y Frankfurt.

En las iglesias alemanas, los oficios son interrumpidos, se distribuyen panfletos. En Munich, en la iglesia de San Mateo, unos jóvenes despliegan una pancarta: “Parad a Springer”.
En Dusseldorf: “Springer asesino”. En Aix la Chapelle: “Jesús, Martin Luther King, Rudi Dutschke”. Entre los manifestantes aparecen a la par tanto cruces como banderas rojas.
En numerosas ciudades de Europa, las manifestaciones interrumpen el normal desarrollo del domingo de pascua. En Zurich, donde Rudi Dutschke había recibido autorización para
hablar en la universidad, se quema una efigie de Springer.
En Paris cuarenta y ocho horas después de la tentativa de Josef B***, cuatrocientas personas se juntan delante de la embajada de Alemania. Pero los cascos de los CRS no dejan
pasar a nadie, de tal manera que la manifestación se repliega sobre el bulevar Saint Michel donde estallan escaramuzas. Dos días más tarde, durante el transcurso de una manifestación
de apoyo a los estudiantes alemanes, Cohn Bendit toma la palabra para denunciar lo que él mismo llama violencia policial.

En toda Europa, los estudiantes viven la misma revuelta. Mayo del 68 ya puede empezar.

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7.- Cuarenta años después de Mayo
La playa bajo los adoquines

Juan Carlos Fernández Naveiro
Cuaderno de Materiales
Rebelión (13-4-08)

La crisis de valores en el mundo contemporáneo es ya una historia larga, casi un lugar común. Sean los ecologistas, los obispos o los poetas, en los lamentos por los tiempos que
corren casi siempre hay un poso de nostalgia: de los tiempos en los que la naturaleza aún no había sido mancillada, en los que el orden social aún era un reflejo del orden divino, en los
que las palabras aún producían un sentido no mediatizado por las tecnologías de la manipulación comunicacional. Tiempos idos que quizá nunca hayan existido, como si de una utopía
estrictamente invertida se tratase, el reino que jamás tuvo lugar.

Hay otro aspecto según el cual la mencionada crisis de valores coincide con el auge del capitalismo y el ascenso del individualismo, de las sociedades de masas y de los ideales
democráticos. Ya no se trata de una historia remota confrontada a sus orígenes más o menos míticos, sino de la historia de las sociedades europeas modernas en un horizonte temporal
próximo: el siglo XX y, dentro de él, los procesos de reconstrucción y modernización social emprendidos tras la Segunda Guerra Mundial. Y si centramos un poco más el foco de nuestra
atención en los modelos culturales que a partir de ahí se van implementando, consideremos la importancia de dos tipos de procesos: por un lado la descolonización, con la fuerza de la
diversidad que irrumpe con ella; y por el otro, la elevación de la cultura de masas al rango de cultura planetaria. Tales son las coordenadas con arreglo a las que debe ser valorada la
década de los años 60, una década clave para la definición de lo que todavía podemos llamar “el mundo de hoy”.

Cuarenta años después, los 60 no dejan de ser una década polémica, discutible y discutida. Pensemos en la especie de cruzada ideológica emprendida por el presidente francés
Sarkozy, que basó su proyecto de futuro para Francia en la necesidad de superar lo que para él fueron los desvaríos de esa década, simbolizada en el espíritu del Mayo francés de 1968.

Según esa interpretación que sin duda tiene un cierto calado en el imaginario social actual, en esos años se encumbró una ideología libertaria que acabó teniendo variadas y nefastas
consecuencias: disolución de las formas de autoridad (en la familia, en la escuela, en general en la sociedad), pérdida de los modelos socializadores, disolución de las referencias
epistemológicas, relativismo de los valores, debilidad del pensamiento, decadencia de la educación, igualación radical de cualquier producto estético…Todo esto serían productos de una
cultura relativista y posmoderna, decadente y debilitadora; y para salir de esa decadencia no habría otra estrategia que la de un rearme moral que defienda de nuevo el ejercicio de la
autoridad, que promueva el valor del mérito y la excelencia por encima del igualitarismo pedagógico, y que de paso ejerza un fuerte control selectivo de los flujos inmigratorios atendiendo
a criterios de seguridad pública y de eficiencia económica. Contra los experimentos multiculturales que saltaron por los aires en las revueltas de las banlieus en 2005, llegó la hora del
asimilacionismo cultural, que los inmigrantes asuman los valores republicanos y Francia recupere la grandeur perdida. Sarko, el nuevo héroe contra el legado de los años 60.

Pero una cosa son las estrategias políticas (y aquí, aparte de hábiles medidas destinadas a ocupar el terreno del adversario político, está por ver qué habrá de nuevo que no sea el ya
bien conocido neo-liberalismo) y otra los ritmos filosóficos y culturales, que se vinculan con tendencias más lentas y profundas. Y es aquí donde el influjo de los años 60 no puede darse
por concluido, no sólo porque en esos años se formasen intelectualmente algunas de las generaciones hoy en el poder, sino sobre todo por la singularidad de su posición en el devenir
filosófico del siglo XX; una posición intermediaria entre lo que se podría llamar el destino de la modernidad –es decir, el grado en el que los ideales de la modernidad se encaminaron o no
hacia su realización– y la definición de eso que, a comienzos del siglo XXI, antes llamábamos “el mundo de hoy”.

La pregunta sobre los años 60 se desdobla así en dos cuestiones diferentes: en primer lugar, ¿qué papel jugó esa década en el devenir de la modernidad? Esta cuestión la referiremos
especialmente al activismo político que tuvo sus momentos culminantes alrededor de 1968, y sólo una vez abordada podremos pasar a la segunda: ¿qué ocurrió después con el legado
del 68? Y aquí es donde habremos de acercarnos a las circunstancias de hoy.

Utopías de Mayo

El activismo político del Mayo francés sirve como muestra de la pulsión utópica que forma una parte esencial de la tradición revolucionaria de la modernidad ilustrada. La crítica al mundo
capitalista y burocrático que encarnó el año 1968 es plenamente moderna por cuanto defendía una ruptura política que habría de servir para dar pasos en la dirección de la autonomía
moral de los individuos y en la autogestión de las sociedades. Como dijo Cornelius Castoriadis, el 68 fue “la última gran llamarada de los movimientos que comenzaron con la
Ilustración”[1], prolongando el movimiento emancipatorio de la modernidad.

Ese impulso filosófico de los años 60 se manifestó de distintas maneras, que van desde las expresiones de alta cultura filosófica hasta las formas de la cultura popular. Un ejemplo de la
primero sería el éxito de autores como Herbert Marcuse, con el que la crítica de las nuevas formas del capitalismo heredera de la Escuela de Frankfurt enlazaba con los proyectos de
liberación sexual que provenían a su vez del psicoanálisis. Crítica de la alienación y crítica de la represión sexual aparecían así como aspectos complementarios de un mismo programa
filosófico, y, al mismo tiempo, los experimentos de convivencia alternativos del tipo de las comunas o las experiencias psicodélicas de ampliación de la conciencia podían adquirir una
cobertura teórica que las insertaba en un marco político y les daba alcance de alternativa global. Pero lo decisivo que quiero señalar aquí es que el espíritu rebelde de los años 60 venía a
actualizar el proceso emancipatorio de la modernidad ilustrada y ponerlo al día en un contexto social que ya no era el del industrialismo que había servido de referencia para la crítica
marxista tradicional, sino el de la nueva sociedad de masas que sin duda reclamaba nuevas herramientas teóricas y nuevas formas de lucha política.

Pese a lo dicho anteriormente, no debe verse ni en la psicodelia ni en los ensayos de vida en comunas verdaderas alternativas filosóficas, cuando su motivo fue siempre el de una
reacción contra las formas refinadas y consideradas elitistas de la cultura, reacción significada ya desde el nombre que se le dio de “contracultura”. La contracultura tenía una vocación
explícitamente marginal, pero aún así no fue ajena a ciertos movimientos sociales de fondo que desde entonces no han hecho más que intensificarse: el despertar del feminismo y del
ecologismo, la desenmascaramiento del polimorfismo sexual, el advenimiento de la “sociedad del espectáculo” (por usar la expresión de Guy Debord). Aparecía un nuevo tipo de
conciencia en la que coincidía tanto el pacifismo folklórico y naïf del movimiento hippie como las revueltas estudiantiles, una conciencia que consistía en considerar que la ideología del
progreso ilimitado carecía por sí sola de sentido, que el sentido era algo precisamente ajeno a la ceguera del progreso, y por ahí comenzaba a formularse el concepto después exitoso de
“sostenibilidad”. Hay que reconocer que en ese diagnóstico no les faltaba razón. Ciertamente, el trabajo no podía ya ofrecer una alternativa al capital, porque ambos eran finalmente
deudores de un mismo modelo que entronizaba los valores de la eficiencia y la competitividad.

Las razones de la contracultura para oponerse al sistema productivo del capitalismo no iban sin embargo más allá de una mera cuestión de psicología (el sistema genera avidez material,
envidia y a la postre agresividad), cuando no caían directamente en el ensueño de una abundancia material que vendría a través de la automatización del trabajo. En esa unión entre la
incipiente revolución cibernética y una psicología de la frugalidad y la desposesión material se fraguó el ingenuo sueño de que las luchas por los recursos ya no serían necesarias, puesto
que bastaba con abrir la mano con desprendimiento y generosidad para que la riqueza fluyese. La utopía estaba a la vuelta de la esquina; como decía una de las a veces ingeniosas
pintadas en los muros de Mayo: “sous les pavès, la plage”. De manera que sólo hacía falta levantar los adoquines de una civilización depredadora para encontrarse con esa playa
paradisíaca en la que ningún bien sería negado. Tan sólo con el añadido de un poco de psicodelia y de tantrismo (gustos muy propios del exotismo de la época) se podía sentir más
cerca que nunca la realización de la utopía.
El destino del sueño

Cuarenta años después de los acontecimientos del Mayo francés, ¿qué fue lo que ocurrió a partir de entonces? ¿Qué destino ha tenido el legado del 68? Ya antes mencionamos una de
las ideas rectoras acerca de los procesos que desde entonces vienen teniendo lugar, me refiero al avance de las sociedades de masas. Pues bien, en relación con ello, justo en los años
posteriores a 1968 comenzó a utilizarse otra idea general para designar el cambio de modelo socioeconómico que se estaba produciendo: me refiero ahora al concepto de una sociedad
“post-industrial”[2]. Con ello se aludía a cómo iba perdiendo relevancia en el mundo desarrollado la producción industrial, al mismo tiempo que crecía el consumo de masas y se
desarrollaban las tecnologías de la información y la comunicación.

Ese cambio de modelo tuvo además un momento histórico preciso que actuó como revulsivo: la crisis del petróleo en 1973, el mismo año en el que apareció el libro citado de Daniel Bell.
En el país puntero de la explotación petrolífera y de la producción industrial el precio de la gasolina llegó a duplicarse en tres meses, y surgió el fantasma de su escasez. Desde
entonces hay cuestiones que ya no dejarán de formar parte del paisaje habitual de nuestras sociedades, como la cuestión medioambiental (suscitada al hilo del debate energético que en
Europa se inició a partir del movimiento antinuclear), o la definitiva desaparición del horizonte del pleno empleo, sustituido por la convicción de que el paro es un fenómeno estructural del
sistema y no sólo un índice susceptible de aumentar.

El sueño contracultural de un trabajo adaptado a las necesidades de una personalidad creativa o que fuese la expresión de sus preferencias estéticas o vitales dio paso a la evidencia de
que los recursos no eran inagotables, de que la competencia era inevitable, y de que los dividendos de la riqueza no llevaban necesariamente a atenuar la desigualdad. La escasez no iba
a llegar a su fin, pero lo que sí se podía dar por concluido era el modelo de un crecimiento que no conociese límites, puesto que los había entrevisto de un modo bastante repentino e
imprevisible. La ecología no ha hecho sino acreditar esa imposibilidad de un desarrollismo a ultranza, ciego a todo criterio ajeno a su propia maximización.

Todo ello coincide con un nuevo vector de la conciencia del presente: el imaginario de la catástrofe, el caos y la imprevisibilidad, que ocupan el espacio en el que antes se articulaban los
proyectos colectivos de futuro. No sólo el trabajo es cada vez más trabajo precario, sino también los ideales y las relaciones interpersonales experimentan el mismo proceso de
precarización. Declina la confianza en las posibilidades del futuro, surge el grito punk del no future, la pulsión utópica de la modernidad asiste a su cancelación. El horizonte temporal de
la utopía se adelgaza hasta hacerlo coincidir con el estricto presente y disolverlo en la ideología de lo inmediato, la búsqueda de gratificaciones instantáneas nos instala en una
provisionalidad crónica.

La sociedad de consumo será el marco en el que tenga lugar esa cancelación de la energía movilizadora y transformadora de la utopía. Después retomaremos esta cuestión pero
volvamos un instante al marco económico-político en el que se produce. Junto al concepto de sociedad post-industrial, comenzará a hablarse de la entrada en una nueva fase en la
evolución del capitalismo, lo que Fredric Jameson llamará “capitalismo avanzado”[3], con el que se va perfilando el concepto de lo que en poco tiempo se llamará “globalización”. Pero el
proceso estaba en ciernes en los años 60, en los que ya se emplea el término “multinacionales” para referirse a esas organizaciones del capital internacional que transcienden las
fronteras, y que poco a poco irán desplazando a las ideologías sociales transformadoras que movilizaron a las conciencias durante gran parte del siglo XX. En los años 70 se incorpora a
la terminología el vocablo “transnacional”, y es en el mismo 1973 que mencionamos antes a propósito de la crisis del petróleo cuando se produce la primera reunión del club de los
países ricos, inicialmente llamado G 5. Los propios gestores del capital se encuentran entre los grupos que detectan por esos años la crisis del modelo de un crecimiento ilimitado, y
comienzan a elaborar una respuesta de tipo economicista que en los años 80 se llamará “neo-liberalismo”, que se apoyará en el despliegue de las tecnologías de la información y la
comunicación.

Se trata de una respuesta a la crisis que consiste básicamente en “desregulación” a todos los niveles: desregulación inicialmente financiera, a partir de la construcción desde principios
de los años 80 de una red global que liberaliza las bolsas y las telecomunicaciones, y que después irradia su fuerza desreguladora hacia todo el cuerpo social; liberalización de los
intercambios y de los flujos de capitales; fluidez de las redes planetarias; flexibilidad de las empresas (es decir, precarización del trabajo); ajustes estructurales (es decir, despidos
masivos). La espada de Damocles del equilibrio presupuestario sirve para debilitar las políticas sociales, para desmantelar el espacio público trabajosamente construido por los Estados
de bienestar, y para proceder a privatizaciones generalizadas que permiten al capital privado reapropiarse del nuevo margen de beneficios.

Es necesario señalar respecto a todo esto la peculiaridad del caso español. Aquí mal se podía desmantelar lo que apenas se había construido, y en los años 80, en pleno auge del
reagan-thatcherismo que actuó como emblema de la primera oleada neo-liberal, nos tocó todavía armar un débil Estado de bienestar. Pero enseguida llegó la reconversión de un sector
industrial cuyo desarrollo había acumulado el mismo retraso con el que aquí se adoptaron siempre los influjos de nuestro entorno europeo. Algo parecido es lo que había ocurrido con la
pérdida del entusiasmo político, que aquí se prolongó un tiempo por las especiales circunstancias de nuestra transición democrática, pero para recuperar el tiempo perdido también llegó
el desencanto.

Volviendo al asunto de la valoración retrospectiva de los años 60 en función de la evolución posterior hacia el neo-liberalismo, se podría precisamente por esa evolución establecer la tesis
del fracaso del 68 (es por ejemplo la tesis que defiende Castoriadis). El activismo social y la movilización política de los años 60 acabarían por verse disueltos en la marea de un
individualismo hedonista ligado a la explosión del consumo, lo que daría comienzo a una nueva fase regresiva en la vida política de las sociedades occidentales.

En ese contexto de crisis de las alternativas globales, el consumismo se nos aparece como el único resto de un naufragio generalizado de los valores que mueven a la transformación
social, como si todavía pudiese servir para construirse una identidad gracias a la progresiva personalización de las ofertas comerciales, y así dotarse de algo mínimamente parecido a un
proyecto vital. Es el imperio de la ideología del aquí y ahora, y de la búsqueda del placer sin mediaciones, obviando con ello toda la potencia así acumulada para las frustraciones y para
una agresividad difusa y generalizada. Hedonismo compulsivo inducido por las redes de la publicidad y el mercado, que adquiere modos de una sofisticación inaudita gracias a la
capacidad tecnológica para digitalizar la información y, en suma, para crear simulacros que se igualan a lo real puesto que producen un mismo efecto de realidad. La energía utópica del
futuro transformada en urgencia del goce, al tiempo que los proyectos potencialmente revolucionarios se disuelven en una corriente estética que es fácilmente subsumida por el mercado.
Coda final

Poco a poco, hemos ido llegando a un tiempo en el que, a tenor de lo dicho, casi parecería que la utopía puede ser construida a la medida del propio deseo. Un problema que ahí todavía
subsiste es el de qué valor pueda tener ese tipo de experiencia vital de cara a la construcción de espacios de verdad comunes y colectivos, más allá de los ensueños de una existencia
particular. Ciertamente la tecnología también abre nuevos espacios de acción, pero el hecho es que las filosofías del deseo fueron absorbidas con demasiada facilidad por las pulsiones
particularistas, y que probablemente no sea ajena a ese hecho su preferencia por los espacios de lo marginal y lo minoritario. El problema es que la propia utopía acaba por entrar así en
un “devenir-minoritario” (parafraseando a Deleuze), aunque tal no fuese precisamente la intención explícita de tal tipo de filosofías. Por el contrario, “devenir-minoritario es un asunto
político y recurre a todo un trabajo de potencia, a una micropolítica activa” que no sirve para desactivar la energía utópica sino para cumplir una función de resistencia frente al poder de
las identidades, y que es “justo lo contrario de la macropolítica, y aún de la Historia, donde más bien se trata de saber cómo se va a conquistar o a obtener una mayoría”[4].

¿Significa esto el fracaso del 68? Puede que tal no fuese sino un juicio que sólo se pudiera hacer a posteriori, y que quizá tampoco hiciera justicia a los hechos considerados en su
globalidad. Porque lo queramos o no, para bien y para mal, somos herederos de las transformaciones que tuvieron su epicentro en esa década; hijos de esa década aún los que reniegan
de ella. Y de la misma manera que se da una continuidad de fondo por la cual los años 60 se insertan en la tendencia genérica de las sociedades capitalistas hacia el crecimiento del
individualismo –diagnóstico largamente acreditado, al menos desde la sociología del siglo XIX–, hay también una continuidad entre los años 60 y las décadas posteriores en un cierto tipo
de nuevo activismo político, un activismo que se descuelga de los macroproyectos de transformación social y de los métodos disciplinarios ligados al imaginario de la revolución, y que
se orienta hacia una micropolítica más atenta a los múltiples procesos que interaccionan en la construcción simbólica de la identidad en sociedades que, como las actuales, poseen una
complejidad creciente.

Esta es la perspectiva que destaca por ejemplo el sociólogo Gilles Lipovetsky, cuando califica el Mayo francés de “revolución sin finalidad, sin programa, sin víctima ni traidor, sin filiación
política”; y aún “una revolución sin proyecto histórico,… sin muerte, una revolución sin revolución”[5]. Desde este punto de vista el fracaso del 68 sólo puede ser relativo, puesto que
aunque es cierto que no tuvo una inmediata repercusión institucional (cosa que en puridad tampoco podía pretender precisamente por su carencia de “programa”), sí tuvo efectos bien
reconocibles en la posterior evolución cultural y filosófica: la eclosión del carácter espectacular de la representación política, el deslizamiento del discurso hacia el modelo de la
seducción o la importancia adquirida por el diseño de los sistemas de comunicación son efectos cuya relevancia no ha hecho más que acentuarse, y que en gran medida forman parte de
los signos mayores de nuestro tiempo. En tal sentido, podría entenderse que la utopía no ha sido traicionada sólo por la lógica del capital, sino que su final estaba de algún modo ya
escrito desde las mismas barricadas de Mayo. “Sous les pavès, la plage”; pero no era una playa lo que se escondía bajo los adoquines, y si lo era estaba tan atestada como un lugar de
veraneo o un centro comercial, no era precisamente la visión de un paraíso.

Por lo demás, creo que ese modelo de una revuelta difusa y carente de programa sí ha marcado un cierto estilo que encontramos en algunas de las revueltas del fin de siglo, como la
incruenta caída del Muro de Berlín o la revolución checa de terciopelo o, ya en el siglo XXI, la revolución naranja en Ucrania. Revoluciones sin grandes proyectos alternativos pero que
expresan bien a las claras lo que quieren en un momento preciso de la historia. Lo que no sabemos aún es si este será el tipo de revueltas que seguramente nos están esperando en las
barriadas.

[*] Juan Carlos Fernández Naveiro es Profesor de Filosofía en Enseñanza Secundaria. Doctor en Filosofía con una tesis sobre Gilles Deleuze. Es autor de diversos artículos y
comunicaciones a congresos. En 2002 se publicó su obra “El final del siglo posmoderno” (Ediciones del Serbal).

BIBLIOGRAFÍA
Bell, D.: El advenimiento de la sociedad post-industrial, Madrid, Alianza, 1991.
Castoriadis, C.: El ascenso de la insignificancia, Madrid, Cátedra, 1998.
Deleuze, G – Guattari, F.: Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia 2, Valencia, Pre-Textos, 1988.
Jameson, F.: El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Barcelona, Paidós, 1991.
Lipovetsky, G.: La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Barcelona, Anagrama, 1986.

Notas:
[1] Castoriadis, C., El ascenso de la insignificancia, Madrid, Cátedra, 1998, p. 89.
[2] Bell, D., El advenimiento de la sociedad post-industrial, Madrid, Alianza, 1991.
[3] Jameson, F., El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Barcelona, Paidós, 1991.
[4] Deleuze-Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia-II, Valencia, Pre-Textos, 1988, p. 292.
[5] Lipovetsky, G., La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Barcelona, Anagrama, 1986, ps. 45 y 127.
http://www.filosofia.net/materiales/articulos/a_17.html

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8.- El 68 de Peppino

Pierluigi Sullo *
La Jornada (19-4-08)


En 1968 tenía 17 años. En pocos meses vi pasar por el televisor en blanco y negro imágenes fragmentadas sobre el inicio del Año Tet en Vietnam y las protestas en universidades
estadunidenses; el mayo parisino y la invasión soviética de Praga; la matanza en la Plaza de las Tres Culturas y los puños cerrados, en alto, de atletas negros en el podio de los Juegos
Olímpicos de la ciudad de México. La banda eran los Rolling Stones con Satisfaction; las lecturas, Gramsci, Lenin, Sartre y Kafka de El proceso; las imágenes, el rostro del Che y los
chinos blandiendo el Libro Rojo de Mao.

En la escuela secundaria éramos todos hijos de gente modesta, que no difería mucho de los trabajadores de las fábricas cercanas, padres de otros jóvenes. Los nuestros –pequeños
empresarios, empleados, campesinos– querían a toda costa que fuésemos a la universidad, cuyas aulas estaban repletas en esos años de un modo nunca antes visto. Ante el estupor
general, a finales del 67 un grupo de estudiantes ocupó la Universidad Católica de Milán. Éramos muchos, resultado de la generación nacida en la posguerra. Habíamos incursionado en
los viajes moviendo el pulgar hacia arriba haciendo autostop por Europa; alguno hasta tenía auto, casi siempre un minúsculo e indestructible Fiat 500. Entre nosotros estaban quienes
fueron a Florencia en 1966, cuando una inundación puso en riesgo de destrucción libros y monumentos, y compartieron acciones voluntarias junto a gente del pueblo y adolescentes de
familias pudientes. La píldora anticonceptiva recién se había inventado y nos permitía hacer el amor de forma que nuestros padres jamás lo habían sospechado: como un juego. Las
rentas no eran demasiado caras y podíamos irnos de casa, vivir en comunidad con otros estudiantes, mantenernos con cualquier pequeño trabajo.

Este coctel devino explosivo: las reglas sociales vigentes eran las de los años 50, de dureza intolerable, emanadas del Partido Demócrata Cristiano (DC) y la Iglesia, escudos contra el
comunismo durante la guerra fría. Así que cuando la presión se hizo demasiado fuerte para lo que soportaba el contenedor, repentinamente nos convertimos en “comunistas”; los
estudiantes revolucionarios y los trabajadores rebeldes organizamos el contrapoder en universidades y fábricas, al tiempo que discutíamos sobre la lucha de clases. El 68 fue el año de
los estudiantes; el 69, aquel del “otoño caliente”, una insurrección de asalariados realizada por los jóvenes de las “cadenas de montaje”: los “trabajadores comunes” que venían de las
zonas rurales y del sur de Italia.

El 12 de diciembre de 1969 estalló una bomba en el Banco de Agricultura, en la esquina de la Piazza Fontana de Milán, causando la muerte a 17 personas; pocos días después, un
anarquista acusado falsamente cayó o fue empujado desde una ventana del cuarto piso de la central de policía. Aquello de Milán fue el primer episodio de lo que se llamó “estrategia de
tensión”: una serie de bombas a lo largo de la década de los 70. Alguien ha dicho que los hechos del 12 de diciembre hicieron que el movimiento “perdiese la inocencia”. Entendimos la
reacción del poder establecido, a lo que contrapusimos –o pensamos hacerlo– el choque. Y perdimos. A finales de la década de los 70 el choque degeneró en el terrorismo de cierta
izquierda ideologista, que en 1978, con el secuestro y el asesinato de Aldo Moro –uno de los líderes de la DC– puso punto final a esta historia.

Pero el pasado no se repite nunca igual, aunque lo que había sucedido dejó huella. Gracias al 68 en Italia hubo un cambio legislativo radical sobre familia y derechos civiles, como el
divorcio y el aborto; en las normas tutelares de los derechos de los trabajadores; la ley que cerró los manicomios; reformas en salud que garantizaron ese derecho universal;
modificaciones en pensiones que favorecieron a los trabajadores, etcétera. Este fue el momento de nacimiento de tres periódicos independientes, docenas de emisoras de radio libres y
del cambio en el sistema informativo. Una ola de izquierda conquistó las administraciones de grandes ciudades y regiones.

Pero, sobre todo, en cualquier rincón de Italia –incluidas las provincias más pequeñas- esos 10 años pusieron en acción a jóvenes que denunciaban sin miedo a los grupos de poder
locales, hacían circular la cultura, irrumpían en las organizaciones de la sociedad civil. Uno de ellos, Peppino Impastato, fue asesinado en 1978 –el mismo día que encontraron el cadáver
de Moro–; había creado un colectivo de radio en Cinisi –pueblo cercano a Palermo– que denunciaba con nombre y apellido a capos mafiosos regionales. Fue atado a las vías del tren y
volado: la prensa informó que él trataba de ejecutar un atentado.

Dentro de unas semanas, en el aniversario de su muerte, organizaremos un foro antimafia en Cinisi. Es verdad que aquella generación se ha dispersado, que muchos están en el cenit de
la política y los grandes medios de comunicación, pero la brecha abierta por esa generación no ha sido realmente cerrada y varios movimientos de hoy tienen sus raíces en ella. Así que
recuerdo el 68 italiano como un Peppino Impastato.

Pierluigi Sullo es el director de la revista Carta
Traducción para La Jornada: Ruben Montedónico

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9.- Ese mayo francés del 68

Antonio Garrido (CUT-BAI)
Marxismo en la Red (20-4-08)


El origen de Mayo se haya en el agotamiento del modelo de la “guerra fría”. Ambos “campos” se hallan ideológicamente desacreditados. En el Este, el modelo postXX Congreso del
PCUS mantiene la presión sobre la actividad social, política y cultural independiente. 1956 es el año de la “revolución húngara” y del auge de las luchas obreras en Polonia. Las
experiencias yugoeslava y china auspician el debate sobre toda la problemática de la degeneración burocrática de la revolución rusa.

En las “democracias occidentales” el escenario estaba violentado por la batalla, en los EEUU, a favor de los derechos civiles de los negros (Malcom X es asesinado en 1965), por el
comienzo de los bombardeos norteamericanos sobre Vietnam, por la intervención de los marines en Santo Domingo y por el apoyo capitalista al sangriento golpe militar en Indonesia: el
verdadero rostro del imperialismo.
En otro plano, el mundo se desayuna con las revoluciones cubana y argelina, y con la causa palestina. En Europa comienza la experiencia de una “universidad crítica”, alimentada por el
acceso a las aulas de miles de estudiantes hijos de los trabajadores con rentas medias. Además, las concentraciones industriales, en el centro de una potente ola de desarrollo
capitalista, permiten la cohesión y la militancia de un movimiento obrero que, además, se abre a nuevas problemáticas (autogestión, control obrero, recelo de la burocracia, originales
formas de lucha).

1968 es el año de la invasión de Checoslovaquia por tropas del Pacto de Varsovia y el año de la ofensiva del TET en Vietnam. En el estado español, la Universidad franquista está con las
aulas cerradas por orden ministerial y ocupadas por la policía, y el movimiento estudiantil asiste a los expedientes académicos o a los juicios por el TOP de sus dirigentes.

LOS ACONTECIMIENTOS

El Movimiento 22 de marzo explicaba, desde el interior de la Universidad de Nanterre, y en palabras de Daniel Cohn-Bendit que su objetivo inmediato era “la politización de la
Universidad... Es el sistema en conjunto al que atacamos con nuestras reivindicaciones, al poder político, al capitalismo, a su concepción de la Universidad... No digo que mañana
mismo habrá grandes luchas obreras, pero la situación puede evolucionar rápidamente, ya que la crisis monetaria, la guerra de Vietnam repercutirán en Francia...”.

El 19 de abril una manifestación de solidaridad con los estudiantes alemanes, después del atentado contra Rudi Dutschke, agrupa a 2.000 estudiantes en el barrio Latino.
Tras días después, una manifestación organizada por la Unión de Estudiantes Comunistas reúne a 5.000 personas que desfilan por el bulevar Saint-Michel para manifestar su apoyo a los
guerrilleros vietnamitas. El 26 de abril, en el anfiteatro “Che Guevara” de la Facultad de Humanidades de Nanterre, tiene lugar una asamblea general del Movimiento 22 de marzo que,
entre otras acciones, programa una serie de jornadas de lucha contra el imperialismo. El 28 de abril, 200 miembros de los comités “Vietnam de base” desmantelan una exposición
organizada por el “Frente Unido de Apoyo al Vietnam del Sur”. Ese mismo día el grupo Occidente publica un comunicado: “Ya que los marxistas quieren guerra, la tendrán. Todos
nuestros militantes han sido movilizados. De aquí a una semana exterminaremos a la lacra bolchevique”. El 2 de mayo, en mitad de una tensa jornada antiimperialista y con la amenaza
de los ataques fascistas del grupo Occidente, el decano de Nanterre anuncia la decisión de clausurar la facultad y la policía, entonces, desaloja el lugar y practica detenciones.

Al día siguiente La Sorbona está solidarizada con los compañeros de Nanterre. Georges Marchais, miembro del buró político del Partido Comunista denuncia en “L’Humanité” a los
“pequeños grupúsculos izquierdistas” y agrega “es necesario combatirlos y aislarlos..., se trata, en general, de hijos de grandes burgueses...”. Al principio de la tarde, la policía cerca la
Sorbona, nadie puede entrar ni salir. Los estudiantes organizan grupos de autodefensa y discuten formas de acción.

Ante las amenazas de ataque policial, los estudiantes salen escoltados por sus propios servicios de orden: 527 de ellos son detenidos, a pesar de las promesas policiales que exigían
sólo el desalojo pacífico. Inmediatamente, se organizan columnas de manifestantes que se refugian, ante las cargas de la policía, en el bulevar Saint-Michel. Durante toda la tarde (la
radio retransmite lo ocurrido), muchos otros estudiantes se les unen y se multiplican las reacciones de defensa.

Los estudiantes gritan: “Muera la represión”, “Liberen a nuestros camaradas”, “Gaullismo-dictadura”. El ministro Peyrefitte tranquiliza: “Sólo se trata de un puñado de
agitadores”. Al anochecer, brigadas de choque de la policía recorren el Barrio Latino. Los sospechosos son maltratados y apaleados. Las organizaciones estudiantiles se reúnen y
lanzan la consigna de huelga general en todas las universidades del país, exigiendo la inmediata liberación de los detenidos, la reapertura total de las facultades y la retirada policial del
Barrio Latino. Se llama a los estudiantes a constituirse en comités de acción, mientras algunos de ellos ya tienen condena de prisión.

El lunes 6 de mayo hay casi 600.000 estudiantes en huelga general. Se producen choques con la policía y se difunden panfletos apelando a la solidaridad de los trabajadores. Una gran
manifestación aguarda a las puertas del edificio en que se juzga por parte de las autoridades académicas a Cohn-Bendit y sus compañeros, quienes se presentan ante sus jueces
cantando la Internacional y con el puño levantado. Por la tarde 10.000 estudiantes gritan “Somos un grupúsculo” en pleno Barrio Latino.

Los enfrentamientos con la policía llevan el sello de una guerra de posiciones. Ya son 20.000 los estudiantes que levantan barricadas y multiplican las acciones contra las brutales
cargas de la policía: utilizan motoristas para controlar los desplazamientos policiales, se organizan comandos, se establecen cadenas de aprovisionamiento de proyectiles y bombas
caseras. La población les ayuda. Los heridos son más de 800.

El martes, 7 de mayo, el Barrio Latino está en estado de sitio. Los Liceos realizan acciones de solidaridad. Los sindicatos estudiantiles y el Movimiento 22 de marzo
organizan una marcha de 25 km. que atraviesa toda la ciudad y dura hasta la medianoche. La encabeza una pancarta con el lema “Viva la Comuna”, escoltada por decenas de banderas
rojas y banderas negras.. La manifestación, muy fluida, muy móvil, muy disciplinada, muy numerosa no puede ser controlada por unas fuerzas policiales ya preocupadas y que reciben el
refuerzo de nuevas unidades del Cuerpo Republicano de Seguridad (C.R.S.). Las centrales obreras están desconcertadas y sufren las presiones de sus bases que anuncian su
disposición a unirse a los estudiantes.

“L’Humanité” comienza a despojarse de anteriores acusaciones de aventurerismo político y señala la nueva línea del PCF denunciando al gobierno, la represión y “el sistema de
enseñanza inadaptado”. Por la tarde, en un acto en la Facultad de Ciencias los manifestantes acusan a las direcciones políticas de “oportunistas”. Se niegan a aceptar que el movimiento
sea “utilizado, recuperado o castrado” por estalinistas y socialdemócratas.

El 9 de mayo el gobierno anuncia la reapertura “progresiva” de La Sorbona y Nanterre. Al anochecer, en el edificio de La Mutualidad, se discute en un acto en el que participan delegados
estudiantiles de Alemania, Italia y Bélgica sobre la unidad de acción y las formas de organizarse. El viernes 10 de mayo los militantes juveniles ocupan la facultad reabierta y una gran
manifestación se desarrolla en la tarde por el Barrio Latino. Esa noche se entablan los combates más violentos. La “noche de las barricadas” conmueve al país por lo sangriento de la
represión y la heroica resistencia de los estudiantes.

El sábado 11 de mayo, respondiendo a la convocatoria de los estudiantes y por la presión de las bases, las centrales obreras deciden la Huelga General en toda Francia para el lunes 13
de mayo. Más de 1.000 jóvenes obreros realizan una manifestación en dirección al Barrio Latino para expresar su solidaridad con el movimiento estudiantil. Pompidou, recién llegado de
Afganistán, anuncia que habrá amnistía para los estudiantes detenidos y que el gobierno activará las reformas necesarias en la Universidad. El movimiento rechaza las concesiones del
gobierno.

El lunes 13 de mayo París contempla la más grande manifestación de masas organizada desde la Liberación. Casi un millón de franceses, estudiantes, obreros, profesores,
artistas desfilan, con el puño en alto, cantando La Internacional, a través de la ciudad, sobrevolada por helicópteros del ejército. Tres banderas dominan, la roja, la negra y la del vietcong.
Más tarde, los estudiantes ocupan La Sorbona y debaten: “Si no somos capaces de establecer el contacto con los obreros, La Sorbona se transformará en un ghetto y todo se perderá”.

El martes 14 de mayo manifestaciones estudiantiles y grupos de los comités de acción parten hacia las fábricas llevando consignas: “Los obreros deben tomar la bandera de lucha de
nuestras frágiles manos”.

El miércoles 15 en la fábrica Renault, “la Nanterre obrera”, 200 jóvenes obreros se encierran y retienen a los directores en las oficinas. De Gaulle afirma “El recreo ha terminado”. En una
semana y desbordando a las direcciones sindicales, Francia queda absolutamente paralizada: diez millones de obreros se han lanzado a la huelga, en todas la regiones y en todos los
sectores. La CGT no proclama en ningún momento la huelga general, contentándose con afirmar que ésta “era un hecho”. En decenas de centros industriales los obreros avanzan hasta
mecanismos de control de los intercambios comerciales con los agricultores, de gestión democrática de la producción, prohibían la entrada a los dirigentes sindicales, impedían el
acceso de los CRS que perseguían a militantes para detenerlos, organizaban convoyes de abastecimiento a cooperativas agrícolas o fabricaban sólo “Walkie-talkies” para ayudar a los
manifestantes a defenderse de la represión.

Para el 24 de mayo las direcciones sindicales anuncian su disposición a negociar, mientras De Gaulle propone un referéndum. El 25 de mayo, en medio de decenas de
manifestaciones por toda Francia, arde la Bolsa de París. El 27 de mayo, se hacen públicos los acuerdos de Grenelle, entre gobierno y sindicatos: rechazo masivo a los mismos en las
asambleas de trabajo. La huelga general continúa. El 28 de mayo Mitterrand avisa de su candidatura presidencial, “si se produjera un vacío de poder”. El 29 de mayo, De Gaulle
“desaparece” a las 11,30 de la mañana. Se encuentra en Badén Badén junto al Jefe del Ejército Massu que le asegura la lealtad de las Fuerzas Armadas. El 30 de mayo, de regreso a
París, anuncia la disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones generales. Por la tarde decenas de miles de gaullistas desfilan por París. El 31 de mayo se restablece el
control de cambios de divisas y el suministro de gasolina. Se inicia la vuelta al trabajo en algunas empresas.

El 10 de junio muere ahogado, como consecuencia de los enfrentamientos con la policía, el estudiante de bachillerato Gilles Tautin. Al día siguiente, en el transcurso de manifestaciones
de solidaridad, se registran 1.500 detenidos y dos muertos en Peugeot-Montbeliard. El 12 de junio se procede a la disolución del Movimiento 22 de marzo y de otras siete organizaciones
de la izquierda revolucionaria. En la última semana del mes se ha regresado al trabajo en la mayoría de las empresas metalúrgicas y automovilísticas. En las elecciones se produce un
triunfo aplastante de los gaullistas.

ALGUNAS LECCIONES

Más de cuatro millones de huelguistas mantuvieron la huelga durante tres semanas; más de dos millones durante un mes. Se trató de una huelga general que atravesó todas las
instituciones, en una sociedad con un 80% de asalariados: industrias, servicios, comunicación, cultura, afectó a toda la esfera de la reproducción social. No obstante, el proletariado
industrial y concentrado constituyó el núcleo duro de la movilización.

Mayo del 68 fue muchas cosas: un gran movimiento reivindicativo y democrático, una gran fiesta cultural, una crisis política en el contexto de una impresionante confrontación de clases,
una suspensión de los mecanismos normalizados de ejercicio del poder capitalista, una profunda caída de la legitimidad de las formas democráticas e institucionales burguesas, un
desbordamiento impetuoso de las direcciones estalinistas y socialdemócratas por el movimiento de masas. “Todas la liberaciones parecían marchar con el mismo paso” (Bensaid).

La obras de Foucault, Sartre, Althusser, Marcuse, Lacan, Lefebvre, cohabitan en un universo filosófico y teórico heterogéneo, proteico y abstruso, pero que marca la atmósfera cultural y
política del movimiento subversivo y que permite, asimismo, la invocación de Lenin, Trotsky, Luxemburgo, Gramsci o el Che.

La espontaneidad es la forma embrionaria de la organización, decía Lenin. En Mayo del 68, las masas rebasan las formas sindicales y políticas existentes y sitúan en el centro
estratégico de los acontecimientos la confrontación directa con el poder del capital y con toda su institucionalidad.

Dentro de la tradición leninista, la proclamación de la huelga general reconoce que se está planteando la cuestión del poder. En términos gramscianos, la revolución se hace
políticamente hegemónica entre los sectores asalariados, intelectuales, juveniles.

Sin embargo, el aprovechamiento y el fortalecimiento cualitativo de la acción colectiva requiere, en estas condiciones, de direcciones políticas revolucionarias, que, más allá de la
cuestión de la toma del poder, ayuden a las masas a resolver el enfrentamiento con conquistas anticapitalistas de carácter estructural, a sostener ese nacimiento de una dualidad de
poder, a dotar a los trabajadores de herramientas conceptuales, analíticas y organizativas que mejoren su conciencia de clase. En el 68 francés no llegó a alcanzarse una fase superior
de organización de los trabajadores que desafiase las formas institucionales y económicas y permitiese el nacimiento, en el seno de las luchas, de contrapoderes revolucionarios
alternativos al orden burgués. Para ello se precisan direcciones revolucionarias valientes y muy conscientes de la naturaleza de los acontecimientos y con una fuerte hegemonía entre los
sectores más avanzados de los trabajadores y del conjunto de la sociedad.

Un poco más allá de la derrota política, Mayo del 68 constituyó un rearme ideológico en muchos aspectos. Significó la irrupción política de los llamados nuevos movimientos que nacían
trayendo bajo el brazo cuestiones ideológicas, morales y políticas nuevas: el problema del deseo, de la alienación que traspasa el marco de las relaciones de producción, de la
transformación de la vida cotidiana, del antiautoritarismo, de la democracia y la autogestión, del ecologismo, del feminismo revolucionario.

Todo este totum revolutum ideológico y cultural, adquirió fortaleza y potencial subversivo al reivindicarse heredero del conjunto de las tradiciones revolucionarias anteriores, del
antiimperialismo, de la democracia obrera, del antiburocratismo, del anticapitalismo y, sobre todo, al engarzarse estratégicamente en el interior de un imponente movimiento de masas en
el que la clase obrera jugó un papel central, traspasando políticamente el marco de la típica revuelta de “campus”.

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10.- Mayo 68-2008: Hay un lugar mayor hoy que entonces para una izquierda anticapitalista
“En 1968, la extrema izquierda era una pequeña organización implantada entre los estudiantes pero sin ninguna implantación obrera. Hoy es casi lo contrario”
Alain Krivine, Ligue Communiste Révolutionnaire, Francia.

Chris Den Hond / Entrevista a Alain Krivine
Espacio Alternativo (24-4-08)


En Mayo 68, ¿no solo se rebelaron los estudiantes?

- Mayo 68, es cierto que en la mayor parte de los países, era una revuelta estudiantil, que se encontraba en la convergencia de dos cosas: de un lado en muchos países la llegada de los
hijos de las capas populares a universidades completamente arcaicas, -había una verdadera contradicción en el interior, sobre problemas universitarios- y la segunda razón era la
politización extrema de los estudiantes sobre la guerra de Vietnam. Es la convergencia de estos dos factores lo que hace que en Francia, en México y en una serie de países haya una
explosión estudiantil. Hubo –para mí es esencial- una explosión obrera que se unió a la explosión estudiantil esencialmente en dos países: en Francia y un poco más tarde en Italia,
donde duró un año, lo que se llamó el Mayo rampante. Pero conocieron también una explosión obrera. En Francia, lo que quiero rememorar esencialmente, al margen del movimiento
estudiantil que mucha gente ha estudiado, es el hecho de que se tuvo la mayor huelga general que se haya jamás conocido, porque se mantuvo durante más de tres semanas 10
millones de obreros en huelga y la casi totalidad de las fábricas ocupadas, con la bandera roja en las fábricas. Eso es el aspecto esencial.

¿Qué ha pasado con todos esos activistas y dirigentes de Mayo 68? ¿Algunos de ellos como Daniel Cohn-Bendit dicen que gente como tú no ha evolucionado desde entonces?

- Una serie de portavoces conocidos del 68, como Jeismar o Sauvageot, han cambiado un poco de campo. En aquel momento creyeron que era una revolución, sin saber demasiado a
donde iba. Bendit era más bien libertario y Jossmar más cercano al partido centrista PSU (Partido Socialista Unificado), pero creo que tuvieron muchas ilusiones en las perspectivas del
68. Lo que ocurrió fue que tras el fracaso político del 68 (la sociedad capitalista permaneció), intentaron un poco arbitrariamente resucitar los acontecimientos, justo después del 68,
cayendo un poco en el izquierdismo y se apercibieron de que la clase obrera no les seguía, ni en el 68, ni después del 68. Muy rápidamente dedujeron de ello que no había ya clase
obrera y que la lucha de clases era finalmente una antigualla, una historia de dinosaurios y se adaptaron al sistema. Daniel Cohn-Bendit -le conocí bien en 1968 y más recientemente en
el parlamento europeo- ha conservado buenos restos en el plano de sociedad –antirracismo, antifascismo-, pero en los problemas de fondo, se ha convertido en un liberal. Trabaja hoy
con los liberales. Es el adiós a la clase obrera y adiós a lo que era fundamentalmente 1968.

¿Los años 60 eran años de crecimiento del capitalismo, ¿ocurre lo mismo hoy?

- Es cierto que en 1968 estábamos en un gran boom económico. Por no dar más que una cifra, no debía haber más de 300.000 o 400.000 parados en Francia. Hoy hay 5 millones. Es el
fin de ese boom económico. Tenemos incluso la situación contraria. Hoy la crisis financiera puede ir muy lejos y sobre todo la mundialización hace que actualmente los capitalistas en el
marco de una competencia desenfrenada, de una carrera por los beneficios, no den ninguna migaja a los reformistas para hacer reformas. Es lo que explica que los reformistas se
social-liberalicen. La socialdemocracia hoy se adapta completamente al capitalismo porque no puede ya hacer reformas, no le dejan ya las migajas. Así pues, hay un cambio radical, lo
que explica que haya un lugar mayor hoy que entonces para una izquierda anticapitalista.

¿En 1968 la lucha anticolonial y antiimperialista politizaba mucha gente, ¿ocurre lo mismo hoy?

- Es cierto que en 1968, hubo una gran politización que estaba ligada particularmente a la guerra en Vietnam, pero que, en cualquier caso en Francia, afectaba también a una generación
que salía de la guerra de Argelia en la que nos habíamos politizado en la ayuda al FLN argelino. La guerra de Argelia y luego la de Vietnam fueron asuntos que tuvieron una importancia
enorme. Este tema hoy, por el contrario, es casi más importante, porque la guerra está casi en todas partes. Mucha gente pensaba que con la caída de los países del Este se había
acabado y decían “Ahora que ya no hay bloques, ya no hay guerras”. Es exactamente lo contrario, hay más que nunca. Sobre todo hoy con por ejemplo la guerra llevada a cabo por
Israel contra el pueblo palestino, la guerra en Irak. La única diferencia es que no nos enfrentamos a guerras de estados contra estados. Ahora son guerras llevadas por los estados
imperialistas, sobre todo los Estados Unidos, contra pueblos, no contra ejércitos en tanto que tales y eso hace las cosas aún más complicadas, aún más terribles. Se está en pleno
período de guerra. Creo que el movimiento antiguerra puede ser una dimensión y es una de las dimensiones de politización de las nuevas generaciones en el momento actual.

¿Cómo comprender hoy la canalización de la huelga general por el Partido Comunista francés, el PCF?. ¿Es que hoy el PCF y el PS siguen siendo tan hegemónicos o dominantes en la
clase obrera como en 1968?

- Hay que recordar que en 1968, en Francia en cualquier caso, era el partido comunista el que era completamente hegemónico en la clase obrera. Dirigía totalmente la CGT, el principal
sindicato. Por el contrario, el PCF no tenía el control de los estudiantes. Y en cuanto se desencadenó el movimiento, tuvieron una reacción de burócratas estalinistas, tuvieron miedo de
un movimiento que no controlaban. Fueron totalmente desbordados. Al nivel de las empresas, el movimiento obrero les desbordó muy rápidamente, pero allí lograron sin embargo guardar
un poco el control. Por ello, la unión estudiantes-obreros tuvo lugar en la calle. Fue simbólica, pero no fue profunda. Para dar solo un ejemplo: cuando supimos que la huelga se
desencadenaba en Renault-Billancourt -30.000 obreros, el centro neurálgico de la clase obrera francesa-, fuimos en manifestación varios miles, fuimos acogidos por una fábrica silenciosa
en la que todos los obreros estaban en los tejados y las ventanas, pero ni un solo aplauso.

En sus cabezas, estaba la propaganda estalinista: “llegan los pequeñoburgueses izquierdistas, aventureros”. Sobre todo al comienzo del movimiento. Estuvieron completamente
superados por el movimiento. Desde un cierto punto de vista, salieron del apuro, porque cuando el problema del poder se planteó, un día o dos, al final del movimiento, cuando De Gaulle
fue a Alemania, los obreros se volvieron hacia los estudiantes pero no tenían ninguna confianza en los dirigentes estudiantiles, para tomar el poder. Se volvieron hacia su partido que no
tenía en absoluto ganas de tomar el poder sobre la base de una huelga general y fue De Gaulle quien tuvo el genio de comprender que el PCF no quería tomar el poder y anunció
elecciones. El PCF dijo inmediatamente: “Si, si a las elecciones”, lo que era una forma de enterrar en las urnas un movimiento extraparlamentario.

Las capas medias que se habían unido a la clase obrera, viendo que no había ningún espacio de ese lado, volvieron a posiciones anteriores de defensa del orden, de la seguridad y eso lo
movió todo a la derecha. Por el contrario, lo que es curioso, es que el PCF no pagó en el momento mismo, digamos, de su traición. Ha sido mucho más tarde, incluso estos últimos
años, cuando ha habido un giro total y se ha dado cuenta de que el comienzo de su ruptura con la juventud y la clase obrera fue su incomprensión de 1968. Tienes pues un cambio total
de la situación. Antes se decía: “Cuando se es de izquierdas, se vota comunista”. Ahora, el voto “útil”, que es inútil para mí, pero útil institucionalmente, no es ya el partido comunista,
sino el partido socialista, pero que tiene él mismo lazos esencialmente electoralistas con la clase obrera.

Así pues hay un vacío total hoy, que nos incita a pensar que es preciso hacer un mayo 68 en otrs condiciones, que triunfe. Tenemos una burguesía que ataca como nunca, que destruye
las conquistas sociales. Tenemos una izquierda tradicional que está desacreditada, principalmente el partido comunista que está casi desapareciendo incluso si no hay que considerar
que ha desaparecido. Y luego se tiene toda una generación que quiere luchar, que no se reconoce en la izquierda tradicional y que está huérfana de una izquierda capaz de responder
verdaderamente a esos objetivos, a esas preocupaciones, es por ello que desde un cierto punto de vista, se tienen a la vez más razones de rebelarse hoy que en 1968, pero se tienen
hoy sobre todo muchos más medios. La extrema izqueirda era una pequeña organización implantada entre los estudiantes, pero sin ninguna implantación obrera, y hoy es casi lo
contrario.

Mayo 68 daba nacimiento a grupos revolucionarios trotskystas, maoístas y de otros tipos. Hoy bastantes de esos grupos han desaparecido, otros se han transformado. Hoy, en 2008, no
es ya la identidad trotskysta o maoísta lo que es determinante. Se dice marxista o anticapitalista. ¿Qué queda hoy todavía del espíritu de 1968?

- La extrema izquierda en 1968 era el producto de un período. 1968 era un período bisagra entre un viejo movimiento obrero, que se manifestó con la bandera roja, las barricadas, la
Comuna de París, la clase obrera, la Internacional y del otro lado el nacimiento de lo que se llamaría hoy un nuevo movimiento social con reivindicaciones que van a estallar tras mayo 68,
pero que están en germen en 1968. Además de las reivindicaciones tradicionales de la clase obrera, están reivindicaciones de los inmigrantes,de las mujeres, de los homosexuales, de
los sin techo etc, un nuevo movimiento altermundialista. La gran diferencia con hoy es que en 1968, en el patio de la Sorbona, había retratos de Mao, Lenín, Marx, Stalin, Trotsky. Mira
las manifestaciones de jóvenes de hoy, no hay ya ningún retrato. No hay ya ninguna referencia, ni a la revolución rusa, ni a los grandes dirigentes. El único que persiste aún en las
camisetas es el Che Guevara, es todo. Así pues no es ya en absoluto la misma forma de politización. Así que tenemos hoy una nueva izquierda anticapitalista que no toma las formas
de los grupos de extrema izquierda muy delimitados programáticamente, teóricamente, trotskysta, maoista etc., es una izquierda que quiere romper con el capitalismo. Es una
generación que quiere combatir, que rechaza las traiciones o las claudicaciones de la izquierda tradicional y que quiere construir una izquierda radicalmente anticapitalista.

* Traducción de Alberto Nadal

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11.- Mayo de 1968: Las palabras y el poder

Daniel Omar De Lucía
Nodo 50 (27-4-08)


Pocos movimientos sociales estuvieron tan directamente vinculados a los debates en el campo intelectual de su época como los sucesos de Mayo de 1968 en Francia. Huelga estudiantil, huelga obrera, movilización de sectores de poca tradición combativa se unen en la única crisis revolucionaria seria que se produjo en una metrópoli imperialista desde la posguerra. Cualquier análisis de este movimiento debe tener en cuenta la relación que existía en la década del 60 entre el trabajo de los intelectuales y la crítica radical del orden social. En esos años las ciencias sociales habían experimentado un gran avance. Nuevas disciplinas hacían objeto de su análisis áreas poco estudiadas de la cultura. Los diálogos interdisciplinarios derrumbaban las aduanas académicas de la ciencia burguesa. Esquemas de larga vigencia en el pensamiento moderno eran puestos entre paréntesis. El estudio de las sociedades coloniales derribaba mitos etnocéntricos. La evolución de los países del capitalismo central y de los regímenes burocráticos era sometida a una aguda crítica. Nos proponemos analizar parte de los debates que se desarrollaban en vísperas del ´68.

Las discusiones giraban en torno a:

El conjunto de mensajes que circulaban en la sociedad, los códigos y canales a través de los cuales se transmitían, los sujetos que lo producían, su apropiación por los receptores y su rol en la fundamentación de un discurso y una praxis revolucionaria.

Queremos analizar la influencia de estos debates en la constitución de la atmósfera que rodeó al movimiento, la apropiación de elementos de estas polémicas por los actores sociales que participaron en la huelga y la proyección de estas cuestiones en los balances del ´68 que se hicieron en los años siguientes.

Las estructuras y los sujetos

"...se corre un poderoso rumor entre las ranas que sostiene que el estructuralismo es algo así como una filosofía y que querría suprimir muchas cosas buenas, particularmente al hombre". Whal, Federico; ¿Qué es el estructuralismo?

El conjunto de debates que intentamos analizar formaba parte de la gran polémica sobre la vigencia y validez del estructuralismo como método de análisis de la realidad. Esta corriente impulsada por el antropólogo Levi-Strauss, a partir de la lingüística de Saussure, sostenía que así como la lengua podía estudiarse como un sistema de elementos invariantes que mantenían relaciones entre sí [estructura], también podía estudiarse las estructuras básicas de las sociedades primitivas con el mismo método. Esta metodología fue trasladada al conjunto de las ciencias sociales [crítica literaria, psicoanálisis, historia]. El estructuralismo se interesaba más por las categorías básicas del pensamiento que por sus contenidos y su relación con la totalidad social. Postulaba una oposición irreductible entre estructura e historia. Negaba el rol de un sujeto creador en el origen y evolución de las estructuras y presuponía el carácter inmanente de éstas. En los años 60 se comenzó a criticar a esta corriente como una ideología reaccionaria y antidialéctica, incapaz de servir de instrumento de análisis de las sociedades contemporáneas.

A mediados de esa década el estructuralismo alcanzó su máxima expansión junto con el comienzo de su revisión. En 1965 Michel Foucault publica Las palabras y las cosas. Un intento de escribir una historia de la episteme occidental como una sucesión de estructuras del pensamiento que van creando las posibilidades de su superación sin que en este proceso se produzca la evolución de los elementos internos del sistema, ni la crítica de los contemporáneos a las estructuras intelectuales de su época. En 1966 Lacan publica sus Escritos donde reduce al hombre "a un retorno de nuestro lenguaje" sólo existente en el discurso del otro. Ese mismo año Louis Althusser en Para leer el Capital propone un redescubrimiento del marxismo como ciencia que estudia las "formaciones económico-sociales", no a partir de su evolución histórica sino como un sistema de relaciones de producción del que los hombres son meros portadores. Estas obras generaron una gran polémica. La lucha contra esta tendencia venía siendo sostenida por un grupo de intelectuales como Sartre, Goldmann, H. Lefebvre, Vilar, Parain, Garaudy, que desde distintos ámbitos impulsaban un diálogo del marxismo con otras disciplinas y corrientes [psicoanálisis, Annales, existencialismo, escuela de Frankfurt, Nietzchie]. La labor de estos hombres se desarrolló en los espacios críticos de la vida académica francesa y fueron un puente entre las novedades del pensamiento crítico y la militancia radical. Fuera de Francia, en otros dos países europeos, se daba una relación semejante entre el campo intelectual y la izquierda anti-sistema. Hablamos de Alemania, donde la revitalización del pensamiento de la escuela de Frankfurt sirvió de punto de referencia al movimiento estudiantil de aquel país. Esta misma relación la encontramos en Italia, de donde saldrán algunas de las críticas más agudas al estructuralismo [Della Volpe, Luporini, etc.]. Otro italiano, Umberto Eco, nos dejó en su libro La Estructura Ausente [1968] la impugnación más sólida del estructuralismo radical en vísperas de la revolución de mayo. Eco analizaba la pretensión de Levi-Strauss de que detrás de las estructuras míticas de una sociedad no debemos buscar su elaboración por un sujeto sino su inclusión en estructuras más amplias y generales. Por este camino se llega a la idea de la existencia de un meta-código, inmanente al hecho social mismo y de valor universal:

«Sea lo que fuere que los mitos pretenden contar, ellos sólo repiten la misma historia. Y esa historia es la exposición de las leyes del espíritu sobre las que los mitos se basan. No es el hombre quien piensa los mitos, sino que los mitos piensan a los hombres; mejor aún: en el juego de posibles transformaciones recíprocas, los mitos se piensan entre sí.»

Los coloquios y las vísperas

"Todos se incitan, se llaman, ponen en circulación el objeto que se compondrá, que circulan así de mano en mano, suspendidos del hilo del deseo, como el anillo en el juego de la sortija" Barthes, Roland; Au séminaire

Es importante analizar el eco que tuvieron estas discusiones en espacios críticos que formaban parte del medio académico francés a fines de la década del 60. En distintas instancias y experiencias, que involucraban a profesores y estudiantes, se continuó el proceso de apropiación de elementos para inscribirlos en el orden de un discurso crítico del sistema. Estos espacios son el Seminario Abierto y el coloquio interdisciplinario. Como un testimonio de los cambios en la vida académica francesa, desde comienzos de la década del 60 algunos de los intelectuales de más prestigio [Barthes, Lacan, Kristeva] eligen como una forma de dar a conocer y desarrollar su obra el Seminario Abierto en el que participaban estudiantes, colegas y público en general. El Seminario es un espacio anti-autoritario donde se interroga a la obra de los maestros, se la desmonta y se la vuelve armar enriquecida.

Queremos analizar una de las producciones intelectuales del trienio 1966-1968, que fue siendo desarrollada en un Seminario y que aportó elementos a las vanguardias de Mayo para su análisis de la circulación de mensajes en la sociedad. Se trata del trabajo de Julia Kristeva para redefinir el objeto de la semiótica abarcando una serie de prácticas extra-lingüísticas. Su objeto era el texto literario tomado desde su producción, reintroduciendo a los sujetos y a la historia en su análisis. Esta autora elaboró la noción de intertextualidad. La idea de que cada texto remite al conjunto de textos de la sociedad que los produce. El texto es ese espacio en donde se cruzan infinitos textos para adquirir un nuevo orden. Como tendremos oportunidad de ver, esta noción tiene mucho que decirnos del movimiento de Mayo como fenómeno comunicacional.

Otro de los espacios de unión entre los popes intelectuales y la militancia del ´68 fue el coloquio interdisciplinario, donde se discutían los elementos que se agregaban a los debates más candentes. Queremos detenernos en dos de estos eventos celebrados en el año que precedió a la huelga. Ellos son: el ciclo de mesas redondas sobre el marxismo de Althusser, organizado por el Centro de Estudios Socialistas entre marzo de 1967 y enero de 1968, y el coloquio sobre la relación entre estructuralismo y ciencias humanas, realizado en la Sorbona el 22 y 23 de febrero de 1968.

En la discusión que se realizó en la Sorbona el 22 de febrero del año en que se cayó el cielo, polemizaron sobre la relación entre las ciencias del lenguaje y las ciencias humanas André Martinet, Antoine Culioli, Francois Bresson y Henri Lefebvre.

Será Francois Bresson quien defenderá la postura del estructuralismo radical. En su ponencia define a la estructura como un sistema de relaciones entre distintos objetos, estática e invariante. Este sistema nació en la lingüística, ya que la lengua sólo puede ser analizada como sistema, pero puede ser trasladada a otros campos del conocimiento ya que las ciencias sólo pueden constituirse a sí mismas abstrayendo su objeto de las formas elementales de su percepción y ergo -también- de su contexto histórico. Según Bresson la búsqueda de la evolución de los elementos de una estructura es una operación completamente injustificada. Irrumpe en la discusión Henry Lefevbre, quien le recuerda a Bresson que la conveniencia que a veces tiene analizar el conocimiento como un sistema de relaciones fijas no significa que éste sea un fenómeno inmanente al hecho científico. Lefevbre hace una defensa del método dialéctico y pone el ejemplo del análisis marxista de las formaciones sociales. En Marx no existe oposición entre continuidad y discontinuidad. La discontinuidad permite analizar los grandes ordenadores sociales [modos de producción, relaciones de producción], su evolución y ruptura en el seno de estructuras precedentes. El momento de la continuidad permite estudiar objetos como la mercancía y su evolución a través de la historia, partiendo de un esquema elemental que arranca desde las primeras formas de intercambio.

Los lingüistas Martinet y Culioli coincidieron en que no se podía trasladar porque sí conceptos y metodologías de la ciencia del lenguaje a las ciencias humanas. Señalaron que existe una oposición básica entre el sistema de la lengua y la historia. La lengua no puede evolucionar a un ritmo más rápido que el que permita a las generaciones que conviven en el tiempo entenderse entre sí. No obstante, insiste Martinet en que no puede sostenerse que el lenguaje es invariante y no conoce evolución. Propone ahondar los estudios de la lengua como sistema de comunicación y de esta manera hacer entrar en escena a los sujetos que hablan y su papel en la evolución del lenguaje.

En la mesa redonda del 23 de febrero, Lucien Goldmann disertó sobre Estructura social y conciencia colectiva de las estructuras. Goldmann parte de la consideración de que el científico social puede encontrar en todas las áreas de la actividad humana [producción, arte, organización social, comunicación] comportamientos o estrategias que pueden ser estudiados como un sistema estructurado que garantiza cierta continuidad en las funciones básicas de cada sociedad. Esta constatación de que la estructura no es una invención de los estudiosos sino un esquema básico de la vida social, lleva a Goldmann a la conclusión de que es imposible analizarlas prescindiendo de los sujetos sociales:

«Esa estructura significativa supone en cada caso la estructuración de un sujeto colectivo que obra de una manera racional o significativa en el seno de una situación, en medio de cambios de fundamento externo e interno.»

Existe una profunda relación entre los debates de febrero en la Sorbona y las mesas redondas que desde hacía un año se venían realizando para discutir la obra de Althusser. En ellas, Pierre Vilar y Stanley Pullberg denunciaron el anti-historicismo que hermanaba a Althusser con Lacan, Levi-Strauss y Foucault en la negación del papel de la praxis humana en la evolución de las estructuras sociales y las estructuras del pensamiento científico. La ponencia de Francois Chatelet defendió el punto de vista de Althusser en uno de los aspectos más polémicos de su obra: la oposición radical entre ciencia e ideología. En el debate posterior André Akoun impugnó esta tesis analizando a la ideología y a la ciencia como dos lenguajes que circulan en la sociedad. La ideología constituye la forma básica de la comunicación social. En las sociedades de clase, la ideología es la de la clase dominante. La idea de la ciencia abstraída de la ideología es la utopía de una sociedad pura, sin mitos ni condicionamientos ideológicos. Propone pensar a la ciencia como un lenguaje que se integra en el seno del lenguaje ideológico, pero que se diferencia en que busca poner orden a los saberes y fundamentar cierto tipo de prácticas:

«Y por consiguiente la idea de un lenguaje que, por ser lenguaje, al mismo tiempo es una práctica, elimina el falso problema de la relación entre la teoría y la práctica.»

