TRAS LA CAJA DE LOS TRUENOS

Los inicios

«- Lo que juramos ya no existe- dice el invitado, muy serio. Levantando su copa-. Todos han muerto, todos han partido, todos han traicionado lo que juramos. Hubo un mundo por el cual valió la pena vivir y morir. Aquel mundo murió. Yo no tengo nada que ver con el nuevo. Eso es todo lo que puedo decir.
– Para mí, aquel mundo sigue vivo, aunque en realidad haya dejado de existir. Sigue vivo por el juramento que hice. Eso es todo lo que puedo decir yo.»
El último encuentro. Sándor Márai
.

A la hora de comenzar a esbozar una historia de la oposición contra el Tren de Alta Velocidad, es preciso apuntar, por paradójico que pueda antojarse, que su germen se encuentra en la derrota de los sectores más intransigentes de cuantos se resistieron a la construcción de la autovía de Leizaran. Marginados políticamente por promotores y firmantes de la Alternativa Lurraldea, los grupos que vieron sus esperanzas enterradas con el triunfo del consenso, optaron por dirigir sus esfuerzos a parar otra monstruosa infraestructura.

Así, de los rescoldos de esta experiencia surgió la Asamblea contra el TAV. Una coordinadora de grupos e individualidades que, entre todos los desaguisados proyectados en Euskal Herria, se volcó primordialmente en oponerse a este plan ferroviario. No tanto porque ser el único que podía a infligir a la geografía vasca destrozos espeluznantes (no hay que olvidar otros desmanes como la autopista Eibar-Gasteiz, las centrales energéticas de diverso tipo, las canteras…), sino como una apuesta estratégica que, dada la extensión del trazado, permitiese articular una oposición a lo largo y ancho de todo el país en clave autónoma y antidesarrollista. Con la esperanza de que, una vez puesto en marcha un movimiento de naturaleza antidesarrollista, que cuestionase el TAV más por ser un exponente sumamente irracional del modelo social que por tratarse del único ataque al territorio, se diese una extensión de luchas contra proyectos locales de forma simultánea, propiciando un apoyo mutuo.

Con esta lógica y durante muchos años, más de una década, la andadura de la Asamblea se centró en informar y difundir los efectos ecológicos, económicos y sociales que acarreará el TAV.

Este empeño propagandístico constante se apoyó ocasionalmente en acciones de desobediencia civil (como la invasión de las vías del TGV en Irun) y de interpelación a los promotores del proyecto en sus apariciones públicas. Actividades a las que hay que sumar la ya emblemática cita anual de la Acampada Anti-TAV.
Lejos de este contexto, pero sin pasarlo por alto, se sucedieron también esporádicos ataques clandestinos, especialmente contra sondeos.

El monstruo de dos cabezas

Una vez que la crítica antidesarrollista logró poner en camino los primeros pasos de la oposición a la , partidos, sindicatos, asociaciones y colectivos (más nominal que realmente) se sumaron a la tarea opositora. Mediante esta confluencia surge en marzo de 2001 la plataforma AHT Gelditu! Elkarlana. Bajo las siguientes bases, que permitieron un acercamiento de posturas:

1. Rechazo total al proyecto del TAV. El TAV es un proyecto antiecológico, antisocial, despilfarrador de recursos y totalmente inapropiado para Euskal Herria. Es inadmisible debido a sus graves impactos ecológicos, sociales, económicos, agrarios y territoriales.

2. Firme denuncia del procedimiento seguido para elaborar el proyecto del TAV. Están desarrollando el proyecto en ausencia total de transparencia informativa y participación social. En ese sentido, exigimos que se respete el amplio rechazo social al proyecto y que se reconozca el derecho a veto a los municipios gravemente afectados por el mismo.

3. El cuestionamiento, más allá del proyecto del TAV, y la reivindicación de un profundo cambio de los modelos de transporte, de ordenación del territorio y de sociedad que están imponiendo desde las instituciones.

