EL 15M QUE YO VIVÍ

El 15M que yo viví y el de la «versión oficial».

En ocasiones, leyendo o escuchando lo que otros dicen o escriben sobre lo que fue «el 15M» (ese movimiento popular convertido ahora en marca registrada) me parece estar ante dos realidades paralelas que jamás se llegaron a tocar. En esos relatos orales o escritos se habla, única, exclusiva y excluyentemente, de «movimiento ciudadano», de «iniciativas legislativas populares», de «más y mejor democracia», etc. Esto, en efecto, fue parte de lo que yo viví en Madrid desde mayo de 2011, pero NO SÓLO. Estos relatos consolidados obvian una serie de realidades que yo y otros muchos experimentamos, y que parecen haber quedado en el cuarto trastero de la historia. Me propongo ahora hablar de ellas, para que queden un poco menos en el olvido, en una especie de resumen desapasionado de aquellos días de libertarismo, diversión y acampada.

El 15M y sus contradicciones. Desde un principio, el 15M quiso presentarse como un movimiento ciudadano y de vocación ciudadanista; de ese trasfondo provenían entidades como DRY o Juventud Sin Futuro, presentes en la «manifestación originaria». Sin embargo, también desde el primer momento se pertrechó de prácticas que pertenecían al arsenal de la praxis revolucionaria más o menos libertaria, aportada por los colectivos también participantes: la autogestión (empleada con singular éxito desde el comienzo de la acampada de Sol y de otras ciudades) y la abolición del dinero (en un expresivo cartel de la Biblioteca de la acampada de Sol se leía sin tapujos: «En Sol lo único prohibido es el dinero»), y optó por las asambleas como instrumento de organización y de planteamiento de sus «reivindicaciones», asambleas que sin duda podían servir de ejemplo de democracia directa a los «demócratas corruptos», pero que, por su carácter horizontal, libre y abierto, eran también, y por sí mismas, núcleos de un enorme potencial político transformador.

Era evidente, sin duda, que ambas tendencias (el ciudadanismo y los elementos libertarios) habían de colisionar en algún momento. Y esa dicotomía fue, ya desde el comienzo, motivo de malentendidos y confusiones: los partidarios y seguidores de luchas sociales y políticas anteriores creyeron ver la ocasión para que se abriera un notorio boquete en el sistema que les permitiese dar rienda suelta a sus esperanzas preteridas de una transformación real. Sin embargo, una gran parte de la «ciudadanía» –como luego se fue comprobando– no estaba por esa radical transformación, sino que se mostraba más proclive a un reformismo más o menos moderado que tapara algunos de los siniestros huecos abiertos por el capitalismo especulativo, sin cuestionarse en modo alguno el capitalismo como tal.

No ignoramos que parecía existir una especie de zona común entre ambas tendencias, que se explicitaba en la negación de la representatividad -el famoso «no nos representan»-, en una oposición al capitalismo salvaje, o en el asco y la protesta ante un clima existencial cada vez más asfixiante dentro de las «democracias» parlamentarias occidentales. Sin embargo, también esa zona común acabó por revelarse como una falsedad: mientras unos creían taxativa y literalmente en esa negación de la representatividad y abogaban por un régimen no representativo, otros simplemente querían modificar algunos aspectos de la misma para «pulir» el parlamentarismo; mientras unos se oponían con toda su fuerza al capitalismo como tal y todas sus consecuencias, otros aún creían salvable el armazón económico del sistema, y abogaban por «humanizar» el capital; mientras unos buscaban una vida libre totalmente al margen del capital y el estado y sus múltiples aparatos y derivaciones, otros querían seguir navegando las mismas aguas pero en un barco mucho más firme y renovado.