Mientras los intelectuales debaten, los estudiantes radicalizados dicen lo suyo. En marzo de 1968, un grupo de dirigentes, que luego formarían el Movimiento 22 de Marzo publicó un folleto en el que reflexionaban sobre el rol de la sociología en el mundo moderno y denunciaban la falsa neutralidad de las ciencias sociales:

«Uno encuentra sociólogos en la propaganda, en las mil formas de condicionamiento del consumidor, en el estudio experimental de los medios de comunicación; ahí también sin intentar criticar la función social de esos medios de comunicación.»

Resumiendo, podemos decir que en vísperas de Mayo de 1968 una serie de tesis que habían gozado de mucha difusión a comienzos de la década venían siendo seriamente cuestionadas en distintos espacios críticos: a] la idea de estructura como fenómeno ahistórico; b] el concepto de lenguaje como sistema independiente de la acción de los sujetos que hablan; c] el carácter inmanente de los códigos y sistemas simbólicos que circulan en la sociedad; d] la ausencia de sujetos colectivos detrás de los códigos sociales; e] la neutralidad de las ciencias sociales; f] la oposición entre ciencia e ideología. A la vez, se afirmaban una serie de elementos desarrollados en los espacios en que intelectuales y militantes se daban la mano. Entre ellos la idea del lenguaje como inseparable de los sujetos que hablan y se comunican a través de él, y la noción del saber y la transmisión de mensajes como un proceso dialógico, como aquel en que Julia Kristeva veía la clave de la atmósfera intelectual en vísperas de la fiesta revolucionaria de Mayo del 68:

«El dialogismo, más que el binarismo, sería quizá la base de la estructura intelectual de nuestra época. El predominio de la novela y de las estructuras literarias ambivalentes, las atracciones comunitarias [carnavalescas] de la juventud, [...] por no citar más que algunos elementos señalados del pensamiento moderno, confirman esta hipótesis.»

Las tomas y las redes

"No se encarnicen tanto con los edificios, nuestro objetivo son las instituciones" Paredes de París, Mayo del 68

La imagen básica del movimiento de Mayo es la del pueblo apoderándose de los edificios y subvirtiendo los discursos y las prácticas de las instituciones que allí residían: universidades, fábricas, liceos, canales de televisión, teatros, colegios profesionales, etc. Mientras el poder del Estado burgués se replegaba, las asambleas soberanas y los comités electos se hicieron cargo de la gestión de estos lugares y buscaron establecer una distinta forma de comunicación entre sí y con la sociedad. Proponemos leer el movimiento de Mayo como la constitución de varias redes de comunicación horizontal. Mientras se rompía el diálogo vertical entre gobernantes y gobernados, estas redes buscaron establecer diálogos multidireccionales con grados desiguales de convergencia.

Las palabras y las vanguardias

"La revolución burguesa fue jurídica, la revolución proletaria fue "económica". La nuestra será social y cultural, para que el hombre pueda devenir él mismo, y no se contente más con una ideología humanizante y paternalista".Carta de la Sorbona

En la película La Chinoise [1967], Jean Luc-Godard contaba la historia de un grupo de estudiantes maoístas que se refugiaban en un departamento de las afueras de París, durante un verano, para estudiar "marxismo-leninismo" en una mezcla de carnaval y seminario de catacumbas. Se trata de una película polifónica e intertextual, organizada en movimientos como una sinfonía. Los protagonistas contestan reportajes que se les realizan desde detrás de cámaras y cuyas preguntas el espectador no escucha. Van adornando las paredes de su casa con fotos de Sartre, de una reunión del Buró del PCF y con afiches de la revolución cultural china. Reciben clases de un estudiante argelino que les lee fragmentos de un libro de Althusser, organizan un rompecabezas del pensamiento moderno escribiendo en distintos órdenes nombres de pensadores críticos sobre un pizarrón, acusan al estructuralismo de ser una ideología reaccionaria y organizan una representación satírica de la guerra de Vietnam. Este rescate cinematográfico de esquemas con que se buscaba analizar el proceso de producción de los mensajes nos sirve de base para analizar las redes de comunicación y los distintos discursos motorizados por las vanguardias de Mayo.

Distintos grupos radicales actuaron en Mayo dialogando entre sí y con las masas. El universo de la izquierda radical francesa estaba surcado por infinitos diálogos. Diálogos entre trotskistas y anarquistas, forjados en la acción común durante las grandes huelgas de posguerra. Diálogo de estos grupos con corrientes socialdemócratas de izquierda, que recuperan una línea histórica de sindicalismo combativo que había sido bloqueada por el reformismo socialista. Diálogos entre marxistas que redescubren el pensamiento libertario y anarquistas que buscan incorporar el análisis marxista a su corriente.

Tanto el organismo gremial de los estudiantes, la UNEF, como la agrupación que tendrá más peso en la gran huelga, el Movimiento 22 de Marzo, fueron el polo aglutinante de grupos radicales que provenían de distintos horizontes. El discurso de todas estas corrientes encontraba un espacio común en el imaginario antiestatal y autogestionario presente en todas ellas. Este imaginario se nutría de la reapropiación de imágenes provenientes de los movimientos históricos que estas tendencias tomaban como referencia: las secciones parisinas de 1792-94, la Comuna, los soviets de Petrogrado en 1905 y 1917, la revolución Espartaquista, la huelga general francesa de 1936, las comunas libertarias en la revolución española, la revolución cultural china. Este imaginario unificaba a corrientes de clara inspiración antiestatista [anarquismo, consejismo, situacionismo] con otras que mantenían en su corpus doctrinario una tensión no resuelta entre centralismo jacobino/autoorganización de las masas [trotskismo, maoísmo, socialistas de izquierda]. Desafiando a la "sociedad de la abundancia" reaparece un lenguaje que muchos creían perdido. Así lo dice un militante entrevistado por el mexicano Carlos Fuentes:

«Oponemos un lenguaje nuevo, radical, al lenguaje momificado del poder, del parlamento, de las elecciones y de las formaciones políticas tradicionales.»

Interrogado por Fuentes sobre cómo se concilia la descentralización autogestionaria con la complejidad de la industria moderna, le contesta que las formas modernas de comunicación permiten conciliar la planificación con la autogestión:

«Revolucionariamente, las comunicaciones facilitarían las formas de vida autónomas y descentralizadas, al tiempo que asegurarían una planificación sin sacrificio de la autogestión.»

La nueva ideología autogestionaria se daba la mano con la reflexión sobre los impactos que las nuevas formas de la comunicación tenían y podían llegar a tener en la vida moderna. La comunicación horizontal fue uno de los mecanismos que utilizaron los estudiantes y profesores para subvertir la vida de las universidades ocupadas. Los seminarios abiertos y los cursos se desarrollaron demostrando que una educación no-autoritaria era posible. La vida de los claustros en esas semanas conoció la explosión de la palabra multiforme. Una de sus expresiones más profundas fue la organización de los estudiantes por nacionalidades [españoles, italianos, mexicanos, argentinos], que realizaban seminarios para analizar la situación de sus países a la luz del movimiento francés. Los estudiantes españoles establecieron un diálogo sumamente fluido con los trabajadores ibéricos que constituían la mano de obra barata de las plantas automotrices francesas. Estudiantes, obreros y exiliados republicanos con banderas rojinegras tomaron el Colegio de España en un acto contra la dictadura franquista. Ha sido mérito de Alain Touraine haber destacado la importancia de la ocupación de los Liceos por los comités de estudiantes y docentes [CAL]. En estos institutos, que al contrario de la universidad no conocían la experiencia deliberativa, la gestión de la comunidad y la subversión de discursos y prácticas apuntó al corazón mismo del autoritarismo pedagógico francés, en momentos en que éste estaba comenzando a ser objeto de reflexión por distintos estudios de sociología educativa.

¿Cuáles fueron los canales que utilizaron las vanguardias para comunicarse con los demás actores sociales del movimiento? Por empezar, a través de los volantes y folletos que cada grupo repartía casi a diario para fijar su posición ante la marcha de la huelga. Un estudio del análisis del discurso, con base en el método lexicográfico, individualizó dos tipos de escritura de las vanguardias de Mayo. Una "escritura de cadena", en la que se repite el mismo vocabulario y se busca proteger la coherencia del grupo frente al desarrollo de los hechos. Una "escritura de trama", en la que se maneja un vocabulario más diversificado y se mantiene una posición más versátil frente a la evolución de la huelga. Lo interesante es que estas dos formas de escritura no se reparten a partir de las fronteras ideológicas. La escritura de cadena se verificaba en el Partido Comunista Francés, que mantuvo una posición entre hostil y oportunista frente a la huelga, y la Federación de Estudiantes Revolucionarios, de inspiración trotskista. La escritura de trama abarca a grupos como la Juventud Comunista Revolucionaria [trotskista], y los Situacionistas. Grupos como el Movimiento 22 de Marzo, la Unión de Juventudes Comunistas marxistas leninistas [maoísmo] y el Partido Socialista Unificado [socialistas de izquierda] participan de ambas. Todas estas agrupaciones convivieron en las redes más radicales de espacios tomados y orientados por comités de base.

Los grupos radicales no lograron establecer un acuerdo con las masas sobre la base de la constitución de un contrapoder. No obstante hubo vasos comunicantes que establecieron diálogos entre las distintas redes que formaban el movimiento. En los meses previos a Mayo, grupos de distintas universidades del país organizaron cortes de rutas con los obreros de algunas fábricas en conflicto. Durante la huelga se realizaron acciones exitosas, como la marcha de los estudiantes a la planta de Peugeot desafiando el boicot del sindicato de industria de esa firma. El diálogo obrero-estudiantil continuó en los años que siguieron al ´68 en distintos comités barriales que se formaron durante la huelga.

El documento tal vez más representativo del lenguaje radical del ´68, la Carta de la Sorbona, es un ejemplo de composición intertextual de los mensajes políticos. En él se impugnan las imágenes que el discurso del poder había construido alrededor de las nociones de "obrero" y "estudiante" [Tesis I, IV, VII, XV y XXVIII], se denuncian los mitos del sistema burgués de saber; la ideología del progreso [Tesis XIX], la autonomía de los tecnócratas respecto a la política [Tesis XXI], oposición entre ciencia e ideología [Tesis XXIII], y se buscaba establecer la filiación del movimiento en el ciclo de las revoluciones modernas [Tesis XII, XVI, XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXIX] Las Tesis de la Carta... se construyeron con elementos que circulaban en los ámbitos de discusión previos a la huelga y con diagnósticos hijos de la experiencia de Mayo. Las palabras finales de la Carta... reafirman la necesidad de la construcción dialógica y son de una vigencia muy fuerte:

«¡Relean este llamado una y otra vez! ¡Sean sus autores! ¡Corríjanlo! ¡Difúndanlo por millones de ejemplares! Y cuando seamos todos sus autores, el viejo mundo se hundirá y dará paso a la unión de los trabajadores de todos los países.»

Las palabras y los muros

"¡Arriba la comunicación! ¡Abajo la telecomunicación!". Paredes de París, Mayo de 1968

Antes de pasar a analizar la acción de las masas en la huelga queremos detenernos en la forma de expresión que ha quedado como símbolo del movimiento. Se ha dicho que en Mayo "las paredes hablan". Queremos hacer una pequeña reflexión sobre quiénes hablaban a través de las paredes, cómo construían sus textos y qué decían a través de ellos. Los grafitti eran obra de militantes anónimos. Proponemos no incluirlos entre el conjunto de mensajes de las vanguardias como tales. Sugerimos analizar a los grafitti como un tipo de palabra en la que los autores rompían con la escritura de los grupos a los que adscribían y hacían un ejercicio de intertextualidad, mezclando textos que provenían de distintos horizontes y de sus propias vivencias de la huelga. ¿Cuál es el texto que nace de la resultante de las inscripciones de Mayo? Las citas textuales reproducidas en los grafitti convocan a los jacobinos y los rabiosos de la gran revolución, a los pensadores más revulsivos del iluminismo [Sade], a los pensadores y líderes más radicales del marxismo y el anarquismo [Marx, Proudhon, Bakunin, Lenin, Trotski, Rosa Luxemburgo] y a los poetas malditos desde el decadentismo al surrealismo [Rimbaud, Verlaine, Artaud, Breton]. Volcándose a la sátira sobre el presente hacen su propia agenda e impugnan la moral sexual dominante, encaran la crítica de la vida cotidiana y denuncian la ideología jerárquica que inunda la sociedad. Los grafitti de Mayo son un gran texto donde se entrecruza todo el pensamiento crítico moderno y se trazan nuevos niveles de crítica al presente. Un texto con un destinatario múltiple, anónimo y colectivo. Un texto donde explotan la lengua, la historia y hasta los discursos más radicales.

Las palabras y las masas

"..., hay todo un saber político de los obreros [conocimiento de su condición, memoria de sus luchas, experiencias de estrategias]". Foucault, M.; Más allá del bien y del Mal

Los trabajadores, profesionales y simples vecinos que participaron del movimiento también formaron sus redes de comunicación. La red de consejos de las fábricas ocupadas fue la más extensa, la que encerraba el embrión de un contrapoder y la única que tenía una historia atrás. La clase obrera francesa conoció la experiencia de los consejos de fábrica en la gran huelga de 1936, durante la Liberación y en las huelgas salvajes de 1947-48 y 1953 contra la política de pacto social. Hacia 1968, una nueva clase obrera, producto de los cambios en el capitalismo francés, entra en escena. El obrero de la línea de producción junto a los técnicos e ingenieros, piezas claves de la planta automatizada, habían ido elaborando un contrapoder obrero puertas adentro de las distintas secciones de la fábrica. Las nuevas formas de lucha consistían en el pequeño boicot y la reducción de las cadencias que alteraban los ritmos y desbarataban las pautas de programación. Esta es la experiencia que avanzó desde las fábricas a las calles en el ´68. La recuperación de los saberes técnicos, expropiados por los sistemas de trabajo industrial [fordismo], así como la subversión de la racionalidad industrial capitalista por medio de la autogestión, son los ordenadores del discurso que circula en la red de fábricas tomadas. En una fábrica de Brest los ingenieros reorganizaron la producción y fabricaron walkie-talquies para intercomunicar a los huelguistas, el comité de huelga de Nantes controló la salida y la entrada de la ciudad y emitió bonos para pagar a comerciantes y agricultores, en las fábricas de cemento de Mureaux una asamblea depuso al director que fue rechazado en las otras sucursales en huelga, los obreros de la fábrica de pilas de Saint Ouen impidieron con barricadas el acceso a los burócratas de la CGT, los obreros químicos en Vitry buscaron establecer contactos con sus pares de fábricas de otros países europeos, en Rouen y en Sochaux los huelguistas refugiaron a los estudiantes perseguidos por los cuerpos especiales [CRS] y los repelieron cuando éstos intentaron tomar las fábricas. Las plantas no fueron el eje de un poder revolucionario, pero constituyeron una red de comunicación horizontal donde circulaba el discurso de una praxis subversiva del poder del capital sobre la producción.

Aparte de los obreros, otros sectores de poca tradición combativa salieron al ruedo. Los colegios de abogados y arquitectos fueron tomados por la masa de profesionales jóvenes que repudiaban la cultura corporativista de sus asociaciones. Al comenzar la represión, escritores, cineastas y actores tomaron las sedes de sus asociaciones reviviendo una tradición de pronunciamientos políticos de los artistas desde la posguerra [la Liberación, la guerra de Argelia] En este mismo orden se produjo la toma de la televisora francesa [ORFT] por los periodistas, en protesta contra la distorsión de la información sobre el movimiento y la persecución a los periodistas que no acataban estas pautas. El más poderoso de los mass-media modernos sufrió la impugnación de su supuesta neutralidad por sus trabajadores. El discurso que reunió a todas las redes del movimiento fue el rechazo a la represión y el avance del poder político sobre los derechos de las personas. Esta fue la bandera que presidió las grandes movilizaciones que se apoderaron de París en el momento alto de la huelga [13 de mayo-30 de mayo]. Un pueblo declarado en estado de asamblea no pudo constituir una voluntad revolucionaria única, pero sentó las bases de un lenguaje que encerraba la esperanza de ser dueños de su propio destino.

Los balances y las lecciones

"El discurso es contrarrevolucionario". Paredes de París, Mayo de 1968

En la primera oleada de libros y artículos sobre este movimiento encontramos varios balances que enfocan con particular atención los aspectos comunicacionales de la huelga. Jean Braudillard, en su Crítica de la Economía Política del Signo [1972], tomaba al ´68 como un test del papel de los medios de comunicación en la sociedad. Según Braudillard la transmisión de la huelga por los medios electrónicos era la prueba concluyente del carácter vertical del mensaje televisivo. La huelga hegemonizada por los consejos de planta y los comités de base, al ser retransmitida en la "universalidad abstracta" de los media, se uniformó alrededor de sus reivindicaciones más básicas [aumento de salarios] y anuló la red horizontal establecida por los huelguistas. Roland Barthes, en un artículo publicado pocos meses después de la revuelta, analizó los distintos códigos a través de los cuales se vivió el acontecimiento. Recalcó el peso de la oralidad y de la transmisión instantánea de los hechos [radio] como un rasgo distintivo de los nuevos movimientos sociales. Señaló las limitaciones de la palabra estudiantil y su convergencia con un lenguaje académico que la neutralizó dentro del discurso tecnocrático. Estudió el campo simbólico formado por signos cuyo significado era reconocido por todos los grupos en pugna [barricadas, banderas rojinegras, automóviles, bolsa de comercio]. Barthes señaló que el movimiento podía ser leído como una forma de violencia:

«...un lenguaje de la violencia, es decir de signos [operaciones o pulsiones] repetidos combinados en figuras [acciones o complejos], en una palabra un sistema.»

Si Mayo fue una derogación de determinados esquemas de interpretación de la realidad, Barthes propone no tratar de descifrarlo como una estructura unitaria sino pensarlo como "...el establecimiento de un juego de estructuras múltiples" y verlo como punto de partida de una nueva forma de leer los mensajes y códigos sociales.

Dos trabajos de los meses siguientes a la revuelta intentaron hacer un balance de los distintos aspectos del movimiento, colocando en primer plano la cuestión de los mensajes producidos por los sujetos que participaron en la huelga. Se trata de La Toma de la Palabra de Michel Certeau y de El Movimiento de mayo o el comunismo utópico de Alain Touraine. Ambos autores ven en Mayo una experiencia que adoleció de limitaciones por su carencia de programa y por no ser producto de un proceso previo. Ambos escriben bajo la impresión de que el movimiento había sido desarticulado con relativa facilidad. Sin embargo Certeau y Touraine intentan definir aquellas huellas que la acción masiva de mayo-junio habían dejado en la escena francesa. Certeau ve a Mayo como la irrupción de nuevos sujetos sociales, que toman la palabra para impugnar en distinto grado aspectos del orden social hasta el momento no cuestionados. La palabra radical fue la palabra estudiantil, vehículo de un nuevo lenguaje simbólico que rechazaba los valores de la sociedad de consumo. Los grupos menos radicales cuestionaron tácitamente las distintas representaciones que implicaban una delegación de poder [políticas, sindicales] a través de las tomas y el ejercicio de la democracia directa por las masas. Como dice Certeau, en Mayo el pueblo se tomó en serio el lenguaje democrático. Esta palabra impugnadora no alcanzó para crear una unidad política e intelectual nueva, porque se limitaba a rechazar el viejo orden sin llegar a definir una identidad propia. En las elecciones que siguieron a la huelga se votó por la vuelta a una normalidad cuya suspensión no había producido una solución alternativa. Tanto las elecciones como el aluvión de libros sobre Mayo, fueron mecanismos para neutralizar el movimiento por medio de la reconstitución de las representaciones políticas y la interpretación de la huelga por el cúmulo de saberes académicos. Certeau hace una reflexión interesante sobre la influencia de los sucesos de mayo-junio en el debate sobre la validez del estructuralismo. Descree que la huelga haya herido mortalmente a esa corriente y sus esquemas. Reconoce que la toma de la palabra por tantos sujetos ponía en tela de juicio el esquema que negaba la evolución y la ruptura en el paso de una estructura intelectual a otra. Pero, mirando el movimiento en su conjunto, ¿acaso no había quedado demostrado que la estructura absorbió el acontecimiento?

Estas reflexiones pertenecen al clima de vuelta a la normalidad de los meses siguientes a mayo, pero la producción intelectual de la década siguiente demostró que el punto de inflexión en el debate de las ciencias sociales fue mucho más profundo. Para Certeau, el principal legado de Mayo es la crítica del sistema de saber de la vieja sociedad, basada en la idea del "conocimiento como un poder sobre los objetos", crítica que permite pensar el conocimiento como un intercambio entre los distintos sujetos. Para Touraine la gran huelga fue un impresionante ensayo de anti-sociedad. En las semanas que duraron las tomas, los espacios de la producción material e intelectual fueron reapropiados por los sujetos que hacían posible su funcionamiento. Sin embargo, el movimiento no tuvo los mismos objetivos en las masas trabajadoras que en las minorías intelectuales que protagonizaron la experiencia más radical. Los periodistas y técnicos de la ORFT, desnudando los mecanismos de la manipulación de la información; los profesores y estudiantes de las universidades, impugnando el orden académico por medio del seminario anti-autoritario; y los docentes y alumnos de los liceos, haciendo la crítica del autoritarismo pedagógico, son para Touraine los más vigorosos embriones de contrapoder que se desarrollaron en la red de instituciones tomadas. Para Touraine Mayo fue un poco más que la toma de la palabra. El movimiento encontró sus límites en el momento en que no fijó sus objetivos hacia la impugnación del aparato central del Estado. Este movimiento que no se constituyó en un contrapoder, dejó como legado una experiencia antiautoritaria protagonizada por millones de personas. Esta idea la expresó Foucault al iniciar la revisión de su obra bajo el impacto de Mayo, en un debate en 1971:

«Es capital que decenas de millares de gentes hayan ejercido un poder que no había adoptado la forma de organización jerárquica. Solamente, siendo el poder por definición lo que la clase en el poder abandona menos fácilmente y tiende a recuperar antes que nada, la experiencia no ha podido mantenerse por esta vez más allá de algunas semanas.»

Los ecos y los senderos

"El poder tenía a las universidades,
los estudiantes las tomaron.
El poder tenía a las fábricas,
los obreros las tomaron.
El poder tenía la ORFT,
los periodistas la tomaron.
El poder tiene el poder,
¡A tomarlo! "
Paredes de París, Mayo de 1968

El día después de la gran contestación, ¿podía seguir afirmándose que los hombres eran meros portadores de las relaciones de producción?, ¿podía seguir insistiéndose en la imposibilidad de ejercer la crítica superadora de las estructuras intelectuales de cada época?, ¿se podía seguir sustentando la neutralidad del aparato educativo, del establishment académico y de la labor científica o la oposición irreductible entre ciencia e ideología? Mientras un torrente de libros y artículos buscaba escribir la historia de los acontecimientos de Mayo, otro tipo de reflexión, menos instantánea, más difusa, comenzaba a arrojar luz respecto de la huelga y su proyección sobre los debates en el campo intelectual. Este proceso retomó la labor que se venía desarrollando en vísperas de la revuelta, enriqueciéndola con los datos de la realidad que la acción de las masas había aportado. Es el momento de la reflexión sobre las relaciones entre el poder y el saber, sobre los mecanismos de control sobre las personas por medio de un conjunto de disciplinas, sobre las formas de autorrepresión del deseo en las sociedades modernas, sobre la sexualidad como el punto de fuga de una serie de discursos [jurídicos, médicos, psiquiátricos] que hacen a la arquitectura del poder en el mundo contemporáneo, y sobre la violencia transmitida a través de los distintos saberes y prácticas institucionales. De las ruinas del estructuralismo nació un nuevo escenario intelectual, cuyo punto de partida fue claramente sintetizado en un artículo sobre la obra de Foucault:

«Mayo representó un desafío fundamental a la visión de lo social como constituido por sistemas de comunicación o intercambio simbólico, sobre los que el estructuralismo de los primeros 60 se había fundado. También puso en claro que las estructuras simbólicas, lejos de desarrollarse de acuerdo a una lógica inmanente, estaban determinadas por y servían para ocultar relaciones de poder.»

Desde otro ángulo de la reflexión, desde donde se buscaba apropiar elementos del trabajo de los intelectuales para fundamentar una teoría y una praxis revolucionaria, tal vez el balance final sobre Mayo no esté saldado. Proponemos pensar este problema a partir de la siguiente idea: el papel del lenguaje y la comunicación como elemento revolucionario y su relación con el problema del poder.

Mayo, como movimiento impugnador de las relaciones entre dirigentes y dirigidos, de la racionalidad económica del capitalismo y del establishment académico y científico, tuvo dificultades para arribar a una síntesis única, y esta misma dificultad se presenta a la hora de su apropiación por las fuerzas que pugnan por elaborar una crítica del sistema en las postrimerías del siglo. La resultante de las distintas palabras impugnadoras del ´68 es que cuestionaban no sólo el sistema capitalista y sus distintas fundamentaciones ideológicas sino que también sacaban a la luz los déficit y puntos oscuros de los modelos políticos que se presentaban como alternativos [izquierda tradicional, regímenes burocráticos, modelos de partidos centralizados, etc.]. Las palabras que cuestionaban el sistema, cuestionaban también muchas de las formas de construcción política que se postulaban como su negación. Así lo planteó Jaques Ranciere al desarrollar su crítica al marxismo de Althusser a comienzos de la década del 70:

«En Francia en Mayo de 1968, las cosas se aclararon brutalmente. Mientras la lucha de clases explotaba de manera declarada sobre la escena universitaria, el status de lo Teórico fue puesto en cuestión, no por el consabido palabrerío sobre la praxis y lo concreto, sino por la realidad de una revuelta ideológica de masas. Ningún discurso "marxista" pudo ya sostenerse apelando a la afirmación de su propio rigor. La lucha de clases, que tomaba por blanco el sistema burgués de saber, nos planteó el problema de la significación política, del carácter revolucionario o contrarrevolucionario del mismo.»

Mientras los dioses agonizaban, la palabra estallaba en el seno de cada espacio o grupo y elegía sus propios interlocutores sin necesidad de pasar por aduanas políticas o académicas. Esas palabras desencadenadas, que impugnaban las mismas cosas pero que no marchaban en la misma dirección, representaban un desafío intelectual y político. Esa misma necesidad de reorientar las ciencias sociales a un objeto de estudio [la sociedad] que se volvía cada vez más imposible de reducirse a una contradicción única, se proyectaba en el plano político en la necesidad de fundamentar un discurso y una praxis revolucionaria capaz de integrar las distintas formas de resistencia a la opresión que se verifican en el tejido social. Mayo terminó de instalar en la agenda de la izquierda radicalizada de las metrópolis imperialistas fenómenos como la opresión de género, los problemas del medio ambiente, las minorías, la crítica a las instituciones carcelarias, psiquiátricas, etc. Hoy, como en los días de Mayo, los grupos que pugnan por distintas causas particulares establecen sus propios diálogos más o menos exitosos con la sociedad. El desafío representa la posibilidad de construir las herramientas teóricas y políticas que permitan a la militancia revolucionaria establecer una relación multidireccional y dialógica con las distintas redes y espacios desde donde se impugnan las relaciones de poder que se verifican en la sociedad. Ese redescubrimiento del lenguaje, como comunicación y como herramienta política en los días de Mayo, se proyecta sobre los debates en los que se busca redefinir el sujeto político y social de la revolución, así como sobre la forma de construir experiencias autogestionarias y de democracia directa, embriones de nuevas relaciones sociales. No se trata de decir "adiós al proletariado" o "chau a las vanguardias", sino de repensar el sujeto social y político a partir de la diversidad de identidades y experiencias que coexisten en el seno de las clases subalternas. No se trata de construir pequeñas Icarias aisladas del mundo, sino de impugnar al sistema en todas partes y hacer que la palabra de los oprimidos hable por sí misma.

Al filo del fin del siglo, es ingenuo seguir pensando que en aquella primavera parisina la imaginación tomó el poder. Pero sí podemos decir que fue un pequeño segmento azaroso y fecundo de la larguísima marcha hacia la aurora de una nueva sociedad. Un momento y un lugar en el que las masas se encaramaron a los altos miradores de la historia y llegaron a atisbar lo que había del otro lado del horizonte. Cuando las palabras y las cosas fueron casi lo mismo.

Fuente: Herramienta

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12.- El año 1968

Jaime Pastor
Espacio Alternativo (29-4-08)


El 31 de diciembre de 1968 el general De Gaulle concluía su mensaje de fin de año con este llamamiento: Enterremos finalmente a los diablos que nos han atormentado durante el año que se acaba. Efectivamente, para él y para muchos gobernantes y ciudadanos adultos, no sólo de Francia sino de otras partes del mundo, ese año había trastornado hasta tal punto sus vidas que quedaría grabado en su experiencia vital como una verdadera pesadilla. Lo que ocurrió entonces se ha prestado a las más diversas interpretaciones a medida que el tiempo ha pasado y que la historia, la memoria y el presente tienden a confundirse en su reinterpretación. Pero más allá de las diferentes tomas de partido al calor de los hechos, son pocos los que niegan hoy que la convulsión sufrida por el Planeta en aquel momento significó un verdadero punto de inflexión en nuestra historia contemporánea.

El estallido de aquella rebelión juvenil se inició en Occidente, pero no surgió de la simple espontaneidad de sus protagonistas ni era ajeno a lo que sucedía en otras regiones. Porque, pese a haber cogido por sorpresa a la gran mayoría de sociólogos y cronistas de la vida política (se haría luego famoso el comentario de uno de ellos, Pierre Viansson Ponté -Francia se aburre-, realizado apenas dos meses antes de Mayo), era posible encontrar sus orígenes en una serie de procesos que se habían ido gestando con anterioridad.

Para reconstruir lo ocurrido conviene empezar recordando, en primer lugar, que se estaba produciendo un cambio en el clima internacional tras el fin de lo que había sido la primera guerra fría. El decenio los sesenta había sido ya testigo de la ruptura entre China y la Unión Soviética y contemplaba el despegue de una revolución cultural maoísta cuyas rasgos antiburocráticos predominaban frente a los más sectarios y neoestalinistas, que sólo recientemente han podido ser ampliamente desvelados. El movimiento por los derechos civiles de la población negra en Estados Unidos se radicalizaba -recordemos el verano del Mississippi de 1964 y la aparición de los Panteras negras-, mientras las revoluciones cubana y argelina abrían una nueva fase de esperanza en los pueblos del Tercer Mundo, seguida tanto por sus derrotas en Santo Domingo e Indonesia -y la trágica muerte del Che en Bolivia- como por la prolongada guerra frente a la intervención norteamericana en Vietnam.

Ese contexto mundial ofrecía ante la juventud occidental una nueva imagen del comportamiento de quienes aparecían como víctimas del orden internacional: éstos eran ahora sujetos activos y no pasivos y, por tanto, constituían un ejemplo a seguir, con mayor razón cuanto que habían logrado salir victoriosos incluso a pocas millas del territorio norteamericano. Por eso mismo la actividad de solidaridad con el pueblo vietnamita encontraría amplios apoyos entre los estudiantes durante estos años; como se decía entonces, esta vez era David quien estaba ganando a Goliat.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la economía capitalista estaba acercándose a su momento crítico en la larga onda expansiva de la posguerra: la recesión alemana de 1967 era un primer aviso del cambio que se avecinaba, y se reflejaba ya en los ataques lanzados contra el sistema de Seguridad Social en varios países. En cualquier caso, esa onda larga había favorecido un nuevo crecimiento demográfico, la expansión de la enseñanza universitaria y el acceso masivo a la misma de un creciente número de estudiantes procedentes de las nuevas clases medias. Este proceso había permitido la concentración de una capa estudiantil, mucho más numerosa que en el pasado, la cual fue adquiriendo conciencia muy rápidamente de su propia y diferenciada identidad como tal en la sociedad. En Francia, por ejemplo, en 1968 había ya más de medio millón de estudiantes, lo cual suponía cuatro veces más que los que había quince años antes. Esa configuración de la juventud como una fuerza social en aumento y potencialmente autónoma frente a una mayoría adulta, se convertía en un fenómeno nuevo llamado a tener imprevisibles repercusiones.

En tercer lugar, el desafío de muchos pueblos del Tercer Mundo a la hegemonía norteamericana y la masificación estudiantil coincidían con la emergencia de una contracultura dentro de las sociedades de consumo occidentales, cuyos exponentes más reveladores fueron movimientos como los de los híppíes norteamericanos, los provos holandeses o los situacionistas franceses. Pese a sus diferencias, todos ellos compartían una crítica radical al modelo de desarrollo, de consumo y de vida preponderante en estas sociedades, al tiempo que esbozaban propuestas alternativas, que también hallaban notable eco entre la juventud.

Por último, tampoco hay que olvidar que, simultáneamente al desarrollo de nuevas organizaciones antiimperialistas en países del Tercer Mundo (que llegaron a confluir en nuevas coordinaciones internacionales como la autodenominada Tricontinental), en Europa occidental habían surgido partidos de la nueva izquierda (como el Socialista Unificado en Francia o el Socialista Italiano de Unidad Proletaria) así como los primeros grupos de una extrema izquierda que se vería multiplicada tras la revuelta del 68.

La influencia de partidos comunistas como el francés o el italiano se veía así cuestionada, mientras que los partidos socialistas poseían escaso atractivo ante las nuevas generaciones. Merece la pena resaltar el hecho de que este fenómeno no era exclusivo del Viejo Continente, ya que en lugares muy dispares, desde Japón (con una importante y combativa organización, Zengakuren) hasta América Latina, pasando por Checoslovaquia, también habían surgido formaciones políticas de nueva izquierda, la mayoría de ellas con una composición social predominantemente estudiantil. Quizás los ejemplos más emblemáticos, antes del 68, de este proceso se encuentran en la formación de la Asociación de Estudiantes Alemanes (SDS) y su expulsión del Partido Socialdemócrata en 1961, o en el crecimiento de la Asociación de Estudiantes Demócratas (SDS) norteamericana a partir de 1962.

Esa combinación de circunstancias cambiantes ayuda a entender la progresiva salida a escena de una diversidad de conflictos que habían permanecido latentes o, simplemente, parecían haber sido resueltos gracias al largo período de expansión del capitalismo y del Estado de bienestar.

Los antecedentes de la revuelta

Pese al impacto global que tuvo la explosión del 68, es indudable que fue en Francia donde tuvo mayor resonancia tanto por la dimensión política que adquirió la radicalización estudiantil como, sobre todo, por la confluencia que se produjo entre ésta y la huelga general de la que fue protagonista la clase obrera.

Pero el detonante estrictamente universitario se había estado fabricando antes. El año 1966 había sido ya testigo de la primera iniciativa ejemplar de un grupo de estudiantes de la Universidad de Estrasburgo, vinculado a la Internacional Situacionista, que había ganado las elecciones a la dirección de la Unión Nacional de Estudiantes de Francia (UNEF). Su primer manifiesto, titulado Acerca de la miseria en el medio estudiantil, considerada en sus aspectos económico, político, psicológico, sexual y sobre todo intelectual y sobre algunos medios para poner remedio a ella, circularía rápidamente por las Universidades francesas y se convertiría en una expresión común de denuncia de las condiciones del estudiantado en la sociedad capitalista, empleando un nuevo lenguaje y buscando soluciones imaginativas que evitaran reproducir los viejos discursos institucionales.

La política global, la universitaria y la vida cotidiana aparecían en sus escritos como algo estrechamente unido y sometido a una crítica subversiva que encontraría gran eco entre los estudiantes. Asimismo, dentro de esa reinterpretación de las sociedades del bienestar las primeras obras de Guy Debord y Raoul Vaneighem, también situacionistas, contribuirían a la difusión de un descontento que luego se transformaría en sentimiento generalizado. Junto a ellos, Henri Lefebvre, con su crítica del nuevo orden urbano, o Bourdieu y Passeron, revelando documentadamente la crisis de la condición estudiantil, conectarían igualmente con el malestar juvenil.

Paralelamente a esta vertiente más cultural, ya en Francia se estaba desarrollando un potente movimiento de solidaridad con la lucha anticolonial en Argelia y se producía en el año 66 una profunda crisis en la Unión de Estudiantes Comunistas, de la que surgirían grupos de izquierda radical (las Juventudes Comunistas Revolucionarias y la Unión de Jóvenes Comunistas Marxistas-Leninistas), que tendrían una notable presencia en la revuelta del 68 y en el período posterior.

Fermentos similares se gestan en otros lugares a partir de la lucha por la libertad de expresión en las Universidades norteamericanas (el Free Speech Movement de Berkeley, constituido en diciembre del 64, es su punta de lanza) y, sobre todo, de la solidaridad con Vietnam, iniciada también en Estados Unidos en la primavera del 65 desde la Universidad de Michigan, y extendida luego a numerosos centros en la República Federal de Alemania, Gran Bretaña o Italia.

En el 67, es el movimiento de ocupación de las Universidades el que adquiere auge en Italia, mientras que en Alemania se fortalece la oposición extraparlamentaria y se proclama una Comuna Estudiantil en Berlín. En Inglaterra se producen reformas que son reflejo del cambio cultural en marcha, como son la legalización del aborto y la derogación de las leyes que penalizan la homosexualidad; en julio se publica un manifiesto exigiendo la legalización de la marihuana. En Irlanda del Norte, un movimiento a favor de los derechos civiles emerge con fuerza.

Dentro de esta nueva ola de activismo, llega en octubre la noticia de la muerte de Ernesto Che Guevara, que recorre el mundo y le convierte definitivamente en un mito para la juventud occidental. El Che es visto como un modelo de revolucionario que lucha contra el poder, que ha renunciado luego a él y que ha estado dispuesto a dedicar toda su vida a la construcción de un hombre nuevo.

Cambio de época

Pero es en 1968 cuando las expresiones de la revuelta se suceden y se extienden por todas partes. Los grandes hitos internacionales serían la ofensiva del Têt en Vietnam, el mayo francés, el agosto checoslovaco y el octubre mexicano. Pero en medio y en relación estrecha con todos esos acontecimientos, lo que se está produciendo es la construcción social de una subjetividad común y compartida por muchos jóvenes de todo el mundo.

Daniel Cohn-Bendit, uno de sus protagonistas, describe esa vivencia colectiva con las siguientes palabras: En 1968 el planeta se inflamó. Parecía que surgía una consigna universal. Tanto en París como en Berlín, en Roma o en Turín, la calle y los adoquines se convirtieron en símbolos de una generación rebelde. “We want the world and we want it now” (“Queremos el mundo y lo queremos ahora”), cantaba Jim Morrison ( ...). Ayudados por el fulgurante desarrollo de los medios de comunicación, fuimos la primera generación que vivió, a través de una oleada de imágenes y sonido, la presencia física y cotidiana de 1a totalidad del mundo.

Esto es algo que sería reconocido luego por los más firmes adversarios de ese movimiento, como es el caso de Raymond Aron, quien años después, en sus Memorias, escribiría lo siguiente: Ciertamente, aunque las cosas varían sustancialmente de Dakar a Berkeley, de Harvard a La Sorbona, los motines universitarios que se multiplicaron de un extremo al otro del mundo no comunista revelan o significan algo. Revelan por lo menos el debilitamiento de la autoridad de los adultos, de los profesores, de la institución como tal. La contestación a la autoridad en la Iglesia católica, a1 mando en el ejército, emana del mismo estado de ánimo. La revolución cultural, que alcanza su apogeo en los años sesenta, forma el contexto, la trama de fondo de las perturbaciones.

El año 68 se iniciaba así en medio de un malestar universitario que estallaría con fuerza en muy diversas partes del mundo, y que no se limitaría a la juventud sino que llegaría a contagiar a sociedades como la francesa, la italiana y, aun estando en el Segundo Mundo, a la Checoslovaca.

Y, sin embargo, era de Alemania de donde procedía la más influyente renovación teórica y práctica, debido a que allí los grupos más activos del movimiento estudiantil habían alcanzado una mayor madurez intelectual y cierto grado de unificación política. Las reflexiones y la actividad de líderes como Rudi Dutschke eran una buena demostración: ya antes del 68 sus polémicas con el reputado pensador Jürgen Habermas (que llegaría a alertar al movimiento ante el riesgo de practicar un fascismo de izquierdas) habían sido muy sonadas, y su esbozo de una vía alternativa frente a la socialdemocracia, que entraba en una gran coalición con la democracia cristiana, ayudó a definir una estrategia de oposición (el gran rechazo, la larga marcha a través de las instituciones y la ilustración mediante la provocación serían sus principales ideas-fuerza) que iba adquiriendo notable atractivo en toda Europa.

También en el verano del 67 había acudido a Berlín el filósofo Herbert Marcuse, con quien los estudiantes encontrarían un lenguaje común (en particular con su crítica de la tolerancia represiva) que conectaba tanto con un pensamiento heterodoxo como con un profundo antiautoritarismo que les llevaría a fundar la primera Universidad Crítica alemana a comienzos del curso siguiente, emulando así el ejemplo de los estudiantes de Berkeley.

No fue por eso casual que en febrero del 68 se celebrara en Berlín un Congreso Internacional de Solidaridad con Vietnam que reunió a estudiantes e intelectuales de muy diferentes países. Allí estaban Daniel Cohn-Bendit, Alain Krivine, Tariq Alí, Jeannette Habel, Robin Blackburn, Henri Weber, Peter Weiss o Erich Fried, junto a más de veinte mil estudiantes desfilando con banderas rojas en lo que entonces era la capital de la guerra fría. El impacto de esta manifestación fue tal que pocos días después el conjunto de partidos parlamentarios (incluido el socialdemócrata), con el apoyo de la prensa sensacionalista, organizaron una contramanifestación frente a lo que consideraban nuevo desorden e intromisión extranjera.

Poco después, en abril, y como resultado de la campaña de histeria desatada contra los agitadores, Dutschke sería víctima de un atentado que terminaría apartándole de la vida política. Apenas unos días antes, demostrando así que ese clima se estaba generalizando, Martin Luther King había caído asesinado en Memphis, celebrándose manifestaciones de protesta en ciento sesenta y siete universidades norteamericanas, en las que estudiantes blancos y negros marcharían juntos contra el racismo. La expresión más radical de esta ola de movilizaciones se produjo en la Universidad de Columbia, en donde confluyeron la Asociación de Estudiantes Afroamericanos (SAS) y la Asociación de Estudiantes Demócratas (SDS). Más tarde, sería también víctima mortal de un atentado el senador Robert Kennedy.

Mientras tanto, en Italia proseguía un movimiento de ocupación de facultades que se había iniciado en febrero del año anterior en La Sapienza de Pisa y que ahora tendría su punto de partida en la Universidad Católica de Milán, desarrollándose Universidades Libres con múltiples actividades y debates alrededor de temas como psicoanálisis y represión social, Vietnam e imperialismo o las luchas sociales en Europa. Este Movimento Studentesco confluiría, además, con un despertar obrero que generaría lo que se dio en calificar como el maggio rampante, debido a su larga duración, pese a no culminar en una explosión similar a la francesa.

En Gran Bretaña, en donde también Marcuse había estado con los estudiantes en el verano del 67, junto al antipsiquiatra R.D. Laing y al sociólogo Lucien Goldman, en un Congreso sobre la Dialéctica de la Liberación, las protestas en la famosa London School of Economics, en Sussex o Essex continuaban, constituyéndose también una nueva organización estudiantil, la Federación de Estudiantes Socialistas Revolucionanos.

El Movimiento 22 de marzo

Simultáneamente, en Francia estaba naciendo un nuevo movimiento estudiantil, cuyo punto de partida ya hemos situado mucho antes. En realidad, la protesta que surgió en la residencia universitaria de Antony en 1965; mediante la cual se exigía la libre circulación entre las habitaciones de chicos y las de chicas, ya revela una nueva visión de la relación entre vida política y vida cotidiana, a la que había sido ajena la izquierda tradicional. El mismo tipo de conflicto estalla en el campus de Nanterre, dos años después, en marzo del 67, cuando el día 21 los estudiantes se manifiestan contra el reglamento de las residencias universitarias que sigue prohibiendo la visita de los chicos a las habitaciones de las chicas; la respuesta de la autoridad académica no se haría esperar, mediante una llamada a la policía para que acudiera a impedir que aquéllos forzaran las puertas del pabellón de las chicas…

Ese estilo contestatario, no sólo frente a la política institucional sino contra la que tiene que ver con el orden sexual dominante, vuelve a salir a la luz cuando el ministro de la Juventud, Francois Misoffe, acude el 8 de enero del 68 a inaugurar la piscina de Nanterre. Allí, un joven, Daniel Cohn-Bendit, le acusa de pretender desviar las preocupaciones de los estudiantes y de ignorar sus problemas sexuales, provocando el desconcierto en las autoridades.

El siguiente paso se da con la aparición del Movimiento 22 de marzo, fundado ese mismo día del 68 en la facultad de Sociología de la Universidad de Nanterre, a raíz de la protesta contra la detención de varios estudiantes miembros de un comité de solidaridad con Vietnam. Haciendo balance de esta experiencia, un documento de este movimiento explicaba poco después: Se han planteado nuevos problemas, en particular e1 de un rechazo más directo y eficaz de la universidad clasista, una denuncia de un saber neutro y objetivo así como de su parcelización, un cuestionamiento del lugar objetivo que estamos destinados a ocupar en la división actual del trabajo, una confluencia con los trabajadores en lucha, etc. Simultáneamente, se han desarrollado formas originales de acción: mítines improvisados en la facultad, ocupación de salas para mantener nuestros debates, intervenciones en las clases o conferencias, boicot de exámenes, murales y carteles políticos en los vestíbulos, toma de los micrófonos monopolizados por la administración, etcétera.

Ese mismo 22 de marzo se había producido también un acontecimiento significativo: muchos estudiantes se manifiestan ante la embajada polaca para pedir la libertad de los disidentes Jacek Kuron y Karol Modzelevski, queriendo demostrar así que se identifican con quienes en el Este denuncian a un poder burocrático que pretende erigirse como el único socialismo realmente existente.

El 19 de abril serían dos mil los que saldrían a la calle en París para expresar su indignación frente al atentado contra Rudi Dutschke, el mismo que había dicho que al Este del Elba todo es real menos el socialismo. El 29, se proclama en Nanterre la Universidad Crítica, siguiendo el modelo berlinés, no sin afirmar que la clase obrera es la fuerza principal y dirigente que puede cambiar la sociedad y, por tanto, la Universidad.

Las barricadas de Mayo

Se llega así al 2 de mayo, cuando la policía interviene para impedir una manifestación de apoyo a Vietnam, siendo expedientados ocho estudiantes (entre ellos, Cohn-Bendit), mientras el decano de la facultad de Sociología decide cerrar el centro.

Es entonces cuando se desencadena un proceso imparable hacia la huelga general más masiva en la historia de Francia. El 3 de mayo, la policía acude al viejo edificio de La Sorbona para impedir una asamblea de apoyo a Nanterre, provocando así -como recuerda Michel Winock- la solidaridad espontánea de los universitarios con lo que hasta entonces sólo era una minoría militante: La crisis de Mayo comienza en ese preciso instante en que el movimiento, desbordando el círculo de los militantes, arrastra a una masa desorganizada, apolítica o muy poco politizada; pero que encuentra bruscamente en la revuelta en danza un medio de expresar sus temores, sus rechazos y sus sueños.

Pero esta respuesta no asusta sólo al régimen. También los dirigentes del Partido Comunista publican ese mismo día una declaración en la que condenan la actuación de unos izquierdistas y de un anarquista alemán (Cohn-Bendit) que utilizan como pretexto las carencias gubernamentales y especulan con el descontento de los estudiantes para intentar bloquear el funcionamiento de las facultades e impedir a la mayoría de los alumnos trabajar y pasar sus exámenes.

Contrariamente a esta actitud, el principal sindicato de enseñantes (el Sindicato Nacional de la Enseñanza Superior -SNESUP-, cuyo dirigente es Alain Geismar) y el de los estudiantes (la Unión Nacional de Estudiantes de Francia -UNEF-, cuyo líder es Jacques Sauvageot) convocan una huelga indefinida a partir del día 3 y pronto el Barrio Latino se llena de barricadas, con enfrentamientos con la policía que terminan con numerosos heridos y detenidos, entre ellos Cohn-Bendit y Sauvageot. Pero, como relataría después Eduardo Haro Tecglen, cronista de estos hechos, en esa noche del 3 al 4 sucedió algo imprevisto: los habitantes del barrio, ante las luchas que les parecían desproporcionadas entre la fuerza pública y los chicos y chicas de la Universidad, se pusieron del lado de éstos: les ofrecían refugio en sus pisos cuando los guardias les perseguían, gritaban contra los policías, les lanzaban objetos por las ventanas.

Más tarde, la condena a cárcel de cuatro estudiantes detenidos provoca nuevas manifestaciones no sólo en París sino también en otras ciudades; una misma consigna se corea en todas ellas: Libertad para nuestros compañeros. También un grupo significativo de profesores, entre ellos cinco premios Nobel (Jacob, Köstler, Wolff; Mauriac y Monod), muestra su apoyo a los estudiantes. El martes 7, la avenida de los Campos Elíseos es ocupada por el movimiento.

El movimiento se empieza a coordinar y organizar y se multiplican los comités de acción y los debates. Uno de ellos tiene lugar el día 10 en la sala de La Mutualité de París, organizado por las Juventudes Comunistas Revolucionarias de Alain Krivine: en él participan Cohn-Bendit, el economista Ernest Mandel y representantes de grupos estudiantiles de muchos países, haciendo todos un llamamiento a la unidad y a proseguir la lucha.

La noche del 10 al 11 de mayo en el Barrio Latino se convierte en la segunda gran noche de las barricadas, y su ejemplo también se extiende a muchas partes del país. Ahora se suman los estudiantes de bachillerato, organizados ya en Comités de Acción. En esa noche -cuentan dos de sus protagonistas, Alain Krivine y Daniel Bensaïd- entraban en juego el desgaste de un régimen, la legitimidad democrática del movimiento estudiantil ante la opinión pública, la receptividad de una clase obrera que se encontraba también en plena radicalización. El desenlace sería, de momento, favorable.

El lunes 13, el primer ministro Pompidou, de vuelta de Afganistán, decide la reapertura de La Sorbona y mientras condena las provocaciones de algunos agitadores profesionales, dice estar dispuesto a considerar las peticiones estudiantiles. Pero su reacción llega tarde y ya no satisface a nadie. Ese mismo día, una inmensa manifestación comienza en la plaza de la República, incorporándose a ella por primera vez los principales sindicatos obreros, la Confederación General del Trabajo (CGT), vinculada al PCF, y la Confederación Francesa Democrática del Trabajo (CFDT), de inspiración cristiana, junto a personalidades de la izquierda que hasta ese momento se habían mantenido al margen.

También en ese mismo 13 de mayo se produce una iniciativa que adquiere un especial simbolismo frente a la tradicional enemistad franco-alemana: alrededor dé quinientos estudiantes de ambos países se manifiestan en Saarbrüken, queriendo expresar así su amistad y su voluntad común de desafiar a las autoridades más allá de las fronteras.

La huelga general

A partir de ahora es la crisis social y política la que pasa a primer plano. El camino hacia la paralización de la economía y de todo tipo de actividad laboral se va abriendo paso, viéndose obligados los sindicatos obreros a reconocer -más que a convocar- una huelga general que se extiende como un reguero de pólvora a partir del 14 de mayo, con ocupaciones de facultades y de fábricas (las primeras serían las de Sud-Aviation y Rhodiaceta en Nantes) en muchas partes de Francia. Los trabajadores de la radio y la televisión pública también destacan en esta labor, denunciando la parcialidad en los medios y proclamando a partir de ahora su autonomía frente al poder, al servicio de una información honesta, completa y objetiva; los trenes y el metro también paran. Los actores ocupan el teatro del Odeón y proclaman la imaginación al poder, el festival de cine de Cannes también se ve interrumpido.

El 16, la fortaleza obrera de Renault-Billancourt es ocupada. La huelga se extiende a las más diversas instituciones y profesiones: médicos, psicólogos, arquitectos, urbanistas, juristas, investigadores de diversas profesiones, muchos de ellos se adhieren a la protesta y hacen la crítica de las instituciones y del saber establecido.

En la Sorbona ocupada surgen múltiples propuestas. Una de ellas, con pretensiones de todo un programa, declara: La revolución que está empezando pondrá en cuestión no sólo la sociedad capitalista sino también la civilización industrial. La sociedad de consumo tiene que perecer de muerte violenta. La sociedad de la alienación tiene que perecer de muerte violenta. Queremos un mundo nuevo y original. Rechazamos un mundo en el que la seguridad de no morir de hambre ha sido sustituida por el riesgo de morir de aburrimiento.

El 18 de mayo el presidente de la República, general De Gaulle, vuelve de Rumanía antes de lo previsto e intenta reaccionar: promete reformas, denuncia la chienlit (el follón, la fantochada) y recrimina a los estudiantes diciéndoles que el recreo ha terminado. Su discurso, en lugar de intimidar al movimiento, provoca una indignación mayor y la huelga sigue adelante.

El 20 de mayo se calcula que hay seis millones de trabajadores en huelga. En la misma Sorbona los estudiantes reciben una visita inesperada, la del pensador Jean-Paul Sartre, que viene a manifestar humildemente su apoyo a la revuelta: No estoy aquí en tanto que político sino en tanto que intelectual... Es preciso que los jóvenes obreros y aprendices puedan venir a las facultades, que las ciudades universitarias se conviertan en ciudades de la juventud... Es evidente que el movimiento actual de huelga ha tenido su origen en la insurrección de los estudiantes. La CGT se ha visto forzada a acompañarlo para peinarlo. Ha querido evitar sobre todo esta democracia salvaje que vosotros habéis creado y que molesta siempre a las instituciones.

Poco después, la revista Le Nouvel Observateur reproduce un diálogo entre Sartre y Cohn-Bendit que tiene amplia repercusión pública; en él los elogios de este intelectual al potencial subversivo de la revuelta, a la expansión del campo de lo posible que han logrado instaurar, darán que pensar a la sociedad adulta y serán una buena réplica al discurso alarmista del gran pensador de la derecha, Raymond Aron.

El 21 de mayo hay ya diez millones de huelguistas. A1 día siguiente, Daniel Cohn-Bendit, que acaba de ir a Alemania a pedir más apoyos, se encuentra con que no se le permite volver a Francia. Los estudiantes responderán al unísono: Todos somos judíos alemanes y Pasamos de fronteras.

El 24 de mayo De Gaulle emprende otra maniobra, anunciando su voluntad de convocar un referéndum sobre la reorganización regional y la reforma del Senado para el 16 de junio. Pero su iniciativa no encuentra eco alguno, ni siquiera entre la derecha, y el proceso se radicaliza: el incendio de la sede de la Bolsa parisina es la respuesta simbólica de los estudiantes, mientras comienza una nueva noche de las barricadas, casi insurreccional. No obstante, el ya difícil frente común de obreros y estudiantes se va quebrando, al menos por arriba: los sindicatos CGT y CFDT inician el 25 las negociaciones con el Gobierno de unos acuerdos, los de Grenelle, que, pese a terminar obteniendo aumentos salariales y algunos derechos sindicales en las empresas, encontrarían luego el rechazo de muchas asambleas de trabajadores.

Pese a estas divisiones, es en las jornadas que van del 24 al 30 de mayo cuando se puede hablar de una verdadera paralización del poder (El poder está en la calle, llegarían a gritar muchos estudiantes). En esas circunstancias, y ante la actitud de los dirigentes sindicales y del Partido Comunista (que continúa acusando a los jóvenes de pequeñoburgueses y provocadores), se desarrolla un fuerte movimiento unitario a su izquierda, en el que coinciden las organizaciones estudiantiles, el Partido Socialista Unificado de Michel Rocard, un sector de la CFDT y personalidades socialistas como Mendès-France e incluso Francois Mitterrand. Su propósito es intentar una alternativa política común frente al gaullismo; pero, pese al éxito del mitin celebrado en Charléty el día 27, las desconfianzas están todavía muy presentes y el ensayo de Gobierno unitario de la izquierda no cuaja.

El 29 de mayo se produce la famosa desaparición de De Gaulle. En realidad, ha viajado en secreto a Baden-Baden, en Alemania, en donde se encuentra un contingente militar francés bajo el mando del general Massu, quién le confirma su lealtad. Ese mismo día, todavía la CGT organiza una manifestación en la que dos peticiones son prácticamente unánimes: Fuera De Gaulle y Gobierno popular.

A su retorno a París, al día siguiente, De Gaulle emprende con decisión la campaña del miedo -Después de mí, el diluvio-, anuncia la disolución del Parlamento y la convocatoria de nuevas elecciones generales y apela a la mayoría silenciosa para que salga a la calle. Esa misma tarde, tiene lugar una gran contramanifestación en los Campos Elíseos en respuesta al llamamiento del Presidente, para emprender una acción cívica de vuelta al orden frente a la amenaza comunista. Casualmente, pero con la clara intención de demostrar que no se descarta lo peor, las fuerzas militares de Massu emprenden unas maniobras en la frontera ese mismo día.

Comienza entonces el reflujo del movimiento y la vuelta al trabajo generalizada, pese a trágicos acontecimientos como la muerte de varios jóvenes a manos de la policía. Los estudiantes todavía se manifiestan, una vez más, el 1 de junio, gritando Es sólo el comienzo, la lucha continúa y Elecciones-traición. Pero Mayo ha terminado.

Como cierre de la reconducción del proceso hacia la confrontación electoral, el 12 de junio son disueltas diversas organizaciones estudiantiles y de extrema izquierda, entre ellas el Movimiento 22 de marzo (que nunca llegó a legalizarse) y las JCR. Otros dos hechos merecen anotarse: alrededor de ciento cincuenta extranjeros son expulsados del país, mientras el general Salan y otros conocidos torturadores en la guerra de Argelia son amnistiados. A finales del mismo mes, se celebran las elecciones del miedo y el gaullismo consigue una clara victoria frente a una izquierda tradicional, cuyo peso se ha reducido. Pero la autoridad de De Gaulle ya no sería la misma después de Mayo, aunque haya que esperar a su derrota en el referéndum de abril de 1969 para que decida retirarse definitivamente de la vida política.

De Praga a México

Esta es la sucesión cronológica de los hechos de Mayo, pero la efervescencia colectiva, las vivencias acumuladas por los protagonistas y participantes en ellos, han llenado una cantidad enorme de páginas e informaciones en los medios de comunicación de todo el mundo durante el 68. Esto ha facilitado, pese a todo tipo de manipulaciones, la difusión de la revuelta y el intento de emular su ejemplo por los estudiantes de otros países. Por eso se puede sostener con razón que aquello no fue sólo un fenómeno exclusivo de una región determinada del Globo.

Ya antes hemos recordado el ambiente que se respiraba en Alemania, Italia o Gran Bretaña. Pero tampoco podemos olvidar a los estudiantes checoslovacos que aplican su crítica antiautoritaria a la burocracia socialista y juegan un papel destacado en la resistencia a la invasión soviética; a los polacos que en marzo se manifiestan contra la prohibición de una clásica obra de teatro que llama a la lucha de liberación contra el imperio zarista; a los mexicanos que a raíz de sus acciones de solidaridad con la nueva Cuba terminan sufriendo la trágica matanza de la plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre del 68; a los venezolanos que protestan durante la ocupación militar de la Universidad de Maracaibo; a los argentinos que se manifiestan contra el segundo aniversario de la dictadura del general Onganía; a los palestinos que denuncian la agresión israelí a sus campos de refugiados; a los desertores norteamericanos contra la guerra en Vietnam, cuyo número asciende aceleradamente en ese año; a los dos atletas afroamericanos, Smith y Carlos, que en los Juegos Olímpicos de México, desde el podio y en el momento en que van recibir las medallas ganadas, levantan el puño con un guante negro, símbolo del poder negro; a la gimnasta checoslovaca que también en esos mismos Juegos expresa su protesta contra la invasión soviética de su país; a las feministas norteamericanas que protestan contra la proclamación de Miss América; a los irlandeses que en Derry se manifiestan, encabezados por la pacifista Bernadette Devlin, a favor de los derechos civiles y reciben una dura respuesta policial; a los estudiantes que en Madrid y Barcelona, pese a la represión de la dictadura franquista, también salen a la calle y expresan un nuevo radicalismo del que surgen luego grupos izquierdistas.

Entre todos ellos, el movimiento de México tuvo especial transcendencia ya que, iniciado el 26 de julio, adquirió un grado de autoorganización muy elevado, con un Consejo Nacional de Huelga y un amplio apoyo ciudadano. Duró sesenta y ocho días y terminó gracias a la intervención militar ordenada por el presidente Gustavo Díaz Ordaz, en vísperas de la inauguración de unos Juegos Olímpicos cuyo lema era Todo es posible en la paz.

Una nueva generación

Pero lo más significativo de esta diversidad de iniciativas y conflictos es precisamente que, a pesar de las distancias espaciales y de las especificidades nacionales, las afinidades entre los participantes fueron grandes. Esto ha sido comprobado y demostrado no sólo por quienes han simpatizado con el movimiento, sino también mediante su estudio con las técnicas de investigación sociológica más variadas, incluyendo las basadas en entrevistas realizadas a muchos activistas y publicadas en trabajos colectivos. Baste citar el comentario realizado sobre uno de ellos por su coautor, el sociólogo francés Daniel Bertaux: Lo que nos impresionó fue la semejanza, más allá de las fronteras, de los valores, esperanzas y emociones de los activistas que iniciaron los movimientos. En resumen: detrás de las obvias diferencias de estilo, contenido, demandas y formas de discurso, las sensibilidades de los activistas de esa generación eran variantes de una misma Weltanschaung, una misma y común subjetividad.

Es un hecho, por tanto, que toda una generación llegó a coincidir en una misma experiencia de rebeldía y protesta. Pero esto no quiere decir que las explicaciones de lo acontecido, tanto entre los protagonistas como, sobre todo, los observadores, fueran comunes. Merece la pena, por tanto, recordar algunas de las dimensiones que han sido más resaltadas en las interpretaciones posteriores.

Sobre el porqué de la revuelta estrictamente estudiantil, ya se han indicado antes algunas de las razones fundamentales. Para unos es la crisis de la institución universitaria, frente a la masificación que se produce en un corto período de tiempo, o al contraste entre el saber que se imparte y el futuro profesional que la mayoría está destinada a tener (No queremos ser los perros guardianes de la burguesía, dice un famoso eslogan). Para otros se trata más bien de un malestar cultural frente a una sociedad adulta consumista que no quiere reconocer a la nueva clase de edad que ha surgido; ese fenómeno de fuerza social nueva, que logra superar el estatus de minoría selecta en los centros de enseñanza, no tiene precedentes en la historia y ayuda a entender la conciencia de nuevo actor colectivo que adquieren muchos estudiantes en poco tiempo.

También se puede añadir a esto el hecho de que esa juventud no se siente representada en los sistemas políticos existentes, ni en los democráticos liberales ni, con mayor motivo, en los dictatoriales; tampoco en los partidos políticos tradicionales, ya sean de derecha o de izquierda. Quizás en el caso francés esto es más patente tanto por el carácter fuertemente personalizado del gaullismo como por el grado de institucionalización alcanzado por el Partido Comunista. La nueva desobediencia juvenil se ve, por tanto, obligada a desbordar esos cauces y a cuestionar así el sistema en su globalidad.

A estas razones de la salida al escenario político y cultural de los estudiantes se unen las que tienen que ver con cierto malestar latente que se va desarrollando en el seno de las sociedades adultas a medida que empieza a cambiar el panorama económico, político e internacional tras el relativamente largo período de bienestar. Todo esto, difundido por los medios de comunicación en lo que ya MacLuhan había definido como una aldea global, contribuye a crear una conciencia de crisis civilizatoria, entonces apenas intuida y ahora peligrosamente instalada.

