Portada del sitio > Zenbakiak - Números > Número 43. Zenbakia > EUSKAL HERRIA. EL DESAFÍO DE LAS SEGUNDAS PARTES

EUSKAL HERRIA. EL DESAFÍO DE LAS SEGUNDAS PARTES

La presente década presenta un panorama sustancialmente distinto, toda vez que tendencias y acontecimientos más o menos previsibles se han ya materializado. Entre ellos, una vez consolidada la crisis de 2007, primero presentada como episodio y ya como contexto estable, se encuentra la inmersión en una nueva fase del capitalismo europeo, al que denominamos «capitalismo mesetario» [1]. Y también en acontecimientos políticos en lo local, como el paso desde 2010 de fuerzas anteriormente rupturistas -la izquierda abertzale- al terreno riguroso de la política formal, o el surgimiento de renovadas propuestas socialdemócratas que varían el plano de las ofertas de izquierda.

Frente al primero de los escenarios, el cambio del modelo capitalista imperante, es de rigor el enfrentarle un nuevo y sólido pensamiento estratégico. Y así en un contexto de futuras y progresivas carencias, manejarse en un horizonte en el que primemos las actividades que potencien la propia supervivencia cooperativa y las habilidades de las sociedades humanas. Para ello y por tanto, no es de ayuda anquilosarse en las formas de lucha que nacen y responden a una fase desarrollista del capitalismo que ya no es tal, pese a que puedan mantenerse muchos de sus habituales rasgos.

En cuanto a los acontecimientos de naturaleza política, tampoco es de recibo mantener unos lenguajes y actitudes calcadas con realidades sobrepasadas, por mucho que su previsibilidad o sus paralelismos con aventuras anteriores, nos empujen a ello.

De hecho, si algo hay que constatar en esta primera mitad de década en el campo radical, es el salto que existe entre quienes se aferran a las lógicas y lenguajes creados en las últimas décadas del pasado siglo y quienes se procuran, con mayor o peor fortuna, de nuevos y afianzados durante el tercer milenio.

Así, y realizando un paralelismo histórico, los mismos años median, cuarenta, entre el inicio de la sublevación derechista del 36 hasta la restauración borbónica, que desde los grandes desafíos del movimiento obrero del 76 hasta este 2016. E igualmente asistimos a desencuentros similares en torno a cuestiones de lenguaje y táctica que cuando las nuevas generaciones de rebeldes en el 76 incorporaron términos y repertorios ajenos a la tradición anarquista, provenientes del marxismo antiautoritario o el situacionismo, ante la incomprensión de las generaciones de lucha previas. De este modo, podemos afirmar que existe un corte generacional entre las oleadas rebeldes surgidas con el milenio (simplificando tras las movilizaciones anti.glob) y las que se formaron en las décadas anteriores o se identifican con las mismas. Muchos de sus desencuentros se articulan alrededor de que las primeras han crecido como tales en un contexto de democracia representativa consolidada y las segundas solidificaron en su lucha precisamente contra su consolidación. Esto hace, como ejemplo, que las jóvenes generaciones, en su afán de comprensión de las nuevas realidades, incorporen lenguajes provenientes del ámbito anglosajón (entre ellos la propia palabra «democracia»), mientras que las consolidadas marquen distancias por ello mismo, rechazando sus aportaciones y acaben englobándolas en el ámbito de las nuevas socialdemocracias, con el que las primeras comparten terminología. Y así ad nauseam.

Se hace imprescindible, entonces, la adaptación estratégica de oposición al nuevo modelo de capitalismo europeo, pero también la búsqueda del encuentro entre las diferentes generaciones activistas y libertarias, que sepa encarar los nuevos desafíos que los cambios ya realizados exigen, y que se proponga la superación del «salto generacional», a través de la creación de lenguajes y repertorios compartidos, acordes con los nuevos tiempos.

Pero vamos por partes...

