CRISIS ECONÓMICA Y QUIEBRA DE LA RELACIÓN SOCIAL DEL CAPITAL

I. Realidad y ficción de la crisis capitalista

El colapso del sistema financiero mundial, cuyos primeros síntomas ya se hicieron perceptibles en los descalabros bursátiles del verano de 2007, y su representación mediática ha extendido la idea de la crisis como si se tratara de un fenómeno circunstancial y más o menos consecuencia de los errores de gestión o de la corrupción de banqueros y demás gángsters de la economía. Sin embargo, la situación general de desintegración social que significa la crisis sólo puede entenderse como lo que realmente es: quiebra de la estructura social del modo de organización de la vida capitalista. Pues el capital es fundamental y realmente una relación social.

La crisis financiera aparece, así, como síntoma de una quiebra estructural del sistema económico cuya razón última no está en la esfera financiera, dineraria (crisis del euro, de la deuda, etc.), sino en las relaciones sociales de producción y realización de capital por medio de las mercancías (capital). La crisis financiera es la manifestación superficial, fenoménica, de una contradicción estructural y sistémica del modo de reproducción social capitalista que tiene la particularidad de ser acumulativa, es decir, en cada crisis sucesiva (crisis cíclicas) se reproducen las condiciones de una nueva crisis de manera ampliada. De ahí que la situación actual de colapso socioeconómico no tenga precedentes en cuanto a su alcance a escala mundial.

La crisis actual es la verificación empírica de la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio, es decir, una consecuencia inevitable de la propia evolución histórica de la acumulación de capital, que tiene que ver con su estructura básica relacional: el régimen asalariado. Por eso la crisis es también una demostración práctica de los límites históricos del capital como sistema de reproducción social.

Dicho de otro modo, la realidad del presente (el tópico de la crisis) pone en evidencia, sobre todo, los límites de los mecanismos (contratendencias) puestos en marcha por el capital para enfrentar esa tendencia a la disminución del beneficio que en un momento dado se traduce en sobreproducción (mercancías que no tienen salida en el mercado), paralización de las inversiones (cierres empresariales) y desempleo. Por eso, hay que considerar no solo la dimensión financiera de la crisis, sino el hecho mismo de la crisis económica, como un síntoma de la quiebra del sistema social basado en la explotación del trabajo asalariado.

El capital financiero es una de las formas de representación del capital cuya expansión vino determinada por la constatación de la insuficiencia de beneficios generados, como consecuencia de la generalización de las luchas obreras en los años sesenta y setenta en los países capitalistas desarrollados (estado de bienestar) y la insuficiente capacidad para compensar esa caída de beneficios por medio de la deslocalización productiva[[De todos modos, el nuevo movimiento estratégico del capital, intensificado en los últimos años de crisis, está propiciando una especie de relocalización o vuelta atrás en el proceso redesplazamiento productivo. Una vez que en los países desarrollados se ha conseguido la desregulación del mercado laboral y reducido el salario y que, por otra parte, los aumentos salariales, de la conflcitividad laboral y de los costes, en general, (transporte, logística), en los países emergentes, hace que muchas firmas transnacionales vayan retornando o desplazando hacia la producción de productos acabados y componentes hacia la proximidad de los nuevos focos de demanda (además de los tradicionales) con el fin de mejorar su «respuesta al mercado».]] y la sobreexplotación de la fuerza de trabajo por medio de la automatización generalizada de las actividades, etc. La búsqueda desesperada de mayores beneficios desplazó una masa considerable del capital hacia las actividades financieras hasta el punto de que la generación de beneficios por medio de los denominados productos financieros (burbuja) alcanzó un nivel insostenible.
La ficción del capital financiero según la cual el capital (dinero, inversión) genera capital (beneficio) hace perder de vista la realidad subyacente a la dinámica financiera cuya referencia de valor es el capital productivo, es decir, el capital generado en base al sometimiento de la fuerza de trabajo y a la producción y realización de los bienes y servicios (mercancías). De hecho, la esencia del capital no es sino tiempo humano sometido que se materializa en las mercancías. La burbuja consiste en la desviación entre el valor ficticio generado por los productos financieros y el valor real de los bienes y servicios socialmente producidos que sirven de referencia (valor) a esos «productos».

