Ètica i Filosofia en Secundària


Sobre el amor y la sexualidad

Montse Calvo, sexóloga

por filosofem | 17/12/2012


Versió en Català: Sobre l’amor i la sexualitat

"Las mujeres tienden a hacer del amor no solamente una parte importante de sus vida sino de toda su existencia" decía Lord Byron.

Mucho se ha hablado de la mayor espiritualidad en la mujer y del mayor materialismo en el hombre. Mucho se ha hablado también de la gran dificultad de separar el amor de la sexualidad por parte de la mujer, pero sobre todo se ha hablado hasta la saciedad de que mientras la sexualidad es más importante para el hombre, el amor es más crucial para la mujer.

"Es una cuestión muy controvertida si las mujeres, precisamente por ser femeninas, tienen algunos problemas de amor y sexo diferentes o mayores que los hombres. Por una parte tenemos excelentes escritores e investigadoras, tales como Mead (1955) y Thompson (1973) que insisten en que las mujeres son muy diferentes a los hombres (aunque no inferiores) y que por eso tienen un tipo especial de dificultades de amor-sexo. Por otra parte, tenemos feministas igualmente preeminentes y autorizadas, tales como Chesler (1972), Beauvoir (1953) y Millet (1971), que defienden que prácticamente todas las "perturbaciones únicas" sexuales y psicológicas de las mujeres son provocadas culturalmente y que si el chauvinismo machista dejara de "hacerse el gallito" estos problemas "únicos" se convertirían prácticamente en inexistentes" [1]

Si bien es cierto que en materia sexual en nuestras sociedades se le ha señalado al hombre lo que tenía que saber y a la mujer lo que tenía que ignorar, y si bien es cierto que en las mujeres se ha alimentado exacerbadamente el infantilismo, la dependencia y la necesidad de protección -y en consecuencia muchas mujeres vivencian la sexualidad como un medio para alcanzar la seguridad afectiva y la protección-, no es menos cierto que el hombre también tiende a hacer de la relación sexo-afectiva una cuestión de trueque, dando en muchas ocasiones afecto a cambio de sexo. Puesto que mujeres y hombres somos esclavos de una cierta hostilidad entre la sexualidad y el amor, tal vez la solución resida en ir más allá de una indiscutiblemente necesaria igualdad de derechos entre sexos y dejando de otorgar prioridades entre la sexualidad y el amor, reflexionar acerca de su la diferencia entre ambos no es más figurada y simbólica que real.

Plantearemos pues, la hipótesis de que la reconciliación sexualidad-amor es una clave conveniente para la satisfacción y complicidad en nuestras relaciones eróticas. A fin de invitar a esta reconciliación, es conveniente alguna reflexión acerca de ambos conceptos.

La sexualidad

Las palabras erotismo y sexualidad se utilizan indistintamente, sin embargo "la sexualidad" es un concepto relativamente reciente que no hubiese significado absolutamente nada para los poetas, escritores y demás creadores anteriores al s. XVIII.

Será a partir de cierto momento en el curso de la historia cuando la cultura y religión occidentales separarán radicalmente el cuerpo de la existencia, y en consecuencia el amor del sexo: por una parte contemplarán al cuerpo como "cáscara" que debemos soportar durante nuestra existencia, centrando el interés (tal y como ya expusimos) en su control que no su conocimiento; por otra, situarán el amor fuera de los límites del propio organismo. Será la peligrosísima imagen de Cupido la que simbolizará ese amor que confiamos llegue por casualidad y sin cultivo.

Esta división totalmente ajena a la naturaleza y a la realidad, encuentra su alimento y consolidación en el s. XIX, durante la época victoriana. En esa época represiva y puritana el concepto "sexo" deja de utilizarse para referirse exclusivamente a la diferencia de género y empieza a contemplarse como una entidad abstracta y aislada del resto de comportamientos y vivencia del ser humano.

