LA MEMORIA Y SU TERGIVERSACIÓN

Cuando en 1979 la coalición de izquierdas municipal en Barcelona PSC-PSOE, PSUC gana las elecciones municipales, las primeras desde el año 1939, el eslogan electoral de quien será alcalde de Barcelona, es decir, Narcís Serra, es «entra con nosotros en el Ayuntamiento». Una serie de circunstancias perfectamente objetivables y explicables hace que en aquel momento el grueso de la población, aún en sus capas populares, tenga una confianza casi «ciega» en la transformación de la ciudad que se le propone desde dicho Ayuntamiento.

Para entender los porqués de esta situación, habrá que acudir a la feroz represión que reciben las clases populares barcelonesas tras el triunfo franquista en la Guerra Civil, es decir, desde el 26 de enero de 1939. Barcelona, para el franquismo y las clases que lo apoyan, no es una ciudad cualquiera. Es una ciudad a la que hay que someter a un castigo ejemplar (no en vano ha sido una ciudad que durante tres años ha sido tomada y dirigida por el pueblo en el ejercicio de una revolución. Tres años donde se ha ensayado la escuela pública con éxitos innegables y pedagógicos, donde se han colectivizado las fábricas de una manera racional y óptima, donde los parámetros de vida se han dado desde la libertad y para la libertad, una ciudad donde sus clases dirigentes burguesas han sido rebasadas por el empuje pero también por la capacidad del pueblo para autoorganizarse, y no es baladí, también, en esta línea, saber que era, y sigue siendo para la historia, una ciudad donde para hacer todo esto, que no fue ni mucho menos poco, se venció a los militares en la calle en un ejemplo de entusiasmo popular que no tiene parangón en ninguna otra ciudad del mundo.

Es por eso que a esa ciudad se le dará un castigo «ejemplar» y brutal en una variedad de formas. Por supuesto que el fascismo actuó en formas similares en el resto de las ciudades españolas, pero con ninguna tenía un resentimiento, un complejo y una necesidad de ajustar cuentas como la que tenía con el proletariado barcelonés y las capas populares que lo habían defendido en su proceso revolucionario.

De 1939 a 1952 los fusilamientos en el Campo de la Bota son prácticamente diarios, con lo que comporta de terror, no ya de miedo, y de frustración de todos los anhelos previos que dicho proletariado, ya en buena parte en las cárceles o en el exilio, se había planteado en sus sueños, tratados siempre de hacer realidad (cosa en bastantes ocasiones conseguida).

El mismo 26 de enero de 1939 las tropas del general Yagüe, en su entrada a Barcelona, asaltan el Ateneo Enciclopédico Popular, símbolo emergente del esfuerzo obrero por adquirir cultura y conocimiento. En ese asalto cogen todos los libros de la biblioteca de dicho ateneo y en las mismas Ramblas de Barcelona hacen una pira crematoria, en un acto simbólico para que no quede vestigio ni memoria de lo antecedido durante más de 50 años. En sus memorias, el conde de Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de la Italia fascista y yerno de Mussolini, dice que la represión que él contempló en Barcelona es la mayor que vio en esos años en cualquier ciudad.

Todo esto que estoy diciendo será fundamental para comprender cómo cuarenta años más tarde una gran mayoría de la clase popular barcelonesa dio una confianza tan ciega a sus políticos de izquierdas, en el pensamiento, noble pero muy inocente (el tiempo lo aclararía), de que los intereses de unos y otros, es decir, de gobernantes y clases populares, tenían una sintonía.

Cuando se produce una represión feroz a determinados movimientos, no sólo se busca su exterminio como movimiento y borrar en los posible todas las señas de su identidad, como (y esto será trascendente para lo que contaremos después) sustituirlo por interlocutores que, en ese cambio de agentes sociales, tengan una ductilidad, cuando no una docilidad, de la que han carecido sus predecesores.

Los años 60 tendrán mucho que ver con todos estos elementos de los que hablamos. En un contexto de represión feroz en lo que llamaremos la «España profunda», se produce una emigración cuantitativa y cualitativa de dimensiones extraordinarias hacia la ciudad de Barcelona. Este elemento será clave para entender la posterioridad. En esos años 60 se ha producido ya ese intercambio de interlocutores en los movimientos obreros, populares y también políticos. Es decir, la rebeldía como primer valor, y el intento de construir una sociedad paralela en un camino hacia una revolución social han sido ya sustituidos por mor de las circunstancias por la llamada Reconciliación Nacional, y todas las luchas, que no serán pocas, que se producen en esa década, estarán en esa línea de intento de derribar la dictadura, pero ya desprovistas de la energía transformadora social que el proletariado había tenido en su conjunto hasta el final de la Guerra Civil.