Por eso hay que considerar una artificiosidad ideológica contraponer capital productivo y capital financiero, especulativo, pues ambas son dos formas de representación de una misma realidad: la dominación (real) del capital. Además, la distinción entre capital productivo (el bueno que crea cosas, mercancías tangibles, riqueza y puestos de trabajo) y el especulativo es una simple coartada ideológica de la izquierda del capital (socialdemocracia con distintos matices) para legitimar alianzas entre fracciones del capital y el trabajo que históricamente tuvieron su expresión política en el antifascismo y que actualmente se reeditan en las alternativas de carácter keynesiano que propugna la izquierda política.

La autonomización aparente del capital financiero cuya expresión más espectacular son las operaciones financieras de alta frecuencia que significan en torno al 60% de todas las operaciones financieras a escala mundial y están fundadas en algoritmos, extiende el fetichismo del valor, del dinero y de la mercancía hasta el punto de inducir en las conciencias la frecuente confusión del capital con sus representaciones (el dinero, los bancos, los capitalistas). Los bancos, las élites directivas empresariales, etc. no son el capital, son la forma operativa, sociológica, que reviste el capital y sus decisiones están predeterminadas por las necesidades de la acumulación y la obtención de beneficio. Desde luego, la adecuación de sus decisiones concretas a la lógica del beneficio, que está más allá de su voluntad individual, es lo que permite a la clase gestora obtener y mantener sus privilegios económicos y de promoción social; mantener su estatus social dominante. De ahí que en la práctica social cotidiana, las agresiones del capital se realicen a través de las decisiones de la oligarquía político-económica compuesta por directivos empresariales, altos funcionarios, representantes políticos sindicales, etc., esa nueva burguesía que es la responsable inmediata de las modificaciones en las condiciones materiales de existencia de la población asalariada. Aunque el capital no es la burguesía, la relación social que comporta hace que la lucha por la vida no sea una mera abstracción sino que se materialice en la lucha de clase, en la confrontación directa con quienes representan el capital[[En Francia en los últimos años, pero también en China, no es infrecuente que cuando se produce un conflicto con amenazas de despidos y discusión acerca de la cuantía de las indemnizaciones, se lleven a cabo ocupaciones de las empresas y el secuestro de ejecutivos como medida de presión.]].

II. Palos al aire

La naturaleza de la crisis capitalista es social en el sentido más amplio de la palabra, mientras que las promesas de solución provienen de la ideología política del capital: la economía política. Esto, unido al hecho de que las tentativas de recuperación económica van de la mano de una nueva ofensiva contra la población proletarizada (sobreexplotación, recortes en garantías sociales básicas, expropiación de bienes y recursos comunes –territorio, agua, etc.), hace que el prometido relanzamiento de la actividad económica se retrase sine die.

Por otro lado, a diferencia de lo que ocurriera con el papel jugado por el sector del automóvil y el de fabricación de productos de consumo masivo, que fueron la punta de la expansión económica de la posguerra mundial, en la actualidad no hay ningún sector de actividad capaz de tomar el relevo. Los nuevos sectores de producción son cada vez más intensivos en capital y el crecimiento del sector terciario y de la burocracia, en general, representa un peso muerto y una sobrecarga para el sector productivo.

Además, el ciclo de los nuevos negocios y actividades tiende a acortarse en virtud de la propia lógica de la acumulación de capital y la competencia por nuevas cuota de mercado, y se traduce en una aceleración de los procesos de negocio que tiene efectos cada vez más desestabilizadores, pues propicia la obsolescencia de los productos antes del tiempo de retorno de la inversión lo que conlleva pérdidas y cierres empresariales. El caso de la industria de la electrónica de consumo y las tabletas son un caso ejemplar.

Los remedios propuestos desde la clase gestora del capital chocan con limitaciones objetivas. La búsqueda de nuevas fuentes de beneficio en la explotación (privatización) de recursos estratégicos (agua, alimentación, energía, tierras fértiles, telecomunicaciones, grandes infraestructuras), experimentan cada vez mayores dificultades no sólo por la oposición de la gente a los proyectos sino en virtud de la propia estructura del proceso de explotación de esos recursos.