Pese al deleznable bagaje aportado por el plataformismo de Leizaran, la Asamblea contra el TAV lo aceptó como un mal menor (prefiriendo la participación en su seno a la automarginación) y no tardó demasiado en convertirse en la columna vertebral de AHT Gelditu! Elkarlana.

Al compás de un ritmo un tanto soñoliento y enarbolando un discurso que abarca desde la desobediencia civil a la vía jurídica, la plataforma comenzó un devenir vegetativo roto por consultas populares, tímidas campañas de información y puntuales manifestaciones nacionales, apenas salpicado por intentos reales de poner en liza iniciativas desobedientes para con la ley.

Urbina

«Es cierto que se construyen puentes de piedra sobre los ríos más anchos. Pero por ellos se hacen llevar los poderosos hacia su ociosidad, y los pobres van por ellos hacia su esclavitud.
El congreso de los blanqueadores.»
Bertolt Brecht.

En otoño de 2006, las obras de la Y vasca alumbraron los primeros desmontes y destrozos cerca de la localidad alavesa de Urbina (enclave conocido en Euskal Herria por poseer durante un tiempo la proporción de represalidos políticos por habitante más alta del país). Estos primeros movimientos de tierras fueron seguidos de una cierta confusión. Por un lado, el punto de arranque de la devastación coincidió con el trazado de la no menos destructiva autopista Eibar-Gasteiz, igualmente en construcción. Por otro, determinados sectores de AHT Gelditu! Elkarlana valoraron contraproducente y desmovilizador airear el pistoletazo de salida de las obras, esgrimiendo de momento la conveniencia de mantenerlas en secreto.

Pese a las divergencias (sobre las que planea de fondo también el interés de la izquierda abertzale en no abrir un escenario añadido de confrontación mientras se encuentraba en un período de negociación con el gobierno socialista), no fueron pocas las personas que sintieron la imperiosa la necesidad de estrenar un foco de hostilidades en los propios terrenos afectados.

A resultas de ello nació el 4 de noviembre el Erresistentzia Gunea. Una iniciativa surgida autónomamente que AHT Gelditu! Elkarlana no terminó de asumir como propia. Ello no supuso un obstáculo para que desde numerosos rincones del mapa vasco curiosos y activistas se dieran cita en el campamento que servió de escuela de resistencia y oposición. De aquí surgieron numerosos actos de desobediencia civil (encadenamientos, invasiones, retirada de vallas y marcas), así como un clima de proximidad y convivencia entre militantes de diferentes signo político.
Aunque la experiencia se abortó en apenas dos meses, su huella se dejó notar claramente, puesto que decenas de individuos trasladaron el clima opositor a sus respectivos pueblos de origen, extendiendo el espíritu desobediente y combativo como un virus.

De la mano de este primer enfrentamiento sobre el terreno irrumpió con cierta fuerza otro fenómeno (tal y como se puede comprobar en la Erresistentzia Orria, una publicación anónima que se encontraba en aquellos momentos en las paredes y en la red): el del ataque a los responsables del TAV. Mostrando unos rasgos diferentes a lo que los medios españoles denominan kale borroka, los sabotajes y acciones directas contra promotores, instigadores, partidos e instituciones que amparan la obedecen a una práctica propia que busca unos objetivos concretos. Con la intención de no atraer la atención represiva, mediática y social sobre sí mismas, estas actividades renuncian, salvo excepciones, a la espectacularidad, de modo que sólo se den por aludidos los implicados.