Si esta es nuestra declaración en lo estratégico, en cuanto a lo propiamente coyuntural en la sociedad vasca, proponemos un análisis de los últimos acontecimientos y tendencias activistas, partiendo de la constatación de la existencia de tres sensibilidades disidentes (que llamarmos «soberanista», «desafecta» y «alternativa») con el modelo hegemónico, así como de la propia corriente libertaria, subrayando logros y derivas y proponiendo nuevos rumbos. El análisis irá recorriendo los diferentes bloques, atendiendo a sus novedades y expresiones activistas, resaltando hechos y tendencias y proponiendo desde la modestia y si fuera el caso, nuevas vías.

BLOQUE SOBERANISTA

Con un panorama político que se concebía a finales de la década anterior como «espacio a tres» (autonomistas, independentistas y unionistas), el paso que realizó la izquierda abertzale y que les llevó a impulsar la coalición Bildu, se basaba en crear un espacio soberanista capaz de arrebatar el liderazgo del nacionalismo vasco al partido jeltzale, arrastrando primero a este hacia mayores posturas independentistas en un campo movilizatorio común, para después y en base a la hegemonía sobre el tejido reivindicativo alrededor de la reclamación soberanista, sobrepasarle. Similar jugada estaba teniendo lugar en el Principat. Reducido bajo este esquema ya el panorama vasco a «espacio a dos», simplemente, quedaba imponer la mayoría política y social sobre el bloque españolista.

Ni decir tiene que esta estrategia ha fracasado. En primer lugar los jeltzales no entraron a tal trapo, manteniéndose fuertes en su ambiguo autonomismo y huyendo de una fácil fagotización en un espacio soberanista común. En segundo lugar, por la inexistencia de un espacio movilizatorio independentista, el cual la propia izquierda abertzale había abortado ya para 2010, temerosa de que, debido a su exitoso arranque y su composición plural, éste tomara sus propios destinos, y no pudiera garantizar su control por parte de sus mermadas estructuras, inmersas en la relegalización de su nuevo Partido y la creación de la nueva coalición. Como remedo, ha quedado el artefacto «Gure Esku Dago», de 2013, que intentó importar algunos de los repertorios catalanes, los más exitosos pero que precisamente exigían un altísimo nivel organizativo, aquellos que solo una fuerte estructura formal era capaz de poner en marcha: comenzando con una Cadena Humana que cruzaba Euskal Herriak en junio de 2014. De este modo y aparecida de la nada y con todos los apoyos y avales políticos y económicos misteriosamente pactados, «Gure Esku dago» se ha dotado de una base comparsa que apela paradógicamente al protagonismo ciudadano sin que se tenga constancia del propio en la trama profunda de esta «red», lo que limita seriamente la complicidad y su credibilidad.

Desmovilizado también el empuje popular que veía en el proceso de cese de ETA la consecución lógica de una amnistía, basada en la presión movilizatoria, nuevamente para 2010, y con cambio de rumbo en la estrategia carcelaria y un nulo avance real del «proceso» iniciado formalmente con la renuncia a las actividades armadas de ETA en 2011, la consecuencia más lógica era la ruptura en las estructuras pro-amnistía, lo que dio pie a la creación de un nuevo organismo antirrepresivo, “ATA”, en 2014. De una primera desautorización desde los sectores oficiales de la nueva izquierda abertzale, se pasó rápidamente al desprestigio de esta opción, lo que culminó en la primera gran manifestación de la “disidencia” interna, en noviembre de 2015.

Más tarde, en mayo de 2016, se presentaba públicamente la expresión organizativa que rechazaba el proceso de “cese” en los términos que se había producido y que agrupaba a viejos “milis”, a leninistas irredentos y a jóvenes de ATA, conglomerado que catalizaba el descontento interno. En sus declaraciones de intenciones, aparte de evidenciar las renuncias ideológicas, se enarbolaba como agravio comparativo el desacuerdo con la táctica de los cargos políticos de la Izquierda Abertzale procesados, de aceptar los términos autoinculpatorios de la «justicia transicional» y lograr así eludir la cárcel, mientras se mantenían las fuertes condenas para los activistas. El pulso entre los sectores oficiales y estos ya escindidos sigue en curso, utilizándose el ninguneo de este sector disidente que ha llamado ya a la abstención en los pasados comicios autonómicos vascongados.

