¿CUÁNTAS VIDAS TENDRÁN LOS GATOS?

Ya ha transcurrido algún tiempo tras el 12 de octubre y ahora, en apariencia, predomina una calma chicha. A la vista de los acontecimientos parece que el estado de suma gravedad ha remitido, aunque perduren espaciadamente, en el tiempo y en el territorio, ramalazos de la ofensiva (más entregas mediáticas de difamación por el Info Usurpa, detención en Igualada, juicios en marcha y desalojos por caer,…). Pero el 12deoctubre -con sus antes, durantes y después- no puede ni debe quedar archivado como algo que ha pasado sin más mientras nos ponemos en los apremios de lo inmediato o se espera la próxima acometida frontal. Y para que el silencio no sea complicidad con las cosas como (nos) van lanzamos unos comentarios para confrontar de manera abierta esa impresión que nos afecta: ya nada puede ser igual después del 12deoctubre.

Nada que celebrar. Eso se decía, escribía o pintaba aludiendo a esa fecha del calendario que es el 12deoctubre. Sin embargo, se pensaba así para hacer la contra-celebración. Y es que el calendario anda cargado de fechas que se pueden (contra)celebrar, eso sí como se deben: primeros de mayo, 20enes,… o santjordis, onzesdesetiembre, 18/19dejulios, 28deoctubre, o las navidades del consumo, o si no esas visitas, encuentros, conferencias, salones, cumbres de los vips. Por más gotas de radicalidad o de combatividad que se puedan poner en esos días (y lo “más combativo” no es lo más radical), las manifestaciones que se hagan o puedan hacer buscarán una dudosa visibilidad que no dejará sin embargo de estar marcada por la determinación de un calendario que no es otra cosa que un marcapasos del “ahora sí toca”, estarán asimismo bastante dependientes de la “eficacia mediátic””. En fin, celebrando las contracelebraciones, a la vez que vamos marcando un paso impropio nos convertimos en demasiado previsibles, tanto en el cuándo como en el cómo de las acciones. Y todo para alcanzar, a lo sumo, el rango de anécdota puntual -y de mal gusto- en el calendario de todo va como tiene que ir, sabiendo además que para acceder a lo mediático hay que forzar la entrada haciendo que rompemos -a lo casseur, que diría el pujol- la realidad espectacular. Puede ser, entonces, que no tengamos nada que celebrar, ni las contra-celebraciones, o a veces sí o a veces no. A todo eso, ¿decidiremos, en suma, qué/cómo/cuándo/dónde y para qué queremos / podemos hacer algo?, o iremos haciendo algo, lo que sea, porque algo tenemos que hacer.

Los malos, malos son. Es una obviedad, en general, y mucho más si nos colocamos en la perspectiva de la guerra social. En la relacionalidad amigos/enemigos o partes/contrapartes, en la confrontación, abierta o solapada, cada lado contempla el empleo de aquellas técnicas o métodos de lucha que acopladas a sus estrategias de objetivos valgan para reforzar sus posiciones. Es así que cada lado se esfuerza, además, en practicar y extender las modalidades de acción que le son propicias, y éstas no son (o no tendrían que ser) un calco o reverso de las desplegadas por el enemigo. En el cómo nos movemos la bifurcación es manifiesta: o bien nos marcamos las reglas (yendo palante y a lo nuestro) o por el contrario nos acomodamos a las suyas (yendo patrás, a remolque de ellos).
Los malos, en la perspectiva de la gestión de la conflictividad social, se movilizan con la finalidad de erradicar o minimizar las muestras de antagonismo que puedan desestabilizar el sistema. Ese objetivo estratégico comporta la eliminación sin contemplaciones del enemigo o bien la consecución de su gobernabilidad, y para ello se valen de unas cuantas estratagemas.

Encarando a lo social, al que no descuidan y someten a continuo sondeo para detectar sus oscilaciones, conjugan el dejar campar bajo control la ingobernabilidad que no rebasa los márgenes de la guerra de todos contra todos (como las batallas entre tribus urbanas o los ilegalismos cerrados como la delincuencia) y el fabricar y reforzar la adhesión de la manoseada mayoría a través de la homologación y confortabilidad del consenso.