Con esta eclosión se mezclaron otros llamamientos públicos (y autónomos, es decir, lejos de Elkarlana) como la quincena antidesarrollista (que se prolongó durante las anteriores y posteriores semanas a la manifestación nacional convocada el 15 de diciembre de 2007 en Arrasate, en la que confluyó una marea humana de 15.000 personas), las movilizaciones contra las expropiaciones y los sondeos o la campaña de impago a RENFE y Euskotren. Sin embargo, este ciclo de acción directa clandestina no tardó demasiado en agotarse y desengañar a quienes habían creído en la teoría del contagio. De tal manera que cuando el Estado apretó el acelerador represivo (que realmente, jamás había dejado de pisar, y menos aún durante la tregua de ETA) tras la ruptura del alto el fuego y ante la proximidad de las elecciones generales, las dinámicas saboteadoras remitieron sensiblemente.

Por supuesto, desde que las hostilidades se incrementaron, la tibia criminalización a la que se había expuesto el movimiento alcanza temperaturas cada vez más elevadas. Intoxicaciones que tienden, sobre todo, a relacionarlo con ETA (esforzándose en usurpar, de paso, el debate en torno al TAV y aprisionándolo en el estrecho margen del rechazo o adhesión a la organización armada).

Pasada esta página de la lucha anti-TAV y antes de que el rastro devastador de la infraestructura ferroviaria se hiciera notar sobre otros puntos de la geografía vasca (inicio de obras en Ordizia), AHT Gelditu! Elkarlana impulsó una serie de iniciativas que llevaban impresas las fórmulas propias de la izquierda abertzale (modos de funcionamiento que implican altos grados de despliegue humano, especialización técnica y profesional) como el Gelditour y el lanzamiento de un libro-DVD.

Bajo el nombre del Gelditour arrancó una campaña que tenía como objetivo hacer públicos los daños que la planea infligir en los diferentes pueblos y ciudades vascas. Pero que paradójicamente, y rebajando el contenido ecológico, reclamaba más debate social y menos imposición (muy en la línea en la que determinados sectores gustan de ubicar el problema). Con ayuda de un camión cargado de paneles y panfletos que iba de localidad en localidad entre el 4 y el 31 de mayo de 2008, la idea devino una respuesta desigual en la medida en que muchos de los grupos que la apoyaron lo hicieron, o incluso nacieron en algún caso, como respuesta al toque de corneta de sus organizaciones para, una vez cumplido el compromiso, desaparecer per secula seculorum. Es decir, que se proyectó un espejismo, con la ayuda de determinados medios de comunicación, que al poco tiempo pondría de relieve el desierto opositor habitual (circunscrito a la Asamblea, grupos autónomos, gaztetxes y espacios okupados, gaztes asanbladas y grupos locales de Elkarlana consolidados).

Al mismo tiempo, algunos de los citados colectivos más o menos autoorganizados abrieron una brecha mayor entre su actividad y la de la plataforma (sobre todo en Goierri, donde las obras comenzaron coincidiendo con el Gelditour), a la que le reprochaban cierta pusilanimidad. Y lo hicieron, además, plantando cara al capitalismo con las herramientas que AHT Gelditu! Elkarlana predica pero que rara vez ha practicado; la desobediencia civil, por ejemplo.

La irrupción

Pero estos no fueron los únicos nuevos vientos que el Gelditour trajo consigo. Tras declaraciones vía comunicados y entrevistas, ETA entraba en acción en el conflicto. Dos artefactos explosivos en máquinas de empresas involucradas en la construcción del TAV abrían una marcha que encontraba su broche en la bomba que arrasaba la sede de Aménabar el mismo día que concluía el Gelditour. Marcaje que puede ser considerado como una Opa hostil al movimiento de oposición a la , más si se tiene en cuenta que en esas fechas se sucede algún sabotaje de corte espectacular.

Tras el Gelditour, AHT Gelditu! Elkarlana afrontó una reorganización interna que intentaba solventar problemas y malentendidos arrastrados por su estructuración durante años. Mientras para algunos se trataba de solucionar ineficacias centralizando las decisiones, para otros, la mayoría, era la oportunidad de dotar de horizontalidad a éstas.

