Chile, una revuelta por la dignidad

Entrevista con Eduardo Godoy Sepúlveda. Historiador y miembro de la Asamblea Territorial de La Halley (Macul, Santiago).

¿Podrías hacer una breve contextualización de la revuelta que comenzó en octubre de 2019?

La revuelta de octubre del 2019 está en directa relación con la crisis del modelo neoliberal instaurado en Chile a sangre y fuego durante la dictadura cívico-militar de Pinochet (1973-1990). Responde, de este modo, a décadas de abusos, de robo empresarial legalizado y del bombardeo ideológico por parte de los medios de comunicación alineados con el statu quo. En ese sentido, habría que señalar que la instauración del neoliberalismo en Chile no hubiese sido posible, sin el costo social que pagaron los más pobres. Porque el modelo se instaló gracias al hambre, el avasallamiento y la explotación de los sectores populares (y el endeudamiento las clases medias), pero también gracias al deterioro medioambiental, al despojo indígena, al robo de las aguas, a la alteración de los ciclos de la naturaleza. La soberbia neoliberal en Chile no tuvo, no ha tenido, límites. Ha sido un Frankestein.

Mientras unos, los privilegiados, los defensores y adeptos de la dictadura cívico-militar, amasaron grandes fortunas y se enriquecieron gracias al apoyo del régimen y su institucionalidad represiva, los otros, los más, sobrevivimos y resistimos a duras penas en un contexto caracterizado por las restricciones y precariedades.

De hecho, la vulnerable situación de los sectores populares no cambió con el retorno a la democracia, en 1990, ya que quienes se hicieron del poder tras la caída de Pinochet (la Concertación de Partidos por la Democracia), administraron y perfeccionaron su legado sin escrúpulos. Sólo morigeraron, en algunos momentos, sus efectos desde el punto de vista social, pero no dudaron en masacrar a quienes impugnaron la «alegría» prometida por ellos que, por lo demás, nunca llegó. Ahí está la larga y triste lista de los asesinados en democracia (1991-2020): dirigentes y militantes ambientalistas, indígenas, poblacionales, sindicales y estudiantiles. De este modo, me gustaría señalar que la socialdemocracia chilena también es responsable de la crisis actual, ya que una vez que llegaron al poder no sólo se apropiaron y legitimaron el modelo de Pinochet, sino que también, se enriquecieron indebidamente y escalaron dentro del aparato estatal a través del amiguismo, del nepotismo, del uso de información privilegiada, etc. Gobernaron con la Constitución de 1980, ilegítima en su origen, y plagada aún, pese a las reformas de Ricardo Lagos (el “Presidente de los Empresarios”, 2000-2006), de dispositivos y enclaves autoritarios que han frenado la democratización de la vida política, económica y social en Chile.

El ethos del Chile neoliberal, que está siendo cuestionado desde el mes de octubre del 2019, y aún en la actualidad, se estructuró durante la postdictadura en torno al individualismo, la competitividad y el exitismo, es decir, estuvo imbuido por las lógicas trazadas por los Chicago Boys e instaladas por la violencia durante la dictadura cívico-militar de Pinochet. Pero no sólo eso, también se ha caracterizado por el distanciamiento de los individuos y de la sociedad en su conjunto respecto de las discusiones y deliberaciones públicas en tanto se promovió la «profesionalización» de la política, situación que conllevó al mismo tiempo, a la clientelización, el paternalismo y el cacicazgo municipal, que salvo excepciones, no ha estado al margen de los vicios del sistema político partidista en su conjunto.

En este duro escenario, diversos actores políticos y sociales se reconfiguraron y/o recompusieron. Desde la década de 1990, las movilizaciones sociales fueron incentivadas, en un primer momento -como «islotes de rebeldía» a decir de Julio Pinto-, por el Partido Comunista y estuvieron relacionadas con las demandas del mundo estudiantil (secundario/universitario), del profesorado, de los trabajadores de la salud (Federación Nacional de Trabajadores de la Salud, FENATS) y de los mineros del Golfo de Arauco (de Lota y Coronel).