Contra los movimientos de oposición real ensayan de forma complementaria distintos procedimientos, y las prioridades se aplican con altibajos y contemplándose los requisitos de las coyunturas a la vez que los márgenes de maniobrabilidad.
Uno de sus modos predilectos consiste en pulir las aristas del conflicto mediante una dulcificación de los qué (objetivos) y los cómos (maneras) que ponen en juego los adversarios en presencia. Ya que si el movimiento cede en planteamientos y en la proliferación de la movilización, se puede alcanzar la asimilación o compatibilidad requerida en la estructura de oportunidades políticas imperativa. Es decir, la institucionalización del movimiento puede ser más o menos explícita o implícita, y no siempre requiere la negociación.
Otra vía estriba en arrastrar las resistencias a la marginalizacion o ghettización. Sometiéndolas a un incesante acoso se pretende que no encuentren salida al acorralamiento del control y al cordón de reprobación y aislamiento que se les tiende para que opten por encerrarse en sí mismas (tanto cuando se repliegan por resignación o hacen del extremismo el sustituto idealizado de la radicalidad). Estaríamos, en este segundo dispositivo, frente a su propósito de configurar unos movimientos residuales o testimoniales que aunque puedan dar de vez en cuando algún coletazo (hasta muy ruidoso) mantendrían escasos vínculos con lo social, y ya sin apenas proyección entrarían, al menos como movimiento, en la ambivalencia de la autosuficiencia/ autosatisfacción y desarticulación/desesperación propia de la marginalidad. Y tanto da que en esta componenda se (con)cedan o se arranquen-consoliden(!) unas especies de zonas francas para autoconsumo, sean éstas espaciales y/o temporales, pues estarán demarcadas por su condición de ghetto.

Queda el ataque frontal, la actuación represiva directa y contundente que contempla, si la fuerza del contendiente lo merece, un contexto amasado de criminalización de la disidencia. Y esta opción exige todo tipo de montajes (expuestos, por cierto, a un elevado e imprevisible desgaste o coste político), que reclaman la activa intervención de lo mediático para la conformación de la requerida alarma social que legitime la defensa social contra el desorden insoportable.

En esta batalla sin cuartel no hay que descuidar tampoco el empleo de esos otros procedimientos destinados a debilitar al adversario desde dentro a través de mil medios de sobras conocidos pero todavía efectivos.

Sí, los malos malos son cuando reprimen a lo bestia, pero también cuando tienden la mano o hasta cuando aparentemente te dejan en paz. Entonces, aunque la denuncia de sus montajes sea necesaria, quedarse o recrearse en ella para cargarse de razones o para seducir a la anestesiada opinión pública es insuficiente o inoperativo, tampoco es demasiado conveniente disponerse a girar por ese círculo viciado de la acción-represión-reacción. No estaría de más que se supiera quiénes son los malos y cómo intervienen. Y una mínima máxima que podríamos contemplar es apostar por la anticipación, por esa especie de autoregulación colectiva que disponga en todo momento que jugadas o piezas nos conviene a nosotros mover en el tablero de la guerra social sin que los medios contradigan a los fines.

Como siempre. Sin nada que celebrar y sabiendo que los malos muy malos son “otra vez más de lo mismo”: una razzia de Estado desatada por o con los eventos de Sants. Los actos de aquel día no sólo les vinieron como anillo al dedo para conformar la “alarma social” que hiciera inevitable el escarmiento ejemplar, sino que más bien parece que los estaban esperando si es que no contribuyeron directamente a que sucedieran a partir de una ostentosa dejadez del (escaso y periférico) territorio comanche a arrasar (y lo de menos es que algunos de los malos también se pusieran a la faena destroller).

Parecido, en fin, a lo de otras veces en otros contextos, como el “caso Scala” del 78, cuando después de finalizar una manifestación contra los Pactos de la Moncloa, unos cóctoles molotov tirados (entre otros por un infiltrado de la policía) a aquella sala de fiestas, valieron para que un “extraño” y potente fuego destrozara el local y se llevara la vida de cuatro trabajadores. A partir de ahí, todo se tornó -como tituló una revista “contra-informativa”- en un atentado contra los trabajadores, ya que aquel fuego se instrumentalizó para acabar con el otro movimiento obrero en esta metrópoli. Por un lado, y como siempre, se desencadenó una operación de criminalización donde ya los órganos de propaganda de las cosas como son (tele, diarios y demás) desempeñaron un papel primordial. Por otro, el caso Scala desató una de polémicas y peleas alrededor de qué posicionamiento -del movimiento u organización, de cada un@- debía tomarse no sólo ya sobre las cuestiones vinculadas a aquel acto en concreto, sino sobre qué estrategias se daba o debía darse aquel otro movimiento obrero, aunque como suele ocurrir el segundo aspecto quedó chamuscado o solapado por el primero.