Pero no han sido solo los sectores más cercanos a la organización armada los que han dado señales de desafección. Es notoria la distancia que existe entre quienes impulsaron dinámicas de desobediencia alrededor de las consecuencias represivas de la ilegalización, que vieron hacer desaparecer sus exitosas protestas («muros populares», etc.) desde 2014. Y también percibimos el descontento y la desmovilización de la generación que llevó desde comienzos del milenio el peso activista en los momentos crudos de la ilegalización, desubicados con la vocación rigurosamente socialdemócrata de Sortu. Como ruptura simbólica en un bloque político sobre el que ha pesado tanto el sentimiento de pertenencia a la comunidad política, el paso a la abstención de muchos en las convocatorias de elecciones generales de 2015 y 2016 no ha pasado desapercibido. Si los exiguos resultados de la convocatoria de diciembre de 2015, y la constatación de la obsolescencia de la estrategia del «espacio a tres», llevaron a la coalición a retomar los contenidos de reivindicación social y a una renovación de caras para su plancha electoral de cara a la de junio, los votos siguieron bajando (castigados aún por mayor abstención), cosechando Bildu un exiguo 8% de votos de censados. La vuelta del líder Otegi tras cumplir condena, y su estreno en las elecciones vascongadas no ha traído mayores activos a la I. A. (contentándose los oficiales con mantenerse con un menor número de sufragios) ni por parte de un inexistente hasta la fecha espacio soberanista más amplio, ni de los sectores internos escindidos o de los entornos distanciados. Pero caiga quien caiga, la estrategia inicial de Sortu permanece sin grandes cambios, buscando disputar la primacía nacionalista pese a su pérdida de credibilidad entre las sensibilidades rebeldes.

Ante todo ello, es conveniente rescatar del desánimo a estos diversos sectores movimentistas que han conseguido ya romper con sus débitos con la antes denonimada «comunidad nacionalista radical», y articular espacios comunes en aras a potenciar las nuevas protestas que necesariamente surgirán frente a las políticas impulsadas por el ejecutivo español.

BLOQUE DESAFECTO

La aparición de una nueva sensibilidad militante desafecta desde comienzos de milenio, y que partiendo en origen desde las movilizaciones contra los vertidos del Prestige en 2002, tuvo su máxima expresión con los distintos focos de 15M en 2011 en EHk, ha sido la más afectada por la irrupción de la expresión electoral Podemos, de tal modo que desde que la «hipótesis instituyente» (la supuesta necesidad de pasar a la política institucional) tomara la hegemonía en este segmento de disidencia social y los repertorios ofensivos del mismo a nivel español (escraches, expropiaciones en supermercados,...) declinaran hasta su casi desaparición para 2014, pocas han sido sus señales de vida, si acaso este sector no se encuentra ya en vías de extinción.

Hagamos recuento: los inesperados buenos resultados en las elecciones europeas de junio del 14 en Hegoalde para las listas de Podemos sorprendieron a propios y extraños. Montada la campaña de las europeas sobre el paraguas organizativo de la trotskista Antikapitalistak más escasos izquierdistas e incondicionales del núcleo podemita de la Complutense, la riada de votos tras las europeas acercó a la construcción efectiva de este partido en los meses posteriores a entusiastas y curiosos, en un fenómeno ilusionante para quienes querían verlo así. El voto había llegado de las clases medias urbanas de edad media que habían visto recortadas sus ambiciones por la crisis, junto a la de sectores empobrecidos, que se veían reflejados en clima político español que las televisiones generalistas no dejaban de airear, aunque no tanto de un ambiente militante renovado, escaso en nuestro territorio. No obstante, algunos de estos acudieron a las asambleas para articular los núcleos locales, en muchos casos reuniones muy numerosas. Con ellos, también algunos veteranos de los movimientos sociales, muchos de ellos ya apartados de la vida militante, que se reenganchaban con los nuevos vientos. E integrantes de diferentes grupúsculos procedentes de los partidos españolistas en busca de hueco en la política.