Precisamente, fueron las soluciones a la caída tendencial de la tasa de beneficio puestas en práctica desde la economía política en las últimas décadas, tales como la externalización (subcontratación) y las estrategias de core business, la financiarización de la economía, la automatización y mejora de la productividad, las técnicas de organización del trabajo (justo a tiempo, lean production), etc., que si bien en un primer momento parecieron solucionar el problema, en realidad lo que hicieron fue desplazarlo en el tiempo y en el espacio (globalización) hasta llegar a la situación presente.

Todas las propuestas encaminadas a una pretendida recuperación económica para restablecer una cuota de acumulación de capital que permita generar empleo y estimular el consumo que lleva a cabo la clase dominante en los países capitalistas están demostrando su carácter contraproducente con los objetivos que se proponen. Mientras se constata un deterioro general de las condiciones de vida material de una proporción cada vez mayor de la población asalariada, sus repercusiones sobre el eventual aumento de la acumulación de capital son nulas o, en cualquier caso, insuficientes.

La sobreexplotación y expropiación en todos los órdenes de la existencia de la población proletarizada (que incluye los planes de pensiones que operan en el mercado financiero) repercuten negativamente sobre el consumo, de manera que la reducción del consumo impide la realización del ciclo de la acumulación de capital: las mercancías que no se convierten en capital, a través del mercado (consumo) pierden todo su valor (sobreproducción). El modo de producción capitalista, la economía de mercado, comporta la sociedad de consumo porque es en el mercado donde se realiza el capital (la mercancía convierte su valor de uso en valor de cambio).
Es inevitable la impresión de que nos hallamos en el callejón sin salida de la sociedad capitalista. Las medidas de los gobiernos y de los centros de decisión económico-financieros se parecen más a palos al aire que responden a la inercia y la huida hacia delante de un sistema social en declive que a propuestas coherentes de futuro, incluso de futuro capitalista.

Por su parte, las denominadas alternativas de la izquierda, no sobrepasan el horizonte del capital, de la izquierda del capital y su promesa de un capitalismo racionalizado que proceda a una redistribución de la riqueza mediante una justa política fiscal. Esta vieja ilusión, de matriz keynesiana, alienta las llamadas alternativas de los movimientos sociales de los últimos años como mera fórmula de afirmación de un supuesto capitalismo social frente al capitalismo neoliberal.
Esas bienintencionadas alternativas descansan sobre enromes trampas ideológicas como la de considerar los problemas del capital, los problemas de las relaciones sociales, como simples cuestiones técnicas de gestión fiscal y no como contradicciones sociales que tienen que ver con relaciones concretas de dominación y explotación que, a su vez, implican la contraposición de intereses irreconciliables entre dependientes, dominados, asalariados y quien decide, domina y asalaria. Es el antagonismo de clase irresoluble por medios técnicos lo que se hace evidente a medida que las condiciones de crisis se prolongan.

Además, la sumisión formal y real al capital de tales propuestas de «izquierda» hace que reproduzcan mecánicamente las verdades de la economía política, según la cual el crecimiento (inversiones) al aumentar el empleo inducen el aumento de la demanda (consumo) que redunda en un mayor crecimiento. Sin entrar a considerar la omisión fundamental que se opera en ese razonamiento en cuanto a la acumulación de capital previa que propicie las inversiones, lo que remite al núcleo central de la crisis, deja fuera de toda consideración la naturaleza del trabajo (qué tipo de actividad, qué tipo de producción, qué consumo).

Es decir, asume las categorías dominantes de producción, crecimiento, empleo, consumo y bienestar de forma totalmente acrítica y soslaya las cuestiones de fondo con recursos retóricos como la sostenibilidad y la supuesta producción verde, sin cuestionar el carácter desarrollista de la sociedad industrial y la producción de nocividad en el marco de la producción general de mercancías como realización histórica de la dominación del capital.

III. Una contradicción social

Sin embargo, el sistema capitalista no es una abstracción ni un simple sistema económico; es una relación social. Pues a fin de cuentas, las contradicciones económicas del capital son contradicciones sociales que se nos presentan de forma evidente y apremiante como disyuntiva entre vida del capital (continuación del proceso de acumulación que se vuelve más difícil y problemático) y vida humana. El desempleo masivo e indisimulado, ya que cada vez hay menos posibilidades de encuadrar a la gente en actividades sometidas a la dinámica del capital, ya sean de tipo productivo o improductivo, pone en evidencia que no saben qué hacer con nosotros. Los dispositivos de gestión de la clase dominante ya no pueden asumir ni cuantitativa ni cualitativamente una masa creciente de población proletarizada con demandas básicas de supervivencia, a través de la mediación fundamental del régimen salarial. La servidumbre voluntaria que se manifiesta en el consenso (pacto de bienestar) y la paz social subvencionada de estos años pasados, amenaza con desmoronarse a medida que la crisis económica se prolonga.