Hoy, y como siempre, cierto tipo de actos más que unos pasos palante implican unos cuantos patrás, aunque sean extrañanamente proclamados como “acciones para acelerar o consolidar el movimiento en su ganancia de espacios”. Como siempre, siempre ha habido individualidades o fracciones con más prisas, con más ganas, con más lucidez y claridad, cargadas a menudo con ese propósito o deber de arrastrar o dirigir a los más lentos, más timoratos y, en fin, a los que no se enteran de la película como se está filmando. A esas avanzadillas, siempre se les ha llamado vanguardia, ya que tienen o se dan el cometido preciso, declarado o no, de ponerse a la cabeza del movimiento para pasar a ser -si nada o nadie lo remedia- la cabeza de un movimiento que se caracteriza, curiosamente, por ser acéfalo en la medida que en él nadie decide, habla, piensa o hace por nadie.

El cuerpo pide, la cabeza dice. En un librito sobre el arte de la guerra (de Sun Tzu) se advierte que “cuando el enemigo está lejos pero intenta provocar hostilidades, quiere que avances; si, además, su posición es accesible, eso quiere decir que le es favorable”. Puede entonces que los eventos del 12deO les eran favorables, a ellos, los malos.

Pero, ¿para qué las calculadoras?. En aquel rato, y eso nos decimos, en la espontaneidad violenta de los actos había demasiado de rabia, de mala leche, de respuesta a un acoso represivo cada vez más bestia, y a tanto facha suelto y consentido. Entre bastantes predominó sin más lo que el cuerpo pedía y la ocasión propiciaba. Y punto.

Pues como antes ya se nos ha venido encima la memoria, recuperamos -por si valieran de algo en esta lógica de celebrar el pasado- unas palabras, algo largas, sobre el caso Scala. Son un extracto de una edito de entonces titulada “la violencia aquí y ahora”: razones para usar la violencia como arma las ha habido siempre en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, razones suficientes para usar la violencia las ha habido muy a menudo, en casi todas partes y en variadas circunstancias, razones que hagan necesario el uso de la violencia no las ha habido casi nunca, en muy pocas partes y en raras circunstancias […] Que quieran suicidarle (al otro movimiento obrero) es una cosa. Y otra, totalmente distinta, que porque el capital, el Estado y sus respectivos aliados quieran suicidarle, él caiga en la provocación y se suicide solo. Y es que líneas atrás, en aquella Solidaridad Obrera de mayo del 78, se argumentaba que aquel movimiento ya estaba lo bastante vivo como para creer en su propia vida, en su fuerza inmediata, en su capacidad ofensiva, ya que como puede vivir, quiere vivir. Habría entonces que dejarse llevar por lo que el cuerpo pide cuando la cabeza dice/por lo que la cabeza dice cuando el cuerpo pide, ya que teoría y práctica o lucha y teoría no andan o deberían andar tan separadas en estas cosas que nos traemos entre manos, a no ser, claro está, que se consideren un entretenido o pasajero pasatiempo.

El golpe se ha parado. Todavía coleamos. Ante la extrema gravedad de la situación se reaccionó rápidamente con una intensa movilización, que sirvió para ganarse o mantener el apoyo de individuos (personajes célebres o no), colectivos, organizaciones e instituciones. No estábamos solos en la calle y ese fue un puntal o el aporte decisivo para que aflojaran en su tentativa de aniquilación o desmantelamiento del movimiento. Al mismo tiempo, eran excesivas y dementes las acusaciones y el escarmiento decretado, también eran evidentes las muchas “irregularidades” que cometieron tanto durante el desarrollo de los eventos como en la aplicación de la justicia. Y no dejaba de ser relevante que en esta ocasión entre ellos (los malos), fuera por el contexto electoral o por cualquier otro motivo, más que unanimidad de criterios fueran apareciendo discordancias, cada vez más notorias así que pasaban los días. El golpe, sea como sea, esta vez se paró, pero no lo paramos sólos.