Dos inventos del 15M. La acampada fue sin duda el motor y a la vez el caldo de cultivo originarios del movimiento. Fue en ese magma primigenio que fue la acampada donde sin duda se cocieron las contradicciones que he mencionado arriba, pero también donde se empezó a gestar un arma política desconocida hasta entonces: la okupación de espacios públicos para crear en ellos espacios libres donde discutir asuntos políticos de manera absolutamente horizontal y donde empezar a autogestionar experiencias comunes. Como instrumento político de suma eficacia ha sido utilizado en otros lugares (Nueva York, Londres, Israel, Oakland, etc.) para dar voz y acción al descontento generalizado, y para plantar cara a los poderes establecidos. En el caso de la acampada de Sol, su capacidad de generar todo un aparato político-poético liberador y enormemente creativo fue arrolladora en sus dos primeras semanas de vida, y dejó una huella difícil de borrar en las mentes sensibles que tuvieron la suerte de disfrutarla. Sin embargo, su propia fragilidad –base de su encanto y de su belleza– acabó con ella, debido a los enormes problemas de convivencia y de funcionamiento interno que planteaba.

Pero hay otra línea de acción, una de las más celebradas del 15M, donde las contradicciones parecieron de pronto disolverse de nuevo y donde la unión de opuestos pareció armarse nuevamente con fuerza: el paro de desahucios. Los desahucios se convirtieron en ese lugar en que mágicamente confluyeron los anhelos ciudadanistas con las pretensiones de los ideológicamente más cañeros, al permitir conjugar en un solo paquete la defensa de los más pobres y desheredados, la denuncia de los desmanes de la especulación capitalista, y el enfrentamiento directo con los poderes judicial, económico y policial. La oposición directa al desahucio no sólo supone un combate directo contra los bancos, sus jueces y sus policías, sino que es en sí un acto de desobediencia popular ante la legalidad del Estado, y lleva por ello en su interior el germen de la revuelta; pero también es un acto de solidaridad pura y dura con los desprotegidos y, por si fuera poco, una movilización de fuerzas de los barrios que pueden ser de suma importancia para crear estrategias, modos de acción y cohesiones sociales de cara al futuro. En ese sentido, las acciones llevadas a cabo dentro de esta defensa de los desahuciados son en cualquier caso recuperables para cualquier lucha, dentro o fuera del 15M.

Democracia real ya. Las divergencias de fondo empezaron a hacerse ostensibles en el momento en el que DRY comenzó a asumir el protagonismo dentro del 15M – en especial fuera de Madrid y de Barcelona – y, una vez desmanteladas las acampadas de Sol y de otras ciudades, intentó por todos los medios a su alcance anestesiar el latente potencial revolucionario y beligerante de las asambleas de barrios y de pueblos. Este afán edulcorante y manipulador de DRY llegó a su paroxismo con la creación de diversos grupos de dinamización de asambleas – como si una asamblea libre necesitara ser dinamizada –, con los que pretendían ingerir sus razones y reivindicaciones a nivel barrial y vecinal, y en el gran aluvión de las marchas indignadas del 21 al 24 de julio de 2011, con el que pretendían hacer confluir una multiplicidad de voluntades venidas de todo el estado hacia su verdadero objetivo político: el Parlamento. Las marchas indignadas fueron sin duda un punto de inflexión dentro de esa creciente disyuntiva dentro del 15M: mientras la cúpula ciudadanista tenía muy claro que lo importante para ellos era introducir como fuese sus reivindicaciones dentro del Parlamento, una gran masa de personas creía venir a Madrid a cambiar el mundo, a hundir el poder del dinero y del estado, o, como mínimo, a insultar y vejar en lo posible a los «representantes del pueblo». Nada de esto último sucedió, porque el objetivo de fondo ya estaba conseguido: hacer llegar a sus señorías un escrito reformista, tibio y ciudadano, de mano de un político oportunista. Los indignados de las marchas quedaron a la intemperie política al día siguiente, sin nada que hacer ya una vez utilizados, y desde su acampada de Neptuno tuvieron que observar cómo gran parte del 15M de Madrid se desentendía de ellos. Muchos optaron por volverse a sus respectivos lugares de origen, y los que quedaron aún tuvieron que vivir un momento más de manipulación: cuando se organizó una asamblea espontánea frente al Congreso, en plena plaza de Neptuno, tras una manifestación improvisada, fueron evacuados en masa, en nombre de la solidaridad, del miedo y de la no violencia, a Puerta de Hierro, a donde fue desviado su posible potencial desestabilizador para enfocarlo a tareas periféricas. A esta siguió otra asamblea temática sobre la no violencia, también en Neptuno, en la que se les quiso catequizar al ciudadanismo y rebajar al mínimo sus impulsos revolucionarios; dicha asamblea, por otra parte, puso de manifiesto la otra cara de la dicotomía ciudadanismo-revolución, encarnada en este caso en los términos «no-violencia»-«violencia».

