LAS PALABRAS ENTONCES NO SIRVEN…

«Las palabras entonces no sirven…», verso de Rafael Alberti cantado por Paco Ibáñez. Solidaridad, fraternidad, igualdad, justicia, libertad… cuando se quedan en la palabra son sólo eso… palabras. Si al menos se las hubiese llevado el viento, pero no, se las ha apropiado el enemigo. Ya no nos sirven las palabras. Antes podían usarse para diferenciarnos de éste, hoy ni para eso. Y ¿qué nos queda? Tal vez, el deseo de vivir, y ese querer vivir, convertirlo en un «desafío» que nos ayude a construir «el pensamiento del sabotaje», nuestra arma de destrucción masiva, como apuntaba Santiago López Petit en su ensayo «El infinito y la nada». Porque el punto de partida de la reflexión teórica es la oposición, la negatividad, la lucha. El pensamiento nace de la ira, no de la quietud de la razón. El «no» crea comunidad y acota un territorio a través del enfrentamiento y de la ayuda mutua. Comunidad y territorio son dos elementos indispensables para experimentar otras maneras de vivir.

Cuando hablo de comunidad me estoy refiriendo, en todo momento, a grupos humanos próximos fisica y mentalmente, con relaciones sociales comunes, relaciones solidarias, donde cada una de las partes siente la pertenencia a universos compartidos. Es decir, a unas comunidades autogestionadas, autoorganizadas y anti-autoritarias. Nada que ver con las relaciones que crea la sociedad, ya que estas normalmente son simplemente asociativas y surgen de acuerdos basados sobre intereses puntuales y particulares. Tönnies llama comunidad al conjunto social orgánico y originario opuesto a la sociedad.

El territorio/espacio, que por su tamaño nunca podrá superar el número que se estime apropiado para poder mantener las relaciones cara a cara, es el lugar donde los seres humanos, las plantas y animales, el agua, el aire y la tierra se encuentran intrincadamente interrelacionados. Un lugar donde experimentar otras formas de vivir en común, donde las relaciones de afinidad sean la base de la auto-organización tanto en la vida diaria como en la lucha, donde construimos preparándonos para el enfrentamiento (no seamos ilus@s, no hay un afuera y un adentro del régimen capitalista) y donde nos enfrentamos y destruimos para agrandar más y más lo ya construido.

Construir las infraestructuras básicas para este combate y las mínimas para sobrevivir socialmente a él es imprescindible si no queremos estar condenad@s al fracaso. Es necesario destruir lo que nos oprime, desbaratar los planes del capital por valorizarse, atacando todo intento de mercantilización tanto de los recursos básicos como el agua, las tierras de labor, de la explotación del subsuelo, las plantas y el resto de animales, etc. como de lo que produce vínculo social (comunicación, conocimientos, etc.) El campo de explotación ya no se limita a la producción.
Tenemos ejemplos de cómo la negativa a los planes del estado y del capital puede crear un sentimiento de pertenencia común y de cómo de este sentimiento puede nacer la comunidad: el NO TAV en el Piamonte, el ORO NO de Salave-Asturias, etc. Pero hay otras vías, desde lo afirmativo también pueden nacer deseos de vivir en común: ocupaciones rurales y urbanas son dos buenos ejemplos. En el mismo sentido, si miramos la historia de los habitantes de la montaña vasca[[Nos referimos a todo el territorio de Euskal Herriak, si exceptuamos la llanada alavesa y la Ribera navarra. En esta zona, la introduccion del estado se hizo de forma paulatina y localizada. En las zonas no romanizadas de Euskal Herriak el estado hizo su aparicion en la baja Edad Media. En el resto, despues de la caida del Imperio Romano, con ayuda de los Bagaudas se volvio a las formas organizativas anteriores a la llegada del derecho romano.]], podemos observar que éstos formaban comunidades en torno a un territorio concreto: el valle (54 valles sólo en Navarra) constituido por una federación de pueblos que a su vez se confederaban con los valles vecinos por medio de las facerías. La organización social se basaba en el apoyo mutuo, la solidaridad, en las formas de organización comunitaria y de la propiedad de la tierra, el batzarre (asamblea vecinal soberana), artelan (trabajo entre vecin@s) y el auzolan (trabajo para la comunidad). Vivían en un régimen igualitario, de usos y costumbres elegidos por ell@s mism@s, ajenas al poder estatal y antitéticas de éste, igualmente ajenas al sistema económico, social y cultural por él organizado. Hoy en día aún quedan rescoldos de todo lo anteriormente descrito y que están a falta de que se les sople. Sin duda nos podrían ser de gran utilidad tanto para los lugares donde aún se practican estas formas de organización social aunque sea parcialmente, como donde perdura en la memoria histórica, incluso a la hora de poner en marcha nuevos proyectos comunitarios.