El resultado real de la construcción de aquel conglomerado fue complicándose según llegaba la convocatoria de elecciones municipales y juntas generales vascongadas o autonómicas navarras, decepcionando y alejando a muchos entusiastas y mostrando una lucha de familias internas, que incluso generó que hubiera dos candidaturas distintas en algunos municipios. Sin embargo, esto no afectó al número de votos, que siguió en aumento. En Navarra en cambio, posibilitó descabalgar a la derecha predadora del poder autonómico y algunos cambios similares en importantes municipios. En la CAV, sin embargo no hubo consecuencias prácticas.

La convocatoria de elecciones generales de diciembre de 2015, y la imposición del núcleo de la Complutense de criterios y candidatos, provocaron la dimisión en noviembre de la ejecutiva vascongada, animada por algunos veteranos de los movimientos con un discurso de democracia participativa y de construcción de una izquierda no nacionalista, lo que ya había sido anticipado con abandonos sonoros individuales. Los votos siguieron, no obstante en aumento, siendo la fuerza más votada en la CAV. La inexistencia de aparato interno y los barullos entre sus tendencias, tampoco afectaron para mantener el primer puesto en la repetición de junio del 16, pese a perder votos por el incremento de la abstención de quienes, decepcionados, creyeron en la primera convocatoria que así forzaban la caída de la derecha popular. La bajada de votos constatada en las autonómicas vascongadas, reforzaron la constatación de la vuelta a la abstención de los votantes ocasionales.

La explicación a este curioso fenómeno vascongado, tiene que ver entonces más con las aspiraciones de las clases medias urbanas, más numerosas aquí que en el resto del estado español. En un territorio en el que el paro o el empobrecimiento no ha tenido tanto impacto, el discurso podemita llegado a través de los media españoles, regeneracionista y reformista, calaba hondo en estas capas poblacionales, que se sienten estafadas por tener que renunciar a sus expectativas de promoción social por los rigores del declive capitalista. En especial, los relativamente más jóvenes de los que disfrutaron de los años de bonanza (1992-2007), los económicamente independientes con el milenio, para quien Podemos es su opción de clase, y a la que votan como marca, por encima de su realidad organizativa.

Así, publicitando un discurso suficientemente hueco, centrado en los derechos formales en el terreno nacionalista y antirrepresivo y esquivando temas calientes (TAV, p. e.) que le resten apoyos, además de reivindicarse en una política social y verde, garantista y alrededor del desarrollo pero “sostenible”, se consolidan como la opción electoral de los sectores de edad media, urbana y con aspiraciones de promoción social.

Desde una perspectiva libertaria, superadas las cautelas con los primeros momentos constitutivos, solo queda manifestar las distancias a las claras con esta opción, que en la práctica ha mermado un espacio de desafección renovado, conduciendo a buena parte de estos hacia el redil de la política y a encajonarlos en una izquierda del capital no nacionalista, con la que nada tenemos que ver. No obstante, sigue siendo de rigor no identificar esta sensibilidad con la expresión política que ha intentado fagocitar y capitalizar sus energías reivindicativas. El nuevo ciclo de recortes, impulsado por la Unión Europea y vehiculado por la derecha popular en el gobierno, volverá a poner en marcha la oposición a sus políticas, y con ella, la reactivación de fórmulas organizativas ensayadas en la década. Resultaría conveniente mostrar un mayor nivel de inteligencia movimentista y articular discursos y prácticas comunes en y con estas expresiones reivindicativas y las que surjan de esta sensibilidad desafecta.

BLOQUE ALTERNATIVO

El espacio alternativo (en el que colocamos las diversas expresiones que basan su rechazo en trabajar desde los diferentes y variados rasgos que toma la dominación social, y que se concreta en los diversos movimientos alternativos y colectivos sectoriales), choca en estos últimos tiempos con graves problemas de visibilización social como tal.

La hibridación, que a partir de la década de los noventa se convirtió en un hecho, cuando jóvenes de la I. A. pasan a formar parte del mismo de una manera decidida, favorece que se complique la percepción social de los mismos, pues es difícil distinguir una identidad separada para estos, máxime cuando muchos de ellos actúan en ciertas sincronías con las agendas políticas de la I. A. y en los últimos tiempos con la podemita. Sería necesario en este caso, asegurar la autonomía de las experiencias alternativas asamblearias, no solo de modo orgánico sino también en cuanto a sus ritmos y objetivos y que todo ello pueda llegar a ser percibido nítidamente por cualquiera.