Las luchas antes mencionadas permitieron el inicio de un proceso gradual de reafirmación de identidades en colectivos políticos y movimientos sociales -con variaciones temporales-geográficas-, y por consiguiente de prácticas y de repertorios de acción nuevos que se entremezclaron con los clásicos. También irrumpieron nuevos actores sociales. Lo anterior fue posible, al mismo tiempo, ya que se presentaron las condiciones políticas para la irrupción social (1988-2019): las colusiones empresariales (pollos, farmacias, confort, pañales, etc.), «perdonazos»1 (La Polar, Hites), los desfalcos al Estado por parte de carabineros y militares (caso denominados popularmente como «pacogate», «milicogate»), la implementación de zonas de sacrificio medioambiental (Chañaral, Quintero, Puchuncaví), los robos de las afp’s (previsión vía capitalización individual), el endeudamiento de la población, etc.

En los últimos 30 años, el modelo neoliberal generó una profunda desigualdad y una sensación extendida de abuso. En Chile existe una cultura del abuso institucionalizada (en la iglesia, la clase política, el Estado, etc.), que ha llegado a niveles extremos durante los dos gobiernos de Sebastián Piñera. Durante sus mandatos, la clase empresarial y la clase política (con los socialistas incluidos), que se funden en una sola, han desoído las demandas sociales; se han burlado y han sido indolentes con los pesares y problemas de los sectores populares y de las clases medias empobrecidas. No es posible que una persona que trabajó 40 años de su vida –sin lagunas previsionales- reciba por concepto de jubilación 130 mil pesos (la mitad del sueldo mínimo). Tampoco es posible que las diferencias de medicamentos varíen entre las diversas cadenas de farmacias en un 932%. Se ha lucrado con la salud y la vida de las personas.

Esta revuelta es una revuelta por la dignidad, en contra de los abusos de quienes han sido privilegiados durante décadas, los administradores de este modelo. Frente a la opresión, la pobreza y hambre, a las agresiones sistemáticas de la clase dominante, la rebelión, es un derecho inalienable.

¿Cuáles han sido los principales hitos de este proceso de lucha social?

Se pueden establecer varios momentos y puntos de inflexión en la revuelta chilena, desde octubre del 2019 hasta el día de hoy.

El primer momento está protagonizado por el rebelde accionar de los estudiantes secundarios de la ciudad de Santiago, de liceos y colegios públicos y particulares subvencionados, que prendieron la mecha. Lo hicieron en los años ochenta y también durante la postdictadura. Desde el año 2001 comenzaron a adquirir un gran protagonismo. Posteriormente se movilizaron durante el 2006-2008, 2011, 2013, 2015-2016, 2018, impugnando la pax neoliberal. Entre los días 13 y el 18 de octubre del 2019 los estudiantes secundarios, concertados a través de las redes sociales, comenzaron a evadir el pasaje del metro frente a la carestía y precarización de la vida instalando la consigna Evadir no pagar otra forma de luchar, incitando a la desobediencia civil, a la movilización social.

El segundo momento comenzó el 18 de octubre. Ese día, en la noche, hubo saqueos, incendios de estaciones del metro, barricadas, cacerolazos y enfrentamientos con la policía en la ciudad de Santiago, especialmente en la periferia, en los barrios pobres. Durante esa jornada comenzó la revuelta y se propagó por diversas ciudades de Chile, por el norte y el sur. En la capital, la gente masivamente se volcó a las calles, y se congregó, desde ese entonces, diariamente en la Plaza Baquedano, rebautizada como «Plaza de la Dignidad», epicentro de las movilizaciones sociales. La respuesta estatal fue la de siempre, la represión brutal. Desde las mutilaciones oculares hasta agresiones sexuales, asesinatos, etc.

En esta coyuntura se conformaron asambleas y otras instancias de deliberación popular (cabildos), en las que se discutían los problemas que aquejaban a sus habitantes en lo territorial, local, pero también respecto de la nueva sociedad que se anhela construir.

Un tercer momento está caracterizado por la repuesta represiva y sistemática del Estado a través de la instauración del toque de queda y de la presencia de militares en las calles, con el objetivo de combatir y reprimir las manifestaciones sociales y la organización popular. Es decir, buscan el control de las ciudades, de los barrios. No obstante, pese a estas medidas la gente no se amilanó, especialmente los más jóvenes.

Y un cuarto momento, el actual, en el cual el COVID-19 vino a replegar al movimiento social a las casas, en lo particular por las medidas represivas (como el toque de queda, cordones sanitarios y otras) implementadas por el gobierno de Piñera y sus secuaces. Pese a ellas, en las poblaciones y en regiones siguen las movilizaciones, con altos y bajos.