Porque digámoslo claro, todo lo claro que sea posible, y es muy necesario hacerlo; cuando ahora se está hablando profusamente de memoria histórica, se está hablando esencialmente de la represión, pero no de los intereses de clase que hicieron posible ese triunfo avasallador del fascismo y esa represión feroz. Y hay que decir también mal que nos pese que muchos de los intereses que este fascismo protegió con saña y sangre eran también intereses de grupos de poder y de pensamiento que dieron apoyo a Franco, apoyo ciego en el primer momento, y que más tarde se arrepintieron en buena parte de ello. De ahí que muchos de los hijos de estas clases burguesas estuvieran ya en primera línea de esa lucha por la Reconciliación Nacional y el desarrollo de una democracia parlamentaria sin tocar para nada los intereses del capitalismo local, nacional e internacional, sino en todo caso hacer los ajustes necesarios para que los costes que tenía que pagar el tejido popular no fueran tan desmedidos como en el capitalismo brutal y salvaje.

La emigración que llega a Barcelona en los años 60 se encuentra con unas condiciones de vida durísimas; barraquismo en sus primeros años, pisos de polígono en los posteriores, falta d escuelas, de ambulatorios, de centros culturales y de recreo (los bares ejercían de todo esto); en ocasiones, y no pocas, ni el asfaltado existe en estos nuevos barrios. En ese contexto, sobre todo el PSUC, denominación del Partido Comunista en Catalunya, tirará de estas personas hacia ese intento de conseguir la democracia política ofreciéndoles la posibilidad de que, en el marco de esa democracia, puedan resolverse de manera adecuada los problemas de vida que ellos tienen.
Esa emigración emergente, y en bastantes casos con una capacidad importante de lucha en la consecución de los derechos mínimos de dignidad y de vida, está desprovista sin embargo de una identidad y una memoria que le haga entender mejor de dónde viene. Esta emigración, insisto y es importante hacerlo, que se batió el cobre en muchas luchas, no conocía (ni tampoco los partidos políticos de izquierdas que le daban aliento y alimento se lo hacían ver), por ejemplo, la vocación de autogestión que el movimiento obrero catalán había tendido durante 80 años antes de la guerra civil en la lucha por la emancipación social y cultural. A esos militantes obreros y vecinales no se les había dicho (y habrá que preguntarse por qué, también) que en el año 1935 el Ateneo Enciclopédico Popular tenía más de 30.000 socios, que llevaban a cabo todo suerte de iniciativas en la línea de la formación del conocimiento y de la lucha por un pensamiento propio, de cada uno. Esa vocación autogestionaria que el movimiento obrero popular, ayudado por las clases de baja burguesía y por un ramillete de profesores y maestros, había llevado a cabo en una línea por saber y conocer para escoger mejor; todo eso estaba borrado en el magma de la lucha contra el franquismo. Es decir, ya había que tener «escuelas» y no debatir «qué tipo de escuelas»; ya se podía luchar por la posibilidad de tener un buen abrigo o un traje «de domingo» pero habían quedado silenciados los anhelos de la libertad humana como primer valor.

Todos esos frutos traerán el fruto, y efectivamente, una vez muerto Franco, se producen las elecciones municipales del año 79. «Entra con nosotros en el Ayuntamiento.» Podemos preguntarnos ahora en perspectiva quiénes eran ese «nosotros», y qué intereses tenían. Lo que sí sabemos es que una buena parte de la población, salvo los más jóvenes, rebeldes, radicales o avisados simplemente, daba apoyo a ese «nosotros» en el Ayuntamiento.

Decíamos antes que los intereses de clase de algunas burguesías como la catalana eran en algunos puntos, aunque no en métodos, muy comparables a los intereses del franquismo, y aquí está la médula de la cuestión. Entre otros intereses, y uno de las más sustantivos que se han impuesto, el llamado suavemente «esponjamiento» de los barrios del centro histórico de la ciudad de Barcelona. Esencialmente el del hoy llamado barrio del Raval (para la gente con memoria, el Barrio Chino de siempre).