Por otro lado, el propio espacio alternativo ha generado diversas identidades (okupa, etc.) que son percibidas a día de hoy también como parte de la tribalización juvenil característica de la sociedad urbana. La creación de espacios de relación propios, característica expresiva de cualquier movimiento, y el longevo recorrido de algunas de las experiencias alternativas, favorece esa percepción, amén de la políticas autorreferenciales que demasiadas veces se practican. Este hecho no favorece ni la expansión de sus reivindicaciones, ni la complicidad social que muchas veces solo se exige en momentos de crisis o de represión. Una práctica comunicativa en lo reivindicativo con el entorno social es, por tanto, una necesidad imprescindible, y una vocación de apertura a la participación en estas, un previo.

El problema de percepción se complica en el caso de las identidades alternativas que trabajan también a través de proyectos de sensibilización en entornos de las Administraciones o en Educación formal, que suman a lo antes descrito, una difícil diferenciación entre tensión movimentista e institución. Es el caso del feminismo, ecologismo, de diversidad sexual, cooperación, exclusión, cuyo reto actual es mantener un perfil reivindicativo propio, habida cuenta que las Administraciones han adoptado sus lenguajes e incluso abanderan en demasiados casos la movilización en fechas señaladas (8M, 26J,...) o en momentos de episodios flagrantes. Y es difícil mantener la credibilidad social cuando las propias instituciones sistémicas, se instalan en la corrección política y la sostenibilidad, generando espacios institucionales en los que se vehiculan los conflictos como disfunciones de las propias instituciones sin poner a las mismas en cuestión. A lo que no ayuda la existencia de espacios mixtos gestionados por militantes profesionalizados, que en muchos casos no dejan de ser sino parte encubierta del llamado Tercer Sector. Para recuperar la credibilidad perdida, se tendrían como mínimo que marcar líneas rojas en la colaboración institucional y descartar mantener las entidades a través de la elaboración espuria de sucesivos proyectos creados con el principal fin de perpetuarlos. Una vez marcadas las distancias y hechas efectivas, debería sostenerse un discurso propio y beligerante, antisistémico, en conflicto mediante la movilización y la defensa de los espacios relacionales y reivindicativos propios.

La actual urgencia con los inmigrantes que tratan de instalarse en Europa, marca un campo de intervención imprescindible, en el que se dan cita todas estas dificultades. Algunas experiencias, como el apoyo a las resistencias de los confinados en los campos de Calais hasta su expulsión, muestran caminos que pueden tomarse para no quedar atrapado por el discurso humanitario oficial emanado por la autoridad, en grave contradicción con la función real del entramado institucional.

Con respecto al conglomerado que se articula alrededor de otras formas de vida en consonancia con una sensibilidad decrecentista (grupos de consumo, bicicleteros, autogestión de la salud, experiencias educativas alternativas...) el reto se encuentra en no convertirse cómodamente en una opción de mercado minoritaria, accesible a determinados bolsillos y inteligible para ciertos segmentos poblacionales, como ya ocurriera en otro ámbito y tiempo con el movimiento de las ikastolas. Para superar el reto pues, es preciso no solo participar de las mismas, sino mantener en relación estas experiencias con la crítica al modelo social imperante. No se trata de intentar reducirlas al espacio militante, pero si sostener en ellas una hegemonía de discurso antisistémico y articular la relación constante de estas con movilizaciones más amplias en curso.

Mención especial necesitan las movilizaciones antidesarrollistas, que combinaban el discurso anticapitalista con una práctica asamblearia y de conflicto, en grave recesión desde 2012. Incapaces de encontrar un hueco propio tras el declive del movimiento antiTAV, (pese a haber participado decididamente en la oposición al fracking o haber puesto en marcha experiencias propias como la Acampada de Resistencia de Tosu, Getxo), el grueso de aquel conglomerado sigue empantanado en el dilema entre un plataformismo ciudadanista insatisfactorio o un maximalismo militantista insostenible. Aún hoy en día, el trauma de la derrota de la comunidad antidesarrollista, impide aún (y ya son demasiados años), la regeneración de este fértil e imprescindible ambiente militante, que cuenta con valiosos ejemplos de resistencia, como las ZAD francesas [2].

