ORDENACIÓN DEL TERRITORIO

El agua[Este artículo es continuación del texto [«Agua. Especulación urbanística y conflictividad social en el Meditaerráneo» ]] es un elemento ligado íntimamente a los ecosistemas, incluso en su forma desvalorizada, donde continua formando parte importante de la diversidad de ambientes artificializados (trasvases, pantanos…), sometidos a valorización tecnológica y a la gestión de las leyes de mercado.

La cesión de las competencias del Estado en materia hídrica (reforma de la Ley de Aguas diciembre 1999), permitió la entrada en escena de nuevos gestores que tomaron las riendas del proceso de privatización y liberalización del mercado del agua.

La intervención de los acuatenientes encabezada por multinacionales del agua (Aguas de Barcelona- Agbar), las Sociedades Estatales del Agua y la mafia de las comunidades de regantes, delimitó la gestión privada del recurso hídrico en aspectos tales como la construcción de obras hidráulicas, la potabilización, depuración de aguas, el precio del hectómetro cúbico, así como en el control de las tarifas domésticas.

La privatización de los recursos hídricos va a ser uno de los epílogos destacados en el proceso de dominación de la economía capitalista sobre los ecosistemas. La apropiación de los recursos naturales y en especial del agua, se muestra, sin duda, como una de las formas más criminales de robo.

No va a existir una gestión del agua-mercancía sin que haya de antemano, una gestión del territorio asociado y de las actividades humanas que en él se desarrollan.

La Ordenación del Territorio, es el enfoque rector que supedita los recursos naturales y las actividades humanas a la planificación capitalista. La OT ha sido la pieza clave para la reorganización productiva de la franja mediterránea. En este proceso han sido señalados estratégicamente el agronegocio, el turismo, el área de servicios y la construcción, como los nuevos sectores con prioridad para consumir ingentes cantidades de agua, suelo, recursos naturales, energía y mano de obra precarizada.

La economía capitalista señala los espacios competitivos (las oportunidades de negocio) y la burocracia medioambiental dispara sus proyectiles en forma de PGOU, PMOU (Planes generales o municipales de ordenación urbana) o PORN (Planes de ordenación de los recursos naturales).

Estos Planes, regidos en teoría por las directrices del Desarrollo Sostenible, son una muestra clara de que la sostenibilidad del Desarrollismo estriba en el sometimiento de los territorios, los recursos y sus gentes, a la lógica del dinero y la circulación de mercancías. Cada Plan de Ordenación aprobado por un Ayuntamiento o una Comunidad autónoma es un cheque en blanco de curso legal, que permite libertad de movimientos a las corporaciones inmobiliarias, los operadores turísticos y las multinacionales del agua y/o energía, para dejar su impronta destructiva sobre el territorio. A fin de cuentas, estas corporaciones se han convertido en las nuevas «tributarias» que han inundado de dinero negro tanto las arcas municipales, como los bolsillos de los concejales y técnicos de los ayuntamientos.
La Ordenación del Territorio, como es lógico, está subordinada a la planificación de las infraestructuras y redes que favorecen la circulación acelerada de dinero, personas y mercancías:

Autopistas, trasvases del Tajo, Ebro o Júcar, gaseoductos, trenes de alta velocidad, circuitos de coches, redes eléctricas y de fibra óptica, aeropuertos, puertos deportivos, campos de concentración para el ocio y el consumo… Elementos directamente relacionados con la imposición del modelo de vida burgués y post-moderno, que queda contextualizado por la adicción a la velocidad, la producción de objetos standard, el narcisismo, la obsesión por la seguridad y por el consumo compulsivo de tecnología de ámbito doméstico.

El problema real de la Ordenación del Territorio no reside en la subordinación de la planificación territorial a la económica, sino en el proceso de crisis y desmantelamiento de la planificación publica, en favor de la apisonadora neoliberal de las Confederaciones de empresarios. La planificación territorial del poniente almeriense y los litorales valenciano-murcianos ha sido proyectada desde los despachos europeos de las patronales de la alimentación, de distribución logística y de las corporaciones del agua o la energía, bajo las indicaciones del Mercado único de la UE.

