Represión en el tiempo del coronavirus

En el nuevo paradigma de la incertidumbre en el que llevamos algún tiempo instalados, sigue habiendo algunas certezas… tristes, pero certezas: cualquier situación que un Estado pueda utilizar en beneficio de las clases sociales de la elite que está encargada de defender (como su principal razón de ser), será utilizada con ese objetivo, sin duda alguna, incluidas pandemias, cambios climáticos y demás desastres naturales, artificiales o mixtos. Todo lo demás es incierto, incluso el acierto, la inteligencia o la oportunidad con la que ese Estado va a ser capaz de manipular o, como dirá él, «gestionar», esa situación catastrófica (sigo pensando que un día van a apretar el botón de destrucción masiva en un despiste o un fiestón que se les va de las manos en el despacho oval).

Empiezo diciendo esto porque hablar del Covid-19 en estos momentos sigue siendo un ejercicio de por sí incierto, al menos para mí, porque a diferencia de la mayoría de la población que me rodea, no soy experto en epidemiología y mis conocimientos en medicina son bastante básicos: procuro cuidar de mi salud desde una perspectiva crítica, pero entiendo que el conocimiento científico es necesario. Es decir, que vivo en una permanente paradoja entre el desconfiar del negocio farmacéutico, al tiempo que agradezco el descubrimiento de esa penicilina sin la que, quizá, no estaría escribiendo estas líneas. Además, no sé cuánto puede subir o bajar la R0 con el uso o desuso de la mascarilla y hasta me siento incapaz de discernir si las afirmaciones de Trump sobre el uso de la hidroxicloroquina son tan necias como las del uso de desinfectante por vía oral (de esta última no tengo ninguna duda del grado de estupidez). Y confieso mi estupor al comprobar que alguna afirmación dicha a principios de marzo por personas de las que no dudo de su integridad y que me parecieron muy lógicas, después me ha escandalizado al ser repetida por grupos de extrema derecha a nivel internacional, por ejemplo, a la hora de cuestionar el confinamiento. Quizá esto obedezca a la capacidad de la extrema derecha para movilizar los medios, para apropiarse de discursos, quizás sea fruto de mejor financiación… Puede también que se deba al abandono por parte de la izquierda clásica de la crítica social liberadora y antirrepresiva, a la falta de visibilidad de la izquierda libertaria en determinados contextos, pero una vez más, cuestiones que deberían reforzar el patrimonio de la lucha contra la desigualdad y el abuso de poder, pasan a ser manipuladas y utilizadas por discursos racistas, machistas y autoritarios (valgan las redundancias).

Porque sí, hay que cuestionar el confinamiento, igual que hay que cuestionar el inmenso experimento de control social al que nos hemos visto sometidos en los últimos meses, pero sin minusvalorar el sufrimiento humano y las pérdidas sufridas. Hay que entender que determinadas medidas de «cuarentenización» eran necesarias, para evitar una mayor mortandad, pero no era necesario recurrir a modelos cuartelarios y policiales, ni sembrar miedo desde los medios de comunicación, y hay que ver cómo analizamos todo esto con sentido común, espíritu crítico y conciencia libertaria, si queremos aprender algo de esta experiencia. No sé si es fácil, pero como una persona que lleva muchos años estudiando y combatiendo el control social ejercido desde una perspectiva punitiva y represora, comprobar el grado de castigo y represión que hemos sufrido en los últimos meses, me parece el aporte que puedo ofrecer a este debate. Un análisis, eso sí, que no deja de ser desolador…

Más de un millón de multas

Dicen los expertos que muchas quedarán sin aplicarse, otras serán recurridas y quedarán en nada, puede que algunas sean «perdonadas» o incluso es posible que sean anuladas en los juzgados contenciosos administrativos por la falta de garantías y procedimientos claros con los que fueron impuestas… Puede que nunca lo acabemos de saber. Lo que sí es cierto es que entre el 14 de marzo y el 19 de mayo de 2020, las distintas policías del Estado habían interpuesto 1.013.747 multas y realizado 8.418 detenciones en aplicación de la Ley de Protección de Seguridad Ciudadana (la tantas veces mencionada Ley Mordaza) por incumplimientos de las medidas del estado de alarma, una infracción considerada grave y castigada con un mínimo de 601 €. Según informaba el Ministerio del Interior ese día, las policías locales eran las que habían impuesto más sanciones 369.597, seguidas de la Guardia Civil 290.672 y el Cuerpo Nacional de Policía, 268.567; a nivel autonómico, los Mossos d’Esquadra habían tramitado 69.168 propuestas de sanción y la Ertzaintza 12.214.