EXPRESIONES LIBERTARIAS

Siendo la opción anarcosindicalista, la relacionada naturalmente con el espacio libertario y refiriéndonos solo a las dos opciones principales en las que se partió el anarcosindicalismo, huelga decir que su estancamiento es evidente y que esto debería suponer la necesaria búsqueda de nuevos retos y maneras, si lo que se busca es algo diferente a enrocarse en una identidad avalada por la Historia en un caso, o extraviarse por sistema en las aventuras izquierdistas de turno en la otra.

Por un lado y de esta manera, si la CNT se ha convertido en un sindicato de activistas con muy escasa masa de afiliados y con un perfil de trabajador distinto del obrero garantizado, parece más efectivo rediseñar el campo y los modos de actuación, ensayando formas de intervención en consonancia con las características propias. En este sentido, se cuentan con propuestas ya ensayadas en otras latitudes, como las redes de apoyo mutuo, que intervienen mediante la presión directa en conflictos no solo laborales, sino también ligados a otros tipos de precariedad contractual como alquileres... Estas redes de presión, con objetivos muy claros y asequibles al volumen y capacidad real de militantes, han demostrado en la práctica su efectividad, en la que es parte fundamental la determinación activista y el ejercicio de la acción directa, de la que los militantes cenetistas cuentan sobradamente. En este tipo de propuestas, al no estar ligadas a ningún ramo productivo ni siquiera reducidos al estricto mundo del trabajo, se puede adaptar el activismo a las necesidades reivindicativas de cualquier tamaño de comunidad, imponiendo la hegemonía de una parte significadamente resuelta, como fue en sus orígenes el éxito de la fórmula anarcosindicalista.

Con un trabajo de base adaptado a la capacidad real de actuación pero humildemente efectivo, se estaría más cerca de lo que se puede ser, aunque esto diste de los grandes logros que en teoría nos lega la tradición ideológica y además lograría mayores resultados y complicidades.

Por el otro, la CGT, convertida en un sindicato de tamaño medio, con buena base de afiliación pero aguantada por un escaso número de militantes y con sus nichos en los sectores obreros garantizados y administraciones, suple ésta su contradicción siendo permeable a las sucesivas modas del izquierdismo, y apuntándose a la nómina de apoyos de iniciativas del entorno alternativo, amparándose en ser la heredera del pragmatismo libertario, tan viejo, cierto, como el propio movimiento. Pero aunque la heterodoxia libertaria supone un cuestionamiento continuo y la adaptación sucesiva a los nuevos retos, eso no ha de significar apuntarse a la deriva de una izquierda post que de salto en salto (antiglob, decrecentismo, candidaturas) huye siempre hacia adelante.

Sin embargo, es un hecho obvio que los grandes centros productivos, donde se encuentra la base afiliada, están compartimentados no solo ya en categorías salariales o en diversos modos de contratación, sino que se depende de distintas empresas titulares que imponen sus propias condiciones. Situación que ocurre ya en la Administración. Así, tendría mayor sentido explorar la manera de generar alianzas entre los sectores garantizados y los englobados en la subcontratación, como ya ocurrió en el ejemplar conflicto de Movistar de 2015. Y utilizar el potencial organizativo para dar el apoyo necesario para ello, estando también atentos al surgimiento de Mareas o similares repertorios unitarios por sectores productivos, jugando aquí de garantía de autonomía de los mismos.

Adaptarse a los nuevos tiempos y capacidades, dotándose de estructuras acordes con ellos, no supone una renuncia a la memoria histórica, sino un deber con ella.
Con respecto a los colectivos e individualidades libertarias que se han distanciado de la opción anarcosindicalista, construyendo diversas redes específicamente anarquistas en conflicto, relacionados con ciertos ambientes alternativos, la repetición de episodios represivos, la última réplica de finales del 2015, ha llevado a la realización de una serie de movilizaciones de denuncia y articulado redes de solidaridad que, con relativa buena participación, se han convertido en sus tareas prioritarias. Si bien se cuenta con un nítido perfil que ha alejado las movilizaciones antirrepresivas de términos ambiguos como “inocencia”, sin embargo no se ha sabido articular la colaboración de otros espacios antiautoritarios y de las organizaciones libertarias clásicas, a las que sí se les ha exigido su solidaridad. Y como habitualmente ocurre tras un ataque, se han reforzado tras estos los lazos identitarios de este espacio y le ha hecho retroceder hacia retóricas españolistas, complicando la complicidad social antirrepresiva en territorios vascos.