Sin omitir esas otras cosas que pesaron para que se frenara o aflojara el ataque directo, es imprescindible discutir, en estos momentos del después, los caminos que se siguieron para liberar a l@s pres@s. Se buscó, e igual no había otra salida, un colchón social protector excesivamente amplio, donde llegaron a incorporarse instituciones tan cómplices como las universidades o el colegio de abogados y se conformó para la ocasión una sopa de letras demasiado difícil de comer a estas alturas. Se concedió, y otra vez las urgencias parecían una losa, un excesivo protagonismo a las gentes del derecho, que como expertos de excepción en materia de la injusta justicia advirtieron, para esta vez, de las irregularidades manifiestas en el proceso en marcha. Se manejó, para que la coalición de circustancias funcionara, un vocabulario que le diera un cierto sentido: tod@s somos antifascistas, por una justicia no tan injusta (que encarcele y no tolere a los fachas), sociedad civil, movimientos sociales alternativos,…

Valdría, al menos ahora, detenerse a reflexionar si las energías puestas no se podrían haber empleado en otros asuntos. Y entonces, punto uno, nos podríamos decir, fueron necesarias pero nos las podríamos haber evitado, ya que ni precisamos ni deseamos la represión para ponernos en las cosas. También habría que ser cautos respecto a la capacidad de movilización o las muestras de solidaridad suscitadas pues éstas tienen un techo o tope; y tendríamos que distinguir entre colchón social (que nos puede depende cómo echar un golpe de apoyo circunstancial) y base social (que aunque de forma irregular y difusa mantiene en relación al movimiento un algo más que simpatía o mera “solidaridad”).

A todo ello, además, parecía que en éstas no estábamos antes del 12deoctubre. Ya hace demasiado tiempo que no tod@s somos antisfascistas, que sabemos que la ley no va de justa o injusta ni tiene que ver con quien la aplica (para el caso una jueza por la democracia) sino que tiene que ver más bien con una correlación de fuerzas sociales, que la sociedad civil es el marioconde, lacaixa, o las gentes del liceo o latribunadelnoucamp, y que movimientos sociales alternativos… No hace mucho el Galeano recordaba que en la guerra de los Balcanes a los horrores les llamaban errores, y que las palabras que dicen los otros nunca pueden ser las nuestras. Y en el librito aquel del arte de la guerra se añade “si ignoras los planes de tus rivales, no puedes hacer alianzas precisas”. Para no pagar entre tod@s facturas demasiado elevadas queda pues estar ojo avizor con los aliados de circunstancias (o no), y prestar máxima atención a las maneras de hacer que adoptamos y los lenguajes que hablamos. Al mismo tiempo, sacudirse de ese principio reflejo que asocia cualquier víctima de la represión a la categoría de héroe o mártir y que como tal tiene que ser tratado o socorrido puede ser una vacuna eficaz contra esas veleidades vanguardistas que “pretendiendo” ir tan adelante a menudo sólo aprietan para que detrás l@s lent@s tengan que correr en un sentido no del todo querido.

Para salir del atasco, la incondicionalidad a lo que sea no puede ser el argumento decisivo, ya que no se puede ser cómplice, afín o solidario de cualquier modo o en según qué circunstancias. Descaradamente, hay sumas que restan, ya que cuando escasean o se desdibujan los fines o modos más o menos comunes que configuran los trazos de un movimiento hasta las razones del andar juntos se tambalean.

Reposo/repaso. Tras las prisas de la extrema gravedad bien vale un reposo para reponer fuerzas, para volver a poner las fuerzas. Entre el pesimismo de la inteligencia y el optimismo o la pasión de la voluntad -que diría más o menos un clásico de la lucha de clases enterrada- procede un repaso (auto)crítico. Para no precipitar el “hasta la derrota, siempre” de un@s primero y de tod@s a continuación, hay que afrontar sin tapujos los aires de crisis que nos envuelven. Y la única salida, como siempre, es ponerse a hablar. Pero, ¿hablar cómo?, y ¿de qué?

Ponernos a hablar claro y cuánt@s más mejor, con urgencia pero sin tampoco dejarse arrastrar por las prisas. Claro porque no valen en estos momentos medias tintas; si hay posturas, posiciones, afinidades, tendencias o diferencias hay que contrastarlas sin escurrir el bulto a base de declaraciones ideológicas o de principios que se evadan del aquí y ahora. Ponerse de manera decidida a confrontar las diferencias exige, desde luego, tacto o cariño, pero no puede contemplar tragarse sapos o demasiados silencios con la excusa de no romper la baraja. La dimensión del debate para que tenga consecuencias en la dinámica del movimiento ha de ser colectiva, es decir, que aliente la expresión de todas la voces (a no ser que alguna se autoexcluya); sin embargo, que el debate sea colectivo no significa concurrencia de público o invitaciones a observadores privilegiados. Y es urgente, porque es contraproducente que para no liarla más dejemos pasar el tiempo, ya que igual la inercia de las cosas como (nos) van acaba cancelando la posibilidad de este ponerse a hablar que se reclama ya en el entorno; pero como es preciso poner tantos temas sobre la mesa, las prisas no serían adecuadas. Y para evitar chascos, sería indicado que diéramos con las formas que consiguieran que las discusiones fueran a fondo.

