DESOBEDECIENDO

Titulo así, con un atrevido gerundio, porque –como ya expliqué en una ocasión- demasiadas veces se intenta combatir a los Participios –que representan lo que está mandado- con Infinitivos –que remiten a discursos vacíos- en lugar de hacerlo con el Gerundio, que simboliza lo que está en marcha, lo que se está viviendo, construyendo, sintiendo, comunicando, creando…

I. Preguntas

“Y ¿por qué cosa luchamos? Pues luchamos por lo que no existe, claro. Si no, ¿qué gracia tiene? Para luchar por lo que existe ya están Ellos, los Ejecutivos del Estado del Bienestar, y por ello están luchando cada día y procurando que todo ciudadano luche por lo mismo: por lo que existe” (Agustín García Calvo).

Desobedeciendo… ¿a quién?

Puede parecer obvio decir que se desobedece a quien manda. El problema es que una de las características más sobresalientes de los tiempos que nos ha tocado sufrir es que lo obvio es escandaloso, sospechoso o directamente criminalizado.
De modo que hay que empezar por ahí, por lo obvio: se desobedece a quien manda porque no se quiere que mande y porque se le considera deslegitimado para mandar. Sí, se ha leído bien: he escrito “deslegitimado”. Aún a riesgo de acumular obviedades me explicaré: ya no nos creemos aquello del soberano por la gracia de Dios, de modo que no hay nadie legitimado para mandar; los que mandan, mandan por la tremenda.

Esto implica, ni más ni menos, que los que desobedecemos también lo hacemos por la tremenda. Pero vayamos mas despacio.

¿Quiénes son los que mandan?

Responder a esto con precisión y rigor exige un análisis propio –que de hecho estamos preparando y que ofreceremos próximamente a los lectores de Cádizrebelde. Aquí vamos a contestar a un nivel mucho más teórico, vale decir: más genérico.

Tradicionalmente se han empleado conceptos como “Sistema de Pensamiento Dominante”, “Sistema” a secas, “Poder” o “Mercado”, para definir esa élite de superpoderosos que gestiona la infamia para obtener y mantener sus privilegios.
Creo que muchos hemos adoptado el término “Imperio” para actualizar esa definición, para referirnos al campo semántico –y de batalla- al que remitían esos conceptos pero también al complejo entramado de estrategias que han ido caracterizando su monstruoso desarrollo en los últimos tiempos.

Hay quien considera estas concepciones como fruto de ideas conspiracionistas fabricadas sin rigor y fruto de mentes calenturientas que –para decirlo pronto y bien- han visto demasiadas películas. Como antídoto propongo estas palabras del protagonista del genial “Informe sobre ciegos” de Sábato que adopté hace tiempo como herramienta de trabajo: “Aviso a los ingénuos: ¡No hay casualidades!”.
Dicho de otro modo –y no es la primera vez ni será la última- vivimos en una realidad construida, o mejor dicho: en construcción.

En un sutilísimo juego de espejos en el que las nociones de real y virtual se confunden sin remisión, la industria cinematográfica nos muestra las maquinaciones para mejor ocultarlas: El show de Truman, Matrix, Nivel 13… no son más que la recreación –al otro lado de la línea de luz de la pantalla- de esa otra manipulación permanente que ejercen –de este lado- los jerifaltes de otra gran industria: la de los mass media que aquí venimos llamando –genial hallazgo de Antonio Maira- Falsimedia.

Las infinitas posibilidades de la mentira

Esa falsa realidad permite que, por ejemplo, Putin pudiera acusar a los masacrados en el Teatro de Moscú de querer fomentar el odio entre chechenos y rusos; o que Celia Villalobos pueda decir refiriéndose a la excarcelación de Ramón Gil en un programa de máxima audiencia (pero ya se sabe como son las máximas audiencias de la sobremesa televisiva) que “en un Estado de Derecho, desgraciadamente, hay que respetar las leyes”; o que en cierta tertulia de la COPE de cuyo nombre no quiero acordarme se califique a Chavez de “golpista”.