¿Qué particularidades se pueden aplicar al caso de chileno respecto al de otros países (como, por ejemplo, Ecuador o Bolivia)?

En ambos países, Ecuador y Bolivia, los pueblos indígenas han jugado un rol determinante en las actuales (y anteriores) movilizaciones sociales ya que son la población mayoritaria. En la revuelta en Chile no han tenido un rol tan preponderante, aunque el movimiento indigenista, particularmente el radical-autonomista mapuche, desde la década de 1990 se ha alzado contra lo que han denominado, sus intelectuales, como la «pacificación económica»: el extractivismo neoliberal. En el mundo mapuche, las políticas de seguridad pública, la desposesión territorial y las políticas multiculturales han reconfigurado sus relaciones con el Estado desde los años de la dictadura hasta el día de hoy.

En el caso chileno, además, el debate está atravesado por el cambio de constitución, por las demandas de parte de amplios sectores de la sociedad civil de un proceso constituyente que acabe con la herencia de Pinochet y que establezca, inclusive, un régimen plurinacional y antipatriarcal.

Acá habría que señalar que todos los procesos constituyentes en Chile han sido -sin excepción- antidemocráticos, es decir, se han caracterizado por la nula participación de la sociedad civil no sólo en la gestación de las constituciones -como cartas magnas- sino también en lo que estipulan, en su esencia. En las 3 constituciones que han regido en Chile desde el punto de vista institucional durante los siglos XIX y XX (la de 1833, 1925 y 1980), las clases dominantes han anulado y/o restringido la participación socio-popular. Lo anterior, se enlaza con los orígenes de Chile como Estado-Nación ya que el orden republicano que se instituyó en el siglo XIX operó con lógicas excluyentes, heredadas del pasado colonial. Una pequeña elite lo construyó a la medida de sus intereses, lo cual ha sido una constante histórica.

En consecuencia, en Chile ninguna constitución ha considerado las demandas del pueblo, de las grandes mayorías. O dicho de otra forma, desde que Chile es Chile, ha sido profundamente excluyente.

Sin ser especialista en estas materias -soy historiador, no abogado- puedo señalar que se vislumbran dos salidas posibles respecto del cambio de Constitución. Por una parte aquella que –hipotéticamente- integra las demandas sociales y promueve la participación popular y de los movimientos sociales, reforzando al Estado y su aparato burocrático; y, por otra, aquella -como ha sido lo habitual en la historia de Chile-, en la que un grupo de especialistas, y entre cuatro paredes, crean un orden institucional a la medida de los intereses de empresarios y de los privilegiados de siempre. Yo desconfío de ambas salidas. Pienso que, frente a la deslegitimación política, hay que potenciar las organizaciones de base, crear asambleas barriales, territoriales, y apuntar a la autonomía respecto del Estado y los partidos políticos. Nos han hecho creer que necesitamos a los burócratas y a los jefes. Durante décadas, han cercenado y anulado nuestra capacidad de deliberación y de organización.

¿Qué elementos destacarías tanto dentro del ámbito de organización colectiva durante este periodo como de la respuesta institucional?

Del ámbito de la organización colectiva, destacaría la autoorganización espontánea que surgió desde el mismo 18 de octubre, en los barrios, especialmente a través de la conformación de asambleas y cabildos autoconvocados. Después de décadas de clientelismo político y paternalismo, la sociedad sentía la necesidad de organizarse, de asociarse, pero también de conocerse, de relacionarse. El individualismo inoculado por los Chicago Boys y los militares, así como los discursos instalados desde el poder respecto de la delincuencia, llevó durante la última década a una atomización y anomia social profunda, a un individualismo extremo, a un estado de paranoia y desconfianza permanente. El Chile posdictatorial se ha caracterizado por la pérdida de los sentidos de pertenencia comunitarios, construidos históricamente durante más de dos siglos. La revuelta nos planteó, de este modo, la necesidad, el desafío, de organizarnos colectivamente desde la base social para no morir de hambre (por la precarización) o endeudados de por vida. La gente en los barrios comenzó a articularse, se volcó a re-construir el tejido social, a pensar y re-pensar de forma colectiva los lugares donde habitábamos y sobres los cuales no tuvimos ninguna injerencia durante más de 30 años.