Éticas de la violencia. El debate sobre la no-violencia ha sido otro de los puntos de discrepancia en el seno del 15M y también con respecto a otros sectores de lucha. Planteada ya desde el principio como una ideología sectaria que ha ido creciendo hasta adquirir tintes metafísicos, la no-violencia genera el espacio para que el ciudadanismo se legitime y pone a su vez los límites a ese ciudadanismo. Para el ciudadanismo la no-violencia es además una estrategia perfecta: le permite traer a su favor la violencia policial –como ha sucedido en las distintas cargas contra el 15M– del mismo modo que el judoka utiliza la fuerza bruta del atacante para adquirir él más fuerza. En esa dialéctica tan gandhiana de resistencia-ataque-refuerzo de mi resistencia, los ciudadanistas se siente cómodos y se sienten crecer, en especial cuando, a su vez, cierran las líneas de toda posible violencia dentro de sus filas con sus cohortes de Respeto, entidad didáctica, represiva y autoritaria que permite y exige que el ciudadano lo siga siendo en todo momento. La labor de la Comisión de Respeto, presente desde el principio de la acampada, no sólo ha sido pedagógica – imbuyendo los principios de ahimsa, la no-violencia – sino estratégica y políticamente amortiguadora. Gran parte del colosal potencial destructivo revolucionario de las masas ha sido completamente diluido y aplacado al ser reconducido por el tamiz de estos principios. La violencia y la confrontación directa no eran para los ciudadanistas más que una contradicción y un estorbo para su anhelante vuelo hacia las instituciones.

Un duro golpe a los reformistas. En el contexto de las reivindicaciones ciudadanas y de la búsqueda de mínimos programáticos, se produjo tras el tórrido verano de 2011 la fulminante reforma de la constitución, realizada con nocturnidad y alevosía por el gobierno socialista con total respaldo de los conservadores del PP. La reforma, ejecutada deprisa y corriendo y llevada a cabo siguiendo órdenes de París y de Berlín, mostró en su repulsiva obscenidad lo mucho que al poder le importaba la opinión de sus súbditos y ciudadanos. Fue sin duda un duro golpe para los reformistas, que venían reclamando desde el 15 de mayo (algunos como DRY desde antes) una reforma consensuada y civilizada de la carpetovetónica Constitución heredada del franquismo, y frenó en seco, momentáneamente, su blanda estrategia de pedir migajas al poder. Esta reforma sirvió a su vez para legitimar aún más la postura de quienes dentro del 15M se mostraban irreductibles a negociar con el poder, y no esperaban ya absolutamente nada de él excepto su aniquilación.
El 15O y sus consecuencias. El desdibujamiento ideológico del 15M alcanzó sin duda sus cotas de mayor intensidad poco antes, durante y poco después de la gran «manifestación global» del 15 de octubre de 2011. Planeada como un acontecimiento a nivel planetario, y siendo DRY la principal implicada e interesada (junto a otros grupúsculos) a través de las redes que fue creando a nivel internacional tras el 15 de mayo, la manifestación atrajo, en efecto, a cientos de miles de ciudadanos de todo el mundo, en una magna ceremonia colectiva donde se quiso unir la lucha ciudadana con elementos de la New Age y el ciudadanismo con el movimiento espiritual del «nuevo orden mundial». Esta voluntad de conjugar movimiento político-social con espiritualidad y con actitudes e ideas de tufillo religioso permitía al movimiento ciudadano dotarse de la apariencia de cohesión y de profundidad ideológica de la que carecían, y manejar un ideario simplón e identitario con el que distinguirse del común de la masa municipal y espesa. La confrontación política brilló por su ausencia, y la posibilidad de trasgresión se disolvió en un voluntarismo naïf, y todo parecía perderse en un difuso horizonte de flores de colores, emoticones sonrientes y escudos contra la magia negra de los mercados (que no del capital) cuando, en medio de la noche del 15O en Madrid, y un poco antes en Barcelona, se llevaron a cabo las okupaciones de los espacios de Nou Barris y del Hotel Madrid en la calle Carretas como una especie de última esperanza en el lúgubre cielo de la monotonía. Estas okupaciones fueron recibidas con escepticismo (cuando no con absoluta repugnancia) por gran parte de la masa de ciudadanos que, al parecer, integran el 15M. Sin embargo, en cuanto la lógica de las cosas y los esfuerzos de algunos pusieron en claro que la política de okupaciones podía y debía ser la continuación coherente de la política de desahucios llevada hasta entonces, más el añadido de un nuevo frente abierto en la lucha contra la especulación bancaria e inmobiliaria, la simpatía por estas acciones comenzó a crecer, dejando más o menos clara una vía de acciones radicales que permitan una oposición directa a los poderes establecidos.