«Entra con nosotros en el Ayuntamiento.» Pero al día siguiente de tomar posesión de su cargo, el alcalde Narcís Serra y su número dos en la lista y futuro sucesor, Pasqual Maragall, llaman a un personaje a su despacho. Este no es otro que el ínclito Juan Antonio Samaranch (por cierto, despedido con los máximos honores, casi de Jefe de Estado, tras su muerte el año pasado). Samaranch, que hasta aquel momento ha sido un fascista que ocupó toda una serie de cargos en el franquismo, esencialmente vía deporte, pero también, recordémoslo, presidente de la Diputación de Barcelona en la Transición, es llamado a consultas por el primer alcalde democrático y socialista(…) ¿De qué hablaron estas personas ese día? La explicación oficial e interesada ha sido que, en aquel momento, sondeaban la posibilidad de que se hicieran unos Juegos Olímpicos en Barcelona, como así sucedió 13 años más tarde. Pero esa no era la razón fundamental, aunque sin duda se habló de ello. La razón fundamental, y queda perfectamente reflejado con el paso del tiempo, era el intento (…) de conjugar voluntades de una burguesía que se había bifurcado entre franquistas y demócratas, pero que, en los intereses especulativos y de clase, era la misma, como más tarde se vio en el llamado «esponjamiento» del barrio del Raval.

Para hablar aún más claro; había intereses históricos en esta burguesía, especialmente en lo que respecta al urbanismo de toda la ciudad, pero en parte aún más amplia, en el centro de la ciudad, dominado por una mayoritaria ubicación del movimiento proletario y hasta en algunos casos de lumpen proletarios, una población que claramente se quería sustituir en la medida de lo que se pudiera por otra que tuviera bastante más que ver con esos intereses de clase.

Unos años antes de esa charla entre Serra y Samaranch, se ha producido un intento de la burguesía postfranquista (aun en tiempos de Franco) por la transformación del llamado plan de la Ribera, que consistía en el derribo de algunos barrios del centro viejo barcelonés (Santa Caterina, barrio de Sant Pere, Trafalgar, hasta el inicio de la Barceloneta y partes del Poblenou). Esa propuesta no fructificará, entre otras cosas porque no es posible en aquel tiempo (…), pues en esa agonía del franquismo tienen enfrente del sistema una red de asociaciones de vecinos cada vez más emergentes e instaladas en sus territorios, y el apoyo coyuntural en ese momento de los partidos de izquierdas parlamentarios y no parlamentarios[[Aunque en el momento del Plan de la Ribera no existiera aún una democracia parlamentaria, el contexto político catalán de los partidos y organizaciones de la izquierda permite establecer una cierta distinción entre los que serían más tarde parlamentarios y extraparlamentarios, en función del discurso político y las prácticas que ya en ese momento habían adoptado.]] que, en esa lucha contra la dictadura, no dudan en alimentar la disidencia expresada contundentemente por el movimiento vecinal y popular.

Una parte de la burguesía, «la más bienpensante» y con orientaciones socialdemócratas, se dará cuenta de que las transformaciones futuras que tiene ya en su pensamiento no se podrán realizar con garantías desde las vestimentas de la derecha y menos aún del autoritarismo franquista. Será por ello que esperarán su momento, que vendrá a partir de las elecciones democráticas municipales con una mayoría definida de las izquierdas, es decir: socialistas, comunistas, Esquerra Republicana y también grupos en aquel momento no parlamentarios pero que claramente apuntaban a una visión social de lo que llamaremos «los conceptos de izquierdas».

De eso se habla fundamentalmente en esas conversaciones entre Serra y Samaranch. No se puede olvidar, al respecto, que hasta hace una semana Narcís Serra ha sido presidente de la Caixa de Catalunya y Juan Antonio Samaranch, hasta el día de su muerte, presidente de La Caixa de Pensions. Esas dos personas representan a burguesías históricamente diferentes: Serra la de la Lliga Regionalista de Cambó, representante del catalanismo conservador, y Samaranch directamente la que apoyó a Franco. Sin embargo, se tienen que poner de acuerdo en la gestión de unos intereses de clase que las circunstancias políticas han retrasado al menos 70 años.