Afortunada y sintomáticamente, estas resoluciones afectaron poco al núcleo activista y a los grupos locales, que en lugar de paralizar su trabajo, lo enriquecieron con nuevas determinaciones (protesta en todas las expropiaciones posibles, no únicamente en los ayuntamientos gobernados por ANV, marchas e invasiones de las obras en Zaratamo y Abadiño, que se sumaron a la desarrolladas en Urbina en dos ocasiones y la de Ordizia durante el Gelditour, así como acciones de desobediencia en distintos puntos de las obras) con las que se intentaban cambiar la estrategia llevada hasta el momento desde Elkarlana, principalmente informativa, por otra más beligerante y ofensiva que debe culminar con una marcha y ocupación de las obras en el tramo más avanzado del proyecto, el de Urbina.

De la caja de los truenos a la cloaca de las miserias

Sin embargo, antes de que esta cita llegase a buen puerto, un hecho sacudió a la oposición anti-TAV. ETA atentó mortalmente contra Inazio Uria, dueño de una de las empresas beneficiadas por la construcción del tren. La acción levantó abundante polvareda en el seno de una oposición frágilmente avenida. Mientras algunas personas aprovecharon el momento para reivindicarse a sí mismos ante los medios, otras organizaciones que se suponen contrarias al TAV ejercieron al fin su derecho a la opinión, sólo que en lugar de hacerlo contra la infraestructura, lo hicieron contra ETA. No faltaron tampoco los que hicieron público un comunicado preparado con antelación que puso en evidencia que, en general, se había invertido más tiempo en condenar la actividad de ETA que en desarrollar una oposición efectiva contra el TAV.

Entre ciertos sectores del movimiento, particularmente la Asamblea contra el TAV, se recelaba desde antes de una posible intervención de ETA en esta lucha. Precisamente, y como se ha apuntado ya, la Asamblea nació en 1993 después de la ruptura que supuso el conflicto de la autovía de Leizaran. En aquel entonces, la coordinadora Lurraldea acató un ínfimo cambio en el trazado de aquella infraestructura (cinco kilómetros de un total de casi cincuenta). Acuerdo que la izquierda abertzale presentó como un logro en una histórica rueda de prensa en la que un dirigente de Herri Batasuna brindó con champán. Aquel pacto suponía para una izquierda abertzale perjudicada por el fracaso de las negociaciones de Argel y por la caída del comité dirigente de ETA en marzo de 1992 un éxito político que sembró el desorden en el recién inaugurado pacto de Ajuria Enea (ya que algunos firmantes de dicho acuerdo habían acabado negociando el trazado final de la autovía, lo que para el resto supuso una fisura en el de HB y su entorno).

Desde Leizaran era de esperar que la izquierda abertzale hubiera hecho con el tiempo la autocrítica necesaria acerca de la derrota que supuso aquella aceptación de la autovía. Eso parecían indicar ciertos indicios, como el hecho de que muchos militantes abertzales de la época no quieran ni oír hablar de aquella , o que una reciente historia oficiosa de ETA refiera así lo sucedido: (Iker Casanova, ETA 1958-2008. Medio siglo de historia, Txalaparta, 2007).

Dicho esto, a nadie debería sorprenderle que para algunos una eventual intervención de ETA en el conflicto del TAV podría suponer sacrificar una vez más una lucha social y ambiental parcial en el altar de la macropolítica, esta vez en aras a obtener una eficaz vía de presión al Estado y reiniciar así la ansiada negociación; una negociación en la que el TAV podría ser un elemento de trueque más. El temor que podría albergar la Asamblea anti-TAV ante esta posibilidad, lejos de atenuarse, se agudizó cuando ETA hizo público su primer aviso de que iba a entrar a saco con una entrevista publicada en Gara el 5 de enero, expresando de paso su particular interpretación de lo que constituyó el conflicto de Leizaran: no llegamos a intervenir nosotros, el proyecto de la autovía se habría impuesto por la fuerza de las armas. Al desconcierto de estas declaraciones se sumó el que ETA no reivindicara sus primeras bombas contra el TAV (en unas obras de Amenazar al principio del Gelditour y en la propia sede de la empresa el último día de la misma campaña). Además, la organización armada insistía en un factor muy parcial de la crítica anti-TAV, a saber, el carácter impositivo del proyecto. Por fin, tras una tercera bomba en unas obras de Fonorte y Acciona en Orio, ETA publicó un segundo comunicado en que imitaba la retórica de publicaciones más netamente antidesarrollistas, y denunciaba una y otra vez la invasión del hormigón en suelo vasco, auspiciada sobre todo por el PNV.

