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La crianza de los niños en una época vulgar

Por Cynthia Peters (es escritora, editora, activista pacifista, coordinadora en Boston de la East Timor Action Network y madre de dos niñas)

por filosofem | 14/06/2009


Cualquiera que haya al menos ojeado los estantes de la sección de cuidados infantiles en las librerías, sabe que existen estrategias y luego refinamientos de esas estrategias sobre el cómo ser el/la mejor padre/madre para su feto.

Cynthia PetersHay libros enteros dedicados al tema ardientemente debatido de si un bebé debería dormir con sus padres. Hay verdaderos guiones ilustrados preparados para aquellos padres que quieren poder "hablar para que sus niños oigan". Hay revistas sobre el cuidado infantil, que parecen más bien catálogos de juguetes y aparatos domésticos, destinadas a convencernos de que la compra apropiada resultará en más horas de sueño, niños más listos y horas de comida más tranquilas.

Los expertos, las grandes empresas editoriales y los fabricantes de productos para el cuidado de los niños nos prometen promover la armonía familiar acompañándonos en cada momento de la crianza, en cada etapa de desarrollo de nuestros hijos, y en cada minuto que surja un conflicto o una confusión en la vida diaria de la familia. No es que los padres no necesiten ayuda. Al contrario, sea una plegaria silenciosa o un grito primitivo, "¡Auxilio!" es probablemente la súplica universal de todos los padres.

Sin embargo, es hora de reconocer que el tipo particular de "mano" que recibimos de los expertos es, en última instancia, infantil. Se enfoca la atención del adulto en pequeñeces del día a día y se nos distrae de asuntos más grandes y de mucha mayor importancia, pero sobre los cuales tenemos menos control.

Esta "mano" nos ayuda también a racionalizar la existencia de instituciones injustas al persuadirnos de que si lo intentamos con la fuerza suficiente, podemos al menos ser buenos padres y de algún modo criar buenos niños y que ésa es una contribución al mundo "suficientemente buena". Nos permite "escoger", de la misma forma que se nos instruye a que dejemos "escoger" a nuestros chicos entre opciones estrictamente definidas y en el fondo sin importancia: "¿Quieres ponerte hoy las zapatillas azules o las verdes?"

Ofrecerle alternativas limitadas a un niño puede que sea apropiado para cierta edad, pero los expertos quieren hacerles la misma jugada a los padres. Y es allí cuando la "mano" que nos dan se transforma en un dispositivo de contención y quedamos entonces atados en nuestras sillas como un grupo de párvulos grandullones a quienes les ofrecen una reducida variedad de alternativas: ¿El pecho o el biberón? ¿La cama o la cuna? ¿Pañales de tela o desechables? ¿Papel tapiz estimulante o máquinas que producen sonidos relajantes?

Es cierto, "¿El pecho o el biberón?" es una decisión importante con muchas implicaciones personales, e incluso políticas, pero existe todo un mundo más allá del pecho o el biberón, y este mundo requiere nuestra atención también o aún más que la decisión privada de cómo alimentar a nuestros recién nacidos.

Pero la atención de los padres es la que está siendo constantemente alejada de las cosas en las que precisamente los adultos deberían estar enfocando su atención -como la forma como funcionan las instituciones, y el hecho de que muchas de ellas se basan en la codicia, el individualismo, la meritocracia, la jerarquía, y el uso injusto del poder.

Una reciente columna de consulta del diario "Boston Globe" (21 de febrero, 2002) nos dice que jugar juegos de mesa con nuestros niños nos da momentos útiles para enseñar cosas como que "ganar no lo es todo" y también oportunidades para mostrar ejemplos de bondad y justicia. Incluso el juego de Monopolio se puede usar para fomentar el espíritu de la cooperación.

multiplicando"¿Cae en una casilla con una propiedad que su pequeño de 9 años quiere? Negocie una transacción. ¿Se le acaba el dinero al pequeño? Ofrézcale un préstamo." Ya es bastante penoso el hecho de que nos situemos en el marco de la venta de propiedades y préstamos bancarios para intimar con nuestros hijos, pero eso no es lo peor de todo. Más horroroso es el hecho de que siquiatras, terapeutas familiares y todo tipo de profesionales participan en la discusión de cómo los padres deberían actuar y lo que deberían decir durante un "juego de mesa" (!!). Es como si no hubiera un mundo real. O tal vez hay uno, pero no vale la pena contemplar formas de cultivar la cooperación y la generosidad "allí fuera".

¿Qué pensará un niño cuando su padre le aconseja no hacer trampa en el juego de Monopolio, pero luego se pone un traje y una corbata y sale a ayudar a desalojar inquilinos para poder ocupar y readecuar el barrio?. ¿Qué es lo que deberá pensar un niño cuando vea a la gente sin hogar tamizar la basura buscando objetos para revender? ¿Pensará que nadie les enseñó cómo conseguir un préstamo bancario?