Todo es posible en una realidad definida por los que mandan. Y viceversa: cualquier cosa puede ser borrada, empujada fuera de los márgenes de esa realidad pretendidamente uniforme: el genocidio de los chechenos, los derechos de los presos o los continuos refrendos democráticos del Presidente de Venezuela.
Pero, para entender la manipulación hay que mirar hacia arriba y hacia abajo: desenmascarar a los que la ordenan y tratar de comprender a los que la aceptan, incluso a los que ni siquiera la sospechan.

¿Imperio, imperialismo, neoimperalismo, neocolonialismo…?

Sin entrar en un análisis profundo de la obra de Negri-Hardt, lo que sí salta a la vista es su forzada intención teórica –en el peor sentido de la palabra, es decir: en un sentido dolorosamente desligado de la lucha diaria a pie de calle. No es que Negri y Hardt escriban –hasta donde he leído- cosas que parezcan incorrectas o inaceptables en sí mismas. El problema es que se pierden en un enredo conceptual que convierte esas cosas en inaceptables por referencia al contexto brutal en el que luchamos.

Una concepción del Imperio más a ras de tierra es la que resume Antonio Maira en su aportación al debate sobre la guerra propuesto hace unos meses por Cadizrebelde:

“La eliminación de las normas fundamentales del derecho internacional: respeto a la soberanía de los estados y a los tratados internacionales, igualdad jurídica de los estados, regulación de los conflictos a través de la Organización de las Naciones Unidas; y el establecimiento de un derecho-voluntad identificado con los intereses de los EEUU, ha conducido al uso prioritario de la fuerza en las relaciones internacionales (…) el `estado de guerra´ permanente en el que vivimos, tiene su causa en la determinación de los EEUU de imponer un orden planetario en el que va impresa su hegemonía. Responde a la necesidad de mantener el control de un mundo como mercado abierto para las multinacionales y los grupos financieros”.
Ahora bien, lo que no está tan claro es que lo estén haciendo con éxito. Por ejemplo, Petras: “a mediano plazo, los costos económicos y políticos de la construcción del Imperio tienen más peso que las rentas políticas a corto plazo”.

Petras cree que la Doctrina Bush se caracteriza por el voluntarismo, el unilateralismo, la impunidad y el convencimiento de que se puede luchar en varios frentes con éxito. Y añade: “la Doctrina Bush es altamente estatista y por tanto potencialmente antagónica frente a importantes sectores partidarios del libre mercado en su coalición”.

Precisando aún más las contradicciones, Petras señala que la construcción militar colonial –ocupación territorial, imposición de gobernantes y de legislación antiterrorista, impunidad, estados clientes- se está llevando a cabo con una falta absoluta de planificación estratégica desde el punto de vista económico, y ello porque la extrema derecha del régimen –Rumsfeld, Cheney, Boulton, Wolfowitz, Rice- desconoce totalmente “cómo funciona la economía mundial y cómo EEUU depende de centros económicos externos”.

La “disociación” que Petras observa entre la expansión militar –vale decir: imperial- y la estrategia económica –vale decir: el fracaso en términos de rentabilidad- lo lleva incluso a predecir una caída “comparable al colapso de 1929”.

El Síndrome de Minority Report

Y el triunfo republicano de estos últimos días sin duda ha contribuido a agudizar esta contradicción. “Casualmente” –casualidad sabatiana- la noticia se produce casi simultáneamente con otras dos: la bajada del precio del dólar y la inminencia de la invasión de Iraq –preparada en el Consejo de Seguridad de la ONU con unanimidad de las élites: ¿qué otra cosa se podía esperar?

En cuanto a Europa, para la próxima cumbre de la OTAN –a celebrar en Praga este mes- las autoridades políticas han encargado a las militares elaborar bajo directrices políticas el “concepto militar de defensa contra el terrorismo”. Puesto que por el momento ninguna entidad en el planeta ha logrado una definición de “terrorismo” (una que les sirva quiero decir), de esa cumbre puede salir un documento que defina la “defensa contra lo indefinido” o lo que es lo mismo, el ataque contra cualquiera con justificación previa documentada.

Guerra preventiva: Síndrome de Minority Report.