El proceso de reorganización productiva del Arco mediterráneo, ha dejado unas «huellas» imborrables, que merece la pena analizar.

El discreto encanto de la burguesía agrícola

La patronal del «agro-business» (ASAJA, COAG, UPA…), aliada tradicional del PP en la «cruzada pro-trasvasista», ha sido la principal peticionaria y consumidora de recursos hídricos.
Para la patronal agrícola, los trasvases, vengan de donde vengan, ya sean del Ebro, del Tajo o del Ródano, son la incógnita a despejar en la ecuación: Clima benigno + 3 cosechas anuales + mano de obra barata + escasez hídrica = ingente acumulación monetaria, que suele estar asociada a la diversificación de dinero hacia otros sectores.

El objetivo del agronegocio es acelerar, aun más si cabe, el proceso de «hipervalorizacion» del recurso hídrico, que llega a la tierra en forma de líquido trasvasado y se exporta a los mercados nacionales y europeos en forma de agua-fruta, agua-verdura o agua-hortaliza. Se trata de extraer la mayor cantidad de «plusvalía» a un recurso como el agua, de riego o subterránea, para que circule lo más velozmente posible sujeta a un tejido vegetal por las plataformas logísticas de alimentación nacionales y europeas.

Para obtener estos altos niveles de «plusvalía hídrica» se necesita imponer además, un régimen especifico de explotación, marginación y segregación de la población trabajadora, cercano a los limites de la esclavitud.

Tras de la imagen idílica del Levante mediterráneo, al que muchos llaman la «huerta de Europa», se ocultan un arsenal de impactos medioambientales y sociales, a los que hemos optado por calificar como «daños colaterales», por utilizar la jerga de los señores de la guerra, convertidos para la ocasión en paletos adinerados administradores de la Nocividad. Entre los daños colaterales del agronegocio tenemos:
– La reconversión salvaje del territorio, por la transformación de vastas extensiones de cultivo de secano en regadíos ilegales, lo que incrementa aun mas si cabe, el desequilibrio hídrico.
– La sobreexplotación de los acuíferos para alimentar los regadíos híperproductivos. Los terrenos de cultivo regados por acuíferos en vías de agotamiento, van quedando progresivamente salinizados por la extracción conjunta de agua y sales minerales.
– La sobreexplotación de terrenos con un régimen de 3 cosechas anuales de monocultivo, que conduce a la infertilidad y al agotamiento de la tierra. El abandono de terrenos sobreexplotados favorece el proceso natural de desertización o bien su reconversión en terreno urbanizable.
– Las altas tasas de beneficio en el sector agrícola potencian la diversificación de la inversión especulativa en otros sectores, como la construcción o la industria del ocio.
– La contaminación de aguas superficiales y subterráneas, unida al envenenamiento progresivo de tierra fértil por el uso combinado de fertilizantes, pesticidas y plaguicidas (Napalm agrícola).
– Absorción de las explotaciones agrícolas tradicionales por grandes «lobbys» agroindustriales, favoreciendo la extensión de un modelo neolatifundista y la reconversión de los agricultores en jornaleros o en trabajadores altamente precarios que buscan ocupación en otros sectores (desertores del arado).
– Plastificación del paisaje por la proliferación de invernaderos, convertidos en verdaderos centros de experimentación bio-química y de contaminación genética por la utilización de semillas modificadas (Invasión transgénica).
– El agotamiento de las tierras de cultivo favorece el fenómeno de la deslocalización agrícola y la fragmentación del proceso productivo. Un ejemplo lo tenemos en las fábricas de conservas y zumos, que tienen la producción deslocalizada en Marruecos o Sudamérica, y solo conservan en Levante, el proceso de envasado y etiquetado de producto.