De darse un debate así, y parece que ya hemos empezado, la finalidad a perseguir no es únicamente que conozcamos de viva voz todas las opiniones (que ya sería mucho), y después pa las kasas/casa y hasta la próxima como si nada. Las discusiones tendrían que proponerse, o al menos facilitar, la llegada a unos mínimos denominadores comunes de l@s más que en un sentido amplio pululan por la okupación, y el criterio a seguir no tendría que ser la imposición de ciertos argumentos de peso a menudo en uso (el grito más alto, galones de ciertos actos, contabilización de adeptos,…) Seguramente, y aunque lo máximo sea llegar a unos mínimos de acuerdo, en éstos no todo ha de entrar o caber, pues lo colectivo no ha de ahogar a lo singular (de cada un@, de cada grupo, tendencia o kasa) pero tampoco lo singular ha de imposibilitar o saltarse lo colectivo.

¿De qué hablamos?, pues de qué pintamos aquí y ahora, ya no desde unas perspectivas más o menos grupusculares, a ratos compartidas y otros no tanto, sino desde esa dimensión colectiva del estar junt@s queriendo bailar para abrir/reapropiarnos de cuantos más espacios de lucha/vida mejor. En su día fuimos capaces de abrir espacios de vida en carcelona, “liberando” no sólo los territorios concretos de las kasas con “okupantes”, sino también disponiendo éstos como lugares de encuentro desde los que imponer y desplegar nuestra presencia como fuerza social. No es, pues, del todo cierto que “si nos sacáis de las kasas okuparemos las calles”, ya que las kasas han sido (o son) una palanca primordial para reclamar la calle como espacio de confrontación, en la perspectiva de aglutinar y expandir la lucha a la vez que experimentar o al menos plantear otras maneras de vivir con el propósito de rebasar los marcos estrechos de cualesquiera cuatro paredes. No obstante, una vez abierto ese espacio de confrontación social parece que éste, poco a poco y en general, se ha ido vaciando o enquilosando en contenidos (prácticas o formas de acción que se dan, discursos que se construyen o emiten), y la forma okupación -o hasta la forma manifestación u otras- han ido perdiendo su condición propia de medio o instrumento para irse recreando como objetivo o fin en sí mismo. Y esta tendencia -que no es la única, ni quizás la mayoritaria pero que despunta como hegemónica- ha inducido, en ocasiones, si no a una despreocupación por los contenidos, sí a su desplazamiento a un segundo plano a través de su tácita subordinación a las miras de un desenfrenado (y cegado) activismo.

En suma, ya sea por el acoso del poder de los poderes, por múltiples cansancios o por la recuperación de maneras de hacer/decir que parecían abandonadas o superadas parece que rondamos el agotamiento de las críticas prácticas practicables que dan sentido a las formas, y no al revés. Las inventivas o las iniciativas que durante el proceso han ido emergiendo y hasta consolidándose, no es que se hayan apagado, sino que empiezan a concurrir o a verse arrinconadas por otras que apostando por una mayor visibilidad “incidental” (del disturbio, del enfrentamiento sea como sea) son un mal calco del pasado, ya que tienen bastante que ver con aquella pestosa vieja política (por más extremo-izquierdista que se proponga) que creíamos desterrada. Estamos, pues, en que cierto color o ruido no acabe por borrar los muchos colores que pintamos y las muchas músicas que bailamos.