II. ¿Respuestas?

“En la edad del control generalizado, la modelización se hace más totalitaria y hegemónica. La producción de subjetividad no procede solamente por grandes conjuntos y por masas sino por una programación molecular. El catecismo del nuevo Dios programador ya no se hace de la boca a la oreja, sino directamente sobre las estructuras modulares nerviosas y psíquicas.

El niño tiene desde la cuna esquemas pilotos que le son trasmitidos por la tele y que modelizan su percepción, su imaginario y sus valores de referencia; el obrero está cogido en el engranaje de los sitios productivos asistidos por computador, por comandos numéricos de todo tipo; los comportamientos del consumidor y del elector son teleguiados en bucles de retroacción por la publicidad, los sondeos y la hipnosis televisual”.(Felix Guattari).

Podemos esquematizar el complejo entramado de lo que aquí venimos denominando Imperio –y que no es el “Imperio” de Negri-Hardt pero si tiene mucho del sujeto que actúa bajo el “imperialismo” de Petras- de la siguiente forma:
– Imperio sí, pero sin Emperador; más bien una Junta.
– Élites económicas y políticas con diferentes grados de poder.
– Cuadros intermedios (más o menos cercanos a las élites) con responsabilidad difusa.
– Masa de obedientes, contribuyentes, consumidores, telespectadores, educadores, sicarios a sueldo; pero también conejillos de indias, cadáveres, indeseables… y por supuesto, rebeldes.
Concretando: la respuesta de Petras
Decía Petras hace unos meses que los datos del Finantial Times sobre las 500 mayores compañías del mundo “pone fin al debate entre globalización del imperio e imperialismo”.

Los datos son sobrecogedores: el 48% de las mayores compañías y bancos del mundo son de los EEUU¸el 30% son europeos; el 10% son japonesas. Total: 88% para la Trilateral contra apenas el 10% para el resto del planeta.

Además, son estadounidenses cinco de los diez bancos más poderosos del mundo, seis de las diez corporaciones farmacéuticas, cuatro de las diez compañías de software, siete de las diez empresas de tecnología de la información y nueve de las diez dedicadas al comercio minorista.

Claro que esto son sólo datos –escalofriantes, pero datos al fin. El propósito de este análisis es mostrar los procesos que operan bajo esos datos. Y a efectos de agitar la rebelión, más que explicar por qué mandan las élites, lo que habría que preguntarse es por qué obedecen las mayorías.

La Servidumbre voluntaria

La Boétie lo planteaba así: “¿qué es ese monstruoso vicio que no merece siquiera el nombre de cobardía, que carece de toda expresión hablada o escrita, del que reniega la naturaleza y que la lengua se niega siquiera a nombrar? Sin embargo, si un país no consintiera dejarse caer en la servidumbre, el tirano se desmoronaría por sí sólo, sin que haya que luchar contra él, ni defenderse de él. La cuestión no reside en quitarle nada, sino tan sólo en no darle nada”.

La Psicología de Masas –aportación vivificante de Wilhelm Reich a la guerra de guerrillas contra el Imperio- constituye una herramienta fundamental para entender, no ya fenómenos tan aparentemente misteriosos como la guerra o el ascenso al poder de líderes autoritarios como Hitler, sino la estrategia de fondo del Poder en las últimas décadas que Reich no pudo ya contemplar: la reconversión democrática.
Corría el año 1933 cuando Wilhelm Reich se lanzó a analizar el fenómeno de la victoria del fascismo partiendo de una pregunta: “¿qué entorpece la conciencia de responsabilidad en la gente?”. Dicho de otro modo: es fácil explicar por qué roba un hambriento o por qué un obrero explotado va la huelga. Lo difícil es explicar por que no roban todos los hambrientos o por qué no van a la huelga todos los obreros explotados.

Explicando la obediencia

La respuesta de Reich es tan simple como rotunda: “Todo orden social produce en la masa de sus componentes las estructuras de carácter que necesita para alcanzar sus fines”.