Mediterráneo Gulag: la crónica de un desastre anunciado

La reorganización territorial del arco Mediterráneo, fue el elemento clave en la fase de transición de una economía de producción a otra asentada en el sector servicios (ocio, comercio, hostelería, teleoperadores, limpiadores, canguros…)

Las sucesivas sentencias de muerte dictadas al «fordismo agrario» desde la Dirección general de política territorial, se concretaron en la máxima de que «invertir en agricultura tradicional, era invertir en pobreza». El futuro quedó por tanto hipotecado al desarrollo de infraestructuras relacionadas con la expansión del «tsunami» urbanizador y la industria del turismo de masas.

Otros factores que intervinieron en el proceso de recambio del ciclo productivo, fueron la sustitución de cuotas de trabajo vivo por prótesis tecnológicas, el desmantelamiento progresivo de los sectores económicos tradicionales (calzado, curtidos, conservas…) por efecto de la deslocalización productiva (Marruecos, China, Sudeste asiático) y la falta de respuesta proletaria ante las sucesivas reformas laborales que venían anunciando el despido libre. Esta combinación de situaciones dio como resultado una «fragmentación de lo social» de proporciones notables.

La expansión del sector servicios ligado a la industria turística, junto al volumen creciente de oficios asociados a la construcción, provocó que las relaciones mercantilizadas escaparan de los polígonos industriales y se extendieran como una mancha de aceite por todo el territorio. La esfera de subjetividad capitalista, es decir todo el lenguaje, los signos y los gestos asociados al sistema de cálculo monetario, se infiltraron plenamente en los estratos existenciales de los trabajadores, demoliendo los últimos resquicios de ingobernabilidad y solidaridad de clase. Objetos, sujetos y vínculos resultaron absorbidos por la lógica del valor y

la violencia estructural del dinero

Los automóviles, internet y la telefonía móvil fueron los artefactos de dependencia, que lograron sujetar permanentemente a los trabajadores a las redes de circulación de mercancías, a esa red de «autopistas monetarias» de peaje, y virtuales, capaces de reducir cada gesto cotidiano (movimiento, lenguaje, información, sexo…) a la lógica del dinero.

Lo social, por otra parte, quedó fragmentado en una multitud de situaciones socioeconómicas en el limite de la supervivencia, que redibujaron a un nuevo proletariado altamente precario, huérfano de las antiguas garantías que ofrecía el Estado del Bienestar de los 70-80 y que nada tenia ya que ver con aquellos moradores de la «sociedad fabrica» capaces de articular expresiones de rechazo al trabajo (absentismo, paros, huelgas…)

El Estado del Pacto Social se ha ido convirtiendo progresivamente en un Estado gestor de la Crisis, de la Reestructuración permanente, gestor del monopolio de la violencia y el control social en los periodos de trabajo-no trabajo y árbitro en la desregulación total del mercado laboral.

Urbanismo y turismo de masas

Como en un «remake» post-moderno de Bienvenido Mr. Marshall, tanto la clase política como la empresarial han intentado convencer durante años a los trabajadores, de que las hordas de turistas ricos y de clase media europea iban a constituir esa clase inversora que traería riqueza, trabajo y progreso a los territorios mediterráneos. La ola neocolonialista europea, ha logrado polarizar aún más si cabe, los estratos existenciales de la masa trabajadora. La aceptación entre los trabajadores autóctonos del inmigrante rico que viene a gastar dinero en dúplex, spas, golf y paellas, es tan evidente como el odio al inmigrante empobrecido, que viene a realizar el trabajo que ningún currela autóctono estaría dispuesto a asumir. Conforme se han ido esfumando las oportunidades de trabajo en el nuevo ciclo de crisis, el comportamiento y la psicología de la masa trabajadora se ha ido corroyendo por la ignorancia y el tumor racista.

La clase política y empresarial ha tenido un papel clave en el fenómeno de derechización de la sociedad, así como en el proceso de segregación y etiquetado del «otro», del «diferente»: El rol del inmigrante rico se ha ido asociando a las categorías del civismo, la educación, la limpieza, el silencio, inocencia ante el engaño comercial y la privacidad cotidiana. El rol del inmigrante pobre queda relacionado con categorías negativas como la delincuencia, el ruido, la holgazanería, el hacinamiento, la suciedad o la trasmisión de enfermedades erradicadas.