En efecto, el hotel Madrid y el edifici15O fueron intentos muy loables de ir trabajando en algo que en Grecia ya funcionaba: la ocupación de espacios para la organización y la irradiación de la solidaridad cotidiana, grandes espacios gestionados por y para el pueblo, es decir, ya no por ciudadanos ejemplares, sino por okupantes ilegales de no-lugares privados y públicos que buscan convertirlos en lugares abiertos y liberados de la lógica capitalista y/o estatal. Esto supuso un avance cualitativo en las luchas del 15M, y la oleada de okupaciones que les ha seguido es síntoma de ese reavivamiento de sus dinámicas de lucha.

Represión, huelga y celebración. La Cabalgata Indignada, el día de Reyes de 2012, fue quizá el primer momento de colisión directa entre los grupos del 15M y un recién llegado gobierno del PP que había anunciado mano dura desde el principio. La acción de la policía fue brutal, hubo agresiones y detenciones violentas en un contexto de marcha festiva donde había niños y ancianos. El sistema quería dejar claro que no iba a consentir juegos de ese tipo. Sin embargo, a pesar de la virulencia y la táctica del terror, la cabalgata pudo desarrollarse hasta el final, lo cual puede contemplarse como un pequeño triunfo frente a la violencia del estado

La siguiente acción de resistencia, con su consiguiente y brutal ola represiva, tuvo lugar el mes siguiente, con la huelga general del 29 de marzo de 2012. Convocada por los sindicatos mayoritarios, fueron grupos al margen de ellos los que cobraron el protagonismo en las calles. Los disturbios cobraron especial virulencia en Barcelona, con numerosas cargas, barricadas y quemas de contenedores y uso de gases lacrimógenos. El saldo final fue de 176 detenidos ese sólo día en todo el estado español, pero en los días e incluso meses siguientes se sucedieron prisiones preventivas y detenciones a posteriori de hasta 300 personas. A su vez, la actuación no-pacífica de bloques de manifestantes en Barcelona trajo consigo la campaña de criminalización de los colectivos y el anuncio de un endurecimiento de las penas a los que participaran en disturbios. En cualquier caso, en ciudades como Madrid, Barcelona u Oviedo la colaboración entre sindicatos alternativos, grupos del 15M y otros colectivos en distintos piquetes configuró un escenario de lucha directa y de resistencia como hacía tiempo no se recordaba en una huelga general. La manifestación en Madrid convocada por el Bloque Unitario, la tarde de ese mismo día, y como oposición a la manifestación de UGT y CCOO, fue multitudinaria y bastante más numerosa que ésta –probablemente la de mayor asistencia convocada por colectivos libertarios desde las grandes manis de la CNT en los años veinte– y demostró la existencia de una masa crítica inmensa frente a las políticas del gobierno y de los sindicatos pactistas con el poder.