Dicho más claramente: las guarderías, las escuelas, la familia autoritaria, los hospitales, los cuarteles, las cárceles, los manicomios, los medios de comunicación e incluso los hipermercados, son utilizados por el Poder para modelar a la gente a su conveniencia.

No se trata aquí de cuestionar los conocimientos que nos trasmite el complejo aparato educativo –que no empieza ni termina en la escuela- sino de cuestionar los mecanismos que utilizan y los automatismos que implantan.

Cuando el maestro pregunta al alumno cuanto son dos más dos, lo de menos es que sepa la respuesta correcta, lo verdaderamente importante es que interiorice quién hace las preguntas y quién debe responder; quién se limita a responder cuando le preguntan y quién decide si la respuesta es o no correcta.

El resultado es una masa de ciudadanos a los que podría describirse con estas esclarecedoras palabras del propio Reich: “esclavos de no importa quién”.

Están ahí, caminan entre nosotros, trabajan junto a nosotros, compran el periódico y toman café muy cerca nuestro; sólo que en ellos ha penetrado –hasta los tuétanos- el ácido del adoctrinamiento: son incapaces de sentir, de emocionarse, de conmoverse ante el sufrimiento, no diré de millones de seres humanos, para eso tendrían que saber que existen, conocer sus problemas, sus necesidades… nada de eso: están aterrorizados ante la mera perspectiva de compartir, de relacionarse y vivir de verdad, de que algo que no sea la apatía y el frío utilitarismo ocupe un sólo segundo de sus vidas.

Las raíces de la dominación

Podría decirse que hay dos niveles fundamentales –con múltiples capas superpuestas- en las estrategias de dominación: el que opera en la superficie y el que lo hace en las profundidades. El primero sirve para lo que sirve; el segundo sirve para mucho más.

En los niveles superficiales los cambios son constantes y el contexto es el presente; en los niveles profundos por el contrario se mantienen las estructuras y el contexto es el pasado, el pasado de cada cual, las raíces, los automatismos arcaicos… “la madre que lo parió y la leche que mamó”.

Cuanto más se profundiza en las capas de esclavitud más se cierra el círculo de los rebeldes: cuanto más atrás en el aprendizaje de la esclavitud, menos capaces de reconocerlo, de desmadejarlo, de desenmascararlo, de oponerse a sus efectos.
Intelectuales imperiales

Pero, en la retaguardia de las barricadas, el Imperio tiene “prestigiosos” defensores. Y no me refiero específicamente al truculento programa que Frances Stoner Saunders denuncia en su libro “La CIA y la Guerra Fría cultural”. Quizá dentro de veinte años alguien actualice los datos y sepamos quienes son los Andre Gide, Benedetto Croce, Arthur Koestler, Salvador de Madariaga o los Karl Jaspers de hoy. Desgraciadamente no faltan candidatos.

Por poner un ejemplo, léase la Tribuna Libre que Eugenio Trias publicó en El Mundo el pasado 9 de mayo: “Occidente palabra equívoca”: “Estamos en un mundo que requiere a gritos soluciones imperiales, ya que los problemas que nos acechan e instigan son globales, ecuménicos, universales”.

Trías aclara más adelante su concepto de Imperio: “Un Imperio es aquel que además de vencer en la acción bélica y en la vida material, también convence”.
El afamado filósofo pasa por alto que quien ha creado esos problemas que “nos acechan” –que acechan, se entiende, a los ricos, porque con los pobres hace tiempo que pasaron de amenaza a devastadora realidad- es el propio Imperio.

¿Qué es desobedecer?

He dejado para el final la que quizá sea la pregunta más obvia de todas, la que exige una respuesta más nítida, pero también la que más compromete. Y aquí no me refiero a un compromiso teórico, sino a tirarse al monte.

Hace un mes dije que habría que redefinir la desobediencia. Lo que propongo ahora es que vayamos abriendo entre todos este concepto, añadiéndole connotaciones, significados, estratos de una lucha constante por la vida.

Pierre Sané lo expresaba de esta forma en el prólogo al Informe anual de Amnistía Internacional del pasado año: “Necesitamos nuevos métodos de investigación. Necesitamos también nuevas técnicas de acción. Pero sobre todo necesitamos nuevas formas de construir la solidaridad internacional”.