El inmigrante rico no produce, pero gasta dinero en viviendas y servicios, el inmigrante pobre produce, pero casi no gasta dinero porque no lo tiene. En este planteamiento se basa la violencia estructural del dinero, en un ciclo productivo sometido a la terciarización y la expansión del capitalismo financiero. En este territorio es prioritario el fortalecimiento del mercado de capitales frente al mercado de trabajo, (por ese motivo el Estado inyecta dinero a los bancos, pero no mejora la situación socioeconómica de los trabajadores).

El fenómeno de la marginación y la exclusión social se ceba sobremanera con la fracción de trabajadores empobrecidos, que ya no tienen interés para la economía, que no tienen poder adquisitivo suficiente, que no son reductibles a la dialéctica del valor añadido. En la Dirección General del Ministerio del Interior y en las judicaturas se esta preparando una nueva noche de los cristales rotos. La deportación de los pobres, de los parados a sus países de origen o a las periferias metropolitanas ha comenzado y los campos de concentración ahora reciben el nombre de centros penitenciarios o de internamiento

La renovación del ciclo productivo en el Mediterráneo, esta íntimamente ligada a los dispositivos de transformación de las ciudades en metrópolis.

El objetivo del urbanismo post-moderno estriba en alterar las estructuras espaciales de las ciudades y ponerlas al servicio de la circulación de mercancías.

El modelo de imposición territorial en el arco mediterráneo coincidiría con la conurbación, es decir, la fusión de diversos núcleos de población, hasta configurar un inmenso aglomerado urbano interdependiente, conectado mediante autopistas, redes eléctricas y gaseoductos. Esta megalópolis abarcaría desde Cádiz hasta Genova, estableciendo como nodo fundamental el área metropolitana de Barcelona.

Las ciudades han sido progresivamente destruidas y transformadas en espacios banalizados, estandarizados y sin identidad propia, en los que la primera industria del estado español (el turismo) pueda desarrollarse con plenitud y sin obstáculos que alteren la paz social.

El urbanismo, utilizando criterios de racionalidad fascista, eliminó todos aquellos espacios y rincones que no eran susceptibles de control. Las calles fueron ampliadas y linealizadas para permitir la circulación de coches. Los parques fueron transformados en techos de cemento para parkings subterráneos, minimizando o eliminado los asientos y la vegetación para limitar al máximo el encuentro humano y la sociabilidad. Los centros comerciales y de ocio fueron desplazados hacia los cinturones periféricos de la ciudad, fomentando la dependencia automovilística. El diseño militar de estos espacios de acumulación de capital, estaba enfocado hacia el control de masas, mediante la parcelación de grandes áreas videovigiladas y patrulladas por ejércitos de guardias de seguridad. El concepto clave del urbanismo post-moderno ha sido la seguridad.

En la cuestión de la reorganización territorial se impone el modelo de ciudad dispersa frente al de ciudad compacta. La ciudad dispersa configura un mosaico desordenado en el que se mezclan viviendas tipo dúplex o chalet, con terrenos de cultivo y zonas verdes. La ciudad dispersa invierte la relación numero de habitantes/metro cuadrado, de modo que una pequeña proporción de habitantes ocupa más superficie y consume mayor número de recursos que una ciudad verticalizada y compacta.

Otro modelo de organización espacial relacionado con la ciudad dispersa lo constituyen las «islas Resort». Un Resort es un complejo turístico de alto standing, de modelo americano, rodeado de campos de golf y habitado por colonos europeos con alto poder adquisitivo. Los resorts son recintos videovigilados que suelen estar enclavados junto a zonas agrícolas o lindando con espacios naturales, aislados del entorno por muros o vallas de seguridad que le dan aspecto de «isla verde amurallada». El contaste del islote de naturaleza artificial con el paisaje semidesértico es salvaje. En la región de Murcia estas «islas» ocupan aproximadamente unos 40 millones de metros cuadrados. En los resorts las corporaciones inmobiliarias venden algo más que casas, venden un estilo de vida de corte burgués en el que se reproducen todas las lacras de la sociedad capitalista: desvalorización del agua, la obsesión por la seguridad, la estandarización de comportamientos, el aislamiento…