El Raval

El primer laboratorio de pruebas será la transformación del barrio del Raval en un intento similar al que el barón Hausmann hizo en París en los barrios céntricos a mediados del siglo XIX. No nos sorprendamos de la diferencia de un siglo. Las razones profundas de ese cambio, y de todos los intereses que conllevaba para dichos sectores burgueses, están en el alma y en el corazón de la clase dominante catalana (de idioma catalán, la burguesía castellana tendrá otros intereses económicos) desde cuando menos 1905. Ya en ese año el ayuntamiento de Barcelona habla de un plan urbanístico para «mejorar» la vida del Barrio Chino, que como siempre en estos planes conllevaba los consiguientes derribos y las consiguientes construcciones nuevas. Ese plan en aquel tiempo es de difícil aplicación, ya que el movimiento obrero y popular cada vez más organizado y cohesionado en torno a los diferentes anarquismos dará una respuesta poliédrica a todos esos intentos de dominio de la burguesía en la ciudad y más concretamente en dicho barrio.

Si cuando hablábamos de los años 60 afirmábamos que la inmigración de esos años favorece, aún sin quererlo estos inmigrantes, los intereses de las clases dominantes, en estos primeros años del siglo XX y en las décadas posteriores, la inmigración que año por año va llenando los barrios céntricos históricos es una inmigración totalmente distinta a la de los años 60: se incardina por mor de las circunstancias muy rápido en la luchas sociales, políticas y rebeldes. Dicho conglomerado de fuerzas, y una cada vez mayor instalación de las ideas básicas del anarcosindicalismo en sus desarrollos posteriores que año por años van ganando fuerza, harán inviable la transformación y el derribo de buena parte de ese barrio tal como estaba previsto en los planes urbanísticos de la burguesía social barcelonesa y catalana. De ahí llegaremos rápidamente al año 36, con todo el proceso del que ya hemos hablado al principio de este artículo. La burguesía emergente tras el triunfo fascista no tiene como prioridad esa transformación urbanística, que requería una gestión y unos conocimientos de tacto social y político que desde luego una burguesía fascista, pedestre y vindicativa de su victoria no estaba en disposición de poner en guisa.

La burguesía emergente fascista se centra en otras cosas, como desarrollo de su poder económico; estraperlo (algodón, aceite, trigo, pan, penicilina), y más tarde en el control de las fábricas del textil catalán, que es una asignatura pendiente para una nueva burguesía que, sí, ha ganado la guerra, pero no es recibida de buen grado en los círculos de poder económico tradicionales. Los intereses urbanísticos los tenía en mucha mayor medida una burguesía que por idioma y país perdió la guerra, aunque hubiese apoyado a Franco. Esas 200 familias emergentes que llevaban 150 años en el poder (…) eran las que habían invertido comprando bloques de pisos para ganar dinero a espuertas una vez esos barrios se derribasen y se hiciesen nuevos.

En los años 90 me sorprendió que, en un ambiente de degradación cada vez mayor del barrio del Raval y en unas condiciones que cada vez se hacían más duras para sobrevivir, la titularidad de una buena parte de los inmuebles de las calles más tétricas y oscuras tuvieran todavía entonces la propiedad en manos de estos nombres (por cierto, transversales en lo político) de la vieja burguesía.

Es desde ahí que se entiende mejor, aún en su parte más dolorosa, por qué una transformación hecha en buena parte de forma muy dura hacia las gentes que habitaban el barrio no sólo fuera silenciada en el conjunto de la opinión de la ciudad sino que en muchos casos, y durante bastante tiempo, este plan fuera tratado como la gran transformación urbana de Barcelona. Se daba por ejemplo la paradoja de que una mujer de mediana edad con tres hijos pequeños que vivía en un piso cuyos tabiques estaban absolutamente rotos, aconsejada por militantes sociales del barrio (que intentaban concienciar y paliar en lo posible los efectos de la brutalización que dicho plan traía aparejado), de que llamara a la asistencia social, la mujer respondía: «si hago eso, no duro ni 24 horas en el piso y no tengo ninguna garantía de que me ofrezcan otro piso ni en el barrio ni fuera de él, al no ser yo propietaria[[Legalmente, si un edificio es declarado en ruina técnica, los contratos de alquiler quedan automáticamente rescindidos. En los casos de mobbing, es frecuente que los propietarios eviten hacer las reformas y el mantenimiento de los edificios al que están obligados para, tras años de degradación, alegar ruina del edificio para desahuciar fácilmente.]].» Porque, esa es otra, para llegar a ese punto de degradación inevitablemente ha tenido que ver la falta de cuidados y reparación de dichas viviendas por parte de los propietarios.

