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APUNTES DE LA REVUELTA DEL 2008 EN GRECIA

En lo que llevamos de siglo se han producidos momentos insurreccionales de gran relevancia, como los de la Kabilia argelina en 2001 o los del altiplano boliviano en 2003. En la revuelta de Grecia, de diciembre del 2008, si bien no se usó tanta pólvora como en Bolivia, fue sorprendente por la radicalidad de los comunicados y por las ansias de que el movimiento deviniera revolucionario. Se tuvo claro que para acabar con la miseria cotidiana, la represión policial y la desigualdad social no bastaba con un cambio de gobierno ni una forma distinta de gestionar el sistema, sino que se tenía que abolir el Estado-Capital y forjar nuevas relaciones sociales.

Antes de diciembre

Distintos protagonistas de los hechos de 2008 en Atenas mencionan las características del gobierno en Grecia y de una minoría militante, para explicar las condiciones que hicieron posible el contagio de las acciones subversivas.
«El de Grecia es un Estado muy corrupto, que ofrece muy pocas alternativas y que, hasta ahora, le ha costado integrar las luchas rupturistas. Los sindicatos son desastrosos, han conseguido las peores relaciones laborales de toda Europa. En ese contexto y con una tradición de lucha en las últimas cinco décadas, la acción de una minoría activa penetra en la conciencia social. Y cuando decimos “acción” no me refiero a prácticas callejeras, sino a al trabajo previo, a la producción constante de pensamiento. No salimos a la calle sin la palabra, sin una octavilla trabajada, línea por línea. Ser anarquista en Grecia es muy pesado (risas), llevamos una militancia a la antigua, con mucha constancia tanto en la acción directa como en la teoría: pegamos carteles, escribimos textos, estamos en asamblea hasta las dos de la mañana, discutiendo textos y sin fumar porros (risas)».
Los testimonios también aportan datos sobre la importancia que tiene el mito «del estado de derecho» en Grecia. El asilo universitario es un ejemplo. «Es la garantía de que haya libertad de expresión en las facultades, que el acceso sea libre para todos menos para la policía. En diciembre todas las universidades estaban ocupadas y desde allí se hacían asambleas y se preparaban acciones».
En los años previos a diciembre de 2008, la conflictividad social fue muy elevada. Episodios como ocurridos en 2003 en Salónica, con motivo de la cumbre europea; los constantes disturbios en respuesta de procesos represivos; los ataques nocturnos a bancos o la famosa manifestación de mayo de 2007, con numerosos enfrentamientos y detenidos, son algunos ejemplos. Las olimpiadas del 2004 y su programa de seguridad, lejos de apaciguar los ánimos, los encendieron aún más. Desde entonces, atacar las cámaras y la centralita que las coordina es una práctica habitual. Más de la mitad de ellas fueron destrozadas, también maquinas de billetes de transporte, parquímetros, etcétera.

Días antes de diciembre, las movilizaciones más importantes eran la de los sin papeles y la de miles de presos en huelga de hambre, luchas que el movimiento subversivo tomó como propias y animó a solidarizarse internacionalmente, sucediéndose ataques a represores y ocupándose el ayuntamiento de Janiá.

Asesinato de Alexis y estallido de rabia

En plena efervescencia social, es normal que algunos jóvenes no teman manifestar su odio a la policía. Es menos común que un agente, sirviéndose de la prepotencia estatal, dispare a quemarropa. Pero, a veces, pasa. Y cuando pasa, a veces, como en Córdoba 1969, Soweto 1976 o Kabilia 2001, se desata la furia proletaria. Y ésta no apunta, únicamente, a los ejecutores directos del crimen, sino al sistema social que los crea y los necesita. En los muros argelinos aparecieron pintadas de «Poder asesino» y en Grecia la opinión de los compañeros fue que «Corconeas no era un tipo de extrema derecha sino el resultado de una ofensiva generada por el poder en los últimos años, con el discurso de seguridad, de tolerancia cero y de control absoluto».

Desde móviles e internet se trama la respuesta por el asesinato del muchacho de quince años Alexis. El lunes por la mañana, en varias ciudades, los alumnos cierran los institutos, bloquean las calles y sitian o atacan las comisarías. Otros sectores del proletariado más veteranos, también salen a la calle y queman coches de policías y símbolos del capital. En un suburbio de la capital, unos seiscientos gitanos ocupan el cuartel policial, roban armas y hieren a dos agentes. Al día siguiente se ocupan las universidades y se propaga el destrozo de bancos y tiendas de lujo.