Estos resorts son los nichos soleados que aseguran el progresivo fenómeno de geriatrizacion del litoral mediterráneo. Además tienen la capacidad de hacer visible la dicotomía clasista y racista derivada de la reestructuración territorial, matizando el contraste entre los inmigrantes ricos, que habitan en el interior del Resort (y que gastan unos 180 euros al día) y los inmigrantes pobres, que trabajan de sol a sol en los terrenos colindantes (y que ganan 180, pero a la semana). Las islas resort son los espacios esperpénticos que separan las clases sociales por un delgado muro de vergüenza.

El ciudadanismo en tiempos de cólera

El necesario e ineludible discurso antidesarrollista no ha llegado nunca a materializarse y cristalizar, con todas sus aristas, en el arco Mediterráneo. Salvo honrosas excepciones no se ha planteado el conflicto en términos de confrontación contra la mercancía, la dominación tecnológica, el control social y la devastación ambiental. Debido a éste vacío, el timón de las protestas contra los desmanes especulativos lo han tomado organizaciones y plataformas pro-ambientalistas, de marcado discurso ciudadanista y democrático.

La misma miseria pedigüeña se esconde bajo decenas de lemas y siglas distintas en todo el arco Mediterráneo como: «Coordinadora ciudadana en Defensa del Territorio», «Murcia no se vende», «Red Andaluza de Defensa del Territorio», o la Valenciana «Asociación Abusos Urbanísticos No». La base social de todos estos grupos está formada por varias categorías que podríamos agrupar en:

a) Ecologistas «tradicionales» como Ecologistas en Acción y Greenpeace. Legalistas que manejan mucha información técnica y poco uso eficaz de la misma. Se han autoerigido en interlocutores válidos del desastre y su lenguaje ha sido absorbido por los tecnócratas del Estado. Sus cuadros dirigentes han aprovechado la situación de conflicto para medrar, engordar sus exiguas filas e intentar dirigir las acciones sociales llevadas a cabo por las distintas plataformas y colectivos. Dentro de sus filas pueden encontrarse personas recuperables para la lucha pero que han sido desaprovechadas y manipuladas por sus organizaciones formales. Suelen celebrar las victorias parciales más ridículas obviando la globalidad del conflicto.

b) Progres pro-ambientalistas: es el prototipo del «ciudadano de bien» que protesta contra la especulación, aunque en realidad sólo cuestiona el excesivo número de viviendas y los posibles impactos ambientales. A este tipo de personajillos podemos encontrarlo en multitud de manifestaciones-pasacalles de distinto cuño: contra la guerra, contra la especulación o a favor de Palestina. De lo que se trata es de protestar civilizadamente y volver a casa con la conciencia «tranquila». Entremezclados en estas agrupaciones se encuentran la vanguardia política y sindical. Estos pagafantas esperan agazapados el momento oportuno para manipular y dirigir el conflicto según sus propios intereses partidistas (desde el psoe a la extrema izquierda clásica: cnt, cgt, lcr, pcpe, pce…)

c) Asociaciones locales y de vecinos: formadas por gente enfadada, con buenas intenciones, pero que no saben cómo incidir de forma eficaz en el conflicto existente en su pueblo o ciudad. Para solucionar su falta de capacidad de intervención, pensaron que lo mejor sería coordinarse con otros con los que compartan problemas. Así se van aglutinando siglas muy diversas bajo el mismo lema, coordinadora o plataforma. Confunden coordinarse (tomar decisiones entre todos los grupos de forma horizontal) con aglutinarse (ser muchos). Buscaron en la coordinación apoyo y recursos y lo que obtienen es invisibilidad de sus luchas locales y difuminación de sus objetivos inmediatos. Con el paso del tiempo estas agrupaciones de vecinos se sienten fagocitadas por la supra-organización, pierden el ímpetu inicial y se desmovilizan, perdiéndose, a veces para siempre, un interesante grupo de personas con potencial de lucha. A nivel sociológico nos parece importante reseñar que en el Mediterráneo no hay un sustrato social que haya interiorizado una cultura de lucha. Es decir, se funciona por impulsos, a la defensiva y no suele crearse el tejido necesario para afrontar las próximas contiendas que vendrán. Es el eterno retorno y vuelta a comenzar, resultado de la dispersión, atomización y la incomunicación entre diferentes generaciones.