Actualmente, a las puertas del siglo XXI, continuamos contemplando la sexualidad, por una parte, en términos de ahorro y consumo, como si de una "IVA" se tratase: un valor que se añade en las edades juveniles que por su mayor fertilidad, productividad, capacidad adquisitiva y rendimiento laboral -tal y como se concibe el rendimiento y el trabajo- son consideradas las "edades meta" de toda trayectoria vital. A los niños, adolescentes y ancianos sigue sin reconocérseles popularmente una "identidad sexual"; por otra, contemplamos la sexualidad como algo que puede suceder al margen de comportamientos y vivencias del individuo, esto es, al margen de la información y conocimiento que uno tiene de sí mismo.

Al respecto, George Leonard comenta en "El fin del sexo" cómo La Revolución Sexual (de la cual no desprecia sus aspectos positivos) no sólo no acabó sino que reforzó la esclavización a la concepción abstracta de la sexualidad de los victorianos: "En la actualidad las clasificaciones sexuales resaltan en negritas -heterosexual, homosexual, lesbiana, bisexual, transexual- y con frecuencia se anteponen a todo lo demás en la vida de una persona" . [2]

Podríamos disertar vaga y ampliamente acerca de esta sugerencia, pero retomemos por ahora al nivel estrictamente conceptual, reflexionando por un momento acerca de la palabra erotismo y tendremos serias dificultades para delimitar si Eros era dios de la sexualidad, dios del amor o dios del amor-sexualidad como un todo.

El Amor

Si buscásemos en todas las bibliotecas del mundo el Amor sería posiblemente el tema sobre el que a lo largo de la historia más se ha disertado. Y si bien parece que quien más quien menos todos lo buscamos, poca disposición real tenemos para aceptarlo cuando los efectos que le presuponemos son la ceguera, la enfermedad, la locura, el sufrimiento o la posesión. Sin duda no hay tema más confundido, mal tratado y maltratado que el tema del AMOR.

No pretendemos definir una vivencia que, tal vez, no tiene traducción verbal; sólo intentaremos exponer una personal concepción del amor.

Se dice, con acierto, que la base del amor es la entrega, pero esta entrega se confunde con la concesión y el sacrificio, cuando se necesita poca lógica para observar que nunca podemos entregar y ofrecer aquello que no poseemos previamente. Es por esta pequeño y gran matiz por lo que describiríamos el amor como la aceptación incondicional de uno mismo y en consecuencia de su entorno: es difícil comprender, aceptar y conocer a los demás, más que en la medida en que nos comprendamos, aceptemos y conozcamos a nosotros mismos. Si tuviéramos que poner un ejemplo al respecto, diríamos que sólo los mafiosos conocen el lenguaje verbal y gestual de otro mafioso, al igual que la generosidad o la honestidad son reconocidas por aquellos que son honestos y generosos. Del mismo modo, solo en la medida que huyamos del autoengaño, dejaremos de engañar más o menos conscientemente a los otros.

Esta aceptación de uno mismo y del entorno, de lo que nos gusta y no nos gusta, no sólo no implica sino que está reñida con la resignación y el conformismo.

Por una parte, sólo lo que aceptamos, permite ser conocido sin prejuicios ni juicios de valor (por ejemplo, en el terreno sexual, sólo las fantasías aceptadas permiten el juego erótico de su verbalización) por otro, sólo el dejar de proyectar la aceptación de uno mismo la futuro, es decir, a la forma como nos gustaría ser, en lugar de conocernos tal y cómo en realidad somos en el momento presente posibilita huir del autoengaño. Finalmente cuanta más información tengamos de nosotros mismos más información podemos captar de los demás.

El conocimiento de nuestra "totalidad", lejos pues de conducir a la resignación (sumisión voluntaria), facilita aprender a pilotar nuestras frustraciones, carencia y limitaciones. Solo la ignorancia facilita y permite el conformismo o la sumisión
Solo el desamor es ciego, loco y genera sufrimiento, porque solo el desamor permite el autoengaño, el desconocimiento, y la manipulación de nuestros semejantes.