En cualquier caso, la acción mortal contra Inazio Uria supuso un (como se definía en una rueda de prensa consensuada por la propia coordinadora AHT gelditu! Elkarlana) para una lucha que de pronto tenía que asumir que, le gustara o no, iba a empezar a medirse desde ese momento según los criterios del llamado .
Pero antes de analizar las diversas reacciones a la entrada de ETA en esta lucha concreta, conviene repasar algunos antecedentes.

Aunque hemos resumido muy brevemente lo que supuso Leizaran, hay más aspectos a tener en cuenta. Errónea o acertadamente, para gran parte de la sociedad vasca ETA(m) fue el actor decisivo en la paralización de la puesta en marcha de la central de Lemoiz, al causar la muerte de los ingenieros José María Ryan (6 de febrero de 1981) y Ángel Pascual (5 de mayo de 1982). Por el contrario, pese a la experiencia de Leizaran, también hay quien opina que una intervención armada de ETA habría llevado por otros derroteros la lucha contra el pantano de Itoiz. Sea como sea, y más allá de los conflictos ambientales concretos, la actividad armada de ETA después de Lemoiz y del del 23 de febrero de 1981, cuando la mayor parte de la izquierda cerraba filas en torno a la restauración borbónica, ha mantenido un cierto nivel de agitación en la sociedad vasca que de otra forma habría sido impensable.
Valorando todo esto, aprisa y corriendo, y no sin generar una crisis en sus filas (más por las formas que por el fondo), la Asamblea contra el TAV pegó en paredes y envió a Gara y Berria una declaración con la exigencia de que fuese publicada en su integridad. En ella se dejaba clara una firme determinación de no cumplir con el rito de la condena que tanto agradece el Estado (y de hecho se enunció expresamente su rechazo a adherirse a las políticas antiterroristas), pero igualmente se exigió a la organización armada que se abstuviera de participar en un movimiento amplio y que se había sabido gestar autónomamente.

En lo tocante a AHT Gelditu! Elkarlana, se consensuó una declaración en la que se desmarcaba de la acción y se reafirmaba en la apología de la desobediencia civil y la movilización popular.
Si bien para muchos el desmarque (y no nos referimos al Estado y sus acólitos autónomicos del Gobierno Vasco, para los que cualquier tipo de oposición real es un enemigo a batir) significaba mostrar una identidad propia escasa y una autonomía muy limitada respecto a ETA, otros valoraron positivamente el hecho de que un organismo que integra a la izquierda abertzale fuese capaz de establecer algún tipo de distancia frente a ETA.

Esta interpretación contemplaba como una apuesta táctica por parte de la fuerza independentista mantener la unión y pluralidad de la plataforma en lugar de imponer su criterio o reventarla mediante el recurso al veto o al juego de las mayorías y las minorías.
Urbina, otra vez