«Destrozaron los lujosos anuncios, espejos de una vida encarcelada dentro de las cuatro paredes del trabajo -de la escuela o de la universidad-, donde nos chupan nuestra energía a cambio de migajas».

Se extienden las asambleas desde donde se coordinan acciones, se suceden los ataques contra las comisarías: las rodean, gritan a los policías, les tiran piedras y queman sus coches. Los insurrectos piden al resto de la población que esté a su lado, que grite su «ya basta» igual que ellos, que se hagan dueños de sus vidas. No faltaron proletarios que los escucharan. Se generalizan las protestas. En diferentes barrios se organizan ocupaciones de edificios municipales y toda la universidad politécnica de Atenas se rodea con barricadas para enfrentar a las fuerzas del orden.

«Una de las cosas que más nos sorprendió es que prácticas que hasta entonces eran, casi exclusivamente, de los anarquistas, en seguida las incorporaron otros sectores, lo que demuestra la facilidad con la que se comunican y se expanden las cosas en momentos así. Y es que en aquellos días nos encontramos en las calles gente proveniente de todas partes: hinchas de futbol o personas de cualquier barrio bajaban a romper todo, inmigrantes saquearon y hasta escolares atacaron comisarías».

Al pedirle a uno de los protagonistas que describiera el momento más emocionante de la revuelta recuerda varios episodios: «Ver a la policía huir, arder o encerrarse en sus comisarías para salvarse son imágenes que uno nunca olvidará. Sin embargo, me emocioné mucho en las asambleas nocturnas de 800 personas, organizando las acciones de los días y noches siguientes, los suministros de comida y bebida, la preparación de los próximos asaltos a supermercados. El ritmo de producción y reparto de nuestro discurso fue algo muy bien organizado. Recuerdo que en los sótanos de la Facultad okupada de Económicas (ASSOEE), las fotocopiadoras no paraban en todo el día. Que toda la maquinaria universitaria estuviera en nuestro poder nos daba posibilidades enormes. A la vez se hacían reportajes radiofónicos en directo emitidos por la radio libre 98FM. También fue muy emocionante tener la megafonía de GSEE (sindicatos amarillos, cuya sede central también se ocupó) con megáfonos en la calle Patission. Nuestros comunicados se escuchaban en un radio kilométrico. Teniendo ocupada la sede de GSEE, la Universidad ASSOEE y la histórica Politécnica nos daba el control territorial del centro de Atenas».

Comunicados revolucionarios

Sin duda lo que más llamó la atención de la revuelta fue la radicalidad de los comunicados. Desde las luchas de los años sesenta y setenta, en Francia, Italia o diferentes países de América, los sublevados no habían explicado con tanta claridad sus objetivos.

«Somos parte de la revuelta de la vida contra la muerte cotidiana que nos imponen las relaciones sociales existentes -se leía en uno de los comunicados-. Erigimos una barricada inquebrantable contra la repugnante normalidad del ciclo de producción y distribución. En la situación actual, nada es más importante que consolidar esta barricada frente al enemigo de clase. Incluso aunque nos repleguemos ante la presión de la escoria (para-) estatal y la insuficiencia de la barricada, sabemos que ya nada volverá a ser igual en nuestras vidas».

Uno de los protagonistas aseguraba que «la protesta, lo que tuvo, y por eso se puede llamar revuelta, es que no tuvo unas reivindicaciones, no había tal o cual reivindicación, íbamos a por todas, contra la vida de mierda, contra el hecho de sentirnos mercancías, había mucho discurso contra la mercancía, por eso saqueábamos supermercados y destrozábamos las tiendas tipos Zara, en este sentido fue un poco nihilista. Recuerdo la quema de una montaña de ipoids, tras el saqueo de una tienda de informática, ante la mirada perpleja de inmigrantes. Nuestra fuerza también se expresaba en el robo continuo de los materiales necesarios para las acciones. Una vez fuimos a una tienda de deportes y nos llevamos un montón de cuerdas y otros materiales, y como con alguna nos habíamos equivocado de tamaño volvimos y se las hicimos cambiar». En una octavilla se podía leer: «No nos esforzaríamos tanto en destruir lo material de este mundo, sus bancos, sus supermercados, sus comisarías, si no supiéramos que en al mismo tiempo socavamos su metafísica, sus ideales, sus ideas y su lógica».