El 25S y la deriva verticalista. El 25S introdujo una serie de elementos que le oponían a lo que hasta ahora había sido el 15M, con su innata heterogeneidad. Surgido de una oscura plataforma con claras intenciones de hacer tabla rasa con respecto a lo anterior y de «pasar a la acción» directa, pisoteó el asamblearismo, la horizontalidad y la trasparencia propuestos anteriormente e introdujo una manera de hacer mucho más cercana a las de colectivos sindicales ya conocidos, con cuyas dinámicas y propósitos muestran bastante afinidad. La contundencia inicial de sus propuestas y de sus maneras se fue atemperando con los meses, con el fin de atraerse más masa: de «Toma el Congreso» se pasó a «Rodea el Congreso», de plataforma convocante se pasó a discusiones en asambleas y con asambleas para llegar a consensos. No obstante esta operación de maquillaje, quedaba claro el giro autoritario, de vanguardia de lucha y de mayor opacidad que se imponía al 15M, así como la edulcoración de los objetivos. La Coordinadora proponía, en una primera fase, la convocatoria de un referéndum y la dimisión del gobierno, iniciativas que coincidían curiosamente con las de sindicatos mayoritarios y partidos de izquierdas.

En su segunda fase, optaban por entelequias que enlazaban con las propuestas de DRY y del 15M más ciudadanista: apertura de un proceso deconstituyente y otro constituyente posterior ordenados e institucionalizados, que comenzara lo que muchos ya llamaron «la segunda transición». La oscuridad sobre estos procesos y quiénes los desarrollarían acompañaba la convocatoria, y aunque se hablaba tímidamente de «asambleas populares», parecía surgir con más fuerza la de comités de sabios y de expertos, dejando de nuevo la construcción de la realidad política en manos de élites que elaboraran cuerpos de leyes.

La concentración del 25S fue multitudinaria y eminentemente mediática. El desalojo fue expeditivo, casi militar, dentro de un despliegue policial pocas veces visto que incluía hasta 1.400 «agentes del orden», y se quiso responsabilizar puerilmente a un pequeño grupo de antifascistas de la violencia ejercida por la policía sobre las masas, no sólo desde el gobierno y los sindicatos policiales, como era de esperar, sino también desde la misma organización del 25S.

La convocatoria del 25S se nos muestra, pues, como un intento de mover a la acción a una multitud negriana y de desembarazarse ya definitivamente de lo que para muchos se había convertido en un carga insoportable, no buscada y no compartida: el asamblearismo real, la horizontalidad, el antiautoritarismo y las prácticas libertarias. El encuentro en Madrid de una comisión de parlamentarios del Bundestag alemán con algunos de estos colectivos –PAH, DRY, asociaciones de vecinos, asambleas 15M etc.– el 11 de octubre, de nuevo envuelto en opacidad, secretismo y falta de horizontalidad, fue una muestra más del deseo de grupos de presión ciudadana por erigirse en protagonistas de una lucha verticalizada, cada vez más cercana a la practicada por colectivos institucionalizados.

Las «mareas»: con ellas llegó la desintegración. Las políticas de austeridad y de recortes en lo público crearon un gran descontento en el funcionariado. Esto llevó a que el caldo de cultivo y las dinámicas creadas por el 15M fuesen utilizados por colectivos gremiales –educación, sanidad y funcionarios de administración, principalmente– para sus reivindicaciones particulares. Bajo el nombre de «mareas ciudadanas», los sindicatos del poder infiltraron sus objetivos y su caudal humano en el 15M para ir borrando sistemáticamente cualquier traza de lucha popular autónoma. Con ellos llegó la división y la disolución. Estos sindicatos parcelaron, atomizaron y programaron la lucha en la calle conforme a su propia estructura departamentalizada y orgánica. Lo que antes era una voluntad masiva de cambiar las cosas quedó reducido a las inveteradas luchas de colectivos profesionales reivindicando sus derechos particulares y restrictivos. El tiro de gracia al 15M originario parecía dado.
Puntos débiles. Queda abierto el problema de las contradicciones internas del 15M. Especialmente flagrantes son las nacidas en el seno del grupo reformista, que parecen de difícil solución dentro de un movimiento horizontal y asambleario: ¿Cómo se incardinan sus reivindicaciones en el poder real y efectivo? ¿Qué puente o qué espacio de unión existe entre sus pretensiones y demandas y la praxis política? ¿Quién puede hacer de emisario de sus reivindicaciones sino un nuevo grupo de representantes políticos de algún tipo? ¿Qué otra salida tienen excepto crear un nuevo partido político o unirse a la acción directa de los grupos más radicales? Este callejón sin salida al que parecen abocados los sectores más ciudadanistas del 15M salpica a los grupos más combativos del movimiento, que ven permanente templada, edulcorada y mitigada su sed de confrontación.