Hay también otras interpretaciones más interesadas: la de quienes consideran que lo sucedido ha sido simplemente producto de un complot, una tentativa de subversión manipulado desde Moscú; la que reduce el problema a un psicodrama y a un intento de matar al padre por los nuevos jóvenes; o la que reconoce la apertura de una crisis de civilización, pero ve en la rebelión una actitud peligrosamente nihilista.

Lo que, pese a diferentes apreciaciones, no niega ningún observador es que en la convulsión francesa e internacional han aparecido nuevos discursos, al igual que formas de organización y de acción que parecían periclitadas y que, pese a terminar con una derrota política, han subvertido el ya viejo orden establecido.

Los grafitti, los eslóganes, los panfletos estudiantiles son una buena prueba de la capacidad imaginativa e innovadora del movimiento y de esa voluntad de cuestionar el discurso dominante sobre lo real y lo posible. Basta ofrecer algunas muestras: toma tus deseos por realidades; seamos realistas, pidamos lo imposible; cuanto más hago el amor, más ganas tengo de hacer la revolución; cuanto más hago la revolución, más ganas tengo de hacer el amor; queda estrictamente prohibido prohibir; la obediencia comienza por la conciencia, y la conciencia por la desobediencia; la barricada cierra la calle, pero abre el camino; corre, compañero, el viejo mundo te persigue; burgueses, no habéis comprendido nada; ser libre en 1968 es participar; dejemos el miedo al rojo para los animales con cuernos.

La riqueza del movimiento se refleja así en lo que Jean Paul Sartre definió como la expansión de lo posible, la reivindicación de la utopía frente al poder. Ese discurso global permitió asentar una experiencia fundadora común de la nueva generación del 68.

Pero no conviene olvidar que en ese proceso se desarrollaron también numerosos debates asamblearios (la toma de la palabra es otra de las conquistas de Mayo...) sobre las alternativas que cabía proponer en los distintos ámbitos institucionales, tanto en la universidad como en los medios de comunicación o en las fábricas. Reaparecieron así, enlazando con la tradición revolucionaria francesa, los cahiers de doléance, en los que se incluían las más diversas reivindicaciones, desde las relacionadas con las condiciones laborales a las propuestas de control obrero y la búsqueda de modelos distintos de sociedad y de producción; la exigencia de poder negro estimuló luego las fórmulas de poder estudiantil, poder obrero o poder feminista...

La «Galaxia auto»

Lo político, lo social, lo cultural y lo cotidiano se mezclaron a lo largo de estas jornadas, sin ser producto de ningún plan preconcebido, y confluyeron en lo que el sociólogo Pierre Rossanvallon definió como la galaxia auto: las palabras autonomía, autogestión, autoorganización, autodeterminación adquirieron una fuerza enorme en poco tiempo, revelándose como la forma más visible de expresar una crítica de la organización jerárquica de la sociedad a todos los niveles. Era el rechazo de lo que un intelectual afín al movimiento, Cornelius Castoriadis, define como la heteronomía constituida. Ese sentimiento común explica también el intento de seguir el modelo de la Comuna estudiantil berlinesa cuya declaración fundamental afirmaba: Toda organización que pretenda introducir cambios radicales en la sociedad debe comenzar por ejemplificar, en su forma de funcionamiento, las transformaciones radicales que propone. Esto significa que el grupo que quiera reestructurar la sociedad desde un punto de vista antiautoritario debe organizarse sobre bases antiautoritarias, igualitarias y comunitarias.

Por eso fue el antiautoritarismo el más común denominador de todos los que compartieron intensamente el sentido de pertenencia a ese movimiento. Ese rasgo esencial podía subdividirse luego en antiimperialismo, anticapitalismo, antiestalinismo o antisistema en general, según los gustos, convirtiéndose así en la seña de identidad fuerte de sus miembros.

La voluntad de autonomía y la desconfianza frente a las autoridades sirvieron de fermento a la proliferación de muy diversas formas de democracia directa a lo largo y ancho de Francia, extendiéndose las asambleas, los comités de huelga y de acción y sus coordinaciones a nivel sectorial y local, aunque no alcanzaran a la mayoría de los centros de trabajo. En este sentido, fue probablemente en Nantes donde se llegó a uno de los puntos más altos, siendo prácticamente dirigida la ciudad durante casi una semana por un comité central de huelga que gozó de un notable apoyo entre la población trabajadora.

Pero, pese a la convergencia en la huelga general y en muchas formas de organización y de acción, el entendimiento entre obreros y estudiantes no llegó a consumarse, ni siquiera en Francia. A este respecto habría que indicar que la influencia de una cultura política obrerista y de corte estalinista, transmitida a través del PCF y la CGT a lo largo de varias décadas, se transformó en un obstáculo insalvable. Este fue uno de los grandes problemas no resueltos justo en los días (del 24 al 30 de mayo) en que parecía producirse un vacío de poder, y que llevaría a una famosa reflexión de Jean Paul Sartre: Con el PCF no se puede hacer la revolución, sin el PCF tampoco.

Una cuestión polémica a lo largo de este movimiento fue sin duda la relacionada con la violencia política. Esta había sido discutida a partir de la atracción que ejercían revoluciones como la cubana y la argelina y, sobre todo, de la famosa obra de Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, prologada por el mismo Sartre. Pero para los estudiantes europeos esa violencia aparecía lejana y no relacionada con su lucha cotidiana, pese a que ya había sido objeto de intensos debates, particularmente en Berlín.

Los sucesos del 68, sin embargo, pusieron de actualidad este problema haciendo reaparecer las barricadas como elemento fundador de una violencia defensiva que, sin embargo, no fue más allá del uso de recursos rudimentarios. Lo importante era la confrontación de dos tipos de violencia y había que distinguir entre ambas. Para ello se recurría a razonamientos como el empleado por Herbert Marcuse cuando afirmaba: En términos de función histórica hay diferencia entre violencia revolucionaria y reaccionaria, entre violencia practicada por los oprimidos y por los opresores. En términos de ética ambas formas de violencia son inhumanas y malas, pero ¿desde cuándo la historia se hace de acuerdo con normas morales? Comenzar aplicándolas cuando los oprimidos se revelan contra los opresores, los que nada tienen contra los ricos, es servir la causa de la violencia efectiva debilitando la protesta contra ella.

Esta distinción y la convicción respecto a la legitimidad de una violencia revolucionaria no tuvieron efectos especialmente negativos mientras el movimiento mantuvo su auge. Pero luego, cuando llegó el reflujo y la desesperación se apoderó de algunos grupos, las divisiones fueron muchas y el aislamiento llevó a acciones que provocaron una dura respuesta por parte de los aparatos policiales. Baste recordar al grupo Fracción Armada del Ejército Rojo (también conocido por sus activistas Baader y Meinhoff) en la República Federal de Alemania o a las Brigadas Rojas en Italia, los cuales desarrollaron una intensa actividad durante algunos años hasta que terminaron siendo desmantelados casi en su totalidad.

Pero, por encima del distanciamiento que se fue produciendo entre estos grupos y el grueso de la generación del 68, fue más importante la reivindicación de la libertad de disenso, de la desobediencia civil, de la resistencia, en unas sociedades que creían vivir en el mejor de los mundos posibles. La distinción entre lo legal y lo que se consideraba moralmente legítimo podía ser llevada a los más diversos ámbitos, siguiendo la inspiración del movimiento por los derechos civiles norteamericano. Como también argumentaba Marcuse, Hay un derecho natural de resistencia para las minorías oprimidas y subyugadas a emplear medios extralegales si se ha probado que los legales resultan inadecuados.

Los riesgos de confrontación que esto suponía eran muchos, pero también los poderes constituidos debían tenerlos en cuenta. El resultado fue muy desigual, pero al menos condujo, tras la desmovilización estudiantil, a un ciclo de reformas que consiguió restaurar un nuevo consenso, a diferencia de lo que sucedería en el Este tras la invasión soviética de Checoslovaquia y el consiguiente fracaso de las opciones reformistas. Esta respuesta divergente, como subraya el historiador Charles Maier, influiría sin duda en los distintos caminos que se abren durante las décadas siguientes en una y otras partes de Europa.

La brecha

Intentando profundizar más en su significación histórica, la metáfora que más eco tuvo para describir la explosión del Mayo francés fue la empleada por pensadores de prestigio como Edgar Morin, Claude Lefort y Cornelius Castoriadis. Según ellos, con e1 68 se había abierto una brecha en las sociedades opulentas a través de la cual podrían valorarse sus efectos a más largo plazo. Había revelado, como reconocería también Raymond Aron, la fragilidad del orden moderno, y, por tanto, irían produciéndose grietas en un edificio que parecía inexpugnable.

Casi veinte años más tarde, Edgar Morin se reafirmaría en la misma conclusión precisando al mismo tiempo algo más: Mayo ha sido una brecha bajo una línea de flotación cultural, y en este sentido yo diría que sus efectos son esencialmente de brecha y de subsuelo. Todo sigue, pero nada es ya exactamente como antes. En ese subsuelo se pudieron desarrollar una nueva cultura política y nuevos movimientos sociales.

Dentro de una línea de interpretación más o menos afín, podríamos sostener, con el filósofo e inspirador de la autonomía italiana, Toni Negri, que este movimiento representó una gigantesca crítica de la modernidad, de la racionalidad instrumental del capitalismo moderno, de su esquema lineal de poder y, además, una crítica feroz de todo aquello que el socialismo real había asimilado del proyecto capitalista, presentándose como sustitutivo de éste, como alternativa interna a su modelo.

Quizás donde más fácilmente se puede comprobar los efectos provocados por esa brecha y por la crítica consecuentemente radical de la Modernidad es en el desarrollo posterior de un movimiento autónomo de mujeres. Porque, como recuerda una de sus activistas italianas, El 68 fue machista, pero representó también el inicio del feminismo de los años setenta ya que forzó a una generación de mujeres a arreglar sus cuentas con la política. Esto ocurrió así porque precisamente a partir de la revalorización de la autonomía personal, pese a la interpretación machista dominante entonces, se hacía también posible aplicarla a la crítica de la desigualdad de sexos y a la defensa de la libre opción sexual, elaborando nuevos discursos y propuestas feministas (Lo personal es político es un eslogan introducido por feministas norteamericanas).

Lo mismo podríamos afirmar del ecologismo ya que, si bien no hay todavía una conciencia de la crisis que se está ahondando en las relaciones entre la economía y la naturaleza, existe al menos una denuncia de la sociedad de consumo y del productivismo, que ayudaría después a la maduración de un nuevo movimiento cuya fuerza en las décadas siguientes sería ya incuestionable.

Igualmente podríamos resaltar la influencia de la dimensión planetaria de la revuelta en el nuevo internacionalismo de esta generación, probablemente más basado en cierto cosmopolitismo abstracto que en un reconocimiento de la diversidad y de los sentimientos nacionalistas que han ido resurgiendo después. Pero, en cualquier caso, de ahí emerge una concepción de la solidaridad internacional que, una vez superada la idealización de las revoluciones del Tercer Mundo, ha dejado su huella en las décadas siguientes.

Mas todavía podríamos afirmar en el ámbito sociocultural, en el que el cambio de valores y de costumbres producido habría sido impensable sin la significación y el alcance que tuvo el 68. A partir de entonces entra en auge lo que se ha dado en llamar posmaterialismo o posconsumismo y que viene a sintetizar una voluntad de poner en cuestión el paradigma hegemónico productivista, preocupado tan sólo por el bienestar material de la mayoría satisfecha del Primer Mundo.

La paradoja de una derrota política que abrió sin embargo un nuevo período de cambios llevaría a un sociólogo crítico español, Jesús Ibáñez, a concluir veinte años después lo siguiente: Mayo del 68 triunfó mediante su fracaso. Fracasada como revolución, triunfó como reforma.

Bibliografía

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* Beneton, Ph. y Touchard, Jean, «Les interprétations de la crise de Mai-Juin 68», Revue Française de Science Politique, vol. XX, n.° 3, junio 1970, París.
* Bergmann, Dutschke y otros, La rebelión de los estudiantes, Barcelona, Ariel, 1976.
* Cohn-Bendit, D., La revolución y nosotros, que la quisimos tanto, Barcelona, Anagrama, 1987.
* Fraser, R. (ed.), 1968: A Student Generation in Revolt, Nueva York, Panthéon, 1988.
* Hamon, H. y Rotman, P., Génération, 2 vols., París, Le Seuil, 1987.
* Krivine, A. y Bensaid, D., Mai si! 1968-1988: Rebelles et repentis, París, La Bréche, 1988.
* Morin, E., Lefort, C. y Castoriadis, C., Mai 1968: La bréche, suivi de Vingt ans aprés, París, Complexe, 1988.
* Mitchell, J., La liberación de la mujer: la larga lucha, Barcelona, Anagrama, 1975.
* Roszak, Th., El nacimiento de una contracultura, Barcelona, Kairós, 1973.
* Saenz de Miera, A., Mayo del 88, 20 años antes, Madrid. Tecnos, 1988.
* Teodori, M., Las nuevas izquierdas europeas (1956-1976), 3 vols., Barcelona, Blume, 1978.
* VV.AA., «París, Mayo 1968», Debats, n.° 21, 1987, Valencia.
* Wallerstein, I. «1968, revolución en el sistema-mundo», Viento Sur, n.° 9, 1993.
* Wolff, R.P., Moore, B., junior y Marcuse, H., Crítica de la tolerancia pura, Madrid, Editora Nacional, 1977.

* Reproducido de PASTOR, Jaime: El año 1968, Cuadernos del Mundo Actual, Madrid, Grupo 16, 1994. No se ha incluido los anexos que aparecían en la edición impresa sobre Herbert Marcuse, La guerra de Vietnam, Jean Paul Sartre, Dani el Rojo, La comuna de Nantes, “El poder está en la calle”, Alain Krivine, El 68 español, La matanza de Tlatelolco, ni las fotos que acompañan al Cuaderno.

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13.- ¿Mayo 68 fructificó en el libertarianismo?

Euclidesperdomo
La Haine (30-4-08)


Es tan grande la confusión sobre el Mayo 68 que ya no nos extraña que uno de los artículos periodísticos más exactos en la descripción de lo sucedido en Francia en aquella fecha acaba de aparecer en ABC, ¡el periódico monárquico español!

Por otra parte, el artículo es una basurilla cuyo única virtud estriba en que, repito, describe con bastante aproximación lo que realmente estuvo ocurriendo en la calle. Ello sería muy poco mérito en cualquier otro campo social pero es mucho en un terreno como el del 68 que, durante 40 años, ha sido sistemáticamente minado por los intelectuales de los Partidos Comunistas.

El articulista, JP Quiñonero, escribe algunas verdades como puños: aludiendo a los antecedentes teóricos previos al Mayo, asegura que no fueron demasiado importantes (en Francia, claro está) los movimientos norteamericanos pero que, desde luego, "quienes ejercían una influencia cultural muy honda eran la Internacional Situacionista y la leyenda de la CNT-FAI españolas. El primer comic de agitación política se llamaba ´Le retour de la Columna Durruti" (todo sic). Puedo diferir en detalles pero concuerdo en los hechos básicos, especialmente en lo que atañe a los sindicatos anarquistas españoles.

En cuanto al Mayo propiamente dicho, el periodista monárquico admite que los intelectuales franceses, por muy izquierdistas que fueran, no se enteraron de lo realmente estaba pasando delante de sus narices. Ejemplo: "Sartre pidió entrevistarse con Cohn-Bendit para ´intentar comprender´. Pero no entendió nada". Por el contrario, el prefecto de Policía, "sabía perfectamente que no había ningún jefe". Este servidor de usté, que ni tuvo ni tiene la menor pretensión de entrar en la cabeza de ningún prefecto, opina por el contrario que, para un plumilla, es fácil decirlo ahora pero, en los hechos, Grimaud se preocupó mucho de detener a cuanto jefe imaginó, real o imaginario.

Continúa el artículo: "Ningún partido ni sindicato tradicional hubiera podido aspirar a lo que consiguieron varias bandas de estudiantes desorganizados y deslenguados: propagar la ´insurrección´, pidiendo y dando la palabra libremente". De acuerdo menos en lo de "desorganizados"; no estábamos desorganizados, lo que estábamos era organizados de otra manera y con otros objetivos –el de comer algo, lo que fuera, el primero-.

A cambio de decir verdades tan simples que –de no existir la grosera y continua manipulación de los Partidos Comunistas-, deberían parecer banalidades, poco después JP Quiñonero se despeña por el desatino absoluto. Será el peaje que tiene que pagar a sus amos o será de cosecha propia pero el caso es que se inventa un final merecedor de ser incluido en la más estricta y pequeña Antología del Dislate pues se atreve a concluir asegurando que ¡el neo-liberalismo es un invento del mayo 68!.

Para llegar a tan original conclusión, se apoya en una somera manipulación de dos nombres propios, Glucksman y Kouchner quienes, según el plumilla, fueron directores de la revista Action. Olvidemos que tal hecho es falso [los únicos nombres que aparecen en Action son los de Jean-Pierre Vigier, S. Bosc y el matrimonio Jallaud] pero recordemos que Action fue publicada por la JCR (troskista), y que sus 10 números (del 7 de mayo al 14 de julio) tuvieron menos enganche sesentayochista que otros panfletos hoy menos conocidos; por ejemplo, L´ Enragé (8 números realmente importantes) y Le Pavé (1 número). Pero al periodista algunos hechos le importan un rábano porque lo que el quiere es convencernos de que esa canallada de la "ingerencia humanitaria" y ese ridículo oximoron del "anarco-capitalismo" son los únicos frutos legítimos del 68.

Evidentemente, el neo-liberalismo extremo o libertarianismo es un engendro de cuatro orondos intelectuales que han sido (muy bien) pagados para propalar que el Estado debe olvidarse de su faceta redistributiva y, sobre todo, debe olvidarse de cobrar impuestos a los ricos. Es, simplemente, una manera que se pretende muy elegante de saquear los bienes comunes. Las teorías de Nozick, Walzer, von Mises, Hayek y demás purrela, las conspiraciones de la Mount Pelerin Society, las proclamas del Libertarian Party gringo, las novelotas de Ayn Rand y la demás basura publicada por esta banda de atracadores ventajistas, no merecen demasiado comentario. Salvo, quizá, que JL Zapatero las insinuó como semi-suyas (octubre del 2000, conferencia en el Club Siglo XXI) y que, hoy, cincuenta años después de que empezaran a difundirse, la derechona española las está repitiendo como lorito.

En cuanto a las diferencias entre libertarios –del 68 u otros- y libertarianos, son tan notorias que pueden resumirse en algunos chistes: "los anarquistas creen que la propiedad es un robo; los libertarianos creen que todo es propiedad", "los libertarianos van a la policía después de haber sido asaltados; los anarquistas son asaltados por la policía", "los libertarianos creen que el gobierno quiere quitarles las propiedades que poseen legalmente; los anarquistas creen que el gobierno defiende las propiedades que nadie posee legalmente", "los libertarianos piensan que los anarquistas son ingenuos y utópicos; a los anarquistas les importa un bledo lo que piensen los libertarianos".

En fin, ya sabíamos que, como todo fenómeno inédito, esto del 68 daba para todo tipo de fantasías pero lo de Quiñonero rompe todos los moldes. ¿A qué espera la Iglesia para pontificar que Jesús el Pobre, la Teología de la Liberación, su (autoproclamado) ecumenismo o cualquier otro de sus engendros doctrinales nació en el 68? Por si llega ese momento, recordemos siempre que las únicas barricadas que ha habido en Belén han sido las mahométicas –palestinas, para mas señas-.

http://euclidesperdomo.blogspot.com

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14.- 1968: CUARENTA AÑOS NO SON NADA

Jakue Pascual
Eutsi (3-5-08)


La Internacional Situacionista instala su patria móvil en el tiempo posible de una época. Su mapa, «The Naked City», anticipa el escenario de nodos urbanos interconectados sobre el que se despliega Mayo de 1968. Un año antes los situacionistas Vaneigem y Debord habían publicado dos textos de crucial importancia, el «Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones» y «La Sociedad del Espectáculo» respectivamente. Sobre la miseria en el medio estudiantil activa la agitación estudiantil en Estrasburgo. El Vietcong celebra el advenimiento de 1968 con la ofensiva del Tet. Protestas masivas contra la guerra. Contracultura en el epicentro del imperio. Luther King y Robert Kennedy asesinados. La Casa de las Américas ha ejecutado al Che y promulga la excepción en el sur americano. Teología de la liberación. Rojo amanecer para las Olimpiadas de la Paz con la matanza de cientos de estudiantes en Tlatelolco. El Black Power reivindica podium con el puño enguantado.

Cinco mil tanques del Pacto de Varsovia aplican la Doctrina Brezhnev de la Guerra Fría e invaden el socialismo checo de Dubcek. Consolidación de la revolución cultural china. La muerte del estudiante Ohnesorg y el atentado contra Rudi Dutschke radicalizan las protestas del SDS en Alemania. Txabi Etxebarrieta cae en un enfrentamiento y ETA atenta contra el comisario Melitón Manzanas. Estado de excepción en Guipúzcoa y detenciones de curas en Bizkaia. «La, la, la» en Eurovisión.

Veintidós de marzo. El izquierdismo, remedio a la enfermedad senil del comunismo. Nanterre ocupada. Detenidosmunduko_ikasle_mai_68_1.jpg cientos de estudiantes en la Sorbona. La protesta de Secundaria convierte al Barrio Latino en campo de batalla. ¡La imaginación al poder! Los estudiantes toman el Teatro Odeón y los obreros la Renault. Enragés y situacionistas en el movimiento de las ocupaciones. Amorós busca conexiones ocultas entre los situacionistas y la anarquía. «Bajo los adoquines la playa». La Huelga expande barricadas. De Gaulle huye, Pompidou negocia aumentos salariales y los sindicatos desmovilizan. William Klein rueda el magnífico documental «Grands soirs et petits matins».

Han pasado 40 años y «La gran estafa» de Gachet lidera la crítica oportunista contra un movimiento que, para el profesor Morin, a quien los amotinados tildaron de flic (policía), sigue siendo un electroshock. Cohn-Bendit pide a las nuevas generaciones que olviden Mayo porque aquel mundo ya no existe. «Forget 68. Ya había renunciado en 1986 con «La revolución y Nosotros que la quisimos tanto», en el año en que el epistolario situacionista registraba apuntes sobre una nueva explosión en las aulas. Los Glucksmann escriben «Mai 68 expliqué à Nicolas Sarkozy» encandilados por el presidente. «El mejor heredero político de la franqueza brutal de Mayo 68 eres tú», afirman. Sarkozy apuesta por liquidar el 68 e introducir la moral en política contra la idea de que todo vale en mayo. Llama racaille (basura) a los jóvenes de los suburbios y las escuelas públicas de les banlieues arden. Los trogloditas advierten a los constructores de ruinas.

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15.- Mayo del 68: ¡Al diablo con el pasado!

Servando Rocha
Diagonal (4-5-08)


La oleada revolucionaria del 68 sacudió el terreno de la cultura provocando el cuestionamiento de la autoridad y el desarrollo de un espíritu heterodoxo.

En Inglaterra, a comienzos de los años setenta, la banda protopunk Hawkwind editaba un single que llevaba por título Urban guerrilla. Inspirado directamente en los sucesos violentos de los últimos tiempos y que tenían como eventuales protagonistas a la guerrilla urbana anarquista de la Angry Brigade y los atentados del IRA, su letra decía : “No me hables de amor, flores u otras cosas que no explotan. Nosotros usamos y llevamos hacia arriba nuestros poderes mágicos”. Las cosas habían cambiado tanto que la tormenta desatada en torno a la recurrente fecha de 1968 parecía ya pertenecer a una belle époque irremediablemente perdida.

Angry Brigade La rebelión en suelo europeo, en sus aspectos más salvajes y anticivilizatorios, estuvo encarnada por bandas cuya música y actitud, como el caso de los primeros The Who o Social Deviants, fueron consideradas un “crimen armado contra la burguesía”. Estos ejemplos eran, en realidad, llamadas casi tribales a exorcizar nuestros miedos y a la realización del deseo. Pero esta revolución, parcial y contradictoria, no sólo fue una revolución cultural.

La generación que impugnaba las viejas formas de participación política desarrolló un potente espíritu antiautoritario y heterodoxo. Cualquier forma de autoridad fue criticada, ya fuera el agente de policía o el profesor, incluso se atacó a aquellos intelectuales que se mantuvieron al margen de la acción directa desarrollada en el Barrio Latino de París, en las calles de Berlín o frente a la Embajada estadounidense en Grovesnor Square. En última instancia, el desafío era mayor. “Es nuestra civilización misma la que está en peligro”, reconocía Pompidou ante la Asamblea Nacional el 14 de mayo de ese mismo año. Tras el verano del amor (“los chicos hacen el amor, fuman droga y cargan las armas”, declaraban los Weathermen), y la llegada del amor armado, la década siguiente, la de los setenta, trajo el drama, la lucha minoritaria y la ultramilitancia ; grupos de terror cultural, como los Motherfuckers, realizaban un llamamiento a “expresar la poesía a través del cañón del fusil”. Muchos de los derrotados de los años setenta fueron, precisamente, aquellos que se negaron a aceptar otra derrota que se pensó inimaginable, la acontecida en 1968. Aquel zeitgeist creció en torno al dinamismo (movement), la negación del lenguaje (lo negro es hermoso) y la acción directa (burn baby burn). Hoy, 1968 es parte de la cultura, esto es, ha creado una ideología y, por lo tanto, ha sucumbido a sus peores presagios. Es más, se ha integrado en la hegemonía cultural a través de la hábil recuperación de alguno de sus principales aspectos, como el placer, el arte urbano, el juego o el hedonismo.

Esa hiperconcentración de mayos, con sus consiguientes historias, no puede producir su efecto más perverso, es decir, la mitificación de personajes y hechos. “Todo lo que es discutible está para ser discutido. El azul seguirá gris en tanto que no haya sido reinventado”, señalaba un panfleto enragé. Efectivamente, sin discusión y sin que la autoridad sea interrumpida (ya sea en medio de una clase o en plena calle), hablar de 1968 se convierte en un bello ejercicio de nostalgia, justo lo que entonces se detestaba.

“El tiempo corre tras nosotros”, “Vive sin tiempos muertos”… fueron eslóganes que planteaban que no había tiempo para volver la cabeza hacia el pasado. Y, por si quedara alguna duda, un año antes un periódico ácrata reconocía que “hemos aprendido del pasado, pero ¡al diablo con el pasado !”.

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16.- Mayo del 68, la memoria y el olvido

Kristin Ross * (Traducido por Caty R.)
Le Monde Diplomatique (6-5-08)


«No conozco ningún episodio de la historia de Francia con semejante grado de sentimentalismo irracional» (Raymond Aron, 1968)

«Lo importante es que la acción haya existido cuando todo el mundo la creía imposible. Si ha pasado una vez, puede volver a ocurrir… » (Jean-Paul Sartre, 1968)

Extractos de la introducción del libro de Kristin Ross, Mai 68 et ses vies ultérieures, editado por Complexe y Le Monde Diplomatique. El libro acaba de ser publicado también en castellano en Acuarela & Machado con el título "Mayo del 68 y sus vidas posteriores. Ensayo contra la despolitización de la memoria", traducción de Tomás González Cobos (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=66553)

El objetivo de esta obra no es aportar un ladrillo suplementario al inmenso edificio de las representaciones de mayo del 68. Se ocupa más de la Francia de los años 2000 que de la de 1968, se interesa más del eco que del ruido y la furia. Su objetivo es demostrar cómo el evento en sí mismo ha sido sobrepasado por sus representaciones sucesivas y cómo su estatuto de acontecimiento ha resistido los a intentos de aniquilación, a la amnesia social y a los asaltos combinados de los sociólogos y los ex líderes estudiantiles que, unos tras otros, quisieron interpretarlo o reclamar su monopolio.

Mi intención no es hacer inventario de los errores y logros de mayo del 68 ni exponer las «lecciones» que se podrían extraer. Utilizo la expresión «vidas posteriores» para indicar claramente que lo que denominamos actualmente «los acontecimientos de mayo del 68» no se puede considerar al margen de la memoria y el olvido colectivos que lo rodean. Lo que deseo reconstruir en este libro es el relato de las manifestaciones concretas de ese tándem memoria/olvido. Treinta años después, la gestión de la memoria de mayo del 68 -o dicho de otro modo, la forma en que los comentarios y las interpretaciones terminaron por despojar al acontecimiento de sus dimensiones políticas-, está en el mismo centro de su percepción histórica.

Como cualquier movimiento «desconcertante» o «acontecimiento oscuro» -la expresión es de Sylvain Lazarus-, mayo del 68 ha conocido diversas fortunas durante los últimos treinta años; sucesivamente ha sido enterrado, cribado, trivializado y también presentado como una monstruosidad. Paradójicamente es la ingente literatura que se ha publicado sobre el tema, y no su ocultación, lo que ha favorecido el olvido de los acontecimientos en Francia. Efectivamente, no se puede decir que mayo del 68 haya sufrido una falta de atención; la riada de memorias, celebraciones, negaciones, conmemoraciones televisadas, tratados filosóficos y análisis sociológicos que se le han consagrado lo demuestra. Esta asombrosa proliferación de comentarios comenzó en el mes de junio de 1968, o sea, apenas unos días después del final de los acontecimientos. Y desde entonces no se ha agotado nunca, aunque con flujos y reflujos bien reconocibles. Se elaboró un discurso, ciertamente, pero con el objetivo de liquidar (parafraseando una fórmula de la época), borrar o, en el mejor de los casos, enturbiar la historia de mayo del 68.

Aunque en realidad eso no es totalmente cierto. El periódico diario publicado por la novelista canadiense Mavis Gallant durante los meses de mayo y junio en París ofrece, gracias a la agudeza de sus observaciones, una imagen muy viva de la naturaleza del acontecimiento. La autora señala, por ejemplo, que la venta de libros en la capital aumentó un 40% durante esos dos meses. No es sorprendente. En una ciudad donde no funcionaba ninguna escuela, nadie podía enviar una carta, adquirir un periódico, enviar un telegrama, cobrar un cheque, tomar un autobús o un metro, circular en coche, encontrar cigarrillos, comprar azúcar, ver la televisión o escuchar la radio pública, donde no se recogían las basuras, ya no era posible tomar un tren para salir de la ciudad, escuchar un boletín meteorológico o pasar la noche en ciertas partes de la ciudad porque los gases lacrimógenos invadían los apartamentos hasta el quinto piso, en una ciudad así, la lectura podía ser un buen pasatiempo. Son este tipo de detalles los que permiten comprender qué ocurre en la vida cotidiana cuando nueve millones de personas (si tenemos en cuenta Francia entera), todos los sectores profesionales, públicos y privados en conjunto, desde los vendedores de grandes almacenes hasta los obreros de la construcción, simplemente dejan de trabajar.

Mayo del 68 fue el mayor movimiento de masas de la historia de Francia, la huelga más importante de la historia del movimiento obrero francés y la única insurrección «general» que han conocido los países occidentales superdesarrollados desde la Segunda Guerra Mundial. Se extendió más allá de los centros tradicionales de producción industrial para ganar a los trabajadores del sector terciario (servicios, comunicaciones, cultura), es decir, todo el ámbito de la reproducción social. Ningún sector profesional ni ninguna categoría laboral se libraron; no hubo región, ciudad o pueblo de Francia que escapase de la huelga general.

Ese momento fuera del tiempo que constituye precisamente la huelga general, lo mismo que el amplio campo de posibilidades que se abría entonces, en la vitalidad de la acción, realmente no encuentra su reflejo en los textos y documentos, ni en 1968 ni después.

El tribunal de la sociología

En mayo de 1968, una sucesión de paros laborales por todo el país siguió inmediatamente a las violentas manifestaciones organizadas por los estudiantes durante los primeros días del mes. Durante cinco a seis semanas, Francia estuvo totalmente paralizada. Entre las insurrecciones que se produjeron en el mundo durante los años sesenta -México, Estados Unidos, Alemania, Japón u otros lugares- Francia, y en menor medida Italia, son los únicos países en los que coincidieron el rechazo intelectual de la ideología dominante y la rebelión de los trabajadores. La rápida expansión de la huelga general, tanto en el plano geográfico como en el profesional, rebasó todos los marcos de análisis; se pusieron en huelga, en Francia, el triple de trabajadores que durante el Frente Popular en 1936, y además en un lapso de tiempo excepcionalmente corto.

La singular amplitud de este acontecimiento, que según se desarrollaba superó las expectativas y el control de sus protagonistas más vigilantes, constituye, en mi opinión, un factor importante en dos de las «confiscaciones» posteriores que describo en este libro: la versión biográfica (personalización) y la versión sociológica. Estas dos estrategias de desfiguración no tienen nada de inéditas. El olvido, como el recuerdo, procede de la interacción de distintas configuraciones narrativas que modelan la identidad de los protagonistas de una acción a la vez que delimitan sus contornos.

Reducir un movimiento masivo a las aventuras de algunos de sus supuestos líderes, portavoces o representantes (y especialmente de quienes renegaron de «sus errores del pasado»), constituye una vieja táctica de confiscación de eficacia probada. Así circunscrita, cualquier rebelión colectiva se desactiva y, en consecuencia, se reduce a la angustia existencial de destinos individuales. Así, se encuentra confinada en el círculo de un reducido número de «personalidades» a quienes los medios de comunicación ofrecen innumerables oportunidades para revisar o reinventar sus motivaciones originarias.

La sociología, por su parte, siempre se presenta como el tribunal ante el cual lo real, es decir el acontecimiento, debe comparecer para ser medido, categorizado y circunscrito. En el caso de mayo del 68 esta tendencia se acentuó todavía más. En efecto, los profesores franceses especialistas en historia contemporánea que pueblan, como todos y cada uno, la memoria colectiva de mayo del 68, hasta hace poco han mostrado una gran indiferencia frente al acontecimiento como tema de investigación, indiferencia que ellos mismos han señalado rápidamente. «¿Por qué los historiadores del presente -especie entonces realmente poco prolífica- cedieron voluntariamente el terreno a una sociología que peroraba a su antojo desde todas las tribunas?», se preguntaba Jean-Pierre Rioux en 1989. En la misma época otro historiador, Antoine Prost, señalaba la «pobreza» de la investigación en Francia desde 1972 y condenaba la «actitud mayoritariamente cautelosa» de los historiadores, que abandonaron gravemente el estudio y la valoración de la documentación ya disponible, un síntoma que calificó de negligencia intelectual (1). Puede ser, sin embargo, que frente a un acontecimiento tan ambiguo, la sociedad no sienta la necesidad de saber más.

Bien sea porque están más preocupados por Vichy, poco proclives, o incluso aturdidos ante la idea de afrontar las dificultades específicas que plantea una cultura militante, todavía reciente, que ha desembocado en una economía liberal, o reticentes a la idea de acabar con los fantasmas de su pasado, los historiadores han renunciado a sus responsabilidades y han abandonado este acontecimiento, más que cualquier otro, a todas las manipulaciones mediáticas y políticas. Esta abdicación creó un vacío interpretativo que otros, sociólogos o izquierdistas reformados, se apresuraron a colmar. Beneficiándose de una credibilidad creciente en los medios de comunicación, estos dos grupos de «autoridad» o «guardianes de la memoria» se adueñaron del discurso de mayo del 68 y desde mediados de los años setenta trabajaron en tándem para elaborar una historia oficial, un dogma evidente. El conjunto relativamente sistemático de palabras, expresiones, imágenes y relatos que prepararon el terreno de lo que se puede pensar con respecto a mayo del 68, deriva en gran parte de su trabajo. Y el grueso de esa producción, en la cronología que establezco, está entre 1978 y 1988, es decir entre el décimo y el vigésimo aniversarios de mayo del 68.

La historia oficial que se estableció, celebrada después públicamente por numerosos espectáculos conmemorativos producidos por los medios de comunicación de masas, y que ha llegado hasta nosotros, es la de un drama familiar o generacional totalmente desprovisto de violencia, de asperezas o de una dimensión política explícita, una transformación benigna de las costumbres y estilos de vida inherente a la modernización de Francia y al paso del orden burgués autoritario a una nueva burguesía moderna y económicamente liberal.

No contenta con proclamar que algunas de las ideas y prácticas más radicales de mayo del 68 se han recuperado y reciclado en beneficio del «mercado», la historia oficial afirma que la sociedad capitalista actual, muy lejos de simbolizar el descarrilamiento hoy oy o el fracaso de las aspiraciones del movimiento, representa, por el contrario, la realización de sus aspiraciones más profundas. Estableciendo una teleología del presente, borra el recuerdo de alternativas pasadas que buscaban o imaginaban resultados distintos de los que se produjeron realmente.

Según esta perspectiva, mayo del 68 se debería entender como la afirmación del statu quo, una revolución al servicio del consenso, una rebelión generacional de la juventud contra la rigidez estructural que bloqueaba la necesaria modernización cultural de Francia. Al insertar la ruptura en una lógica de dicho statu quo y reforzando la identidad de los mecanismos y grupos que permitían la reproducción de las estructuras sociales, la versión oficial del post 68 ha servido los intereses de los sociólogos, así como los de los militantes arrepentidos deseosos de exorcizar su pasado, aunque la autoridad reivindicada por cada uno de los dos grupos difiere radicalmente. Los ex líderes pretenden fundamentar el discurso en sus experiencias personales y se basan en esos datos para negar o deformar ciertos aspectos claves del acontecimiento. Los sociólogos, al contrario, recurren a estructuras y métodos abstractos, a medidas y cuantificaciones, y construyen tipologías sobre oposiciones binarias –todo está, obviamente, basado en una desconfianza visceral frente a las investigaciones sobre el terreno-. A pesar de sus pretensiones contrarias, los dos grupos trabajaron en conjunto para establecer los códigos «deshistorizados» y despolitizados que sirven para interpretar el mayo del 68 en nuestros días.

Desde esta perspectiva, me interesa menos hacer un revisionismo de la «historia oficial» -ya se trate de la gran rebelión de los jóvenes encolerizados contra las restricciones de sus padres o de su corolario, la aparición de una nueva categoría social denominada «juventud»-, que la forma en que esta particular versión de la historia se impuso poco a poco y en la que los dos métodos o tendencias opuestas, subjetiva y estructural, convergieron para formular, a largo plazo, las categorías («generación», por ejemplo) a efectos de despolitizarla.

La paradoja de la memoria de mayo del 68 puede enunciarse simplemente: ¿cómo un movimiento masivo que sobre todo pretendía impugnar la apropiación de la política por los expertos, es decir, cuestionar la idea de esferas competentes «naturales» (especialmente en el ámbito de la política), pudo reducirse, durante los años siguientes, a un simple «conocimiento» del 68, sobre el que una generación entera de especialistas o autoridades autoproclamadas pudo sentar su valoración? El movimiento barrió las categorías y las definiciones sociales, estableció alianzas y conjunciones imprevisibles entre sectores sociales y personas de origen heterogéneo que lucharon juntas para solucionar sus problemas colectivamente. ¿Cómo un movimiento semejante se pudo reclasificar en categorías «sociológicas» tan estrechas como «medio estudiantil» o «generación»?

En este libro, en primer lugar, quise concentrar la mayor parte de mis esfuerzos en la forma en que la historia oficial consiguió adquirir su autoridad. El resto es el modo en el que formulé el proyecto inicialmente: ¿cómo se ha conmemorado mayo del 68 en Francia diez, veinte, treinta años después del acontecimiento? Pero durante el trabajo un segundo objetivo, no menos importante, se impuso progresivamente: recordar, o más bien resucitar, un clima político del que no quedan más que rastros; en otras palabras, dar una «segunda vida» a mayo del 68 distinta, tanto del aspecto social de los sociólogos como del testimonio de los que pretendieron, a toro pasado, encarnar la memoria oficial del movimiento.

Si mi objetivo era revelar de qué manera se impuso la historia oficial progresivamente, para ello debía no sólo liberar los años post 68 de la tutela de sus antiguos protagonistas, los que formaron la «generación» de estrellas de los años ochenta, sino también de un conjunto de categorías sociales dominantes, como «jóvenes rebeldes», por ejemplo.

Capitalismo, imperialismo y gaullismo

Los acontecimientos del 68 fueron, sobre todo, un rechazo masivo de miles, o incluso de millones de personas, a seguir concibiendo la sociedad de manera tradicional, es decir, como un conjunto de categorías delimitadas y separadas. Por lo tanto, me pareció que escribir la historia de ese rechazo, de su establecimiento en la memoria y de su olvido, exigía una forma distinta, otro tipo de relato que, como el propio movimiento, estaría al mismo tiempo más acá y más allá de la sociología, que se esforzaría por reanudar la crítica filosófica de los escritores y activistas que realizaron, durante la época del 68, un esfuerzo constante para comprender qué ofrecía la política posible y para pensar la acción histórica.

Mi elección, pues, recayó en los intelectuales y militantes para quienes mayo del 68 constituyó un momento clave, o incluso el acto fundador, de su trayectoria intelectual y política: los filósofos Jean-Paul Sartre, Alain Badiou, Jacques Rancière, Maurice Blanchot y Daniel Bensaid; el activista y editor francés François Maspero; y los militantes y escritores Martine Storti y Guy Hocquenghem. Después, en una segunda fase, me dirigí al lenguaje específico de la época y a las prácticas de protagonistas, generalmente anónimos, que formaban los comités de barrios y fábricas: obreros, estudiantes, campesinos y todos los demás que se unieron para cuestionar el sistema en su conjunto, no en función de sus propios intereses, sino en nombre de los intereses de toda la sociedad.

Mi investigación con respecto al lenguaje político del movimiento de mayo del 68 no se satisfizo con la inestimable compilación de documentos realizada por Alain Schnapp y Pierre Vidal-Naquet en 1969. Consideré que las películas documentales, las pequeñas publicaciones, los numerosos folletos fotocopiados, las revistas, a menudo efímeras, y también los comentarios escritos en directo, me resultaban más útiles que las interpretaciones -de Edgar Morin, Claude Lefort o Michel de Certeau, entre otros- tan admiradas después. Efectivamente, basta con dirigirse a los panfletos y octavillas recopilados por Schnapp y Vidal-Naquet para identificar claramente los objetivos ideológicos del movimiento de mayo del 68 en Francia, que se formularon, en realidad, contra tres cuestiones: capitalismo, imperialismo y gaullismo.

Entonces, ¿cómo hemos llegado, treinta años después, a este consenso en torno a mayo del 68, que ya sólo se percibe como una simpática «rebelión juvenil» con acentos poéticos, o como un cambio del estilo de vida? La respuesta se halla en las formas narrativas adoptadas por la historia oficial que, en general, cercan estrechamente el acontecimiento reduciéndolo entonces al mínimo. La primera de estas estrategias, la reducción temporal, interpreta literalmente la expresión «mayo del 68» como «lo que ocurrió durante el mes de mayo de 1968», reduciendo considerablemente, de esta forma, la cronología de los acontecimientos. Según esta óptica, «mayo del 68» habría empezado el 3 de mayo, cuando las fuerzas del orden enviadas a la Sorbona efectuaron las primeras detenciones de estudiantes, lo que desencadenó violentas manifestaciones populares en las calles del barrio Latino durante las semanas siguientes. Y terminaría el 30 de mayo cuando De Gaulle, esgrimiendo la amenaza de una intervención armada, anunció que no dimitiría de la presidencia y disolvió la Asamblea Nacional.

Por lo tanto, mayo del 68 se limita exclusivamente al mes de mayo, ni siquiera se extiende al de junio, durante el que, sin embargo, cerca de nueve millones de trabajadores de todos los ámbitos geográficos y sociales sin distinción, prosiguieron su huelga. Así, la mayor huelga general de la historia de Francia se encuentra relegada al último plano, igual que la génesis de la insurrección, cuyos brotes ya se podían encontrar al final de la guerra de Argelia, es decir a principios de los años sesenta. Ni la violenta represión del Estado que puso fin a los acontecimientos de mayo-junio, ni la violencia izquierdista que duró hasta principios de los años setenta se mencionan. Así se ocultan entre quince y veinte años del radicalismo político cuyos síntomas ya eran evidentes en la emergencia progresiva de una oposición, limitada pero significativa, a la guerra de Argelia y en la adhesión de numerosos franceses, a raíz de la enorme sacudida de las revoluciones anticoloniales, a un análisis «tercermundista» de la política global.

Dicho radicalismo político también fue obvio en las revueltas recurrentes, hacia mediados de los sesenta, de los obreros de las fábricas francesas, así como en la emergencia de un marxismo crítico, antiestalinista, reflejado en los innumerables periódicos que florecieron entre mediados de los años cincuenta y de los sesenta. En realidad, la coyuntura política francesa estaba dominada por un marxismo muy dinámico, tanto en el movimiento obrero como en la universidad a través de las ideas de Althusser- y en los pequeños grupos maoístas, trotskistas y anarquistas, así como en la investigación como marco del pensamiento filosófico y humanista dominante desde la Segunda Guerra Mundial. Todo eso se desvanece, sin embargo, en favor de un relato en el que mayo del 68 brota repentinamente de la nada, de manera totalmente espontánea. Este olvido seguramente es el precio que hay que pagar para «salvar» el lindo mes de mayo en el que nació la «libertad de expresión».

Esta restricción de los acontecimientos exclusivamente al mes de mayo tiene repercusiones importantes. El encogimiento temporal no sólo establece, sino que además refuerza, la reducción geográfica del escenario de las actuaciones únicamente a la ciudad de París y, más específicamente todavía, al barrio Latino. Una vez más se echa una cortina sobre los trabajadores en huelga en los suburbios de la capital y en todo el país. Las pruebas de la solidaridad que se estableció entre obreros, estudiantes y agricultores en la provincia y en otros lugares se dejan en la sombra. Según algunas fuentes la provincia conoció, durante los meses de mayo y junio, manifestaciones más constantes y más violentas que París, pero la historia oficial no dice nada al respecto. Ni una palabra sobre lo que se vivió en las fábricas de Nantes, Caen y lejos de París, ni sobre la constelación de prácticas e ideas en cuanto a la igualdad que no pueden integrarse posteriormente en el actual paradigma liberal/libertario adoptado por numerosos ex protagonistas de mayo del 68. Como ejemplo significativo está el nacimiento, en la región del Larzac, de un nuevo movimiento campesino antiproductivista, a principios de los años setenta, que conocería una «vida posterior» en el radicalismo rural igualitario de la Confederación campesina con sus ataques contra McDonald y los productos modificados genéticamente (OGM), que no dejó ningún rastro en el discurso oficial de mayo del 68.

La historia oficial, para disimular su reducción narcisista de mayo del 68 exclusivamente a los límites del barrio Latino, intenta darle una cierta dimensión internacional. Haciéndolo oculta el único factor internacional en el que se puede afirmar con certeza el papel principal, en los acontecimientos franceses como en el resto -en las insurrecciones surgidas en Alemania, Japón, Estados Unidos, Italia y otros lugares-, de la crítica del imperialismo estadounidense y la guerra de Vietnam-. La importancia de Vietnam disminuyó considerablemente en las representaciones francesas de mayo del 68 hasta el punto, por ejemplo, de desaparecer completamente en las conmemoraciones televisadas de los años ochenta, únicamente en beneficio del asunto de la revolución sexual. Esta ocultación fue compensada con la creación de otra dimensión «internacional», la de toda una serie de rebeliones, a menudo informes y mal definidas, de jóvenes de los cuatro puntos cardinales del planeta, en nombre o a la búsqueda de la libertad y autonomía personales que Sarga July había definido como «la gran revolución cultural liberal/libertaria».

Después de reducir mayo del 68 a una búsqueda individualista y espiritual, los ex líderes estudiantiles y otros portavoces autorizados, en el momento de su vigésimo aniversario, ampliaron esta búsqueda a una generación global, a todo un sector de edad de todo el mundo, para el que la consigna de los años ochenta, «libertad», definitivamente (y de manera anacrónica) ha sustituido lo que considero que fue la aspiración profunda de los años sesenta: la igualdad.

El obrero y el militante anticolonialista

Esas reducciones elaboradas por la historia oficial permitieron a los estudiantes y al mundo universitario adquirir la exclusividad del papel de representantes de los acontecimientos de mayo del 68. No hay que sorprenderse. Las barricadas, la ocupación de la Sorbona y el teatro del Odéon, las pintadas, sobre todo poéticas, se han vuelto tan inevitables como las caras de tres o cuatro ex líderes estudiantiles a quienes vemos envejecer al compás de las conmemoraciones difundidas cada diez años por la televisión francesa.

Sin embargo, en los años sesenta, la politización masiva de la juventud de las clases medias francesas se desarrolló sobre un fondo de relaciones polémicas e identificaciones increíbles con dos figuras completamente ausentes de este cuadro: el obrero y el militante anticolonialista. Estas dos figuras, los «otros» de la modernidad política, son el hilo conducto de mi investigación, tanto en los «años de mayo», que extendí en este libro desde mediados de los años cincuenta a mediados de los setenta, como después. Entiendo el término «figura» en el sentido de protagonistas históricos y teóricos que reivindican sus derechos y se convierten en objetos de deseo político y en representantes ficticios y teóricos y, finalmente, en el sentido de participantes, de interlocutores en un diálogo frágil, efímero y fijado en un punto concreto de la historia.

El «tercermundismo» francés, de alguna manera, no era más que el reconocimiento, desde finales de los años cincuenta, del hecho de que los antiguos colonizados, gracias a las guerras de independencia, ya formaban una nueva figura del «demos», el pueblo, en el sentido político del término («los condenados de la tierra»). Por la universalización o la denuncia de un mal político que a su vez movilizaba, entre otros, a los estudiantes del mundo occidental, eclipsaba cualquier manifestación de la clase obrera europea. El tercermundismo de principios de los años sesenta se mantuvo hasta después de la guerra de Argelia, antes de beneficiar, a mediados de la misma década, el endurecimiento del compromiso estadounidense en Vietnam.

Es el maoísmo el que, según numerosos militantes de la izquierda francesa, certificó la transición al desviar la atención que hasta entonces se prestaba al campesino que luchaba contra la colonización, hacia el obrero de la metrópolis para reconocer, con los huelguistas de las factorías automovilísticas de Turín, que «Vietnam está en nuestras fábricas». Así, el obrero francés se convierte, literalmente, en la figura central de los movimientos sociales de mayo del 68. Aunque el maoísmo no fue el único responsable. En Francia, durante los años sesenta, el anticapitalismo se ejercía al mismo tiempo que antiimperialismo, y sus discursos se enredaban en una trama compleja. En esa época, el lema «¡todos en pie, compañeros, por la Bolivia socialista!» bastaba para movilizar a 3.000 trotskistas, cualquier noche de la semana, en la Mutualité de París.

La fuerza intelectual de mayo del 68 residía en la unión de la protesta intelectual con la lucha de los trabajadores. En otras palabras, la subjetividad política que surgió en mayo era de tipo relacional, construida en torno a un debate sobre la igualdad; una experiencia cotidiana de identificaciones, aspiraciones comunes, encuentros más o menos exitosos, reuniones, decepciones y desilusiones. La igualdad, tal como se experimentó masivamente en aquel momento -es decir, como una práctica inscrita en el presente y probada como tal, y no como un objetivo a conseguir- constituye un enorme reto para toda la representación futura. Ya se trate de la creación de modos de actuación dirigidos a poner fin a las formas tradicionales de representación y delegación políticas eliminando las divisiones entre líderes y militantes básicos, o de la instauración de prácticas sintomáticas del compromiso masivo no reservadas únicamente a los especialistas, sino objeto de preocupación de todos, tal experiencia no puede más que amenazar los escasos métodos de los que disponemos para describir la vida diaria y sus representaciones sociales.

El problema pasa a ser todavía más espinoso veinte años más tarde, durante los años ochenta, en un clima ideológico fomentado con el pretexto de una crítica del igualitarismo. El ataque ambiciona hacer de la igualdad un sinónimo de uniformidad, control o alineación, o también de adversario feroz de la libre competencia. Cuando la idea misma de unión entre contestación intelectual y lucha de los trabajadores viene a esfumarse o a caer en el olvido, apenas subsiste ya de mayo del 68 nada más que el preludio de una contracultura «emancipadora», una metafísica del deseo y la liberación, la repetición general de un mundo constituido por «máquinas que desean» e «individuos autónomos» irremediablemente arraigados en su experiencia subjetiva.

A partir de mediados de los años setenta, nuevas figuras toman el relevo del obrero y el militante anticolonialista y movilizan la atención de los medios de comunicación. La imagen abstracta de una «plebe» que encarnaba el desamparo y la impotencia, ha servido de modelo para diseñar la figura emblemática del sufrimiento, actualmente en el centro del discurso de los derechos humanos. Y la figura del «disidente» enfocó de nuevo la atención de los franceses en la Guerra Fría más que sobre la problemática Norte-Sur que dominó los años sesenta. La víctima humana pasa a ser el centro de las representaciones, los «condenados de la tierra» se convierten simplemente en los «condenados», privados de cualquier subjetividad política, incapaces de universalizar la culpa de sus sufrimientos, reducidos a una figura de pura alteridad: víctimas o bárbaros. Al menos en Francia, como demuestro en el capítulo «Diferentes ventanas, los mismos rostros», el nuevo discurso ético en torno a los derechos humanos, formulado principalmente por ex izquierdistas deseosos de poner distancia con su pasado militante y huir de las desilusiones de mayo del 68, desempeñó un papel principal en el olvido de mayo del 68.

La necesidad del rechazo

En otros términos se puede decir que la necesidad de rechazar mayo del 68, que comienza a manifestarse hacia 1976, implica un repliegue de la esfera política hacia la esfera ética, lo que deforma no sólo la ideología del movimiento, sino también lo esencial de su herencia. Los ex izquierdistas que reivindicaron la custodia estaban entonces especialmente bien situados para revisar el significado de los acontecimientos a la luz de su «transformación espiritual». Mientras que la cultura de 1968 se había opuesto radicalmente, a veces incluso con violencia, al discurso moralizante que prevalecería a partir de finales de los años setenta, aquí se encuentra redefinido, no por la política, sino por la moral personal.

Una nueva etapa se cruzaría con la llegada de lo que Guy Hocquenghem denomina el «moralismo belicista» de los Nuevos Filósofos. En la segunda mitad del libro, expongo cómo la necesidad de enterrar mayo del 68 fue servida por los discursos sobre el totalitarismo suministrados por dichos Nuevos Filósofos y por las dos figuras del nuevo régimen de representación a partir de las cuales el final de los años setenta va a distinguir el bien del mal, a saber, los derechos humanos y el par gulag/holocausto.

«Nadie murió en el 68». En realidad esta frase que se ha oído a menudo, es falsa. Se debe interpretar su recurrencia casi obsesiva como una voluntad de dar a la insurrección, al igual que a los militantes y al Estado, una dimensión inofensiva, casi de «niños buenos». ¿Se debe medir la importancia de un acontecimiento según sus muertos? Cuando se trata de un acontecimiento cultural, ciertamente no; y está claro que la historia oficial de finales de los ochenta clasificó a mayo del 68 con esta etiqueta ya que, desde un punto de vista político, no pasó absolutamente nada -sus efectos no fueron más que puramente culturales-, o al menos es lo que afirma la versión consensual que la historia fijó, autorizó, impuso, celebró y conmemoró en los libros y programas televisados de los que hablo en el capítulo «Diferentes ventanas, los mismos rostros».

Se empleaba comúnmente el adjetivo «cultural» para hacer referencia a las numerosas transformaciones que se operaron al mismo tiempo en el estilo de vida y en la vida cotidiana, y también para designar los nuevos comportamientos que aparecieron en los años setenta, por ejemplo la generalización del uso de pantalones por las mujeres o el tuteo. Sin embargo, ¿en qué medida se puede establecer una relación causa-efecto entre el acontecimiento en sí mismo y su presunto impacto cultural? Como señaló anteriormente Jean-Franklin Narot, todo lo que originó una apertura durante esos meses, así como todo lo que pasó más tarde, no era forzosamente imputable al movimiento. La mayoría de las convulsiones de la vida cotidiana que figuran con la etiqueta de «consecuencias culturales de mayo del 68» se produjeron de manera similar en todos los países occidentales sometidos a una aceleración de la modernización capitalista, tuvieran o no su mayo del 68 (2).

¿Y si una expresión tan vaga como «efectos culturales» fuera comparable a lo que se llama en los países anglosajones «contracultura»? Al contrario que en Estados Unidos o Gran Bretaña, que conocieron durante los años 60 y 70 la evolución contracultural, tan floreciente como imaginativa, especialmente en el ámbito musical, la Francia post 68 lo único que hizo fue importarla. En Gran Bretaña o Estados Unidos, como señaló Peter Dews, era totalmente concebible que el acceso a la cultura política se hiciera a hurtadillas a través de la contracultura; en Francia e Italia, en cambio, la «contracultura» de los años setenta, generalmente, no era más que los restos de una militancia política más radical que la que surgió en Estados Unidos (3).

Por supuesto los acontecimientos del 68, igual que la filosofía y las ciencias humanas en general, tienen una gran parte de responsabilidad en la llegada a Francia, durante los años setenta, de un período de innovación y creatividad sin precedentes. En los años que siguieron a 1968 parecía que no había límites a los proyectos y empresas de propagación de las ideas; nacieron numerosos diarios y fórmulas editoriales. Todos con la preocupación común de prolongar el acontecimiento u orientar la acción política en esa dirección. En el capítulo «Maneras y prácticas» ilustro este punto con varios ejemplos, especialmente de revistas que germinaron repentinamente en el campo de historiografía.

Esas revistas se inscriben en un marco más amplio, amplitud que podemos comprobar gracias al inventario elaborado por Françoise Proust, demasiado largo para citarlo aquí de manera exhaustiva. Entre algunos ejemplos de innovaciones editoriales, cita la creación de 10/18 (1968), Lattès (1968), Champ libre (1968), Points, Seuil (1970), Galilée (1971), Folio, Gallimard (1972), les Editions des Femmes (1974), Actes Sud (1978); y en el ámbito de las revistas culturales, la creación de Change (1968), L’Autre Scène (1969), Nouvelle revue de psychanalyse (1970), Actuel (1970), Tel Quel (1972), Afrique-Asie (1972), Actes de la recherche en sciences sociales (1975), Révoltes logiques (1975) y Hérodote (1976). Finalmente, en la prensa, hacen su aparición Hara-Kiri Hebdo (1969), L’Idiot international (1969), Tout (1970), Libération (1973) y Le Gai Pied (1979). Según Proust, la afirmación de un pensamiento innovador no puede dejar de suscitar una reacción. Por ello el período 1976-1978, que coincide con la llegada al escenario mediático de una nueva clase de intelectuales, los Nuevos Filósofos, señala el principio del fin de la efervescencia creativa de mayo de 68 (4).

La conjunción de los acontecimientos

Mayo del 68 apenas tuvo influencia en las esferas de la alta cultura francesa, más concretamente en la literatura. Patrick Combes demostró que sólo la novela, muy tímidamente, intentó reflejar la dimensión política del acontecimiento. La aplastante mayoría de las novelas posteriores a 1968, simplemente copió el planteamiento de los medios de comunicación eligiendo, por ejemplo, presentar los acontecimientos a través de la conciencia atormentada de un héroe, a menudo caricaturizado, en plena crisis existencial, sobre un fondo de barricadas; y eso a pesar del hecho, como no he dejado de comprobar durante mis investigaciones, de que en sus recuerdos, los individuos que vivieron el mayo del 68, todos hicieron hincapié en su pertenencia activa a un grupo social. Sólo a principios de los años ochenta en las páginas de obras más populares, como novelas policíacas, pude encontrar intentos reales de comprender el sentido de esa voluntad de hacer tabla rasa de un pasado reciente -la guerra de Argelia o mayo del 68- y la dimensión política de una nueva sociabilidad que se manifestaba en esos momentos.

Con este libro he querido oponerme a la corriente dominante desde los años ochenta que sólo concede a mayo del 68 dimensiones culturales, cuando no morales y espirituales. La posición que adopto es la contraria: mayo del 68 fue, desde mi punto de vista, sobre todo un acontecimiento político -empleo aquí «político» en un sentido muy diferente de la actual «política partidista»-

Mayo del 68 no tenía en sí nada de acontecimiento artístico. Por otra parte ha dejado muy pocas imágenes ya que, después de todo, la televisión francesa también estaba en huelga. En cambio proliferaron las caricaturas e ilustraciones políticas -firmadas por Willem, Siné, Cabu y otros-; también hay muchas fotos. Parece que sólo los medios artísticos más rudimentarios pudieron seguir el ritmo de los acontecimientos. Y eso demuestra de qué forma la política ejercía una irresistible fuerza de atracción sobre la cultura, hasta el punto de hacerla renunciar a cualquier autonomía. ¿Cómo se explica, si no, que de repente el arte considerase que debía no sólo seguir los acontecimientos de cerca, sino además fusionarse con ellos y convertirse en un todo con la actualidad del momento?

Mayo del 68 vuelve a confirmar la asimetría y la estanqueidad que parece dominar en Francia la relación entre cultura y política. En realidad, la falta de relación está en el mismo corazón del acontecimiento: el fracaso de las soluciones culturales para dar una respuesta, la creación y el desarrollo de formas políticas completamente opuestas a las formas culturales ya existentes o la exigencia de prácticas políticas frente a las prácticas culturales.

La experiencia que llevaron a cabo los estudiantes de Bellas Artes ilustra esta tendencia mejor que cualquier otra: durante mayo del 68, dichos estudiantes ocuparon su escuela, que rebautizaron como «Taller popular de las Bellas Artes», y se dedicaron a producir, a un ritmo infernal, los carteles de apoyo a la huelga que en aquellos momentos empapelaban los muros de París. El «mensaje», contundente y directo, de la mayoría de esos carteles era afirmar, a veces de manera perentoria, que la lucha continuaba: «Sigamos luchando», «la huelga continúa», «contraofensiva: sigue la huelga», «conductores de taxis: sigue la lucha», «Maine Montparnasse: la lucha continúa». La ambición de estos carteles no era «representar» lo que estaba pasando, sino propagar los acontecimientos fusionándose con ellos. Para eso había que ser rápidos. Los estudiantes no tardaron en comprenderlo y rápidamente abandonaron la litografía que, a razón de diez a quince impresiones por hora, era muy lenta para cubrir semejante movimiento masivo. La serigrafía, ligera y fácil de usar, permitió producir hasta 250 ejemplares por hora.

Pero si la utilización de un medio rápido y flexible hubiera hecho posible, gracias a los carteles, la fusión del arte y el acontecimiento, esto no era, sin embargo, el factor esencial. Treinta años después Gérard Fromanger, uno de los militantes activos del Taller popular, recuerda la forma en que se realizaron los carteles. El título de su ensayo, «L’art c’est ce qui rend la vie plus intéressante que l’art» (El arte es lo que hace que la vida sea más interesante que el arte, N. de T.), ya dice mucho sobre el abanico de posibilidades que se abre cuando el arte se niega a aislarse de la sociedad o cuando ambiciona participar más que representar: «¡Mayo del 68, fue eso! Los artistas ya no estaban en sus talleres, ya no trabajaban, ya no podían pintar porque la realidad era mucho más potente que todas sus invenciones. Naturalmente se convirtieron en militantes, yo el primero. Se creó el Taller popular de las Bellas Artes y hacíamos carteles. Todo el país estaba en huelga y nosotros no hemos trabajado tanto en nuestra vida. Era necesario» (6).

Pero hace poco el nuevo reparto político francés ha permitido mirar de otra manera a mayo del 68. Las huelgas masivas del invierno 1995 en Francia, seguidas algunos años después por los acontecimientos de Seattle, han contribuido ciertamente a la formación, en Francia como en otras partes, de una nueva coyuntura política y de sus capacidades de innovación. Otros dos cambios en el clima político e intelectual francés tuvieron una importancia capital para mi investigación. En los últimos años ha aparecido años una serie de relatos políticos alternativos consagrados a los últimos treinta años, mayoritariamente escritos por personas activas durante la época del 68, que quieren encontrar un pasado -ya se trate del suyo o del de los otros- que consideran que se ha deformado, o incluso tergiversado, durante los años de Giscard y Mitterrand. Paralelamente, por primera vez en Francia, jóvenes investigadores, la mayoría historiadores, comenzaron a interesarse seriamente por la guerra de Argelia y por mayo del 68. Los esfuerzos combinados de estos trabajos permiten abrir un nuevo capítulo en la historia de la memoria del 68. Gracias a ellos, mi trabajo ahora está menos solo.