BARCELONA, 12-O

Desde que en 1984 se oficializa la conmemoración del 12 de octubre como “Día de la hispanidad”, el estado español aprovecha esa fecha para la realización de actos en los que celebra la invasión del continente americano en 1492, que significó el genocidio de pueblos enteros y el sometimiento de la población indígena que pudo sobrevivir, con la aniquilación de las culturas propias, la imposición del castellano como idioma y de las instituciones propias del gran imperio salido de la reconquista peninsular (en 1492 se expulsa a los judíos del suelo peninsular y se conquista Granada, último reducto de los árabes).
En Barcelona, en la Plaça dels Països Catalans, los grupos fascistas y los nostálgicos franquistas aprovechan ese día para celebrar el “Homenaje a la bandera y los valores patrios”, defendiendo los valores que la hispanidad representa: una lengua, una raza, un espíritu. Año tras año, desde finales de la década de los ochenta, se han ido organizando actos y actividades para que no se realizara el acto. En 1994 y durante cuatro años, se convocó un festival antifascista a escasos metros de la concentración ultra, se presentaron mociones al distrito para que se anulara el permiso, se hicieron campañas informativas de sensibilización para los vecinos, recogidas de firmas, etc. Viendo el poco resultado que se obtenía con estos actos, los dos últimos años se han convocado manifestaciones que recorren el barrio en dirección a la concentración fascista, fuertemente defendida por las fuerzas de seguridad. El pasado 12 de octubre acudieron unas 2500 personas a la convocatoria antifascista, que acabó en una batalla campal al ser detenida y dispersada por la policía. A partir de ese momento empezaron las carreras, los disparos y las barricadas, y ante la imposibilidad de acercarse al acto ultra, se destrozaron la sede del PP, inmobiliarias y entidades bancarias, al entender que son otra cara del fascismo, el que alimenta las desigualdades sociales y aumenta el empobrecimiento de importantes sectores sociales. El contundente y largo ataque policial acabó con 26 detenid@s (tres menores penales y el hijo de un concejal del ayuntamiento quedaron en libertad esa misma noche), que después de pasar 60 horas en los calabozos, fueron puest@s a disposición de la juez del juzgado de instrucción nº 28, Remei Bona. El fiscal y el abogado de “La Caixa” les acusaron de los delitos de daños, lesiones, desordenes y atentado y a 14 de ellos de asociación ilícita, por lo que se les decretó auto de ingreso en prisión sin fianza.

Pocas horas después de producirse las detenciones de las 26 personas supuestamente participantes en la manifestación, los portavoces de la policía nacional, Eladio Jareño y Francisco Arrébola (comisario en Sevilla el año 92 cuando la policía disparó contra manifestantes, también el 12 de octubre) empezaron toda una campaña de intoxicación informativa. La estrategia pretendía hacer creer a la opinión pública que lo sucedido en el barrio de Sants eran hechos dirigidos y manipulados por organizaciones ajenas, supuestamente jerárquicas y/o militarizadas, para crear así una sensación de premeditación orquestada. Y eso con la clara intención de criminalizar a los diferentes movimientos sociales que apuestan por un modelo de vida distinto al establecido. Desde las direcciones de los medios de comunicación de masas se dio gran cobertura y se participó de esa versión criminalizadora del poder, creando un estado de opinión que sirvió para que la juez Remei Bona (perteneciente a la asociación Jueces por la democracia) declarara que era tal la alarma social que creaba la libertad de esas personas que debía ordenar su ingreso en prisión.

Inmediatamente se puso en marcha una campaña de solidaridad y presión social para conseguir, en primer lugar, el excarcelamiento de l@s 14 jóvenes detenid@s, y en segundo lugar la retirada de los cargos para tod@s ell@s, y durante toda la semana siguiente se realizaron infinidad de manifestaciones, actos de protesta y pequeñas acciones, que dieron como resultado que la juez ordenara la libertad de l@s detenid@s entre el jueves 21 y el viernes 22, esgrimiendo la disminución de la alarma social y un error mecanográfico, ya que el delito de asociación ilícita no es el tipificado en el artículo 516 del código penal, sino en el 515, una versión más leve y castigada con penas de uno a tres años de cárcel. Para el sábado 23 se convocó una manifestación contra la criminalización de los movimientos sociales y para pedir la puesta en libertad sin cargos de todos ellos, que reunió a unas 10.000 personas.

Desde entonces se han seguido haciendo fiestas, actos y charlas para explicar por qué ese día salió la gente a protestar e intentar reconducir el problema: la celebración en nuestra ciudad de un acto de apología franquista y fascista. Fruto de eso ha sido la creación de una Plataforma Cívica para un 12 de octubre en Libertad que agrupa a asociaciones de vecinos y vecinas, centros sociales okupados, colectivos de estudiantes, madres y padres de detenidos, colectivos de inmigrantes y otras entidades del barrio de Sants y de toda la ciudad con la idea de organizar un “Encuentro por la justicia social y el respeto entre las culturas” en la misma Plaça dels Països Catalans para los dias 11 y 12 de octubre, entendida como una jornada lúdica y reivindicativa, de reflexión y acción popular para demostrar que no queremos fascismos ni en Sants ni en ningún sitio.