Junto a esta cabe destacar otras carencias o flaquezas del 15M en la actualidad, que influyen en su desmembramiento: en primer lugar, las asambleas no son en modo alguno lo nutridas y representativas que pudiera desearse, adolecen de falta de cohesión, de coordinación y de comunicación entre ellas, y no acaban de ser el eje político sobre el que bascule una acción contundente. En segundo lugar, un notable infantilismo – atribuible a la juventud de algunos de sus miembros, o de la sociedad consumista en general – que frena el potencial de lucha del movimiento, diluyéndolo en asuntos francamente banales, y en un exceso de convocatorias. Y por último, el olvido o la omisión sistemáticos de los detenidos, que muestra con claridad una intención explícita de mantener una lucha política de baja intensidad, y constituye a su vez un manifiesto atentado a la solidaridad interna exigible a cualquier movimiento político coherente.

Sí hay futuro: motivos para la esperanza. En cuanto al futuro del 15M, o más bien de lo que éste entraña, opinamos que su continuidad como experiencia política depende esencialmente del fortalecimiento y la extensión de las asambleas locales. Estas asambleas, entendidas como células políticas, tendrán tanta más vigencia, tanta más legitimidad y tanta más fuerza cuanto más se alejen del estado, cuanto más directamente se opongan a él y cuanto más capaces sean de ir creando espacios libres y alternativos al poder dado. Indudablemente, las asambleas deberán ser espacios de razonamiento público de asuntos políticos de todo orden, pero su enfoque y su perspectiva respecto a ellos han de ser radical y transformadores, pues de lo contrario no se hará sino perpetuar lo ya existente. Las asambleas han de ir creando, a su vez, y de manera sistemática, realidades, grupos de afinidad orientados a la acción que vayan tejiendo una estructura lo más densa posible de colectivos autónomos que funcionen y se relacionen de manera horizontal y que converjan hacia fines más o menos comunes en la destrucción de todas las facetas posibles del complejo capital-estado. Sólo en cuanto rompa de manera definitiva sus vínculos con el proyecto económico capitalista y sus formas de explotación y dominación, pero no en la teoría, sino de facto, podrá el 15M liberarse de las cadenas que actualmente le atan y que auguran su posible decadencia. Ello supone una intensa labor de negación de lo dado y una aún más intensa tarea de afirmación y creación de realidades nuevas. Estas realidades no han de ser modelos (todo modelo es totalitario, como decía Vaneigem), sino experiencias que se vayan fundando y refundando a sí mismas continuamente, en una extensa y colectiva «work in progress» u obra en marcha, basada en la solidaridad, el apoyo mutuo, los sentimientos de comunidad y el disfrute conjunto.

Esto sólo podrá hacerse si la propia estructura y naturaleza de las asambleas se va fortaleciendo con caudal humano hasta ahora bastante ausente, como trabajadores en paro o en precario, jóvenes sin futuro alguno y bolsas de población depauperada en las conurbaciones capitalistas. En el contexto de desmantelamiento de los servicios públicos parece atractivo crear nuestros propios espacios de (des)educación, nuestros propios centros y lugares de trabajo, nuestros propios centros de salud, nuestras propias redes de producción y de distribución, nuestros propios espacios de reunión y participación política al margen de un circuito capitalista que parece ya exhausto. Sólo en la medida en que las asambleas –en tanto que espacios no jerárquicos de decisión horizontal, de debate público y de compartición de experiencias– se configuren como agentes reales frente a y a la misma altura que los poderes establecidos, podrá decirse que el en apariencia ingenuo sueño del 15M tendrá visos de hacerse realidad.

Jesús García Rodríguez
Grupo Surrealista de Madrid