La respuesta estatal fue la de siempre. Quizá, aquí sea preciso mencionar que la historia del siglo XX chileno, desde sus inicios, está plagada de estados de excepción, dictaduras y conculcación de derechos civiles y sociales. De sus cien años, más de la mitad están atravesados por la represión desplegada por el Estado en contra de la sociedad civil desarmada.

El siglo XXI heredó toda esa historia de represión y enmascarada democrática. El Chile del siglo XXI carga aun con la herencia pinochetista, sus enclaves autoritarios, y también colonialista, racista (la carga del «hombre blanco»), presente desde la conformación misma del Estado en Chile.

¿Qué relevancia ha tenido el movimiento libertario o autoorganizado durante esta crisis?

En realidad, el movimiento libertario ha estado al debe, según mi opinión, lo cual puede ser discutido, sin duda. No estuvo, no estuvimos, a la altura de las circunstancias.

Pese a lo anterior, pienso que es necesario señalar los múltiples aportes del mundo libertario y de las diversas corrientes del anarquismo en Chile en el período previo al estallido social, en particular desde los años 2000. Todas ellas aportaron, indistintamente, en los procesos de politización popular, en los barrios de la periferia y en establecimientos educacionales a través de acciones de propaganda y diversas instancias educativas (y auto-educativas) y de divulgación de las ideas y prácticas libertarias. En la socialización de la anarquía, para anarquizar la sociedad.

De este modo, podemos señalar que el estallido se fraguó lentamente, a pulso, en cada tocata, en cada acto político-cultural (de los 29 de marzo, de los 11 de septiembre, entre muchos otros), en las poblaciones, en las diversas ferias del libro independiente, en los centros sociales libertarios (diezmados por la represión en el marco del caso bombas2), en los foros-debates, en los festivales de cine popular (y antisocial), en los pantallazos, en las Juntas de Vecinos (JJ.VV.) no cooptadas por los municipios y los partidos políticos, en la labor editorial y de propaganda (prensa, folletos, libros, fanzines), a las brigadas muralistas, gracias a los colectivos mapurbes3, a las radios comunitarias, a los colectivos de disidencia sexual, a los medios de comunicación independientes, al movimiento feminista y mapuche, a las luchas medioambientales, en los sindicatos autónomos, a la infatigable labor de los profesores de la periferia y de regiones, a las bibliotecas y educadores populares, etc.

Desde el estallido se han llevado a cabo algunos esfuerzos organizativos dentro del mundo anarquista. De hecho, hubo un intento, en enero del 2020, de constituir una federación con alcance nacional, iniciativa propiciada por Sindicato de Oficios Varios de Santiago (SOV), y que, pese a la participación de una cincuentena de organizaciones e individualidades de diversas ciudades de Chile, no prosperó. Falta más debate, sin duda y preguntarnos (y discutir) si realmente necesitamos una instancia como aquella. También se han constituido diversas asambleas territoriales en las cuales la presencia libertaria es mayoritaria o al menos importante. Lo que ha dado vida a instancias mayores, federativas, que aglutinan a varias asambleas, que comparten las mismas finalidades a nivel comunal o regional, como por ejemplo la CAT (Coordinadora de Asambleas Territoriales), la ATM (Articulación Territorial de Macul) y la CAM (Coordinadora de Asambleas de Maipú) o diversos «cordones»4 a nivel local que aglutinan a más de una asamblea (Cordón Grecia, Cordón Quilín, Cordón Poniente, etc.), entre muchas otras. También hay asambleas en las que participan individualidades (a título personal) que se identifican con el anarquismo o con las prácticas libertarias: democracia y acción directa, autogestión y solidaridad. Como por ejemplo la de mi barrio, en la cual participo, la Asamblea Territorial de La Halley (Macul), cuya composición social, etaria e ideológica, es diversa; y cuyo principal objetivo es romper, principalmente, con el cerco comunicacional (a nivel local) y la construcción de lazos sociales (retejernos), orientados por la solidaridad y el apoyo mutuo, al margen del municipio, los partidos políticos y de la Iglesia Católica (y otras).