La amarga miseria del ciudadanismo

1- El ciudadanismo es una ideología, pero además una ideología de derrota, de plegamiento al sistema democrático y al partido del Estado. Sus raíces ahondan en el desmantelamiento del viejo movimiento obrero y la pérdida de confianza en el «hombre-fábrica» como único sujeto histórico revolucionario. Sustituyen a la clase obrera sin constituir una clase social. Consideramos que los ciudadanistas son el relevo alegre y desenfadado que aspira a contestatario, pero se contenta con chanzas y pasacalles. Cuatro son las principales pautas ideológicas que les caracterizan:
– Creen ciegamente en que la democracia por medio del Estado burgués es capaz de reformar el capitalismo.
– Su proyecto central es el de reforzar el Estado para poner en marcha su política reformista.
– Los ciudadanos son los principales protagonistas y la base activa de esta política.
– Consideran que el progreso económico, industrial y tecnológico es bueno en sí mismo y que la tecnología, bien usada bajo sus directrices, tendría una direccionalidad positiva para toda la humanidad.

La dura realidad se ha encargado de enseñarnos que la tecnología no es neutral porque está al servicio del capital y de las fuerzas represivas. Que progreso es equivalente a destrucción, y que los intereses del Estado y de la partitocracia son totalmente contrarios a los intereses de las personas.

2- Las organizaciones ciudadanas caen en el error cuantitativo de confundir cantidad con calidad. Es decir, el propósito es juntar mucha gente, preferiblemente en manifestaciones, para dar apariencia de oposición fuerte. Plantean el conflicto como una oportunidad para la legitimación simbólica de su posición ciudadanista. Como resultado, estas organizaciones crean la ficción de extender redes sociales horizontales que hablen del conflicto pero sin desarrollar un verdadero enfrentamiento: difundiendo luchas de baja conflictividad, suplicando reformas al estado y reivindicando su espacio político y social. La distribución de tareas prácticas dentro del área de la baja conflictividad como: manifestaciones, pegatinas, carteles, conferencias, conciertos, páginas web, concentraciones… supone una actividad confortable que cualquiera puede hacer sin comprometerse demasiado. Así con el paso del tiempo van falsificando el conflicto y vaciándolo de contenido, parcializando las áreas de actuación y perdiendo la visión global del porqué las cosas están como están.

3- El análisis crítico que hacen los ciudadanistas de la realidad es superficial y por tanto no plantean la lucha más allá del espectáculo. En ningún momento han considerado protestar contra la causa principal de tanto despropósito urbanístico: la mercantilización de todos los aspectos de la vida. Así mismo tampoco han pensado actuar contra los causantes: principalmente banqueros, políticos y empresarios. O bien plantean el conflicto bajo el genérico «contra la especulación», cuando especular es una actividad inherente al capitalismo, consistente en aplicar la lógica del dinero a cualquier cosa o persona que pueda ser vendida o comprada. O bien identifican el conflicto con algún grupo particular de la mafia inmobiliaria (ver apéndice).

4- La izquierda ambientalista arrastra en su práctica serias deficiencias organizativas:
– Cuando presumen de organización «asamblearia» y horizontal, en realidad nos encontramos con dirigismo jerárquico.
– Como consecuencia existe centralización en la toma de decisiones que conlleva la paralización y difuminación de las diversas luchas locales.
– La información existente del conflicto no está bien utilizada; o no es comprensible para la mayoría de la gente; es sesgada de forma intencionada por las «vanguardias medioambientalista» o no señala directamente a los culpables, con nombre y apellidos.
– El límite de la lucha es el límite legal, es decir, es el Estado burgués el que pone las reglas del juego, el tablero y los dados.
– Por último, decir que los ciudadanistas confían en la justicia y la consideran un pilar básico del Estado para luchar contra los desequilibrios del sistema. Por este motivo se felicitan cuando algún alcalde cateto de 3ª categoría es encarcelado. Así contribuyen a crear la falsa ilusión de que el propio sistema es capaz de corregir sus desvaríos. A la vez, el sistema alienta a las organizaciones ciudadanas a continuar por el costoso, lento e inútil camino de las alegaciones y las recogidas de firmas, pensando que obtendrán algún resultado positivo, obviando que «no se puede combatir la alienación con métodos alienantes»[[Miguel Amorós «Las armas de la crítica».]]