¿Qué es lo que deben pensar los niños cuando hasta para el pequeño que apenas tiene raciocinio está muy claro que "ganar" es obviamente lo más importante, y que los perdedores del mundo se enfrentan a cosas como el hambre generalizado? Y algunos incluso llegan a protestar, mostrando, según la ética del juego de mesa, muy poca deportividad!!.

Jugar juegos de mesa con nuestros niños les da también la oportunidad de contar lo que sienten. " Véanlo como un manual de cultura emocional", dice el columnista del diario "Globe". ¿Su hijo se siente mal por el último tiro de dados? Pruebe a decirle "¡Caray, ese tiro sí que fue un revés! ¿Cómo te sientes al respecto? Me sentiría mal si me hubiera ocurrido a mí. ¡Me pregunto lo que te traerá el próximo turno!

La lección es: no cuestiones las reglas, pero date cuenta de cómo te hacen sentir. Una habilidad muy importante en la vida, de seguro. Entonces, un día su niño podrá decir con seguridad "Caray, los despidos en el trabajo son un revés para mí. Me siento muy triste al respecto. ¡Me pregunto lo que traerá la próxima caída en la economía!"

O "Caray, los bombardeos masivos seguro resultan en una gran carnicería. Tengo tanta cultura emocional que puedo sentir mi tristeza al respecto. (Gracias a todas esas partidas de Monopolio que jugué con mis padres cuando era pequeño). ¡Me pregunto lo que traerá el próximo adelanto en sistemas de armamentos!

Otra columna del diario "Globe" (18 de abril, 2002) aconseja a los padres sobre cómo escuchar los sueños de los niños. El sueño del pequeño Henry es el de "que no haya guerra. Tengo un sueño, pero no tengo un plan. Es casi imposible. Es posible, pero es muy, muy difícil. Tendría que ser un adulto".

Henry no podía haberlo dicho mejor. Simplemente no se ha dado cuenta de que cuando sea un adulto será él quien consuma consejos sobre cómo micro manejar a sus niños, en lugar de ser el adulto capaz que inocentemente cree que será. Mientras tanto, ¿cómo respondemos al sueño del pequeño Henry de seis años de edad? El profesor de Desarrollo Humano, Ulla Malkus, nos dice que debemos dirigir su atención hacia conseguir "la paz mundial aquí, en casa".

Pero eso es una mentira. No puede conseguir la paz mundial en su propia casa. La idea apenas tiene un poco más de cordura que la idea de imitar modelos de cooperación en un juego cuya principal finalidad es la de acumular ganancia personal a costa de los demás.

Sí, podemos -y deberíamos- tener hogares pacíficos. Ésos deberían ser los sitios donde nuestros niños aprenden de primera mano acerca de la justicia, la generosidad y la cooperación. Pero ese no es ni el principio ni el final de nuestro trabajo como padres. Nuestra responsabilidad es también ser los "adultos" en la imaginación de Henry -los que miraron hacia fuera, más allá del juego de mesa y de nuestros hogares, hacia las instituciones que definen los parámetros de nuestras acciones.

Henry tiene un sueño, pero carece de un plan. Y es ahí donde entramos. Deberíamos mostrarle a Henry cómo los adultos pueden trabajar para hacer que los sueños sean realidad, por ejemplo, planificando, hablando con otros adultos, responsabilizándonos por la forma en que las instituciones funcionan, y aportando el razonamiento adulto y los recursos para apoyar -consistentemente, día y noche- el proyecto de fomento a la cooperación, la paz, y la justicia en nuestra sociedad.

Entonces, llevemos a Henry a nuestras reuniones políticas, a nuestras marchas por la paz, a nuestras protestas, y a nuestras mingas de limpieza del barrio. Dejemos que vea y escuche (según su inclinación) cómo la gente sueña y luego hace un plan para que esos sueños se hagan realidad.

Dejemos que se regocije con nuestras victorias, y nos aguante en nuestras derrotas. Estemos ahí para escuchar sus reflexiones y responder a sus preguntas. Seamos capaces de discutir sobre sus preocupaciones sabiamente porque tengamos experiencia y seamos mentores capaces. Dejemos que nos vea estar en desacuerdo, discutir, reconciliarnos (o no), y salir adelante de una forma u otra.

Invitémosle al mundo adulto de la creación de movimientos no sólo porque sea una oportunidad para poder imitar modelos de buen comportamiento para ellos, sino porque es lo que deberíamos hacer de todos modos.

En esta era vulgar de guerras y de codicia institucionalizada, resistamos el consejo "niño-centrista" de crianza infantil que tan tentadoramente nos motiva a ignorar el mundo real, y nos insinúa que nuestro trabajo como padres es afinar eternamente nuestras interacciones con nuestra propia progenie privada.

Ver en línea: el artículo en la web ZNet

Post Scríptum

Fuente: ZNet en español

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