Respecto de los sectores insurreccionalistas, podemos señalar que muchos de quienes se identifican con esta corriente han jugado un activo rol en los enfrentamientos con la policía (son parte de la 1er línea), en la agitación callejera, en las barricadas, en los barrios de la periferia. Su accionar es inorgánico y semi-clandestino, por ende, es difícil de evaluar aún, pero no por eso, es menos importante. Sus aportes han sido principalmente propagandísticos e informativos y la proyección de la revuelta en términos del uso de la violencia política y social.

Y por último, señalar, también la presencia de anarquistas y/o libertarios en las coordinadoras de apoyos a lxs presxs de la revuelta. De hecho, la Coordinadora 18 de Octubre, es la que ha logrado articular y llevar adelante una sistemática y loable labor respecto del apoyo a lxs presxs y sus familias a través de llamados a jornadas (o semanas) de agitación y propaganda anti-carcelaria, mítines en las inmediaciones de los recintos carcelarios o los medios de comunicación voceros de los empresarios, así como campañas de acopio de artículos de primera necesidad para lxs compañerxs privados de libertad y la solicitud de beneficios carcelarios para aquellos apresados (por montajes algunos, inclusive menores de edad), sobre todo en contexto de pandemia y de la crisis penitenciaria derivada de ella.

¿Qué ha supuesto la irrupción de la COVID-19 en el desarrollo de la lucha y que perspectivas sociales, económicas y políticas se plantean en el horizonte?

La COVID-19, vino a desmovilizar a la sociedad chilena, salvó a Piñera y su dictadura encubierta. También alteró de golpe, y sin anestesia, nuestras formas de vivir, nuestras rutinas y nuestras formas de pensar inclusive. En Chile no sólo vivimos confinados por los estragos de la pandemia mundial, sino también, por un régimen político, el de Piñera y sus amigos empresarios, que miente, manipula la información, conculca derechos y nos castiga cruelmente por habernos rebelado, por cuestionar sus privilegios, por querer vivir dignamente.

Desde el mes de marzo del 2020, ha habido un repliegue pese a que el hambre, la indolencia del gobierno empresarial y la ineptitud de sus ministros en el control de la pandemia han llevado, nuevamente, a la gente de las periferias a manifestarse de forma violenta, a través de cortes de calles, barricadas, enfrentamientos con la policía. Han habido movilizaciones en las comunas populares del Gran Santiago (en San Bernardo, Puente Alto, Pudahuel, Cerro Navia, Peñalolén, etc.), pero también de otras urbes a lo largo de Chile, por el norte y el sur.

Los sectores populares han sido, sin duda alguna, los más afectados con la propagación del COVID-19. Lo cual no es de extrañar sobre todo si se considera las condiciones en las que viven (en realidad en las que han vivido durante décadas), caracterizadas por el hacinamiento, la pobreza extrema y la precarización. De este modo, la pandemia ha venido a visibilizar, cruelmente, la profunda desigualdad en la que se vive, en la que vivimos, aún en Chile. El triste legado de la dictadura de Pinochet, del modelo neoliberal.

No obstante, la respuesta popular ha sido la solidaridad. Frente a la precarización y agudización de las condiciones de vida y laborales de los sectores populares como consecuencia de la pandemia que nos azota a nivel mundial; de la crisis social, política y económica que se arrastra en Chile desde octubre del 2019; y la indolencia del gobierno empresarial de Sebastián Piñera de dar respuesta y apaciguar la desesperación de los más pobres, nuevamente, han surgido las denominadas «ollas comunes» en la periferia del Gran Santiago y en otras urbes a nivel nacional. Fenómeno que no es nuevo en los repertorios de acción de los pobres de la ciudad. A lo largo del siglo XX, y en particular, en contextos de crisis socio-económica (1914, 1918-1919, 1920, 1929-1932, 1940-1960, y 1980), la respuesta colectiva de los sectores populares para paliar el hambre ha sido precisamente compartir comida, la solidaridad y el apoyo mutuo ante la desgracia5. Formas de acción, en las cuales, las mujeres han tenido un importante rol y donde se ha apostado por la autogestión, al margen de la institucionalidad. Al igual que antaño, el Estado no ha dudado en reprimir estos «espacios de autonomía» construidos por los pobladores como consecuencia de la cesantía, el confinamiento, la represión, el desempleo y la precarización laboral, en particular de los trabajadores informales.