(1) Jean-Pierre Rioux, «A propos des célébrations décennales du Mai français», en Vingtième siècle, n° 23 (junio-septiembre de 1989), p. 49-58; Antoine Prost, «Quoi de neuf sur le Mai français», in Le Mouvement social, n° 143 (abril-junio de 1988), p. 91-97.
(2) La adopción de los franceses y otros europeos de prácticas de consumo de inspiración estadounidense se extiende sobre un período más amplio de la posguerra. Estudié la versión francesa de este fenómeno en Aller plus vite, laver plus blanc. La culture française au tournant des années 1960, Paris, Flammarion. Los acontecimientos de mayo del 68 constituyen una interrupción, y no una aceleración, en el desarrollo de este proceso.
(3) Peter Dews, «The Nuevo Filosofía and Foucault», en Economy and Society, n° 8, 2 (mayo de 1979), p. 168.
4) Françoise Proust, «Débattre ou résister», en Lignes, 32, octubre de 1998, p. 106-120. Para Proust, que es filósofo, el final definitivo de este período de abundancia intelectual utópica se produjo en 1980 con el primer número de la revista de Marcel Gauchet y Pierre Nora, Le Débat, que consagró varios números a apoyar la obra de Luc Ferry y Alain Renat, La Pensée 68 en el capítulo «Le consensus et sa ruine»), que desempeñó un papel importante en la construcción de la «historia oficial» del 68. Según Proust, esta revista marcó la vuelta definitiva a un diálogo limitado a los «intelectuales y técnicos (léase expertos), a través del cual el intelectual interioriza la democracia: renuncia a los inútiles deseos de cambiar el mundo y asume que la democracia representativa, sus instituciones y sus normas, es el último horizonte de cualquier grupo político; por lo tanto su función es el debate constante con los responsables a quienes trata de ayudar a pensar racionalmente las realidades, los problemas y las crisis políticas y culturales que encuentra una democracia. Al editor de la revista Le Débat, Pierre Nora, le gustaba destacar la coincidencia de la aparición de esta nueva revista con la muerte de Sartre, como declaró en una entrevista en la que definió Le Débat como lo contrario de Temps modernes y su filosofía del compromiso».
5) Gérard Fromanger, «L’art c’est ce qui rend la vie plus intéressante que l’art», en Libération, 14 de mayo de 1998, p. 43. Ver también Adrian Rifkin, «Introduction», Photogenic Painting, Sarah Wilson, Londres, Black Dog Press, 1999, p. 21-59.

Original en francés: http://www.monde-diplomatique.fr/2008/04/ROSS/15843

* Kristin Ross es profesora de Literatura Comparada en la New York University. Estudió en la Universidad de California y obtuvo su doctorado de Literatura Francesa en Yale en 1981. Es autora de varios libros sobre la cultura política francesa, como Aller plus vite, laver plus blanc, Flammarion, 2006, sobre la modernización de Francia en los años 60. También ha traducido al inglés la obra de Jacques Rancière Le Maître ignorant (The Ignorant Schoolmaster), Stanford, 1990.
Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y la fuente.

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17.- Mayo del 68, algo más que una revolución estética
El movimiento obrero y estudiantil fue algo más que un caso de histeria contracultural o una explosión político-hormonal

César Rendueles
adn (7-5-08)


Una de las más inteligentes argucias ideológicas de la contrarrevolución liberal ha sido convencer al mundo de que su victoria no es el resultado de ninguna batalla política, sino una
consecuencia natural del triunfo tardío de la sensatez en una generación irresponsablemente entregada a experimentos narcisistas tales como la sanidad pública o la educación gratuita.

No es de extrañar, así, que la imagen dominante del 68 sea la de un extraño caso de histeria contracultural internacional, una explosión político-hormonal que los más afortunados
habrían sabido sublimar en exitosas carreras públicas, mientras en los casos más aciagos desembocó en un estado de resentimiento mórbido.

Si bien una parte del legado estético del 68 ha sido asimilado mediante un brutal esfuerzo esterilizador -en particular, gracias a ese gran autoclave ideológico que es la industria musical-,
sus propuestas políticas han pasado a los anales del disparate junto a los escritos de Fourier y aquel presidente que en Bananas exigía a sus ciudadanos que llevaran la ropa interior por
fuera.

En todo caso, se alaba el idealismo, la audacia y el entusiasmo de los protagonistas del 68, pero se condena sin paliativos su ceguera pragmática y su afición a los proyectos absurdos.

Las cosas son, por supuesto, exactamente al revés. Por un lado, es manifiestamente imposible entender nada de lo que ocurrió en 1968 si no se asume que fue el último envite de la
tradición emancipatoria del siglo XX. Una amplia corriente política que convergió públicamente en París, Praga y México, pero que tuvo importantes declinaciones en, por ejemplo, los
movimientos de liberación nacional que propiciaron los procesos de descolonización del tercer mundo.

Acción y reacción

En buena medida, el 68 es una manera de nombrar un despiadado enfrentamiento global que culminó con el triunfo de la reacción en torno a 1977. El pachuli, las comunas y la
psicodelia fueron el atrezo de una batalla que llenó de cadáveres países como Vietnam o Chile y, en Occidente, destruyó el consenso de postguerra acerca de la función del estado
social como dique de contención de la jungla mercantil.

Por otro lado, si hubo algún error en el 68 fue cierta incapacidad para comprender que los proyectos de transformación social son más una cuestión de sensatez común que de audacia
vanguardista. Acabar con la desigualdad económica, el infierno laboral o el patriarcado son propuestas razonables.

Lo excéntrico es un sistema que permite que al lado de mi casa un montón de ancianos rebusquen cada noche en la basura del DIA mientras Paul Allen se gasta varios cientos de
millones de dólares en un yate con cancha de baloncesto.

Dicho a la inversa, un proyecto conceptual y materialmente modesto, como garantizar a toda la población mundial una dieta de, pongamos, 1.500 calorías diarias, resulta absolutamente
radical y conlleva la destrucción de una parte significativa de nuestra sociedad tal y como la conocemos.

Por eso, puede que la principal debilidad del 68 fuera precisamente un entusiasmo y un idealismo que cristalizaron en una especie de hipertrofia conceptual: esa tendencia a convertir los
dilemas prácticos urgentes en alambicadas cuestiones de alta teoría. Un rasgo que, muy sintomáticamente, han asumido con agrado tanto los adalides del turbocapitalismo como la
neosofística postmoderna.

Walter Benjamin escribió: "Marx dice que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero tal vez se trata de algo por completo diferente. Tal vez las revoluciones son el
manotazo hacia el freno de emergencia que da el género humano que viaja en ese tren".

Titanes contraculturales

En esta dicotomía, el 68 se situó del lado del acelerador y, así, produjo en muy poco tiempo un corpus ideológico y estético irrenunciable. Los protagonistas del 68 se esforzaron por
convertirse en titanes contraculturales que por la mañana apedreaban a la policía, a media mañana intervenían en tres o cuatro asambleas, encontraban un hueco por la tarde para
participar en un seminario de semiótica y completaban la noche con algún experimento psicotrópico.

Pero, muy posiblemente, como creía Benjamin, la revolución es un proyecto más adecuado para pensionistas, becarios, parados de larga duración, amas de casa, trabajadores precarios
e inmigrantes ultraexplotados: gente cansada que necesitamos urgentemente unas vacaciones del siglo.

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18.- Por una memoria viva de Mayo del 68

Amador Fdez.-Savater y David Cortés
Público (8-5-08)


En su 40º aniversario, Mayo del 68 no pasa desapercibido. Por el contrario, la disputa de interpretaciones sobre su sentido está resultando feroz. Nada que ver, por ejemplo, con lo
ocurrido en 1998. ¿Por qué? ¿Debido a las famosas declaraciones de Sarkozy, en las que Mayo se convertía en el chivo expiatorio de la fragilización contemporánea de las relaciones
sociales? ¿Al renacer de una conflictividad social que busca su propia memoria? En todo caso, está claro que Mayo del 68 tiene mucho que decir sobre nuestro presente. O bien que
nuestro presente gusta de contarse a sí mismo a través de la referencia a Mayo.

En Francia, junto a la conmemoración típicamente oportunista, hay todo un impulso por rescatar la complejidad del acontecimiento, sepultada a lo largo de 40 años bajo los iconos de
barricadas, adoquines, enfrentamientos en el Barrio Latino y pintadas. Se han publicado libros sobre el Mayo obrero, sobre el Mayo en provincias, etc. En España, siempre previsible, se
pueden contar con los dedos de una mano las iniciativas tras la que hay un verdadero trabajo de investigación, reflexión y -no digamos ya- de recreación de una memoria viva desde el
presente. El opinódromo generalizado ejerce como pantalla que impide escuchar directamente al propio Mayo. Así opera la censura hoy: una sobresaturación de ruido que imposibilita
toda construcción autónoma y profunda de sentido.

Distingamos ahora muy a grandes rasgos dos lecturas de Mayo: despolitizadora y militante.

La lectura despolitizadora se muestra sin tapujos en los suplementos culturales que han dedicado a Mayo los grandes periódicos en las últimas semanas. En ellos se concentran todos
los clichés que expurgan al acontecimiento de su violencia intempestiva sobre nuestro presente: Mayo se interpreta como conflicto generacional, revuelta hormonal, modernización
cultural, hedonismo individualista, reivindicación implícita del consumo, etc. No por casualidad, a cargo de la difusión de esta lectura están todos los arrepentidos de la crítica social que
ocupan desde hace 30 años el primer plano de los media, la enseñanza, la cultura o el pensamiento. ¿Quién iba a esforzarse más que ellos en difuminar los contornos de un movimiento
que recusó profundamente al intelectual como experto, palabra autorizada, voz de los sin voz y productor de consenso ("la democracia-mercado es lo que hay, punto")? Su nostalgia de
Mayo es puro maquillaje: sólo hay que leer sus análisis de los conflictos contemporáneos, ya sea el zapatismo, el 13-M o la revuelta en las banlieues francesas.

Por el contrario, la lectura militante de Mayo se encarna en largas trayectorias políticas que han esquivado el destino de la normalización, el cinismo o la autodestrucción. Sufre
terriblemente el secuestro de la historia a manos de la versión oficial y reivindica la memoria de Mayo como seña de identidad capaz de orientarnos en tiempos confusos. Busca
continuidades y puentes con las luchas actuales. Habla de recomponer la fuerza antagonista y transformadora de la izquierda. Valoriza sobre todo el Mayo militante y señala en
ocasiones que el déficit de politicidad del movimiento consistió en no abordar seriamente la cuestión de la organización y la toma del poder. Su aportación es muy valiosa en varios
puntos (personal, histórico.), pero políticamente no puede llevarnos muy lejos. Porque el hilo se ha roto, volaron los puentes y establecer continuidades literales sólo genera tristeza por
comparación: antes se luchaba, ahora no. No hay nada que recomponer, la derrota de los movimientos de los años sesenta y setenta obliga a repensarlo todo de nuevo. En un contexto
completamente trastocado: la gran transformación de la sociedad-fábrica a la sociedad-red operada durante los últimos 40 años.

¿Puede darse otra relación con la memoria de Mayo que no pretenda borrar su contenido político ni use el recuerdo como un hilo con el que coser la identidad perdida?

La verdadera fidelidad no pasa por repetir, sino por volver a crear. Y muchas veces la nueva creación es ininteligible para el creador anterior. Así, Mayo desconcertó a mucha gente que
había participado en el Frente Popular en 1936 o en las movilizaciones contra la Guerra de Argelia. Nadie lo vio venir. No respondía a ninguna situación acuciante de necesidad material.
Tampoco fue la gota que colmó el vaso tras un proceso clásico de acumulación de fuerzas. Desbordó una y otra vez a las estructuras militantes (organizativas, cognitivas).

Por eso, Mayo no es una respuesta, un patrimonio ni una lección, sino un exceso, una interrogación, una discontinuidad, un desafío, una apertura de la historia que nos atraviesa hoy.
¿De qué modo? Proponiéndonos re-pensar lo político a distancia de la política.

¿Qué dice y muestra cotidianamente la política como espectáculo del sistema de partidos? Por un lado, están los capaces y los que saben. Por otro, están los ignorantes, las víctimas,
los espectadores. Carne de cañón.

¿Qué dice y muestra lo político? Que todos somos igualmente capaces.

Si nos acercamos directamente al Mayo, saltándonos las mediaciones de sentido de los expertos en desinformación, si por ejemplo leemos la historia de los Comités de Acción, vemos
alguna película de los Grupos Medvedkin o escuchamos relatos de la insubordinación obrera contra el trabajo alienado, lo que sentimos vibrar es el poder de cualquiera (J. Ranciére).

Hoy, actualizamos la potencia de lo político liberada en Mayo cada vez que rechazamos que unos acumulen poder a costa de la pasividad del resto. Siempre que salimos de nuestros
circuitos cerrados y tejemos lo común con el otro. Cuando tomamos la palabra sobre lo que nos afecta y desafiamos al sistema de representación (político, mediático, cultural o sindical)
que nos la roba cotidianamente. El recuerdo de la autonomía social es lo que pretende erradicar la memoria oficial, porque su actualización creadora hace temblar a las élites que viven
de decirnos lo que debemos ver, sentir y pensar.

Amador Fernández-Savater y David Cortés son responsables del proyecto Con y contra el cine. En torno a Mayo del 68 (http://www2.unia.es/arteypensamiento/)

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19.- ¿Ardió París?

Félix Placer Ugarte
Gara (9-5-08)


A la sazón estudiante en París, testigo en primera línea de los acontecimientos de Mayo del 68, Félix Placer no los observa como algo concluido o extinguido el verano de aquel mismo
año con el triunfo electoral de la derecha francesa, como muchos afirman. Para el autor, aquel espíritu liberador sigue vigente en los pueblos del mundo, Euskal Herria entre ellos, porque
«Mayo del 68 fue la explosión del deseo de un mundo diferente».

Después de 40 años de aquel mayo francés del año 1968 rebrotan los recuerdos, interpretaciones, lecturas de los acontecimientos que conmovieron a la aburguesada Francia y a Europa
y encendieron la alarma roja en el mundo occidental capitalista. ¿Qué ocurrió en aquellos días turbulentos en los que todo parecía posible y la imaginación reclamaba el poder para
trasformar una sociedad de desigualdades sociales, económicas, culturales y revolucionar una política conservadora?

Como estudiante en aquellos años en París, me encontré sumergido en la vorágine de una ciudad conmocionada. La chispa de los acontecimientos se había encendido unas semanas
antes en la Universidad de Nanterre, en marzo. El 3 de mayo, ocupada la Sorbona, los líderes del movimiento estudiantil (Cohn-Bendit, Suavageot, Krivine y otros) trasmitían el mensaje
que desataba la contestación de los estudiantes. Grupos, reuniones, mítines... en todos los centros universitarios estábamos en asamblea permanente. El barroco teatro Odéon se
convirtió en escenario simbólico del espíritu asambleario estudiantil. De las arengas se pasó a las manifestaciones. París ardía de nuevo, cercado por barricadas de resistencia activa y
agresiva. Los adoquines de las pavimentadas calles de la ciudad del Sena eran lanzados contra la policía (CRS, calificada como SS), que con gases lacrimógenos asfixiaban calles y
metro.

Lo que comenzó por parecer sólo una revuelta estudiantil -calificada por De Gaulle como chienlit (mascarada)- provocó la mayor crisis francesa después de la Segunda Guerra Mundial.
Lo que muchos interpretaban como un deseo adolescente de reformas universitarias se convirtió en problema nacional de amplia hondura política y social, sobre todo cuando estudiantes
y obreros -también el mundo rural y el sector terciario- se unieron y se declaró la gran huelga general del 13 de mayo que paralizó Francia.

H. Marcuse, el conocido filósofo de «El hombre unidimensional», uno de los más leídos entonces junto con W. Reich, teórico de la revolución sexual, entendía que «los estudiantes
saben que la sociedad absorbe las oposiciones y presenta lo irracional como racional. Sienten que el hombre unidimensional ha perdido su poder de negación y su posibilidad de crítica.
No quieren dejarse integrar en una tal sociedad», basada en el consumo, en la falsa libertad, en la explotación, esclava de la técnica, del poder y de la producción. Según escribía J. Le
Veugle en «Le Monde», no se trataba sólo de una crisis de régimen sino de civilización, que tendía a una revolución cultural de sistema de valores donde las personas fueran sujetos de
la evolución. Autonomía contra reformismos, autogestión obrera en las empresas, comunitarismo contra el falso comunismo del PCF, eran las palabras más pronunciadas, unidas a la
revolución sexual, al feminismo, a la ecología, a la coeducación.

Encuadrada en los convulsos años de la guerra de Vietnam, del asesinato de M. L. King, de R. Kennedy, de los conflictos sociales y políticos en Alemania, Italia, Checoslovaquia,
América, Japón, de la guerra fría, en los duros años del tardofranquismo que en Euskal Herria culminarían en el juicio de Burgos de 1970, la revolución de Mayo del 68 adquiría amplio
significado a niveles internacionales. Sectores representativos de la misma Iglesia en Francia (el concilio Vaticano II acababa de concluir) entendían aquella revolución como una crítica
radical a una manera de vivir, y monseñor Ancel, antiguo cura obrero, con varios obispos franceses, reconocía «la justicia de la profundas reivindicaciones de los jóvenes» de justicia,
libertad, dignidad, responsabilidad y participación.

Los acuerdos de Grenelle introdujeron algunas mejoras salariales y sindicales que no sofocaron el fuego reivindicativo de los trabajadores y continuaron las huelgas. De Gaulle, apoyado
por J. Massu, general en jefe del Ejército francés en Alemania, disolvió la Asamblea y convocó elecciones generales que consiguieron el triunfo de la UDR (partido gaullista). Para
muchos, en especial para la derecha francesa, todo había terminado con el triunfo del orden establecido: «Los estudiantes a estudiar, los obreros a trabajar», fue la arenga final del
presidente francés. París recuperó su arrogancia turística y el verano del 68 pareció que todo quedaba atrás.

Pero ¿había terminado efectivamente la ardiente explosión de Mayo del 68? No fue esta nuestra experiencia en aquellos días ni posteriormente. Su memoria, manipulada con frecuencia,
se mantuvo viva y continúa hasta hoy. En contextos distintos, en movimientos sociales, resistencias populares y luchas el mayo francés ha tomado otros nombres y sujetos en un
mundo que sigue ardiendo en muchos lugares. Los Foros Sociales Mundiales han recogido la antorcha de otro mundo diferente contra la globalización neoliberal. La guerra de Vietnam
terminó con la derrota de USA, Irak está siendo un nuevo fracaso de la política imperialista invasora denunciada ya hace años y su afán dominador continúa planificando nuevas
invasiones en Irán. El planeta tierra está siendo abocado por el desarrollo tecnológico hacia la catástrofe ecológica a pesar de denuncias generalizadas.

También en Euskal Herria la memoria histórica mantiene vivas y activas permanentes reivindicaciones políticas, sociales, culturales, educativas, ecológicas que movilizaron el mayo
francés y que entre nosotros tenían ya su específica expresión y adquieren hoy una actualidad ardiente. El 3 de marzo en Gasteiz, fue una demostración asamblearia de solidaridad
obrera y popular que permanece en la exigencia de justicia contra las masacres de aquellos días, a pesar de las presiones para olvidar y echar tierra sobre tantas víctimas de la injusticia
empresarial y política. Sectores juveniles reclaman la autogestión e independencia. Y en estos días, ante un nuevo juicio de carácter claramente político contra las Gestoras Pro
Amnistía, se reaviva una especial memoria histórica de quienes hasta hoy mantienen la exigencia de libertad, de igualdad y respeto para todos los pueblos y de los derechos humanos,
sobre todo para quienes sufren de manera más directa su conculcación en las cárceles. En el mayo francés se rechazaban las falsas amnistías que sólo -decía un eslogan- son olvido
para los crímenes del poder establecido. No se aceptó la llamada ley de amnistía de octubre de 1977 porque las injusticias denunciadas continuaban vigentes. Por ello en Euskal Herria
se ha seguido reclamando por los grupos ahora encausados por la Audiencia Nacional española y en los sectores populares, ahondando su significado más profundo: Una amnistía que
parta del reconocimiento íntegro de las personas y de los pueblos, de sus derechos individuales y colectivos al desarrollo de su propia identidad, que reconozca las causas y raíces
políticas del conflicto y supere todas sus consecuencias, donde la economía pueda pensarse y ejercerse en función de la igualdad contra toda discriminación y precariedad, donde la
convivencia con la naturaleza se rija por sus principios ecológicos, donde el euskara sea el vínculo común de intercambio comunicativo.

Mayo del 68 no fue un comienzo, sino la explosión del deseo de un mundo diferente. Aquel fuego no se ha apagado. Luchas y trabajos imparables siguen reavivando en las personas, en
Euskal Herria y en todos los pueblos la llama incombustible que ilumina caminos de libertad, justicia y solidaridad.

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20.- El 68 español

Jaime Pastor
Corriente Alterna (11-5-08)


Pese a las duras condiciones de la dictadura franquista y a la represión que ésta ejercía contra toda forma de disidencia, el impacto del “Gran Rechazo” de aquel año también llegó a
este país y especialmente a las Universidades, convertidas ya por el movimiento estudiantil durante los años anteriores en espacios públicos de protesta política y cultural, una vez
destruido el “sindicato” oficial, el SEU, para ser sustituido por el Sindicato Democrático de Estudiantes (SDEU).

Fue precisamente en medio de un proceso de radicalización del movimiento universitario antifranquista cuando llegaron los ecos de las revueltas que se fueron sucediendo por todo el
mundo y que tuvieron su máxima expresión en la Huelga General en Francia. La existencia de algunos medios de comunicación no oficialistas, entre los que destacaban la revista Triunfo
y el diario Madrid (posteriormente cerrado), junto con las imágenes que pese a la censura difundía la Televisión pública, nos ayudaban a hacernos una idea de una revuelta global con la
cual aspirábamos a identificarnos e incluso a emular.

Antes y después del recital de Raimon

Es muy probable que en la memoria colectiva de quienes vivimos aquel año haya quedado como acontecimiento más simbólico del modesto “mayo español” el recital que el cantante
Raimon dio el 18 de mayo en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid. En efecto, ese acto, celebrado finalmente con la autorización del decano pese
a las presiones policiales, se transformó en una verdadera asamblea multitudinaria no sólo de estudiantes sino también de jóvenes trabajadores que empezaban a construir las primeras
Comisiones Obreras Juveniles y que por primera vez entraban en un recinto universitario. En el transcurso del mismo el apoyo a la figura del Che, víctima del ejército bolivano en octubre
del año anterior, o a la “Comuna” estudiantil francesa y al pueblo vietnamita, junto a la denuncia de la dictadura y de la oligarquía española, fueron algunas de sus manifestaciones más
destacadas. A la salida de ese acto la coincidencia de un grupo de manifestantes en la carretera de La Coruña con el coche en que viajaba la princesa Sofía generó momentos de pánico
en la “ilustre” pasajera y su escolta que se convirtieron luego en la anécdota de la jornada; pero, más allá de ese incidente, el eco de esas acciones no pudo ser silenciado por la prensa
y corrió por todo el país. La canción que dedicó Raimon años más tarde a ese acontecimiento (“18 de maig a la ‘Villa’”) contribuiría a hacer imborrable su recuerdo: “Per unes quantes
hores ens várem sentir lliures, i qui ha sentit la llibertat té més forces per viure. De ben lluny, de ben lluny, arribaven totes les esperances, i semblaven noves, acabades d’estrenar; de
ben lluny les portávem”.

Antes de ese acto se habían desarrollado otros que fueron expresión de un proceso de politización creciente: entre los más emblemáticos cabe mencionar la Asamblea Libre y la
manifestación de febrero de 1965 en Madrid (a consecuencia de la cual fueron expulsados de la Universidad varios profesores, entre ellos Aranguren y García Calvo); la “Capuchinada” de
Barcelona, cuando se constituyó el primer Sindicato Democrático de Estudiantes en marzo de 1966 pese a las detenciones masivas; o la manifestación estudiantil del 27 de enero de
1967 en Madrid en apoyo a una jornada de lucha convocada por Comisiones Obreras.

Ya en los primeros meses del 68 se emprendieron también nuevas acciones reveladoras de la transición que se estaba produciendo en un sector del estudiantado desde un sentimiento
meramente antifranquista a otro progresivamente anticapitalista: la protesta con el lema “No al neocapitalismo. Sí a una Europa Socialista” frente a la visita a la Universidad de Madrid de
Jean-Jacques Servan-Schreiber (autor de un conocido “best-seller” de entonces, El desafío americano) fue un buen ejemplo de ello. Siguieron otros que acompañaron al crecimiento de
las diferentes organizaciones políticas presentes en la Universidad (no sólo el PCE sino también el Frente de Liberación Popular (FLP) y los diferentes grupos maoístas y ácratas).
Después de mayo todas ellas fueron contrastando sus diferentes interpretaciones de la confluencia de obreros y estudiantes en la Huelga General más masiva en la historia de Francia,
buscando a la vez reorientar un movimiento estudiantil que a partir de noviembre del 68 sufrió una dura represión que culminaría en la muerte a manos de la policía del compañero del FLP
Enrique Ruano (con el infame papel jugado por el diario ABC y la pluma de un siniestro personaje, Alfredo Semprún), la toma del Rectorado de la Universidad de Barcelona por los
estudiantes y la declaración de estado de excepción el 24 de enero de 1969. Una medida que ya antes se había adoptado en Euskadi tras la muerte de un militante de ETA, Txabi
Etxebarrieta, por la Guardia Civil y el primer atentado mortal de esa organización contra Melitón Manzanas, un conocido torturador de la policía. Mientras tanto y pese a la dictadura, los
documentos de los Comités de Acción y de las diversas corrientes que se habían difundido en Francia y otros países llegaban a nuestras manos y, con ellos, las obras de pensadores
marxistas publicadas aquí por nuevas editoriales antes de que sufrieran también las consecuencias de las medidas de excepción.

No faltaron durante ese año actos político-culturales como el que, pese a su prohibición, se realizó a finales de octubre en homenaje al poeta León Felipe, fallecido en el exilio, o el
estreno de la obra Marat-Sade de Peter Weiss, bajo la dirección de Adolfo Marsillach, en versión de Alfonso Sastre en el Teatro Español de Madrid; asimismo, eran ya frecuentes los
recitales de cantautores como Paco Ibáñez o la intensa actividad cultural desarrollada desde algunos cine-clubs y Colegios Mayores, convertidos algunos de ellos en sedes de una
embrionaria “Universidad Crítica” cada vez que las Facultades y Escuelas eran cerradas por la dictadura. Tampoco podemos olvidar el papel pionero en el impulso de unas ciencias
sociales críticas que jugó CEISA, un centro privado promovido, sobre todo, por José Vidal Beneyto, en el que impartían conferencias profesores expulsados como Aranguren y otros
ajenos entonces a la “Academia”, como Jesús Ibáñez y Alfonso Ortí, hasta que fue cerrado por el gobierno.

Fraga: “Es mejor prevenir que curar”

Puestos a recordar, no podemos dejar de mencionar a quien en esos años era Ministro de Información y Turismo del dictador, Manuel Fraga Iribarne, el cual asumió sin complejo alguno
la tarea de justificar el estado de excepción declarando que “es mejor prevenir que curar, no vamos a esperar a una jornada de mayo para que luego sea más difícil y más caro el arreglo”.
Esa decisión era, en realidad, la constatación de que ni la creación de una “Policía de Orden Universitario” en las facultades, ni el nuevo “Juzgado de Orden Universitario” ni una
denominada “Organización Contrasubversiva Nacional” (bajo el mando del futuro golpista del 23-F del 81, José Ignacio San Martín) ni el Decreto sobre Bandidaje y Terrorismo aprobado en
ese verano llegaron a ser suficientes para frenar un movimiento al que no dejaron de criminalizar (“envenenados de cuerpo y alma”, “anarquistas, drogados y ateos”, eran los calificativos
que empleó el también ministro Carrero Blanco). Pero, además, en el caso de Fraga, suponía también el desenmascaramiento de la presunta “tolerancia informativa” de la que hacía gala
como ministro al comprobar que no podía controlar la difusión de una protesta mundial que se convertía en nuevo acicate en la lucha contra la dictadura.

Por eso se puede sostener con fundamento que a lo largo de ese año en este país emergió, como en muchos otros lugares, una nueva subjetividad rebelde, principalmente contra el
franquismo pero también frente al capitalismo “opulento” que se nos presentaba como horizonte y a un imperialismo que estaba empezando a sufrir ya en Vietnam una profunda derrota.
Poco después de mayo, la derrota de la “primavera de Praga” por los tanques soviéticos daría a muchos jóvenes de entonces una nueva razón poderosa para apostar por un socialismo
antiburocrático, en ruptura abierta con el stalinismo.

El imposible entierro del 68

En los años siguientes la creación de nuevos grupos políticos y contraculturales se fue extendiendo en muchos lugares, los jóvenes que habían protagonizado esas luchas abandonaban
la Universidad y con ellos las esperanzas de transformar el mundo y cambiar también la vida cotidiana tan asfixiante impuesta por el franquismo llegaban a nuevos lugares. De ahí surgiría
una izquierda radical con un peso social nada despreciable pero también los primeros colectivos feministas y ecologistas que irrumpirían con fuerza a mediados de los años 70. Luego, el
“consenso” de la mitificada transición española permitió la conquista de libertades básicas pero frustró muchas de las expectativas de entonces, conduciendo a gran parte de esa
“generación” por los caminos de la búsqueda del ascenso social individual, el cinismo político, la resignación o, también, la desesperación. Desde entonces, la contrarrevolución
neoliberal se ha esforzado por contrarrestar, aquí y en todas partes, los efectos de aquella “revolución en el sistema-mundo” (Wallerstein) que no llegó a triunfar pero abrió una “brecha” y
un “subsuelo” (Morin) por las cuales se ha ido manteniendo la llama de la insumisión y la desobediencia a los poderes establecidos. Porque, pese a la actual hegemonía neoliberal y a
los intentos de los Sarkozy, Aznar y la larga lista de “conversos” por enterrarlo, nunca podrán borrar el “espíritu del 68”. Más allá de las trayectorias individuales diversas y las anécdotas
de “viejos combatientes” en retirada, aquel espíritu era el de la rebeldía, el de la convicción de que había que estar a la izquierda de lo posible, que el futuro estaba abierto y dependía de
la acción colectiva de los y las de abajo frente a un mundo injusto. Aquí y ahora, éste se nos presenta aún más injusto y destructivo que entonces. ¿Para cuándo un nuevo 68?

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21.- Tres pistas para intentar entender Mayo del 68
El más destacado e intelectualmente autorizado dirigente del movimiento estudiantil de resistencia antifranquista escribe para SINPERMISO sobre mayo de 1968, cuarenta años después.

Francisco Fernández Buey *
Sin Permiso (13-5-08)


Veinte años no serán nada, como dice la canción, pero cuarenta parecen una eternidad. Pienso eso leyendo los artículos conmemorativos del mayo francés del 68 que se están publicando en los suplementos de los periódicos de mayor circulación, todos, o casi todos, dominados de tal manera por el presentismo que lo que ocurrió entonces queda como perdido en una intensa niebla.

Se me ocurre que hay tres pistas posibles para intentar reconstruir aquella historia más allá de la filosofía periodística de la historia dominante.

I

La primera pista la dio Guy Debord. En 1988, cuando se cumplían veinte años de los hechos de mayo, escribió en sus Comentarios sobre la Sociedad del Espectáculo algo que podríamos tomar como punto de partida:

"La primera intención de la dominación espectacular era hacer desaparecer el conocimiento histórico en general, empezando por casi todas las informaciones y todos los comentarios razonables sobre el más reciente pasado. Una evidencia tan flagrante no necesita ser explicada. El espectáculo organiza con maestría la ignorancia de lo que ocurre e, inmediatamente después, el olvido de aquella parte de los acontecimientos que pudo ser conocida. Lo más importante es lo más ocultado. En estos últimos veinte años no hay nada que haya sido cubierto por más mentiras inducidas que la historia de mayo de 1968. Ciertas lecciones útiles podrían sacarse de algunos estudios desmitificadores sobre aquellas jornadas y sobre sus orígenes, pero eso es un secreto de Estado."

Estas palabras de Guy Debord pueden parecer una exageración. Y tal vez lo sea. Pero son también una de esas exageraciones candidatas a la verdad: en lo que hace a mayo del 68, lo más importante es lo más ocultado. Pues la derecha política de entonces redujo la interpretación de los hechos a un gran complot anarco-marxista, a una gran conspiración (que quedaría desmontada en las primeras elecciones que siguieron a las grandes movilizaciones); el gaullismo, que salió fortalecido de ellas, vio en los acontecimientos una "crisis de civilización" a la que había que hacer frente precisamente reforzando "nuestra civilización"; los restos de los grupúsculos marxistas de entonces interpretaron los hechos como una crisis internacional del capitalismo tardío que, a pesar de la derrota de mayo, se seguiría pudriendo; y los nuevos camaleones fueron adaptando su interpretación de los hechos a lo que vino después: principio del fin de las ideologías, gran fiesta lúdico-juvenil, anuncio del individualismo contemporáneo, fin del psicodrama de la era revolucionaria, revuelta reformista, insurrección democrática que anunciaba el retorno a los principios de la gran revolución francesa, origen de los nuevos movimientos sociales, etc., etc.

"Todo mentiras", decía Debord. Se puede decir con una expresión menos drástica: medias verdades que se corresponden bien con lo que luego, en los años que siguieron, hemos sido los unos y los otros o, más directamente, con las trivialidades de base que los mandamases del mundo que de ahí salió y los letratenientes a ellos vinculados quieren que sepan las nuevas generaciones. No estoy hablando de conspiración del silencio, ni siquiera de tergiversación conscientemente construida. Al contrario. Pienso que, en este caso, cuanto más se habla y más se escribe más domina el espectáculo y más nos alejamos todos de lo que realmente fue aquello. Así que no voy a pretender aquí contar la verdadera verdad del mayo del 68. Sólo pretendo contar brevemente mi versión de los hechos con palabras que se acerquen, eso sí, a las palabras que se pronunciaban entonces, la mayor parte de las cuales se han hecho impronunciables, y tal vez incomprensibles, en los tiempos que corren ahora.

Daré dos pistas más.

II

Segunda pista. Mayo-junio del 68 no fue la gran fiesta lúdica, como se viene diciendo casi siempre, sino el gran susto. O aún mejor: una gran protesta estudiantil que se acabó convirtiendo en un gran susto para la gran mayoría. Lo que empezó como un memorial de quejas en las universidades (en Estrasburgo, en Caen, en Nanterre) se convirtió enseguida en un movimiento de protesta social generalizado en las barricadas de París, y, a partir del momento en que se multiplicaron las ocupaciones de fábricas y las huelgas obreras, en un ensayo general revolucionario que asustó a la mayoría de la sociedad francesa del momento.

De ahí el gran susto: se asustaron los burgueses que vieron peligrar sus propiedades; se asustaron los pequeños burgueses que vieron peligrar sus privilegios y los de sus hijos (Chabrol enseña); se asustó De Gaulle que tuvo que echar mano del ejército; se asustó el partido socialista que creía pasada la época de las revoluciones; se asustó el partido comunista, que aún hablaba de revolución en general pero no de esa; se asustaron los sindicatos que se vieron rebasados por la espontaneidad de los consejistas en las ocupaciones de fábricas y criticados por los estudiantes por su inconsecuencia; y se asustó una parte de los intelectuales y profesionales que vieron con buenos ojos el arranque de los acontecimientos y todavía se solidarizaron con el movimiento en el momento de la represión, pero que no pudieron aguantar la acusación de ser unos mandarines al servicio del sistema, una acusación cada vez más repetida por los comités de obreros y estudiantes.

Del gran susto salió el viaje de De Gaulle a los cuarteles. Del viaje de De Gaulle a los cuarteles salió la gran reacción de junio en París: una grandísima manifestación de todas las fuerzas de la conservación el 30 de mayo. El 13 de junio De Gaulle decretó la disolución de las organizaciones trotskistas y maoístas, así como la del Movimiento 22 de Marzo, en virtud de una ley del Frente Popular establecida en su momento contra ligas paramilitares de extrema derecha. Los responsables de la O.A.S. exiliados regresaron a Francia. Y de la gran reacción de junio salió la victoria de la derecha en las elecciones (de una derecha que, conviene no olvidarlo, entonces estaba a favor del orden y del Estado, pero también del "estado de bienestar", de las reformas sociales y culturales, de una reforma progresiva de la universidad y hasta, en algunos casos, de la "contracultura bien entendida").

Los estudiantes rebeldes se despidieron que con una frase que se hizo célebre: "Es sólo el comienzo. La lucha continúa". Pero ¿fue realmente aquel mayo un comienzo o fue más bien el final de una época? En agosto de 1968, las tropas del Pacto de Varsovia aplastaron la rebelión de Praga, que fue percibida como más de lo mismo en el otro lado del mundo de la guerra fría, y la mayor parte de los rebeldes y revolucionarios de Francia (y de Europa) que habían puesto casi todas las esperanzas en la revolución autogestionada y autogestionaria se quedaron sin modelos y casi sin amigos. Asesinados Lumumba (el símbolo de la revolución africana) y Guevara (el símbolo de la revolución latinoamericana), sólo quedaba Vietnam. Y no es casual que Vietnam haya sido, a partir de 1968, el único símbolo positivo que ha unido en la calle a todos los restos del sesentayochismo.

Ese es el origen de la otra gran depresión del siglo XX, de la depresión subjetiva, por así decirlo, de la gran depresión de la izquierda rebelde y revolucionaria. Lo que vino después es lo que suele venir después en estos casos: "revoluciones pasivas" o contrarrevoluciones que se presentan a sí mismas pomposamente como "revoluciones culturales" o "revoluciones de la vida cotidiana", que recuerdan vagamente, por las palabras que se pronuncian, lo que quisieron quienes perdieron, pero que por lo general consisten en la integración por el sistema de todo aquello que puede ser integrado sin que cambie lo esencial, o sea, la propiedad del dinero, la propiedad del poder, la propiedad de los medios de producción, el mando en plaza.

De la gran depresión producida por la derrota del 68, y no de las ideas que se expresaron en mayo del 68, salió lo que luego se ha llamado individualismo contemporáneo. Una de las grandes manipulaciones mediáticas de los últimos treinta años ha consistido precisamente en convencer a las gentes que ya no vivieron aquello de que el individualismo contemporáneo es hijo del mayo del 68. Nada más lejos de la verdad. El individualismo contemporáneo es hijo de los que vencieron a los estudiantes y obreros rebeldes del 68. O tal vez el hijo pródigo del matrimonio de éstos con quienes, habiendo perdido, se resignaron para acomodarse a la derrota.

III

Tercera pista. Muchas veces se ha dicho y se ha escrito en los últimos tiempos que los movimientos sociales nuevos, críticos y alternativos, tuvieron su origen en el mayo francés del 68. Pero también esto es inexacto. Y conviene precisarlo.

No hay duda de que 1968 representó el momento culminante de uno de los movimientos sociales más activos e interesantes de la segunda mitad del siglo XX, el movimiento estudiantil o universitario, que, por supuesto, no se redujo a los acontecimientos de Francia y que produjo manifestaciones importantes en los cuatro puntos cardinales: en Berkeley y en Milán, en México y en Barcelona y Madrid, en Berlín y en Tokio, en Londres y en Praga y en Varsovia.

Hay dos rasgos o características que aparecen reiterativamente y con mucha fuerza en todos (o casi todos) los movimientos estudiantiles de entonces, y que, efectivamente, heredarían los movimientos sociales posteriores. Me refiero al antiautoritarismo y al antiimperialismo. Antiautoritarismo no sólo en el sentido de la crítica de la autoridad de la familia, del Estado, de las iglesias y del mandarinato existente en la universidad, sino también como autonomía radical respecto de todos los partidos políticos del arco parlamentario. Y antiimperialismo entendido como oposición a los dos modelos socioeconómicos cristalizados durante la guerra fría. En líneas generales estos rasgos pasarían, ya en los años setenta, a la crítica feminista del patriarcado, a la crítica ecologista de la sociedad industrial y productivista y a la crítica pacifista de la estrategia militar del terror.

Pero si por movimientos sociales nuevos entendemos lo que por entonces empezó a llamarse "nuevo feminismo", o ecologismo o pacifismo, hay que decir enseguida que el mayo francés del 68 tuvo muy poco que ver con eso. Basta para probarlo con ver los documentos escritos y orales que han quedado de las asambleas de Nanterre y la Sorbonne: ahí hay muy poco feminismo, casi nada de ecologismo y, desde luego, nada de pacifismo.

Sintomáticamente no hay ni una sola mujer entre los líderes destacados del movimiento y las grabaciones que han quedado (cintas magnetofónicas y cinematográficas) muestran que a las mujeres apenas se las dejaba tomar la palabra en los comités. Es verdad que se citaba Reich y se hablaba de sexualidad liberada, pero mayormente para varones. El primer cartel publicitario détournée, que muestra a una mujer acariciándose los pechos mientras de su boca sale el gemido orgasmático ( "Ahhhhhh!!! La Internarnacional Situacionista!!!") no era precisamente una representación del gusto del nuevo feminismo...

Las alusiones a los hyppies y a los beatknis que hay, por ejemplo, en los textos situacionistas de entonces son todas despreciativas o paródicas. Y el lenguaje y el tono de la mayoría de las intervenciones en las asambleas y en los comités de ocupación, así como el de la mayoría de los panfletos escritos, era más bien "guerrero", crítico del militarismo, sí (particularmente cuando se hablaba de la intervención norteamericana en Vietnam), pero también exaltador de la violencia revolucionaria, ya fuera en términos leninistas, guevaristas, consejistas, maoístas o para recordar las virtudes de Durruti, de los combatientes del Vietcong o del general Giap.

Los orígenes del feminismo, del ecologismo y del nuevo pacifismo que cuajarían como movimientos en las dos décadas siguientes no están ahí. Hay que buscarlos en otros sitios: en las universidades norteamericanas, en las manifestaciones británicas contra la guerra (organizadas por el Comité Russell, entre otros), en los discursos de Luther King y en la Universidad Libre de Berlín.

Para no alargar más este punto y concluir con la tercera pista pondré aquí un sólo ejemplo. El eslogan más célebre y más veces repetido del mayo francés fue: "La imaginación al poder". Todo el mundo lo ha oído repetir muchas veces como símbolo de lo que allí se cocía. Repetida cientos de veces por los grandes medios de comunicación, esa frase se trivializó hasta el punto de que, fuera ya de su contexto, parece sugerir una de estas dos cosas: hyppis y provos, protesta lúdica, ecologista y pacifista. Así sonaba ya años después de que fuera escrita por primera vez. Y sin embargo lo que quiso decir con ella quien la escribió no tiene nada que ver con pacifismo, protesta lúdica y medio-ambientalismo. Voy a restituir su sentido original (las cursivas son mías) para que se pueda comparar. Esa frase cerraba una breve pero contundente declaración de principios en la entrada principal de la Sorbona de París, asediada por la policía. La declaración decía así:

"Queremos que la revolución que comienza liquide no sólo la sociedad capitalista sino también la sociedad industrial. La sociedad de consumo morirá de muerte violenta. La sociedad de la alienación desaparecerá de la historia. Estamos inventando un mundo nuevo original. La imaginación al poder."

No es extraño que unos años después Guy Debord dijera que había para morirse de risa, al constatar lo que la "sociedad del espectáculo" había conseguido hacer con esa y otras muchas frases célebres del movimiento del 68.

* Francisco Fernández Buey es catedrático de Filosofía Moral en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y autor del libro "Utopía e ilusiones naturales" (Ediciones del Viejo Topo, Barcelona, 2007).

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22.- 1968 y la década del caos

Mario Osava
IPS (13-5-08)


1968 es un año símbolo, pero no necesariamente un año síntesis. Acontecimientos espectaculares, violentos y multitudinarios le imprimieron el sello de revolucionario, pero definir la naturaleza de esa revolución es lo arduo. Los enigmas y las polémicas se han hecho interminables.

Ampliar el foco a la década ayuda a entender el contexto en el que 1968 ingresó a la historia, con la insurrección estudiantil de mayo en Francia, la invasión de tropas soviéticas a Checoslovaquia, y la ofensiva del Tet que determinó la derrota de la intervención estadounidense en Vietnam. Algunos autores franceses se refieren a los "años 1968".

Años más o menos, en la década de 1960 surgió en Italia la reacción contra los manicomios, se vivió el auge de las luchas negras por los derechos civiles en Estados Unidos, nacía el movimiento de los homosexuales, el feminismo se volvía más complejo, ampliando sus objetivos de la simple igualdad a la equidad de género y los derechos reproductivos. El ecologismo daba sus primeros pasos, despertando a la importancia vital de la diversidad biológica.

El reconocimiento de la diversidad como valor y principio vital, contrariando siglos de entronización de la homogeneidad --"masificación" era el término de la época-- fue una transformación que el mundo sufrió en aquella década.

Pasó a estar a la orden del día el respeto a la diversidad étnica, sexual, humana, biológica, de pensamiento, religiosa, cultural. En este aspecto, el tropicalismo brasileño estuvo más acorde con los nuevos tiempos que otras corrientes artísticas y que los propios militantes revolucionarios.

La industrialización de las sociedades había exacerbado la esquematización de casi todo, en nombre de la productividad. La familia debía tener padre, madre y dos hijos (desde el salario mínimo hasta los automóviles fueron concebidos para cuatro personas), la escuela era una fábrica de profesionales calificados. Casas, ropas, comidas, carreras, todo lo más parecido posible, hecho en una línea de producción.

El ideal de uniformización no tenía ideología, de allí que el comunismo lo llevara más a fondo, con la vigencia de partidos únicos que intentaban extirpar las ideas disidentes.

Esta tendencia se hizo más evidente en la alimentación, por ejemplo. En el transcurso de su historia, la humanidad se alimentó de unas 10.000 especies vegetales, hoy reducidas apenas a 150, y con más de la mitad del volumen consumido concentrado en sólo cuatro: arroz, papa, maíz y trigo. Este es uno de los factores de la actual crisis alimentaria.

Las nuevas perspectivas de supervivencia de los indígenas con sus lenguas y culturas, como pueblos con identidad propia, también son producto de la "revolución de la diversidad" que puede ubicarse en los años 60, así como la libre opción sexual, la ciudadanía de las personas con deficiencia y la idea de inclusión en general.

El ser indígena ya no es, como se creía, un estadio prehistórico que se supera con la extinción o la asimilación.

No se trata sólo de valores o derechos reconocidos, sino también del enriquecimiento de la humanidad, de mayor creatividad y, a menudo, de nuestra supervivencia. Pero son ideas que demoran en arraigar. Sólo ahora, Bolivia y Ecuador buscan definirse como estados plurinacionales, y en Brasil aún hay generales que ven los territorios indígenas en la frontera como amenazas a la soberanía nacional.

América Latina obtuvo su potencial de agitación política con la Revolución Cubana y el "Ché" Guevara asumiendo la misión de diseminar guerrillas, hasta ser asesinado en 1967 en Bolivia. Los grupos insurgentes se volvieron habituales, inclusive en la próspera Europa.

La rebelión de 1968 devino pandémica sobre todo por el movimiento estudiantil. En Brasil desafió a la dictadura con la "Passeata dos Cem Mil" en Río de Janeiro y con otros choques callejeros con la policía, hasta la captura y prisión de toda su dirigencia en octubre de aquel año.

En México, los estudiantes tuvieron como respuesta la masacre de la plaza de Tlatelolco, con decenas o cientos de muertos, nunca se ha sabido con certeza. Alemania, Estados Unidos, Italia, Japón y otros países ricos y democráticos también reprimieron con violencia a sus jóvenes.

El mayo francés fue emblemático por la amplitud de la sublevación y de los cuestionamientos. Las barricadas de París contagiaron a millones de trabajadores que paralizaron el país, ocupando unas 300 fábricas. "Prohibido prohibir", "abajo el Estado", "la imaginación al poder", "sé realista, pide lo imposible" o "no confíes en nadie mayor de 30 años" fueron lemas imperativos de los manifestantes.

La furia del rechazo a todo fue el grito de libertad de una juventud emergente que ya no podía tolerar las camisas de fuerza heredadas.

La píldora anticonceptiva existía desde 1960, pero la moral vigente reprimía el sexo. Nada de relaciones sexuales antes del casamiento. Las religiones eran omnipresentes y castradoras. Ser ateo era casi un crimen. Y el pelo largo una señal de delincuencia. El orden jerárquico era absoluto, casi militar, en las relaciones familiares, laborales y escolares y entre el Estado y la sociedad.

Europa prosperaba, con un sistema de protección social sin precedentes. Pero era una euforia de reprimidos, al menos para los estudiantes.

Hoy cuesta imaginar que la segregación racial era legal en muchos estados estadounidenses hasta 1964, cuando se aprobó la Ley de Derechos Civiles, reivindicación del movimiento negro cuyas protestas se volvieron masivas a partir de 1955. En aquel año, Rosa Parks se negó a ceder su asiento en el autobús a un blanco, iniciando una rebelión contra la ley segregacionista de Alabama. En 1968 fue asesinado Martin Luther King, el principal líder negro.

La intolerancia reinante se agravaba por la guerra fría, que aterrorizaba al mundo con la inminencia de una conflagración nuclear y cercenaba la actividad y las ideas políticas con las "fronteras ideológicas".

En Brasil o se era parte de la " civilización occidental, cristiana y democrática" o comunista, y por tanto sujeto a prisión y torturas a partir de 1964.

La cosa no era muy diferente del otro lado de la "cortina de acero". La invasión de Checoslovaquia en agosto de 1968 sofocó un intento de flexibilizar el régimen con un "socialismo de rostro humano". Muchas insurgencias de entonces fueron esfuerzos para crear un socialismo distinto del soviético, y en ese aspecto la Revolución Cubana fue una esperanza frustrada.

Pero fue también una época extremadamente creativa. No sólo dio origen a los más diversos movimientos, sino a una gran variedad de nuevas ideas y creaciones artísticas. Los grandes compositores populares brasileños surgieron en aquellos años, así como el educador Paulo Freire, la iglesia progresista, la Teología de la Liberación.

Era un período de utopías, esperanzas y generosas entregas. En África nacían nuevos países independientes, algunos luego de sangrientas guerras anticoloniales, como Argelia --con un millón de muertos--, y con promesas revolucionarias. También se intentaban "revoluciones pacíficas", como la elección de Salvador Allende en Chile, en 1970.

Fueron ilusiones, en la mayoría de los casos. Allende murió en el golpe de Estado de Augusto Pinochet, en 1973. Los gobiernos africanos autoproclamados marxistas eran una imposibilidad que acabó en guerras internas y corrupción. Muchos manifestantes del mayo francés saludaron la Revolución Cultural china, ignorando que ella entrañaba la negación del espíritu libertario de los estudiantes.

No por casualidad, también en los años 60 se desarrolló la "teoría del caos", o de los sistemas dinámicos no lineales. Esos estudios constataron que pequeñas alteraciones en un sistema, antes consideradas despreciables, pueden alterar por completo el resultado. Es el llamado "efecto mariposa", el aleteo que puede provocar tempestades del otro lado del mundo, un grado de incertidumbre que fue incorporado a las ciencias.

"Todos somos sujetos" fue uno de los gritos de 1968. El estudiante no es un "pre-ciudadano" aún en formación. Las minorías, las mujeres, todos son actores relevantes y con causas propias.

Se rompieron también las amarras de la izquierda. La revolución y la lucha por conquistas sociales dejaron de ser privativas de los obreros y los sindicatos, como postulaban los marxistas. Los movimientos sociales se multiplicaron y ganaron las calles, desembocando en la fragmentación actual. El mundo siempre fue un mosaico no lineal, sólo que hasta entonces no era reconocido como tal.

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23.- Lo que vale la pena aprender de Mayo del 68

Luis Roca Jusmet
Rebelión (14-5-08)


Numerosos periódicos y seminarios nos recuerdan lo que significó en aquel París de mayo de 1968, cuando miles de jóvenes, estudiantes y obreros salieron unos días a la calle a manifestarse por un cambio social. Las interpretaciones son muchas y muy interesadas y seguramente muchas de ellas aunque sean contradictorias entre sí., ya que no era un movimiento planificado y sí un síntoma de muchas cosas que no funcionaban en la sociedad que estos jóvenes ( mis hermanos mayores) rechazaban. Y aquí quiero señalar dos aspectos de este síntoma para realizar a partir de ellos una breve reflexión sobre nuestro presente. Un aspecto contra el que se levantaban era el autoritarismo y el otro el malestar. Analicemos los dos aspectos.

La sociedad de sus (nuestros) padres era muy autoritaria en todos los ámbitos de la vida cotidiana, desde la familia ( patriarcal) hasta política ( El Presidente de Gaulle o su reverso, el PC francés) pasando por supuesto por las instituciones educativas. Decía Kant, un gran filósofo, que la sociedad, ya a finales del Siglo XVIII, estaba llegando a su mayoría de edad porque el hombre estaba dispuesto a pensar por sí mismo, ya no necesitaba tutores que pensaran por él. Esto era una de las cosas que pedían aquellos jóvenes, la palabra, el que se les dejaran pensar por ellos ( nosotros ) mismos. Podemos preguntarnos ahora si en estos cuarenta años hemos ganado algo en este sentido. Yo dirían que no, que más bien hemos retrocedido. Un filósofo contemporáneo ( y vinculado al movimiento ) Michael Foucault, hablaba de la biopolítica y decía que el Estado cada vez administraba más la vida de los ciudadanos. Y es tremendamente cierto como podemos constatarlo en dos aspectos: la sanidad que ahora es Salud y la enseñanza que ahora es Educación. El cambio de nombre no es casual: El Estado quiere decirnos como hemos de vivir ( y hasta cuando, como demuestra la prohibición de la eutanasia) y también como nos hemos de formar como personas. Y esto nos coloca a los maestros y profesores ( que es mi profesión) y a los médicos en una situación imposible porque hemos de decir a los ciudadanos como educar a sus hijos y como vivir para llegar a este Ideal determinado por el Estado.de Salud física y mental.

El otro aspecto es el malestar, la infelicidad. Aquellos jóvenes veían ( veíamos) que la forma de vida de nuestros padres, que la generación que heredábamos no era una sociedad de personas felices. Y que el consumo como expectativa solo generaba insatisfacción.La felicidad, ya lo sabemos, es una cosa muy compleja y que solo puede medirse en términos subjetivos ( objetivarla es uno de los aspectos de la biopolítica, que también nos dice como ser felices). Pero aquellas gentes no parecían muy felices y queríamos otra vida, intentarlo de otra forma. Quizás tenía algo de ingenuidad porque como decía el viejo y sabio Freud la civilización comporta represión y por tanto malestar y nadie está dispuesto a negar las ventajas de un mundo civilizado. Pero aún aceptando esto podemos aspirar a un grado de felicidad y no conformarnos con ser víctimas de unas costumbres y una manera de vivir con la que no nos identificábamos. Podemos preguntarnos también si cuarenta años después, en las llamadas sociedades avanzadas, somos más felices. Y yo también diría que no. La sociedad cada vez parece producir más infelicidad y la depresión tiene características de plaga social, añadida a otras como al anorexia, las adicciones... Parece cumplirse la fatal predicción de Nietzsche cuando decía que lo que llegaría si no eramos capaces de transformar los valores era el nihilismo del último hombre. Y aquí Nietzsche señalaba una cuestión central que era que para vivir intensamente, para querer vivir hay que aceptar el dolor y la muerte. Y no aceptamos ni una cosa ni la otra por lo cual nos convertimos cada vez más en individuos que lo único que quieren es no sufrir y negar la propia finitud, la propia muerte. Y el precio es vivir a mínimos y guiados por una sociedad que cada vez nos ofrece más servicios para ser un rebaño que tiene la vida cada vez más reglamentada y que va desde los objetos tecnológicos hasta el turismo de masas, que por otra parte crean cada vez nuevas y mayores obligaciones para todos los que componemos, mal que nos pese, este rebaño.

Podemos pensar entonces que lo que vale la pena recoger de aquel movimiento es la lucha por la autonomía y la lucha por la felicidad. Y esto, mal que nos pese, no es solo incompatible con el autoritarismo o las costumbres represivas ya que como bien nos recuerda Zizek ( que también reflexionaba en este rotativo de forma muy inteligente días pasados sobre el Mayo del 68) ahora el imperativo es que hay que gozar. Con lo que es realmente incompatible es con el capitalismo. Ya sé que no conocemos alternativas globales y las que se han ensayado han fracasado pero hay que introducir una lógica diferente a él para conseguir el máximo de felicidad colectiva y el máximo de autonomía personal. Como ya vieron bien los jóvenes del Mayo del 68 con sus consignas anticapitalistas lo que nos ofrece el sistema es un engaño : una satisfacción aparente a través del consumo que no es felicidad y un individualismo que no es autonomía real. En todo caso

Vale la pena no olvidarlo y buscar algo mejor que lo que tenemos. Estos valores de los que hablo, no lo olvidemos, sí son muestras del Progreso, que nos es otra cosa que lo que ganamos colectivamente en felicidad y en libertad. Y es incompatible con el capitalismo.

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24.- Un aniversario: ¡Ay, 68!

Joseba Macías
Gara/Rebelión (14-5-08)


Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la impugnación permanente del orden establecido adquiría la categoría de tendencia universal. En todo el planeta, de norte a sur y de este a oeste, la estética de la protesta y de la rebelión como actitud vital llenaba las calles de una nueva cultura, plural, heterogénea, diversa que, pese a sus distancias y contextos, tenía muchos puntos convergentes. El más importante, quizá, el intento de acabar con el encorsetamiento de un “viejo régimen” (capitalista, colonial o pseudosocialista) que basaba su estructuración en un juego de dicotomías aparentemente complementarias: gobernantes-gobernados; padres-hijos; personas con estudios-personas sin formación; hombres-mujeres; señores de la metrópoli-nativos de las colonias; empresarios eficaces-obreros irresponsables… La respuesta fue global. Matizada, propia, adecuada a cada realidad. Pero universal. ¿Existía acaso tanta diferencia entre las peticiones de los jóvenes afroamericanos salvajemente reprimidos por el ejército en las calles de Estados Unidos o los estudiantes checoslovacos que reclamaban un socialismo propio y en libertad frente a los tanques soviéticos? ¿No se pueden establecer multitud de puntos en común entre la resistencia palestina a la ocupación sionista después de la Guerra de los Seis Días y la lucha a tiempo completo del pueblo vietnamita contra la brutal invasión norteamericana? ¿No eran idénticas las balas que disparaban, por ejemplo, la policía mexicana, uruguaya o brasileña a las utilizadas por sus “compañeros de armas” en Berlín, Roma o Tokio? El derecho a ser libre, como tantos otros derechos, no tiene fronteras. Pero la teorización necesita de la conciencia. No suele ser un territorio común en la historia de la humanidad. No ocurre a menudo, es cuestión de una particular confluencia de astros en el siempre contradictorio universo social. Ocurrió, por ejemplo, en 1968 digan lo que digan. Algo así como una, en palabras de Jean-Paul Sartre, expansión del campo de lo posible. Quizá por eso hoy, cuarenta años después, seguimos evocando un tiempo colectivo, anónimo, lleno de imágenes e iconos simbólicos cuya banda sonora, como las buenas composiciones corales, tiene un final abierto siempre por escribir.

1.1 Nuevo Tiempo, Nuevas Actitudes

Habían pasado muchas cosas en el mundo desde la tragedia de la II Guerra Mundial que, una vez más, llenaría los campos del planeta de sangre joven. Ahora, en occidente, los “milagros económicos”, el nuevo desarrollismo, el tiempo de bonanza y de los nacientes rituales del consumo socializado darían paso, sí, a una nueva prosperidad aparente pero también, gradualmente, a la ascensión de una generación inconforme llena de preguntas sin respuestas. Atrás quedaba el escepticismo existencialista, la desorientación ante la caída de los valores sustentadores del sistema, la desesperanza y el nihilismo, la privatización de la vida y los sentimientos… El “guardián entre el centeno” empezaba a mirar con nuevos ojos un mundo en ebullición: el sueño de la liberación llegaba desde la periferia del sistema (Argelia, Cuba, Palestina, Vietnam, Africa subsahariana) pero ahí no acababa todo. La nouvelle vague comienza a plantearse un nuevo concepto de solidaridad práctica: el “por qué no aquí también” se va a convertir, progresivamente, en una verdadera palabra de orden para toda una generación. Nuevos tiempos, nueva literatura, nuevo cine, nuevas artes, nueva cultura… Todo es nuevo y los Beatles, los Rolling Stones, Eric Burdon, Jimi Hendryx o Los Doors se encargan de la ambientación musical. Cultura de la creatividad, de la búsqueda de la naturaleza entre los semáforos, de nuevas formas de asociación o de vida en común, cultura del cuerpo, de la convivencia con las drogas, de la religión secularizada, de la rebelión… Pluralidad de universos para una nueva generación de contestación activa. Del “beat” al “hippismo”, del “hippismo” al “compromiso militante”… Todo está preparado para el “asalto al cielo”. Y la odisea planetaria tiene fecha para el comienzo de la expedición.

1.2 Un Año Intenso

Es cierto que la vocación onomástica nos lleva a las calles de la rive gauche en el 68 pero hace 40 años pasaron muchas cosas. Quizá demasiadas para un calendario saturado de acontecimientos. Fue París, sí, y Praga y México y Varsovia y Berlín y Tokio y Montevideo y Roma y Berkeley… Un año intenso. Más allá de Vietnam y de la contestación interna en Estados Unidos a la guerra y a la permanente segregación racial, de la masiva respuesta juvenil y obrera en Europa Occidental, de la denuncia del “socialismo real” en Praga o de la masacre de la Plaza de Tlatelolco en México en la cuenta atrás de la inauguración de las Olimpiadas, 1968 refleja en su agenda un tiempo permanente de tensión e intensidad vivencial sin tregua. En enero, Christian Barnard practicaba en Ciudad del Cabo el segundo trasplante de corazón de la historia (el paciente era blanco, el donante mulato) y en Hamburgo los estudiantes pedían la distribución gratuita de anticonceptivos… En febrero un ciudadano francés tiraba desde lo alto de la Torre Eiffel un televisor en protesta contra la decisión gubernamental de introducir publicidad en la programación… En marzo se estrenaba mundialmente la película “Bonny and Clyde” entre fuertes críticas por su “benevolencia con el mal”… En abril Broadway abría sus puertas a “Hair”, el primer musical rock que llegaba al “templo mundial del teatro”… En mayo, el líder de los Panteras Negras Stokely Carmichael se casaba con la cantante sudafricana Miriam Makeba y se interrumpía el Festival de Cine de Cannes en solidaridad con los estudiantes parisinos… En junio se sucedían los enfrentamientos en diversos puntos del mundo ante el estreno de la cinta militarista “Boinas Verdes” (“The Green Berets”) dirigida y protagonizada por John Wayne y el militante vasco Txabi Etxebarrieta moría por disparos de la Guardia Civil en Tolosa en un enfrentamiento en el que también perdía la vida el agente José Pardines … En julio se repartían en Cuba de forma gratuita 600.000 ejemplares de “El diario del Ché en Bolivia” recuperado tras un envío confidencial… En agosto tres periodistas griegos eran juzgados en los tribunales militares por haber afirmado que Platón y otros grandes autores de la Grecia clásica eran homosexuales y 663 sacerdotes latinoamericanos enviaban un mensaje al Congreso Eucarístico a celebrar en Bogotá en el que pedían el reconocimiento del derecho de los pueblos a rebelarse ante la injusticia… En septiembre se le prohibía a Luis Buñuel rodar en la catedral francesa de Senlis escenas para su nuevo film, “La Vía Láctea”… En octubre, en los Juegos Olímpicos de México, Tommy Smith (medalla de oro y record mundial de 200 m en 19”8) y John Carlos (medalla de bronce en la misma prueba) recogían las medallas descalzos y saludaban los compases del himno norteamericano con el puño envuelto en un guante negro, símbolo del Black Power. Eran expulsados de los Juegos pero el acto sería repetido en ceremonias posteriores por otros atletas afroamericanos… En noviembre un atentado en un mercado en la zona judía de Jerusalén dejaba 12 muertos, la acción más violenta desde la ocupación militar de la ciudad por el Ejército israelí en 1967… En diciembre, 2.000 científicos de todo el mundo firmaban un manifiesto contra la encíclica papal opuesta al control de la natalidad y 1.500 intelectuales españoles redactaban un documento pidiendo una investigación en profundidad con motivo de las torturas infligidas a los detenidos por el régimen…

Año convulso, intenso, lo decíamos. Las calles se llenan de “jóvenes airados” que son recibidos con un material represivo de nueva generación en manos de la policía o los periodistas, tanto monta en la división de funciones, para una puesta en común nada sorprendente: “¿De qué se quejan? ¿Por qué protestan?”. Miles de editoriales, horas de radio y televisión plantean las dudas del orden establecido que, pese a todo y entre líneas nunca reconocidas, comienza a mostrar un sentimiento de culpa demasiado profundo. La clase media se radicaliza y los nuevos proletarios del mundo se anticipan a Elio Petri en su transvase al paraíso… Y todo ello entre los rituales militantes de los inmisericordes sacerdotes de la verdad absoluta que agitan con prestancia rítmica los manuales insoslayables de Mao, Trotski, Marcuse, Althuser, Protopkin o Debord, de acuerdo a una denominación de origen particular e intransferible. Atomización y sectarismo. La larga y más de una vez trágica historia de la izquierda conjuga muy bien estos términos. ¿No pasó también en el 68? ¿O, seamos optimistas, fue precisamente esa “diversidad de principios” la que propició su “riqueza escénica”? En el entreacto, nos quedan los debates habituales adecuados a los nuevos tiempos. Luego volveremos sobre ellos, no hay prisa, a la hora del cierre y el balance. Quedémonos ahora, si os parece, con el acercamiento a los hechos, con la cronología de unos acontecimientos que estremecieron al mundo aunque John Reed los siguiera esta vez desde su mausoleo en el Kremlin. Geografía plural y tres puntos como referencia: Praga, París y México DF. Lo hemos dicho: no lo fueron todo pero sí, sin duda, los más significativos.