Extendiendo los confines de la desobediencia

Para empezar, me preocupa la utilización del concepto de “desobediencia civil” por determinados grupos de poder. Eso es un aviso para ir buscando otro lenguaje. Si decimos –y escribimos y hacemos- “desobediencia” a secas creo que estamos empleando una fuerza mucho mayor, extendiendo los confines de la desobediencia, incluso más allá del ámbito jurídico; no se trata de desobedecer leyes, también consignas, leyes no escritas, órdenes implícitas, códigos implantados, automatismos…

Creo que es un error identificar “pacifismo” y desobediencia; el pacifismo restringe los límites de la desobediencia y más bien podría identificarse con la “desobediencia civil”, que sería una forma de lucha adecuada a modos simples de ejercer el poder que no se corresponden con el contexto actual: democracias pervertidas, mayorías fabricadas, información manipulada, libertad de expresión falseada, capacidad de elección inexistente…

Y por el otro extremo: habría que preguntarse hasta qué punto las protestas integradas en el orden, en los engranajes del sistema –me refiero, claro, a las huelgas, manifestaciones o concentraciones comunicadas a la autoridad competente- son actos de desobediencia. O más bien, la desobediencia consiste en desvelar que esas vías están diseñadas precisamente para la dispersión de la disidencia y que vienen a encajar en un esquema muy simple que se repite por doquier a distintos niveles:
– Escenificación del dominio (“cumbres”)
– Escenificación de la protesta (“contracumbres”)
– Componendas varias entre élites y mandos intermedios
– Obediencia generalizada
– Criminalización de la desobediencia

Arqueología de la desobediencia

Distinguíamos arriba dos niveles fundamentales en las sucesivas capas de la dominación. En correspondencia, podemos igualmente distinguir dos niveles de desobediencia. En la superficie existe una desobediencia puntual que cuestiona productos ocasionales de las sucesivas élites que usan el poder: leyes injustas, medios de comunicación de masas…

A medida que se profundiza, se tensa la dialéctica del poder: el sistema está concebido para aceptar un cierto nivel de cuestionamiento –aún más: esa contestación puntual es parte del mecanismo de acción del poder.
Pero llega un punto en el que saltan las alarmas: es entonces cuando nos hallamos en el segundo nivel, en las profundidades de la infamia, en las simas de la esclavitud automática. Ahí, la desobediencia radical cuestiona elementos centrales de la dinámica del poder: jardines de infancia, hábitos de crianza…

Final con esperanza

La desobediencia debe desplazarse hacia el sabotaje de los mecanismos de adoctrinamiento. En lugar de afanarnos en apabullante desventaja contra los resultados de la manipulación, dediquémonos a minar los instrumentos de manipulación para sabotear los resultados.

Esa es la urgente labor que debemos hacer para complementar la batalla que libran en las trincheras los pueblos oprimidos de todo el planeta y los grupos desobedientes en el interior de la Sociedad del Bienestar.

André Malraux: “había esa noche cargada de una esperanza turbia y sin límites, esa noche en que cada hombre tenía algo que hacer en la tierra”.

La guerra de guerrillas es del Caos contra el orden, de la Vida contra la Muerte.
Frente al Imperio, parafraseando a Foucault, “microfísica” de la desobediencia, siguiendo a Guattari, desprogramación “molecular”, sabotaje de estructuras y mecanismos de “modelización”, y recordando a Reich, asegurémonos de entregar a los “niños del futuro” la capacidad vital necesaria para cambiar el mundo de una buena vez.

Lecturas recomendadas

– FOUCAULT, Michel. “Microfísica del poder”. Madrid, Ediciones de la Piqueta, 1978.
– GARCÍA CALVO, Agustín. “Contra la paz. Contra la democracia”. Madrid, Virus, 1993.
– REICH, Wilhelm. “Psicología de masas del fascismo”. México, Ediciones Roca, 1973.
– REICH, Wilhelm. “Escucha, pequeño hombrecito”. Barcelona, Bruguera, 1980.