A nivel regional o continental, y teniendo en cuenta la ya deteriorada situación que se vive en el contexto latinoamericano ¿cuáles son los principales debates, reflexiones y líneas de actuación se están dando dentro de las organizaciones sociales?

Podemos señalar que a nivel regional el principal enemigo es el neoliberalismo con/y sus políticas extractivistas, pero también el surgimiento de una nueva derecha ligada a las diversas iglesias protestantes, las cuales durante mucho tiempo no se inmiscuyeron en la política criolla. Brasil y Bolivia son un buen ejemplo en este sentido cuyos gobernantes, por lo demás, cuentan con el espaldarazo de Donald Trump. En América Latina hemos vividos dictaduras durante gran parte de nuestra historia, especialmente en el siglo XX, pero no «teocráticas», por denominarlas de algún modo. La contención y combate de este tipo de movimientos es fundamental.

Respecto de las líneas de acción, la principal se relaciona, a mi juicio, con la construcción de autonomías desde los territorios, desde la base social. Proceso que se viene gestando desde hace décadas. Quizá habría que señalar los casos emblemáticos de los zapatistas (México), del MST (Brasil), de los piqueteros (Argentina) y de las luchas indígenas en Bolivia y Ecuador por mencionar algunos ejemplos y pese a las diferencias que uno pueda tener con ellos. Avanzar, de este modo, por el «control» de los territorios, al margen (y en contra) del Estado y en la re-construcción de los lazos comunitarios, son también «tareas”»fundamentales. También, la articulación y/o instancias de coordinación, que nada tienen que ver con la centralización y la unificación, ya que las revueltas, las rebeliones, son indomables. Cuando se trata de domarlas, pierden su potencial revolucionario, son domesticadas. La experiencia histórica nos ha demostrado, en particular con los procesos revolucionarios del siglo XX a nivel mundial y con las rebeliones populares de América Latina, en lo particular, que, cada vez que fueron «unificadas» y «centralizadas», les permitió al Estado y al capital, neutralizarlas y cooptarlas.

Aquí, quiero precisar, que no veo necesariamente como algo negativo la fragmentación y la dispersión de la revuelta, abogo por una sociedad en permanente movimiento ya que el conflicto es inherente al ser humano y a los colectivos sociales. La articulación por la que, en lo particular abogo (porque no represento a nadie), es similar a la que plantea Raúl Zibechi, es decir, es contraria a la articulación propugnada por el Estado-academia-partidos, por mentes y organizaciones «clarividentes»6. Hay que desconfiar de todo aquel o aquella que busca representarnxs y decirnos «cómo» debemos actuar.