Resumiendo, estas organizaciones nunca van a plantear el conflicto en sus términos correctos de enfrentamiento contra la destrucción y sus causantes. Consideramos que los ciudadanistas sólo pueden ofrecer al estado garantías morales para la represión del que se atreva a mirar más allá y luche sin aspiraciones negociadoras, sin absurdas alternativas cívicas, con un lenguaje propio y unas formas organizativas que rompan la dictadura de la cotidianidad.

¿Y ahora qué? ¿Ahora qué me vais a hacer?[[La Polla Records]]

La mafia inmobiliaria, agraria y política nos había prometido «Agua para todos = desarrollo y riqueza para todos». Pero a finales del año 2008, comienzos del 2009 el espectáculo de crecimiento y prosperidad empezó a derrumbarse como un castillo de naipes.

El Mediterráneo es una de las zonas del Estado que con mayor virulencia está sufriendo las consecuencias de un nuevo ciclo de crisis capitalista. Al mismo tiempo que cae el ladrillo desaparece la justificación del discurso ambientalista que tenían los grupos ciudadanistas. Para ellos el problema residía en la invasión del territorio por el cemento. Al frenarse la construcción masiva de urbanizaciones, su discurso se quedó sin argumentos. Comienza así la lenta agonía del discurso ambientalista. Para el imaginario colectivo ciudadanista la crisis del sector de la construcción les ha hecho el trabajo sucio de parar el «tsunami urbanizador».

Debemos añadir que no han entendido nada porque «una crítica del capitalismo sin crítica de la sociedad industrial es tan insensata como una crítica de la sociedad industrial sin crítica al capitalismo».[[Anselm Jappe]]

Algunas consecuencias actuales:

I. Por efecto de la saturación del litoral Mediterráneo las ratas del sector turístico han huido del barco, redirigiendo sus planteamientos destructivos hacia nuevos lugares del planeta menos explotados. El objetivo es conseguir nuevos márgenes de beneficios y más facilidades para explotar a los obreros nativos y los recursos naturales de la zona. Algunos ejemplos son Brasil, Costa Rica, países del Este Europeo e Indonesia. Es la llamada deslocalización productiva del sector turístico.

II. La construcción ha parado en seco, las casas no se venden y las delirantes expectativas capitalistas de llegada de riqueza en forma de divisas extranjeras no se han producido. Ahora los miles de votantes que se creyeron el cuento han dado con sus huesos en el paro (o trabajan en negro y/o en precario), tienen hipotecas desorbitadas e inmuebles que compraron para hacer negocio y no pueden vender.

III. Con la caída de la construcción se produce un efecto dominó que afecta a multitud de sectores asociados directamente a ella como: carpinteros, cristaleros, fontaneros, pintores, electricistas, escayolistas, transportistas, etc. Pero también afecta al sector servicios: camareros, servicio de limpieza, animadores socio-culturales, monitores de tiempo libre, etc. A todos estos trabajadores la realidad les golpea, ya que tenían la certeza de que el trabajo les duraría para siempre. Ahora están en paro porque los contratos fijos no eran más que una broma pesada, y sin perspectiva de encontrar una nueva ocupación porque el mercado decide que no están capacitados. Debemos reseñar que una parte de los obreros legitimaban en las urnas los trasvases y el modelo de desarrollo urbanístico salvaje.