Es decir, que el nuevo Gobierno del Estado español, el «progre», había pasado de prometer la anulación de la ley mordaza o su reforma en profundidad, a utilizarla de forma industrial en la aplicación de lo que se supone que son medidas sanitarias. Pero cuando se piensa fríamente, esta realidad no responde tanto a un proceso conspiratorio en el que la pandemia es «manipulada» para la realización de un masivo ejercicio represivo (que sí, que eso es lo que ha pasado), sino a la inexistencia de una cultura social de corresponsabilización y cogestión colectiva de las situaciones de emergencia. Sirva de comparación Italia, un país con bastante más población (60 millones y medio de habitantes frente a los menos de 47 del Estado español) en el que entre el 28 de marzo y el 17 de mayo se habían interpuesto 310.323 sanciones (que no son pocas, pero son 3 veces menos).

Porque el famoso refrán «si naciste pa’ martillo, del cielo te caen los clavos» tiene aquí un corolario muy sencillo, aunque no por ello menos triste: si tu manera de entender la protección de la seguridad pública es usar la policía y sancionar, ante la necesidad de controlar una pandemia vas a usar mucho la policía y las multas. Esto no es nuevo, hace años que los servicios de gestión de las emergencias sanitarias, a través del 112, se ubican (y privatizan) en centralitas que suelen estar en comisarías de policía y se coordinan con la propia policía a la hora de realizar las intervenciones. No es casualidad, por tanto, que en las ruedas de prensa de marzo y abril hubiese siempre un miembro de la policía nacional, otro de la guardia civil y otro del ejército, pero nadie de protección civil, ese servicio usurpado por la UME (Unidad Militar de Emergencias) que aliena la protección social de la ciudadanía a la propia ciudadanía. Pero cuando lo pensamos fríamente… ¿De qué otra manera podría el Estado español haber gestionado la situación? Volviendo a la comparación con Italia, allí era precisamente protección civil la que centralizaba la coordinación del confinamiento y ofrecía los datos diarios de personas infectadas y fallecidas. Con esto no quiero decir que Italia sea un modelo a seguir, la verdad es que desconozco cómo ha funcionado allí todo este tema, simplemente quiero hacer comprender el hecho de cómo se ha policializado el tratamiento del confinamiento, lo que ha convertido una medida sanitaria que probablemente era necesaria en una privación de libertad inaceptable, porque el fin no justifica los medios.

Deja de salir, pero no dejes de producir

Porque claro, el confinamiento no ha sido total ni para todas las personas por igual, puesto que el otro de los aspectos planteado y debatido es el productivo, a todos los niveles. Porque sí, era necesario encerrarse en casa, tan necesario que te multaban si salías, salvo que fueras uno de los que ponían las multas, o si trabajabas en una de esas tareas consideradas esenciales (aunque algunas fueran tan surrealistas como las peluquerías, que luego no, que luego sólo a domicilio, que luego sólo en situaciones excepcionales, que luego desconozco cómo acabó quedando el asunto porque me perdí a principios de abril). Y algunas empresas se cierran porque no son esenciales, pero se reabren si la patronal presiona demasiado, o si alguno de los empresarios a los que se les debe favores pierde demasiado dinero… la noticia de la semana en la que escribo estas líneas es que los primeros turistas alemanes están siendo aplaudidos en el aeropuerto de Mallorca, mientras yo sigo sin poder ir a ver a mis padres que viven en una provincia que sigue en fase II. Es la economía estúpidos… la economía del capital, más en concreto.