Por lo demás, puesto que el capital es una relación social, la experiencia concreta de sus límites, de su crisis, se proyecta sobre todas las expresiones materiales de la vida social, con una especial relevancia en lo que se refiere a las formas de representación. Es la crisis de la democracia. De hecho, la propia evolución del capital ha llevado a que la democracia, una de las formas políticas de la dominación formal del capital –las otras son el fascismo y el capitalismo de estado de corte leninista– en su fase expansiva, en la actualidad se haya convertido en un sistema oligárquico avalado por la formalidad plebiscitaria del juego electoral.
En la actualidad, la economía, el imperativo de la acumulación de capital, ha subsumido la política hasta tal punto que en los países capitalistas se va imponiendo un régimen político de totalitarismo democrático, que es un estadio superior de realización respecto del totalitarismo fascista. En nombre de la democracia se liquidan las libertades individuales y colectivas, se adoptan decisiones (declaraciones de guerra, expropiaciones de bienes colectivos, criminalización de la disidencia, recortes de derechos, etc.) por gobiernos democráticamente elegidos en función de las vicisitudes de la acumulación de capital y de los intereses de la oligarquía gestora.
Precisamente el derrumbe de la formalidad democrática disipa la ilusión de la autonomía de la política sobre la que el ciudadanismo y el regeneracionismo democrático descansan, al tiempo que señala la liquidación definitiva de cualquier posibilidad de pacto entre capital y población proletarizada. El pacto social del bienestar fue posible porque el capital en plena expansión posterior a la II Guerra Mundial estaba en condiciones de ofrecer una serie de contrapartidas (consumo) a una amplia proporción de la población proletarizada, gracias a su encuadramiento en el régimen asalariado.

Se trataba, entonces, de una circunstancia completamente distinta de la actual. Hoy en día, la expansión capitalista hacia nuevas regiones del planeta está reproduciendo las mismas condiciones que dieron lugar al agotamiento del pacto social en Europa y EE.UU., y lo está haciendo en un ritmo acelerado. El estancamiento mundial, independientemente de la actividad económica expansiva en algunas parte del planeta, tienen un profundo significado no solo en cuanto a las perspectivas sociales a corto plazo, sino en lo que se refiere a la capacidad física de la biosfera para soportar un eventual relanzamiento económico a escala planetaria.

Por otra parte, en los países de vieja industrialización, el aumento imparable de la población proletarizada sin posibilidad de integrarse en el proceso productivo y en las actividades asalariadas, en general, estrecha al mínimo la posibilidad de un nuevo pacto social de amplio espectro, como el del pasado estado de bienestar.
El estado es «improductivo», su función como inductor de demanda (armamento, infraestructuras, burocracia y servicios, etc.) es posible porque la acumulación de capital (el nivel de productividad del capital, en general) permite destinar una parte de la riqueza social a la financiación de las actividades improductivas y al gasto social (sanidad, educación, asistencia social, etc.). Aunque socialmente necesarias, tales actividades representan un gasto que no produce valor. En el mejor de los casos, la producción inducida por el estado actúa como mecanismo dinamizador del capital privado (contratos públicos), contribuye a generar empleo y demanda de mercancías que fue la característica del estado de bienestar. En este sentido, el Estado actúa como mecanismo de transferencia de la riqueza socialmente producida (recursos públicos obtenidos por la vía fiscal) hacia el capital privado. Por ejemplo, la industria armamentista no genera valor, es una producción de desperdicio, pero los píngües beneficios de las empresas provienen de la transferencia de capital que la demanda del estado propicia. La denominada concertación público-privada que avala el actual proceso de privatizaciones de servicios públicos y los grandes proyectos de infraestructuras ilustran bien esta circunstancia. Por otra parte, como los estados pierden solvencia financiera debido al descenso general de la actividad (cae la recaudación por impuestos), recurren al endeudamiento con el fin de mantener el gasto social necesario para un mínimo de estabilidad social y continuar desempeñando su papel como inductor de la demanda (el estado se endeuda y las empresas prestatarias mejoran sus cuentas de resultados).