Además, si la construcción del enemigo interior es práctica habitual del Estado moderno y los anarquistas son objetivo acostumbrado de este, lo lógico sería construir sólidas redes internas que puedan articular la respuesta antirrepresiva, provistas de medios y de capacidad de interlocución, lo que en algunos casos se está intentando. Lo que en ningún caso debería hacerse es recluirse en un gueto militante, cuya identidad y ritmos sean marcados por los zarpazos del enemigo. Ni hacer de la necesidad, virtud, afirmándose en una informalidad teórica que muchas veces no es sino excusa ideologizada de la propia incapacidad.

Queda por visitar el ambiente culturalista alrededor de las ideas libertarias, que se ha prodigado enormemente en la última década, sobre todo en el terreno editorial. Aun cuando hay que considerar este hecho como un importante factor de consolidación de la necesaria labor de difusión, se echa en falta que la multitud de textos que se presentan no tenga correspondencia con un mayor grado de reflexión interna del ambiente libertario. Por el contrario, el aluvión de propuestas tiene que ver demasiadas veces con una labor militante ciega sin proporción con el volumen y la recepción de los textos editados. Habría que considerar con seriedad si no es inversamente proporcional el número de propuestas editoriales con el de colectivos en activo en la actualidad, y por qué son excepciones las publicaciones que tratan de la realidad inmediata, frente a las que vierten análisis cerrados sobre los más variados hechos históricos o eternas polémicas sectoriales o doctrinales. Si esto fuera así, la actividad culturalista se habría convertido más en una variante ilustrada del gueto libertario, que en una vertiente del agit-prop con voluntad de cambio e incidencia social.

Para finalizar y atendiendo a otras actividades en curso, son de destacar las iniciativas de solidaridad con la experiencia federalista del Kurdistán sirio, que está posibilitando ricos debates sobre las concreciones reales de una sociedad libertaria y poniendo en cuestión los contornos culturales del anarquismo occidental. En un contexto europeo cada vez más autoritario, el ejercicio de una solidaridad real, comprometida, es el desafío y la oportunidad para reflexionar también sobre las diferencias económicas, políticas y sociales que nos separan de una sociedad como la de Rojava, con la que no es posible realizar fáciles paralelismos.

ÚLTIMO DESAFÍO

En un contexto en el que el malestar social ante una realidad sustancialmente distinta es solo comparable con la desorientación general, las labores antiautoritarias se complican y precisan de una solidez en lo estratégico y de claridad en sus expresiones activistas de resistencia. La repetición de un escenario de recortes nos coloca en esta segunda mitad de década en un segundo asalto en el que contamos con la experiencia activista previa y en el que el espejismo de los posibles logros de participar en la política formal ya no vibra. Recontar aciertos y errores y construir una oposición a medida de nuestras capacidades y creatividades, es la tarea.

El nuevo modelo capitalista y las nuevas y viejas generaciones de lucha en oposición al mismo, exigen lenguajes e iniciativas renovados en las que se sepan generar espacios de lucha social y en su seno den cabida al encuentro militante intergeneracional y a la interrelación en los mismos de las diferentes sensibilidades disidentes. De la conjunción de todo ello, depende su éxito.

Jtxo Estebaranz


[1Caracterización propia de este espacio socio-económico, que se define a través de una progresiva pérdida del protagonismo y vigor del proyecto capitalista europeo, en un escenario global de «largo declive», y que se manifiesta en los más variados planos, desde el económico al político.

[2ZAD (Zona Que Defender) expresión que designa una ocupación política para defender un espacio, un patrimonio natural o agrícola. Un ejemplo significativo es el de ZAD de Nantes, en contra de la construcción de un nuevo aeropuerto. (NdR).