Y mientras tanto, teletrabaja… Recuerdo hace unos años, entonces no les llamábamos hípsters, pero en un documental un proto-hípster hablaba de la liberación que el teletrabajo iba a suponer para una enorme cantidad de tareas, el ahorro en tiempo, recursos y no sé cuántas cosas más (todas maravillosas, por supuesto), era algo como muy de Silicon Valley. Este año, el confinamiento ha conllevado un ejercicio de teletrabajo masivo en el que cientos de miles de personas… ¿millones? veían destruidos sus horarios laborales y descubrían que trabajar en casa no es tan bonito como lo pintan… (¿no te importará que te llame a estas horas verdad?). En relación con este tema, las compañeras feministas han alertado del retroceso que la situación de confinamiento ha supuesto en el tema de la conciliación laboral al tener que teletrabajar al mismo tiempo que las criaturas están en casa tele-estudiando y hay que realizar las tareas domésticas, esas sí, como se ha hecho toda la vida (el frotar no se ha tele-hecho), con el estrés añadido de tener a toda la familia en casa al mismo tiempo.

Por cierto, un apunte técnico consumista: si en la pareja teletrabajan dos personas, con una o dos criaturas realizando tareas escolares on-line… ¿Cuántos ordenadores hay que tener en casa? Es decir… ¿hay para todos? ¿quién se queda sin usar? ¿cómo se prioriza? Consuma más productos informáticos y suba su banda ancha, no siento que se repitan los problemas en la próxima pandemia (la próxima temporada estará disponible próximamente en Netflix). Eso sí, cuando salir de casa a hacer la compra se convirtió en un privilegio, muchos maridos heroicos se sacrificaron y fueron a hacer las compras privando de la tarea a las mujeres que la habían hecho siempre cuando no era tanto privilegio el salir de casa al supermercado. Y mejor no lo discutas, porque estar confinada en casa con un agresor en potencia o en acto no es muy recomendable.

Y eso también es represión, la ejercida desde el tejido económico y social. Quizá no directamente por el Estado, pero posible precisamente porque las estructuras del estado permiten la existencia de esa violencia estructural. La propaganda del actual Gobierno (ese, el que nos ha sancionado tanto con sus policías), es que en esta crisis se está priorizando a las personas, el ingreso mínimo vital, los ERTE, etc. Pues no, se está priorizando el consumo, es decir, la economía capitalista, se está priorizando el control policial, se está priorizando el retroceso en avances sociales previos. Este 2020, se ha incrementado el gasto en defensa (acordaros de la UME, no sale gratis) y en tecnología de control y seguridad, pero los servicios sociales no se han reforzado, las residencias privadas de ancianos siguen siendo privadas, pese a todo lo que ha pasado en ellas, y, lo que es más grave, ni en los momentos más duros del confinamiento, este Gobierno que prioriza a las personas, ni siquiera se atrevió a nacionalizar temporalmente los hospitales privados que estaban realizando ERTEs mientras las UCIs públicas estaban colapsándose (pese a que el propio Real Decreto de alarma permitía la adopción de esa medida, prefirieron montar el IFEMA u hospitalizar algunos hoteles de esos empresarios amigos a los que se les deben favores).

Otras formas de control social

¿Recordáis el más de millón de multas? Según una encuesta on-line de La Vanguardia entre sus lectores, de los más de 400.000 que respondieron un 91% estaban a favor de que se hubieran puesto esas sanciones. Cuando al principio de la pandemia se comenzó a hablar del control a través de las apps de los móviles en China y Corea del Sur, muchos pensamos que el gran proceso de control represivo iba a venir por ahí, por la tecnología (incluidos los chips y demás), pero en eso también nos equivocamos (yo el primero), más que nada porque aquí ni siquiera ha sido necesario llegar a tanto: fue la Gestapo de balcón la medida más eficaz a la hora de controlar el cumplimiento del confinamiento. Spain is different, y son muchas las décadas que llevamos interiorizando la represión (¿acaso no es eso el franquismo sociológico que la “transición” dejó intacto?), hasta el punto de llegar a ser más represores que incluso algunas policías. A nivel estatal, no es sólo el votante de Vox, o del PPSOE… en la defensa del nuevo Gobierno se han escuchado loas a las fuerzas y cuerpos de represión del Estado en boca de gente que se define muy de izquierdas.