Pero el éxito de la fórmula de la economía mixta descansaba sobre la extorsión y expolio de los países dependientes (neocolonialismo) y el notable aumento de la productividad (sobreexplotación del trabajo) en los países capitalistas hegemónicos. Es decir, sobre la marcha ascendente de la acumulación de capital. El precario equilibrio de la economía mixta entre gasto público y capital privado quiebra precisamente cuando la insuficiencia de la acumulación global de capital deja cada vez menos margen a la financiación de la actividad improductiva del estado (crisis).
A medida que decae la acumulación de capital y las posibilidades de recaudación del estado disminuyen, éste recurre a la financiación mediante préstamos y emisiones de bonos y obligaciones con intereses cada vez más elevados que repercuten en un aumento de la deuda. El endeudamiento de los estados es el mecanismo de transferencia en la escala transnacional de capital (plusvalía, riqueza social producida) de los países dependientes hacia los hegemónicos. Lo estamos viendo en la UE, en el caso de los países que marcan la pauta (Alemania y Francia, fundamentalmente) y los del sur.

Los megaproyectos de infraestructuras (aeropuertos, plantas depuradoras, autopistas, trenes de alta velocidad, obras hidráulicas, etc.) y los superespectáculos (olimpiadas, campeonatos de fútbol, etc.), realizados por grandes consorcios transnacionales que aglutinan empresas constructoras, tecnológicas y bancos, son la materialización concreta de esas operaciones de transferencia. Los estados, como los ayuntamientos, recurren al endeudamiento para acometer esos megaproyectos que reorganizan el capital en la escala regional, en cuanto favorece los intereses de las burguesías locales, beneficiarias en la cadena de subcontratación.
Ahora bien, en un marco global caracterizado por la crisis de acumulación de capital, los estados entran en una espiral depresiva consistente en el endeudamiento (emisiones de deuda pública) para hacer frente a los pagos de intereses cada vez más altos[[A ello contribuyen las martingalas del tinglado financiero tendentes a reforzar la posición de la fracción del capital financiero en el ámbito d ela actividad económica. Así, por ejemplo, el BCE presta dinero a los bancos privados a un interés menor del que éstos, a su vez, compran deuda pública.]].

Consecuentemente, los estados han de restringir gastos, reducir el déficit, mediante los «recortes» en los recursos destinados a las necesidades sociales «improductivas» y a los «estímulos» de la economía. Es decir, llevan a cabo las políticas restrictivas que imponen el FMI, el BM y el BCE. Con ello, se profundiza la espiral de crisis puesto que el estado cada vez más insolvente no puede cumplir con su papel de dinamizador económico y estabilizador social, y al mismo tiempo la acumulación del capital privado resulta insuficiente para «relanzar» la economía y hacer frente a las necesidades de una masa creciente de población desplazada de la actividad económica. Es así como la crisis económica, alcanzado un cierto umbral, aparece ya como crisis real de la sociedad capitalista involucrada en un proceso irreversible de descomposición.

De hecho, la presión sorda pero real de esa masa de población excluida formalmente del proceso de producción (trabajo asalariado) y realización (consumo) del capital es un factor agravante de las condiciones de crisis en cuanto aumentan el gasto público y el déficit general del Estado con el fin de mantener un equilibrio social cada vez más inestable. Los mecanismos de contención social (paz social subvencionada del estado de bienestar) puesto que descansaban sobre la acumulación de capital, dan síntomas de inoperancia. En este sentido, el antagonismo formal contra el capital que representaban los sindicatos y partidos ya no se corresponde con el nivel histórico del antagonismo correspondiente a la dominación real del capital. La contradicción entre capital y fuerza de trabajo (clase obrera industrial) ha evolucionado en los países capitalistas desarrollados en el sentido de una creciente oposición entre capital y fuerza de trabajo no realizable (población proletarizada), de acuerdo con la actual fase de dominación real del capital. Es decir, entre capital y humanidad reducida a la condición de fuerza de trabajo.

C. V.

septiembre 2013