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Número 26

MUROS INVISIBLES

Soy mujer. Soy joven. Dos claves que conforman mi manera de sentir y vivir la realidad que me rodea.

Este es el relato de una tarde en la que no pude zafarme del miedo que el sistema patriarcal nos inyecta (a las mujeres) en las venas y en la mente nada más salir de nuestras madres.
No es contado para revolvernos en nuestro papel de víctimas. Todo lo contrario: es un impulso para que seamos conscientes de nuestras cadenas (visibles e invisibles), para así saber dónde golpear y para que, de una maldita vez, sintamos verdaderamente cerca nuestra liberación como mujeres que somos y que queremos ser,... pero libres.

Un recuerdo a todas esas mujeres que han sido asesinadas, a las que no son nunca primera plana en ningún periódico y a esas mujeres que sufren en silencio las constantes agresiones, palizas,... «muestras de afecto» sin duda de sus «amados» cónyuges. Que lo griten, que con su voz ahoguen a sus agresores, merecedores de todo menos de compasión.

Ni olvidamos ni perdonamos.

Tarde de un domingo cualquiera, de esos a los que Bilbo nos tiene acostumbrad@s. Sirimiri y nadie en la calle. Todo se paraliza entorno a las tres de la tarde. Familias reunidas, televisores encendidos que mantienen prendida la chispa del hogar. Y yo, con ganas/necesidad de que la lluvia lave mi cara y ya, de paso, que limpie mis ojos y mis pensamientos.
Pensé en buscar la tierra, la vida, lo verde,... Decidí irme hacia Buia. De Bilbao La Vieja a Abusu y de ahí, carretera y a perderme por mil rincones del monte.

Según comencé a alejarme de los edificios, de las calles, de la gente (de la poca que de por sí había en la calle) comencé a darme cuenta de que se me había olvidado dejarme una cosa en casa: esa gran mochila llena de miedo que el patriarcado bien se encarga de colocarnos a todas y cada una de nosotras según salimos de nuestras madres.

Comienzan las paranoias. Los vistazos constantes hacia atrás. El dudar de ese coche que parece que ha reducido velocidad. Mira, por ahí va una tía con dos txikis, ¡bien! Segura,... vaya, parece que tiran pa’ Montefuerte, con lo que continúo sola mi camino ¿estaré haciendo bien? Mejor si doy la vuelta, total este paseíto lo puedo hacer cualquier otro día acompañada. ¡Qué oxtias! ¿Qué me apetece? Darme una vuelta por el monte ¿no? Pues eso. Pesará la maldita mochila del miedo, pero hoy tengo fuerzas, creo que suficientes (¿tengo fuerzas suficientes?).

La carretera cada vez se aleja más del barrio más cercano (Abusu-Ollargan) ¿Sigo? ¿Retrocedo?. Con todo esto dándome 5.000 vueltas en mi cabecita de bombilla, y con todas las antenas y sistemas de alarma conectados voy hacia donde mis piernas me llevan ¿Determinación y valentía para hacer lo que me apetece o imprudencia brutal?

Paso por debajo de la autopista que viene atravesando el monte Malmasín. Al principio el túnel se muestra oscuro, pero según me voy acercando veo más luz. Viene un coche, pero pasa, sigue su camino sin detenerse. Total, a lo mejor estoy exagerando. No puedo dejar que el miedo me venza y que el patriarcado me gane otra batalla más. La guerra contra él la declaré hace tiempo y sé que el miedo es una de sus principales armas para mantenerme/nos a ras del suelo. Luego, caso omiso o superación del miendo, y así le voy comiendo terreno a esta ideología dominante y universal que es el sexismo-patriarcado.

Miro a mano izquierda y espanto el miedo con una vista de lujo, impensable para un paraje tan cercano al encementado Bilbo. Una ladera verde, una landa de ensueños acariciada por un grupo de ovejas. Baserris dispersos. Huertas... Creo que hasta respiro vida y todo.

No quiero seguir hacia Buia y me meto por otra carreterita y otro túnel y sin parar de mirar atenta buscando presencia masculina, veo a mi derecha una casona, típica de curas o algo parecido, vacía y con aspecto de llevar así bastante tiempo. La curiosidad viene a mí y decido acercarme, no con las piernas tiritando (miedo), pero sí en una estado de alerta constante que cansa, dinamita mi mente y me impide -no del todo- disfrutar a sako de lo que veo, siento, huelo,... en este trozo de mi tierra.

Comienzo a subir unas escaleras curradas en la ladera que me conducen a las casa deshabitada y, por cierto, con buen tejado. No paro de observar los alrededores. No se mueve nada y por la carretera que hay no ha parado todavía ningún coche. Buena señal. Y mala a la vez.

Me acerco a la puerta (a tres metros), pero no soy capaz de continuar. Me asustan pensar que, tranquilamente, una cuadrilla de tíos, o un par, o uno solo,... hayan decidido ir a dar una vuelta por ahí y, al verme, se les ocurra hacer, ejercer de machitos.

El patriarcado es un sistema que funciona de vicio. Os juro que durante todo el camino no vi ni un solo cartel que pusiera «prohibido el paso a mujeres» o «tú, chica, no te metas por este caminito» o «mujer, no vayas a dar una vuelta». No, no es necesario que los pongan. El miedo a las agresiones físicas, sexuales, sexistas,... ya nos marca muy mucho, por dónde sí o por dónde no podemos ir. Y si algún día, en alguna ocasión, osas dejarte el miedo en casa y ocupar los espacios «no permitidos», tranquila, que de ocurrirte algo chungo, el recuerdo te marcará toda la vida y no olvidarás jamás que «aquello» te ocurrió por no hacer caso.