Hemos mencionado de forma esquemática la organización social y territorial que existió en la montaña vasca, hoy día aún perdura en algunos valles y pueblos pequeños. Pero, ¿qué hacer en las ciudades y los pueblos industriales y de servicios? En ellos habita un 70% de la población de Euskal Herriak. ¿En base a qué podríamos crear nuestras comunidades, cuando no queda ni en la memoria histórica rastro alguno de formas de la organización social como la habida en los valles de la montaña vasca? ¿Podría valernos lo identitario ahora que está tan de moda? Rotundamente, no. Si en algunas zonas rurales existe una cierta homogeneidad identitaria, las ciudades de hoy día son un mosaico de etnias, culturas, lenguas, clases y subclases sociales, por lo que intentar buscar una identidad exclusiva y sobre todo imponerla no ayudaría en nada a crear la comunidad por la que abogamos. Las identidades no son únicas ni permanentes, sino que son optativas y se pueden cambiar de modos diversos. El individuo tenderá a pertenecer a una identidad y permanecer en ella en la medida en que ésta le reporte aspectos positivos. Como ejemplos, l@s aborígenes vasc@s cuando toman la identidad española o l@s inmigrantes español@s cuando se identifican como vasc@s. Los motivos son de todo tipo y de sobra conocidos (interés económico, de integración, etc.) Sin duda, nuestra gran arma será la solidaridad de clase, porque es precisamente ésta la que nos pone en contacto a individuos distintos, atravesando las fronteras identitarias. La solidaridad de clase actúa entre quienes no tienen nada en común salvo el reconocerse en lucha contra el capital globalizado. Si bien la lucha de clase podrá ayudarnos a encontrarnos, el elemento más importante es el territorio/espacio. Por que de por sí, éste se convierte en vínculo. Simplemente porque aparte de residir en él, tendremos que procurarnos los medios de subsistencia, organizar la resistencia y junto a los centros de trabajo y estudio se convertirá en el campo de batalla.

Recuperar estructuras sociales del pasado basadas en el apoyo mutuo y la solidaridad que permitían la no dependencia del banco, de la seguridad social o de las empresas aseguradoras, poniéndolas en práctica, reapropiandonos de forma colectiva del territorio/espacio ocupando tierras, casas y locales en desuso, imponiendo la no-economía, acometer la desurbanización y la ruralización de ciudades y de muchos pueblos, la creación de huertos urbanos para el autoabastecimiento, etc. Estas prácticas harán que cada vez sean menos los «yo» y más los «nosotr@s», prueba evidente de que vamos por el buen camino.
Pero no debemos de olvidar que el capitalismo es una relación social que atraviesa todos los aspectos que nos afectan como seres humanos y que falsamente se intentan presentar como compartimentos estancos: economía, política, cultura, etc. Los desposeídos y las desposeídas de la Tierra cuando explotan en insurrecciones y revueltas, no canalizan su rabia hacia una lucha esencialmente política o económica, sino que es una lucha contra la totalidad de su existencia, contra las actividades e interacciones cotidianas que nos son impuestas por la economía, el estado y todas las instituciones y aparatos de dominación y control.

Decía el poeta Paul Valery que la política es «ese arte de impedir a los sentimientos ocuparse de sus asuntos». Así nos lo confirma la realidad y nuestra tarea más imperiosa deberá ser anular tal tendencia. Me explico: l@s polític@s se aplican en hacernos creer que con los mecanismos representativos, la desigualdad real de las clases y los egoísmos individuales desaparecen, al convertirse en una especie de voluntad impersonal colectiva. Concretamente, en el tema que nos ocupa, desde hace un tiempo suenan con fuerza términos como batzarre, concejo abierto, auzolan, etc. Incluso hay alguna «experiencia piloto» puesta en marcha en algún barrio de la capital gipuzcoana con el apoyo económico de instituciones controladas por Bildu. También recientemente (agosto de 2013) la organización política Aralar por medio de su coordinador general Patxi Zabaleta, presentó una moción en el parlamento navarro para institucionalizar el auzolan. (En los años 80 del siglo pasado hizo lo mismo con el batzarre). En el mes de noviembre del 2013 Udalbiltza (organismo que agrupa a los cargos municipales de la izquierda abertzale) nos habla de la necesidad de recuperar el auzolan para la «construcción nacional», situando esta necesidad en las provincias «desfavorecidas» de la Baja Navarra, Zuberoa y en los valles pirenaicos de la Alta Navarra. A todos estos políticos, casualmente, se les olvida el Batzarre. Cuando resulta que el auzolan sin batzarre se convierte en trabajo gratuito para el estado y sus estamentos o para la iglesia.

Llamarle «batzarre», «bazarre», «batzarra» o «concejo abierto» a ese experimento puesto en marcha es quitar su esencia. Jamás será un «batzarre», «bazarre», «batzarra» o «concejo abierto» la organización que no sea la emanación directa y ejecutiva de la voluntad de una comunidad, sin jerarquías y por descontado, sin delegaciones. Jamás será un «auzolan” algo controlado por l@s señor@s elect@s de turno por medio de unas leyes impuestas.

Es decir, ni la política, ese arte de «impedir a los sentimientos ocuparse de sus asuntos», ni por supuesto las leyes que emanan de ella deben tener cabida alguna en nuestras comunidades y territorios.

Iparretako Ak