Acabado este pequeño descalabro interno, los esfuerzos contrarios a la se volcaron en calentar motores de cara a la próxima marcha a Urbina el 17 de enero, sin dejar de lado otras citas como las expropiaciones en Iurreta, Durango y Zornotza. La manifestación, a la que se le otorgaba un carácter nacional, buscaba algo más que el clásico paseo que permitiese contemplar la destrucción generada por la infraestructura. Así, en cuanto el recorrido legal finalizó, los asistentes fueron invitados a participar en una invasión de las obras que involucrase e hiciese sentir como parte activa de la oposición a la mayor cantidad de personas posible. Esta muestra de ilegalismo de masas pretendía adoptar la forma de una sentada multitudinaria sobre el terreno que debe contener las vías del TAV. Sin embargo, la brutalidad con la que se empleó la Ertzaintza aborta la acción. La represión, además, alcanzó grados de salvajismo a la vuelta a Urbina y en el propio pueblo, donde los manifestantes resultaron heridos por decenas en la emboscada y los abusos que perpetró la policía autonómica. Finalmente, a los heridos se sumaron 8 detenidos que Consejería de Interior trató de conducir a la Audiencia Nacional, sin lograrlo, bajo la acusación de delitos de terrorismo.

Aunque en cierto sentido se consiguieron alcanzar los objetivos fijados, esto es, demostrar con la acción que la lucha contra la es real y no el lema pasajero y simpático que corresponde a un conflicto ficticio, el fracaso en los propósitos concretos (la sentada masiva) no se debió únicamente al violento celo de la policía autonómica. Si bien esta se empleó con una brutalidad proporcional a las faraónicas dimensiones e intereses del proyecto ferroviario, quedó de manifiesto un notorio descontrol e improvisación entre las filas de la oposición en este momento clave. Una desorganización que se escapó de lo natural y que fue atribuible a la dejadez con la que las personas encargadas de ello habían llevado a cabo su tarea (prestando mayor atención al concierto posterior que a la movilización en sí).

Lo que en un principio cabría interpretar razonablemente como un descuido, ha dejado entrever mediante maniobras posteriores que quizás la negligencia tuviera más que ver con un descreimiento en estos métodos o un desinterés manifiesto en promover acciones de desobediencia civil en beneficio de la protesta pactada (manifestaciones-paseo que transcurran dentro de cauces legales y en capitales de provincia).

¿Qué hacer?

«No vale la pena perder una batalla sólo con el fin de enterrar un cádaver.» El léon y el unicornio. George Orwell.

Con las cicatrices del pasado perfectamente presentes, los sectores autónomos y antidesarrollistas se enfrentan a un doble desafío en la lucha anti-TAV si desean cosechar algún éxito. En primer lugar, consolidar un discurso crítico que rebase el ecologismo timorato y gestor que pretende ayudar a la expansión sostenible y verde del mundo de la mercancía, la devastación y la movilidad. La lucha contra el TAV debe ser la lucha contra el modelo social que lo genera y necesita o su conciencia incipiente morirá de insuficiencia ante otros desmanes ecológicos (PTP, centros comerciales, campos de golf, parques eólicos, líneas de alta tensión…).

Junto a este discurso, resulta indispensable poner en práctica dinámicas tan radicales como perdurables en el tiempo, teniendo en cuenta las fuerzas disponibles. Uno de los desafíos de la lucha contra la Alta Velocidad es contribuir también a una nueva cultura militante. Que sea autocrítica, beligerante, no especializada, que supere las rutinas estériles y se cuestione sus métodos en función de las necesidades. Articular la desobediencia civil allí donde sea posible, sin recurrir a ella como fetiche intocable, y herramientas más contundentes donde exista margen para ello. Estos instrumentos cotidianos no sólo han de complicar el trabajo a aquellos que aspiran a imponer sus planes, sino que también debe dificultar la tarea a quienes albergan la esperanza de utilizar la oposición a la como moneda de cambio.

Amenaza que adopta la forma de ecologistas, partidos y sindicatos ávidos de reivindicarse como representantes del descontento, eficientes apagafuegos y, en última instancia, encargados de reducir la imposición a través de la ingeniería del consenso. Y ello sin perder de vista tampoco a quienes maniobran para encajonar la lucha contra el TAV en los estrechos márgenes de una movilización ciudadana inocua y gregaria que delegue la conflictividad en una vanguardia armada.