Tal vez solo dejaremos de intentar cambiar a los demás, a fin de que sean como nos gustaría que fuesen, y mantener así el autoengaño y desconocimiento, cuando empecemos a relacionar el amor con conceptos tales como verdad, claridad, salud, conocimiento, creatividad y cuerpo.

El Enamoramiento

Puesto que enamoramiento significa "en amor", las mismas labras que pesan sobre el amor, pesan en consecuencia sobre el enamoramiento.

Cuando descubrimos a alguien que nos atrae por primera vez, nuestro primer deseo es el de "conocer" acerca de la persona descubierta; unos querrán conocer preferentemente sus ideales, otros su cuenta bancaria, pero el sentimiento que siempre acompaña al flechazo es el deseo de conocimiento.

Para nosotros el enamoramiento se acompaña de un deseo anhelante de conocer al otro y mostrarle lo que sabemos de nosotros mismos. Pero a pesar de que el deseo fundamental es el de ser queridos "en nuestra totalidad", la "personalidad" que nos hemos fabricado nos fuerza inmediatamente a ocultar lo que no gusta de uno mismo.

Esto suele ser un autoengaño y consecuentemente un engaño para el otro. Si además añadimos la interpretación que hacemos de Cupido, es decir, que el enamoramiento es algo que no requiere ninguna otra cura que la que proviene del azar, y le añadimos una sobrevaloración de la persona estimada, de la cual esperamos, de forma irracional, que sea la solución definitiva de nuestros problemas, entenderemos la facilidad con la que responsabilizamos al enamoramiento de las típicas consecuencias trágicas.

Vivido así, el enamoramiento no deja de ser un episodio temporal de alienación en el cual el ser estimado es amo y señor de nuestros pensamientos, para dejar de serlo cuando en la convivencia, generalmente no cultivada, va surgiendo todo aquello que habíamos escondido de nosotros mismos y la evidencia de que "el otro" no es la solución definitiva a nuestros problemas.

Sin embargo, si este "deseo de conocer" a la persona que nos atrae por cualquier motivo, en lugar de bloquearlo junto al resto de nuestros deseos, supiéramos mantenerlo –con los altibajos propios de todo intercambio de información–, el enamoramiento podría ser renovado constantemente, sin acabar en el tan frecuente triste final de amor-resignación.

De la sexualidad al amor y del amor a la sexualidad

El amor "sin pasión" que prosigue al proceso de enamoramiento, suele comportar la monotonía y el aburrimiento sexual. Así, pues, popularmente existe la idea rígida e idealizada que sólo la "novedad sexual" es excitante o sistemáticamente excitante o garantía de excitación, olvidando la posibilidad de descubrimiento permanente, cuando se cultiva la relación. El placer sexual más intenso acostumbra a encontrarse cuando existe el afecto y el deseo de conocimiento entre los miembros de la relación. Dicho de otra forma, consideramos el amor el mejor afrodisiaco.

La diferencia fundamental que introduce la presencia del componente amoroso es la confianza para desnudarnos completamente de la ropa y sobre todo de la "personalidad". Cuando mantenemos relaciones sexuales con "personalidad", es decir, con nuestro orgullo, nuestros títulos, nuestras diversas máscaras... nos relacionamos con la idea que tenemos de nosotros mismos y, en consecuencia, nuestras actitudes sexuales tenderán a ser un medio para alimentar esta idea, que por otra parte tiene bien poco que ver con nuestra auténtica realidad de personas limitadas a un ínfimo espacio y tiempo. Las posibilidades de aceptarnos con nuestras debilidades y limitaciones quedan ahogadas y el ofrecimiento que hacemos de nosotros mismos es parcial.