Durante la revuelta los comunicados fueron importantes para dejar claro los motivos de la lucha y desmentir las informaciones de los medios de desinformación.
«Los políticos y periodistas se burlan de nuestro movimiento, tratando de imponer en él su propia carencia de racionalidad. Según ellos, nos rebelamos porque nuestro gobierno es corrupto, o porque nos gustaría tener acceso a más dinero, más empleo. Destrozamos los bancos porque reconocemos el dinero como causa central de nuestras penas, si rompemos los vidrios de los escaparates no es porque la vida sea cara sino porque la mercancía nos impide vivir a cualquier precio. Si atacamos a la escoria policial, no es sólo en venganza por nuestros compañeros muertos sino porque entre este mundo y el que deseamos, siempre van a constituir un obstáculo».

Quizá fue esa claridad -el decir que nuestro enemigo no es el gobierno de turno, ni siquiera todos los gobiernos y todos los partidos, sino el dinero, el capital, las actuales relaciones sociales de producción- fue lo que entusiasmó a los militantes revolucionarios del mundo entero que no dudaron en solidarizarse con la revuelta.
En ciudades como Moscú, Nueva York, Copenhague o Ciudad de México hubo manifestaciones de apoyo. En Montevideo se atacó, dos veces, la embajada griega. En otros lugares, se señalaron restaurantes y empresas de Grecia. También fue destacado en número de luchadores sociales de Italia, España, Francia, Alemania...- que se desplazaron hacia Atenas.

Particularmente clarificador fue el ataque a la comisaría en Madrid, dejando claro que nuestra policía es igual que la griega, que el Estado, es el mismo. Siguiendo, consciente o inconscientemente, aquella consigna, de que «para solidarizarte con una lucha lejana, ataca a tu propia burguesía, que es la misma que allí». En Barcelona también hubo movilizaciones importantes y en Asturias se creó un comité de solidaridad con la revuelta en Grecia que aglutinó a un puñado de militantes y difundió bastante material sobre el tema.

Por su parte, en Grecia, se era consciente que el futuro del movimiento no se jugaba solo allí, sino del grado de combatividad del resto del proletariado, de ahí que los llamados a extender la revuelta por otros países fueron constantes.

Otro aspecto importante de los comunicados fue la ruptura con la sectorialización y parcialización que siempre hace el enemigo para aislar y canalizar la lucha. De ahí que se hablara de clase o de movimiento, y no de inmigrantes, jóvenes, encapuchados, marginales, anarquistas, estudiantes... como quería el poder. Llegándose incluso a debatir y escribir sobre realidades que la burguesía pretende ocultar.

«Creemos que el proletariado nunca ha sido una clase por su posición, sino que más bien al contrario, se constituye como clase para sí misma en el enfrentamiento contra el capital, primero en la práctica para tan sólo después adquirir conciencia de sus propios actos».

Al capitalismo no se lo reforma se lo destruye

En Grecia la ideología de cambiar el mundo sin revolución, tan de moda en otros lares, afortunadamente no tiene demasiada fuerza. Quizá por eso, las declaraciones y comunicados provenientes del movimiento fueron tan radicales. Seguramente, por eso, se le daba tanta importancia a transformar los disturbios cotidianos en revuelta y la revuelta en insurrección, con la clara perspectiva de que las insurrecciones alimenten algún día un proceso revolucionario internacional.

También se superaron otras ideologías como las que dan primordial importancia a llevar una vida alternativa. «Ver qué consumir, trabajar lo menos posible aunque se hace, no se valora demasiado, ser alternativo no interesa, se menosprecia incluso, lo principal es la lucha contra el estado: los conflictos, la negación del orden social, la guerra contra las autoridades, en la que entran periodistas y progresistas. Cuando tenemos un detenido no vamos a un periodista ni vamos a los políticos progresistas para que los apoyen. Hace quince años había una discusión dentro del movimiento, pero ahora no, entre otras cosas porque existe internet y podemos colgar una información allí. Antes debatíamos si darles un texto a los periodistas o pegar carteles explicativos. Esa segunda teoría ganó la batalla. No puedes declarar la guerra al estado y hablar con algunos de sus defensores.»
En estas líneas de balance se ha querido rescatar los elementos de mayor ruptura de la revuelta de diciembre, los fragmentos de los comunicados más radicales, las declaraciones más claras. Por supuesto que las ideas reformistas, pacifistas y legalistas también estuvieron presente durante esos inolvidables días de amor y rabia. El siguiente párrafo, que corresponde al balance de uno de los ocupantes de la central sindical griega, ilustra como las dos tendencias, la reformista y la revolucionaria, estuvieron presente y, en muchas ocasiones, coexistieron en las asambleas y las movilizaciones.