Para qué hacer

«Habría que hacer alguna vez, dijo aún, un catálogo de nuestras construcciones, en el que aparecieran por orden de tamaño, y entonces se comprendería enseguida que las que se situaban por debajo del tamaño normal de la arquitectura doméstica -las cabañas de campo, los refugios de ermitaño, la casita de vigilantes de esclusas, el pabellón de hermosas pistas, el pabellón de niños en el jardín-, eran las que nos ofrecían al menos un vislumbre de paz, mientras que de un edificio gigantesco […] nadie que estuviera en su sano juicio podría afirmar que le gustase. En el mejor de los casos, se admiraba, y en esa admiración había ya una forma de espanto porque de algún modo sabíamos naturalmente que los edificios que crecen hasta lo desmesurado arrojan ya la sombra de su destrucción y han sido concebidos desde el principio con vistas a su existencia ulterior como ruinas…» Austerlitz. W. G. Sebald

Con estos elementos en mente, la apuesta de los sectores autónomos debe ser la propiciar un escenario en el que la paralización del proyecto se deba a una movilización popular lo más amplia, rica (que iniciativas más no se solapen con otras más arriesgadas) y conflictiva posible. Si bien es cierto que una parte considerable de la sociedad vasca no ve con buenos ojos la construcción de esta infraestructura, el punto débil de la oposición, hasta el momento, ha sido su incapacidad para articular e descontento social acorde a su proporción. Más si se tienen en cuenta los aplastantes resultados arrojados por las diversas consultas populares efectuadas en más de una decena de localidades afectadas.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, implicar activamente a todos cuantos rechazan la , pero sí al menos a una minoría lo suficientemente significativa y radicalizada como para dar al traste con las intenciones del Estado y el Capital.

En contraste con esta fórmula, hay quien prefiere otorgar el protagonismo opositor a una vanguardia armada. Estrategia que, además de significar una apuesta política no como medio, sino como fin en sí mismo (de cara a legitimar la lucha armada), parte de una falsificación (deliberada o no) de la historia reciente de Hego Euskal Herria. Suponer que la paralización de la central nuclear de Lemoiz fue obra de una o varias organizaciones armadas en combinación (ETA Militar, ETA Político Militar, Comandos Autónomos Anticapitalistas e Iraultza) es desplazar de aquel enfrentamiento a miles de manifestantes, activistas, desobedientes, negligentes deliberados (trabajadores del propio complejo), insumisos (a hacer frente al pago de los recibos de Iberduero) y Comités Antinucleares. Una vasta oposición que con el tiempo e interesadamente se pretende reducir al componente espectacular.

Otra de las variables que no conviene perder de vista en estos vaticinios es la de la crisis económica, que en caso de agudizarse, podría transformar en inviable una inversión pública de más de un billón de pesetas. También es posible que la paralización de la infraestructura venga de la mano de una combinación de todos estos factores (aunque cabe señalar que la intervención de ETA no anima, precisamente, a determinados sectores, a sumarse a la lucha).

En cuanto al fracaso de la oposición contra el proyecto de Alta Velocidad, sólo cabe imaginarse dos situaciones. Una, que el Estado imponga su faraónico plan. Y otra, aún más nociva, por cuanto la conciencia antidesarrollista se vería lapidada por obra y gracia del consenso, que el trazado se alterase mínimamente a cambio de recibir mayor legitimidad social. En este acuerdo, las aspiraciones a resistirse al avance de los valores del sistema (movilidad, destrucción ecológica, metropolización…) se reducirían a la capacidad de partidos y sindicatos de poner en entredicho cuestiones técnicas sin subvertir la ideología desarrollista a la que se adherirían (consciente o inconscientemente).