1.3 Ocho meses de Primavera en Praga

1956 había marcado el principio del fin. Las revelaciones hechas públicas por el dirigente soviético Nikita Krushev en el Informe Secreto presentado en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, no dejaban lugar a dudas entre los todavía muchos escépticos: Stalin había propiciado el “culto a la personalidad”, su mandato se había caracterizado por la arbitrariedad y brutalidad, había dirigido el terror en masa de las purgas… Un as en la maga, es cierto, en el juego por el poder en el seno del PCUS. Pero también un intento de aggiornamiento y fortalecimiento de la unidad en plena guerra fría. El impacto en el seno de la URSS y la Europa del Este fue demoledor. Los escritores y la juventud, sectores con mayor autonomía, se encargarán de buscar nuevos espacios de debate y participación desde la asunción de los ideales socialistas. No fue tarea fácil. El disentimiento y la protesta se identifican pronto, en la propaganda oficial, con las maniobras occidentales para acabar con una experiencia social alternativa. Había, es cierto, elementos que así lo corroboraban. Pero tampoco deja de ser verdad que muchas conciencias honestas terminarían condenadas en el “basurero de la historia” bajo el extendido epígrafe de “agente enemigo”.

Las primeras grandes reacciones tendrán como escenario Hungría, Polonia y Checoslovaquia. La idea de que el proceso de desestalinización abierto va a favorecer una mayor liberalización bajo los parámetros del sistema, corre paralela al deseo de no pocos jefes comunistas locales de conseguir ampliar sus niveles de autonomía dentro de la supeditación al “hermano mayor”. En Hungría la frustrada rebelión de 1956 terminará con la reinstauración de los mecanismos de control y el fortalecimiento de la hegemonía soviética después de un auténtico baño de sangre, aviso a navegantes. En Polonia, en 1968, los estudiantes toman las calles como respuesta a la prohibición de la representación de una obra de teatro del siglo XIX, “Antepasados”, en la que el poeta Adam Mickiewicz realizaba un canto bucólico al pueblo polaco con un marcado sentimiento antiruso, toda una tradición en la región. Durante dos semanas y con el apoyo tácito de la Unión de Escritores, miles de jóvenes se enfrentan con la policía en distintas ciudades del país, ocupan centros universitarios y de enseñanza.... El Gobierno de Gomulka vuelve a utilizar el recurso semántico de “quintacolumna sionista”, el siempre efectivo factor antisemita como mecanismo legitimador. Al final, el ocaso del movimiento se completa con una larga lista de funcionarios destituidos…

En Checoslovaquia las cosas no van a ser tan fáciles. El 5 de enero de 1968, el ortodoxo militante de la vieja guardia Antonin Novotny es cesado en sus funciones como Primer Secretario del Partido Comunista. Le sustituye Alexander Dubcek, cuyo carisma logra en poco tiempo ser comparable al del yugoslavo Tito, el líder socialista del este europeo que cuenta con un verdadero apoyo sociológico entre amplias capas poblacionales de su país. En Checoslovaquia, estado multicultural y de larga tradición liberal, el Partido va a tomar la iniciativa en el proceso de cambios. Su “programa de acción”, adoptado en abril, habla de la necesidad de una mayor libertad de información y expresión, de propiciar una verdadera democracia socialista que confiera al ciudadano más libertades, de la concesión de permisos para viajar sin trabas burocráticas, de la rehabilitación de los injustamente condenados en los años 50, de una mayor independencia del país en la dirección de su política exterior, de la realización de una gestión en la economía que conceda más protagonismo a la iniciativa de los trabajadores, de la limitación de poderes a la policía secreta, de garantizar y propiciar la libertad religiosa, la creación artística y la investigación científica… El “socialismo con rostro humano” se debate en las calles, en las facultades, en los centros de trabajo, en el sindicato, en las asambleas vecinales… Escritores militantes del Partido como Milan Kundera, Ludvik Vaculik y Pavel Kohout colaboran también al clima general con sus audaces críticas.

El 20 de agosto, 600.000 soldados de la URSS, RDA, Polonia, Hungría y Bulgaria (sólo Rumanía está ausente) ocupan Praga y se establecen en las principales ciudades del país. Dubcek da la orden de no oponer resistencia para evitar una tragedia. Es tiempo de imágenes e iconos para la historia: miles de jóvenes, de personas maduras, rodean en las calles a los tanques del Pacto de Varsovia, hablan con los soldados, buscan una complicidad que nunca llegará… Un 20% de los militantes del Partido son detenidos mientras los nuevos “hombres fuerte” se encargarán de la “normalización”. Alexander Dubcek es cesado de su cargo y trasladado como inspector de la Administración Forestal a los bosques de Eslovaquia donde trabajará las siguientes dos décadas. En 1989, tras la instauración del nuevo gobierno, será elegido simbólicamente como Presidente de la Asamblea Federal. Tres años después muere en un accidente de tráfico. El encabezaría, en definitiva, la primavera más larga de la historia, ocho meses para una estación distinta que mostró al mundo que socialismo y libertad, más que un binomio complementario, debe ser en realidad una redundancia.

1.4 Mayo Fue París.

“Ser progresista consiste en tirar adoquines; ser revolucionario significa enviar los adoquines lo más lejos posible y con precisión”. No hay lugar para la confusión. Las cosas claras. El voluntarismo, el compromiso, se completa ahora con el carácter lúdico de la espontaneidad. París es el sobresalto más allá de mercadotecnias y procesos de adecuación cuarenta años después, resumidos en la consigna de estos nuevos tiempos: “No soy el que era, soy el que soy. Y desde mi presente analizo mi pasado”. Pero no caigamos en provocaciones. Vamos con la historia para situar en su verdadero contexto palabras, gestos y acciones.

En 1963 es inaugurada, en el entonces barrio marginal de Nanterre, la Universidad de Humanidades. Una “facultad piloto” para formar los nuevos cuadros del pensamiento liberal. Los tiempos no acompañan, evidentemente. Dice la leyenda urbana que todo comienza en la primavera de 1967 cuando un grupo de estudiantes masculinos fueron sorprendidos en la residencia de las alumnas, transgrediendo así la férrea norma de la separación de espacios por sexos. También cuentan que estaban viendo un partido de fútbol porque en el salón comunitario de las chicas sí había televisión… Más allá de la anécdota, el 22 de marzo de ese año centenares de universitarios protestan contra los reglamentos interiores. En noviembre, coincidiendo con el inicio del nuevo curso, una huelga general posibilitará la creación de una comisión mixta encargada de plantear al Ministerio de Educación un pliego de reivindicaciones. El 22 de marzo de 1968, cuatro meses después, son ocupadas todas las oficinas de la administración de Nanterre planteando como exigencia central la libertad de expresión política dentro de la Universidad. Entre los representantes del nuevo colectivo, bautizado “Movimiento 22 de Marzo”, destaca un pequeño joven pelirrojo hijo de judíos emigrados alemanes. Su nombre, Daniel Cohn-Bendit. En las calles y en los medios se le conocerá muy pronto como “Dany el rojo”…

Tras las vacaciones de Pascua y como forma de intentar apaciguar las presiones estudiantiles, el decano concede un anfiteatro para las reuniones. El espacio se rebautiza con el nombre “Ché Guevara” y allí se celebra el 2 de abril el primer acto autorizado. El semanario “Le Nouvel Observateur” expresa perfectamente el espíritu del encuentro: “Los estudiantes cuestionan el sistema capitalista en general y, en particular, la función social que asigna a la universidad”. Ni más ni menos. De lo micro a lo macro. Una estructura social montada sobre pilares falsos que exige su transformación urgente, cuestión de voluntades e imaginación. El 19 de abril llegan muy malas noticias desde Berlín: Rudi Dutschke, el líder reconocido de la contestación alemana, el joven estudiante de sociología nacido en la República Democrática que cruza el Muro para no hacer el servicio militar y se convierte en el símbolo de resistencia estudiantil, se debate entre la vida y la muerte. Un ultraderechista (Josef Bachean) le dispara a quemarropa convencido de su “labor purificadora” tras la lectura de las publicaciones permanentemente manipuladoras del editor Springer (que controla el 89% de la producción impresa en la RAF) cuya línea editorial arenga a las masas contra los “gamberros, alborotadores y provocadores comunistas” que siembran el desorden en las universidades alemanas, poniendo el nombre de Dutscke en el punto de mira de la ira incontrolada. En París, dos mil estudiantes salen a la calle en el Barrio Latino para expresar su solidaridad y apoyo a la lucha de sus compañeros berlineses. Le seguirán en las semanas posteriores cortejos de apoyo a la resistencia del pueblo vietnamita, de protesta por la represión policial, de identificación con el compromiso antiimperialista…Grupos neofascistas atacan las manifestaciones y los actos en Nanterre. Pronto se constituirán grupos de autodefensa. El decano ordena la clausura de la Facultad y la policía desaloja violentamente los locales. La respuesta se conocerá como la “semana rabiosa”: la Sorbona se solidariza, el apoyo a Nanterre se extiende a otros centros educativos... También se cierran por orden de las autoridades. En este ambiente de tensión, se suceden durante el día y la noche los enfrentamientos en las calles, las brutales cargas policiales, la alquimia de los cócteles y las piedras. Los medios de comunicación de orden cierran filas en la criminalización del movimiento. El lunes 6 de mayo, 600.000 estudiantes universitarios de todo el Estado francés secundan la llamada a la huelga general. Les seguirán los alumnos de los liceos de enseñanza media. En las calles de la capital se reparten panfletos llamando a la solidaridad obrera. Los jóvenes distribuyen notas permanentes cambiando de táctica ante los ataques policiales. Usan walkie-talkies para distribuir las acciones y los saltos por las calles. Hay anarquistas, maoístas, consejistas, troskistas, leninistas, provos, manifestantes sin filiación. Proliferan las publicaciones partidistas, las paredes hablan, los choques se suceden…

Los “sucesos de París” se convierten en centro del debate en la nación. Todo el mundo opina. Desde la “izquierda institucional”, el secretario general del Partido Comunista, Georges Marchais, critica a los “pequeños grupos izquierdistas, hijos de grandes burgueses y pseudorevolucionarios”. Muy pronto tendrá que cambiar de discurso. La realidad le supera, como tantas otras veces en las últimas décadas. La controversia llega también al mundo de la cultura: el director de cine François Truffaut se separa ideológicamente y para siempre de su compañero Jean Luc Godard. Para Truffaut el verdadero proletariado está representado por los policías, hijos de campesinos. Para Godard no es una cuestión de origen sino de conciencia de clase… En la semana del 7 al 11 de mayo se suceden las manifestaciones, las sentadas, las barricadas, las asambleas en la calle. El lunes 13 las centrales obreras, finalmente, deciden llamar a la huelga general. Más de un millón de personas desfilan por las calles de París entre imágenes del Ché, Fidel, Mao, Ho Chi Minh… Al finalizar, los estudiantes ocupan la Sorbona colocando tres banderas en la cúpula del edificio: la roja, la negra y la del Vietcong. En los días siguientes cerca de diez millones de obreros están en huelga en toda la República. Trabajadores de Renault secuestran a los directores de la empresa y pasan la noche encerrados con ellos en la sede central de la fábrica. El efecto contagio se multiplica: decenas de empresarios son retenidos en diversos puntos del país... La Iglesia católica habla de “crisis de civilización”...

Finalmente las centrales sindicales llaman a la “paz social”. El 22 de mayo tiene lugar una nueva manifestación obrero-estudiantil en París que es salvajemente reprimida. El Ejecutivo prohíbe la reproducción televisiva de imágenes de los enfrentamientos en las calles. El 25, se abren las negociaciones a tres bandas: Gobierno, patronal y sindicatos. El 27 se firman los llamados “Acuerdos de Grenelle”: el “retorno a la normalidad”, en forma de leve aumento de salarios o el pago de los días de huelga, está garantizado. El día 30 de mayo centenares de miles de personas desfilan por los Campos Elíseos en una afirmación de los “principios democráticos”. El “presidente para las grandes ocasiones”, Charles De Gaulle, legitima su poder y tranquiliza las conciencias. Sólo un mes más tarde, el general de una Francia de nuevo liberada obtiene en las elecciones el 40% de los sufragios y el 60% de la representación parlamentaria. El triunfo electoral más importante en la historia de la V República. Pero la larga sombra del 68, la efervescencia contestataria, el espíritu de trasgresión de esas semanas seguirá extendiendo su influencia mucho más allá del aparente retorno al orden. Un impulso que prolonga su esencia de ruptura hasta hoy, cuatro décadas después de que el hormigón armado alterara la indiferencia.

1.5 Los Fantasmas del 68 son Mexicanos.

Lo ha escrito Paco Ignacio Taibo II en su magistral homenaje literario titulado “68” (Traficantes de Sueños, Madrid 2006): “También hay días que me veo a mí mismo y no me reconozco. Son tiempos malos, en que la noche se prolonga del día lluvioso, el sueño no llega y peleo inútilmente con el teclado de la computadora. Y entonces descubro que parecemos condenados a se fantasmas del 68”. Una sensación compartida por muchos mexicanos conscientes de que cuarenta años no es nada. Porque aquel agosto preolímpico en las calles y plazas del Distrito Federal marca demasiado todavía el presente de una sociedad incapaz de asimilar su historia, se llame ésta Revolución o Plaza de las Tres Culturas. Lo expresa como nadie la voz popular: “Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”…

En los años sesenta del pasado siglo la enseñanza superior del país centroamericano se centra fundamentalmente en la Universidad Nacional Autónoma (UNAM), centro neurálgico de los núcleos de pensamiento sustentados en una clase media boyante desde el despegue económico de principios de la década. La reforma y adecuación de los estudios superiores estarán, una vez más, en la base de unas protestas que ya habían comenzado en distintos centros académicos de la República mucho tiempo atrás. Además, como en otras geografías, las demandas políticas y el ansia de superar y transformar una sociedad esclerotizada vuelven a ocupar un lugar central en el universo juvenil. En febrero de 1968 se inicia en la capital del país la “Marcha de la Libertad”, organizada por la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, una forma de denuncia que trata de neutralizar la fuerte represión policial y militar. El contexto regional es también fundamental para la toma de conciencia: la intensa actividad guerrillera en pleno desarrollo de la cultura del “foco revolucionario”, la defensa de una Revolución Cubana siempre y necesariamente en alerta, la muerte del Ché en Bolivia, la actividad de la CIA en el continente, el poder expoliador de las multinacionales norteamericanas…

El lunes 22 de julio se enfrentan los estudiantes de dos institutos de la capital. Los hechos son confusos. Diversas voces señalan que el conflicto surge por el choque de bandas rivales, una triste realidad en la vida de la metrópoli. La policía irrumpe disparando fuego real. El ambiente de permanente agresión y criminalización motiva una convocatoria de marcha para el viernes por parte de la Federación Nacional de estudiantes Técnicos (controlada mayoritariamente por el gubernamental PRI); ese mismo día las Juventudes Comunistas han organizado un acto para celebrar el asalto al cuartel Moncada, símbolo del inicio de la Revolución cubana. Los dos colectivos, pese a sus discrepancias ideológicas, marchan juntos hasta la aparición de la policía que dispersa las concentraciones y da paso a violentos enfrentamientos. Esa misma noche efectivos del estado irrumpen en la sede del Partido Comunista y cierran su órgano de expresión, “La voz de México”. Se producen diversas detenciones. El ambiente de tensión crece. La respuesta en las calles también. Los estudiantes universitarios plantean una tabla de reivindicaciones: destitución de los mandos policiales, desaparición de los granaderos (cuerpo especial del Ejército encargado del mantenimiento del orden publico), respeto a la autonomía universitaria, libertad para los presos políticos, fin de la represión y derogación de los delitos considerados por el código penal como de “disolución social”…

El martes 30 de julio el Ejército pasa directamente al primer plano. Al mando del general Hernández Toledo se lanzan bazookas contra la Escuela Preparatoria de San Ildefonso mientras jeeps y tanques ligeros toman los aledaños de la Universidad. Son hechos prisioneros centenares de profesores y alumnos. La solidaridad se extiende inmediatamente entre los centros estudiantiles de Puebla, Guadalajara, Monterrey, Mérida… El 1 y el 5 de agosto dos enormes manifestaciones recorren la ciudad. El por entonces secretario de Gobernación y dos años después presidente del país, Luis Echeverría, elabora un informe gubernamental en el que habla de un “secreto proyecto subversivo” para impedir la celebración de los Juegos Olímpicos. La represión continúa. A media tarde del martes 18 la policía desconecta los teléfonos de la UNAM y ocupa la Ciudad Universitaria deteniendo en el momento a 500 estudiantes. Ese mismo día, triste presagio, muere en la capital León Felipe, el poeta español exiliado desde la Guerra Civil siempre comprometido con la justicia social y un defensor absoluto de las reivindicaciones de los jóvenes mexicanos. Las calles del Distrito Federal son, de nuevo, una verdadera batalla campal. Hay numerosos muertos y heridos. El 30 de septiembre las fuerzas armadas abandonan la UNAM. Las asambleas estudiantiles deciden no volver a las aulas hasta que sean atendidas todas sus peticiones y convocan un gran acto público para la tarde del miércoles 2 de octubre en la Plaza de Tlatelolco, también conocida como de las Tres Culturas.

A las 17,30 horas una gran multitud acude a la convocatoria. Junto a los jóvenes caminan trabajadores, padres y madres con sus hijos pequeños… Desde media tarde el batallón Olimpia, preparado para la protección de los Juegos, toma posiciones. A las 18,10 y con la explanada de la plaza ocupada por los que han acudido a escuchar a los oradores estudiantiles, los helicópteros de forma totalmente inesperada lanzan bengalas rojas y verdes comenzando un intenso tiroteo de fuego real. Varios miles de personas son blanco directo de los disparos mientras, presas de pánico, comienzan a correr sin un destino fijo. Las versiones oficiales, ampliamente difundidas en la prensa, radio y televisión, hablarán de la necesidad de repeler el ataque de unos francotiradores que nadie llegará a ver nunca. Esa noche el subjefe de policía ordena a sus hombres el control riguroso de los hospitales… Hoy, cuarenta años después, no existe un balance real de víctimas. Los rotativos mexicanos hablarán de un centenar de muertos y miles de prisioneros en cárceles militares. El corresponsal del diario británico “The Guardian” cifra en una crónica de urgencia en más de trescientos los cadáveres contabilizados… Miles de periodistas llegados de todo el mundo para seguir el evento deportivo observan horrorizados los hechos pero son conminados a guardar silencio o a minimizar lo ocurrido. Es inútil. Los muros de Tlatelolco tienen los poros llenos de sangre. Tlatelolco entero sigue respirando sangre mientras los fantasmas del 68 continúan recorriendo México.


2. 68 Y TRANSFORMACION DE LA VIDA COTIDIANA

Una generación que “asalta el cielo” o lo pretende, sí, en el Norte y en el Sur. Pero también que escupe a la cara al orden establecido (ha leído a Picabia) mientras extiende en voz alta el concepto de control social hasta ámbitos no considerados hasta entonces. Quizá sea exagerado, es cierto. Pongamos mejor “no considerados hasta entonces, salvo contadas y limitadas excepciones”.Más acertado. Estamos hablando de una crítica formal y directa a la organización del ocio y el tiempo libre, las relaciones sexuales, la familia, el lenguaje, el medio ambiente, la religión, el deporte, la educación, la liberación de la mujer, el urbanismo, los medios de comunicación o la masificación de las grandes ciudades. Una suerte de collage cultural e ideológico que recibe, no con cierto espíritu provocativo, influencias tan diversas como el anarquismo, el cristianismo de base, el marxismo cálido, el espontaneísmo revolucionario o las reflexiones de la Escuela de Frankfurt. Valores y consideraciones que han seguido vigentes hasta nuestros días, en ocasiones fortaleciendo incluso postulados antagónicos. Pero no equivoquemos la ruta. Esto es otra cosa: lo viejo frente a lo nuevo. El cambio será también en el entorno inmediato o no será. Fin a los intentos de postergar las transformaciones pendientes hasta la conquista de otro Palacio de Invierno. Ahora o nunca, todo queda bajo cuestión. ¿Es difícil entender, entonces, la triste reacción de, por ejemplo, la izquierda tradicional francesa convertida de hecho en el mejor aliado del statu quo? Contaba Rudi Dutscke, antes de que las secuelas de los disparos fascistas le marcaran para siempre, que cuando cruzó el Muro y participaba en las primeras manifestaciones en Berlín oeste los “ciudadanos bienpensantes” les gritaban: “¿No queréis libertad? Pasad al otro lado”, en clara alusión al estado de vida en la RDA. Ahora, nuevos tiempos, cuando protestan por las calles berlinesas y les lanzan frases similares, tienen respuesta: “¿No queréis orden y seguridad? Cruzad vosotros al otro lado”…

Lo viejo y lo nuevo, lo decíamos. Una “nueva izquierda” que lee con pasión, a veces con verdadera pasión rozando el dogma, los textos de la alienación del joven Marx frente a una “vieja izquierda” siempre sumisa al determinismo económico de “El Capital”. Una “nueva izquierda” que, con Marcuse, se eleva orgullosa a la categoría de “proletariado sustitutivo” y está dispuesta a asumir su papel histórico frente a un movimiento obrero cuyo carisma como sujeto-protagonista-político atraviesa sus horas más bajas. Pero, sinceramente, tampoco hay que exagerar. Los más lúcidos-as siguen hablando de una confluencia de luchas y proyectos, una necesaria historia compartida y con múltiples protagonistas...

Eso sí, hay que hacerse preguntas, siempre hay que cuestionarse todo. Tratar de comprender, por ejemplo, cuál es la razón que explicaría este histórico vacío en la izquierda ante cuestiones permanentemente supeditadas a la “causa superior”. La respuesta llega, curiosamente, desde diferentes ámbitos y geografías. Desde la Europa del Este, desde Occidente y desde el Sur latinoamericano. Tres visiones complementarias lanzadas desde tres contextos absolutamente distintos pero que, realmente, presentan muchos elementos en común. Así, la socióloga húngara Agnes Heller, discípula aventajada del filósofo György Lukács e integrante de la llamada “Escuela de Budapest” considera desde una particular antropología crítica marxista que esta actitud es una consecuencia directa de que la derrota del fascismo no diera lugar al surgimiento de una Europa de izquierdas y que la desaparición de Stalin no significara una transformación radical de la forma de vida en los estados europeos del “socialismo real”… Otro sociólogo, en este caso francés de nombre Henri Lefebvre, considera que el 68 posibilita el “resurgimiento” de unos elementos ya implícitos en la obra de Marx que adquieren caracteres propios en esta época. Una respuesta necesaria y comprensible en el ámbito de las sociedades industriales avanzadas y sus contradicciones: situar en primer plano, en definitiva, la necesidad del poder establecido de la permanente retroalimentación de las relaciones de producción desde la perspectiva del beneficio económico como único elemento regulador. Y, finalmente, una visión desde el Sur. Llega desde Cuba y la protagoniza un médico argentino devenido en guerrillero y luego en ministro. Dos años antes de su muerte en las montañas bolivianas, Ernesto Guevara escribe un pequeño artículo que se va a convertir en manual necesario en las calles de la contestación y las barricadas. Esta vez no se trata de un texto legitimador de la resistencia armada. Simples reflexiones sobre la construcción del socialismo que se convierten en ejemplo de una propuesta distinta, esencialmente racional y humanista. Se llama “El socialismo y el hombre en Cuba” y se trata de un artículo de quince páginas que el Ché dirige a Carlos Quijano, periodista del semanario “Marcha” de Montevideo. Escrito el 12 de marzo de 1965, esboza desde el marco de una joven y nueva Cuba muchas de las preocupaciones que sirven de base analítica en el 68. En él se habla de la sociedad nacida al amparo de la Revolución en la que “el individuo recibe continuamente el impacto del nuevo poder social en un período de construcción del socialismo en el que va naciendo el hombre nuevo”.

De una forma didáctica y sencilla Ernesto Guevara plantea las pautas de la realización del ser humano, una vez rotas las cadenas de la enajenación: “Esto se traducirá concretamente en la reapropiación de su naturaleza a través del trabajo liberado y la expresión de su propia condición humana mediante la cultura y el arte”. Y unas líneas finales que se convierten en himno para la protesta: “La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud: en ella depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de nuestras manos la bandera”…

El proceso de cambio, la expansión de lo real, basa su fuerza en la transversalidad, en la conjunción de luchas, imaginaciones y conciencias. Autogestión, diversificación del poder, autonomía desde la base, guerra a la burocratización, derecho a la diferencia… Nuevas banderas que se agitan por las avenidas de un mundo que se acaba. La imagen se convierte en centro referencial de dos esferas, lo público y lo privado, que dinamitan sus fronteras. Tiempo de iconos, de arte en acción, de recuperación de vanguardias nunca superadas como el surrealismo, de happenings y fluxus, de underground frente al social-cinismo, de sonoridades amplificadas en manos de Greateful Dead, Pink Floyd sin Barret, Los Byrds o Jefferson Airplane y favorecidas por la expansión de la consciencia de forma natural o con una pequeña ayuda de los amigos… Mary Hopkin aparece en la BBC cantando con absoluta ingenuidad “Those were the days”, léase “Qué tiempo tan feliz!”. En fin. ¿Está prohibido emborracharse de felicidad? Prohibido prohibir. Lo dicho y seguimos.

3. ICONOS DEL 68: NOMBRES E IMÁGENES, MILES DE IMAGENES

… Y las calles llenas de jóvenes. Cuestión de estado mental. Jóvenes también como Jean-Paul Sartre, Jean Genet, Herbert Marcuse o Simone de Beauvoir llenando las calles de juventud eterna. Incluso otros, como Michel Foucault, llegan tarde a la fiesta pero llegan. Las obras de todos ellos se convierten además en lecturas iniciáticas para una generación sedienta de encontrar en los libros sencillamente lo que espera. Sin sorpresas pero, eso sí, con argumentos. Las visiones son calidoscópicas como los tiempos: la necesidad de incorporar puntos de vista novedosos en la historia del movimiento contestatario llevará a analizar textos de la Escuela de Frankfurt, a observar una Revolución Cultural idealizada, a practicar las teorías consejistas, a releer manuales de insurgencia aplicada o a incorporar una crítica a la vida cotidiana, ya lo hemos dicho. Y como referencia fundamental los “abuelos solidarios”, los “viejecitos ilustres”, los compañeros de viaje que serán elevados al olimpo de los dioses: Marcuse, Reich y Sartre.

3.1 Herbert Marcuse (1898-1979), el símbolo de la Escuela de Frankfurt, dedica su reflexión central al análisis de la alienación en la vida social, al “fetichismo tecnológico”, al condicionamiento de la ideología… El “pueblo” ha dejado de ser eficaz como sujeto portador del cambio para convertirse en elemento fundamental de la cohesión social. La contestación radical sólo puede provenir de los que viven “apartados” de la máquina de las falsas ilusiones, los que no se han integrado en su mecanismo o los que conscientemente se autoexcluyen. El filósofo alemán que tiene 70 años en 1968 lo expresa sin ambigüedades: “Si son violentos es porque están desesperados. Y la desesperación puede ser el motor de una acción política eficaz. Mirad a los habitantes de los ghettos negros en Estados Unidos: incendian sus propios barrios, queman sus propias casas. No es una acción revolucionaria pero es un acto político y un acto de desesperación”. No debe extrañarnos entonces que en alguna de las pancartas enarboladas por los estudiantes romanos se pueda leer: “Marx es Dios, Marcuse su profeta y Mao su espada”. El arte de la vida es vivir bien y mejor. Marcuse lo sabe y lo predica en París, en Nueva York, en Berlín… Gasolina teórica para un cambio necesario e inaplazable.

3.2 Wilhem Reich (1897-1957) no llega a conocer el 68. Muere once años antes en la penitenciaría de Lewisburg (Penssylvania). Pero la recuperación de su obra constituirá otro de los pilares básicos de los textos ejemplares de la rebeldía. Psicoanalista austríaco, analista de la confrontación entre las ideas de Freud y Marx, Reich va a ser el primer autor que hará intervenir en los estudios sobre los componentes patológicos de la neurosis datos de orden social y económico. El observó, por ejemplo, que más del 80% de la población obrera vienesa en la primeras décadas del siglo XX vivía a razón de cuatro personas por habitación. “¿Es pues extraño que la mayor parte de esos seres humanos presenten anomalías sexuales?” Reich confirma que la miseria sexual de los sectores sociales más desfavorecidos viene motivada por la frustración en sus necesidades elementales. Por lo tanto, es un error aplicarles la tesis freudiana de la sublimación… Esta reflexión le llevará a concluir que la familia es un freno represivo de la sexualidad que inculca a los niños el respeto a la disciplina y los prepara para aceptar el orden fascista: en una nación como la alemana, el adolescente servil, angustiado, sentirá la necesidad de un Führer a quien referirse y en quien confiar por miedo a su propia libertad… Una conclusión, por cierto, a la que llegará otro de los grandes nombres de la Escuela de Frankfurt, Erich Fromm… Las ideas de Reich encontrarán amplio eco entre las juventudes comunistas austríacas y alemanas. En 1931 crea la Asociación para una Cultura Sexual Proletaria pero su crítica al estalinismo y las acusaciones que contra él se vierten por su “determinismo sexual” le llevan a alejarse de la militancia política. Exiliado junto a un grupo de sus discípulos en Estados Unidos, cerca de la frontera canadiense, Wilhem Reich patenta los “acumuladores de orgón”, aparatos capaces de curar la impotencia orgásmica y también la esquizofrenia, el cáncer… Acusado de estafa todos sus libros quedan prohibidos y es ingresado en una cárcel donde finalmente muere… Pero no su obra, más allá de los delirios finales de su existencia. Los “jóvenes airados” del 68 van a recuperar sus primeros trabajos e incorporar sus postulados como necesario material de debate en el análisis crítico de la ideología dominante.

3.3 Jean-Paul Sartre (1905-1980), el eterno poeta de la conciencia práctica, está ahí ante nosotros en decenas de inolvidables instantáneas con sus ojos miopes escondidos detrás de esas grandes gafas repartiendo octavillas, periódicos militantes, hablando a los huelguistas de Renault o encabezando los cortejos por el Barrio Latino. Ni siquiera Bernard-Henri Levy en su particular ajuste de cuentas escrito años después será capaz de arremeter con dureza contra un símbolo que le sigue cautivando… Sartre, el intelectual del compromiso eterno, representa como nadie el concepto del 68. Su obsesión por el análisis de la concepción de la persona a partir de la libertad le acompañará toda su vida y le llevará, incluso, a adquirir compromisos de resistencia muy por encima de sus frágiles condiciones físicas. Para él, los movimientos de respuesta de ese año, de esos años, muestran mejor que nada la representación de la verdadera voluntad popular al ridiculizar el poder establecido y demostrar, al mismo tiempo, que además de combatir a la “autoridad” se puede practicar el antiautoritarismo internamente. Sartre es también el “nuevo intelectual”, la persona que niega en sí mismo el término para intentar encontrar un nuevo estatus. El filósofo francés eleva el 68 pero, necesaria reciprocidad, el 68 también le eleva a él, le aporta una nueva conciencia, le hermana con los movimientos y procesos de liberación abiertos en un mundo que cruje… Y junto a él, a veces delante a veces detrás, Simone. La misma Simone de Beauvoir que, en abril de 1980, nos traslada hasta su funeral en la majestuosa “La ceremonia del adios”. Estamos ahí, acompañando el cuerpo por las calles de un París gris y pongamos que lluvioso junto a otras 50.000 personas (cincuenta mil, sí), camino del cementerio de Montparnasse, “la última manifestación del 68”, lo dice el director de cine Claude Lanzmann que camina a nuestro lado. Y cierra Simone: “Su muerte nos separa. Mi muerte no nos unirá. Así es: ya fue hermoso que nuestras vidas hayan podido estar de acuerdo durante tiempo”. Funde a blanco.

Nombres. Hombres y mujeres protagonizando su propia historia. E imágenes, claro. Miles de imágenes como las que contemplan estas líneas y muchas otras que forman parte de nuestro imaginario colectivo e intransferible. Porque el 68 es también eso, un ejercicio de plasticidad que abre las puertas a un mundo que algunos quieren identificar hoy con un largo anuncio publicitario. No es nuestro problema, sinceramente. Tampoco que Fernando Savater, por ejemplo, proponga litros de aguarrás para limpiar las paredes de Mayo o la memoria. Su memoria. Necesidades de higienización. Nosotros, mientras tanto, cerramos sección antes del tiempo de balance que nos espera en las páginas siguientes en este cuarenta aniversario de evocaciones para algunos y descubrimiento para otros. Y lo hacemos conscientes de que entonces y quién sabe, la comunicación es la pared. Directa, con una audiencia millonaria y sin el riesgo de una manipulación del discurso. Se trata, en definitiva, de difundir al máximo y con urgencia espontánea convocatorias, axiomas, principios, mandamientos, actitudes, denuncias, mensajes, masajes…En ninguna otra ocasión el graffiti ha hecho hablar a los muros con tanta intensidad. Se recupera el surrealismo, a Marx, al Ché, a Bakunin y a los creadores originales. Contrainformación directa y aplicada frente a la tergiversación permanente de los medios oficiales. El sueño es realidad y la revolución debe dejar de ser para existir.
Hay que pintar el cielo para que todo el mundo lo sepa…

La imaginación no es un don sino un objeto de conquista por excelencia (André Breton). Condorcet
La selva precede al hombre, el desierto le sigue. Nanterre
La burguesía no tiene más placer que el de degradarlos todos. F. de Derecho. Assas
La barricada cierra la calle pero abre el camino. Censier
Te amo! Oh!! Díganlo con adoquines. Nanterre
Gracias a los exámenes y a los profesores el arrivismo comienza a los seis años. Sorbona
Decreto el estado de felicidad permanente. Sorbona
En las cavernas del orden nuestras manos fabrican bombas. Sorbona
Prohibido prohibir. La libertad comienza por una prohibición. Sorbona
¡Franceses! Un esfuerzo más… (Marqués de Sade.) Sorbona
El hormigón armado educa la indiferencia. Odeón
La libertad es la conciencia de la necesidad. Sorbona
No me liberen: Yo me basto solo. Nanterre
Un policía duerme en cada uno de nosotros. Es necesario matarlo. Censier
La escultura más hermosa es el adoquín de granito. Sorbona
Desabrochen el cerebro tan a menudo como la bragueta. Odeon
Cuanto más hago el amor más ganas tengo de hacer la revolución. Cuando más hago la revolución más ganas tengo de hacer el amor. Sorbona
La imaginación toma el poder. Sorbona
En los exámenes responde con preguntas. Sorbona
Sean realistas: ¡pidan lo imposible! Censier

4. TIEMPO DE BALANCE

Epílogo y conclusión a cuatro décadas vista, cierre de ciclo y balance con y sin nostalgia. Algunos no habíamos nacido, otros vivíamos nuestra primera comunión, incluso están los que nos cuentan (muchos, por cierto) su protagonismo activo, tiempos de exilio, en las asambleas del Gran Teatro Odeón convertido en palacio mundial del debate colectivo… Habrá que creerles aunque nos quede siempre la duda de por qué no aplicaron la terapia a sus compromisos posteriores. Pero lo que sí es cierto es que, más allá de las relativizaciones al uso de un año talismán, el prestigio de determinados modelos de estructuración social entró definitivamente en crisis en todos los rincones del planeta. Por eso vamos a coincidir paradójicamente con Giulio Tremonti, el ministro de economía del nuevo gobierno Berlusconi, cuando señale obsesivamente que la globalización es un fenómeno que nace directamente de la contestación del 68… Compartamos enunciados que no conclusiones. Sarkozy lo sabe y reinterpreta la historia para atribuir a aquellos barros buena parte del lodo que anega la Francia actual… Curioso. Tanto al menos como leer detenidamente las reflexiones, dosiers y cuadernillos especiales que editan profusamente en estos días las publicaciones de ese extraño espectro ideológico que hemos dado en llamar (no me pregunteis por qué) centro-izquierda. Particular ajuste de cuentas con un tiempo confuso, imaginativamente perverso y manifiestamente derrotado (así son las cosas) por una tozuda realidad encargada de poner a cada uno en su lugar. Ya lo presentían las paredes del Grand-Palais: “Empleo tres semanas para anunciar en cinco minutos que iba a emprender en un mes lo que no pude hacer en diez años”… Pongamos cuarenta y sigamos a la vuelta de publicidad.

1968. Un pensamiento que se estanca es un pensamiento que se pudre. Jóvenes de 16 a 80 años reivindicando su espacio civil intermedio ante un viejo orden que evita siempre abrir las ventanas para airear las contradicciones inherentes a su guión. Un mundo que cruje frente a otro que no nació pero anunció su visibilidad. Consensuemos al menos algunos puntos de partida. Hablemos de autonomía del pensamiento, incorporación de la vida cotidiana al ámbito de lo necesariamente transformable o de cambios de paradigma en las formas de entender el poder y los métodos de respuesta… Vayamos incluso más allá, si os parece, y reivindiquemos nuestro derecho genético a rechazar autoritarismos, soñar otros mundos, agitar permanentemente o pedir lo imposible… Cuestiones extrapolables a todas las geografías porque los cuatro puntos cardinales, nos lo decía Vicente Huidobro, son realmente tres: Norte y Sur. Y debajo del asfalto de sus calles, barrios y alamedas, hoy como ayer, sigue estando la playa.

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25.- Mayo
Mayo 08, ¿a qué me suena? Ah, sí, este mes se cumplen cuarenta años del Mayo francés. Siempre ha estado allí, lo viviéramos o no. Algunas teníamos cinco años cuando los estudiantes franceses se liaron con los adoquines pero crecimos con su eco mítico. Ahí estaba, en las revoluciones de sobremesa de los 70, en los carteles del Ché, en los viajes que los primos mayores hacían a la India para vivir con lo puesto.

Itzíar Elizondo
E-leusis (15-5-08)


Cuatro décadas después llama la atención que uno de sus principales protagonistas, Daniel Cohn-Bendit coincida con Sarkozy. El primero ha publicado recientemente Olvidar el 68, unos meses después de que el presidente francés dijera en la campaña electoral que había que enterrar esa etapa negra de la historia francesa. Seamos realistas, pidamos lo imposible, decía uno de los eslóganes más conocidos de la movida parisina. El paso del tiempo nos ha permitido comprobar que los hijos enfrentados de las sociedades opulentas pueden coincidir, aunque parezca imposible. Quizá el mayo francés fue el aeróbic revolucionario de las ovejas negras de las familias burguesas. Jóvenes que, efectivamente, querían cambiar el mundo, movidos por el aburrimiento pequeñoburgués de sus vidas predefinidas.

Poco queda de aquella revuelta antiautoritaria. Si acaso un recelo contra todo poder establecido y nada de la efervescencia contracapitalista y antisociedad de consumo. Aquellos jóvenes utópicos volvieron a sus estudios y con el tiempo se adaptaron estupendamente al sistema. Las siguientes generaciones fuimos más escépticas y pragmáticas. Arreció el paro, la competencia por los puestos de trabajo desde la mismísima facultad. Sin un horizonte seguro ya no se podía jugar a la revolución. Había que buscar trabajo en la, gracias al paro, perfeccionada selva capitalista. Aquellos jóvenes de los 60, desde sus puestos en el poder de la política y de las empresas, nos tildaron de blandos y adaptados por carecer de ideales. Ellos y nosotros nos hemos hecho mayores. Quien se mantiene, sin duda, con toda la fuerza juvenil, es el mercado. Siempre reinventándose. Vaya que sí.

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26.- Yo tampoco estuve en mayo del 68
Desde luego, Mayo del 68 no fue como la Comuna de París en 1871 (efemérides obrera que jamás recuerdan por el pánico que le tienen)

Jon Odriozola
Gara (17-5-08)


A Izar y June

Tal vez fue en abril de 1988 que Jon Ander Larreategi (hermano de Axulo e Izaskun) nos llamó a Joseba Macías y a este humilde compañero de viaje en el bar Artajo de la calle Ledesma de Bilbo donde, por cierto, se podía ver -como quien viera a un Nietzsche redivivo- a Federico Krutwig, cariacontecido, tomando una caña y con el diario «El Mundo» bajo el sobaco (entonces en plan cañero denunciando los «pelotazos» del PSOE), para, digo, escribir sobre el vigésimo aniversario del Mayo francés (o sea, parisino, pues París es media Francia) en un especial de la ya desaparecida revista «Punto y Hora».

Ahora se cumplen cuarenta años del Mayo parisino (y mejicano e italiano y alemán) y no veo yo a la burguesía muy entusiasmada en evocar, salvo los «progres», que, lejos de ser una revolución, fue una mutación, sire. Sarkozy hizo campaña presidencial proclamando que había que olvidarse del Mayo del 68, como si allí se hubiera guillotinado a algún cerdo burgués. No está bien asesorado. Si hubiera leído el libro del renegado Carlos Fuentes titulado «Los 68. París, Praga, México», editado en 2005, habría cambiado de táctica para afirmar que todas las reivindicaciones estudiantiles y obreras -y sus graffitis- fueron asimilados y fagocitados por las grandes tragaderas burguesas. Hoy se habla de ecologismo, feminismo, movimiento gay, etc., que está muy bien, y yo el primero por esa senda, pero de revolución nada. Tal vez porque no es moda y lo moderno -o posmoderno- sea acabar como acabaron los «líderes» de aquella «movida», o sea, engordando (supongo que dejaron de fumar).

En el portal «InSurGente» leo una breve entrevista que el donostiarra Iñaki Errazkin le hace al gaditano y genial dibujante Vázquez de Sola -que tantísimas anécdotas e historias te puede contar-, que sí estuvo en el Mayo parisino (hasta de guardaespaldas de J. P. Sartre), y no como otros cantamañanas, donde dice: «esta `revolución' comenzó porque los estudiantes internos en la Universidad de Nanterre pretendían seguir en la cama con sus novias o ligues después de las diez de la noche, que era el límite vigente entonces (...). Los estudiantes, huelguistas o juerguistas no eran en el fondo sino unos minifachas (sic) vestidos de anarquistas de derechas. La prueba: dónde han acabado todos. Pero si los partidos políticos y los sindicatos hubiesen estado a la altura, viendo la respuesta popular (nota mía: París, a finales de mayo, estuvo paralizada), habrían podido hacer una verdadera revolución incruenta».

Son palabras que pueden parecer frívolas. ¿Qué ocurre, que Mayo no fue, en última instancia, sino una chufla y una farra de hijos de papá que veían que, luego de acabar la carrera, no iban a encontrar trabajo fijo? Una pintada decía que «no queremos ser los futuros explotadores de los obreros» (supongo que maoísta). Desde luego, no fue como la Comuna de París en 1871 (efemérides obrera que jamás recuerdan por el pánico que le tienen). Yo es que soy del plan antiguo. Y cuento los años por meses: mayo, junio, julio, agosto.

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27.- Prontuario del mayo 68

Antonio Pérez *
Rebelión (18-5-08)


1. Lo que va de ayer a hoy
2. Mayo 68, ¿era previsible?
3. ¿Conflicto generacional?
4. ¿Políticos utópicos?
5. ¿Anti-consumistas?
6. Los enemigos declarados y los solapados
7. Ayer contra los hippies, hoy contra los esotéricos
8. Los Partidos Comunistas o Komintern
9. Contabilidad
10. Eurocentrismo
11. La asimilación
12. Misterios
Apéndice para españoles

A Cipriano Mera, albañil y mariscal en las barricadas del 68. In memoriam

Nadie puede decir nada nuevo sobre el Mayo 68 y nosotros, los sesentayochistas, somos más nadie que ninguno. Cuarenta años de disquisiciones dan para todo, incluso para no equivocarse. Pero, por desgracia, lo que predomina en ese acervo de sesudas cogitaciones son las mentiras del Enemigo. Deberíamos refutarlas… pero tal vez los que estuvimos en primera fila somos los menos convenientes para teorizar sobre lo que practicamos en su día. Quizá porque, a la mayoría, nos posee un olímpico desinterés por explicar lo que tan obvio dejamos hecho -y deshecho- y que se resume en muy pocas palabras: aborrecíamos la Autoridad. ¿No es éste un principio sobradamente firme y una teoría suficientemente elaborada?; en tal caso, ¿para qué seguir leyendo y escribiendo?

Al menos desde que, en el año 1.750 a.n.e., los esclavos egipcios se negaron a seguir construyendo las odiosas pirámides, en la Historia escrita de Occidente millones de rebeldes nos precedieron, pensaron y actuaron en el mismo sentido que nosotros, los sesentayochistas –“enanos subidos a hombros de gigantes”-. Por lo tanto, estas notas llueven sobre mojado. Por lo tanto, han de entenderse como otra mera rúbrica a lo que han dicho y hecho muchísimos otros antecesores de los-abajo-firmantes. O, todo lo más, como la enésima comprobación de que, a los veinte años, se disfruta de una clarividencia política que el paso de los años podrá engalanar pero no desvirtuar.

Aun así, ¿porqué ésta lluvia de palabras cayendo sobre el Aljibe de la Revelación? Por cuatro motivos: a) porque la manipulación histórica ha sido mucha y lo sigue siendo; b) porque, aunque escribiéramos en avalancha, nunca la contrarrestaremos lo suficiente; c) porque las fuerzas aunadas de la derecha y de la izquierda autoritaria siguen siendo más vociferantes que las nuestras; d) por amor al arte.

A esos cuatro motivos, podemos añadirles dos circunstancias favorables: 1) Una de las escasas características del Mayo 68 en la que todos sus comentaristas concuerdan, es en que fue una (triunfante) rebelión contra las (‘buenas’) costumbres. En tal caso, hemos de colegir que los especialistas en cambio social y en costumbres –los antropólogos- deberían disfrutar de algún cierto predicamento. Evidentemente, en el pródigo erial del Mayismo Ilustrado (MI) falta esta aproximación y los-abajo-firmantes estamos en condiciones profesionales antropológicas de comenzarlo a remediar –si la cabra no tira al monte de lo exclusivamente político-. 2) No sólo contamos con la ventaja de “haber estado” sino también con la de haber conservado desde entonces un archivo de documentos absolutamente originales (1). No es ventaja baladí cuando el MI está repleto de refritos de copias de falsificaciones de chismes.

1. Lo que va de ayer a hoy

Antecedentes: El dichoso MI tiene por costumbre comparar el 68 con el presente lo cual es como mirarse el ombligo. Se le olvidan los antecedentes y los consecuentes. Muy pocos se hacen la pregunta, ¿cómo era el mundo la víspera del año 1968 y cómo lo es hoy, cuarenta años después? Ahora bien, si difícil resulta definir el mundo de hoy, parece imposible escoger un criterio universal de selección de datos generales que definan cómo carajo era el mundo antes de 1968. En esta misión imposible, intentaremos equivocarnos lo menos posible:

La II Guerra Mundial no había concluido, simplemente se había transmutado en 23 años de una posguerra en la que las potencias oksidentales –por supuesto, URSS incluida- no se mataban entre ellas sino que masacraban a los tercer y cuartomundistas. A esta matanza mundial de pobres y paganos la llamaron guerra fría. Este saqueo del resto del mundo se escudaba en la Santa Alianza de los Estados –vulgo, ONU-, que por entonces comprendía 128 países (ahora, dos centenares).

Al igual que hoy, la Otra Santa Alianza –vulgo, el Vaticano- contaba con menos de 900 habitantes. Eso significa que tocaban a más de 500 m2 per capita (o per capelo) lo cual no está nada mal para los inquilinos de cualquier ciudad. Quizá por esa exhuberancia inmobiliaria, en un arrebato de audacia se adelantaron al siglo IX y escogieron a una primera mujer para un cargo obviamente menor: en el 68, la australiana R. Goldie, fue nombrada viceministra del Ministerio de los Laicos. Dicho sea para recordar que el Vaticano ya se preparaba para los tiempos feministas… o para volver a los de la papisa Juana (855-857 u 872-882).

Reinaba el Estado del Bienestar. En 1967, la seguridad social francesa se había extendido incluso a los desocupados. Francia tenía 50 millones de habitantes (hoy, 64 m.) Un tercio de la población laboral trabajaba en el sector servicios (hoy, 80%). Jacques Chirac era ministro del Empleo –después, llegaría a Presidente, quizá avalado por su entusiasta aunque involuntaria aportación al estallido del 68-. Francia se oponía a la entrada del Reino Unido (RU) en la Comunidad Económica Europea, una CEE formada por seis países -entonces llamados del Mercado Común-.

Los franceses tenían 10 millones de televisores (en el RU, 19 m.) Una cuarta parte de los parisinos-bretones-vascos-alsacianos-etc. (vulgo, galos), leía periódicos (247/1000); una cantidad a comparar con los 505 en Suecia, los 479 en RU, los 310 en EEUU y los escasos 153 en España. Casi huelga añadir que, hoy, todos esos porcentajes han decrecido ostentosamente; por ejemplo, en la España del 2004, se había llegado a un descenso del 50% (102/1000… y seguía bajando).

En la TV francesa, todavía no se conocía la publicidad comercial aunque estaba previsto que se introdujera a razón de diez minutos diarios. Por su parte, la Alemania Federal acababa de sobrepasar al RU en gasto en publicidad llegando al 1,3 % de su PIB; ya era segunda en términos relativos y absolutos detrás de los EEUU donde se gastaban el 2,4 % de su PIB. En otras palabras: la publicidad ya era la más potente (des)educadora ciudadana (2) en dos potencias europeas pero su influencia era menor en la Dulce Francia –los charlatanes decían, “ya ven, todavía un país rural”-. Es plausible suponer que este rasgo anti-publicitario tiene algo que ver con Mayo 68 pero, aunque estamos seguros de que alguien lo ha trabajado, no conocemos de ningún estudio serio que lo demuestre.

Por toda Europa oksidental campeaba una famosa campaña de la petrolera Esso, la que prometía o incitaba con el lema A tiger in your tank – Mettez un tigre dans votre moteur. Incluso en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS, hoy traducible como “Confederación de Repúblicas Comunistas Consejistas”) también existía una pseudopublicidad centralizada en la agencia estatal Vneshtorgreklama. Moraleja: puesto que no había la gran variedad de mercancías clonadas que hay ahora, la incitación al consumo superfluo –el indispensable no la necesita-, se adelantaba a su tiempo. La uniformización de las conductas apenas lograda desde las instancias estatales, recomenzaba su Larga Marcha –no demasiado larga- desde la instancia empresarial. Por nuestra parte, los sesenatyochistas también nos adelantábamos a nuestro tiempo pergeñando los primeros lemas anti-consumo –superfluo, valga la repetición-.

En resumen, juzgamos de razón aseverar que, en estos últimos cuarenta años, el mundo oksidental ha cambiado muy poco en lo esencial y muy mucho en lo accesorio 3. Aquí y ahora, nos parece que la esencia de Oksidente radica en la sempiterna dicotomía entre las metáforas orgánicas –el mundo como prosopopeya, lo platónico- y las metáforas mecánicas –el mundo como engranaje, lo newtoniano-. Lo accesorio es todo lo demás, empezando por ese subproducto del mercado de futuros que llaman ‘religión’ y terminando por ese subproducto del mercado de pretéritos que llaman ‘muerte’. Etcétera.

Consecuentes: En el 68 terminamos con la gigantesca represión causada por la II Guerra Mundial y quienes, apoyándose en el fraude historiográfico que la finiquita con Hiroshima, sostienen que eso es poco, es porque comen de la mano de los opresores; en este caso, los atrincherados a ambos lados del Telón de Acero -fastuoso eslogan cuya pretensión de disfrazar la connivencia entre unas y otras ‘potencias enemigas’ era desenmascarada por su inconfundible origen teatrero-.

En cuanto a las menudencias posteriores, está claro que Washington sigue detentando la hegemonía mundial a la vez que Moscú ha perdido su opción al duopolio. Además, han aparecido tres nuevos centros de Poder -Pekín, Nueva Delhi y Bruselas-. Asimismo, han crecido exponencialmente la publicidad y la televisión. Se han descubierto las micro y las nano ingenierías borrando así las fronteras entre lo material y lo biológico. Internet ha nacido en un segundo portal de Belén o, al menos, con igual alborozo ha sido saludada; pero, en lugar de entenderla como el mecanismo de vigilancia que el Poder necesita para afrontar la explosión demográfica -¡vuelve el control propio de las sociedades pequeñas pero sin su consenso!- y/o como una más entre las muchas maneras de acumular el trabajo humano, pareciera que nos hubiera llegado un nuevo mesías -¡otro más, uff!-. Otrosí, en el campo del pensamiento político, el marxismo ha sufrido el abrazo del oso del leninismo mientras que el anarquismo no sólo sobrevive sino que prospera gracias a su preferencia táctica por la guerra de guerrillas.

En cuanto a la realidad crematístico-popular, un solo dato: el peso de los salarios en el conjunto de las economías occidentales decrece desde 1970. En otras palabras: el trabajo se paga cada vez menos y/o el capital cada día rinde más. Como desagravio, a los asalariados se les permite pecar de formas más variadas –siempre que se limiten a tontear con dos o tres mandamientos, en especial el sexto-. Incluso se sobrelleva la lenta disolución de las anteriormente rígidas clasificaciones de género –el caso es que se dejen explotar todos, sean lo que sean-.

En el ámbito coloquial, se han perdido algunas palabras cosmopolitas (revolución, alienación, superestructura, proletariado, contestación) y muchas locales. A cambio, han nacido miles de neologismos más o menos anglosajonizantes y es de buen gusto aseverar que las palabras son las fronteras del mundo e incluso del pensamiento -en otras palabras, el idioma limita al norte con Canadá y al sur con México-. Etcétera.

Lo que sigue igual: las teocracias, esas aberraciones que no sólo siguen hegemónicas sino que quizá estén aumentando en extensión y en fanatismo. Por ej., el Vaticano: aferrado a la lira vaticana, sigue sin aceptar el euro, al igual que abraza la pena de muerte y no suscribe convención alguna sobre DDHH. En 1969, al gran historiador del cristianismo K. Deschner le procesaron por decir que la Iglesia “realiza lo contrario de lo que predica”: hoy, también le empapelarían –o algo peor- en la mitad del mundo (EEUU, Rusia, parte de Europa y en algunos países islámicos).

Asimismo y pese al ataque del 68, siguen desesperadamente igualitos desde hace cuarenta años: la estruendosa ausencia de alternativas al capitalismo; la no menos estruendosa denuncia de la evidente falsedad del mercado –ojalá fuera libre-; la no homologación del término socialismo; la ONU; el poder militar; la fuerza del alcohol y la idolatría por la juventud –dicho sea todo ello sin salir de Oksidente; si viajáramos, otro gallo nos cantaría-. Tampoco han cambiado las ilusiones convivenciales: en el 68 se hablaba mucho del ‘aburrimiento’, de la ‘angustia vital’ y de la ‘soledad del individuo’ -maneras de charlar-. Hoy, la antigua ilusión de estar incomunicados la hemos sustituido por la opuesta ilusión de estar instantánea, automática, cibernética y cósmicamente comunicados. Etcétera.

2. Mayo 68, ¿era previsible?

Aunque la rebeldía es consustancial al Hombre, solamente desde hace 4.000 años el Oksidente conserva sus primeras evidencias escritas –una muestra de cuán manipulada está nuestra Historia-. Las anteriores a esos milenios, han sido relegadas al ámbito de lo mítico. Pese a todo, es obvio que la posibilidad de una sublevación acecha siempre. Ahora bien, pareciera que los opresores tienen esta simple constatación más presente que los oprimidos, por mucho que éstos hablen de ella más que sus amos. En el caso concreto del 68, en plena época de la irresistible ascensión del consumo masivo, a los pensadores pobres –que no son los pobres que piensan-, les parecía impensable que nadie se atreviera a poner en riesgo el aumento del desarrollo oksidental. Pero los hechos les demostraron que predicar la resignación no es para los laicos –para ello, doctores tiene la Iglesia-.

En vísperas del 68, había docenas de rebeliones en marcha. Desde los provos holandeses hasta los beatnicks estadounidenses, desde los japoneses del Zengakuren hasta los gamberros-blousons noirs de media Europa –por entonces y aunque a la fuerza, más politizados que los políticos de hoy-. Dicho sea olvidándonos del mundo no oksidental y, por supuesto, de los sempiternos anarquistas y similares.

Sin embargo, pregonan los actuales bienpensantes que las rebeldías del 67 eran más un sarpullido juvenil que un movimiento político. Dicho de otro modo, niegan que la juventud tenga conciencia social. Ni siquiera la Iglesia católica llega a tanta infamia pues coloca el advenimiento de la Razón y de la Punición en los siete años, la edad de la primera hostia -en términos eclesiásticos, la mayoría de edad penal a partir de la cual se abren las puertas del infierno-. Por mucho que los estómagos agradecidos sigan erre que erre, uno de los méritos del 68 consistió en desbaratar el topicazo de la ignorancia política de la juventud.

Como última línea de defensa, los bienpensantes sostienen que la rebeldía de los jóvenes del 68 era individualista como lo demuestra que cayera en las drogas antes incluso que en el terrorismo. Pero, vamos a ver, ¿hay pecado en que el individuo se percate de su opresión sin esperar a que se lo demuestre alguna suerte de imaginario colectivo? Item más, ¿acaso no se ha drogado desde siempre no sólo la Humanidad sino también los animales y quién sabe si hasta las plantas? En cuanto al terrorismo, pongámonos primero de acuerdo sobre el significado del término y luego seguimos hablando.

Claro que los jóvenes oksidentales estaban drogados en el 67… y en el 68 (menos en Mayo porque no daba tiempo para esa clase de alegrías) y siglos antes y siglos después. Pero lo estaban menos que los adultos, éstos sí, atiborrados desde las Guerras Mundiales de alcohol, nicotina, opiáceos y antidepresivos –en las posguerras sólo florecen los analgésicos-. Lo que molestó al ordenancismo reinante fue el cambio de drogas. Que los trabajadores recurrieran a los estimulantes como única manera de soportar “las cadencias infernales”. Y que los jóvenes les imitaran con las anfetaminas (4); en especial los beatnicks y los provos corrían y corrían: siempre sin rumbo hasta que el 68 se lo procuró a algunos de sus herederos. Aunque al Poder más le molestó cuando de las anfetas/cocaínas y el hachís (algunos) derivaron a la psicodelia –y, cuando se vaciaron los cerebros y llegó el verdadero malestar, a la heroína-. Eso de que los ciudadanos se drogaran para pensar le resultó intolerable, más aún que disfrutaran de su libre albedrío sin pagar por el espectáculo.

Por lo demás, oráculos de la revolución siempre los hubo. Por ejemplo: el librito de creación colectiva pero firmado por René Viénet que se publicó en julio de 1968 (Enragés y situacionistas en el movimiento de las ocupaciones), comienza con unas frases lapidarias: “no ha habido ninguno [de los movimientos sociales] en el que tantos cronistas se han puesto de acuerdo para decir que era imprevisible. Esta explosión ha sido una de las menos imprevisibles de todas … los situacionistas … [lo] habían previsto muy exactamente desde hace muchos años”. Pero las pruebas retrospectivas que justificarían este aserto distan mucho de ser convincentes; por el contrario, lo que encontramos en sus textos anteriores al 68 son retratos políticos elementalmente verdaderos (sindicatos burocratizados, contrarrevolución en Rusia, capitalismo alienante; en suma, vigencia del “problema social”) seguidos de vaticinios tan optimistas y tan evanescentes (“nuevas formas de subversión … crítica total … posibilidad e inminencia de un nuevo comienzo de la revolución”) como en el resto de los grupúsculos izquierdistas.

El prurito de originalidad traducido esta vez en el abuso del campo semántico de “lo nuevo”, además de renegar de la consustancialidad de la rebeldía y de la tradición en la que se materializa, olvida que sólo cambian las formas. Y las formas cambian a cada minuto por lo que no merece la pena molestarse en predecirlas pues siempre terminaremos equivocándonos. No obstante, como nada cuestan los brindis al sol, desde aquí vaticinamos que muy pronto habrá otro Mayo 68. El estado del Mundo, tan similar hasta en lo accesorio al del 67, así lo exige. Más aún: no será el fin del mundo y esto lo aseguramos porque creer en el Fin es la cara tonta de creer en el Origen. Que no se diga que carecemos de dotes proféticas.

3. ¿Conflicto generacional?

Pocos lugares comunes más socorridos y más hipertrofiados que el tema de las generaciones –del 68, del 27, del 68, la X, la XX-. Sin embargo, en este tema, lo que no es trivial, es mentira. Es trivial que los nacidos en los mismos años cumplen años a la vez. Pero el resto es mentira: es falso que piensen igual los ricos y los pobres e incluso es falso que tengan los mismos referentes de actualidad; un rico recordará los Financial Times de su juventud pero los pobres de su misma generación ni siquiera sabrán que existe un diario así.

Las generaciones son un instrumento útil para demógrafos y sociólogos pero no para políticos –porque siempre habrá clases sociales dentro de ellas- ni para antropólogos –porque medimos el tiempo en una frecuencia de onda mucho más amplia que las décadas-. Entre los millones de personas que teníamos una veintena de años en 1968, podemos encontrar desde un indígena amazónico que todavía hoy huye de la civilización hasta un petimetre neoyorican que se cree el Único Civilizador, desde el obrero que murió en la masacre organizada en Vitoria por Fraga y por Martín Villa (el 03.III.1976) hasta el entonces sicario franquista que hoy da lecciones de democracia mientras lava sus fechorías en agua bendita.

Nosotros somos de la “generación del 68”, porque así lo dice nuestra partida de nacimiento pero, como ese es un dato fútil, conviene añadir que somos del G-68, asociados en la corriente secreta de un partido insubordinable, grupúsculo ilustrado, fracción sediciosa, tendencia ácrata, célula clandestina. En el G-68 no nos vanagloriamos de haber sido los únicos en agitar el Mayo; por el contrario, insistimos en que lo compartimos con millones de adultos. Y para demostrarlo, nada mejor que el sentido común: ¿acaso no había adultos en el 68?, ¿todos habían muerto en las guerras anteriores? Que ahora hayan desaparecido de los libros se debe a dos razones perogrullescas: que han muerto y que los ha enterrado la idolatría por la juventud –una psicopatía muy propia de este Oksidente que practica el culto a los muertos para mejor olvidarlos-.

De haber existido un conflicto generacional, ello hubiera significado -en términos antropológicos- que los jóvenes sesentayochistas tuvimos que padecer un rito de paso. No hubo tal. Como dice el excesivo amigo F. Ch., simplemente fuimos Niños Titanes enfrentados a los Dioses. Ejemplo: los-abajo-firmantes habíamos sido detenidos, torturados, heridos, multados, expedientados en la Universidad, apestados por la sociedad, perseguidos en la calle, buscados innumerables veces en sus casas y en las de sus amigos, habíamos cruzado la frontera por la muga pirenaica, habíamos perdido la virginidad y dejado atrás familias, novias, amistades íntimas y las primeras bibliotecas. Y todo ello sin contar a los muertos, que ya los había. Total y abrumadora consumación: estábamos exiliados. ¿Cuántos más ritos de paso se le pueden pedir a un estudiante veinteañero?

4. ¿Políticos utópicos?