«Desde el comienzo era evidente que existían dos tendencias al interior de la ocupación: una obrerista, que quería utilizar la ocupación simbólicamente para criticar a la burocracia sindical y promover la idea de una base independiente de la influencia politicista; y la otra, proletaria, que quería atacar otra institución de la sociedad capitalista, criticar el sindicalismo y utilizar el local para crear otra comunidad de lucha en el contexto de la generalización de los disturbios».

Llamas en el centro urbano y explotación en las fábricas

La mayor debilidad de la revuelta fue que la mayoría de los trabajadores de la gran industria fueron meros espectadores. Estuvieron atentos a los que sucedía en Exarchia y otras zonas de conflictos, pero no abandonaron sus puestos de trabajo. De hecho, en Grecia, el movimiento autodenominado anarquista o anticapitalista aunque haya crecido sigue demasiado separado de los empleados de fábricas y grandes empresas. «En este movimiento -apunta uno de los testimonios- no hay demasiados obreros o hijos de obreros; hay precarios, pero para nada somos los más marginados. Mucha gente vive en una de las casas de su familia, por la gran cantidad de propiedad privada de viviendas que hay, tiene coche y moto. Vivir de fuentes familiares puede ser criticable pero esa normalidad nos acerca a la gente, porque hace que la figura del anarquista sea más cercana. Hay ventajas y limitaciones como la de tener comportamientos pequeñoburgueses: el machismo, por ejemplo. Un homosexual en Grecia provoca una sonrisa, porque la de guerrero -que pega carteles y tira cocteles molotovs- se une a la cultura dominante. Solo en los últimos años han salido grupos de homosexuales compañeros».

Otro de los entrevistados afirma, sin embargo, que tras diciembre de 2008 se ha dado un paso importante para acabar con esa separación, pues además de agudizarse la precariedad entre los compañeros más cercanos y muchos jóvenes movilizados, surgieron: «Los llamados Comités de Base fueron creados por compañeros y no son reformistas. Actualmente los más fuertes son los de hostelería y mensajeros. El caso de Konstantina Kuneva ilustra esa aproximación entre militantes y resto de asalariados. Esta mujer, inmigrante de Bulgaria, trabajaba limpiando el metro, luchaba por derechos laborales y fue amenazada por eso. Días después de acudir a las asambleas de GSEE, ocupada por trabajadores, parados y estudiantes recibió un ataque de unos “desconocidos” que le tiraron ácido sulfúrico en la cara. Los comités de base dieron a conocer el asunto y, mediante la acción directa, la población pudo enterarse de la existencia de terrorismo empresarial. Una agrupación de izquierda la invitó a ser cabeza de lista pero ella se negó, ganándose la simpatía de la militancia más radical. De hecho, al principio de la revuelta, los partidos de la ultraizquierda generaban, gracias a su discurso incendiario, algo de apoyo pero luego comprobamos que como siempre rehuían de los enfrentamiento con la policía, esquivando el conflicto o eligiendo calles para manifestarse por donde no hubieran antidisturbios».
En Barcelona, en una asamblea de información y balance sobre la revuelta griega, se concluía que los protagonistas de las movilizaciones solían ser proletarios muy jóvenes o militantes con años de experiencia y que faltaron vecinos de todas las edades en manifestaciones y enfrentamientos con la policía, como sí hubo en Oaxaca o Argentina tras el corralito. Un compañero ateniense que estaba en la sala dijo con resignación: «No pudimos llegar más lejos porque en Grecia el sector productivo escasea, son todos servicios, turismo, etcétera, por eso la burguesía estuvo bastante tranquila. Además, los obreros siguen demasiado encuadrados en los sindicatos, en el PC». A lo que uno de la sala, le contestó: «pero hay una manera de paralizar el movimiento de mercancías sin parar, necesariamente, la producción, y eso son los cortes de ruta. ¿Porqué no se propuso en una de esas asambleas de 600 personas cortar las principales arterias de Atenas durante toda una jornada, así se paraliza todo, hasta la ida al trabajo de la gente. Como se hace en Argentina con los piquetes.»