IV. Cuando la demanda agregada de mano de obra cae tan rápidamente, todos los ciudadanos exigen al Estado que ponga en funcionamiento medidas fiscales expansivas y promocione la oferta pública. De esta forma aumentará la demanda de trabajo, pero sólo en una cantidad limitada y para el corto plazo. Con esto se consiguen dos cosas principalmente: reforzar de nuevo al Estado (con todo lo que conlleva) y dar vía libre para seguir construyendo infraestructuras básicas para el desarrollo capitalista: (carreteras, aeropuertos, desalinizadoras, puertos marítimos…) y otras directamente represivas como nuevas cárceles, centros de extranjería y centros de menores.

V. Ahora que se están generando amplias bolsas de excluidos y la situación social se está caldeando, el estado se dispone a tomar medidas que eviten que la gente dirija su ira contra quienes les están jodiendo la vida:
– Todo el espectro político (patronal, sindicatos, derecha e izquierda) hace llamamientos desesperados por un nuevo «pacto social» que será la mejor garantía para evitar la conflictividad social.
– El estado y las autonomías se hacen cargo de la gestión de la devastación social y la miseria: ayudas de urgente necesidad, geriatría, servicios sociales, grupos excluidos, servicios educativos especiales.Al mismo tiempo aumenta el número de efectivos de los cuerpos de represión del estado y su masiva presencia en las calles.
– Toda la red de ONGs y organizaciones cristianas se esfuerzan en tapar los agujeros que el propio sistema no es capaz de rellenar. En forma de donaciones de comida, ayudas económicas, alojamiento, terapias de grupo…

VI. El momento actual no es más que otra vuelta de tuerca a la clase obrera. Una nueva oportunidad a la clase dirigente para exigir un nuevo abaratamiento del despido, reestructurar el mercado laboral y pedir a los obreros un «esfuerzo», que en la práctica se traduce en: menos salario por las mismas horas, más movilidad, menos seguridad y en definitiva el empeoramiento generalizado de las condiciones laborales y la pérdida de derechos. Se generaliza la flexibilidad en todos los aspectos de la vida, corroyendo el carácter de quien la sufre, generando ansiedad, resignación, inestabilidad, sensación de riesgo continuo e incertidumbre. Esta situación es silenciada por los sindicatos, que parecen preocuparse sólo por las cifras de desempleados y el número de expedientes de regulación de empleo. También está el silencio cómplice y cobarde de la mayoría de la gente, que educada en el hedonismo y el egoísmo, piensan más en mantener su puesto de trabajo a cualquier precio, antes que acabar con todo lo que nos convierte en esclavos.

Apéndice:

Como ejemplo de la vaguedad de su análisis describimos un suceso que vivimos en una de las últimas manifestaciones organizadas por «Murcia no se vende», que congregó a 15.000 personas. El recorrido habitual de la misma incluye la Gran Vía de la capital murciana, lugar donde se encontraban las sedes centrales de dos de las constructoras-destructoras más importantes a nivel nacional: Polaris World y Profusa[[Promociones Fuertes S.A, perteneciente al grupo El Pozo, la empresa de cárnicas más grande de España, donde ejecutan cada día a unos 9.000 cerdos.]]. La primera se dedica en exclusiva al negocio de la especulación, por tanto, para darse a conocer y vender su producto estrella (islas resort) invirtió mucho capital en publicidad. Como consecuencia la izquierda ambientalista relacionó especulación y destrucción del territorio con Polaris World, siendo uno de sus lemas-fuerza «No queremos un mundo Polaris», demostrando la superficialidad de su idea de la realidad. Mientras tanto Profusa, igual de dañina que Polaris, no necesitaba tanta publicidad porque tenía un sustrato industrial muy fuerte que le permitía invertir en destrucción sin exponerse públicamente. Como consecuencia de la simplicidad del mensaje que se lanzaba a la ciudadanía (Polaris = diablo), cuando la manifestación pasaba por la puerta de sus sedes, la de Polaris era acribillada a pegatinas, pintada, escupida e incluso alguien con buen gusto intentó reventar las lunas del escaparate. Al mismo tiempo, justo en la acera de enfrente, la sede de Profusa quedaba prácticamente indemne.

Autónomxs Murcia