Y ya para rematar, diremos también que un eminente abogado barcelonés que se dedicó durante tiempo a acoger y a defender casos de personas afectadas, y que sólo acogía en su despacho los casos que sabía que por ley se podían ganar (cuando la ley sólo ampara a una pequeña parte de los desalojados[[Los casos que salieron adelante judicialmente fueron las reclamaciones por indemnizaciones en casos de expropiación por proyectos públicos, o bien los casos de mobbing inmobiliario a inquilinos con contratos de renta antigua (anteriores a la LAU, la Ley de Arrendamientos Urbanos). Sin embargo, esos casos son sólo la punta del iceberg de los desalojos de viviendas en El Raval, puesto que la especulación inmobiliaria que causó que los alquileres se triplicaran o cuadruplicaran en pocos años es perfectamente legal.]]) (…), sostenía que según su criterio no se llegó a pagar ni la tercera parte del dinero que la ley destinaba a las expropiaciones. Las circunstancias del barrio, su desvertebración y la falta en muchas ocasiones de conocimientos mínimos como saber a qué oficina había que ir para ejercer una reclamación hicieron durante mucho tiempo el resto.

Esto sólo se palió cuando en un magnífico y valiente documental del cineasta ya fallecido Joaquim Jordà llamado «De nens» conseguía plasmarse abusos reiterados de los poderes hacia los hombres y mujeres que habitaban el barrio. Sólo éste fue el principio para que se empezara a mirar el problema desde diversas caras y no, como durante mucho tiempo consiguieron los poderes públicos empezando por el poder municipal, hacer ver que esta obra era la transformación más importante que Barcelona había tenido en 100 años.

Epílogo

Lo importante del hecho, a mi modo de ver, está en esa tergiversación clara de conceptos como «memoria», «memoria histórica» le llaman algunos, algunos que no enfrentaban para nada el problema en el Raval y en los barrios viejos cuando estaba sucediendo. Mien¬tras tanto, se llenaban la boca de abusos del franquismo, y la cuestión ya en este tiempo, en este tema como en muchos otros, está en saber y conocer por qué se hizo una guerra civil por parte de algunos (es decir, las derechas) y qué intereses había al respecto, es decir, qué modelo de escuela se defendía, qué modelo de fábrica se defendía, qué modelo de vida se defendía. Solamente desde ahí podremos ser conscientes del enfrentamiento de vida que a años luz tenían los que estuvieron en un bando de la guerra civil y los que estuvieron en el otro. Se ha hecho pasar demasiadas veces conceptos como «lucha entre hermanos», «luchas fratricidas» y cosas por el estilo. Será ya hora de revisar y de saber, a día de hoy, qué pasaría si las clases populares tuvieran la fuerza y la preeminencia que tenían en aquel tiempo.

Hoy no hace falta ya fascismo; incluso puede haber departamentos políticos como el de la Generalitat de «Memoria Histórica», una memoria histórica que hable de reparar la dignidad de los atropellados. Sí, hasta ahí sí, ahora bien, poner el foco entre lo que se buscaba por parte de unos y otros, ni hablar del peluquín.

Del caso del Raval se puede hablar mucho más explícita y detalladamente, pero no es este el artículo que pueda detallar todos los porqués. Sí puede, y así lo espero, hacer ver y conocer qué intereses que 80 años atrás se habían visto como puros intereses especulativos, y por supuesto enfrentados por parte de los desfavorecidos hasta el límite de sus fuerzas, 80 años después eran vistos como un logro y una transformación de BCN como ejemplo europeo de progreso. Y desde luego, y ahí está la paradoja dolorosa, ejercitados por gobiernos llamados de progreso que eran capaces de decirle a la gente años atrás «entra con nosotros en el ayuntamiento».

Realmente, los costes de haber perdido la guerra civil, el pueblo los sigue pagando todavía, pero lo que resulta más grave es que si en el momento de la pérdida era capaz de reflejarse en la voz del gran poeta León Felipe el demoledor verso: «Tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola, más yo me llevo la canción», también la canción la hemos perdido, embarullados en conceptos de siglas y de futuros en el tiempo. Realmente te preguntas: «Tienen necesidad del fascismo?» Y uno, dolorosamente, tiene que contestarse: no, no lo tienen.

Adolfo Castaños Garrofé