Dado que nadie puede sentirse realmente amado por su personalidad o su colección de máscaras y dado que el intercambio de información nunca es unilateral, nos sentimos queridos y deseados en la misma medida que nos mostramos sin autoengaños y, en consecuencia, somos aceptados en nuestra autenticidad.

En una primera relación es importante considerar el deseo y la actitud abierta a las posibilidades de confianza y conocimiento.

Podemos decir que la manipulación consiste en poseer y usar al otro para nuestro placer, es decir, conducirlo a un objetivo prefijado que el otro no conoce y, por lo tanto, no ha consentido.

Alimentar el desconocimiento sólo contribuye a dificultar el mutuo intercambio de información.

Sin duda, no todas las relaciones sexuales se realizan entre personas que se aman y con este amor entendido como la aceptación de uno mismo y por tanto de los otros. Incluso pueden funcionar satisfactoriamente sin que sus miembros se hayan planteado nunca este nivel de relación. Aun así, "todas" las nuevas relaciones francas en las cuales estamos atentos a los propios deseos y apetencias, a la vez que huimos de la posesión y la manipulación, no sólo ofrecen la posibilitad de una confianza plena sino que constituyen en sí mismas un ejemplo de ternura y amor.

Si bien nos parece útil mostrar las ventajas de las relaciones duraderas (además del modelo de relación que sea), en ningún momento intentamos erigir la confianza y la aceptación plenas como un requisito imprescindible del placer sexual, puesto que esta confianza y aceptación también provienen de la actividad y del placer sexual.

Existe una idealización o una infravaloración de la ternura y del amor por el hecho de ser considerados poco carnales o excesivamente trascendentes. En realidad, no hay nada más real, constante y cotidiano que aquello con qué convivimos permanentemente: nuestro cuerpo con sus pensamientos y su percepción sensorial.

El erotismo sería tal vez el más completo e intenso intercambio de información con nosotros mismos y con el prójimo, si –por una parte– consideráramos que no existe deseo ni atracción sexual sin un mínimo de información y conocimiento y –por otra parte– comprendiéramos que el amor se transmite y se recibe por el propio cuerpo.

Ilustrar la similitud entre el amor y la sexualidad ha sido la única intención, a fin de que podamos acercarnos a "cualquier" relación sexual (estable o no) con la elegancia, creatividad y savoir-faire auténticos, basados en el respeto de uno mismo y el respeto por los otros. Nos hace falta entender que este "respeto" no sólo atenta directamente contra la monotonía en las relaciones más estables, sino que es imprescindible para una cierta calidad en el placer sexual.

Tal vez, la auténtica equidad entre los seres humanos sólo será posible cuando nos acercamos a un nuevo registro que lejos de subordinar el amor al sexo o el sexo al amor, o lejos de idealizar cualquiera de los dos con relación al otro, contemplemos la posibilidad que sexualidad, amor y conciencia de uno mismo sean potencialmente la misma realidad. [3]

Actividades

1. Escribe una valoración personal (positiva o negativa), de unas cinco líneas sobre el tema y sobre la postura adoptada por el autor/a ante el tema.

2. Escribe una breve conclusión, de unas 20 líneas, sobre las nuevas vivencias que te ha generado; los nuevos conocimientos que te ha aportado; tu postura ante el tema (¿estás de acuerdo con las ideas que presenta? ¿estás en contra? ¿por qué?); la posible utilidad e interés de la obra; la comparación con otras obras sobre el mismo tema.

3. Debate en el aula "Las mujeres tienden a hacer del amor no solamente una parte importante de sus vida sino de toda su existencia"

Notas

[1Ellis, A. Greieger, R. Manual de Terapia Raciona-Emotiva, 3ª ed. Bilbao: Desclée de Brouwer, 1983.

[2Leonard G., opus cit.

[3Fragmento del libro Trampas y claves sexuales, de Montserrat Calvo Artes, publicado por Icaria Editorial, el año 1987 en Barcelona.


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