NOTAS

  1. Perdonazos: Nos referimos principalmente a la condonación de deudas a las personas jurídicas pertenecientes a la nómina de grandes contribuyentes del Servicio de Impuestos Internos (SII) de Chile. Véase: https://www.elmostrador.cl/mercados/2019/11/ 07/la-violencia-estructural-de-la-elite-y-los-grupos-de-poder-el-analisis-de-un-grupo-de-academicos-que-compara-el-saqueo-historico-vs-el-momento-actual/ [Consultado el 11 de julio del 2020].
  2. Caso Bombas: Proceso judicial que se inició el 14 de agosto del 2010 cuando la investigación del fiscal Alejandro Peña concluyó con 14 anarquistas acusados/as de conformar una asociación ilícita terrorista, tras ser detenidos en centros sociales, casas okupas y en sus domicilios particulares, en lo que se conoció como «Operación Salamandra». Ocho meses después el 75% de las pruebas presentadas en la formalización fueron desestimadas por el juez, y la mitad de los testigos y peritos, descartados. Véase: Tania Tamayo Grez, Caso bombas. La explosión de la Fiscalía Sur, Santiago, LOM Ediciones, 2012; y el documental Montaje: Caso Bombas, Región Chilena, 2013. Disponible en: https://vimeo.com/71302246
  3. Mapurbes: mapuches que producto de la usurpación de sus territorios ancestrales, desde el siglo XIX a la actualidad, viven en las periferias de las grandes ciudades o en la capital de Chile, Santiago. Respecto de la «diáspora» mapuche véase: Enrique Antileo y Claudio Alvarado Lincopi, Fütra waria o la capital del Reyno. Imágenes, escrituras e historias mapuche en la gran ciudad, 1927-1992, Santiago, Ediciones Comunidad de Historia Mapuche, 2018. El poeta mapuche David Aniñir ha popularizado la expresión, asociándolo al «mapuche de hormigón». Véase el prólogo de José Ancán «El poema a la vena entra lloviendo por el paisaje. Algunas impresiones desde/sobre los márgenes del «Mapurbe de David Aniñir Guilitraro», en Davis Aniñir, Mapurbe. Venganza a raíz, Santiago, Pehuén Editores, 2009, pp. 9-18.
  4. Cordones: organizaciones socio-territoriales que aglutinan, en el contexto de la revuelta de octubre del 2019, a más de una asamblea territorial, popular y/o libertaria con la finalidad de articular las luchas sociales y la solidaridad frente a la represión a nivel local. En su mayoría se organizan reivindicando la democracia directa, la autogestión y la autonomía respecto de los partidos políticos y la institucionalidad estatal. Nacen emulando a los cordones populares e industriales que se crearon en Chile para hacer frente a la arremetida de la clase dominante durante el gobierno de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende (1970-1973). Respecto de estos últimos véase: Sandra Castillo, Cordones industriales. Nuevas formas de sociabilidad obrera y organización política popular (Chile 1970-1973), Concepción, Escaparate, 2009. Véase, asimismo, Franck Gaudichaud, Poder popular y cordones industriales: testimonios sobre el movimiento popular urbano (1970-1973), Santiago, LOM Ediciones, 2004.
  5. Véase a modo de ejemplo: https://www.eldesconcierto.cl/ 2020/05/09/el-resurgimiento-de-las-ollas-comunes-solidaridad-a-toda-prueba-en-tiempos-de-pandemia/ [Consultado el 22 de mayo del 2020].
  6. Raúl Zibechi (Montevideo, 1952-). Es un escritor, periodista y activista uruguayo, dedicado al estudio de los movimientos sociales en América Latina. Véase a modo de ejemplo, de su vasta producción bibliográfica, su libro: Autonomía y emancipaciones. América Latina en movimiento, Santiago, Quimantú, 2008.

PARA SABER MAS

Bibliografía:

  • Colectivo Editorial Mapuexpress, Resistencias mapuche al extractivismo, Santiago, Editorial Quimantú-Mapuexpress-Fundación Rosa Luxemburgo, 2016.
  • Echeverría, Luciana, Javier Rebolledo y Dauno Tótoro, Hasta que valga la pena vivir. La revolución de octubre de 2019 en los muros de Santiago, Santiago, Ceibo Ediciones, 2019.
  • Huneeus, Carlos, El régimen de Pinochet, Santiago, Editorial Sudamericana, 2000.
  • Manns, Patricio, Chile: Una dictadura militar permanente (1811-1999), Santiago, Editorial Sudamericana, 1999.
  • Mönckeberg, María Olivia, El imperio del Opus Dei en Chile, Santiago, Debate, 2016.
  • —————, Los magnates de la prensa. Concentración de los medios de comunicación en Chile, Santiago, DEBATE, 2009.
  • Pairicán, Fernando, La biografía de Matías Catrileo, Santiago, Editorial Pehuén, 2017.
  • —————, Malón. La rebelión del movimiento mapuche, 1990-2003, Santiago, Editorial Pehuén, 2014.
  • Pinto, Julio (editor), Las largas sombras de la dictadura: a 30 años del plebiscito, Santiago, LOM Ediciones, 2019.
  • Ponce, José Ignacio, Aníbal Pérez y Nicolás Acevedo (Compiladores), Transiciones. Perspectivas historiográficas sobre la postdictadura chilena (1988-2018), Valparaíso, Editorial América en Movimiento, 2018.
  • Rubio, Pablo, Los civiles de Pinochet. La derecha en el régimen militar chileno, 1983-1990, Santiago, DIBAM, 2013.-
  • Valdivia, Verónica, Rolando Álvarez y Karen Donoso, La alcaldización de la política. Los municipios en la dictadura pinochetista, Santiago, LOM Ediciones, 2012.
  • —————, Subversión, coerción y consenso: creando el Chile del siglo XX, Santiago, LOM Ediciones, 2017.
  • Weibel, Mauricio, Traición a la patria. «Milicogate». El millonario desfalco a la ley del cobre. La historia oculta de la corrupción en el Ejército de Chile, Santiago, Aguilar, 2016.

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