Porque el control de la población se hace más fácil cuando la aculturación punitivista de la sociedad construye un autocontrol de la población. En el caso que nos ocupa, el uso del miedo a través de la teoría del shock ha sido más importante que el uso de la tecnología más vanguardista o la policía más tradicional. El principal éxito del modelo aplicado en el actual estado de alarma ha sido convencer a la población de que la seguridad pública (policial, militar y autoritaria) y la sanidad pública eran la misma cosa… tanto monta, monta tanto, hasta llegar al esperpento de ver que los miembros de la UME tenían unos equipos de protección individual que faltaban en las UCIs (esos EPIs de los que no sabíamos nada y que ya se han vuelto tan de toda la vida como el entrañable compañero de Blas). ¿Cómo no van a protegerse los gloriosos soldados que van a desinfectar las residencias? Bueno, se me ocurre pensar que, si ese material lo hubieran tenido los sanitarios en las UCIs públicas, o incluso en las de hospitales privados nacionalizados, a lo mejor se habría podido llevar a más ancianos a ser atendidos médicamente y no abandonados a su suerte para que los militares desinfectaran sus cadáveres… Llamadme conspiranoico si queréis. Porque hasta en eso la gestión ha sido un desastre. De hecho, una de las razones por las que creo que todo esto no ha sido fruto de ninguna conspiración es que es muy difícil conseguir que tantas chapuzas improvisadas se acumulen al mismo tiempo.

Pero tampoco es del todo cierto que no haya habido tecnología en la aplicación de las medidas… Ver cómo se usaban datos de Google por parte de la portavoz del Ministerio de Transporte para validar la reducción de movilidad durante el confinamiento, es otra razón de peso para replantearse el uso de los smartphones, no cabe duda. La videovigilancia, la radiovigilancia… son realidades que están aquí y han venido para quedarse, quizá la novedad sea la masificación con la que se han empleado, el incremento en el uso de los metadatos y otras herramientas de vigilancia y control que permite el uso de la informática… ¿Os acordáis del teletrabajo? Pues en el teletrabajo la conexión a internet bien por el ordenador, la Tablet o el smartphone es imprescindible, con lo que nuestra huella digital (y ecológica, ya de paso), aumenta.

¿Hay alguna conclusión?

Después de muchos años consumiendo series basura de televisión (sí, yo también soy un adicto), tenía pensadas un par de estrategias para la llegada del apocalipsis zombi. La cuestión es que llega ese día en el que se decreta un estado de alarma, probablemente el momento más próximo en nuestras vidas al mencionado apocalipsis y… he de confesar que la acumulación de papel higiénico no entraba en mis planes, pero bueno, resulta que en eso también soy un tío raro… Tampoco es que crea que tocaba salir con la katana a la calle, pero esa falta de glamur, esa falta de imaginación… es otro reflejo de la sociedad en que vivimos. Vale que en EE. UU. se dispararon las ventas de armas, bueno, entra dentro de su lógica, pero también se disparó el consumo de papel higiénico. Me quedé más tranquilo cuando en abril el producto más comprado pasó a ser la cerveza, eso sí puedo llegar a entenderlo.

Porque la primera conclusión es que somos una sociedad muy obediente y gregaria: se nos dijo algo así como “calle no, caca” y nos quedamos todos en casa. Pasamos de reírnos de los italianos a encerrarnos más que ellos en menos de dos semanas, mientras gritábamos, desde detrás de nuestros visillos, a quienes fueran por la calle. Sociológicamente es un comportamiento apasionante, nos hemos convertido en unos ciudadanos ejemplares en un tiempo récord. Y de esta observación nace mi segunda conclusión: nuestro policía interior es más fuerte de lo que nos pensamos.