Refiriéndose a los inmediatos epígonos del sesentayochismo en la España de principios y mediados de los años 1970’s, un veterano activista cultural afirmaba hace poco: “Existía la convicción de que podíamos cambiar el mundo” (5). No dudamos de que hubiera una multitud de imprudentes que así lo sintieran pero, a fuer de ingenuas, esas expresiones no eran unánimes. Por el contrario, otra multitud conocíamos mejor nuestras limitaciones y sólo aspirábamos a mejorar nuestra seguridad personal vía el deterioro de los poderes públicos que la amenazaban. Por tanto, estaba claro que, nos gustara o no, nuestra felicidad personal estaba unida a la Felicidad Nacional Bruta. Reconocíamos así que, entre lo social y lo individual, había un vínculo evidente, fortísimo e indestructible. Desde ese momento, carecían de sentido las etiquetas de ‘individualista’ y ‘colectivista’.

Por supuesto que teníamos una imagen actualizada de cómo podía ser un mundo feliz y hasta podíamos dibujar un mundo simple y cotidianamente mejor. Pero también tienen los cristianos una idea del Paraíso Terrenal y, con harta razón, nadie les califica de utópicos. Nuestra utopía era uno más de los muchos constructos culturales. Pero de ahí a creer que se podía implementar en el acto, media un abismo. Digámoslo en pocas palabras: en cuanto a la política real, muchos éramos plenamente conscientes de que, con nuestra sublevación, como mucho conseguiríamos que un politicastro como Mendès-France (6) sustituyera a De Gaulle.

Pero, para comprobar cuan pueril resulta la confusión que se nos atribuye entre fines últimos y fines inmediatos, podemos añadir una demostración ad absurdum: ¿porqué ciertos personajillos considerados ahora como sesentayochistas arquetípicos se han encaramado al Poder: porque se cambiaron de chaqueta o porque la utopía sesentayochista se limitaba a la ocupación del Poder?

Primero tengamos en cuenta la primera opción y fijémonos en los ejemplos de gentuzas como el hoy ministro B. Kouchner o como A. Glucksmann (más conocido por Ónfalólogos I emperador de la Trapisonda). Estos pícaros no se han cambiado la chaqueta porque siempre fueron así de filofascistas. Estuvieron en el Mayo por razones de edad pero, pequeño detalle, estuvieron en la trinchera de enfrente [aunque también es cierto que algunos de estos personajillos fueron nuestros compañeros; a éstos últimos, sólo nos cabe alabarles el gusto de habernos frecuentado y deplorarles el olfato político porque había que ser muy zoquete para creer que desde la barricada se llegaba al Poder (7)]. Volviendo a los pícaros, hemos de reconocer que ellos sí cumplieron su “utopía”. Pero la alcanzaron porque era un edén miserable. No lo confundamos con otros paraísos. Por ende, se equivocan quienes les encasillan como arquetipos sesentayochistas.

En cuanto a la segunda opción, ya hemos señalado que nuestras aspiraciones estatales eran bastante modestas –léase, plausibles-. Y ni siquiera esas conseguimos, pero tampoco nos cortamos las venas por ello: a pequeños fracasos, pequeños disgustos.

5. ¿Anti-consumistas?

Porque preferíamos otras clases de consumo, nos llamaron anti-consumistas –lo cual, entonces y ahora, no es ningún insulto sino todo lo contrario-. El mayor consumo al que aspirábamos era el del tiempo libre. Es decir, una modestísima meta que, corriendo el tiempo, se ha convertido en la base sobre la que reposan los enormes negocios del deporte, del espectáculo audiovisual y del turismo: enhorabuena a los capitalistas que ahora se enriquecen traduciendo para las masas una de las ideas del 68 –aunque lo hagan a su manera, las susodichas masas no quieren saberlo-.

Los varones no queríamos consumir las obligatorias camisa blanca y corbata y las hembras no querían consumir las obligatorias falda y faja. Preferíamos consumir cine, teatro, libros y tebeos; preferiblemente los prohibidos, enorme campo en el que penaban autores que hoy nos parecen tan ‘pacatos’ como Henry Miller, Antonio Machado o el abate Meslier –este último censurado in illo tempore por Voltaire, teísta al fin y al cabo-. Y no hablemos de experimentalismos, dadaísmos o de amores nefandos. Un ejemplo de esto último: la homosexualidad masculina -la femenina era impensable- se castigaba en la Alemania Federal (capitalista) con 10 años de cárcel.

Pero, no nos confundamos y vayamos a caer en la trampa de la (mal) llamada “civilización del ocio”, uno de los dogmas más majaderos inventados por la mesocracia oksidental. Olvidando la imaginación de cuatro paniaguados, ¿dónde está ese ocio que no lo vemos? A este respecto, la historia del trabajo humano es contundente: cada día se trabaja más. De las dos o tres horas que trabajaban los indígenas –el único cálculo bien comprobado del que tenemos noticia-, hemos evolucionado hasta conseguir que hasta las vacaciones sean días laborales. La reivindicación de las ocho horas diarias es más que centenaria pero sigue en el limbo de la ONU. La jubilación sólo llega cuando las personas están absolutamente exhaustas pero, en lugar de exprimirlas en las tareas de dirección a las que les daría derecho su veteranía, son infantilizadas mediante el ocio planificado –una flagrante contradicción- y con la complicidad pasiva de una geriatría impotente ante la idolatría del cuerpo.

Esto sí que autorizaría a hablar de otro de los tópicos más manoseados en el 68: la “civilización del despilfarro”, a saber, un mito conexo al de la civilización del ocio que es vinculado equivocadamente al consumo cuando, sin duda, su lugar está en el campo del despilfarro que Oksidente hace de sus ancianos. Pero, ¿porqué una civilización tan despiadada en la explotación sólo aprovecha marginalmente a sus ancianos? La respuesta sólo puede ser política: porque tiene miedo de que hayan aprendido ‘los secretos de la tribu’ –léase, el sinsentido de “la servidumbre voluntaria”-. Si lamentable resulta que sólo al final de sus vidas les llegue la racionalidad a los oksidentales, peor aún resulta que al mismo tiempo les llegue la marginación colectiva, una soledad impotente propiciada por un Poder que se escuda en el culto a los antepasados -otro de los falsos mitos de Oksidente y última demostración de que todo culto es deplorable-.

En cuanto a la comparanza pasado-presente del consumo, debemos señalar que, tanto en la España del grito legionario “Viva la muerte”, como –muy poco menos- en el resto de Oksidente, vivir una vida sin consumir el pasto del rebaño, se consideraba un delito; más o menos, igual que ahora, pues todavía no ha sido derrocado el lóbrego imperio de los peores sentidos. Lo único que ha cambiado es que, hace 40 años, las hierbas del pasto eran pajas atroces y ahora la buena ciudadanía cree que son ‘finas hierbas’ simplemente porque le llegan envueltas en plástico fluorescente.

6. Los enemigos declarados y los solapados

En el 68, inventamos deseos, fortalecimos derechos y asumimos responsabilidades (deberes) pero, al mismo tiempo, nos expusimos a que todos ellos fueran tergiversados por los intelectuales orgánicos y apropiados indebidamente hasta llegar al plagio terminológico. No nos pilló de sorpresa puesto que el Oksidente derechista siempre actuó así. Ejemplos sobran: la Iglesia dice ser humanitaria, Hitler se llamó a sí mismo socialista y la extrema derecha libertariana presume de querer ‘adelgazar el Estado’. No es cuestión de cargar las tintas en uno u otro desvergonzado pues todos ellos son meros loritos pero sí conviene añadir una escueta nómina de las dos clases básicas de enemigos del 68.

Los enemigos declarados

Son tan abundantes que su simple enumeración llenaría una guía de teléfonos. Y tan evidente es su maldad, que nos sentimos orgullosos de tenerlos como enemigos. Por falta de espacio, nos limitaremos a escrutar sólo tres o cuatro de estos indeseables:

En 2003, el genocida J.Mª. Aznar se metió a Sesudo Historiador y, desde entonces, sostiene que, en el 68, hubo tres revoluciones: la marxista (“negativa”), la encarnada por aquella ‘primavera de Praga’ que aplastaron los tanques soviéticos (“porque buscaba la libertad”) y, finalmente, la “positiva”, que fue la revolución tecnológica surgida en California. Es difícil decir más majaderías en tan pocas palabras.

Otro que tal baila es N. Sarkozy; en abril del 2007, durante su campaña electoral, se hizo acompañar por el sedicente neo-filósofo A. Glucksmann, le presentó como arquetipo del sesentayochismo y, entre las lágrimas de agradecimiento de su perrito faldero, añadió: “Los herederos de mayo de 1968 habían impuesto la idea de que todo vale, que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo cierto y lo falso, entre lo bello y lo feo … que se había acabado la autoridad, la cortesía, el respeto … que nada estaba prohibido”.

Peores, por insidiosas, son aquellas personalidades que tiran la piedra y esconden la mano. Una de sus más populares abadesas es la –digamos- ‘escritora’ Susana Tamaro. En 1994, esta italiana se hizo millonaria con la publicación de Donde el corazón te lleve, novela epistolar de purísimo mensaje: las sesentayochistas son unas histéricas y unas promiscuas y unas pecadoras y unos marimachos; la salvación -sobra decir, individual- sólo viene por ser psíquicamente fuerte, es decir, por huir de la revolución, del sexo libre, de las drogas y, en definitiva, del 68. En el 2002, se descubrió que otro de sus mejunjes, Respóndeme, era un plagio de una novela ¡de su mejor amiga! No es de extrañar que adore al neofascista G. Fini y que milite en el Opus Dei. Evidentemente, Tamaro es la versión reverdecida de F. Sánchez Dragó –quien, dicho sea de paso, jamás estuvo en ningún mayo, ni francés ni pequinés, por miedo a perder las jugosas pesetas que siempre recibió de los franquistas-.

Finalmente, en 2007, el distinguido académico Dr. Goetz Aly, equiparó a los sesentayochistas con los nazis de 1.933 apoyándose en el grotesco argumento de que ambos colectivos eran jóvenes. Y, en efecto, los nazis eran relativamente jóvenes cuando tomaron el poder (Hitler tenía 44 años; Goebbels, 35; Mengele, 21) Es ocioso añadir que aquí termina una similitud tan rebuscada como inane. Nos negamos a refutar esta tesis alucinatoria pero la mencionamos porque nos sirve para demostrar que el irracionalismo europeo se desboca cuando surge el tema del 68 y para advertir que la búsqueda de comparaciones denigratorias no ha terminado sino que está llegando a extremos caricaturescos. No sería extraño que el próximo Herr Professor equipare ‘el desastre del 68’ con ‘el desastre de la Primera Guerra Mundial’ (1914-1919) basándose en que 6+8 = 14.

Los enemigos solapados

Como es público y notorio, el líder ecologista Joschka Fischer llegó en 1998 a colocarse de ministro de Exteriores de Alemania –el más flamboyante cargo político al que han llegado esos sesentayochistas que, según dicen, ahora dominan el planeta-. Aunque siempre habrá que agradecerle su oposición a la invasión de Irak, su comportamiento frente al 68 tiene más sombras que luces. Nadie es perfecto. Por ejemplo: en 2002, acudió como testigo al juicio contra su antiguo compañero H.-J. Klein. Ante el tribunal, Fischer renegó de los párrafos violentos que “ensuciaban” su hoja de servicios argumentando que ‘nunca quiso pegar a nadie’. Pero donde su estulticia llegó a la cumbre de la sentimentalidad fue cuando definió a Klein como un hombre "amable... emotivo... [pero] un candidato predestinado a la clandestinidad" -al parecer por su “inestabilidad psicológica”-. Si fueron esas sus palabras, esta vez y por una rara casualidad estamos de acuerdo con Fischer. Efectivamente, en una sociedad que sataniza los afectos propios a cambio de pregonar pornográficamente los amores ajenos, lo amable y lo emotivo han de refugiarse en la clandestinidad. Lo que no entendemos muy bien es eso de la inestabilidad psicológica. ¿Quiso decir que Klein no siempre escondía sus íntimas pasiones?; en ese caso, quizá hubieran debido encausarle por exhibicionismo, no por terrorismo político. O, por el contrario, ¿quiso decir que los psicológicamente estables no caen en la clandestinidad porque no son amables ni emotivos? En este caso, quizá hubiera que mandar al frenopático a los alemanes estables.

Otro ejemplo, esta vez, español: para el sociólogo de plantilla socialdemocrática E. Gil Calvo (EGC), “la carnavalesca transgresión [del 68] sólo fue ritual y simbólica, es decir, inofensiva y ficticia … la corrupción nace de la perversa ocupación de las instituciones por parte de la generación del 68 … pasó sin dejar rastro … la coyuntura cíclica [del 68] vacunó contra toda tentación revolucionaria … la cultura y la universidad, hoy masificadas, ya no son cauces meritocráticos. La juventud hace el amor y no la guerra … los jóvenes actuales son irresponsables: los malos son sus corruptos padres” (El País, 15.V.1994). Siguiendo su orden de aparición en pantalla, podríamos argumentar que: a) lo ritual no tiene nada que ver con lo simbólico; b) ni uno ni otro son inofensivos; c) la corrupción es inherente a las personas de poder y a las instituciones; d) en la generación del 68 hay de todo, buenos, malos y regulares; e) si el 68 no dejó rastro, ¿porqué lo comenta décadas después?; f) las rebeliones no conocen ciclos –ni la Historia tampoco-; g) la revolución no es una tentación sino una posibilidad latente para la que no se conoce vacuna; h) la cultura y la universidad no son sinónimas; i) la universidad sólo tiene con la verdadera cultura una relación de parasitismo; j) la universidad, como ente burocrático que es, se opone a una hipotética meritocracia; k) la verdadera meritocracia no existe en la realidad; l) “la juventud hace el amor y no la guerra”: ojalá fuera verdad; m) ¿preferiría el distinguido sociólogo que la juventud hiciera la guerra y no el amor?; los jóvenes son tan responsables como los adultos, perdonarlos por “irresponsables” es paternalismo y demagogia en estado puro; n) ¿cuántos padres son malos y corruptos: todos, una parte o sólo los padres del sociólogo?.

Quien, en vida, no le fue a la zaga en su mayofobia a EGC fue el prolífico de su mismidad M. Vázquez Montalbán. Para este modélico militante del PCE, “los únicos mayolactantes que quedan son los que denuncian la nostalgia del mayo francés de las narices … la injusticia del mundo era perfectamente perceptible en abril del 68 y en junio, sin necesidad de pasar por aquél mayo francés de opereta … dale que te pego con el mayismo que nunca existió” (El País, 19.IX.1994); “las escasas profundidades de las revoluciones blandas del 68” (El País, 21.VIII.2000). Mismas conclusiones que en el caso anterior: para no haber existido, hay que ver lo mucho que ha generado el 68.

Otrosí concluyente: tanto los enemigos declarados como los solapados confluyeron en urdir la mayor enemiga del 68, a saber, mantenerlo en candelero para ocultar así las verdaderas luchas de esos años, las que producían muertos, las del Tercer y Cuarto Mundo. Es posible que ello se deba a que esas dos mafias son igualmente eurocéntricas. Incluso sus únicas discusiones reales versan sobre cuál de ellas es más genuinamente oksidental. Resultado: un eurocentrismo elevado al cuadrado –volveremos sobre este punto-. En lo que concierne a sus consecuencias mundiales, subrayemos que, si de esta manera se ensañaron con una pobrecita revuelta dentro de casa, imaginemos qué ha ocurrido en la Historia con el resto de las sublevaciones populares.

7. Ayer contra los hippies, hoy contra los esotéricos

El movimiento llamado hippie surgió en los EEUU y se difundió por Europa antes de 1968. En aquél momento, por culpa del afán proselitista, a regañadientes y tapándonos la nariz, los sesentayochistas contemporizamos demasiado con él. Hora es de reconocer aquél grave error puesto que Mayo 68 fue (también) una sublevación contra el hippismo.

Desde el punto de vista economicista-materialista, lo hippie fue un subproducto del auge de la industria musical que comenzó a principios de los años 60’s. Los Beatles, al menos en su primera fase romántica (1963-1966), fueron su punta de lanza. Además, personificaron el primer síntoma de la globalización del consumo puesto que, como decíamos entonces, fueron “el caballo de Atila de la música: por donde pasaban no volvían a crecer las músicas autóctonas”.

Por lo tanto, es justicia colonialista que, en 1965, fueran nombrados sargentos peppers-dominatrix (por nombre oficial, caballeros de la Orden del Imperio Británico, OBE), y justicia poética que, inmediatamente después del 68, comenzara el declive de esta mefítica banda. Cuando, a mediados de los años 70’s, se reencarnaron en el grupo sueco Abba, la sensibilidad musical del pueblo se había recuperado hasta el punto de que, esta vez, el fraude musical fue tan manifiesto que sólo engañaron a la mitad hortera del mundo.

En lo único que acertaron –sin querer- fue en confundir lo divino con lo banal. El hippie estaba convencido de que la divinidad anida en la simplicidad -que él confunde con la simpleza y nosotros corroboramos esta confusión-. Pero su simplicidad -o simpleza-, son la apoteosis de la trivialidad. Elevar lo banal a la categoría de divino fue su único hallazgo teórico: lástima que, nada más concebirlo, lo malograran maquillándolo con sus pretenciosos ritos orientalizantes y ecolátricos. Aunque sigamos reprochándoles que no se atrevieran a ver que su emperador –léase, su gurú- estaba desnudo, todavía les podemos reconocer que, bien a su pesar, nos demostraran que sus dioses eran grotescos y, además, estaban desnudos.

Mutatis mutandi, el espacio sociológico que en el 68 ocuparon los hippies es el mismo que hoy ocupan los esotéricos. Ambos son irracionalistas convictos y confesos, ambos escenifican una rebeldía que no llega ni a las candilejas, ambos proponen un modelo de consumo –más caro en los esotéricos pero es el signo de los tiempos- perfectamente integrado en el mercado y ambos trabajan mucho más de lo que presumen –un comportamiento claramente psicopático-. La Hidra Religiosa ha regenerado su cabeza irracional: con ella no podemos tener compasión.

8. Los Partidos Comunistas o Komintern

Todas las anteriores reseñas sobre los odiosos lugares comunes que ocultan el 68 pueden resumirse en una: Mayo fue una revuelta contra todos los autoritarismos, los orgullosamente escandalosos de la derecha y los sibilinamente ramplones de la seudoizquierda. Por lo tanto, chocó de frente con los partidos comunistas (PC), todos ellos agrupados en la, entonces, famosa palabra Komintern –término que nunca debe confundirse con ninguna Internacional, desde la Primera hasta la Quinta o Sexta-. Léase esto en letras grandes, capitulares, subrayadas, acentuadas y recalcadas.

Un apunte localista: en el 68, el PC francés tenía 73 diputados (sobre 487) y un sindicato, la CGT, que descalabró a más sesentayochistas que los CRS –policías de choque-. Por nuestra parte, que no respondiéramos in situ con mayor contundencia se debió a nuestra natural mansedumbre. También coadyuvó la presencia en nuestras filas de infiltrados prochinos, troskos e incluso de una docena de cristianos-de-base pero, sobre todo, al respeto que se tenía por las luchas del Tercer Mundo [cf. infra, #Etnocentrismo], Vietnam y América Latina en especial, aunque también estaban muy presentes África y algunas rebeliones como las de Irak, ese gran país muy avanzado en el laicismo donde algunas almas nobles habían quemado públicamente el Corán -¿cuándo le tocará el turno a la Biblia?-. Se consideraba que el Tercer Mundo no podía estar tan adelantado ideológicamente como las Europas y que, por ende, le debíamos una particular paciencia pedagógica.

Pero, repetimos, nunca se repetirá lo suficiente y nunca se dirá en voz suficientemente alta: el Partido Comunista (PC) fue nuestro peor enemigo. El peor porque el viejo mundo gaullista estaba enfrente pero el PC estaba enfrente… y detrás y a los costados (8). Los veteranos derechistas de la guerra fría eran fácilmente identificables por su exhibicionismo y por su estética Dior-Ejército pero los otros veteranos, los leninistas del PC, eran grises de nacimiento y de vocación por lo que, uniendo la repugnancia hacia su mal gusto con sus hábitos ratoniles, no había forma de mirarlos. Ellos se vengaban de nuestro desprecio conspirando en sus covachas sobre la mejor tergiversación y ocultación futura de ese 68 que se les vino encima bien a su pesar.

No se les puede negar cierta perspicacia pues fueron los segundos –los primeros fuimos nosotros- en percatarse de que el 68 acabaría con esa suerte de Segundo Ancien Régime que ellos mantenían con igual ardor que la derecha-derecha pero con menos flexibilidad e inteligencia. Y, en efecto, la derecha azul (tricolor) sobrevivió rejuvenecida pero ellos, la derecha (roja desvaída), entró en coma.

Para matizar, debemos insistir en que nos importaban un bledo los Regímenes, fueran antiguos o modernos, segundos, primeros o quincuagésimos; y añádase que el proceder de los PC no nos sorprendió pues sabíamos de sobra que su acabamiento de toda revolución es una constante histórica. Cuando no han sido sus verdugos (remember Kronstadt, Makhno, España 1936-1939) la han desfigurado, ocultado y negado. Por ej.: la matanza de Iquique (4000 asesinados; Chile, 1907), una sublevación de obreros internacionalistas –i.e., anarquistas- que fue ametrallada dos veces: la primera, a sangre fría por los militares y la segunda, décadas después, por los incautadores leninistas.

Por ello, antes preferimos la truculencia de la derecha-de-toda-la-vida (los sesentayochistas como anarcos y éstos como “asesinos, terroristas, dinamiteros, promiscuos”) que el paternalismo de los leninistas, esa otra derecha que nos ha colgado el sambenito de “idealistas, románticos, genialoides, entrañables… pero desorganizados e incapaces de organizarse”. Y, puesto que ambas derechas nos matan por igual, preferimos ser delincuentes antes que niños.

9. Contabilidad

Las conquistas populares se pagan en sangre. La Historia, con la cruel claridad que la caracteriza, nos enseña que, casi siempre, se puede establecer una relación directa entre la sangre del pueblo y la reivindicación arrebatada al Poder: tantos muertos, tantas conquistas sociales. En esta línea, ¿cuántos muertos costó el Mayo 68? (9): nadie lo sabe y casi nadie se preocupa por ello. Para aproximarnos desde la más vergonzosa ortodoxia a esta tan necesaria como sombría contabilidad, contamos con el claro precedente de cómo, sólo seis años antes del 68, se las gastaba el Estado francés a la hora de cuantificar sus “daños colaterales”. Nos referimos a la anterior matanza parisina, la conocida como del metro de Charonne (1962), la de los argelinos residentes en la Cité Lumiére que protestaban contra el genocidio que los colonos y el Ejército galo estaban perpetrando en Argelia: a pesar de que la vox populi hablaba de centenares de víctimas, la estimación oficial se mantuvo impertérrita en siete muertos... hasta que, treinta y siete años después de los hechos, el informe estatal Mandelkern (1998) la aumentó a treinta y dos -y se quedó muy corto-.

Con semejante precedente, es obvio que nunca sabremos el número de asesinados por las Fuerzas del Orden durante el Mayo 68 francés –menos aún de los otros mayos, aunque el mayor fuera en octubre-. Dada la violencia con la que se emplearon los forzudos ordenancistas y considerada la letalidad de sus herramientas –fusiles, pistolas, bulldozers, granadas no sólo lacrimógenas sino también de cloro y explosivas, etc.-, es de presumir que más de una víctima engrosó la lista de los accidentes de tránsito de aquellas semanas. Algunas otras –por ej., los exiliados y otros extranjeros- ni eso siquiera. Pese a todo, se sabe positivamente con toda certeza que fueron asesinados los obreros Bernard Beylot y Henri Blanchet (en Sochaux) y el estudiante de secundaria Gilles Tautin (en Meulan).

¿Para qué esta contabilidad? Porque es la única medida objetiva –insuficiente pero cuantificable- del más oculto, censurado, olvidado e infeliz de los costes humanos del 68. ¿Y sólo tres muertos aproximadamente?: entonces, contrastando esa cifra con las conquistas sociales, ¿podemos decir que ganamos?, ¿ganamos aunque sólo fuera en Europa, EEUU y Japón pues en el resto del mundo las cuentas son muy distintas? No seremos nosotros quienes respondamos a tan triste cuestión.

10. Eurocentrismo

“El reflejo de internacionalismo (..) reapareció con una fuerza que parece augurar la próxima vuelta de las Brigadas Internacionales. Al mismo tiempo, todo el espectáculo de la política extranjera, Vietnam en cabeza, se disolvió súbitamente revelando lo que nunca había dejado de ser: falsos problemas para falsas protestas”, escribían Viénet y sus amigos en el mismo año 68.

¿Cómo superar esta aparente contradicción? No se puede superar porque existió con toda certidumbre. Ocurrió que, pese a la ubicuidad de la guerra de Vietnam, de las guerrillas latinoamericanas y del Tercer Mundo en general [cf. supra, #Komintern], cuando el Mayo 68 europeo adquirió entidad, nadie se acordó de que en el mundo había otros continentes además del Viejo. Y ello pese a que hubo Comités de Acción de todas las minorías imaginables –española incluida-.

Para remediar en lo posible este fracaso, creemos oportuno mencionar con cierto detalle a aquellos sesentayochistas que, después del 68, han tratado de paliar las consecuencias del eurocentrismo mayista. En este sentido, nos es grato señalar que algunos de sus activistas más connotados lograron salir de Oksidente siguiendo distintas líneas culturales. Así, los hubo que repitieron el itinerario de intelectuales europeos pseudo-indigenistas. Por ej.: Michel Besmont, siguiendo las huellas de Artaud en la Tarahumara mexicana; Jacques Dion, episódicamente obrero sindicalista en Nueva Caledonia y Claude Malhuret, cooperante en Tailandia antes que secretario de Estado.

Aunque quienes hoy nos pueden interesar más son los sesentayochistas que volvieron a su ser y papel indígena. Ejemplos: Omar Diop, torturado y asesinado a su regreso al Senegal del exquisito presidente-poeta Senghor; el guineano Mamadi Kaba, luego afincado en Toulouse y el kanako Nidoish Naisseline, a su regreso a Nueva Caledonia, fundador de los Foulards Rouges 10 y después, secretario general del partido Libération Kanaque Socialiste -reciclado últimamente en alto ejecutivo del transporte aéreo-.

En cuanto a la diáspora de los archicitados situacionistas, sólo tenemos noticia de tres: Eduardo Rothe, en su país natal, insiste en que se haga la revolución literalmente a-todo-coste mientras que, en Bretaña, François de Beaulieu la otea en el marco de un bretonismo ilustrado. Pero quien más aparece en los papeles es René Riesel, rudo pastor galo, destructor de experimentos genéticos en 1998 y prisionero en el 2004 –en la cárcel de Mende, recluso nº 4612-.

Finalmente, dejémoslo muy claro: el único país donde el sesentayochismo pudo haber significado no sólo una revuelta sino incluso una revolución fue México. De no haber sido sofocado en sangre, es probable que hubiera cambiado el rumbo del Tercer Mundo. En tal caso, su peso político mundial hubiera sido superior al del mayo europeo –o, al menos, equiparable-.

Para muchos sesentayochistas, la cruz eurocéntrica del 68 es ahora absolutamente insufrible.

11. La asimilación

Por fortuna, este cuadragésimo aniversario del 68 ha comenzado con una excelente reflexión: según S. Alba Rico, “no hay una sola utopía liberadora excogitada en los últimos 8.000 años que el capitalismo no haya hecho realidad bajo la forma de una maldición” (11). En otras palabras, que el tiempo nos haya dado la razón no demuestra en absoluto que exista eso que llaman Progreso –y, añaden, ineluctable, tanto en lo social e individual como, con aparentes mejores argumentos, en lo técnico-.

En principio, no tenemos nada en contra de que el sistema incluya algunas de las reivindicaciones del 68 –por su radicalidad, todas sería impensable-. Es decir, que podemos ponernos el sombrero posibilista y dar la bienvenida a las pocas o muchas asimilaciones que se hayan derivado del Mayo. Pero, a poco que afinemos, tropezaremos con la necesidad de evaluar hasta qué punto estas asimilaciones son reales o ficticias y sustanciales o banales. El veredicto es fácil pero amerita que se le analice.

Como decíamos antes (cf. supra, #9), podríamos aventurar que el 68 ha triunfado puesto que -aparentemente-, buena parte de su terminología ha sido incluida en la vida cotidiana actual; sería una victoria enana pero no pírrica. Ello no tendría nada de raro pues el lenguaje se renueva parcial pero continuamente. Por su parte, las palabras suelen ser significantes… hasta que el manoseo las vuelve insignificantes. O, peor aún, se transmutan en sus antónimos (12). Ejemplo: incluso los neofascistas, libertarianos o neocons rebuznan cuando, plagiando sin tapujos a los clásicos del anarquismo decimonónico, se extasían ante las maravillas que les reportan las “forces of creative destruction”.

Es, justamente, lo que ha ocurrido con el vocabulario sesentayochista: que ha sido copiado pero sin verse acompañado de ese asesinato que, según es fama, en las Bellas Artes lo absolvería. En este caso, el asesinato equivaldría a haber instaurado el nuevo orden social que expresaban las palabras del 68 y que hubiera sustituido al desasosegante desorden de ayer y de hoy. Evidentemente, no ha sido así y quizá ello se debe a que el Mayo fue una rebeldía política inmersa en una revolución cultural. De ahí vienen su fortaleza y su debilidad: fortaleza porque las revoluciones culturales son fenómenos de larga duración pero que, en Oksidente, requieren de algún catalizador para comenzar su andadura. Debilidad porque, a fuer de nuestro desinterés por las politiquerías, es imposible que un incipiente cambio cultural se traduzca en un inmediato cambio político.

Quizá no podía terminar de otro modo una revuelta que pretendió hacer una revolución desde abajo pero comenzando por las universidades pues éstas no son expresión alguna de la sociedad sino, parafraseando a P. Celan, las chimeneas por las que suben al cielo las cenizas de los inocentes.

Por lo demás, el sucio recuelo que ha quedado después del crematorio ha sido una cohorte de falsos arquetipos del sesentayochismo que todavía siguen haciendo de las suyas gracias a la sinvergonzonería de la Kultura oficial. A los ya mencionados (cf. supra, # 4 y 6), habría que añadir especialmente a bastantes figurones de la Kultura Spektakular (13), no porque sean más dañinos que los Sesudos Especulativos sino porque tienen mayor predicamento en las almas jóvenes –y nos consta que hay adolescentes setentones-.

En la más reciente cooptación y asimilación del 68, el leninismo ilustrado ha jugado un papel clave; máxime desde que se hundió el socialismo de Estado y tuvo que agarrarse a ese clavo ardiendo que llevaba tres décadas intentando quebrar. Para esta purrela, no fue mucha la novedad porque la derecha-consumista y la derecha-leninista ya habían celebrado sus nupcias en el 68 -llevaban tantos años de noviazgo que ya fue hora-. Esto es evidente por sí mismo; ahora bien, ¿porqué le ha sido tan sencillo a esta Santa Alianza falsificar el 68?: porque tardaron menos tiempo que nosotros en darse cuenta de que El Proletariado Europeo (EPE) ya no existía. Mientras ellos pasaban página, nosotros seguimos durante varias décadas venerando la momia proletaria. Debimos guardarla en un museo confortable y subrayar que la lucha de clases ya no se desarrollaba entre capitalistas y proletarios sino entre cínicos e ingenuos; o entre mentirosos y alienados; o, como siempre, entre ricos y pobres. Teniendo en cuenta que la opresión viene a ser la misma, un mero cambio de vocabulario no nos hubiera costado gran esfuerzo.

Por lo demás, la única diferencia entre una y otra novia de la Alianza era que la primera derecha había enterrado con ignominia al EPE y, ojo al detalle, antes de tiempo -en realidad, había muerto poco antes del 68: el Volkswagen le machacó y la II Guerra Mundial le remató-, mientras que, desde 1917, la segunda derecha, también prematuramente, pretendió su momificación pero en olor de santidad. Sea como fuere, la descomposición proletaria sólo comenzó en el 68, aunque a algunos nos llegara la hedentina más tarde que a otros.

Valga en nuestro descargo que cometimos un desliz propio del mejor conservacionismo. Tratamos de honrar a nuestros padres proletarios más allá de lo que era oportuno. Fue un pecado (venial) y, de cara al futuro, un error estratégico. Pero lo volveríamos a repetir porque seguimos siendo hijos de una tradición milenaria -la emancipadora- en la que las pérdidas inmediatas siempre superan a las ganancias posteriores. Y a mucha honra que lo tenemos porque así es imposible que nos asimilen.

12. Misterios

Ni por asomo vamos a caer en la tentación de creer que lo hemos sabido todo y lo hemos dicho casi todo. Estos doce parágrafos podrían ser doscientos (o dos) y seguiríamos perdiéndonos porque todavía quedan muchos misterios sobre Mayo 68 (14).

El más visible de ellos: ¿porqué los gaullistas ganaron por gran mayoría las elecciones subsiguientes pero De Gaulle tuvo que abandonar la política meses después? Probablemente para demostrar que, en estas democracias llamadas ‘avanzadas’ o seudodemocracias oksidentales, el Poder se bate en los palacios mucho más que en las urnas. Pero hay más y quizá las huelgas de hambre que hemos vivido sean un paralelo ilustrativo. Veamos: en una prisión que no sea abiertamente de exterminio, el huelguista de hambre lo primero que pierde –antes, incluso, que peso corporal- son las escasas comodidades que tenía. Es aislado en celdas de castigo, expedientado, apaleado, sancionado, etc. Sus pequeños derechos quedan reducidos a nada. Y, pese a todo ello, el funcionariado carcelario comienza a retroceder desde que el huelguista sale de la celda de castigo. A la postre, triunfa el símbolo puro y en el terreno simbólico es donde el 68 ha resistido mejor.

Otro misterio es el que ronda alrededor de algunos descubrimientos todavía por descubrir. Nos referimos a que subsisten hallazgos culturales que, con razón o sin ella, se le atribuyen al 68 pero cuyo reconocimiento está muy por debajo del que, en general, ha conseguido el Mayo. Algunos de estos malaventurados son:

Los comics o tebeos. Por sinrazones que no acabamos de vislumbrar, siguen considerados como un arte menor, no como la ópera de papel o el cine tácito que algunos vemos. En el plano del mayismo historiográfico, es archiconocido que fueron utilizados por los situacionistas… pero no sólo por ellos. En todo caso, en absoluto eran una novedad en el año 68. Un solo dato: en 1954, sólo en los EEUU, se vendían mensualmente 150 millones de tebeos. Algunos ejemplos: R. Crumb publicó su primer Fritz the Cat en 1959; G. Shelton parió en 1961 su impío Wart-Hog, parodia porcina de Superman, y sus Fabulous Furry Freak Brothers –hoy barridos de todas las enciclopedias de papel-, surgieron precisamente en pleno 68; incluso podemos encontrar su rastro en todos los artistas de vanguardia e incluso en algunos de la retaguardia -como Roy Lichtenstein quien, desde 1961, se dedicó a plagiarlos sin decoro alguno, and for a substantial fee-.

Los grafitti o pintadas. Insólito nos resulta que un arte tan adaptado al medio urbano no haya progresado en las últimas décadas –Bansky et allii mediante-. Talmente parece que necesita algo más que el prolífico envite que se le dio en el 68 porque, para su esclerotización, ahora está recuperado por los burócratas municipales cuando no por el mercado de los esteticistas urbanícolas. Quizá su adocenamiento se deba a la ‘excesiva’ juventud de sus militantes, más preocupados por su ego que por la belleza, aunque también ayuda el respeto malentendido del que disfruta la asepsia urbana.

La ausencia de canciones mayistas. Por increíble que parezca, no hubo canciones propias en el 68; se corearon la Internacional, la Varsoviana y la Joven Guardia Roja y también otros himnos revolucionarios a los que se les incrustó alguna nueva letra -que nunca llegó a cuajar- pero sólo recordamos alguna que otra producción propia (15).

Y, finalmente, el mayor de los misterios: ¿por qué nos dio a cuatrocientos jovencitos privilegiados por arruinar nuestro brillante porvenir?

MICRO-APÉNDICE PARA ESPAÑOLES

Un apunte sociológico y dos o tres anécdotas:

En la España del 1968 sobrevivían al franquismo 32 millones de personas. El salario mínimo era de 2.880 ptas. (48 US$); el crecimiento macroeconómico rondaba el 7% anual; la esperanza de vida –curiosa expresión- se situaba en los 67 años para los varones y en los 72 para las hembras. La visitaban 15 millones de turistas pero, hélas, no todos ellos eran esas francesas en las que los machitos depositábamos todas nuestras esperanzas. En el plano –muy plano- de la peor cultura de masas, lo dicho para el declive post-sesentyochista de los Beatles, vale también para España, esta vez ejemplificado en las no menos mefíticas bandas Los Brincos y Los Bravos.

¿Huelga repetir que los españoles presentes en el mayo 68 francés no alcanzaban los varios millones que dicen haberlo presenciado? Pese a todo, si sumamos los exiliados políticos y los exiliados económicos –vulgo, emigrantes-, éramos muchos cientos de miles. Los estudiantes nos dividíamos entre una mayoría simple de exiliados y una minoría compacta de pijos por familia y pijos por aspiración –también llamados becarios-. Era aquella una segmentación feroz y lamentamos que, pese a que se mantengan incólumes las diferencias políticas sobre las que se asentaba, ahora se haya difuminado.

Como es tradición inaugurada por los famosos polacos de la Comuna de París y abrillantada por los republicanos españoles que reforzaron la Resistencia francesa, los buenos españoles nos unimos enfervorizadamente al resto de los metecos buenos que se mantuvieron en las primeras líneas de la sublevación. Aunque suene ridículo –que lo es-, quisimos ser más franceses que los franceses, pecado venial de cualquier internacionalista. Y, hasta cierto punto, lo fuimos tanto que ni siquiera a la parte estudiantil nos molestó en exceso que la Embajada franquista huyera de rositas -estaba tan lejos de nuestros cuarteles del Barrio Latino que no nos mereció el esfuerzo de ir a reventarla-.

El acto que, personalmente, mejor recordamos fue la creación en la Sorbona del Comité de Acción español –o soviet hispano-. Fue de los primeros Comités de Acción en clave de pasaporte que surgieron en París y organizarlo resultó tan sencillo como conseguir papel, marcador y paredes para fijar la primera convocatoria. Pero, casualidades de las rebeliones, cuando A.P. y J.Y. estaban pegando esos carteles en el exterior de la Sorbona, apareció Manuel Azcárate acompañado por dos acólitos de cuyos nombres no queremos acordarnos. Este prominente miembro del PCE, primero intentó disuadirnos e, inmediatamente, nos auguró en tono despectivo el fracaso más rotundo. Para cerciorarse de que así debía ocurrir, envió unos saboteadores a la asamblea constituyente -huelga añadir que los fracasados fueron ellos-. Andando el tiempo, Azcárate se convirtió en un preboste de El País, pequeño detalle que quizá ayude a comprender la inquina que este diario ha mostrado siempre hacia el 68 (16).

Con el paso de los días, este Soviet decidió okupar el Colegio de España, nido de becarios sedicentemente izquierdistas –algunos lo eran de verdad-. Fue la primera okupación de algún edificio de la Cité Universitaire –en realidad, un internado cosmopolita-, lo cual dice bastante de la verdadera movilización de los becarios extranjeros. La española, duró desde el 17 de mayo hasta mediados de junio y derivó en una representación jibarizada y esperpéntica de la Guerra Civil en el lado republicano. Ahora bien, no se nos malinterprete: por jibarizada entendemos que no hubo una cabeza grande y rectora sino varias cabezas pequeñas, dicho sea en su favor. Y por esperpéntica entendemos que fue muy idiosincrásica lo cual tampoco está nada mal. Con sus pros y sus contras, amamos el esperpento y sólo lamentamos que el nuestro se quedara chico al lado del que diariamente nos endilgan nuestros mandamases. Por lo demás, ¿qué mejor enseñanza histórica que representar en propia carne los problemas internos de los republicanos en guerra?

Finalmente, sólo nos resta añadir que ninguno de los sesentayochistas españoles ha alcanzado en las décadas posteriores ninguna preeminencia política o cultural –no digamos económica-. Así que no nos vengan con las monsergas de que “la generación del 68 ha ocupado el Poder”, “se cambiaron la chaqueta”, “han demostrado ser una banda de corruptos”, etc. Al menos, se nos debe parecido respeto al que nosotros profesamos para con nuestros muchos desaparecidos en combate. Y tampoco estaría mal reconocernos que, aunque sólo sea en los hombros, ahora estamos más cerca de los gigantes que de los enanos.

Notas:

1 Huelga añadir que son materiales recogidos in situ –exactamente, 362 documentos-. Un ejemplo de hasta qué punto se negligen estos acervos de primera mano: en el año 2004, el International Institute of Social History (Amsterdam) tenía un archivo sobre mayo 68 de sólo 2,75 mts. lineales, una menudencia para un centro en el que hay archivos personales mucho más voluminosos; por ej., el de José Martínez-Ediciones Ruedo Ibérico sobrepasa los 21 mts. lineales.

2 En el 2005, Alemania gastó el 1 % de su PIB (16,3 miles de millones de €uros, una cantidad que el RU superó por escaso margen) mientras que, en los EEUU, el gasto ascendió a 143.000 millones US$, equivalente al 1,29 % de su PIB. En todo caso, estas comparaciones no son fiables puesto que el negocio de la publicidad ha variado notablemente en estos últimos cuarenta años; no sólo ha aparecido la publicidad en Internet sino, sobre todo, las cuentas se han diversificado en conceptos tan elusivos de contabilizar como los de promoción de ventas y venta por correo amén de toda suerte de rebajas, bonos, cupones y demás dinero paralelo. Por ello, hemos encontrado estadísticas que variaban hasta en un 40%; en tales casos, recurrimos a la socorrida media aritmética

3 Aplausos para los muchos sabios que son pagados para sostener estas vacuas sentencias. Hasta aquí la ciencia oficial que es muy razonable. Pero, ¿podría haber sido de otra forma? Por ello, en verdad os digo que ambas sentencias son absolutamente estúpidas porque, en el caso de la primera, ¿cómo podría mudar la esencia?, y, en cuanto a la segunda, ¿acaso no es lo efímero el principal rasgo de lo accesorio?

4 En la España pre-68, hasta los niños comíamos anfetaminas. Eran muy baratas, la Simpatina aún más que la Centramina. En todo equipaje escolar, al lado del sacapuntas, estaba el tubo de anfetas comprado libremente en la farmacia de la esquina por nosotros mismos. Los derivados de la cocaína, la Novocaína y el Novocorpan, también era de venta libre, pero demasiado caros para el bolsillo infantil. Asimismo, hasta en los kioscos de caramelos vendían morfina e incluso en los economatos de las cárceles, se compraba “tabaco moruno” –es decir, grifa, marihuana del Rif marroquí-.

5 Declaraciones de José Ribas, fundador de la revista Ajoblanco, en Diagonal, nº 70, 24 enero-06 febrero 2008.

6 Pierre Mendès-France (1907-1982), fue jefe de gobierno francés (1954-1955). Comenzó su mandato intentando minimizar los efectos de la estruendosa derrota que los franceses sufrieron en Dien Bien Phu (Vietnam); después, quiso prevenir la independencia del norte de África utilizando la argucia autonómica. En el ámbito doméstico, fue muy comentada su campaña antialcohólica; adelantándose al 68, comprendió que los sindicatos autoritarios encarnaban la contrarrevolución. Preconizaba que “gobernar es [sólo] escoger” (1953). Sobra añadir que, pese al barniz democrático con el que las disfrazaba, todas sus maniobras políticas terminaron en sonados fracasos.

7 Parecido es el caso de los innumerables trepas que, durante el franquismo puro, se afiliaron al Partido Comunista español en la creencia de que algún día el PCE tomaría el Poder. ¡Menudo olfato político!... para que luego se burlen de “la ingenuidad política de los anarquistas”. Recordemos siempre que, lo más cerca que estuvo el PCE del Poder, sucedió en los gobiernos (franquismo impuro) del genocida Aznar, cuando los réprobos J. Piqué, A. Birulés y sus “compañeros de viaje” P. del Castillo, C. Villalobos y J. Matas constituyeron unos gabinetes ministeriales fascio-leninistas.

8 La prensa española ha publicado repetidas veces (la última, firmada por J. Ramoneda, El País, 25.V.2007) una sabrosa anécdota que, si non é vera, é ben trovatta: "Contaba [José] Bergamín su encuentro con André Malraux durante Mayo del 68. Deambulaba el poeta por las calles de París en una de aquellas jornadas en que parecía que todo era posible. Pasó por delante del Ministerio de Cultura y le entró curiosidad por saber en qué estaría pensando el antiguo revolucionario convertido en ministro cuando la calle asediaba al Estado. Si la ausencia de funcionarios es síntoma de vacío de poder, el Estado francés estuvo en precario. Bergamín se metió en el ministerio y llegó hasta el despacho del ministro sin encontrar a nadie por el camino. André Malraux, el de siempre, el del flequillo negro, el del gesticular frenético, el de la voz seca y nerviosa, se abalanzó sobre el visitante y al tiempo que le abrazaba le dijo: "Felizmente, tenemos el partido comunista". Con el tiempo, esta última frase ha sido puesta en boca de docenas de empíreos figurones de la derecha.

9 De las conquistas sociales conseguidas gracias al Mayo es de lo que hablan todas estas notas pero véase supra, en especial, el parágrafo # 1, “Lo que va de ayer a hoy”.

10 En homenaje a Louise Michel, quien es fama que entregó el pañuelo que había enarbolado en la Comuna de París a los rebeldes Kanakos cuando éstos se sublevaron en 1878; en otro orden de solidaridad, también les proporcionó algunos consejos bastante prácticos, el primero: “corten enseguida las líneas del telégrafo”.

11 Lo ilustra con una suerte de poema en prosa: <<Había una vez un hombre que soñaba con viajar más y el capitalismo lo metió en una patera. Había una vez una mujer que buscaba amor y el capitalismo la arrojó a la prostitución. Había una vez una mujer que deseaba una máquina de coser y el capitalismo la encadenó a una maquila. Había una vez un niño que deseaba que su padre no le pegara y el capitalismo lo dejó huérfano. Había una vez una niña que no tenía ganas de estudiar matemáticas y el capitalismo bombardeó su escuela. Había una vez un hombre y una mujer y un niño y una niña que deseaban vivir felices y libres de preocupaciones y el capitalismo les dio la televisión. Había una vez un presidente de los EEUU que tenía en su despacho una lámpara, la frotó con la manga y salió un genio: “Pide tres deseos y te los concederé”. “Nuestro deseo –respondió el magnate en nombre de su país- es tener más deseos. Ya nos ocuparemos nosotros de que se cumplan”. Y el genio le cedió todos los sueños, todos los pensamientos buenos, todas las imágenes nobles de la Humanidad para que materializara su destrucción a ras de tierra>> En la misma línea, finaliza su artículo narrando la historia de Mohamed Farag, quien viajó a Jordania para asistir a una boda pero fue detenido por la CIA y torturado durante 19 meses en un régimen de aislamiento tan amoral que, en las palabras del infortunado preso, “cada vez que veía una mosca, me llenaba de alegría”. A lo que Alba Rico añade este comentario con el que termina su artículo: “Que no se entere, por favor, la CIA. O puede ocurrir que los centenares –o miles- de desaparecidos en cárceles secretas vean cumplido este deseo y tengan que expiar su inocencia en una celda invadida por una plaga de moscas”. Santiago Alba Rico, “Deseo tener más deseos. Utopías cumplidas”, en Rebelión/Cuba Debate/ InSurGente, 03.I. 2008 (edición cibernética)

12 A fin de cuentas, es cierto que Oksidente es fiel heredero del cristianismo, religión que ha conseguido ser hegemónica gracias a su continua adaptación a la hipocresía de los tiempos: cuando tocaba ser belicista, lo era más que nadie –recuérdese el invento de las Cruzadas- y cuando toca ser pacifista, pretende que lo es desde hace dos mil años.

13 El melifluo vocalista Jacques Dutronc es uno de sus representantes más conspicuos. Por cierto, en la prensa española de enero 2008, aparecieron algunas reseñas sobre el lanzamiento del primer disco de Thomas Dutronc “el hijo de Françoise Hardy y Jacques Dutronc”. Según una de ellas, “no es el típico hijo de famosos que se aprovecha de su apellido”. Ojalá. Porque, si se cumple lo del palo y la astilla y le toca otro Mayo, Thomas haría el mismo ridículo que hizo su progenitor.

Otro que tal baila es el llamado cantautor Adamo, para el rebaño cosmopolita “el trovador de las sienes plateadas”, y para quienes suscriben, uno de los productos más cursis salido nunca de las fábricas de música, amén de un descarado sionista que achaca ¡a las víctimas! las culpas del genocidio palestino –óigase su tema Inch’ Allah-. Recientemente, un plumífero español le tituló “el poeta de una generación”, amén de declararse extasiado ante “su potencia creadora, su sabiduría escénica, su experiencia como intérprete, la sencilla dulzura de sus acordes, su sólida formación musical”. Etc. Según el mismo epígono del peor sesentayochismo, por todo ello, “expresó el impulso amatorio de muchos jóvenes … con cortesía francesa, elegancia italiana y pasión hispánica” [sic, no es chiste] amén de que “la elocuencia de su música sigue convenciendo porque se asienta sobre la cordialidad”; o quizá porque, corrección política obliga, “se onfiesa solidario y amante de la paz” (El País, Madrid, 15.VIII.2007). Hartos de tanto almíbar, solo podemos añadir: “Pues, como ya hicimos en el 68, nos cagamó en Adamó”.

14 Por si fuera poco delito, el único que recordamos reiteradamente es bastante banal; hoy lo compartimos porque algún avispado comentarista le sacará su buen jugo. Le voilà: uno de los lemas más coreados fue Ce n’est pas qu’un debut, continuons le combat!, [Es sólo un comienzo, el combate continúa] dístico de ritmo extraño que, además, no rima. Pues bien, pocos meses después, cuando ya no había grandes manifestaciones, fue sustituido por el lema Ce n’est pas qu’un debut, le combat continue!, que sí rima. ¿Porqué a nadie, y éramos millones, se nos ocurrió cambiarlo a su debido tiempo?

15 Por ejemplo, el Comité de Acción del Teatro l’Epèe du Bois (París) creó una suerte de romance en seis estrofas cuya letra comenzaba: “J’ai vu des hommes matraqués / j’ai vu des femmes bousculées / J’ai vu des grenades claquer / J’ai entendu la foule hurler”. Estribillo: “Ah!, le joli mois de mai à Paris / Ah!, le joli mois de mai à Paris”. La última estrofa rezaba: “Nous bâtirons une societé / Oú chacun sera libre et entier / Responsable de sa destinée / Et du sort de l’humanité”.

16 M. Azcárate (1916-1998), después de toda una vida al servicio del estalinismo, fue expulsado en 1981 del PCE enquistándose de inmediato en la intelligentsia socialdemócrata española donde se erigió en puente entre el comunismo de Estado y la Institución Libre de Enseñanza. Cuando falleció, el diario El País le homenajeó como propio -era su “editorialista y analista internacional”- y los plumillas de ese entorno tampoco escatimaron loas hiperbólicas. Algunos de lo obituarios se titularon: “Una inteligencia laica”, “Periodista y resistente”, “Las esperanzas de un derrotado”, “El que no traicionó”, “Lúcida memoria”, etc.

Otro saboteador fue el entonces famoso radiofónico Alberto Oliveras, chisgarabís que se nos presentó una noche en la sede del Comité español de la Sorbona exhibiendo una preciosa mancha de tinta afectadamente vertida en su impoluta camisa. Quiso saber nuestras filiaciones pero se negó a prestarnos un minuto de radio en directo. En consecuencia, nos proporcionó el inmenso placer de expulsarlo de la Sorbona, culpable del delito de confundir la coquetería con el arte. Otro personajillo de infelice recordación fue Fernando Arrabal, tímido hasta la psicopatía, quien se mostró incapaz de intervenir en las asambleas y ni siquiera de garabatear una pintada en una pared oscura. Eso sí, sobornaba a otros para que pintaran sus lemas, insulsos hasta la vacuidad. Harto de que nadie le hiciera caso, muy pronto agarró su Citroën Dos Caballos rojo y se perdió en esa nada de la que nunca más regresó.

* CNT mayo 2008

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28.- Mayo del 68, una pop-revolución

Ignacio Ramonet
Público (22-5-08)


En aquel reguero de protestas que marcaron el año 1968 hay algo de enigma histórico. Ya había ocurrido en 1848. Por distintas causas, en varios países de Europa estallaron entonces una
serie de revoluciones sin relación aparente entre sí. Pero Carlos Marx demostró que tan dispares motines se ajustaban a un esquema común, y lo calificó de “primavera de los pueblos”.

¿Qué poseen en común las revueltas del 68? ¿Por qué, al mismo tiempo, se producen en sitios tan alejados como California, Tokyo, Inglaterra, Alemania, Polonia, Italia, Uruguay, París,
España, Praga y México? ¿Por qué, como símbolo de una protesta universal, sólo ha quedado el “mayo francés”?

Con la lucidez que otorgan los cuatro decenios transcurridos, se puede afirmar que en aquel año 1968 entra en escena una categoría social hasta entonces desprovista de estatuto político: la
juventud. Igual que en la segunda mitad del siglo XIX se inventó la infancia, y que en el periodo 1880-1920 se concibió la adolescencia, en los años 1960 se creó lo que llamamos juventud. O
sea, una categoría social de contorno impreciso cuyos miembros tienen una edad correspondiente al periodo que va del fin de la adolescencia hasta la entrada en la vida activa. Y que coincide,
en nuestros países, con los años de estudios superiores.

Los estudiantes eran antes unos señoritos. Existían como coartada (para la reproducción de la clase dominante) pero no como verdadera categoría social capaz de influir en la política. Eso
cambia después de la Segunda Guerra Mundial. Se produce una masificación de la enseñanza superior. Y tremendos atascos a la entrada de las escasas universidades existentes. Surgen
entonces dos causas comunes de malestar.

La primera tiene que ver con el estatuto del estudiante y la degradación de sus condiciones materiales de estudios. La segunda corresponde a su inscripción social y a la toma de conciencia de
que lo que se le enseña sirve para reproducir el sistema de alienación y de dominación de clase que oprime a sus propios padres. Esa doble constatación –profesional y política– es la yesca
que, una vez encendida, hará estallar la furia del estudiantado.

Hay que recordar que, gracias a la generalización del cine en color, del transistor y del tocadiscos, la cultura de masas vive entonces su gran esplendor. Y lleva ya más de un decenio
difundiendo la figura del “joven rebelde”. Desde películas de gran éxito como Salvaje, con Marlon Brando, o Rebelde sin causa, con James Dean. Hasta canciones-protesta de Joan Baez o Bob
Dylan (en España, Raimon) y de cantantes míticos como Elvis Presley, los Beatles, los Rolling Stones o Jimi Hendrix.

La gran crisis internacional de aquella época es la guerra de Vietnam. En 1968, Estados Unidos lleva ya seis años en ese lodazal donde más de medio millón de sus jóvenes soldados
combaten, con unas pérdidas que sobrepasan los quinientos muertos por mes. Un conflicto muy impopular. Sobre todo en los campus universitarios donde, desde 1964, los estudiantes de
izquierda vienen organizando monumentales manifestaciones con un inusitado eco internacional.

En América Latina, Ernesto Che Guevara, en plena lucha internacionalista en tierras bolivianas, en su “Mensaje a la Tricontinental” de abril de 1967 (antes de ser asesinado en octubre de ese
mismo año), lanza su célebre consigna : “Crear dos, tres… muchos Vietnam”. Y las protestas de los estudiantes latinoamericanos se generalizan contra el imperialismo estadounidense. Aquí
el compromiso es directamente político. Y muchos estudiantes, en Argentina, en Venezuela, en Uruguay, optan por la lucha armada y sus riesgos. Violeta Parra les canta : “Me gustan los
estudiantes / porque son la levadura / del pan que saldrá del horno / con toda su sabrosura, / para la boca del pobre / que come con amargura. / Caramba y zamba la cosa / ¡viva la literatura!”.

En cambio en Francia, la revuelta de los estudiantes en mayo del 68 no es tanto una rebelión política sino, sobre todo, una revolución cultural. Presenta apariencias políticas: jerga
revolucionaria, consignas subversivas, barricadas, enfrentamientos con la policía, exhibición de iconos insurrectos (Lenin, Mao, Ho Chi Minh, Che Guevara). Pero en ningún momento los
estudiantes se proponen seriamente la toma del poder, modo principal de llevar a cabo una revolución política, de modificar las estructuras de la propiedad y de cambiar la relaciones de
dominación. El sibaritismo prevalece como lo muestra el eslogan: “La revolución cesa a partir del momento en que hay que sacrificarse por ella”.

Impregnados de marxismo, y más aún de freudismo, de surrealismo, de situacionismo y de espíritu libertario, nutridos de publicidad y adictos a la cultura de masas, los jóvenes insurgentes
franceses elaboran en caliente (“en vivo”, diría la televisión) lo que podríamos llamar una pop-revolución (por alusión al pop-art). Esa creatividad, y el hedonismo que la impregna, es lo que les
vale la simpatía universal.

Ponen en crisis la autoridad y todos los sistemas jerarquicos verticales: familia, escuela, Iglesia, Ejército, partido, fábrica, empresa. Ninguna de esas instituciones será ya nunca igual (piénsese
en la descompostura del Partido Comunista).

Despejan nuevos territorios, desconocidos por la política: feminismo, igualdad de géneros, liberación homosexual, ecología. Reclaman el derecho a la utopía (“¡La imaginacion al poder!”). Y
anuncian (y denuncian) la inexorable tiranía de la sociedad de consumo (“Consumid más, viviréis menos”).

Mayo del 68 parecía responder al requerimiento de Marx de “transformar el mundo”. En realidad respondió al postulado de Rimbaud de “cambiar la vida”.

* Ignacio Ramonet es director de Le Monde diplomatique en español. Acaba de publicar, con Ramón Chao, París rebelde

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29.- Y los muros hablaron...

Klinamen (22-5-08)


Pintadas que florecieron en los muros parisinos aquella intensa primavera de 1968

o "Somos demasiado jóvenes para esperar."
o "¡Viva la comunicación! ¡Abajo la telecomunicación!"
o No le pongas parches, la estructura está podrida.
o No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre supone el riesgo de morir de aburrimiento.
o "Para poder discutir la sociedad en que se vive, es necesario antes ser capaz de discutirse a sí mismo."
o Olvídense de todo lo aprendido, comiencen a soñar.
o Los que hacen las revoluciones a medias no hacen más que cavar sus propias tumbas.
o No vamos a reivindicar nada, no vamos a pedir nada. Tomaremos, ocuparemos.
o Abolid a los patrones.
o "No puede volver a dormir tranquilo aquel que una vez abrió los ojos."
o El patrón te necesita, tú no necesitas al patrón.
o Trabajador: Tienes 25 años, pero tu sindicato es del siglo pasado.
o El aburrimiento es contrarrevolucionario.
o Soy un marxista de la tendencia de Groucho.
o Sed realistas, exigid lo imposible.
o Están comprando tu felicidad. Róbala.
o Bajo los adoquines, está la playa.
o En otros tiempos, sólo teníamos adormideras. Hoy, las calles.
o La edad de oro era la edad en que el oro no reinaba. El becerro de oro está siempre hecho de barro.
o La barricada cierra la calle, pero abre el camino.
o Los que hacen las revoluciones a medias no hacen más que cavar sus propias tumbas.
o "El que habla del amor destruye el amor."
o "No hay pensamiento revolucionario. Hay actos revolucionarios."
o "Yo jodo a la sociedad, pero ella me lo devuelve bien."
o "En los exámenes, responda con preguntas."
o Civismo rima con fascismo. Consumismo también.
o Tu vida es una mierda… y lo sabes.
o Malas noticias para fachas y patriotas: todas las banderas están fabricadas en China.
o "Un policía duerme en cada uno de nosotros, es necesario matarlo."
o “Decreto el estado de felicidad permanente."
o De ahora en adelante, sólo habrá dos clases de humanos: los borregos y los revolucionarios. En caso de matrimonio, esto producirá "borregolucionarios".
o "Cambiar la vida. Transformar la sociedad."
o Besar a un burgués, es besar a un fascista.
o "No es el hombre, es el mundo el que se ha vuelto anormal (Artaud)."
o "Desabrochen el cerebro tan a menudo como la bragueta."
o Profesores: ustedes nos hacen envejecer.
o Queda estrictamente prohibido prohibir; la libertad comienza por una prohibición.
o Desde 1936 he luchado por subidas de sueldo. Antes de mí, mi padre luchó por subidas de sueldo. Ahora tengo una tele, un frigorífico y un Volkswagen. Y, sin embargo, he vivido siempre
la vida de un gilipollas.
o La imaginación contra el poder.
o “Cuanto más hago el amor más ganas de hacer la revolución tengo, cuanto más hago la revolución más ganas de hacer el amor tengo”.
o No es una revolución es una mutación.
o El arte ha muerto.
o Abre la ventana y apaga el televisor.
o Cuando con las tripas del último de los burócratas haya sido ahorcado el último de los sociólogos: aún tendremos problemas.
o Profesores: ustedes nos hacen envejecer.
o Las paredes tienen orejas, vuestras orejas paredes.
o ¡ Te amo !, ¡ ohh, diganlo con adoquines !.
o Camaradas proscribamos los aplausos, el espectáculo está en todas partes.
o Proletario es aquel individuo que no tiene ningún poder sobre la forma de emplear su vida y que encima lo sabe.
o ¡¡¡ Roben !!! (pintada realizada en las paredes de los bancos).
o "¡ La pasión de la destrucción ! Es una alegría creadora (Bakunin).
o La belleza será convulsiva o no será.
o La novedad es revolucionaria, la verdad también.
o Lo queremos todo … y que sea ya.
o "La libertad es la conciencia de la necesidad."
o "No me liberen, yo me basto para eso."
o "Es necesario llevar en sí mismo un caos para poner en el mundo una estrella danzante (Nietzsche)."
o Es necesario explorar sistemáticamente el azar.
o La acción no debe ser una reacción sino una creación.
o Abraza a tu amor sin dejar tu fusil.
o Digo no a la revolución con corbata.
o Tomemos en serio la revolución, pero no nos tomemos en serio a nosotros mismos.
o La poesía está en la calle.
o El levantamiento de los adoquines de las calles constituye la aurora de la destrucción del urbanismo.
o ¡ Viva la Comuna !.
o El hormigón armado educa la indiferencia.
o No se encarnicen tanto con los edificios nuestro objetivo son las instituciones.
o “La sociedad es una flor carnívora”.
o Un pensamiento que se estanca es un pensamiento que se pudre.
o Esto no es más que el principio, continuemos el combate.
o Plebiscito: Votemos a favor o en contra, nos hará idiotas.
o “El caos soy yo”.
o Dejemos el miedo al rojo para los animales con cuernos.
o Seamos realistas, exijamos (hagamos) lo imposible.
o En una sociedad que ha abolido toda aventura, hace de la abolición de esta sociedad la única aventura posible.
o Corre, compañero, el viejo mundo está detrás de ti.
o La economía está herida: ¡ Que reviente !.
o La libertad de los otros prolonga la mía hasta el infinito (Bakunin).
o La imaginación no es un don sino el objeto de conquista por excelencia (Andre Breton)
o La libertad no es un bien que poseemos: es un bien del que gracias a las leyes, los reglamentos, los prejuicios y la ignorancia, nos hemos visto desposeídos.
o Liberemos nuestra vida cotidiana.
o Sueña y serás libre de espíritu, lucha y serás libre en la vida.

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30.- Mayo de 1968, 40 años después. Entrevista

Hugo Moreno *
Sin Permiso (22-5-08)


Reproducimos a continuación la transcripción de una entrevista, corregida y precisada con algunos datos, que el periodista de Radio France Internationale Julio Antonio Feo realizó en esa
cadena a Hugo Moreno, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO el pasado 10 de mayo en el programa “Las ideologías en Mayo 68”.

- Mayo del 68 surge como la convergencia de toda una serie de ideologías, que se vienen formando desde los años 60, hay quienes hablan de Mayo 68 y dicen que, en realidad, el sustento
comenzó en 1962, con el fin de la guerra de Argelia, y como reacción al neocolonialismo y autoritarismo. ¿ Son estas las ideologías que van a estar en la base del Mayo 68?