¿Quien vuelve al monte sola después de una experiencia chunga? ¿Quién vuelve a caminar de noche por sitios oscuros después de que un machito te recordara mediante una agresión que ese no es tu espacio ni tu horario?

¿Quién vive libre teniendo espacios vedados, prohibidos? Vale, sin carteles, sin muros, sin alambradas. pero, bien sabemos que hay más muros que los visibles y más alambradas que las que pinchan haciendo sangrar.

Pues no, no me acerqué a la casa todo lo que quise. No entré. Y no porque lo intentara y no pudiera, sino porque no llegué ni a tocar los muros. Me di la vuelta. Ante mí, había caminitos por los que me apetecía perderme o curiosear, que aún no perdí ese placer, pero el miedo, a ratos disfrazándose de precaución, parecía como si me señalara con el dedo por dónde debía ir.

De regreso a casa, iba feliz por la vueltilla que me había dado y lo que había sido capaz de percibir, pero triste por ese miedo que nos ahoga. Por mucho que cambien las leyes y mil flautas, el sistema patriarcal ya se encarga de conseguir lo que antes conseguía con prohibiciones tácitas, por métodos más sibilinos e invisibles como el miedo. Nadie me prohibe meterme por caminos perdidos,...nadie, pero yo no lo hago porque no lo puedo hacer. Nos metieron el miedo desde txikis y valiente la que se lo quite de encima.

Ahí están también, los medios de comunicación. Güay que salgan las agresiones y asesinatos sexistas, pero con su forma de tratarlos extienden el miendo y lo convierten en un manto que cubre a las mujeres y nos paraliza.

Y no es una prohibición, que siempre se puede desobedecer -aunque conlleve un castigo- y denunciar a mogollón de niveles, no, actúa mucho más eficazmente.

Llego a casa y la dinámica de ella me abstrae, en la medida de lo posible, de la sensación de carga de la mochila ésta que nos regalaron aun sin nosotras pedirla ni quererla.
Pero había algo que me enfrentaba con el miedo sentido esa tarde y era que dos de mis compañeros de casa habían hecho algo parecido a mí: se había ido, cada uno por su lado a sitios diferentes, a dar una vuelta al monte. Pero ninguno de ellos sintió nada parecido.

En cualquier cosa que hagamos, nosotras las chicas, cargamos siempre con un peso adicional, más o menos aligerado según cabezas, vivencias o situaciones concretas, pero peso adicional en definitiva.

Y encima nos lo callamos. O por no dar la «chapa» («otra vez ésta») o por la sensación de incomprensión, o por no mencionar lo que, al nombrar, se va a hacer más fuerte y doloroso, o por incapacidad de verbalizarlo o teorizar sobre ello,... En fin, mil y una razones para mantener el silencio sobre una sensación que ocupa la mayor parte de nuestro tiempo y nuestra vida: el miedo.

Sentimiento fuerte donde los haya y difícil, terriblemente difícil de combatir y hacerlo pequeñito, tan pequeño como para guardarlo en una caja de cerillas.

¿Dónde queda mi autoestima? Porque la sensación de que el patriarcado me ganó otra batalla en mi propio terreno (mi cuerpo, mis decisiones, mi vida,...) no se archiva en un cajón y punto.

Vivir y sentir durante tantas horas al día miedo tiene, por narices, que afectar a la mente, a la estabilidad emocional o vivencial. Nos modela no sólo el carácter, sino que en un momento dado nos animemos a unas cosas o no.

El miedo. Sin entrar en todas las facetas de nuestra vida donde ocupa un papel central, un eje en torno al que giran tantas cosas, si a eso añadimos la carga adicional de ser tía...

Es claro que vivimos en una dictadura, donde otros dirigen nuestras vidas, pero en nuestro caso, en el de las tías, mucho más. Oía a mis pisukides hablar de su vuelta tranquila por el monte y lloraba por dentro porque no hice lo que quise hacer. No soy una persona libre ni tan siquiera para irme al monte a dar una vuelta. Mucha mierda de igualdad formal, pero aquí las que flipamos con todo somos nosotras. Las que tenemos que llevar un spray somos nosotras. Las que de noche pasamos miedo, nosotras. Las que nos tenemos que cortar de dar una vuelta a las dos de la madrugada cuando nos cuesta dormirnos, nosotras.

Pero ¿qué hacemos con nuestro miedo? ¿cómo recuperamos espacios que nos han sido arrancados, prohibidos? Porque mucho karate, mucho cursillo de autodefensa o lo que oxtias queramos, pero la inseguridad, el miedo, las paranoias, el pánico,... no nos lo quita nadie ¡Y no quiero tener que depender de alguien para poderme subir al Pagasarri un martes cualquiera, para poder fisgonear en el monte o para echarme en un parque a las 12 de la noche un día!

Sé que me tengo que ir deshaciendo de este lastre que es la mochila cargada de miedo. A lo mejor, de golpe no me la puedo quitar, pero sí ir combatiendo poco a poco el miedo hasta que la mochila ya no sea una mochila de miedo, sino cargada de valentía, de arrojo, de libres decisiones, de coraje,... Dura labor y acaso sí lo consiga. Que no me ocurra nada por no recordar, intencionadamente, que nosotras tenemos el paso prohibido por muchos sitios, que tenemos horarios de reclusión en casa o para no andar sola (toque de queda simbólico),...

El miedo: muro invisible (en este caso con la firma del sistema patriarcal) que necesita de picos y mazas invisibles (más costosos de encontrar) para ser derribado.
A la búsqueda de estas armas me tendré que dedicar,...

Askatasuna lortu arte! Por la reapropiación de espacios arrancados a las mujeres. Beldurrari stop!