Aunque no hay que quedarse sólo con eso, porque también es cierto que el parón del confinamiento nos ha confrontado con algunas realidades colectivas que creíamos olvidadas: han aparecido experiencias de ayuda mutua, autoorganización vecinal y se ha comprobado que la minoría que mantiene viva la conciencia crítica sobrevive. Pero entiendo que estas pinceladas de optimismo no pueden esconder el tenebrismo del cuadro que nos ha tocado protagonizar. La tercera conclusión es clara: no sólo se ha reforzado el policía interior, también lo ha hecho el exterior. Ha habido un claro incremento cualitativo y cuantitativo en el uso de los aparatos represivos por parte del Estado español. Otra paradoja es que este incremento del uso del aparato represivo no ha reforzado al propio Estado, sino que ha incrementado el alma cainita y partidista que le habita: la fractura política entre las elites se ha abierto más, el frentismo vuelve a ser el protagonista y ahí se abren las costuras de un Estado, el español, que sigue sin resolver sus problemas fundamentales, tanto en lo identitario como en lo estructural.

Esto ha sido así porque hasta en mitad de una pandemia no se han olvidado estas cuestiones, al contrario, se han ahondado, y esto también ha agravado el divorcio entre la sociedad política y la sociedad civil, que se ha quedado en casa como una buena chica, pero ha aprovechado para creerse cada vez menos a sus políticos. No sé si servirá para algo, pero así está siendo. En este sentido, lo triste es que sí ha habido un retroceso en determinadas cuestiones muy claras: el movimiento feminista ha vuelto a ser agredido por parte de la ultraderecha y la extrema ultraderecha quienes, con tal de atacar a un gobierno que nos les gusta, han vuelto a negar la realidad del terrorismo patriarcal, al tiempo que durante el confinamiento se agravaba la violencia machista (y no sólo la «intrafamiliar», sino a todos los niveles) y han aprovechado que el Pisuerga pasa por el 8 de marzo para ver si podían pescar algo. Esto nos vuelve a confirmar que el patriarcado, como también hace el Estado, va a estar ahí dispuesto a golpear, cada vez que se deje de defender una conquista social que se dé por segura, por pequeña que esta sea.

Lo mismo hay que decir del mundo laboral, en el que hace mucho que se está en reflujo, pero es que, además de las promesas de terminar con la Ley mordaza, también hay que irse olvidando de las de revertir la última reforma laboral. Y esto también son conclusiones de la pandemia que aún no ha terminado. Como lo es el volver a situar lo sanitario en el centro del debate social. Y lo sanitario entendido en su sentido más holístico, no sólo como la defensa de la sanidad pública (que por supuesto), sino la concepción de una salud integral como un derecho fundamental que parte de la soberanía alimentaria y se complementa con el derecho a un medio ambiente saludable, una calidad de vida digna (algo que pasa por la no sobreexplotación laboral y la no militarización de la sociedad en la que vivimos).

Porque si no entendemos lo sanitario desde este enfoque alternativo, otra de las conclusiones que podemos obtener de este período de pandemia en el que nos encontramos es que, al igual que la tecnología o la policía, la salud puede ser otra herramienta represiva de primer orden… Pero esto tampoco es nuevo, al final la famosa guerra contra las drogas (que en realidad es una guerra contra los drogadictos) lleva años librándose en nombre de la salud pública… lo que ha cambiado es la escala de aplicación de este principio, pero no el enfoque represivo.

Porque la gran conclusión es precisamente esa, que debemos cambiar el enfoque desde el que entendemos nuestra salud, aplicando un criterio crítico, anti-represivo y antiautoritario también a nuestra relación con el sistema sanitario, partiendo de entender lo sanitario como un derecho humano fundamental que se imbrica con otros muchos derechos individuales y colectivos. Esto no será nuevo para muchas de vosotras, cualquiera que haya sabido algo de la «sanidad penitenciara» o de determinadas formas de atención a la salud mental, ya estarán familiarizadas con el uso del aislamiento y el confinamiento como estrategias más de represión que de sanación, pero claro, la escala con la que se nos han aplicado esas medidas en este 2020 era totalmente desconocidas. Muchas personas ya estaban trabajando en el empoderamiento y la autogestión de la propia salud… en esta situación que hemos vivido y que seguimos viviendo, todas tendríamos que haber llegado a la conclusión de que ese tema es más importante de lo que nos pensábamos.

Pote Hernández

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