En la pregunta que acabas de formular, hay ya una pista de reflexión. Dices que aparecen algunas nuevas ideologías, en Francia en particular, sacudida por la guerra de Argelia (1954-1962).
Los años 60, digamos, fueron efectivamente un cambio extraordinario. Francia perdió la guerra, y Argelia, conquistada y colonizada desde 1830, obtuvo la independencia. Fue uno de los puntos
álgidos del fenómeno mayor de la post-guerra : la irrupción de los movimientos de liberación nacional en lo que se llamaba el “tercer mundo”. Entró en una profunda crisis la ideología imperialista
o del neo-capitalismo, como fue alguna vez definido. Pero también estallaron las ideologías como el comunismo y el marxismo, al menos que hablaban en su nombre. Se habían producidos el
levantamiento antiburocrático de Hungría (1956), los congresos de la “desestalinizacion” en la Unión Soviética (1956 y 1961); los “crímenes de Stalin” denunciados por Kruschev; luego vino el
cisma entre China y la URSS (1961), las oposiciones en los países del Este, la Primavera de Praga de 1968. Entretanto, el mundo vivía en plena guerra fría y la perpetua guerra social multiforme
entre el capital y el trabajo.

En Francia, en mayo 1968 estalló la revuelta de los estudiantes, y a seguir, la gran huelga obrera y las ocupaciones de fábricas ¡diez millones de obreros en huelga general! Un movimiento que
sobrepasó todas las organizaciones sindicales y políticas, vale recordarlo. En sus orígenes, por un lado, el contexto internacional. La guerra de Vietnam; el movimiento de la juventud
estadounidense contra la guerra; la revolución cubana y las revueltas en toda América Latina, Japón, el “otoño caliente” italiano de 1969. Por otro lado, no fueron solo movimientos por la paz, o
contra regímenes opresivos, sino contra un modo de vivir. Una rebelión de la insatisfacción generalizada contra la sociedad llamada de “consumo”. El famoso eslogan “hagamos el amor, no la
guerra” del Mayo francés, inspirado de los campus norteamericanos, fue una de las expresiones.

Las ideologías de la izquierda, en términos generales el comunismo y el marxismo, representadas en Europa por grandes partidos comunistas (como en Italia y en Francia), entraron en una
crisis profunda, política, teórica y cultural. Surgieron corrientes y pensadores críticos, que no solo se diferenciaban del regimen stalinista o post-stalinista de la Unión Soviética, o de China,
como lo fue el trotskismo, sino otros que trataron de comprender la nueva época. Surgió, por ejemplo, la idea de la autogestión en la Yugoslavia de Tito. En Francia, los situacionistas o el
existencialismo de Jean-Paul Sartre, que tuvieron gran importancia. El segundo sexo de Simone de Beauvoir, casi desapercibido cuando apareció en 1949, se convirtió en la “biblia” fundadora
del nuevo feminismo. Se (re)descubrieron autores como Trotsky, Bujarin, Gramsci, Luxemburg, Lukacs, Korsh, así como Mao, Le Dûan, Giap, “Che” Guevara, y tantos otros... Fue una época
de plena efervescencia política, intelectual, cultural. Eso estaba en el antes y el después de Mayo 68.

En el “tercer mundo” surgieron las corrientes nacionalistas antimperialistas, en particular en América Latina, que evolucionaron hacia el nacionalismo revolucionario. En Argentina, por ejemplo,
los grupos revolucionarios que mezclaban Perón, el Che Guevara, Mao Tsé Tung y la guerra de Vietnam... Una generación que fue protagonista en la lucha contra las dictaduras, que participó
de la resistencia en todas sus variantes, comprendida la lucha armada. A posteriori, se puede tener una apreciación crítica, pero fue una juventud que vivió y entregó sus vidas por una causa
política y ética justa, aunque métodos y estrategias pudieran ser equivocados. Pero esa es otra cuestión. Abandonaron en todo caso la izquierda tradicional, comunista y socialista, y buscaron
nuevos canales para luchar.

Fue también el comienzo de una crisis profunda del sistema mundial, aún viviendo en la prosperidad, todavía en pleno boom, en particular en los países desarrollados. Pero ya estaba la crisis
larvada, latente, que estallaría pocos años después. Se vislumbraba el agotamiento del modelo fordista, el de los “treinta gloriosos” (1945-1975), basado en la producción y el consumo de
masas. Se desarrolló entonces un poderoso sentimiento de libertad, de emancipación, de ruptura con los corsés de las sociedades burguesas anquilosadas. La política, la moral, las
costumbres, la vida misma, fue puesta en cuestión. Esto se expresó un poco por todas partes, en Estados Unidos, Europa, Japón, en el Oeste y en el Este, en el Norte y el Sur. El cine, el
teatro, la literatura, la música, reflejaron ese cambio. También en la búsqueda, quizá confusa, de un sustento ideológico para los que querían entonces cambiar el mundo y la vida. Digamos que
fue una década de gran revolución cultural. Además, fueron también los años del transistor, del rock y de la revolución que fue la píldora anticonceptiva. Hoy esto puede parecer banal, pero en
aquellos años fue fundamental. En ese sentido, 1968 fue una línea roja : el renacimiento de una esperanza, la percepción que la explotación y la opresión podían ser abolidas.

- Cuando decías de los movimientos nacionalistas revolucionarios, vemos que hay una convergencia también de las causas por las que nacen movimientos como el trotskismo, los
situacionistas, los anarquistas; hay una convergencia entre esos movimientos y los de liberación nacional, contra el neocapitalismo por una parte, y contra la esclerosis efectiva del “socialismo
realmente existente”. ¿ Esas ansias de libertad fueron pues sustento del Mayo 68 ?

Así es, el movimiento del 68 tuvo una dinámica mundial, se inscribe en un curso general de revuelta. Una de las anécdotas más hermosas a recordar es la de los Juegos Olímpicos en México,
poco después de la represión contra los estudiantes mexicanos. Ese momento quedó inmortalizado por la imagen de los dos campeones negros norteamericanos desfilando delante del podium,
levantando los puños con sus guantes negros. ¡ El símbolo de los Black Panthers, nada menos ! Símbolo de ruptura de una época, la revuelta contra todas las ideologías dominantes, incluídas
las de la izquierda comunista y socialista. El trotskismo no salió indemne, aunque esta corriente, al menos en Francia, soportó mejor el naufragio de la izquierda.. Las nuevas generaciones no
se sentían representados por unos ni otros; reaparecieron grupos anarquistas, los “maoístas” tuvieron un rol importante (aunque efímero en el tiempo), los nacionalistas revolucionarios, el
“guevarismo” en América Latina, sin olvidar el enorme impacto de la “teología de la liberación”, que jugó un papel fundamental. El Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, una de las más ricas
experiencias, se nutrió profundamente de esta corriente. Otras organizaciones revolucionaria se destacaron, como la dirigida por Camilo Torres en Colombia; el MIR de Luis de la Puente Uceda
en Perú; el Movimiento 13 de Noviembre en Guatemala, para mencionar solo algunas.

Lo fundamental era la idea de la rebelión y de la libertad. La libertad económica, política, social, sexual. Queremos ser libres, decían los pueblos colonizados, libres los explotados, libres las
mujeres, libres los jóvenes de la tutela familial. Ese era el sentimiento de la época. Un espíritu libertario de una juventud confrontada a dictaduras militares en el “tercer mundo”, a sociedades
fosilizadas en los países capitalistas avanzados o a los regímenes dictatoriales del Este. Pocos han expresado mejor este sentimiento que Frantz Fanon, cuando escribió Los condenados de la
tierra, en el contexto de la guerra de Argelia, así como el prólogo de Jean-Paul Sartre a la primera edición de 1961 (prohibida entonces en Francia).

Esta idea de libertad, valga recordar, ha sido utilizada de manera inteligente y cínica como basamento del movimiento conservador llamado neoliberalismo. Este se la apropió, en la coyuntura de
la derrota y el retroceso de la ola revolucionaria, dando vuelta y transformando su contenido. Friedrich von Hayek y Milton Friedman lo atestiguan. El camino de la servidumbre, del primero,
marginal cuando su aparición, se transformó en un best seller, y Friedman formó su escuela de los Chicago Boys. La primera experiencia de aplicación de esta ideología - que no se puede
reducir solo a un “modelo económico” - la permitió el golpe de estado del general Pinochet en Chile (1973); luego la Argentina de la última dictadura (1976-1983). La llegada al poder de
Margaret Thatcher y Ronald Reagan, a comienzos de 1980, culminaron el proceso. La dinámica del combate teórico, político y cultural cambió de signo, a favor de la “revolución conservadora”
que se instauró. Ganaron así la primera gran batalla. La caída del muro de Berlín (1989) y el fin de la Unión Soviética (1991) fueron su corolario (aunque ésto por cierto no agota toda la cuestión).

Hay que insister que los cincuenta años desde el fin de la segunda guerra mundial, fueron los de la irrupción masiva y la revuelta de los “condenados de la tierra”. Algunos nombres vienen a la
memoria : Ben Bella, Lumumba, Guevara, Cabral, Mandela. Los oprimidos del mundo que buscaban romper con las condiciones de dominación y explotación. Cualquiera sea el curso de la
historia, eso fue registrado en la conciencia colectiva de las clases subalternas bajo múltiples formas. Esa memoria alimenta siempre al Viejo Topo de la historia. En las épocas de retroceso
hay que cuidarse de cantar victorias ilusorias. Hay que enfrentar los nuevos desafíos, sin adaptarse a la resignación, sin sumisión a las ideologías dominantes. Al contrario, forjando las
herramientas teóricas, políticas y culturales capaces de retomar el camino del cambio social, más necesario que nunca.

- Cuarenta años después, podríamos mencionar ideologías como el comunismo, el trotskismo, el maoísmo, el anarquismo, también el movimiento situacionisat, en Francia, que aunque fue
pequeño tuvo un gran impacto. Los situacionistas, creo, tuvieron la capacidad justamente de analizar esta “sociedad del espectáculo”, como la definió Guy Debord en el libro así titulado (1967).
Es decir, me parece que lo que hoy queda – como también lo dijo John Ford en el cine – es la imagen, una imagen de “choque” más que la propia historia. ¿ Vivimos acaso la “muerte de las
ideologías” o se podría decir también que hubo una generación que quería transformar el mundo, y el mundo los transformó a ellos ?

El libro de Guy Debord que mencionas fue efectivamente texto de cabecera de toda una generación. En realidad, expresaba justamente esto que estamos hablando, en su lengua y estilo
francés. Pero no creo en eso de “la muerte de las ideologías”, que se apoyan en la debacle del “socialismo real”, a veces con ejemplos de gente de izquierda que se pasó a la derecha. Es
cierto, no todos reaccionan de la misma manera frente a semejantes cambios y la derrota. La tentación de “administrar mejor” el capitalismo, o reformarlo por etapas, estuvo presente en buena
parte de la izquierda, contribuyendo a la generalización del desaliento. No hay que extrañarse, pues, que en Francia algunos ex-socialistas adhirieron al “sarkozismo”, como Bernard Koutchner,
actualmente ministro de relaciones exteriores. Muchos otros, ex-maoístas como André Gluksman o Alain Filkenkraut, para mencionar solo los más mediatizados, se alinearon con armas y
bagajes a los Estados Unidos de Georges W. Bush y el Estado de Israel. Defensores de los “derechos del hombre”, pero siempre mirando para un solo lado. La tragedia de los palestinos, o de
los irakíes, es invisible para ellos.

Pero tampoco conviene, me parece, generalizar demasiado. El fondo de la cuestión es otro. Este radica en la crisis profunda en la cual se encuentra el capitalismo mundializado, que se
asemeja mucho al que intuyó Marx en su época. Con todas las diferencias, la dinámica de la reproducción ampliada del capital sigue vigente, incluso en las nuevas guerras en curso y el
saqueo y la explotación generalizada de la fuerza de trabajo. En todo caso, es evidente que presenciamos el fin de una época histórica. Quizá una verdadera y muy profunda crisis de
civilización. “El malestar en la cultura” (Freud) se expresa en múltiples formas.

La izquierda, en todas sus variantes, está confrontada con la realidad de esta nueva “gran transformación” que atraviesa el planeta entero. Casi todas las corrientes se hundieron en un abismo,
sea porque estaban estrechamente vinculadas al “modelo soviético”, otras porque se convirtieron al social-liberalismo, como la mayoría de los partidos socialistas europeos; otros finalmente
porque no lograron salir del mundo grupuscular. Y ahí tenemos a Sarkozy en Francia y a Berlusconi en Italia... Cierto, no se trata de encontrar los “culpables” de esta situación desastrosa, pues
hasta se podría invocar la “cola del diablo”. Aunque cabría preguntarse, como lo hizo Gramsci, porqué esa “cola del diablo” no se pone alguna vez de nuestro lado. Es probable que – como
también decía Gramsci - tengamos que “recomenzar todo de nuevo”. Para salir de este callejón, sin embargo, se hace necesario romper con la concepción kaustkiana, retomada por Lenin, del
“partido” como expresión de la vanguardia y único instrumento anticapitalista. Siendo siempre necesaria la organización política, ésta probablemente no podrá expresarse fuera de una dinámica
multidimensional, en la cual el movimiento social de los oprimidos y explotados, de los de abajo, pueda encontrar nuevas pistas para la emancipación. Esto, por cierto, es más un interrogante
que una respuesta.

- Creo efectivamente que se ha tirado demasiado pronto “el bebé con el agua sucia de la bañadera”, como se dice. Tengo la impresión que las ideologías, más que desaparecer, se transforman.
De hecho, si tomamos los movimientos “altermundialistas” están un poco en la situación que estaban los movimientos revolucionarios de los años sesenta, en los cuales se tenía claro contra lo
que se estaba, pero nadie sabía qué hacer.

Esto del fin de las ideologías es, para decirlo así, una manipulación ideológica, un engaño, lo mismo que el famoso “fin de la historia” de Fukuyama. Pero lo que sí aparece claro, es que hay
una ideología que ganó, que se impuso con fuerza, a pesar de las resistencias. Probablemente, o seguramente, en forma transitoria, pero así es. Esta se presenta como una gran mentira : sus
representantes hablan en nombre de las reformas, como “reformadores”, cuando se trata en realidad de la vuelta de los conservadores, su revancha furiosa, como aquella de los Versalleses
después de la Comuna de París.

¿Que queda del mundo del 68, cuarenta años después? Mucho, creo. Fue una etapa fundamental del movimiento por la emancipación humana. A pesar de las tentativas y los éxitos para
imponer una regresión, el capitalismo actual corre hacia el abismo. Soplarán nuevos aires frescos, otras formas y dinámicas que en el pasado, que quizá pueden convertirse en huracanes
contra el viejo mundo. Mayo 68 fue derrotado, es cierto. La crisis revolucionaria fue contenida. El 30 de mayo desfiló un millón de personas en los Campos Elíseos, los sectores más
conservadores de la sociedad, apoyando al general De Gaulle. La derecha barrió en las elecciones siguientes. El “partido del orden” se impuso. Pero algo se había roto. Ya nada fue igual en las
relaciones sociales entre patrones y obreros, estudiantes y docentes, hombres y mujeres. Con las concesiones, y también las capitulaciones, se frenaron las luchas obreras. Pero que
Sarkozy, por ejemplo, apunte con su dedo vindicativo el espectro del Mayo 68, no es casual. Al contrario, muy significativo.

¿Será que el Angel de la Historia sigue batiendo sus alas redentoras? Aviso de incendio, tituló Michael Löwy a su bello ensayo sobre las “Tesis sobre la historia” de Walter Benjamin. Aviso de
incendio, no está mal como advertencia. Como nada está determinado de antemano, ni existen leyes eternas e inmutables, el porvenir depende, por cierto, de las relaciones y de las luchas de
los oprimidos y explotados contra los que detienen el poder, el dinero y las armas, o sea, los explotadores de siempre. Es la lucha secular. ¿ No es acaso también el eco que nos llega 40 años
después de Mayo 68 ? Pues, sí, y como dice el tango : “aunque el mundo siga/ girando a los tumbos/ aún vale la pena jugarse y vivir”.

* Julio Antonio Feo, antiguo militante antifranquista, es periodista en Radio France International en París desde hace muchos años. Hugo Moreno, miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso,
es docente-investigador en Ciencias políticas de la Universidad de Paris 8.

Transcripción y traducción para www.sinpermiso.info: Julio Antonio Feo y Hugo Moreno

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31.- Debates sobre economía

Michel Husson
Viento Sur (22-5-08)


El capitalismo anterior a 1968 funcionaba mejor que el actual, pero, sin embargo, su puesta en cuestión fue superior al cuestionamiento del mismo que realizan los movimientos sociales
actuales. El examen de los debates económicos de la época permite arrojar luz sobre ésta paradoja y, al mismo tiempo, restar valor a la falsa oposición entre la crítica social y la crítica “artísta”
[NdT: Expresiones tomadas del libro El nuevo espíritu del capitalismo de Luc Boltanski y Eve Chiapello, Akal, Madrid, 2002. La “critica artista” al capitalismo se haría desde la autonomía y la
libertad; la “critica social” desde la solidaridad y la igualdad. Según estos autores, ambas críticas corresponden a grupos sociales distintosm y son incompatibles]
Todas las ideas tienen un fundamento material y esto es particularmente cierto en lo que respecta a las ideas económicas. Mayo del 68 estalla en medio de la época dorada del capitalismo de
la post-guerra, que más tarde fue bautizada como la época de los “treinta gloriosos”. Este período, que se prolongó hasta la recesión generalizada que sobrevino a mediados de los 70, fue
descrito también como el del “fordismo”. Ahora bien, el año 1967 estuvo marcado por un cambio de la coyuntura; por un giro decisivo en los Estados Unidos y una ralentización del crecimiento
económico en todo Europa.
En Francia, es este repliegue el que permite explicar la recuperación del movimiento huelguístico y la apretada victoria de la derecha en 1967; pese a lo cual, la recesión elimina las dos
conquistas de la época: un crecimiento rápido acompañado del incremento del poder adquisitivo y la baja tasa de desempleo.

La época dorada del capitalismo...

He aquí algunas cifras que confirman esta periodización: entre 1957 y 1973 el poder de compra se duplica y la tasa de desempleo hasta 1967es inferior al 2%. A modo de comparación,
tenemos que el 14% de aumento del poder de compra desde principios de los 80 hasta nuestros días -es decir, un cuarto de siglo- es igual al incremento medio durante 3 años de los “treinta
gloriosos”. En cuando a la tasa de paro (oficial), actualmente fluctúa entre el 8 y el 10%; sin tener en cuenta la precarización que va en aumento. A estos resultados económicos se puede
añadir el desarrollo vigoroso del Estado social (pensiones, Seguridad social, subsidio de desempleo), que se puede medir a través del crecimiento de los gastos sociales que pasaron del 5% del
PIB en la Liberación al 11% en 1968.
Pese a ello, no hay que idealizar este período, porque de otro modo no se podría comprender la explosión de Mayo 68. Este cuadro general está acompañado de grandes sombras: la jornada
laboral en el 68 era un 20% superior a la de hoy, las condiciones de trabajo eran más duras y las desigualdad de las rentas más marcadas. Así pues, el debate sobre la naturaleza del
capitalismo viene determinado por estas dos características: éxito económico y rudeza de las condiciones sociales. La diferencia esencial entre aquel período y el nuestro gira sobre la
flexibilidad de una sociedad en profunda transformación: en aquella época cada individuo tenía perspectivas de progreso social casi aseguradas. Andrew Shonfield escribió en Le capitalismo
aujourd’hui (1969) que “en los países capitalistas occidentales, todo el mundo -tanto el gobierno como la gente de la calle- encuentra natural que la renta real de las personas deba aumentar
cada año de manera sensible”.
La economía es uno de los dominios en los que más fácil se da un enfoque materialista de la ideología dominante debido a la estrecha correlación entre las transformaciones del capitalismo y
su propia representación. Es necesario retroceder en el tiempo para recordar que el enfoque keynesiano, tan desacreditado hoy en día, era absolutamente dominante en aquella época y que por
entonces los liberales no dejaban de ser una especie de secta. La visión dominante de entonces reposaba en dos ideas. La primera, que el capitalismo había aprendido a autorregularse a partir
de la crisis de los años 30: la intervención del Estado y los gastos sociales actuaban como “estabilizadores automáticos” y garantizan un crecimiento regular. En ese contexto, el Premio Nóbel
Paul Samuelson pudo anunciar en su manual Economics que “gracias al empleo apropiado y reforzado de las políticas monetarias y fiscales, nuestro sistema de economía mixta puede evitar
los excesos de los booms y las depresiones y puede plantearse un crecimiento regular”. Lo que en la época se denominó la “política de rentas” aseguraba la progresión de la demanda salarial y
regulaba el problema de las ventas. El capitalismo hipercompetitivo que conocemos hoy en día fue relegado al almacén de las ideas a medio elaborar y los ideólogos oficiales dedicaban su
tiempo a anunciar el fin de la lucha de clases.
La segunda idea giraba sobre la convergencia de sistemas, entre economías “centralizadas” y “descentralizadas”, para retomar la formulación de Raymond Barre, en aquella época profesor en
Ciencias Políticas. Los países llamados socialistas introducían mecanismos de mercado en tanto que la intervención del Estado establecía un sistema “mixto” en los países capitalistas
avanzados. Esta es, por ejemplo, la lectura propuesta por John K. Galbraith en El nuevo Estado industrial (1967) o por Shonfield: “El mercado clásico de los manuales de economía, en el que
las firmas compiten entre ellas sin darse cuenta de las consecuencias que ello puede entrañar para el mercado en su conjunto, no ha estado nunca tan alejada de la realidad”.

... y su crítica

La cuestión que se planteaba, por lo tanto, era la de saber cómo desarrollar la contestación a un sistema que basado en éxitos reales. En este sentido, se podría decir que las críticas al
capitalismo estaban divididas entre el dogmatismo y el modernismo. En el campo del marxismo, era dominante el PCF. En él se reagrupan numerosos economistas que desarrollaron la teoría
del Capitalismo Monopolista de Estado cuya síntesis fue publicada en 1971 en su Tratado de Economía Marxista. Este enfoque representaba una transición entre la versión catastrofista - que el
PCF justo acabada de abandonar- que, contra toda evidencia, proclamaba una “pauperización absoluta”, y un enfoque nuevo que buscaba mostrar que la fusión del Estado y de los monopolios
agravaba la explotación y conducía a una crisis de “sobreacumulación-devalorización”, justificando de ese modo la posibilidad de un amplio frente antimonopolista. La aparente ortodoxia de esta
posición condujo a un rechazo vigoroso tanto de análisis neomarxistas como los desarrollados por Paul Baran y Paul Sweezy (El capitalismo monopolista, 1968) calificándolos como
banalmente keynesianos, como de los análisis impresionistas, según los cuales los monopolios escaparían a la ley del valor.
En el otro campo, los “modernistas” para quienes el funcionamiento más regulado del capitalismo era un logro duradero en el que apoyarse para introducir reformas estructurales que
desembocaran en el socialismo moderno. El Partido Socialista Unificado (PSU) fue un crisol en el que se confrontaban estos diferentes puntos de vista influenciados por el reformismo
revolucionario de André Gorz o por el análisis sobre las potencialidades autogestionarias de la “nueva clase obrera” de Serge Mallet.
Retrospectivamente, uno de los enfoques más ricos fue el de Ernest Mandel que se fijó una tarea doble. La primera, la de restituir un marxismo vivo, en particular con su Tratado de Economía
Marxista, que vio la luz en 1962, y el folleto Iniciación a la teoría económica marxista, que contribuyó a esa renovación en los círculos militantes. El segundo objetivo de Ernest Mandel fue el de
proponer un enfoque verdaderamente dialéctico mediante la combinación de la comprensión del éxito del capitalismo y un análisis renovado de sus contradicciones. En “L’apogée du
néocapitalisme et ses lendemains”, artículo aparecido en Les Temps moderns en agosto de 1964, desarrolló un análisis premonitorio de los elementos de crisis persistentes en el
funcionamiento del capitalismo contemporáneo, que desarrollará más tarde en El Capitalismo Tardío cuya traducción francesa apareció en 1976. Estos análisis inspirarán a un grupo de
economistas animados por Pierre Salama y Jacques Valier a lanzar la revista Critiques de l’économie politique que será, hasta su desaparición en 1985, toda una referencia en el campo de la
heterodoxia.
Frente a un capitalismo relativamente competente, la crítica puso el acento en sus aspectos cualitativos, centrándose en tres aspectos fundamentales: la relación capital-trabajo, las relaciones
Norte-Sur y la “sociedad de consumo”. Lo que se bautizó como “tercermundismo” jugó un papel determinante: toda una generación se vio marcada por las revoluciones anticoloniales y por la
revolución cubana. Se dio una continuidad entre las heridas abiertas por la guerra de Argel y la solidaridad con el Vietnam que le tomó el relevo. Los modelos cubano y chino sirvieron de
referencia a corrientes que se formaron a la izquierda del PCF. En la literatura ocupó un lugar importante el “pillaje del tercer mundo” y la figura del Che se convitió en una referencia directa para
la juventud radicalizada pero, también, de una forma más amplia, en los debates sobre el trabajo.
El Che realizó un debate fundamental con los economistas marxistas Charles Bettelheim y Ernest Mandel sobre el papel de los estímulos materiales y morales en el proceso de transición al
socialismo. En él se discutió, de forma transversal, la oposición entre las reivindicaciones cuantitativas (aumento de los salarios) y la crítica de la sociedad de consumo que plantea
aspiraciones cualitativas (igualdad social y poder de decisión para los trabajadores). Estos debates nunca estuvieron al margen de otro sobre los modelos de socialismo, que trataban de salvar
la forzada asimilación entre estalinismo y socialismo, tan conveniente tanto a los ideólogos burgueses (hoy se diría neoliberales) como a los admiradores de las democracias populares. Una
preocupación que aumentó tras la invasión de Checoslovaquia por los tanques soviéticos el mes de agosto de 1968 para aplastar la experiencia de socialismo democrático.

¿Crítica social o crítica “artista”?

La arena ideológica de Mayo 68 es, por consiguiente, una compleja mezcla de renovación del marxismo vivo, por una parte, y, por otra, de una critica que no se reclama exclusivamente de él y
que denuncia más la alienación que la explotación. Las contribuciones de Herbert Marcuse, de Henri Lefevbre, de los situacionistas y también, en cierto sentido, de los obreristas italianos,
forman parte de ella. El conjunto de estas influencias explican por qué en el movimiento de Mayo del 68 se combinan de forma estrecha las reivindicaciones sindicales y otras más amplias de
tipo autogestionario que ponen en cuestión el poder de la patronal. Estos dos componentes serán bautizados más tarde (1969) como “crítica social” y “crítica artista” por Luc Boltanski y Ève
Chiapello en El nuevo espíritun del capitalismo. Pero esta oposición, reconstruida a posteriori, no fue tan marcada en su momento.
Se pueden tomar algunos ejemplos a partir de los programas de los partidos de izquierda aparecidos tras 1968 y anteriores a la crisis de 1974-1975. En Le PSU et l’avenir socialiste de la
France, aparecido en 1969, se encuentran elementos del “contra-plan” elaborado un años antes de 1968 y que preconizaba al mismo tiempo medidas autogestionarias y un crecimiento
incentivado del 7% anual! Los programas del PCF (Chager le cap, 1971) y del PS (Changer la vie, 1972) mezclan también reivindicaciones clásicas (salario mínimo, duración del trabajo) con
otras que tratan de reducir las desigualdades y ampliar los derechos de intervención de los trabajadores.
Al lado de los programas, las luchas sociales de la época, en la que LIP representa una figura emblemática, planteban objetivos clásicos de defensa del empleo y aumentos salariales al mismo
tiempo que la cuestión del poder en la empresa. La batalla para conseguir aumentos salariales iguales para todos –frente a los aumentos porcentuales reivindicados por la CGT- introdujo una
dimensión antijerárquica que perpetuó el “espíritu de mayo” en el campo social.
La planificación era otro tema central junto al de la autogestión. La idea fundamental era que la sociedad debía de dotarse de medios para tomar las decisiones. Los objetivos y las prioridades
debían ser definidos democráticamente y las orientaciones debían ser aplicadas a través del sector público ampliado o del crédito nacionalizado. Esta perspectiva era defendida
fundamentalmente por la CFDT y por la mayoría de las corrientes de la izquierda revolucionaria. Así, en 1972, Ce que veut la Ligue communiste planteaba una vuelta a las 40 h (en el camino a
las 35) y avanzaba la perspectiva de la nacionalización bajo control obrero de los sectores claves de la economía.
Paradójicamente, en ese momento la visión compartida de los críticos del capitalismo fue formulada por Giscard durante la campaña presidencial de 1974: “más del 40% de retención fiscal
obligatoria es el socialismo”. En efecto, se puede hablar de un proceso de socialización que se tradujo por la extensión progresiva de los derechos: nuevos derechos en las empresas, desarrollo
de los servicios públicos y del Estado social. El desempleo comienzó a aumentar lentamente, pasando de 300.000 a 600.000 entre 1963 y 1973, aún cuando se situara en un nivel muy inferior
al actual. Pero los parados de la época estaban mejor tratados que los de hoy con una indemnización que representaba el 90% del salario. La jornada laboral se redujo de 1850 a 1750 h/año
entre 1968 y 1974; es decir, tanto como entre 1950 y 1968. La participación de los salarios en el valor añadido de las empresas se mantuvo hasta 1973 en un nivel más alto que en la
actualidad: alrededor de 6 puntos del PIB.

La revancha económica

Este contexto permitió pensar que el período abierto en 1968 continuaría por otros medios: bajo la forma de una victoria electoral (unión de la izquierda y su programa común en 1972) o de una
crisis revolucionaria de la que Mayo 68 no habría sino más que el “ensayo general”, para retomar la fórmula de Daniel Bensaïd y Henri Weber. Pero esta linealidad iba a ser quebrada en el
terreno económico por dos fenómenos casi simultáneos: la apertura de fronteras y el inicio de la crisis. Respecto al primero, la derecha y la patronal compartían la estrategia de Pompidou de
construir “campeones nacionales” mediante la colaboración del Estado con los grandes grupos industriales y un desplazamiento industrial hacia los mercados exteriores que tenía el visto bueno
de la derecha más liberal y de las fracciones más internacionalizadas del capital. Una cuestión que estaba de moda desde 1967 cuando Jean-Jacques Servan Schreiber escribió El desafío
americano, y había sido retomada por autores como el giscardiano Lionel Stoleru que publicó L’Impératif industriel en 1969. La extraversión del capitalismo francés podría haber adquirido la
forma de un proceso en continuidad, pero la entrada en escena de la crisis de 1974 va a transformar profundamente tanto la coyuntura política como la económica.
Toda los sectores de la izquierda se van a ver desequilibrados por los efectos de la crisis. La izquierda reformista rebaja su horizonte reivindicativo y entra en un terreno de concesiones basado
en el modelo italiano del “compromiso histórico”. Ese retroceso contribuirá a un cierto descuelgue de la izquierda revolucionaria cuyas respuestas adquieren tintes más políticos y
propagandísticos. En abril de 1974, el folleto de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) –en ese momento la Liga Comunista estaba ilegalizada- propone un programa de acción, Face à la
crise, plantea medidas clásicas (contra los despidos, SMIC de 1500 francos) tratando de situarlas en una perspectiva socialista a partir de la noción del control obrero. Pero las ideas no se
desarrollan independientemente de la movilización y el fin de la época de los LIP, que coincide más o menos con el inicio de la crisis y la victoria de Giscard en 1974, contribuirán a limitar el
impacto de las propuestas radicales.

La crítica anticapitalista se debilita

Con la publicación del libro de Michel Anglietta, Régulation et crises du capitalisme, nace la escuela regulacionista. Su trayectoria es significativa: en un principio se construye en oposición al
marxismo osificado del PCF y deviene hegemónica en el campo de la economía crítica; pero, al mismo tiempo, se diluye en la búsqueda de un imposible nuevo modelo social-demócrata.
La crisis juega un papel esencial en estas evoluciones. El capitalismo respondio a la crisis mediante una serie de cambios que le retrotraen a una especie de estado natural. Abandonó la
pretensión de garantizar el pleno empleo y la progresión del nivel de vida. La crisis del sistema, al que los críticos no cesaban de analizar sus contradicciones desestabiliza, paradójicamente,
las críticas al capitalismo. La perspectiva de una transformación gradual perdió toda credibilidad aún cuando para ello fuera necesaria la experiencia de la izquierda en el poder. A partir de ahí no
hubo más que dos respuestas coherentes a la crisis. La de los capitalistas, consistente en sacar provecho de la crisis para modificar profundamente la relación capital-trabajo e iniciar una lenta
demolición del modelo social. Tras algunos años de titubeos keynesianos, 1982 marcó el giro radical hacia “el rigor”. La otra salida posible era dar un paso adelante en el proceso de
socialización optando por responder a la crisis a través de una incursión sistemática en la propiedad privada.
Ya sabemos lo que ocurrió. La izquierda reformista rodó por la resbaladiza pendiente de los compromisos razonables, abandonando en el camino todas las ideas de transformación social, se
tratase de las nacionalizaciones, de la planificación o de la autogestión. Poco a poco las tesis liberales ganaron terreno frente al keynesianismo dominante anterior al 68 y se estableció un
verdadero dogma en el que las leyes de la economía fueron presentadas como inmutables y en la que toda tentativa de ponerlas en cuestión era denunciada como una locura llena de
catástrofes.

Nuevo curso del capitalismo

Las ideas de 1968 eran portadoras de un proyecto global de transformación social. Si se han estrellado contra el nuevo curso del capitalismo -tanto en el dominio económico como en otros- no
se debe tanto a una incapacidad congénita para ir más allá de una critica “artista” opuesta a una crítica “social”. Las causas hay que buscarlas más en el campo de las renuncias reformistas
ante la crisis y el aumento del paro. Las reivindicaciones cuantitativas de la crítica sindicalista (“aumentad nuestros salarios”) no eran suficientes para hacer frente a la crisis. Fue la incapacidad
del movimiento obrero para retomar en sus manos las reivindicaciones cualitativas de la crítica radical (“el poder a los trabajadores” y no solamente “disfrutar sin límites”) la que condujo a la
regresión.
El giro liberal no se apoyó en una asimilación hábil de las ideas de Mayo, esa “astucia del capital” de la que habló Régis Debray en 1978 en Modeste contribution aux cérémonies officielles du
dixiéme anniversaire, sino más bien en el paro masivo que permitió desencadenar una ofensiva generalizada contra los salarios primero y contra el conjunto de los derechos sociales después.
Nicolás Sarkozy, en su campaña, ha llegado a afirmar que “el culto al rey dinero, al beneficio a corto plazo y a la especulación como derivas del capitalismo financiero, tienen su origen en los
valores de Mayo 68”. Estas exageraciones confirman aquello de que “cuanto más grande es una mentira, más gente se la cree” y revelan un odio profundo inscrito casi de forma “genética” en lo
más profundo del subconsciente burgués. Pero no pueden abrirse camino sino en la medida que se eche en el olvido que Mayo68 fue la mayor huelga obrera de la historia de Francia, portadora
de una voluntad de transformación social que iba más allá de lo que se conoce como “la revolución de las costumbres”.
Hoy en día la realidad del capitalismo exige una crítica de los fundamentos de este sistema. Sin duda será un camino largo, pero los movimientos que están por llegar deberán reencontrar y
actualizar las utopías concretas de Mayo 68.

Traducción: Josu Egireun para VIENTO SUR

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32.- Alemania

Michael Koltan y Elfriede Müller
Viento sur (22-5-08)


La historia de la posguerra y de la izquierda alemanas son muy peculiares: la Guerra fría y la división del país se unieron a las consecuencias del aplastamiento del movimiento obrero (antaño el
más potente de toda Europa) por el nazismo. Por otra parte, la II Guerra Mundial produjo un cierto chovinismo económico.
El movimiento de protesta se inició en Munich. Al principio nos encontramos con el Grupo Spur, una agrupación artística perteneciente a la Internacional Situacionista de la que fue excluido por
razones que siguen siendo poco claras. De este grupo surgió una nueva corriente “provocadora”, la Subversive Aktion que estuvo en el origen de operaciones espectaculares, la primera de entre
ellas organizada el 5 de mayo de 1964. Dieter Kunzelmann y Frank Böckelmann alteraron un congreso de publicistas distribuyendo octavillas y haciendo sonar una mezcla musical bastante
genial: La pasión según Mateo de Johann Sebastián Bach con Surfin’Bird de Trashmen. El grupo editaba un periódico Anschlag (Golpe), con un alto nivel de teoría para un movimiento
subversivo.
La importancia de Frankfurt se debía más al lugar que ocupaba en el debate teórico con la escuela de Frankfurt que a las prácticas del movimiento del 68. El Institut für Sozialforschung,
refundado después de 1945, nació en la época de la República de Weimar. Durante la época nazi, esta institución de investigación marxista sobrevivió en el exilio en Estados Unidos donde fue
conocida por sus investigaciones sobre el nacionalsocialismo. Max Horkheimer, Theodor W. Adorno y Herbert Marcuse consideraban que el nazismo no era un accidente histórico, sino una
consecuencia bárbara del capitalismo, que no había podido ser superado con la revolución. Esté análisis se resumió en el eslogan: “El capitalismo lleva al fascismo; ¡el capitalismo ha de
desaparecer!”. Dado que la escuela de Frankfurt rechazó la caricatura del comunismo cuya representación era el estalinismo, este análisis fue muy importante para los jóvenes intelectuales de
Alemania federal. Con la Escuela de Frankfurt se podía ser al mismo tiempo marxista y criticar la Unión Soviética y sus satélites. Así, la Escuela de Frankfurt llenó en Alemania un espacio
ocupado en otros sitios por el troskismo.
El centro del movimiento del 68 estaba en Berlín, ciudad fronteriza entre el Este y el Oeste. Rudi Dutschke, joven refugiado de la RDA ocupó un lugar protagonista después de haberse unido a
principios de 1964 al grupo Subversive Aktion, que entre tanto había creado microcélulas en Berlín y Frankfurt.
Los grupos de Berlín y Munich eran muy diferentes. Los de Munich pensaban que los movimientos de masas estaban obsoletos, según la escuela de Frankfurt, y la integración de las masas en
el sistema capitalista a través de la industria destruía la conciencia de clase. Ese diagnóstico parecía acertado, por lo menos para la RFA y el grupo de Munich prefería las acciones individuales
y ejemplarizantes para romper la “cohesión de la ceguera” (Adorno). No era de extrañar, por lo tanto, que las primeras acciones se dirigieran contra publicistas o encuentros eclesiásticos.
En cambio en Berlín, Rudi Dutschke apostó desde le principio por un movimiento antiimperialista de masas, en el que los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo podían unirse al
movimiento de protesta de las metrópolis para cambiar la sociedad. Al igual que en Francia, el papel de la guerra de Vietnam fue primordial. Así, se combinó una visión más bien leninista con la
concepción del grupo Subversive Aktion. Rudi Dutschke no pretendía desarrollar acciones individuales, sino organizar acciones colectivas. Acciones políticas, como las manifestaciones, debían
superar su carácter legal para demostrar el carácter represivo del Estado capitalista, ampliando y radicalizando de esta manera las bases del movimiento. Rudi Dutschke logró unir el marxismo
más bien tradicional del Sozialistischer Studentenbund (SDS) con el nuevo impulso de los movimientos contestatarios y contribuir así a la formación de un nuevo movimiento social.
La visita a Alemania, el 18 de diciembre de 1964, del “asesino de Patrice Lumumba”, el jefe de estado del Congo Moisés Tchombé, fue la primera prueba para este movimiento. Mientras que en
Munich, la Subversive Aktion lanzaba botes lacrimógenos y bolas pestilentes, en Berlín los manifestantes rompieron el cordón policial y le lanzaron tomates al presidente congoleño.

La etapa de formación: de 1965 al 2 de junio de 1967

La organización más importante de entonces era la organización juvenil Sozialistischer Studentenbund (SDS), fundada en 1946 como una organización estudiantil del Partido Socialdemócrata
(SPD). Después de la adopción por el SPD, en 1959, del programa de Bad Godesberg en el que ya no se definía como partido obrero, la distancia entre el partido y el SDS se agrandó. En julio
de 1960, el SPD rompió todos los vínculos con el SDS y el 8 de noviembre de 1961 declaró la incompatibilidad de la pertenencia a ambas organizaciones a la vez. Con la gran coalición
(1966-1969) entre el SPD y los democratacristianos del CDU, el SDS pasó a ser el único grupo legal opositor de izquierdas, ya que el Partido Comunista había sido ilegalizado en 1956.
Durante su etapa de formación, el SDS organizó dos importantes congresos temáticos: “Vietnam, análisis de un ejemplo”, en mayo de 1966 y “Estado de excepción de la democracia” en
octubre de ese mismo año. Dichos congresos abordaron dos temas primordiales para el movimiento. Mientras la importancia de Vietnam y de otros movimientos anticoloniales era evidente, la
cuestión de las leyes del estado de excepción contra las que se movilizó un amplio frente único, era esencial, ya que esas leyes permitían, en caso de “crisis”, la suspensión de los derechos
democráticos y la intervención del ejército. La gran coalición adoptó las Notstandsgesetze en 1968, a pesar de la resistencia masiva de la oposición extraparlamentaria.
Sin embargo, y aun disponiendo de una base de masas (5.000 estudiantes, sindicalistas y profesores participaron en el congreso sobre el estado de excepción) el SDS parecía muy tranquilo en
comparación con la Subversive Aktion. Ésta por lo tanto, decidió penetrar en el SDS. Esta estrategia fracasó en Munich y, sin embargo, tuvo éxito en Berlín. Mientras Dieter Kunzelmann, el
“enfant terrible” de la Subversive Aktion con su “Kommune 1” era excluido el 3 de mayo de 1967, Rudi Dutschke se convertía en el símbolo del SDS berlinés. Asi, en el SDS empezaron a ganar
posiciones los métodos de acción directa.
El ascenso del SDS que se convirtió en el portavoz de la oposición extraparlamentaria, se correspondió con la aparición de una cultura subproletaria y proletaria, los “bamboleantes” (algo así
como los “yé yé”) quienes expresaban su descontento entre otros con reyertas después de los conciertos. Las más famosas fueron las de Schwabing (en junio de 1962) y la destrucción de la
Waldbühne berlinesa al final de un concierto de los Rolling Stones (septiembre de 1965).

Del 2 de junio de 1967 hasta la disolución del SDS en 1970

Para comprender el génesis de la revuelta de la juventud alemana, no se puede olvidar que numerosos antiguos nacionalsocialistas rápidamente volvieron a acceder a importantes puestos en la
RFA. Basta con mencionar a los más conocidos, como Hans Globke, Kart Georg Kiesinger, Theodro Oberländer, Hanns Martin Schleyer. También hubo acontecimientos tenebrosos, como los
juicios contra los supervivientes de los campos de concentración, en los que jueces que habían ejercido bajo el nacionalsocialismo, ponían en duda sus pensiones a causa de su pertenencia
política pasada al Partido Comunista (KPD). El conflicto generacional de la década de los 60 se desarrollaba sobre todo en las familias.
La revuelta juvenil de todas las clases sociales, que se fue generando a lo largo de los años de posguerra, explotó brutalmente después del 2 de junio de 1967, con la muerte de Benno
Ohnesorg, un estudiante muerto de un disparo en la cabeza durante una manifestación contra el Sha de Irán. Como las autoridades de la ciudad y los responsables policiales justificaron esa
muerte, se fueron creando comités de estudiantes independientes para desmentir las falsedades de la versión oficial. La desconfianza generalizada se transformó en un movimiento de masas,
cuyo apogeo fue el congreso “Universidad y democracia: condiciones y organización de la resistencia” celebrado en Hannover el día del entierro de Benno Ohnesorg. A lo largo del invierno
1967-1968, se fueron rebelando todas las universidades.
El congreso sobre Vietnam en febrero de 1968 en Berlín fue el momento culminante del movimiento. Al contrario de la compleja discusión que tuvo lugar en el congreso del SDS sobre Vietnam
en 1966, los movimientos de liberación nacional fueron unánimemente ensalzados. Fue surgiendo la idea de una identidad de esas luchas con la de las metrópolis.
La rebelión alcanzó sus cotas máximas en la semana de Pascua de 1968. El 11 de abril, Josef Bachmann disparó contra Rudi Dutschke, hiriéndolo gravemente. El movimiento culpó de ese
atentado al grupo de prensa de Axel Springer. Efectivamente, con sus “periódicos amarillos”, entre otros el Bild-Zeitung acosaba el movimiento contestatario. Se bloqueó la distribución de los
periódicos, fueron incendiados vehículos de la empresa y hubo dos muertos y varios centenares de heridos durante las luchas callejeras. Estas actuaciones tuvieron un eco mundial y
provocaron manifestaciones de solidaridad en todas partes, aumentando después la militancia. La “batalla de Tegler Weg”, el 4 de noviembre de 1968 obligó por primera vez a la policía a
retirarse. 130 policías requirieron asistencia médica. Se trataba de las luchas callejeras más violentas desde los tiempos de la república de Weimar.
Sin embargo, la presencia de las masas y la cólera no bastaban para obtener una perspectiva política. El SDS, como centro organizativo, se vio superado por los acontecimientos. La 23ª
Conferencia de delegados en septiembre de 1968 fue un fracaso. Los conflictos entre los “tradicionalistas”, los partidarios del KPD clandestino, los antiautoritarios y las feministas provocaron
una suspensión del congreso. Al tiempo que la militancia y la movilización alcanzaban sus niveles más altos, el movimiento empezó a dividirse en varios grupos y fracciones. Los viejos
estalinistas fueron los primeros en fundar, el 16 de septiembre de 1968, el Deutsche Kommunistische Partei (DKP) fiel a la URSS y sucesor del prohibido KPD. El 31 de diciembre, el obrero
comunista Ernst Aust fundó el KPD/Marxisten-Leninisten que fue el primero de los numerosos “partidos obreros” maoístas de la RFA.
A partir de entonces, el movimiento se dividió en dos campos que tenían tantas disputas internas como disputas entre ellos. Primero estaba la fracción antiautoritaria que veía la clave del
cambio en la alternativa de vivir de otra manera “aquí y ahora”: empresas autogestionadas, comunidades, otras formas de educación, etc. El otro campo tenía en perspectiva la construcción de
un partido leninista, orientándose hacia la clase obrera. Ninguno de los dos campos estaba totalmente equivocado. Las subculturas vivas daban la razón de querer construir contra-estructuras
mucho antes de la “gran final” a los activistas del campo antiautoritario. Por otro lado, la clase obrera aguantaba el tirón: en otoño de 1969, una oleada de huelgas salvajes atravesó todo el país.
Las llamadas “huelgas de septiembre” (Septemberstreiks) evidenciaron que la integración del proletariado en el sistema de agentes sociales no estaba tan avanzada como lo pretendía la
ideología dominante y la fracción antiautoritaria del movimiento. La autodisolución del SDS, el 21 de marzo de 1970, fue la expresión de la escisión del movimiento. Le faltaban dos elementos:
una perspectiva política real y una base de masas sólida, dos debilidades que fueron enmascaradas por el aumento del número de militantes.
Poco después de la autodisolución del SDS, se constituye oficialmente la Fracción del Ejército Rojo (RAF), más bien por casualidad, a partir de la liberación de Andreas Baader de la cárcel. A
partir de entonces y hasta el trágico desenlace del “otoño alemán” de 1977, en los medios de comunicación predominaban los “leninistas con fusil” como imagen de la izquierda revolucionaria
alemana. Otros enfoques militantes, como el de la guerrilla espontánea del Movimiento “2 de junio”, o movimientos de masas exitosos, como el movimiento antinuclear que logró impedir la
construcción de la central de Wyhl, fueron marginados. El Estado encontró un pretexto para perseguir a la izquierda revolucionaria y represaliarla.
La ola de represión que siguió el secuestro y la muerte a manos de la RAF, en 1977, del presidente de la patronal, Hanns-Martin Schleyer (un antiguo SS) destruyeron por mucho tiempo la
esperanza de ver que la izquierda revolucionaria pudiera jugar un papel político decisivo en Alemania.
Sin embargo nuevos movimientos sociales, como el movimiento antinuclear, hubiesen podido mantener esa esperanza. Así, las primeras grandes movilizaciones se iniciaron en 1975 contra la
central nuclear de Wyhl y aquel fue uno de los escasos éxitos del movimiento que logró impedir la puesta en funcionamiento de la central. La ocupación de las obras duró ocho mees y sirvió de
ejemplo para la resistencia antinuclear contra la construcción de centrales de Brokdorf (1976), de Kalkar (1977) y de Wackersdorf (1985). Aunque en Brokdorf, la central finalmente entro en
funcionamiento en 1986, después de luchas extremadamente violentas entre los manifestantes y la policía, la construcción de la central de Wackersdorf fue imposible después de las grandes
movilizaciones (más de 100.000 manifestantes).
El movimiento antinuclear fue uno de los pilares de la construcción de un nuevo partido, los Verdes (Grünen), integrado por diferentes movimientos sociales surgidos después del 68, como el
movimiento de mujeres, antimilitaristas y también corrientes ecologistas más conservadoras. Los Verdes se presentaron por primera vez a las elecciones europeas en 1979 y obtuvieron un
3,2% de votos. A nivel nacional, los Verdes fueron fundados en 13 de enero de 1980 en Karlsruhe con una orientación social, ecológica, democrática y pacifista. En 1983, 27 diputados entraron
en el Bundestag con un 5,6% de votos. En los años siguientes, la vida del partido fue dominada por las luchas de fracciones de “realos” y “fundis” que defendían posiciones más a la izquierda.
Fueron los “realos”, entre otros partidarios de participar en el gobierno, como opción política, quienes vencieron en esos debates. En 1985, se constituyó en Hesse una coalición entre el SPD y
los Verdes y Joschka Fischer se convirtió en ministro de medio ambiente.
Después de la unificación alemana, los Verdes se fusionaron con Bündnis 90, un movimiento de defensa de los derechos democráticos de la RDA. Después de las elecciones de 1998 formaron
una coalición con el SPD a nivel nacional. No quedaba ya mucho de las consignas originales: ya no eran sociales, dado que apoyaron las leyes “Hartz 4” que atacaban duramente a los
parados. Tampoco eran pacifistas, se convirtieron en campeones de las “intervenciones “humanitarias” en la guerra de Serbia, primera guerra alemana desde el nacionalsocialismo. En lo
referente a la democracia, tampoco estaban mejor, ya aunque defendían tímidamente algunos derechos democráticos, suprimieron la rotación automática de los diputados. En lo concerniente a
la ecología, si bien lograron con el SPD mayores inversiones en las energías alternativas e iniciaron el desmantelamiento progresivo de las centrales nucleares, su concepción de la ecología no
cuestionaba el funcionamiento capitalista. Y finalmente, no representaban para nada los movimientos sociales que seguían siendo extraparlamentarios y en su mayoría no organizados

Traducción: Isabel Dudzinski para VIENTO SUR

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33.- Arte y contestación

Jean-Marc Lachaud
Viento Sur (22-5-08)


El arte no es per natura insumiso y contestatario. Pero, en algunos contextos, debe afrontar los sobresaltos de la historia y las convulsiones que agitan al mundo real. Como reacción ante lo
inaceptable o por afinidad con movimientos de emancipación que recorren la sociedad, sin renunciar por ello a su autonomía ni sin pretender tampoco transformar inmediata y concretamente el
orden establecido, el arte puede ser comprometido y mostrar su potencia crítica y utópica.
En mayo-junio 1968, el mundo de las artes estuvó implicado en los acontecimientos que convulsionaron a la sociedad francesa. La Escuela de Bellas Artes de París, ocupada muy pronto,
albergó el Taller Popular donde se serigrafiaron los carteles que encarnaron el espíritu de Mayo y acompañaron a estas locas jornadas. El teatro del Odeon, lugar simbólico dirigido por
Jean-Louis Barrault, fue tomado y transformado en “permanencia revolucionaria” abierta a todos. El Festival de Cannes terminó prematuramente cuando algunos cineastas retiraron su film de la
competición, hubo jurados que dimitieron, y resonaron en la gran sala del Palais agitados debates, animados entre otros por Jean-Luc Godard, Louis Malle y François Truffaut. En verano, el
aliento de la revolución hizo temblar también al Festival de Avignon; los agitadores del Living Theatre (reivindicando a Antonin Artaud y a Bertold Brecht) escandalizaron, y las concepciones
sobre el teatro popular defendidas por Jean Vilar fueron cuestionadas de forma violenta y excesiva. En todas partes, artistas y trabajadores culturales se reunían y discutían sobre el estatuto del
arte (de los artistas) y su lugar (su papel) en la sociedad, proclamando la llegada de un verdadero arte-vida experimentado colectivamente, polémico frente a los poderes y festivo. Los artistas
plásticos firmaron una declaración pidiendo plena libertad de creación y haciendo votos por un arte integrado en la sociedad. En Villeurbanne, Roger Planchon, reunido con los directores de las
estructuras teatrales públicas, organizó una gran “conferencia” sobre el balance de la descentralización teatral, la democratización del acceso a la cultura y la cuestión de lo non–public. Los
Estados Generales del cine francés exigieron la abolición de todo tipo de censura y, tras analizar los mecanismos económicos capitalistas en que se basa la industria cinematográfica,
reflexionaron sobre los medios para crear otras modalidades de producción, de difusión y de explotación de los films. Aquí y allá, no sin contradicciones, pero con entusiasmo, se expresaban la
necesidad y la voluntad, como lo resumió Alain Jouffroy, de “cambiar la parte más azarosa de la producción ‘artística’ en producción de ideas, de formas y de técnicas revolucionarias”, con el fin
de “imaginar algo que sirviera (...) para entrar en todas las clases sociales y organizar con nuevos signos la crítica global y creadora de nuestra sociedad” (“¿Qué hacer con el Arte?”, en la obra
colectiva Art y contestation).

Al mismo tiempo, en estrecha correspondencia con las reivindicaciones y los sueños que se expresaban en asambleas generales, en las manifestaciones y en las barricadas, surgieron sobre
los muros de esta primavera en rebelión las cien flores de una auténtica insurrección poética. Esta creación inventiva (de inspiración surrealista y situacionista) y anónima, en un afortunado
desorden expresivo lleno de humor (“Soy marxista, tendencia Groucho”), quiso terminar con el viejo mundo (“Abolición de la sociedad de clases”; “La mercancía es el opio del pueblo”;...) y
decretó que había llegado el tiempo de la exigencia libertaria (“¡Sed realistas, pedid lo imposible!”; “Vivir sin tiempos muertos, gozar sin obstáculos”;...). El arte burgués y la cultura dominante
estuvieron en el punto de mira de mordaces eslóganes (“El arte ha muerto, no consumáis su cadáver”; “La cultura es la inversión de la vida”; ...). Junto a los carteles antes citados (concebidos
por artistas como Gérard Fromanger y Bernard Rancillac, aunque también por estudiantes y militantes), otras producciones-intervenciones, tampoco firmadas –breves piezas de agit-prop,
películas-panfletos (cortometrajes en 16 mm realizados, por ejemplo, por Chris Marker) y canciones (recordemos, sobre todo, la canción de los nuevos partisanos, interpretada por Dominique
Grange), intentaron unir la “revolución en el arte” y la “revolución en la política”, en palabras de Mikel Dufrenne.

Este momento de rebelde efervescencia, cuando otro por-venir parecía inmediatamente posible, se producía en la encrucijada de dos décadas, los años 1960 y 1970, en las cuales, tanto en el
Oeste como en el Este, se desarrolló un movimiento contestatario y antiautoritario pluridimensional (político, económico, social, contra-cultural...), cuyas perspectivas desbordaban las fronteras
entre lo público y lo privado (“¡Todo es política!”). Esta época utópica expresó, retomando la tesis de Hubert Marcuse, un “gran rechazo”. Había que echar abajo el orden establecido, desde
luego, pero también imaginar en una indeterminación creadora la llegada de un mundo diferente: según las dos consignas de los surrealistas en la primera mitad del siglo 20, había que
“transformar el mundo” (Karl Marx) y “cambiar la vida” (Arthur Rimbaud).
En las producciones artísticas, se impone el furor por lo real. Los artistas exponen su visión del mundo; claman su indignación ante las violencias y las injusticias engendradas por el sistema,
condenan las bases en que reposa el mundo administrado y afirman abiertamente su apoyo a diversas causas. Por afinidad con las luchas de liberación y de independencia llevadas a cabo por
los pueblos del Tercer Mundo, haciéndose eco de las resistencias contra las dominaciones y alienaciones sufridas, y de las aspiraciones de los vencidos de la historia, en conexión con los
proyectos de emancipaciòn de estos movimientos en diversos campos (incluidos la vida cotidiana y la sexualidad), producen obras cuya originalidad formal exagera a veces la carga acusadora
y perturbadora. Se movilizan contra la guerra de Argelia (en 1961, Enrico Baj, Wilfredo Lam, Jean-Jacques Lebel y otros autores plásticos realizan colectivamente el Gran Cuadro Antifascista,
denunciando el colonialismo francés) y contra la agresión del imperialismo americano en Vietnam (en 1967, Armand Gatti escribió una pieza titulada V de Vietnam; ese mismo año, se elevó la
potente voz de Colette Magny en las canciones de su álbum titulado Vietnam 67; en 1968, durante el Salón de Pintura Joven, veinticinco artistas concibieron una Sala Roja para Vietnam).
Rindieron homenaje a los combates del pasado ligándolos a los del presente (en 1971, Ernest Pignon-Ernest, con Les Gisants-La Commune (Los yacientes – La Comuna), evocó la terrible
represión ejercida contra los comuneros de 1871 y la muerte de nueve manifestantes en la estación de metro Charonne, durante los enfrentamientos con la policía del 8 de febrero de 1962).
Revisitaron los grandos momentos de la historia, para iluminar los retos del aquí y ahora (el Théâtre du Soleil, animado por Ariane Mnouchkine, montó dos piezas sobre la Revolución Francesa,
1789 en 1970 y 1793 en 1972) oponiéndose directamente al poder político del momento (en 1972, la Coopérative des Malassis (Cooperativa de los Mal Sentados), realizó un fresco colectivo,
alegórico y corrosivo, de sesenta y cinco metros de longitud, El gran cordero asado, poniendo al desnudo sin concesiones el carácter conservador y capitalista de los regímenes de De Gaulle y
Pompidou).

Junto a estos artistas comprometidos, también actuaron artistas-militantes (ya reconocidos o no en el medio artístico) para quienes intervención política y práctica artística revolucionaria eran
inseparables. No se trataba sólo de crear obras políticas sino, parafraseando una frase célebre de Jean-Luc Godard (que junto a Jean-Pierre Gorin, Jean-Henri Roger y militantes maoístas,
participó en la aventura del Grupo Dziga Vertov), de hacer políticamente arte. Para ello se dedicaron a poner radicalmente en crisis, a distintos niveles, los códigos estéticos tradicionales y
normativos; practicaban la creación colectiva (rechazando la idea de autor, de director escénico, de realizador..., en definitiva, la división del trabajo, y operaban al lado y con los que luchaban),
desbrozando inéditas perspectivas formales y actuando fuera de las paredes (en fábricas, en la calle...) de los lugares hasta entonces reservados al arte, planteando sin rodeos estas dos
decisivas cuestiones: “¿Quién crea?” y “¿Para quién?”. Sus producciones eran concebidas al ritmo de los conflictos sociales; daban la palabra a los grupos sociales oprimidos y explotados
–las mujeres (en 1973, la película de Marielle Issartel y de Charles Belmont, Histoires d’ A, sobre el derecho al aborto, fue censurada), los homosexuales, los inmigrantes...- y apoyaban los
nuevos frentes abiertos tras Mayo (el antimilitarismo, el rechazo de lo nuclear, la reivindicación regionalista, la liberación de las costumbres...). El fondo del aire es rojo (retomando el título del
film de Chris Marker, fechado en 1978) y las luchas, en su diversidad, irrumpen en un campo artístico ampliado por estas alternativas políticas y estéticas que rechazan cualquier dominación y
cualquier alienación.

Hay que recordar también (porque es significativo de la complejidad de los deseos múltiples e incluso opuestos, nacidos en esta revuelta generalizada) que en estos tiempos agitados, en busca
de horizontes nuevos, cuando se conjuga en fértil alboroto lo posible y lo imposible (“Si la esperanza se limita a lo posible, se reduce a un cálculo”, decía Henri Lefebvre), no faltó la fiesta (de los
espíritus y de los cuerpos), para que pudiera surgir, sin tabús y con el exceso propio de cualquier desbordamiento transgresivo, un cortejo desbordado de deseos íntimos y comunitarios, al fin
liberados. Jóvenes saltimbanquis rebeldes fomentaban acontecimientos improvisados (happenings, desfiles –por ejemplo, los organizadas por el Grand Mágic Circus, de Jerôme Savary-,
reuniones de convivencia y hedonistas...) que reflejaban la disponibilidad reencontrada de los individuos, que esbozaban en estos actos el surgimiento de una vida verdadera, audazmente sin
obstáculos. En los años 1970, las producciones artísticas (y literarias), de forma abierta o subterránea, estuvieron profundamente marcadas por estas aspiraciones eclécticas (algunas de ellas,
muy pronto recuperadas o mercantilizadas). En este sentido, en palabras de Olivier Revault d’Allones, el arte exhibía, en una pluralidad de desvíos intempestivos, inimaginables “promesas de la
libertad”.

En los años 1980, con el hundimiento de los grandes relatos y la entrada en la era posmoderna, ante el nuevo credo impuesto por una restauración conservadora y revanchista y las
desilusiones favorecidas por la orientación política de la izquierda en el poder, el arte pareció separarse de cualquier proyecto revolucionario y abandonar el terreno de la contestación política.
Sin embargo, en los años 1990, con la irrupción de nuevos movimientos sociales opuestos a las fechorías del neoliberalismo triunfante, con el desarrollo del militantismo altermundista, el arte,
aún sin reactivar los modelos y las formas artísticas de los años 1960 y 1970, desplegó de nuevo, usando estrategias diversas (más modestas, sin duda, vista la potencia acentuada de las
instituciones y la tendencia a la disolución del arte en el “todo es cultura”), su capacidad de resistencia y denuncia; aunque no sin ambigüedades, como lo subraya Jacques Rancière, que evoca
con razón los límites de lo que llama el giro ético (basado en el consenso) de la estética.

Referencias bibliográficas
Art et contestation, obra colectiva, Bruxelles, La Connaissance, 1968.
Christian Biet et Olivier Neveux (dir.), Théâtre et cinéma militants (1966-1981).
Une histoire critique du spectacle militant, Vic-la-Gardole, L’Entretemps, 2007.
Mikel Dufrenne, Art et politique, Paris, UGE, 1974.
Jean-Marc Lachaud (dir.), Art et politique, Paris, L’Harmattan, 2006.
Michel Lévy (coord.), Interdit d’interdire : les murs de mai 1968, Paris, L’esprit frappeur, 1998.
Mai 1968, affiches, prefacio de Jean Cassou, Paris, Tchou, 1968
Jacques Rancière, Malaise dans l’esthétique, Paris, Galilée, 2004.

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34.- En busca del tiempo invertido

Constantino Bértolo *
Público (22-5-08)


Ubíquese donde lo han puesto. Si lo ponen en el lugar del muerto, pues sea el mejor muerto del mundo.
(Alejandro Dolina)

Hacer leña

Mayo del 68 empezó exactamente la mañana del 24 de febrero de 1965. Enfrente de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, un destacamento de las fuerzas de
seguridad del Estado detuvo la marcha de cientos de estudiantes que, encabezados por los profesores Santiago Montero Díaz, José Luis López Aranguren, Aguilar Navarro, Enrique Tierno
Galván y Agustín García Calvo, se dirigían agrupados y en silencio hacia el edificio del rectorado ubicado en las cercanías del barrio de Moncloa, para entregar un escrito en el que reclamaban
libertades. Los profesores se adelantaron para explicar el objeto de aquella marcha pacífica. La respuesta fue una carga (decir brutal sería una redundancia) y un afanoso despliegue de los
coches manguera antidisturbios que en aquel momento y de este modo hacían su entrada en la iconografía de la época.