«Nunca pensé que se venía una revolución porque la producción en todo momento se vio muy poco afectada -explica uno de los testimonios-. Como siempre la gente tenía miedo a perder lo que tiene, ¿pero ahora? Lo único que pensaba era que no quería que la lucha a ese nivel se acabase; un día más y otro más y así consecutivamente».
A pesar del poco protagonismo de ciertos sectores asalariados en la revuelta, no se puede olvidar el empleo de la acción directa y la lucha consecuente de agricultores de Creta, empleados de la salud, la limpieza y profesores, por citar algunos de los más combativos.

El momento actual

La burguesía tiene una larga experiencia en reconducir revueltas, numerosas estratagemas para volver a imponer la asfixiante paz social. En el caso de Grecia, volvió a emplear las elecciones, la represión y el aislamiento de luchadores decididos y organizados. Siempre le conviene más enfrentarse a su enemigo de aparato a aparato que de clase a clase. Los mandatarios del país no pudieron, como en otras ocasiones, implantar medidas populistas, como el aumento de sueldos, para apaciguar los ánimos. Otros, que mandan más y tienen mayor poder de decisión a nivel mundial -FMI, BM, CEE- impusieron medidas de austeridad cada vez más duras.

Dos años después de la revuelta, algunos protagonistas reflexionan sobre el momento actual: «Es un momento realmente muy complejo. De momento predomina el miedo. Está claro que la gente no confía en el sistema político de democracia parlamentaria pero tampoco propone alternativas. No sabe hacia dónde mirar. En las últimas elecciones municipales la abstención ascendió al 60%, en Atenas un 70%. El Estado ha reestructurado sus ejércitos policiales, ha creado nuevos cuerpos motorizados (DIAS, DELTA) de intervención inmediata. Circulan por la ciudad con la actitud más chulesca que yo haya conocido. Parecen hooligans, y algunos, seguro que lo fueron. Son realmente chungos, pero también pillan. A pesar del incremento de la represión, el movimiento anarquista ha ido creciendo, en una mani antirepresiva el bloque negro puede ser más numeroso que el de la izquierda parlamentaria. La situación, no obstante, es preocupante: Lucha Revolucionaria y Conspiración de Celulas del fuego cayeron. Varios compañeros están presos por atracos, otros fugados, en busca y captura, y dos bajo recompensa. Hay más de cincuenta presos del ámbito anarquista o de otras tendencias radicales como los del grupo 17 Noviembre.
El 5 de mayo de 2010 hay un punto de inflexión. Se celebraba la sexta huelga general consecutiva contra las medidas de austeridad y en Atenas tres empleados del banco Marfin murieron calcinados. Es un tema que pesará para siempre en la mayoría de los anarquistas de Grecia. No por una cuestión humanitaria (que también) sino por una cuestión de responsabilidad. Se han tolerado actitudes de violencia extrema sin ningún tipo de criterio por jóvenes salvajes. Para muchos estos tipos de actitudes toleradas han dado este resultado. Es inaceptable tirar bidones de gasolina en un sitio donde trabaja gente. Nuestra acción nunca puede ser contra la población. El movimiento anárquico griego, consigue la mayoría de las cosas por su presencia e influencia social. Porque, por decirlo de una manera, es sincero y digno de su palabra. La gente que mínimamente tiene un grado de consciencia, sabe que el anarquista no es una amenaza ni un problema para la población. Sabe contra quienes estamos y que utilizaremos todos los medios, pero no contra la población. El tema del banco creó mucha disgregación y discrepancias, por la manera que según qué grupos o individuos entendieron el asunto y la manera de que se sintieron responsables o no, de este acto, responsables no materialmente evidentemente, sino políticamente».

A pesar de que tras los sucesos del banco Marfil, muchos compañeros están esperando a que los próximos ataques al Estado vengan de otros sectores de la población -para no estar siempre en la avanzadilla de las acciones-, todos desean volver a vivir aquellos días de revuelta de diciembre de 2008. Volver a demostrar la fuerza del movimiento contra el Capital, volver a usar la imaginación subversiva, la solidaridad callejera y la coordinación de la lucha. Mientras tanto: se discute, se hacen balances, se agudizan las medidas de seguridad y las movilizaciones por los presos, se intentan formar coordinadoras o grupos que tengan continuidad y se rememoran acciones como la ocupación de la televisión. En 2008, mientras el primer ministro intentaba calmar la situación, un grupo de compañeros se presentó en el plató, cortó la emisión y logró salir en antena para todo el país, con un cartel en el que se podía leer: dejad de mirar la TV y salir a la calle. Libertad a los presos.

Robi Cima Ron
Barcelona, diciembre 2010