Mayo del 68 acabó exactamente el 25 de noviembre de 1975. El fallecimiento tuvo lugar en los cuarteles de la ciudad de Lisboa, donde un golpe de fuerza de los militares contrarrevolucionarios
desalojaron del poder al coronel Vasco Gonçalvez. En el entretanto, la creación del clandestino Sindicato Democrático de Estudiantes Universitarios, el Mayo del 68 en París, el asesinato de
Martin Luther King, la matanza de estudiantes mejicanos en la plaza de Tatlelolco, la declaración del Estado de Excepción por el gobierno franquista en enero de 1969, el asesinato de Enrique
Ruano, el juicio de Burgos, el subidón de Carrero Blanco, el golpe de Estado contra Chávez (perdón, Allende) que el diario El País (perdón, ABC ) había venido jaleando con premura, el juicio
contra Marcelino Camacho y otros dirigentes de CCOO, el paso de cientos (pero menos) de universitarios y universitarias por los Tribunales de Orden Público, la flebitis de Franco, el
acercamiento del PCE hacia la democracia cristiana de Ruiz Jiménez, la resurrección alemana del PSOE de Felipe González, la muerte de Moncho Reboiras en las calles de El Ferrol.

Si alguien confunde Mayo del 68 con las revueltas en París de mayo del 68 es que no sabe mirar o que el árbol quemado no le deja ver el bosque talado y vendido. También puede ser que su
cerebro esté programado por el disco duro de un pensamiento (¿) periodístico que sólo obedece a la lógica de premios, aniversarios de cifra redonda, partidos del siglo, funerales, limpiar el culo
del amo y espejuelos para repartir los fines de semana.

Del árbol caído

A su sombra y entre sus ramas, muchos se hicieron cabañas, cabañitas, chalets, urbanizaciones, OTAN de entrada no y carteles con obreretes en plan dibujos animados. Que se lo digan a la
tropa de psiquiatras que, de no quitarse la antisiquiatría de la boca, pasó a asegurarse nóminas y plazas como jefes de servicio en los viejos y nuevos centros de salud. Que se lo digan a los
arquitectos que, crecidos bajo el paraguas de las Asociaciones de Vecinos, entraron a saco y bolsa en los planes de remodelación mientras diseñaban el futuro de sus talleres de urbanismo.
Que se lo digan a los abogados laboralistas que, después de apoyar los pactos de la Moncloa, pasaron a perpetrar las reconversiones industriales, desmontaron las empresas públicas y
negociaron su venta a las empresas privadas. O a los profesores y penenes que, después de despotricar de los cargos vitalicios, accedieron a cátedras y prebendas por la vía de la famosa
idoneidad. A los periodistas que, luego de escribir contra el amo, se pusieron a estrechar con prisa la mano que les daba de comer en los restaurantes de moda. A las decenas de lectores del
Libro Rojo de Mao que se fueron a Ferraz para comprar el libro rosa del antes socialista que marxista. A las decenas de cuadros sindicalistas que estrenaron sede, sillón, catadura y primera
residencia en algún adosado de Majadahonda. A las decenas de cuadros leninistas de las periferias nacionalistas que descubrieron lo importante que era dejar de tener razón en el momento
oportuno. A las decenas de escritores que ganaron amañados planetas, plazas o nadales exhibiendo ante papá Mercado los sufrimientos y horrores padecidos durante sus engañadas
militancias comunistas. Novelas de perdedores para disfrutar en el salón de la casa rehabilitada o en el singular caserón rural reconstruido con el sudor de la frente ajena.

Que se lo digan. No creo que les moleste. La guerra fría la tienen bien guardada en la nevera. Quizá sonrían paternales mientras se preparan a alcanzar, si el colesterol y la crisis inmobiliaria se
lo permiten, el paraíso prometido de la jubilación bien planificada: debajo del capitalismo estaba la playa del Inserso. Que se lo digan, pero quién, si los derrotados fueron convencidos de que
estaban equivocados, si Xirinachs, como ejemplo, murió solo, triste, acallado y final.

No perdieron el tiempo. Fueron realistas y canjearon lo imposible por los posibles. Gentes con posibles que se decía por antaño. Pronto descubrieron que aquello de la lucha de clases era el
mal sueño de una noche de mayo. No, no hicieron leña del árbol caído. Ya antes habían arramplado con todas las ramas, todas las hojas, todas la raíces, y subastado las semillas.

Con aquel capital simbólico, cruzaron las puertas del capitalismo. Si miran para atrás, ven su propio fantasma. –Había algo que sonaba a broma en su discurso, que parecía el de alguien que se
burlaba un poco de su propio pasado.

–Amigo, no te equivoques, se reía de vuestro futuro.

* Constantino Bértolo es editor

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35.- También hubo en España ‘movida del 68'

MIRTA NÚÑEZ DÍAZ-BALART *
Público (24-5-08)

El 18 de mayo de 1968, hace cuarenta años de aquello, el recital de Raimon en la Ciudad Universitaria madrileña sazonó de música y palabras la lucha antifranquista. Los centenares de estudiantes que se apiñaban en el patio de la Facultad de Económicas de entonces, hoy Facultad de Geografía e Historia de la UCM, hicieron coro a la lucha por la libertad, sumando su garganta a la protesta por la prolongada dictadura. Las vibraciones de aquella guitarra y de una voz profunda que decía “no” a la represión llegaron a los estudiantes durante generaciones.

Los jóvenes que vinimos después teníamos mitificados aquellos hechos. En ellos, la rebelión de los hijos de las clases medias mostraba que la España de los sesenta se iba alejando de la sumisión. La estela de muerte que dejaron los cuarenta había provocado un enmudecimiento masivo. La acogida del franquismo en el contexto internacional de la Guerra Fría permitió mirar más allá de la supervivencia y las universidades se sobrepusieron a los aprobados patrióticos del falangismo inicial.

Con esos ingredientes, se coció el despertar de la universidad que, en Madrid, tomó una dimensión pública y sonora.

La épica de la lucha en el marco universitario necesitaba un himno duro y esperanzador a la vez. Al Vent, una composición de años atrás, fue la bandera de una universidad efervescente. Una voz poderosa, acompañada por una guitarra desnuda de todo atributo, se hizo la enseña de la lucha política contra el régimen franquista. La emoción del cantante, con los centenares de voces que le acompañaban en plena ilegalidad, con la Policía rodeando el campus, fue musicada en la letra 18 de maig a la Villa.

El clandestino SDEUM, Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Madrid, trajo a la Complutense el eco de lo que ya se conocía en otras ciudades y lo convirtió en multitudinario. La universidad madrileña –como quedó evidenciado– no sólo estaba plenamente incorporada a la protesta, sino que, además, hacía suya la lengua catalana, desvistiendo otro de los disfraces del franquismo, que la presentaban como contraria a aquellas otras lenguas que habían estado largo tiempo prohibidas.

Centenares de contactos ocultos habían dado un fruto magnífico. Aquellos pequeños núcleos clandestinos lograron un acto ilegal multitudinario. Marta Bizcarrondo, recientemente fallecida, fue, como delegada cultural del sindicato estudiantil, quien tejió, junto a otros muchos, como Jaime Pastor, hoy profesor en la UCM, o Arturo Mora, tristemente desaparecido, aquellos hilos. Ángel Vegas, desde su posición de decano designado a dedo, mantuvo una actitud dialogante con unos estudiantes aguerridos que no sólo querían cambiar la Universidad sino el mundo. La oposición antifranquista, encabezada en Madrid por el PCE, brindaba la experiencia de su lucha en la clandestinidad.

La infantería militante daría sus mejores cuadros a los organismos del cambio: desde la Junta Democrática y la Platajunta, a toda la pirámide de la nueva sociedad que estaba germinando. Luego, vendrían otros recitales donde líderes, salidos de la cárcel o de la clandestinidad, pasarían a sentarse en las butacas. La memoria del cambio tiene en los conciertos de Raimon, en Madrid, Barcelona o Valencia, las muescas de la esperanza colectiva que acompañó la agonía del franquismo y los primeros años de la llamada Transición.

¿Tenía algo que ver lo que aquí ocurría con la efervescencia existente en Francia, México, Estados Unidos, Checoslovaquia, Berlín o Tokio, con fuertes estallidos políticos y sociales? La realidad española poco tenía que ver con el movimiento ciudadano contra la segregación racial o contra la guerra de Vietnam en EEUU, por más que ésta hubiese apadrinado la dictadura franquista en la ONU.

El Dubcek checoslovaco sacudió las conciencias sobre el colonialismo soviético. La matanza de la Plaza de las Tres Culturas en la Ciudad de México abrió los ojos del mundo a las dictaduras del mundo capitalista. ¿Contra qué se levantaban los estudiantes franceses, bien comidos y con una democracia consolidada, encabezada por el presidencialismo de De Gaulle?

La estela de la insumisión ante el capitalismo y la sociedad establecida, sus usos y costumbres, la protagonizaron jóvenes que, desde contextos muy diferentes, clamaban por un rechazo a lo existente. En España, sin duda, con un carácter plenamente político, pluripartidista, antidictatorial y democrático que no podía cuestionar ni partidos ni sindicatos, todos ellos clandestinos. ¿Qué CGT francesa se podía sumar públicamente a los acontecimientos cuando aquí sólo existía un único sindicato oficial? El mayo francés evidenció la erosión de los partidos y sindicatos en las democracias occidentales.

El cantante de Xátiva pondría la imagen y la voz a la protesta de los universitarios de toda España en favor de la libertad, y acompañaría sus pasos antes y después de la muerte del dictador. El 5 de febrero de 1976, una canción añadiría otras notas a la andadura iniciada hacia la ruptura política. Yo vengo de un silencio (Yo vinc d’un silenci) resumía en cuatro palabras la larga travesía por el desierto franquista.

Hoy, no se llaman recitales, sino conciertos. Muchos de los que participaron en alguna medida en ello no están entre nosotros, otros desempeñan cargos relevantes, la vida nos ha hecho caminar por caminos deseados y no deseados, con compañeros que se han ido perdiendo a lo largo de los años, pero la evocación de aquella comunión sonora, joven y combativa acompañó musicalmente con himnos civiles la lucha por las libertades en España.

Hoy vuelve Raimon a la Universidad Complutense. Aquel recital, que fue una muesca en la lucha por la libertad, sigue presente en estas palabras de Javier Maestro: “Nunca había asistido a un acto donde se viviese con tanta intensidad cada
canción, cada palabra, cada gesto”.

* Mirta Núñez Díaz-Balart es profesora titular de la Universidad Complutense de Madrid e investigadora

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36.- Vivencias del 68 desde la Universidad de Madrid

Jaime Pastor *
Tercera Información (28-5-08)

Sin Permiso

Pese a las duras condiciones de la dictadura franquista y a la represión que ésta ejercía contra toda forma de disidencia, el impacto del "Gran Rechazo" de aquel año también llegó a este país y especialmente a las Universidades, convertidas ya por el movimiento estudiantil durante los años anteriores en espacios públicos de protesta política y cultural, una vez destruido el "sindicato" oficial, el SEU, para ser sustituido por el Sindicato Democrático de Estudiantes (SDEU).

Fue precisamente en medio de un proceso de radicalización del movimiento universitario antifranquista cuando llegaron los ecos de las revueltas que se fueron sucediendo por todo el mundo y que tuvieron su máxima expresión en la Huelga General en Francia. La existencia de algunos medios de comunicación no oficialistas, entre los que destacaban la revista Triunfo y el diario Madrid (posteriormente cerrado), junto con las imágenes que pese a la censura difundía la Televisión pública, nos ayudaban a hacernos una idea de una revuelta global con la cual aspirábamos a identificarnos e incluso a emular.

Antes y después del recital de Raimon

Es muy probable que en la memoria colectiva de quienes vivimos aquel año haya quedado como acontecimiento más simbólico del modesto "mayo español" el recital que el cantante Raimon dio el 18 de mayo en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid. En efecto, ese acto, celebrado finalmente con la autorización del decano pese a las presiones policiales, se transformó en una verdadera asamblea multitudinaria no sólo de estudiantes sino también de jóvenes trabajadores que empezaban a construir las primeras Comisiones Obreras Juveniles y que por primera vez entraban en un recinto universitario. En el transcurso del mismo el apoyo a la figura del Che, víctima del ejército bolivano en octubre del año anterior, o a la "Comuna" estudiantil francesa y al pueblo vietnamita, junto a la denuncia de la dictadura y de la oligarquía española, fueron algunas de sus manifestaciones más destacadas. A la salida de ese acto la coincidencia de un grupo de manifestantes en la carretera de La Coruña con el coche en que viajaba la princesa Sofía generó momentos de pánico en la "ilustre" pasajera y su escolta que se convirtieron luego en la anécdota de la jornada; pero, más allá de ese incidente, el eco de esas acciones no pudo ser silenciado por la prensa y corrió por todo el país. La canción que dedicó Raimon años más tarde a ese acontecimiento ("18 de maig a la ’Villa’") contribuiría a hacer imborrable su recuerdo: "Per unes quantes hores ens várem sentir lliures, i qui ha sentit la llibertat té més forces per viure. De ben lluny, de ben lluny, arribaven totes les esperances, i semblaven noves, acabades d’estrenar; de ben lluny les portávem".

Antes de ese acto se habían desarrollado otros que fueron expresión de un proceso de politización creciente: entre los más emblemáticos cabe mencionar la Asamblea Libre y la manifestación de febrero de 1965 en Madrid (a consecuencia de la cual fueron expulsados de la Universidad varios profesores, entre ellos Aranguren y García Calvo); la "Capuchinada" de Barcelona, cuando se constituyó el primer Sindicato Democrático de Estudiantes en marzo de 1966 pese a las detenciones masivas; o la manifestación estudiantil del 27 de enero de 1967 en Madrid en apoyo a una jornada de lucha convocada por Comisiones Obreras.

Ya en los primeros meses del 68 se emprendieron también nuevas acciones reveladoras de la transición que se estaba produciendo en un sector del estudiantado desde un sentimiento meramente antifranquista a otro progresivamente anticapitalista: la protesta con el lema "No al neocapitalismo. Sí a una Europa Socialista" frente a la visita a la Universidad de Madrid de Jean-Jacques Servan-Schreiber (autor de un conocido "best-seller" de entonces, El desafío americano) fue un buen ejemplo de ello. Siguieron otros que acompañaron al crecimiento de las diferentes organizaciones políticas presentes en la Universidad (no sólo el PCE sino también el Frente de Liberación Popular (FLP) y los diferentes grupos maoístas y ácratas). Después de mayo todas ellas fueron contrastando sus diferentes interpretaciones de la confluencia de obreros y estudiantes en la Huelga General más masiva en la historia de Francia, buscando a la vez reorientar un movimiento estudiantil que a partir de noviembre del 68 sufrió una dura represión que culminaría en la muerte a manos de la policía del compañero del FLP Enrique Ruano (con el infame papel jugado por el diario ABC y la pluma de un siniestro personaje, Alfredo Semprún), la toma del Rectorado de la Universidad de Barcelona por los estudiantes y la declaración de estado de excepción el 24 de enero de 1969. Una medida que ya antes se había adoptado en Euskadi tras la muerte de un militante de ETA, Txabi Etxebarrieta, por la Guardia Civil y el atentado mortal de esa organización contra Melitón Manzanas, un conocido torturador de la policía. Mientras tanto y pese a la dictadura, los documentos de los Comités de Acción y de las diversas corrientes que se habían difundido en Francia y otros países llegaban a nuestras manos y, con ellos, las obras de pensadores marxistas publicadas aquí por nuevas editoriales antes de que sufrieran también las consecuencias de las medidas de excepción.

No faltaron durante ese año actos político-culturales como el que, pese a su prohibición, se realizó a finales de octubre en homenaje al poeta León Felipe, fallecido en el exilio, o el estreno de la obra Marat-Sade de Peter Weiss, bajo la dirección de Adolfo Marsillach, en versión de Alfonso Sastre en el Teatro Español de Madrid; asimismo, eran ya frecuentes los recitales de cantautores como Paco Ibáñez o la intensa actividad cultural desarrollada desde algunos cine-clubs y Colegios Mayores, convertidos algunos de ellos en sedes de una embrionaria "Universidad Crítica" cada vez que las Facultades y Escuelas eran cerradas por la dictadura. Tampoco podemos olvidar el papel pionero en el impulso de unas ciencias sociales críticas que jugó CEISA, un centro privado promovido, sobre todo, por José Vidal Beneyto, en el que impartían conferencias profesores expulsados como Aranguren y otros ajenos entonces a la "Academia", como Jesús Ibáñez y Alfonso Ortí, hasta que fue cerrado por el gobierno.

Fraga: "Es mejor prevenir que curar"

Puestos a recordar, no podemos dejar de mencionar a quien en esos años era Ministro de Información y Turismo del dictador, Manuel Fraga Iribarne, el cual asumió sin complejo alguno la tarea de justificar el estado de excepción declarando que "es mejor prevenir que curar, no vamos a esperar a una jornada de mayo para que luego sea más difícil y más caro el arreglo". Esa decisión era, en realidad, la constatación de que ni la creación de una "Policía de Orden Universitario" en las facultades, ni el nuevo "Juzgado de Orden Universitario" ni una denominada "Organización Contrasubversiva Nacional" (bajo el mando del futuro golpista del 23-F del 81, José Ignacio San Martín) ni el Decreto sobre Bandidaje y Terrorismo aprobado en ese verano llegaron a ser suficientes para frenar un movimiento al que no dejaron de criminalizar ("envenenados de cuerpo y alma", "anarquistas, drogados y ateos", eran los calificativos que empleó el también ministro Carrero Blanco). Pero, además, en el caso de Fraga, suponía también el desenmascaramiento de la presunta "tolerancia informativa" de la que hacía gala como ministro al comprobar que no podía controlar la difusión de una protesta mundial que se convertía en nuevo acicate en la lucha contra la dictadura.

Por eso se puede sostener con fundamento que a lo largo de ese año en este país emergió, como en muchos otros lugares, una nueva subjetividad rebelde, principalmente contra el franquismo pero también frente al capitalismo "opulento" que se nos presentaba como horizonte y a un imperialismo que estaba empezando a sufrir ya en Vietnam una profunda derrota. Poco después de mayo, la derrota de la "primavera de Praga" por los tanques soviéticos daría a muchos jóvenes de entonces una nueva razón poderosa para apostar por un socialismo antiburocrático, en ruptura abierta con el stalinismo.

El imposible entierro del 68

En los años siguientes la creación de nuevos grupos políticos y contraculturales se fue extendiendo en muchos lugares, los jóvenes que habían protagonizado esas luchas abandonaban la Universidad y con ellos las esperanzas de transformar el mundo y cambiar también la vida cotidiana tan asfixiante impuesta por el franquismo llegaban a nuevos lugares. De ahí surgiría una izquierda radical con un peso social nada despreciable pero también los primeros colectivos feministas y ecologistas que irrumpirían con fuerza a mediados de los años 70. Luego, el "consenso" de la mitificada transición española permitió la conquista de libertades básicas pero frustró muchas de las expectativas de entonces, conduciendo a gran parte de esa "generación" por los caminos de la búsqueda del ascenso social individual, el cinismo político, la resignación o, también, la desesperación. Desde entonces, la contrarrevolución neoliberal se ha esforzado por contrarrestar, aquí y en todas partes, los efectos de aquella "revolución en el sistema-mundo" (Wallerstein) que no llegó a triunfar pero abrió una "brecha" y un "subsuelo" (Morin) por las cuales se ha ido manteniendo la llama de la insumisión y la desobediencia a los poderes establecidos. Porque, pese a la actual hegemonía neoliberal y a los intentos de los Sarkozy, Aznar y la larga lista de "conversos" por enterrarlo, nunca podrán borrar el "espíritu del 68". Más allá de las trayectorias individuales diversas y las anécdotas de "viejos combatientes" en retirada, aquel espíritu era el de la rebeldía, el de la convicción de que había que estar a la izquierda de lo posible, que el futuro estaba abierto y dependía de la acción colectiva de los y las de abajo frente a un mundo injusto. Aquí y ahora, éste se nos presenta aún más injusto y destructivo que entonces. ¿Para cuándo un nuevo 68?

* Este artículo, con el título "Salir de la dictadura, cambiar la vida. Así fue el Mayo del 68 español" y una pequeña ampliación del mismo, ha sido publicado en la edición española de Le Monde Diplomatique, nº 151, mayo 2008. El autor era en aquel año miembro del Frente de Liberación Popular y delegado del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Facultad de Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid; en enero de 1969 tuvo que exiliarse a Francia. Jaime Pastor es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO y profesor de ciencia política en la UNED.

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37.- Mayo del 68: Bajo los adoquines tan sólo hay estiércol
"Un equipo de La Felguera repartió bolsas con estiércol a los espectadores que asistieron, el pasado día 29 de Mayo, a las proyecciones de las películas "Sur le passage de quelques personnes à travers une assez courte unité de temps" (1959, Guy Debord), así como "Critique de la séparation" (1961, Guy Debord). Ambas películas se exhibían en el Museo Reina Sofía de Madrid dentro del ciclo de cine "Con y contra el cine: en torno a Mayo de 1968". Junto al estiércol, ya en evidente estado de descomposicón, se acompañaba el panfleto "Mayo de 1968: bajo los adoquines tan sólo hay estiércol". Del mismo modo, por el centro de Madrid La Felguera ha fijado el cartel "Yo también disparé a John Lennon".

Colectivo La Felguera
Nodo %0 (4-6-08)


Este es el tiempo en que los revolucionarios se encuentran en todos los lugares y, al mismo tiempo, en ninguno. La cultura de la contracultura, exaltada en conmemoraciones culturales como la de Mayo del 68, se expresa por medio de un estilo de vida alternativo que busca complacer un cierto deseo de vida satisfecha, aún cuando la violencia y la dominación ocupen ya todas y cada una de las parcelas en que la vida cotidiana se expresa.

Lo cool, el buenrollismo y lo post han logrado semejante alquimia: Debord es “guay” y los anarquistas, cómo no, “super radicales”. Se importan ideas con sabor a podrido (Reclaim the streets, antiglobalización…), porque siempre es mejor apuntarse a lo que ya no asusta ni a las viejas. Este es el triunfo de una sociedad que, para su supervivencia (es decir, su anhelo de caminar junto a la Historia), necesita de la disidencia y la rebeldía, a los artistas modernos. Sin ellos, bajo el ruido de sables, se descubre el velo y emerge el hecho de que la revolución, el Terror, jamás será permitido. Los mínimos éticos han sido rebajados a la altura del suelo, porque renunciando a la felicidad se persigue una banal satisfacción y una devaluación grotesca de revolución parcial y siempre lúdica: la fiesta o la mani-fiesta-acción, la apariencia. Esta protesta es, casi siempre, multitudinaria y divertida. Triunfa. No obstante, como dijo Breton hace ya mucho tiempo, cuando otra revuelta del espíritu era fagocitada (Dada): “Hace tiempo que el riesgo ya no está allí”. Pero esto no parece importar, porque entonces las ideas se convierten en cultura, sin excitación, sin que tengan la virtud de ser un asalto a nuestras vidas. El movimiento se encuentra actualmente privado de vida porque participa directa y únicamente de la cultura y no de la revolución.

El fuego, igualmente, hace tiempo que tampoco está allí. Ni siquiera el juego, motivado por el placer del disfrute, el movimiento anárquico, incluso el anonimato… hace tiempo que ya no está allí. Mayo del 68, totalmente dirigido, programado y conmemorizado, en busca de un cierto consenso, por los directores, programadores y conmemoradizadores (¡que cada cual escriba sus nombres!), todos cómplices y actores de la buena conciencia en este año 2008 de la rata, despojan lo último que le quedaba a la revuelta.

Con la conmemoración de Mayo del 68 no se persigue, como algunos han señalado, abrir un debate, sino cerrarlo. En último termino, se pretende reconciliarse con la Historia. Para ello, medios de comunicación de todo tipo, políticos, intelectuales, filósofos, casi todos ellos espectadores ocasionales de los disturbios, tipos de segunda o tercera categoría en la revuelta sin nada que decir hoy, fósiles como Glucksman, gentes que no dudaron en comer de cualquier plato y que a buen seguro serían repudiados por más de un enragé, han acudido allí donde se les ha llamado. Esto es hoy Mayo del 68. Tal grado de equlibrismo resulta inaudito. Guardan disciplinados la instantánea y no hay quien se atreva de decir que no estuvo allí, en Mayo. Jamás un acontecimiento le sirvió a tantos personajes de rédito vitalicio ad infinitum.

Nadie, a derecha e izquierda, ha perdido la ocasión para opinar, comentar y, por supuesto, en muchos casos, decirse heredero del sesentayochismo. Cabe preguntarnos desde que instancias se ha impulsado esta masiva conmemoración. Podemos, efectivamente, pensar que los actos programados para este mes han sido promovidos por los mismos militantes, pero nosotros no somos tan estúpidos. Por supuesto, existen casos honestos (pocos, muy pocos), pero o bien son aislados, o son el resultado de una incorporación crítica y a posteriori a un evento que ya había sido programado.

La libertad de expresión no sólo implica el derecho a opinar y expresarse sin límite alguno sobre cualquier asunto, sino también el poder escoger el “asunto”. La conmemoración de Mayo del 68 vino ya servida desde el Poder. No hay capital que se precie (Madrid, París, Londres…) en cuyos museos, fundaciones o filmotecas no se alabe el sentido estético de aquella revuelta. El Poder nos ha dado el tema sobre el que hablar este mes, ha puesto suficiente pasta sobre la mesa y, en no pocos casos, ha actuado como buen topo “dejando hacer” a militantes para que estos elijan los autores, eventos y lugares comunes.

La conmemoración del mayo francés pretende eso mismo: convertirlo en Historia, mediante un falso consenso según el cual se respete siempre la versión oficial y se incida en aquellos aspectos más espectaculares. El movimiento se encuentra actualmente privado de vida porque participa directamente de la cultura y no de la revolución. Viejas y nuevas generaciones llegan, por fin, a un acuerdo “histórico”. Bajo el pretexto del recuerdo se ensalza una fecha, unos mitos y una iconografía de la que todos se dicen herederos. A la izquierda, pero también a la derecha, resulta sospechoso ese consenso plural y pacífico. A todos estos radicales prêt a porter Mayo les sirve como una forma snob de tener buena conciencia y demuestra, en último término, la incapacidad absoluta por vivir el presente, es decir, por impugnar la miseria contemporánea, instalándose en la nostalgia y en lo peor de un pensamiento que no conduce a la acción.

Llegados a este punto, para nosotros Mayo de 1968 no tiene hoy otro valor cultural que el de la coca-cola, la tecnología o el último disco de moda. Es cadáver porque su conmemoración crea ideología (pensamiento socialmente condicionado y falsa conciencia). Todo código y toda ideología existen para ser derribados. La mitificación de cualquier belle epoque genera un resultado aún más perverso, porque hace pervivir una ilusión a modo de historia masticada y luego devuelta a la cultura popular, un cuento de hadas y una miserable evocación del porvenir pasado.

Hoy, la única lección útil de Mayo de 1968 sería la de denunciar la increíble capacidad recuperadora de todos aquellos que renunciaron a la utopía y abrazaron un mundo que un día dijeron rechazar y del hecho de que el arte y la cultura, es decir, el Poder, se mantiene a costa de producir la falsedad del placer, el juego y la libertad. Desvelar los mecanismos modernos de la dominación.

Donde todo es fagocitado y la rebeldía es otro momento más del orden y la cultura, ¿Cuál es el papel del revolucionario? Si Mayo del 68 tuvo la sana costumbre de cuestionar e interrumpir a la autoridad allí donde está se expresase (en facultades o en la calle), una buena dosis de “pedagogía sesentayochista” sería interrumpir todos y cada uno de los actos que se han programado durante este mes.

No, no está allí, no busquéis rebelión en los actos de Mayo del 68.

Bajo los adoquines tan sólo hay estiércol.

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38.- La época del topo

Joxe Iriarte Bikila *
Sin Permiso (10-6-08)


Después de la Segunda Guerra Mundial, las metrópolis del capitalismo occidental llegaron a un desarrollo económico y estabilidad social tremendos. Se ensalzaban las bondades del capitalismo, liquidando para siempre la capacidad de la clase obrera y subrayando su integración. Por eso los hechos de 1968 adquirieron el aspecto de una explosión o un terremoto social y pusieron en entredicho las rotundas verdades al uso, sobre todo entre la juventud.

En Francia la burguesía conoció el temblor, el miedo; muchos intentaron sacar su dinero de los bancos, otros huyeron al extranjero. El propio presidente, el general De Gaulle, que tenía una enorme experiencia, se quedó por un momento sin saber qué hacer y consideró la opción de llamar a las divisiones acantonadas en Alemania. Sin ningún tipo de duda, se creó un vacío de poder.

Fue el movimiento estudiantil quien encendió esa revuelta, pero la clase obrera no se quedó atrás. Las huelgas y ocupaciones de fábricas con banderas rojas en las puertas se extendieron por toda Francia. El 13 de mayo una manifestación formada por más de un millón de trabajadores y estudiantes llenó las calles de París y la policía no fue capaz de mantener las calles bajo control. Escribieron en las paredes de la universidad el mensaje que se difundió a todo el mundo: seamos realistas, pidamos lo imposible. Y tras Francia, el conflicto social se extendió, como la pólvora, a Italia, Inglaterra, etc.

Después de los sociólogos, los intelectuales orgánicos tanto de izquierda como de derecha publicaron numerosas y contrapuestas opiniones sobre las expresiones y causas de aquellas revueltas y luchas. Algunos, como no había miseria ni paro, más que a un problema basado en razones materiales, atribuían lo sucedido a una crisis civilizatoria o del modo de vida; otros, en cambio, lo tomaron como el último resto del movimiento romántico del siglo xix, dando a entender que desaparecería del mismo modo en que lo hace una fiebre. Había también quienes veían el suceso de otro modo: en el marco de las nuevas contradicciones que genera la sociedad capitalista industrializada esas revueltas y huelgas habrían anticipado las intenciones y proyectos de las voluntades de la sociedad del umbral del siglo xxi.

Es mi convencimiento que lo ocurrido en esa situación fue una explosión a favor del cambio y la renovación profunda que exige esta sociedad burguesa, que aparecerá una y otra vez, aunque no sepamos cuándo ni cómo.

También alrededor del mundo. El sistema que se extendió y afianzó después de la Segunda Guerra Mundial, también llamado socialismo real, se empezó a agrietar y la ofensiva del Tet acarreó un tremendo desprestigio a los EEUU. «¡Ho, Ho, Ho Chi Minh!», se gritaba en las calles de París, y en Sudamérica, a la sombra de la revolución cubana, el Che Guevara escribió la reivindicación tricontinental: «hay que crear uno, dos, tres Vietnam».

En Euskadi para entonces el reino del miedo impuesto por la dictadura había empezado a agrietarse, apareciendo claros entre la niebla y la oscuridad de treinta años. Se creó un nuevo movimiento obrero cuya influencia fue notoria en toda la sociedad, afianzando valores de compañerismo y solidaridad en los corazones de muchos jóvenes. En las sacristías, asociaciones de montañistas, reuniones clandestinas de fábrica y en el poteo el ambiente social estaba en ebullición. Numerosas huelgas golpearon a la sociedad y catalizaron la situación.

El deseo y el dolor popular, pechos llenos de ansia, trajeron aires nuevos. El poeta Gandiaga, al comparar al País Vasco con el chacolí, nos escribió estas palabras: «la amargura del País Vasco quema el alma, como la amargura del chacolí quema el paladar. Es un vino pobre, que querría ser vino pero que entre otros vinos no es vino y que, sin embargo, es vino».

Los debates ideológicos eran duros y básicos. Según algunos, primero debía construirse la casa y luego veríamos de qué color pintar las paredes. Para entonces Gabriel Aresti había dado su opinión en un bello poema: Yo: quiero una rosa roja. / Él: sí, pero primero la rosa. Yo: Sí, una rosa roja. / Él: primera la rosa. / Y al final llevaban una rosa blanca en la solapa.

Aresti fue un hombre de gran capacidad predictiva. Evidentemente, lo que Gabriel no podía saber era que, además de la rosa blanca en la solapa derecha, nos pondrían un clavel rojo y gualdo en la izquierda. En este país la realidad es una moneda de muchas caras.

Nuestras intenciones y esperanzas tenían raíces materiales, eran hijas de una situación. Una opción entre otras y no eran tan hueras como las majaderas intenciones de algunos románticos aventureros o vanidosos. En efecto, en el presente como en el pasado, lo que tiene importancia no son los cálculos o previsiones que se realizan vinculados a la coyuntura, sino la veracidad de la crítica que hagamos de la sociedad capitalista y del estado opresor, la necesidad de la lucha cotidiana y la justicia de nuestros objetivos emancipatorios. Todo esto sigue en pie.

* Joxe Iriarte Bikila es miembro de Zutik

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39.- 1968: “Queremos la fábrica”
Entrevista al escritor británico Tariq Alí:

Juan González (Democracy Now)
Sin Permiso (11-6-08)


Trascripción de la entrevista radiofónica realizada a Tariq Ali en Democracy Now! el 2 de junio.

El gobierno que vino después del de Gaulle, el de Pompidou, hizo de hecho muchas concesiones en cuestiones salariales, laborales, de mejora de las condiciones en las universidades. Para prevenir una revolución, accedieron a un importante acuerdo con las reclamaciones de los obreros. Los burócratas de los sindicatos fueron a las fábricas y dijeron a los obreros: "Tíos, hemos conseguido un incremento de nuestro salario del 25%". - "A la mierda." - "¡Pero bueno! Entonces, ¿qué es lo queréis?" - "Queremos la fábrica."

JUAN GONZÁLEZ: Nos ocupamos ahora de la última entrega de nuestra serie "1968: cuarenta años después". Para hablar del legado del 68 tenemos hoy con nosotros al activista político, historiador y novelista Tariq Alí. En los años sesenta, cuando la guerra de Vietnam alcanzó su máxima violencia, Tariq Alí se ganó a pulso una reputación nacional en debates públicos con personajes como Henry Kissinger o el entonces ministro de asuntos exteriores británico Michael Stewart. Se manifestó contra la guerra de Vietnam, encabezó la memorable marcha a la embajada estadounidense en Londres en 1968 y editó el periódico revolucionario Black Dwarf, donde hizo amistad con personajes tan influyentes como Stokely Carmichael, Malcolm X, John Lennon y Yoko Ono.

Cuarenta años después Tariq Alí continúa su lucha contra la política exterior estadounidense. Ha escrito más de una docena de libros sobre política e historia mundial, cinco novelas y varios guiones tanto para teatro como para el cine. Actualmente es uno de los editores de New Left Review. Su libro de memorias se titula Años de lucha callejera: una autobiografía de los sesenta.

Tariq Alí, bienvenido a Democracy Now!

TARIQ ALÍ: Es un placer estar aquí.

JUAN GONZÁLEZ: Muchas cosas ocurrieron en 1968, y usted obviamente ha tenido ti empo de reflexionar sobre todas ellas. Háblenos en primer lugar sobre qué ocurría en Inglaterra en la época en que participó en los movimientos sociales que se desarrollaron en aquel entonces.

TARIQ ALÍ: En el Reino Unido lo que teníamos en los sesenta, en los últimos sesenta, era un gobierno laborista. Este gobierno laborista, a pesar de todas sus promesas, decidió dar su apoyo a la política exterior estadounidense, cuando la guerra de Vietnam alcanzaba su cénit. El gobierno, para nuestro enfado, decidió apoyar la guerra en Vietnam. Así que una oleada de descontento se extendió entre quienes apoyaban a los laboristas, que decían que no, que no se trataba de eso. Fue entonces cuando montamos la Campaña de Solidaridad con Vietnam, aunque en su descargo hay que decir, Juan, que viéndolo hoy, aquel gobierno laborista se resistió con empeño a la presión norteamericana para que enviara sus tropas a Vietnam. Lo respaldaba verbalmente, pero ni el Reino Unido ni ningún otro estado europeo envió tropas a Vietnam, a diferencia de lo que ocurre hoy con Irak. Así que, a pesar de que la apoyaron, fue muy diferente a lo que ahora vemos. Y la embajada de Estados Unidos-

JUAN GONZÁLEZ: Las únicas tropas que enviaron otros países fueron, creo, Corea del Sur, Austrialia...

TARIQ ALÍ: Corea del Sur y Australia siempre estuvieron ahí. Pero ningún país europeo envió sus tropas a combatir en Vietnam. Resulta muy interesante cuando vuelves a pensar en ello. Nos encontrábamos en el punto álgido de la Guerra Fría. Podrían haberlo hecho, pero no lo hicieron.

Así pues, fue creciendo un gran movimiento, que reclamaba la disociación con la guerra en Vietnam y la retirada del apoyo político británico. Un movimiento que fue cada vez mayor, apoyado por políticos destacados de la época en el Reino Unido que no formaban parte del gobierno. Tuvimos muchos parlamentarios laboristas que se oponían a la guerra, cantantes de rock que venían a las manifestaciones, Mick Jagger escribió Street Fighting Man, muchísima otra gente participó en ello. El hecho de que el Reino Unido fuese el aliado más próximo a los EE.UU. en Europa lo convirtió finalmente en un problema.

Recuerdo al senador Eugene McCarthy, el candidato demócrata pacifista, declarar en público: "¿Qué es lo que está haciendo nuestro país, cuando nuestra embajada en la capital que no es más amistosa de Europa se encuentra bajo asedio permanente?" Esto nos animó muchísimo, porque significaba que lo que hacíamos tenía un impacto.

JUAN GONZÁLEZ: ¿Y la protesta en la embajada estadounidense en la que participaste?

TARIQ ALÍ: Bueno, esto ocurrió tras la ofensiva del Tet en Vietnam, cuando los vietnamitas tomaron la embajada estadounidense en Saigón por un espacio de tiempo puramente simbólico. Luego los mataron a todos. Supongo que podría llamarse, empleando un lenguaje actual, un ataque suicida.

Nosotros nos preguntábamos: ¿qué podemos hacer para mostrar nuestra solidaridad con los vietnamitas? ¿No podríamos sencillamente capturar la embajada por algún ti empo , izar la bandera vietnamita y después retirarnos dejándola ondear en lo más alto? En octubre de 1967 estuvimos muy cerca de conseguirlo. Nos sorprendió tanto a nosotros como al personal de la embajada. Así que pensamos que en marzo del 68 lo lograríamos. Pero en esta ocasión todo el mundo estaba preparado, y la policía, la policía montada, cargó contra nosotros y nos impidió acercarnos a la embajada, así que se produjo un enfrentamiento. Entonces dijo Mick Jagger: "Bueno, lo que ahora tenemos que hacer es obvio: hemos de tener nuestra propia caballería. ¿Por qué no entrenamos nuestra gente para que luche a caballo contra la policía montada?" Pasamos de esta propuesta.

Los enfrentamientos en Grosvenor Square fueron lo que realmente sorprendió al país, porque el país no estaba preparado para ello. Pero le mostró la magnitud del malestar. Y entonces, unos pocos meses después, Francia explotó en mayo-junio, con diez millones de obreros en huelga, lo cual obligó a toda la clase política a enfocar la lucha en algo completamente diferente, algo que había empezado como un movimiento contra la guerra se estaba convirtiendo en aquellos momentos en un movimiento social de raíces mucho más profundas.

JULIAN GONZÁLEZ: Y la convulsión francesa, por supuesto, no empezó realmente en París, como mencionas en un artículo que recientemente has escrito para The Guardian. Empezó en una pequeña universidad en las afueras de París, y empezó en marzo, ¿verdad? Podrías explicarnos.

TARIQ ALÍ: Empezó en marzo.

JUAN GONZÁLEZ: Para muchos de nuestros oyentes y espectadores más jóvenes, hay algo de esa historia, de ese sensacional movimiento, que... ¿cómo unos cuantos estudiantes terminaron liderando un movimiento que paralizó a toda la nación?

TARIQ ALÍ: Es algo verdaderamente increíble cuando te detienes a pensarlo. El 22 de marzo, en un campus universitario en Nanterre, en las afueras de París, los estudiantes salen para protestar contra las restricciones, contra las malas condiciones de alojamiento, y el gobierno reacciona exageradamente, golpeándolos. Crean el comité 22 de Marzo, que llamó a manifestarse en el corazón del Barrio Latino, y el barrio explotó la noche del 10 de mayo.

Dos meses después, la campaña estalló con enfrentamientos masivos. Y, sabes, los franceses tienen la mágica capacidad de construir barricadas. Históricamente, desde el siglo XVIII en adelante, han sido muy buenos levantando barricadas. Es algo casi genético. De ese modo levantaron las barricadas en mayo, con el país completamente dividido.

A los estudiantes se unieron los obreros. Hubo huelgas en las fábricas. Y pronto, a comienzos de junio, tuvimos a diez millones de obreros en huelga, muchos de ellos ocupando la sociedad y queriendo dirigir la sociedad. Y tuvimos a Jean-Paul Sartre, el gran filósofo francés, felicitando a los estudiantes y a los obreros y diciendo, "tienes que poner imaginación en las bases del poder." Así que cuando el levantamiento francés transformó el sentir en toda Europa, sin ninguna duda, la gente se asustó.

JUAN GONZÁLEZ: ¿Y cómo construyeron los estudiantes ese tipo de alianza con el movimiento obrero? ¿Cómo se extendió más allá de los estudiantes hacia el movimiento obrero?

TARIQ ALÍ: Pienso que cuando los obreros vieron a los estudiantes luchar en las barricadas, les sirvió de ejemplo. Como los estudiantes con lo que habían visto de la lucha de los vietnamitas en Saigón: había que seguirlos. Por eso cuando el Barrio Latino en el corazón de París estuvo bajo el control de los estudiantes fue bautizado como el Barrio del Heroico Vietnam. Y cuando los obreros vieron a los estudiantes luchando en las barricadas se dijeron, "Eh, espera un minuto. Esos chavales están conquistando el estado. Nosotros sufrimos mucho más que ellos." Y poco a poco delegaciones de jóvenes obreros empezaron a llegar de las fábricas de automóviles y de otras fábricas para unirse a los estudiantes. Hay una anécdota que me parece muy divertida, cuando llegaron los obreros de la construcción, vieron lo que los estudiantes habían hecho y de repente dijeron: "Esperad. Podemos enseñaros a construir mejores barricadas", e inmediatamente se construyeron más y mejores barricadas. Este efecto ejemplar se trasladó luego a las fábricas, a los líderes sindicales, los cuales eran, todos ellos sin excepción, comunistas, los cuales se vieron sobrepasados por todo esto hasta que al final no pudieron controlar a los obreros y éstos ocuparon las fábricas.

JUAN GONZÁLEZ: ¿Y qué impacto tuvo aquel movimiento en las condiciones sociales de la gente en Francia (porque obviamente Charles de Gaulle, el héroe de la Segunda Guerra Mundial, era el presidente del país por la época) y en el gobierno? ¿Qué tipos de reformas surgieron de aquello?

TARIQ ALÍ: Al gobierno le entró pánico. Cuando Charles de Gaulle, en un raro arranque de ira, pues por lo común era muy altivo, descubrió lo que estaba ocurriendo en su país, dijo que se trataba de "Chie-en-lit" -"mierda en la cama"-. Entonces los estudiantes crearon un cartel con una imagen de de Gaulle y el texto "No, tú eres chie-en-lit" que se pegó por todas las calles de París. Pero a de Gaulle le entró pánico. Durante la huelga general en Francia le entró pánico.

Viajó secretamente para dirigirse a las tropas francesas estacionadas en Baden-Baden, en Alemania, y les preguntó, "Si París cae, ¿me ayudaréis a reconquistarla?". Y el ejército, su general, dijo, "Lo haremos después de que liberes a los generales involucrados en el golpe de estado en Argelia", unos generales de extrema derecha. Y de Gaulle hizo el trato. Nunca llegó a cumplirlo, gracias a Dios, porque entonces se hubiera producido en enorme baño de sangre. No llegó a hacerlo, pero todo aquello demuestra hasta qué punto estaba asustado.

Y tenías también a aquellos periodistas franceses que viajaban por Europa y a los que se preguntaba: "¿Cree que la enfermedad se contagiará? ¿Es muy seria?", porque los gobernantes de toda Europa occidental se pusieron nerviosos.

JUAN GONZÁLEZ: Volviendo a Francia, ¿qué tipo de impacto hubo en la sociedad francesa, en cuanto a las condiciones de los obreros y de los estudiantes después de aquellos hechos?

TARIQ ALÍ: Bueno, el impacto se tradujo en importantes reformas. ¿Sabes?, el gobierno que vino después del de Gaulle, el de Pompidou, hizo de hecho muchas concesiones en cuestiones salariales, laborales, de mejora de las condiciones en las universidades. Para prevenir una revolución, accedieron a un importante acuerdo con las reclamaciones de los obreros. Los burócratas de los sindicatos fueron a las fábricas y dijeron a los obreros: "Tíos, hemos conseguido un incremento de nuestro salario del 25%". "A la mierda." - "¡Pero bueno! Entonces, ¿qué es lo queréis?" - "Queremos la fábrica."

JUAN GONZÁLEZ: De lo que mucha gente no se da cuenta, creo yo, es que, en los últimos cuarenta años, las clases dominantes en Francia han estado intentando echar marcha atrás a todas las reformas que se consiguieron entonces por un corto período de ti empo , siendo su clase obrera considerada la más consentida por los capitalistas europeos, por lo menos en condiciones generales.

TARIQ ALÍ: Lo es. Y el actual presidente, Nicolas Sarkozy, llegó al poder diciendo: "Mi victoria muestra la muerte del mayo del 68 y de su legado en Francia, que destruiré para siempre." Bueno, lo que está ocurriendo es justamente lo contrario. Su valoración por los franceses, un año después de su victoria electoral, está por los suelos. Es un presidente que no gusta, más impopular incluso que Chirac. Mientras hablamos aquí, en Francia están teniendo lugar huelgas en el sector público.

JUAN GONZÁLEZ: Me gustaría pasar a hablar de Checoslovaquia, también en 1968. Lo que ocurrió en Francia tuvo tanto impacto como lo que ocurrió en Checoslovaquia con su confrontación con la Unión Soviética.

TARIQ ALÍ: Sabes, Juan, siempre me pareció que, en cierto modo, lo que ocurrió en Checoslovaquia supuso un aliento de esperanza, porque allí hubo una facción reformista dentro del Partido Comunista Checo tratando de convertir Checoslovaquia en una democracia socialista. Dubcek, el líder de los reformistas, declaró querer "un socialismo de rostro humano".

Y aquel socialismo de rostro humano llevó a las más apasionantes discusiones en la prensa y la televisión checas, que se convirtieron en las más libres de Europa, y ello siendo de propiedad estatal. Los periodistas tomaron el control de su trabajo, y la prensa y la televisión se transformaron. Los prisioneros políticos pudieron enfrentarse a sus carceleros en el prime-time televisivo y preguntarles "¿Por qué nos torturáis? ¿Por qué dijistéis esto y aquello?". El país entero estaba politizado.

Y entonces, temerosos de que esta enfermedad particular se extendiera hacia Rusia y Europa oriental -y se daban todas las condiciones para que así fuera-, los rusos enviaron los tanques. Y la respuesta de la OTAN no fue crítica.

JUAN GONZÁLEZ: Y enviaron los tanques alrededor de... ¿en qué mes?

TARIQ ALÍ: Agosto.

JUAN GONZÁLEZ: Agosto.

TARIQ ALÍ: Fue el 21 de agosto de 1968. Los rusos y las potencias del Pacto de Varsovia enviaron los tanques para aplastar el experimento checo. Con ello, y sin saberlo, firmaron su propia sentencia de muerte, porque, interesantemente, cuando a gente como Aleksander Solzhenitsyn, el premio Nobel que escribió sus famosos libros sobre el gulag, se le preguntó cuándo había perdido completamente la esperanza en su propio país y en su capacidad para reformarse desde el propio interior, Solzhenitsyn contestó: "el 21 de agosto de 1968. Cuando detuvieron a los checos por lo que querían hacer, transformar el sistema, supe entonces que era el fin, y perdí la fe en este régimen." Es interesante.

Pero la respuesta de occidente fue muy tibia, porque tampoco estaban muy contentos con el socialismo de rostro humano. Quién sabe qué hubiera ocurrido si hubieran ganado los checos. La historia de Europa hubiera podido ser muy diferente, porque en ella nunca existió un gobierno socialista que fuera democrático. Y aquí hubo la posibilidad de encontrar ambas cosas, lo que sin duda habría dado una forma muy diferente a Europa y al mundo.

JUAN GONZÁLEZ: Estamos hablando con Tariq Alí, activista político, novelista e historiador. Sus memorias se titulan Años de lucha callejera: una autobiografía de los sesenta. Volvemos en un minuto. Permanezcan en sintonía.

[pausa]

JUAN GONZÁLEZ: Estamos hablando con Tariq Alí, el activista político, novelista e historiador. Sus memorias se titulan Años de lucha callejera: una autobiografía de los sesenta. Ha publicado recientemente un extenso artículo en la edición de Londres de The Guardian titulado ¿Adónde ha ido toda la rabia? sobre 1968. Hemos estado hablando sobre Inglaterra, Francia, Checoslovaquia, lugares en los que fermentó el 68 en Europa, pero no fue sólo cosa de Europa o Norteamérica. Hubo movimientos por doquier, movimientos asombrosos, al mismo ti empo en otras partes del Tercer Mundo. Y éstos han recibido, de lejos, muchísima menos atención por parte de los medios de comunicación en las retrospectivas que están haciéndose.

TARIQ ALÍ: Lo sé. De hecho es algo a lamentar. Muestra el lado nostálgico del asunto: la gente sólo quiere recordar que lo que recuerdan de aquella época. Pero creo que hay dos acontecimientos importantes en el Tercer Mundo que se pasan por alto: uno fue la insurrección de los estudiantes mexicanos, que fue el año de los Juegos Olímpicos, no lo olvidemos. Los estudiantes mexicanos lucharon por la democracia en su propio país, y lo hicieron contra un régimen opresivo de facto de partido único. Y las autoridades mexicanas los masacraron. El gobierno mexicano llevó a cabo una enorme masacre. Se asesinaron a cientos de estudiantes, y miles de ellos fueron heridos. Al mismo ti empo , estaban a punto de celebrarse los Juegos Olímpicos. Por cierto, nadie en aquel momento dijo "boicoteemos los Juegos Olímpicos."

JUAN GONZÁLEZ: ¿Qué se reclamaba en México por aquel entonces?

TARIQ ALÍ: Preocupaban la justicia social, la democracia, los derechos democráticos y el fin de un gobierno autoritario y corrupto de partido único. Eso era lo que los estudiantes mexicanos reclamaban, y por lo que fueron acribillados. La imagen más extraordinaria de aquellos Juegos Olímpicos fue la de los dos atletas estadounidenses que ganaron la medalla de oro, dos corredores que ganaron respectivamente la medalla de oro y de plata, cuando subieron al podio. Fue un momento de verdadero orgullo e internacionalismo que, en solidaridad con los estudiantes, cuando recibieron sus medallas permanecieron con la cabeza agachada y levantaron sus brazos para saludar puño en alto, un momento muy emotivo que fue visto en todo el Tercer Mundo como una muestra de solidaridad por parte de los atletas afroamericanos.

JUAN GONZÁLEZ: Y, por supuesto, en el mismo México, la consecución de justicia o la rectificación de lo que ocurrió allí es desde entonces una batalla política que se fue sucediendo a lo largo de varios gobiernos mexicanos.

TARIQ ALÍ: Se fue sucediendo entonces y se sigue sucediendo hoy, porque en las últimas elecciones mexicanas, como cualquiera que las haya seguido de cerca sabe, engañaron una vez más al electorado. Amañaron las elecciones, no a lo grande, como solían hacer en el pasado, pero sí lo suficiente como negarle a López Obrador la presidencia. La campaña de Obrador movilizó en México mucha más gente que cualquier otra campaña que se haya hecho: reunió literalmente a un millón de personas en el Zócalo, en el corazón de Ciudad de México. Luego dijeron que no consiguió reunir a tanta gente -esta manipulación se repitió en la mayoría de zonas del país. Todo el mundo pensaba que iba a ganar. Pero de repente, en el último momento, amañaron las elecciones, y toda la gente que acusa a Chávez en Venezuela de toda tipo de crímenes y envía a cientos de observadores a vigilar cada movimiento suyo, esa misma gente no estuvo presente cuando el gobierno pro-occidental de México amañó las elecciones contra López Obrador.

JUAN GONZÁLEZ: Luego están, por supuesto, los acontecimientos que ocurrieron en su patria, probablemente los menos recordados de todos los levantamientos de 1968.

TARIQ ALÍ: Sabes, mucha gente se sorprende cuando se dirigen a mí y me dicen, "Bueno, ya sabemos lo que ocurrió en el 68, pero perdimos en todos los sitios. Luchamos, y perdimos", y yo les contesto, "Esperen un minuto. Hubo un país donde lucharon durante tres meses: fueron los estudiantes en Pakistán, contra la dictadura militar. Y la lucha, que empezó el 7 de noviembre de 1968, duró hasta el 10 de marzo de 1969."

Y si atendemos a la cronología de aquella lucha, Juan, se nos aparece cada vez como más y más importante. Se unieron a ella los obreros, los trabajadores de cuello blanco, los abogados, las mujeres, los jueces salieron a la calle, las prostitutas se organizaron y salieron a la calle. Se convirtió en una lucha social de masas. Y cada día crecía más y más el número de gente asesinada. Todavía hoy no tenemos cifras exactas de cuánta gente murió tiroteada a manos de la policía en Pakistán.

Los obreros del ferrocarril empezaron a cortar las líneas de trenes, sacando las vías de sus raíles, reclamando algo muy simple: el fin de la dictadura y la celebración de unas elecciones democráticas libres en el país. Éstas fueron las dos reclamaciones principales. Pero el dictador militar de aquella época, el mariscal de campo Ayub Khan, apoyado por Washington y Londres, se mantuvo firme hasta que se dio cuenta de que no podía continuar de aquel modo. En marzo fue depuesto. Y recuerdo-

JUAN GONZÁLEZ: ¿Por qué estaba respaldado por Washington y Londres?

TARIQ ALÍ: Bueno, porque Washington, en cuanto a Pakistán, siempre ha preferido que esté gobernado por el ejército antes que por políticos. No se fían demasiado de los políticos. Los tres principales dictadores que Pakistán ha tenido han sido respaldados por Washington. Y de hecho, Ayub fue llevado al poder por Washington en octubre de 1958. Después de 10 años, los estudiantes -fue destituido. Hubo una insurrección, y se vio obligado a marcharse.

Yo estuve en el país por entonces, y el sentir era sencillamente de excitación, de euforia, ¿sabes?, gente celebrándolo en las calles, abrazándose los unos a los otros, distribuyendo caramelos. Y la religión no jugó ningún papel en la lucha. Fue una lucha totalmente secular. Y las tres grandes demandas del movimiento, las demandas sociales del movimiento, fueron comida, ropa y techo para todos.

JUAN GONZÁLEZ: También hablas del enorme desarrollo del movimiento feminista en la época, del cual mucha gente, tratándose del mundo musulmán, hoy no sería capaz de imaginar. Pero en el 68 hubo un fuerte movimiento feminista.

TARIQ ALÍ: Hubo fuertes organizaciones de mujeres en ambas partes de Pakistán. Uno de los sucesos más emotivos fue cuando un estudiante fue asesinado en la parte occidental del país y en la parte oriental del país, que más tarde se convertiría en Bangladesh, las mujeres salieron a las calle, muy pocas de ellas con la cabeza cubierta, pero todas descalzas en señal de duelo y solidaridad por lo que les había ocurrido a los estudiantes en el oeste de Pakistán.

Del movimiento feminista a menudo se olvida: ¿por qué se llamaba movimiento de "liberación" de la mujer? La palabra "liberación" vino de Vietnam. El Frente de Liberación Nacional de Vietnam estaba luchando por su libertad; nosotros debíamos luchar por la nuestra. El movimiento de liberación gay, el movimiento de liberación de la mujer, el movimiento de liberación negro, todos ellos estuvieron inspirados por aquella lucha.

Y me parece que lo que sobrevive de aquello, en términos de legado, los grandes logros, fueron probablemente hechos en aquel frente, el frente social y el sexual. Se ganaron derechos para la mujer, el derecho de la mujer al aborto, el fin de los abortos ilegales, la libertad para la homosexualidad, que estaba completamente perseguida. La gente ahora lo olvida, porque las cosas han cambiado mucho en ese tema, pero en países como el Reino Unido a finales de los 50 y en los 60, a primeros de los 60, era ilegal ser homosexual. Ilegal. Se era arrestado si se descubría. Tengo muchos amigos que terminaron encarcelados. Ahora a los jóvenes les cuesta creerlo. Así que el movimiento del 68 fue político y social, y también un movimiento para la liberación sexual, lo cual no debe olvidarse. Muchos de los derechos de los que disfrutan las mujeres y los homosexuales provienen de aquella lucha.

JUAN GONZÁLEZ: La religión, como dices, no jugó ningún papel en aquel movimiento, y ahora, en cambio, la religión juega un gran papel en la vida política y en la vida cotidiana del Pakistán actual. ¿Qué transformación ha tenido lugar?

TARIQ ALÍ: ¿Sabes qué?, personalmente no creo que la religión tenga tan gran papel como se dice. Creo que... mire, en las últimas elecciones en Pakistán los partidos religiosos fueron virtualmente barridos del mapa electoral. Es cierto que hay mucha más religiosidad hoy en Pakistán, pero lo cierto es que la hay en todo el mundo, incluyendo este país. Pero en términos de partidos religiosos, no es verdadera ni la idea de que Pakistán está a punto de ser tomada por los jihadistas ni de que los jihadistas podrán poner sus manos sobre la bomba nuclear.

Acabo de escribir un libro sobre Pakistán, que será publicado en septiembre, en el cual cuestiono todas estas mitologías y me pregunto por qué fueron creadas y cuál es su función. La mayor parte del país no se siente atraída ni por los políticos religiosos ni por los jihadistas. Son una minoría muy muy pequeña en Pakistán. Los auténticos problemas de la gente en aquel país son la comida, el vestir, la vivienda, la educación. Y ningún partido político, ni tampoco el ejército, están interesados en resolverlos. La sorpresa es, para mí, que cada vez hay más gente que no se acerca a la religión. No lo hacen.

JUAN GONZÁLEZ: Así pues, ¿adónde ha ido toda la rabia, cómo te preguntabas en tu artículo? ¿Y por qué encontramos hoy tan poca de aquella rabia que surgió en un breve período de ti empo a finales de los sesenta y a principios de los setenta?

TARIQ ALÍ: Bueno, para empezar era un período completamente diferente. Fue una época de guerra, de revoluciones. No lo olvides, muchas revoluciones tuvieron lugar entonces. Quiero decir, la revolución cubana ocurrió en 1959. El sentimiento era muy diferente, mientras que de lo que somos testimonios ahora es, esencialmente, de intentos de eliminar por completo un movimiento después de grandes derrotas.

Las manifestaciones contra la guerra de Irak en el 2003 fueron gigantescas, mucho mayores que cualquier cosa que ocurriera en los sesenta, tanto en Estados Unidos como en Europa. Gigantescas. Pero fue como un espasmo. Ocurrió y luego desapareció. Y fueron millones los ciudadanos de a pie que salieron a la calle para decir a sus políticos: "Mentís. Sabemos que mentís. No nos obliguéis a entrar en esta guerra." Pero una vez terminó la guerra e Irak fue ocupado, cundió la desmoralización, la depresión, un sentimiento de impotencia, se retiraron. Mientras que el movimiento del 68 creció lentamente y alcanzó su cenit, aquí el movimiento alcanzó rápidamente su cenit en su intento de detener la guerra, y después se desvaneció.

JUAN GONZÁLEZ: Mencionas las protestas masivas en el 2002 y en el 2003. También tuvimos en este país una protesta masiva sin precedentes hace justamente un año o dos, una protesta de inmigrantes en el país-

TARIQ ALÍ: Sí.

JUAN GONZÁLEZ: -contra los intentos de promulgar unas leyes aún más draconianas contra los inmigrantes. Una vez más, el movimiento creció y luego desapareció, y no ha habido ninguna continuidad de relevancia. ¿Podría ser una parte del problema el que no se ponga demasiado énfasis en la necesidad de crear una organización radical y revolucionaria que aguante y dé una respuesta masiva y sea capaz de proporcionar algún tipo de fuerza acumulada a los movimientos progresistas?

TARIQ ALÍ: Bueno, pienso que una parte del problema es que no hay organización política, radical o de cualquier otro tipo, que pueda dar continuidad a estos movimientos, excepto en Latinoamérica, donde país por país, podemos encontrar gigantescos movimientos sociales . Y el resultado de todo ello en Venezuela, en Bolivia, en Ecuador y ahora en Paraguay, en todos sitios, son victorias para la gente ligada a estos movimientos. Así, Latinoamérica, en mi opinión, es uno de los pocos lugares donde cabe la esperanza. Pero en el resto del mundo, los movimientos se inflan y desinflan con la misma rapidez.

Quiero decir, podríamos decir, que un desarrollo inusual en las políticas occidentales es el tamaño de las audiencias que está consiguiendo Barack Obama en sus actos. Ha dado energías a la juventud de una manera en que no había ocurrido antes. Es una locura y resulta sectario decir "pero son demócratas". Sí, lo son, pero eso no es lo que interesa. Lo interesante aquí es que una nueva generación ha vuelto a interesarse por la política. La pregunta es, ¿permanecerá este interés si los demócratas ganan? Aún así, sigue siendo un fenómeno interesante.

JUAN GONZÁLEZ: Pero entonces la cuestión es: ¿están ligados a la política habitual del Partido Demócrata o, por lo contrario, están ligados a algún tipo de potencial movimiento social, real? Ésa es la gran cuestión, en lo que se refiere a la carrera por la presidencia.

TARIQ ALÍ: Bueno, es... sabes, la fuerza de esta campaña a favor de Obama ha sido que la gente piensa que él ofrece algo diferente, que esto marcará una ruptura. Y, por supuesto, a un nivel, su raza, desde luego marcará una ruptura fenomenal si resulta elegido. Pero en todo lo demás, por supuesto, habrá que verlo con el ti empo . Si gana, mi consejo para todo el mundo aquí es que acuda a la celebración en Washington con pancartas pidiendo la retirada inmediata de las tropas en Irak, que cree un gran movimiento antiguerra, porque teniendo en cuenta que él ha utilizado electoralmente su oposición a la guerra de Irak durante su campaña, uno no debería distanciarse del movimiento, sino encontrar la manera de intervenir por medio del mismo en el curso de la política.

JUAN GONZÁLEZ: Y en Europa y el Reino Unido hoy, ¿cuáles son las expectativas ante estas elecciones presidenciales?

TARIQ ALÍ: En Europa varía dependiendo del sitio. Quiero decir, que creo, por ejemplo, que en Italia, donde acaba de ganar holgadamente la derecha, les resultaría incómodo, porque ahora hay un gobierno muy racista en Italia. Juan, no sé si la gente aquí lo está siguiendo o no, pero el 68% de los italianos quiere que los gitanos, el pueblo nómada, sea expulsado de su país, olvidando que fueron víctimas del Tercer Reich, eliminados físicamente en la Segunda Guerra Mundial. Así que si EEUU elige a un presidente negro, creo que muchos de los italianos de derechas estarán ligeramente desconcertados, diciéndose a sí mismos: "Oh, pero es este tipo de gente el que estamos tratando de sacar de nuestro país."

En el Reino Unido están preparados para ir con quienquiera que Washington escoja, ambos partidos políticos, el Nuevo Laborismo y el Conservador. No les preocupa. Su postura será de apoyo a la Casa Blanca, gane quien gane. Si Obama cambia algunas cosas, le secundarán. No van a pelearse por ello.

Pero Europa, por supuesto, está observando todo este proceso atentamente, porque en Alemania, por ejemplo, y también en otros países, hay políticos que están increíblemente disgustados con la catastrófica empresa que supuso Irak, y ahora, también Afganistán, donde no ven ninguna esperanza. Están esperando que haya un cambio de régimen para poder retirarse y permitir al mundo occidental respirar de nuevo, sin necesidad de ocupar otros países. Pero puede que se trate de una esperanza que no se cumpla, algo que tendremos que esperar para ver.

JUAN GONZÁLEZ: Bueno, quiero agradecerte tu presencia. Tariq Alí hablará mañana 30 de mayo por la noche, a las 19:30, en el Baruch Performing Arts dentro un ciclo de conferencias titulado "El nuevo imperialismo: viejos problemas y nuevos desafíos". Gracias de nuevo por estar con nosotros.

TARIQ ALÍ: Muchas gracias.

JUAN GONZÁLEZ: Tariq Alí, activista político, novelista e historiador. Una autobiografía de los sesenta es su último libro. Mañana intervendrá en el Baruch Performing Arts Center aquí en Nueva York.

* Tariq Ali es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO .
Traducción para www.sinpermiso.info : Àngel Ferrero

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